La Cucufata
le dijo que su padre había muerto. La vieja vestía el hábito franciscano que
hacía mucho tiempo le había espantado el apetito sexual a su marido.
La noticia
no lo apenó; por el contrario, le alegró el día. Se sintió de pronto liberado.
Ese podría haber sido su último día en la escuela militar. Adiós, milicos de
mierda. Dio vueltas por la ciudad. Empezó a disfrutar de su libertad. Se metió
por calles que le tenían prohibidas. Al caer la noche, se le ocurrió que no
había hecho lo primero que le enseñaron en la escuela: la comprobación de los
hechos.
Entonces,
corrió a casa.
Encontró a
su madre planchando ropa. Tenía la mirada triste. Todo en ella era triste. Y
callado.
¿Pasó algo?, le dijo,
sin saludarla.
Sin
despegar los ojos mustios de la plancha, la mujer negó con la cabeza.
Vladimiro
buscó a sus hermanos. Algunos jugaban, otros dormían. No parecía que hubiesen
perdido un padre.
Volvió a la
salita.
¿Dónde está
Francisco?
Sin dejar
de acompañar el humeante recorrido de la plancha, su madre murmuró: En la
calle.
“La calle” únicamente
podía significar la bodega donde su padre y el zapatero del pueblo se reunían
para beber.
No corrió,
pero apuró el paso.
Ahí estaba
él. Lo podía ver por una de las dos ventanas de la bodega. La desilusión dolió
más que los varazos de los sádicos tenientes en la escuela.
Francisco estaba
vivo. Y muy mareado. Se apoyaba del zapatero para no caer al suelo. Movía la
boca con esfuerzo, pero con vigor. Seguramente relataba alguna historia harto
repetida y varias veces distorsionada, aumentada y aderezada.
Permaneció
agazapado. Se esforzó por oír algo que pudiera esclarecerle lo que la Cucufata
le había dicho hacía unas horas: El zapatero lo velaba. Tu padre
estaba echado sobre una mesa. Tenía pedazos de algodón saliéndole por la boca y
las narices.
Las
narices, cojuda, pensó Vladimiro, esforzándose por oír la
conversación. Como si uno tuviera varias narices.
Vieja
mentirosa, te pasaste para inventar algo así, murmuró, ya desistiendo de
seguir espiando a su padre. Este idiota está más vivo que tú y que yo
juntos, y seguirá jodiéndome la vida por muchos años más.
Entonces oyó
un alboroto y volvió a asomar la cabeza por la ventana. Francisco, su padre, se
había caído al suelo.
Ahora sí se
murió, pensó, exultante. Entró al bar.
Pasaba por
acá, le dijo al zapatero cuando este le preguntó qué hacia allí. En
realidad, le hubiera encantado responderle a ti qué chucha.
Entre los
dos, levantaron a Francisco y lo arrastraron a casa. Sería una caminata larga,
pesada. Se arrepintió de estar allí. Se culpó de haber sido tan crédulo. Debía
de estar descansando luego de una semana infernal en el internado militar y no
arrastrando al borracho de su padre por las callejuelas arequipeñas.
Hoy ha
bebido como nunca, dijo el zapatero. Estaba muy contento.
Ah, ¿sí? ¿Por
qué?, preguntó Vladimiro. Deseaba dejar el cuerpo de su padre recostado
contra alguna pared. Él ya sabría encontrar el camino a casa por la mañana. Los
ladrones en Arequipa no eran un problema. La ciudad era un lugar seguro para
los borrachos que no tenían nada que perder.
Porque les
dio el susto de sus vidas a las cucufatas de mierda esas que, camino a misa, siempre
nos aguaitan chupando en tu casa. Meten sus narices por la ventana y luego van diciendo
que somos unos borrachos de porquería. Habráse visto, carajo.
Todavía
faltaba un trecho considerable. La conversación acortaba el sendero.
¿Cómo las
asustó?
El
zapatero, cansado, soltó súbitamente el brazo de Francisco. Vladimiro no vio
venir el movimiento y el cuerpo de su padre le resultó el doble de pesado. Por
eso, también lo soltó.
La cara
contra el suelo de adoquines produjo el sonido de unas vísceras de vacuno
estrellándose contra una tabla de picar.
¡Cuidado!, gritó el
zapatero. Caramba, tu viejo va a estar todo morado mañana. El hombre
resollaba, las manos apoyadas en las rodillas.
Vladimiro
se sentó al borde de la vereda y encendió un cigarrillo.
¿Ya fumas,
muchachito? ¿Cuántos años tienes, pues? El zapatero solo podía
concebir a Vladimiro, un jovencito alargado, de rostro vivaz, aunque infantil,
tomando leche y acostándose antes de las siete de la noche.
No joda,
hombre. Yo ya fumo y cacho, dijo el estudiante, fuerte, sin risitas. Así era
como uno se hacía respetar entre los milicos. Cuenta, cómo se asustaron las
viejas.
Tu viejo se
hizo el muerto.
¿El muerto?
Ya lo tenía
planeado desde hacía un tiempo, y hoy en la mañana lo hicimos. Entre el sacristán
de la iglesia, que, dicho sea de paso, es tremendo hijo de puta, y yo, armamos
la escena de su velorio para que a cualquiera que husmeara por la ventana de tu
casa no le quedase ninguna duda de que tu viejo se había muerto. Lo echamos sobre
una mesa. Tenía su traje oscuro, los algodones en la nariz y la boca, los
cirios a cada lado. Uno podía jurar que Francisco Montesinos por fin se había
retirado de este mundo a seguir chupando en el otro.
Era un niño
disfrutando de su travesura. A Vladimiro le resultó un tipo menor, ridículo.
Por eso, su padre se sentía tan a gusto a su lado, porque era como él, otro
ridículo. Nunca le gustó rodearse de gente de prestigio, de personas que
pudieran darle algún vuelo a su mediocre vida.
¿Y qué ganó
con toda esa tontería?, interpeló Vladimiro. Se paró. Se alisó el pantalón
del colegio militar.
La pregunta
descolocó al zapatero. ¿Cómo que qué ganó?, dijo en un murmullo.
Nada, pues,
idiota, nada, se contestó Vladimiro. Tiró la colilla y echó a
andar. ¡Nada!, gritó antes de doblar una esquina y desaparecer.
Oye, mocoso
de mierda, adónde vas, ayúdame con tu padre, gritó el zapatero, pero los
ladridos de unos perros ahogaron su queja.
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