lunes, 23 de abril de 2012

¿Por qué comprar una Tablet?

Cuando su esposa le ha preguntado para qué quería una Tablet, el escritor ha respondido, con firmeza, fe y entusiasmo, que la Tablet le será de gran utilidad para dar cima a sus muchos proyectos literarios y le servirá, además, como la herramienta perfecta para profundizar en sus lecturas. Con la Tablet, que además es un teléfono, podrá navegar en internet y consultar un diccionario virtual completo cada vez que se tope con alguna palabra desconocida o podrá informarse sobre la vida de tal o cual personaje que aparezca mencionado en sus lecturas. También, cuando se encuentre en la librería, siempre a la casa de alguna obra, buscará en internet algunas referencias que le arrojen luces sobre el autor o el tema tratado. Como la Tablet viene con un procesador de textos, podrá escribir, desde la comodidad del sofá de su sala, desde una biblioteca, desde el autobús, desde la propia librería, las ideas que conformarán un artículo de su blog o unos párrafos más de la novela que prepara con mucho celo. El escritor no usará la Tablet para ingresar al Facebook o al Hotmail porque ninguna de esas formas de interactuar con sus amigos –no tiene amigos- le agrada. Si no sabe de qué hablar con sus conocidos cuando se los topa o debe visitarlos, mucho menos sabrá de qué conversar cuando se los encuentre en esos espacios cibernéticos. El escritor es un animal solitario que solamente sabe llevarse bien con un libro y es incapaz de sostener una conversación más o menos interesante con alguien -¿para qué?, se cuestiona. Sabe que del común de la gente no va a aprender nada- puesto que se aburre pronto. Es feliz, más bien, cuando se encuentra frente a las páginas de un libro, al lado de su Tablet, que le servirá de diccionario, enciclopedia y cuaderno de apuntes. ¡Qué aburrido eres!, dice la esposa del escritor. Y no se equivoca. El escritor le da toda la razón. Su solaz en medio de las letras es una forma de recreación que nunca comprenderían muchas personas que el escritor conoce, y eso, esa exclusividad, lo mantiene feliz y satisfecho. En resumen, ante el mundo, el escritor esgrime los siguientes argumentos por los cuales ha adquirido una Tablet: para usarla como material de consulta y como procesador de texto. Sin embargo, hay algo que el escritor no se atreve a confesar, con toda seguridad porque carece de valor, de huevos. No le dirá nunca a su esposa ni a nadie que también usa la Tablet, deseó la Tablet, para ver pornografía y brindarse ráfagas de placer ahora que la vida familiar le ha arrebatado considerables porciones del libertinaje que lo hacía dichoso. El escritor solía tener dos o tres amigas con quienes solía tener sexo guardando siempre una cordial distancia, evitando así encadenarse a una tortuosa relación sentimental. Ya se sabe que una relación amorosa entre dos personas suele terminar muy mal, convirtiendo a los amantes en feroces enemigos en el peor de los casos y en dos cordiales desconocidos en el mejor. Por eso, porque el escritor ya no puede tirar libre y placenteramente, de un modo egoísta, sin preocuparse por que su compañera tenga un orgasmo o no, es que le es indispensable esa Tablet, la cual será una ventana lujuriosa que le facilitará ver mujeres desnudas desde cualquier lugar que desee, siempre bien escondido, a salvo de las miradas moralistas. Autocomplacerse le hará mejor persona, lo aliviará del estrés producido por la vida familiar, lo convertirá en un ser más ecuánime, menos ceñudo.

domingo, 22 de abril de 2012

Morirás mañana 3: Escupirán sobre mi tumba

Lo que Jaime Bayly se ha propuesto con su trilogía: Morirás mañana (El escritor sale a matar, El misterio de Alma Rossi y Escupirán sobre mi tumba) es, creo, ridiculizar cualquier patriotismo, desenmascarar a la gente afectada de puritanismo y moralina, desestabilizar las instituciones religiosas y gubernamentales, decirle al mundo que nadie es perfecto. Lo que Bayly propone a través de sus novelas, sobre todo en esta trilogía, es Acabo de leer la tercera entrega de su trilogía: “Morirás mañana 3
: Escupirán sobre mi tumba” y, si uno ha leído las anteriores entregas, intuye más o menos el final de esta última, por lo que aquello que dice el fajín con que la venden (El sorprendente final de una trilogía marcada por el odio y la venganza) resulta no muy cierto. Cierto es, en cambio, que Bayly es un maestro cuando maneja la ironía y el sarcasmo, lo cual hace que hace de sus historias verdaderas fuentes de sonoras carcajadas. En esta última entrega, Javier Garcés, afamado escritor peruano, se encuentra en Argentina, país que siente suyo y al cual piensa efectuarle una urgente desratización cuando elimine a cinco seres que, en el pasado, le infligieron no pocos desaires: Lola Repeto (mujer fea, malvada, traidora e intelectualmente vanidosa. Dueña de la librería Esplendor. Desde que Javier Garcés rechazó sus ofrecimientos amorosos, ella decidió quemar todos sus libros de sus escaparates), Carlos Cacho Legrand (Truculento y famosos periodista de la televisión. Enano, calvo, de nariz puntiaguda. Le preguntó a Garcés, durante una de las emisiones de su programa televisivo, si fue él quien mató a Anita Casán, una presentadora de televisión y cocainómana de cuidado), Agustín Burdisso (Dandy, heredero de una cuantiosa fortuna, dedicado a reunir a la crema y nata de la sociedad bonaerense en su restaurante. Cuando ofreció una cena en honor a un escritor recientemente premiado, propició que Garcés corriese con todos los gastos, los cuales ascendieron a 1,500 dólares), Nico Oyarbide (Famoso actor y marica conocido que estafó a Garcés pidiéndole 50,000 dólares para hacer un documental sobre la vida del escritor. Nunca se los devolvió y nunca hizo el documental) y un viejo notario flatulento (vecino de Gárces en el edificio en el que vive que lo atormenta con sus ruidos pedorros, con sus meadas y eructos). La narración del capítulo 15, sobre el incidente que protagonizó Conchita, la abuela de Lola Repeto, cuando llevó su prenda íntima cagada envuelta entre los suplementos de espectáculos y bienes raíces del diario La Nación, no reviste mayor trascendencia para el conjunto de la historia. No es más que una historia que añade una dosis de comicidad al libro. Esta novela está repleta de historias que siempre incluyen al sexo, al igual que la vida misma. Todos os personajes están ligados al sexo o son adictos al sexo (Burdisso es un afamado dandy que, con parte de la plata que heredó fundó un restaurante para llamar la atención dentro de la sociedad y hacer un casting de los 40 mozos más apuestos cuyas funciones, una vez contratados, consistirán en tirarse a Burdisso). Bayly viste a sus personajes con los defectos y actitudes que consiguen irritar a cualquier persona mínimamente educada. El autor propicia el ambiente necesario para convertir al lector en entusiasta cómplice de los homicidios que Garcés se ha propuesto llevar a cabo. En el capítulo 21. Garcés da cuenta de los tres amoríos más o menos memorables que sostuvo en Argentina. Valentina, menciona, fue la mujer que más lo atrajo después de Alma Rossi. Al margen de la cuidad y divertida prosa de Bayly, uno percibe que él arma la trama de su historia a medida que la va narrando –lo cual es perfectamente válido- , que no estructura previamente el argumento en sus detalles. Lo digo porque en el capítulo 6 relata que Garcés tuvo un encuentro casual con Nico Oyarbide en un restaurante alemán, en la esquina de Libertador con Alem. En el capítulo 21, cuenta que en ese mismo restaurante se citó con su ex amante Valentina. El autor no hace referencia, en ninguno de esos dos capítulos, a esta coincidencia de lugares, sabiendo que Garcés posee una memoria poderosa para recordar episodios relacionados a sus enemigos. En el capítulo 28, Garcés relata el encuentro accidental que tuvo con Borges y su entonces asistenta María Kodama en Buenos Aires. Si bien el relato es encantador y noticioso, e inspira a profundizar en la lectura de los libros de Borges, no aporta nada a la historia en sí. Esta grata anécdota, por otro lado, ya la había publicado Bayly en una de sus columnas en el diario Peru 21. En esta novela, existe una manía de Bayly con los perros, quienes merecen el desprecio de Garcés: Lola Repetto tiene su perra Benita, la conocida de la abuela de Lola también tenía una perrita de tamaño ratonil, Nico Oyarbide tiene un labrador enorme y baboso llamado Calígula. En la página 131, Bayly escribe “…antes o después de matarlo…”. Esta construcción está mal hecha pues lo correcto debiera ser “antes de matarlo o después de esto”. Equivocada también es aquella construcción muy recurrente en casos de posibles fenómenos telúricos: ”antes, durante y después de un sismo”. Los relatos de Bayly son siempre entretenidos. En el capítulo 33, a la vez que Garcés da noticia sobre sus hábitos alimenticios en un restaurante regentado por una madre e hija alemanas, refiere un hecho histórico acaecido en las vecindades de ese establecimiento: la captura del nazi Adolf Eichmann, quien fuera deportado a Israel para ser ahorcado, luego de un juicio, por delitos de lesa humanidad. El capítulo 35 es, al menos para mí, el más desternillante. Bayly retrató, con la fidelidad con la que podría hacerlo el lente de una cámara moderna, el cinismo más logrado y la desfachatez en su más puro estado. A pesar de algunas escenas que no aportan mucho a la trama de la historia, pero que están bien narradas y son, por sí solas, interesantes, Bayly logra capturar la atención del lector, lo cual provoca que el libro se escriba de un tirón. El que a Garcés se le escurra constantemente Cacho Legrand, propicia que el lector se convierta en su secreto aliado quien, al lado de Garcés, disfruta con sus arriesgadas ideas para llevar a cabo sus matanzas.

viernes, 20 de abril de 2012

Crónica de San Gabriel

Según confiesa el propio Julio Ramón Ribeyro en el proemio de su libro “Crónica de San Gabriel”, ésta -su primer trabajo novelístico- lo escribió durante los primeros meses del año 1956, en su estadía en la gélida Munich, Alemania. Cuenta que, a causa del excesivo frío del ambiente y de que desconocía el idioma alemán, se encerró en su minúscula habitación en donde, aburrido, decidió dar rienda suelta a su imaginación, creando lo que sería su primera novela, echando mano para este propósito de sus recuerdos de un viaje a las serranías que efectuó en su adolescencia. En el transcurso del tiempo que le tomó escribirla, solamente tuvo sentidos para la historia que plasmaba, seguramente volviéndose insensible al malévolo frío que pugnaba por envolver su magro cuerpo. El escritor fue presa de un “etat second” (segundo estado), el cual se refiere al momento de abstracción de la realidad que experimenta un artista para enfocarse, única y exclusivamente, en un determinado trabajo. Julio Cortazar confesó, en algunas ocasiones, escribir sus novelas solamente cuando se encontraba en este “etat second”. Al cabo de tres meses, “Crónica de San Gabriel” estaba terminada, al igual que la temporada gélida. En ese tiempo, Ribeyro escribiría 20 de los 24 capítulos con los que cuenta la novela. Los 4 restantes los culminó dos años después. Luego de publicada, “Crónica de San Gabriel” le permitiría a su autor ganar el Premio Nacional de Novela. Bastante alentador y promisorio para ser la primera novela de un escritor, ¿no? Claro, Ribeyro era escritor de cuentos, y había obtenido cierta notoriedad con sus primeros cuentos, pero un experto cuentista no necesariamente es un avezado novelista. Sinceramente, no he encontrado los elementos necesarios en “Crónica de San Gabriel” que me hayan hecho decir: “¡Qué tal novela! Merecía ganar un premio”. Quizá, el maestro Ribeyro tuvo, en el jurado, algunos amigos generosos. La primera novela de Julio Ramón narra las pequeñas historias que cuenta, en primera personas, el personaje principal del libro: Lucho, un adolescente limeño que es enviado, por su tío Felipe, un mujeriego de polendas, a pasar sus vacaciones en una hacienda de las serranías trujillanas: San Gabriel. Sin ser injusto, confieso que la historia me atrapaba por momentos, creaba ciertos momentos en los que esperaba desenlaces que conllevaran a otros más decisivos e interesantes. Sin embargo, las intrigas y atómicos misterios, pobremente construidos, que van destruyendo la otrora próspera hacienda San Gabriel, no llegan a tener el efecto cataclísmico y demoledor de una verdadera novela. No intento decir con esto que esperaba que “Crónica de San Gabriel” fuese una novela de suspenso. No. Simplemente, creo que una buena novela, al menos para mí, debe capturar al lector y llevarlo al éxtasis de un final que sea muy similar a una venida luego de una buena faena sexual. Repito: la historia es simpática e interesante, pero no me pareció merecedora de un premio. La historia cuenta las impresiones del muchachito limeño, Lucho, en un ambiente totalmente nuevo y diferente para él como es la sierra del Perú. La hacienda San Gabriel es propiedad de Leonardo, hermano de Felipe, quien difuminará, con su codicia y desidia, la buena reputación y prosperidad de su hacienda. En ella, Lucho encontrará una forma de amor a través de la escurridiza Leticia, único personaje que encuentro bien construido aunque bastante errático. En este retrato de la vida de una hacienda de la década de 1930. Los patrones, blancos en su mayoría, mandan sobre el resto: los yanaconas o sirvientes. Leonardo, además, posee una mina de tungsteno, la cual va perdiendo valor pues el mineral que extrae va en picada en el mercado. Lucho, para olvidar momentos agrios y tensos que tuvo con Leticia, decide pasar una temporada en la mina como trabajador. Leonardo le advierte que no vaya, que no es una buena idea, que ni siquiera él mismo que es el propietario de la mina se atreve a pasar largas temporadas. Lucho va a la mina en calidad de aprendiz de capataz. Allí conocerá de cerca las condiciones misérrimas en que viven los trabajadores mineros y la apatía y dureza con que los dirige un capataz, tan indio como los trabajadores. Como el título bien lo dice, esta novela es una colección de crónicas que se juntaron, a través del hilo conductor llamado Lucho, para tratar de contar una historia más o menos interesante. No me aburrí leyendo el libro, por el contrario, quedaron en mi mente imágenes imborrables de las que fui testigo a medida que Lucho se internaba en los contubernios que destripan la bonanza y alegría de la hacienda. Cuando se disponga a recorrer las líneas que componen este libro, se topará con una variedad de personajes y encontrará que aquello que tienen en común estos tipos es una locura que se ha incubado en cada uno de ellos y que irá medrando con el correr del texto. Quizá, como el propio Lucho lo reconoce, el único personaje cuerdo en la hacienda es Jacinto, hermano menor de Leonardo y Felipe, que vive recluido en su habitación, saliendo de cuando en cuando a cumplir algunas faenas propias del campo, y que toca la mandolina y lee –o destruye, según su estado de ánimo- libros de electricidad. Con su autoimpuesta reclusión, Jacinto parece haber erigido una muralla de concreto, notas melódicas y números de física contra aquella locura que se va apoderando de San Gabriel. Lucho, quien se convierte en el único compañero de charlas de Jacinto, percibe en las declaraciones de éste toda la cordura y sensatez que son exiguas en la hacienda y, por qué no, en todo aquello que lo rodea. Otro personaje confinado al olvido y que, según propia descripción de Lucho, se asemeja más a un muerto que a un vivo es la antiquísima señora Marica quien, a pesar de sus pocas apariciones en la novela, dejan una huella de tristeza, espanto y conmiseración en el lector. En “Crónica de San Gabriel” podrá encontrar historias de infidelidades, de los primeros escarceos o roces amorosos entre la muchachada adolescente que está emergiendo de la niñez en un ambiente tan pintoresco como San Gabriel, historias de muerte y perfidias. En fin, un conjunto de pequeñas situaciones explosivas que no llegan a generar la gran detonación que yo esperaba.

miércoles, 18 de abril de 2012

Bembos: un ícono de sabor peruano y la estrategia empresarial


En una época en la que invertir en el Perú era muy riesgoso, un par de jóvenes decidió invertir en la, hasta ese momento poco explorada, idea de la venta de hamburguesas. Año 1988: el peruano de ese entonces no era el peruano de ahora, tan acostumbrado a comer su hamburguesa, su salchipapa, etc. Carlos Camino y Mirko Cermak decidieron crear Bembos, una empresa dedicada al expendio de hamburguesas, en una calle miraflorina. Si bien, en sus inicios, trataron de imitar a los negocios consagrados en aquel rubro en el extranjero, muy pronto Bembos se amoldó al gusto del poblador peruano, ideando sus propias estrategias de mercado para una plaza tan voluble como la peruana.

Los clientes objetivo de Bembos, durante muchos años, fueron los jóvenes del sector socioeconómico A y B. Luego del sostenido éxito alcanzado y de la creación de algunos locales más, la directiva decidió apostar por aquellas zonas emergentes de la ciudad, obteniendo un éxito inesperado, sin bajar sus precios ni la calidad de sus productos, sino ampliando su menú.

A pesar de la incursión de marcas transnacionales como Mc Donald’s o Burger King, Bembos continúa liderando el mercado de la venta de hamburguesas. Incluso, posee una buena participación en el share of wallet cuando el cliente tiene que decidir entre otras alternativas como Pizza Hut o KFC. Además, Bembos se ubica en el top of mind del parroquiano limeño cuando a este se le pregunta por la marca que asocia con las hamburguesas.

Bembos siempre está a la vanguardia en el negocio, adaptando sus productos para aquellos gustos light, tan de moda en estos días, con la venta de ensaladas y aperitivos con pan integral.

Tantos otros aspectos que explican la supremacía de esta laureada empresa peruana en un medio cada día más competitivo, pueden leerse en las páginas del libro «Bembos: un ícono del sabor peruano y de la estrategia empresarial».

La lectura del texto en mención no solo de cuenta de las innovadoras y señeras estrategias que Bembos ha empleado para fidelizar al segmento de sus clientes objetivo (uso de las herramientas virtuales como el Facebook, organización de concursos de rock, concursos para la creación de nuevas combinaciones de hamburguesas) sino que acerca y familiariza al lector con una serie de términos usados en el marketing y la dirección empresarial. Es este libro, asimismo, una fuente de motivación para aquellas personas que deseen emprender un negocio que sea capaz de sostenerse en el tiempo echando mano de ideas frescas que le permitan granjearse un público leal.

martes, 17 de abril de 2012

El lector, la lectura y la nena


Un escritor es, a la misma vez, un voraz lector. Una persona que se siente abocada a escribir se sentirá, asimismo, atraída hacia la lectura, hacia los libros, vetustos o nuevos, enjutos o gruesos.

El lector –ya no hablemos de los escritores pues, como se ha establecido en el primer párrafo, éstos pertenecen indefectiblemente al conjunto más grande que comprende a los lectores- verá la manera de aferrarse siempre a un libro. El verdadero lector considerará que la vida que vive es insignificante e indigente, chata e insípida. Por tanto, el lector encontrará en un libro lo que un drogadicto halla en un puñado de cocaína, el lenitivo necesario para sobrellevar la cotidianidad del mundo.

Entonces, el individuo enfermo de lectura se aprovechará de cualquier ocasión que disponga para atiborrarse de letras e historias, dejando errar a su imaginación por los senderos que los libros le marcan. Un viaje en microbús, la caminata para ir al trabajo, la siesta luego de las comidas, una caminata cualquiera, una clase aburrida en la universidad, luego de haber tenido sexo, cualesquiera de estas alternativas es propicia para el lector cuando desea entregarse a un libro. Un segundo sin atragantarse de ficción le parecerá un segundo perdido en esa vida tan corta que es la suya, llena de enfermedades, golpes, enredos y fracasos.

El lector desquiciado y completamente perdido por las letras verá mermado el poco tiempo que tiene para solazarse en la lectura, un tiempo residual y mínimo que le deja el cumplir sus cotidianas labores en la oficina –las cuales también disfruta, pero no con esa intensidad con que ama leer- cuando tiene que cargar y dar el biberón a su hija, cuando tiene que salir a pasear con su mujer porque de lo contrario ella le armaría un escándalo de proporciones argumentado que ella nunca sale del hogar, que vive encerrada en la casa como una esclava.

En esa pequeña nena de menos de dos meses, que sostiene en sus brazos y a quien observa con alegre estupor mientras le da de beber las cinco onzas de Blemil Plus 1, ve a su futura compañera de lecturas, ve a una futura enferma de las letras, ve a la heredera de aquellos libros que compra y compra sin cesar, de aquellos infolios que, a una desproporcionada velocidad, van atiborrando la pequeña sala del departamento familiar.

(Foto: Morgana Daniela, a los cuatro días de su nacimiento)

sábado, 14 de abril de 2012

El monstruo sagrado - Edgardo de Habich


La editorial Populibros Peruanos publicó, hace ya mucho tiempo –no coloco el año de publicación porque éste no figura en el ejemplar que poseo- el libro «El monstruo sagrado» del autor nacional Edgardo de Habich, quien es descendiente de aquel Habich que tuvo a su cargo la dirección de la Escuela de Ingenieros allá por los años de 1870.

«El monstruo sagrado» relata la historia de un joven de 14 años, Carlos Gómez, alumno mediocre pero feliz en lo tocante a su vida amical, pues disfruta de la libertad que proporcionan la compañía de los amigos, en especial, la de su amigo Juan, el Grande, el Fuerte, con quien, a pesar de su edad, todavía disfrutan de jugar a las canicas.

Carlos Gómez era un chico trigueño, de clase media, cuya madre no contaba con un trabajo fijo. Cierto día, para regocijo de su madre, aparece en el modesto hogar su maestro de Historia, el señor Augusto Peter, hombre de encarecido linaje, cuya ascendencia y él mismo hervían de títulos nobiliarios. Su vida laboral no solamente se limitaba a impartir clases de Historia en el colegio de Carlos sino que, además, poseía una vasta carrera diplomática. Pertenecía, por tanto, a la clase dominante del país. Era miembro del selecto círculo compuesto por todos aquellos que poseen dinero y poder, lo cual le confería el exclusivo privilegio de hacer lo que le viniese en gana.

Carlos quedó muy admirado e intrigado de que semejante personalidad se hubiese atrevido a posar las diplomáticas suelas de sus zapatos en el piso de su rústico hogar. Pensó que el propósito de la visita de ese excelso maestro era contarle a su madre acerca de sus pellejerías, travesuras y arrestos en la escuela. Estaba equivocado. El egregio profesor había visitado su hogar para ofrecerse como su tutor particular, ofrecimiento que tuvo gran y agradecida acogida por parte de la madre de Carlos. El también ministro de algunos gobiernos le ofrecía a Carlos la carrera de secretario: «-¡Vamos, señora, vamos; no es tanto!... Apenas la posibilidad de que, aprendiendo un poco, de aquí a unos años el muchacho llegue a ser mi secretario… ¿Te gustará eso, Carlos?»

Las clases particulares se desarrollarían en el «palacete» del maestro durante una hora, los cinco días de la semana.

Don Augusto Peter era un descendiente de los Peterson, hombres de noble linaje, de cuna extranjera, que se afincaron en el Perú luego de haber cercenado su apellido a Peter. Don Augusto era un hombre que poseía un sinfín de influencias, vivía en un boato digno de las familias más poderosas del país. Sus conocimientos eran verdaderamente oceánicos. Profesaba una profunda admiración por la cultura helénica.
En más de una ocasión le dijo a Carlos que la gente de hoy en día no entiende ciertas formas de amor y querencia que en otros tiempos y en otras culturas eran bien vistas, al menos, no juzgadas. Entre líneas, el obeso y pingüe erudito se refería al amor homosexual. Esto Carlos fue descubriéndolo durante los diez años que permaneció al servicio del doctor, el cual lo trataba casi como a un esclavo. No se menciona en el libro, pero se puede interpretar que, durante aquellos largos años, que convirtieron al púber Carlos en un hombre de 24, el maestro Peter sostenía relaciones sexuales con su prohijado, algo que tenía sumido a Carlos en la más profunda depresión.

Uno de los primeros trabajos que Carlos desempeñara como secretario de Peter era firmar los cientos de documentos e infolios que éste tenía que revisar y leer como parte de su labor en los consulados. La falsificación de la rúbrica era consentida por el maestro. Carlos pudo conocer de cerca las turbiedades dentro de las cuales las vidas profesionales e íntimas de los más poderosos personajes del país discurría. Nadie se daba cuenta de los «pecados» del ilustre pedagogo; solamente Carlos guardaba para su ser los vejámenes a los que era sometido. Y, por si acaso, no quiero decir que el ser homosexual sea un pecado, sino más bien el hecho de coaccionar al prójimo para hacer algo que éste no desea hacer.

Durante los diez años de pertenencia exclusiva de Carlos a Peter, éste le ha comprado los mejores trajes y le ha provisto de libros y conocimientos a los que un chico de su condición social jamás hubiera accedido. Además, gracias a sus influyentes contactos, le consiguió un buen trabajo a la madre de Carlos, lo cual provocaba que ella abriese la boca solamente para desparramar elogios y encomios hacia la imponente e importante figura de don Augusto Peter.

Muy bien cogido de las bolas tenía el excelso don Augusto, diplomático de fulgurante carrera, a su secretario Carlitos para evitar que éste, cansado de los abusos y humillaciones, lo denunciase ante las autoridades. Tarea imposible porque, en primer lugar, su maestro tenía compradas a las autoridades, quienes jamás actúan en contra de los ricos, sino a favor de ellos y su dinero. En segundo lugar, porque nadie le creería a Carlitos que el magnífico don Augusto era un «maricón». Tercero, porque don Augusto contaba con irrefutables pruebas de que su secretario era un usurpador de identidad y falsificador de firmas que, aprovechándose de la nobleza de su benévolo instructor, cobró dinero y autorizó infinidad de documentos. Todo lo tenía muy bien planeado, don Augusto. Al pobre Carlos no le quedaba más alternativa que resignarse a ser poseído por su maestro por un tiempo indefinido.

En cierto momento, don Augusto es nombrado embajador del Perú en Portugal. Carlos es llevado con él. En una recepción, Carlitos conoce a una bella mujer, compatriota suya, con la que se imagina casado y alejado para siempre de su pérfido maestro. Éste, enterado de las intenciones de su alumno y «esclavo», propicia un acto humillante frente a la chica que corteja.

De regreso en el Perú, Carlos se ve obligado a hacer justicia por su propia cuenta. Nadie estará de su lado. La justicia, la prensa y el orbe en general están siempre del lado de personas semejantes a don Augusto, a quien, luego de haber desempeñado funciones diplomáticas en Portugal, es destacado a Bolivia. El señor Peter le comunica de este viaje a Carlos quien se niega a seguir bajo sus órdenes, lo cual no constituía motivo suficiente para que don Augusto lo soltase. Por el contrario, de no seguirlo, lo amenazó con denunciarlo de homosexual y, además, falsificador de firmas y desfalcador. Todo jugaba a favor del ilustre maestro.

La atribulada historia de Carlos llegará a su fin cuando, en un paseo en el automóvil de su maestro, con él como copiloto, decide desviarse del camino y estacionarse en un descampado. Un disparo y un pedrón acabarían con la vida de su oscuro torturador. A los pocos días, Carlos es capturado –no hizo nada para huir-, iniciándose un proceso judicial que, a pesar de la vehemente defensa que realizara su abogado, es condenado a 20 años de prisión. Carlos se siente feliz pues al fin es libre. Ha estado realmente encarcelado durante 10 años, fue un verdadero prisionero durante ese tiempo y la cárcel que ahora le será impuesta la considera mucho menos tortuosa que la asquerosa historia que ha vivido.

Dos frases en el libro parecen justificar, o explicar, el acto criminal –quién podría juzgarlo menos o más criminal que aquellos que le fueron perpetrados por su dizque maestro- cometido por Carlos. La primera: «Ya un escritor ha dicho que “es difícil saber en esencia quién es criminal y quién no”, ya que “para saberse incompatible con el crimen hay que haber sufrido lo peor, la más terrible afrenta, la más baja ignominia, del ser al cual se odia”…» (página 151). La segunda: «“Todos somos asesinos”, enunció André Cayatte, a más director cinematográfico, jurista galo. Para quien la existencia corre de forma ordenada y jamás lo ha colocado frente a la circunstancia adversa, es fácil negarlo.» (página 152).

El relato hecho por Edgardo de Habich es de una buena calidad y provoca que la historia se lea de un tirón. Es amena y la prosa muy bien cuidada. Resaltan muchas palabras cultas y arcanas que el lector agradece pues le ayudarán a enriquecer su léxico. Este relato podría muy adaptarse muy bien a un guión de cine o a una puesta teatral. Por algo, esta novela le mereció a de Habich la categoría de mejor novelista diplomático. Hay que considerar que esta historia de sangre y formas prohibidas de amar fue publicada en la década del 60, cuando en Lima no era muy frecuente leer este tipo de novelas.

Ha sido un grato hallazgo este librito, el cual compré en la librería a la que suele concurrir con enfermiza periodicidad en el jirón Quilca, lugar que me queda a un tiro de piedra de mi hogar.

martes, 27 de marzo de 2012

A 3,600 metros

Oficina de Construcción. Los trabajos de construcción de las facilidades de una mina de oro a tajo abierto están llegando a su fin. La gente de Operaciones Mina aguarda los permisos de autorización de funcionamiento necesarios que expida el organismo gubernamental para ponerse a trabajar.

La oficina de Construcción está separada de la oficina de Operaciones por doscientos metros de tierra apisonada, en los cuales se ha instalado el comedor y el área de recreación del personal. La cantidad de personal que labora en la etapa de Construcción ha menguado considerablemente. Al final, cuando las operaciones de minado comiencen, solamente trabajará un número muy reducido de gente de manera directa.

La gente de Construcción, sobre todo aquellos que no están envarados, están buscando un posible lugar de trabajo que les siga proveyendo el diario sustento. La mayoría de empresas especializadas que realizaba los trabajos de construcción de las diferentes facilidades de la mina ha ido retornando a casa o emigrado a otros proyectos.

Cierto día en particular, uno encuentra una ausencia total de jefes. A cargo, ha quedado un joven ingeniero de treintipocos años. Es jefe de seguridad. Pero, por algunos pocos días, es la máxima autoridad en la mina. Aparte de él, se encuentra en las instalaciones el jefe de planta. Dentro de un par de días, el jefe de seguridad bajará a Lima, pues ya ha estado en la mina cerca de 28 días, 8 días más de los 20 establecidos para trabajar. Ya le toca su descanso. Sin embargo, este descanso será el último que tenga como trabajador de esa mina. Gracias a sus influyentes contactos, trabajará para una mina de oro de la misma empresa, ejercerá el mismo cargo, pero su salario será mucho más jugoso. Este joven ingeniero tiene motivos de sobra para estar feliz.

Por eso, ha decidido culminar un proyecto que ya venía estudiando desde hacía mucho tiempo: darle vuelta a la ingeniera de proyectos de la empresa especializada que se ha encargado de la construcción de algunas estructuras en la mina.
Ya ha entablado con ella cierto tipo de amistad. El paso decisivo, sin embargo, lo dará hoy, el último día de su estancia en esa mina y el último día en que trabajará para esa mina. Después del almuerzo, en un punto desolado del campamento, le ha dicho que vaya a verlo en la Oficina de Construcción en la noche. Ella ha aceptado, pero con una condición no negociable de por medio: irá con su amiga. La ingeniera ha olido las intenciones del joven ingeniero jefe de seguridad y por ello ha interpuesto esa condición. El ingeniero, que no veía venir esa jugada, ha aceptado la condición; no le quedaba más remedio. Ya vería como salvar ese escollo. Él sabía a qué amiga se refería su pretendida: una chica baja y fea como ninguna otra.
Han pasado unos minutos desde las ocho en punto. No ha llovido. Ya van cuatro días consecutivos que no llueve, lo cual es ciertamente beneficioso para esta etapa del proyecto, pues permite que los trabajadores, que aún laboran en acabar la construcción de la Presa de Agua, continúen con su faena sin problemas. El joven ingeniero fuma un cigarro afuera de la oficina. El suelo de los alrededores está tapizado por pequeños cantos rodados. Desde su ubicación, el joven puede ver el cerrito que, en cuestión de dos años, desaparecerá para convertirse en oro y desmonte. Al lado izquierdo de ese cerrito, divisa la planta de procesos, minúscula y callada, en donde unas diminutas luces indican que todavía hay gente por ahí. Cuando la colilla de su cigarrillo traza una parábola para estrellarse en el suelo, oye el crujir de las piedras detrás de él.

-Tu encargo-le dice su compañero de trabajo.

El rostro del ingeniero se ilumina, coge su encargo con presteza y lo guarda dentro de su casaca. Le da las gracias a su amigo. Juntos, ingresan a la oficina. La Oficina de Construcción está dividida en tres compartimientos: uno grande en forma de ele, en donde trabajan unos cuantos empleados de una empresa contratista ingresando datos a diario. Toda su vida se reduce a ingresar datos y más datos. El segundo compartimiento vendría a ser la porción de área que le faltaría a la ele para formar un rectángulo. Ese segundo compartimiento está dividido en dos: la oficina del Jefe de Construcción del Proyecto y la oficina de los tres empleados de la mina encargados de controlar los gastos del proyecto. Toda su vida se reduce a controlar costos y más costos, peleándose con los jefes de las empresas especializadas cuando éstas no quieren ejecutar un trabajo contractual o cuando quieren hacer lo que les da la gana.

El amigo del joven ingeniero es uno de estos ingenieros controladores de costos. El joven ingeniero, parado bajo el umbral de la puerta de la oficina del Jefe de Construcción –que ahora es su oficina, pues está a cargo de todo-, le dice a su amigo, quien ya tomó asiento frente a su laptop, “esta es mi noche”.
Tras cerrar la puerta con seguro, ha colocado “su encargo” sobre la mesa. Le ha quitado la bolsa que lo cubría y lo ha colocado en un amplio cajón del escritorio. Un par de golpes remecen la puerta. Una voz suave ha dicho su nombre. Es ella. No me ha fallado, piensa el ingeniero. Hace pasar a la chica que pretende: es alta, guapa, de amplias caderas y tetas medianas y redonditas. Viste una chompa con cuello alto, ceñida, y unos jeans que se acoplan muy bien a su exquisita figura. Cuando está cerrando la puerta, cae en la cuenta de que algo lo impide: una mano. Ah, verdad, la amiga fea de la chica guapa.

El amigo controlador de costos piensa: “Toda chica rica siempre sale con su mostrita”. Él, en apariencia, permanece indiferente a lo que pase en la oficina de al lado, pero, en realidad, está muy atento a todo. Todo se oye en esa oficina pues las paredes y divisiones no son de concreto sino de un material llamado drywall.
La chica fea es invitada a pasar. ¿Quién se podría comer a esa mujer?, piensa. La puerta se cierra con seguro. Las chicas toman asiento. Se pone música en la laptop. Se inicia una conversación que es oída, casi en su totalidad, por el controlador de costos. En la otra sección de la Oficina de Construcción, la que tiene forma de ele, no hay nadie. Todo lo que pase esa noche permanecerá en el fuero interno de los cuatro presentes en ese lugar.

Todas las preguntas y comentarios van dirigidos a la guapa joven, pero la feíta no se da cuenta de ello, o prefiere no darse cuenta. El ingeniero ha sacado del cajón del escritorio “su encargo” y lo ha puesto sobre la superficie crema. De otro cajón, sacó dos vasos. Mira a la chica fea que esperaba que uno de los vasos fuese para ella. “Lo siento, le dice el ingeniero, me habían dicho que tú no tomabas”. Mientras decía eso, pensaba: “ni cagando voy a desperdiciar este whisky en ti. Encima que queda poquito”. Se trataba de un Johnnie Walker Black Label que el ingeniero controlador de costos había comprado en Lima, antes de subir a la mina, por la suma de 150 soles, con el único y solidario fin de compartirla con los amigos más cercanos del trabajo durante las frías noches de ese lugar, en el habitación de alguno de ellos en el campamento. Debido a que ya había celebrado algunas pequeñas reuniones bebiendo ese whisky con un par de amigos, incluído con el joven ingeniero de seguridad, apenas quedaba poco menos que un cuarto del contenido de la botella.
La chica fea, a pesar de que se ha sentido herida por tamaña desconsideración hacia ella, todavía sonríe, o incluso ríe, cuando los comentarios del ingeniero joven son capaces de sonrojar a las mujeres más mojigatas. La chica fea no es una santa. Según los amigos del ingeniero, es tremenda “cachera”, es decir, una mujer que se entrega sin muchos remilgos a los brazos del chico de su preferencia. Que sea aceptada o no, es otro asunto. El caso es que el joven jefe de seguridad de la mina quiere saber si algo de esos ímpetus amatorios le han sido contagiados a la guapa joven.
Hablaron de música, de discotecas. “¿Cuándo salimos juntos?”, obvio, la pregunta no iba dirigida a la fea. “A mí me gusta escuchar esta canción –una de Collective Soul, que sonaba en esos momentos y que, él afirmaba categóricamente, era la mejor canción del mundo- con un tronchito de marihuana. Pucha, es lo máximo”.
En cierto momento de la charla, se tocó la cuestión de saber cuál era el precio de una botella Johnnie Walker Blue Label. El ingeniero insistía en que, en Wong de Lima, la botella costaba 800 soles. La joven guapa afirmaba, con una seguridad que parecía irrebatible, que la botella costaba 600 soles. Nadie extrañaba la opinión de la chica fea. Su presencia estaba siendo relegada a un último plano y ella no parecía darse cuenta o no quería darse cuenta.

-¿Qué te apuesto a que cuesta 800 soles?-preguntaba el joven ingeniero. Desde que el caluroso trago le empezó a afectar, tenía la pichula parada, lista para liberarse de la sujeción de ese pantalón.

-No sé-decía la joven guapa-. Yo estoy segura que cuesta 600.

-Dime, pues, ¿qué quieres perder?-luego, reformulando su pregunta, tentando la ambigüedad del momento-. ¿Qué más quieres perder?-un brillo en los ojos del joven fueron dirigidos a las pupilas de la joven. El lazo y la complicidad se estaban erigiendo. Pero había algo que evitaba que todo fluyese más allá de la mera conversación.

Media hora después, el whisky se había consumido totalmente.

-Uy, qué pena-dijo el jefe de seguridad-ya se acabó.

Las chicas se miraron y la fea dijo: No te preocupes. Nosotras también tenemos nuestra “gasolina”. Creyó parecer graciosa al referirse al whisky como gasolina, pero fracasó porque nadie se rió.

Las damas salieron de la oficina; la guapa, haciendo esfuerzos por caminar normalmente para no ser inquirida por el soñoliento agente de seguridad que, arropado con cinco casacas, tiritaba de frío en las afueras de la Oficina.
Al cabo de diez minutos, las chicas regresaron con un Chivas Regal encaletado en la casaca de la fea. La botella no estaba llena; apenas, al igual que la otra, quedaba menos de un cuarto de su contenido. La chata fea se aseguró de llevar un vaso que, a pesar de ser de plástico –lástima, porque no podría degustar apropiadamente la bebida-, era un vaso al fin y al cabo.
Con una boca más a la que dar de beber, el Chivas fue extinguiéndose rápidamente. “Cómo chupa la enana. Ella solita se sirve”. En la última ronda de bebidas, el ingeniero decidió que ya era hora de despachar a la molestia andante y chupadora. Trataría de hacerlo de la manera más sutil posible.

-Bueno, chicas, ha sido una experiencia gratísima haber conversado con ustedes. La he pasado muy, muy bien.

Cuando vio que la chata alzaba el culo, despegándolo de la silla blanca de plástico, reconoció que era el momento preciso, por lo que le dijo, dirigiéndose exclusivamente a ella, con una mirada dura, fría, provista con una pizquita de amabilidad: -Discúlpanos, pero ¿podrías dejarnos un ratito? Quiero hablar algo privado con ella.- La chata no tuvo más remedio que abandonar el lugar, con el rabo entre las piernas y una risita ridícula que pretendía encubrir su fastidio.
El ingeniero controlador de costos, quien había oído la cruel y brusca invitación a desalojar, pensó, riéndose: “Este huevón es una mierda”.

A solas con esa guapa y escultural mujer, la puerta asegurada, armado con la soltura y desparpajo que las dos bebidas ya consumidas le habían provisto, se embarcó en la consecución final de su objetivo.

Le confesó que le gustaba mucho, le rogó un besito. “¿Acaso no te gusto?”, preguntó, orgulloso, el ingeniero. “Sí, pero…”, balbuceaba la joven. “Entonces, pues”, arremetía el jefe de seguridad, que ya tenía el calzoncillo empapado de emisiones seminales, “dame un besito”. El besito se alargó a un beso, y este beso se multiplicó en lamidas de cuello, chapes con lengua y sobrecogedoras caricias. Antes de continuar, puso la laptop en el piso, el reproductor de música todavía funcionando, y subió a su dama sobre la crema superficie del escritorio, que combinaba muy bien con lo bermejo de su calzón. De su bolsillo extrajo un condón Piel –otra fina cortesía de su amigo controlador-y, con la velocidad que confiere la práctica, amortajó a su enhiesto miembro.

El ingeniero controlador de costos no podía evitar oir los jadeos ahogados de la joven pareja, por lo que en su laptop puso una seguidilla de salsitas. Tenía que terminar su trabajo y no quería trocar eso por una corrida de paja más, como hacía todas las noches antes de dormir.

Así se vive a 3,600 metros de altura, cuando todo lo que ves a tu alrededor es tierra, piedra, documentos y hombres esclavizados al trabajo, y cuando la interacción con una mujer guapa significa el vehículo que te puede permitir disfrutar, a la distancia, de las trastocadas libertades que se gozan en la ciudad. Libertades trastocadas que se traducen en goce y desenfreno, olvidándose, por breves momentos, de los números, de la señalización que había que comprar para la planta, de los reportes a la gerencia del proyecto, de la esposa que lo espera en casa y de la hija que ve en él un modelo a seguir.