Latidos del asfalto

sábado, 26 de octubre de 2013

Los inocentes - Oswaldo Reynoso



“Ah, estás con ganas de cagar gente hoy día, compare”. Eso le hubiera dicho a Reynoso si yo hubiera sido Jaime Cabrera en la entrevista reproducida en su blog “Lee por gusto”. Pero, también, por qué tiene que iniciarse una entrevista con preguntas tan manidas: “¿Cuándo empezó a leer?, ¿cuándo empezó a escribir?” ¿No podemos preguntar algo diferente, algo que refresque y agilice el ambiente? Son preguntas tan estúpidas e igualmente equivalentes a aquellas que les formulan a los cantantes o actores extranjeros cuando nos visitan: “¿Ya probó el ceviche?, ¿le ha gustado el pisco sour?”.


Reynoso no solo se muestra “cagón” al principio de esta entrevista, pero es en esa parte donde más resalta esa especie de altanería que te da la vejez y los elogios descontrolados que le llegan a uno de todos lados. Una altanería que te hace creer que lo que dices es ley.

He leído hace dos meses, por primera vez en mi vida, la tan mentada famosa obra de Oswaldo Reynoso y, a causa de mi tan escaso gusto literario, no la he hallado tan magnífica como la proclaman escritores viejos y jóvenes, el público en general, quienes, principalmente por ese cuentario, hablan de este Reynoso como si fuera un auténtico dios o leyenda.

Siempre que leo una novela o un cuentario, indago sobre el autor: busco las entrevistas que dio en vida o documentales biográficos.

Mientras leía “Los inocentes”, buscaba documentos visuales sobre Reynoso. Quería saber algo más sobre él y su obra. Hallé la entrevista colgada. Luego de verla, quedé profundamente decepcionado del escritor y, por contera, del entrevistador. Pensé: “viejo dogmático, chauvinista de mierda”.

En el vídeo, es lamentable el momento en el que este escritor cuenta cómo le destroza la ilusión a una pequeña que le encarga un regalo para Colorete (uno de los personajes del libro) y aquel, en lugar de fomentar la imaginación de su pequeña lectora y seguirle la corriente, le dice: “Colorete no existe; es un personaje de ficción”.

Es abominable el momento en el cual el escritor dice que Abimael Guzmán -uno de los más grandes genocidas que ha conocido este país-, es un “humanista”. Es indignante, además, la abulia del entrevistador, que no reacciona ante esas declaraciones; antes bien, calla y se une al séquito de escritores que proclaman a Reynoso como un ídolo de las letras peruanas. Tremenda sorpresa se lleva uno cuando se comprueba que los emisores de dichos elogios son escritores que abominan de la “lucha armada” y se proclaman defensores de la paz.  Qué tal duplicidad, ¿verdad? Incluso Beto Ortíz, en el vídeo colgado aquí también, se deshace en encomios a este Oswaldo Reynoso.  


Es vergonzoso oír a Reynoso defender la gestación de “Sendero Luminoso” y del “MRTA” cuando dice: “(En los sesenta) hay dos partidos políticos que dan el paso al frente”. Uno se pregunta: ¿El entrevistador está ahí?, ¿alguna persona ligeramente memoriosa puede permanecer pasiva ante tales declaraciones?


El contenido de “Los inocentes” no dejó nada en mí; a diferencia de otros textos. Han transcurrido dos meses desde que la leí y apenas recuerdo el título. Sé que mis pocas lecturas y mi inopia intelectual no me permiten emitir un juicio más elaborado y “literario”, pero es inevitable que esta opinión esté muy contaminada de la mala impresión que me deja su autor.