Vladimiro no
podía creer que el ver a Damián -su abusador- y a Germán -el acosador de su
hermana de nueve años- cometiendo esa monstruosa aberración, en aquella zona
ruinosa del colegio, lo excitara de ese modo.
Damián y
Germán se entregaban al calor de sus cuerpos. Se sabían a salvo de cualquier
mirada y, por eso, el asunto les resultaba aún más delicioso. Pero Vladimiro,
el esmirriado y debilucho adolescente a quien ellos hostigaban a diario en el
colegio, los había seguido con sigilo y se había parapetado detrás de amorfos
bloques de concreto.
Calentado
por lo que veía, muy bien oculto entre los escombros, Vladimiro empezó a
masturbarse. La imagen de Germán abriéndole las nalgas a su compinche era
poderosa, arrolladora.
Enfebrecido,
Vladimiro continuó agitándose la pinga. Un momento después, eyaculó.
Aliviados
sus ímpetus, aquilató con frialdad la situación. Lo que acababa de ver
significaría la destrucción total de Germán y Damián. Si todo el mundo se
enteraba, no solo tendrían que cambiarse de colegio; tendrían que irse del
planeta.
Ahora, debía
buscar el modo de probarle al mundo lo que esos dos hacían a escondidas. Estaba
seguro de que ese encuentro no era el primero. Debía de ser uno de tantos que
obedecían a una costumbre que tendría que estudiar con paciencia y sigilo para
sorprenderlos en pleno acto.
***
¿Otra vez
te molestaron?, dijo Vladimiro. Le acercó un pañuelo a su hermana.
La niña lloraba quedamente en una esquina de la diminuta sala de la casa. La
familia ocupaba lo que, en los opulentos tiempos del abuelo Guillermo, fue el
galpón de los sirvientes. Era lo único que le había tocado en herencia a
Pancho, el padre.
La niña seguía
en silencio. Las penas le sofocaban las palabras.
Tranquila,
¿ya? Dime, ¿otra vez te molestó Germán?
Un
temblorcillo gemebundo fue la respuesta.
Después, apenas
dejándose oír, agregó: Germán y Damián. Los dos.
Vladimiro
contuvo un grito de rabia.
Ven, vamos
al cuarto. Le extendió un pañuelo. Ten, sécate. Es mejor que
Francisco no te vea así. Cuando llegue borracho, se la agarrará contigo.
Se
refugiaron en la habitación que compartían con sus otros tres hermanos en
camarotes apretujados.
Ya es tiempo
de borrarlos del mapa, se dijo antes de dormir. Ya es tiempo de sacarlos
de nuestras vidas.
***
Los tenía
estudiados. Todos los jueves al mediodía, se hacían humo. Nadie los echaba de
menos. Iban a parar al descampado, en el mismo sitio. Se bajaban los pantalones
y empezaban sus cochinadas.
Este jueves
en particular, Vladimiro iba premunido de una diminuta cámara fotográfica. Un
invento de su abuelo Guillermo. La nitidez de las imágenes reproducidas no era
la mejor, pero sí la suficiente para reconocer los rostros de los depravados.
Venció el
impulso de tocarse y se enfocó en registrar todas las posturas que la cinta de
la cámara le permitió.
Aprovechen sus
últimos días, pensó con cada clic de la máquina. No se
imaginan lo que se les viene.
***
¿Te
enteraste?, le anunció con una sonrisa. Hacía tiempo no estaba
tan contenta.
¿De qué?, se hizo
el loco. Dime, ¿de qué te has enterado?, sonrió.
***
Sendos sobres
llegaron a las casas de Germán y Damián. Las abrieron sus padres, unos hombres católicamente
despiadados.
Tras
descubrir el contenido de los envíos, les partieron las nalgas a sus hijos sin
ningún tipo de misericordia.
Una nota acompañaba
a las fotos. Recomendaba retirar a los muchachos del colegio o las fotografías serían
del conocimiento general.
***
¿Los
expulsaron?
Sí, dijo
ella, alegre como nunca.
¿Por qué?
No lo sé.
Tampoco me interesa. Miró a la pared. Echó a andar conjeturas. Seguro
por fin descubrieron que eran unos malvados. Clavó los ojos en los de su
hermano. Lo único que me importa es que ya no volverán a molestarnos. El
colegio será un lindo lugar. Hoy fue un día perfecto, por ejemplo. Pero qué
desconsiderada que soy, hermanito, ¿ya estás mejor de tu tos?
Sí, dijo
Vladimiro, ya estoy bien. Pero con la noticia que me has dado, estoy mucho
mejor. No fui capaz de darles su merecido a esos bribones, pero Dios lo hizo
por nosotros, hermanita. Él está de nuestro lado.

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