Latidos del asfalto

jueves, 10 de noviembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 9


El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:
Aunque le pese.
El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.

Nicanor Parra – Advertencia al lector

Llegué temprano al trabajo. Me lavé el pecho, la espalda, el cuello y la cara en el lavabo del baño. Me puse la ropa de oficinista y colgué el polo de bicicleteo en la varilla de aluminio de la ducha para que se evaporase mi sudor.

Abrí la laptop y revisé los correos del trabajo. Había uno de mi jefe. Daniel, por fa, quiero que te armes un procedimiento de medición de caudales de aire en minas y túneles. Pan comido, pensé. Tenía en la cabeza el esquema de lo que debería hacer. Tenía unos libros de ventilación de minas con cuya información podría complementar el armazón teórico que estaba dando vueltas en mi cabeza. Abrí el cajón donde guardaba los libros. Chucha, no estaban. Recordé que los había dejado en la casa de mi esposa. Cuando me mudé a Zepita olvidé llevarme esos textos. Llamé a mi jefe. Me dijo que el procedimiento era urgente. Le conté mi problema con los libros. Ir a Pueblo Libre, recoger los libros, y regresar a la oficina en Chorrillos constituiría una pérdida vital de tiempo. ¿Te parece si recojo los libros y trabajo el procedimiento desde mi casa? Te lo envío por correo apenas lo tenga listo. Me contestó que no había problema.

Llamé a mi esposa. Hacía unos días le habían robado el celular. Melina, su pareja, le había conseguido uno muy defectuoso, un modelo bastante antiguo. Nada, no entraba la llamada. Parecía que el celular estuviera apagado, o sin batería, o cagado. Le escribí al Facebook. Responde, responde. Una hora después, respondió. Le expliqué la situación. Por eso estoy saliendo ahorita para tu casa. Estaré en dos horas. ¿Vas a estar en ese tiempo o vas a salir? Que no me preocupara, me dijo. Que vaya, no más, añadió. Le expliqué dónde estaban los libros. Sí, sí los veía, ahí estaban. Perfecto. Entonces, te caigo en dos horas. Por fa, ten listos los libros para recogerlos e ir a mi cuarto con las mismas.

No me falló. Me esperó con los libros listos. Los recogí. Le pregunté por la bebe. Estaba en el cole. Estaba bien. Le dije que el miércoles las visitaría en la noche para invitarles algo. Me dijo que tuviera cuidado en el camino. No te preocupes, ya tengo dominadas las pistas, le dije. Cambié la emisora de la radio en el celular del trabajo. Era un celular Nokia, de esos antiguos, pequeños, con teclado de plástico. Había estado escuchando la emisora Oasis, Rock & Pop. Regresé a Doble Nueve. Puse el Nokia en el bolsillo derecho de la mochila. Comprobé que mi celular personal, un Azumi de pantalla táctil, estuviese bien metido en el otro bolsillo de la mochila, en el izquierdo. Ahí estaba. Me monté en la bici y partí.   

En ocho minutos, llegué a la avenida Alfonso Ugarte. El semáforo estaba en rojo. Esperé en la orilla de la vereda, junto a un nutrido grupo de viandantes. Cuando el semáforo cambió a verde, pedaleé suavemente para evitar arrollar a cualquiera de los estúpidos peatones que caminaban lentamente por el crucero peatonal.
Al llegar a la orilla de la vereda opuesta, golpeé, con la llanta delantera de la bicicleta, a un tipo de camisa a rayas que se cruzó en mi camino. El golpe fue más bien suave, pues pedaleaba con lentitud. Si bien fue él quien se cruzó con la llanta de mi bicicleta, fui yo quien le pidió encarecidas disculpas, pues me correspondía ir por la pista y no por el crucero peatonal. Fue la hidalguía que se me había inculcado desde pequeño la que me forzó a rendirle esas disculpas al tipo de camisa, quien, a su vez, me ofreció unas disculpas todavía más sentidas. No, amigo, discúlpame a mí, por favor, no vi tu bicicleta, me dijo. Enseguida, continuó con su camino, pero como si acabara de acordarse de que tenía algo muy urgente que hacer. Rápidamente, enfiló hacia la avenida Uruguay. A mitad de la pista, se le unió otro tipo de camisa. Ambos eran bajos, muy bajos, más bajos que yo. Se movían sospechosamente. Parecía que tramaban algo. Caminaron hacia Plaza Vea. Antes de pisar la acera de ese flanco del supermercado, uno de ellos, el que se había tropezado con mi bicicleta, volteó a mirarme. Era la mirada que te daba alguien que sabía que te acababa de cagar y esperaba que no te dieras cuenta. Entonces, dejé de pedalear. No había avanzado mucho desde el choque con el tipo de camisa. Todo ocurría muy rápido. Había permanecido en el mismo sitio, el pie derecho en el pedal correspondiente y el izquierdo en el suelo. Les vi bien la cara, el aspecto. Ambos eran de piel oscura. Uno era muy trigueño y el otro negro. Sus rostros no eran precisamente los de unos angelitos. Sentí el peligro. Sin saber muy bien por qué, o quizá sabiéndolo muy internamente, metí la mano en el bolsillo donde debía estar mi Azumi, mi celular personal, el caro, el que debía cuidar en todo momento. Chucha, la cagada, no estaba. El celular había desaparecido. En menos de un segundo, traté de hacer memoria: ¿Había puesto el celular en ese bolsillo de la mochila? ¿No lo habría dentro de la mochila? Revisé su interior. Estaba desesperado. En el Azumi, estaban todos mis contactos telefónicos, además de los videos sexuales que me había hecho con Rosario y el que grabé con Patty, una de las prostitutas más conocidas de la ciudad, en el que me mamaba la pichula durante minuto y medio hasta que terminaba en su boca. Nada: el Azumi había desaparecido. Entonces, se me ocurrió que el choque con el tipo trigueño no había sido del todo accidental. Por el contrario, la jugada había sido cuidadosamente planificada. Sin darle más vueltas al asunto, fui tras los tipos. Bajé de la bicicleta y corrí hacia ellos. Hice rodar la bici conmigo, sujetándola del timón. El negro se percató de que los seguía y aceleraron el paso. Cuando llegaron a la altura de los casilleros que el supermercado ponía a disposición de sus clientes para que guardasen sus mochilas o bolsas, se dividieron: el negro entró en el supermercado y el trigueño se quedó ahí, parado. Se tomó unos segundos para fingir que nada pasaba, que con él no era la cosa. Estiró su mano para girar la manecilla de uno de los casilleros. Fingió que guardaba algo en su interior. Di gracias al Cielo de que no se hubiera metido, como hizo su compinche, dentro del supermercado. Me detuve a su lado. Puesto que no tenía pruebas de que me hubiese robado el celular, no supe cómo iniciar el careo. Disculpe, dije, algo agitado por la corrida, cuando se tropezó con mi bicicleta, parece que se cayó mi celular. Lo tenía en la mochila hasta antes del choque. El tipo se volteó completamente. Quedamos frente a frente. Corroborado: era más bajo que yo. Su cara era la de un choro de alta peligrosidad. Tenía la nariz chueca, la frente pequeña y el pelo, aunque recortado, duro y grasiento. ¡Qué! ¡Oh, yo no sé nada, sano! ¡Yo no sé de qué estás hablando! ¡De qué celular hablas! Por esa voz, una voz de pandillero, de achorado, de ratero de barriada, confirmé que el tipo y su compinche no eran simples transeúntes. Esa voz me dejó todo claro. Las camisas, los pantalones de tela y los zapatos de oficinista no eran más que una fachada que empleaban para perpetrar sus hurtos en medio de la masa compacta de gente que transitaba desordenadamente por los cruceros peatonales. 

Insistí, esta vez con vehemencia, pues había confirmado que el tipo no era un simple e inocente peatón. Tú tienes mi celular. Clarito te vi cuando te lo llevaste, mentí. Tenía que mentir. Yo sabía que ese huevón, al fingir que tropezaba con mi bicicleta, se las había arreglado para sustraer el celular del bolsillo de mi mochila. Antes de que el tipo respondiera, apareció, detrás de mí, el negro de mierda. ¿Qué pasa, choche?, preguntó, con la misma voz de pandillero de su amigo. Su cara era todavía más peligrosa que la del trigueño. Llevaba una casaca doblada en el brazo. Los vi mejor: si bien estaban vestidos decentemente para despistar la atención de sus víctimas, sus camisas y sus pantalones lucían desgastados, sucios y grasientos. Viéndolos mejor, no cabía ninguna duda de que eran choros. Tú tienes mi celular, compare, dámelo, le dije al negro. Había elevado el tono de mi voz. Ahí estaba yo, desesperado, con una licra ajustadita y un ridículo casco en la cabeza, manteniendo la esperanza de que ese par de rateros me devolviera el celular. Yo no tengo nada, cuñao, qué tienes conchatumare, se defendió el negro. No bajé la guardia. Sus caras y voces azuzaban mi indignación. Yo sé que ustedes lo tienen. Yo los vi. Si no me lo devuelven, llamo a un tombo ahorita. A una cuadra de allí, se ubicaba la comisaría de Alfonso Ugarte. El trigueño se ablandó. Cedió. Choche, ¿éste es tu celular?, dijo. Había levantado el ruedo de su camisa para mostrarme, atrapado entre la piel de su tasajeado estómago y la tela de su gastado pantalón, un celular. No, le dije, ustedes saben de qué celular estoy hablando. Ya se cagaron, voy a llamar a un policía. El negro reaccionó. Tás huevón, tás huevón. Nosotros no tenemos nada. Mira, ve, dijo. Se llevó la mano al bolsillo de su camisa y a los de su pantalón. Estaban vacíos. ¿Y qué guardas ahí?, repliqué, señalando la casaca que llevaba doblada en el brazo. Se sorprendió, como si recién se diera cuenta de la existencia de esa prenda. Antes de que abriera la boca para decir alguna otra excusa, respondí mi propia pregunta: Tú tienes mi celular ahí, compare, y si no me lo das llamo a la policía ahorita mismo. Estaba furioso. Pocas veces había estado así en frente de otras personas. Solo cuando discutía con mi esposa, perdía los papeles. El negro descolgó la casaca de su brazo y, con un rápido giro de la mano, me alargó el Azumi. Toma, oe, sano, y vete, fuera, fuera de aquí, dijo. Yo no me fui. Ellos fueron los que huyeron del lugar. Caminaron rápido y desaparecieron. Me quedé ahí, parado, sintiendo, aliviado, el celular en la mano. Habíamos llegado al punto en el que la vida de una persona cabía en un celular y, muchas veces, dependía de él. Mi cita con Karina dependía del celular. El único medio por el cual podría coordinar su visita era a través del Azumi. Guardé el celular dentro de la mochila, muy adentro, escondido entre las páginas del libro que acababa de recoger. Manejé hasta mi cuarto. Llegué en dos minutos.

Pasé la tarde elaborando el procedimiento que Jean Carlo me había encargado. Lo terminé a las cinco. Lo envié. Usé la señal de internet de mi celular como punto de wifi. El truco me lo había enseñado Rosario. Caí en la cuenta de que si perdía el teléfono, mi vieja laptop se quedaba sin internet. Cuando me enfrentaba a los choros, uno de los temores que rondaba mi cabeza era que la oportunidad de tirar con Karina se iría a la mierda.

Faltaba algo para redondear el ambiente. El dinero para los vinos estaba listo. Los compraría con Karina, cuando la recogiera. Si los compraba con antelación, se calentarían. Los vinos tenían que estar heladitos. Faltaba la música. A Karina no le iba a gustar la música de mi celular. A ella la activaría el reggaetón. Por ello, en la ruta a mi cuarto, antes de que me topara con el trigueño y el negro, me detuve en una de las tiendas informales de la avenida Venezuela para comprar un disco con lo último del reggaetón. Tenía que estar lo más reciente de Ozuna, el negrito de ojos claros. Descargué el contenido del disco en la vieja laptop. Depuré el contenido. Mantuve las canciones que me gustaban, las que sabía que causarían el efecto deseado en Karina. De ciento veinte canciones, conservé veinte. Copié los archivos que quedaron en un USB. Hacía unos días, en El Hueco, había comprado una pequeña esfera que imitaba las funciones de las bolas de las discotecas, aquellas que giraban en el techo y esparcían una luz multicolor en forma de diminutos cuadraditos por pisos y paredes. La discoteca tenía que estar a oscuras para que la bola ofrezca sus mejores resultados. La esfera que había comprado era, al mismo tiempo, una radio. Captaba pésimamente las señales de las emisoras. Tenía, además, una ranura para entrada USB. Hice una prueba. Inserté el USB en la base de la esfera y prendí sus luces. Apagué la luz del cuarto. Perfecto: reggaetón, oscuridad y una luz bien pendeja.



Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=WAcnWtZjDWE

Me lavé los dientes. Me bañé. Me limpié exhaustivamente el pene. Cualquier mal olor podía arruinar la arrechura de Karina. Me vestí de negro. La ropa me quedaba bien. Estaba delgado. Valía la pena ir al trabajo en bicicleta, a pesar de que mi mamá, siempre que la visitaba, me reprendía: Te van a atropellar, Daniel. Tienes una hija, tienes que cuidarte por ella. Ay, Dios, no quiero ni imaginarme cuando los carros pasan volando cerca de ti.    

Debía asegurar que mi aliento estuviese fresco para cuando llegara Karina. Fui a la tienda de Nicolás de Piérola. Compré un jugo y una caja de chicles de menta. Al regresar al cuarto, pasé por Peñaloza. Vi a Jazmín. Su esplendoroso y exagerado trasero no me animó la pichula. Estaba enfocado en mi cita con Karina. Jazmín me vio. La saludé haciendo un gesto con la cabeza. Me hizo unas señas: Ven, ven. Quizá otro día.      

Veinte minutos después, whatsappeé a Karina. Estaba cerca. Habíamos quedado en encontrarnos en el Metro de Alfonso Ugarte. Bajé las escaleras y fui a su encuentro. Cuando estaba cruzando la avenida, a la altura de la Estación Quilca del Metropolitano, me llegó un mensaje de Karina: Danny, ya llegué. Estoy por donde venden choripán. Mucha gente, cuando apocopaba mi nombre, solía escribirlo como Karina lo acababa de hacer: Danny. Me jodía que lo escribieran así. Yo no era un Danny, así con doble ene y una i griega al final. Ese Danny era nombre de gringo o de rosquete. Yo no era gringo por ningún lado; era más cholo que Manco Cápac. ¿Era rosquete? Eso no lo sabía muy bien. Si bien tiraba con uno u otro cabro, éstos solían tener el cuerpo y la cara de una mujer. No podría acostarme con un hombre cuyo aspecto físico fuese el de un hombre. Eso me resultaba repugnante. Pero lo respetaba en quienes aquello resultaba placentero. Yo apocopaba mi nombre con una ene y una i latina. Llego en un minuto, le escribí.  

Nos abrazamos muy fuerte cuando nos vimos. Había pasado poco más de un año desde la última vez que salimos. Yo había llegado de la mina y ella me había recibido en un hotel de Los Olivos. Pagó la habitación más costosa, una que quedaba en el piso once de ese hotel, el cual había inaugurado sus instalaciones hacía unos pocos días. Todo estaba nuevo. Todo olía a nuevo. Había un jacuzzi en el cuarto y la cama era roja y redonda. Lo primero que hice al estar a solas con Karina fue lamerle las tetas. Las tenía enormes y flácidas. Así me gustaban, porque se dejaban amasar como plastilina. Me había mandado una foto sugerente de sus senos días antes de mi bajada a Lima. La leche se me había ido acumulando desde entonces.

Caminamos por la vereda hasta la cuadra ocho de Alfonso Ugarte. A la altura de la Estación Quilca, cruzamos la avenida. Karina me había advertido que iría vestida con un buzo: Para estar más cómoda, me había escrito. Estaba más delgada que esa última vez en el hotel recién inaugurado. Venía del gimnasio que frecuentaba en Los Olivos. Había hecho una rutina de flexiones y sentadillas, se había bañado, se había echado el buzo encima y, en la Panamericana, había tomado un bus hasta Metro. Seguimos caminando por la cuadra ocho, por el Hospital San Bartolomé. Caminamos hasta la Plaza Dos de Mayo y tomamos Nicolás de Piérola. Llegamos a la tienda donde compraba mis chelas y mis vinos. Pedí dos vinos. Bien helados, por favor. Karina, luego de revisar las vitrinas, se animó por unos chifles. Buena idea, pensé. Pedí un paquetito de maní salado. Ah, joven, disculpe, ¿podría descorchar a medias las dos botellas, por favor? Metí los vinos en la mochila que había llevado. El objetivo de la mochila era encubrir la mercadería, y no tanto facilitar su transporte. Jaime, el tipo que me arrendaba el cuarto, era dueño de una bodega que se ubicaba en la acera opuesta a la de la casona donde yo vivía. Desde esa ubicación, y siempre que salía a curiosear al portal de su tienda, era capaz de ver directamente a sus inquilinos entrando en la casona o saliendo de ella. Si me viera llegando con los vinos, pensaba yo, podría ofenderse conmigo, pues le quedaría clarísimo que recurrí a otro establecimiento, y no al suyo, para proveerme de alcohol o de lo que fuera que se me hubiera antojado. Una sola vez le compré cosas. Fue cuando mi primer día en Zepita. Le compré shampoo, jabón y desodorante. Me cobró demasiado caro. Al precio regular de cada producto le aumentó cincuenta céntimos o un sol. No le dije nada. Simplemente, decidí no volver a comprarle.

Doblamos en Peñaloza, a la derecha. Los cabros ofrecían sus culos a los varones que discurrían por la zona. Karina ató cabos. ¿Entonces todo lo que cuentas en tu novela es cierto?, preguntó. Claro, contesté. No tengo nada de imaginación. No soy capaz de inventar nada. Lo que cuento ahí es el fiel reflejo de toda mi triste y solitaria vida. Karina se rio: Cómo hablas, oye.  Antes de cruzar Zepita, me fijé si Jaime estaba parado en el portal de su bodega. No temía que me viera con los vinos, pues los llevaba escondidos en la mochila. Temía que me viera entrando en la casona con Karina; es decir, que me viera entrando con una mujer que no era la que solía llevar, Rosario, a quien se había acostumbrado a ver y de quien se figuraba era mi enamorada. Si me veía entrar con Karina, Jaime podría pensar, con razón y fundamento, que su inquilino era un pervertido, un depravado, un mujeriego, un sicalíptico; o sea, alguien indigno de habitar esa respetable casona. Y no quería ser desalojado del cuarto de Zepita. No todavía. Las aventuras del solitario recién empezaban. 

El portal de la bodega de Jaime estaba desierto. Por la acera, dos tipos caminaban en direcciones opuestas. Vamos, le dije a Karina, hay que cruzar. Cruzamos. Abrí rápidamente las dos pesadas puertas de metal de la casona y nos precipitamos hacia adentro, como si acabásemos de cometer un crimen y estuviésemos huyendo de la policía. Karina no entendió la vertiginosidad de mi proceder. Lo noté en la expresión de su rostro. Sin embargo, fue lo suficientemente discreta como para no preguntarme nada. Subimos las escaleras. Inserté la llave en la cerradura de la puerta del cuarto y abrí. Antes de salir al encuentro de Karina, dejé el ambiente del cuarto preparado: la luz apagada, el reggaetón del USB en la esfera y ésta desperdigando sus cuadraditos multicolores por todas las paredes. Sorpresa, exclamé. ¿Cuál sorpresa?, me pregunté a mí mismo: ¿Un cuarto oscuro con una estúpida bolita emitiendo luz multicolor? ¿Era eso una sorpresa? Me sentí estúpido. ¿Qué es eso?, dijo ella, acercándose a la esfera. ¿Dónde conseguiste esa huevada?, preguntó, riéndose. Ah, en El hueco, dije, ya sin muchos ánimos. Luego, juzgó las dimensiones de la habitación: Tu cuarto es bastante chiquito. A modo de excusa, dije que, para un hombre solo como yo, estaba bien. Siéntate, por favor, le dije, ofreciéndole la única silla del cuarto, mi pequeña silla azul plegable. Saqué los vinos de la mochila y les quité el corcho. Karina, aquí no tengo vasos ni pienso comprarlos. Lavarlos y cuidarlos sería demasiado. Así que tomaremos de pico. Toma, le alcancé una botella: Una para ti y una para mí. Me senté en el suelo. Apoyé mi espalda contra una de las paredes. Empezamos a beber.

Le pedí que me contara las novedades del barrio y de su vida. Cuéntame de tus aventuras, Karina. Sé que nunca estás sola. A qué chico estás haciendo sufrir esta vez. Yo no tenía nada que contar. Toda mi vida estaba en el web, a disposición de quien quisiera perder su tiempo enterándose de ella. Karina había leído El solitario, así que ya estaba debidamente informada de mis andanzas.

Karina era de las poquísimas mujeres que tiraba trago sin ningún tipo de comedimiento. Eso me gustaba. No había que estar pidiéndole que tome. Ella tomaba y, muchas veces, me sacaba ventaja.

¿Te acuerdas de Mark?, me preguntó, en un punto de la conversación en el que hablaba de los personajes de su barrio, barrio que hacía nueve años había dejado de ser mío. Nuestras botellas andaban por la mitad. La chupadera estaba pareja y era más que evidente que las dos botellas iban a quedar chicas. No, no me acordaba. En mis recuerdos, estaban muy claros los nombres y rostros de todos los chicos con los que había crecido, con los que jugué fulbito, ya fuera en las tardes, durante el tiempo de colegio, o en las mañanas, cuando las vacaciones de enero, febrero y marzo. No me acordaba de ningún Mark. Mark, pues, el hermano de Hansel. Claro que me acordaba de Hansel, fue parte de la muchachada con la que crecí, un tipo malísimo para el fulbito. Cuando jugaba, era escogido al final y, en algunas ocasiones, se quedaba mirando el desarrollo del partido, pues ningún equipo lo quería en sus alineaciones. Mark es su hermano, pues. Bueno, cuando te fuiste del barrio, Mark tendría nueve o diez años. Recordé vagamente al hermanito de Hansel, un chibolo flaquito que correteaba, las rodillas siempre sucias y el polo manchado, con otro grupo de chiquillos como él, por las calles del barrio. Esa generación de chibolos, no resultó ser pelotera como la mía. Era la primera generación del barrio que empezaba a engancharse con cosas como la televisión por cable o el internet. Algo me acuerdo, dije. ¿Qué fue con él?, pregunté. Bebí otro poco de vino de la botella. Por la mirada de Karina, parecía venirse una historia muy redituable. Me lo levanté, dijo, un brillo rojizo se apoderó de sus ojos, como si de pronto, su mirada se hubiera convertido en una extensión de la esferita que no paraba de arrojar su luz multicolor. ¿Te levantaste al chibolito? No jodas, ¿en serio? Bebió otro poco más de vino. Había capturado mi atención, y lo sabía. Se tomó su tiempo antes de continuar. Definitivamente, las dos botellas iban a quedar chicas. No, pues, ya no es el chibolito de antes; ahora tiene diecinueve años y ya está en la universidad. ¿En la universidad? Cómo pasaba el tiempo. Todo el mundo evolucionaba, progresaba, y el único que seguía cagado era yo. Tenía que saber cómo chucha se había levantado al chibolo. Hasta donde yo sabía, Karina tenía o tuvo algo con Hansel, pero ¿con su hermanito? ¿Cómo así? ¿Con Hansel? No, nunca. Él siempre ha querido estar conmigo. Bueno, antes. Ahora ha aceptado que solo somos patas. Hansel es uno de mis mejores amigos. ¿Hansel no estaba trabajando en Chile? Sí, pero regresó hace unos meses. Está haciendo sus papeles para irse a Estados Unidos para estar con su hijito que está allá. ¿Y qué está haciendo mientras tanto? Ahorita se ha alejado del alcohol y las fiestas. Paraba tomando todos los días. Sus inquilinos empezaron a quejarse. En las mañanas, luego de haber hecho bulla y chupado toda la madrugada, salía a comprar más trago. La mamá de Hansel, con esfuerzo y a través de los años, había hecho de su casa una especie de castillo, una construcción de cuatro pisos en los que proliferaban habitaciones que iba arrendando velozmente luego de haberlas amoblado. Apenas llegó a Lima, se la pasó organizando chupetas en su cuarto. Su mamá le había hecho un cuartazo en la casa. Era su búnker. Había hasta un jacuzzi en ese búnker. ¿Y a ti no te invitaba al búnker? ¿No ibas? Sí, yo también iba. Así conocí a Mark; o sea, en una de esas me di cuenta que el chibolo había crecido, que ya no estaba tan chibolo, que estaba como para levantarlo. Pero, ¿cómo así, de conocerlo, terminaste tirando con él? Cierto día, Hansel reunió a algunos de sus amigos. Compró whisky, cerveza y hielo. Karina, como siempre, estuvo invitada. También asistió un chico que quería tener una relación formalmente amorosa con Karina. Todo el mundo sabía que ese chico estaba templado de Karina, incluso la propia Karina. El pata era lindo y, sí, me gustaba. Pero Hansel la cagó. Cuando se acabó el trago, a eso de las siete de la mañana, salieron a la tienda, a cualquiera que estuviera abierta, a buscar más. Karina permaneció en el cuarto de Hansel, esperando. Cuando Hansel y el chico regresaron, con otra botella de whisky, algo había cambiado en el trato que este último le dispensaba a Karina. El idiota de Hansel le había dicho que yo era una tal por cual y que no debía enamorarse de mí. ¿Y por qué crees que hizo eso? Por celoso, seguro. El chico se alejó de Karina. Ella, en lugar de lloriquear o patalear, preparó su venganza. No tuvo que transcurrir demasiado tiempo para llevarla a cabo. Fue Mark quien dio el primer paso. La invitó a salir. Me parecía lindo el chibolo. Su mamá le regaló un carro cuando ingresó a la universidad. Me sacaba a pasear. Incluso me llevaba a conocer su universidad, la UPC. Él era muy respetuoso. Me hacía acordar a ti: todo formalito e intelectual. ¿Y Hansel no sabía que salías con él? No, él ni se enteraba. Mark tampoco quería que su hermano se enterara. ¿Y cómo pasaron de ser amiguitos a tirar como salvajes? Bebió más vino. Yo también. Las botellas estaban al borde de la extinción. Un día fuimos a una discoteca. Pagó un box para los dos. Había mucho trago. Yo tomé más que él. Cuando ya estuve muy mareada, todo lindo y preocupado por mí, me dijo para ir a un lugar más tranquilo para descansar. Y atracaste, seguro, ¿no? Me llevó a un hotel. Él no estaba tan mareado, así que manejó bien. ¿Y qué tal lo tiene? ¿Te defraudó o no? Cumplió. Cumplió bien, dijo, haciendo un gesto con la boca, como dando entender que la cosa estuvo ahí, no más. La historia se ponía interesante. ¿Y sigues saliendo con Mark? Karina iba a continuar con su relato. La detuve. Faltaba trago. Le dije que compraría un vinito más. Lo tomaríamos entre los dos. Sería el último, se lo prometía. No hay problema, Dani, compra, no más. Además, al día siguiente, qué decía al día siguiente, dentro de unas horas, tendría que ir a trabajar, y en bicicleta, encima. Tenía que estar con mis cinco sentidos bien aguzados. ¿Era verdad que iba en bicicleta al trabajo? Sí, mira, ahí está mi casco. En unas horas, me vas a ver con mi ropa de ciclista.

Afortunadamente, la tienda de Nicolás de Piérola todavía estaba abierta. Compré un vino más. Sí, helado, por favor. ¿Puede abrir el corcho a la mitad? Gracias, joven. Regresé corriendo.

Karina acercó su silla unos centímetros hacía mí para pasarnos cómodamente la botella. Todavía sigo saliendo con Mark. O sea, no ahora. Hace unos días que no le hablo. Se estaba poniendo muy controlador. Yo le expliqué que lo nuestro era solo una ilusión. O sea, imagínate, Dani: él tiene diecinueve y yo…, bueno, ya tú sabes cuánto tengo. Karina era mayor que yo por dos años. A Mark lo veo como a un chiquillo. Cuando salgo con él, trato de disfrutar del momento, pero no me veo llevando una relación formal. Él me dice que me ama y que está enamorado de mí, y que si su familia se opone a nuestra relación, él se mantendrá firme. Es un chibolo, pues. No tiene idea de las cosas.

El papá de Karina había fallecido hacía unos meses, meses que significaron un gran dolor para ella. El señor había dejado varias propiedades en alquiler así como varios negocios rentables. Karina se hizo cargo de ellos. Además, era ahora dueña absoluta del primer piso de la casa de Los Olivos. Me invitaba a pasar una noche por allá. Puede ser un viernes, le dije. Así dormimos tranquilitos hasta el sábado.

El licor había cambiado el brillo de los ojos de Karina. Estaba feliz. Hay que bailar, me dijo. Se paró. Me paré. Pegamos nuestros cuerpos y bailamos el reggaetón que sonaba por tercera o cuarta vez en esa noche: Hasta el amanecer, de Nicky Jam. Puso una mano en mi cintura. Estás flaco, me dijo. Y tú no has perdido el encanto en esas tetas, repliqué.


Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=kkx-7fsiWgg


El vino se acabó y decidimos que ya había estado bueno, que era hora de dormir. Era la una y tantos de la mañana. Casi las dos. Acomodé las botellas debajo de la mesita. Recordé que debía desaparecerlas al día siguiente, pues si Rosario las llegaba a ver iniciaría una retahíla de celosas y odiosas preguntas. Tiré el colchón de aire en el suelo y, de la parte superior de mi armario de tela, bajé los dos cojines azules y la colcha celeste. Me quité el pantalón, el polo, y las medias. Karina se quitó el buzo. Debajo traía un polo ceñido y su calzón. Se echó hacia la pared. Yo me acomodé a su diestra. La cama era inmensa, podían entrar dos personas más, quizá tres. Nos cubrimos con la colcha. Me quedé privado a los pocos segundos. El vino me había adormecido.

Algo sucedió con el Azumi, porque no me despertó a las seis de la mañana como estaba programado. O si lo hizo, yo, sonámbulo, silencié su alarma. Lo cierto fue que, cuando desperté, Karina estaba sentada al borde del colchón, poniéndose las medias. ¿Qué fue? ¿Qué hora es?, pregunté, alarmado. Cogí el Azumi. Vi la hora. Chucha, las ocho. Ya debería estar en la chamba. ¿Qué fue? ¿Te estás yendo? Sí, ya se iba. Tenía que hacer unas diligencias en casa. Se paró. Cogió su casaca y su pantalón. Se los iba a poner. Sus tetas grandotas se traslucían a través de su ajustado polo. El calzón no era un calzón común y corriente; era un hilo. Recién me daba cuenta. Se me paró la pichula. ¿No me la había tirado en toda la madrugada? Solo recordaba que nos acostamos y dormimos como si fuésemos hermanos. Ah, no, carajo, de ningún modo podía irse de mi cuarto sin antes haber pasado por caja, mucho menos si ya estaba perdido ese día de trabajo. Si no iba a ir a la oficina, tenía que otorgarme un buen motivo. Me paré y me puse a su lado. La besé. Me correspondió. La forcé hacia el colchón. Caímos juntos. ¿Qué haces, loco? Nos seguimos besando. Entreveramos nuestras lenguas. Había comprado unos condones para la ocasión, pero, en medio de esa arrechura mañanera, decidí no usarlos. Mientras mi lengua ensalivaba la boca de Karina, mis manos le quitaban el polo con presteza. Aparecieron esas tetas grandotas y no tan firmes, pero ricas. Uno podía sadiquearse a gusto con esas tetas. Sus pezones eran grandes, aunque no tan grandes como los de mi esposa. Igual les metí su mordida. Con una sola mano, me desprendí del bóxer, sin dejar de chupar esos pezones. Ella, al percibir mi accionar, se despojó de su hilo, también con una sola mano. Cuando terminó de quitarse el calzón, me arrodillé, con la finalidad de lanzar mi boca hacia su vagina. Mi pichula, paradaza y babeando semen, quedó a la altura de la cara de Karina. Ella la cogió y, ¡plaj!, se la metió a la boca. Fue delicioso. Que te la chupara una chica un lunes era fantástico, pero que te la chupara otra el martes era todavía mejor. Era una de las ventajas de estar solo, de vivir solo en un cuarto de mierda. No tenía que rendirle cuentas a nadie. Dejé que me la chupara un buen rato. Lo hacía muy bien. Busqué su vagina. Se la lamí. No despedía ningún olor. Perfecto. Se la lamí un buen rato mientras no dejaba de chuparme el pene.  

Karina buscó la manera de venirse. Me pidió que no dejará de metérsela, que no dejara de bombear. Yo estaba encima de ella, en la consabida posición del misionero. Juntó sus piernas, como aprisionándome la pichula. Con el índice, se frotó el clítoris. No pares, no pares, me decía. Ya me estaba cansando. Iba a parar. Pero me entusiasmaba la idea de que estaba contribuyendo, cosa rara, a proveerle un orgasmo a una mujer. Lo común era que ninguna chica alcanzara el clímax conmigo. Al poco rato, se vino. La satisfacción reflejada en su rostro era evidente. Me tendí de espaldas y empecé a chuparle las tetas. Al mismo tiempo, comencé a masturbarme. Era mi forma favorita de venirme. Ven, ven, amor, tómate mi semen, le dije, sintiendo que la carga lechosa se abría paso a través de los conductos seminales. Se arrodilló cerca de mis piernas y bebió todito lo que salió de mi pene.  

Unos minutos después, Karina empezó a vestirse. La observé. No tenía pensado ir al trabajo. Se me ocurriría alguna excusa. Lo más razonable era continuar con mi sueño, recuperar las fuerzas que se me habían perdido durante la eyaculación y el extenuante bombeo que tuve que realizar para que mi amiga tuviese su orgasmo. Me gustó caminar por las calles de tu nuevo barrio, Dani, me dijo. Es como una aventura de otro mundo. No conocía Lima a estas horas ni por estas calles. Le dije que vivir en Zepita tenía sus ventajas. En realidad, no tenía ninguna.   

¿Crees que puedas dejarme en mi paradero?, preguntó. No me acuerdo cómo llegar. La cagada. Y yo que quería seguir durmiendo. En serio, ¿no te acuerdas cómo llegamos hasta aquí? Tu paradero está acá, no más, a unos cuantos pasos, en Alfonso Ugarte. No, no se acordaba. No hay problema, te acompaño. Mis medias estaban sobre mis zapatillas de manejo, unas voluminosas Adidas que mi hermano había usado por mucho tiempo. Me las intercambió por unas Nike bambas, pero nuevas, que compré en El Hueco. Me calcé una media. Me puse la otra. Karina estaba casi vestida. La pasé bien, Dani. Ahora me tienes que devolver la visita. Sí, había estado genial el cache. No me podía quejar.

Lo pensé mejor: se me ocurrió que todavía podía ir al trabajo. Faltaban diez minutos para las nueve. Si empezaba a pedalear a las nueve en punto, llegaría al trabajo algunos minutos antes de las once. Algo se me ocurriría para explicar mi ausencia de tres horas. Entonces, animado ya, en lugar de colocarme el pantalón, me puse el short de ciclismo, el polo negro de mangas largas y las voluminosas Adidas. Te ves rico con ese shorcito, dijo Karina. Gracias, amor, le dije, dándole un pico en la boca. ¿Entonces sí vas al trabajo?, preguntó. Claro, contesté, para que veas que soy un pata responsable. Coloqué los audífonos en el Nokia del trabajo y sintonicé Doble Nueve. Me puse el casco. Bajamos las escaleras. Me ayudó a sacar la bicicleta. Caminamos por Zepita y doblamos en Cañete, a la derecha, para coger Alfonso Ugarte. La acompañé una cuadra, hasta la esquina del hospital San Bartolomé. Hasta aquí llego, Karina, discúlpame un montón, pero tengo que irme volando, le dije. Unté mis palabras con un tono lastimero, para que me tomara por un tipo cortés. Sí, Dani, no te preocupes, aquí está bien. Acá, no más, está mi paradero.    

Tomé Chota, ese jirón medio fracturado, y continué a lo largo de toda su longitud, cruzando Quilca, Dávalos Lisson, Ilo, Uruguay, Bolivia, España, torciendo a la izquierda para montarme en la acera de 9 de Diciembre hasta coger Washington, manejando también por su vereda. Crucé 28 de Julio y continué por la Arequipa. A pesar de sabía que llegaría con casi tres horas de retraso al trabajo, me sentía pletórico, lleno de poder. Tirar con una mujer distinta de aquella con la que sueles tirar me aceleró el pulso, hizo que el corazón me  bombeara la sangre con rotundidad y mis ideas fueran mucho más claras y abundantes. La imagen de Karina chapando mi pene con fruición y llevándoselo a la boca con avidez me revitalizaba hacía que mis pedaleos fueran más vigorosos. Ella deseaba mi pene, deseaba mi pene, pensaba. Está templada de mi pichula, templada de mi pichula, me repetía.      

En la Arequipa, manejé por la ciclovía. Luego de quince minutos, estuve cerca del cruce con Javier Prado. Si no me hubiera sentido como me sentía en ese momento, el ego al máximo, la pinga acabadita de ser chupada, y bien chupada, hubiera realizado la misma morosa y temerosa maniobra: desviarme hacia Arenales y cruzar la Javier Prado por el crucero peatonal, junto con el pelotón de oficinistas derrotados que acudían, legañosos, a sus trabajos. Pero ese día era diferente. Karina me había dicho que estaba rico. Me había chupado la pinga con frenesí. Rosario también lo hacía. Había aprendido a dar buenas mamadas. Karina no había tenido que aprender, ya sabía cómo chupar una pinga. El hecho, sin embargo, no era quién la chupaba mejor. El asunto se trataba de lo delicioso que era tirar con una mujer distinta de tanto en tanto: un día, Rosario; el siguiente, Karina. Estaba exultante. Ese día, sobre la bicicleta, me sentía indestructible, ningún auto representaba ya desafío alguno. Me sucedió lo que al Quijote, pero en sentido inverso: no vi más a los autos como veloces y arrolladores gigantes sino como si fueran parte de un manso rebaño de ovejas.

Vigorizado, febricitante, el ego por las nubes, salí de la ciclovía, que terminaba a cien metros del cruce, y continué el recorrido por la pista, rumbo al bypass del puente Eduardo Villarán Freire. Como medida de seguridad, a pesar de que había visto a docenas de ciclistas cruzar la Javier Prado por ese bypass, había jurado no usar jamás esa vía y, lento pero seguro, cruzar por Arenales a través del crucero peatonal.  

Estuve a cincuenta metros del bypass, el primer bypass que se construyó en el Perú. El dictador Odría lo inauguró un veinte de julio de 1955, subido en un Cadillac Fleetwood de 1953. Yo montaba una Goliat del 2016.  

Aún pude torcer el timón a la derecha y abortar esa arriesgada empresa, cuando Mister Fantasy soltó Not My Girl, de Tokyo Police Club. Esa canción refrescó y refrendó mi rebeldía. Me metí al bypass. El viento golpeaba mi cara a medida que descendía y la bicicleta adquiría una velocidad que jamás había podido darle. Los carros pasaban raudos por mi lado, pero respetándome, respetando la integridad física del huevón que acababa de meterse al bypass para ahorrarse varios minutos de tráfico. Cuando salí del otro lado, no lo podía creer. Me había vuelto a hacer hombre. Había vencido al miedo y a la muerte por no sé qué número de vez en mi vida. Tomé la ciclovía de ese tramo sanisidrino de la Arequipa y continué manejando. Como premio a mi valentía, Mister Fantasy se mandó con Casual Party, de Band of Horses, y Bad Decisions, de Two Door Cinema Club. Era un buen día. Era tan buen día que había olvidado por completo que llegaría con tres horas de retraso al trabajo.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=DpBNWWcJIRs


Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=vV99ErubyMI



Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CJ8_alfIHYI


Afortunadamente, Jean Carlo no estaba en la oficina. Me jodía tener que echarle la culpa a mi bicicleta, pues ésta me había resultado buena, pero no me quedó más alternativa que decirle a Patricia que el motivo de mi retraso se debió a que la bici había sufrido un serio desperfecto. Tuve que llevarla a un taller para que la repararan. Y como los talleres no abren tan temprano, tuve que esperar a que abriera uno, dije. Ah, ya, me dijo. Tienes suerte, Jean Carlo no ha venido. Patricia no era mi jefa ni yo tenía por qué darle explicaciones, pero me pareció razonable comentarle mi demora de tres horas. Fui al baño, me lavé y me puse la ropa de oficina. Al salir, saludé a Victorio Marcelo, gerente de ventas de la empresa. Victorio guardaba un parecido físico con el ex presidente Alejandro Toledo. Victorio, según me contó, había sido un gran borracho, tanto o más que el ex presidente Toledo. Rosario y yo, cuando hablábamos de mi chamba, nos referíamos a Victorio como Toledo: ¿Y vendió algo Toledo?, me preguntaba ella. Sí, hoy vendió dos ventiladores. No sé cómo hace, porque el huevón habla atropelladamente, masticando las palabras, pero míralo cómo vende. Es una máquina, le decía. A Toledo le repetí mi excusa. No me prestó mucha atención. Se metió al kitchenet y se preparó un café.

Me senté en mi escritorio. Prendí la laptop. Revisé mi celular. Había unos mensajes en el whatsapp que había visto desde que me fijé la hora al despertarme, antes de tirar con Karina. Los había visto, pero no los había revisado. Los abrí. Eran de Rosario. No solo había mensajes, también había llamadas perdidas. Eran de Rosario. La llamé. Estaba llorando. ¿Qué has hecho, Daniel? ¿Con quién has estado? Chucha, y esta huevona cómo sabe que he estado con otra. Nada, me desperté tarde, eso es todo, le dije. Era verdad. No toda la verdad, pero una parte. Pero te he estado llamando desde temprano, ¿por qué no me respondías? Dime la verdad, no me mientas, seguro has salido, ¿no? Has estado con alguien, ¿no?  Varios minutos estuvo haciéndome la misma pregunta: Has estado con alguien, ¿no? Insistió tanto que finalmente cedí. , le dije, estuve con una mujer. ¿Quién es, quién es?, intensificó su llanto. ¿Por qué me haces esto, Daniel? Yo te amo. No es justo. Nada era justo en esta vida. No puedo contarte. Ya te vas a enterar cuando lo escriba en la novela, le dije. Tú y tu novela de mierda. Tu novela es una mierda. Está escrita con los pies. Te odio, te odio. Siempre me haces sufrir. Tenía razón. ¿Quién es esa mujer? Dime, dime, por favor, si alguna vez me has querido siquiera un poquito, tienes que decirme. No le dije nada. Continuó llorando. No era justo que llorara de ese modo, mucho menos por alguien que valía tan poco como yo, un mujeriego cacha cabros que merecía, no su amor, pero, sí, su desprecio. No merecía todo lo que había hecho por mí: pagarme comidas, comprarme cosas, sacarme al cine. Cansada de suplicar, colgó el teléfono.
   

Lima, lunes 19 de setiembre del 2016.