jueves, 20 de agosto de 2026

Velorio del fracaso (1960) - "VLADIMIRO MONTESINOS PRESIDENTE DEL PERÚ" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 


La Cucufata le dijo que su padre había muerto. La vieja vestía el hábito franciscano que hacía mucho tiempo le había espantado el apetito sexual a su marido.

La noticia no lo apenó; por el contrario, le alegró el día. Se sintió de pronto liberado. Ese podría haber sido su último día en la escuela militar. Adiós, milicos de mierda. Dio vueltas por la ciudad. Empezó a disfrutar de su libertad. Se metió por calles que le tenían prohibidas. Al caer la noche, se le ocurrió que no había hecho lo primero que le enseñaron en la escuela: la comprobación de los hechos.

Entonces, corrió a casa.  

Encontró a su madre planchando ropa. Tenía la mirada triste. Todo en ella era triste. Y callado.

¿Pasó algo?, le dijo, sin saludarla.

Sin despegar los ojos mustios de la plancha, la mujer negó con la cabeza.

Vladimiro buscó a sus hermanos. Algunos jugaban, otros dormían. No parecía que hubiesen perdido un padre.

Volvió a la salita.

¿Dónde está Francisco?

Sin dejar de acompañar el humeante recorrido de la plancha, su madre murmuró: En la calle.

“La calle” únicamente podía significar la bodega donde su padre y el zapatero del pueblo se reunían para beber.   

No corrió, pero apuró el paso.

Ahí estaba él. Lo podía ver por una de las dos ventanas de la bodega. La desilusión dolió más que los varazos de los sádicos tenientes en la escuela.

Francisco estaba vivo. Y muy mareado. Se apoyaba del zapatero para no caer al suelo. Movía la boca con esfuerzo, pero con vigor. Seguramente relataba alguna historia harto repetida y varias veces distorsionada, aumentada y aderezada.

Permaneció agazapado. Se esforzó por oír algo que pudiera esclarecerle lo que la Cucufata le había dicho hacía unas horas: El zapatero lo velaba. Tu padre estaba echado sobre una mesa. Tenía pedazos de algodón saliéndole por la boca y las narices.

Las narices, cojuda, pensó Vladimiro, esforzándose por oír la conversación. Como si uno tuviera varias narices.

Vieja mentirosa, te pasaste para inventar algo así, murmuró, ya desistiendo de seguir espiando a su padre. Este idiota está más vivo que tú y que yo juntos, y seguirá jodiéndome la vida por muchos años más.

Entonces oyó un alboroto y volvió a asomar la cabeza por la ventana. Francisco, su padre, se había caído al suelo.

Ahora sí se murió, pensó, exultante. Entró al bar.

Pasaba por acá, le dijo al zapatero cuando este le preguntó qué hacia allí. En realidad, le hubiera encantado responderle a ti qué chucha.

Entre los dos, levantaron a Francisco y lo arrastraron a casa. Sería una caminata larga, pesada. Se arrepintió de estar allí. Se culpó de haber sido tan crédulo. Debía de estar descansando luego de una semana infernal en el internado militar y no arrastrando al borracho de su padre por las callejuelas arequipeñas.

Hoy ha bebido como nunca, dijo el zapatero. Estaba muy contento.  

Ah, ¿sí? ¿Por qué?, preguntó Vladimiro. Deseaba dejar el cuerpo de su padre recostado contra alguna pared. Él ya sabría encontrar el camino a casa por la mañana. Los ladrones en Arequipa no eran un problema. La ciudad era un lugar seguro para los borrachos que no tenían nada que perder.

Porque les dio el susto de sus vidas a las cucufatas de mierda esas que, camino a misa, siempre nos aguaitan chupando en tu casa. Meten sus narices por la ventana y luego van diciendo que somos unos borrachos de porquería. Habráse visto, carajo.

Todavía faltaba un trecho considerable. La conversación acortaba el sendero.

¿Cómo las asustó?

El zapatero, cansado, soltó súbitamente el brazo de Francisco. Vladimiro no vio venir el movimiento y el cuerpo de su padre le resultó el doble de pesado. Por eso, también lo soltó.

La cara contra el suelo de adoquines produjo el sonido de unas vísceras de vacuno estrellándose contra una tabla de picar.

¡Cuidado!, gritó el zapatero. Caramba, tu viejo va a estar todo morado mañana. El hombre resollaba, las manos apoyadas en las rodillas.

Vladimiro se sentó al borde de la vereda y encendió un cigarrillo.

¿Ya fumas, muchachito? ¿Cuántos años tienes, pues? El zapatero solo podía concebir a Vladimiro, un jovencito alargado, de rostro vivaz, aunque infantil, tomando leche y acostándose antes de las siete de la noche.

No joda, hombre. Yo ya fumo y cacho, dijo el estudiante, fuerte, sin risitas. Así era como uno se hacía respetar entre los milicos. Cuenta, cómo se asustaron las viejas.  

Tu viejo se hizo el muerto.

¿El muerto?

Ya lo tenía planeado desde hacía un tiempo, y hoy en la mañana lo hicimos. Entre el sacristán de la iglesia, que, dicho sea de paso, es tremendo hijo de puta, y yo, armamos la escena de su velorio para que a cualquiera que husmeara por la ventana de tu casa no le quedase ninguna duda de que tu viejo se había muerto. Lo echamos sobre una mesa. Tenía su traje oscuro, los algodones en la nariz y la boca, los cirios a cada lado. Uno podía jurar que Francisco Montesinos por fin se había retirado de este mundo a seguir chupando en el otro.  

Era un niño disfrutando de su travesura. A Vladimiro le resultó un tipo menor, ridículo. Por eso, su padre se sentía tan a gusto a su lado, porque era como él, otro ridículo. Nunca le gustó rodearse de gente de prestigio, de personas que pudieran darle algún vuelo a su mediocre vida.

¿Y qué ganó con toda esa tontería?, interpeló Vladimiro. Se paró. Se alisó el pantalón del colegio militar.

La pregunta descolocó al zapatero. ¿Cómo que qué ganó?, dijo en un murmullo.

Nada, pues, idiota, nada, se contestó Vladimiro. Tiró la colilla y echó a andar. ¡Nada!, gritó antes de doblar una esquina y desaparecer.

Oye, mocoso de mierda, adónde vas, ayúdame con tu padre, gritó el zapatero, pero los ladridos de unos perros ahogaron su queja.


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