Latidos del asfalto

domingo, 5 de febrero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 14


“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara ese café!”
De “El pan nuestro”, de César Vallejo

Instalado en el sillón de la oficina, revisé el celular. Sobre la mesa, reposaban la Toshiba blanca que Jean Carlo me había asignado, mi botella de jugo de naranja y la diaria porción de queque de naranja. Había varios mensajes de Rosario. Reprochaba mi actitud egoísta y desconsiderada. Ella siempre me mimaba, me apoyaba, me lo daba todo, y desinteresadamente, y, a cambio, ¿qué recibía?: Indiferencia. Los mensajes se habían ido acumulando en la memoria del celular mientras manejaba por las peligrosas arterias de la ciudad. Me era difícil entender a Rosario: ¿Acaso ayer no habíamos hablado pacíficamente mientras ella veía El Rey León? ¿No había estado todo de lo más tranquilo? Pues, al parecer, no. Me había equivocado. El resentimiento que Rosario me guardaba, resentimiento que le provoqué con un continuum de acciones desconsideradas y egoístas, con una retahíla inagotable de promesas incumplidas, adoptaba la forma de un sedimento, un poso que, en cuestión de segundos y del modo más inesperado, enardecido por sus caprichosas sinapsis neuronales, reverberaba y crecía hasta alcanzar la ferocidad de un tifón.

¿Qué te pasa ahora, Rose?, le escribí. Solía decirle Rose y no Rosario. Y para ser más huachafo, lo pronunciaba a la inglesa: /rouz/. La conversación de ayer la había cogido demasiado sensible. La rabia y la indignación que le provocaron los capítulos publicados de la novela se habían disipado en la melancolía de la película; pero, muy temprano por la mañana, habían regresado con fuerza para protestar contra mis delaciones destempladas, contra las infidelidades que cometía a sus espaldas, contra aquellas promesas que (generalmente) le hacía en la cama y que rompía sin miramientos ni bien ella se daba media vuelta para retornar a su casa, en Chorrillos. No me defendí. Acusé recibo de cada una de sus protestas y le di la razón. Ahora comprendo por qué tu esposa te terminó y te botó de la casa. La entiendo perfectamente. No eres un hombre que valga la pena. Eres un mentiroso, Daniel. Pero es que no era tan complicado entenderme. Bastaba saber que, cuando el semen se me subía a la cabeza, era capaz de decirle a cualquier mujer que la amaba y que deseaba pasar a su lado el resto de mi vida (sobre todo si esa mujer me gustaba mucho, o sea, si era decentemente bonita y tenía tetas grandes), “resto de mi vida” que solía durar hasta el momento en que, palpitante y desvaído, débil y somnoliento, eyaculaba la leche. Con Rosario, me pasaba eso. Desnudos, lamiéndonos y besándonos sin tregua, la pichula enhiesta y vibrante, la boca en perpetuo intercambio de saliva, empezaba a lanzar promesas de amor que llenaban la habitación y el corazón de Rosario de ilusiones cuyas vidas eran más cortas que las de un efemeróptero (Los efemerópteros son insectos que, luego de haber culminado su etapa larvaria, disponen de veinticuatro horas para vivir. El efemeróptero tiene veinticuatro horas para aparearse con una hembra. Luego de haber tirado, muere. Y si no tiró dentro de las veinticuatro horas, igual se muere). Y es que me era imposible hacer el amor o tener sexo sin decirle a mi pareja de turno amor, te amo, te amo, con cada embestida, con cada lamida, con cada espasmo.

Sus quejas se prolongaron por casi media hora. La escuché con dividida atención, pues eran quejas que ya me conocía de memoria y porque me había puesto a continuar la corrección del libro de McPhilips. Le había insertado los auriculares al teléfono para liberar la mano izquierda y teclear con mayor comodidad. Unos minutos después, Rose se quedó sin municiones. Cambiamos de tema. Todavía no hallaba trabajo. Confiaba en encontrarlo pronto, a pesar del lúgubre panorama laboral peruano, que se mostraba más siniestro aún para aquellos que habían estudiado Bibliotecología. Estos estudiantes debieron haber tomado en cuenta que los peruanos eran gentes que podían vivir perfectamente sin bibliotecas. No peleemos, ¿sí? ¿Te parece si nos vemos este sábado?, ofrecí, conciliador. Nuestros espíritus no eran rencorosos. En eso nos parecíamos mucho. Aceptó que nos viéramos el sábado.

Faltaban algunos minutos para la una de la tarde. Tenía ya más de la mitad de las páginas del libro revisadas. Los gazapos corregidos hasta ese momento eran pocos y debidos fundamentalmente al Word, programa que tiránicamente cambiaba las palabras técnicas que le eran desconocidas por otras que le eran más familiares, pero que no necesariamente eran técnicas ni adecuadas al contexto. Lo que me demandaba tiempo, además de un tremendo esfuerzo en los ojos, era releer, línea por línea, un libro de más de cuatrocientas páginas, con el único fin de detectar el más pequeño error ortográfico o sintáctico que el Word hubiera podido perpetrarle al documento sin que yo me hubiese dado cuenta durante los meses de febril traducción. Era mi nombre el que figuraría en el libro impreso como el responsable de la traducción. Por tanto, debía asegurarme de que el trabajo quedase inmaculado.

Cogí mi billetera. Estaba gordita. Llevaba una cantidad estimable de billetes de veinte soles -con un billete de veinte soles se podía comprar dos arroz chaufa y dos Inka Kolas-. Estos billetes eran una pequeña parte del dinero cobrado por los proyectos de la empresa que mi hermano y yo habíamos creado. Esos proyectos, y su consecuente dinero, eran los que me permitían sostener una vida comiendo en la calle y durmiendo en una diminuta habitación del jirón Zepita. El solo sueldo que recibía de Jean Carlo hubiera hecho imposible sufragar mi vida de escritor maldito, de poeta negro, como diría Artoud.

La billetera, que tenía tres años –quizá, cuatro- de antigüedad, me la había regalado mi esposa. Lo primero que coloqué en uno de sus compartimientos, lo recuerdo claramente, fue un par de fotografías. Una, tamaño carnet, de mi hija recién nacida, la carita blanquita, los ojitos cerrados, la frente amplia orlada de una leve pelusa. Dormía, soñaba con sus angelitos. La otra, una foto de mi esposa, también de tamaño carnet. Aparecía seria, el cabello negro largo, muy largo, la mirada fija, los labios medio morados. En aquella época, Rosario y yo desconocíamos nuestras existencias. En aquella época, por increíble que parezca, le era fiel a mi esposa.

Cuando regresé, una semana después, a la casa de la que había sido expulsado, para recoger alguna poca ropa, mi esposa me entregó la billetera. Verla –a la billetera, no a mi esposa- fue un golpe exquisitamente violento hacia aquellos primeros meses de convivencia familiar, cuando decidí vivir dedicado al trabajo, a la escritura, la lectura, y a la familia. Me prometí no volver a extraviar esa billetera. Aún estaba la foto de mi hija; la de mi esposa había desaparecido, ella la había hecho pedazos. Supongo que pensó que no merecía tenerla en mi billetera, así como no merecía tenerla en mi vida.

Con la billetera en el bolsillo trasero de mi pantalón negro, salí. En el umbral de la puerta de la recepción, se recortaba contra la luz del mediodía la figura de Patricia. Sí, no tenía culo, pero era bonita. Miraba hacia afuera, hacia el patio. ¿Qué pasa, ah?, le pregunté a Patricia. Afuera de la oficina, en el patio, Jean Carlo y Venancio, el portero del local, daban vueltas alrededor de la camioneta del primero. Ay, ese Jean Carlo es bien distraído: Ha dejado las llaves de su camioneta dentro de la misma camioneta. Ahora están tratando de abrir una de las puertas con lo que sea. La camioneta de Jean Carlo, una Suzuki negra del año, obstaculizaba la salida de las camionetas de la oficina vecina. Así que no solo Jean Carlo y Venancio eran las únicas personas interesadas en darle solución al problema. Alguien, que llevaba una llave Stilson en la mano, sugirió, medio en broma, medio en serio, romper el vidrio de la puerta del lado del piloto. Jean Carlo le arrebató la llave inglesa y se acercó al mencionado vidrio de la camioneta, propinándole dos furibundos golpes con la cabeza de la llave. Una ligerísima abolladura se originó en la superficie de la luna. Aguanta, le dijo Venancio. Había confianza entre Venancio y Jean Carlo, confianza que le permitía a Venancio tutear a Jean Carlo. Déjame intentar este truco. Jean Carlo quedó conmovido por los golpazos. Como lo dictaba la tercera ley de Newton: Toda acción originaba una reacción; en consecuencia, los golpes que le imprimió al vidrio regresaron a él con la misma velocidad y rudeza.

¿Vas a almorzar?, averiguó Patricia. , le dije, observando los infructuosos intentos de Jean Carlo y la collera por recuperar la llave de la camioneta sin infligirle a ésta demasiados daños. ¿Te acompaño? Esta vez traje algo de dinero para comer afuera. Es que no pude traer mi comida, dijo Patricia. No hay problema, le dije. Vamos, no más.  

Cruzamos la avenida Guardia Civil. Había que andarse con cuidado al cruzarla. La solían frecuentar pesados y largos camiones, además de buses, autos particulares y mototaxis. A estos vehículos, las velocidades mesuradas les eran ajenas. Cuando llegamos al islote peatonal que separaba los carriles de direcciones opuestas, mi mano, accidentalmente, topó la cintura de Patricia. Y es que, desde que hubimos salido de la oficina, nuestros cuerpos habían andado muy juntos, casi pegados. El tope, si bien accidental, me comunicó que algo interesante podría surgir entre Patricia y yo. Habría que esperar pacientemente.

La tarde se consumió rápidamente. En algún punto de ella, recibí unas fotos que mi esposa me envió al Messenger. Nuestra hija había participado en un concurso de disfraces del colegio. Su disfraz, hecho ingeniosa, hábil y primorosamente por mi esposa, había ganado el primer lugar de su salón. Nuestra bebe –yo le decía bebe a pesar de sus cuatro años de edad- fue el iPod más lindo que Apple hubiera podido fabricar. La canción que reproducía el iPod bebé era una de The Doors. La puse pensando en ti, escribió mi esposa. Sé que a ti te encanta. Había un ligero error en el nombre de la canción. Decía: Ligth My Fire. Debía decir: Light My Fire, con la h entre la g y la t. Mi esposa escribió: Ay, Daniel, tú siempre corrigiéndome. Eres un chinche. Cagas el momento feeling.

                                                        Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=deB_u-to-IE

Faltaba una hora para las seis cuando oí unos moderados golpes en la puerta principal de la oficina. Oí caminar a Patricia hacia la puerta, abrirla y las voces de un par de señores. Ella dijo: Sí, ahora le aviso a Jean Carlo. Oí a Patricia levantar su teléfono y comunicarle a Jean Carlo, cuya oficina estaba a un par de metros de distancia de la de Patricia, que los señores de la empresa tal acababan de llegar. Oí a Patricia colgar el auricular y decirles: Pasen, por favor; por aquí.   

Un minuto después, Patricia se acercó a mi escritorio. Ay, Jean Carlo me ha dicho que les prepare café a sus invitados. ¿Me ayudas? Desde que Jean Carlo hubo comprado la máquina para hacer café (hacía tres tipos de café: Americano, Capuchino y Latte), me había convertido en un experto utilizándola. Patricia, debido a su religión, no se acercaba a la máquina. Los mormones tenían prohibido beber café o acercarse a él. 

Bueno, hagamos café, dije. Estábamos en frente de la máquina, en la habitación más alejada de la empresa, lugar que servía como kitchenet y almacén de algunos pequeños repuestos. Estábamos muy juntos uno del otro. Podía sentir su perfume. ¿Qué te ha pedido?, le dije. Un americano y dos capuchinos, contestó. Ya, listo, no hay problema. Ahorita los preparamos, le dije. Nos reímos. Nos reíamos, creía yo, porque nos sabíamos envueltos en una situación peculiar y un tanto cojuda: Dos empleados unían sus fuerzas para preparar los cafés que el jefe había solicitado. La situación era cojuda, sí, pero había complicidad y voluntad; eso era lo importante. Al menos, yo sentía que nos caíamos bien, que nos habíamos caído bien desde que nos hubimos conocido, que le transmitía confianza. En esos momentos de sonrisas y, según yo, coqueteos, se me subía el ego a su máxima expresión. Siempre tenía el ego en su cenit cuando interactuaba muy cercanamente con chicas que me gustaban o que gustaban de mí –esto último, si bien anómalo, ocurría con alguna frecuencia. Pero no dejaba traslucir mi gusto hacia ellas; por el contrario, procuraba actuar como si nada a mi alrededor ejerciera influencia alguna, positiva o negativa, sobre mí. Es decir, actuaba como un chico guapo –cosa que no era ni remotamente- que, por su apolínea beldad, trataba con cierta distancia a las mujeres que se interesaban por él o que a él les interesaba. En mis treinta y tres años de vida, había aprendido que hacerse el interesante, edificar cierta barrera inicial entre uno y las chicas, era mucho más ganancioso que andar de perrito faldero.

Me concentré en hacer los mejores cafés. Saqué la caja de leche de la refrigeradora. Vertí la dosis necesaria de leche para hacer dos capuchinos en el compartimiento correspondiente de la máquina. Por su parte, Patricia cogió el recipiente donde, enseguida, colocó la porción justa de café molido. El recipiente taponado de café fue reinsertado en la posición correspondiente. Falta el agua, dijo Patricia y nos reímos cuando los dos, al mismo tiempo, como si nuestras mentes hubieran decidido accionar nuestras manos de modo simultáneo, cogimos el mismo botellón de agua San Luis. Vertimos el agua. Ahí, no más; ahí está bien, me dijo.

Primero hagamos el americano, dije y presioné el botón que decía Americano. La máquina hizo un ruido y un hilo oscuro empezó a llenar la taza que, por su tamaño, correspondía al capuchino. Ay, no, Daniel, esa no es la taza del americano, me reprendió Patricia, entre risas. Yo también reí. Había colocado esa taza intencionalmente, sabiendo que era la equivocada. Creía yo que la estrategia de hacerse el cojudo, en ciertos casos, servía para facilitar que la mujer se sintiera más cómoda con uno. Era una manera, me parecía que efectiva, de festinar vínculos de confianza. Actué haciendo las mismas cabriolas que hubieran hecho Charles Chaplin o Cantinflas. Hice un par de movimientos indecisos, bastante histriónicos, que daban a entender que quería cambiar la taza pero el chorro oscuro era más listo que yo y no me dejaba hacer el cambio. Patricia reía. Luego, siguiendo la  mascarada, fingí que se me había ocurrido una estupenda idea, aunque la idea, valgan verdades, la tenía planeada desde que hube colocado la taza equivocada debajo del embudo por el que saldría el chorro de café. No hay problema; llenemos esta taza con café y luego vertemos un poco en esta y otro en esta otra y solo les agrego la leche en crema y así ya tenemos los capuchinos. Y a lo que quede en esta taza le ponemos azúcar para el americano. La idea era buena. ¿Estás seguro?, desconfió Patricia. Claro, le dije. Volví a presionar el botón que decía Americano. Un minuto después, presioné el botón una vez más. La taza se llenó. La superficie del líquido oscuro tenía encima burbujas medio amarillas que se regeneraban y rompían a medida que el calor despedido desde lo más profundo de la masa del café ascendía hacia la atmósfera del kitchenet que apuntaba a ser el albergue del primer beso que Patricia y yo pudiéramos darnos.

Vertí sendas dosis en las tazas correspondientes a los capuchinos. La taza del contenido original conservó la mitad del líquido. No pude evitar derramar algo del café en la mesa. Ese error sí que no fue premeditado. Mi pulso nunca fue el mejor. Ay, Dani, botaste el café, me reprochó Patricia. Es que mi pulso anda medio jodido, me excusé. Ay, no digas lisuras, oye, me reprendió cariñosamente, tocándome el hombro. Cogió un pedazo de papel toalla y limpió la superficie de madera de la mesa del kitchenet.

Ahora, por fa, pásame las tazas para el capuchino, le dije. Patricia me alcanzó una taza. Coloqué el recipiente debajo de la cánula por la que debía salir la leche, gracias al mecanismo de vaporización de la máquina, en forma de crema. Presioné el botón que decía Latte. Cuando presionabas el botón del latte, aparecía un brevísimo chorro de café, muy pero muy breve, para dar lugar, luego, a la masa de leche. Llené tres cuartas partes de la taza con la leche en crema. Por fa, ve echándole un par de cucharadas de azúcar a esta. Yo voy llenando la segunda taza, le dije a Patricia. Repetí el proceso para crear el segundo capuchino. A la taza del americano solo había que agregarle, también, dos cucharadas de azúcar. Y revolver.      

Cuando puse la segunda tasa de capuchino sobre la mesa, para que Patricia le echara el par de cucharadas, me encontré con ella, parada delante de mí y extendiéndome una cucharada del primer capuchino al que acababa de echarle el azúcar. Prueba, me dijo. Yo por mi religión no puedo; así que tú mismo tendrás que probar cómo te ha salido el café. Tenía el pulso firme. La cucharita no temblaba. Los ojos de Patricia estaban atentos a las reacciones de mi boca. Debía abrirla y dejar que me introdujera la mezcla para que soltara mi veredicto. No podía creer que en tan poco tiempo hubiera logrado que Patricia estuviera a punto de darme las cosas en la boca, como si fuera una devota y cariñosa enamorada. Abre, pues, me dijo, los ojos expectantes y una sonrisa de labios arrebolados y dientes perfectos y blancos, dientes que no dejaban de ser cepillados exactamente media hora después de cada comida.

Acerqué mi boca a la cuchara. Mis ojos oscilaron entre el líquido que se me ofrecía, los labios de Patricia y sus ojos que perdían de vista a mi boca. Entonces, pensé que la vida era pródiga conmigo en cuanto a oportunidades, buenas o malas. Solo había que ser paciente y, cuando fuera necesario, audaz, temerario. Era el momento de ser temerario, me dije, de desviar mi boca de la cuchara y estrellarla violenta y apasionadamente contra los labios de Patricia. El beso tenía que ser ardoroso y desenfrenado para no dejar resquicio a reclamos, ni cargos de conciencia. Debía besarla fuerte y rápido para luego huir y dejarla a solas con sus pensamientos. El hecho de estar a punto de besar a una mujer con enamorado, novio o marido era una situación que me estimulaba en demasía. Ciertamente, las prefería comprometidas.


Lima, viernes 23 de setiembre del 2016.