Charles Darwin -que nos emparentó con los monos-, Albert Einstein -que destrozó la teoría gravitacional de Newton-, Edgar Allan Poe -que despertó el terror en generaciones enteras- y mi abuelo, Guillermo Montesinos -que compuso exquisitas sinfonías con su violonchelo y dejó impresionantes capturas pictóricas del cielo arequipeño-, se casaron con sus primas o tuvieron hijos con ellas.
Yo soy la prueba aún viviente de que de esas uniones el producto no siempre es defectuoso o monstruoso. Antes bien, yo fui presidente de mi país, del Perú, y lo convertí en el más moderno de Latinoamérica, no sin antes haberlo redimido de las ruinas en las que se hallaba hundido.
Y aunque
esto no me lo supieron agradecer mis contemporáneos, quienes dejarán que me muera
en prisión porque, a mis más de noventa años, es poco el tiempo que me queda; guardo
la esperanza de que tú, lector peruano del futuro, logres apreciar mis proezas.
Por eso, te voy a contar mi historia.
***
Pertenezco a un linaje, el de los Montesinos, que
circuló con cierta medianía, desde los albores de la república, en los ámbitos
culturales y políticos del Perú. Su legado fue discreto; sin mucho brillo,
apenas un rastro tibio. Yo, sin embargo, refundé las bases sociales, políticas
y económicas del país; prácticamente, lo reinventé, luego de haberlo levantado
del abismo con el pulso metálico de una grúa. Es decir, mi legado fue total.
Empezaré mi historia contando la de mi abuelo
Guillermo.
Aclararé que no lo conocí directamente. Nací veinte
años después de su deceso, acaecido en el año 1925.
Murió joven, tocando el violonchelo; instrumento cuyos
ecos lo acompañaron desde el vientre de su madre y del que no se despegó ni mientras
caía de la plataforma de madera que mandó erigir sobre el techo de su casa para
brindarle memorables serenatas nocturnas a su querida Arequipa.
Desde esa plataforma, además, Guillermo, asistido por
el curioso ojo de su cámara, captó las más guapas, insolentes y misteriosas
formaciones nubosas del cielo arequipeño.
***
Rudecindo era el nombre del indio a quien Guillermo le
encargó la construcción de la plataforma. En realidad, era un peón frecuente de
la casa, aunque no contratado a tiempo completo.
También era un mirón; un mirón de mujeres. Se merecía
que nadie le diese trabajo, pero mi abuelo, que era dadivoso -cosa rara en los
Montesinos-, le ofrecía uno que otro encarguito puntual. Eso sí, jamás lo
hubiera contratado permanentemente en su casona.
La belleza de mi abuela traía loco a Rudecindo, quien,
cada que podía, la espiaba por algún resquicio, imaginándosela en una serie de calientes
escenas en las que él resultaba ser el incombustible amante.
A pesar del trajín biológico a la que fue sometida por
Guillermo -sufrió veinticuatro embarazos de los cuales sobrevivieron catorce
críos-, María Montesinos, mi abuela, mantuvo su conventual belleza; una belleza
austera que yo supe heredar.
***
Mi abuelo era un hombre pacífico. Ello se debía a que
solo le interesaban tres cosas en el mundo: tocar el violonchelo en plena
madrugada, fotografiar las nubes que se enroscaban en los picos del Misti, y
hacerle hijos a mi abuela; en ese orden.
A pesar de su altura, corpulencia y sus bigotazos a lo
Kaiser (justamente lo llamaron Guillermo en honor al primero de esos
emperadores alemanes), sus ojos transparentaban a un niño grande y ensimismado.
Fue por su espíritu pacífico que mi abuelo no armó
ningún escándalo cuando pilló a Rudecindo espiando a su esposa mientras ella se
desvestía en la habitación principal. El desvergonzado indiezulo había sido
sorprendido con las manos debajo del pantalón. Guillermo lo pescó del cuello,
lo arrastró hacia el patio trasero y lo amonestó severamente, aunque en voz
baja, para evitar que la atroz falta fuese del conocimiento general de la
casona. La reprimenda incluyó unos buenos jalones de oreja y un par de
bastonazos.
Al cabo de unos minutos, Guillermo olvidó el
incidente, tal era su naturaleza, tan proclive a no amamantar inquina o
resentimiento alguno. Pero fue en el corazón de Rudecindo donde la patronal reconvención
echó gruesas y retorcidas raíces. Determinó que tenía que devolver la afrenta
para lavar su honor de indio. Sería una venganza que descalabrara a su agresor,
que lo mantuviera un buen tiempo alejado de los salones intelectuales, de la
fotografía que tanto amaba y de andar golpeando a indios inocentes.
***
Una tarde, aprovechando la ausencia de los ocupantes
de la casona, Rudecindo desclavó los maderos que sostenían la plataforma de mi
abuelo.
Esa noche, regresando de una tertulia intelectual, y tras
una breve y olvidable discusión con mi abuela, Guillermo se despojó de su
abrigo, se calzó unas pantuflas, se sirvió una copita de whisky y subió a la
plataforma.
Escondido detrás de los arbustos del huerto de la
casona, Rudecindo espiaba cada uno de los movimientos de su patrón. Aguardaba
con impaciencia el momento en que los maderos cedieran y el músico se quebrara
unos cuantos huesos al caer. Quería verlo maltrecho en una cama, impedido de hacer
sus necesidades por cuenta propia.
Guillermo desenvainó su instrumento y le acarició las
cuerdas. Con delicadeza, lo tomó de su mástil y, con la mano libre, cogió el
arco. Las primeras notas de afinación escaparon del claro propiciado por la lámpara
colgada en lo alto de la plataforma.
Esa noche, empezaría el ensayo de una de las
composiciones que acababa de terminar hacía unos días. La ofrecería en el
próximo recital particular que les regalaría a sus contertulios en su magnífica
casona. En esas veladas musicales, solía decorar las paredes de su palacete con
sus más recientes capturas paisajísticas.
Puesto que, en esos conciertos solipsistas, Guillermo se
daba sin reservas ni sombra alguna, tanto musical cuanto fotográficamente, practicaba
con la disciplina de un artesano, a pesar de que muchos de los invitados, que
eran sus vecinos, se quejasen de las madrugadoras melodías del ensayo,
calificándolas de bulla.
Hipócritas,
murmuraba mi abuelo en un silente diálogo consigo mismo. Bien que se tragan
y se chupan todo lo que les pongo en las mesas de mis recitales; pero qué rico
rajan cuando me pongo a ensayar. Ni siquiera tienen el valor de plantarme sus
quejas en mi cara. Sarta de cobardes. Son igual de fariseos que los limeños.
Esos pensamientos se deshicieron ni bien el arco hizo vibrar
las cuerdas del violonchelo. La honda noche despertó con aquellas vírgenes notas.
Guillermo, suavemente iluminado por las faldas danzarinas de la lámpara, no
necesitaba leer las partituras erectas frente a él; conocía de memoria los serpenteos
de su composición. Cerraba los ojos, arrobado por el éxtasis sonoro.
Mientras tanto, la plataforma seguía intacta, soportando sin problemas el peso de mi abuelo, que no era poca cosa. Rudecindo, oculto por la gorda noche y los arbustos melenudos, se mordía los labios, maldiciendo la resistencia de los pocos clavos que aún fijaban los maderos. Con celos y coraje, observaba impotente el impune goce de Guillermo entrometiéndose líricamente en el sueño de sus vecinos.
Entonces, decidió intervenir para ver saciada su
hambre de revancha. Escurriéndose entre la hierba, ágil y furtivo como las
criaturas del subsuelo, Rudecindo logró meterse debajo de la plataforma y,
cogiendo el martillo que había escondido ahí mismo, comenzó a quitar más
clavos. Llevaba descorridos siete, y se encargaba del octavo, cuando los maderos
exhalaron un grito semejante al que hacía la mujer afantasmada que chillaba por
las noches en busca de sus hijos muertos. Antes de que Rudecindo pudiese
reaccionar, la plataforma se le vino encima.
Algunos testigos de fábula, de esos que inventan recuerdos sin haber visto nada, afirmaron que mi abuelo no llegó a darse cuenta de que caía, tan obnubilado estaba con las notas que le ordeñaba a su incansable violonchelo.
Guillermo Montesinos se partió el cuello al instante.
Esos mismos testigos también aseguraron que las
potentes melodías del violonchelo fueron las responsables de haber descorrido
los clavos que se hallaron desperdigados entre los escombros.
De Rudecindo no se volvió a saber más. Nadie preguntó por él.




















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