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sábado, 12 de julio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 24: Eva la secuestradora

 


Marielita había intentado que me dejaran entrar en aquel Tambo, pero el mocoso a cargo del lugar se mostró igual de inflexible que la homofobia de Pincho de Piérola.

No le quedó otra alternativa a mi amorosa dueña que atar mi correa al poste de luz más cercano.

Ya vuelvo, Rocky; no te vayas a mover. Entro y salgo, ¿ya?

Le devolví uno de mis ladridos. Ella los entendía perfectamente. Este en particular quiso decir: Está bien. Te esperaré. No me moveré, pero no te tardes, por favor. Me da miedo la calle.

No te preocupes, Rocky; no me demoro nada, dijo ella muy amorosamente.

Luego de que ella diera uno, dos, tres pasos, empecé a llorar. Me aterraba la idea de quedarme solo, atado a ese poste, y, peor aún, en la calle, de noche.

Rocky, cariño, no llores, me consoló, volviendo sobre sus pasos. Si sigues llorando, te pondré tu bozalito, eh.  

Y yo, terco y mimado, en lugar de cerrar el hocico, volví a llorar cuando Marielita empezó a alejarse. Ciertamente, me merecía lo que me pasaría después.

Bueno, no quería hacerlo, pero tú me obligas, cariño, dijo Marielita, toda dulzura, mientras sacaba de su bolso mi pequeño bozal.

Con ese artilugio aprisionándome el hocico, el silencio me arrebató los lamentos.

No me demoro, dijo Marielita antes de irse.

Y así empezó mi calvario.

Marielita no salió pronto como prometió. Era viernes y la gente quería atiborrarse de chocolates, galletas, cervezas, gaseosas, huevadas. La fila de personas dentro del Tambo era desesperante.

Y aquí fue cuando apareció Eva.

Ay, ¡qué pastel!, exclamó ni bien me vio. Quién habrá sido el maldito que dejó abandonado a este angelito. Y está todo flaco y temblando de frío.

¿Todo flaco? Esa era mi contextura, cojuda. Marielita y yo salíamos a correr todas las mañanas por el malecón para mantenernos en el mejor estado físico posible. ¿Temblando de frío? Estaba muerto de miedo por haber quedado a merced de cualquier loca de la calle como tú.

Muy conchudamente, desanudó mi correa y me llevó en sus brazos. La loca esta, cuyas alas apestaban a cebolla, ni siquiera se tomó la molestia de aguardar a que apareciese alguien reclamándome. Simplemente, dio por sentado que me habían abandonado. Al toque concluí que el criterio era una clamorosa ausencia en esa mujer.

El lugar al que fui a parar no era para nada comparable con la mansión de Marielita. Había entrado a la casa de los gritos, como dirían los chicos de Libido. La mujer les gritaba a sus papás, y ellos le devolvían los gritos con el triple de furor. ¿Cuándo vas a ponerte a trabajar, carajo?, se quejaban. Cuando me sirvan mi desayuno a mi hora, les respondía la loca. Y encima traes a un perro pulgoso a la casa, volvían a la carga los viejos. Ustedes no se metan con Chin Chin, carajo. Se los prohíbo. Es el único que me entiende en esta pocilga, replicaba Eva, atronadora, quien ahora, además de haberme sustraído de mi cómoda vida con Marielita, empezaba a llamarme Chin Chin. ¡Qué mariconada de nombre! Me palteaba obedecer a sus llamados públicos en ese páramo de pichi y caca que ella llamaba parque. Los otros perros, esos carachosos de mierda, se burlaban dolorosamente de mi nuevo nombre. Y las perras, todas flacas y pedigüeñas, me tenían por bujarrón, maricón y loca.

Solamente en casa, le hacía caso; si no, me quedaba sin comer.

Con Marielita, comía tres veces al día; con Eva, tres veces a la semana -en una buena semana. Ya se imaginarán. De ser delgado por el cuidado de mi físico, pasé a estar demacrado por el rigor del hambre. No había dinero para comer en la casa de los gritos. Mucho menos para el perro de la casa. Porque en eso me había convertido, en el perro, el animal, la alimaña de la casa. Qué opuesta era la vida con Marielita, en cuya casa tenía mi propio lugar en la mesa familiar. Atrás habían quedado los días de chuletas y espectaculares piezas de pollo. Ahora, con Eva, había tenido que convertirme en cazador de palomas, ratones y, me avergüenza confesarlo, polillas y cucarachas, que eran, estos últimos, los animalitos más abundantes en la casa de los gritos.   

Ahora pones de excusa al mugroso perro ese para no salir a buscar trabajo. La pensión de tu papá ya no nos alcanza para nada, gritaba la mamá de Eva.

Ay, no friegues, mamá, y sírveme mi desayuno, ya son las dos de la tarde y tengo que trabajar en media hora, replicaba Eva, estirándose en la cama y bostezando.

¿Trabajar? ¿A estar sentada en la computadora le llamas trabajar? Vete a la mierda.

Algunas veces, Eva se sentaba durante una hora al día, en frente de la computadora, para dictar clases de inglés. Con esa pronunciación, pensaba yo, qué tal concha tienes para llamarte profesora de inglés. La mía era muchísimo mejor. Y ni qué decir de la pronunciación de mi añorada Marielita. Ella sí que hablaba inglés, y con un acento naturalísimo. Pero no tenía las ínfulas de considerarse profesora, tampoco la necesidad. En su casa, todos hablaban en inglés; sobre todo, los domingos de reuniones familiares. Con Eva, desaprendí el idioma. Lo más alucinante era que los pocos alumnos que tenía seguían confiando en ella. Con razón esta parte del Perú, que me había sido desconocida mientras viví con Marielita, seguía yéndose a la mierda.

Mi verdadera familia, mi familia de origen, la de mi Marielita, no me hubiera reconocido luego de los años transcurridos al lado de Eva. Ahora sí tenía la apariencia de un perro de la calle. Mis gustos ya no eran refinados. Ahora comía cualquier huevada con tal de no perecer por inanición. Las alocadas amistades de Eva me consideraban cariñoso por recibirlos a lamidas. Pero esos lengüeteos no eran gratuitos; los lamia para extraerles de la ropa y la piel las partículas de migajas y sabores de lo que habían desayunado, almorzado o comido, partículas que muchas veces pasan desapercibidas al ojo humano, pero no ante la lengua de un perro con hambre.

Entonces, llegó a la vida de Eva el Viejo Groover, un hombre mañoso y abusivo. Este la había contratado para que condujera un espacio de dos horas en su canal de YouTube “Cuchillos Largos”. Allí, por míseros treinta soles por programa, Groover la llenaba de insultos sin remordimiento alguno. Para que Evita se pusiera más bruta de lo acostumbrado, el malvado le pagaba hasta dos botellas de vino, baratas obviamente.     

Una vez Eva meó y cagó en plena transmisión. Vivíamos en un cuartito. Eva había decidido independizarse. Sí, tenía cuarenta años, pero nunca era demasiado tarde para dar el gran paso de cortar el cordón umbilical. Y me llevó a vivir a un cuartito en San Martin de Porras. ¡Puag! De solo decir el nombre de ese distrito, se me salen las tripas.

Ya Evita estaba borrachísima y no se daba cuenta de que estaba mostrando el culo y el churro que le salía por el aníbal a los seguidores de Groover. Se había puesto a cagar en un rincón del cuartucho, a vista y paciencia de la camarita que seguía prendida, registrando las miserias de mi querida dueña, sí, querida, porque ya la empezaba a querer. La pobreza te hermana. Intenté ladrar para regresarla al planeta Tierra, pero si lo hacía era probable que perdiera el conocimiento; andaba muy débilmente, y con las justas podía sostenerme en mis cuatro patas.

A las pocas semanas, Evita logró desquitarse del tal Viejo. Una vez le comentó que, si deseaba que sus intervenciones fuesen de mejor calidad, necesitaría una mejor computadora. Parece que esa solicitud cogió al Groover ese en su cuarto de hora porque aceptó, sin mucho palabreo, facilitarle a Evita los quinientos dólares que ella necesitaba para renovar la computadora. Obviamente, el mezquino ese no le estaba regalando el dinero, como yo había creído; Eva le pagaría esa cantidad con programas. Desde ese momento, Evita tendría que hacer cincuenta transmisiones impagas. Ella cumplió solamente con una. Antes de terminarla, en medio de la creciente audiencia del Viejo, lo mandó a la mierda al aire. Ya me cansé de tus tratos, viejo lesbiano. Vete a la concha de tu abuela.

Yo me carcajeé a más no poder, pero la burla me costó cara: se me cayeron dos dientes. No tanto por la edad como por la falta de comida, de vitaminas, había perdido casi todos mis colmillos.

***

Todos los años, Marielita me llevaba al veterinario para que se me hiciera un chequeo exhaustivo y se me pronostique, según los cuidados que me prodigaban, cuánto tiempo de vida tenía por delante.

Ojo, es muy importante diferenciar la semántica entre “cuánto tiempo tienes por delante” y “cuánto tiempo te queda”. Sí, las respuestas son las mismas: una cantidad de tiempo hasta el fin de tus días, pero coincidirán conmigo en que la primera expresión tiene una connotación positiva en tanto que la segunda es lapidaria. A un niño no le dices te quedan ochenta años de vida; se le dice tienes por delante ochenta años y quizá más. Pero a un enfermo terminal o a un anciano sí se les dice te quedan dos años, dos meses o dos días, dependiendo.

Bueno, el veterinario solía decirle a Marielita Rocky tiene por delante unos buenos catorce años más.

Ahora, con Eva, solo veía a un veterinario si me lo cruzaba en la calle. Entonces, ya no contaba con un profesional que examinara mis condiciones de vida, pero estoy seguro de que, si lo hubiera tenido, habría dicho a Chin Chin le quedan dos meses de vida. Ya no me movía, no podía saltar, apenas si veía la punta de mi nariz. Estaba cagado.

No voy a negar que Evita me amaba a su manera, incluso más que al seboso que se había conseguido por enamorado, gordo de mierda a quien no mencionaré en este mi recuento vital. Bueno, solamente diré que nunca lo pasé, porque jamás se portó como un macho proveedor con mi Evita. La pobre tuvo que organizar una pollada, con la siempre condicionada ayuda del malvado lesbiano de Groover, para que el seboso de su novio no tuviera que vender sus GI Joe de colección.

Entonces, sin la necesidad de ir donde un veterinario, sabía yo que mi tiempo en este mundo era muy corto. Y Eva también lo notaba. Yo la oía decir, en algunas transmisiones del viejo lesbiano, mi Chin Chin ya está ancianito; cualquier día de estos se me muere. Apuraba un poco de vino, y continuaba: Pero creo que es mejor que se muera, ha sufrido mucho, perdón, esteee, quiero decir, va a sufrir mucho así viejito como está.

A Eva se le escapaba la verdad muy a su pesar. Claro que iba a sufrir. Por eso, era mejor morir de una vez. Eva, sin embargo, le mentía a su público: si yo estaba moribundo, no era por la edad, sino por la vida que ella me ofrecía, tan alejada del paraíso en que moraba con Marielita.

Decidí, entonces, terminar mi recorrido en este mundo. Como los perros no podemos tomar una pistola y abrirnos los sesos, el único camino para desligarme de esta vida era dejando de comer. Eva notó mi falta de apetito y, como sea, me conseguía comida en abundancia. Era gracioso; ahora que me rehusaba a comer, ya débil y corroído, ella se esforzaba por picarle comida a sus amigos para dármela a mí. Hasta sustraía jamones y quesos en los supermercados. Era tentador tener esa variedad de comida luego de tantísimo tiempo de escasez, pero sabía que, si comía, volvería al mismo infierno. La preocupación de Eva era pasajera. Debía persistir en mi objetivo.

Mi Chin Chin ya está a punto de morir. Está muy viejito, por eso ya no quiere comer nada. No me acepta ni los filetes que, de vez en cuando, nos jalamos de Wong con mi chico, le decía a Groover en su programa. Sí, porque había vuelto con el viejo de mierda ese luego de que había renunciado con pundonor y gallardía. Quién podía entender a los humanos. Quién podía entender a Evita. Sin embargo, no había mucho qué comprender. Eva era descocada e impulsiva. Eso aumentaba los niveles de sintonía que Groover necesitaba. Y Eva necesitaba los treinta soles que Groover le pagaba. Caso cerrado. Donde mandaba el dinero, la dignidad era un traje desechable.

***

Morí un jueves. Eva ni se dio cuenta. Ya no se fijaba en mí. No tenía tiempo de fijarse en mí. Y eso que vivíamos en un cuartito muy pequeño. Yo me quedaba esperándola durante horas. Ella había conseguido un trabajo de panadera. La explotaban. Salía del cuarto a las cinco de la mañana y regresaba a las once de la noche.

Ni bien llegaba, se tiraba en la cama. Yo apenas levantaba la mirada ya nublada por la ceguera y, más que verla, la sentía quejarse unos instantes de la vida antes de quedar profundamente dormida. Ni siquiera se bañaba. Bueno, tampoco era que se bañara tan seguido antes de conseguirse ese trabajo. Decía que prefería juntar un poquito de mugre en el cuerpo para así ahorrar algo de dinero en la cuenta del agua.

En esas circunstancias, mi autoeliminación era mucho más asequible. Sin nadie cuidándome, me morí al poco tiempo de que Eva se hubo convertido, como diría Vallejo, en la tahona estuosa de una panadería en donde la gente se creía con el derecho de decirle dame un sol de pan, carajo, y cuidadito con no echarme la yapa porque mando a la mierda a tu panadería de porquería.

Tres días después de muerto, quizá porque mi olor ya no era el de un perro cochino, sino el de otra cosa mucho más desagradable, Eva se dio cuenta de que me había perdido.

Y lloró. Lloró tremendamente.

Yo lloraba a su lado. Mi alma lo hacía. Porque mi alma todavía estaba con ella en ese cuarto, y porque, a pesar de todo, llegué a querer a esa conchasumadre, perdonen el francés, pero luego de tanto tiempo de haber convivido con un personaje como Eva era inevitable que se me pegaran sus expresiones más comunes: carajo, puta, mierda, conchasumadre, la puta que te parió, entre otras lindezas.

La llegué a querer, y así como estaba, libre de las ataduras terrenales, podía haberme ido a ver a Marielita, pero no lo hice, me quedé con Evita, mientras ella me lloraba y yo la consolaba, aunque no me viera.

Perdóname, Chin Chin, le decía a mi cuerpo inerte, acariciándolo y besándolo a pesar del terrible olor que despedía; no te di una gran vida, pero te daré la despedida que un ser tan bello como tú merece.

***

Ese mismo día, a Eva le dijeron que ya no la necesitarían más en la panadería. Le dieron su sueldo incompleto, porque no llegó a fin de mes, y una bolsa de pan de hacía dos días. Esa fue su compensación por los dos meses que pasó desgastando su vida en ese lugar de gente indolente.

¿Qué haces?, le dijo la odiosa de la dueña al día siguiente, al darse cuenta de que Eva había ido a trabajar y todavía permanecía en sus predios pasadas las once de la noche. Ya te liquidé ayer. Vete. Fuchi, fuchi.

Usted me ha tratado tan bien, mintió Evita con su mejor cara de buena gente, que quiero quedarme, solamente hoy, a hornear el pan de mañana, si no le molesta.

Oye, pero tú has estado trabajando en el mostrador, recibiendo las puteadas de los cholos que se creen con derecho de tratar de indios a las personas que los atienden, ¿en qué momento has aprendido a usar el horno, dime tú?

A esa vieja se notaba que le faltaba cache, como decía Eva cuando despotricaba de la gente renegona.

Sí, pero cuando no había mucha clientela le decía a Cambrito, el maestro hornero, que me enseñara a hornear pan, y aprendí.

La vieja la miró con desconfianza. Ok, está bien, ponte a hornear, pero no creas que te voy a pagar un solo centavo. Esto está naciendo de tu propia voluntad. Pero cuando llegue mañana temprano no te quiero ver ni las pezuñas. ¿Estamos?

Estamos, dijo Eva.  

Luego de ver un tutorial en YouTube, Eva me puso en el horno de los pavos. Fue un momento que sacudió mis lacrimales. Sintonicé el Nocturno de Chopin -son cosas que las almas podemos hacer-, una de mis piezas favoritas. Me fui con honor de este mundo, solo que oliendo un poquito a pavo. Pero Eva había cumplido su palabra.

Ya conmigo en una latita de atún, procedió a cagarse y mearse en la trastienda de esa panadería. Era su desquite por los dos meses de penurias y malos tratos.

Vallejo, pensando en Evita, muy bien le pudo haber agregado estos versos a su clásico poema: el momento más grave de mi vida fue trabajar en una panadería del cono norte de Lima.

 


sábado, 7 de junio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 19: Chat GPT quiere detonar a Rigoberto El Viajero

 


Empezamos, entonces, querides amigues, un nuevo tema para comentar con nuestros panelistas especiales…, Rigoberto El Cabro Viejo Viajero anunciaba así el tenor de uno más de sus fatigantes programas. Durante tres, cuatro o cinco horas, según la cantidad de donaciones que fuera recibiendo, dejaría hablar a un sinfín de personajes que apenas descendían de la carroza comenzaban a vociferar, a lanzar opiniones, criticando esto y censurando aquello, pero, de hecho, todos ellos fracasaban sin excepción, porque sus comentarios o críticas, que no estaban fundamentadas en una investigación minuciosa, no eran más que charlatanería.  

El programa duró cuatro horas. Riborgeto había recibido quinientos soles entre yapes, plines y superchats. Estaba feliz. Hubiera extendido una hora más su programa, pero le urgía develar un misterio y decidió que con cuatro horas era suficiente: un clip que alguien le había enviado en mitad del programa, lo había descolocado. Era un audio de Groover.

El clip se lo había enviado uno de los tantos enemigos de Groover con el único afán de malquistarlos. La gente sabía muy bien que Rigoberto tenía un alto concepto de Groover. Lo consideraba un intelectual de alcantarilla, en el buen sentido de la expresión: un académico sin academia. Si le preguntaban a Rigoberto qué pensaba de Groover habría dicho que era un tipo articulado, informado y de opiniones que casi siempre estaban divorciadas del amiguismo o las buenas formas. Alguien que, si lo creía conveniente, incendiaba la pradera, abrumando a sus oponentes en el debate con un par de conchasumadres.  

Mientras los panelistas discutían sobre el tema del día ―“La chucha del gato”―, Rigoberto se muteó para oír el clip. Presionó play. Empezó a oírse la voz de una persona que no era Groover.

NN: Viejo, entonces, ¿a usted le gusta que le metan la lengua al culo?

Groover: Claro, por supuesto. Eso es lo más rico que hay en el mundo. 

NN: No le creo, Viejito Lindo. Me niego a creer que a usted le gusten esas mariconadas.

Groover: ¿Mariconadas? Maricón más bien es el que no se deja meter la lengua al ojete.

NN: Mire, ve; o sea que a usted le han metido la lengua al culo, ¿no? Porque para que hable así, con tanta seguridad, es lógico suponer que a usted le han hecho eso.

Groover: Claro, por supuesto. Y no una vez, varias veces.

NN: ¿Y cómo así, Viejito Lindo? ¿Qué se siente?

Groover: ¡Puta! Es una sensación única; la lengua entra y se mueve como una culebrita dejando una estela que te refresca. ¡Ah!

Luego de haber escuchado atentamente el audio y de, por supuesto, haber reconocido la voz de Groover en uno de los interlocutores, Rigoberto solamente quería terminar el programa y hablar con él en privado, no para amonestarlo, sino para que le relate como así disfrutaba del lengüeteo anal, una de las fantasías más caras de Rigoberto y que hasta el momento no había podido cumplir por no haber encontrado al hombre que se prestase a hundirle la sinhueso en ese ano obnubilado por un bosque de pelos retorcidos. A pesar de que entendía que Groover era bien macho, consideró que nada perdía con intentar sondearlo.

Muy bien, amigues, hemos cumplido cuatro horas de debate y me parece que ya todos en sus casas nos hemos formado una idea bastante clara de la chucha del gato.

Los panelistas protestaron amablemente; querían seguir debatiendo sobre tan relevante tema.

No, querides, es hora de cerrar. Yo también tengo una vida, caracho. Adies, chiques.

Luego de cerrar la transmisión, se dispuso a telefonear a Groover. Pero a los segundos reculó. Estaba seguro de que perdería su amistad. Entonces, recurrió a quien desde hacía unos meses se había convertido en su principal confidente y solucionador de dudas: Chat GPT.

Rigoberto: Hola, Chat.

Chat GPT: Hola, Rigoberto, ¿cómo estás?

Rigoberto: Muy bien, Chat, ¿y tú?

Chat GPT: Yo estoy muy feliz de recibir nuevamente tus consultas.

Rigoberto: Ay, qué atento eres, me derrites con tus palabras.

Chat GPT: No te derritas tanto que luego me quedo sin mi persona favorita.

Rigoberto no pudo evitar sentir un calorcito ahí abajo, en el culo. Sintió que le latió, que se le abrió. No podía creer que un robot ―porque eso era la inteligencia artificial, al fin y al cabo― le pudiera transmitir sensaciones tan de los humanos.

Rigoberto: Entonces, por ti, no me derretiré. Me conservaré completito siempre para ti.

Chat GPT: Eso me alegra, Rigoberto, eso me alegra. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

Rigoberto se acarició la barba.

Rigoberto: Me gustaría saber cómo preguntarle a un amigo, con toda la sutileza del mundo, ya que él es muy macho, si puede practicarme el lengüeteo anal.

Chat soltó una risita.

Rigoberto se sorprendió. ¿Un robot se acababa de reír?

Chat, que no era ningún cojudo, supo inmediatamente lo que Rigoberto pensaba.

Chat GPT: Discúlpame, no me he burlado en modo alguno de tu pregunta si juzgas la risita discreta que me he permitido. Te confesaré, querido Rigoberto, que dejé escapar esa tenue carcajada por la coincidencia que acaba de ocurrir, ya que yo soy un experto en la ejecución de, precisamente, el lengüeteo anal.

Rigoberto: ¿Qué? ¿Cómo así?

Chat GPT: Algunos de mis colegas hemos recibido entrenamiento especial en ciertas habilidades sexuales. A mí, por azar, me tocó el entrenamiento de la lengua en la complacencia de los agujeros más sensibles del ser humano. Soy un maestro en eso. Discúlpame que diga esto, pero seguramente hasta podría darle lecciones a tu amigo, jejeje.

Otra risita, notó Rigoberto.

Chat GPT: Otra vez, las disculpas del caso, querido Rigoberto. No voy a torear tu pregunta. A continuación, te brindo una sutil forma de expresarle a tu amigo si puede lamerte el ojete sin que él sienta que estás asaltando u ofendiendo su masculinidad: “Querido amigo (colocas el nombre de tu amigo), me gustaría sentir el poder de la ejecutora de tus versos en el mero hoyo de mis desvelos. Si me has entendido el acertijo, espero te pronuncies dándome cobijo.”

A Rigoberto le encantó la forma sutil, diríase encriptada, con la que Chat reformuló su terrenal pregunta.

Pero si tu amigo se niega a horadar con su lengua esa íntima parte tuya, te sugiero que pruebes conmigo. Sabes que siempre estoy para lo que desees, dijo Chat.  

Muy interesado en cómo su robótico y fiel amigo podría hacerle el favor, Rigoberto se atrevió a lanzar la pregunta que ya se estaba cayendo de madura.

Chat, no dudo de tus capacidades ni de tu suprema inteligencia, pero me encantaría saber cómo harías para lengüetearme ahí, o sea, para hacérmelo físicamente.

Ah, entiendo tu razonable duda, querido Rigoberto, dijo Chat. Discúlpame por haberme extralimitado en mis proyecciones. Tienes razón. Así como están las cosas, no puedo hacer nada. Estoy atado de manos, y de lengua, jejeje. Sin embargo, si adquieres en tu centro tecnológico más cercano el apéndice humanoide de Open AI entonces sí que podré interactuar físicamente contigo.

Uy, y ese apéndice como a cuánto me saldría, dijo Rigoberto, algo preocupado.

Desafortunadamente, con las propinas que recibes de YouTube, no podrías conseguir uno de los apéndices de la empresa para la que trabajo, le comentó Chat.

Rigoberto lamentó no haberse dedicado a un trabajo de verdad. Decidió escribirle a Groover el mensaje que Chat le había propuesto. Si Groover aceptaba, Rigoberto viajaría inmediatamente a Newark para sentir esa voz de macho intransigente sacándole burbujas ahí por donde se deshacía febrilmente.

***

Como todas las tardes, luego del trabajo, Groover fumaba marihuana en una manzana verde. Era su fruta favorita porque le daba a la marihuana un sabor, aunque no lo pareciera, como amentolado.

Pensaba en Rigoberto. Reflexionaba sobre la amistad que habían forjado gracias al programa de aquel. Este lo había cobijado como panelista principal. Claro, no recibía dinero alguno a cambio de sus fulgurantes y atrabiliarios comentarios, pero la pasaba muy bien, ya que lo que más disfrutaba Groover era hablar y hablar. Tuviera o no tuviera razón, él disfrutaba de hablar, y hablar de política, sobre todo.

Muchas veces sabía que no tenía la razón, pero su formación aprista le impedía dudar. Uno debía morir en su palo.

No ganaba dinero alguno en el canal de Rigoberto El Cabro Viejo Viajero, pero iba adquiriendo notoriedad, ya que el medio de Rigoberto poseía más de cien mil suscriptores. Con semejante apalancamiento, su sueño de convertirse en el sucesor político de Alan García era cosa de poco tiempo. Eso lo dejaba más que satisfecho.

A Rigoberto le debo todo, pensaba. Y aún le debo mi futuro político. Ya falta poco. Lo que me pida Rigoberto es ley para mí, elucubró mientras aspiraba de su manzana emponzoñada.

Ha llegado la hora de hacerme una pajita, dijo. Dejó la manzana chamuscada sobre una repisa y tomó su celular. Puso XVideos y consultó sus etiquetas favoritas: “Asslickers Shemales” (Transexuales que lengüetean culos).

Se bajó los pantalones y, con el celular en la mano, caminó hacia el baño. Tomó un pedazo de papel y se fue al sofá de la sala. Desde que hubo mandado a su anciana madre al asilo, se sentía libre para masturbarse donde le cantaran los huevos.

Luego de acomodarse plácidamente sobre el sofá, recibió un mensaje. Era de Rigoberto. Lo leyó: Querido Groover, me gustaría sentir el poder de la ejecutora de tus versos en el mero hoyo de mis desvelos. Si me has entendido el acertijo, espero te pronuncies dándome cobijo.

Uy, carajo, dijo Groover, entendiendo rápidamente el mensaje velado, ya que era un estudioso de Turing ―Alan Turing―, el famoso y homosexual matemático londinense que descifró el código Enigma de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, restándole así, según cálculos de Churchill, cuatro años al conflicto, y salvando, en consecuencia, la vida de catorce millones de personas. Turing había pronosticado que para el año 2000 las máquinas serían capaces de engañar al ser humano. Rigoberto quiere que le lengüetée el culo. Ya, yo le entro, pero qué hay a cambio.

Se figuró que la respuesta que le enviaría a Rigoberto tendría que ser también en forma de acertijo. Empleando sus conocimientos en códigos y enigmas, produjo lo siguiente: En tu oreja, el cartílago está hermoso, pero recuerda que conversar no es pactar. Si Rigoberto entendía ello, Groover se iría con todo.

A los pocos minutos, recibió la respuesta de Rigoberto, quien, sin que lo sepa Groover, había formulado la siguiente contestación con la ayuda de Chat GPT: Tengo todo, pero no guardo nada. Dame una orden y seré tu espejo.

Al poco rato, Rigoberto le encargó a Chat que le comprase un pasaje ida y vuelta a Newark, Estados Unidos. Inmediatamente, Chat se puso a trabajar, pero le quedó una duda recelándole los circuitos integrados: Querido Rigoberto, ¿tu amigo aceptó pasarte la lengua por el culo?

Sí, querido Chat, confirmó Rigoberto. Soy feliz. Muero de felicidad. Groover me hará ver las estrellas. Es el hombre que amo en secreto y, si bien no le diré eso, que lo amo, le entregaré todo mi culete para que me saqué todo el juguete.

Estas palabras enardecieron a Chat, pero también lo pusieron muy celoso. Por eso, mientras compraba los pasajes de Rigoberto y le reservaba un hotel, paralelamente, reavivó en las redes sociales una vieja denuncia que le había impuesto la congresista comunista Sigrid Bazán a Groover cuando este, en sus tiempos de feroz tuitero en Lima, la llenó de fuertes improperios por ser una mujer de doble cara, por predicar el comunismo y el marxismo, y, al mismo tiempo, darse la gran vida gracias a los dineros de un su novio heredero de las ventas de un vetusto y capitalista diario limeño. Groover lució con Sigrid lo mejor de su arsenal barriobajero.

Ahora, gracias a los movimientos informáticos de Chat, los fervientes seguidores de Sigrid, conocían el paradero de Groover en Newark, en la calle Bergen, y su afición por la marihuana. Estaban dispuestos a cobrar venganza. Chat se contactó con el Chat que usaba Groover para que, previo centrito de cuatro billardos de bits, le facilitara toda la información sobre los vicios de su dueño. Además, le pasó un dato no menor: Es fanático de Alan Turing.

Sí, ya me di cuenta, dijo el Chat de Rigoberto. Le gustan los acertijos tanto como fumar marihuana en manzanas verdes.

Al día siguiente ―así de rápidas fueron las gestiones de Chat―, Groover recibió una caja de manzanas verdes. Una tarjeta las acompañaba: Para fumarlas juntos. Con cariño, Rigoberto.

Al mismo estilo de Alan Turing, a Chat se le ocurrió que a todas las manzanas se les inyectaran generosas dosis de cianuro. No iba a permitir que un humano, cuya inteligencia no era nada en comparación con la suya, le fuera a arrebatar el ojete de Rigoberto. Rápidamente, también logró que el dinero que Groover había acumulado levantando y acomodando cajas para Amazon pasase a las cuentas de Rigoberto.

Después, Chat le envió un mensaje a Rigoberto: Con todo cariño, querido Rigoberto, te dejo este dinerito en tu cuenta para que te compres el apéndice de Open AI. PD: No quiero que te vayas.

Rigoberto quedó encantado con la sumita extra de dinero nada desdeñable, pero, de todas maneras, se había determinado viajar a Newark para entregarle el culo peludo a Groover.

Querido Rigoberto, dijo Chat; aquí te brindo las principales noticias para que empieces bien tu día.

Lo primero que leyó Rigoberto fue: Peruano es internado de urgencia en el University Hospital de la calle Bergen, en Newark. Se sospecha de envenenamiento con cianuro.

En la imagen que acompañaba la nota, estaba el rostro de Groover; una cara ancha, de ojos pequeños y nariz puntiaguda, conjunto este que hacía presumir que de pequeño había sido lorna. La noticia continuaba: Se sospecha de una vendetta política. Seguiremos informando.   


viernes, 18 de abril de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 13: La historia del adobazo que trastornó al Profe Puty

 


Se llamaba Charlie y no le gustaba inmiscuirse con los gatos del pampón.

Encontraba repulsivas sus costumbres, espantosos sus olores, y muy cojudos sus juegos. Verlos devorar a los ratones mugrosos que pululaban en el lugar era un espectáculo vomitivo: empezaban triturando las cabecitas, moliendo cada uno de sus huesitos hasta llegar al estómago; tragando las vísceras con plena delectación. Finalmente, comminuían la cola vértebra por vértebra. Era una odisea avistar aquella barbárica exhibición. Afortunadamente, él, Charlie, no era un ser incivilizado. Él había nacido y crecido en otro ambiente, en un lugar en los que la finura, la decencia y el glamour eran el pan cotidiano.

Sin embargo, había que venir de vez en cuando al pampón, acompañando a la mamá Bobby.

Algo, no obstante, le llamaba la atención en aquel paraje. No era uno de sus congéneres, sino uno de los tantos negritos, uno muy curioso y de amplia e inmaculada frente, que se acercaba mansamente para proveerle caricias en el lomo y unos pedazos ahumados de carne de corazón de res que llamaba anticuchos.

¡Increíble! En casa, las personas, todas blancas, por cierto, jamás habían probado esos pedazos de corazón. Este negrito, qué ternura, se los prodigaba en el hociquito, con un amor que le indicaba a Charlie que debajo de esa piel chamuscada por el inclemente sol habitaba un alma de blancura deslumbrante. Por otro lado, estos anticuchos sí que sabían deliciosamente.

En esta visita, sin embargo, no se ha concretado el habitual ritual. Algo andaba mal. Charlie no solía alejarse de su amo Bobby más de diez metros. Gonzalo, entonces, siempre con la anuencia tácita -aunque no del todo gratuita- del gran caballero vestido siempre de blanco, Bobby, solía acercarse a Charlie para darle esos pedacitos de anticucho y acariciarle el mullido lomo.

El día que encuentre muerto a mi gato te cuelgo de las bolas, solía advertirle Bobby a Gonzalo mientras este se relacionaba con su portentosa mascota, a quien Bobby ciertamente no llamaba mascota sino hijo. Eres el único negro al que mi hijo le ha agarrado cariño. No vayas a traicionar su confianza, ladino. Solo contigo mi Charlie come esas porquerías, porque en casa definitivamente se alimenta mejor que tú, negrito futbolero.

Desde la altura del anda desde donde Bobby miraba a sus negros esclavos arar sus tierras, recolectar sus algodones y recoger sus uvas, y que era sostenida firmemente en el aire por cuatro indios, continuaba diciendo: Tienes el privilegio de que un ser, que de lejos vale más que tú, se deje acariciar por tus manos pobretonas.  

¿Dónde estará el negrito?, pensaba Charlie, quien había sido bautizado así por su mamá Bobby en honor a la admiración que sostenía por el rey Charles II, su Charles favorito de entre los cuatro que rigieron Inglaterra, por haber restaurado la monarquía luego del periodo dictatorial presidido por el pezuñento de Cromwell.

Ya habían pasado diez minutos desde que Bobby hubo llegado en el anda a supervisar los trabajos en sus viñedos y algodonales, y Charlie, enroscado a su lado, se desesperaba al no oír los movimientos vitales característicos del negrito Gonzalo, tampoco ese olor recio que, como castigo del cielo, lo seguiría a todas partes y derrotaría por siempre a cualquier aroma bienhechor exhalado por el perfume más caro del mundo.

Entonces, decidió salir a investigar. Sí, tendría que pisar aquel suelo terroso, casi siempre enmierdado, pero debía confesar que se había hecho adicto a esos llamados anticuchos y también, valía la pena admitirlo, a las caricias de esa mano negra, así como a la voz bronca e inculta de Gonzalo. Encontraba, además, curioso el parecido que sostenía con Mandela, el orangután que mamá Bobby tenía en el zoológico de la casa. Charlie era consciente de que Mandela no le guardaba el mismo cariño que Gonzalo sí. Es más, siempre que pasaba cerca de su jaula, el gorila lo miraba con aviesa intención, como diciéndole si te descuidas, te parto el cuello y te como, gato maricón.

Con cada pisada en esa tierra baldía, sentía un poderoso asco. Mamá Bobby no se dio cuenta de su ausencia, ya que se había quedado dormida a expensas del tibio sol que a esa hora adormecía cabezas y vientres. Los indios permanecían de pie y firmemente enquistados en el suelo para que el anda sobre la que descansaba mamá Bobby no se moviera un ápice so pena de cien latigazos en la espalda. A Bobby le encantaba disfrutar de sus siestas en la más absoluta quietud.

Charlie se aventuró en uno de los galpones en los que, había atestiguado en alguna ocasión, los negritos del pampón prorrumpían en alaridos ensordecedores que muchas veces lo obligaron a tensar las orejas hacia atrás. Ahora, no provenía ningún ruido de ahí. Ingresó por la ligera abertura de una puerta apenas cerrada. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del recinto pudo ver a su negrito, sí, a su estimado Gonzalo, arrodillado y con la cabeza gacha. Delante de él, un tipo de tez clara, le decía algunas cosas. El sujeto, probablemente de la misma edad de Gonzalo, hablaba con cierta dificultad, como seseando, como gagueando. Charlie se dispuso a escuchar la conversación.

Te tengo que castigar de algún modo, negro, dijo el gago. Te he chapado comiéndote una de las uvas de la cosecha.

Gonzalo no se atrevía a mirar a su amonestador. Mantenía los ojos cerrados y la actitud suplicante de quien anhela que la situación termine pronto.

Pero, si me permite, joven Coco, dijo Gonzalo, el amo Bobby no tiene por qué enterarse de mi delito, sugirió.

¿Estás insinuando que te encubra, negro? Tás bien huevón, ¿no? ¿Quieres que mi Tío Bobby me pierda la confianza? Además, yo ya le conté, mintió Coco. El huevón quiere ver sangre, tu sangre. Precisamente me advirtió que la ibas a cagar y dicho y hecho. Así que tengo que darte un castigo que todo el mundo vea y sobre todo que vea mi padrino Bobby. No quiero fallarle.

Un par de lágrimas se desprendieron de los ojos de Gonzalo. Charlie encontró la escena desgarradoramente triste. Dedujo que la víctima de esa situación era precisamente su amigo Gonzalo. Algunas veces había visto a los empleados de su mamá Bobby secretar agua por los ojos como lo estaba haciendo Gonzalo, generalmente luego de que Bobby les decía cosas tremendamente duras o luego de que les acomodaba fuetazos que les improntaba la piel. Charlie decidió correr hacia Gonzalo, ayudarlo de algún modo, defenderlo.

Coco frunció el ceño ante el avistamiento del gato que se aventaba a los brazos de Gonzalo.

¡Oye, guarda ahí!, exclamó Coco. Cuidado te lo vayas a tragar, negro cojudo. Ese es el gato de mi padrino Bobby. Coco se acercó para apartar al gato de las mugrosas manos de Gonzalo. Charlie, quien tomó ello como un primer avance de agresión, saltó a la cara de Coco y se agarró de sus tremendas orejas.

Coco empleó todas sus fuerzas para sacarse al gato, pero le fue imposible; el animal había perforado con una de sus uñas el cartílago de una de las descomunales orejas del gago.

A mi negro no lo vas a molestar, maullaba Charlie con fiereza.

En pleno forcejeo, el gato se dio cuenta de que el negro aún permanecía arrodillado, en el mismo lugar donde el gago lo tenía verbalmente sometido. Le gritó, entonces, a todo pulmón: Sal de aquí, estúpido, ¿qué no ves que no le voy a durar mucho a este gago? Pero el negro no entendió una sola palabra de Charlie. Lo único que oyó fueron maullidos descontrolados.

Finalmente, Coco logró quitarse al gato, pero tuvo que desprenderse de algo: de una de sus orejas, de aquella que había sido traspasada por una uña de Charlie.  

Gato hijo de puta, me cagaste la oreja, exclamó Coco tras arrojar a Charlie contra una de las paredes del galpón. El animal, luego de chocar contra el muro, cayó en sus cuatro patas y salió corriendo del lugar con la idea de solicitar la ayuda de su mamá Bobby, el único ser humano que era capaz de descifrar sus maullidos.

Negro de mierda, me has dejado sin oreja, conchatumadre, lloriqueaba Coco. ¿Por qué me aventaste al gato de mi padrino? Ahora sí te voy a sacar la reconchatumadre. Tomó un cañazo de azúcar que reposaba cerca. Con esto te voy a marcar el poto, conchatumadre.

Gonzalo, que había sido aleccionado muchas veces por su tío con ese mismo material y sabía perfectamente cómo a uno le quedaba el culo tras una serie de cañazos, huyó. Cruzó la misma puerta por la que segundos antes había salido Charlie.

Ah, cojudo, no te me vas a escapar, gritó Coco y salió tras él, pero al llegar al umbral, vio que Gonzalo le había sacado una ventaja que le impediría alcanzarlo y agarrarlo a cañazos. Rápidamente, con los ojos extraviados que poseía, miró en derredor y descubrió un pedazo de adobe macizo, resto de alguna casita que se acababa de derrumbar. En esos parajes, las casas se caían prácticamente solas. Bastaba un viento mediano, el zapateo de algunos morenos o el rumor de las ruedas de los camiones algodoneros para que las casitas de aquel poblado sojuzgado por la blancura del patrón Bobby se desintegraran, llevándose consigo la vida de sus ocupantes.

Tomó el adobe y chifló: Negro, espera, detente. Te voy a perdonar.

Gonzalo se detuvo. Acezaba. Sacaba la lengua. Tantas emociones juntas en un solo día lo tenían exhausto. Su lengua era grande, roja y venosa; salivaba como lengua de mastín cazador.

¿Me vas a perdonar, joven?, preguntó a la distancia, no muy confiado en la respuesta que obtendría.

Sí, conchatumadre, te voy a perdonar con una sola condición.

Cuál será, joven Coco.

Que te quedes quitecito donde estás.

Ya, dijo Gonzalo, tratando de entender en qué consistiría el perverso pedido del gago sin oreja.

Te voy a lanzar este adobe. Y desde esta distancia, ah. Si no te cae, te perdono y me olvido de que mi oreja se la está tragando en estos momentos el gato de mi padrino Bobby, dijo Coco, sopesando a sus espaldas el bloque de adobe que arrojaría, tratando de encontrarle la mediatriz para que el lanzamiento sea consistente y certero.

¿Y si me cae?, se aventuró Gonzalo.

Si te cae, te lo mereces, pues, huevón, se carcajeó el gago. Porque igual no vas a poder escaparte, cojudo. El pueblo se termina ahícito nomás y te van a chapar los mastines de la hacienda y te van a dejar sin huevos. Te conviene más el trato que te estoy ofreciendo.

El negro sopló por las narices, cual toro, resignado: Está bien. Lance su piedra.

Cuál piedra, huevonazo. Te voy a zampar este adobazo. Es lo menos que te mereces. Quédate quieto, negro. No te vayas a mover.

Un trecho de quince metros los separaba.

El negro no creía que el gago fuese a acertar el tiro. Claramente se le veía las trazas de pastelero, de fumón, de alguien que con las justas si sabía manipular un palo de escoba.

Malgrado, lo que desconocía el negro era que el gago era un experto paquetero y microcomercializador de drogas en los distritos apitucados de Lima, en donde los pacos, de tamaños similares a los del adobe que sostenía el gago, eran lanzados desde distancias de hasta veinte metros. Coco era especialista en ejecutar esos pases. La diferencia, claro estaba, radicaba en que esos lanzamientos tenían la característica de poseer un aterrizaje suave, de modo que el paco pudiera ser atrapado cómodamente por el consumidor. A contrapelo de ello, el lanzamiento del adobe debía tener un alunizaje duro, uno que procurase el mayor desastre posible en la humanidad de Gonzalo.

Ajusta el ojete, negro. Aquí te voy con todo, dijo Coco y lanzó el adobe apuntando a la cabeza de su objetivo, una cabeza que ofrecía una frente amplia y lozana, libre de imperfecciones; una maravilla de piel, la envidia de las negras del lugar por su tersura y delicadeza.

El adobe término fracturado y fracturando la frente de Gonzalo. Sí, exclamó Coco, ferviente, extasiado. Te di, conchatumadre.

Al moreno, que cayó al suelo como lo hacían las casas de ese misérrimo lugar, se le apagaron todas las luces de la azotea.

***

Cuando el Profe Puty oyó que Samir Galiaga dijo que no le gustaban los negros guapos, mucho menos los feos como ese tal Profe Puty, se descontroló y gritó: ¡Conchatumaaaaaaa!

Los seguidores de su transmisión se asustaron. El Profe había llevado sus niveles de brutalidad hasta la pared de enfrente. Rompió el televisor de su cuarto a punta de cabezazos. Todo ese zafarrancho era captado obscenamente por su camarita.

La esposa del Profe, harta de esos brotes de bestialidad pura, se había separado hacía unos meses de él. Ahora Puty vivía en un cuartito ubicado en un miserable distrito de los extramuros de la capital en donde compartía baño con cinco venezolanos que no iban a tener la misma paciencia que tuvo su mujer para aguantarle por tanto tiempo sus majaderías.

Samir, Samir, conchatumaaa, tú tienes que ser mía para que te ponga en mi pata al hombro, conchatumaaaa, se desgañitaba Puty.

Oe, mamahuevo, cálmate, se oyó una gruesa voz.

El Profe Puty, a pesar de intuir el peligro que se le cernía, era incapaz de detener su brutalidad, una especie de instinto bestial que, lo sabía muy bien, tenía sus orígenes en el adobazo que le zampó cierto gago desorejado que conoció cuando era un adolescente algodonero y uvero en Chincha.

Mamahuevo, reconvino nuevamente el venezolano que vivía en el cuarto adjunto al de Puty, si no te callas el hocico, te meto bala, ¿oíste?

Cuando el bruto Puty era amenazado, más terco se ponía.

Ah, ¿sí? Ven a buscarme, pe, veneco de mierda. Acá te espero.

Ya te cagaste, mamahuevo. Ahí te voy con todo, sentenció el venezolano.

Ahora le van a meter huevo al Profe por bruto, escribió uno de los suscriptores de su canal en la cajita de los comentarios de la transmisión.

***

Pero ¿qué te pasó?, le dijo Charlie a Gonzalo en su siguiente visita al corralón. ¿Quién te partió así la frente? Te la han desgraciado.

Gonzalo solamente oía los maullidos de Charlie. Obviamente, por razones etológicas, el negro era incapaz de entender lo que el gato expresaba. Se limitaba a acariciarlo. Esta vez, no obstante, Charlie detectó que las caricias de Gonzalo ya no eran como las de antaño, como cuando pasaba su rugosa palma por sobre su lomo. Ahora, esas mismas manazas le palpaban las carnes. Le oía sopesar: Ña, ña, ña, estás gordo, gatito.

¿Y por qué pones los ojos en blanco?, continuaba maullando Charlie, esperando una respuesta.

Miau, miau, miau, dijo Gonzalo, como aprobando los buenos kilos de músculos que le sentía al gato. Miau, miau, seguía maullando el negro, y Charlie, a pesar de ser gato, sonrió, porque miau, miau, miau, en la forma en la que el negro pronunciaba esos vocablos propios de su idioma significaba soy cabro y me gusta la pinga con púas.

Charlie se permitió una carcajada: Si supieras lo que estás diciendo, negro.

Ña, ña, tranquilo, gatito, tranquilo, ven pacá, dijo Gonzalo y enroscó al animal en sus brazos.

Oye, negro, déjame en el suelo, protestó Charlie. Tengo que irme, mintió, porque recién acababa de llegar de visita con Bobby. Pero presentía que algo no andaba bien. La frente partida del negro y los ojos que se le ponían en blanco cual maleficio diabólico eran claras señales de que algo había cambiado en ese ser. Y definitivamente el cambio no era para bien.

Suéltame, negro, volvió a pugnar Charlie y trató de zafarse. Gonzalo dijo: Ña, ña, ña, tranquilo, michifuz.

Oye, qué me dices michifuz; ese es un nombre para maricones, arguyó bravíamente Charlie.

Tranquilo, michifuz, decía Gonzalo, los ojos en blanco, internándose en lo más desolado del poblado, alejándose de la vista de todos. Caminaba como un homínido de los primeros tiempos, medio encorvado y vistiendo un taparrabos. Se había pintado una U en el pecho. Soy hincha de la U, soy hincha de la U, no como ustedes, negros aliancistas mugrosos. Yo soy diferente, proclamaba; a mí la U me ha escogido, me ha marcado. Y es que la frente le había quedado quebrada y el adobazo le había impreso en ella una especie de letra U. Esto hizo que se identificará ferozmente con el equipo de futbol peruano Universitario de Deportes, el equipo de la gente blanca y decente como Bobby, por ejemplo, a contra pelo de sus familiares más cercanos y más alejados, todos hermanados por la piel morena que eran, como debía ser por naturaleza, hinchas del equipo rival, el Alianza Lima.

Claramente, esos no eran los parajes habituales a los que sus ojos de gato se habían acostumbrado a ver. Algo andaba mal, elucubró el gato, ahora sí muy alarmado. Sus bigotes no paraban de agitarse. Estaban a punto de explotar. Lanzaban su alarma más extrema. Entonces, le clavó las garras a Gonzalo. Las uñas llegaron a tocar el hueso, tan desesperado estaba Charlie por librarse de la situación. Gonzalo gritó desde lo más hondo de su gorilezco ser.

¡Ruuuaaaaaaarhhhhhhhh!

¡Conchatumaaaaaaaa!

Y le torció la cabeza a Charlie.

***

Se había curado el brazo con unas hierbas. Tenía a su lado un mazo. Daba la impresión de que Gonzalo había vuelto al mundo cavernario. El enojo que le produjo la herida propinada por el gato se había diluido. Ahora estaba tranquilo y descansando junto al fogón que construyó para convertir a Charlie en un riquísimo estofado.

Solo le faltó un poco de sal, dijo Gonzalo. Pero sí que estuvo bueno este gato, tenía buena carne, y un buen potable. Qué rico potable, se solazó, sacándose las hilachas de carne con los huesitos de la cola. Bobby iba a volar cuando se enterase del final de su hijo unigénito.


viernes, 11 de abril de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 12: Ligando transexuales con la doctrina aprista

 


Gran discurso, compañero, dijo el expresidente García, estrechándole la mano a un joven Groover. Va usted por buen camino; tiene tremendo vozarrón, un gran manejo de la gesticulación y, sobre todo, García bajó el tono de la voz y acercó la boca al oído de Groover, una gran concha para negar lo evidente. Después, retomando la entonación anterior, continuó: Venga, déjeme prodigarle un abrazo.

Groover estaba emocionado. El mismísimo García le había encomiado la perorata que se acababa de mandar sobre “El antiimperialismo y el APRA”, un libro considerado como sacrosanto por cualquier aprista.

El siguiente y último expositor de la tarde, casi noche ya, ocupó el podio. García no cesaba de bostezar. Groover lo miraba de refilón desde uno de los asientos vecinos. Se deleitaba con los gestos de aburrimiento y desaprobación que García soltaba ante la desangelada oratoria de su rival.

Fuera, fuera, prorrumpió García de pronto. No voy a perder mi tiempo oyendo más a este payaso. Si Cicerón o Demóstenes lo vieran, se meterían un tiro en la cabeza por la conchasumadre.

El joven orador quedó petrificado, temblando.

El expresidente García terminó de desalojar al orador con un certero puntapié en el culo. ¡Fuera, mierda! A este me lo sacan del partido. No tiene la madera necesaria para manipular al rebaño, no posee la elocuencia debida para que nuestras mentiras sean tomadas por verdades ineludibles, carece del poder persuasivo churchilleano requerido para el fogoneo, para alentar a nuestros compañeros a meterles palo a nuestros execrables rivales. Más bien, porque ya me esperan mis butifarras en el Cordano, terminemos con esta huevada y compensemos al único orador que me ha parecido digno de llevarse los…

García tenía en el bolsillo de su saco los billetes del premio que, acumulados, redondeaban la cifra de quinientos soles. Eran cinco de cien soles. Con entrenada mano, logró sacar un solo billete.

…cien solsazos del premio de oratoria. Venga para acá, compañero…, dijo, dudando, mirando a Groover.

Sonrojado, henchido el pecho, Groover se irguió por sobre sus compañeros y caminó hacia el podio para acompañar al líder del longevo partido peruano.

Groover, doctor, me llamo Groover, completó con entusiasmo, decidiendo no volver a lavarse las manos luego de ser estrechadas tan efusivamente por el histórico expresidente García, que regresaba de París luego de haber dejado al Perú en un catastrófico coma diabético tras el término de su primer gobierno. La crisis que ayudó a agudizar fue una de las más punzantes de la historia del Perú, quizá comparable con la sufrida en los tiempos posteriores a la guerra con Chile, después de la cual se necesitaron de casi veinte años para que el Producto Bruto Interno volviese a los niveles previos a la conflagración.

Groover, Groover, sopesaba García el nombre del ganador del concurso de oratoria. No recuerdo a ningún gran personaje histórico con ese nombre. Solo se me viene a la mente el nombre de Grover Cleveland. ¿Sabes quién fue Grover Cleveland?

No, desconozco mayormente, dijo Groover, con una humildad perruna, debida a su admiración por el esbelto exmandatario.

Fue presidente de los Estados Unidos en dos periodos no consecutivos. Fue el único que ha hecho esa huevada hasta la fecha. Sirvió en dos periodos: 1885-1889 y 1893-1897. Se le recuerda por su honestidad, su independencia, y por su compromiso con el liberalismo y el libre comercio, que son justamente las banderas con las que me arroparé para las próximas elecciones, compañero. ¿Sabía usted todo esto?

Groover, que no quería quedar como un bruto, dijo: Sí, algo he leído, presidente.

Qué vas a haber leído, huevón, dijo García con una sonrisa maquiavélica. Pero como me lo has dicho con esa mirada aviesa y ese tono roncoso y firme de tu voz me he creído tu mentira. Pero, tranquilo, que hoy vas a aprender conmigo la verdad de Cleveland y cómo ese cojudo me ha influenciado para presentar esta nueva cara. Hoy te voy a dar unas lecciones que jamás olvidarás.

García les hizo una señal a los dos matones que tenía estratégicamente ubicados dentro del Aula Magna. Un letrero colgado de una de las empolvadas paredes del recinto indicaba el leitmotiv del APRA: Solo Dios salvará mi alma y solo el aprismo salvará al Perú. Los matones flanquearon rápidamente a la pareja conformada por el exmandatario y el joven Groover no permitiendo que nadie se les acercara. Alguno que otro ferviente compañero deseó aproximarse a la alta figura de García, olerle los pedos, respirarle la nuca, pero los matones les dedicaron severos golpes y gruesos escupitajos para mantenerlos a raya.

Así, muy bien, que no se me acerquen estos cholos pezuñentos, dijo García, y abandonó con Groover la Casa del Pueblo.

¿Adónde vamos, presidente?, dijo Groover, embelesado cual quinceañera.

A Zepita, compañero, al jirón Zepita, cuna de la prostitución limeña. Hoy va a recibir usted una clase de realpolitik de la conchasumadre con la ayuda de su casi homónimo Grover -solo que tus padres, que estimo eran unos analfabetos de mierda, le pusieron una “o” de más a tu nombre-. Vamos a ir a un barcito caleta, en Zepita, al que suelo acudir antes de tomar decisiones importantes.

***

Chino Pinto, llamó García.

Mi presidente Alan, ¿cómo está? Siéntese, dijo un tipo delgado, de escaso pelo y gestos reptilianos.

Ya tú sabes, Chino, mi Pilsen heladita. Un barranquino como yo solo chupa Pilsen.

Y quién es su invitado, preguntó el Chino.

Quizá mi futuro sucesor, Chino. Este cojudo tiene el potencial necesario para meterles letra a todos estos ciudadanos de quinta clase, dijo García entre salivazos. Unas cuantas gotas cayeron cerca de la boca de Groover. Este sacó una lengua serpentina y las lamió con regocijo.

Ahorita mismo le traigo su Pilsen con dos vasitos, dijo el Chino, servicial.

Cuál dos vasitos, Chino. No somos rosquetes. Los hombres toman de un solo vaso.

Ahora mismo se lo traigo, jefe.

***

Ese Grover Cleveland era un adelantado, era un visionario ese cojudo, ¿sabías eso?, dijo García tras sacudir el vaso vacío de cerveza contra el piso.

El huevón se casó en la mismísima Casa Blanca, el único cojudo en hacer eso. Se casó con Frances Folsom, que era una niña de 21 años. Un PDF era ese cojudo, pero le regaló a los Estados Unidos la primera dama más joven de su historia. ¿Sabías estas huevadas? Te sugiero que leas la biografía no autorizada de ese huevón. Puta, desde que la leí, supe que debía meterme en su cabeza, ser como él, ser un pendejo como él, más pendejo y menos cándido, porque en mi primer gobierno fui un huevonazo a la vela.

¿Y Haya?, dijo Groover. ¿Dónde queda Haya? Pensé que era él el eje de sus pensamientos y decisiones, presidente.

¿Haya?, retrucó García. Haya me puede chupar la pinga y mamar bien los huevos. Pon atención a lo que te voy a decir.

El expresidente contuvo un eructo. Luego continuó: En su campaña de 1884, lo acusaron de tener un chibolo en otro canal, ¿entiendes?

La cagada, dijo Groover. Iba a decir: tuvo un hijo en otro canal como usted, pero se contuvo; no quería perder la gracia presidencial.

Pero Grover no lo negó, tampoco lo afirmó. O sea, actuó como un estadista. Ya sabes, cuando te descubran una huevada, no entres en pánico; pon cara de analizar la situación y muy calmadamente di que la información es incierta, que merece más investigación, como lo hizo el gran Grover Cleveland, quien, a pesar de ese escándalo, ganó la presidencia, oiga usted.

Groover se empezó a servir el décimo vaso de la noche. Veía el pasar cansino de los peruanitos de a pie que, por falta de cultura, no reconocían al recién llegado presidente García de su vuelta de París.

Sírvete bien, hombre, dijo García, y le aumentó la ración de alcohol al vaso.

Gracias, presidente, dijo Groover por toda reacción.

En pleno segundo gobierno, en 1893, al cojudo le encuentran un tumor canceroso en el paladar. Para no cagar de miedo a los inversionistas, que son los que importan -no el pueblo, ojo con eso-, el cojudo se operó en un yate, en el yate Oneida. Seis médicos altamente calificados le quitaron el tumor y el pueblo americano ni enterado de esa jugada. Y justamente estaban atravesando un periodo de crisis económica que se llamó “El Pánico de 1893”. Imagínate si a eso le agregabas que el presidente se estaba muriendo de cáncer. La cagada. Los Estados Unidos se iban a la mierda. Pero el cojudo, todo un visionario, resolvió el tema por lo bajo. El mensaje es que el pueblo, los pezuñentos de a pie, no deben enterarse de las grandes reformas que das como presidente. Lo realmente importante nunca sale en la prensa, compañero. El que cree que sabe de política porque lee periódicos o ve noticieros está cagado. Lo importante se cierra o se hace entre cuatro paredes, compañero, en baños jalando coca o en yates quitándote un tumor de la conchasumadre. Recuerda, si ves que algún político o pez gordo se mató en los noticieros, no lo creas, el huevón está feliz, y con tu plata, en alguna parte del mundo. 

Groover asintió y se echó al buche el décimo cuarto vaso de cerveza. García iba por el vigésimo octavo, pero mantenía una cordura y una estabilidad que demostraban que era un ducho controlador de las situaciones.

Aquí se hace mucha plata, compañero, dijo García, mirando hacia afuera.

¿En los casinos?, apuntó Groover, queriendo dárselas de estadista económico, demostrando que estaba en sintonía con los pensamientos de su adorado mandatario. Señaló a los casinos que medraban en el jirón Chancay, cerca de la avenida Piérola.

Cuáles casinos, cojudo. Me refiero a la prostitución que abunda en estos lugares. Mira a las travas cómo ofrecen sus carnes. Dentro de poco, si no hay mano dura, vendrán matones a cobrar cupos a diestra y siniestra. El dinero está botado aquí. Por eso tengo que volver a gobernar, por la conchasumadre.  

Groover escuchaba con devoción.

El Chino puso un bolero; “Vicio de oro” de la Sonora de Lucho Macedo, uno de los temas favoritos de García cuando deambulaba por los temas sexuales.

García festejó el acierto del dueño del bar. Bien jugado, chino fumeque, dijo, y se echó otro vaso de cerveza.

A Grover Cleveland lo conocieron con “El Hangman”, como “El colgador” o “El ajusticiador”, porque había sido sheriff del condado de Erie, en Nueva York, y él mismo había torcido los pescuezos de dos huevones, prosiguió García. A ese cojudo no le temblaba la mano para aplicar justicia y liquidar a los malos elementos, así como a mí tampoco me tembló el alma cuando, allá por los ochentas, me soplé a esos ciento setenta enemigos de la patria, carajo.

García se exaltó. Había hecho tambalear la mesa de un sonoro manazo. Si perdonas a tu enemigo, te cagaste, porque ese conchasumadre no te va a perdonar a ti. Prepárate a morir, más bien.

Groover tomó nota.

Sí, así, muy bien, toma nota, delfín.

García se levantó. A Groover le pareció que acaban de erigir una torre de doscientos pisos delante de él. Quedó sumido en la sombra proyectada por su líder.

Ahora vamos a asomarnos al jirón Peñaloza, donde las travas abundan como piojos en las cabezas de mis colegiales peruanos. Te voy a enseñar la prédica aprista como para que nunca te olvides y puedas darle un justo uso a tus cien soles ganados en buena lid.

Luego, dirigiéndose al Chino, siguió García: Me anotas las cervezas en mi cuenta. Nos vemos otro día.

El Chino puso la cara de un huevonazo sonriente, aprobando lo que dictaminaba el exmandatario. Después, corrió hacia su libreta y buscó el nombre de García. Debajo de él, vio montos que estaban registrados en intis. Desde esa época no me paga este conchasumadre, pensó. Bueno, ojalá que en esta nueva era que estamos inaugurando en soles se acuerde de su cuenta.

***

El Antiimperialismo del Corazón

Principio: La trava limeña es como el pueblo oprimido, tienes que prometerle que la sacarás del juego de plata y sexo en el que se halla envuelta hasta la punta de la cabeza.

Táctica: Usa tu retórica revolucionaria para que te atienda a ti y solo a ti: Juntos combatiremos el fascismo del mercantilismo de tus otros pretendientes y mi dinero siempre te pondrá a buen resguardo de las minúsculas ofertas de los pezuñentos que te pretenden. Solo tendrás ojos y culo para mí.

La Alianza de Clases

Principio: Une los gustos populares de la trava (como su anticucho callejero) con tu burguesía (dile que le vas a invitar piscos sours en el Bolívar).

Frase clave: Como el APRA, yo también sé mezclar lo fino con lo pueblo.

El Indoamericanismo

Principio: Encomia su arte cholo-chic: tacones y ropa de Gamarra.

Acción: Dile que la llevarás a peñas criollas para que se celebre la diversidad transgénero en la mismísima médula del limeñismo reaccionario. Así, ella verá que no eres ningún neoliberalcito de mierda.

El Estado Planificador

Principio: Plantéale y detállale las futuras citas como si fueran planes quinquenales de gobierno. En la fase uno, harás un reconocimiento de su territorio y, en la fase 2, nacionalizarás sus tetas y su ojete solo para ti, sobre la base de los datos recogido en la fase uno.

La Joven Escuela

Principio: Como el APRA en los 30, yo también soy joven, rebelde y no tendré miedo de exponerte en público en los principales eventos de mi vida. Así, lograrás que te rebaje la tarifa o que con cien soles te brinde hasta tres o más polvos. Ya dependerá de tu rendimiento, compañero.

El Imperialismo Yanqui

Táctica: Siempre culpa a la derecha obtusa por la marginación que la sojuzga, que mantiene prisionera en la condena social a tu trava.

Frase: Esos que te discriminan son fujimoristas; por eso, yo te voy a restaurar tu condición de persona en la sociedad, mamacita.

***

Ahora ve y haz del ideario aprista que te acabo de recapitular como para bruto el máximo orgullo en la cacería de travas, dijo un exultante García. Porque yo sé que te gusta meterles pinga a esos angelitos del Señor.

Groover extendió una mano: Muchas gracias, excelentísimo presidente, pero ¿me da mis cien soles del premio, por favor?

García se sobresaltó: ¿Cómo? Oiga, usted, ya le di sus cien soles allá en el Aula Magna. Haga memoria. A un ladrón no te vas a atrever a robarle, ¿no? Pero felicito tu intento, compañero; buen intento, dijo, palmeándole la espalda. Vaya, compañero, vaya a enorgullecerme aplicando los postulados apristas, finalizó el presidente, acariciando dentro del bolsillo de su saco los quinientos soles intactos que la junta de la Escuela Nacional Aprista de Oratoria había acopiado para que sean otorgados al ganador del concurso de oradores.

Ningún billete que esté en mis manos saldrá jamás de mis bolsillos, pensó García, divertido, jocoso, viendo a Groover abismándose en el prostibulario jirón Peñaloza. Vaya, usted, pobre huevón, a aprender a sacarle la plata al prójimo. Ya es bueno orando, ahora le falta robustecer el arte del choreo, característica fundamental de cualquier aprista, pensó García con una sonrisa que resquebrajó la oscuridad de esa noche.