lunes, 27 de julio de 2026

El héroe fisgón (1958) - "VLADIMIRO MONTESINOS PRESIDENTE DEL PERÚ" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 


Vladimiro no podía creer que el ver a Damián -su abusador- y a Germán -el acosador de su hermana de nueve años- cometiendo esa monstruosa aberración, en aquella zona ruinosa del colegio, lo excitara de ese modo.

Damián y Germán se entregaban al calor de sus cuerpos. Se sabían a salvo de cualquier mirada y, por eso, el asunto les resultaba aún más delicioso. Pero Vladimiro, el esmirriado y debilucho adolescente a quien ellos hostigaban a diario en el colegio, los había seguido con sigilo y se había parapetado detrás de amorfos bloques de concreto.

Calentado por lo que veía, muy bien oculto entre los escombros, Vladimiro empezó a masturbarse. La imagen de Germán abriéndole las nalgas a su compinche era poderosa, arrolladora.



Enfebrecido, Vladimiro continuó agitándose la pinga. Un momento después, eyaculó.  

Aliviados sus ímpetus, aquilató con frialdad la situación. Lo que acababa de ver significaría la destrucción total de Germán y Damián. Si todo el mundo se enteraba, no solo tendrían que cambiarse de colegio; tendrían que irse del planeta.  

Ahora, debía buscar el modo de probarle al mundo lo que esos dos hacían a escondidas. Estaba seguro de que ese encuentro no era el primero. Debía de ser uno de tantos que obedecían a una costumbre que tendría que estudiar con paciencia y sigilo para sorprenderlos en pleno acto.

***

¿Otra vez te molestaron?, dijo Vladimiro. Le acercó un pañuelo a su hermana. La niña lloraba quedamente en una esquina de la diminuta sala de la casa. La familia ocupaba lo que, en los opulentos tiempos del abuelo Guillermo, fue el galpón de los sirvientes. Era lo único que le había tocado en herencia a Pancho, el padre.

La niña seguía en silencio. Las penas le sofocaban las palabras.

Tranquila, ¿ya? Dime, ¿otra vez te molestó Germán?

Un temblorcillo gemebundo fue la respuesta.

Después, apenas dejándose oír, agregó: Germán y Damián. Los dos.

Vladimiro contuvo un grito de rabia.

Ven, vamos al cuarto. Le extendió un pañuelo. Ten, sécate. Es mejor que Francisco no te vea así. Cuando llegue borracho, se la agarrará contigo.

Se refugiaron en la habitación que compartían con sus otros tres hermanos en camarotes apretujados.

Ya es tiempo de borrarlos del mapa, se dijo antes de dormir. Ya es tiempo de sacarlos de nuestras vidas.

***

Los tenía estudiados. Todos los jueves al mediodía, se hacían humo. Nadie los echaba de menos. Iban a parar al descampado, en el mismo sitio. Se bajaban los pantalones y empezaban sus cochinadas.  

Este jueves en particular, Vladimiro iba premunido de una diminuta cámara fotográfica. Un invento de su abuelo Guillermo. La nitidez de las imágenes reproducidas no era la mejor, pero sí la suficiente para reconocer los rostros de los depravados.

Venció el impulso de tocarse y se enfocó en registrar todas las posturas que la cinta de la cámara le permitió.

Aprovechen sus últimos días, pensó con cada clic de la máquina. No se imaginan lo que se les viene.

***

¿Te enteraste?, le anunció con una sonrisa. Hacía tiempo no estaba tan contenta.

¿De qué?, se hizo el loco. Dime, ¿de qué te has enterado?, sonrió.

***

Sendos sobres llegaron a las casas de Germán y Damián. Las abrieron sus padres, unos hombres católicamente despiadados.

Tras descubrir el contenido de los envíos, les partieron las nalgas a sus hijos sin ningún tipo de misericordia.

Una nota acompañaba a las fotos. Recomendaba retirar a los muchachos del colegio o las fotografías serían del conocimiento general.

***

¿Los expulsaron?

, dijo ella, alegre como nunca.  

¿Por qué?

No lo sé. Tampoco me interesa. Miró a la pared. Echó a andar conjeturas. Seguro por fin descubrieron que eran unos malvados. Clavó los ojos en los de su hermano. Lo único que me importa es que ya no volverán a molestarnos. El colegio será un lindo lugar. Hoy fue un día perfecto, por ejemplo. Pero qué desconsiderada que soy, hermanito, ¿ya estás mejor de tu tos?

, dijo Vladimiro, ya estoy bien. Pero con la noticia que me has dado, estoy mucho mejor. No fui capaz de darles su merecido a esos bribones, pero Dios lo hizo por nosotros, hermanita. Él está de nuestro lado.




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