jueves, 7 de noviembre de 2013

Bel ami - Guy de Maupassant



En la variedad está el gusto. Las últimas novelas que estoy leyendo son, más bien, clásicas. Su estilo es lineal, pero esto no les resta poder de persuasión. ¿Por qué? Porque las personas que las escribieron las contaron con franqueza y pericia. Sus páginas exudan realismo.

Hace un mes leí “Bel ami”, del genial, y no menos atormentado, escritor francés Guy de Maupassant.



“Bel ami” es la historia de George Duroy (en la edición que poseo, George es Jorge), un humilde ex soldado francés que, gracias a su hermosura y a la ayuda de ciertas mujeres que conoce en París, sale del anonimato y la pobreza para conquistar y establecerse en la sociedad aristocrática de su tiempo.

George Duroy supo relacionarse muy bien y procuró sacar ventaja de las mujeres con las que estuvo. No solo se casó con la mujer de su amigo Forestier, quien fue quien le proporcionó el aventón necesario para hacerse notar en el mundo del periodismo parisino, sino que mantuvo amoríos con la esposa del dueño del periódico para el cual trabajaba. Además, fue amante de Clotilde de Marelle, mujer que supo pagarle algunos gastos para mantenerlo libre de preocupaciones. Pero no se crea que Duroy era un sinvergüenza; él sabía lo que les debía a cada una de esas mujeres, y ansiaba pagarles todos los favores una vez que su ascenso a la cumbre de la sociedad fuese una realidad.

Uno debe leer el libro para entender a Duroy, un personaje rico, muy humano. Tacharlo de arribista sería obliterar la construcción minuciosa, real, con la que Maupassant edificó a su personaje. Guy nos hace parte de Duroy, nos lo hace familiar, próximo, partícipes de sus triunfos y de su harapiento comienzo. Y sí, hay mujeres que sufren por él, él les rompe el corazón, pero porque ellas se lo entregan en bandeja, sin tomar sus precauciones.

Las amantes de Duroy saben que él está comprometido y, a pesar de eso, aceptan con feliz resignación su condición de segundas o terceras mujeres. Duroy no es solo una cara bonita; es astucia, agudeza, inteligencia. Cuando llega a París, no sabe lo que es capaz de hacer. Es inconsciente de su talento. Las mujeres, sus mujeres, le ayudarán a descubrirse. Y él les pagará con una lección que jamás olvidarán: si te entregas sin reservas, estarás perdido.

Uno de los momentos tensos de la novela es aquel en el que Duroy y la hija del dueño del periódico, que acaba de hacerse multimillonario gracias a una especulación en unos negocios bélicos –especulación que llega a ser favorable gracias, en gran parte, a Duroy-, deciden casarse, a pesar de la negativa de los padres de ella. La negativa de la madre es la más desgarrada, pues ella todavía ama al joven y apuesto periodista, con quien ya sostenía una prolongada relación extramarital.

En esta historia hay de todo: cornudos, cornudas, timadores, prostitutas.  You name it. Maupassant retrata con finas cinceladas su tiempo, la Francia de mediados del siglo XIX.

Nunca se sabe, al menos yo no lo pude saber, si Duroy actúa fríamente. El realismo que Maupassant le confiere a ese personaje es tal que el lector no podrá etiquetar sin duda alguna a Duroy como bueno o malo. Simplemente, es un ser humano.
   
Hay una parte del libro que jamás olvidaré, pues me identifiqué instantáneamente con la situación. George Duroy todavía es pobre. Hace cálculos para estirar su poco dinero. Ha gastado un tanto en esto, le queda otro poco para esto otro. Todo lo calcula al milímetro. No puede permitirse un gusto, pues podría arriesgar el sustento del día siguiente. Leer, experimentar la penuria y el ajuste matemático que Duroy hace con su dinero me resultó familiar, pues esto es algo que yo hago todos los días: tratar de estirar el poco dinero que tengo. No hay día en que yo no lleve la cuenta de los pocos centavos que porto en mi bolsillo. Leer que Duroy hacía lo mismo capturó mi simpatía hacia ese desdichado personaje y hacia su creador, el genial Guy de Maupassant.    

A continuación, transcribo algunos pasajes interesantes –según mi parecer- de la novela:

(Forestier a Duroy): Bien. En principio, nadie sabe nada, a excepción de veinte imbéciles que no sirven para otra cosa. Además, no es difícil pasar por entendido. La cuestión es no dejarse coger en flagrante delito de ignorancia. Se va maniobrando, se esquivan las dificultades, se sortean los obstáculos y se apabulla a los otros por medio del diccionario. Todos los hombres son tontos como patos e ignorantes como peces. 

(Saint Potin a Duroy): Sí, pero nada reporta tanto como los ecos. A menudo disfrazan reclamos.

(Duroy a la pareja Forestier y a madame de Marelle): Veamos, ¿no es cierto lo que digo? ¡Cuántas no se abandonarían a un deseo súbito, al capricho brusco y violento de un instante, a un antojo amoroso, si no temiesen pagar con un escándalo inevitable y con dolorosas lágrimas una ligera y fugaz dicha!

(Descripción de la relación entre Duroy y su esposa Magdalena –la ex esposa de su amigo Forestier): Era la lucha íntima de dos seres que vivían juntos, uno al lado del otro, y se desconocían siempre, se sospechaban, se olfateaban, se acechaban, pero nunca se conocían hasta lo más fangoso de sus almas.

(Descripción del nuevo status social del dueño del diario La Vie Française, el señor Walter, luego de ganar unos millones por cierta especulación algo ilegal): En muy pocos días se había convertido en uno de los amos del mundo, uno de esos financieros omnipotentes, más poderosos que los mismos reyes, que obligaban a  inclinarse las cabezas a su paso, a tartamudear a las bocas y a que brotase todo lo que hay de bajeza, de cobardía  y de envidia en el fondo del corazón humano.


(Duroy a la señora Walter): Querida, el amor no es eterno. Viene y se va. Pero cuando se prolonga, como sucede entre nosotros, se convierte en un horrible grillete. Yo no quiero más. Esa es la verdad.

sábado, 26 de octubre de 2013

Los inocentes - Oswaldo Reynoso



“Ah, estás con ganas de cagar gente hoy día, compare”. Eso le hubiera dicho a Reynoso si yo hubiera sido Jaime Cabrera en la entrevista reproducida en su blog “Lee por gusto”. Pero, también, por qué tiene que iniciarse una entrevista con preguntas tan manidas: “¿Cuándo empezó a leer?, ¿cuándo empezó a escribir?” ¿No podemos preguntar algo diferente, algo que refresque y agilice el ambiente? Son preguntas tan estúpidas e igualmente equivalentes a aquellas que les formulan a los cantantes o actores extranjeros cuando nos visitan: “¿Ya probó el ceviche?, ¿le ha gustado el pisco sour?”.


Reynoso no solo se muestra “cagón” al principio de esta entrevista, pero es en esa parte donde más resalta esa especie de altanería que te da la vejez y los elogios descontrolados que le llegan a uno de todos lados. Una altanería que te hace creer que lo que dices es ley.

He leído hace dos meses, por primera vez en mi vida, la tan mentada famosa obra de Oswaldo Reynoso y, a causa de mi tan escaso gusto literario, no la he hallado tan magnífica como la proclaman escritores viejos y jóvenes, el público en general, quienes, principalmente por ese cuentario, hablan de este Reynoso como si fuera un auténtico dios o leyenda.

Siempre que leo una novela o un cuentario, indago sobre el autor: busco las entrevistas que dio en vida o documentales biográficos.

Mientras leía “Los inocentes”, buscaba documentos visuales sobre Reynoso. Quería saber algo más sobre él y su obra. Hallé la entrevista colgada. Luego de verla, quedé profundamente decepcionado del escritor y, por contera, del entrevistador. Pensé: “viejo dogmático, chauvinista de mierda”.

En el vídeo, es lamentable el momento en el que este escritor cuenta cómo le destroza la ilusión a una pequeña que le encarga un regalo para Colorete (uno de los personajes del libro) y aquel, en lugar de fomentar la imaginación de su pequeña lectora y seguirle la corriente, le dice: “Colorete no existe; es un personaje de ficción”.

Es abominable el momento en el cual el escritor dice que Abimael Guzmán -uno de los más grandes genocidas que ha conocido este país-, es un “humanista”. Es indignante, además, la abulia del entrevistador, que no reacciona ante esas declaraciones; antes bien, calla y se une al séquito de escritores que proclaman a Reynoso como un ídolo de las letras peruanas. Tremenda sorpresa se lleva uno cuando se comprueba que los emisores de dichos elogios son escritores que abominan de la “lucha armada” y se proclaman defensores de la paz.  Qué tal duplicidad, ¿verdad? Incluso Beto Ortíz, en el vídeo colgado aquí también, se deshace en encomios a este Oswaldo Reynoso.  


Es vergonzoso oír a Reynoso defender la gestación de “Sendero Luminoso” y del “MRTA” cuando dice: “(En los sesenta) hay dos partidos políticos que dan el paso al frente”. Uno se pregunta: ¿El entrevistador está ahí?, ¿alguna persona ligeramente memoriosa puede permanecer pasiva ante tales declaraciones?


El contenido de “Los inocentes” no dejó nada en mí; a diferencia de otros textos. Han transcurrido dos meses desde que la leí y apenas recuerdo el título. Sé que mis pocas lecturas y mi inopia intelectual no me permiten emitir un juicio más elaborado y “literario”, pero es inevitable que esta opinión esté muy contaminada de la mala impresión que me deja su autor.  

lunes, 26 de agosto de 2013

El camino - Miguel Delibes



Miguel Delibes (Valladolid, 1920 – ibíd., 2010), extraordinario narrador español, de esos que no pertenecen a ningún grupo o generación precisa, como el no menos extraordinario Camilo José Cela, escribió «El camino», con un estilo muy sencillo.




“Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba…”

Que Daniel pueda tener la cultura que tiene el hijo del boticario, enviado a la ciudad para instruirse, del pequeño pueblecito asentado en un valle de Valladolid, en una España de la postguerra, es el sueño y objetivo testarudo de su padre.

Gracias a esa imposición paternal, Daniel, desde sus once años de edad, recuerda las muchas anécdotas que vivieron sus vecinos del valle y él y sus inseparables amigos Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso. Recuerdos gratos, la historia del valle, confluyen en la memoria de Daniel la noche antes de su partida: “Entonces se dio cuenta Daniel, el Mochuelo, de que no había pegado un ojo en toda la noche. De que la pequeña y próxima historia del valle se reconstruía en su mente con un sorprendente lujo de pormenores.”

A través de la inocente mirada de Daniel, apodado «el Mochuelo» por el parecido de su mirada con la de un búho, conocemos a cada uno de los personajes de su pequeño valle, la mayoría con un apodo: las hermanas Guindilla, las hermanas Lepóridas, don José, el Cura, Quino, el Manco, don José, el Maestro, entre otros.

El amor entre los habitantes del pueblo, los chismes, la moral que algunos cuidan con exceso y severidad y que otros, más bien, ven como cosa que hay que respetar únicamente los domingos en la misa, las palomilladas de Daniel y sus compinches, el paso de la niñez a la adolescencia, suicidios, muertes; todo ocurre en esa pequeña atmósfera que uno creería, por estar alejada de la vertiginosa ciudad, aburrida y lúgubre.

Tengo entendido de que esta novela es una de las más celebradas de Delibes, al punto de que se le hizo una película y una serie.

Algunas frases del libro:

“Los mayores tenían, a veces, caprichos más absurdos y tozudos que los de los niños.”

“Cada uno en lo suyo, desde luego, pero los vagos no son vagos no son vagos porque no quieran trabajar en las cosas de los demás.”

Con respecto a la gente que rajaba de Paco, el herrero, Andrés, el zapatero, decía: “Cuando a las gentes les faltan músculos en los brazos, les sobran en la lengua.”

“Y fue el cochino afán del ahorro lo que agrió su carácter. El ahorro, cuando se hace a costa de una necesidad insatisfecha, ocasiona en los hombres acritud y encono.”

“Pero a Daniel, el Mochuelo, nada de esto le causó sorpresa. Empezaba a darse cuenta de que la vida es pródiga en hechos que antes de acontecer parecen inverosímiles y luego, cuando sobrevienen, se percata uno de que no tienen nada de inextricables ni de sorprendentes. Son tan naturales como que el sol asome cada mañana, o como la lluvia, o como la noche, o como el viento.”









domingo, 25 de agosto de 2013

Ode to stupidity

Si no respetas la regla, a veces, todo puede irse a la mierda.

No calls or messages. Never. You do that and something big and shitty might happen.

Rompiste la regla.

There was no other escape for me but deny everything.

El amor enceguece la cabeza de los débiles, de aquellos que, a pesar de los miles de  desengaños sufridos, aún no aprenden la lección.

I learnt my lesson years ago, mate. I hope you’ve learnt yours: never call or text me ever.

Si ya habías dicho que no querías verme jamás, ¿por qué tuviste que repetírmelo dos veces más?


Have the guts to admit that it was all your fault. Not mine, mate. Next time control your anger.

martes, 20 de agosto de 2013

Las tribulaciones del estudiante Törless - Robert Musil



He leído que el escritor austriaco Robert Musil (1880 – 1942) fue un tipo retraído durante su niñez y, también, durante los últimos días de su vida. Murió pobre, en resumidas cuentas, gracias a que llevaba en la sangre el virus de la Literatura.



Su primera novela, «Las tribulaciones del estudiante Törless», publicada en 1906, muestra el espíritu inquisitivo de este escritor. Es una novela de autoconocimiento por medio del derrumbe de lo familiar y lo conocido. A través de Törless, un chico que es internado en un instituto pre militar por sus padres, Musil explora las sensaciones y pensamientos que experimenta un adolescente.

En este instituto, en el cual conviven únicamente varones adolescentes, Törless descubrirá la maldad, lo inexplicable, el ridículo sentido de la vida.

Beineberg es el matón del grupo. Reiting es enemigo solapado de Beineberg, pero prefiere seguirlo hasta encontrar el momento propicio para arrebatarle el liderazgo. Törless, durante parte de la historia, los frecuenta. Posteriormente descubrirá lo estúpido que es ser parte de ese grupo o de cualquier otro. Basini, objeto de las maldades de Beineberg y Reiting, es un personaje sumiso, débil y asustadizo.

Los muchachos, en sus días libres, frecuentan a Bozena, la prostituta del pueblecito cercano.  Törless observa a Bozena, la estudia, la relaciona con su madre. Piensa qué fue lo que llevó a sus padres a tener relaciones sexuales, ¿fue amor? «Nada que hicieran los mayores y los adultos, algo propio solo de sus padres». 

Törless cuestiona todo. En una clase de matemática, los números imaginarios le desconciertan. Termina la sesión, pero únicamente él le dará vueltas al asunto, hallándolo absurdo. No entiende cómo, empleando números imaginarios, que en el transcurso de una operación matemática terminan anulándose, se pueden obtener resultados concretos y reales. « ¿No es acaso como un puente que solo tiene pilares a una y otra orilla, y que, a pesar de ello, puede uno atravesar como si los tuviera en todo el recorrido? Operaciones de esa naturaleza me dan vértigo.»   

Beineberg y Reiting disfrutan torturando a Basini. Cada uno lo emplea para encontrar la respuesta de sus propias preguntas existenciales. Beineberg lo desnuda y lo azota. Reiting lo desnuda y lo sodomiza. Tórless siente asco por Basini, asco que con el transcurrir de la historia mudará hacia una indiferencia total.

El estudiante Törless experimenta con la filosofía (tratará de leer un volumen de Kant que jamás llegará a entender), con la homosexualidad («Junto a su cama estaba Basini que, con frenéticos y rápidos movimientos, se despojó de la camisa, se metió bajo las sábanas y apretó su desnudo y tembloroso cuerpo contra Törless»... «Entonces Törless ya no buscó palabras. La voluptuosidad que, poco a poco, se le había ido metiendo furtivamente desde aquellos primeros momentos de desesperación, había alcanzado ahora sus plenas dimensiones. Allí estaba esa voluptuosidad, desnuda junto a Törless, extendida, cubriéndose la piel con su blanda y negra capa. Y le susurraba dulces palabras de resignación al oído, y con sus cálidos dedos hacía a un lado todos los problemas y deberes que parecían vanos. Y le susurraba: “En la soledad, todo está permitido…”»), cuestiona la rígida moral de sus padres y profesores, las halla vanas.

La estadía en ese ambiente, que le había permitido reflexionar sobre lo perverso, lo amoral y lo prohibido, será esclarecedor para el atribulado muchacho: «Ahora sabía  distinguir entre el día y la noche. Y el caso es que siempre había sabido hacerlo, solo que una pesadilla se le había filtrado, borrosa, a través de esa frontera, y se avergonzaba de tal confusión; mas el recuerdo de que podía ser otra cosa, de que hay alrededor de los hombres tenues fronteras que fácilmente pueden deshacerse, de que febriles sueños rondan el alma, corroen los firmes muros y abren de pronto inquietantes, trágicas calles… También este recuerdo se le había grabado profundamente y proyectaba pálidas sombras. No podía explicarse gran cosa de este estado; pero el hecho de que no pudiera expresarlo con palabras le parecía valiosísimo, como la seguridad del cuerpo fecundado que ya siente en su sangre el tenue tirón del futuro.»

Luego de que Musil colocará a su Törless en las situaciones más oscuras y confusas para un adolescente –o para cualquier ser humano temeroso de conocer y transgredir sus límites autoimpuestos-, termina su novela dándonos el antedicho mensaje; es decir, jamás podremos explicar aquello que experimentamos en la vida durante la búsqueda de nuestro propio conocimiento. Jamás podremos explicárnoslo, porque la vida solamente se siente; las palabras son como aquellos pilares o puentes, sobre los cuales nos apoyamos para representar, aunque no en toda su magnitud, lo que sentimos.

A continuación, dejo algunas frases interesantes del libro:

«Porque la primera pasión de los adolescentes no es amor del uno por el otro, sino odio contra todo.»

«Casi toda pasión primera dura poco y deja detrás de sí un gusto amargo.»  

«Porque cuando el alma del mundo quiere que una de sus partes permanezca, se expresa muy claramente. Dice no, crea un obstáculo, nos hace pasar por encima del gusano o da a la piedra una dureza tal que no podemos destruirla sino con la ayuda de alguna herramienta. Y antes de que vayamos a buscar una herramienta, la piedra habrá creado los obstáculos con una serie de pequeñas, tenaces dificultades, de manera que aun cuando las superamos, la cosa ya tendrá de antemano otra significación.»

«“Ciertamente no hay ningún fin”, se dijo. “Todo se proyecta cada vez más lejos, más adelante, al infinito.”»

«Se preguntaba qué dirían los demás, sus padres, sus profesores, si conocieran su secreto.»

«Consideraba como una cosa inevitable que una persona con una vida interior rica y agitada viva momentos de los que nadie debe saber nada y tenga recuerdos que conserva en los recodos más secretos del pensamiento.»

«Así, cuando una vez alguien a quien él había contado la historia de su adolescencia  le preguntó si este recuerdo no le causaba vergüenza de vez en cuando, Törless respondió, con una sonrisa: “No puedo negar que se trató de una bajeza. ¿Por qué iba a negarlo? Ha pasado. Pero algo quedó: aquella pequeña dosis de veneno necesaria para liberar el alma de un exceso de salud segura y acomodada, pero que le da, a cambio, una salud más aguzada, sutil e inteligente.»

«Porque entonces la palabra de advertencia “moral” quedaba asociada ridículamente a espaldas estrechas, barrigas prominentes sobre dos piernas como palillos y unos ojos tan inofensivos, tras las gafas, como dos ovejas paciendo, como si la vida no fuera más que un prado florido, algo edificante y solemne.»


«Sí, hay pensamientos vivos y pensamientos muertos… Un pensamiento, que acaso ya desde mucho tiempo atrás se nos metió en el cerebro, llegará a ser un pensamiento vivo solo en el momento en que lo anime algo que ya no es pensamiento, algo que ya no es lógico, de manera tal que sentimos su verdad más allá de toda justificación intelectual, como un ancla que desgarra carne viva, sangrante.»

lunes, 5 de agosto de 2013

Cementerio general - Un comentario

«Cementerio general» es una mierda.

Con esta afirmación, totalmente parcializada, subjetiva, insolente, procaz, pero muy sincera, no trato de espantar al público de ver esta película peruana. Además, ¿quién podría ser tan corto de entendimiento para dejarse llevar por mi soez comentario?

Tengo en cuenta que hay que alentar los emprendimientos de nuestros compatriotas en cualquier actividad artística que propongan concretar. Casi siempre, el Perú es un medio hostil para el arte. Sin embargo, el vínculo que nos une, la territorialidad, no debiera ser óbice para exponer abierta y sinceramente el sinsabor que me ha dejado esta película.

Guión pésimo, diálogos sosos y poco creíbles, actores inánimes, nula originalidad. El único rasgo original que se le puede atribuir a esta producción es ser la primera película de terror hecha en el Perú. Hasta ahí estamos bien. Pero ¿por qué diablos tuvieron que copiar pésimamente a las películas gringas?

Desde hace años, las películas tipo «Actividad Paranormal» nos han saturado con todos los trucos que Hollywood emplea actualmente para provocarnos miedo. Sabiendo esto, ¿por qué «Cementerio General» usa los mismos trucos? Y, encima, los usa mal. ¿Dónde está la originalidad? Por favor, ¿era necesario que uno de los protagonistas usara todo el tiempo una camarita?, ¿no tenemos los peruanos algo de ingenio?1

Otro gadget copiado clamorosamente del extranjero: usar a una niña como elemento de terror. Maquillaje barato, sonidos tremebundos que remueven los tímpanos cuando aparece la supuesta niña poseída y ya, ¿así creían generar terror estos productores de pacotilla?

Se puede tener un bajo presupuesto, pero no un guión con diálogos sin vida y, peor aún, actores que no saben actuar. Carajo, es indignante la escena en la que dos chicas (la que ha perdido a su padre e intenta, a instancias de sus amigos, contactarse con él por medio de la ouija, y la que tiene una tía experta en magia negra, a la que le ha sustraído un tablero real y verídico para jugar ouija, que organiza la sesión dentro del cementerio general) se confrontan, pero de un modo tan falso, que no fue raro ver cómo se caían las caras de la gente, en el cinema, por la vergüenza ajena. Toda la película fue falsa; jamás transmitió verdad. Y lo que el espectador quiere es comprar una verdad, olvidarse de la realidad y vivir otra historia tan o más real que su propia vida; el espectador no quiere  lamenta el haber comprado una entrada de mierda para una película aterradoramente falsa.

Otra escena cojuda fue una anterior a la descrita. Los personajes principales están jugando a la ouija en la sala de la casa de la chica que perdió a su padre. No pierdan la paciencia con el huevón que no deja de filmar cada movimiento, porque el idiota ése lo seguirá haciendo hasta el final de la película. Bueno, casi hasta el final.  En esta ocasión, el tablero es una hoja de papel sobre la que se ven dibujados chapuceramente los símbolos característicos del tablero original. En el grupo reunido hay un payaso, un pedejerete, un bacancito y un tontorrón. El bacancito le dice al tontorrón, que es un personaje adiposo, que anote las letras que la supuesta alma del padre de la chica dicta a través del movimiento de la moneda sobre el abecedario del papel. Cuando la supuesta alma ha terminado de expresarse, el bacancito le dice al tontorrón «lee, gordo, en voz clara y alta». El tonto lee: «Soy un imbécil». No negaré que todo el recinto se partió de risa. Yo no. Lamento aguarles la fiesta. Pero ¿cómo puedo creer que el gordo huevón no fue capaz de ir atando cabos sobre la frase que su puño redactaba mientras escribía?, ¿puedo creer que existe una persona tan cojuda que se da cuenta de lo que ha escrito cuando ha terminado de escribirlo?

«Cementerio general» logra abarrotar las salas de los cines de la ciudad porque es la primera película de terror que produce este país. Creo que ése es el gancho. No obstante, dudo seriamente que alguien que ya la vio repita esa experiencia.

Mejor, olviden las palabras que aquí he vertido, vean la película y obtengan su propia opinión.


1 Por si acaso, si algún productor está interesado, tengo pergeñada en la mente una historia realmente terrorífica y original. Si desean hacer negocios, pueden contactarme.

martes, 23 de julio de 2013

Yo, Pedro - Pedro Suárez-Vértiz




A mi tío Roger, admirador de Pedrito desde aquellos años noventa.

Quiero suponer que las personas que nacimos en 1983, o alrededor de ese año, hemos disfrutado de nuestra adolescencia con más de una canción de Pedro Suárez-Vértiz. Escuchar algunos de sus éxitos nos transportan a esa época de transformaciones y descubrimientos.

Ese fue un motivo suficiente para comprar Yo, Pedro y leerlo prontamente. Pero hay algo más detrás de las canciones que nos hacen evocar tiempos que creemos felices; está el cantante, el artista. Y Pedro Suárez-Vértiz es un artista singular, con ideas, con una personalidad franca, abierta, inquisitiva. Sobre todo, un artista que posee un espíritu sencillo y empático, que le ha permitido ganarse la amistad incondicional de miles de peruanos, peruanos quienes, justamente por las razones antedichas u otras de diversa índole, agotaron el tiraje de su libro en la reciente feria.

Yo, Pedro es desenfadado, es diverso, es religioso, discurre y gana tangentes para luego regresar al cauce original. Está escrito por alguien que ha alcanzado esa etapa serena de la vida, luego de mucho experimentar, fracasar, vivir, y que te escribe desde allí, sin pretender ser un sabio infalible. Es decir, te aconseja como lo haría tu pata. Pedrito expone sus ideas de una manera muy cool. Cuando habla sobre la ansiedad en las relaciones interpersonales, en la página 138, dice: «Si no eres ansioso, eres de los que recibirán propuestas. Los gringos le llaman a eso ser cool. Lamentablemente, no hay traducción exacta en español para esa palabra que explica tan bien el perfil de quien es estable emocionalmente.» Líneas después, como en este caso, nos dice verdades que, quienes nos hemos enamorado, o simplemente vivido con intensidad, ya sabemos o intuimos: «Quien te sepa jugar al vacío te hará extrañarlo. Y esa es la gente no ansiosa. No se debilitan como tú con su propio carácter. No se desesperan». Y, definitivamente, Pedrito se hace querer.

Si solo compraste el libro para saciar tu morbo sobre el problema que Pedro afronta actualmente, él te lo explica en las primeras páginas. Pero si lo compraste para conocer un poco más al artista que nos ha regalado un sinnúmero de canciones indelebles, puedes leer esta mezcla de anécdotas y máximas de vida en las páginas posteriores.

Pedro habla de todo, pero principalmente del amor. Uno puede discrepar de sus opiniones, pero no podrá negar que se trata de la sabiduría que te ofrece alguien muy recorrido y ducho en ese tema, alguien que posee la peculiaridad de ver la aguja en el pajar. Como nos sucede a todos luego de que hemos sufrido algún importante revés en nuestras vidas, analizamos con calma lo que hemos hecho hasta el punto actual. Sacamos conclusiones. La veta filosófica de Pedrito se muestra ahora, lúcida y serena, cool, cuando atraviesa uno de los momentos más «inesperados», según él, por su rara disartria. Al respecto dice, en la página 24: «Yo estaba preparado para todo, menos para un problema muscular que se manifestaba en el habla; jamás lo imaginé. Tomé seguros para todo, accidentes, infecciones, muerte, pero no para esto». Pero Pedro es un ganador nato, no se desanima, la vida le ha enseñado a ser cool: «No estaba preparado, pero asumí el reto y tomé la decisión de no darle ni media vuelta más. Nunca me dio lástima, nunca derramé una sola lágrima. Simplemente me lo eché al hombro y me dispuse a que nada inmutara mi felicidad de tantos años».

Son imperdibles los encuentros de Pedrito con personajes tan disímiles como Hernando de Soto, Roque Benavides y Luisa María Cuculiza. O aquel cuando conoció a Emilio Estefan, gracias a un amistoso gesto de Jaime Bayly.

Pedro es agradecido. Característica tan notable en estos tiempos de atropellos y desvergüenzas.

Pedro es un gran conversador. Los grandes conversadores son aquellos que se interesan por lo que el otro tiene que decir. Aquellos que muestran empatía. No son grandes conversadores esos que pretenden imponer sus ideas. Así transcurrió la conversación entre él y Hernando de Soto en un avión. Pedro, humilde, como un alumno, buscó la sabiduría que aquel baquiano y experimentado caballero podía darle. Así, recibió varias y útiles lecciones: «Tú habrás visto los miles de congresos y convenciones que se hacen en Estados Unidos. Bueno, resulta que muchas veces las cosas que se exponen ahí o las conferencias que se hacen no son el principal motivo por el que la gente va. Hay momentos importantísimos en esos eventos que poco o nada tienen que ver con las materias que los expositores ofrecen. Son los momentos del coffee break, las esperas en grupo del ascensor, las búsquedas del baño, los caminos de ida o de vuelta al hotel. Porque ahí interactúas socialmente con otras personas que, como tú, también han asistido a estas convenciones y generas contactos muy importantes para el desarrollo de lo que estés haciendo. […] Todos quienes van a estas convenciones son unos tontos si solo lo hacen para regresar con un certificado para colgarlo en la pared». Más adelante, De Soto remata: «Porque en este mundo hay algo tan o más importante que el know-how, y ese es el know-who».

Pedro es un tipo genuino que no estudió en la universidad para conseguir un trabajo, sino por un mero «escozor intelectual», como llama el autor a ese afán desinteresado por descubrir aquello que captura tu atención.

A ver, a continuación, y con el permiso de Pedro, extraeré de su libro algunos de las frases que me dejaron pensando. Yo, Pedro contiene muchas ideas. Puedes estar a favor de ellas o no, pero, sin duda, este libro te invita a reflexionar. Y eso se agradece. Leamos, pues, algunos fragmentos del Bob Dylan peruano, tal como lo bautizó Jaime Bayly (autor del prólogo de Yo, Pedro) en alguno de sus programas.

«Lamentablemente, el estrés siempre busca salidas rápidas, y eso solo está en los placeres: comer, dormir, sexo, shopping, cash, trago. Pero los placeres satisfacen solo por momentos. No proyectan nada. Tendrás nuevamente sueño, ganas de sexo, de comprar, etcétera. […] No hay que buscar la felicidad a través de la satisfacción, de los placeres. Hay que hacerlo a través de algo más durable: el gozo».

«Con una mujer solo funciona el diálogo, jamás la discusión. Si ella está alterada, no debe haber discusión en lo absoluto, sino solo estarías apagando fuego con gasolina. Dialogar es querer oír al otro, discutir es solo querer ser escuchado».

«Y no es que no exista la felicidad, sino que la felicidad es muy simple y elemental. Si la piensas mucho, se escurre. Una mente amplia no la ve. Siempre la deja ir. La inteligencia y el conocimiento solo te complican. “El árbol de la ciencia –le decía Dios a Adán y Eva-. Aléjense de él”.»

«Háganme caso: un taxista viejo puede saber más de la vida que un doctor en Filosofía. Pero el mundo no lo ve así y por eso está de cabeza».

«Porque, según él (Hernando de Soto), el destino tiene mucho para uno, pero hay que dejar que éste te arrastre con confianza».

«El matrimonio debe ir de menos a más, no de más a menos. Sexo y dinero se cuidan, se ahorran. La meta no son ustedes, mirarse a los ojos y tortolear, porque eso acaba en divorcio. La meta es construir, emprender, planear, amoblar la casa, soñar, sufrir por falta de plata. Eso es bello y los une intrínsecamente. Crezcan, tengan hijos, llévenlos al cole, preparen loncheras, vean tele juntos, planeen cositas nuevas para la casa, escojan de a dos.»

«Todo satura. Tanto las relaciones como la soltería. […] Pasar de una pareja a otra sin hacer espacios es un error, es sucio, es traicionero y, lo peor, no deja que uno se conozca, no deja que estés contigo a solas. Postergas el conocerte todo el tiempo, el saber quién eres, y no llegas a ningún lugar».