Latidos del asfalto

sábado, 24 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 11


“Y me voy
Con el viento malo,
Que me lleva
Aquí, allá
Semejante a
La hoja muerta.”

Verso de “Canción de otoño” de Paul Verlaine

Me desperté temprano y manejé con tranquilidad hasta Chorrillos. Eran las siete y media cuando llegué a la oficina. Me lavé la cara y el torso. Miré mi reflejo en el espejo. Se me estaba cayendo el pelo. Aparecían claros en la parte superior del cráneo. En pocos años, la calvicie me haría más feo de lo que ya era.  

Prendí la laptop y conecté su cargador al tomacorriente. Mientras la computadora iniciaba sus procesos, le di el primer sorbo a la botella de jugo de naranja que le había comprado a la señora que atendía en un carrito de madera en la cuadra uno de Guardia Civil. Allí vendía jugos de naranja y de piña. A un ladito, tenía un cesto con queques de naranja. También le había comprado uno. Siempre le compraba lo mismo. Ese era mi desayuno. Ni bien me veía llegar en la bicicleta, la señora cogía una bolsa blanca y metía en ella una botella de jugo y un queque. Gracias, joven, me decía, luego de finalizada la transacción.

Invariablemente, la naranja que empleaba la señora para elaborar sus jugos eran exquisitamente dulces. Era la parte del día que más disfrutaba: Chequear mis correos y las noticias del Trome (generalmente la columna del Búho) y del Perú 21 (generalmente la columna de Aldo Mariátegui) mientras engreía a mis papilas gustativas con el elixir anaranjado.

Ni bien terminé de desayunar, empecé a trabajar, pero no precisamente en los encargos de Jean Carlo, pues no había ninguna urgencia en la oficina, sino, más bien, en la revisión final de la traducción del libro de ventilación de minas que había sido publicado, hacía veintitrés años, por el fallecido Edward McPhilips. La traducción me la había encargado Konrad Wall, quien había sido alumno de McPhilips en la universidad de California desde finales de 1970 hasta principios de 1980.

Edward McPhilips había fundado Mine Ventilation Projects, MVP, una consultora especializada en ventilación de minas, en marzo de 1983, cuatro meses antes de que yo viniera a este mundo. Invitó a su dilecto alumno, Konrad, a formar parte de esa aventura. McPhilips, conocido mundialmente como “el doctor McPhilips”, era uno de los más destacados investigadores en el área de la ventilación de minas. Durante su juventud, McPhilips se había codeado con lo más graneado de la élite científica de los Estados Unidos. Había sido alumno y luego amigo de Frederik Baden Hinsley, ingeniero que, en 1943, aplicó por vez primera los principios termodinámicos a las corrientes de aire en las minas. Posteriormente, en 1952, propulsó el uso de computadores analógicos para la simulación de climas subterráneos.

McPhilips volcó su no poca experiencia teórica y práctica en su libro Ventilación de minas subterráneas, que publicó en 1993. Konrad fue uno de sus más entusiastas colaboradores. Así lo reconoció McPhilips en el prólogo del libro. En el 2001, se lanzó la segunda edición, con algunas modificaciones que actualizaron el texto. McPhilips murió poco tiempo después y Konrad asumió la gerencia general de MVP y la tarea de difundir la obra de su maestro. Fue así que en el año 2013, Konrad Wall se propuso traducir el texto de McPhilips al castellano, idioma de una parte importante de los países mineros del mundo. Buscó el apoyo de un traductor mexicano, quien, al cabo de un año, le envió la obra traducida al español.

En octubre del 2014, Konrad responde al correo que yo le había enviado hacía un año, mensaje en el que le pedía una oportunidad de trabajo. El correo que le remití a Konrad fue el mismo que le envié a una veintena de empresas en Estados Unidos, Canadá y Australia. La mayoría de los mensajes recibieron una respuesta, una respuesta que se resumía en: Daniel, agradecemos tu interés en la Compañía, pero desafortunadamente no tenemos vacantes disponibles en el área de ventilación. Otros pocos mensajes, como el enviado a Konrad, permanecieron sin respuesta. Un año después, en una soleada tarde en la mina Xulcani, la operación más antigua de Compañía de Minas Villanueva, sentado enfrente de una vetusta y polvorienta computadora, recibí la respuesta de Konrad. Y no fue cualquier respuesta. No se trató de otro amable rechazo. No. Konrad me invitaba a formar parte de MVP. ¿Estarías dispuesto a mudarte para vivir en California?, me preguntó en el correo. Claro que estaba dispuesto. Sí, claro, por supuesto, le contesté. Entonces, Konrad me urgió a tramitar una visa de turista para conocer mi futuro lugar de trabajo. MVP me pagó los trámites que hice en el consulado americano en Lima y, luego de obtenida la visa, una estadía de seis días en Clovis, Fresno, California. Al sexto y último día de mi estadía en Clovis, me despedí de los que podrían ser mis futuros compañeros de trabajo. Konrad había realizado las pesquisas necesarias con el abogado de la empresa para iniciar los trámites de una visa de trabajo. Los ciudadanos de los países tercermundistas como el Perú debían postularse al sorteo anual de visas de trabajo si ya contaban con una invitación laboral desde Estados Unidos. Yo cumplía con ese requisito: Era tercermundista y tenía una oferta de trabajo de una compañía americana. El abogado de la empresa me solicitó una serie de documentos. Los ordenó y los envió a los USCIS (United States Citizenship and Immigration Services). El sorteo se realizó en marzo, en Estados Unidos. En junio del 2015, cuando trabajaba a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con cinco grados Celsius de temperatura ambiental, en la mina Uchukchakua, también de propiedad de Compañía de Minas Villanueva, recibí la terrible noticia: No había salido elegido en el sorteo. En el correo que me comunicaba la noticia, Konrad agregó que lo volveríamos a intentar el próximo año.

En febrero del 2016, renuncié a Uchukchakua. Estaba harto de trabajar con gente intransigente. Además, la ferocidad, deslealtad y desidia que se respiraba en esa mina me orillaban al borde de un abismo depresivo. Lo único que deseaba ni bien ponía un pie en la mina, luego de haber descansado siete días, era regresar a Lima y acurrucarme en el pecho de mi hija.

Sin trabajo, le escribí a Konrad. Él ya me había adelantado que ese año MVP no podría auspiciarme en el sorteo, pues MVP estaba siendo absorbida por una consultora transnacional y, en tal caso, perdería autonomía e independencia para representarme para el sorteo. Tendría que esperar que concluyera la absorción para que, con el apoyo de la empresa transnacional, se me auspiciara el 2017. Tendremos que esperar, Daniel, me dijo.

Entonces, le escribí a Konrad. Le pregunté si existía la posibilidad de que me recomendara en algún trabajo. Byron Patts, subgerente de MVP, que tuvo la gentileza de invitarme a almorzar en su casa cuando estuve en Clovis (recuerdo que él mismo había preparado esa cena, que consistió en un suculento puré de papas que rodeaba a un par de suaves filetes de carne que acompañamos con un vino seco. Allí estaba yo, ciudadano marrón del Perú, en esa mesa norteamericana, rodeado de una familia bien norteamericana, -Byron, su esposa y sus dos hijas-), me puso en contacto con Gary Porter, quien, a su vez, tuvo el enorme y desinteresado gesto de recomendarme con una mina en España. Lamentablemente, el llamamiento no prosperó.

Había odiado los últimos dos meses en Uchukchakua. Me llegaban al pincho la mayoría de ingenieros con los que trabajé, gente a la que le importaba un rábano crear un clima de trabajo agradable, gente de modales bárbaros, gente que despreciaba a sus trabajadores (el desprecio era recíproco), gente que jamás se había acercado a un libro de literatura.

Sin embargo, se iba a cumplir un mes desde mi renuncia y continuaba desempleado. Entonces, muy a mi pesar, le escribí un correo al jefe de Recursos Humanos de Compañía de Minas Villanueva. Me arrepentía de mi apresurada decisión de renuncia y le pedía que me reconsiderara en la Compañía. Redacté el mensaje un lunes de marzo y lo guardé. Lo enviaría al día siguiente. Luego de escrito ese correo, redacté otro, uno que tenía como destino la bandeja de Konrad. Yo había estado traduciendo el libro de McPhilips en mis escasísimos ratos libres en la mina. Cuando visité la oficina de MVP en Clovis, pude ver la traducción del mexicano. El muy pendejo había usado el Google Translator y había convertido el libro de McPhilips en un texto incoherente y lleno de errores. A pesar de ello, se embolsicó un buen de lana, güey. En Uchukchakua, no tenía tiempo ni para tirarme un pedo. Apenas traduje las tres primeras páginas del libro. No había tiempo. Y en mis descansos en Lima, lo único que quería era estar cerca de mi hija. Le propuse a Konrad traducir el libro ahora que estaba desempleado y el tiempo era lo que me sobraba. A diferencia de la primera vez en que se lo propuse, vez en la que me ofrecía a hacer ese trabajo sin recibir ningún tipo de pago, esta vez sí le pedía un dinero a cambio. Me avergonzaba pedir un dinero por algo que haría gratis y con mucho gusto. Realmente, se me caía la cara de vergüenza mientras escribía el mensaje. Pero necesitaba un trabajo. Konrad estaba enterado de mi situación. Konrad y Byron estaban enterados. Byron sabía que lo de España no prosperaba todavía. Obviamente, no les conté que había renunciado a la mina. Hubieran pensado que estaba loco. Cómo alguien renuncia a su trabajo teniendo una familia que mantener. Les mentí. Les dije que la empresa me había echado como parte de su estrategia para afrontar el duro período del bajo precio de la plata. Terminé de redactar el correo y lo guardé. También lo enviaría al día siguiente.

Esperé hasta el martes para enviar ambos correos. Tenía que armarme de valor para tragarme el orgullo al mandar el correo a Compañía de Minas Villanueva y para no sentirme un mercenario al mandar el respectivo mensaje a Konrad. Llegó el martes y envié los mensajes casi simultáneamente. Ni bien los hube enviado, apagué la laptop, y me acosté. Tuve pesadillas. Soñé que volvía a la mina y veía mi vida convertida en un rotundo fracaso. Me sentía un desperdicio. Los ahorros se agotaban y no había una propuesta de trabajo en el horizonte. Dormí de largo. Me desconecté: Típico período depresivo. El miércoles en la mañana, todavía en la cama, en la cama de mi hija, que era donde dormía porque estaba peleado con mi esposa, revisé el celular. Tenía un nuevo mensaje de Konrad, pero aún ninguno de los hijos de puta de Compañía de Minas. Se me aceleró el corazón. Temía que Konrad rechazara mi propuesta. Cuando abrí el mensaje, tenía la piel tan helada como cuando estaba en la sierra del Perú. El alma me regresó al cuerpo cuando leí: Daniel, me parece una buena idea. He calculado que podría pagarte diez mil dólares por traducir el libro ¿Estás de acuerdo? Ese Konrad, siempre tan educado, amable y atinado. Todavía tenía la delicadeza de preguntarme si estaba de acuerdo. Claro que estaba de acuerdo. Ese dinero cubriría una buena parte del año y me permitiría buscar un trabajo con más calma. Preparé inmediatamente un cronograma en el que especificaba en detalle las fechas de entrega de los veintiún capítulos del libro. No le podía fallar.

El mexicano que tradujo el libro había usado el Google Translator. Era evidente. Tal como estaba, el libro era una mierda. Rehíce la traducción. Luego de dos meses de arduo trabajo, sentado frente a la laptop, incluso de madrugada, muchas veces sin dormir, logré terminar la traducción una semana antes de lo prometido en mi cronograma, el cual, de por sí, no me concedía tregua alguna. Konrad quedó satisfecho. A la semana, me envió, para que lo tradujera, el prólogo de la edición en español. Allí, mencionándome, me agradecía el esfuerzo y la puntualidad en mis traducciones. Ese gesto me conmovió. Valió mucho más que los diez mil dólares. Mi nombre estaba al lado del de McPhilips, de Baden Hinsley, y del propio Konrad Wall; al lado de los nombres que le habían conferido a la ventilación de minas los progresos científicos en los últimos ochenta años.

Los diez mil dólares me ayudaron a vivir con calma durante algunas semanas. Parte de ese dinero lo empleé en la creación de la consultora, en asociación con mi hermano.  

Se acercaba agosto y los diez mil dólares estaban casi consumidos. La empresa en la que trabajé cuatro años antes, le había confiado a mi consultora un estudio de ventilación. Pero, según el contrato establecido entre esa empresa y la mía, recibiría mi pago luego de sesenta días de haber presentado mi factura. El dinero era bueno, pero tardaría en llegar. Me urgía conseguir un trabajo estable, un ingreso fijo, mensual. Toqué, entonces, la puerta de Jean Carlo. Hacía unos seis meses habíamos charlado con respecto a que yo trabajase en su empresa. Lo que estaba dispuesto a pagarme no se asemejaba a lo que yo pretendía. Entonces, le dije que gracias y que no dejásemos de estar en contacto.


Entonces, había llegado agosto y la posibilidad de verme en la ruina absoluta. Había morado allí antes, en la ruina. Sabía ya lo que era tener deudas y nada de dinero. Ahora tenía una bebe que mantener, una familia que mantener, y no podía quedarme sin dinero. Aún con ese pensamiento espoleándome el cerebro, no iba a llamar a Jean Carlo de buenas a primeras y decirle dame chamba. Le escribí un correo. Le conté lo que había hecho en esos seis meses: la traducción del libro, la creación de mi consultora y el primer trabajo que ésta había ganado. Y concluí el mensaje con un ¿crees que todavía haya un lugar para mí en tu empresa? algo tímido, no carente de entusiasmo, pero bastante decidido. Me contestó casi al instante. Conversemos, Daniel, sabes que siempre hay un lugar.  

Recuerdo que le conté a Rosario sobre el asunto. Siempre le contaba mis cosas. Me escuchaba con mucha atención. Realmente escuchaba todo lo que le contaba, incluso las estupideces. (Yo, en cambio, no la escuchaba; solo pensaba en tirar, por eso Dios me había castigado con una vida de poeta, una vida jaloneada por los caprichos del viento malo, como diría Verlaine). Cuando me hallaba presionado en la mina, abrumado por las responsabilidades que odiaba hacer puesto que escapaban a lo esencial de la ventilación minera y tendían, más bien, hacia el lado de las confrontaciones flamígeras en los repartos de guardia, la llamaba. Pero generalmente le mandaba whatsapps. Y ella me los respondía todos. No importaba qué hora fuera, sus mensajes llegaban siempre cargados de lo que yo buscaba: un consejo, una frase de aliento, el apoyo a mis ideas, por más descabelladas que éstas fueran (Yo: Rosario, quiero irme de la mina, no aguanto más, quiero hacer lo que me gusta, trabajar en Lima, no aquí, escribir mi novela. Ella: Hazlo, Daniel, hazlo, haz lo que te salga del corazón. Cuando uno hace lo que realmente quiere, nada le puede salir mal.), unas palabras calientes cuando mi pene añoraba, allá, en esas frías alturas, una buena sesión de sexo.

Fue Rosario quien me indicó cómo llegar a la oficina de Jean Carlo, en Chorrillos. Ella conocía la zona, pues vivía en Chorrillos, a quince minutos en bus de la empresa de Jean Carlo. Ella todavía trabajaba para la consultora en la que nos conocimos, y desde allí me envió los whatsapps que me guiaron hacia la reunión en la que Jean Carlo me ofreció mil soles más de lo que me había ofrecido hacía unos meses.

Ese había sido mi periplo laboral hasta este día en que corregía los últimos gazapos en la traducción para Konrad, sentado cómodamente en este sillón que parecía de gerente, bebiendo un delicioso jugo de naranja, alejado, esperaba que para siempre, de esos ingenieros prepotentes, que ejercían la minería con la lengua y no con el cerebro, que pululaban y abundaban en Uchukchakua. Había hecho lo que realmente quería y no me había ido mal.   

Lima, jueves 22 de setiembre del 2016.


lunes, 5 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 10

“Gilbert: ¿Qué libro es? ¡Ah! Ya veo. Aún no lo he leído. ¿Está bien?
Ernest: Pues me he divertido hojeándolo mientras usted tocaba, y eso que, por norma,
me desagradan los libros modernos de memorias. Suelen estar escritos por personas que o
bien han perdido por completo la memoria o nunca han hecho nada digno de ser
recordado; lo cual, claro está, es la auténtica razón de su éxito, pues el público inglés suele
sentirse a gusto cuando le habla un mediocre.”

Diálogo entre Gilbert y Ernest, personajes de “La importancia de no hacer nada”, de Oscar Wilde.

Veía las cifras de la lectoría de El Solitario y me convencía de que ella no tendría ningún futuro en la literatura y yo ninguno como escritor. Era cierto que después de que Karina recomendó la lectura de El Solitario en su página de Facebook, el número de gente que hacía clic en sus capítulos aumentó de diez a sesenta, cantidad que resultaba, aun así, insuficiente para mis pretensiones. Los peruanos que hacían clic en la novela –porque el historial del blog no contaba lecturas sino clics- llegaban con las justas a treinta. Es decir, de los treinta millones de peruanos, solo el 0.0001 por ciento estaba enterado de la existencia de El Solitario. Ridículo. El resto de clics provenía de Estados Unidos, España, Colombia, Argentina, Francia y México, principalmente. Pero se trataba solamente de clics; no de lecturas.  

Los comentarios de Rosario eran ciertos: La novela era una mierda. El autor era incapaz de crear un texto hechizante. Sus historias, además de vulgares, eran predecibles y monótonas.

Las lapidarias estadísticas del blog me conminaban a truncar la novela, interrumpir su curso. Sin embargo, descubrí que escribir y publicar me era vital, tan vital como comer, respirar o cagar. Escribir El Solitario no era otra forma de comer o respirar sino más bien otra manera de cagar, de excretar todo lo que la vida me deparaba. Dejó de importarme que me leyeran o, más exactamente, que hicieran clic en la novela. Continuaría escribiéndola porque me daba la gana de hacerlo.

A diferencia del dormir, comer o excretar, el escribir era algo que no disfrutaba del todo. El desafío de llenar de letras una pantalla en blanco era extenuante. Y cuando, al fin, cogía la inspiración e iba llenando de negro la hoja en blanco, continuar suponía exponer mis más recónditas miserias, mis aficiones más asquerosas, esa vida que nunca se muestra y que permanece oculta por temor al qué dirán. No era fácil escribir aquello que nadie quería saber y aquello que yo prefería mantener en la oscuridad. Pero tenía que hacerlo. La orden provenía desde muy adentro de mí. Era más fácil cumplirla que rebelarme contra ella.

Corregí y publiqué el cuarto capítulo de la novela, aprovechando los últimos minutos libres del trabajo. La corrección se me prolongó hasta las seis y media. El proceso de corregir el texto tomaba casi tanto tiempo como el de escribirlo, incluso más. Venía corrigiendo el capítulo cuatro desde hacía varios días, en cada momento libre que tenía. La media hora tomada luego de las seis fue necesaria solo para enmendar y editar los dos últimos párrafos. De la realización de una buena corrección dependía la credibilidad de lo que se contaba en el texto. Si el lector no se enganchaba con lo que leía era porque la corrección había sido pésima. Entonces, si El Solitario andaba caído de lectoría era porque mi trabajo como escritor era lamentable.
  
Cuando terminé de colgar el texto en el blog, fui al baño y me puse la ropa de ciclista. Como le había perdido el miedo a manejar enteramente por las pistas, llegué a mi cuarto unos pocos minutos después de las ocho. Luego de bañarme y cambiarme, caminé hasta la cuadra tres de la avenida Tacna en busca de una reparadora ensalada de frutas. Entré al puesto más grande. La dueña del lugar, una señora entrada en carnes y de unos cuarenta años, no se daba abasto para atender a sus clientes ni a su hijo de unos cinco años que no paraba de pedirle una galleta. Me sirvió la ensalada media hora después de que la hube pedido. Comí despacio. Había llevado el libro de poemas selectos de Eguren. Repasé algunos de sus versos. Ninguno me conmovió. Era mi culpa. No tenía la sensibilidad necesaria para entender a un hombre de espíritu tan generoso como el de Eguren.

El miércoles 26 tuvimos una reunión con uno de los clientes de Jean Carlo. Fuimos a la oficina del cliente en San Isidro, en un edificio de veinte pisos. El lugar en el que se hallaba el edificio, junto con otras varias modernas torres, era conocido como el Centro Empresarial de Lima. La gente que circulaba por los alrededores era de piel blanca: gringos o pitucos. La poca gente de mi color estaba relegada a ocupar las escasas casetas que había en una que otra esquina y donde se expendían caramelos, galletas y gaseosas.

Mira, Jean Carlo, necesitamos firmar contigo un contrato de alquiler venta. Queremos que nos alquiles un ventilador a una cantidad razonable. Tras un período de seis meses evaluaremos cuánto te hemos venido pagando y a cuánto estamos de cubrir el precio del ventilador. Si lo hemos cubierto, entonces el ventilador pasa a ser de nuestra propiedad. El tipo que hablaba era un jovenzuelo altanero, de unos treinta y pico de años, delgado, de rostro adusto. Hablaba como desde encima de un pedestal. Sus solicitudes sonaban a mandatos. Si no aceptas, no podremos continuar negociando.

Jean Carlo no aceptó. El huevón no entiende que una cosa es alquilar y otra vender. Si yo alquilo es para ganar un margen por un equipo que se va a ir depreciando a mi costo, ¿no? Ese huevón quería que le regalara el ventilador. Es como si tú alquilaras tu casa y el que te la alquila te dice Daniel, en estos dos años te he venido pagando tanto y, si hacemos las matemáticas, he pagado el costo de la casa, así que a partir del próximo año la casa es mía. ¿Dónde se ha visto esa huevada?  

Abandonamos la oficina del cliente a las cuatro y llegamos a la nuestra dos horas después: El tráfico en Lima era una mierda. Mientras Jean Carlo condujo, yo chateé con mi esposa por el Messenger, una aplicación para celulares que permitía sostener conversaciones con los contactos del Facebook. Habíamos quedado en que, ni bien llegara a la oficina, saldría disparado hacia mi cuarto, me ducharía y tomaría un taxi para recogerlas a ella y a nuestra hija. Mi esposa quería que fuésemos a algún supermercado para que le comprase algunos víveres para la lonchera escolar de la bebe. Claro, le escribí. Dalo por hecho.

Caminamos por los pasillos del Metro de Alfonso Ugarte. Habíamos sentado a la bebe en el compartimiento superior del carrito metálico. Yo empujaba el carrito y mi esposa echaba galletas, pan integral, chocolates y jugos en su interior. Ella caminaba delante de mí. Había cierta coquetería en sus movimientos. Era obvio que quería llamar mi atención. La observaba de soslayo. ¿Qué tramaba? Si me estaba coqueteando, ¿dónde quedaba su pareja? ¿Se había peleado con ella? Me mostré impasible. Solo le ponía atención a los requerimientos de la bebe y a la música que despedían mis auriculares. Oye, Dani, me dijo en cierto momento, ¿cómo me ves? ¿Te parezco atractiva? Me gustaba su trasero y extrañaba besar sus tetas. Tenía una cintura definitivamente más fina de aquella que lucía cuando la conocí. Había sudado bastante grasa en sus clases de spinning. Sí, la hallaba muy atractiva. Pero no se lo dije. La miré y continué cantando sutilmente aquello que escuchaba por los audífonos. Ella encajó el desplante. Nos acercamos a la zona de carnes, pollos, quesos y salchichas. Metió tres cajas de hamburguesas en el carrito. Oye, le dije, ¿por qué pones tantas hamburguesas? ¿Acaso la bebe se va a comer todo eso? No me parecía creíble que, faltando tan pocos días para el fin de mes; es decir, para que le renueve el dinero para la compra de víveres, la bebe fuera capaz de acabarse tantas hamburguesas. Claro, Dani, la bebe se come todo eso. Nuestra gordita es bien glotona. Esa historia no me la tragaba. Y cómo sé yo que esas hamburguesas no se las van a comer tú o tu pareja. No, solo llévate una caja. Estoy seguro de que el resto de hamburguesas son para ti y tu chica y yo no estoy dispuesto a gastar mi plata para alimentarlas a ustedes. Ustedes viven juntas y son una pareja, así que si quieren comer, coman con su plata. La plata que gano es para mi hija, no para parásitos. Comprensiblemente, ella se alteró. Devolvió las hamburguesas y me dijo que ya no quería nada, que me fuera a la mierda, que era un tacaño insufrible. Que tu hija se muera de hambre, entonces. Agarró el carrito y lo empujó hacia la salida. No lo empujó con fuerza, por consideración a la bebe, pero lo empujó. Caminó hacia la puerta de salida. La llamé. La seguí. La sujeté del brazo y le ofrecí disculpas. Se repetía la misma historia de cuando vivíamos juntos. Pelea tras pelea, discusión tras discusión. Lo siento, fui demasiado desconsiderado. Vamos, compremos las hamburguesas. Tras un buen rato, conseguí convencerla.

Pagamos los víveres. Además de las hamburguesas, sacamos quesos y salchichas. Los ánimos de mi esposa estaban más calmados cuando nuestra bebe señaló el logo de Kentucky al pie de unas escaleras. Nos miramos. Sonreímos. La bebe era capaz de erradicar cualquier aspereza de entre nosotros y transportarnos hacia un lugar mejor. Se precipitó hacia las escaleras gritando papi, papi, vamos por las papitas. Compré unas alitas, unas piezas de pollo, una caja de papitas y unas gaseosas. La bebe devoró las papitas. Era adorable verla comer. La contemplaba con detenimiento, como si esos maravillosos momentos fueran a terminarse intempestivamente. Cogía una papita y empezaba a comérsela por una de las puntas. Mordisquito tras mordisquito llegaba hacia la mitad de la papita y, luego, tras lanzarle una rápida inspección, ¡pla!, la metía de un envión a la boca.

Si bien habíamos superado la escaramuza de las hamburguesas, yo dividía mi atención entre mi hija y la música de mis audífonos. Procuraba no dirigir la mirada hacia el lugar que ocupaba mi esposa. ¿Por qué lo hacía? Quizá era mi manera de demostrarle que había superado su compañía, que me era posible vivir solo y bien. La bebe terminó de comer y correteó por la pequeña sala del lugar. Estaba feliz; mi esposa, no. Si bien no estaba furiosa, como hacía un momento, sí estaba seria. Había dejado de sonreír. ¡Dios! Me sentí fatal. Las había recogido alegres y felices y, ahora, gracias a mis estupideces, había eclipsado sus ánimos. ¿No hubiera sido bonito tener a mi hija y  a mi esposa completamente contentas? Carajo, Daniel, no es tan difícil. Tú puedes hacerlo. Dejé de lado mi impostura. Le hablé a mi esposa. Le pregunté por su día, ¿cómo le había ido? Me respondió cortantemente. Tras un silencio, me increpó la actitud que había mostrado esa noche. Claro, seguro estás con otra. Pobre de ti que me entere que sales embarazando a alguien. Tú eres un idiota. Te he dicho que mi bebe no va a tener hermanastros. Y sabes qué, mejor me voy. Me enferma verte la cara. Se paró y llamó a la bebe. Vámonos, hijita. Luego, volviéndose a mí, rectificó: O mejor no, mejor quédate con la bebe para que después no digas que te la quito. Empezó a marcharse. La bebe se acercó a mí y me pidió que le comprara un pomito de burbujas de jabón. Ya, mamita, espérame, ¿sí? Entonces, de dos trancos, alcancé a mi esposa y la sujeté del brazo. ¿Qué quieres? Quédate con tu hija y pensando en tus mujeres. Me das asco. No, le dije, no es así. Yo te quiero mucho. Todavía te quiero un montón. Solo que actúo así porque trato de cubrir los celos que me nacen cuando te veo y pienso que ya no eres mi mujer, que es otra la persona la que te da amor, la que te besa. Sabes que eso es mentira, Daniel, replicó. No, no es mentira. Si fuera mentira, entonces no te diría que estás linda, hermosa. Es mentira, sostuvo, es mentira. Mentiroso. Te he preguntado cómo estaba y ni me miraste. La miré a los ojos. Su brazo no se resistió a mi sujeción. Tenía su atención. Ya la había convencido de quedarse. Solo faltaba asegurarme completamente de que creyera lo que le decía. Me acerqué. La bebe andaba a pocos metros de nosotros. El tiempo era vital. La salida se acababa y la bebe podía accidentarse con cualquier cosa si no concentrábamos nuestros sentidos en vigilarla. Te quiero, te quiero muchísimo, le dije. No lo dudes. Sabes que estoy trabajando para recuperarlas. Quiero recuperarlas, recuperar a mi familia. Esta separación me ha hecho valorar los momentos malos y buenos que hemos vivido juntos, pero, sobre todo, los ratos amargos, porque esos son los que me han ayudado a entenderte y quererte, valorarte. La besé. Nos besamos. Fue un beso lento, significativo. Hijita, ven, dije, luego de terminar el beso.  

Salimos con dos bolsas repletas de cositas para la lonchera de la bebe. Tomamos un taxi. Nos sentamos en el asiento posterior del vehículo. Todavía nos besamos un par de veces más. Antes de acercarnos a las zonas aledañas a su vecindario, cortamos los besos. Mi esposa miraba inquieta a través de las ventanas del vehículo. Yo suponía que no quería ser pillada por su pareja en sospechosos acercamientos conmigo.

Mi esposa abrió la puerta de metal de la casa. La bebe y yo nos dimos un beso. ¿Estás feliz, hijita?, le pregunté, mirándola a los ojos. Podía sentir su perfume de bebé. Sí, papi. Te amo mucho, le dije. Te amo mucho, papi, respondió. Las cortinas de la ventana del departamento, ubicado en el segundo piso de la casa, se abrieron. Apareció la pareja de mi esposa: Melina. Miró la escena. La bebe entró corriendo. Antes de subir el primer peldaño de la escalera gritó: Papi, ven, sube. Me dolió. Fue un flechazo amargo al corazón. Cómo explicarle a mi corazoncito que no podía subir con ella y su mamá. Cómo explicarle que ya no éramos la familia de antes, que ya no podía echarme junto a ella, en SU cama, para contarle cuentos, ver juntos un video, jugar con sus muñecas o, simplemente, echarnos a dormir, muy muy abrazados.

Melina pareció sentir las implicaciones del pedido de la bebe. Desde la ventana, me dijo: Si quieres sube un rato. Le agradecí, pero me abstuve. Entrar solo un rato, como si fuera una visita o un intruso, para luego retirarme, solo hubiera agrandado la pena que abrasaba mi corazón. Adiós, Daniel, gracias, dijo mi esposa, y subió tras la bebe.

Caminé hacia el paradero en Tingo María. No pude evitar que algunas lágrimas humedecieran mi recorrido.     
   

Lima, miércoles 21 de setiembre del 2016.