¿Estás bien, Elise?, dijo Tom.
Sí, papi,
dijo ella, con la misma serenidad y alegre talante con los que le contestó a la
misma pregunta hacía solo menos de dos minutos cuando Tom llamó por primera vez
esa tarde. Solo hay una hora de diferencia entre Nagano y Queensland, papi. No
estoy al otro lado del mundo. No tienes de qué preocuparte.
Tienes razón,
dijo él. Vuelve a contarme qué vas a hacer hoy, por favor. Me gusta
escucharte.
Ella le volvió a relatar lo que estaba a punto de
hacer antes de irse a casa a descansar, luego de haber trabajado todo el día masajeando
los pies y espaldas de las exigentes clientes de la clínica fisioterapéutica
alojada en el complejo turístico donde también estaba el telesilla que
abordaría ni bien terminase esa llamada.
No sé por qué siento que algo malo va a pasar, pensó Tom con galopante angustia, mientras su hija
le repetía, con el mismo candor de hacía unos minutos, que siempre había
querido subirse a un telesilla. Este recorre el hermoso y abismal vacío
entre las dos puntas de la montaña del complejo, dijo ilusionada.
Los miércoles, como hoy, nadie usa el telesilla. Lo
tendré para mi solita, continuó. Incluso,
añadió, se animaría a grabarse con el celular. Va a ser muy divertido. Ayer
me enseñaron a usar la máquina. Así que yo misma la prenderé y la apagaré luego
de haber dado un par de vueltas.
¿Pero cómo vas a apagar la máquina si vas a estar en
una de las sillas?, dijo Tom,
alarmado.
Esa máquina, que se llama telesilla, papá, se puede
programar para que se desactive una vez hecho el recorrido. No te preocupes.
Todo está bajo control.
Tom no podía determinar si era eso lo que le
preocupaba. Quizá no.
Disculpa mis temores de viejo.
¿Cuál viejo, papá? Eres súper joven. Y guapo. Mis
amigas dicen que hasta saldrían contigo si vivieras aquí. Ya te contaré cuando
nos volvamos a ver en unos seis meses.
Seis meses,
suspiró Tom.
Seis meses no son nada, papá. Se van a ir volando.
Del otro lado, no recibía la misma emoción que ella manifestaba,
entonces acolchó su situación: No tienes nada de qué preocuparte. Vivo en un
país seguro, en una ciudad segura. Mi vida es aburrida, pero tranquila. Por eso,
hoy me voy a regalar este paseo en el telesilla. En unas horitas, te enviaré
las fotitos y los vídeos. Te vas a morir con la vista y vas a querer venir pronto.
Pero no fue Tom quien murió; lo hizo ella cuando, por un error en la programación del telesilla y el fortuito y desgraciado acoplamiento de correas y ganchos, quedó suspendida a cientos de metros de una mortal caída, deteniéndosele el corazón de la impresión.
Luego de enterado de la luctuosa noticia, Tom se
prometió no volver a ignorar la agorera voz que una vez le susurró, con la pertinacia
de un mosquito, el funesto futuro que se le venía; una voz que llegó desde
lejos y, justamente por eso, no logró ser del todo clara.








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