Latidos del asfalto

domingo, 29 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 13


“Oh, dark grin, he can’t help, when he’s happy looks insane”

De “Even Flow”, de Pearl Jam

                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CxKWTzr-k6s
                                                       PearlJamVEVO

Nos encontramos en Alfonso Ugarte. Mientras caminábamos hacia Zepita, no dejaba de recordar la forma en que se abrieron sus ojos al verme. Había pensado hallarme gordo y derrotado; pero no. Estás flaco, conchetu, me dijo. Mucha paja, seguro, continuó. Claro, le dije; me la corro todos los días, sin falta. Salvamos una cuadra. Flaco, flaco no estoy, huevón, le dije. Qué más quisiera yo, anhelé, pensando en Machado. Quise decir esto último en voz alta, pero hubiera resultado pedante: Enrique no sabría quién carajo fue Antonio Machado ni por qué coño dijo eso de qué más quisiera yo. Enrique sí que estaba gordo. No era el mismo de los tiempos universitarios; ahora, tenía la cara redonda, los ojos chinos y la guata grande.

Le propuse trabajar en la sanguchería El Chanchito. Pero vamos a tu cuarto, pe, conchetu, protestó, al ver que el lugar que le señalaba, si bien acogedor, tenía un ambiente reducido y totalmente expuesto a miradas no tan honestas. Los ojos transeúntes del jirón Zepita podrían posarse en la laptop de Enrique y desear quedarse con ella. Mi cuarto es una ratonera, huevón; acá está bien, le dije. El Chanchito tenía desocupadas sus seis mesas. Ocupamos una a nuestra mano izquierda. ¿Deseas algo? Enrique sacó la laptop de su mochila. Había preocupación en su semblante. Esa zona del Centro de Lima le parecía habitada únicamente por delincuentes. Miró a uno y otro lado, tratando de adivinar voluntades ajenas al virtuosismo y la honradez. No, nada, estoy misio, respondió. Yo tampoco quería comer, mucho menos una hamburguesa. Me había acostumbrado a pasar las noches en ayunas. Eso, creía yo, balancearía los carbohidratos del arroz chaufa que comía en las tardes. Revisé mis bolsillos. Había dejado la billetera en el cuarto. Solo tenía cinco soles en el pantalón. ¿No quieres una gaseosa? Aceptó. Una gaseosa, por favor, pedí.

Me explicó las dudas que tenía sobre el trabajo que estaba desarrollando. Estás trabajando con Samuel, ¿no? Para su proyecto de Colombia, ¿verdad?, lo interrumpí. , me dijo, ¿cómo sabes? Le conté la historia.  No tenía problemas en ayudarlo. Solo pensé que, muy posiblemente, la cantidad de dinero que Samuel les habría cobrado a los colombianos no guardaría relación con la calidad del informe que Enrique le estaba preparando. No le pregunté de dinero; pero supuse que lo que Samuel le pagaría a Enrique por el trabajo debía de ser una cantidad bastante irrisoria.  

Media hora después, nos desalojaron de El Chanchito: Iban a cerrar el local. Le propuse ir a un bar de Quilca. Un segundo después, yo mismo deseché esa opción. No tenía sentido: Uno, porque no tenía dinero a la mano, y, dos, porque ahí sí sería bastante probable que algo catastrófico le sucediera a su laptop, y no necesariamente que se la robaran, pero sí que le cayera cerveza encima. Entonces, le dije: Ni modo, vamos a mi cuarto, no más.

El asunto no resultó del todo incómodo: Enrique pudo trabajar con relativo confort sentado en mi sillita plegable, tecleando su laptop asentada sobre mi mesita blanca desarmable. Yo estaba a su lado, parado. Cuando compré la sillita plegable, pude haber comprado otra, pues mi idea era llevar a ese cuarto a cuanta mujer ciega y desubicada quisiera enredarse conmigo en una relación fugaz y lujuriosa, pero convine que mejor no, que no era necesario, que con una silla bastaba. Por otro lado, la idea no era que la chica y yo permaneciésemos sentados, sino echados y tirando. Además, algún día me tendría que mudar (nada dura para siempre, decía Hector Lavoe), así que mientras menos cosas tuviera para empacar, mejor.

Cerca de las once de la noche, Enrique abandonó la casona (o, mejor, lo que un día fue una casona y ahora solo era una fracción de ella). Lo acompañé hasta la Alfonso Ugarte. Cuando llegamos a Metro, tomó un taxi. Recalaría en el departamento que su hermano tenía en Breña, donde continuaría trabajando en el informe que debía presentarle a Samuel a primeras horas del día siguiente. De Zepita, salieron indemnes él y su laptop. Y es que la zona no era peligrosa, pero parecía.

De regreso, en lugar de caminar directo por Zepita hacia mi cuarto, me desvié por Peñaloza. Antes de acompañar a Enrique al paradero, había tomado la precaución de sacar algo de dinero, lo suficiente como para contratar los servicios de un transexual cuya figura colmara mis más concupiscentes expectativas. No había nada rescatable en Peñaloza. Era un jueves lánguido. Tomé Colmena y agarré Chancay. De los cinco travestis apostados en el cruce con Zepita, solo uno llamó mi atención, pero no la de mi pichula, que permaneció empequeñecida y arrugada en las entrañas de mi pantalón: Aún no me recuperaba de la cachada con Karina.

Cogí un libro y me tiré en el colchón inflable. Qué cómoda era esta huevada. Dejé el libro luego de algunas páginas. Tomé el celular y llamé a Rosario. Nunca sabía si continuaba molesta conmigo. Últimamente, me reprochaba con virulencia, ahogada en lágrimas, todas las cosas que escribía de ella en la novela. Y razón no le faltaba. Al cabo de unas pocas timbradas, me contestó. Estaba tranquila. Veía El Rey León, una película animada estrenada hacía un berenjenal de años. Esta película siempre me recuerda a mi papá, me confió, la voz nostálgica. Rosario había perdido a su padre cuando apenas era una niña, en esa época que para la mayoría representa la edad dorada de la vida o el país de la ausencia, según palabras de Gabriela Mistral. Fue un golpe del cual, a sus veintinueve años, aún no se recuperaba. Siempre que la hacía sufrir con mis estupideces, ella recurría a la memoria de su padre, lo buscaba en sus oraciones, en sus recuerdos, y él siempre se le aparecía para socorrerla, oyendo sus clamores y dándole la fortaleza que necesitaba.     

Al día siguiente, muy temprano, vestido ya como un ciclista clasemediero, me tomé una foto y se la envié a Karina por WhatsApp. La tomé de tal modo que se notara el bulto en mi entrepierna. El bulto era un calcetín cilíndricamente enrollado y fijado a mi pene y parte de mi pierna con un pedazo de cinta adhesiva. La tela del short (short de ciclista, comprado por sesenta soles en la cuadra ocho de la avenida Emancipación, uno de los centros más concurridos por los ciclistas proletarios y por alguno que otro burgués) se me pegaba a la piel como chicle y, a pesar de ello, no lograba resaltarme el pájaro. Debía recurrir a prótesis caseras para lograr el efecto visual deseado en la entrepierna. Obvia y prudentemente, antes de manejar por las siniestras avenidas de la ciudad, me quitaba la prótesis y la guardaba en la mochila. Imaginaba los titulares de los diarios más coloridos de Lima dando fe de mi muerte, atropellado por un camión o una cuatro por cuatro: Ciclista es atropellado por un camión. Se le encuentra un falso pene hecho de medias que usaba para dárselas de pingón porque era  manicero. Luego de enviada la foto, guardé mi prótesis para futuras tomas.



Estaba entusiasmado, eufórico. Llevaba la sangre recorriendo mis venas y mis arterias a una velocidad desusada, los glóbulos rojos enfebrecidos porque esa noche Karina regresaría al cuarto. Conversaríamos (era lo de menos), beberíamos aquello que nosotros los peruanos llamábamos vino, pero que los chilenos acertadamente llamaban cualquier cosa menos vino, y tiraríamos (lo más importante, una de las pocas cosas más importantes en la vida de un solitario). La euforia me hacía estupenda esa mañana.

Mientras sacaba la bicicleta por la estrecha, aunque alta, puerta de la casona (o, mejor, fracción de casona), recibí la réplica de Karina a mi mentirosa foto. Mmm, qué rico, escribió. Lo que está rico eres tú, Kari, respondí. No me voy a cansar de decir que me gustó tu barrio, Danny, escribió. Nunca había estado en un lugar así de peligroso, añadió. Hoy vienes, ¿no?, pregunté, tratando de confirmar lo que me había prometido en una de nuestras conversaciones. Quería tener su cuerpo desnudo nuevamente arrellanado en mi cama; mejor dicho, en mi colchón inflable. Sí, Danny, hoy en la noche nos vemos, respondió. Queda, sellé.  

Guardé el celular, me monté en la bicicleta y manejé. En la cuadra once del jirón Chota, me encontré, como todas las mañanas, con el escuadrón de limpieza de la Municipalidad, hombres y mujeres embutidos en uniformes anaranjados, empuñando largas escobas y arrastrando altos tachos de basura. Llegaban a su base. Se pondrían sus ropas de civil, tomarían el transporte público y llegarían a sus casas, probablemente a descansar. A pesar de que acababan de limpiarle a la ciudad, mientras ésta dormía, sus desperdicios, sus rostros eran sanos, hasta cierto punto, alegres, jamás resignados. Verlos todas las mañanas me enseñaba algo: Que no había que quejarse en la vida, porque ni siquiera aquellos a quienes les había tocado limpiarle la mierda a los demás se quejaban.

Manejando entre los altos árboles de la cuadra treinta y tres de la Arequipa, viendo pasar a algunos oficinistas sanisidrinos, recordé a Jeanet. Hoy era su cumpleaños. Jeanet había sido mi enamorada en la universidad. Por un largo tiempo, fue estudiante de ingeniería informática. Tras considerar que aquello no le interesaba, decidió cambiarse a ingeniería industrial. Luego de once años de idas y venidas, logró culminar su bachillerato. Yo lo terminé en ocho. Obtuve el bachillerato en ingeniería de minas tras un largo período de cinco años naufragando en la carrera de ingeniería electrónica. Aún recordaba mi código universitario, 20002200, y el de ella, 19982473. Los primeros cuatro dígitos de cada código daban cuenta del año en que el alumno había ingresado a la universidad. Jeanet y yo nos conocimos en una clase de Literatura Peruana, en agosto del 2003. A fines de octubre, contra todo pronóstico, logré que aceptara ser mi enamorada. Nos dimos cuenta de que vivíamos en el mismo distrito, Los Olivos, y en dos barrios vecinos: ella en Taurija y yo en Los Nogales. Nuestras casas distaban unas escasas tres cuadras. La relación se fortaleció justamente por esa cercanía. No tenía que gastar dinero para ir a verla. Solo debía caminar. A principios de noviembre, apenas una semana después de iniciada nuestra relación, cometí un gran error: Me dejé llevar por esa lujuria que siempre había vivido en mí. Jeanet nos encontró a Karina y a mí besándonos. Era un sábado por la tarde y Jeanet había decidido pegarme una visita sorpresa. Lo que no imaginó fue pillar a ese chico feo, pero buena gente, que se rehusaba a llevar el pelo corto y que la hacía reír con sus torpezas, chapando desaforadamente con Karina. Jeanet sabía que Karina había sido mi enamorada y que me había terminado en agosto, un par de semanas antes de que nos conociéramos en la clase de Literatura. Aquel desaforado, inapropiado y traicionero beso rompió definitivamente la confianza que tanto me había costado construir. Luego de una semana, gracias a ímprobos esfuerzos, retomamos la relación, pero ésta no fue la misma y, sin embargo, se extendió por casi cinco años.   

Jeanet me había enseñado a comer en la calle, en la mera calle, en las esquinas, en los puestos ambulantes. Niño mimado y protegido por mamá, jamás me acercaba a los puestos de hamburguesas o papas fritas que empezaban a pulular en las calles del Cono Norte, dignos y hábiles sustentos de las familias económicamente menos favorecidas. En esos lugares preparan cochinadas, me habían advertido. Embobado y embelesado por Jeanet, dejé que me condujera hacia el puesto de salchipapas de la esquina de su barrio. El señor que las hacía era su vecino, y vivía al fondo de la cuadra, cerca del cerro, el cerro que fue testigo de mi niñez y adolescencia. Y qué rico había resultado comer en la calle, en el barrio. Jeanet cogía los envases de la mayonesa y el kétchup y los apretaba con fuerza, embadurnando toditas las papas fritas y las rodajas de hot dog. Luego decía: Señor, ¿me presta su ají?, y depositaba un mojón extremadamente generoso de ají. ¡Cómo le gustaba el ají a La China (así le decían sus amigas y, por ósmosis, así también la llamaba yo algunas veces)! Era fanática de las papas fritas, del ají, de las hamburguesas, de los panes con pollo. Y yo me enamoraba más de ella cuando la veía verter toneladas de ají, kétchup, mayonesa y mostaza sobre la comida. No me cansaba de contemplar sus ojos repletos de fruición, de gusto por la comida, sobre todo si se trataba de los tallarines rojos que preparaba mi mamá. Me encantaba que Jeanet fuera la fuerte de la relación y yo el débil; ella el hombre y yo la mujer. Ella tomaba las decisiones y yo era feliz.

Muchos años después, nos reencontramos algunas veces. Ella llevaba tiempo trabajando para Cosapi, una empresa dedicada al rubro de la construcción. Yo trabajaba en VISA, el dinero escaso y siempre con las justas. Ella había amasado una fortuna considerable y había comprado, a crédito y en sociedad con su novio, un departamento en Miraflores, departamento que les alquilaba a personas de probada confianza como recurso para pagar los altos montos que el banco les exigía mensualmente. La nueva Jeanet era más delgada y solo asistía a lugares exclusivos. Su manera de hablar había cambiado: Usaba ese acentito altanero característico de los pitucos de la ciudad. Recuerdo haberle sugerido comer unas salchipapas. Me miró asustada. Mejor te invito algo por aquí, me constestó. Estábamos en una zona comercial de San Isidro. Entonces, comprendí que mi Jeanet había desaparecido para siempre. Me dio su teléfono, pero lo perdí unos meses después. Extravié el celular en el que guardaba su número en una discoteca para transexuales, en Wilson, discoteca a la que me metí, borrachísimo, luego de haberme tatuado el rostro de uno de los tantos escritores que llevaba en la piel. Si no hubiera perdido su número, hubiera detenido la bicicleta y la hubiera llamado. Le hubiera dicho: Hola, China, ¡Feliz cumple! ¿Cómo estás? ¿Qué te cuentas? ¿Cuándo podemos vernos? Pero no. Solo me quedó seguir manejando. Había que llegar a la oficina de Jean Carlo, continuar la corrección de la traducción de McPhilips y prepararme para la segunda visita de Karina.   
     

Lima, viernes 23 de setiembre del 2016.

domingo, 15 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 12


“Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas.”
De “Las moradas del castillo interior”, de Santa Teresa de Ávila


Media hora después, llegó Patricia. La saludé. Fue al baño y salió al cabo de un par de minutos. Llevaba el cabello húmedo y sus rulos naturales brincaban con cada paso. Me gustaba, pero la vida me había enseñado a manejarme con cautela. Si algo llegaba a pasar entre ella y yo, sería únicamente si detectaba que ella le entraba a la huevada. Yo, mientras tanto, me dedicaría a trabajar. No tenía ningún apuro en forzar una relación.

¿Dónde almuerzas?, me preguntó. Su voz me llegó como desde un lejano rincón, no porque ella se encontrara físicamente alejada de mí, sino porque yo estaba demasiado concentrado puliendo los capítulos traducidos del libro de McPhilips. Tras un par de segundos, luego de haberme percatado de su voz, fijé la vista en su figura. Su hombro besaba una de las columnas del marco de cemento que comunicaba su ambiente de trabajo con el mío. Estábamos solos en toda la oficina. Jean Carlo aún no venía. Solía aparecerse por las tardes. En fin, era su empresa, podía llegar cuando le diera la gana. Victorio tampoco estaba en su oficina. En algún momento del día, había decidido que ya era suficiente trabajo y se marchó. Almuerzo en un chifa aquí enfrente, cruzando la pista, le dije. ¿Puedo acompañarte?, averiguó.

Saludé a la dueña del chifa, una ciudadana china muy trabajadora. Ella misma limpiaba las mesas, tomaba los pedidos, cobraba las cuentas y servía los platos que su esposo preparaba en la cocina ubicada detrás del ambiente principal del chifa. A esa hora del almuerzo, nunca se llenaba el local, pero sí quedaban ocupadas la mitad del número total de mesas, que, por otro lado, no eran tantas.

Tenía muchos escrúpulos. Éstos me impedían llevar una vida tranquila. Siempre tenía miedo; siempre pensaba dos, tres y hasta cuatro veces lo que iba a hacer, pues tendía a creer que todo lo que hacía, lo hacía mal. Esto último me lo confirmaba la experiencia. Cuando Patricia ocupó la silla que quedaba a mi lado, temí por lo que pudiera pensar de mí la dueña del chifa, quien ya me conocía y hasta sabía lo que iba a ordenar. Se daría cuenta de que la chica sentada a mi lado no era Rosario, quien había almorzado conmigo varias veces en ese lugar. Y no solo ahí. En la búsqueda de un sitio decente y económicamente cómodo, recorrimos todos los restaurantes cercanos a la empresa de Jean Carlo: dos chifas (uno que servía el arroz mazacotudo y otro cuyos trocitos de pollo contenían incómodos huesitos), una pollería (de exquisita pechuga a la plancha, pero algo cara), una cevichería (demasiado gourmet y muy costosa) y una juguería en el mercado Santa Rosa (donde pedimos unas ensaladas de frutas tremendamente pequeñas para el precio que se nos cobró). Finalmente, dimos con el chifa Xing Fu en el que ahora estaba acompañado por Patricia. Su arroz chaufa era incomparable. Su tallarín con verduras bueno, pero podía llegar a ser nauseabundo si lo comías todos los días. La sopa era deliciosa, aunque Rosario me había enseñado a hacerla todavía más rica echándole un par de buenas cucharadas de ají molido. Rosario siempre pagaba los almuerzos. Era extremadamente generosa conmigo. Su prodigalidad hacía mí ponía en duda mis intenciones de continuar escribiendo y publicando El Solitario. Cada capítulo publicado la hería gravemente, pues se enteraba de mis perfidias, traiciones y deslealtades.       

Hoy no pude traer comida, dijo Patricia, como excusándose, mientras revisaba la cartilla con los platillos disponibles. Patricia solía almorzar en el kitchenet de la oficina. Todas las mañanas, guardaba su tupper con comida en la refrigeradora.

A un lado de la mesa, la dueña del chifa esperaba las órdenes. No llevaba libreta ni lápiz o bolígrafo; todo lo registraba en su memoria. Era una mujer bastante hábil.

Luego de leer la cartilla, Patricia concluyó que probaría el arroz chaufa. Lo demás está muy caro, me dijo, medio bajito, como para que no la oyera la dueña, que seguía atenta a la orden. ¿En serio vas a querer un chaufa? , me dijo, nuevamente como un susurro. ¿No te animarías por este plato?, le señalé el arroz blanco con tipacay. Vi sus ojos moverse de la foto del tipacay al precio que estaba al ladito, sobresaltarse y repetir que no, que prefería el chaufa, el plato más barato de toda la cartilla. Aunque, agregó luego, sí le hubiera gustado probar el tipacay. Entonces, prueba el tipacay, la animé. Pero no me va a alcan… No te preocupes, la detuve; yo me encargo, y tú te encargas otro día, sonreí. Una vez oídos los pedidos, la dueña voló a la cocina.

Los platos llegaron casi al instante. Pedí una Inka Kola de medio litro, heladita. ¿También quieres una Inka? No, me dijo, prefiero una botella de agua mineral; las gaseosas hacen daño. La dueña se apresuró en complacer el pedido de Patricia.

Metí dos cucharadas de ají en la sopa. El líquido, bastante humeante, se tornó medio rojizo. Mojé la punta de la cuchara y probé. Quemaba la huevada. Puse a un lado el tazón de la sopa y acerqué el chaufa. No podía esperar a probar el primer bocado. Clavé la cuchara en el montículo de arroz y llevé el cargamento hacia mi boca. Patricia detuvo la trayectoria. ¿Qué haces?, me miró; primero tenemos que rezar. Debemos encomendarnos a Dios y darle las gracias por los alimentos que vamos a comer. Repetí la postura que ella adoptó. Entrelazó sus dedos y apoyó la frente sobre ellos. Cerró los ojos. Voy a dar las gracias, dijo. Padre celestial: Te damos las gracias por estos alimentos que vamos a tomar. También te agradecemos por concedernos otro día más de vida, rodeados de las personas que más queremos. Por favor, danos fuerzas para persistir en tu fe y continuar con tu apostolado. Amén. No se persignó. Yo sí. Empezó a comer. Esto está muy rico, dijo, luego de probar el tipacay.

Desde que hubo comenzado a trabajar en la empresa, Patricia y yo no habíamos tenido la oportunidad de conversar. Sin embargo, lo que hicimos durante el almuerzo fue más una entrevista (yo haciéndole preguntas y ella contestándolas) que una conversación propiamente dicha. Siempre sucedía lo mismo cuando me hallaba en compañía de cualquier otra persona: yo preguntaba, fingiendo interés en sus vidas, y ellas me contestaban muy entusiasmadas, porque, a ver, no era una novedad saber que a las personas les encantaba hablar de sí mismas.

Patricia era mormona. Sus padres la habían bautizado en el catolicismo, aunque nunca se preocuparon por inculcarle los ritos propios de esa religión. A pesar de ello, Patricia, con ritos o sin ellos, había nacido con el entusiasmo de la justicia social fluyéndole en la sangre. Asistió por cuenta propia a la iglesia. No la encontró lo suficientemente satisfactoria. Halló demasiada hipocresía. Al terminar el colegio, se hizo evangélica. Al mismo tiempo, ingresó al grupo de baile que dirigía uno de los amigos que conoció en el templo evangélico.

Un año después de haberse iniciado en el baile, conoció al chico que la embarazaría, a Carlos. Había dejado de concurrir a las ceremonias del templo evangélico por haberlas encontrado menos interesantes que las salidas que le proponía el futuro padre de su niña.

Fue en casa de una tía de Carlos donde procreó a Cinthia. Hasta esos detalles me contó Patricia. Yo la escuchaba con atención, aunque algo desanimado. No era muy alentador intentar entrometerse con una persona que tenía un hijo a cuestas. Eso supondría, en el caso de que llegara a suceder algo entre Patricia y yo, que si la invitaba a salir, también debía incluir a su niña. Es decir, me adjudicaría un hijo más. Y yo no estaba dispuesto a compartir mi dinero con alguna otra persona. El dinero que ganaba tenía un solo destino: mi hija.

Carlos la abandonó. Se desentendió de ella y de la niña, quien apenas tenía tres meses de vida en el vientre de Patricia. Se arrancó. Hasta ahora, no se sabía de su paradero. Patricia no intentó buscarlo. Se refugió en su fe, pero sin un templo al cual acudir, se sintió indefensa. En esa búsqueda de apoyo, se hizo mormona. Los ritos de este último credo le sentaron perfectamente. Los mormones le brindaron aquello que Patricia buscaba: pureza corporal y espiritual. No debía beber, bajo ninguna circunstancia, café, té o licor. Eran drogas condenables que, aún en las más mínimas proporciones, pudrían el cuerpo. Además, debía mantenerse pura hasta el matrimonio. Su mente debía centrarse únicamente en Dios y en las buenas acciones que Éste le dictara en el corazón. Y era preferible que su futuro marido fuese mormón. Esto evitaría la tentación de apartarse del verdadero credo de la salvación.

¿Y tienes enamorado?, le pregunté. , respondió, y también es mormón. Es más, continuó, nos vamos a casar en diciembre. La felicité. Mirándola mejor, si bien Patricia tenía un rostro bastante agraciado, no tenía culo ni tetas.  ¿Hace cuánto tiempo que son enamorados? Sacó su cuenta y dijo que iban a cumplir un año juntos. ¿Y tan rápido se van a casar? Asintió. Una sonrisa franca se mezcló con los movimientos de su cara tratando de deglutir el tipacay. ¿En ese año no han hecho nada de nada?, me atreví, pensando que la vagina de Patricia debía de estar demasiado hambrienta. Ella entendió lo que quise decir con aquello de “nada de nada”. Sonrió otra vez. Me palmeó el hombro. Pasado el acceso de timidez, me dijo que no, que, tal como lo mandaba su religión, se había mantenido casta, pura. Qué raro, insistí; uno es humano y esas urgencias, tarde o temprano, invitan a involucrarse con el compañero o la compañera más íntimamente. Yo no veo nada de malo en eso; o sea, en hacer el amor, concluí. Me la imaginaba tirando conmigo, sacándole la vuelta a su fe y a su futuro esposo. Otra sonrisa y otro palmoteo que yo interpreté como que me iba ganando su confianza, una confianza que yo debía dirigir hacia la conclusión de mis egoístas y libidinosos planes. No, nada que ver, me dijo, él me respeta y solo nos damos algunos besos. Pero cuando sentimos que la situación puede pasar a mayores, cada uno se va a su casa. Dejé de tragar y, fingiendo sorpresa, le dije: ¿Qué? ¿No conviven? No, no convivían. Ella vivía con su hija en la casa de una tía, y él, en la de su mamá. Muy mal, muy mal, observé. Te aconsejo que convivan. Es la única forma de conocer a la persona con la que te vas a casar. Le conté mi fallida experiencia matrimonial. Conocí a mi esposa un día de noviembre del 2011. La embaracé un día de junio del 2012. Nos casamos un quince de octubre de ese mismo año. Fui expectorado del hogar familiar, por infiel, un día de setiembre del 2016. ¿Te dabas cuenta, Patricia? Sin conocernos bien, nos casamos, y mira cómo terminamos. No, se rio, eso no le pasaría a ella, porque ella y su novio estaban llenos del Espíritu Santo.

Oye, me dijo, vi que tienes tatuajes. La Inka Kola helada era el perfecto complemento de un buen arroz chaufa. Sentí rodar el líquido amarillo, helando mi garganta, justificando los dos soles que me había costado. Tras exhalar el respectivo ahhh, y contener un eructo, respondí: Sí, tengo todos los brazos llenos de rostros de escritores. Quiso saber por qué me había tatuado escritores. Antes de responderle, me remangué los puños de la camisa, una camisa que usaba sin cesar desde que me la hubieron regalado cuando cumplí dieciséis años, y le mostré los rostros que quedaron descubiertos sobre mi antebrazo: de Palma y Bayly, en el derecho; de Zweig y Maupassant, en el izquierdo. Y por aquí, señalé las partes todavía cubiertas, tengo más. ¿Pero por qué tienes escritores?, volvió a preguntar. ¿Te gusta leer? Le contesté que sí, pero que mis tatuajes no solo eran un homenaje a los autores cuyas obras habían influido en mi vida sino que eran, más honrada y sinceramente, un mecanismo ramplón que yo había concebido con la finalidad de marketear la primera novela que llegase a publicar. ¿Escribes? Sí, respondí, a pocas cucharadas de dejar mi plato limpio. ¿Qué escribes? Básicamente tonterías: las cosas que me pasan. ¿Te pasan cosas interesantes? Pues, no, le respondí y me eché otro sorbo de Inka Kola. Pero creo que vas a salir en mi primera novela. Sin haber prestado atención alguna a esa confidencia literaria, me contó que los mormones tenían prohibido hacerse tatuajes. ¿Por qué?, quise saber. Porque nosotros consideramos a nuestro cuerpo como un templo. El cuerpo del hombre es el templo de Dios, su hogar, y, por eso, debemos mantenerlo limpio siempre. Reflexioné sobre lo que dijo. Imagínate que tienes tu casa y la pintas de blanco, digamos, y al día siguiente alguien pinta la fachada con garabatos y cosas así, ¿no te gustaría, no? Era el típico argumentum ad terrorem o ad báculum que los moralistas solían esgrimir ante la ausencia de una razón fundamental y lógica que soportase sus afirmaciones. Seguí su juego y acomodé las piezas para refutar su teoría. Sí, pero hacerse un tatuaje no es dejarse garabatear cualquier cosa por alguien; es dibujarse algo que tú siempre has querido llevar en el cuerpo. Se supone que es un adorno y no un dibujo mal hecho o impuesto. Igual que en una casa, uno pone unos cuadros, unas pinturas, justamente para no tener las paredes calatas, para adornarlas. Patricia no supo con qué rebatirme. Fue raro, porque generalmente yo perdía cualquier tipo de discusión. Incluso, luego de lanzarle el ejemplo de la casa y los cuadros, quedé sorprendido de mi contestación. Lo usual era que me quedara callado, sin respuesta, sin reacción. Mi cerebro tardaba demasiado en rebatir un argumento, por más estúpido que fuese. La respuesta que creía hubiera dejado a mi contendor por los suelos solía ocurrírseme varias horas después, cuando ya no había polémica y el contendor se había retirado a su casa. A eso se le conocía como el Ingenio de la Escalera.

A pesar de todo lo que me había enterado de Patricia, datos salidos de su propia boca: su hija, su novio, su conservadurismo, su apego a creencias sin sentido, no descarté la posibilidad de darle la bienvenida a un mundo de pecado si ella se avenía a mí desinteresadamente.

Más tarde, sentado enfrente de la laptop de la empresa de Jean Carlo, corrigiendo el texto de McPhilips, recibí un mensaje de Enrique Bruces.

Enrique había sido un amigo cercano en mis tiempos universitarios. Era un tipo muy generoso. Siempre que íbamos a los bares aledaños a la universidad de San Marcos, invitaba las cervezas con las pocas monedas que lograba ahorrar de sus pasajes. Todos los días viajaba desde Chosica a Lima para recibir clases en la universidad Católica. Luego, al abandonar los antros sanmarquinos, nos invitaba a Nazir y a mí -Nazir Caleb era otro compañero con quien solíamos embriagarnos los fines de semana, al salir de las clases de la universidad-, panes con pollo de un sol, en unos puestos ambulantes que abundaban en el cruce de la avenida Universitaria con la avenida Venezuela.   

Hacía tres o cuatro días que me escribía al Messenger con insistencia para juntarnos. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. La última vez fue en la pequeña reunión que los familiares de mi esposa organizaron cuando me casé con ella. La reunión terminó al poco rato de empezada, pues Enrique, bastante bebido, reaccionó ante las provocaciones de uno de los tíos políticos de mi esposa, que también andaba bastante bebido.

El último mensaje de Enrique fue muy distinto de los anteriores. Le urgía verme. Yo ya sospechaba el motivo de la urgencia. El cuento iba así: El jefe que mi hermano y yo tuvimos en VISA, Villanueva Ingenieros, Samuel Dicente, se había contactado conmigo hacía tres meses, cuando mi consultora tenía apenas dos de creada. Me comentó que le había parecido genial la idea de echar andar mi propio negocio en el ramo de la minería en el que nos habíamos especializado: la ventilación. Me propuso ser socio de la consultora. Por aquellos días, Miguel, mi hermano, se hallaba en una mina de Cerro de Pasco, realizando un trabajo de consultoría. Le comenté la idea de Samuel y le pareció que su incorporación sería perfecta para la consolidación de la consultora en el mercado minero peruano: Samuel tenía contactos en la industria a los que podía recurrir para generar contratos para la consultora. Yo tuve mis dudas desde el inicio: Samuel había sido gerente en Villanueva Ingenieros; por lo tanto, también querría ser gerente en la consultora. Y no era que me importaran los cargos sino que si alguien que no era ni mi hermano ni yo ocupaba un puesto gerencial en la consultora se sentiría con el pleno de derecho de ir dando órdenes a diestra y siniestra. Samuel me citó en varias ocasiones para tratar los temas legales de su anexión a la empresa. En cada reunión, me comentaba sobre los planes que tenía en mente para gestionar la empresa. La primera de ellas era que él, al efectuar una inversión que la empresa realmente no necesitaba, se adjudicaría el sesenta por ciento de las acciones, convirtiéndose así en el dueño del negocio. Además, nos conseguiría una oficina, propiedad de su mamá, en la que tendríamos que reunirnos de tanto en tanto. Esto atentaba rotundamente contra el espíritu original de la empresa, de la empresa que había fundado caminando bajo un intenso sol para acudir a los organismos estatales que oficializarían su nacimiento.

Mi hermano asistió a una de las últimas reuniones propuestas por Samuel. Rápidamente cambió de parecer: La anexión de nuestro antiguo jefe a la consultora eliminaría la libertad de la que gozábamos y con la cual trabajábamos a gusto ejecutando los proyectos que conseguíamos.  Entonces, estuvimos de acuerdo: Alguien tendría que decirle a Samuel que su incorporación a la empresa ya no sería una realidad. El encargo recayó en mí. Cobarde como era, le comuniqué la noticia por correo. Personalmente, jamás lo hubiera hecho. Digamos que escribiendo las cosas me iba mejor. Samuel aceptó mis razones y concluyeron así los prolegómenos de su anexión. 

En una de las reuniones que tuvimos, cuando aún no desbaratábamos la posibilidad de que se convirtiera en socio, Samuel nos comentó que un amigo suyo que trabajaba en una mina colombiana le había pedido que visitara dicha mina para que evaluara su sistema de ventilación. Voy a necesitar, muchachos, nos dijo a mi hermano y a mí en una sanguchería de La Victoria, que me ayuden con el modelamiento del sistema de ventilación en la computadora. Luego del correo que le envié agradeciéndole su interés por querer formar parte de la consultora y comunicándole que pensábamos continuar al frente de ella con nuestras propias reglas, no volvió a requerir la ayuda que nos había pedido para el proyecto de Colombia.

Unas semanas después, Enrique Bruces deseaba comunicarse conmigo urgentemente. En uno de sus mensajes, mencionó a Samuel. Por otro lado, me enteré que Samuel ya había regresado de Colombia y no se había molestado en solicitarnos ayuda con lo del modelamiento de la mina en la computadora. Entonces, comprendí: Samuel le había pedido ayuda a Enrique, y Enrique, que desconocía cómo hacer el trabajo, me pedía ayuda a mí. A pesar de que no me reveló la conexión que tenía con Samuel, acepté reunirme con él. Eso sí, le indiqué que apareciera puntualmente, porque mis tiempos andaban algo ajustados. ¿Dónde nos encontramos?, me preguntó Enrique. En el cruce de Zepita con Alfonso Ugarte, en el Centro de Lima, le respondí. Enseguida, ante su sorpresa, le expliqué sumariamente que desde hacía casi un mes estaba viviendo solo en un cuarto en esa zona.

Dieron las seis y me alisté para salir de la oficina. En dos horas, me encontraría con Enrique para ayudarlo con su proyecto. Era lo menos que podía hacer por alguien que demostró su generosidad para las borracheras universitarias aun teniendo escasas monedas.

Lima, jueves 22 de setiembre del 2016.