jueves, 25 de octubre de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 34


Del lunes 07 al domingo 13 de noviembre del 2016

Una vez, en la noche medieval, el vampiro había sido muy poderoso, y enormemente temido. Se lo había considerado anatema, y todavía lo era. La sociedad lo perseguía sin descanso. Pero ¿son sus necesidades más sorprendentes que las necesidades de otros animales y hombres? ¿Son sus actos más horribles que los actos del padre que secó el espíritu de su hijo? Puede que el vampiro tenga un ritmo cardíaco más rápido y el pelo revuelto. Pero ¿es peor que el padre que dio a la sociedad un hijo neurótico que se convirtió en político? ¿Es peor que el fabricante que creó una fundación con el dinero que hizo vendiendo bombas y cañones a nacionalistas suicidas? ¿Es peor que el destilador que dio licor adulterado para atontar aún más los cerebros de aquellos que, sobrios, son incapaces de pensar con propiedad? No, pido perdón por esta calumnia; ataco la bebida que me alimenta. [...] Realmente, mira en tu alma, ¿es el vampiro tan malo? Solo bebe sangre.

Richard Matheson – Soy Leyenda

Derrumbada caíste hacia la tierra.

Guillermo Chirinos Cuneo – Cenicienta

Me sentí como un idiota tirado ahí, en la pista. La llanta de la bicicleta debajo de la rueda del auto negro que acababa de golpearme. Intenté levantarme. Tenía los brazos adoloridos. El auto viró sus llantas hacia la derecha -los rayos de la bicicleta se estremecieron- y aceleró, metiéndose en Risso. Los curiosos intentaron acumularse a mi alrededor. Me puse rojo; me abochornaba ser el blanco de sus lástimas. Superando las dolencias, me levanté y recogí la bicicleta. Me apresuré en llegar a la vereda más próxima. Los curiosos no tuvieron más alternativa que disolverse. A salvo del tráfico y los fisgones, examiné la bicicleta; la parte delantera -el timón incluido- había quedado inservible. Parado en esa vereda, el shortcito ajustado, el polo sudado, el casco desencajado, la bicicleta destruida, me sentí ridículo. Había tenido la anuencia del semáforo, así que me atreví a salvar el trecho de pista que me separaba del siguiente tramo de ciclovía, pero olvidé que, en esta ciudad, los conductores no respetaban a nada ni a nadie. Mientras surcaba los aires, y el auto devoraba la bicicleta, pensé: Chucha, estoy volando. Voy a morir como un perro cuando caiga al suelo. Era de noche. La oscuridad ayudaba a encubrir mi cara de huevón. No todos los curiosos se marcharon; uno pervivió. Se me acercó y evaluó los daños, como si fuera un experto. Mínimo, le hubieras sacado cien lucas, ah, concluyó. Sí, claro, conchatumadre. Al rato, se largó. Le gustaba el espectáculo. Eché de menos el celular. Ufff, lo tenía en la mochila. Miré la hora. Las siete y algo. Era viernes. El recoger a mi hija para dejarla con su abuela tendría que retrasarse ligeramente. La salida con Rose, también; pero ella estaba en mi cuarto desde el jueves, así que no habría problema. Tenía a la bicicleta, hecha mierda, cogida del pescuezo. Al fin, un taxi de las dimensiones adecuadas se ofreció a llevarnos a la cuadra ocho de Emancipación, centro bicicletero de la ciudad. Ya en el taxi, recordé la vez en la que un auto rojo casi me mató en Chorrillos. Había sido enteramente mi culpa, pero quise endilgársela a mi esposa. Aún vivíamos en el departamento del que me botó unos días después. Reparé en una casualidad: en esta y en esa ocasión, escuchaba la misma canción de moda en Doble Nueve: This Girl, de Cookin’ On Three Burners. Ni más la vuelvo a escuchar, decidí.

Rosario siempre me sorprendía. Ese lunes, llegó directamente al cuarto. Tuve miedo, pero me convencí de que no podía estar infectado con el VIH. Yo siempre me ponía condón con las putas. No recordaba alguna excepción. Esto te va a gustar; me la acabo de comprar recién. Cerré la puerta del cuarto. ¿Qué es?, le pregunté, mirándole el culo que le lamería en unas horas. Sacó de su bolso una bata negra traslúcida. Se me paró la pinga. Excelente, amor. ¿Te parece si compro un par de chelitas mientras te pones la batita? Cuando llegue, quiero encontrarte lista. A la mañana siguiente, tendría una reunión con el decano de la UNI. Ahora, sí había electricidad en el laboratorio y el ventilador que le habían comprado a Jean Carlo estaba listo para arrancar. El tipo quería que certificara la puesta en marcha. Igual, compré las cervezas. Cuando la ocasión demandaba chelas, se compraban las chelas.

Trabajo en casa de mamá. Antes de subir a la mina, Miguel simuló los modelos que necesitaría para empezar la redacción de los informes. Tras un par de horas de chamba, pierdo la concentración. Solo pienso en Rosario, en lo que le pasó. Le doy vueltas al asunto. El bolso que alguien abrió en mi cuarto. Los hijos de puta que quisieron violarla. Quiero pensar que no hay nadie detrás de ello, que hay explicaciones plausibles. Saco Soy Leyenda de mi mochila. Me faltan pocas páginas para terminarla. Cojo una cerveza de la refri y me tiro en el sofá de la sala. Leo hasta bien entrada la noche, cuando es hora de llevar a mi hija con su mamá y regresarme al cuarto de Zepita, donde es muy posible que alguien me esté vigilando desde adentro y desde afuera.

Manejaba a la oficina. La radio anunció que Donald Trump era el nuevo presidente de los Estados Unidos, el número cuarenta y cinco. Había ganado el candidato que mejor me caía. Sus políticas migratorias serían estrictas. Se decía que cancelaría el sorteo de las visas H1B, sorteo que me permitiría vivir en los Estados Unidos si lo ganaba en abril del 2017. Se suponía que el sorteo les facilitaba a las empresas gringas captar profesionales sobresalientes a cambio de distinguidos salarios. Sin embargo, las transnacionales saturaban las plazas del sorteo para ofrecerles a sus ganadores, en la práctica, salarios más bajos. Trump revisaría el proceso y lo cancelaría si así lo llegaba a determinar. A pesar de eso, lo prefería a él que a Clinton. Si había que anteponer el bien de un país al mío, ni modo. Trump era más auténtico, sin máscaras; una bestia. Cuando lo vi protagonizar el “Roast” de Comedy Central, en el 2011, me dije: este huevón sí que tiene correa. También, ingenio. El “Roast” era un programa en el que el “homenajeado” era sometido a escuchar sus más cruentas verdades, todas expuestas por divertidas personalidades; actores, comediantes, periodistas. Terminado el “rostizamiento”, correspondía que el invitado tomase la palabra y devolviese a sus rostizadores, también en clave de humor, los brutales halagos. Snoop Dogg, conocido músico americano, que no escondía su afición a la marihuana, fue uno de los verdugos de Trump en ese “Roast”. Le dijo cosas como: “Me gustaría tener la mitad de tu dinero, pero para eso necesitaría ser una niña de veinte años y tener un abogado experto en divorcios”; “Puede que no tenga la mitad de tu plata, pero tengo una pinga que es el doble de la tuya”; “Me gustaría tirarme a una de tus exesposas, solo para saber qué se siente venirme en un montón de plata”; “Donald dice que quiere candidatear a la presidencia y mudarse a la Casa Blanca. ¿Por qué no? No sería la primera vez que bota a unos negros de su casa -en ese momento, Obama era presidente de los Estados Unidos”. Al terminar su intervención, Snoop y Trump se fundieron en un abrazo. Trump mantuvo el espíritu deportivo durante todo el show. Eso era tolerancia. Yo me preguntaba qué político peruano se atrevería a ser rostizado de esa manera. Obviamente, ninguno. En cualquier caso, prefería a un garante como Snoop Dogg que a un acartonado Vargas Llosa apoyando a un impresentable como Ollanta Humala. En la oficina, recibí una llamada de Rosario. Me dijo que el viernes no trabajaría. Tenía un asueto. ¿Te gustaría que vaya a tu cuarto el jueves en la noche y me quede contigo hasta el sábado? Claro, por supuesto. Enseguida, le lancé mis opiniones sobre la situación electoral en los Estados Unidos. A Rose podía contarle todas mis estupideces. Ella me escuchaba con paciencia.

Mi esposa llegó a las cuatro de la mañana, y no a las once de la noche como había prometido. Eso me empinchó. La bebe y yo nos desvelamos esperándola. Nos acostamos a las dos. Ya no intenté llamarla al celular; lo había apagado hacía varias horas. Fue una movida inteligente de su parte; de haberlo contestado, la hubiera humillado por su irresponsabilidad. La bebe debía ir al colegio y yo al trabajo. No podía hacerme cargo de vestirla y darle el desayuno porque debía salir temprano a la oficina, que me quedaba a dos horas y media en bicicleta. Sentí una llave penetrando en la cerradura de la puerta del departamento. Eran las cuatro de la mañana. No me levanté; continué durmiendo al lado de mi hija. A las cinco, chilló la alarma de mi celular. Me puse la ropa de ciclista y alisté mis cosas. Fui al cuarto de mi esposa. Hacía tiempo que dormíamos en cuartos separados: ella, en el matrimonial; yo, en el de mi hija, rodeado de sus muñecas. Allí estaba mi esposa, cubierta con sus colchas, en pleno sueño. Abrió los ojos al oír mi voz. Le reproché su comportamiento. Me dijo que no la jodiera, ¿ok?, que en unos minutos se levantaría y se haría cargo de la bebe. Le señalé que, por su culpa, manejaría desvelado al trabajo. Si me pasa algo, será tu responsabilidad. Eso era mentira. Había dormido poco, pero había descansado bien. Si algo me pasaba en el camino, la culpa sería solo mía. Sin embargo, necesitaba ensuciarle la conciencia, hacerle saber que por haberse largado con Dios sabía quién -luego descubriría que había estado con Melina- la bebe podía quedarse sin papá. No me jodas, Daniel. Vete de una vez. Había perdido minutos valiosos vomitándole las quejas a mi esposa. Era tarde. Tendría que pedalear con más rapidez. Para acelerarme, puse en el celular el Dookie de Green Day. Hice un alto en el parque de la avenida Ricardo Palma, en Miraflores, para cambiar de música y ver la hora. Había recuperado los minutos perdidos gracias al ritmo acelerado del punk. Sintonicé Doble Nueve. Continué corriendo. Al llegar a la avenida Escuela Militar, trepé en la acera. Unos metros después, me topé con el poste de luz de siempre, el poste que algún genio colocó en medio de esa acera. En esta ocasión, no desaceleré, continué de largo, confié en mi equilibrio, en mi precisión. Escuchaba This Girl, de Cookin’ On Three Burners. En el último segundo, dudé, las manos me temblaron, y el extremo del manubrio pegó contra el poste. La bicicleta se desestabilizó y caí con ella a la pista. El impacto fue tremendo; la altura entre el nivel de la vereda y el de la pista era de treinta centímetros. El golpazo me separó de la bicicleta. Aún confundido por lo que acababa de pasarme, sentado en esa pista rugosa, levanté la mirada y vi a un auto rojo aproximándose hacia mí. Lo tenía a escasos metros. Se me apareció, entonces, la carita de mi hija. Pensé: Así acaba todo. No era la culpa del conductor; yo me había interpuesto sorpresivamente en su camino. No tuvo tiempo de frenar. Se detuvo diez metros después de haberme golpeado. Sentí como si me hubiesen colocado un puñetazo. Pero seguía vivo. No podía creerlo. No sangré. Tampoco se me hinchó la cara. Nada. El conductor era un tipo de mi edad; quizá más joven. Bajó del auto y corrió hacia mí. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. ¿Quieres que te lleve a alguna clínica? Se le veía preocupado. Era blancón y tenía un esbozo de barba que le disimulaba los cachetes. No, gracias, le dije, tengo que llegar a mi trabajo. Me ayudó a parar la bicicleta. ¿Estás seguro? La pusimos encima de la vereda, ya alejada del obstáculo que me había mandado al suelo. Sí, gracias, le dije, realmente conmovido por su amabilidad. Los carros desfilaban veloces en el carril paralelo. La llanta delantera de la bici había quedado algo chueca; el timbre, destrozado. Increíblemente, aún podía manejarla. El joven volvió a su auto y continuó con su vida. Yo estaba a quince minutos del trabajo. A dos cuadras de la oficina de Jean Carlo, había un local de reparación de bicicletas. Se llamaba La Clínica De La Bicicleta. Conduje hasta ese lugar. La llanta de adelante rozaba el freno al girar. Para avanzar, tenía que esforzarme en el pedaleo. El propietario de la Clínica evaluó mi bicicleta. Dejarla completamente operativa me costaría cincuenta soles. El precio incluía un timbre nuevo. Le indiqué que pasaría por la bicicleta en un par de horas. No hay problema, flaco, dijo el propietario. Caminé hasta la oficina de Jean Carlo. Era un milagro que estuviese vivo.

Cuando publiqué el capítulo nueve, supe que Rosario no tardaría en demandarme explicaciones. Y así fue. No era para menos. El capítulo detallaba la primera visita de Karina a mi cuarto; una visita que, como era obvio, no se limitó a un abrazo entre amigos. Rosario gritaba y lloraba por el teléfono. Se había refugiado en el baño de su trabajo para explotar sin que nadie la sintiese. Me increpaba el haber metido a Karina en mi cuarto y el que le hubiera zampado la pichula. No le negué haberla visto, pero sí haber tirado con ella. Preferí no ser tan cínico esta vez. Le dije que Karina conoció mi cuarto por fuera; no entró porque alegó no tener tiempo. Justo cuando terminaba de pronunciar la palabra “tiempo”, me di cuenta de que la había cagado aún más. Sentí el vendaval lacrimoso de Rosario tronándome las orejas: Maldito, o sea que no entraron porque ella no tenía tiempo no porque TÚ no querías. Eres un desgraciado, Daniel. Eres un maldito conmigo. No paraba de llorar. Yo estaba en la oficina. Había unas chambitas por cumplir en la laptop. Tecleaba con una sola mano; con la otra, sostenía los gritos de Rosario. La comunicación se prolongó por varios minutos; minutos que apaciguaron sus ánimos. Le propuse que me invitara un pollito en la noche, que luego fuéramos a mi cuarto a conversar mejor. Total, ese era el plan original que ella había sugerido el miércoles a raíz del asueto que tendría el viernes. Habíamos tirado demasiado rico el lunes como para arruinarlo todo por una estúpida novela. Ese lunes jugamos a que éramos vecinos. Ella me tocaba la puerta. Yo le abría y la encontraba en ese babydoll negro. Ella me decía que su marido estaba de viaje y que le daba miedo dormir sola. Como buen vecino, la invitaba a pasar. Le advertía que dormía calato. No hay problema, respondía, tendiéndose en la cama, metiéndose debajo de la colcha, pegando su cuerpo al mío. Luego, me decía que tenía ganas de probar un pene; su esposo siempre le daba el suyo antes de dormir. Sírvete, le decía yo. Está bien, Daniel; espérame en la Plaza San Martín. Al término de la llamada, me sentí menos culpable. Había logrado convencerla de que la novela era una burda mentira. Ella había revisado mi diario una vez. No me quedaba claro qué tanto había visto. Pero siempre que me lo mencionaba, le decía que sí, que yo llevaba un registro de mis actividades para que mis historias tuvieran una base. Nada más. El resto era una sarta de invenciones. Rose, mi vida no es interesante. Tengo que mentir para que las historias lo sean. Muchas cosas que cuento no han pasado. Tú me conoces. Luego de reírse condescendientemente, amenazó con castigarme en la noche. Y lo hizo; fue un castigo tenerla en mi colchón, desnuda, nuevamente con el babydoll, y no poder hacerle nada.

Ese día fugué de la oficina a las seis en punto y llegué a Quilca a las siete y cuarenta y cinco. Me había convertido en el ciclista más veloz de la ciudad. Aparqué la bicicleta en la fachada de la librería del señor Luna. La encadené y entré. Necesitaba otro libro. Saludé al señor utilizando la misma fórmula de siempre: Buenas, maestro. Buenas, joven, replicaba él. Concurría a esa librería no tanto por sus precios absurdamente bajos sino más bien por la discreción y tino de su propietario: el señor Luna sabía respetar el límite de confianza que uno tácitamente imponía. Me jodía cuando los libreros se tomaban libertades con sus más asiduos visitantes. Querían saber sus preferencias literarias, musicales, personales. Yo simplemente no soportaba sociabilizar. Me llegaba al pincho hablar en cualquier circunstancia. No había nadie en la librería. El señor Luna leía en una silla. Revisé tranquilamente el tripley de las novedades. Un título capturó mi atención. Lo tomé. Revisé la contraportada. Era ciencia ficción. Me pareció interesante. Habían marcado el precio en la última hoja: tres soles. Me llevo este libro, maestro. Pagué. Luego de bañarme, leí calato sobre el colchón. Era sorprendente: parecía que los libros se hubiesen propuesto recordarme que tenía el VIH. La novela hablaba de la raza humana infectada por una extraña bacteria que la había convertido en una manada de zombies-vampiros. Solo un tipo no se había infectado y era, técnicamente hablando, el último ser humano puro sobre la Tierra. Al cabo de unos minutos, me venció el sueño. Desperté súbitamente a la medianoche. Googleé el conteo de votos de las elecciones americanas. Trump lideraba el marcador. Daniela estaba conectada al Messenger. Le escribí: Mi causa Donald Trump va ganando. Me respondió: Chato, ¿por qué quieres que gane Trump si tú tienes cara de mexicano ilegal?

La reparación salió carísima, pero la cleta quedó como nueva. El técnico, uno de los tres o cuatro tíos que se apostaban en la vereda de la cuadra ocho de Emancipación, se había tomado sus buenos cuarenta y cinco minutos en dejar la bici operativa. Manejé al cuarto. Ahí me esperaba Rosario. Convivía conmigo desde el día anterior, desde el jueves. La encontré viendo videos en su celular. Mis diarios estaban a buen recaudo en la oficina de Jean Carlo y la laptop la tenía contraseñada; no tenía de qué preocuparme. Era rica la idea de vivir bajo un mismo techo, simulando ser marido y mujer, aunque solo fuese por pocos días. Sorry por la demora. Tuve un percance en el camino; se me pinchó una llanta y tuve que tomar un taxi hasta Emancipación. Había un tráfico de mierda. Era mejor mentirle; no añadía nada contándole que me habían atropellado en la Arequipa. Amor -rara vez la llamaba así-, me doy una bañada rápida, recojo a mi hija, la dejo en casa de mi mamá y regreso al toque, ¿sí? Me bajé el short. Me había lavado la pichula en el baño de la oficina. Podía estar sudando en el resto del cuerpo, pero la pinga la tenía limpia y oliendo a jabón. Antes de empezar con todo lo que tengo que hacer, ¿podrías chupármela un ratito, please? Rosario siempre me complacía. Sonrió, como diciéndome te conozco, mañoso. Se acercó, se puso de rodillas y me la chupó. La luz del cuarto estaba prendida. Las cortinas no cubrían mucho. Estábamos a merced de la curiosidad de cualquier sapazo. Rose era una experta chupándome la pinga. Azul, también. Mariana, igual. Karina no se quedaba atrás. Sigue, amor, sigue. Ahhhhhh. Terminé en su boca. Se tragó todita la leche. Ya, báñate rápido y haz tus cosas de una vez; yo te espero aquí. Esta serie en Netflix está bien interesante. Volvió a acostarse en el colchón; el celular en la mano. Me bañé y me vestí al toque. Ya vengo, le dije. Ve con cuidado, respondió. Recogí a mi hija y la dejé en casa de mi mamá. Todo el trámite tomó un par de horas. Cuando regresé, eran casi las doce. Salimos. Caminamos por los alrededores de la Plaza San Martín. Nos metimos en el Yield Bar. Pedimos dos cervezas. Solo hay cervezas chicas, joven. No había problema. Que fueran dos. Heladas, por favor. Bebimos; ella de un vaso, yo del pico. Oye, hoy me pasó algo raro. Siempre pedíamos Pilsen. Tenía un sabor decente. Qué fue, le dije. Cuando me quedé en tu cuarto, alguien entró. Mis ojos se abrieron. Tranquilo, quizá solo me pareció, me calmó. Le pregunté por qué lo decía. Porque estoy segura de que, antes de echarme a dormir, cerré mi bolso. Pero cuando desperté, estaba abierto. Siempre lo dejo cerrado; pase lo que pase. Si quiero sacar una cosita, así la vuelva a guardar en un segundo, cierro el bolso igual. Bueno, yo había estado viendo cosas en el celular y me dio sueño. Me quedé dormida. El bolso lo había dejado sobre tu mesita. Y estoy segura de que, como siempre, lo dejé cerrado. Me desperté dos horas después y quise sacar el rímel de mi bolso. Me levanto a cogerlo y lo encuentro abierto. No del todo abierto, pero abierto como que a la mitad. ¿No habrán fantasmas en tu cuarto? El incidente me dio miedo. No porque hubiera fantasmas; no los había. Solo una persona era capaz de hacer esas pendejadas. Pero ¿cómo? Era mejor no pensar en eso. Y qué tal si esta vez te olvidaste de cerrar el bolso. Seguro tenías tantas ganas de dormir que te olvidaste de cerrarlo. O lo cerraste a medias y no te diste cuenta. Rose bebió de su vaso. Hizo un gesto como de sí, puede ser. ¿Vamos a otro lado? Tengo ganas de bailar, propuso. Me encantaba pasar el tiempo con ella. En los cuatro años que llevábamos juntos, habíamos logrado un entendimiento tácito. La besé. Ella podía ser la mujer de mi vida. En el sexo, nos iba de maravilla. Yo lo disfrutaba bastante. ¿Por qué no estaba con ella, entonces? Porque yo aún creía en la posibilidad de rearmar mi familia, de recuperar a mi hija. Quedaba la chance de la visa H1B. Hasta ese nombre me recordaba al VIH, carajo. Dejé de pensar en tonterías y regresé mi cabeza al presente. Vamos, amor, le dije.

Ese jueves por la tarde, ya a punto de salir de la oficina, llamé a Rosario para confirmar si iría a mi cuarto. Lo confirmó. La vamos a pasar chévere, le dije. Empecé el pedaleo. A la altura de la cuadra diez de la Arequipa, y solo por curiosidad, sintonicé el Paraguay-Perú. El partido se jugaba en Paraguay. No teníamos ninguna chance de ganarlo.  Habíamos perdido contra Chile, en Chile. Ahora los paraguayos nos meterían una tunda. La prensa peruana compartía mi pesimismo. La gente también. No nos equivocamos; a los nueve minutos de iniciado el cotejo, llegó el primero de Paraguay. Un defensor peruano daba por perdido un balón que tenazmente recuperaba un paraguayo, lanzándolo a la periferia del área chica peruana. Uno de sus compañeros la emparaba, daba un pasito, y, ¡pum!, lanzaba un cañonazo que se clavaba en la esquina izquierda del arco peruano. Ya estaba; otra vez Perú fuera del Mundial. El narrador y los comentaristas empezaban a deplorar la falta de actitud de los defensores peruanos. La falta de huevos de toda la vida. Ya estaba harto de esa vaina. Cambié de radio. Puse Doble Nueve. Llegando me esperaba una rica comidita de reconciliación con Rose. Vi con buen humor a esos incautos, acumulados en las vitrinas de los restaurantes y las tiendas, que esperaban una victoria peruana. Llegué al cuarto y me bañé. Me vestí de negro y salí. Caminé hacia la Plaza San Martín, al encuentro de Rosario. Llevé Soy Leyenda, la novela que había comprado el día anterior. Cada página me recordaba que era uno de los tantos huevones sueltos que portaban el VIH y no querían reconocerlo o no les daba la gana de hacerlo. Me aposté en la esquina del Banco de Crédito, al filo de la cuadra ocho del jirón de la Unión. Cuando llegó Rosario, la saludé con un beso en la boca. Era raro que la recibiese en público de ese modo, pero ese día estaba contento. No sabía bien por qué. Seguramente porque empezaríamos unos tres ricos días de convivencia. Fuimos al Beguis, una pollería cerca de la Plaza San Martín, en la ocho de Piérola. A esa pollería acudía con mi esposa y mi hija cuando vivíamos en el edificio de Camaná. Los precios eran bastante cómodos para mi paupérrima economía de entonces. Mi sueldo en VISA apenas alcanzaba para cubrir los gastos básicos de la casa. Gracias a los precios del Beguis, podía sorprender a la familia con unos pollitos a la brasa de tanto en tanto. Fue en esa pollería donde mi bebé, de apenas un añito, se hizo adicta a las papas fritas. A pesar de que la había cagado publicando el capítulo nueve, Rosario se portó con una generosidad que me enamoraba: pidió una parrilla: carne de pollo, de res, chorizos, abundantes papas fritas. Para entonarnos, ordenó dos chilcanos heladitos. Yo pago los tragos, amor, le dije. No podía ser tan conchudo. El Paraguay-Perú había terminado, pero en uno de los televisores del lugar repetían el partido. Ganó Perú, ¿no?, dijo Rosario. ¿Ganó Perú? Nada, iba perdiendo. Seguro los golearon, le respondí. No, me corrigió, ganó cuatro a uno. ¿Qué? Nos demoramos comiendo la parrilla y viendo el partido. Pedimos cuatro chilcanos más. Había ganado Perú y yo me emocionaba con cada gol peruano, hechos todos en el segundo tiempo. Yo solito gritaba los goles. El resto de comensales ya había visto el partido y comentaba en voz baja las incidencias. Salí contento y achispado de la pollería. Perú había perpetrado un milagro y yo estaba a punto de meterle una goleada a Rosario. Le había dicho que trajese el babydoll negro del lunes. Y lo trajo. Me lo enseñó en el restaurante. Pero me castigó en el cuarto. Solo me dejó morderle las tetas y dormir calato a su lado, restregándole el pene baboso en las caderas. Me castigó tal cual lo había prometido hacía varias horas. Todo por culpa de mi puta novela.

Daniel, ayúdame. Era Rosario. Estaba en pánico. Qué fue, qué pasa, me asusté. Acababa de embarcarla en un colectivo. Nos habíamos duchado juntos y vuelto a hacer el amor. La noche del viernes había sido excesiva.

Nos metimos en El Mirador, un bar recientemente inaugurado en una esquina de Quilca con Camaná, al frente del Queirolo. En ese mismo bar, hacía un mes, una gordita machona había intentado ligar con Rosario. Luego de ocupar una mesa, Rosario demoró la mirada en un punto del segundo piso del lugar. No mires, me dijo; pero acabo de ver a un chico con el que me besé una vez en uno de los antros de la universidad.  Mierda, ese tipo de situaciones me interesaba. Me miró, Daniel; está bajando. Eso se ponía bueno. El tipo llevaba en las manos una cerveza y un vaso.  Se nos acercó y nos saludó. Se le aflojó el gesto cuando comprobó que Rosario venía conmigo. Ella nos presentó: Rubén, Daniel; Daniel, Rubén. Nos dimos la mano. El tipo era feo. Si yo era feo; él era el jefe de los feos. No podía creer que Rosario hubiese chapado con un chico así en algún punto de su vida. ¿Habría estado borracha? Era una historia que me tendría que contar llegando al cuarto. Me encantaban las historias de Rosario. Mientras me chupaba la pinga, le pedía que me contase cómo chapó con tal huevón, cómo se la mamó a ese otro, cómo aquel se la metió. Sus relatos conseguían excitarme. El tipo no tenía mucho qué decir, así que, luego de haberle contado a Rosario lo que había sido de su vida, se fue. Nos sentamos a una mesa. Voy a comprar dos cervezas, dijo Rosario. Tardó en regresar. Cuando lo hizo, traía una sonrisa en la cara. Me atendió el mismo dueño del local. Me dijo que era muy bonita y que me regalaba las dos cervezas. Me dio su tarjeta de presentación. La besé en la boca. Daba gusto estar al lado de una mujer que era deseada por otros huevones. Ya estábamos bastante mareados cuando salimos del Mirador y caímos en el Nuclear Bar, un lugar donde ponían heavy metal. No había nadie. Nos fuimos al cuarto. Tiramos desenfrenadamente. Literalmente, hicimos temblar las paredes del cuarto, que eran meros tabiques de madera reforzados con algo de cemento. Cachetéame, carajo, hazme tu puta. El alcohol nos había desaforado. La tenía clavada: yo encima; ella debajo. Pégame en la cara, estúpido, insistió. La primera cachetada no fue tan fuerte como la segunda; mi mano quedó marcada en su cara. Ella se quedó quieta unos segundos, la cara volteada a un lado. De pronto, me miró y con una voz queda y rasposa me dijo: más despacio, idiota. Me pidió que continuara penetrándola. Sigue, sigue, no te detengas.

¡Dónde estás, Rosario! ¡Dónde estás! Se oían forcejeos. La voz de un hombre. Luego de dos, tres hombres. La cagada. La quieren violar, pensé ¡Rosario!, grité. Los forcejeos continuaban. No sabía cómo ayudarla. No me había fijado en el número de la placa del colectivo que la llevó. Tampoco recordaba la cara del conductor, ni el color ni la marca del auto. Solo tenía la voz de Rosario en el celular. Se me ocurrió prestar atención a lo que iba registrando el teléfono; podía obtener algún dato de su paradero. Hacía menos de cinco minutos que la había dejado abordando el colectivo. Suéltenme, suéltenme, se desgañitaba Rosario, angustiada, desesperada, aterrada. De pronto, ¡pac!; un golpe seco. Luego, bocinazos, autos que corrían veloces. Una voz que se acercaba. Amiga ¿estás bien? La voz de Rosario, como a lo lejos: Sí, estoy bien. La otra voz, ya cerca. Una voz de hombre: Aquí está tu celular amiga. Ahora las voces se oían con claridad. Amiga, haz tu denuncia aquí no más en la comisaría de España. Era el dato que necesitaba. Corrí hacia la avenida España. Corrí con todas mis fuerzas. Luego de un trecho, me detuve a oír lo que se decía en el celular. ¿Daniel? ¿Rose? Ufff; sentí un gran alivio. Daniel, ven, por favor; estoy aquí, cerca del Real Plaza. Sus palabras estaban inundadas de lágrimas. Ya estoy cerca. Ya voy. La vi paradita en la esquina de España con Wilson, en la vereda, al lado de un puesto de periódicos. Sus ojitos aún no asimilaban el terror que acababan de experimentar. La abracé fuerte. Se derrumbó en mis brazos.  

sábado, 15 de septiembre de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 33


Del lunes 31 de octubre al domingo 06 de noviembre del 2016

Cuando uno quiere hacer algo terrible se miente a sí mismo. Se dice uno que todos los demás están equivocados.

Ray Bradbury – Crónicas Marcianas

El día voló. Ni Jean Carlo ni Victorio acudieron a la oficina. Patricia llegó con una hora de retraso. Sin jefes, el tiempo transcurrió con liviandad. Esa levedad se sentía en toda la ciudad; al día siguiente habría un feriado. Regresé del trabajo más temprano, me bañé y me acosté. Quería desconectarme de las tribulaciones de la semana anterior. Eran las once cuando vibró el celular. Estaba cargándose sobre la mesita blanca. Era Karina. Dani, estoy con una amiga aquí en Los Olivos, en El Embarcadero de Plaza Norte. Vente al toque, pues. No lo pensé dos veces: Salgo en diez minutos; espérenme. Una noche con la impredecible compañía de Karina me disiparía las preocupaciones. Ella siempre se las arreglaba para que tirar a pelo resultase relajante y nada preocupante. Si yo tenía unos pocos días con el SIDA; ella debía de tener varios años. Éramos unos promiscuos de mierda. Me vestí, me mojé la cabeza y la cara, y tomé un bus a Los Olivos.

Se me aguó el culo cuando Jean Carlo me llamó al anexo. Daniel, ven un momento. Caminé hacia su oficina. Toma asiento. Nunca lo había visto tan serio. Bueno, pensé; me disculparé por no haber justificado mi ausencia del viernes. Tenía en mente una excusa más o menos convincente. Daniel, el viernes despedí a Victorio. Puse cara de circunstancia. La verdad; no me afectó la noticia. Sentí, sí, un gran alivio; la cosa no era conmigo. Con respecto a Victorio, la oficina sería un lugar mucho más tranquilo sin su presencia. Era un orgulloso de mierda que se pavoneaba de sus contactos y nos relataba extenuantes historias en las que resultaba siempre el héroe de los proyectos y el resto, una recua de tarados. Él era el listo, el hábil, el pendejo. Yo le seguía la corriente y esperaba impacientemente a que se callase y volviese a encerrarse en su oficina. ¿Qué había pasado con Victorio? Había estado usando información confidencial de la empresa en beneficio propio. Hacía pocas semanas había inscrito en registros públicos una empresa importadora de maquinaria para la industria minera, y había adquirido un modesto lote de ventiladores franceses. Todo este proceso lo había realizado siendo todavía parte de la empresa de Jean Carlo. El sinvergüenza, decía Jean Carlo, casi con asco, ha estado ofreciendo sus ventiladores a NUESTROS clientes. La oficina de Jean Carlo estaba pintada con los colores de la bandera de Suecia, país de origen de los ventiladores que vendía en el Perú cada vez en mayor número. Lo gracioso, dijo, exhibiendo esa sonrisa de suficiencia que surgía cuando hablaba de los competidores a los que aplastaba, es que como Victorio es un ignorante en ventiladores nadie ha querido comprarle. ¿Cómo se enteró de la traición? Uno de sus clientes le filtró el dato. Así que el viernes lo encaré. Ya le tenía preparada su notificación de despido. Hablamos aquí en mi oficina. Cuando le mostré los correos que él mismo había mandado al cliente, se quedó callado. Al principio quiso negarlo, ¿puedes creer su cinismo? Me extendió unos papeles. Los hojeé un toque, fingiendo interés, y se los devolví. Me dijo que eran los correos que Victorio le había mandado al cliente delator. ¿Te fijaste de dónde los envió?, dijo, la mirada cómplice. , mentí. No me había fijado en nada. Es tan idiota que envió todo desde la cuenta de correo de nuestra empresa. Eso fue suficiente para botarlo como a un perro, sin ningún beneficio. No le quedó otra que firmar la notificación. Lo tenía cogido de los huevos con las pruebas de los correos, nuevamente esa sonrisa de ganador, de tipo sagaz al que nadie podía timar. Ese mismo día agarró sus cosas y se fue. Hizo una pausa. ¿No sabías nada de esto? Su pregunta era retórica; no esperó una respuesta. Continuó regodeándose en su astucia y en cómo había expectorado sin miramientos a Victorio. Por si acaso, si preguntan por él hay que decir tajantemente que ya no trabaja más con nosotros. De vuelta en mi escritorio, recordé la vez que Victorio me preguntó por cierta marca de ventiladores franceses. El huevón ya planeaba la traición.

Daniela me escribió; quería ir al cine. Había una comedia peruana en cartelera. Era sábado y yo estaba en casa de mamá, como casi todos los fines de semana. Quedamos en asistir a la función de las ocho y media de la noche. La película fue una mierda; fugaces momentos de gracia apuntalados por un par de lisuras. Recordé haber leído la Historia Universal De La Infamia, de Borges. El exquisito sarcasmo de sus páginas era garantía de risas reflexivas y duraderas. A la salida del recinto, Daniela me dijo que le provocaba descansar. Si quieres vamos a tu cuarto, Chato; para echarme un ratito. Eran cerca de las once. Era mi oportunidad de tirar con ella. Pero recordé que había dejado las llaves del cuarto en casa de mamá. Tampoco tenía dinero para pagar un hotel; había llevado el suficiente para las entradas, las canchitas y las gaseosas. Pucha, Chata, mejor lo dejamos para otro día. Su casa no estaba lejos del cine. Fuimos caminando. Nos despedimos besándonos al pie de las escaleras de su edificio. Era una suerte que aún me considerara su amigo, luego de la vez que desaparecí del mapa tras enterarme de que no le venía la regla. Compré un pollo a la brasa, papitas y gaseosa en una pollería del Óvalo Varela. Tomé un taxi. Eran las doce. Estaba seguro de que hallaría despierta a mi bebé y de que disfrutaría de la sorpresota que le llevaba.

O sea que por eso no quieres estar conmigo, dice Rosario. Qué fue, le respondo. Has vuelto con Daniela. Y no me mientas porque ahora sí tengo pruebas.

No puedo, le dije. Tú sabes muy bien que lo que gano me alcanza apenas para pagar mi cuarto y mis comidas. Lo que te doy para la bebe y los gastos de la casa es lo justo. No puedo darte más. Discutíamos delante de la puerta de rejas del departamento. Debía llevar a mi hija a la casa de mi mamá y luego regresar a Zepita. Hacía dos días le había entregado el dinero mensual. Ahora, pedía más. Lo necesito, Daniel, por favor. Quiero llevar ese curso. Yo me aburro metida en la casa todo el día. Quiero salir, aprender y trabajar en eso. Yo ya no le creía nada. No tengo; lo siento. Aunque sí tenía; haciendo un esfuerzo, podía darle lo que pedía. Pero era tirar el dinero. Siempre que se entusiasmaba con algo, terminaba dejándolo. Cuántos cursos le había pagado y cuántas veces había tirado la toalla. No le aflojaría los trescientos soles que pedía. Suficiente había hecho ya por ella yéndome de la casa y dejándola ahí con Melina. Yo no tenía quién me cocine o lave la ropa a cambio de nada. Con mi plata, con lo que me quedaba luego de entregarle el dinero mensual, debía encargarme de todas esas huevadas. Ahora estás con Melina ¿no? Me decías que con ella serías todo lo feliz que no fuiste conmigo, pues que ella te ayude con tu curso. A mí no me jodas. Cuando me alteraba, se me escapaba estupidez y media. Eres una mierda, Daniel, un egoísta de mierda. El rostro se le había congestionado por la frustración. Si no me das el dinero que necesito para despejarme por cuidar a tu hija todos los días, no te la llevas hoy, ni hoy ni nunca más. Yo me iré con ella a algún lado para empezar sola y tener mi propio dinero y no tener que pedirte nada nunca más. No sabes lo humillante que es para mí pedirte plata. La bebe había bajado las escaleras y estaba detrás de su mamá, ansiosa por que su papi la llevase a casa de su abuela. Mami, quiero ir donde la abuela, pidió. No, no vas a ir, le gritó mi esposa. A la bebe se le fruncieron los labiecitos y empezó a llorar. Era el llanto que laceraba el corazón de cualquier padre. Eres un abusivo, Daniel. Yo me hago cargo de tu hija y tú no puedes apoyarme con lo que te pido. Eres un miserable. Estaba completamente alterada, rabiosa. En momentos así, me provocaba golpearla, encajarle un par de puñetazos y hacerle sentir quién mandaba. Pero no podía. No tenía los huevos para imponerme. Cómo no te cruzas en el camino de una bala perdida, pensaba mientras la oía continuar con sus reclamos. Tu muerte nos mejoraría la vida a todos; criaría a la bebe con holgura, sin que estés chupándome dinero cual sanguijuela. Mami, por favor, quiero ir con papi. La bebe recibía la indiferente espalda de su mamá. No te la vas a llevar si no me apoyas. No es justo para conmigo. Las lagrimitas en los ojos de mi bebe me perforaban el alma. Saqué mi billetera y le di lo que pedía. Toma, le dije. Por qué eres tan basura conmigo. Por qué no puedes darme el dinero sin que tengamos que llegar a estos extremos. Lloraba. Respiré hondo. Quise abrazarla y consolarla. Los odios no me duraban nada. La bebe nos tenía que ver tranquilos. La abracé. Perdóname, le dije. La bebe se unió al abrazo. Ustedes son mis padres, dijo. No peleen. No pude contener las lágrimas. No sabía hasta qué punto la discusión había mellado los sentimientos de mi hija.

De El Embarcadero nos pasamos a Rústica, un restaurante que luego de las doce funcionaba como discoteca. El lugar estaba repleto de gente. Los mozos debían escurrir sus huesos entre el gentío para transportar los pedidos de cerveza y whiskey. Karina, su amiga y yo bailábamos en sanguchito: ellas eran el pan y yo el relleno. Karina, como siempre, estaba bien maquillada. Llevaba un sostén que le juntaba las tetas y las hacía más provocadoras. El lugar empezó a vaciarse a las cuatro. Karina propuso que fuésemos a su casa. Tomamos un taxi. Pagué yo. Los tragos corrieron por cuenta de Karina. El dinero era su última preocupación. No necesitaba trabajar como una esclava. Administraba las cuantiosas propiedades que le había heredado su difunto padre: hoteles, viviendas en alquiler, una ferretería. Envidiaba su suerte; yo debía alquilarme ciento ochenta horas a la semana a cambio de un flaco estipendio. Karina aún vivía en Los Nogales, barrio donde transcurrió nuestra infancia y adolescencia. La casa, en la que tiré por primera vez en mi vida sin pagar un sol, tenía ahora tres pisos. Karina era dueña y única habitante del primero. Los restantes eran de sus hermanas. Nos acomodamos en su sala. Sirvió un vino heladito en tres gordas copas de vidrio. Puso algo de música. Reggaetón. Hablamos tonterías. Al cabo de un rato, Karina dijo que era hora de dormir. Yo me quedo en el sofá, les dije. Ven, Dani, duerme con nosotras. No hay problema. Te va a dar frío en el sofá. Su cuarto seguía siendo el mismo que conocí hacía quince años, cuando fuimos enamorados un par de semanas hasta que descubrí que me engañaba con otros hombres. Fue la primera mujer por la que lloré como una niña. Más pudorosa, la amiga de Karina, Leslie, se desvistió y vistió en el baño. Karina le había prestado algo cómodo para dormir. Karina y yo nos desvestimos en el cuarto. Era estrecho, cálido. Nos iluminaba el tenue resplandor del televisor prendido. Le vi las tetas: grandotas y colgadas. Así me gustaban. Se puso una chompa ancha y un shorcito liviano. No llevaba sostén ni calzón. Aquí se va a echar Leslie, dijo. Ella siempre se pega a la pared. Yo voy a dormir en medio para que no le hagas travesuras a mi amiga. Entró Leslie. La ropa de Karina le quedaba grandísima. Se echó en el lado convenido y se cubrió con las frazadas. Karina se tendió a su lado; yo, al lado de Karina. Entonces, recordé la primera vez que estuve en la cama con dos mujeres.

La librería del señor Luna está ubicada a mitad de la cuadra dos del jirón Quilca, al fondo de un corto pasillo. Ese jueves, luego del trabajo, y de haberme bañado y vestido cómodamente, la visité. Revisaba los libros colgados del triplay que servía de mostrador cuando me topé con unas letras grandes y rojas que decían SIDA. Instantáneamente, me acordé de Azul y de la infección que llevaba a cuestas. Era un libro de pocas páginas; su título, Qué Es El SIDA Y Cómo Prevenirlo. Quise comprarlo y leerlo inmediatamente. Quería saber qué tenía exactamente en el cuerpo. Pero me avergonzaba intentar cogerlo. Alejé la vista del libro y la paseé por otras zonas del triplay. Era inútil; en ese momento, ningún libro me interesaba más que ese. Qué chucha, pensé. Vencí el temor y cogí el librito. Decididamente, caminé hacia el señor Luna y le consulté el precio. Luna conversaba con tres de sus habituales contertulios. Los tres se fijaron en el título del libro. El silencio creado fue opresivo. Me sentí un sidoso en medio de tipos normales, correctos y sanos. Dos soles, caballero, dijo el señor Luna. Pagué. Agradeció. Le agradecí. Caminé deprisa al cuarto. En el trayecto, leí el opúsculo, ocultando su tapa. Nadie debía enterarse de mi enfermedad. SIDA significaba Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Era un grupo de síntomas clínicos que aparecía luego de que la barrera defensiva natural del cuerpo era derribada por el virus de la inmunodeficiencia humana, el VIH. Una vez derribada la defensa del cuerpo, los organismos y bacterias que vivían desde siempre con nosotros podían matarnos inopinadamente. En resumen, el VIH nos desprotegía; un simple resfriado podía quitarnos la vida. Tirado en el colchón del cuarto, continué develando a mi enemigo, que medía 0.000,000,012 metros de largo y que replicaba su ARN, cual fotocopiadora, en el núcleo de mis células, desquiciándolas, enloqueciéndolas, neutralizándolas.

Llevaba el dinero del mes para la manutención y educación de mi hija. Además, incluí un monto para el pago de una terapia de concentración que la psicóloga del colegio le había recomendado a la bebe. Yo no creía en los psicólogos. Su misión era suprimir la espontaneidad de los niños. Sus diagnósticos y tratamientos apuntaban a moldear ciudadanos obedientes y adocenados. Su verdadero objetivo era hacerse ricos con el dinero que tirábamos en sus terapias y metodologías. Pero mi esposa les creía a pie juntillas. No se daba cuenta de que la psicología era un negocio basado en la presunta formación de gentes de bien. Cela reconoció haber sido un gamberro en su niñez. Jamás se corrigió, y terminó consiguiendo el Nobel de Literatura en 1989. Llegué a la casa de mi esposa. La encontré de buen humor. Me aventuré, entonces, a invitarlas a ella y a mi hija a salir. En un principio, se negó: que estaba a dieta, que la bebe no podía comer frituras. Ya, pues, salgamos en familia, que la bebe nos vea juntos, la animé. Aceptó. Antes de irnos, le entregué el dinero. Subió a guardarlo. La bebe bajó entusiasmada. Sí, papi, vamos a comer papitas. Tomamos un taxi a plaza San Miguel. Fuimos al Pardos Chicken. Las papas fritas eran gruesas y estaban riquísimas. Ordenamos tres cuartos de pollo, parte pecho. La bebe comió todas sus papitas. Empezó a dar cuenta de las mías. Su mamá la detuvo. Ya comiste. Basta, por favor. Quise defender el derecho de mi bebe a empacharse con cuanta papa quisiera, pero me contuve. No valía la pena abogar por los saludables beneficios de consentir a nuestros hijos. La rigidez creaba seres acomplejados. Mi esposa jamás lo entendería. Mis argumentos solo encenderían la pradera. La noche transcurrió tranquila. Las llevé en un taxi a su casa. Estaba aprendiendo a tratar con pinzas a mi esposa. La mínima fricción desencadenaba una reacción que terminaba explotándome en la cara.

Hacía seis meses que era papá y estaba a punto de tirar con dos mujeres en la misma cama. Vivía con mi hija y con mi esposa en un viejo edificio del jirón Camaná, en el Centro de Lima. Me habían hartado los arranques de histeria de mi esposa, generados por el llanto de la bebe, los quehaceres de la casa, la gordura que se apoderaba de su cuerpo, la convivencia en un espacio reducido y un encierro al que no estaba acostumbrada. Yo le había sido fiel desde que la conocí. Me mantuve así hasta la aparición de los constantes gritos y reclamos en el hogar. Entonces, la fidelidad pasó a ser un mero recuerdo y le eché un vistazo al menú que me ofrecía la calle. Llevaba un año trabajando en VISA, una consultora que participaba en proyectos mineros y civiles. Cierto día, arrecho en mi escritorio, googleé: servicios sexuales señoras tríos Lince. La oficina estaba cerca de Lince, distrito en el que se hallaban las putas más baratas. Las señoras, por ser señoras, cuerpos gruesos, avejentados, cobraban menos que una jovencita. Los tríos habían sido una de mis más cimeras fantasías. El buscador me devolvió un solo anuncio. Anoté el número de teléfono. Llamé. Una voz cariñosa me atendió. Me indicó su ubicación. El costo del servicio era inmejorable: cincuenta soles por las dos mujeres. Increíble. Al cabo de una semana, había reunido el dinero y el valor, sobre todo esto último, para visitar a la pareja de señoras. Su departamento estaba a unas cuadras de la oficina, un recorrido a pie que, calculé, podía hacer en diez minutos. Elegí la hora del almuerzo; la una de la tarde. Mientras el resto de la oficina calentaba sus fiambres en el microondas, yo me alistaba para el trío. En el baño, me lavé la pinga. Minutos después, recorría las calles que había estudiado en Google Maps. Volví a llamar al número del aviso para enterar a las señoras de mi inminente visita. Cuando llegué al viejo edificio de la calle León Velarde, se me bajó la presión. Eran los nervios. Presioné el botón del número 302. Se oyó un bip. Hablé. Llamé hace un ratito por el servicio. La misma voz cariñosa: Ah, ya. Sube, amor. Un clic eléctrico abrió la puerta de rejas. Crucé un zaguán, cuyo piso estaba salpicado de publicidad de supermercados, cartas no recogidas y volantes de institutos. Subí al departamento. La puerta estaba junta. Entré. Me recibieron dos señoras gordas. Les calculé unos cuarenta años. Una de ellas tenía silueta, la deseada forma de pera; la otra era directamente una bola. Pero ambas tenían un culazo y unas tetas grandes y caídas. Me enloquecieron esos cuerpos. Era un fanático de la carne y de la grasa. Llevaban sendos vestidos negros translúcidos. Me condujeron de la mano a un cuarto. Se quitaron los vestidos. No llevaban ropa interior. Les pagué. La bola recibió el dinero y lo guardó en el cajón de una cómoda. Me desvestí tan rápido como pude. Tenía la pinga parada y borbotando sus jugos. Me tiré en la cama, dispuesto a todo. Mientras les lamía las nalgas como un desesperado, una de ellas me puso un condón. Empezaron a chupármela por turnos. Dos mujeres mamándome la pinga, rozando sus labios con mis pendejos. Hice denodados esfuerzos por no venirme; todavía tenía que meterles la pinga. Gocé estrujándoles los rollos de la barriga. Mientras le metía la pinga a una, a la otra le comía las tetas y le lamía los rollos, se los mordía. Les dije que las amaba. Volvieron a mamarme la pinga; esta vez, yo parado y ellas de rodillas en el suelo. Una me lamía el pene y la otra me chupaba los huevos. Me decían papito, queremos tu leche. Me elevé al cielo cuando eyaculé. Recibieron la leche en sus tetas enormes y flácidas. ¿Te gustó, amor?, preguntó la bola. Sí, me encantó, le dije, todavía suspendido en el aire. La bola restañó el semen que caía de las tetas de su compañera. Vuelve pronto, me dijeron al salir. Por supuesto, les dije. La perita me despidió con un piquito. No volví. Me animé a contratarlas luego de un tiempo, pero el servicio había desaparecido de la red y el número estaba fuera de servicio. Mi esposa nunca me creyó que fui feliz con su cuerpo de gordita. Ella se avergonzaba de él. El gimnasio y sus dietas absurdas la redujeron a un insípido palo.    

Leslie y yo viajábamos en el mismo bus. Lo habíamos tomado en la Panamericana. Habíamos caminado en silencio seis cuadras desde la casa de Karina. Leslie era bajita, delgada, sin mayores atributos que su piel blanca. Tenía la nariz medio en gancho. Karina nos había hecho un jugo de papaya. Actuaba desinhibida, como si nada hubiera pasado. Yo no podía. Se notaba que era feriado; la carretera estaba despejada. No podía hablarle a Leslie. ¿De qué le hablaría? ¿De cómo me chupó la pinga sin abrir los ojos? Karina y yo nos lengüeteábamos y manoseábamos, arrodillados en la cama, al tiempo que la boca de Leslie me succionaba la pichula. No abrió los ojos hasta bien entrada la mañana. ¿Qué vas a hacer más tarde?, le pregunté. Tenía que preguntarle algo; el silencio era opresivo. Nada, creo que voy a salir con mi enamorado. No sabía que tuviera uno, o no recordaba que lo hubiese mencionado. ¿Tú? El bus corría a toda velocidad y nos hacía saltar en los agujeros de la pista. Seguir durmiendo; mañana trabajo. Nos acercábamos al puente de Prolongación Tacna. Yo también, dijo ella. Trabajo con mi enamorado en el Plaza Vea de San Isidro, por Paseo de la República. Íbamos en los últimos asientos del bus, uno al lado del otro. La carcacha tenía dos o tres pasajeros más. ¿Dormiste bien?, me atreví. , respondió. Había salido el sol. El día se prestaba para un cebichito. Entramos en Alfonso Ugarte. Chévere si salimos otro día, le dije. Normal, no hay problema, aseguró. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Bajé en el hospital Loayza. Crucé Alfonso Ugarte. Al poco rato, abría la puerta de mi cuarto.  Tiré el colchón al piso, me calateé y me metí debajo de la colcha azul. Faltaba algo: una lectura veloz para conciliar el sueño. Las Tradiciones de Palma nunca fallaban. Entretenían y enriquecían el vocabulario. Leí Mujer – Hombre, la historia de la primera lesbiana en Lima. Aprendí una palabra; espontanearse: revelar con sinceridad nuestros sentimientos y pensamientos. Vibró el celular. Era Karina. Te cuento algo, me dijo. Dime, le dije. Dice Leslie que le encantó el sabor de tu semen, que era como dulcecito. Quedamos en repetir la salida. Me masturbé recordando las imágenes de la madrugada: Karina recibiendo pinga al lado de Leslie, que se hacía la dormida. Leslie mamándome la pichula sin abrir los ojos; su lengüita franeleándome el glande. Mis dientes mordisqueando los pezones de Karina. ¡Ahhh! Eyaculé en un pedazo de papel higiénico. Lo abolillé y lo tiré en un rincón. Dormí plácidamente.

Espérame, ¿sí? Te caigo a la una y media. Caminaba hacia la Marina. Ok, te espero, bebé. Hacía unas horas había llevado a mi hija al Bembos. Si mi esposa me sacó más plata, dizque, para un curso, entonces yo tenía todo el derecho de llevar a mi bebé adonde le diese la gana. Pensé: si no gasto mi plata en satisfacer mis urgencias, entonces la mierda de mi esposa terminará agotándomela con sus continuos pedidos. La pinga se me paraba muy a menudo. Debía emplear mi dinero en satisfacer sus imperiosos requerimientos. Había dejado a mi bebé con su abuela. Ma, regreso mañana al mediodía luego de recoger mi ropa de la lavandería. Chau. La discusión con mi esposa había dilatado mis tiempos. Por eso, me aseguré llamando a Jazmín. Solo su cuerpo podría satisfacerme. Llegué veinte minutos antes de la una y media a Peñaloza. A cinco metros de la esquina con Nicolás de Piérola, estaba Jazmín. Ese era su punto de operaciones. Me reconoció y caminó hacia el Malka Masi. Sí, había jurado no volver a ese hotel, pero ¿qué posibilidades había de que ocurriera otra redada? Ninguna, me convencí. Entré detrás de ella. Pagué por el cuarto en la recepción. Recordé mis primeras veces en ese hotel, siempre apurado, agachando la cabeza, evitando que algún conocido me sorprendiera: ajá, con que te gusta tirar con maricones. Ni siquiera contaba el vuelto; cogía al vuelo el papel higiénico y el condón, y me metía al cuarto. Ahora no. Ahora me llegaba al pincho. Tiramos. Nos besamos en la boca. Te amo, te amo, le decía, mientras le metía la pinga. Si no les decía “te amo” a mis eventuales parejas, no disfrutaba del cache y se me hacía difícil eyacular. Me gustas mucho, gemía ella. Se la seguía metiendo al tiempo que estrujaba esas tetotas. ¿Me amas?, le preguntaba yo, con cada arremetida. Sí, te amo, te amo, decía ella. ¿Si me amas te tomas mi semen?, la reté. Sí, sí, gimió. Cuando estuve a punto de venirme, le desconecté mi pinga. Se oyó un ploc. Me quité el condón y acerqué a su boca la punta de mi pichula. Estábamos sobre la cama, yo parado y ella de rodillas. Tenía la pinga embutida en su boca. Me succionó toda la leche. Sentí un tremendo alivio. No había nada que superase venirse en la boca de una mujer. Me pidió ser mi enamorada. ¿O estás con otra maricona? Le aseguré que estaba solo. ¿Qué raro que un chico pingón y lindo como tú esté solo? Permanecimos echados en la cama; la cama sin frazadas de un hotel que solo servía para cachar. Entonces, ¿somos enamorados? Me metió la lengua en la boca. Claro, bebé. Me contó que la violó un caficho de San Juan de Lurigancho. Yo vivo allá, pues. Pasé por una cuadra donde trabajaban varias mariconas. Y ese pata, que es el taita de todas, me ve, y, como me tenía ganas de antes, me levantó a la fuerza. Me metió en su camioneta. Me enseñó su fierro. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Llamar a la policía? Ahí es tierra de nadie. Era mejor seguirle la corriente. Dejar que me viole y ya.  A la policía le importa una mierda lo que le pase a una chica como yo. Si ven que matan a una, se alegran, más bien. Su cabeza descansaba en mi pecho. Tenía el cabello frondoso. Ni cagando era natural. Me acuerdo que cuando me puse mis primeras tetas, no tan grandes como estas, unas mariconas envidiosas, no de aquí, de San Juan, me las reventaron a golpes. Siguió prostituyéndose, pero metiéndose unas almohadillas en el pecho. Reunido el suficiente dinero, volvió a ponerse siliconas. Se alejó de San Juan y recaló en el Centro, donde la seguridad estaba garantizada siempre y cuando se arreglara con la policía. Un tipo se encargaba de mantener contentos a los oficiales que tenían Peñaloza a su cargo. Ese tipo era el que las cuidaba. Solo a él debían pagarle. Casi nunca se le veía. Pero está en amoríos con una traca que vive en esta cuadra. Bueno, no tanto vive aquí, pero para de vez en cuando. Esa maricona y él se encargan de la seguridad de toda esta cuadra. De Chancay, por ejemplo, se encarga otro; pero a ese pata los tombos se lo comen vivo. No sabe arreglar con ellos ni con sus propias chicas. Por eso es más difícil trabajar en Chancay. Ahí es más fácil que te levanten los tombos. Le pregunté, entonces, cómo fue que esa vez casi nos metían en cana. Hubo un retraso en el cheque de los tombos. Al capitán no le gusta que jueguen con su plata. Y ese día metió miedo. Lo meten cuando hay que meterlo, para que no olvidemos quién manda. Recordé a Azul conversando con el policía gordo. ¿Dices que el caficho de esta zona tiene su pareja?, pregunté. , confirmó ella. Pero esa maricona no se prostituye. De vez en cuando viene a “supervisar” cómo va la cosa. Se me aceleró el corazón. Cambié de tema. Me gusta tu nariz, le dije. Era pequeñita y respingada. Antes la tenía como tú, me dijo, levantando la vista para mirarme. Y no, pues; con esa nariz nadie me iba a levantar. Me la operé dos veces, hasta tenerla como ahora. Volví a cambiar de tema. ¿Vas a discotecas? Le conté que solía ir al 1031, aunque, últimamente, prefería La Jarrita. Esa es una disco para tracas viejos, soltó. Hay que ir un día al Sagitario, propuso. ¿Dónde quedaba esa vaina? Aquí, no más, en Wilson con Torrico, cerca de esa placita que está en la dos de Quilca. ¿La plaza Elguera? Claro, claro. Me había dado cuenta de que ahí había una discoteca bien caleta. Bien temprano, en las mañanas de los sábados y domingos, salían de sus puertas bandadas de cabros, homosexuales con vestimenta de hombre, nunca travestis ni transexuales. Sí, pues, ahí van gays vestidos de hombre, confirmó. ¿Entonces cómo entrarías tú si vamos? Hizo un gesto de obviedad: No, pues, tontito; yo iría como tu pareja. Ahí no habría problema. Nos despedimos prometiéndonos fijar el día para visitar el Sagitario. Cuídate mucho, mi amor. Retuvo un momento mi salida. Mira, mira, quiero que veas esto. Tecleó en su celular. Te acabo de guardar como “Amor”. Nos dimos un piquito y salí del hotel. Eran casi las dos y media de la mañana. Todavía se podía hallar alguna tienda abierta. Compré un Aquarius de naranja y caminé morosamente al cuarto. Pensé en Azul y en quién era realmente. Quería encontrármela ahí, caminando, o que ella me encontrase a mí, como la vez en que me sorprendió a las tres de la mañana. Llegué al cuarto, subí y me tiré en el colchón. No tardé mucho en conciliar el sueño.

Le digo que no me importa si tiene pruebas. No necesitas pruebas, yo mismo te puedo confirmar que salí con Daniela. Vuelve a llorar. Por eso ya no lo hacemos ¿verdad? Porque sigues viéndola, porque te has vuelto a enamorar de ella. Su voz se ahoga en el llanto. Mira, Rose, lo siento. Siento haberme portado tan raro en estos días. Es verdad, la extraño. Extraño meterle pinga y dormir abrazados en el colchón. Ahorita estoy en casa de mi mamá. Ven mañana a mi cuarto. Conversemos. Estemos juntos. Vuelve con el tema de Daniela. Por favor, olvídate de eso. Ella no significa nada para mí. Vente mañana, tú sí me importas. Te necesito. Si Azul está con ese caficho, es imposible que tenga SIDA. Los cafichos son tipos listos, inmunes a cualquier enfermedad. No son tontos como yo. Está bien, dice, calmándose. En resumen, Rosario le exigía a su marido que la pise como es debido. Lo haré, pensé. Además, es imposible que mi cuerpo se haya convertido en una sucursal del VIH. Cómo chucha YO voy a tener SIDA. Es ilógico.

jueves, 30 de agosto de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 32


Del lunes 24 al domingo 30 de octubre del 2016

-No es posible soportar más. A este país se lo han cogido cuatro bárbaros, veinte bárbaros, a punta de lanza y látigo. Se necesita no ser hombre, estar castrado como los bueyes, para quedarse callado, resignado y conforme, como si uno estuviera de acuerdo, como si uno fuera cómplice.

Miguel Otero Silva – Casas Muertas

After the first glass of vodka
you can accept just about anything
of life even your own mysteriousness

Frank O’Hara – As Planned

Me vestí rápidamente. Las puertas seguían abriéndose a patadas. Cada estruendo me ponía más nervioso. Juré no volver a tirar con cabros, mucho menos en esos hoteles de mierda. Acabaría en una comisaría. No tenía escapatoria. Mi mamá o mi esposa, pues una de las dos, o las dos, serían citadas por el comisario, se enterarían de que su hijo, su esposo, había sido capturado teniendo relaciones contra natura en una oscura calle del Centro de Lima. Se me ocurrió abrir la puerta con sigilo, escurrirme por la mínima abertura posible y refugiarme en el segundo piso del hotel. Si no actuaba, me apresarían en pocos minutos. El estruendo de las patadas se aproximaba. Jazmín, sentada en la cama, parecía resignada. Le da igual, pensé. Estaba acostumbrada a los siniestros calabozos de la ciudad. Se miraba el maquillaje en el mismo espejo en el que se había contemplado antes de que hiciéramos el amor. Yo no iba a caer tan fácilmente. Abrí la puerta. Qué haces, huevón, exclamó. No reculé. Salí. Pero apenas di un paso, me detuve. Vi a Azul a mi izquierda, en un extremo del pasillo, en la recepción. Hablaba con un policía panzón. Las patadas habían cesado y la horda policial desaparecido.

Nos levantamos muy temprano para trabajar en el nuevo proyecto que nos encargó VISA. Dos laptops en la mesa de la sala. Un par de latas de cerveza helada vigilando nuestros movimientos. Miguel se encarga de las simulaciones en el software de ventilación. Yo redacto el informe y hago los cálculos. Trabajamos ininterrumpidamente hasta poco más del mediodía. Hemos avanzado un cuarenta por ciento del proyecto, a pesar de ser el primero de los veinte días programados. Lo terminaremos antes de lo estimado. Cobraremos con tranquilidad. Me tiro en una de las dos camas del cuarto de Celso. Quiero desconectarme unos segundos. Estiro las piernas. Me relajo. En uno de los bolsillos de mi pantalón, me vibra el celular. Es una de esas llamadas sin número. Contesto. Es Azul.    

Después de todo, una buena noticia: VISA nos depositó el dinero adeudado. Irma León había cumplido su palabra. No tuve ganas de salir a ningún lado; mucho menos de ver a Azul. Ya no quería preguntarle nada. No quería saber nada. Era mejor olvidar aquella madrugada. Luego, estaba lo de ayer; por poco y terminaba en la comisaria. No volvería a pisar el Malka Masi. No volvería a pagarle a ningún cabro de Peñaloza. Pero si me mantenía al margen del peligro, ¿qué contaría en la novela? No, no podía sustraerme. Debía continuar hasta el final. Me escribía con Leidy, la colombiana. Llevábamos un par de horas hablando huevadas en el WhatsApp. Era todo lo que había hecho desde mi llegada del trabajo: bañarme y chatear con Leidy. Las mujeres con hijos que eran feas, o que se habían vuelto feas por la maternidad, se metían a los chats en busca de pinga. Me pidió una foto haciendo pesas. Yo le había contado que, además de manejar bicicleta, hacía pesas. ¿Y cómo las haces?, preguntó. ¿Cómo cómo las hago?, repliqué. ¿Vestido?, trató de adivinar. Vestido solo con un bóxer, le contesté. Me suplicó una foto. Le envié el reflejo semidesnudo de mi cuerpo en el espejo de mi cuarto. Para asegurarle un buen momento, rellené la zona genital del bóxer con unas medias. ¿Y qué hay debajo de ese bóxer?, pidió. La complací. Me bajé el bóxer y me puse la pinga dura para que se viera más o menos grande, porque muerta era una vergüenza. Le saqué la foto, no sin antes pelarle la cabeza. Se la envié. Dijo que se moría por sentirme dentro de ella. Vieja cachera, pensé. Sin que se lo pidiese, me envió una foto de sus tetas. Efectivamente, eran grandes, enormes y fofas. No se había tomado el trabajo de pararse los pezones; aparecieron como hundidos en sus senos. Las aureolas también eran grandes. Estaban buenas esas tetas. Recibí una llamada de Rosario. No contesté. Insistió. Contesté. Me largó un reproche. No me gustaba recibir reproches de nadie. Detestaba que mi esposa, cuando vivía con ella, me sermonease sobre la limpieza de los cuartos, de la cocina, de la sala, del baño. ¡Carajo, del baño! Ella no quería ver una gota de agua en el piso. Si veía una, me armaba un lío. La mudanza a Zepita había sido un alivio en ese aspecto. En el nefasto recuerdo, habían quedado sus cenutrias admoniciones. Eso ya era bastante. Vivía feliz haciendo lo que me daba la gana. No era cochino; era ordenado, no un maniático de la limpieza. ¿Con quién chateas tanto? Me imaginé a Rosario entrando al WhatsApp solo para espiar si estaba en línea. Con nadie, le dije. Ella perseveró, atrabiliaria. Seguro estás chateando con la puta de tu colombiana, ¿no?, se aventuró.  No supe qué inventar. Ella, que me conocía, interpretó correctamente mi silencio. Entonces, estás conversando con ella, proclamó, la voz quebrándosele por el llanto.
—Y a ti qué te importa. ¿No me habías dicho que no te llamara ni te escribiera? Por si acaso, hoy me pagaron la chamba que hice para VISA. Ni bien me depositaron, transferí a tu cuenta lo que me prestaste. Gracias. Pero ten en cuenta que prestarme plata no te da derechos sobre mí.
—Daniel, tú sabes perfectamente que lo que hago por ti es porque te amo. Nunca te pediría nada a cambio. Tú sabes que te amo. Y por eso te llamo. No puedo olvidarte. No es fácil. En cambio, a ti no te importa hablarme, no te importa saber de mí, y eso me duele.  
—Pero dijiste que no te llamara —observé, cínicamente—. Y he cumplido. No te entiendo ¿Qué te pasa? —La entendía perfectamente. La pregunta era retórica; hecha con el afán de que continuase expresándome lo mucho que me amaba. Era perverso, pero estimulaba mi ego.
—Por favor, corta con esa colombiana. No puede ser que me dejes de lado por una puta que recién conoces. Y apuesto lo que sea a que es fea. Solo se encuentra gente fea en esas aplicaciones.
—No voy a cortar la comunicación con ella. ¿Por qué tendría que hacerlo? Va a pensar que estoy loco.
—¡Qué piense lo que quiera, pues! Cómo te puede importar lo que piense una desconocida y no lo que me haces sufrir a mí. Córtala, por favor, Daniel.
—No.
—Hazlo maldita sea. Hazlo o ahorita mismo voy a tu cuarto y delante de mí lo vas a hacer.
—No lo voy a hacer. —Quería que venga. Sabía que lo haría. En el fondo, la necesitaba en mi cuarto, quería abrazarla, hundirme en su calor.
—Entonces, te fregaste. Ahorita voy.
Una hora después, Rosario estaba en el cuarto. Lloraba. Sufría por su amor no correspondido. Me abandoné en sus brazos, no por empatía hacia su dolor sino porque me sentía destruido. Me sabía infectado de SIDA, y eso era demasiado. Terminamos desnudos sobre el colchón, la colcha azul en una esquina, testigo arremolinado de nuestra pasión. Nos comimos las bocas. Le lamí la vagina. Ella me chupó el pene. En esa posición, el sesenta y nueve, también disfruté de su ano. Me pidió que la penetre. No podía contener sus ganas. Yo tampoco. Pero no se la metería. No sin condón. Y si me lo ponía, dudaría, se enojaría. Se suponía que era mi única mujer. Se suponía que nunca usábamos condón ¿Por qué no me la metes? ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Ya no te excito? La pregunta era tonta. Mi pene parado y baboso era la apodíctica prueba de que sí me excitaba su cuerpo. No quería hacerle daño, no ese tipo de daño.

Nos encontramos en Metro de Alfonso Ugarte. Supuse que verla me despejaría la mente. Vagabundeamos por algunas calles del Centro. Daniela no ocultaba su interés por conocer más detalles de mi novela. ¿Era cierto que tiraba con cabros? Le dije que la novela era totalmente cierta. ¿Todo es cierto, Chato? ¿Cómo es tirar con un cabro? ¿Tú les metes tu cosa y luego ellos te meten la suya? ¿Te la han metido? No, a mí me gusta meter; no que me la metan. ¿Y cómo sabes que no te gusta que te la metan? ¿Acaso lo has intentado? Uy, Chato, para mí que te la metieron y no te gustó. No le comenté que cierta vez Rosario intentó meterme el dedo. Apenas entró una parte de la uña. Sentí que se me desgarraba el poto. Abortamos la operación y continuó lamiéndome el ano. No me la han metido. Me desagrada la idea de tener una pinga ahí dentro. Basta con que me desagrade la idea para no intentarlo ¿no crees? Por ejemplo, piensa en una rata del desagüe. El mejor cocinero del mundo te la sirve en un plato. Es la rata frita más rica del mundo. Aun así, jamás la probarías porque sabes que ese animal crocante, que te mira desde el plato, estuvo hacía unas horas comiendo caca en las alcantarillas. Bueno, me pasa igual con la idea de que me metan una pinga. Habíamos llegado a la plaza Francia, donde hacía un par de años, cuando enamorados, me recitó de memoria unos poemas de César Calvo. Oye, quiero conocer esa discoteca donde te levantas cabros. Le aclaré que no había tenido la fortuna de levantarme cabros, como ella los llamaba; tirar con los mejores ejemplares me había costado mi plata. Vamos, le dije. ¿No es peligroso? No, no era. Confía en mí; de paso, nos tomamos unas cervezas mientras conversamos.

Estaba desnudo, cubierto por una colcha que no era la mía y en una cama que no me pertenecía. Mi celular, sin embargo, estaba al lado de la almohada. Presioné un botón y vi la hora. Putamadre, la cagué, pensé. Era demasiado tarde como para presentarme en el trabajo. Afortunadamente, Jean Carlo no me había llamado. Apagué el celular y lo dejé donde lo encontré. Luego, recordé que había pasado la noche con una pituca. Era inconcebible, un sacrilegio, una aberración; una pituca y un cholo, representantes de dos universos ajenos. Se trataba de la pituca que había besado aquella noche en La Casona De Camaná. Ahora, yo estaba en su cuarto, en su cama. Me convencí, entonces, de que no debía acudir al trabajo. Uno, porque no sabía dónde mierda estaba. Dos, porque si me animaba a ir, llegaría mucho más tarde y sin ninguna excusa razonable que exponer. Era malo para mentirles a mis jefes. Y, tres, porque estaba en la cama de una chica inalcanzable para un cholo sin dinero como yo. Desde cualquier punto de vista, era una experiencia perfectamente rica para la novela. Alguien tocó la puerta del cuarto. Señorita Mariana, ¿puedo entrar? La cabeza húmeda de Mariana surgió de la abertura de la puerta del baño. Me hizo hola con la mano. Hoy no, Hilda. Ocúpate solo del resto del depa, por fa. Hilda no insistió; había entendido. ¿Estás bien?, me preguntó Mariana. Era el típico acento de las niñas bien de Lima. Las chicas más humildes de la ciudad lo imitaban como signo de sofisticación. Sí, todo bien, le dije. Me guiñó un ojo y escondió la cabeza. Salgo en un toque, Dani, dijo, la voz algo apagada por el cántico del chorro de agua que volvía a humedecer su piel. En algún momento, le había dado mi nombre. Oye, tú sí roncas fuerte, ah, esforzó la voz. No me dejaste dormir. Miré alrededor. Fotos, posters, un televisor, un microondas, una laptop.

La embajada de Venezuela se ubicaba en una esquina de la cuadra dos de la avenida Arequipa. Pasaba a su lado en mis diarios recorridos en bicicleta. Ese día, ya caída la noche, un reducido grupo de venezolanos protestaba en el frontis del edificio. Ese mismo día, más temprano, en toda Venezuela, miles de personas habían colmado las calles protestando contra la anulación del referendo que pretendía sacar del gobierno al dictador Nicolás Maduro. A esa demostración cívica se la había llamado “la toma de Venezuela”. Me detuve a curiosear. Los protestantes daban vivas a la libertad. Fuera Maduro, gritaban. En el balcón del segundo piso de la embajada, una réplica acartonada de Hugo Chávez, con la mano en alto, a lo Hitler, los saludaba, impermeable a los denuestos. La situación de los venezolanos se iba pareciendo a la de los habitantes del pueblito que Miguel Otero Silva había retratado en Casas Muertas. Recordé un pasaje de la novela que venía a pelo con la ocasión; algo así como que el país había sido tomado por unos vándalos y que solo un cadáver viviría sin protestar y sin alzarse. Al parecer, los venezolanos no estaban dispuestos a ser los cadáveres de la historia. Continué manejando hasta Zepita. Antes de escribir el capítulo nueve, empecé a leer El Laberinto Griego, una novela que había comprado, como casi todas las que tenía en mi cuarto, y en la casa de mi esposa, en la librería del señor Luna, en Quilca. Era difícil escribir sabiendo que no me había puesto un condón con Azul. Procuré distraerme con la lectura. Azul no había vuelto a buscarme. Mejor así.

Me habían llegado al pincho los mensajes de Leidy. No paraba de hablarme de su hijo, como si me importara. La paternidad era un tema que no tocaba con mis parejas. Me parecía un desatino. Como fogonazos, se me presentaban las caricias de Mariana, su piel, sus besos. Había que ver lo bien que movía la lengua esa pituca. Leidy me había dejado los mensajes propios de una esposa celosa. Yo detestaba a las mujeres que creían tener autoridad en mi vida. En uno de sus audios, me increpaba el no haberle escrito en todo el día; yo me entrego a vos, te envío fotos íntimas y vos no te acordás de mí. Le escribí que lo sentía. En respuesta, me envió un audio furibundo. Dejáte de mamar gallo y andáte a la mierda. Vos te lo perdés. Había detectado el cinismo en mi disculpa. El acento colombiano era eufónico en cualquier circunstancia. Empaqué mi mochila y tomé el bus a casa de mi hija. Me faltaban unas pocas páginas para terminar El Laberinto Griego. Había sabia mordacidad en sus páginas. Llegué a casa de mi hija. Tomamos un taxi. Le indiqué al conductor que nos dejase en el Bembos de Plaza San Miguel. Mi hija siempre reclamaba sus papitas fritas. Mi esposa me había prohibido severamente que la bebe comiese frituras porque la engordaban. Exagerada. En el siguiente taxi, camino a casa de mamá, ya satisfecha la bebe y lamiendo un chupetín de fresa, volvieron los chispazos de esa noche, la exploración de nuestros sexos, el descubrimiento de la pasión contenida en Mariana. Rememoraba trozos de esa fantástica noche, una noche que había empezado, sin proponérmelo, a partir de la salida con Daniela.

Me desperté sin resaca. Por las huevas había ido a La Jarrita. Azul era inubicable. Es cierto que no estaba nada seguro de encontrarla en esa discoteca. Yo no sabía si concurría a ese lugar con frecuencia. Era mucho más probable ubicarla, sí, en la vieja casona de Peñaloza en donde estaba su cuarto y que visité de su mano; pero traspasar el umbral de la puerta de ese edificio me aterraba. Era la guarida de aguerridas travestis; mujeres que ahuyentarían con violencia a quien se atreviese a hollar su territorio.  Además, la persona a la que Azul saludó aquella vez podía estar cuidando su morada. La Jarrita era el único mentidero de transexuales que conocía y que me quedaba cerca; visitarlo en busca de Azul, aunque las probabilidades no fueran alentadoras, era preferible a no hacer nada y continuar viviendo con la idea de que estaba infectado con el SIDA. Pero para ir a La Jarrita, debía idear una excusa que me sacase convincentemente de la casa de mi mamá. Tengo que ir a mi cuarto a recoger de la lavandería la ropa limpia que me voy a poner en la semana. Pero anda en la tarde, pues, hijito. No, ma, esa lavandería solo atiende hasta el mediodía. Tú sabes que yo me despierto tarde. Es mejor si amanezco allá y me aseguro. Te prometo que regreso al mediodía, o antes. No había tomado mucha cerveza en La Jarrita. Si no hubiese sido por el cabro que me rompió una botella en el piso, quizá no hubiese regresado tan temprano al cuarto. Leí algo de una hora, todavía echado en el colchón. Me vestí y salí del cuarto con una bolsa de ropa sucia. En la lavandería, dejé la bolsa y recogí la ropa limpia. Iban a ser las doce. Era una mañana clara. La temperatura era la perfecta. Ordené la ropa limpia en el armario. Fui al baño y oriné. Me eché un poco de agua en el pelo y salí. No podía olvidarme del tema de Azul. Me sabía infectado; no podría intimar jamás con Rosario. Nuestra relación terminaría yéndose al carajo. Tampoco podría recuperar la intimidad con mi esposa. Eché llave al cuarto y le puse seguro al baño. Regresé a casa de mamá.  

Estábamos en una de las dos mesas del patio de La Jarrita. Habíamos pedido una cerveza. Había satisfecho gran parte de la curiosidad de Daniela. Hablamos de Johnny Reyes, su saliente. ¿O es tu novio oficial? Con Johnny nunca se sabía. Ella lo quería mucho. Pasaban juntos los fines de semana. De lunes a viernes, luego de sus actividades docentes en la universidad, conversaban en las noches. Se la veía enamorada. Aunque hay fines de semana en los que se pierde. Me contó de la vez en que Johnny la llevó a la casa de un escritor conocido. ¿Has leído Generación Apagón? Sí, la había leído; la escribió Fermín Román. Para serte franco, nunca pude pasar de los primeros tres capítulos. Me aburría. Y créeme que lo intenté hasta tres veces. Y siempre llegaba arrastrándome al tercer capítulo. Daniela no la había leído; prefería la poesía. Qué raro, Chato; tú te devoras todas las novelas que caen en tus manos. Generación Apagón me parecía una novela hecha con personajes de cartón, con diálogos que reincidían en el lugar común. Creo que Johnny y Fermín eran patas. Todos ahí querían ser poetas o novelistas. Te hubiera gustado estar ahí. Fermín estaba despreocupadamente arrellanado en un sillón. Lo rodeaban más mujeres que hombres. Fumaba un porro de marihuana. Antes, en los preámbulos, había compartido unos gramos de coca con Johnny y otros poetas. Fermín les exhalaba el humo verde a sus admiradoras. En cierto momento, concentró su atención en una de las caras que le sonreía. Le preguntó su nombre. Celia, dijo la joven, muy emocionada. Él tiró la cabeza contra el respaldo del sillón y, mirando al techo, dijo que hacía dos días había cachado con una Celia. Qué coincidencia, celebró, carcajeándose. Acércate, le dijo a la muchacha. Ella aproximó su rostro al de él. Este la besó ante las decenas de testigos. Los labios se movieron frenéticamente durante unos segundos. Después, Fermín bebió del whiskey que tenía al lado, caló una vez más el porro de marihuana, y, mirando a algún lugar de la pared de enfrente, le dijo que acaba de chapar con el mejor escritor peruano del siglo XXI. Has hecho historia, mujer. Daniela no tenía muchas ganas de tomar cerveza; a duras penas terminó el primer vaso que le serví. Yo iba por el cuarto y último vaso. Era temprano; las nueve de la noche. Por ratos, estimulada por el alcohol, la atención se me apartaba de la conversación y se concentraba en huevadas. ¿Si le digo para ir a un telo? ¿O a mi cuarto? Luego, yo mismo descartaba la idea. Ella estaba muy enganchada con Johnny. Había admiración cuando hablaba de él. Por otro lado, si aceptaba mi propuesta, no podría tirármela como era debido. Cuando lo hacíamos, empezábamos con el condón y, a medio camino, terminaba quitándomelo. Infectado como estaba, no me atrevería a cagarle la vida a Daniela. ¿Nos vamos, Chato? Abandonamos el lugar. Caminamos al lado del frontis de La Casona De Camaná. Le indiqué que ese era otro de los escenarios de mi novela. Sí, lo sé. En la acera opuesta, dos jóvenes de cabellos castaños miraban, divertidas, el contenido en la pantalla de un celular. En uno de los capítulos de la novela beso a una pituca aquí en La Casona, ¿te acuerdas? Sí, se acordaba. Es ella, le dije, señalando discretamente a una de las rubias. Muy disimuladamente, Daniela fijó la mirada en el par de chicas. Asu, Chato, esa chica debe de haber estado bien borracha para chaparse a un feo como tú. Así era Daniela; maletera. Seguimos caminando. Antes de salir de Camaná, le di una última mirada a la gringa; entraba a La Casona acompañada de su amiga. Me prometí regresar y descubrir si aquel beso fue imaginado o real.  

Tirado en el colchón, continué la lectura de El Laberinto Griego. Me divertía el cinismo de Pepe Carvalho, el enamoradizo detective de la novela. Una de sus excentricidades consistía en quemar los libros de su biblioteca. Los había leído todos y ninguno le había enseñado nada. A la medianoche, cuando oí que la procesión del Señor De Los Milagros se hallaba cerca, salí a la calle.  No acostumbraba pedirle nada a los santos. Sin embargo, esa madrugada, haría una excepción; me ubicaría en una posición desde la que pudiese ver al Señor con claridad. Le pediría la visa de trabajo a los Estados Unidos y que no tuviera SIDA. Parado en el cruce de Wilson con Tacna, rodeado de una multitud de gente, le prometí a la efigie del Cristo Moreno que si cumplía mis deseos me tatuaría su imagen. Me persigné besando la uña de mi pulgar. Salí del maremágnum de gente con no poca dificultad. Caminé hacia La Jarrita. ¿Me encontraría con Azul?

Nos besamos cerca de la escalera de su edificio. Nos besamos y no nos dijimos nada. Solo un chau, cuídate. No sabía si la volvería a ver. No rogué por prolongar el beso. Ella vivía su historia con Johnny. Yo le había fallado una vez. No hubiera sido justo volver a jugar con sus expectativas. Regresé a Camaná. Caminé deprisa. Corrí; la pituca podía irse en cualquier momento.

Apenas llegué, compré una Pilsen litro cien. La botella era mucho más grande que la común. Me aposté contra una de las paredes del recinto. Había regular cantidad de gente. Comprobé que Azul no estaba en el lugar. Mala suerte. Al poco rato, se me acercó una trava. ¿Me invitas?, se refería a la botella. Claro, claro, me apresuré. Pero no tenía un vaso; bebía las cervezas directamente del pico. Yo tengo uno, dijo ella. Lo cogí y se lo llené. Era una chica guapa. Tenía todo lo que me gustaba, y en abundancia: tetas y culo. Mientras bebía, se paraba a centímetros de mí y me bailaba. Revolvía el culo contra mi pene. Pegaba más el cuerpo, mi pecho contra su espalda, y nos besábamos. Luego, se volvía y continuábamos los besos. Metía la mano por debajo de su pantalón y le acariciaba las nalgas. Ella me bajaba el cierre y embadurnaba su mano con los efluvios que me lubricaban el glande. Todavía compré dos cervezas más y estuvimos juntos cerca de una hora. Bailábamos entrecruzando nuestras lenguas. Al cabo de esa hora, ya no tenía dinero. Había que estar idiota para llevar la billetera a La Jarrita. Por eso, llevaba solo un billete. En esa ocasión, puesto que mi intención había sido permanecer un breve tiempo, a la espera de Azul, llevé un billete chico. ¿Ya no vas a comprar más cerveza?, me preguntó la trava. No sabía su nombre, ni ella el mío. En lugares como La Jarrita, los nombres sobraban, podías ser Armando, José, Gabriela o Victoria; daba igual. Sorry, ya me tengo que ir, le dije, muy a mi pesar, porque gustoso hubiera continuado con los besos y el manoseo. Insistió con lo de las cervezas. No, sorry, le repetí. Ya tengo que irme; mañana chambeo, le mentí. La trava se arrebató. Me quitó la botella de la mano –aún quedaban un par de vasos en su interior- y la arrojó contra el piso. Todo el mundo nos vio. No me busques más, atorrante, gritó y se perdió entre la gente, que, para esa hora, ya era bastante. Loca de mierda, pensé y me fui. Ya en el cuarto, dejé las llaves y mis monedas sobre la mesita blanca. No había prendido la luz. Dejé el cuarto a oscuras. Me quité la ropa y esta cayó donde mejor pudo. Me tiré sobre el colchón. Pensé en Rosario. La necesitaba.

La cubría una toalla. En mi vida había estado con una chica tan blanca y llena de pecas. Métete a la ducha; el agua está rica. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero adosado a una pared del cuarto. En serio; el agua está riquísima, me dijeron sus ojos desde el espejo. Leyó la pregunta en los míos y me dio la respuesta: usa mi toalla. Me la tendió. Jamás olvidaría esa escena: un cuerazo desnudándose ante mí sin recato alguno. El summum de la confianza. Contagiado de su audacia, y porque había amanecido con una erección, caminé desnudo hacia ella. Cogí la toalla. Listo, dijo y se volteó, dándome la espalda. A la luz del día, que se filtraba impúdicamente por las persianas, aprecié claramente el trasero que había estrujado, lamido y adorado hacía unas horas. Permanecí unos segundos parado detrás de ella. Esperaba a que me viera el pene. No lo hizo; se pasaba un cepillo por el cabello. Me envolví con la toalla y me encerré en el baño. Me entraron ganas de cagar. Siempre lo hacía por las mañanas. Tenía un reloj en el estómago. Era puntual. El baño era grande y olía rico. Me senté en la taza y ajusté. Sufrí, sudé, pero cagué en silencio. Ni un pedo. Mariana había puesto música. Podía oírla. Era Doble Nueve. El diseño del baño era simple y funcional. Blanco y negro. Imposible hallar las huachafadas que poblaban los baños del pueblo. La taza del wáter era blanca y estaba empotrada en un pequeño muro negro. El rollo de papel colgaba a un lado. No habían pasado ni cinco segundos desde que me hube levantado de la taza para limpiarme el culo cuando automáticamente la mierda, en un fugaz y silencioso remolino, se hundió en las tuberías. Cerca del techo, una rendija empezó a succionar el aire cargado. Corrí una de las mamparas de la ducha. Tenía razón; el agua estaba riquísima. Me demoré todo lo que pude. ¿Qué tal?, quiso saber Mariana. Sí, estaba rica el agua. Un polito blanco, que decía Smile en letras rojas y onduladas, le cubría el torso. Abajo, solo un calzón azul. Ahí está tu ropa, señaló. Mariana, era obvio, la había doblado y la había colocado sobre una silla. Putamadre, pensé, cogió mi bóxer con hueco y mis medias pezuñentas. Mientras me vestía sentado en la silla, se me acercó. Era claro que no llevaba sostén debajo del polo. La tela translucía sus pezones. Ese cuerpo nuevo y desconocido me había provocado dos orgasmos. Hacía tiempo que no eyaculaba más de una vez; quizá las primeras veces con Rosario. El record, sin duda alguna, lo conseguí en el 2008, en un pueblito minero en Arequipa, con Elena: nueve orgasmos en tres días; cuatro en el primero, tres en el segundo y dos en el último. Me encantaste anoche, dijo Mariana. Apoyaba sus manos en mis muslos. Me besó. Su cabello me caía húmedo a los lados. Eres lindo. El calzón azul llevaba blondas blancas. Qué buena canción, dijo de pronto. Era un tema de los noventas. Casi al mismo tiempo, dijimos el nombre: Right Here Right Now. Jesus Jones, agregó. Mostro que suene esa canción justo ahora; o sea, contigo aquí. ¿Por?, pregunté. Esa canción habla del ahora. Es justamente lo que hicimos ayer; bueno, hoy, hace unas horas: vivir el ahora. Dejó de hablar y se arrodilló delante de mí. Tomó en sus manos la cicatriz de mi muñeca izquierda. Era una marca reciente, roja; parecía una oruga de patas gruesas. Esto te lo hiciste en el Sargento ¿no? La miré asombrado: ¿Cómo chucha sabía eso?

Mamá se encuentra con Azul en la puerta de la casa. Lo sé porque oigo su voz en el celular de Azul. Venía de la librería del barrio. Además de obstetra, su pasión es la Historia, principalmente la Historia Antigua; Grecia, Roma, los incas. Disfruta construyendo réplicas a escala de fortalezas y armamentos. Hacía pocos minutos, había salido a comprar algunos materiales para sus proyectos. ¿Sí, a quién busca?, preguntó.  Buenas, señora; busco a Daniel, ¿estará? Se me congela el culo. Recuerdo haberle dado un nombre falso, Andrés; no el mío. Cómo carajo sabía dónde vivía, mi nombre, el número de mi celular. La novela se me salía de las manos e interfería en mi realidad. Cuelgo el celular y no me atrevo a abrir la puerta. Suena el timbre. Es mamá, y Azul está con ella. Estoy paralizado. Celso, mi hermano, corre al intercomunicador y levanta el auricular: ¿Quién es? Yo, dice mamá. Celso presiona un botón y se abre la puerta. Se oyen los pasos de mamá subiendo las escaleras. Vivimos en el segundo piso de una casa en La Perla. Es un departamento modesto y pequeño. Daniel, dice mamá cuando me ve. Está incómoda, molesta. Te busca una chica. Tengo la piel fría. ¿Habrá notado que no es una chica? Parece que no. Bajo. Estoy nervioso. En pocos segundos, estaré cara a cara con Azul, en el lugar menos apropiado de todos.

Mi novio te hizo esto. Lo siento, dijo Mariana. Me dio un beso en la cicatriz. Pude evitarlo, pero el idiota estaba borracho. ¿Ya me conocía desde esa vez en el Sargento? Fue en un tributo a Pearl Jam, recuerdo. Tú estabas adelante, cerca del escenario. Te movías como si fueras el cantante. Mi novio me dijo mira a ese huevón, qué chucha se cree ese cholo de mierda. Se había sentado en el borde de la cama. Yo seguía en la silla. Sorry por lo de cholo, pero ese es el lenguaje de los cavernícolas de mis amigos. Todos viven en una burbuja, ¿sabes? Todos son blancos, con padres que son dueños de empresas o que tienen altos cargos en compañías transnacionales, que ganan un dinero al que no podría llamársele sueldo. Entonces, les jode cuando un cholo les friega su burbuja. Acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja. No se le puede llamar sueldo a lo que ganan nuestros padres. No soy racista ni clasista; es más un tema fonético, si quieres, pero la palabra sueldo calza perfectamente con la cantidad que gana un obrero o un empleado. Pasa lo mismo con la palabra poblador. Consciente o inconscientemente, todos, y, cuando digo todos, me refiero a ti, a mí, a todo el mundo, le decimos residente a alguien que vive en San Isidro, pero poblador al que vive en un pueblito de la sierra, de la selva o en un asentamiento humano o, sin ir tan lejos, en un barrio de, ponte, Comas. Se paró. Caminó hacia un estante de libros. Tendría un centenar de ejemplares. ¿Qué te iba a decir?, se quedó pensando delante del estante. Ah, mira, dijo. Debajo de los libros, había una hilera de discos de vinilo. Mariana se agachó y sacó un disco. Este es un discaso. Quiero volver a escuchar la canción de hace un rato. Apagó la radio. Encima de ella, había un tocadisco. Abrió la portezuela de plástico del aparato y colocó el disco. La aguja se desplazó por los surcos negros. Otra vez, Right Here Right Now. Empezó a moverse libremente, los ojos cerrados, entonando trozos de la canción.

¿Puedo subir? Está hermosa. La única manera de descubrir que es un hombre es desnudándola, dejándole la pinga en evidencia. Algo le preocupaba. ¿Estás bien?, le pregunto. Ahí, dice, sin mucha convicción. Solo quiero estar contigo. Me abraza. No sé cómo reaccionar. No sabes por lo que pasé hoy. Y no quiero hablar de eso. Solo quiero estar contigo. Te necesito. Me mira. Tiene las pestañas rizadas, postizas. Sabe vulnerar mis defensas. Hay que entrar, por favor. Subimos las estrechas escaleras. Ella va adelante y yo detrás. Le veo el culo y no tengo ganas de tirar. Tengo miedo; mamá, mis hermanos y mi hija están arriba.

Te alucinabas Eddie Vedder. Saltabas y te contorneabas. Te llevabas el puño a la boca, como si tuvieras un micrófono. Me encantaste. Y como que me acerqué. No sé, quería decirte hola, hablar dos o tres cosas. En eso, vi que una chica te llevaba una cerveza. Rosario. Dejé de acercarme y volví a mi grupo. Estábamos mi flaco, y una amiga y su flaco. El flaco de mi amiga se quitó después. Y mi flaco se encontró con unos brothers del cole y se fue a tomar con ellos a su grupo. Quedamos mi amiga y yo viendo el concierto a cierta distancia. Le hablé de ti. Yo lo conozco, me dijo. ¿Qué, cómo así?, le pregunté. Te había entrevistado en el 2010 por un curso de la universidad. Caminó al estante y regresó con un libro delgado. Lo reconocí inmediatamente. Te entrevistó por este libro. El disco que había puesto seguía dando vueltas; no estaba del todo mal. Me tendió el primer y único libro de cuentos que había publicado, Latidos Del Asfalto. Y un lapicero. Me gustaría que me lo autografíes, ahora que no nos vamos a volver a ver. ¿No nos íbamos a ver? No supe qué escribirle. Descuida, luego lo pones. No debe de ser fácil. Recién me estás conociendo. En cambio, yo te llevo ventaja: además de tu libro, he leído tu blog y la novela que estás escribiendo. No recordaba la cara de la amiga de Mariana. La entrevista me la había hecho hacía un culo de tiempo. Ella sí se había acordado de mí, a pesar de la penumbra de la discoteca. Me había fijado en tus tatuajes. Reconocí que eran escritores. Muchos de ellos, mis favoritos. Eso me atrajo más. Traté de acercarme y hablarte en un descuido de la chica que te llevaba la cerveza. Pero fue imposible. Tú seguías moviéndote y la gente a tu alrededor se movía también. Mi novio, que había vuelto a nuestro grupo, se dio cuenta de que te miraba y me llamó la atención. Qué tanto miras a ese payaso, me dijo. Y a mí nunca me ha gustado que nadie me mandonée ni me grite. Le dije que me gustabas y que se fuera a la mierda. No respondió. Se quedó callado, pero le había dolido mi respuesta. Se quedó picón. Luego, tú sabes que después de los conciertos, ponen una hora de rock. Tú seguías alucinándote un cantante. Te entusiasmabas con lo que ponían: The Strokes, Nirvana, Joan Jett, Green Day. Entonces, veo que mi novio se te acerca. Ya no había tanta gente. Bueno, había la suficiente como para que él pasase inadvertido. Se te acercó y te cortó con una navaja que le había regalado su papá, una navaja que era como una herencia familiar. Quise detenerlo, pero todo fue tan rápido que no pude. Él regresó, pero tú seguías en lo tuyo como si nada. Pensé, aliviada, que no había llegado a cortarte. Él estaba contrariado; estaba segurísimo de que te había cortado. Él quería que te vayas como sea. Y no se le ocurrió mejor cosa que cortarte. Habrá pasado una media hora, cuando veo que te vas con tu amiga. La seguridad del Sargento te acompañó a la salida. Le conté lo que pasó. Estaba tan metido en la música y en la cerveza –solo tomaba cerveza- que no había sentido el corte. En cierto momento, me di cuenta de que mi mano estaba bañada en un líquido negro. Qué mierda es esto, pensé. Mi amiga, que se me acercaba para alcanzarme otra cerveza, supo inmediatamente que era mi sangre la que se estaba derramando en el piso. Decidió que debíamos irnos. Le conté a Mariana que fuimos a un hospital. En realidad, luego de salir de El Sargento, como no sentía dolor alguno, y contraviniendo las indicaciones de Rosario, que estaba perfectamente consciente de la magnitud de mi herida y de sus implicaciones si no hacíamos algo al respecto, regresamos al hotel en el que nos habíamos alojado para descansar luego del concierto. Rosario insistió en lavarme la herida. Lo hizo. Luego, nos echamos en la cama e hicimos el amor. Procuré no dañar el tajo que se me había abierto en la muñeca izquierda. En la mañana, hallamos las sábanas repletas de sangre.

Es la hora del almuerzo. Azul, sentada en el sofá, mira la sala, que no parece impresionarla en absoluto; está desprovista de lujos y los muebles son antiguos, lucen golpes y magulladuras. Mamá está en la cocina terminando el almuerzo; mis hermanos, en sus cuartos. La casa es chica; todo lo que se conversa en la sala puede escucharse desde la cocina y los cuartos. ¿Qué haces aquí?, le pregunto, bajando la voz. Por favor, me dice, también susurrando, no me preguntes nada. Vine porque quería verte. Solo eso. Sus manos envuelven las mías. Somos enamorados, ¿no?, me dice. Necesito a mi marido; te necesito. Me desespera su actitud. Pero no es para que vengas a la casa de mi mamá. Me suelta las manos. Afila su semblante. ¿Y por qué no? ¿Te avergüenzas de mí? Estoy segura de que si fuera una mujer no te pondrías así. Tiene razón. Daniel, ya vamos a almorzar, anuncia mamá, que entra en la sala llevando un plato humeante en cada mano. En su voz, hay incomodidad, fastidio. No nos ha mirado directamente, pero la vista periférica le ha informado que su hijo y esa chica rara están en el sofá de la sala. Ma, le digo. Ella, sin mirarnos, acomoda los platos. Mi amiga se va a quedar a almorzar. No me dice nada y regresa a la cocina. Tienes que irte, por favor, le pido. Vamos a comer afuera. Vamos a un restaurante, pero vámonos de aquí. Voy a tener problemas. Azul se levanta del sofá. La expresión de su rostro me indica que mi monserga la ha aburrido. Se acerca a la mesa donde humean los platos y se sienta. La sigo y me siento a su lado. La mesa es redonda. Mamá vuelve a entrar; lleva un plato más de estofado y otro en donde una tilapia dorada descansa junto a un montón de papas fritas. Este es el plato de mi hija. Ella solo come tilapia y papas fritas. No acepta otra cosa. Mamá se sorprende al ver a Azul en la mesa, pero se esfuerza en disimular la evidente molestia que yo, como su hijo, sé detectarle. Ahora te sirvo, le dice mamá. Regresa a la cocina y en el trayecto llama a mis hermanos. Silente, aparece mi hija en la sala. Camina hacia el sofá y se tira bocabajo. Ha dormido toda la mañana. Aún tiene algo de sueño. Las papas fritas terminarán por removerle cualquier viso de cansancio. Es hermosa tu hija, me dice Azul. No digo nada. Solo sé que esto no va a terminar bien.

Vivía sola en el departamento. Había estudiado Ciencias De La Comunicación en la Universidad De Lima y trabajaba en una productora de comerciales. No tenía horarios que cumplir. Era dueña de su tiempo. Te soy sincera, en la productora, únicamente los cholos trabajan de nueve a cinco. No era racista; solo no tenía pelos en la lengua. Comíamos huevos revueltos con tocino. Los había hecho Hilda, su empleada. Yo tenía un cartón de jugo de naranja cerca de mi plato; Mariana, uno de piña. Hilda limpiaba el departamento unas tres veces a la semana. Luego, preparaba algo de comer. Hilda trabajaba principalmente en la casa de los papás de Mariana. ¿Has leído a O’Hara? No. Fue un poeta homosexual que murió atropellado por un buggy en una playa de Long Island. Tiene un verso que me encanta y que tiene mucho que ver con lo que pasó ayer y con lo que seguirá pasando en mi vida. El verso es del poema As Planned. Bebió un trago del cartón de piña. Cerró los ojos y recitó: After the first glass of vodka / you can accept just about anything / of life even your own mysteriousness. Bravazo, ¿no? El vodka representa el impulso que te libera de tus miedos y te pone en paz contigo misma. Mira, me dijo. No sé si lo notaste. Se levantó el polo. No llevaba sostén. Debajo del seno izquierdo, en letras tan pequeñas que juntas parecían una línea, se leía vodka. Volvió a cubrirse. Me gustas, pero, por nuestro bien, no creo que debamos vernos más. Arruinaríamos lo que acaba de pasar. Me levanté de la mesa y caminé hacia ella. Quise besarla. Me detuvo sin tocarme. No, ya no. Pasó lo que tenía que pasar y punto. Tras terminar su desayuno, fue al cuarto y regresó con mi libro y un lapicero. Fírmamelo, please. Ponle algo bonito. No sabía qué ponerle. Me había jodido su actitud. Escribí: Para Mariana, con cariño. Leyó la dedicatoria y suspiró con resignación. Esperaba algo más. Daniel, tengo que hacer. No te molesta salir por tu cuenta, ¿verdad? Claro que me molestaba. Las cosas no podían terminar así. No hay problema, le dije. Caminé hacia la puerta. La puerta da al ascensor, no te preocupes, me dijo. El ascensor era un tubo de vidrio. En el descenso, vi las calles aledañas, un pedazo de parque, gente que paseaba a sus perros. No tenía idea de dónde carajo estaba. No se me había ocurrido preguntárselo a Mariana. El ascensor desembocó en el lobby del edificio. Detrás de un escritorio, un tipo de unos cincuenta años, calvo, y de lentes, leía un periódico. Arriesgándome a sonar estúpido, le pregunté dónde estaba. Salimos. Esta calle es José Gonzáles, me dijo. Caminas derechito y llegas a Larco. Te ubicas en Larco, ¿no? Sí, de ahí ya me ubicaba. Le di las gracias y seguí sus instrucciones.

Comemos sin hablar. Mamá está sentada al lado de la bebe. Le pone trozos de tilapia en la boca. La bebe sostiene la Tablet de Celso -siempre está viendo videos en YouTube-, y apura las papitas fritas de su plato. Hijita, dice mamá, no te comas solo las papas, pues. Le mete otro pedazo de tilapia. La papita que la bebe tiene en su manito tendrá que esperar su turno. Abuela, dice, masticando el trozo de tilapia, ¿ella es amiga de papá? Azul despega el trasero de la silla y se eleva ligeramente sobre la mesa. Le tiende una mano a la bebe. Me llamo Azul, bebé. Eres preciosa. ¿Cómo te llamas? La bebe dice su nombre. Tengo cuatro años, agrega. Fue inevitable que mis hermanos miren el par de tetas de Azul. Eres toda una señorita, dice Azul, y ya no me cabe duda de que su voz la ha delatado. No es la voz de una mujer. Cualquiera puede notarlo. Es un travesti. Mamá y mis hermanos no pueden soslayar ese detalle. ¿Eres amiga de mi papi?, pregunta mi hija. , dice Azul, tu papi y yo somos muy buenos amigos. La cagada; mi esposa siempre interroga a la bebe luego de sus fines de semana en casa de mi mamá: qué comió, a dónde fue, qué hizo. Dependiendo de las respuestas, mi esposa me lanza la consabida puteada: ¿Por qué le diste comida chatarra?, ¿por qué le diste la Tablet todo el fin de semana? Mi hija, sin ningún tipo de malicia, contará el episodio de Azul. Como rápido; Azul, con calma, sin apuro. Siento la incomodidad de mamá. Señora, dice Azul de pronto, estoy saliendo con su hijo desde hace unos días, ¿verdad, amor? Me pasa la pelota. Mamá intenta tomar la noticia con calma. Modera la expresión de su rostro y construye algo que se acerca a una sonrisa. Pero no dice nada. , murmuro yo. ¿Siempre han vivido en el Callao, señora? pregunta Azul. Mi hija termina de comer y, sin soltar la Tablet, corre hacia el cuarto de uno de mis hermanos. No, antes vivíamos en Los Olivos, dice mamá. Luego, calla. Nadie más se atreve a hablar. Yo vivo en San Juan de Lurigancho, dice Azul, mirándome, pero hablándoles a todos. Ahí tengo una peluquería. Voz de hombre y con peluquería: totalmente al descubierto, por si alguien lo dudaba. Celso le hace un gesto a mamá: ¿hay agua? No se atreve a hablar. Mamá se para: sí, hice maracuyá. Ahorita la traigo. Va a la cocina; Daniel, ven un momento, por favor, dice desde ahí. Voy. Daniel, qué tienes en la cabeza, qué te pasa. Le hago señas para que baje un poco la voz, pero es inútil; se va enardeciendo con cada palabra. ¿Desde cuándo eres maricón? ¿Cómo traes a una persona así a la casa? ¿Estás loco? Estás traumando a la bebe. Si tu esposa se entera, nos quita a la bebe para siempre. No me putea así desde la vez que le dije que sería papá. Llévate ahora mismo a…, no sabe cómo denominarla, a… a esa persona. Ahora mismo. No quiero verla. Te la llevas ahorita mismo. Para darme a entender que no está jugando, presiona el botón del intercomunicador que abre la puerta de la calle. Regreso a la sala sin saber qué hacer. Al llegar, la puerta que da al balcón acaba de cerrarse; Azul no está en la mesa. Dijo que la llamaras, dice Celso. Adónde chucha la voy a llamar si no tengo su número. Me apresuro a alcanzarla. Salgo al balcón. Azul acaba de cerrar la puerta de la calle. Corro al intercomunicador y abro la puerta. Cruzo la sala a toda prisa y bajo las escaleras saltando. Azul dobla la esquina de Pacífico. Corro. Azul se monta en un auto negro. No ha mirado hacia atrás. Sube y el auto, que apenas había detenido la marcha, arranca rápidamente. Es un auto deportivo, de esos que cuestan un culo de plata. Otra vez, Azul me deja lleno de preguntas.