martes, 22 de febrero de 2011

Candidatos (II)

July Valencia es una joven cuya edad, sin embargo, no sé y no puedo precisar, está postulándose al Parlamento Andino (institución perfectamente inútil, según mi humilde punto de vista) por el partido del ex alcalde de Lima, Luis Castañeda; personaje todavía cuestionado por el caso Comunicore.

July Valencia también cuenta con su cartel publicitario, el cual está ubicado en las proximidades de la Universidad Católica.

¿Qué frase contiene dicho cartel? Pues, además de portar la sonriente cara de la señorita Valencia, el cartel reza: “Mi alma mater es la PUCP”.

Qué frase más idiota. O sea, ¿debido a que el alma mater de la señorita Valencia es la PUCP, sus electores tendrán la seguridad de que serán justamente representados por esa señorita?

¿Que su alma mater sea la PUCP, la pone en ventaja frente a otros candidatos cuyas alma mater son San Marcos, la UNI o un instituto?

A pesar de todo, le deseo suerte a la señorita July en la consecución de sus objetivos. Ella no tiene la culpa de ser joven y de no darse cuenta de que milita en un partido cuyo líder rehúye a esclarecer temas neurálgicos de corrupción cometidos durante su gestión edil.

lunes, 21 de febrero de 2011

Candidatos

A continuación, transcribiré algunas frases que acompañan los rostros de algunos de los varios candidatos que se postulan al congreso. Comentaré brevemente estas frases y mencionaré de manera escueta la información que tengo de esos candidatos.

Las frases que seguirán a continuación se caracterizan por un amplio cariz demagógico y una vacuidad bochornosa.

César Zumaeta, Número 3 del partido aprista: “Garantía de un Perú imparable”. Este señor lleva varios años atornillado a las curules del Congreso y ha demostrado que su presencia no es imprescindible para que el país surja prósperamente. Esta frase sindica a Zumaeta como un tipo arrogante que cree que con su sola gravitación en el parlamento, el Perú dejará de ser el país tercermundista que es.

Aurelio Pastor, Número 6 del partido aprista: “Amor a la familia peruana”. ¿Aurelio Pastor es experto en amor? ¿Una vez que llegue al Congreso va a ir de casa en casa dándoles amor a las familias peruanas? Me imagino que, ante la falta de pergaminos y logros concretos en sus pasadas gestiones como sempiterno parlamentario y fracasado y abucheado ministro de Justicia (recordemos el caso Crousillat), sus publicistas no pudieron fabricar mejor paparruchada que presentar al candidato Pastor como un dechado de amor y caridad.

Jaime Delgado, Número 2 del partido regentado por Ollanta Humala: “Defensor de los consumidores”. Este señro se me hacía conocido pues tuvo muchas apariciones en la televisión cuando el tema era la protección del consumidor frente a las arbitrariedades de algunas empresas. Me parece que este señor fue presidente del ASPEC (Asociación Peruana de Consumidores y Usuarios). Por ello, me parece que su frase refleja la experiencia que Delgado puede poseer en el rubro mencionado. Sin embargo, Jaime Delgado debe andar algo mal de la cabeza para postularse con el partido de Ollanta Humala, quien, como se especula, vive de las cuantiosas inyecciones monetarias provenientes de su mentor venezolano. ¿Ha justificado de manera clara, el señor Humala, cómo hace para vivir de manera tan holgada con la magra pensión que recibe? ¿Su esposa Nadine ha justificado aquellos ingresos que supuestamente correspondían a consultorías que jamás llegó a presentar y por las que cobró desproporcionadas cantidades de dinero?

Ninguno de estos candidatos me parece elegible. Y como ellos, hay cientos cuyas populistas frases y trayectorias me encargaré de analizar en futuros posts, exprimiendo a la única neurona que pulula por los recovecos de mi cerebro.

domingo, 20 de febrero de 2011

Sin miedo por el callejón de las siete puñaladas

Ayer sábado vimos películas desde las tres de la tarde. Estábamos en mi casa. Mi madre se portó muy bien contigo. Bueno, al menos permitió tu presencia en mi habitación luego del bochornoso incidente de hacía unos días.

Antes de iniciar nuestra maratón cinematográfica, nos aprovisionamos, o mejor dicho, te aprovisionaste, con tus Pringles favoritos de cebolla y con una Coca Cola de litro, helada. Pero helada, Daniel, tan helada que me reviente los pulmones.

Vimos The Black Swan. A ti te encantó. Cuando me preguntaste si me había gustado te dije que sí, con mucho entusiasmo. En realidad, no me pareció tan destacable que digamos. Luego, vimos Los Coristas, conmovedora película francesa que por poco me hace derramar un par de lágrimas cuando los díscolos muchachitos de aquel reformatorio se despiden, con sentidas cartas manuscritas, de su querido profesor Clément Mathieu. Viste esa película por enésima vez en tu vida. Me dijiste que algún día la veríamos juntos y que me iba a encantar, y, ciertamente, me encantó. Me gustaba cuando suspirabas cada vez que aparecía en la pantalla el muchachito del que te has enamorado platónicamente, el muchacho que interpretó el papel de Pierre Morhange: Jean-Baptiste Maunier. Lo veías y emitías unos suspiros hermosos.

Te quedaste a dormir en mi casa. Daniel, quiero dormir sola, me dijiste. Y como he aprendido a no contrariarte, a respetar tus espacios y tu derecho a la soledad. Me retiré a dormir en el cuarto de mi hermano. Te dejé solita y a gusto en mi cama, mientras veías televisión hasta bien entrada la noche.

En la mañana del domingo, no osé arruinar tu sueño. Sé que te gusta dormir hasta las diez. No te molesté hasta esa hora. Mi mamá preparó un vaso de jugo de fresa para mí y dos panes con tamal, uno para mí y el otro para ti. Me gustó esa consideración por parte de ella. Pero, al menos, te hubiera hecho un vaso de jugo para ti también. No le dije nada y te di mi vaso. Te mentí cuando te dije que mi mamá te había preparado ese vaso especialmente para ti. Estoy seguro que mi mamá tenía toda la intención de prepararte jugo a ti también, pero por algún motivo, lo olvidó.

Nos entretuvimos en la computadora. Me hiciste escuchar algunas canciones de depressive metal. Me gustó mucho esa banda llamada The Eternal Night. Me contaste que Stu te había hecho escuchar canciones de esa banda y de otras tantas del mismo género. Encontré original el sonido de la banda egipcia de black metal Melechesh. Suena como si fuera la fusión de un metal atractivo y una cumbia pegajosa.

Te fuiste antes de almorzar en mi casa. Me dijiste que tenías que estar en tu tienda antes de la una. Nos despedimos con un beso. Te agradecí los maravillosos momentos que había pasado a tu lado. Te acompañé al paradero de la avenida Haya De La Torre.

Al llegar a casa, entré a mi cuarto, eché punto y me tiré sobre la cama. Mi mamá aún no llegaba del mercado. Aproveché aquel momento de soledad para masturbarme pensando en ti. Incluso eso lo hago ahora pensando en ti. ¿Tomarás eso como un cumplido romántico? No lo creo.

Luego de almorzar (cabe mencionar que mi madre te había reservado un plato, pero como no estabas, mi hermano se ofreció gustoso a devorarlo), te llamé al celular. Te pregunté si podía ir a verte. Me respondiste que podía.

En la tienda nos reímos un montón. La pasamos genial riéndonos de los incautos que eran acribillados con globazos de agua por los jacarandosos muchachos y muchachas del jirón Quilca. Te conté que me masturbé pensándote. Te reíste y me metiste un “calientito”. Me gusta cuando me haces un “calientito”. Un “calientito” es cuando te frotas las manos y me das una ligera y cariñosa cachetada.

Te pedí que me invitaras ese chaufa buenazo en el callejón de las siete puñaladas en Pueblo Libre, cerca de tu casa. Amor, por fa, también con una gaseosita al polo. Luego de cerrar la tienda, me encargaste que te ayudara con un paquete. No me dijiste qué contenía exactamente, así que no indagué más.

Judith y su hermana Mónica nos atendieron muy amablemente. Siempre las visitamos con pareja frecuencia. Somos “caseritos”.

Empachados, abotagados y felices de habernos comido todo el plato, te acompañé a tu casa. Te agradecí la invitación a comer. Camino a tu casa, fantaseamos sobre una futura vida nuestra, independiente. Quedamos en vernos el martes. Tomé mi combi en la avenida Bertello. Ya te había dejado en tu casa. Ya nos habíamos dado el beso de despedida. Ya había degustado del arito que cuelga tan coqueto de un costado de tu precioso labio inferior.

En casa, me senté a la computadora para revisar mis correos. Nadie me había escrito. Nadie nunca me escribe. Y qué puedo esperar si yo mismo soy un ingrato que no le escribe a nadie. Quince minutos después, suena el teléfono. Contesté. Eras tú. Me metiste una puteada. Daniel, ¿dónde dejaste el paquete que te encargué? Ahí están todos los pedidos que tengo que entregar esta semana. Traté de hacer memoria y te dije que el paquete, con toda seguridad, lo había olvidado en el puesto de Judith y Mónica. Daniel, vienes inmediatamente y lo traes porque yo no voy a ir. Ese paquete te lo encargué a ti.

Colgaste y yo salí disparado a buscar el paquete. Era mi culpa. No quería defraudarte. Yo olvidé ese paquete y yo tenía que recuperarlo. Era mi deber. Atravesé el callejón de las siete puñaladas con mucha tranquilidad. Finalmente, andar contigo, me hace menos temeroso y más osado. Judith me vio llegar. También Mónica. Siempre amables y sonrientes. Andaban atareadísimas satisfaciendo los ingentes pedidos de sus numerosos clientes: arroces chaufa, pollos broaster, hamburguesas. Hola Judith, Mónica, ¿no vieron un paquete que Wendy y yo dejamos olvidado hace un rato? Mónica respondió. Sí, su mamá se lo acaba de llevar. Ah, ok, perfecto, gracias.

Fui a tu casa. Estabas en la puerta de tu casa, con tu tía que vive al lado. Estabas preciosa, como siempre. Pero no estabas de negro como usualmente sueles vestirte. Llevabas un vestido verde que me dijiste que odiabas, pero que, a mi ver, te sentaba muy bien. Noté que se te había pasado el enojo y que mi presencia allí te demostraba una vez más que me preocupaba por ti, que haría lo que fuera para evitarte contrariedades.

Me dijiste que tu mamá se había ido a buscarme al enterarse ustedes de que yo había salido de mi casa apenas colgué el teléfono. Tu mamá se preocupó: de repente el muchachito ya está apuñalado y tirado en alguna vereda, sin ropa, asaltado y violado. Ay, Wendy, pobre de ti que algo le pase al jovencito.

Dani, te odio, me dijiste (obviamente, con cariño). ¿Por qué? Te pregunté. Porque mi mamá se preocupa más por ti que por mí.

Al poco rato llegó tu mamá. Le conté que no me había pasado nada malo y que, más bien, le agradecía el detalle de haberme buscado para asegurar mi integridad física. Tu madre insistió en que me acompañarían al paradero en la avenida Bolívar. Tenías un poco de roche de salir vestida con tu pijama verde y caminar esas cuatro cuadras que nos separaban de mi destino. Tú y yo íbamos adelante. Tu mamá y su hermana iban a la vanguardia. Abraza a mi hija y camina lento para que los vagos de aquí te vayan conociendo, me dijo tu mamá. No, señora, no quiero afearle la imagen a su hija abrazándola. Ustedes rieron. Tu mami me conminó cariñosamente: abrázala o te parto la cabeza. Te abracé. Caminamos así, abrazados y felices de esa noche, de estar juntos.

Mira todo lo que ocasionas, Daniel, me dijiste, avergonzada por pasear tus carnes por las calles sin tu habitual tenida negra. Estabas preciosa. Todo por olvidarte algo que te encargué, continuaste recriminándome, amorosamente. Se me ocurrió una salida que enterneció a tu mami, su hermana y te derritió totalmente: Es que cuando estoy con su hija, señora, la paso tan bien que me olvido de todo.

Me dijiste que era tu cholito. Tu mamá me defendió y te dijo que por tus venas también corría sangre indígena. Yo salí en tu defensa: Sí, señora, pero Wendy es por fuera una morenita preciosa.

Todo el trayecto estuvo lleno de recriminaciones amorosas y de tiernas observaciones. Cuando te dejaba de abrazar, levantabas mi brazo y te lo ponías sobre el hombro. Abrázame, amor, me decías.

Al llegar a mi destino, me despedí de ustedes. Les agradecí el gesto de haberme escoltado hasta ese lugar seguro. Nos dimos un beso en la boca sin que nos viera tu mamá. Me llevé a mi casa el recuerdo de haberte visto, por primera vez, sin tus preciosas prendas negras.

Gaby Pérez Del Solar

Gaby Pérez Del Solar fue una notable voleybolista que derrochó admirables dosis de energía, entrega, talento y técnica, siempre que jugó representando al Perú.

Me parece que llegó a ocupar un escaño en el congreso legislativo que asumió funciones durante el período 2006-2011.

Por los enormes carteles que he visto de ella, en varios puntos de la ciudad (carteles que ostentan la vertiginosa altura de casi 7 metros), nuevamente está tentando la posibilidad de repetir la experiencia como Madre de la Patria para el período 2011-2016.

El segundo párrafo de este post lo inicié con las palabras “Me parece que llegó a ocupar un escaño en el Congreso”. No lo hice intencionalmente. Simplemente, tengo mis dudas sobre si llegó a formar parte de este Congreso que ya se va, porque la señora Gaby no ha realizado los méritos suficientes o no ha sido una gravitante protagonista de la coyuntura política. ¿Habrá participado en la creación de proyectos de ley importantes para el país? ¿O se dedicó a calentar el asiento solamente?

En todo caso, mi crítica hacia su postulación al próximo parlamento se origina a raíz del logo marketero que acompaña a la exorbitante foto de ella que pulula en la ciudad.

Una altísima Gaby Pérez Del Solar nos mira y sonríe desde unos siete u ocho metros de altura. A su lado, la frase: “Por un Congreso sin bajezas” nos invita a marcar el número 6 del partido de PPK por medio del cual se está postulando.

La frase, ciertamente, alude con astucia la altura física de Gaby. Pero, ¿es su estatura, (obra del azar; pudo haber nacido baja o mediana) un poderoso argumento que nos garantizará a los electores que la señora Gaby será capaz de actuar destacadamente en el Congreso? ¿sus casi dos metros de estatura son aval de que desaparecerán las bajezas, perfidias y felonías en el parlamento peruano? ¿Una cosa tiene que ver con la otra?

Esas frases, como la que acompaña a la descomunal foto de Pérez Del Solar, son más apropiadas, creo yo, para ofrecer productos baladíes y de consumo masivo, no cuando lo que está en juego es tratar de incluir a personas de valía intelectual y moral en el parlamento.

¿Por qué estos candidatos nos venden frasecitas y no propuestas, ideas o trayectorias profesionales destacables? Supongo que saben que al electorado peruano se lo puede convencer fácilmente apelando a su sentido dicharachero y juguetón en lugar de a su criterio juicioso, pues saben que carecemos de él.

El 14 de febrero

Ese día, llegué a verte a tu trabajo. No tenía puesto mi bóxer porque olvidé empacarlo, esa fría madrugada, cuando decidimos huir de la opresión y la intolerancia de mi casa. Pasé todo el día en el trabajo con la incomodidad de sentir que entre mis testículos y mi pantalón no existía alguna tela que suavizara las consabidas asperezas. Pero, en mi memoria, quedaron los momentos alegres, desenfrenados y extáticos que protagonizamos aquella madrugada luego de nuestra intempestiva huida.

Te encontré sentada, conversando con tu amiga. Estabas alegre. Me gustó verte radiante y vestida de negro. Te llevé una Coca Cola helada para que te refrescaras. No era esa Coca Cola mi regalo por el día de los enamorados, era simplemente un detallito más de los que te hago para pagarte, de alguna manera, toda la felicidad que provocas en mí. Tú y yo odiamos el día de los enamorados. Nos parece ridículo ver a todas esas mujeres portando estúpidos globos rojos en forma de corazón por las calles de la ciudad como si fueran alguna especie de trofeos o estandartes.

Qué poco original, y hasta mustio, es el obsequiar un globo rojo en forma de corazón, un ramo de flores (peor todavía si es una sola flor), una caja de chocolates o un oso de peluche en el día de los enamorados.

Qué poco original es hacerle presentes de cualquier magnitud y costo a la persona que quieres o amas en el día de los enamorados.

En la madrugada del 14 de febrero me habías dicho, por fin, lo que yo tanto anhelaba escucharte. Me dijiste “te amo, Dani”, y no una, sino varias veces y de manera muy sentida, como sólo cabía esperarlo de ti.

Prosaico y apresurado como soy, te dije que te amaba casi desde los primeros días en que te conocí. A ti te tomó mucho tiempo decírmelo. Y ciertamente, por esa razón, por la madurez de tus palabras, tus “te amo” son mucho más valorables, apreciables y significativos que los míos.

Nunca antes me habías marcado el cuello con la boca. En esa madrugada del 14 de febrero, mientras nos amábamos, lo hiciste. Me marcaste el cuello en dos zonas distintas, diciéndome que me amabas. No sentí dolor alguno. Supongo que fue mitigado por la bella sensación de oírte decir que me amabas mientras tus labios y tus dientes presionaban mi piel.

Ese día, borracho de sueño y de cansancio por todo lo vivido en los días previos, me quedé privado como una roca, ante tu insistencia de que continuara amándote. Muy a mi pesar, y, con toda seguridad también, muy a tu pesar, te dejé insatisfecha por tercer día casi consecutivo. Dormimos plácidamente. Recuerdo que desperté sobresaltado porque mi celular rosado vibraba alocadamente justo debajo de mis posaderas a la hora en que le había programado la alarma: las cinco y media de la madrugada. Me puse el pantalón y la camisa arrugados que había guardado en mi mochila horas antes, antes de huir de mi casa.

Me despedí de ti con un beso en la frente y en tu boquita. No me prestaste mucha atención. (Siempre me has dicho que una de las cosas que haces con pareja devoción y entrega es dormir). Dormías profundamente. Apenas si abriste la boca para recibir mi beso y desearme suerte en el trabajo. Te juro que sentí enormes deseos de quedarme a tu lado, echado en esa cama de hotel contigo y continuar durmiendo junto a ti, sintiendo tu respiración, contemplándote. Pero había en mi camino una obligación que cumplir.
A pesar de todo, te vi horas después. Como siempre, caminé desde la oficina hasta Quilca. Al principio, era una distancia que se me hacía larguísima de recorrer. Ahora, se me ha achicado infinitamente (hablo de la distancia, porque lo “otro”, desde hace tiempo, se me viene achicando infinitamente). Camino porque siento que luego de haber estado sentado todo el día, es el mínimo gesto de consideración que debo concederles a mis piernas para que no se olviden de caminar. En realidad, camino porque no quiero pagar un sol todos los días para que el bus recorra esa relativa corta distancia por mí.

En el día de los enamorados, no me regalaste la consabida frase de amor, o las consabidas tonterías materiales con las que las parejas se atiborran en ese día. Me regalaste la oportunidad de conocer a uno de mis cantantes preferidos: un muchacho de 23 años, flaco, de pelo largo, trigueño y de contagiante buen humor. Su nombre era Nacho. Tú lo conocías desde hacía mucho tiempo. Le habías puesto el apodo de "Laura Bozzo".

Lo conocí y lo felicité por la excelente música que hace (y que tú encuentras deplorable) con su banda de punk Hastakinomás. Tus ojos se colmaban de satisfacción cuando me mirabas hablar con Nacho, tan entusiastamente, sobre la música de él, en particular, y la música punk, en general. A pesar de que odias, con parejo nivel, la música de Nacho, en particular, y la música punk, en general, no podías evitar sentirte feliz por mí, porque conocía finalmente a alguien que compartía los mismos gustos musicales que yo, porque me sentía a gusto.

Ese día me permití invitarle una cerveza a Nacho en la bodega que queda justo enfrente del Boulevard de la Cultura, o La Feria como tú siempre has llamado al Boulevard. Nacho, a pesar de que estaba con su enamorada, no dudó en gastarte algunos piropos. Y es que nadie, puede resistirse a caer subyugado y embobado ante tu personalidad y tus considerables atributos físicos.

Ese día de los enamorados, lo concluimos comiendo el riquísimo arroz chaufa de 4 soles, que la señorita Judith vende cerca de tu casa, y al cual me he hecho adicto. En realidad, me hago adicto a ti, con cada momento que transcurre, estés lejos de mí o muy a mi lado.

lunes, 3 de enero de 2011

Asimilando

No es fácil tratar de olvidar a una persona que significó tanto para ti o que creíste que iba a darle un sentido duradero a tu vida.

Es una tarea difícil tratar de borrar todos los recuerdos que involuntariamente forjaste con esa persona.

Por eso es que no trato siquiera de olvidar a Wendy. Ella siempre va a estar ahí. El recuerdo o la etérea presencia de quienes alguna vez amamos o quisimos siempre nos acompañarán por más obstinada que sea nuestra lucha por anularlos de nuestra mente.

Yo prefiero aceptar y asimilar tales recuerdos como combustible que, en un momento u otro de mi vida, me harán mejor persona.

Hay lugares, canciones, frases, películas que están ligadas inexorablemente a Wendy. Siempre será así. Esto no quiere decir que viviré agobiado cada vez que mi memoria sea asaltada por alguno de aquellos recuerdos. Al contrario, sonreiré y reconoceré que en cierto tiempo fui feliz con ella en ese lugar, con esa canción o con aquella frase.

Hace cinco días, más o menos, que no veo a Wendy, que decidí no verla por un tiempo para aceptar mi exquisita e inofensiva soledad. Hace cinco días que huí de su lugar de trabajo al ver que ella todavía mantenía comunicación vía mensaje de texto con su ex enamorado (tengo que aclarar que Wendy me había dicho el día anterior que ya no deseaba que nuestra relación continuara por mi propio bien. Soy mala, me decía). Espíe en su celular en el momento en que se ausentó para atender unos asuntos.

Desde el 31 del mes pasado del año pasado que no le escribo o la llamo. Porque si quiero que sus recuerdos me alegren, y no me introduzcan en un cuadro sombrío, es necesario también tomar un poco de distancia.

Sin embargo, ayer me llamó. Conversamos y rememoramos aquellas frases, amigos en común, anécdotas que formaron parte de nuestra relación. Me contó sobre cómo había recibido el año, entre otras cosas divertidas. Hablamos cerca de quince minutos. Al colgar el teléfono, sentí dos cosas: Una, que he logrado independizarme de la presencia corpórea de Wendy y que nuevamente me adapto a mi soledad y dos, una ligera sensación de triunfo al saber que no fui yo el que se dejó vencer por la nostalgia y cogió el teléfono para llamar a aquel que, por un motivo u otro, decepcionó y ahora siente que necesita a su lado.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Luis Castañeda y su burda propaganda

Cuesta creer cómo personajes como Luis Castañeda perciban, en cada encuesta de intención de voto para las próximas elecciones presidenciales, tan alto nivel de preferencia.

Castañeda no sólo no explica la truculenta operación en el caso Comunicore, investigada hasta la saciedad por diferentes medios de prensa que han detectado serias irregularidades aún no asumidas ni esclarecidas por las partes involucradas, sino que además, de acuerdo a sus últimas declaraciones con respecto a la aparición de su nombre en obras públicas, muestra un cinismo tan colosal como el ego del señor Alán García. (Al respecto, no tiene nada de malo poseer un ego colosal, creo yo).

El ex burgomaestre ha dicho que su nombre aparece en las diferentes obras municipales que se vienen inaugurando para que el pueblo sepa quién las hizo. Añade, también, que puesto que todavía no es candidato, formalmente hablando, no está violando ningún tipo de ley ni está actuando de manera deshonesta frente a sus virtuales rivales.

Desde mi punto de vista, es poco ético que una persona, sea presidente o alcalde, coloque su nombre en cualquier obra pública pues no es de su bolsillo de donde sale el dinero para ejecutar tales obras. Los dineros que permiten construir carreteras, remodelar parques o edificar escaleras, provienen de los impuestos que cada uno de nosotros pagamos. No es justo pues que venga un fulano y, sólo por ocupar un cargo público (cargo que debe demandarle humildad y actitud servil para con el pueblo que lo eligió), se arrogue la hechura de las obras que el dinero ajeno ha posibilitado.

Peor aún es la actitud de Castañeda al promocionarse a costa de los bienes públicos en medio de una contienda electoral que, así diga él lo contrario, ya ha empezado. Si no, ¿acaso Castañeda no presentó hace poco en un evento transmitido en señal abierta a los ganapanes que lo acompañarán en las próximas justas electorales?

Un poco más de ética y moral se le pide al señor Castañeda.