Latidos del asfalto

domingo, 26 de octubre de 2014

El coronel - Luis Alberto Sánchez

Hace poco leí un artículo de Vargas Llosa en La República. La pieza se titula Nostalgia de París. En ella, Vargas Llosa rememora el París de su juventud, el París que él vivió por siete años, entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta.

No solo da cuenta de los lugares que frecuentaba y disfrutaba –primordialmente la librería La Joie de Lire- sino de los principales escritores que él conoció a hurtadillas: Camus, Sartre, Adamov, Breton, Simone de Beauvoir.

Además, nos cuenta sobre los inteligentes y agudos debates que sostenían los políticos –sí, los políticos- de la época, quienes hacían gala de una elocuencia y persuasión admirables.

El artículo lo leí hace unos pocos días, cuando terminaba El coronel de Luis Alberto Sánchez.



Los mismos sentimientos que Vargas Llosa experimenta por ese París del siglo XX, por el París que conoció, son los que siento yo por la Lima de finales del XIX y principios del XX, una Lima que no conocí, pero cuyos vestigios abundan en el Centro de esa ciudad.

Desde aquellas primeras ocasiones en que mi mamá me llevaba al Centro para comprar libros o visitar museos, allá por los comienzos de los noventa, sentí la enorme atracción que ese lugar de edificios de fachadas amarillentas ejercía sobre mí.

Años después, en los comienzos de los 2000, volvería al Centro, pero esta vez acompañado de Toño y el Wasón, dos amigos del barrio que me enseñaron otras facetas de la ciudad.

A partir del 2011, visito el Centro de día y de noche, cuando me viene en gana. Y a pesar de ello, nunca deja de maravillarme ese lugar.

Las novelas “esperpento” (género creado por el español Ramón del Valle-Inclán) de Sánchez no hacen otra cosa que aumentar mi amor por esta ciudad. En El coronel, este prolífico escritor recrea el periodo político peruano comprendido entre 1914 y 1930. Uno se entera deliciosamente de los entretelones de la ascensión de Óscar Benavides a la presidencia del Perú tras el golpe que un grupo de coroneles le dio al mandato de Billinghurst; es testigo de los dimes y diretes en aquel grupo de coroneles y comandantes; presencia cómo los limeños de entonces, civiles y militares, sintieron o vivieron la Primera Guerra Mundial.

No solo se nos retrata la vida pública de Lima; también su vida íntima, a través de una de la vida de una de las familias de estirpe y abolengo de la ciudad, la vida de la familia Vergara, compuesta por el coronel Mariano José Vergara y Rey y sus tres hijas, una de ellas, Lola, la más soñadora, adicta a las novelas y poemarios franceses.

Las conversaciones de esos viejos limeños ornadas con los jergas, muletillas y usos de la época son simplemente exquisitas.

También, fue un deleite recorrer con los personajes de la novela lugares extintos como el Teatro Excelsior, el Hotel Maury o la famosa Confitería Broggi –y leer unas líneas del dueño, el suizo Pietro Broggi-.

Como no podía ser de otra manera, leí algunas partes de la novela recorriendo el Centro de Lima, tratando de asociar los pasajes escritos con los pasajes o calles reales: en esta casona vivía tal personaje, en esta calle conversaron estos otros dos, y así.

Hacia el final del libro, al librepensador coronel Julio César Chaves, el gobierno de Leguía, a través de uno de sus ministros, le trata de ofrecer una curul en el congreso. El siguiente extracto nos muestra cómo se elegían a los representantes del país en la cámara de diputados. A mí me llamó la atención el origen que se sugiere sobre la creación de Cajatambo, cuna de mi abuelo materno.

Señor coronel: hemos averiguado que usted tiene larga residencia en las provincias de Chancay, Cajatambo, Huancavelica y Trujillo. Por consiguiente, usted podría ser electo Diputado constituyente por cualquiera de ellas. Las elecciones deben realizarse dentro de tres meses. Huarochirí está vedado pues allí saldrá electo el sabio arqueólogo indígena, doctor Julio C. Tello; por Trujillo hay pleito de candidatos: Larco, Ganoza, Alva, Pinillos, etcétera. Quedan Chancay y Cajatambo y, claro, Lima. Le sugiero Cajatambo: habitantes analfabetos esparcidos por la serranía. Cajatambo es un burgo de bolsillo, que se creó para un primo del ex Presidente; era mi colega de la Universidad. ¿Qué le parece? No dudo que acepte.

No necesito ir a París para hacerme escritor, como necesitó hacerlo Vargas Llosa según cuenta en su artículo o en la infinidad de sus publicaciones (El pez en el agua, por ejemplo); Lima es mi ciudad, mi lugar.


Juan Ramón Jiménez decía sobre Moguer, su pueblo natal: esa blanca maravilla, / un mundo mágico. Casi lo mismo diría yo de mi Centro de Lima: gris maravilla, / un mundo mágico.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El susurro de la mujer ballena - Alonso Cueto

Lo más gratificante de haber regresado a casa es sentir la sonrisa de mi hija otra vez. No sé cómo regresé; en qué momento, de pronto, nuevamente circulaba por los cortos pasillos de esta casa.

Estaba falto de fuerzas. Una especie de fiebre persistente se negaba a abandonar mi cuerpo. No tenía ánimos para nada. Todo ese súbito malestar, que supongo acaeció sobre mí gracias a mi excesivo consumo de bebidas heladas –alguna que otra cerveza-, me doblegó. Así, en una de las visitas a esta casa, ya no conté con el temple necesario para permanecer inmune ante los cariños desbordantes y sinceros de mi hija. Sucumbí ante sus fuertes abrazos y sus papi, papi, papi.

Sabía que regresando a casa, automáticamente terminaba mi relación con Dani. Como mi reacción característica en estos casos es la huida, el no dar la cara, evité responder sus llamadas, permanecer al margen, hasta que ella misma se diera cuenta de que la Tierra me había tragado o hasta que intuyera la verdad.

Durante estos días de fiebre latente, dolores de cabeza y tos de perro, leí El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto. Me parecía haberlo leído hacía algunos años; pero mientras lo leía no recordaba nada de aquella primera lectura. Entonces, me figuré que pasaba las páginas de ese libro por primera vez.



Buena parte del texto la leí durante el examen médico de retiro que la consultora me programó para el lunes 20. Entre pinchazos, electrocardiogramas, audiometrías y triajes, comprobé una vez más que las ficciones de Alonso Cueto me caen mejor cuando estoy convaleciente. Sus historias, de la índole que sean, siempre son como las caricias que recibo de mi madre o de mi abuelita cuando estoy enfermo. Me arrullan y me entretienen. Me despejan. No me demandan esfuerzo ni concentración.

Rebeca –o Revaca, como la llamaban burlonamente en la escuela- es una mujer gordísima, una ballena. Heredó un millón de dólares de una tía, millón que, gracias a sus excelentes movidas financieras, decuplicó. Entonces, el dinero no era, ni por asomo, la principal preocupación de Rebeca. Sí lo era, y mucho, en cambio, los tormentosos recuerdos de su época colegial, recuerdos amargos que la habían perseguido toda su vida joven y adulta, así como la grasa que cubría y rellenaba su cuerpo milímetro cuadrado por milímetro cuadrado.

Un aluvión de malos ratos se le viene a la memoria cuando ve a Verónica, su única amiga durante el colegio, en una entrevista televisiva. Verónica tiene una deuda pendiente con Rebeca. Aquella lo había olvidado; pero Rebeca aparecería en su vida, descompondría su perfecto universo, para descubrirle que ella no era la única poseedora de una desconcertante fragilidad. Entonces, decide arreglar un encuentro casual con Verónica en un avión. Así es como se inicia la historia de estas dos mujeres, ex compañeras de colegio y ex amigas a escondidas; historia cuyo violento desenlace nos recuerda que las heridas sufridas cuando niños son quizá las más dolorosas e imborrables de todas.


Yo no recuerdo haber sido maltratado de niño o haber recibido algún tipo de vejamen mayúsculo. Puedo decir que viví una niñez tranquila. Entonces, leer la terrible experiencia de la mujer ballena, de Rebeca, conocer su inestabilidad adulta producto de las burlas y pullas que recibió por parte de sus compañeritos de escuela, me resultaba bastante difícil de creer. Pero, vamos, tenemos que ser capaces de ponernos a veces en los zapatos ajenos para evitar juzgar y acusar alegremente. Eso nos enseña la literatura, si es que algo nos enseña: evitar los juicios prematuros, comprender que no todos son como nosotros, que hay un sinnúmero de realidades que no conocemos. Por eso, lo mínimo que se puede esperar de nosotros es comprender y tolerar. 

domingo, 12 de octubre de 2014

La ubicuidad de la chata

1

Estoy en la casa de mi esposa. En mi ex casa. Conversamos. Ella se mantiene afligida, si bien se muestra atenta y esperanzada cuando le relato los últimos cambios que experimenta mi vida laboral.

Tras una hora de plática, ella, Morgana y yo nos tiramos en la cama. Mi esposa parece entender mi alejamiento, pero el velo de tristeza todavía le ensombrece el rostro.

Morgana juega conmigo. Se para sobre mi pecho y me lo pisotea mientras canta y gesticula con las manos. De tanto en tanto, se saca un moquito de la nariz y luego de decir aboquitaleche –que es la palabra que suele emplear para que quien la oiga abra la boca- me introduce su moquito con sus deditos. Yo, por supuesto, me como el moquito.

En cierto momento de la conversación, mi esposa me pregunta si la amo. Sin darme tiempo para responder, añade que ella todavía sí, y que si había obrado apresuradamente de un modo u otro era principalmente por la rabia que la cegaba. Más calmada, ahora quiere recuperar ese hogar de tres. Le contesto que la quiero, y mucho. Le digo que no sé qué es el amor exactamente, que quizá es un verbo al que se le ha sobrevalorado demasiado y que sirve únicamente para vender más chocolates y corazones en San Valentín. Lo que yo siento por ella y mi hija va más allá de cualquier cliché. Los sentimientos que ellas dos provocan en mí han sido -lo son y lo serán- capaces de transformar, para bien, muchos aspectos de mi personalidad. Ella no queda satisfecha con mi vaga respuesta. Se siente desilusionada y llora un poco más. Yo la abrazo. Le digo que ella y Morgana siempre estarán en mi corazón, que jamás las abandonaré económica ni moral ni físicamente. 

En fin, me alejo de la casa -mas no las abandono; ojo, eso que quede claro- para convertirme en el escritor que quiero ser, para escribir desde la soledad, aislado de la gente que quiero y que puede, final y atrozmente, verse herida y despedazada por las cosas que pienso volcar en esa novela que aún pugna por salir.

No negaré –y esto me asusta, porque no quiero depender de nadie ni física ni emocionalmente- que la compañía de Dani me resulta una ayuda poderosa en esta dolorosa consecución de mi soledad. Su presencia aparece cuando menos lo espero: Sentado en el sillón junto a la puerta, mi esposa y yo ya no tenemos más que decirnos, solo oímos la música del equipo que Morgana ha encendido varias horas antes. Y suena esta canción que Dani ha venido tarareando durante nuestros últimos encuentros: Sin saber. Yo sonrío, disimuladamente, por supuesto. No puede ser que la chata se me presente en los momentos menos propicios. Pero se aparece. Qué podemos hacer.




2

Voy en el bus a casa de mamá. Acabo de estar en la casa de mi esposa. Me despidió triste, pero sin el resentimiento y la rabia de días previos.

Pienso en lo destructivo que puede ser sentir y vivir ese éxtasis del que hablaba Bolaño, un estado de obnubilación que allana tu vida y la pone al servicio del arte, de las palabras. El éxtasis de Baudelaire, de Rimbaud. El éxtasis mata.

En esas estaba, cuando sube una mujer con un par de bolsas: una repleta de turrones y otra de gomitas dulces. Es una señora de cuarenta y pico de años, baja, de pelo ensortijado. Su actitud es positiva, valiente, a pesar de, o justamente debido a, su dura y trajinada vida.

La sola aparición de la mujer me remite a Dani: siempre que salgo con ella, nos acosan los vendedores ambulantes: rosas, caramelos, tarjetas, de todo.

Pienso no comprarle nada a la señora. No estoy de humor. Pero ella me sale con una jugada que no veía venir. Nos demuestra esa actitud positiva y valiente que mencioné a través de su canto. De una mochila, saca un pequeño parlante y lanza la pista de una canción criolla. Yo vengo del norte, dice la señora, así que les ofreceré este valsecito que espero les agrade: Montado en mi burrito vengo del norte a la capital,…, también lo traigo a mi cholo que si lo dejo me va a engañar,…



La señora no escatima en gestos ni posturas para darle presencia a ese vals. Eso me impresiona. A cuántos buses no habrá subido esa señora durante todo el día y, no obstante ello, ha conservado la alegría y la soltura con que interpreta sus canciones. Esos ejemplos siempre se agradecen, aquellos en los que al infortunio uno le planta su mejor cara, aquellos en los que uno le dice a la tristeza ¿por qué no te vas a la mierda un ratito y me dejas vivir bien mi vida?

Lo del cholo que la va a engañar, me remite todavía más a Dani. Ella me llama mi cholo querido, primero porque yo mismo me choleo –y con justa razón, sino vean mi cara, no más- y segundo porque le permito a todo el mundo que me cholee. No tengo problemas al respecto.

Le compro unas gomitas a la señora, sin dejar de asombrarme de la ubicuidad de la chata Dani.

3

Mi mamá me trae las ampollas que me recetaron en el Hospital de la Solidaridad, lugar al que fui, por solicitud de Dani y acompañado por ella, para que me inyectaran en las nalgas la pócima correcta que combata la fiebre, catarro y dolor de garganta que me acosaban desde hacía un par de días.

En el Hospital, una doctora guapa –me gustaron sus uñas rosadas y perfectamente manicuradas- me prescribió tres inyecciones de ciertos medicamentos. Luego de la consulta y de comprar las ampollas recetadas, me dirigí al Tópico para que me hicieran el huequito respectivo en mi nalga derecha. La metida no dolió. Lo que me dolió –hasta ahora- fue el envión del líquido contenido en la jeringa.

Hoy me toca la segunda dosis. Mi mamá está haciendo las mezclas para obtener el líquido final que terminará dentro de mi organismo. La veo y pienso que hoy nadie me inyectará nada. Suficiente dolor tengo con el pinchazo de ayer. Consulto mi celular para chequear la hora y veo que tengo un mensaje nuevo. Es Dani. Dice: Daniii, tus inyecciones! No seas un cholo irresponsable! Un besote!

Chata de eme, siempre estás en todas, pienso. Mi mamá me llama. Tiene lista la inyección. No hace falta que me insista, porque luego de leer la cariñosa admonición de Dani me acerco a ella con el pantalón en los tobillos y mostrando la parte de la nalga izquierda que me será horadada.

El hincón no duele. La posterior inoculación del medicamento tampoco. Mami, ¿cómo hiciste? No me dolió para nada, le digo. En cambio, la enfermera de mierda me hizo ver a Judas calato cuando me metió la ampolla.

Mi mami me dice: Es que seguro ella te inoculó en la vena. Esas inyecciones se aplican en el músculo. Así no se siente ningún dolor.


Es verdad, no siento ninguna molestia en la nalga izquierda. En la otra, el dolorcillo del pinchazo de la enfermera va desapareciendo, pero todavía está ahí. Lo que no desaparece es la presencia constante de Dani; por el contrario, se hace más fuerte y descontrolada. 

lunes, 6 de octubre de 2014

Crónica de un sábado-domingo (en presente indicativo)

Me encontraste en la mitad de todos mis caminos
Y avanzaste lentamente hasta inundar
todos los rincones de mi vida.

(María Emilia Cornejo)

Siempre supe que te encontraría
en alguna vieja calle de Lima.
desde entonces 
preparo cuidadosamente nuestro encuentro.

(Maria Emilia Cornejo)

Caminar por La Punta, ese pueblito perdido en el tiempo, esa comarca que nos encapsuló en su aura de tradición, respeto y quietud.

Reírnos en el Malecón Pardo, sentados en el largo y ancho muro, dándole la espalda al horizonte oscuro, oyendo el rumor de las aguas negras de ese mar que por momentos se nos hacía grave y monstruoso.

Comer en el Rincón de Juanita y cantar Inmortales, sin que nos importen las miradas sorprendidas de los comensales.

Beber chicha de jora porque el tío no podía vender chela: Hay ley seca, sobrino.

Contarte las mil y un barrabasadas que he hecho en mis 31 años.

Acercarnos a ese mar oscuro bajo la bóveda celestial tachonada de cero estrellas.

Hacer equilibrio sobre los cantos rodados.

Reírte de mí porque confundí que el rugido de una moto con la pedorreada del esforzado y obeso pescador que jugaba a las cartas con sus compañeros de mar.

Leerte algunas líneas de la Guía triste de París, un cigarrillo extinto colgado de mis desangelados labios.



Ser inmune al frío cuando te tengo a mi lado.

Tocar el piano. Sentarnos en el banquito y verte ejecutar una pieza de Mozart.

Recitarme, cogiéndome de la mano, en medio de esas calles antiguas y y huérfana de asaltantes, ese poema de Moro que empieza con: Apareces, la vida es cierta.

Llegar a ese lugar inesperado, regentado por un joven medio adormilado.

Tallar, cincelar nuestros nombres en nuestros corazones.

Olvidarnos que allá afuera, en el mundo, la gente seguía enfrascada en guerras, nimiedades, pobreza, caos, todos aquellos elementos sin los cuales un escritor no tendría razón de ser.

Entregarnos a aquello que hacíamos por primera vez, dejando que las notas de Quédate nos acompañaran.


Acompañarte a votar.

Desayunar medio pollo a la brasa, un tamalazo chinchano que devoré impíamente, y beber a grandes trancos los jugos de naranja que compraste a dos soles la botella.

Reírme estruendosa y abiertamente por la carita de culpable que pusiste luego de derramar el contenido de una de las botellas sobre el suelo de losetas de ese supermercado.  

Limpiarte, avergonzado, las partículas de tamal que salpiqué en tu cabello enmarañado al haber abierto mi bocaza para reírme como un huevonazo.

Decirte que ese momento, por alguna misteriosa sinapsis en mi afiebrado cerebro, me hacía recordar esta canción de Morrison.



Caminar, satisfechos, los estómagos henchidos, hasta Varela.

Odiar el sol de mierda de ese domingo electorero, ese sol que dañaba nuestro cutis, tu cutis terso y diáfano, mi cutis de cholo atorrante.

Despedirnos.

Colocarme los audífonos rojos y retirarme oyendo The anthem, esa canción que te conté hablaba sobre ser en la vida aquello que te guste, que te nazca. Esa canción en la que el cantante dice que la escuela le pareció una prisión, una penitenciaria; que odiaba cuando sus padres le insistían en que asista a la universidad, al college, mientras él replicaba: No quiero ser como tú (como esta sociedad de mierda llena de autómatas).



Tomar el bus hacia mi lugar de votación.

Sentirme libre para hacer lo que quiera, como reza la canción de los Gallagher, y dibujar una pichula gorda y grande –muy opuesta a la mía, por cierto- en una cédula y, en la otra, escribir fuck it off –no me preguntes por qué-.



Dormir.

Despertar.

Recordar que dejaste tu casaca en mi mochila.

Oler tu casaca y recordar todo, todo lo que acabo de escribir y más, infinitamente más. 

Recordarte y recordar que en tan poco tiempo hemos hecho mucha obra, demasiada, más de lo esperado, a diferencia de las autoridades de mierda que hacen poco pero roban mucho.


Guardar tu casaca y aguardar el día en que vuelva a verte.

Alice Munro - Demasiada felicidad

(Escrito aproximadamente cierto día de setiembre)

Suellen me dice: Dani, ¿has leído a Alice Munro?

Alice, Alice, pienso. Dónde chucha he escuchado ese nombre, continúo pensando. Claro, la premio Nobel del 2013.

No, no la he leído, le respondo, sincero, sin dármelas de culto, porque la verdad es que no he leído nada de esa respetable señora. Tuve, sí, las intenciones de leerla cuando se hizo famosa en esta parte del globo a raíz del Nobel, pero, por A o B, no pude comprar un libro pirata suyo.

Y aquí estaba Suellen, enfrente de mí, con su carita ingenua, preguntándome a quemarropa sobre Alice Munro.

Estoy leyendo este libro, me dice, y me muestra una copia original de “Demasiada felicidad”. 





Es un libro muy triste, añade, y su carita se convierte en un símbolo de adoración. Suellen es la única mujer de la oficina; aparte de Kendra, la secretaria, mujer muy guapa, por cierto. Suellen tiene encandilado a más de un trabajador del área, pero los pendejos no lo reconocen y se hacen los suecos -hablando de premios Nobel-. 

Pucha, le digo. No he leído nada de ella, pero he oído que su fuerte es el cuento.

, dice Suellen. Este libro es de cuentos. Pero sus cuentos son bien tristes. Sus palabras van acompañadas de un mohín enternecedor. Suellen, no hagas eso. ¿No te das cuenta que me pones nervioso?, pienso.

¿Ah, sí?, pregunto. Si pudiera leerlos, sería estupendo.

Toma. Léelo, me dice, y me ofrece el libro.

Le agradezco el gesto y le prometo devolvérselo antes de una semana.


Leo el libro. Algunas frases me recordaban a Dani, la chica que me tiene embobado por estos días. Pero no detectaba la tristeza que había hallado Suellen. Hay, sí, escenas fuertes; pero, vamos, no lo suficientemente fuertes como para conmoverme. ¿Será que tengo el alma empedrada con adoquines del siglo XVII? En todo caso, Dani, sin quererlo, se está encargando de erradicar esos pétreos bloques para dejar al desnudo el alma raquítica y sensiblera de este adolescente atormentado. 

Tu chico positivo

Domingo. Dos y media de la tarde. Llego a casa de mamá y caigo rendido.

Diez y cuarenta de la noche. Despierto. Cojo el celular. Sé que ella me ha escrito. Siempre me escribe. Me gustaría responderle los mensajes, pero no puedo: siempre estoy misio y sin saldo. Mi intuición no falla. Me ha escrito. Leo el mensaje: Yusepi de mi corazón, mi wachiturro favorito, te llevaste mi casaca!

Mis audífonos rojos, estridentes, grandotes; las zapatillas rojas, de lengua gruesa y chillona; mi pantalón apretadito, ese que me parte el poto por la mitad; y mi polito  delgadito y ajustadito, que se pega a la esfericidad de mi panza, enorme cementerio de pollos a la brasa; me valieron el calificativo de wachiturro.

Puesto que soy un wachiturro, te dejo esta cancioncita, Dani. Espero que te orines de risa. Ojalá pronto te la baile en un privado; a ti, que dudas de mis movimientos peristálticos on the dancefloor.


De corazón, tu chico positivo. (Giuseppe Richeti)


viernes, 3 de octubre de 2014

Te perdono

A pesar de que llegué con cuarenta minutos de retraso a nuestro encuentro, Dani no se molestó. Tampoco fingió molestarse. No se engrió. Me saludó con tranquilidad y me recibió con la misma sonrisa que ha muchos ha dejado sin palabras.

Estábamos en medio de un mitin político. Nada de ideas; puro espectáculo. El candidato estaba ausente, pues su presencia, él lo sabe muy bien, no es necesaria para ganar los votos de los vecinos de Breña. Tocaban Los Doltons.

-Dani, debes estar hambriento-me dijo-. Vamos, te invito un pollito. Yo sé que a ti te gustan las frituras y tu gaseosita bien helada.

Acepté. Nos tomamos de la mano y subimos las escaleras hacia el segundo piso del Campollo. Como la bulla la perturbaba, escogimos la mesa más alejada de las ventanas por las que se colaba todo el estruendo que armaba la portátil del candidato.

La comida fue un pretexto. Recibí lecciones de sensibilidad de la mejor maestra de este planeta. Dani no se detiene a analizar las estructuras de los poemas o las métricas y rimas. Ella siente las palabras. Se deja acariciar por ellas. Se entrega al mensaje sin importarle las consecuencias que éste pueda ocasionarle en el alma.

-En la música, la poesía la encuentro en la trova. ¿Te gusta la trova?

Jamás he escuchado trova. Si no tiene percusión violenta y acelerada, no me gusta.

            -A mí que me den letra-me dice-. La trova es así: pura letra. Y esa letra la acompañan muy simplemente, con la guitarra o hasta con golpecitos, así.

Sus deditos transparentes golpean acompasadamente el filo de la mesa, de un modo bastante distinto a como yo los golpeo cuando quiero imitar la percusión de, por ejemplo, Hearts burst into fire, de BFMV.



            -En la trova se necesita lo mínimo en técnicas musicales. Lo vital es la poesía de la letra.

Yo le digo que, gracias a ella, estoy aprendiendo a valorar la belleza de la metáfora fina y tierna. Ella me pasa la mano por la cabeza y sus dedos se entretienen con algunos de mis mustios cabellos. Entonces me habla de Silvio Rodríguez. Y fue como si la bulla de la portátil del candidato de mierda se diluyera. Solo tuve oídos para Dani y la trova.

            -Tú colgaste “Te perdono” en tu Facebook. La verdad, ni lo escuché. Pero, ya que has hablado tan bonito de esa canción, te prometo escucharla al llegar a casa.

Llego a la medianoche. Mi madre, a pesar de estar adormilada, me prepara un pancito con huevo y jamón. También, enciende la licuadora y me hace un jugo de piña. Cuando se retira a su habitación, entro en el Facebook de Dani y escucho “Te perdono”.



¿Para qué le mentiría a mi Dani? Lloré desmedidamente, sí, en la parte en la que Silvio dice:

“En fin, te perdono no amarme.
Lo que no te perdono
Es haberme besado con tanta alevosía.
Tengo testigos: un perro, la madrugada, el frío,
Y eso sí que no te lo perdono,
Pues si te lo perdono seguro que lo olvido.”

¿Por qué se me desbordaron las lágrimas? (Dani, ya estás viejo para chillar, cabrón; compórtate)

Porque pensé en Dani. La recordé en la mesa de esa pollería hablándome apasionadamente sobre esa canción. Y recordé nuestros besos.

No sé si la perdone el día en que nos separemos y le digamos adiós a todo esto; pero sí sé que me ha besado con alevosía, y que en esas callejuelas de Breña ha habido varios perros macilentos, noches sin estrellas, frías garúas, corrientes de viento, vocingleros hiphoperos, que han sido testigos de esos besos.

¡Qué genial esa canción! Esos dos últimos versos te cambian todo el concepto del supuesto despechado: ese amante herido no perdona, no porque sea un vil ser humano o un intransigente de mierda; no, no perdona simplemente porque no quiere dejar de amar a la protagonista de sus más tórridos recuerdos.

Dani, gracias por todo lo que me enseñas. A tu lado, solo soy un protozoario.



jueves, 2 de octubre de 2014

Aprendiendo a ser débil

Me habías dejado paralizado en medio de ese paradero informal del semáforo. ¿Lo notaste?

El bus sobreparaba y tú me entregabas un prolijo papelito doblado en cuatro partes.

Tus ojos mirándome como si estuvieran a punto de cagarse de la risa, tu tamañito perfecto, tus manitos casi transparentes sosteniendo el rectangulito de papel. Me emocioné, Dani.

Me emocioné porque sabes jugar perfectamente tus cartas. Serías una estupenda jugadora de póquer, ¿sabías?

Un mortal como yo hubiera soltado la sorpresa en plena conversación en el parque, por ejemplo. Tú no. Tú esperaste ese último instante de nuestro encuentro, el instante en el que menos esperaba algo, el momento en el que solo me quedaba el consuelo de verte al día siguiente.

Así, con el alma todavía abandonada en ese paradero, porfiando por abrazarte, me senté en uno de los varios asientos desocupados de ese bus que me llevaría a la casa que preferí abandonar, entre otras cosas, para estar contigo sin dobleces, para respetarte, para que me hagas feliz, para ser sincero, quizá, por primera vez en mi vida.

Desdoblé el papelito. Dani, las lágrimas las tenía a punto de salir. Pero cuando leí el contenido de tu sorpresa, fue inevitable que un extenso riachuelo salobre se descolgara de mi ojo izquierdo (no sé qué le pasó al derecho, porque tardó en acompañar a su vecino).

Esto decía:

Yo, amor, estoy aprendiendo
A coser con tu nombre,
Voy juntando mis días,
Mis minutos,
Mis horas con tu hilo de letras
(G.B.)

Mira, te soy sincero. Pensaba escribir esto ayer, al llegar a casa de mi mamá (lugar en el que me estoy refugiando, espero, momentáneamente), pero el sueño me venció. Me acabo de despertar a las 5:40, con el encargo inapelable de dejarte el testimonio de los efectos que has causado en mí, del terrible y hermoso efecto que tu pasión por la poesía va dejando en mí.

Contigo, Dani, por fin me estremezco al leer poesía. No era capaz de emocionarme con la palabra escrita. Y tú has logrado desentrañar a este Dani llorón, a este huevón que intentó, en vano, dejar que tu influencia sea tan arrolladora (sabemos que es muy peligroso vivir aferrado a otro ser humano); pero qué puedo hacer: tú ganas. He perdido.

6:21 de la mañana. Dani, debo concluir. Tengo que bañarme, cambiarme e ir al trabajo, lugar que este 31 me despedirá con una contundente patada en el culo. Pero, ¿sabes? Te tengo a ti para no sentir esa patada, para que me transportes con tu poesía (me refiero a tu pasión por la poesía; no te enojes. Sé muy bien que no la escribes; solo la sientes al leerla) hacia otros destinos mucho más sublimes.


PD: El poema le pertenece a Gioconda Belli, notable poeta nicaragüense.