Ojo por ojo; la esencia de todas las venganzas.
John Katzenbach
¿El mismo
día de su boda?
El mismo
día, confirmó.
¡Increíble!
¿Y qué hizo su viejo?
El huevón
del viejo no hizo mucho. Solo se limitó a pedir disculpas por la fuga de su
hija poniendo cara de cojudo.
Yo, en su
lugar, le hubiera sacado la mierda al novio. ¡Imagínate! Que alguien le diga puta a mi hija en su
propia boda. Y que ese alguien encima sea su futuro esposo. ¡Ta huevón! Yo lo hubiera destrabado a puñetazos ahí mismo.
Yo también,
cojudo.
Los
dialogantes empinaron los codos. Las gargantas bañaron su sed y quedaron listas
para continuar con el cotillón.
¿Y dice que
la chibola no ha salido de su cuarto desde ese día?
Así es, dijo el
otro tras contener un eructo. Con las justas deja que la vea su vieja y una
sirvienta que tiene.
Se vaciaron
una botella más de vino. Las voces ya no eran discretas; tronaban en el
ambiente, jalonando las orejas de los borrachines vecinos.
Puede ser el
engreído de quien chucha quieras, pero por algo el virrey no fue a su boda. Al
virrey le llega al pincho todos los galardones de ese huevón, porque sabe que,
en el fondo, es un buen pedazo de mierda. Y eso quedó confirmado, compare, porque
solo un gran pedazo de mierda llama puta de mierda de su mujer en plena boda. El eructo
que colofonó lo dicho fue remecedor. Continuó: Como dice el dicho, la mona,
aunque se vista de seda, mona se queda. Y ese compare siempre será un bruto por
muy importante que sea o llegue a ser en la corte del virrey.
¿Qué has
dicho, imbécil?, dijo Sebastián, brigadier español a quien, sin duda
alguna, iban dirigidas esas acres palabras. Repíteme lo que acabas de decir,
malparido, volvió a ladrar el militar, que también acababa de ser nombrado
gobernador con la anuencia de Fernando VII, rey de España.
¿Qué parte
quieres que te repita? ¿Cuando digo que eres un bruto?, dijo el
interpelado, sin dar trazas de sumisión.
Sebastián desenvainó
su espada.
Esta
espada, miserable de mierda, me ha llevado a puestos y rangos que cualquier
militar soñaría con conquistar a los treinta años. Y con esta misma espada voy
a hacer que tu cabeza termine en este suelo mugre, oe, reconchatumare, si no te
me retractas ahorita mismo, dijo Sebastián.
A eso me
refiero, dijo el amenazado sin perder la compostura u orinarse en los
pantalones, a pesar de que la punta de la espada de Sebastián oscilaba a pocos
centímetros de su cuello. Perdiste a tu mujer por llamarla puta en plena
ceremonia. ¿A quién se le ocurre? No eres capaz de ser un noble caballero como
lo aseguran tus títulos. Eres un huevón cachaco más, como cualquiera de
nosotros aquí. Nada más. Solo eres eso. O, si no, demuéstranos que eres un
caballero. Trata de hablar sin decir lisuras, sin ladrar groserías. Que tu
lengua tenga la nobleza de tus muchos títulos, huevonazo.
Cada
palabra fue un sablazo en el ego de Sebastián. Cada admonición fue mucho más
filuda y efectiva que esa espada que lenta e impotentemente se volvía a
envainar.
Tras
sostenerle la mirada a su fulminante crítico, Sebastián abandonó el lugar.
***
Oye, le dijo el
hombre a su mujer, la próxima semana se cumple ya un año de la boda
frustrada de la bebe, ¿no?
La mujer,
que bordaba tranquilamente acomodada en uno de los sillones del amplio salón de
su palacete ubicado a pocas cuadras del palacio del virrey, dijo, con
puntillosa precisión: Han pasado cincuenta y una semanas, un día y
diecisiete horas. Cómo olvidarme de esa fecha si desde ese día nuestra bebe se refugió
en su alcoba sin salir para nada. Es como si se me hubiera apagado el alma. ¿Te
imaginas lo que ha sido para mí todo este tiempo sin gozar de su bondadosa
sonrisa, sin regocijarme con sus gráciles movimientos o sin respirar de la
dulce música que le sacaba al piano?
El hombre puso
cara de circunstancia. Su esposa, aunque exagerando como siempre, tenía razón. El
ambiente de la casa no era el de antaño. La razón radicaba en el encierro
autoimpuesto de la niña de la casa. Y todo por la culpa del militarote aquel
que no supo guardar las formas.
La mujer
completó: Pero ¿cómo se le va a pedir guardar las formas a un militarote
bruto? Esas bestias nacieron para rumiar y balar entre sus iguales. Por muy generales
que sean, siempre serán unas bestias.
El hombre
vio pasar, allá por el corredor que daba a la cocina, al negro Tomás, llevando un
plato humeante de frejoles.
Oye, ven para
acá, negro cojudo.
Tomas pegó
un respingo, poniendo en riesgo la integridad del plato. Se acercó
diligentemente a su patrón.
Mi señor,
¿en qué le puedo servir?
Oye, ayer
te dije que no te quería ver dentro de la casa en un mes, ¿qué mierda estás
haciendo aquí entonces? ¿O yo hablo por las huevas?
El negro sonrió
inocentemente.
Pensé que
lo decía en broma, mi señor.
¡Cuál
broma, oye, cojudo! Bien clarito te dije que no quería ver tus patas hollando
mi piso por un mes. ¿Ya pasó un mes? No, ¿verdad? No ha pasado ni un día y tú
ya me estás desobedeciendo. ¿Dónde está la india?
La india
era la india María, que trabajaba como supervisora del personal del hombre.
Dígame, patrón, apareció María,
que había estado espiando la situación desde la cocina.
Ahorita
mismo dile al indio de tu marido que me ponga a este negro en el cepo y que le
metan cien latigazos. ¡Pero ya mismo, india! O si no, tu marido y tú se le
van a unir en el cepo a este negro sabido.
¡Alto!, se escuchó
de pronto una voz que no podía ser otra que la de Manuelita. No voy a
permitir que algún día te terminen cruzando la espalda a punta de latigazos,
papá, continuó ella mientras bajaba al salón, lugar donde ocurría la
trifulca despertada por la causa de Tomás.
Al ver a su
hija por fin abandonando la habitación en la que se había auto recluido durante
casi un año, saltó de alegría y olvidó por un momento el castigo que le estaba
dictaminando al negro Tomás.
¡Hija mía,
hija bella, por fin te recuperaste, mi amor! El hombre, con los brazos
abiertos, corrió hacia la jovencita.
Ella tenía
el semblante serio, los brazos caídos, uno de ellos apoyándose ligeramente en
el barandal.
No, pues,
mamita bella, dijo el hombre al sentir el ánimo de su hija. No
te vas a poner así porque le llamo la atención a ese negro miserable, ¿no?
No quiero
ver cuando todos ellos, argumentó la joven, señalando a la servidumbre que se
apretujaba detrás de las paredes de la cocina porfiando por no perderse el
chisme y el destino del negro Tomás, nos hundan un puñal en el pecho en venganza
por todas las atrocidades que les hacemos, que les haces tú.
¿Cómo crees
que estos miserables se van a atrever a clavarme un puñal? Primero los mato yo.
No hables tonterías, mamacita, se deshizo en mieles el hombre.
No vuelvas
a humillar a alguien, padre. Te lo suplico. Si vas a castigar, castiga, sé justo;
pero no humilles. La venganza quizá no recaiga en ti ni en nosotros; pero
seguro lo hará sobre tus nietos o bisnietos.
Luego, la
muchacha se acercó hacia donde estaba su madre, quien era toda lágrimas por ver
a su princesa liberándose de su auto impuesta reclusión.
Madre,
calma, pidió serenamente la joven. Envía a nuestro heraldo a la casa de mi
todavía esposo con el mensaje de que dentro de tres días retomaremos la
ceremonia que yo interrumpí al oír de su boca uno de los peores insultos que
jamás hube recibido en mi vida. Que le diga también que en esa ceremonia
arreglaremos el asunto de la ofensa.
Los ojos de
la vieja mujer saltaron henchidos de esperanza.
***
Sebastián fue
a contarle la buena noticia a su mejor amigo: Oye, cojudazo, mi esposa me acaba
de perdonar. Me levantó el castigo. Estoy feliz, huevonazo. Hoy yo pongo los
vinos. Vamos a celebrar esta victoria.
¿Qué?, dijo el
amigo, perplejo. La acción de la esposa de su camarada había sido definitiva y
contundente. Entonces, ¿cómo así reculaba? Y ¿por qué después de casi un año? Necesitaba
escuchar cada detalle de esa nueva. Claro, vamos. Tienes que contármelo todo.
Claro,
cojudo, te voy a contar todo misma vieja chismosa.
Los hombres
echaron a andar.
Pero para
empezar te diré, dijo Sebastián, que ninguna mujer puede dejar
pasar la oportunidad de que este pecho sea su esposo, uno de los más leales y
reconocidos caballeros del virrey y del rey, carajo. Debía de estar loca mi
mujer para echarme al cesto de la basura, así como así.
***
La
decoración era idéntica a la de aquel infausto baile. Se diría que,
prácticamente, el evento nunca se hubo interrumpido por casi un año, que
continuaba como si ningún ultraje verbal hubiera ocurrido.
Los
invitados conversaban básicamente los mismos temas que el año anterior, aunque
la mayor interrogante se cernía sobre la actitud que demostraría la
novia-esposa al aparecer en el salón. El esposo, postergado un año de sus
funciones maritales por la intempestiva huida de su esposa, se mostraba ahora
circunspecto, ajeno a las risas, el talante tieso, como si hubiese recibido un
entrenamiento acelerado pero efectivo de etiqueta y normas de conducta. La
risa, cuando la mostraba, era regia y breve; su andar ya no el del militar de corralón
sino el de un caballero medieval.
La corte de
músicos tocaba melodías apaciguadas que invitaban al sereno acompasamiento.
Los
bocaditos destinados a robustecer el ánimo de los circunstantes eran apenas algo
más deliciosos que los servidos el año anterior. El vino circulaba
comedidamente entre las parejas y entre los señores que hacían lobbies para que
el virrey les concediera privilegiadas atenciones en sus negocios.
Solamente
la corte musical continuó liberando melodías cuando se vio la grácil figura de
Manuelita descendiendo armoniosamente por el escalonado de mármol. Se sujetaba
levemente de la baranda, con garbo, la cabeza en alto cubierta por un velo de
liviano color que disimulaba sus facciones. Los invitados y familiares
enmudecieron.
El postergado
esposo, el militar, luciendo el mismo uniforme de gala con el cual se hubo
pavoneado el año pasado, regio y comedido, se acercó a la desembocadura de la
escalera para recibir a su mujer. Para su sorpresa, ella, a tres escalones ya de
encontrarse con él, desplegó los brazos cual cóndor que se aprestaba a alzar
vuelo tras haber detectado a alguna despreocupada presa solazándose en alguna
lejana pastura.
Carajo, pensó
Sebastián, luego de un año de ausencia, de no vernos absolutamente nada, de
pronto me recibe con esa sonrisa angelical y los brazos extendidos. ¡Increíble!
A pocos
centímetros de él, Manuelita replegó el brazo derecho y se lo llevó al escote. ¿Será
que le está picando una teta?
Un segundo
después, ambos amantes fundieron sus cuerpos en un abrazo al pie del primer peldaño
de aquella señorial escalera.
De pronto,
la mirada del militar fue una mezcla de confusión y de angustia. Miró a los
ojos de su esposa. Trató de buscar en ellos la respuesta a la quemazón que sentía
en pleno pecho. Y la encontró: venganza. Los labios de la mujer comenzaron a
modular lo que sus ojos ya le habían revelado: Me cagaste en público y en público
te cago a ti.
Esas
palabras marcaron el chorreado descenso del cuerpo del hombre hacia el suelo.
La
exhalación de macabra sorpresa fue unísona en el gran salón. Todas las miradas
recayeron sobre el mango del puñal que sobresalía por encima del corazón del postergado
esposo. La sangre manaba ferozmente con cada uno de los apagados latidos del agonizante,
aunque ya inconsciente hombre.
Como si
nada hubiese pasado, la mujer, con la misma flema con la que descendió por los
escalones, volvió a subirlos, ignorando los crecientes murmullos que empezaban
a colmar el lugar, sabiendo que por fin había lavado, del modo más
satisfactorio posible, una herida que no había dejado de sangrar durante todo un
año.
Una sonrisa
de complacencia iluminó su regreso a la habitación en donde había maquinado serenamente
y durante doce meses su deliciosa venganza.