viernes, 28 de marzo de 2025

CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - Tú la tienes que pagar (Cuento inspirado en Palabra suelta no tiene vuelta)

 

Ojo por ojo; la esencia de todas las venganzas.

John Katzenbach

 

¿El mismo día de su boda?

El mismo día, confirmó.

¡Increíble! ¿Y qué hizo su viejo?

El huevón del viejo no hizo mucho. Solo se limitó a pedir disculpas por la fuga de su hija poniendo cara de cojudo.

Yo, en su lugar, le hubiera sacado la mierda al novio. ¡Imagínate! Que alguien le diga puta a mi hija en su propia boda. Y que ese alguien encima sea su futuro esposo. ¡Ta huevón! Yo lo hubiera destrabado a puñetazos ahí mismo.

Yo también, cojudo.

Los dialogantes empinaron los codos. Las gargantas bañaron su sed y quedaron listas para continuar con el cotillón.  

¿Y dice que la chibola no ha salido de su cuarto desde ese día?

Así es, dijo el otro tras contener un eructo. Con las justas deja que la vea su vieja y una sirvienta que tiene.

Se vaciaron una botella más de vino. Las voces ya no eran discretas; tronaban en el ambiente, jalonando las orejas de los borrachines vecinos.

Puede ser el engreído de quien chucha quieras, pero por algo el virrey no fue a su boda. Al virrey le llega al pincho todos los galardones de ese huevón, porque sabe que, en el fondo, es un buen pedazo de mierda. Y eso quedó confirmado, compare, porque solo un gran pedazo de mierda llama puta de mierda de su mujer en plena boda. El eructo que colofonó lo dicho fue remecedor. Continuó: Como dice el dicho, la mona, aunque se vista de seda, mona se queda. Y ese compare siempre será un bruto por muy importante que sea o llegue a ser en la corte del virrey.

¿Qué has dicho, imbécil?, dijo Sebastián, brigadier español a quien, sin duda alguna, iban dirigidas esas acres palabras. Repíteme lo que acabas de decir, malparido, volvió a ladrar el militar, que también acababa de ser nombrado gobernador con la anuencia de Fernando VII, rey de España.

¿Qué parte quieres que te repita? ¿Cuando digo que eres un bruto?, dijo el interpelado, sin dar trazas de sumisión.

Sebastián desenvainó su espada.

Esta espada, miserable de mierda, me ha llevado a puestos y rangos que cualquier militar soñaría con conquistar a los treinta años. Y con esta misma espada voy a hacer que tu cabeza termine en este suelo mugre, oe, reconchatumare, si no te me retractas ahorita mismo, dijo Sebastián.

A eso me refiero, dijo el amenazado sin perder la compostura u orinarse en los pantalones, a pesar de que la punta de la espada de Sebastián oscilaba a pocos centímetros de su cuello. Perdiste a tu mujer por llamarla puta en plena ceremonia. ¿A quién se le ocurre? No eres capaz de ser un noble caballero como lo aseguran tus títulos. Eres un huevón cachaco más, como cualquiera de nosotros aquí. Nada más. Solo eres eso. O, si no, demuéstranos que eres un caballero. Trata de hablar sin decir lisuras, sin ladrar groserías. Que tu lengua tenga la nobleza de tus muchos títulos, huevonazo.

Cada palabra fue un sablazo en el ego de Sebastián. Cada admonición fue mucho más filuda y efectiva que esa espada que lenta e impotentemente se volvía a envainar.  

Tras sostenerle la mirada a su fulminante crítico, Sebastián abandonó el lugar.

***

Oye, le dijo el hombre a su mujer, la próxima semana se cumple ya un año de la boda frustrada de la bebe, ¿no?

La mujer, que bordaba tranquilamente acomodada en uno de los sillones del amplio salón de su palacete ubicado a pocas cuadras del palacio del virrey, dijo, con puntillosa precisión: Han pasado cincuenta y una semanas, un día y diecisiete horas. Cómo olvidarme de esa fecha si desde ese día nuestra bebe se refugió en su alcoba sin salir para nada. Es como si se me hubiera apagado el alma. ¿Te imaginas lo que ha sido para mí todo este tiempo sin gozar de su bondadosa sonrisa, sin regocijarme con sus gráciles movimientos o sin respirar de la dulce música que le sacaba al piano?

El hombre puso cara de circunstancia. Su esposa, aunque exagerando como siempre, tenía razón. El ambiente de la casa no era el de antaño. La razón radicaba en el encierro autoimpuesto de la niña de la casa. Y todo por la culpa del militarote aquel que no supo guardar las formas.

La mujer completó: Pero ¿cómo se le va a pedir guardar las formas a un militarote bruto? Esas bestias nacieron para rumiar y balar entre sus iguales. Por muy generales que sean, siempre serán unas bestias.

El hombre vio pasar, allá por el corredor que daba a la cocina, al negro Tomás, llevando un plato humeante de frejoles.

Oye, ven para acá, negro cojudo.

Tomas pegó un respingo, poniendo en riesgo la integridad del plato. Se acercó diligentemente a su patrón.

Mi señor, ¿en qué le puedo servir?

Oye, ayer te dije que no te quería ver dentro de la casa en un mes, ¿qué mierda estás haciendo aquí entonces? ¿O yo hablo por las huevas?

El negro sonrió inocentemente.

Pensé que lo decía en broma, mi señor.

¡Cuál broma, oye, cojudo! Bien clarito te dije que no quería ver tus patas hollando mi piso por un mes. ¿Ya pasó un mes? No, ¿verdad? No ha pasado ni un día y tú ya me estás desobedeciendo. ¿Dónde está la india?

La india era la india María, que trabajaba como supervisora del personal del hombre.

Dígame, patrón, apareció María, que había estado espiando la situación desde la cocina.

Ahorita mismo dile al indio de tu marido que me ponga a este negro en el cepo y que le metan cien latigazos. ¡Pero ya mismo, india! O si no, tu marido y tú se le van a unir en el cepo a este negro sabido.

¡Alto!, se escuchó de pronto una voz que no podía ser otra que la de Manuelita. No voy a permitir que algún día te terminen cruzando la espalda a punta de latigazos, papá, continuó ella mientras bajaba al salón, lugar donde ocurría la trifulca despertada por la causa de Tomás.

Al ver a su hija por fin abandonando la habitación en la que se había auto recluido durante casi un año, saltó de alegría y olvidó por un momento el castigo que le estaba dictaminando al negro Tomás.

¡Hija mía, hija bella, por fin te recuperaste, mi amor! El hombre, con los brazos abiertos, corrió hacia la jovencita.

Ella tenía el semblante serio, los brazos caídos, uno de ellos apoyándose ligeramente en el barandal.

No, pues, mamita bella, dijo el hombre al sentir el ánimo de su hija. No te vas a poner así porque le llamo la atención a ese negro miserable, ¿no?

No quiero ver cuando todos ellos, argumentó la joven, señalando a la servidumbre que se apretujaba detrás de las paredes de la cocina porfiando por no perderse el chisme y el destino del negro Tomás, nos hundan un puñal en el pecho en venganza por todas las atrocidades que les hacemos, que les haces tú.

¿Cómo crees que estos miserables se van a atrever a clavarme un puñal? Primero los mato yo. No hables tonterías, mamacita, se deshizo en mieles el hombre.

No vuelvas a humillar a alguien, padre. Te lo suplico. Si vas a castigar, castiga, sé justo; pero no humilles. La venganza quizá no recaiga en ti ni en nosotros; pero seguro lo hará sobre tus nietos o bisnietos.

Luego, la muchacha se acercó hacia donde estaba su madre, quien era toda lágrimas por ver a su princesa liberándose de su auto impuesta reclusión.

Madre, calma, pidió serenamente la joven. Envía a nuestro heraldo a la casa de mi todavía esposo con el mensaje de que dentro de tres días retomaremos la ceremonia que yo interrumpí al oír de su boca uno de los peores insultos que jamás hube recibido en mi vida. Que le diga también que en esa ceremonia arreglaremos el asunto de la ofensa.  

Los ojos de la vieja mujer saltaron henchidos de esperanza.

***

Sebastián fue a contarle la buena noticia a su mejor amigo: Oye, cojudazo, mi esposa me acaba de perdonar. Me levantó el castigo. Estoy feliz, huevonazo. Hoy yo pongo los vinos. Vamos a celebrar esta victoria.

¿Qué?, dijo el amigo, perplejo. La acción de la esposa de su camarada había sido definitiva y contundente. Entonces, ¿cómo así reculaba? Y ¿por qué después de casi un año? Necesitaba escuchar cada detalle de esa nueva. Claro, vamos. Tienes que contármelo todo.

Claro, cojudo, te voy a contar todo misma vieja chismosa.

Los hombres echaron a andar.

Pero para empezar te diré, dijo Sebastián, que ninguna mujer puede dejar pasar la oportunidad de que este pecho sea su esposo, uno de los más leales y reconocidos caballeros del virrey y del rey, carajo. Debía de estar loca mi mujer para echarme al cesto de la basura, así como así.

***

La decoración era idéntica a la de aquel infausto baile. Se diría que, prácticamente, el evento nunca se hubo interrumpido por casi un año, que continuaba como si ningún ultraje verbal hubiera ocurrido.

Los invitados conversaban básicamente los mismos temas que el año anterior, aunque la mayor interrogante se cernía sobre la actitud que demostraría la novia-esposa al aparecer en el salón. El esposo, postergado un año de sus funciones maritales por la intempestiva huida de su esposa, se mostraba ahora circunspecto, ajeno a las risas, el talante tieso, como si hubiese recibido un entrenamiento acelerado pero efectivo de etiqueta y normas de conducta. La risa, cuando la mostraba, era regia y breve; su andar ya no el del militar de corralón sino el de un caballero medieval.

La corte de músicos tocaba melodías apaciguadas que invitaban al sereno acompasamiento.

Los bocaditos destinados a robustecer el ánimo de los circunstantes eran apenas algo más deliciosos que los servidos el año anterior. El vino circulaba comedidamente entre las parejas y entre los señores que hacían lobbies para que el virrey les concediera privilegiadas atenciones en sus negocios.

Solamente la corte musical continuó liberando melodías cuando se vio la grácil figura de Manuelita descendiendo armoniosamente por el escalonado de mármol. Se sujetaba levemente de la baranda, con garbo, la cabeza en alto cubierta por un velo de liviano color que disimulaba sus facciones. Los invitados y familiares enmudecieron.

El postergado esposo, el militar, luciendo el mismo uniforme de gala con el cual se hubo pavoneado el año pasado, regio y comedido, se acercó a la desembocadura de la escalera para recibir a su mujer. Para su sorpresa, ella, a tres escalones ya de encontrarse con él, desplegó los brazos cual cóndor que se aprestaba a alzar vuelo tras haber detectado a alguna despreocupada presa solazándose en alguna lejana pastura.

Carajo, pensó Sebastián, luego de un año de ausencia, de no vernos absolutamente nada, de pronto me recibe con esa sonrisa angelical y los brazos extendidos. ¡Increíble!

A pocos centímetros de él, Manuelita replegó el brazo derecho y se lo llevó al escote. ¿Será que le está picando una teta?

Un segundo después, ambos amantes fundieron sus cuerpos en un abrazo al pie del primer peldaño de aquella señorial escalera.

De pronto, la mirada del militar fue una mezcla de confusión y de angustia. Miró a los ojos de su esposa. Trató de buscar en ellos la respuesta a la quemazón que sentía en pleno pecho. Y la encontró: venganza. Los labios de la mujer comenzaron a modular lo que sus ojos ya le habían revelado: Me cagaste en público y en público te cago a ti.

Esas palabras marcaron el chorreado descenso del cuerpo del hombre hacia el suelo.

La exhalación de macabra sorpresa fue unísona en el gran salón. Todas las miradas recayeron sobre el mango del puñal que sobresalía por encima del corazón del postergado esposo. La sangre manaba ferozmente con cada uno de los apagados latidos del agonizante, aunque ya inconsciente hombre.

Como si nada hubiese pasado, la mujer, con la misma flema con la que descendió por los escalones, volvió a subirlos, ignorando los crecientes murmullos que empezaban a colmar el lugar, sabiendo que por fin había lavado, del modo más satisfactorio posible, una herida que no había dejado de sangrar durante todo un año.

Una sonrisa de complacencia iluminó su regreso a la habitación en donde había maquinado serenamente y durante doce meses su deliciosa venganza.


CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - Con el amor de una mujer no se juega (Cuento inspirado en La gatita de Mari-Ramos que halaga con la cola y araña con las manos)

 


En la venganza, como en el amor,

la mujer es más bárbara que el hombre.

Friedrich Nietzsche

 

No cabía duda; él mismo acababa de ver, por el agujero de la puerta que lo mantenía ¿a salvo? de lo que ocurría en la otra habitación, cómo la mujer a la que tantos chicoleos le había dedicado clavó tremendo puñal en el corazón de aquel infortunado.

Y encima tuerce el puñal, mira, ve, se angustiaba Fortunato, el ojo, aún curioso y aterrado, prendido de la abertura de la cerradura de la puerta, obediente, a pesar del baño de sangre del que era testigo, a la indicación de la asesina: Quédate aquí. No vayas a salir por nada del mundo.

Y hacía un ratito nomás había estado tirando con él. ¿Era su marido? Entonces, ¿por qué lo está matando? ¿No se supone que el muerto debería ser yo? Las preguntas sin respuesta, que nacían precipitadamente en la cabeza de Fortunato, amanuense de la escribanía mayor del gobierno del virrey de Croix, ganaban volumen en posibilidades y suspicacias para luego chocar entre sí y tender aún más oscuridad en el asunto.

Veía sin ver, por eso, no se dio cabal cuenta de que Benedicta le acababa de abrir la puerta y, extendiéndole una mano, lo invitaba a salir de su reclusión. Ya todo ha terminado, le dijo. Él vio el vestido macabramente salpicado de sangre ajena y el rostro angelical de la mujer que tanto codició tiznado con el aura de la muerte. Si me quieres a tu lado por el resto de la eternidad, debes hacerme un tremendo favor. Fortunato tomó su mano, se levantó de la posición a la que el miedo lo hubo reducido y se aprestó a regresar nuevamente al mundo real.

¿Qué favor?, dijo, con una voz que intentaba sostenerse por sí misma.

***

Yo no me voy a casar con ese viejo apestoso, afirmó Benedicta, bella limeña de muy humilde condición. Sus padres habían fallecido trágica e inexplicablemente sin haberle dejado herencia alguna. Solo porque es su amigo y tiene plata no voy a aceptar que usted me case con ese viejo, tía. ¿Nunca le ha sentido usted que la ropa le apesta a pichi? Es asqueroso.

A mí no me engañas, pendeja, respondía la tía, persiguiendo a la sobrina con el palo de la escoba. Te haces la mosca muerta cuando bien que ya conoces cómo sacarles la leche a los hombres.

Dada la pequeñez de la casa, la insolente e indomable sobrina terminaba recibiendo los duros golpes que la vida les reservaba a sus más descollantes engendros.

***

La vieja no sospecha nada, le dijo Benedicta.

Pero yo soy un tipo con muchas ambiciones, mi amor. No creas que voy a ser pobre toda mi vida. Pronto voy a despegar, soñó Aquilino, sosteniendo y besando la mano de su amada. Para que me acepte, dile a tu tía que soy un hombre de grandes ambiciones, mi amor.

La bruja de mi tía no quiere ambiciones, Aquilino. Ella quiere plata; monedas contantes y sonantes ahora mismo. Y eso solo me lo puede dar el viejo decrépito con el que me quiere casar, dijo Benedicta, odiando a su tía, detestando al mundo por pincharle la burbuja de su acrisolado amor con sus dardos de plata y conveniencias.

Entonces, vámonos, huyamos. Con gente como tu tía no se puede conversar. Nunca va a entender la naturaleza de nuestro gran amor. Aquilino era veloz. Mientras le hablaba de amores en fuga y pasiones guiadas por la ternura y la fe, la había despojado de todititas sus ropas. Tenía la pinga dura y lista a hundirla en donde tanto deseaba.

***

Me encontré por Acho a la puta de mi sobrina, dijo doña Bernardina, la voz bronca e intimidante.

¡Caramba, comadre! No se exprese así de la muchacha, dijo Pancracio. No llegué a casarme con ella, pero siento como si hubiera sido mi mujer. Le tengo cariño a su sobrina, comadre. Respete mis sentimientos.

¡Qué sentimientos, compadre!, retrucó la viejecilla, quien, a pesar de su frágil apariencia, era una megera de cuidado. Esa puta debió haber pensado en su futuro. Lo ha dejado a usted, la seguridad que le podía usted dar, por ir detrás de un pezuñento muerto de hambre, bufó.

Las muchachas de estos tiempos ya no piensan con la cabeza, comadre. Ahora se las pasan en las nubes soñando con muertos de hambre de cara bonita que luego terminan dándoles una vida de perros. Así es, comadre. Más no se puede hacer. Yo, sí, estoy solo, pero muy bien económicamente hablando. Plata no me falta, para qué. Mi negocio cada día está más fuerte, dijo Pancracio.

¡Qué suerte, compadre!

Cuál suerte, comadre. La suerte no existe. Es trabajo puro y duro. Fíjese que el mayordomo del virrey es ahora mi casero, comadre. Todos los días va a comprarme los huevos para el desayuno de su jefe.

¿Y por qué le compra a usted y no a los tenderos que tienen sus negocios más cerca de palacio?

Por el trabajo, comadre, por el trabajo que yo sí me doy de aguantarle sus tonterías. El mayordomo quiere que los huevos tengan ciertas medidas y cierto peso. Y ninguno de los otros tenderos, por flojos, se da el trabajo de complacerlo. Yo sí me doy ese trabajo. Y le tengo la paciencia para que escoja los huevos que le llevará al virrey. Y eso me ha generado que él disponga que gran parte de la verdulería y carnicería que se come en palacio provenga también de mi tienda. El relato que ensalzaba sus cualidades fenicias lo llenaron de orgullo y los ojos le brillaron. Así que aquí no hay suerte, comadre; hay trabajo, trabajo y más trabajo.

La cojuda de mi sobrina se perdió a un gran hombre, dijo la mujer con pena y rabia por no poder disfrutar parejamente de las ingentes monedas que su compadre generaba gracias al virrey de Croix.  

***

Luego de unos minutos, Fortunato se armó de valor para dejar de coser el cuerpo del muerto al costal que Benedicta le había alcanzado.

No solo hay que meterlo en el costal, también tienes que coserlo al costal, le había indicado ella mientras él aún trataba de procesar lo que aquella mujer de apariencia angelical había hecho hacía unos momentos.

Mira; a este costal le he cosido este cinturón de rocas para que el cuerpo se vaya derechito al fondo del río, que es donde pertenece este infeliz. Por eso debes asegurarte de que el cuerpo quede bien cosido a esto, le había dicho Benedicta. Todavía en shock, el cuerpo temblando, sin saber cómo estaba siendo capaz de perforar con esa tremenda aguja la piel de un ser humano y pasarle una gruesa cuerda por entre las venas, dejó su labor y le preguntó por qué, por qué había apuñalado así a ese hombre.

Porque me convirtió en esto, dijo ella, ocupada en limpiar el desastre sangriento que decoraba macabramente la escena.

No entiendo, dijo Fortunato.

Porque jugó con mi honra. Me prometió amor, una familia, un nombre y lo primero que hizo luego de usarme como su puta fue irse detrás de lo que verdaderamente adoraba: la plata. Se largó a Cerro de Pasco en donde se hizo minero y casó con una cojuda de buena familia. Y yo, yo me quedé aquí, deshonrada en esta ciudad de mierda que te juzga con la mirada y te cierra las puertas de la honra y de la moral ni bien creen que no pasas por la horma de sus calzados. Y me volví costurera. Por eso, apenas me veías salir de este cuartucho. Solo salía de aquí los jueves y los domingos; los jueves para recoger y dejar los trabajos que me encargaban, y los domingos para ir a misa. Este cuartito miserable ha sido mi hogar gracias a que este hijo de puta jugo conmigo y con mi honra. La vieja de mi tía me botó de su casa cuando me escapé con él. Mi tía era otra loca de mierda que quería casarme con un viejo millonario, pero gordo, feo y apestoso.

Con el correr de la historia, Fortunato halló confort y alivio; logró ponerse en los zapatos de su amada. Claro, Benedicta estaba en todo el derecho de vengar esa injuria. Si él hubiera sabido toda esa historia, él mismo le habría hundido el puñal al desgraciado este que he vuelto a coser al costal, ahora sí convencido de que se merece este final.

 ***

¿No hay nadie?, dijo Benedicta.

Nadie, confirmó Fortunato, la cabeza zambullida en la más absoluta oscuridad de las once de esa noche limeña. ¿Crees que podremos llevar el cuerpo de este imbécil hasta el río? ¿No será muy peligroso?

A esta hora, hasta el diablo tiene miedo de salir, dijo fríamente Benedicta. Nadie nos va a ver.

¿Pero y si nos ven?

Eres terco, ¿no?

¿Terco? No. Lo que pasa es que me estoy cagando de miedo, se franqueó Fortunato.

Oye, por si acaso, a mí me gustan los machos; no los maricones. Si te vas a poner en ese plan, lárgate ahorita mismo de mi casa y no vuelvas a buscarme más. Y si dices algo de lo que has visto aquí, ya sabes cómo soy tan capaz de usar un cuchillo para vengarme cuando me lo propongo, expuso Benedicta. Por la mirada, ahora algo más resuelta de Fortunato, el punto había quedado claro.

***

No te puedo creer, dijo Carla. ¿Cómo no se pudo haber dado cuenta el huevón?

Yo creo que con el barajo de ayudarlo a acomodarle el muerto a la espalda, ni cuenta se dio de que ella le estaba cosiendo el costal al abrigo. Además, por el pánico que debía de estar sintiendo, no la sintió para nada, dijo Enrique. Se quitó la camisa y quedó en bividí. Tenía toda la confianza de que con unos cuantos minutos más, Carla caería redondita.

Qué fea muerte. Imagínate: soltar el costal y luego sentir que algo te arrastra a ti también, con costal y todo, hasta el fondo del río. Y el río Rímac encima. Qué fea muerte, se sorprendió Carla. La falda era corta. Los muslos invitaban a un mundo de fantasías sin par.

Entonces, ¿te quedo claro el cuento de Palma?, dijo Enrique. Carla le había pedido que la ayudara con la tarea de Literatura y él había aceptado en una. Había que ser bien cojudo para ser incapaz de explicar un cuento.

Sí, súper claro, dijo Carla, cuando sintió que una lengua empezaba a devorarle el cuello.


CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cuernos (Cuento inspirado en "El encapuchado")

 


Esta niña es el mismo pie de Judas. Es más mala que la señora de***.

Antigua reconvención limeña

 

Amigo, tu hermano te está haciendo cachudo con tu propia esposa. Tienes que regresar cuanto antes a poner orden. Esa parte de la carta era la que le costaba procesar. Dejó de lado todo lo que estaba haciendo y fue a refugiarse en el bar de Lucas, su confesor y dilecto camarada.

Críspulo no me puede estar mintiendo, se decía el buen y justo don Gutierre de Ursán mientras fijaba la vista en cierta nube esponjosa que tenía toda la intención de embozar el protagonismo del sol matritense. Gutierre llevaba ya dos años en Madrid luchando por desenredar unos pleitos legales que, de estar diáfanos, le procurarían una apreciable cantidad de dinero. Le había encomendado a su hermano, Íñigo de Ursán, mozo apuesto y atrevido, no solo la gestión de la casa comercial que había fundado y hecho florecer sino también el cuidado de su joven y caliente esposa, la bella Consuelo.

Planificó sus futuros movimientos al abrigo de una gran y cálida taza de café. Estableció sus prioridades, desechó los falsos sentimientos y trazó un rumbo. Lo puso por escrito. Fueron cinco largas carillas entintadas. Ahí quedaron impresas las intenciones que decidirían el curso de su vida. La noche había caído con todo el frío que le permitía el invierno. Cerró el cartapacio donde escribió su resolución y salió a caminar, cargado con dos abrigos de muelle lana de camélido peruano.

***

Tengo un plan bellamente maquinado. Vas a ver cómo, dentro de poco tiempo, todo esto será nuestro y no tendremos que verle más la cara al imbécil de mi hermano, dijo el joven.

¿Estás seguro?, dijo la mujer, todavía cinco años menor que el joven que le recorría el cuerpo desnudo con las manos.

Totalmente seguro, mi amor, dijo él, acezando, babeando inconteniblemente, sintiéndose un dios todopoderoso haciéndole el amor a la bellísima esposa de su hermano en el propio lecho conyugal, una cama hecha para la cópula de reyes o de gentes principales. Ese plan lo concebí desde esa primera vez en que te hice mía, dijo el hombre. Y ahora, por fin, lo haré realidad. Ya está todo coordinado, continuó, feliz, satisfecho por haber previsto su futuro con la frialdad de un analista financiero.

Ella se levantó y, adoptando una postura que le rompería los sesos al cura más santo de la ciudad, dijo: Cómeme toda. Solo te quiero a ti. Él, sin vacilación alguna, saltó sobre el cuerpo de la mujer de su hermano, haciéndole el amor contra la pared.

***

Esta copa, hermano mío, que contiene el vino de la mejor producción que estas tierras me han dado desde que empecé con esta empresa, es para celebrar que, por fin, la bella Consuelo Loyola ha aceptado ser mi esposa, mi mujer. ¡Salud por eso, carajo!, celebró don Gutierre de Ursán, pujante empresario asturiano que había hecho en el reino del Perú una vasta fortuna.

¿Cayó por fin tu tan preciada obsesión, hermanito?, dijo Íñigo, hermano veinte años menor de don Gutierre, que, sin que lo sepa este último, ya se había tirado, en un par de ocasiones, a la flamante novia de su hermano.

Mis versos y mis atenciones terminaron por rendir ante mí a esa hermosa mujer. Me encargaré de que la boda sea pronto y por todo lo alto, tal como lo merece una reina de su talla, dijo, feliz, iluminado, don Gutierre.

Al mismo tiempo en que las copas de oro de los hermanos chocaban en el aire, uno de ellos, el menor y ladino, el que fingía responsabilidad y respeto ante el mayor, el pícaro Íñigo, planeaba visitar a la reciente conquista de su hermano para arrimarle el piano una vez más. Siempre era más rico tirarse a la mujer de otro, y ahora que Consuelo era eso, la mujer de su hermano, ya merecía una nueva visita sexual.

Te felicito, hermano, dijo Íñigo. Estoy muy feliz por ti. 

***

Ni cagando lo haces, dijo uno de los hombres.

Fuera, conchatumadre. Esta misma noche me enfrento al fantasma de mierda ese, dijo Miguel Amado, baladrón llegado hacía poco de las minas huancavelicanas con los bolsillos vacíos de dinero por haberlo derrochado todo en prostitutas y lujos que se fumaron entre más de un gandul.

Te vas a morir, cojudo, dijeron aquellos que alguna estima le tenían. No lo hagas, le aconsejaban. El dinero nunca vale tanto la pena como para jugarse la vida.

Vamos, que corran las apuestas, se entusiasmó Miguel. Al amanecer, volveré a ser rico, carajo, reflexionó gozoso al ver cómo, sobre su mesa, se apilaban bolsas y bolsas de oro de aquellos que apostaban a que no se atrevía a enfrentarse al fantasma de San Francisco.

***

¿Cómo lo encontraron al muchacho bocón ese?, preguntó una viejecilla que había salido a lavar sus calzones en la pileta de la Plaza Mayor.

Al pie del nicho de la Virgen Dolorosa, comadre, dijo otra, de la misma edad que la primera, pero con el rostro más ajado. Temblaba, tenía los ojos blancos y botaba espuma por la boca. ¡Qué horror!

Se lo tiene bien merecido por desafiar a las ánimas; sobre todo a esa que se sabe que vive en ese callejón, dijo la otra vieja, exprimiendo los calzones de su marido en el agua sucia de la pileta.

Ya tienen que cambiar esa agua, dijo la comadre. Este gobierno ya no se preocupa de nada. ¡Qué horror, comadre!

Un par de chiquillos jugaba muy cerca de las señoras parlanchinas. Aunque más que interesarse en los bastoncitos de madera que personificaban a los héroes y villanos de alguna trama que habían imaginado, parecían más atraídos por la conversación de sus mayores. Luego de haber escuchado lo suficiente, los muchachos se retiraron unos pasos hacia una de las esquinas de la plaza, la parte más polvorienta del lugar.

Viejas cojudas, dijo el más avispado. Creyendo en fantasmas cuando quienes andan en el callejón son gente peligrosa que te mata si no te dejas robar.

¿Quién te contó eso?, dijo el otro.

¿No sabes? Mi papá es uno de ellos. Tu papá es otro. Tu viejo también mata para darte de comer.

El otro no entendió muy bien todo ello, así que puso a un lado el asunto y continuó envuelto en su juego.  

***

Pruebe la carapulcra, vecina. Está para chuparse los dedos, dijo Íñigo, feliz porque sabía que, si las cuentas no le fallaban, a estas alturas, los sicarios que contrató allá en España ya debían de haberle dado vuelta a su hermano. La noticia de la confirmación de la muerte llegaría, estaba seguro, en el próximo barco.

Claro, don Íñigo, mi marido ya está por su segundo plato y yo voy por el tercero, dijo la vecina, una señora tremendamente gorda. Íñigo pensaba que el marido no la engañaba no por falta de ganas sino porque ya no se le paraba la pinga a raíz de los kilos y kilos de mórbida obesidad que llevaba a cuestas. Eran muy raros los gordos en la ciudad. Para gordos, solamente los curas, que pasaban el tiempo comiendo y durmiendo.

El palacio del ausente señor don Gutierre, quien llevaba ya varios años en España sufriendo la longevidad de un litigio que le impedía cobrar una cuantiosa herencia que iría a incrementar su ya pingüe fortuna, era ahora la muelle y jubilosa morada de su hermano, el joven Íñigo, y de su aún señora, la bellísima Consuelo; aunque todos los presentes sabían que, en la práctica, Consuelo era ya mujer de Íñigo, y don Gutierre, si es que aún vivía el viejo de mierda ese, un tremendo cachudo.

El bardo Ño Manuel, un negro zalamero que por tres centavos mataba a su madre, ponía la sazón a la juerga. Lo acompañaba un su sobrino, manco de una mano, que tocaba la guitarra ayudándose de una cuerda colgada al cuello. La música, entonces, estaba asegurada. Ño Manuel desplegaba un amplio repertorio que constaba de dos partes; una familiar, y otra que se prestaba para el punteo y manoseo.

Justo antes de que empezase el baile que paraba pingas a diestra y siniestra, el joven guapo, y ahora millonario, Íñigo, pidió silencio para ofrecer unas palabras dedicadas a la cumpleañera: su cuñada Consuelo (su mujer en la práctica).

Señores, estamos hoy reunidos en esta casa bendecida por Dios, Nuestro Señor… cuando las llamas de los candelabros se apagaron como sopladas por un demonio. Nadie vio nada y solo se oyeron gritos de dolor, masculinos y femeninos. Los concurrentes, en medio de la confusión, se tropezaron unos contra otros en busca de una salida o algún rincón seguro. Pasada la conmoción, un digno y valiente caballero, nadie sabe cómo, encendió un lamparín. El círculo luminoso que fue extendiéndose descubrió dos cuerpos ensangrentados claveteados con hartas puñaladas: Íñigo y Consuelo yacían boca arriba, la mirada perdida en el techo abovedado de la casa, la sangre burbujeando y agrandando el pozo de sangre que aureolaba a cada cuerpo.

Los ignorantes, que eran los más de los ciudadanos limeños, no dudaron en achacarle los muertos al fantasma encapuchado que había trastornado al idiota de Miguel Amado. Durante mucho tiempo, la gente se guardaba mucho de salir a las diez de la noche. Trancaba las puertas para evitar que el encapuchado se colase en sus viviendas y destripase a padres, hijos y abuelas.

***

Vengo a confesar ante el excelentísimo señor alcalde que yo maté a la señora Consuelo y al señor Íñigo de Ursán. Vengo a confesar el crimen y a justificarlo, ya que me amparan y defienden los códigos del buen caballero prevalecientes en estos reinos del Perú.

El alcalde y el juez, vistiendo las togas oscuras y las pelucas acostumbradas del caso, continuaron oyendo el alegato del señor Gutierre de Ursán quien había saldado una cuenta vituperiosa con su esposa y su propio hermano.

Las autoridades no encontraron ninguna mácula en los alegatos del acaudalado y noble señor de Ursán. Había actuado en toda la regla. Había procedido con justicia.

Pero, estimado señor de Ursán, tendrá que pagar el monto de diez mil soles en calidad de pena por haber usado el digno y santo hábito de los padres seráficos y haber difundido así el terror entre todos los vecinos de la ciudad.  

Tome usted, dijo el señor Gutierre. El alcalde envió a un chulillo a que recibiese el dinero contante y sonante del rico empresario. Queda pagada la única culpa que cometí por lavar el albo ropaje de mi honor, concluyó Gutierre y bajó del podio del acusado. Una semana después, regresó a España en donde deseaba morir, lejos de la tierra en donde le habían puesto tremendos cuernos.


CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - Furia de mujer (Cuento inspirado en "Mujer y tigre")

 


Esta niña es el mismo pie de Judas. Es más mala que la señora de***.

Antigua reconvención limeña

 

Yo sé quién mató a don Carlos Medina, dijo el negro. Se llamaba Damián.

El guardia palaciego lo miró con desdén. Qué vas a saber tú, pendejo. ¡Fuera! Fuera de aquí, si no quieres que te muela a palos. Vete a joder a otra parte.

Muy bien, jefe, me voy, no se preocupe. Compartiré con otro guardia las evidencias de lo que digo, así como los dos millones de soles de la recompensa por el asesino de don Carlos, dijo Damián, zalamero.

Don Carlos Medina, cuya esposa era casi casi pariente del virrey Juan de Mendoza y Luna, y, por ello, muy estimado dentro de lo más selecto de la sociedad limeña, había perdido la vida de una manera que puso a vomitar a cuanto parroquiano se hubo enterado de los pormenores de su deceso. Las gentes de Lima no dejaron de sostener ominosas y espeluznantes pesadillas en torno a la muerte de quien había sido un vecino acaudalado y apreciado.

El guardia intuyó que el negro iba en serio. Nada perdía siguiéndole la corriente; por el contrario, había un millón de soles por ganar.   

Me vas a dar la mitad de la recompensa si todo lo que me estás diciendo es cierto, ¿no? Mira que si me estás tomando el pelo te saco la reputa, dijo, muy serio, el guardia.

***

Que tu papá nos va a ver, Carlos, dijo ella, cerrando los ojos, disfrutando de los besos con los que el muchacho le cubría el largo y albo cuello. Nos va a ver y nos van a castigar a los dos.

Tranquila, dijo él, no pasa nada. El viejo está jodido; duerme más que lo que come.

Vencida por la inexpugnabilidad de esa observación, se dejó acostar en el lecho. Carlitos, aquel jovencito que parecía encaminado a ser un preclaro arzobispo de Lima, que había renunciado al llamado de Dios apenas hubo despertado al inestimable aprecio de las carnes femeninas, estaba ahora a punto de introducirle aquella cosa que solía inflamársele debajo de la túnica cada vez que se daban un encontronazo a escondidas de don Blas Medina, su padre, quien, además, era tutor de la joven luego de que ella hubiera perdido a sus progenitores en un trágico accidente.

Los gemidos de la muchacha eran apagados por los terribles y bien facturados besos con lengua que Carlitos le endilgaba y que los había aprendido de tanto practicar con la almohada en las afiebradas y solitarias noches de su encierro conventual en sus tiempos de seminarista.

***

¿Eso es un pie?, se asqueó el guardia, que jamás había visto un cadáver en su vida, mucho menos un pie podrido.

Y hay más, dijo Damián, entusiasmado, hundiendo la lampa en el fondo del agujero. Sudoroso, pronto desenterró un par de manos, muslos, jirones de piel y una cabeza.

¡Basta, mierda, basta!, ordenó el guardia, desentrañando lo más íntimo que le surgía del vientre.

Esa es la cabeza de don Carlos Medina, señor, dijo Damián, orgulloso de su descubrimiento, inmune a los olores que se habían desatado en el lugar. ¿Lo reconoce? ¿Ahora me cree?

El guardia asintió, al mismo tiempo que continuó vaciando sus entrañas.

Ahora lo voy a llevar directamente a la casa de la causante de esta desgracia. Eso sí, creo que me he ganado un millón de soles, ¿no?, dijo Damián, vislumbrando un futuro completamente exento de las consabidas carencias que la gente de su estirpe conocía tan bien.

***

Literal; el muchacho estaba entre el puñal y la pared. El filudo instrumento lo empuñaba su propio padre.

Oye, imbécil, te permito que te salgas del seminario; luego embarazas a mi protegida, y te perdono; y, ahora, ¿vuelves a dejarla en bola? No jodas, pues, huevón. Mereces que te rebane el pescuezo, dijo un furioso don Blas Medina, quien, además de riguroso tutor de la joven que acababa de ser embarazada por su hijo, era un acaudalado encomendero y comerciante.

Voy a hacerme cargo, papá. Te lo juro. Voy a reconocer a mis dos hijos y trabajaré duramente para asegurar mi futuro hogar, se defendió el joven Carlos.

Estoy con las justas, huevón, dijo don Blas, replegándose, dándose por vencido. Tengo la vida colgando de un hilo. Mi salud está por los suelos. Ni todo el dinero que tengo podría comprarme un par de segundos de vida extra. Don Blas dejó el cuchillo sobre la mesa y se derrumbó en una de las seis sillas de aquel espacioso comedor.  

He hecho todo lo posible por encaminarte, pero he fallado, continuó don Blas, pasando de una indignada y asesina furia al llanto del padre que se sabe responsable del fracaso de su hijo.

Papá, voy a enderezar el camino que me trazaste. Te lo juro, dijo Carlos Medina, veleidoso joven de veinte años, exseminarista, cuya actual vocación en la vida era incierta. Lo único que sabía era que Sebastiana, la protegida de su padre, lo traía completamente loco y que, por disfrutar de su exquisito cuerpo, entorpeció y abortó el camino eclesiástico que desde muy niño creyó (sobre todo, su padre) que era el que seguiría hasta la muerte.

Tú no vas a enderezar nada, huevón. Te conozco perfectamente. Mírate; tienes veinte años y no eres nadie. No sabes hacer ni mierda. Solo sabes vivir de mi dinero. A tu edad, yo ya había combatido en tres grandes guerras, aquí, en estos reinos; había matado, con estas mismas manos que ves, a cientos de indios; y todo eso me ganó una gran encomienda y el favor de grandes señores que pronto me convirtió en uno de ellos. ¿Pero tú?, se desinfló don Blas. Sus éxitos en la vida no habían logrado su propósito mayor: que su hijo lo superase en riqueza y nombradía.   

 El muchacho permaneció cabizbajo. Repasó dos dedos sobre la línea que la daga de su padre le había marcado sobre el cuello. Aunque no había sangre, ardía.

Mañana iremos a ver a tu tío Pacheco, dijo don Blas, y emitió un bufido por donde se le escaparon las últimas esperanzas de ver a su hijo convertido en alguien de bien por sus propios méritos. Ese pendejo ya me lo había advertido hace años; varias veces me dijo que tú no llegarías a ningún lugar, ni a la esquina de Petateros con Espaderos.

Carlos recordó a Pacheco, el abogado de la familia; de su padre, sobre todo. Más que una relación profesional, los unía una muy estrecha relación de amigos. Carlos le decía “tío” a Pacheco y este le decía “mi querido sobrino”. Hipócrita de mierda, pensó Carlos. A la próxima que te vea te meto un lapo, carajo.

¿Y para qué vamos a ir donde el tío?

Te voy a dejar de una vez toda mi fortuna; los mayorazgos, las encomiendas del Cusco y tantos otros negocios que he levantado por aquí y por allá mientras yo creía cándidamente que estaba formando al futuro arzobispo de Lima, dijo don Blas. Mañana tu tío me ayudará a adelantar el testamento para que heredes todo eso de una vez.

Carlos no podía creer lo que escuchaba.

Debería de matarte a palos, hijo mío, pero prefiero preservar el honor y buen nombre de esta familia. Ya le has hecho dos hijos a esa bellísima heredera, y no voy a permitir que se diga que una mujer y todo su dinero mantienen a un hijo mío. Don Blas hablaba en serio. El honor era una cuestión de suprema importancia en el mundo que los albergaba.  

El joven Carlos solo pudo pensar en todo lo que haría con la heredada fortuna de su padre una vez que esta cayera en sus manos. Claro, en primer lugar, honrar debidamente a su mujer y convertirse en el mejor papá del mundo.

***

¿Un error?, dijo Sebastiana, el rostro sembrado de indignación y profunda pena.

Tal cual lo oyes, refrendó Carlos; el brillo de la cruz, que en vida portó su padre, trazaba un rayito movedizo que parecía burlarse de la dama.

¿Los dos bebes también son un error, Carlos?, Sebastiana se cogía todos los miembros del alma para que no se le fueran a ir volando de congoja.

No, ellos no fueron un error. El error fuiste tú. El amor que siento por ellos los libera de ser un error. A ti, ya no te amo, explicó Carlos. Perdón, corrijo la expresión: a ti, no te amo; nunca te amé. Fuiste una ilusión muy entretenida, pero ahí nomás. Eso sí, no te voy a negar que lo mejor de esto que ha pasado entre nosotros han sido ellos: los niños, en las palabras del hombre no había sombra de cariño. Sebastiana se hundió en la enredadera de recuerdos que se hacían añicos al estallar contra el peso de la indiferencia de aquel hombre que, desde muy joven, la había cortejado, enamorado, hecho suya y prometido un largo futuro, muy de viejitos, y tomados de la mano hasta fusionarse los huesos y la piel.

Si alguna vez deseas que te envíe dinero para la manutención de los chicos, avísame. Voy a mudarme con mi esposa a cuatro cuadras de aquí. Así que sabrás dónde ubicarme.

Tengo suficiente dinero para mantenerlos, dijo Sebastiana, ahogando los sollozos.

Lo sé, por eso te dije que me avises si alguna vez necesitas mi dinero, dijo Carlos. Ya cumplí con decirte lo que debía decirte. Espero que te vaya muy bien. Adiós.

De dos a tres meses necesitó Sebastiana para superar el sablazo que recibió de su examante, del hombre que le prometió una vida en familia y que ahora la dejaba en situación de mujer desvergonzadamente no virgen y con dos hijos a cuestas. Una mujer así, con hijos y sin marido, era un pase directo, y sin retorno, a la descalificación social. Y así fue. Luego de que se hiciera pública su condición, afloraron, cual plaga, los cuchicheos en torno de su desgraciada posición en la sociedad. Ni su dinero ni sus apellidos pudieron ayudarla.

***

¿El negro de afuera fue quien te aviso?    

Sí. Qué suerte la mía, ¿no?

¿Y vas a compartir un millón de soles con ese mugroso?

Es un mugroso de mierda, pero ese fue el trato, él me contaba todo sobre el asesinato del tal don Carlos y yo me ganaba la mitad de los dos millones de la recompensa.

¿Alguien sabe de tu pacto con el mugroso aparte de mí?

No, nadie, solo tú porque eres mi pata.

El teniente miró con indulgencia a su compañero. Al parecer, no había aprendido ciertos secretos que solo pueden revelarlos la maña y los tropiezos sufridos en la vida.

¿Entonces ya tienes todos los datos?

¿A qué te refieres?, dijo el guardia de palacio, también teniente, como su amigo. Se revestía de sus principales galas para arrestar al asesino del mentado don Carlos. Alistaba su pistola, su sable y las esposas. Si el asesino había sido lo suficientemente sanguinario para despedazar a don Carlos, no sería raro que diera pelea al momento de capturarlo y colocarle las esposas.

A que ya no necesitas al negro mugroso ese.

Bueno, solo lo necesito para que cobre su millón. Después, ya me dijo todo lo que debo saber. Sé quién es el asesino y dónde vive.

¡Oiga!, gritó el teniente, llamando a Damián. ¡Venga!

Damián se sobresaltó al primer grito. Reconoció al amigo de su confidente y, presto, corrió a verlo.

Dame, le dijo a su amigo, señalándole la daga que llevaba al cinto.

¿Para qué?

Dámela, solo dámela, rabió en susurro el teniente, no pudiendo creer lo ingenuo que podía ser su amigo, el guardia principal del palacio del virrey.

Cuando Damián entró en la tienda de los guardias, un dagazo en el estómago acabó por silenciar sus postergadas ilusiones.

Ante la incredulidad del guardia, dijo el teniente: Ahora un millón es para ti y el otro para mí. ¡Vamos! Ya luego nos encargaremos de desaparecer el cuerpo de este infeliz. Ahora tenemos que ir a arrestar al asesino.

***

Si he aceptado hablar contigo es únicamente porque esta vez no me has armado tus acostumbrados escándalos. Está bien. Te creo. Has cambiado. Ahora, dime, ¿qué chucha quieres conmigo?

A Carlitos lo voy a mandar a España a estudiar. Las burlas que recibiría aquí, por mi condición de madre abandonada, serían insoportables para él y para mí. Además, por muy capital colonial que sea Lima, no deja de ser un pueblucho al oeste de España. Nuestro hijo irá a estudiar al mejor de los colegios de Castilla. Eso lo tengo ya muy decidido.

Bueno, se me va Carlitos, entonces, dijo don Carlos, esposo de una de las más prominentes señoras de la sociedad limeña, doña Dolores Pedrosa, hija del prestigioso y riquísimo capitán de arcabuceros del virreinato, don Santiago Pedrosa. Supongo que dejarás que me despida de él.

Claro, murmuró Sebastiana.

Bien sabes que si no me he acercado a él y a Angelita con la frecuencia con la que debí ha sido por tu exclusiva culpa, dijo don Carlos. Lo sabes, ¿no?, refrendó.  

Estoy al tanto, y tienes toda la razón. Fue mi exclusiva culpa el que Carlitos y Angelita no hubieran podido pasar tiempo contigo, reconoció Sebastiana. Llevaba la cabeza envuelta en un mantillo que dejaba ver sus ojos grandes y la punta de su nariz blanca y respingada.

Qué bueno que lo reconozcas. De ningún modo me iba a acercar a los chicos teniendo al lado a la loca escandalosa de su madre. Imagínate cómo hubiera quedado mi prestigio, y el de ellos, que, de por sí, ya está muy jodido, dijo don Carlos, dándole a Sebastiana, su exmujer nunca oficializada como esposa, una cátedra de moral y buenas costumbres. Además, aplaudo que Carlitos se largue de aquí. Acá, con la reputación de niño sin padre, estaba jodido de por vida, continuó, muy seguro de sus afirmaciones. Y te aconsejo que también hagas lo mismo con Angelita. Acá nadie va a querer casar a su hijo con una mujer sin padre. Don Carlos parecía conocer muy bien a la sociedad limeña.

Lo haré, aseguró Sebastiana. Bueno, como parte de la despedida de Carlitos, quería que mañana nos honraras con tu presencia en el rancho que tengo en La Magdalena. Nadie te verá por ahí. Estoy preparando un gran almuerzo para que puedas hablar bien con los niños y darle a Carlitos los consejos que debe seguir en España.

Así será, indicó don Carlos.

***

¿Llevó a su esposo con engaños a su hacienda de La Magdalena?, preguntó reciamente el fiscal.

Sebastiana, cubierta con un manto negro, permaneció en silencio. Nunca fue mi esposo, dijo, al fin. Siempre me mantuvo en el engaño. Me hizo dos hijos con engaños. ¿Por qué no iba a engañarlo yo también?

Pero usted no solo engañó al buen señor don Carlos. Usted lo despedazó. ¿Acaso él a usted la despedazó? Yo la veo completamente normal, dijo el fiscal, no sin cierta sorna.

Me despedazó el corazón, dijo Sebastiana, muy tranquila.

¿Qué dijo?, requirió el juez.

Levante la voz, ordenó el fiscal, casi casi como escupiéndole lo peor del concho de su alma seca como caca de vaca.

¡Me partió el corazón!, exclamó Sebastiana, levantándose, corriendo el velo que le cubría gran parte del rostro.

¿Y por eso tuviste que degollar a tus propios hijos delante de él, puta de mierda?, se descontroló el fiscal.

¡Sí, porque eran el vivo recuerdo de sus mentiras!, rugió Sebastiana.

***

¡Chicos! Papi Carlos ha llegado, cantó Sebastiana.

Carlitos y Angelita bajaron apresurados del segundo piso.   

Don Carlos besó y abrazó a sus hijos. Estos le correspondieron con tanto o mayor amor. A pesar de no haber vivido estrechamente a su lado, Carlitos y Angelita lo amaban. 

Damián, dijo Sebastiana, toma el abrigo del señor y condúcelo al comedor. Damián, el negro calesero y sirviente multiusos de la señora Sebastiana, se aproximó presto a ejecutar la orden de su ama.

El almuerzo estuvo cargado de frutas que acompañaron a los suculentos guisos que eran la perdición gastronómica de don Carlos. Sebastiana conocía perfectamente los gustos de su examante, del hombre que le había prometido hacerla su señora, su esposa. A medida que transcurrían las cucharadas y los tenedores, Sebastiana comprobaba que un hombre, en su esencia, nunca cambia. ¿Y cuál era su esencia? La comida.

Pero te reservé el vino que tanto adoras. Este que viene de los viñedos de don Alcázar. Así podrás brindar propiamente por la despedida de Carlitos, dijo Sebastiana, autorizando así a Damián que descorchara la botella y la sirviera en la copa de don Carlos. A mí me vas a excusar. El médico me tiene prohibido el licor.

Don Carlos no objetó una sola palabra y se aventó hasta dos copas del fino licor, copas siempre abastecidas por Damián.

Pasu, ¡qué sueño, caramba!, bostezó Don Carlos unos minutos después de finalizar la segunda copa. Es como si de pronto se me fueran todas las fuerzas, como si me quedase sin alma. Pronto, por favor, llévame a alguna cama que me desvanezco.

Ante una señal de Sebastiana, Damián se colocó detrás del desfalleciente Don Carlos y, antes de que este cayera de espaldas al suelo, lo atrapó y llevó a la cama del cuarto principal, donde lo acostó y ató a los maderos. Al despertar, don Carlos fue incapaz de mover un solo músculo de los brazos o las piernas.

¿Qué tal estuvo tu sueño?, dijo Sebastiana, sentada al pie de la cama.

Don Carlos, aún mareado, trataba de recordar lo que había pasado, en dónde se encontraba, por qué tenía sogas alrededor de las muñecas y los tobillos.

Seguro fue la comida la que te provocó el sueño tan profundo y placentero que acabas de tener. Hice que te prepararan tus platillos favoritos. No podía permitir que partieras sin haber gozado bien de todo lo que este mundo tiene para darte, dijo Sebastiana. Caminaba alrededor de la cama. Su largo faldón rozaba el suelo de fina madera traída desde Cartago. Don Carlos, poco a poco, caía en cuenta de la situación que lo había llevado a ese lugar, a tener a su exmujer enfrente de él hablándole sobre su partida, ¿cuál partida, carajo? ¿Quién se va? ¿Yo? ¿No era Carlitos el que partía para España?

Ya déjate de huevadas, Sebastiana, y déjame ir. ¿Dónde están los chicos?, protestó don Carlos al comprobar que, efectivamente, las cuerdas lo fijaban a la cama sin ningún tipo de flexibilidad. Tengo que irme. Ya debe de ser muy tarde. ¿Qué hora es? ¿Qué día es, carajo?, se desesperó el hombre al ver a la madre de sus hijos sin la menor intención de hacer algo por liberarlo.

¡Suéltame, Sebastiana! Te doy un segundo para que me sueltes o no querrás ver las consecuencias de mi furia, dijo Carlos.

Interesante término, retrucó Sebastiana. Furia, furia, repitió, jugando con las diferentes formas de entonar esa palabra. Furia, furia. ¡Qué fácil resulta decir “furia”! ¿Pero la sientes realmente, Carlos? ¿Estás sintiendo la furia?

Don Carlos no podía creer la desfachatez de su exmujer.

No creo que tengas ni idea de lo que es la furia. Y creo que jamás has sentido furia alguna. Lo que sí te diré es que sí, eso sí que sí, tú vas a ver las consecuencias de MI furia, de la furia que tú me provocaste al abandonarme, jugar con mi honra y burlarte de mis sentimientos, dijo Sebastiana.

¿Sigues con eso, loca de mierda?, prorrumpió el prisionero. Habíamos quedado en que esa huevada ya fue, ¿no? Suéltame de una vez. ¡Niños!¡Niños! ¡Ayúdenme! ¡Su madre está loca! Los gruesos maderos apenas sí crujían ante cada inútil forcejeo de don Carlos.

Impasiblemente, Damián ingresó en la habitación llevando a Carlitos de la mano.

¡Carlitos!, se alegró y sorprendió don Carlos. Mira lo que tu madre me está haciendo. Ayúdame, quítame estas sogas. El niño, como impulsado por un resorte, quiso correr hacia el padre atado, pero la fuerza de los brazos del negro pudo más y lo mantuvieron quieto. Sebastiana se aproximó al negro y tomó de su cintura un filudo y largo cuchillo. Al ver el largo del instrumento, los brazos venosos del negro y a su padre atado, Carlitos rompió en llanto.

¡Suelta a mi hijo, negro reconchatumadre!, rugió don Carlos.

Un hijo cuyo honor no te importó joder al dejarme como una perra delante de la sociedad, ¡maldito malnacido!, estalló Sebastiana, quien con inusitada velocidad se abalanzó sobre la cabeza de su hijo y la rebanó de raíz para terminar arrojándosela sin asco alguno. Ahí tienes a tu hijo, maldito.

Carlos, asqueado y vomitado, permaneció lívido.

¡Qué has hecho, puta de mierda!

Eliminar uno de los dos tristes recuerdos de tu traición, dijo Sebastiana, muy segura de sí misma. Desde que me dejaste, Carlitos y Angelita fueron el foco de todo el odio que sentía por ti. Todos estos años viéndoles esos rostros que tanto me recordaban al tuyo cuando me decías que me amarías por siempre; todos estos años sufriendo sus miradas de optimismo, que eran las mismas con las que me engañaste cuando me dijiste que dejabas el camino de Dios para seguir mi camino; todos estos años sintiendo sus manos en mi piel, manos que eran las del malvado que me acariciaba luego de haberme destrozado el corazón. Todos estos años así fueron insoportables para mí. Por eso, planeé este día con cuidado, no solo para deshacerme de ti sino de ellos, viles recuerdos de tus espurias promesas, reclamó Sebastiana.

Negro conchatumadre, si no me ayudas y terminas con esta huevada, te juro que yo mismo te cortaré las bolas y te convertiré en jabón, amenazó don Carlos.

El negro, como si no le hubieran dicho nada, se retiró de la habitación y regresó, al poco rato, con Angelita, quien, ni bien se incorporó a los aromas de la habitación, comprendió, como si una voz se lo hubiese comunicado, que las cosas ahí no estaban del todo bien.

¿Listo para acariciar también la cabeza de tu Angelita?, dijo malévolamente Sebastiana. Don Carlos no pudo conmensurar el horror y la venganza en los ojos de la mujer a quien había desvirgado y deshonrado a cambio de la promesa de una vida en comunión.

***

Daniel y Amandina, dos turistas hondureños, de paseo en Lima, se han sacado varias fotos en el casco histórico de la ciudad. Ahora, se hacen una en la entrada al pasaje Olaya, sin saber que, en ese preciso punto, hace más de cuatrocientos años, fue ahorcada, delante de toda la sociedad limeña, la degolladora y mutiladora, la oscura y tenebrosa doña Sebastiana de ***, a sus tiernos y maquiavélicos veintisiete años. La condena había sido unánime y el gozo que produjo en jueces, fiscales y gentes fue satisfactorio. Nunca Lima se refociló tanto con el castigo de una mujer sin escrúpulos.