Latidos del asfalto

lunes, 27 de agosto de 2012

Yo soy... Jim Morrison


Viernes 24 de agosto del 2012


8pm-9pm:

Luego de haberse bañado (cosa inusual), se pone el polo negro de Bukowski, el bóxer gris (¡demonios! Nunca encuentra el tiempo para coser el hueco que sus constantes pedos han horadado. Ya habrá tiempo), el pantalón negro recto Rip Curl ya muy envejecido, se espolvorea el talco Efficient entre los dedos de sus pies, se pone las medias blancas que, de a pocos, se están deshilachando, se calza sus zapatillas cremas (conveniente imitación de alguna marca conocida, que adquirió en “El Hueco” por un precio irrisorio) y se para frente al espejo del baño. Se encuentra conforme con lo que ve. Le gustaría ser guapo. Pero con lo que tiene se las arregla. Se calza sus lentes de carey de marco negro. Se echa encima el blazer negro del 2009. Por último, se encasqueta en la cabeza esa boina que tanto le ha gustado desde que se la compró. Así, visto al desgaire, parece un pintor en decadencia, un fumón de los bajos fondos, un habitué del jirón Quilca. Sale a caminar por el Centro de Lima. Luego irá al Etnias Bar, al concierto homenaje a The Doors.

9pm-9:30pm:

Camina, sin prisa, hacia la avenida Alfonso Ugarte. Quiere comprar un terno y un chaleco de uno de esos vendedores que tienden sus mercaderías en las calles. No encuentra al vendedor. Encuentra, más bien, al chico que vende discos de música a un sol. Hacía dos días le había comprado un disco de salsa juvenil que le recordaba sus días en el colegio secundario Baden Powell, sobre todo, sus días de silencioso enamorado de una tal Patricia.

9:30pm-10pm:

La plaza San Martín está llena de fanáticos de Dios, comunistas, laberintosos, homosexuales viejos y feos que llevan un pedazo de tela al cuello y merodean buscando alguien que se los levante. Hay unos tres jóvenes que sostienen la constitución del 93 y amenazan con quemarla. Quieren la del 79. Invitan a la gente a practicar el coito andino en el Averno mañana domingo. Ya van a ser las 10. Camina hacia el Etnias Bar.

10pm-12pm:

Saca un billete de 10 soles de su blazer. Una chica muy guapa está cobrando las entradas. A su lado hay un gorila que no dudará en usar la fuerza ante algún faltoso. Desciende por unas escaleras. Está la barra y un amplio espacio en donde hay sillas y mesas. Algunos sofás también. Enfrente está el escenario. Los músicos que tocarán a The Doors afinan sus instrumentos. Ha pedido una cerveza litro 100. Ha desembolsado 12 soles. Se ha sentado a una mesa vacía. Comienza a beber. Diez minutos después, el deejay coloca una seguidilla de canciones de The Doors con la intención de no aburrir a su público, con el propósito de entusiasmar a la gente que, de a pocos, va llenando el Etnias Bar. Aquel que está bebiendo la cerveza parece conocer todas las letras. Las canta con fuerza. Quiere que todo el mundo allí presente sepa que él es un verdadero fanático de The Doors y que, de pasada, sabe inglés. Que se jodan, piensa. Hoy es mi noche, hoy quiero disfrutar a lo grande. Y traga un vaso de cerveza de golpe. Poco a poco, Jim Morrison va tomando posesión de su cuerpo.

12am-2am:

La banda ha empezado a cantar las canciones de The Doors. Cuando tocan Five To One, solamente el tipo la canta, la grita, el resto corea algo ininteligible. Es que Five To One no es muy popular. Queda claro que ese tipo de negro, de boina y pelo largo es un verdadero fanático de The Doors. La gente se reúne frente al estrado. Bailan y cantan. El de negro canta más. Se le acercan muchas personas al tipo de negro. Quieren bailar con él. Quieren cantar con él. Una chica también se le acerca. Es guapa. Él hace lo que suele hacer con todas las chicas guapas, ignorarlas. Las ignora porque sabe que, tarde o temprano, ellas lo ignorarán a él. La chica se le pega más. A pesar de que hay suficiente espacio para moverse, la chica pega su culo a la pelvis de ese Jim Morrison andino. Jim la ignora.

De pronto, cuando se retuerce mientras canta Break On Through, siente una mano en su hombro izquierdo. Es la mujer. Es muy guapa. Es una de las chicas que jamás le haría caso. Le pregunta si él no es el tipo que escribe “tonterías” en un blog. Él asiente sorprendido. Me gusta lo que escribes, dice ella. Estás bien quemado del cerebro. Gracias, dice él. Hay unas tres chicas más algo alejadas de la mujer. Parecen sus amigas. Le hacen guiños a Jim. Éste no sabe qué decir. Break On Through sigue. De pronto, Jim quiere besar a la mujer, pero ella se le adelanta. Nunca antes había sonado tan bien esa canción. Y eso que no la estaba cantando Morrison, sino, más bien, el gordito blancón y barbón que tocaba la batería.

2am-3am:

La banda ha terminado de tocar. Jim y la mujer se estuvieron besando con todo. Fue un beso que implicó manos y sentidos. La banda no ha tocado el himno de The Doors: L.A. Woman. Jim corre hacia el deejay dejando a la mujer con ganas de más. El deejay acepta poner la canción, pero a cambio quiere que le llenen el vaso de cerveza. Jim se lo llena. Al instante, ya está sonando L.A. Woman. Jim corre al escenario. Se trepa en él y empieza a cantar. Su botella vacía es su micrófono. Piensa que la gente se va a enfurecer y lo van a botar. Sucede todo lo contrario, lo aclaman. Él se tira al suelo, actúa, es Jim Morrison redivivo. Dos chicas suben al escenario y tocan sus piernas. Están borrachas, sin duda. Yo quiero esto, dice Jim, quiero ser famoso y aclamado. Todos disfrutan de la canción doblada por el Jim de los Andes.

3am-3:30am:

Jim está cagado de la garganta. Las chicas se fueron en un auto con un tipo que parecía el papá de todas. Jim está solo. Da vueltas por la plaza San Martín. Parece poseído. Le gustó jugar a ser dios. Había bebido tres margaritos en toda la noche. Ahora Jim tenía que ir a su hogar, a ver su sweet family.

viernes, 24 de agosto de 2012

La chica que amé y que me odió

Solo se ama lo que no se posee totalmente.

Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés


Nunca tuve enamoradas en el colegio. Sí las tuve, en cambio, fuera del colegio. Pero tengo la seguridad de que mi experiencia colegial hubiese sido mucho más rica y placentera si hubiera tenido algunas enamoradas (al menos, una).

Esta ausencia del amor juvenil en el colegio marcó mi vida definitivamente. Escribo esto sin saber muy bien en qué modo marcó mi vida. En todo caso, sí sé que debí haber tenido una chica dentro del recinto escolar.

El hecho tangible de que nunca haya formado un vínculo sentimental con alguna chica del colegio secundario en que estudié, no niega el hecho, más subjetivo, de que me haya enamorado platónicamente más de una vez.

A pesar de mi desgraciado rostro (si se dice agraciado rostro, ¿por qué no escribir desgraciado rostro?, ¿digo, no?), chicas que se fijaran en mí las hubo, existieron. Sin embargo, la timidez que me dominaba por aquellos días de colegio, impedía que actúe. Pero ¿cómo podría explicarse que esa timidez fuera vencida lejos de los límites del colegio, en donde, como mencioné, sí tuve enamoradas?

Entonces, no fue mi timidez la absoluta causante de mi carencia de compañía sentimental durante la secundaria. Fue, también, el absurdo afán de mantener incólume la reputación de alumno “chancón” y respetuosito que los profesores me habían conferido.

Mi tonto empeño en salvaguardar ese “título”, esa reputación, evitaba que actuara como realmente hubiera querido actuar. Uno de los aspectos que yo consideraba dañino para mi reputación de muchacho respetuoso y no escandaloso hubiese sido tener enamorada.

Los muchachos más pendejos -es decir, aquellos que sí sabían lo que era vivir libremente, sin ningún tipo de brida moral- tenían enamoradas por todo el colegio.

Cuando estuve en el segundo año de secundaria, hubo una chica que me gustó demasiado. Se llamaba Patricia Camiletti Rodriguez. Me gustaban sus caderas. No recuerdo si tenía las tetas grandes. En todo caso, me atraía sobremanera su mirada, su cara, su cuerpo, su forma de caminar.

Durante las clases solía mirarla con arrobamiento. Puedo asegurar que ella me devolvía coquetas miradas. Patricia Camiletti Rodríguez ocupó siempre el segundo lugar en aprovechamiento académico en el aula. Fuimos casi 30 personas durante la secundaria. En algunos contados bimestres, lograba arrebatarle de las manos ese segundo lugar. Pero lo usual era que yo ocupase el tercer puesto.

Para mí era lo máximo que ella me mirase con esa coquetería. Durante mis caminatas hacia la escuela, en los recreos, mientras hacía las tareas siempre elaboraba y protagonizaba planes para declararle mi amor a Patricia Camiletti Rodríguez. En mis sueños, el plan era llevado a cabo con éxito. Mi almohada representaba a Patricia en mis noches solitarias, en las cuales caía rendido de sueño luego de haber trajinado a mi almohada con mis babosos besos, mis labios tapizados con la pelusita blanca de la funda que la cubría.

Aún no sé por qué (Patricia, si por ventura lees estas líneas, cosa que dudo porque siempre fuiste lo suficientemente inteligente como para escoger sabiamente tus lecturas, respóndeme el por qué) en tercero de secundaria, Patricia dejó de hablarme y de mirarme. Si me miraba era para demostrarme que sus ojos guardaban un profundo odio hacia mí. ¿Por qué me odiaste repentinamente, Patricia? ¿Por qué me mirabas como se le mira a una cucaracha de desagüe, Patricia? ¿Qué hice o dije para que esa cómplice coquetería trocara en tácito y explícito desdén?

Su inexplicable desprecio hacia mí duraría toda la secundaria. No negaré que la he “googleado” y, gracias a esas pesquisas superficiales, he podido averiguar que vive en España. ¿Qué estará haciendo por allá? ¿Me guardará algún odio todavía? ¿Se acordará de mí?

Creo que si la vida me concediese la oportunidad de verla nuevamente, le contaría todo lo que ella provocó en mi adolescente alma, cómo me tuvo cautivado hasta el último año de la secundaria y, si todavía conserva esa belleza asesina, me permitiría besarla. Si estuviera comprometida o no, ese es un asunto adjetivo, menor.



jueves, 23 de agosto de 2012

Tributo a The Doors - Etnias Bar - Centro de Lima

Cuando uno es muy admirador de una banda cuyo vocalista y líder natural dejó de existir hace mucho tiempo, mucho antes de que uno naciera, resulta algo agobiante saber que no se podrá disfrutar de un espectáculo en vivo de esa banda, no se podrá gritar a voz en cuello las poéticas letras de ese artista tan admirado, tan lector, tan culto, tan rebelde, tan loco como lo fue Jim Morrison.

Afortunadamente, existen bandas dedicadas a cantar las canciones de aquellos artistas a quienes admiran. Es el caso de la banda Universal Pay, la cual se presentará en el Etnias Bar (Jr. Carabaya 815, en el rico Centro de Lima), que interpretará aquellos himnos que The Doors entregó al mundo a fines de la década de 1960 y principios de la de 1970.

Son escasas las bandas que doblan a The Doors (supongo que no es fácil la tarea de alcanzar los registros que James Douglas Morrison alcanzaba con facilidad, inclusive cuando se encontraba en sus mejores curdas) y tener a una de ellas en escena es una oportunidad que un tipo como yo, admirador de aquel poeta californiano, no puede desechar, sobre todo, si tenemos en cuenta que la entrada es económicamente razonable: 10 nuevos soles.

Antes de finalizar, citaré lo que el escritor británico Aldous Huxley dijo, citando éste a su vez al poeta británico William Blake: “Si las puertas de las percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito”. Cabe resaltar que Morrison fue un devoto lector de los dos personajes antedichos.

Y para concluir este articulillo, dejaré, traducidas por mí (así que les ofrezco mis disculpas por los posibles horrores en la traducción), algunas de las citas de Morrison que más me agradan: (Incluso, he conducido mi vida según algunas de esas máximas)

“Friends can help each other. A true friend is someone who lets you have total freedom to be yourself - and especially to feel. Or, not feel. Whatever you happen to be feeling at the moment is fine with them. That's what real love amounts to - letting a person be what he really is.”

(Los amigos se ayudan entre sí. Un verdadero amigo es aquel que te da la absoluta libertad para que seas tú mismo –y especialmente para que sientas. O no sientas. Lo que sea que estés sintiendo en el momento estará bien para ellos. A eso es lo que el amor verdadero apunta: dejar que una persona sea lo que realmente es)

“Expose yourself to your deepest fear; after that, fear has no power, and the fear of freedom shrinks and vanishes. You are free.”

(Exponte a tus miedos más profundos; luego de eso, el miedo ya no tendrá poder, y el miedo a la libertad se desvanecerá. Entonces, serás libre)

“People fear death even more than pain. It's strange that they fear death. Life hurts a lot more than death. At the point of death, the pain is over. Yeah, I guess it is a friend.”

(La gente teme a la muerte más que al dolor. Es raro que le teman a la muerte. La vida duele mucho más que la muerte. Cuando uno muere, el dolor se acaba. Sí, creo que la muerte es una amiga)

“The most important kind of freedom is to be what you really are. You trade in your reality for a role. You give up your ability to feel, and in exchange, put on a mask.”

(La más importante clase de libertad es ser quien realmente eres. Vendes tu realidad y recibes un rol. Renuncias a tu habilidad de sentir y, a cambio, te pones una máscara)

“Blake said that the body was the soul's prison unless the five senses are fully developed and open. He considered the senses the 'windows of the soul.' When sex involves all the senses intensely, it can be like a mystical experience.”

(Blake decía que el cuerpo era la prisión del alma, a menos que los cinco sentidos estuviesen totalmente desarrollados y abiertos. William Blake consideraba que los sentidos eran las ‘ventanas del alma’. Cuando el sexo involucra a todos los sentidos intensamente, puede convertirse en una experiencia mística)

“Some of the worst mistakes of my life have been haircuts.”

(Algunos de los peores errores de mi vida han sido los cortes de cabello)

miércoles, 22 de agosto de 2012

Las chicas blancas que he besado

Este no es un artículo que hace apología del racismo. Nada que ver. ¡Cómo podría ser racista si soy un tremendo cholo de mierda! Nada sería más irónico y huachafo que yo en plan racistón.


Esto simplemente es un recuento que surgió a partir de los muchos besitos en la boquita que le doy a mi hijita Morgana Daniela, cuya fotografía adjunto a este articulillo.

Luego de un largo día, llegué a casa para colmar de besos a mi bebé. Su madre estaba a mi costado, observando la escena. Entonces, detuve mi cariñoso accionar y pregunté: ¿A cuántas chicas blancas he besado en mi poco fructífera vida? Mi esposa, acostumbrada a mis inopinados disparates, solo atinó a sonreír. Para mi suerte, no se molestó por lo inconveniente de mi pregunta.

Es cierto que los besos que le doy a mi hijita no tienen ninguna significancia sexual, son, más bien, los besos de un padre que adora desmedidamente a su hija. Pero mi mente (y en general, cualquier mente) funciona de la manera menos esperada, trasegando elementos de un rincón olvidado hacia otro, llevándolos de aquí hacía allá.

A pesar de mi fealdad, he tenido la oportunidad de besar los labios de algunas chicas, algunas menores que yo, otras algo mayores. Sin embargo, de todas ellas solo cuatro tuvieron la piel blanca (y supongo que todavía la tienen de ese color).

Sin ánimos de causarles algún sinsabor o incomodidad, me permitiré nombrarlas para mejor ilustración de aquel lector que tenga alguna extraviada curiosidad sobre este asunto.

Clarissa: Chica de cabello castaño, muy linda, algo más alta que yo. Era una chica muy bella. Hasta ahora me pregunto qué me vio. Cuando le propuse ser enamorados, ella tenía 12 años y yo 14. Nuestra relación fue efímera, apenas llegamos a los tres meses. Qué será de ella.

Patty: Chica de cabello oscuro lacio, simpática. Tenía unas caderas algo desarrolladas para sus 11 años. Era muy coqueta cuando se vestía. Yo tenía 15 años cuando la besé al frente de la fachada de un pequeño colegio de educación inicial en Los Olivos. Nos dimos algunos besos más luego de aquel. No llegamos a sostener una relación de enamorados porque tuvo el buen tino de mantenerme alejado. Ella besaba muy bien.

Andrea: Chica de cabellos oscuros, algo ensortijados, de ojos de algún color muy bonito que no sé describir. Estudiaba Química en la Católica. La conocí en esa institución, durante la celebración de unos juegos algo locos y desmesurados. Era delgada, algo más baja que yo. Hace unos meses la vi desde el bus que me llevaba a mi casa. Ella estaba parada en las afueras del Burger King de la avenida La Marina. Estaba igualita. No había cambiado nada.

Yuliana: Su piel no era tan blanca. Digamos que era blancuzca (si cabe el término). En todo caso, está en mi lista. Recuerdo que se laceaba el cabello. Tenía ojos muy bonitos, cuya coloración se escapa del recuerdo de mi memoria (nunca me fio de mi mente, ya no me funciona muy bien). Estudiaba en la Católica, en el departamento de Ciencias Sociales y adoraba la poesía. Su poeta favorito era César Moro. Siempre tenía una cita o frase de Moro que solía emplear durante alguna conversación. Pudo haber sido mi gran maestra de poesía. Interpretaba sublimemente los versos. Era asidua concurrente de los StarBucks, adonde solía ir acompañada de un libro.

martes, 21 de agosto de 2012

Crónica de una bofetada

La empresa en la cual trabaja el escritor da una fiesta para sus empleados en uno de los amplios salones de un conocido hotel de la ciudad. Desde que ha llegado al lugar, el escritor ha buscado solapadamente a la poeta (poeta y no poetisa, porque este último término "queda un poco gacho", como asegura el real visceralista Pancho Rodríguez en "Los Detectives Salvajes"). El escritor y la poeta habían trabado cierta amistad desde hacía unos pocos días, la cual consistía, básicamente, en la fluida escritura de correos electrónicos durante las horas laborales.


El recinto va colmándose de empleados. El gerente, el pecho henchido y las puntas del zapato siempre hacia adelante, se detiene ante cada uno de los grupos que van componiendo los empleados. El gerente intercambia algunas frases solamente con aquellos a quienes conoce en cada grupo. Les dice algo que considera divertido para abandonar un grupo y dirigirse a otro.

Las palabras de agradecimiento y los shows contratados han terminado. Empieza lo que los empleados han aguardado con ansias: la hora de las bebidas gratis y en descomedidas cantidades. En las dos barras dispensadoras de licor, se han formado largas colas de gente que busca embriagarse. Dichas colas disuaden al escritor de porfiar en conseguir un trago. Otea el horizonte buscando a la poeta. Detiene la mirada en cada una de las cabelleras femeninas que poseen algún parecido con las de la vate. No está. No se presentará. El escritor siente que no ha valido la pena asistir a esa especie de fiesta. Quería tremendamente volver a vivir la experiencia de conversar con la poeta, a quien encuentra guapa, exitosa y enigmática. El escritor mediocre reavivó en su percudido cerebro aquella ocasión en la cual platicó animadamente con la poeta en la Feria del Libro, en el Parque de los Próceres, en Jesús María. Una vez más, la suerte del escritor parecía mostrarse tan sañuda con él como siempre.

Sus compañeros de trabajo lo envuelven en conversaciones en las que él preferiría no participar. Preferiría, más bien, tener las gónadas suficientes para huir de allí y buscar a la obstetra, pretérita enamorada suya que, oh casualidad, le había llamado hacía varias horas para contarle que estaba de paso por Lima, con crecientes deseos de verlo pronto. La obstetra lo rescataría del desasosiego que le causaba la inasistencia de la impredecible poeta.

Mira su teléfono una y otra vez tratando de inyectarse el valor necesario para llamar a la obstetra y pactar el lugar de su encuentro. No consigue hacerlo, pues una vaga esperanza, que no es tan vaga porque, pertinaz, anida fuertemente en su alma, consigue que el escritor aguarde un poco más por su amiga la poeta.

Al cabo de unos minutos, el escritor ve llegar a su amiga. Está Linda. Sus labios tienen el color de una bermeja Rosa. Quiere ir directamente hacia donde ella está pero le es difícil abandonar a su grupo de amigos sin ser descortés. Como si a estos huevones les importara si soy descortés o no, piensa el escritor.

Luego de responder a una pregunta que alguno de sus compañeros le ha formulado, el escritor vuelve a mirar hacia el lugar en el que estaba la poeta. Ya no está. Trata de buscarla, con sigilo y desesperación al mismo tiempo, entre la multitud. Finalmente, da con ella. Esta al lado de una de las barras, con una mujer más baja que ella.

Como el cerebro del escritor trabaja lento, y cuando trabaja un poco más rápido trabaja mal, no cuenta con ninguna idea que le permita separarse del grupo. Tiene que acudir en su ayuda su muy trajinada vejiga. Siente urgentes ganas de ir al baño. Había tomado varias cervezas y éstas aún no lo habían abandonado. Ya pugnaban por ver el exterior ensanchando las paredes de su vejiga. Se disculpa y se dirige al baño.

Mientras oye el discurrir del chorro piensa: Qué buena idea, cómo no se me había ocurrido antes. Esa era la perfecta excusa: ir a mear. Ahora que ya se había emancipado de sus compañeros, no pensaba regresar. Su objetivo era la poeta: conversar con ella.

En el baño se acicala lo mejor que puede (¡lástima!, no podrá hacer nada con respecto a esa cara, pero el pelo todavía se lo puede acomodar al igual que su vieja camisa o su trajinado pantalón). Cuando entra al salón, ve a la poeta. Camina despacio hacia ella; no quiere mostrarse desesperado por hablarle. Cuando llega a la posición de la poeta, ni ella ni su chaparra amiga lo notan (¡qué novedad!, ¡cuándo el escritor ha sido advertido, si su destino es pasar inadvertido en cualquier lugar!). Le hace así con el dedo índice en el hombro a la poeta y se inicia la conversación.

El escritor queda fascinado con la poeta, a quien ve más bonita que nunca, fuera de la pose rígida y profesional con que la ha visto en algunas ocasiones en la empresa para la que ambos trabajan. La poeta presenta al escritor a su amiga Susana. No fue necesario que transcurrieran más de dos minutos para que se creara un lazo cómplice y muy ameno entre el escritor, la poeta y Susana.

A medida que transcurre la reunión de aquellas tres personas –ya aisladas totalmente, por cuenta propia, de lo que sucedía alrededor- el escritor se felicita por haber esperado a su amiga la poeta. La conversación es amena. Susana es una mujer completamente jovial y franca, congenia muy bien con la poeta y con el escritor. Sin embargo, parece que la conversación llegará a su fin: el licor ha cesado de fluir, las luces titilan, amenazan con desaparecer, la multitud se desconcierta. Ha llegado la hora del fin de la reunión. Todos a casa.

Susana, la poeta y el escritor deciden continuar su conversación en otro lado. La poeta sugiere un lugar en Miraflores. Se embarcan en un taxi y en cuestión de segundos llegan a un local de música brasilera. Uno segundos antes de entrar, el grupo es interceptado por un par de ingenieros de la empresa. Susana los conoce y los presenta al escritor y la poeta. Susana los conoce pero no sabe cómo han llegado a parar a ese lugar. Los ánimos de diversión que embargaban a la poeta, el escritor y Susana han declinado. Se pierde la mística inicial. Hay ahora dos extraños que parecen no encajar del todo en el momento.

La poeta ha bebido chilcanos todo el tiempo durante su permanencia en el hotel, el escritor, más procaz en sus gustos, ha libado innumerables vasos de cerveza y Susana únicamente un vaso de whisky. Es decir, al menos la poeta y el escritor están medio “sazonados”.

Luego de haberse sentado a una mesa, el escritor ha ordenado una cerveza, la poeta un chilcano y Susana otra cerveza. Los ingenieros han pedido unos tragos acordes con sus altas posiciones en la empresa. Uno de ellos se apodera de la charla y la centra en torno a sus experiencias laborales dirigiendo grandes obras de ingeniería. Los circunstantes fingen prestar atención. En determinado momento, las chicas huyen hacia el baño urgidas por sus vejigas y, quizá, para evitar oír una palabra más sobre las hazañas del ingeniero. El escritor no sabe qué hacer en ese grupo, solo con los dos ingenieros. Para su suerte, los ingenieros conversan entre sí. El escritor no tendrá que simular escuchar nada ni pretender que le interesa determinado tema. Solamente hay una cosa en su cabeza: estar a solas con la poeta, beber con ella algunos tragos más, dejarse envolver por esas conversaciones que solamente él y ella son capaces de entablar.

Con las chicas de regreso, unos minutos más en el reloj y las bebidas concluidas, cada cual busca el mejor modo de regresar a casa. Susana, la poeta y el escritor toman un taxi y le dicen adiós al fiasco producido en el local brasilero. Dentro del vehículo, se prometen salir solamente los tres algún fin de semana próximo. El taxi arriba al domicilio de Susana. Ella se apea del vehículo y les desea suerte a la poeta y al escritor. El destino del taxi es ahora la casa de la poeta. El recorrido es largo. Ambos conversan, se sonríen, saben que juntos se comprenden. Sin embargo, un silencio equívoco se apodera del ambiente. El escritor considera que es el momento adecuado para llevar a cabo el plan que desde hacía unas horas deseaba ejecutar: robarle un beso a la poeta. La ve linda, recostada sobre el asiento del taxi, a escasos centímetros de él. La poeta es una mujer interesante, lectora, emprendedora, cruel, sarcástica, exitosa. El escritor no quiere arruinar este reciente vínculo amical con el beso inoportuno que quiere robarle. No puede luchar con sus impulsos primarios, antediluvianos, reptilianos y se acerca a la poeta buscándole la boca. Ella se sorprende y le propina una bofetada tan estruendosa que el taxista, sobresaltado por la sonoridad del impacto, casi desvía el vehículo de su carril. No lo vuelvas a hacer, dice la poeta, la mirada llena de fuego. El escritor quiere empequeñecer y desaparecer. Ha fracasado en su intento y ahora ha jodido una relación amical que prometía grandes anécdotas y vivencias.

La poeta, enfurecida, baja del vehículo cuando éste llega a su casa. El escritor no baja. Ese taxi lo llevará también a su casa, con su esposa y su hija.

lunes, 20 de agosto de 2012

La Fuerza del Destino - Mecano

Cuando te cruzas con una persona con la que, a medida que caen y caen los segundos y minutos y horas del reloj como gotas de un caño que nadie se ha preocupado por reparar (fea metáfora), vas edificando una especie de amistad muy particular y, sin duda, edificante, sientes inevitablemente que fue el mandato de algún designio misterioso del destino el que se ha encargado de unir, en esos puntos particulares de sus vidas, a esos dos seres tan parecidos y tan lejanamente distintos.


Parecidos porque son egoístas. Reconocen que todo el mundo es egoísta, pero solo los valientes se atreven a reconocerlo ante todos, ante ese bulto informe compuesto por gente que vive embozada con el antifaz de la “buena onda”.

Estas dos personas se saben egoístas y se gustan así, egoístas como son.

Una trabaja de manera correcta y sobresaliente para obtener elogios que nutran su ego, que la hagan sentir bien a ella “solamente”. Ella consigue títulos y distinciones con no poco esfuerzo (un esfuerzo del carajo le ha costado todo lo que ha conseguido hasta el momento), y todo ello, ella lo sabe, consigue hacerla sentir muy superior al resto. Gracias a esos logros ella nos ve a nosotros, los tontos y estúpidos que la rodeamos, como alfeñiques, seres indignos de recibir, siquiera, un saludo suyo. Ella no hace todo lo que hace para ayudar a su familia o a la empresa para la que trabaja. No. Ella lo hace para ella misma, para que digan de ella lo excelente que es y lo luchadora que seguirá siendo. La ayuda a la familia llegará como consecuencia de la grandeza que ella va obteniendo con cada logro que ha conseguido gracias a sus acertadas decisiones. Su grandeza le proveerá el dinero y comodidades que quiere, primero, para ella misma y, en segundo lugar, para sus familiares más cercanos.

El otro escribe cosas que considera transcendentales e importantes, las cuales publica en un blog que casi nadie lee, para que aquellos que, por ventura, las leen, le digan palabras como: “escribes muy bien, hermano, tienes una pluma brillante, me mato de la risa con todo lo que escribes”, palabras que, sin duda, inflarán su ego. Ha escrito un librillo intrascendental de cuentos que poca gente ha leído, pero aquella que lo ha leído se ha reído a mandíbula batiente al menos una vez (esto lo ha podido comprobar el escritor de tal librillo). Esto colma de ínfulas al tipo y lo hace sentirse poderoso y muy superior al resto de gente que lo rodea. El tipo ha llegado a la conclusión de que cultivar el arte de escribir y publicar novelas lo coloca muy por encima del resto de la gente. Él no ve ningún tipo de mérito en aquellas personas que trabajan día y noche para empresas grandes y millonarias, que rigen sus vidas según los horarios que les imponen sus jefes, que ganan un sueldo que ya quisiera él ganar, que estudian diplomados y maestrías, amasándolos como coleccionistas de naderías. Al tipo le parece que ganar títulos y trabajar para ganar dinero es vivir con miras muy pobres y obtusas. Le gusta ver el LinkedIn para ver el rostro de aquellas pobres personas que creen que mostrar su vasto y exitoso curriculum es el súmmum de la vida. El tipo considera que estos trabajos, cursos y títulos han apartado al ser humano de su primer y último fin: el arte creador, el ocio intelectual. Por tanto, el tipo vive preocupado por escribir las cuatro novelas que se ha propuesto escribir e inscribir su nombre en la posteridad. Todo lo demás le parece procaz, vulgar, mundano, prosaico.

Estas dos personas son lejanamente diferentes porque tienen objetivos muy distintos.

Ella quiere ser una profesional exitosa y adinerada, poseedora de un exquisito y lujoso departamento cuyos únicos habitantes sean ella y un perro obeso y lambiscón.

Él solo quiere escribir cuatro novelas y seguir provocándoles carcajadas a sus lectores. Nada más. Le tiene sin cuidado su carrera profesional. Ese detalle se lo deja al destino, que ha sabido darle lo que le corresponde. Él solo quiere escribir y morir a los 40 años. Ni un año más ni uno menos.

Ambos personajes han cruzado sus caminos. Se han reconocido similares y se han gustado mucho. Ambos tienen vidas hechas, pero han planeado no separarse porque se sienten bien cuando están juntos. Han planificado que su amistad (esa amistad que ellos reconocen singular, única, diferente) dure cierto tiempo, ni un día más ni un día menos, porque ambos quieren de lo bueno, poco y de eso poco, poquísimo. Tienen un lema: “El mejor grupo es el grupo de dos”.

A ella le gusta La Fuerza del Destino de Mecano. Él ha escuchado esa canción y no ha parado de escucharla, ni siquiera mientras ha escrito estas parrafadas.

martes, 7 de agosto de 2012

Profetas del odio - Gonzalo Portocarrero


El sociólogo Gonzalo Portocarrero presenta un análisis desapasionado, objetivo y calmo sobre las condiciones que propiciaron el surgimiento de Sendero Luminoso, cuyo verdadero nombre fue Partido Comunista del Perú: Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui.

Se explica, en el libro “Profetas del Odio”, que Guzmán confunde en un solo dogma las ideas que José Carlos Mariátegui expuso en sus Siete Ensayos sobre la Realidad Peruana –realidad, aclara el autor, referida al Perú serrano de los años 20- y las doctrinas marxistas. En los años 20 el gamonalismo todavía persistía en algunos lugares de la sierra del Perú para mal de los llamados “indios”. En cambio, en los años 70, en que surge Sendero Luminoso, el gamonalismo ha desaparecido y ya no es el gamonal aquel que personifica la tiranía y el odio. Por tanto, las ideas de Mariátegui al respecto caen en saco roto. Guzmán dirige entonces el odio al otrora gamonal hacia cualquier persona que represente cierta autoridad. Es así que los enfebrecidos y enceguecidos seguidores de Guzmán atentan contra el indio que ahora es autoridad, contra el policía, contra el alcalde, contra el comerciante.

En el libro se hace un interesante análisis del cuento “El sueño del pongo” de Arguedas, en el cual se retrata la tiranía que el gamonal hace merecer a un indio humillado y apocado. Los análisis no quedan allí sino que se extienden a cuadros de Cristos, a los textos escritos por Víctor Zavala Cataño, dirigente senderista y dramaturgo guerrillero, quien a través de sus puestas en escena, simples, directas, maniqueístas y tergiversadoras de la realidad que cumplían la función de adoctrinar a las masas en la ideología “justiciera” de Sendero Luminoso. Además, Portocarrero analiza, al final del libro, viñetas incautadas a cierto senderista, dentro de una cárcel, cuyo fin último era, aparentemente, el de la propaganda. Hace énfasis el autor en la ausencia de texto en las viñetas, lo cual indicaría que a las masas, a los seguidores, se les atrae por medio de las imágenes y no del discurso. Sendero Luminoso evitaba que sus seguidores leyeran algo distinto de lo que el “Presidente Gonzalo” haya dictaminado. Solamente se debía acatar lo ya dispuesto por la cúpula.

Por otro lado, la personalidad de Guzmán se disecciona llegando a mostrar a un tipo que jamás recorrió los campos en busca de adeptos. No le gustaba ensuciarse los zapatos. Era un tipo que vestía bien y tenía fama, cuando catedrático en la universidad huamanguina, de hombre muy leído. No es pues el líder carismático que las masas solicitaban. Su magnetismo radicaba en su aparente sapiencia.

Esta ausencia del tan mentado misticismo de Guzmán queda palmariamente demostrada en el estudio que hace Portocarrero del video del baile de “Zorba el griego”. En esa reunión, cuyos participantes son las cabezas de Sendero Luminoso, incluido el propio Guzmán, los seguidores aclaman tácitamente la “presencia” del líder, algún discurso, alguna señal, algo que les renueve la espiritualidad senderista. No embargante, las ansias de los circunstantes quedan defraudadas.

En estos días en que la juventud peruana ha olvidado completamente a los hechos y los protagonistas de los sangrientos años pasados, conviene leer los “Profetas del odio” para evitar la ocurrencia de aquellos vitandos y nefastos sucesos.

El amante uruguayo - Santiago Rocangliolo


Cuando se termina de leer “El amante uruguayo”, documentado ensayo del escritor peruano Santiago Roncagliolo, uno queda con la sensación de haber conocido a un particular personaje a quien, como a todos nosotros en mayor o menor medida, le urge trascender en la vida, ser recordado por las posteriores generaciones, y este deseo rige su vida y sus relaciones afectivas.

Enrique Amorim (1900-1960) fue un escritor uruguayo, quien anheló rodearse de las más fulgurantes figuras intelectuales de su tiempo para que la posteridad lo reconociera como parte de aquel círculo conformado por las mentes más lúcidas y geniales. Fueron muchas las figuras con las que Amorim llegó a trabar cierto tipo de amistad u odio. No embargante, Federico García Lorca sería el ser que lo marcaría por siempre.

“El amante uruguayo” presenta los vaivenes de Amorim y, puesto que es necesario, toca la vida de aquellas personalidades que coexistieron junto a él. 
Amorim, en sus memorias, relata haber celebrado una reunión privada con, nada más y nada menos que, Charles Chaplin y Picasso. Sobre la veracidad de tales reuniones se han tejido muchas versiones, algunas de las cuales desacreditan la versión de que Amorim realmente fue parte de ella. Fuera de ello, resulta interesante la forma en que Chaplin y Picasso, genios en sus respectivos ámbitos, congeniaron perfecta y jocosamente. Cada uno de los varones estaba acompañado de sus esposas.

Enrique Amorim siempre estuvo ávido de trascendencia a tal punto que llegó a enrolarse en las filas del partido comunista, hecho que le valió enemistades fuera de ese partido y dentro de él.

Leyendo “El amante uruguayo” el lector se noticia sobre la rijosidad de Picasso, la altanería y pedantería del escritor Louis Aragon, entre otros interesantísimos datos que ya se me olvidan debido a la precariedad de mi memoria (el libro lo he leído hace ya unas cuatro semanas y, debido a que he encontrado un tiempito propicio, recién escribo estas parrafadas).

Lo cierto es que Federico García Lorca murió ejecutado en condiciones misteriosas durante la Guerra Civil Española, razón por la cual el paradero de su cadáver es todavía un misterio. El libro relata que, durante cierto periodo de la vida de Amorim, éste desapareció misteriosamente, reapareciendo tiempo después para oficiar una especie de funeral. Efectivamente, en su ciudad natal hizo construir un túmulo en honor a García Lorca, debajo del cual enterró una caja osario cuyo contenido todavía es un misterio. Una de las teorías tejidas es que el cuerpo del poeta granadino, o al menos sus huesos, descansen en aquella caja. A aquella ceremonia no asistió ninguna celebridad literaria, hecho que fastidió a Amorim.

Si bien el título del libro “El amante uruguayo” induce a pensar que entre Amorim y García Lorca existió una relación amorosa, el texto no la menciona. Menciona y documenta, eso sí, que  entre ambos escritores hubo una amistad fuerte. Al menos, esto es lo que da a entender Amorim. Él era capaz de transformar la realidad para hacer pensar a la posteridad que la mentira podía convertirse en verdad. Podría decirse que Amorim fue un amante de la buena vida, de la fama, de las reuniones sociales de alto nivel y de la buena poesía.

Rocangliolo considera que Amorim fue el primer escritor en emplear las técnicas modernas de la publicidad para impulsar su literatura. Se cuenta a tal respecto que Enrique Amorim publicó hasta cuatro veces la misma historia basada en un conjunto de prostitutas errantes que merodeaban las tierras gauchas. Las mencionadas publicaciones tuvieron mucho éxito en aquellos tiempos.

Hubiera disfrutado cabalmente de “El amante uruguayo” si hubiera comprado la versión original, pues el texto viene acompañado de un interesante dossier fotográfico que, en la versión pirática que poseo, se aprecia paupérrimamente.