Latidos del asfalto

domingo, 23 de octubre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 8

Eran las seis y media de la mañana del sábado. A mi lado, reposaba el cuerpo desnudo de Rosario. La luz que llegaba desde el pasillo iluminaba tenuemente la habitación. Miré al techo. Repasé las actividades que debía cumplir en el día. Suponía que al vivir solo sería dueño de mis tiempos y de mis movimientos. Pero no: las responsabilidades crecían, y el tiempo para ocuparse de ellas era cada vez más escaso.

El día empezaría con una reunión en San Isidro a las nueve de la mañana. Debía bañarme ya mismo, pero me concedí unos minutos más de relajo. Pegué mi cuerpo al de Rosario. Encajé mi pene en su vagina y empecé a moverme. Era rico comenzar el día de esa manera.

Vistiendo un pantalón plomo de tela y una camisa oscura de rayas grises, tomé un taxi en Wilson. Las bicicleteadas diarias al trabajo me ahorraban una cantidad estimable de dinero. Podía permitirme, entonces, tomar un taxi en ciertas ocasiones. Rosario tomó su colectivo a Chorrillos en el jirón Inclán.

La reunión la había pedido el gerente de una consultora que nos había encargado, a mi hermano y a mí, un estudio de ventilación. Su oficina estaba en el cuarto piso de un viejo edificio sanisidrino. El gerente, un hombre de muy avanzada edad, elogió nuestro trabajo y nos pidió, como única observación, modificar las codificaciones de los planos que mi hermano había diseñado. Antes del  término de la reunión, el gerente nos comentó que se vendría un proyecto en el que pensaba contar nuevamente con nuestros. Yo les estaré avisando apenas ganemos el proyecto. Nos despidió con un apretón de manos. Le calculé unos ochenta años. Caminaba con la ayuda de un bastón. Era excelente que, gracias al trabajo que había hecho principalmente mi hermano, nos hubiéramos ganado la confianza de ese gerente, pero ¿qué tanto podía durar esta nueva relación comercial si teníamos en cuenta que ella dependía básicamente de la longitud de la vida del gerente? Rogué a Dios porque le diera un par de décadas más de vida.

Cerca del edificio, había un mini market. Mi hermano y yo compramos un jugo de naranja y un par de triples de pollo. Lo volví a felicitar por la calidad del informe y los planos que había hecho. La mejor publicidad para nuestra empresa era el propio trabajo que les entregábamos a los clientes.   

Nos despedimos en Javier Prado. Mi hermano tomó una combi al Callao, a su casa. Yo caminé hasta la Arequipa y tomé una de las unidades del bus azul, la cual, afortunadamente y por la hora y el día, iba vacía. Media hora después, al llegar al cuarto, saqué una bolsa con ropa sucia. La llevé a la lavandería. Jessica la pesó y me dijo que eran cinco soles cincuenta. Le entregué el recibo del envío anterior y me entregó una bolsa con ropa limpia. Nos vemos el próximo sábado, le dije. Caminé de regreso al cuarto. Eran apenas unos cincuenta pasos. Iba de negro: pantalón pitillo de drill y polo ceñido de veinte soles comprado en una galería de la calle Capón. La ropa de oficinista la había dejado escondida en el armario desarmable.

Dejé la bolsa con ropa limpia en el cuarto. Cogí mi mochila y cerré con llave la puerta de la habitación. En Alfonso Ugarte, tomé un bus a Plaza San Miguel. No pensaba en nada más que en ver a mi bebé. Había quedado con mi esposa en vernos en la puerta del local de Claro. Un papel en la fachada decía que la tienda se había trasladado al tercer piso. En ese momento, la llamé. Estamos en el tercer piso, Dani. Sube. Enseguida, oí la voz de mi bebita: Papi, ven. El corazón se me aceleró y corrí por las escaleras. En el tercer piso, mi bebita y yo nos abrazamos fuertemente. Ella me dio un beso en la mejilla: Te quiero, papi, y yo le correspondí con uno todavía más grande: Te amo, bebé. A la bebe le llamó la atención el pequeño estanque artificial que estaba rodeado de algunas bancas de madera. ¿Quieres meterte a la piscina, hijita?, le pregunté, sabiendo que su respuesta sería afirmativa. Sí, papi, quita los zapatos, por favor. Con sus piecitos intentó zafarse de las zapatillas. Era un día con sol. Los días en Lima fluctuaban entre la grisura medio fría y el calor infernal. Ese era un mediodía muy iluminado y moderadamente caliente. Amor, otro día nos metemos a la piscina, ¿ya? Más bien, dime, ¿qué quieres ahorita? La bebita me miró. Puso su dedito en la frente, como pensando una respuesta, y dijo: Quiero papitas, tika kola, helado y hamburgeeer.  La alcé en mis brazos. Ya, mi amor, vamos. Fuimos al Bembos.

Mi esposa se encargó de trozarle la carne y dársela en la boca. Sin embargo, por cuenta propia, la bebe engullía cada una de las delgadas y doradas papitas que tenía frente a ella. Ella misma, también, cogía el vaso de cartón con gaseosa y bebía la cantidad que le venía en gana. Su mamá me decía que no tome tanto, le estás dando mucha gaseosa. Yo le decía, por favor, pocas veces veo a la bebe, cuando la vea, quiero que ella haga lo que quiera, que sea libre, si quiere tomar gaseosa, que tome la que quiera. Sabes que voy al trabajo en bicicleta todos los días. Cualquier día de estos me atropella un loco y jamás voy a volver a ver a mi hija disfrutando de su vida.

Luego de que acabó de comer, la bebe subió las escaleras y fue a los juegos del segundo piso. Bebita, espérame, por favor. Debía vigilarla. Me quedaría con ella, viéndola jugar hasta que se cansara. Luego, iríamos a la casa de mi mamá a pasar el fin de semana. Antes de irse, mi esposa me dijo que la llevara temprano a la bebe, como siempre, al día siguiente a las ocho de la noche a más tardar. Recuerda que tiene que dormir temprano porque el lunes hay colegio.

Me senté a una mesa cercana a los juegos en los que mi hija se entretenía placenteramente. Se zambullía en la piscina de pelotas. Mi hija tenía una fijación innata con los colores y el alfabeto, en inglés y en castellano. Saqué de mi mochila Garabombo, el invisible, y leí algunas páginas. Una hora después, fue fácil convencer a la bebe de salir de los juegos. Vamos a visitar a la abuelita, ¿sí, mamita? Yes, papi. En La Marina, quise tomar un taxi. No, daddy, let’s take a bus. ¿Un bus, hijita? Yes, daddy. Esperamos unos cinco minutos antes de que pasara el bus que nos dejaba prácticamente en la puerta de la casa de mi mamá. La bebe viajó sentada sobre mi regazo. No paró de cantar Wheels in the bus. La secundé en el canto. La gente nos miró. Abracé fuerte a mi hija. Esos momentos había que tatuarlos a perpetuidad en el alma.

La bebe jugó una media hora con los cientos de colores que mi mamá le guardaba en una caja. Eran los colores de la bebe. Solo ella podía tocarlos. Al tiempo que jugaba con esos lápices de madera, cantaba el Abc song en la tablet de mi hermano. Las papitas y la hamburguesa le produjeron el consabido efecto narcótico y, tras acostar su cabecita en la almohada de la cama de mi hermano, lugar donde jugaba y cantaba, se quedó dormidita.

Mi hermano, con el que había creado la consultora, había conseguido, de su baúl de recuerdos, el disco que contenía los antiquísimos e insuperables juegos de Nintendo con los que, cuando tenía doce o trece años, me enviciaba sin tregua. Nuestro juego favorito era Bomberman. Hicimos, como antaño, una competencia. Esta vez, incluimos a nuestro hermano menor. Apostamos cervezas, para nosotros, y gaseosas, para el menor. Las contiendas fueron sangrientas. El primer combate lo gané yo. Los liquidé sin compasión. Los acorralé con un par de bombazos. Sin embargo, el segundo y el tercer juego, el último, fueron de mi hermano. El menor, pulpín acostumbrado a jugar GTA San Andreas, Call of duty, Minecraft y Kingdom, no pudo superar nuestra añeja y pendeja rivalidad.

Más o menos a las once de la noche, cuando el sábado parecía terminar con un colofón peligrosamente aburrido, argumentando que debía atender unos asuntos apremiantes el domingo en mi cuarto, le pedí permiso a mi mamá para salir. Así era, cuando las viejas se preocupaban demasiado por sus hijos, aunque éstos fueran unos manganzones de treinta y tres años, siempre había que rendirles una explicación. Por favor, hijito, cuídate mucho, ¿sí? La abracé y le dije que no se preocupara, que al día siguiente, tempranito, luego de atender el asunto en mi cuarto, llegaría presto para tomar el desayuno.      

Afortunadamente, a esas horas, y en La Perla, hallé una Doce que pasó por la cinco de Haya de la Torre. Al cabo de cuarenta minutos, con unas cuatro o cinco cabeceadas en el trayecto, llegué a mi cuarto. Truqué mi polo negro por un bivirí negro, sin marcas, comprado a precio de locura en la calle Capón. Las bicicleatadas diarias al trabajo, y una dieta a base de pastas, me mantenían delgado: la ropa ceñida, sobre todo la negra, me quedaba bien. Dejé el Azumi y la billetera. Únicamente, llevé conmigo  cincuenta soles, mi DNI y el antiquísimo celular Nokia del trabajo. Acondicioné los audífonos al celular y sintonicé Doble nueve. Sobre la mesa, estaban mis lentes de rojo difuminado. Me los puse. Tenía claro mi destino: volver a La Jarrita. Tenía que levantarme gratis a un cabro, el más parecido a una vedette de los noventa. Cerré la puerta con llave. Antes de dar el primer paso para descender las escaleras, recordé que olvidaba llevar mi cajetilla de cigarros y el encendedor. Una vez conmigo, salí al encuentro de mi quijotesca aventura.

Era casi la una de la mañana cuando entré en La Jarrita. El lugar estaba abarrotado. Se respiraba libertad y mañosería. Había grupos de hombres con sus respectivos cabros. Nadie juzgaba a nadie. Los hombres más acharlados procuraban tener en su grupo a los cabros más tetones y potones, quienes tenían, además, rostros de mujer. Los conquistaban con cervezas. Los cabros feos, esos que parecían hombres con peluca, se dejaban manosear por borrachines que con las justas habían podido pagar un Margarito.

Busqué a las hembras más ricas. Las ubiqué. Estaban en el punto medio del lugar, cerca de una columna. Con mi Margarito en la mano, un cigarro prendido colgando de la boca y mis lentes de rojo difuminado, avancé hacia la columna. Pedía permiso para abrirme paso a través de la sudorosa masa de cuerpos bailarines con la educación que me habían enseñado en casa. Al llegar al punto, acosté mi espalda contra la columna, y apoyé la suela de mi zapatilla derecha en su superficie. Las chicas que tenía cerca estaban preciosas. Lo tenían todo: unas tetotas enormes y unos culos que eran la delicia del lugar. Un par de tipos las acompañaban. Les servían cerveza. Les llenaban sus vasos hasta la mitad. Ellas se disforzaban al beber. Cada una tenía una botella mediana de agua mineral en la mano.

La música era cagona. Habían enlazado una seguidilla de canciones del recientemente fallecido Juan Gabriel y les habían colocado una base electrónica. La mezcla se prolongó por una hora. Pocas personas bailaban. Había bebido dos cervezas y fumado, sin fumar, cuatro cigarrillos. La música iba acompañada por unos videos proyectados sobre dos pantallas, ubicadas en sendas paredes. Aparecía Juan Gabriel bailando, mirando pegajosamente al lente de la cámara que registraba sus afectados movimientos.

Había estado chequeando al resto de hembritas. Habían llegado tres tetonas más. Sus rostros eran bastante femeninos. Sus culos le hacían la competencia a los de los cabros que tenía a mi lado. Si éstos decidían borrarse del lugar, ya tenía planeado hacia dónde desplazarme. El dj se apiadó de los pocos machos que habíamos concurrido al lugar y se mandó una canción de Ozuna: Si tu marido no te quiere. Empecé a mover la pelvis y a cantar sobre mi sitio, marcando el tono de la canción con la punta del pie derecho, fumando mi quinto cigarrillo, haciéndome el bacancito, y bebiendo del pico el contenido de mi tercera botella. Entonces, la chica más rica de las que estaban a mi lado, aquella que vestía un shortcito de jean que dejaba al aire la mitad de sus nalgas, y que cubría sus tetas con un topcito que le marcaba los pezones, se acercó a mí, ignorando a sus compañeros de tragos, y puso el culo, el culazo, muy cerca de mi pene. Meneó la cabeza y sus cabellos pintados de rubio flagelaron mi cara. Quise sujetarla de la cintura y presionarle las nalgas con la pinga, pero desistí. Quería que ella continuara tomando la iniciativa, a ver hasta dónde llegaba. La chica se movía más, sobre todo cuando Ozuna decía baby. Se movió tanto que me dejó acorralado contra la columna. Presionó el culo contra mi pinga. Ésta se me había endurecido hacía rato. Estaba seguro de que ella podía sentir la dureza de mi falo a través de mi delgado pantalón de drill. Un chorro de gotas de líquido pre-seminal humedeció mi bóxer.

La chica olía rico. Vamos, dime para irnos a un cuarto. Nada, no me decía nada. Solo frotaba ese rico trasero contra mi pelvis. Las manos se me iban por sujetarla de la cintura, por acariciar esas nalgas que se veían duras y redondas.

A esa canción de Ozuna le siguió el estruendoso chillido de un cabro gordo que se había trepado a algo que debía de ser el escenario o el estrado de La Jarrita. Hola, hola, chicos y chicas de La Jarrita, ¡cómo están! Nadie respondió. El dj colocó el efecto sonoro de una multitud que aulló ¡yeee! Enseguida, otro cabro, más gordo aún y con un vestido tan ridículo como el de su compañero, apareció del extremo derecho del escenario. Hola, chicos y chicas, acá estamos sus amigas La Nena y La Nana listas para brindarles un momento de sano esparcimiento en esta noche de sábado travieso, y para regalarles, como siempre, unas cuantas cervezas bien heladitas a los chicos valerosos, fuertes como osos, que estén dispuestos a hacernos la noche.

La rubia había regresado con sus amigos. Pero había quedado algo entre nosotros. O eso creía. Todo sería cuestión de esperar a que los cabros del escenario terminasen con su pantomima para retomar los flamígeros escarceos que me habían humedecido el pantalón.      

A ver, hoy vamos a premiar a dos chicos, dijo La Nana. Sí, a dos chicos valientes que quieran acompañarnos en el escenario y nos concedan una entrevista muy a nuestro estilo, acotó La Nena. Los valientes se llevarán, cada uno, dos Margaritos recontra heladitos, ofreció La Nana. Dos cervecitas bien heladitas para combatir este calor carnal, dijo La Nena, flexionando sensualmente el cuerpo y pasándose la mano por los mondongos que el vestido no lograba contener.  

Consideré subir. ¿Qué podía pasar? Nada malo, suponía. En cambio, podía ganar cierta notoriedad y, si todo lo que había que hacer era pararse al lado de esos dos mondongudos cabros, dos cervezas bien heladas.

No había voluntarios. Algunos grupos hacían alharaca tratando de llevar al podio a uno de sus integrantes: al más tonto, al más chonguero, al más avezado. Con un par de sorbos, terminé la tercera botella. Iba a necesitar una más. El concurso me caía a pelo. Había reunido cierta cantidad de valor para abrirme paso entre la muchedumbre, rumbo al escenario, cuando aparecieron dos chibolos, flacos ambos, con unas caras de pendejos de esquina, quienes, entre arengas y silbidos, fueron recibidos cariñosamente por La Nana y La Nena. Muchas gracias a nuestros dos voluntarios. ¡Hola, chicos! A ver, un besito para sus tías. Los presentadores tenían a sus participantes. Mi oportunidad se había esfumado. Me replegué sobre mi columna y observé.

Los chicos dieron sus nombres y sus edades: diecinueve y veintidós años. Saludaron a las presentadoras con un beso en los cachetes. Dijeron sus distritos de procedencia: San Martín de Porras y La Victoria. ¡Oyyy!, exclamó La Nana, varios de mis chicos han sido de La Victoria, y déjenme decirles que jamás me han defraudado. A ver, un grito por La Victoria. Se oyeron vivas y aplausos. Con disimulo, miré a la chica cuyo culo, hacía pocos minutos, había tenido clavado en mi pelvis. Conversaba con su amiga y sus amigos. No me buscaba la mirada. Bebía de su botella de agua. No intentaba recrear lo de hacía unos minutos. Era uno de los rasgos característicos de ese tipo de chicas: jamás se involucraban demasiado con alguien. Ellas vivían el momento y pasaban, sin más, al siguiente. Las penurias que habían atravesado para ser quienes sentían ser las habían vacunado contra cualquier tipo de anclaje sentimental. Sin embargo, si porfiaba por cruzar su mirada, ella me la sostenía y me hacía un coqueteo. Pero no se ponía en un plan suplicante. Si llegaba a pasar algo entre nosotros, pasaba; sino, no. Compartíamos la misma filosofía.

Chicos, ¿saben lo que tienen que hacer para ganarse sus cervecitas, verdad? Ustedes, dijo La Nena, apuntando el micrófono a la muchedumbre, ustedes también saben lo que tienen que hacer nuestros participantes, ¿no? A ver, a las mariconas, preparen sus ojitos coquetos porque la pinga de sus sueños puede estar aquí arriba, con nosotras, las privilegiadas. Luego, a los chicos: Amores, a ver, quién empieza. A ver, tú, papito, empieza tú.

El de San Martín de Porras se sacó el polo y se bajó el pantalón. La Nena se le acercó. Se agachó hasta quedar a la altura de su pinga, todavía cubierta por un bóxer negro. ¿Me dejas ayudarte, papi? El chico asintió. La Nena le bajó con cierta cadencia la prenda interior hasta dejarla en sus tobillos. Había quedado al descubierto una pinga larga, a pesar de estar muerta. El chico, orgulloso, empezó a deambular por el escenario, haciendo girar la pinga en el aire. Ayyy, me enamoré, me enamoré, repetía La Nana. ¿Estás seguro que no eres de La Victoria, papi? El chico se quedó quieto en medio del estrado y empezó a mover la pelvis de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás. La Nena se acercó con una cinta métrica. Quédate quieto, pues, papito. Tengo que medir con lo que me vas a castigar después. Tengo que saber si va a entrar en mi estuchito, dijo, enseñando a la concurrencia el trasero, que lo tenía gordo y desbocado. La gente se rio. Yo estaba impresionado. Aliviado, también. Si hubiera salido al escenario, el público se hubiera reído no de las payadas de La Nana y La Nena sino del ridículo tamaño de mi pichula, la cual, en estado inactivo, era apenas más grande que un grano de arena. La pinga del chico de San Martín había erradicado cualquier futura pretensión mía de subir al escenario de aquellos estrambóticos presentadores. Estaba condenado a ser un simple espectador.

¿Me dejas darle un besito?, preguntó La Nana, amorosa, ilusionada. Ay, no, maricona, interrumpió La Nena. Tú has dicho que los tuyos son los de La Victoria. Este papito es mío. El tuyo es aquel, así que espera tu turno. Luego, dirigiéndose al flaco que orgulloso continuaba exhibiendo su gran pichula: Si me dejas darle un besito, papito, te regalo dos cervezas más. La gente coreó: Beso, beso, beso. El flaco se acercó al borde del estrado e hizo el ademán de esforzarse por oír lo que clamaba la multitud. Ya, dijo, pero que sean tres chelas, no dos. La Nena aceptó y se puso de rodillas frente al flaco. ¿Quieren ver, quieren ver?, preguntó la maricona. No, no, no, no, repitió, ante las voces afirmativas del público. No porque luego me publican en el Facebook y mi flaco me ve y me puede hacer un escándalo. El beso solo lo veremos tú y yo. Volteó al chico. Ante nosotros quedaron las nalgas imberbes del flaco, las cuales, al instante, quedaron cubiertas por las trigueñas manos de La Nena. Mmm, qué rica cabecita, pingón, dijo, parándose para darle otro beso, esta vez en el cachete. No te pierdas.

La Nana invitó al siguiente participante a desnudarse. Tú eres de La Victoria. No puedes defraudarme. Demuestra que la huevada del flaco es un maní en comparación con lo que tienes entres esas piernas. Vamos, papito, abajo ese pantalón. El tipo empezó quitándose la camisa. Se desabrochó la correa. No quiso bajarse el pantalón. Los cuerpos y las caras de las animadoras no eran del todo alentadores. Papito, dijo La Nena, si no te bajas el pantalón y nos muestras el animal que llevas ahí, el otro flaco se va a ganar las chelas, ah. Vamos, apúrate. El tipo se bajó el pantalón, pero gestualmente indicó que permanecería con el bóxer bien puesto. No nos hagas esto, pues, rogó La Nana, quítate el bóxer. El público gritó: Que se lo quite. El chico permaneció en sus trece. Las presentadoras insistieron. El tipo continuó con la pinga y el trasero cubiertos. ¿Entonces me dejas tocar a mí, no más?, pidió La Nena. Sino no te doy ni mierda de chelas y tus patas te van a apanar por haber salido por las huevas. El muchacho accedió. La Nena se acercó a él. Metió la mano derecha debajo del bóxer. Palpó. Dinos, dinos, Nena, quién gana. La cuestionada, con un gesto compungido en el rostro, dijo: Ay, chibolo, por ser de La Victoria me hubiera gustado que ganes, pero tengo que decir que gana el flaco de San Martín. El grupo del ganador estalló en aplausos. Las presentadoras le alcanzaron cinco cervezas heladas al ganador y una sola al perdedor. El próximo sábado volvemos con otro concurso, muy a nuestro estilo. No dejen de venir a La Jarrita todos los fines de semana. Adiós, chicos y chicas.

Fumé un cigarrillo más. El dj puso una seguidilla de cumbias subterráneas. La culona, su amiga y sus amigos se quitaron. No quedó ninguna mujer tan buena como mi culona. Unos cabros de buen cuerpo, pero de rostro espantoso se me acercaron. Ni borracho hubiera accedido. Terminé el pucho y me fui. Eran casi las cuatro cuando regresé a mi cuarto. Me quité la ropa hasta quedarme completamente calato. Tiré el colchón de aire sobre el piso. Del techo del armario, bajé el edredón y los cojines. Los arrojé sobre el colchón. Apagué la luz y quedé profundamente dormido.

Eran las once del domingo cuando desperté. No había soñado ni mierda. Tenía la mente despejada. Pero no por mucho tiempo. Recordé que tenía que armar un presupuesto. Estaba postergando esa tarea por varios días. Si no la terminaba de una vez, no sería capaz de dormir bien durante los días siguientes. En cuanto a los trabajos, era jodidamente responsable. Esa voz en mi cabeza me jodía con su cantaleta: debes hacer esto, te falta hacer esto otro. La única forma de acallarla era obedeciendo sus monsergas. Era un presupuesto que me habían encargado para dictar un curso de redacción empresarial. Si aceptaban mi propuesta, tendría que viajar a Arequipa, lugar donde se ubicaba la empresa que pensaba contratarme. Abrí la laptop, la vieja, la que le pedí prestada a mi esposa mientras la mía permanecía en reparación, y en unas tres páginas establecí que cobraría veinte dólares por hora por alumno. El curso duraría cuatro horas: una hora de teoría gramatical, súper condensada, y tres horas de feroz práctica. Ejemplos de lo mal que redactaban los ingenieros peruanos los tenía por montones. Mi idea era exponer algunos cuantos ejemplos y que la concurrencia se dedicara a traducir en un cristiano empresarial lo que los textos querían decir.   

Envié la propuesta. Guardé la laptop y fui a La Perla, a pasar lo que quedaba del domingo con mi hija.

Mi mamá había cocinado un delicioso pollo al horno. Mi hermano compró una Coca Cola de dos litros y dos cervezas heladas. Repetí el plato. Bebimos las cervezas. Conversamos. Luego del almuerzo, cogí un libro y me tiré en la cama de mi hermano menor. Un par de páginas, la panza llena, y quedé profundamente dormido.

A las diez de la noche, mi mamá se ofreció a llevarnos a casa de mi esposa. Como siempre, mi hija lloró a mares. No quería regresar con su mamá, pues en casa de la mía se le consentía todo. La pasaba muy bien. La pasábamos excelente. Los fines de semana las reglas que su mamá le imponía en casa desaparecían en la de la mía. Yo la colmaba de dulces, pollo y papas fritas. Procuraba hacerla feliz. Pero los domingos, en la noche, sabíamos que se acercaba la hora aciaga, la hora del regreso a casa, el jodido preámbulo de los lunes. En el trayecto a casa de mi esposa, mi hija se calmó. A mí se me hizo un hueco en el alma. No era justo que viviésemos separados. Sin que mi mamá, que conducía el auto, se diera cuenta, dejé rodar unas cuantas lágrimas. Me dejó en casa de mi esposa y se fue. Ten cuidado, papito, dijo antes de irse.

Cuando vio a su mamá, la bebe se abalanzó sobre ella: ¡Mami, mami! Eso me reconfortó, pero no evitó que siguiera pensando que mi lugar era con ellas, en esa casa de la que había sido expulsado hacía unas semanas. Prometí verlas entre semana. Yo le avisaría. Nos despedimos con un abrazo. No pude evitar llorar un poco. Te voy a recuperar, las voy a recuperar, le dije a mi esposa, en voz baja y entrecortada.

En el cuarto, se me vino el domingo al alma, el domingo con toda su soledad. Extrañé la bulla que hacía mi hija, las peleas con mi esposa, las reconciliaciones, los abrazos, las promesas de llegar a ser una familia perfecta. Vibró el celular. Era un mensaje en el Facebook. Era Karina, una amiga del barrio en que viví gran parte de mi vida. Habíamos sido enamorados hacía un pincho de tiempo, y habíamos tenido ciertas recaídas. Me estaba saludando. Le respondí. Me aferré a la conversación. Era el único modo de evitar seguir pensando en mi soledad, en mi familia quebrada. Le conté que estaba viviendo solo, en un cuartito en el Centro de Lima. Todas las huevadas que estoy viviendo las estoy contando en una novela que estoy publicando en mi blog. Karina seguía con irregularidad las tonterías que publicaba en el blog. Sin embargo, hacía tiempo que no me leía. Prometió leer la novela. ¿No quieres venir a conocer mi cuarto? Así podrás salir en la novela, ¿qué dices? ¿Te animas a venir? Vente ahora, vente ahora, por fa, le supliqué. Necesitaba compañía. Necesitaba dejar de pensar en mi familia. Quería olvidarme de que fui un pésimo esposo, de que por mi culpa el hogar de mi hijita se había ido a la mierda. Hoy no puedo, Dani, pero mañana voy. Te lo prometo. Estaba bien. La esperaba mañana. No me vayas a fallar, le dije. Con la promesa de un cache seguro, porque si bien no habíamos hablado de sexo era fijo que terminaríamos cachando, me acosté en el colchón. Me sentí menos solo.

Al poco rato, el celular volvió a vibrar. Era Daniela. Habíamos sido enamorados durante una semana, o algo más. Luego, un poco como que me hastié de lo edulcorada que llegó a ser la relación. Cobarde yo, me alejé sin decir palabra. Ella entendió el mensaje y dio por disuelto el vínculo. Andando el tiempo, tuvimos algunas recaídas. Manteníamos un esporádico contacto por el Facebook. Hola, Dani, ¿cómo estás? ¿Qué sorpresa?, le escribí. Le conté que me había separado de mi esposa y vivía en un cuarto en el Centro. Para avivar su curiosidad, le dije que la casa a la que pertenecía mi cuarto había sido habitada, durante un brevísimo periodo, por el poeta Eguren. Ella, egresada de Lingüística de San Marcos y aficionada a la poesía, quedó gratamente sorprendida por el dato. Me dijo que me visitaría de todas maneras, pero no ese domingo. Le insistí. Ven para que conozcas el lugar donde estuvo Eguren. Es una oportunidad única. Ven, por favor. No me dijo cuándo vendría, pero prometió hacerlo. Me despedí. No insistí más. Karina me visitaría al día siguiente. Eso ya era algo.

Me costó conciliar el sueño. No fue fácil dejar de sentir pena por mi vida familiar. En esos momentos, mientras estaba ahí, tirado sobre ese colchón de aire, en un oloroso cuartito en la zona rosa de Lima, mi hija, mi esposa, mi familia, se acostumbraba a no verme, a prescindir de mí. Eso me dolía. En qué momento había jodido mi vida. Cogí el celular y googleé un video porno. Una milf le regalaba una mamada al amigo de su hijo. Me masturbé. Envolví la descarga en un pedazo de papel toalla. Me quedé dormido enseguida.


Lima, domingo 18 de setiembre del 2016.

martes, 4 de octubre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 7

Era temprano: las ocho de la noche. Me había bañado. Caminé por Peñaloza. Fui a la tienda de la cuatro de Colmena. Compré un Aquarius de naranja helado y una cajetilla de cigarros. Compré un encendedor. Regresé por Chancay. Había pocos cabros, algunos feos; otros aceptables. Había un par de tetonazas. Desde aquella vez con Jazmín, no había vuelto a pagar por sexo. Cuando vivía con mi esposa en el departamento de Pueblo Libre, y por algún motivo no iba en bicicleta al trabajo, bajaba en la Estación Central del Metropolitano, vagaba un rato por el Centro, y me daba un par de vueltas para ver a las chicas de Peñaloza y Chancay. Ocasionalmente, me encamaba con la más tetona y culona, con la que a primera, segunda y tercera vista tenía el cacharro de una mujer estilizada. Desde que empecé a vivir en Zepita, la fuerza de atracción que ejercían esos cabros tetones en mí disminuía. Así pasaba con el matrimonio: veías a tu mujer todos los días de tu vida y comenzaban las conflagraciones. Se extinguía la ilusión. Se extraviaba el deseo. Se instauraba el tedio, el aburrimiento. No solo con tu esposa, podía pasar con cualquier persona: tu mamá, tu papá, tus hermanos. Era difícil aguantar a la gente por más de dos horas.

Encendí un pucho. Volví a darme una vuelta más por Peñaloza y Chancay. Caminaba con frescura. Eran mis predios. Miraba a los cabros más atractivos, pero no me provocaba llevarlos a la cama. Al menos, no por ese momento. Me decían ven, ven. Yo les decía hola y seguía de largo, botando el humo con displicencia.

Regresé a mi cuarto. Tiré el colchón, me eché y retomé Los señores. A las once, decidí salir. Era jueves.  Llevé conmigo Los señores. Se había puesto interesante la trama. Fui a La jarrita. Ahí se podía flirtear con el cabro más femenino la ciudad. Cabía la posibilidad de que uno de ellos me entregara las tetas y el culo a cambio de nada. Brother, saludé al portero del local. Causa, es un bar de travestis, me advirtió. Sí, ya sé, le dije. Fresh. Había una pareja que conversaba en una mesa. Dos chelas y dos vasos. Más allá, un par de cabros feos conversaba. 

No hay ambiente, ¿no, brother?, le dije al portero. Los viernes se llena. Los jueves no viene casi nadie. Seguí por Camaná. Quería cruzar la Plaza Francia, llegar a Wilson, cruzarlo y llegar a Zepita por Washington. Sin embargo, a pocos pasos de La jarrita, encontré La casona de Camaná. Era una discoteca heterosexual. La entrada era gratis. Un tipo flaco me esculcó. Podía pasar. El lugar había sido la casona de alguna familia rica de Lima hacía cien años, como todas las casas del Centro. Ahora, cada uno de los ambientes de la casona había sido convertido en una sub discoteca. El primer ambiente era el roquero, el segundo el salsero, el tercero el reggeatonero, y el cuarto el electrónico. Cada ambiente tenía su barcito y una consola para el DJ.

Luego de recorrer todos los ambientes, me acodé en la barra del primero: el ambiente roquero. Era el más espacioso. Tenía sofás a los costados. Varios chiquillos estaban sentados. Veinteañeros. Pedí una cerveza. Prendí un cigarro. Abrí Los señores. Leí. Era la mejor manera de llamar la atención. ¿A quién se le ocurría leer en un bar? A mí, solo a mí. Estaba en que Isaías de Piérola, hijo mayor de Nicolás de Piérola, junto a sus más íntimos allegados, irrumpe en Palacio de Gobierno y, a punta de balazos, con sus muertos y heridos, logra sacar al presidente Leguía de su despacho para conducirlo a la Plaza de la Inquisición en donde le hará firmar un documento obligándole a dimitir de la presidencia. Eran tiempos en los que los problemas se arreglaban de un modo muy romántico: cara a cara y a balazo limpio. Definitivamente, las cosas estaban más interesantes en el libro que en La casona de Camaná. Bebía de la Pilsen helada. De tanto en tanto, le daba una pitada al pucho. Era genial que todavía hubiera lugares públicos en los que se pudiera fumar.

Fumaba por pura pose. Era un posero de mierda, como el admirado Valdelomar. Fumaba para sentirme un escritor. Me sentía un escritor. Ya llevaba publicados algunos capítulos de El solitario de Zepita en el blog. Era la segunda gran cosa que hacía en mi vida. La primera fue mi bebita.

La música estaba perfecta. Spin doctors, Mar de copas, New radicals, Indochine, INXS, Red hot, Soda stereo, The killers, Wheatus, Green day, Chumbawamba, The offspring. Recuerdos ochenteros y noventeros.

Entraron unos pitucos. Parecían pitucos. Un pata y dos flacas. Todo aquel que tenía la piel blanca y llevaba un rubio o castaño natural en la cabeza, me parecía un pituco. Vivía acomplejado. El tipo era alto, blanco, barbón. A pesar de la espesura del vello facial, se le notaba joven. Sus acompañantes eran una gordita blancona y una jovencita delgada y rubia. Pidieron tres cervezas y se alejaron a un rincón del ambiente.

Sentía que los pitucos, desde su rincón, me miraban. No sé. Quizá eran ideas mías. La historia del libro se ponía más interesante. Un piquete de gendarmes reduce a los sublevados y devuelve al presidente a Palacio. Isaías le había dado a Leguía carta libre para volver a perseguir a los pierolistas, justo cuando, hacía dos días, se había levantado la orden de persecución de los enemigos del gobierno.

Entraron unos tipos con guitarras. Eran mocosos. Veinticinco años a lo mucho. Entraron unos tipos que vestían las mismas chamarras de cuero. Tenían un logo en las espaldas. Eran los Steel Riders. La gente necesitaba vivir en grupos. La soledad les aterraba.

Me había tomado dos cervezas. Iba por la tercera. Estaba a punto de irme, cuando los guitarristas se apoderaron del escenario. Iban a dar un concierto. Hola, hola, dijo el cantante. Somos Koala. Hoy vamos a ofrecer un tributo a Panda. Hacía ocho años, gracias a Elena, una ex enamorada que retraté en mi libro de cuentos Latidos del asfalto, me familiaricé con las canciones de Panda. Cerré el libro y me acerqué al escenario. Los chiquillos que estaban sentados en los muebles se colocaron detrás de mí. Habían estado esperando por el concierto. Esos chiquillos eran, en su mayoría, chiquillas. Veinteañeras. Vamos a empezar con Procedimientos para llegar a un común acuerdo. Era una de mis canciones favoritas. Me la sabía de memoria. Grité la letra. La viví. “Yooo, sé que soy pocooo supeeerficiaaal, y que me manejo en la promiscuidaaad”. “Tu cuerpo descooomunal, sin indumentaaariaaa, lo quiero con todo respeto palpar”. Usé mi botella de cerveza como micrófono. Canté tan fuerte como el cantante, pero con más desafinación. Sentía las miradas de las chibolas. Jamás se habían topado con un tipo como yo, con un loco de mierda. Llevaba mi ropa negra ceñida y unos lentes rojos muy amariconados.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=MXgQ_5mqKYA

Fin de la canción. Aplausos. Ahora, chicos, esto es Narcisista por excelencia. Las chiquillas aprobaron con un chillido. “Disfraz, disfraz, narcisista artificial. Disfraz, disfraz, todo es mental”. Me olvidé de la gente. Canté como si no hubiera cantante, como si yo fuera el cantante. Cuando empezó el rasgueo instrumental de la guitarra, sentí una oleada de cabellos estrellándose contra mi cara. Era la gringa del grupo de pitucos. Estaba a mi costado. La miré. Me miró. ¿Te gusta Panda? No le respondí. Estaba demasiado enchufado en la canción. Además, era obvio que me gustaba Panda. La canción no terminaba. Canté el coro final. Me desplacé por el espacio cercano al escenario. Gesticulé. Terminé arrodillado en el piso, el pico de la botella cerca de mi boca, recibiendo las últimas melodías que salían de mis labios.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=KDyaE0LPDeM

Los chiquillos aplaudieron al acabar la canción. Un respiro, por favor, pidió el cantante. Le alcanzaron una cerveza. Bebió un trago. Ahora, Tres más uno. Otro chillido de aprobación. Era la canción que le había dedicado a Elena, hacía ocho años, cuando ella, por alguna razón, me terminó, en una de esas tantas ocasiones en las que los enamorados adolescentes terminaban y se reconciliaban por los motivos más cojudos. A los pocos días, naturalmente, regresamos. A las pocas semanas, tirábamos por primera vez. Recordé haber cantado y llorado esa canción en el interior de una combi rumbo a la universidad.

“Saaabes bien, se me diiificulta hacerte saaaber, se me dificulta ver, nada es de tu agradooo, sabes que te amo y no lo aguanto, nooo lo aguanto, y fíjate que los dos prometimos algo que no se cuuumplió, me lo hiciste otra vez, ya no lo puedo creer, ojalá y un día se te regrese. Quisiera poder odiaaarteee, me haría las cosas más fáciiil, quisiera poder, quisiera podeeer…”

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=w-nk2KFrCWk

Las chiquillas pedían más. La rubia se había colocado delante de mí. La tenía muy cerca. Podía oler su cabello nítidamente, a pesar de las espesas fumarolas de humo que salían atolondradas por mi boca. Su amigo, el barbón, estaba a unos metros al costado, acompañado de la gordita. Bebían. No se inmiscuían en el concierto. Ahora, a pedido de ustedes Conversación casual. No conocía esa huevada. Me replegué a la barra. Me gustaban los ritmos más punkeros de Panda. En adelante, el concierto fue una seguidilla de canciones lastimeras, más acordes con los sentimientos confundidos de los pulpines que colmaban el lugar. Abrí Los señores y continué leyendo. Cuando pasé la página noventa, un lengüetazo de cabellos me impactó en la cara. La pituca se acababa de acomodar el pelo. Bebía una Corona a mi costado. Su codo estaba cerca de mi Pilsen. De repente botas mi chela, carajo. Era bonita. No tenía mucha teta, pero su rostro justificaba cualquier desigualdad corporal. Tenía un culito de gimnasio. Llevaba un pantaloneta ajustada y un polo amarillo. ¿Qué lees? Nada, le dije. No me boté. Simplemente, no quise decir nada que sonara estúpido. Si ella me estaba haciendo el habla era porque algo le atrajo de mí. No quería romper ese misterio. Nunca había visto a alguien que leyera en una discoteca, me dijo. Miraba al frente. Tomaba su Corona. Yo me había comprado otra Pilsen helada. Le di un sorbo largo. Yo tampoco, le dije. Los músicos seguían en lo suyo. Las chicas pedían más temas suaves de Panda. Esos eran los que no me gustaban. Miré la hora en el reloj bamba que me había comprado en El hueco hacía unos días. Era la decente imitación de un Puma. Era un cuarto para las dos. Acababa esa chela y me quitaba al cuarto. Dentro de escasas cuatro horas, tendría que manejar la bicla al trabajo. Tenía que estar lúcido o un carro podría arrollarme con todo y bicicleta.

Apuré tres sorbos más. Qué rico era chupar del pico de la botella. Qué rico era estar solo en la discoteca, sin ningún amigo que importunara con banales comentarios o sin alguna flaca que jodiera porque miraba tal o cual culo.

Terminé la cerveza y la dejé en la barra. Por cortesía, me despedí. Nos vemos, le dije. Espera, me dijo. Puso su mano en el tatuaje del rostro de Guy de Maupassant que tenía en el antebrazo izquierdo. No te vayas, por fa. Quiero pedirte un favor. ¿Sí?, pregunté. ¿Crees que pueda besarte? Procuré que mi rostro no reflejara el impacto que me había causado su proposición. Los lentes rojos que llevaba ayudaron a encubrir la sorpresa de mis ojos. ¿Estaba pasando eso? ¿Una pituca quería chapar conmigo? Seguro no era tan pituca. Sus amigos seguían cerca del escenario del concierto. No nos miraban. Estaban en otra. La pituca sí. Me miraba. Aguardaba mi respuesta. Tenía que decir algo que sonase fresh e inteligente. El mínimo error podía echar abajo la imagen que esa mujer se había hecho de mí. ¿Solo uno?, se me ocurrió. Ella sonrió y me buscó la boca. Era ligeramente más baja que yo. Busqué la de ella. Nos besamos. Se me paró la pichula. Me pegué a ella. Quería que la sintiera. Mi pantalón pitillo no disimulaba la erección. Por el contrario, la hacía mucho más notoria. Cuando la sintió, dio por terminado el beso. ¿Esperaba algo más grande? ¿Qué fue eso?, preguntó, con ese tonito de pituca. ¿Qué fue qué?, me hice el cojudo. Bueno, yo solo quería un beso. No te pierdas. Nos vemos. Se llevó su Corona y se unió al grupo de sus amigos. No me podía quejar. Las cosas estaban saliendo a pedir de boca.

Caminé a mi cuarto. Cuando llegué, eran las dos y media. Estaba cansado. Horas después, a las cinco y media de la mañana, cancelé la alarma del celular y seguí durmiendo. Desperté a las nueve. Pasé cinco minutos mirando al techo. Decidí ir al trabajo. A las once, dejé la bicicleta en el patio de la oficina y saludé a Patricia.


Lima, viernes 16 de setiembre del 2016.