Latidos del asfalto

martes, 25 de febrero de 2014

Tras las huellas de don Alberto (Crónica de una búsqueda)

Lo recuerdo claramente, porque el mismo día en que le envíe el correo a P, el entonces gerente general de la empresa en la que trabajo, casi suplicándole para que me conceda una entrevista con su suegro, el patriarca de la minería peruana, don Alberto Benavides de la Quintana, partía yo hacia la clínica en la que pocas horas después nacería Morgana, mi hija.

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Por aquellos días, vivía bajo la influencia del contenido del libro “Steve Jobs”, de Walter Isaacson. Luego de esa lectura, busqué más información sobre Jobs, el audaz entrepreneur americano quien, con su obra, cambió varios paradigmas de esta época. En Youtube, vi casi todas las entrevistas que Jobs concedió, las convincentes y amenas (aunque creo que el adjetivo ameno no describe cabalmente la clase de espectáculos verbales y gestuales que Jobs solía desplegar sobre los escenarios de las MacWorld) presentaciones que hacía de los revolucionarios productos de Apple, el memorable discurso de Stanford y alguno que otro documental biográfico.

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Lo tenía más o menos planeado. Mi estrategia era: tirar la bomba, huir y regresar luego de un tiempo para ver los efectos de la explosión. Una estrategia un poco cobarde, pero estrategia al fin y al cabo. Supongo que es normal. Nuestra cultura nos ha formado así: guardarle cierto temor a tu superior (claro, a menos que ese superior sea tu pariente o tu conocido). Le escribí un extenso correo al entonces gerente de la empresa en la que trabajo (tan extenso que seguramente aburría). En resumen, en el correo, me presentaba brevemente (estaba seguro de que P ignoraba que un tal D trabajaba en su compañía), le contaba que hacía dos años había publicado un librillo de cuentos (librito que nadie compró  ni leyó) y que había indagado minuciosamente sobre el recorrido de don Alberto. Sin embargo, deseaba, ingeniero, que me conceda, o haga posible, una entrevista con su respetable suegro para reunir material de primera mano que me permita escribir una biografía novelada sobre tan descollante personaje. Un libro sobre un don Alberto desmitificado sería una importante contribución para la literatura empresarial y motivacional (quizá exageraba, pues no me siento, ni me sentía aquella vez, capaz de escribir del modo en que lo hacen los grandes novelistas. No obstante, tenía que parecerle convincente a P). Era una suerte que un personaje del calibre de don Alberto todavía estuviese vivo; no cualquiera cumplía noventa y dos años y disfrutaba de una envidiable lucidez. La carta, mi propósito, todo me parecía muy arriesgado, pero, ¿los emprendedores no hacían cosas arriesgadas? ¿No telefoneó Steve Jobs, a los doce años de edad, al mismísimo gerente y cofundador de Hewlett & Packard, Bill Hewlett, para que le vendiera directamente unas piezas electrónicas que necesitaba para darle vida a un proyecto personal (un contador de frecuencias)? Está bien, pensé. A veces uno tiene que arriesgarse; de lo contrario, la conciencia nos repetirá incesantemente: por qué no lo hiciste, por qué no te atreviste.

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¿Y en el Perú? ¿En mi país hay emprendedores? Sí los había. Los hay. Consumí literatura sobre emprendedores peruanos. Compré algunos de los libros de Nano Guerra García: “¿Dónde está la riqueza?”, “La historia de María” y  “Los secretos del carajo”. Quería saber cuántos y quiénes eran los “Steve Jobs” peruanos, quería leer  las historias de los peruanos que supieron plasmar exitosamente su visión, a pesar de los medios adversos en los que les tocó vivir. Si mal no recuerdo, en el último libro mencionado, Nano sostiene una entrevista con don Alberto. Esa lectura fue el chispazo que desencadenó mi admiración por el joven don Alberto, quien con conocimientos, habilidad y tozudez convirtió una humilde y casi obliterada mina, la mina Julcani, en el próspero germen de lo que años más tarde sería uno de los grupos económicos más solidos de nuestro país. ¡Y don Alberto todavía vivía! ¡Y yo trabajaba en una de sus empresas! Bajo esas condiciones, debía existir algún modo de contactarme con él. Estaba decidido a dejar de pergeñar historias intrascendentes para concentrar mis esfuerzos en novelar la vida de un emprendedor nato, construir, párrafo a párrafo, un libro que motivara a las futuras generaciones peruanas.

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Esa mañana fui a la oficina para participarle a M, mi jefe, que mi hija iba a nacer en pocas horas, que, por favor, me concediera el permiso para disfrutar de aquella única e indeleble experiencia. Luego de obtener el permiso, entré en mi computadora. Releí el correo que ya tenía preparado y, click, lo envié a la bandeja de P, el gerente general de la empresa y yerno del patriarca de la minería. Apagué la computadora y raudamente me dirigí al otro local de la empresa, ubicado a una cuadra del edificio en el que trabajo. Ese local era conocido como “La casona”. Resulta que esa mismísima casona fue la primera oficina de Compañía de Minas Buenaventura, la primera oficina de don Alberto. Caminé sobre los crujientes tablones del piso de la casona en busca de la oficina de la secretaria de P para pedirle que, por favor, le entregara este paquete al ingeniero. No estaban ella ni él. ¿Y ahora? Mi plan parecía desmoronarse en el último minuto. Vi una puerta abierta. Entré. Era la oficina del hermano de P, un tipo cordial, de espontánea amabilidad. Buenos días, ingeniero, le dije, ¿podría entregarle este paquete al ingeniero P? Con todo gusto, me respondió. En aquel paquete estaba la evidencia de mis pruritos literarios, el librillo que había publicado hacía dos años. El armazón de la bomba estaba dispuesto: el correo y el libro. La bomba explotaría en algún momento. P rechazaría o aceptaría mi descabellada propuesta. Dejaría que el mecanismo explosivo trabajara silenciosamente durante los cuatro días de licencia que se me otorgarían por paternidad. Al quinto día, de nuevo en la oficina, sabría la respuesta de P. Hui de la casona. El nacimiento de mi Morgana me esperaba. Estaba exultante. Conocería en pocas horas a mi bebé y, quizá, con algo de suerte y un poco más de tiempo, al patriarca de la minería peruana.

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Ver el nacimiento de tu hija y disfrutar a su lado de cada día de su vida son experiencias gozosísimas e imborrables. Durante cuatro días, conocí al milímetro los gustos y disgustos de ese ser tan lindo que Dios, inmerecidamente por cierto, me había regalado. Quinto día. Regreso a la oficina. Llego temprano (como nunca). Reviso la bandeja de mi “correo corporativo”. Nada. P no me había escrito. ¿Será que no llegué a enviarle mi mensaje correctamente? Reviso la bandeja de correos emitidos. Sí, sí lo había enviado. Y supongo que P lo había recibido. Conjeturé miles de ideas: P había estado muy ocupado, P accidentalmente borró mi correo, el hermano de P olvidó entregarle mi paquetito, etc. No insistí más. Ahí murió la empresa de la novela sobre don Alberto, ahí feneció la oportunidad de conocerlo.

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Pero don Alberto jamás se dio por vencido. Únicamente la muerte podía detenerlo, pero ella tuvo que esperar noventa y tres años para llevar a cabo su injusto cometido. En noventa y tres años, don Alberto dio cátedra humana y empresarial. Benavides de la Quintana fue ejemplo de emprendimiento. Según he leído, existen los introemprendedores y los emprendedores. Los primeros suelen ser profesionales proactivos que pulen sus conocimientos y generan propuestas innovadoras para lograr el bienestar de la empresa para la que trabajan. Los segundos son las personas determinadas a ser sus propios jefes. Consiguen asegurar el crecimiento de sus negocios o empresas mediante la innovación y la constancia. Don Alberto fue ambas cosas. Como estudiante en la Escuela de Ingenieros y en Harvard y como trabajador de la Cerro de Pasco Mining Corporation consiguió importantes logros que le valieron la consideración de sus colegas y superiores. Como empresario después, a sus cortos treinta y dos años, fue capaz de hallar la buenaventura en aquella minita (Julcani) por la que nadie daba un sol (el sol de oro era la moneda de aquella época). Don Alberto dejó la comodidad de sus pesquisas geológicas (la geología fue siempre su pasión) para dedicarse a manejar completamente todos los aspectos involucrados en una operación minera, la cual, si bien era pequeña, no dejaba de constituir un gran reto. Sesenta años después, aquel reto ha sido superado largamente: Buenaventura, el legado de don Alberto para el mundo, posee hoy más de una decena de importantes operaciones mineras, tanto subterráneas cuanto superficiales. Como él mismo lo señaló, Buenaventura se encuentra hoy en una posición boyante que no imaginó alcanzar cuando tomó las riendas de Julcani.


    
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Fue mi hermano quien me comunicó el deceso de don Alberto. Puede parecer cursi, manido, falso e hipócrita lo que a continuación expresaré, pero es cierto, sentí que la noticia me trastocó. Un hombre de gran valía abandonaba físicamente este mundo. Luego de conocer sobre la proeza empresarial de don Alberto en los albores de la década de 1950 a través del libro de Guerra García, busqué literatura, videos, noticias, ensayos, que me permitieran conocer precisamente las tribulaciones o las dudas que asaltaron al treintañero don Alberto mientras se jugaba el todo o nada en aquella osada aventura de Julcani. No encontré mucho al respecto; únicamente datos concretos, objetivos. Yo quería saber qué es lo que sentía don Alberto, el ser humano, no el mito, en los momentos en que, sin saberlo aún, cambiaría no solo su destino sino también el de miles y miles de peruanos. Solo el mismísimo patriarca de la minería peruana podía relatar qué sintió en esos momentos. Decidí entonces que haría lo posible para conversar con don Alberto al respecto. Solo si humanizábamos al mito, podríamos generar empatía en los jóvenes lectores de su biografía (la biografía novelada que yo pretendía escribir). Gracias a la ausencia de tenacidad y perseverancia que me caracteriza, no logré sostener la entrevista con don Alberto. Me faltó aquel rasgo que hermana a los emprendedores: el don de jugarse hasta la camisa para construir aquello que se soñó.


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Es realmente una vergüenza que la muerte de don Alberto haya pasado desapercibida para la mayoría de peruanos. Igual suerte corrieron las noticias de los decesos de Mario Brescia y Johnny Lindley. Aparecieron en los medios únicamente notas discretas, minúsculas. Estoy casi seguro de que si uno de aquellos muchachos plásticos que aparecen hasta en la sopa en los programas de televisión, tan idolatrados por estas volátiles juventudes, hubiera perecido (por supuesto, nadie desea la muerte de nadie; es una mera suposición), los medios ya habrían agotado todas sus páginas y calentado sus ondas electromagnéticas dando cuenta del terrible e “importante” suceso. No estamos, lamentablemente, en los tiempos de Valdelomar (fallecido un año antes del nacimiento de Benavides), cuyo funeral remeció a gran parte del Perú.

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Concluyo: Los emprendedores de este país debieran ser considerados genuinos héroes de la patria, recordados y estudiados, pues su ejemplo de esfuerzo, firmeza y determinación serviría para encauzar, en el sentido correcto, las apetencias y metas de las generaciones venideras.