Latidos del asfalto

domingo, 27 de febrero de 2011

Agradecimientos por los 100 posts (II)

Son pocas, pero son. Un especial agradecimiento les hago llegar a esas personas, amigos y amigas, que tienen el “estómago” para leer y tolerar las cosas desmesuradas o aburridas que escribo con cierta regularidad en este espacio.

A mi tío Ángel: siempre me habla sobre la calidad y me dice que le escriba siempre contándole de mis éxitos y fracasos.
A mi papá: suéltame alguna que otra propina, por favor, papá. Ya tengo trabajo, pero un dinerillo de tu viejo siempre te hace sentir seguro y querido. Nunca olvidaré que compraste 25 ejemplares de Latidos del asfalto, los cuales distribuiste entre tus amigos y familiares en Chimbote.
A Lika: gracias por leerme y por consentirme como si fueras mi segunda madre. La complicidad nos une.
A David Ponce: compañero de universidad que radica en Canadá y en donde trabaja como ingeniero de minas para una prestigiosa compañía minera. Gracias por haberte cagado de la risa con Latidos del asfalto en el avión de regreso a Canadá luego de tu visita relámpago a Lima, tan relámpago que ni te vi. Un abrazo.
A Claude Dubois: amiga que me presentó Ángel. Es francesa, pero vive en Chile. Su cultura sobrepasa todos los límites conocidos por el hombre. Es políglota y me escribe unos correos ahítos de sapiencia y clase. Gracias muchas por la descripción de este tu servidor y de mi página.
A César: gracias por leerme, César. Algún domingo, compartiremos con Manolo y la familia (y Wendy, si se puede) las parrillas con las que esperas deleitarnos, acompañadas eso sí de unas no pocas cervezas heladas. Espero con ansias los debates políticos en los que nos enfrascamos por la ingesta de alcohol.
A Manolo: hermano, gracias por leerme y no juzgarme. Eres una excelente persona. Siempre tan querido por tus amigos y amigas. Hace unos días, en una amena reunión con Iván y Wendy presentes, nos confesaste que tenías actualmente once enamoradas al mismo tiempo. No es sorpresa, hermano, pues posees el carisma y don de gente que muchos quisieran. Te confieso que le gustaste a Wendy. “Tu hermano sí tiene calle”, me dijo, además.
A Paola: qué te puedo decir, Pao. Yo siempre defraudándote y tú siempre ahí, soportando mis huevadas literarias y mis huevadas experimentales. Eres una amiga invalorable a la que estoy aprendiendo a valorar. Mientras reciba tus emails y tus mensajes de texto, sé que siempre contaré con alguien que pueda escucharme y darme unos consejos. Un besote, Pao. Ya nos estaremos viendo pronto.
A Nasir: hace tiempo que no te pego una visita, estimado Nasir. Quién me da lecciones de un software minero gratis, sino tú. Una semana de lecciones del software que tú dominas con pareja destreza cuesta aproximadamente novecientos dólares, y sin embargo, a cambio, me pides solamente un par de cervezas heladas. Cuántas borracheras hemos protagonizado allá en nuestros tiempos universitarios. Incontables. Inconmensurables, así como inconmensurable es el porvenir que te espera pues tu enorme talento sin duda te colocará allí donde quieres estar y te hará ganar los millones que anhelas. No necesitas suerte, estimado amigo. Tú eres tu buena suerte.
A Jeannet: siempre que lees mi blog, China, quedas profundamente decepcionada de mí. Más de una vez me has dicho que deje de escribir sobre mis cosas personales pues algún día serán usadas en mi contra. Si has leído lo último que he escrito sobre Wendy, estoy seguro que ya no querrás hablarme otra vez. Bueno, es el precio a pagar por la Literatura. De todos modos, mi amistad siempre estará allí para ti si algún día la necesitas. Un beso.

A todas estas personas, gracias por leerme. Les dedicaré a todos ustedes “El Ingeniero Broca” que, si Dios así lo desea, podrá ver la luz en el 2012. Si con “Latidos del asfalto” se desternillaron de risa, con la próxima novela, van a cagarse en los pantalones.

Agradecimientos por los 100 posts (I)

El post anterior constituye el número 100. Cien artículos publicados, algunos felices y otros infelices, desde que decidí un buen día de principios del 2010, plasmar mis opiniones, gustos o disgustos y partes de mi vida (no exentas de ingentes dosis de fabulación, porque más que un historiador, soy un fabulador, mediocre pero fabulador, al fin y al cabo).

Me encontraba desempleado, viviendo de mis exiguos ahorros y con un hondo problema sentimental que no me dejaba vivir en paz: no podía aceptar el hecho de que Jeannet ya no sería más la compañera con la cual yo había proyectado el resto de mi vida. Luego de haber leído el libro de Renato Cisneros: Nunca confíes en mí, entendí que, a veces, hay que dejar pasar las cosas sin que ellas dejen en nuestro interior sedimentos de resentimiento o frustración.

En una madrugada leí el libro. Al amanecer, fui hasta Los Olivos. Llegué muy temprano a la casa de Jeannet, minutos antes de que ella se fuera a trabajar. Era lunes. Tenía que verla y decirle que nunca más la molestaría con el insistente tema de rogarle que sea mi enamorada, que ya había entendido que prefiero tenerla como amiga a no verla nunca más por culpa de mi tonta cerrazón y testarudez. Le dije todo eso mientras la acompañaba, hasta cierto tramo de su recorrido al trabajo, en la estrecha combi que tomó en la avenida Angélica Gamarra. Necesitaba decirle eso y saber que podía controlar en mí, el desembridado capricho de querer que Jeannet permaneciese siempre a mi lado. Fue difícil acomodarse a esa idea. Me costó mucho. Luego de casi siete años de estar con ella, los ocho meses que hice vida confirmada de soltero fueron un tanto arduos, sobre todo durante los dos o tres primeros meses. Mis libros de Literatura: Borges, Valdelomar, Vargas Llosa, D.H. Lawrence, Conrad, entre otros, fueron fundamentales para distraer la mente hacia otros parajes. También fueron fundamentales las dos o tres chicas con las que sostuve menores escarceos de corte más bien sexual.

Al llegar a casa, luego de haber hablado con Jeannet, me creé una cuenta de blog y empecé con esto.

Mi orgullo no me permitía decirle al mundo que ya no estaba más con la bella Jeannet. Mis compañeros de la universidad la habían conocido, me hacían casado con ella. El blog fue un medio fundamental para deshacerme de mis miedos interiores y de mis orgullos perjudiciales para, por fin, aceptarme tal cual era, sin más y sin menos.

Como este post se me está haciendo demasiado largo, en el siguiente, agradeceré a las personas que siempre me alientan a seguir escribiendo y que me hacen saber que me leen apenas se hacen de un tiempo libre.

El desfile

El desfile de Morgana Boutique, como se dice en buen peruano, salió de putamadre. Para haber sido el primer desfile que Wendy organizaba, los resultados superaron ampliamente las expectativas.

El Gothic Rock estuvo repleto y los flashes de las cámaras centelleaban a cada momento, a medida que los diseños de Wendy transcurrían por esa passarella de alfombra roja, flanqueada por dos candelabros barrocos a cada lado de ella. El momento culminante se dio con la aparición de Wendy en el escenario; vestía un corsé negro que le reducía la sección abdominal de manera considerable, una falda de tul negra y unas mallas negras que forraban sus exuberantes piernas. Estaba preciosa.

Elena también estaba. Modeló y desfiló. No le pedí su número ni traté de hacerle la conversación, pues se había aparecido con su enamorado. De todos modos, al ver a Wendy el día de ayer, me convencí de que todavía no ha aparecido una mujer que pueda competir con ella en carisma y personalidad.

Fue una experiencia nueva para mí el entrar al baño de varones para acomodarme el peinado o echar una escueta meada, y ver ocupado el espejo del lugar por hombres vestidos con faldas o capas negras pintándose (o delineándose) los ojos y echándose polvos blancos en la cara. Luego, en la pista de baile, estos mismos hombres protagonizaban besos candentes con chicas vestidas de manera muy similar a la de ellos.

Yo hice mi mejor esfuerzo para vestirme de acuerdo a las circunstancias: botines Caterpillar (que utilicé en mi segunda práctica preprofesional en Orcopampa), un par de blue jeans azules oscuros (eran los más oscuros y los más seriecitos que tengo), un polo negro (que me regaló mi mamá en la pasada Navidad) y una casaca de cuero marrón. Cuando llegué a Quilca, encontré a Wendy con su cabello laceado y una mirada que no me reconoció al principio. Rato después, me contó que no creía que esa persona que la saludaba era yo: “Estás lindo, amor. Así deberías vestirte todos los días. Estás “agarrable”.

No sólo Wendy pensó que estaba “agarrable”; una amiga de ella, que la ayudó con algunas cositas del evento, procuró hablarme y lanzarme miradas desde que llegué hasta que el desfile terminó. La chica estaba guapa, pero no más que Wendy. Aún así, correspondí a sus equívocas miradas, pues alimentaban mi ego, y eso yo lo agradezco y lo aprecio mucho.

Al terminar el concierto, Wendy, una amiga de ella y yo nos fuimos al concierto metal en Quilca. Al promediar las tres de la mañana, un taxi dejaba a Wendy en su casa. Nos despedimos con un beso y un par de “te amo”, prometiéndole que hoy iría a verla llevándole en un tupper lo que mi madre tenga a bien cocinar. “Que no sea nada de pescado”, agregó.

sábado, 26 de febrero de 2011

Un gusto prohibido

Hoy es un día muy especial para ella (en gran medida, para mí también, pues su felicidad es la mía). En un local ubicado en las inmediaciones de la Plaza San Martín, en un segundo piso, se realizará el desfile de la ropa que ella diseña. El desfile será el preámbulo de la fiesta gótica que continúa después, con la presencia de algunas bandas de la escena.

Luego del trabajo, como he descrito en otra oportunidad, me dirigía a Quilca, a ver a Wendy. En esta última semana, entre las siete y las nueve de la noche, la tienda de Wendy se llenaba con las chicas que van a modelar sus atuendos. No iban todas en un solo día: unas iban un miércoles, otras un jueves, y así.

Justamente, fue un jueves en que vi a esta chica que produjo algo en mí, algo que creí perdido en mi interior, por el hecho de estar, involuntaria y voluntariamente, abstraído por Wendy. Me gustó. Me gustó esa chica. Su estatura era similar a la de Wendy, su cabello era negro y su piel, blanca (las modelos que Wendy ha seleccionado, dentro del conjunto de sus amigas y conocidas, son todas de piel blanca. Aduce ella que esa piel combina mejor con el color negro que predomina en la moda gótica. Sólo hay una chica, delgada, que posee rasgos más bien andinos y la piel algo trigueña. “¿No es tu prima, Daniel?” me jodía a veces Wendy refiriéndose a ella. Obviamente, no dice esto delante de esa mujer. Si Wendy la escogió fue porque era una chica delgada que lucía muy bien los elaborados corsés de Morgana Boutique. A propósito, la tienda de Wendy se llama así, Morgana)

Wendy le probaba la ropa a la chica que me gustó, que me atrajo. Yo, instigado por el peligro de ser descubierto, le lanzaba algunas miradas. Ella me devolvía las miradas. Difícil me sería precisar si sentía ella alguna atracción hacia mí o si me miraba pensando: qué tal perro, tiene enamorada y me manda miradas, y encima está feo.

Cuando Wendy terminó con ella, y se abocó a probarle ropa a otra chica, yo me aventuré a entablar conversación con la chica objeto de mis torvas miradas. Buenas tetas, buen culo y buenas piernas tenía esa blancona. Me contó algunas cosas de su vida. Se llamaba Elena y era vocalista de la banda gótica Lux Oculta desde hacía dos meses. Me cayó bien, Elena. Espero que yo le haya caído bien. Sospecho que sí.

Hoy seré el asistente de Wendy. Mi función principal será grabar la passarella y las palabras de agradecimiento que Wendy pueda decir al final de la exhibición. Hoy, también, trataré de conversar con Elena y, si la osadía que habita en mi interior se acrecienta, le pediré su número de teléfono.

Three Eleven

Conocí su sonido aquella vez que visité Cajamarca. Un amigo de la universidad me había invitado a pasar una semana en esa ciudad. En la ciudad, su hermano, quien trabajaba para una importante empresa minera, nos llevaría a conocer la mina que esa empresa dirigía. El hermano, en calidad de empleado con cierto rango dentro de la empresa, tenía la prerrogativa de llevar a alguno que otro visitante con la respectiva anuencia de la Compañía.

Fue en el recorrido de casi una hora, desde la ciudad hasta la mina, en que el hermano de mi amigo, mientras conducía su camioneta, colocó el disco de 311. A partir de esos momentos, el sonido ecléctico de esa banda me hechizó, a tal punto, que al día de hoy, he escuchado todos sus discos y me sé, de memoria, la mayoría de las letras de sus canciones.

La oportunidad de ver a esa banda en este país se hace realidad. El día 30 de marzo tocará 311 en el Estadio Monumental. Las entradas varían desde los 90 hasta los 300 soles.

Así como no desperdicié la oportunidad de ver en vivo a otra de mis bandas favoritas (considero a una banda como mi favorita cuando me sé de memoria la mayoría de lyrics de sus canciones): Metallica; tampoco desaprovecharé esta oportunidad de ver en vivo cantando a Nick Hexum y su grupo.

Le comenté a Wendy sobre esta presentación, pero oyó mi comentario con cierta indiferencia: 311 no es lo suyo. Le de ella es el metal. En fin, ojalá pueda encontrar a alguien que comparta esta afición por esa banda de Omaha, Nebraska. Si no me topo con nadie que guste de 311, caballero, iré solo. Lo importante es que al fin podré cantar Down, Don’t tread on me, Come Original, Hey you, Creatures for a while, entre tantos otros temas, hasta perder la voz.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Me gustaría...

Me gustaría viajar a Chimbote con Wendy algún fin de semana de Marzo.

Me gustaría que mi papá corra con los gastos de mi pasaje y el de ella, porque, a pesar de que ya cuento con un modesto trabajo, quisiera ahorrar algo de mis modestos ingresos. Asimismo, y siempre con el objetivo de abaratar o disminuir costos, me gustaría que mi papá nos provea de alojamiento y comidas en su casa, teniendo en cuenta que ésta es grande y espaciosa.

Me gustaría ver a Wendy interactuando con Raulito, Raquelita y Alejandra. Wendy tiene un don maternal y un trato inigualable hacia los niños. Ella derrocha ternura, alegría, simpatía y dulzura siempre que trata con un niño.

Me gusta contar con personas en las que pueda confiar sin temor a ser juzgado o ferozmente criticado.

Me gusta saber que puedo contar con mi mamá, quien, a pesar de percibir bajas rentas que, con nula holgura, nos permiten comer día a día, me ofrece su comprensión y apoyo incondicional.

Me gusta saber que puedo contar siempre con la complicidad y ayuda de Lika, la esposa de mi papá. La última vez que fui a Chimbote, ella me dijo que si alguna vez me faltaba algo, no dudase en hacérselo saber, que ella gustosa me tendería una mano. Y efectivamente, así fue. En cierta ocasión (hace poco menos de un mes) me encontré urgido de disponer de una cantidad no menor de dinero. No recurrí a mí mismo pues no tenía trabajo y mis ahorros ya se habían esfumado. No recurrí a mi papá porque me iba a hacer muchas preguntas antes de soltarme algo de ayuda. No recurrí a mi mamá porque estaba sin dinero (o al menos, no contaba con el que yo necesitaba). Me acordé de la sincera proposición de Lika. Vencí mi orgullo de pedirle dinero a alguien que no fuera mi papá o mi mamá. Sin embargo, Lika se había encargado de afianzar nuestros lazos al brindarme su confianza diciendo que ella era “mi segunda mamá”. Le pedí el dinero prestado telefónicamente. Ella se ofreció gustosa y encantada a colaborar conmigo, sin preguntarme para qué era el dinero. Si llegas a leer esto, Lika, ten por seguro que valoro y tengo muy en cuenta el generoso gesto que tuviste hacia mí.

Me gusta ver a Wendy tan entusiasmada porque dentro de pocos días se realizará el desfile de la ropa de su tienda durante una fiesta gótica. En las noches se aparecen sus modelos y ella se afana, con pareja emoción, probándoles las ropas adecuadas para el día del evento.

Me gustaría dejar de masturbarme compulsivamente los días feriados y no laborables en que no veo a Wendy, o los días no laborables y feriados en los que Wendy y yo no hemos concretado ningún tipo consumación del acto sexual.

Me gustaría encontrar interesantes la mayoría de canciones dark metal, gothic metal, new wave, depressive metal que le gustan a Wendy. Desafortunadamente, la atracción y la predilección que siento por la música punk siempre serán más fuertes que los deseos de satisfacer musicalmente a Wendy.
Me gustaría no venirme tan pronto cuando estoy en la intimidad con Wendy. Me gustaría hacerle el amor a Wendy hasta en cinco oportunidades en una sesión y no en las casi dos (con las justas) con las que la voy dejando insatisfecha por estos días.

Me gustaría jugar bien el día de mañana al defender los colores de la empresa para la que trabajo. Procuraré evitar que algún jugador del equipo contrario ponga un pie en el área crítica. Si el rival se las ingenia para eludirme, yo me las ingeniaré para que, unos centímetros después, no continúe con su amenazante trayectoria.

Me gustaría nunca haberles mencionado a mis familiares que Wendy es gótica. La intolerancia y los prejuicios se erigieron inmediatamente en el terreno y facilitaron los vituperios y críticas destempladas hacia ella, sin siquiera ellos haberle dado la oportunidad a ella de expresarse y darse a conocer.

Me gustaría que mi abuelita vea sin prejuicios a Wendy. Sospecho que podrían llevarse bien.

Me gustaría viajar a Barranca con Wendy un fin de semana de fines de Marzo, reunirme con mi tío Roger y enfrascarnos él y su chica, Wendy y yo en una amena charla acompañada de no pocas botellas de cerveza.

Me gustaría escribir para un diario, expresando mis enervantes opiniones (no faltará quien diga que mis opiniones son irrelevantes y estúpidas, pues puede que tengan razón) y ganando un dinerillo extra.

Me gustaría decidirme a sentarme a la computadora un buen día, o algunas fracciones de día, para terminar de escribir mi primera novela (la tengo avanzada en un diez por ciento, matemáticamente hablando) cuyo tentativo título sería “El Ingeniero Broca”.

Sería fantástico cumplir el sueño que Wendy y yo compartimos de establecer una especie de institución que brinde desayunos ya almuerzos a los chicos económicamente desfavorecidos del Centro de Lima. Espero que si Wendy y yo dejamos de ser enamorados, todavía perviva la amistad (que creo que es lo que debe prevalecer ante todo en cualquier relación humana) y el deseo de llevar a cabo ese benéfico sueño.

Me gustaría no haber escrito muchas de las cosas que he mencionado aquí, pero, como todo escritor, estoy poseído por aquellos muy mentados demonios que me compelen a plasmar los hechos significativos (hechos que me alegran o me joden) de mi anodina vida.

martes, 22 de febrero de 2011

Candidatos (II)

July Valencia es una joven cuya edad, sin embargo, no sé y no puedo precisar, está postulándose al Parlamento Andino (institución perfectamente inútil, según mi humilde punto de vista) por el partido del ex alcalde de Lima, Luis Castañeda; personaje todavía cuestionado por el caso Comunicore.

July Valencia también cuenta con su cartel publicitario, el cual está ubicado en las proximidades de la Universidad Católica.

¿Qué frase contiene dicho cartel? Pues, además de portar la sonriente cara de la señorita Valencia, el cartel reza: “Mi alma mater es la PUCP”.

Qué frase más idiota. O sea, ¿debido a que el alma mater de la señorita Valencia es la PUCP, sus electores tendrán la seguridad de que serán justamente representados por esa señorita?

¿Que su alma mater sea la PUCP, la pone en ventaja frente a otros candidatos cuyas alma mater son San Marcos, la UNI o un instituto?

A pesar de todo, le deseo suerte a la señorita July en la consecución de sus objetivos. Ella no tiene la culpa de ser joven y de no darse cuenta de que milita en un partido cuyo líder rehúye a esclarecer temas neurálgicos de corrupción cometidos durante su gestión edil.

lunes, 21 de febrero de 2011

Candidatos

A continuación, transcribiré algunas frases que acompañan los rostros de algunos de los varios candidatos que se postulan al congreso. Comentaré brevemente estas frases y mencionaré de manera escueta la información que tengo de esos candidatos.

Las frases que seguirán a continuación se caracterizan por un amplio cariz demagógico y una vacuidad bochornosa.

César Zumaeta, Número 3 del partido aprista: “Garantía de un Perú imparable”. Este señor lleva varios años atornillado a las curules del Congreso y ha demostrado que su presencia no es imprescindible para que el país surja prósperamente. Esta frase sindica a Zumaeta como un tipo arrogante que cree que con su sola gravitación en el parlamento, el Perú dejará de ser el país tercermundista que es.

Aurelio Pastor, Número 6 del partido aprista: “Amor a la familia peruana”. ¿Aurelio Pastor es experto en amor? ¿Una vez que llegue al Congreso va a ir de casa en casa dándoles amor a las familias peruanas? Me imagino que, ante la falta de pergaminos y logros concretos en sus pasadas gestiones como sempiterno parlamentario y fracasado y abucheado ministro de Justicia (recordemos el caso Crousillat), sus publicistas no pudieron fabricar mejor paparruchada que presentar al candidato Pastor como un dechado de amor y caridad.

Jaime Delgado, Número 2 del partido regentado por Ollanta Humala: “Defensor de los consumidores”. Este señro se me hacía conocido pues tuvo muchas apariciones en la televisión cuando el tema era la protección del consumidor frente a las arbitrariedades de algunas empresas. Me parece que este señor fue presidente del ASPEC (Asociación Peruana de Consumidores y Usuarios). Por ello, me parece que su frase refleja la experiencia que Delgado puede poseer en el rubro mencionado. Sin embargo, Jaime Delgado debe andar algo mal de la cabeza para postularse con el partido de Ollanta Humala, quien, como se especula, vive de las cuantiosas inyecciones monetarias provenientes de su mentor venezolano. ¿Ha justificado de manera clara, el señor Humala, cómo hace para vivir de manera tan holgada con la magra pensión que recibe? ¿Su esposa Nadine ha justificado aquellos ingresos que supuestamente correspondían a consultorías que jamás llegó a presentar y por las que cobró desproporcionadas cantidades de dinero?

Ninguno de estos candidatos me parece elegible. Y como ellos, hay cientos cuyas populistas frases y trayectorias me encargaré de analizar en futuros posts, exprimiendo a la única neurona que pulula por los recovecos de mi cerebro.

domingo, 20 de febrero de 2011

Sin miedo por el callejón de las siete puñaladas

Ayer sábado vimos películas desde las tres de la tarde. Estábamos en mi casa. Mi madre se portó muy bien contigo. Bueno, al menos permitió tu presencia en mi habitación luego del bochornoso incidente de hacía unos días.

Antes de iniciar nuestra maratón cinematográfica, nos aprovisionamos, o mejor dicho, te aprovisionaste, con tus Pringles favoritos de cebolla y con una Coca Cola de litro, helada. Pero helada, Daniel, tan helada que me reviente los pulmones.

Vimos The Black Swan. A ti te encantó. Cuando me preguntaste si me había gustado te dije que sí, con mucho entusiasmo. En realidad, no me pareció tan destacable que digamos. Luego, vimos Los Coristas, conmovedora película francesa que por poco me hace derramar un par de lágrimas cuando los díscolos muchachitos de aquel reformatorio se despiden, con sentidas cartas manuscritas, de su querido profesor Clément Mathieu. Viste esa película por enésima vez en tu vida. Me dijiste que algún día la veríamos juntos y que me iba a encantar, y, ciertamente, me encantó. Me gustaba cuando suspirabas cada vez que aparecía en la pantalla el muchachito del que te has enamorado platónicamente, el muchacho que interpretó el papel de Pierre Morhange: Jean-Baptiste Maunier. Lo veías y emitías unos suspiros hermosos.

Te quedaste a dormir en mi casa. Daniel, quiero dormir sola, me dijiste. Y como he aprendido a no contrariarte, a respetar tus espacios y tu derecho a la soledad. Me retiré a dormir en el cuarto de mi hermano. Te dejé solita y a gusto en mi cama, mientras veías televisión hasta bien entrada la noche.

En la mañana del domingo, no osé arruinar tu sueño. Sé que te gusta dormir hasta las diez. No te molesté hasta esa hora. Mi mamá preparó un vaso de jugo de fresa para mí y dos panes con tamal, uno para mí y el otro para ti. Me gustó esa consideración por parte de ella. Pero, al menos, te hubiera hecho un vaso de jugo para ti también. No le dije nada y te di mi vaso. Te mentí cuando te dije que mi mamá te había preparado ese vaso especialmente para ti. Estoy seguro que mi mamá tenía toda la intención de prepararte jugo a ti también, pero por algún motivo, lo olvidó.

Nos entretuvimos en la computadora. Me hiciste escuchar algunas canciones de depressive metal. Me gustó mucho esa banda llamada The Eternal Night. Me contaste que Stu te había hecho escuchar canciones de esa banda y de otras tantas del mismo género. Encontré original el sonido de la banda egipcia de black metal Melechesh. Suena como si fuera la fusión de un metal atractivo y una cumbia pegajosa.

Te fuiste antes de almorzar en mi casa. Me dijiste que tenías que estar en tu tienda antes de la una. Nos despedimos con un beso. Te agradecí los maravillosos momentos que había pasado a tu lado. Te acompañé al paradero de la avenida Haya De La Torre.

Al llegar a casa, entré a mi cuarto, eché punto y me tiré sobre la cama. Mi mamá aún no llegaba del mercado. Aproveché aquel momento de soledad para masturbarme pensando en ti. Incluso eso lo hago ahora pensando en ti. ¿Tomarás eso como un cumplido romántico? No lo creo.

Luego de almorzar (cabe mencionar que mi madre te había reservado un plato, pero como no estabas, mi hermano se ofreció gustoso a devorarlo), te llamé al celular. Te pregunté si podía ir a verte. Me respondiste que podía.

En la tienda nos reímos un montón. La pasamos genial riéndonos de los incautos que eran acribillados con globazos de agua por los jacarandosos muchachos y muchachas del jirón Quilca. Te conté que me masturbé pensándote. Te reíste y me metiste un “calientito”. Me gusta cuando me haces un “calientito”. Un “calientito” es cuando te frotas las manos y me das una ligera y cariñosa cachetada.

Te pedí que me invitaras ese chaufa buenazo en el callejón de las siete puñaladas en Pueblo Libre, cerca de tu casa. Amor, por fa, también con una gaseosita al polo. Luego de cerrar la tienda, me encargaste que te ayudara con un paquete. No me dijiste qué contenía exactamente, así que no indagué más.

Judith y su hermana Mónica nos atendieron muy amablemente. Siempre las visitamos con pareja frecuencia. Somos “caseritos”.

Empachados, abotagados y felices de habernos comido todo el plato, te acompañé a tu casa. Te agradecí la invitación a comer. Camino a tu casa, fantaseamos sobre una futura vida nuestra, independiente. Quedamos en vernos el martes. Tomé mi combi en la avenida Bertello. Ya te había dejado en tu casa. Ya nos habíamos dado el beso de despedida. Ya había degustado del arito que cuelga tan coqueto de un costado de tu precioso labio inferior.

En casa, me senté a la computadora para revisar mis correos. Nadie me había escrito. Nadie nunca me escribe. Y qué puedo esperar si yo mismo soy un ingrato que no le escribe a nadie. Quince minutos después, suena el teléfono. Contesté. Eras tú. Me metiste una puteada. Daniel, ¿dónde dejaste el paquete que te encargué? Ahí están todos los pedidos que tengo que entregar esta semana. Traté de hacer memoria y te dije que el paquete, con toda seguridad, lo había olvidado en el puesto de Judith y Mónica. Daniel, vienes inmediatamente y lo traes porque yo no voy a ir. Ese paquete te lo encargué a ti.

Colgaste y yo salí disparado a buscar el paquete. Era mi culpa. No quería defraudarte. Yo olvidé ese paquete y yo tenía que recuperarlo. Era mi deber. Atravesé el callejón de las siete puñaladas con mucha tranquilidad. Finalmente, andar contigo, me hace menos temeroso y más osado. Judith me vio llegar. También Mónica. Siempre amables y sonrientes. Andaban atareadísimas satisfaciendo los ingentes pedidos de sus numerosos clientes: arroces chaufa, pollos broaster, hamburguesas. Hola Judith, Mónica, ¿no vieron un paquete que Wendy y yo dejamos olvidado hace un rato? Mónica respondió. Sí, su mamá se lo acaba de llevar. Ah, ok, perfecto, gracias.

Fui a tu casa. Estabas en la puerta de tu casa, con tu tía que vive al lado. Estabas preciosa, como siempre. Pero no estabas de negro como usualmente sueles vestirte. Llevabas un vestido verde que me dijiste que odiabas, pero que, a mi ver, te sentaba muy bien. Noté que se te había pasado el enojo y que mi presencia allí te demostraba una vez más que me preocupaba por ti, que haría lo que fuera para evitarte contrariedades.

Me dijiste que tu mamá se había ido a buscarme al enterarse ustedes de que yo había salido de mi casa apenas colgué el teléfono. Tu mamá se preocupó: de repente el muchachito ya está apuñalado y tirado en alguna vereda, sin ropa, asaltado y violado. Ay, Wendy, pobre de ti que algo le pase al jovencito.

Dani, te odio, me dijiste (obviamente, con cariño). ¿Por qué? Te pregunté. Porque mi mamá se preocupa más por ti que por mí.

Al poco rato llegó tu mamá. Le conté que no me había pasado nada malo y que, más bien, le agradecía el detalle de haberme buscado para asegurar mi integridad física. Tu madre insistió en que me acompañarían al paradero en la avenida Bolívar. Tenías un poco de roche de salir vestida con tu pijama verde y caminar esas cuatro cuadras que nos separaban de mi destino. Tú y yo íbamos adelante. Tu mamá y su hermana iban a la vanguardia. Abraza a mi hija y camina lento para que los vagos de aquí te vayan conociendo, me dijo tu mamá. No, señora, no quiero afearle la imagen a su hija abrazándola. Ustedes rieron. Tu mami me conminó cariñosamente: abrázala o te parto la cabeza. Te abracé. Caminamos así, abrazados y felices de esa noche, de estar juntos.

Mira todo lo que ocasionas, Daniel, me dijiste, avergonzada por pasear tus carnes por las calles sin tu habitual tenida negra. Estabas preciosa. Todo por olvidarte algo que te encargué, continuaste recriminándome, amorosamente. Se me ocurrió una salida que enterneció a tu mami, su hermana y te derritió totalmente: Es que cuando estoy con su hija, señora, la paso tan bien que me olvido de todo.

Me dijiste que era tu cholito. Tu mamá me defendió y te dijo que por tus venas también corría sangre indígena. Yo salí en tu defensa: Sí, señora, pero Wendy es por fuera una morenita preciosa.

Todo el trayecto estuvo lleno de recriminaciones amorosas y de tiernas observaciones. Cuando te dejaba de abrazar, levantabas mi brazo y te lo ponías sobre el hombro. Abrázame, amor, me decías.

Al llegar a mi destino, me despedí de ustedes. Les agradecí el gesto de haberme escoltado hasta ese lugar seguro. Nos dimos un beso en la boca sin que nos viera tu mamá. Me llevé a mi casa el recuerdo de haberte visto, por primera vez, sin tus preciosas prendas negras.

Gaby Pérez Del Solar

Gaby Pérez Del Solar fue una notable voleybolista que derrochó admirables dosis de energía, entrega, talento y técnica, siempre que jugó representando al Perú.

Me parece que llegó a ocupar un escaño en el congreso legislativo que asumió funciones durante el período 2006-2011.

Por los enormes carteles que he visto de ella, en varios puntos de la ciudad (carteles que ostentan la vertiginosa altura de casi 7 metros), nuevamente está tentando la posibilidad de repetir la experiencia como Madre de la Patria para el período 2011-2016.

El segundo párrafo de este post lo inicié con las palabras “Me parece que llegó a ocupar un escaño en el Congreso”. No lo hice intencionalmente. Simplemente, tengo mis dudas sobre si llegó a formar parte de este Congreso que ya se va, porque la señora Gaby no ha realizado los méritos suficientes o no ha sido una gravitante protagonista de la coyuntura política. ¿Habrá participado en la creación de proyectos de ley importantes para el país? ¿O se dedicó a calentar el asiento solamente?

En todo caso, mi crítica hacia su postulación al próximo parlamento se origina a raíz del logo marketero que acompaña a la exorbitante foto de ella que pulula en la ciudad.

Una altísima Gaby Pérez Del Solar nos mira y sonríe desde unos siete u ocho metros de altura. A su lado, la frase: “Por un Congreso sin bajezas” nos invita a marcar el número 6 del partido de PPK por medio del cual se está postulando.

La frase, ciertamente, alude con astucia la altura física de Gaby. Pero, ¿es su estatura, (obra del azar; pudo haber nacido baja o mediana) un poderoso argumento que nos garantizará a los electores que la señora Gaby será capaz de actuar destacadamente en el Congreso? ¿sus casi dos metros de estatura son aval de que desaparecerán las bajezas, perfidias y felonías en el parlamento peruano? ¿Una cosa tiene que ver con la otra?

Esas frases, como la que acompaña a la descomunal foto de Pérez Del Solar, son más apropiadas, creo yo, para ofrecer productos baladíes y de consumo masivo, no cuando lo que está en juego es tratar de incluir a personas de valía intelectual y moral en el parlamento.

¿Por qué estos candidatos nos venden frasecitas y no propuestas, ideas o trayectorias profesionales destacables? Supongo que saben que al electorado peruano se lo puede convencer fácilmente apelando a su sentido dicharachero y juguetón en lugar de a su criterio juicioso, pues saben que carecemos de él.

El 14 de febrero

Ese día, llegué a verte a tu trabajo. No tenía puesto mi bóxer porque olvidé empacarlo, esa fría madrugada, cuando decidimos huir de la opresión y la intolerancia de mi casa. Pasé todo el día en el trabajo con la incomodidad de sentir que entre mis testículos y mi pantalón no existía alguna tela que suavizara las consabidas asperezas. Pero, en mi memoria, quedaron los momentos alegres, desenfrenados y extáticos que protagonizamos aquella madrugada luego de nuestra intempestiva huida.

Te encontré sentada, conversando con tu amiga. Estabas alegre. Me gustó verte radiante y vestida de negro. Te llevé una Coca Cola helada para que te refrescaras. No era esa Coca Cola mi regalo por el día de los enamorados, era simplemente un detallito más de los que te hago para pagarte, de alguna manera, toda la felicidad que provocas en mí. Tú y yo odiamos el día de los enamorados. Nos parece ridículo ver a todas esas mujeres portando estúpidos globos rojos en forma de corazón por las calles de la ciudad como si fueran alguna especie de trofeos o estandartes.

Qué poco original, y hasta mustio, es el obsequiar un globo rojo en forma de corazón, un ramo de flores (peor todavía si es una sola flor), una caja de chocolates o un oso de peluche en el día de los enamorados.

Qué poco original es hacerle presentes de cualquier magnitud y costo a la persona que quieres o amas en el día de los enamorados.

En la madrugada del 14 de febrero me habías dicho, por fin, lo que yo tanto anhelaba escucharte. Me dijiste “te amo, Dani”, y no una, sino varias veces y de manera muy sentida, como sólo cabía esperarlo de ti.

Prosaico y apresurado como soy, te dije que te amaba casi desde los primeros días en que te conocí. A ti te tomó mucho tiempo decírmelo. Y ciertamente, por esa razón, por la madurez de tus palabras, tus “te amo” son mucho más valorables, apreciables y significativos que los míos.

Nunca antes me habías marcado el cuello con la boca. En esa madrugada del 14 de febrero, mientras nos amábamos, lo hiciste. Me marcaste el cuello en dos zonas distintas, diciéndome que me amabas. No sentí dolor alguno. Supongo que fue mitigado por la bella sensación de oírte decir que me amabas mientras tus labios y tus dientes presionaban mi piel.

Ese día, borracho de sueño y de cansancio por todo lo vivido en los días previos, me quedé privado como una roca, ante tu insistencia de que continuara amándote. Muy a mi pesar, y, con toda seguridad también, muy a tu pesar, te dejé insatisfecha por tercer día casi consecutivo. Dormimos plácidamente. Recuerdo que desperté sobresaltado porque mi celular rosado vibraba alocadamente justo debajo de mis posaderas a la hora en que le había programado la alarma: las cinco y media de la madrugada. Me puse el pantalón y la camisa arrugados que había guardado en mi mochila horas antes, antes de huir de mi casa.

Me despedí de ti con un beso en la frente y en tu boquita. No me prestaste mucha atención. (Siempre me has dicho que una de las cosas que haces con pareja devoción y entrega es dormir). Dormías profundamente. Apenas si abriste la boca para recibir mi beso y desearme suerte en el trabajo. Te juro que sentí enormes deseos de quedarme a tu lado, echado en esa cama de hotel contigo y continuar durmiendo junto a ti, sintiendo tu respiración, contemplándote. Pero había en mi camino una obligación que cumplir.
A pesar de todo, te vi horas después. Como siempre, caminé desde la oficina hasta Quilca. Al principio, era una distancia que se me hacía larguísima de recorrer. Ahora, se me ha achicado infinitamente (hablo de la distancia, porque lo “otro”, desde hace tiempo, se me viene achicando infinitamente). Camino porque siento que luego de haber estado sentado todo el día, es el mínimo gesto de consideración que debo concederles a mis piernas para que no se olviden de caminar. En realidad, camino porque no quiero pagar un sol todos los días para que el bus recorra esa relativa corta distancia por mí.

En el día de los enamorados, no me regalaste la consabida frase de amor, o las consabidas tonterías materiales con las que las parejas se atiborran en ese día. Me regalaste la oportunidad de conocer a uno de mis cantantes preferidos: un muchacho de 23 años, flaco, de pelo largo, trigueño y de contagiante buen humor. Su nombre era Nacho. Tú lo conocías desde hacía mucho tiempo. Le habías puesto el apodo de "Laura Bozzo".

Lo conocí y lo felicité por la excelente música que hace (y que tú encuentras deplorable) con su banda de punk Hastakinomás. Tus ojos se colmaban de satisfacción cuando me mirabas hablar con Nacho, tan entusiastamente, sobre la música de él, en particular, y la música punk, en general. A pesar de que odias, con parejo nivel, la música de Nacho, en particular, y la música punk, en general, no podías evitar sentirte feliz por mí, porque conocía finalmente a alguien que compartía los mismos gustos musicales que yo, porque me sentía a gusto.

Ese día me permití invitarle una cerveza a Nacho en la bodega que queda justo enfrente del Boulevard de la Cultura, o La Feria como tú siempre has llamado al Boulevard. Nacho, a pesar de que estaba con su enamorada, no dudó en gastarte algunos piropos. Y es que nadie, puede resistirse a caer subyugado y embobado ante tu personalidad y tus considerables atributos físicos.

Ese día de los enamorados, lo concluimos comiendo el riquísimo arroz chaufa de 4 soles, que la señorita Judith vende cerca de tu casa, y al cual me he hecho adicto. En realidad, me hago adicto a ti, con cada momento que transcurre, estés lejos de mí o muy a mi lado.