jueves, 20 de octubre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 16 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

El rey le dijo a la joven:

“Pídeme lo que quieras, que te lo daré”.

Y le juró:

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella salió a preguntarle a su madre:

“¿Qué le pido?”.

La madre le contestó:

“La cabeza de Juan el Bautista”.

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:

“Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

 

Evangelio según San Marcos 6, 22-25

 

Le veo el bulto antes de que se vaya. ¡Qué bien llena esos pantalones! Cuando la tiene dura, que ocurre cuando predica, no puedo quitarle la mirada de encima. Una vez mi esposo se dio cuenta. O no sé. Seguro fue idea mía, porque nunca me dijo nada. Eso sí, cuando él no está cerca, le lanzo unas miradas llenas de deseo. Yo sé que el predicador no es tonto; sabe cuáles son mis intenciones. Sabe que lo quiero predicando en mi cama.

Pero ya basta de jueguitos, voy a tomar acción. Daré el golpe en la verbena de San Juditas. El predicador es uno de los invitados especiales de mi esposo. A ver si el santo me hace el milagro. A ver si para algo sirven los santos. A ver si me concede el deseo en el día de mi cumpleaños.

Con un par de cervezas, mi marido se apaga. No se emborracha, no pierde los papeles, no llora, no baila, no cacha, nada. Solo se apaga. ¡Plum! Chau. Hasta mañana. Cuando eso ocurra, será mi momento. Por fin, conquistaré tu bulto, predicador pingón.

***

No permitiremos que el gobierno nos ordene cuántos hijos tener. Eso va en contra de los principios de Dios, hermanos. El hombre y la mujer fueron creados libres para engendrar vida las veces que sean necesarias. Denunciemos este orden perverso que nos quieren imponer, hermanos. Salgamos a las calles a protestar. La pobreza de este país no se debe a la cantidad de hijos que traigamos al mundo, hermanos. No, definitivamente no.

La pobreza, los vicios y la podredumbre moral se deben a que nuestros hijos crecen en una sociedad torcida, alejada de Dios. Cuando nuestros hijos crecen desconociendo a Dios, el futuro se pudre. Es la falta de Dios en nuestra sociedad la que genera pobreza y perversión, hermanos. Así que no me vengan con el cuento de la sobrepoblación. Siempre recordemos que donde comen uno, comen dos y donde comen dos, comen tres, y donde comen tres, comen cincuenta millones de peruanos. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, la abundancia material y espiritual caerá sobre nosotros por su propio peso. Entiéndanlo bien. Levantémonos contra este gobierno castrador, hermanos. Levantémonos y encomendemos nuestras almas a Dios Nuestro Señor para que nos conceda la victoria en esta lucha contra el gobierno.

Justamente acá, a un ladito, me acompañan los siete, ocho, diez, trece hermanos que hoy tendré el honor de bautizar en la fe. Los bautizaré en nombre de Nuestro Señor para que, desde este momento, sean siervos fieles de la bondad, la disciplina, el respeto y el amor. Y, solo de esta manera, la pobreza y tantos otros males quedarán desterrados de sus vidas y, por ende, de las vidas de los que los rodean.

Que las parejas sigan unidas en Dios y se reproduzcan infinitamente. Si Dios vive en sus corazones, los hijos de sus hijos serán hombres de bien que generarán riqueza de modo natural, multiplicarán las monedas y no estarán contaminados por el capitalismo ocioso y desvergonzado.

Vengan por aquí, hermanos. Vengan, acomódense por aquí. Iré llamando a cada uno para bautizarlos tal cual Juan bautizó a Nuestro Señor.

***

Señora, ¿qué está haciendo? Esto es inadmisible. Por favor, le pido con todo respeto que se retire.

La mujer se había hincado en el suelo y descorrido el cierre del pantalón del hombre de fe. Con voracidad licántropa, había metido la mano en el agujero descubierto y se había apoderado de la bestia que aún dormía, gruesa y cabezona, abrigada por unos calzoncillos de algodón de primera calidad.

Esto no es correcto, señora. Su esposo… ¡Ah! ¡Uh!

El religioso descubre que la lengua de la mujer no trabaja nada mal. Lo hace muy bien. Decide disfrutar de esa lengua un ratito. Eso sí, sobre la frente de la mujer, pone una mano que finge oponer una fuerza de repulsión. Ella no debe dudar, en ningún momento, de que él no está de acuerdo con ese acto de oprobiosa concupiscencia. ¡Pasu, pero qué rico la chupa esta mujer! La chupa casi casi tan rico como la chupa mi Stéfano. Entonces, sus pensamientos los va ocupando Stéfano y la forma en que fricciona su piel con la suya, la manera en que lo besa con la lengua hasta que siente que la pinga se le va a reventar de lo dura que se pone. Ya está bueno, piensa. Este pene es de Stéfano y de nadie más.

Señora, esto no debió ocurrir, dice el santo, apartando, esta vez sí con determinación, la cabeza de la mujer, escondiendo al muñeco, subiéndose el cierre y alisándose el pantalón de fino lino. 

No me digas que no te ha gustado. He sentido cómo lo has disfrutado, Nazaret.

Por supuesto que no. Para nada. Todo esto ha sido un error. Espero no volver a verla más en mi vida. Y si tenemos que cruzarnos en lo que resta de esta jornada de caridad, por favor, espero que no me vuelva a dirigir la palabra. El pecado debe ser cortado de raíz. El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los abandona hallará misericordia. Proverbios veintiocho, trece. Ya sabe. Adiós.

***

Mi amor, tú sabes que todo este cuento de la actividad caritativa ha sido una simple fachada. Lo de fondo ha sido celebrar tu cumpleaños como se debe, y con plata de la Municipalidad, que para eso está esta vaina, para satisfacer y cumplir nuestros deseos. Dime, por favor, además de este diamante que cuelgo en tu hermoso y delicado cuello, qué otro regalo quieres. Yo te lo concedo. Sea lo que sea. Yo te lo cumplo, yo te lo compro. Lo que desees lo tendrás a tus pies. Dime, ¿cuál es tu deseo, mi amor?

La mujer finge meditar su respuesta. En realidad, la tiene preparada desde el instante mismo en que sufrió el mayor desaire de su vida. Afuera, los fuegos artificiales alardean su poderío y estruendo. Las luces multicolores de nitrático olor festejan decenas de años de vida de la municipalidad de Los Olivos.

Quiero la cabeza de Nazaret.

¿Qué? ¿Por qué? Nazaret es como mi hermano. Es un ángel en la Tierra. ¿O te refieres a otro Nazaret?

No, estoy hablando de tu gran amigo Nazaret.

¿Y por qué quieres su cabeza?

Porque, desde que lo conociste, me pretende. Me coquetea cuando te das la vuelta. En varias oportunidades, ha querido besarme. Ayer no ha sido la excepción. Ha querido abusar de mí. Me ha tocado, me ha besado y casi casi me ha metido su cosa. Yo no me dejé.

La mujer se deshace en sollozos. El pecho le detona en palpitantes convulsiones. Su pulso es agitado; su respirar, dificultoso. Recuerda todas las vejaciones y humillaciones de Nazaret.

Amor mío, discúlpame, pero no creo que Nazaret sea capaz de todo lo que dices.

Con los ojos trastornados de indignación, la mujer vomita tremendo vitriolo: que cómo vas a desconfiar de la mujer que te adora, que te la chupa, que se te entrega toda. No me mereces. No mereces todas mis atenciones.

Basta, mi amor. Discúlpame. Olvida lo que dije. Para mañana en la noche, a más tardar, tendrás la cabeza de ese desgraciado ante ti, besándote los pies.

***

Tú serás el salvador de este país.

Los besos caen y demoran, reptan. Las pieles se recorren, se reconocen, se mezclan. Al muchacho le gusta sentir la barba rasposa de su mentor.

Está clarísimo: has nacido con el don del líder. Nunca te desperdicies.

El muchacho se desliza por entre las sábanas y con sensual salvajismo se apodera del tremendo garrote que tiene el hombre entre las piernas. Este comienza a delirar. Ya no concurren pensamientos en su cabeza. La locura misma lo invade y se retuerce debajo de las sábanas. No pone las manos en la cabeza del muchacho porque sabe que eso le disgusta. Eso es de cabros, le dijo una vez. Así que lo deja hacer y no interfiere con el desarrollo del trabajo bucal del muchacho. Solo lo disfruta.

Luego de una hora, ya descansados, bebiendo algo de vino, el hombre le dice: Tú debes ser mi guía, no yo el tuyo. Estoy seguro de que te esperan cosas grandes.

***

¿Qué es eso, amor?, dice la mujer. Le intriga la elegante caja puesta sobre el piso, al lado del lecho marital.

Es un presente, mi amor.

¿Puedo abrirlo?

Por supuesto, mi amor. Solo lamento haberme tardado un par de días en presentártelo.

¿Un par de días? No me digas que es lo que creo que es.

Se miran. Se entienden.

¿Adentro está la cabeza de ese miserable?, dice ella, un tanto incrédula.

Compruébalo por ti misma, amor. No te preocupes que no te mancharás con sangre o algo así. Mandé que escurrieran bien esa cabeza y le den una buena limpiada. Hasta perfume tiene. No te iba a presentar un pedazo de carne putrefacta. 

La mujer se acerca a la caja. Una tarjeta acorazonada dice: A mi reina, lo que pida.

Ábrela, mi amor. Sin miedo. Además, apenas la veas, llamo a Johnny para que la bote a la basura y se la coman las ratas.

Las uñas largas y coloridas de la mujer se desprenden de la tarjeta y en su rostro se van alternando gestos de difícil interpretación.

Vamos, amor; sin miedo.

Tras un momento, por fin, dice: No, amor. No quiero arruinar mi día con una imagen tan desagradable. Sé que la cabeza de ese desgraciado está ahí adentro. Te creo. Sé que eres capaz de hacer lo que yo te pida, mi amor. Llama a Johnny y que se asegure que las ratas se la coman toda. Que le echen mayonesa y kétchup. Las ratas adoran esas cremas.

***

No sabemos quién lo hizo.

¿Lo dejaron tirado así? ¿Sin más?

Sí. Así lo encontramos. Pero, dime, sí o no que esto lo han planeado. Alguien que te quiere robar, te mata y listo; no se da el trabajo de cortarte la cabeza. Para mí que ha sido el gobierno. Hace rato lo tenía en la mira. El maestro era uno de los más grandes obstáculos para su objetivo de eliminar todos los cultos religiosos del país. Así que lo mandaron matar a oscuras, como matan los criminales, por la espalda y en la oscuridad.

Hay un silencio inflamado por los pensamientos que surgen de la contemplación rabiosa del cuerpo desnudo, sangrante y decapitado.

¿Vamos a hacer algo?

Las lágrimas del muchacho se unen al silencio en su rodar. El llanto es quedo, de macho, del discípulo que ve en el cuerpo de maestro la respuesta definitiva a la pregunta.

Ya veremos. Ya veremos.

viernes, 26 de agosto de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 15 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

 

Franz Kafka – La metamorfosis

 

Luz roja. Detengo la moto. 60, 59, 58…

Una señora, parada sobre la acera próxima a mi ubicación, teclea en su celular. Al siguiente segundo, nota mi presencia y se sobresalta, esconde el aparato dentro de su bolso y lo aferra contra su cuerpo. Clásico: el cholo siempre es un delincuente. Si va en moto, de todas maneras, es ratero, y muy peligroso.

Vieja cojuda, pienso.

De soslayo, la veo dando pasos disimulados y cortos en dirección opuesta a la mía. Quiere escapar de mi radio de acción, del área dentro de la cual podría yo, con un simple y rápido movimiento del brazo, arrebatarle el bolso con celular, joyas y dineros incluidos.

Lo logra. Se ha alejado un par de metros. Ya no puedo verla con el rabillo del ojo, aunque sí por el espejo retrovisor. Le veo algo del perfil del rostro. Se le nota distendido. De tremendo ratero me he salvado, habrá pensado. Eso soy. Soy un ratero; de ninguna manera el joven de excelentes notas universitarias que en los pocos ratos libres de que dispone, como este, va en moto hacia las casas de otros jóvenes, también universitarios, que necesitan recibir clases de Química, Física o Cálculo para no ser reprobados y que, a cambio de dichas lecciones, es recompensado con un dinero que, puntillosamente ahorrado, emplea para pagarse la universidad.

Soy un raquetero porque a la señorona le parezco uno. Quizá nunca más se acuerde de mí luego de que la luz roja, 34, 33, 32…, cambie a verde; pero cuando lo haga, si es que lo hace, será cuando diga ante sus amigas: Ay, sí, las calles están peligrosas, cada día hay más rateros en moto. Te cuento, la vez pasada me salvé de que uno se fuera con mi celular, a Dios gracias que lo vi antes de que me robara, no solo el celular, también la cartera.

Vieja de mierda.

29, 28, 27…

Me siento un ratero; esa mirada cargada de desprecio con la que me vistió esa señora me ha metido en personaje.

20, 19, 18…

Desciendo de la moto. Con el pie, le bajo la pata de apoyo. Aún encendida, ronca silente sobre la pista. Camino hacia la señora quien, sin darse cuenta de mi accionar, ha vuelto a hablar por teléfono, totalmente imbuida en su papel de vieja cojuda. El grifero de la esquina se ha dado cuenta de mis intenciones. Alcanza a gritar: ¡Señora, cuidado! Tal exclamación atiza mi furia, la exacerba, me mete mucho más en mi papel de choro. Ese grito me ha puesto en la piel de todos los discriminados del mundo. Con todo el furor justiciero acopiado en mí, le arrancho el celular a la vieja, regreso a la moto y, justo en el momento en que la luz se hace verde, arranco.

***

Puedo sentir sangre nueva recorriendo mis venas; un líquido caliente que me quema las manos, la cara. Acelero a setenta kilómetros por hora. Si muero, este es el momento perfecto, pienso. Pero no muero. Ningún auto se cruza en mi camino. Varias cuadras más allá, con franca sonrisa reivindicativa en el alma, arrojo el celular hacia solo Dios sabe dónde.

***

Vieja de mierda; si pensabas que era un choro; ahí está; lo soy.  Ahora, pues, cuenta con ganas cómo te robé. Cuéntales a los tombos, a tus hijos, a tus amigas turulecas, al perdedor de tu marido que te es infiel con chibolas que alquila a cien soles la hora.

***

Al día siguiente, recibo una llamada. Es Claudia. ¿Qué pasó?, le contesto medio adormilado aún. Son las siete de la mañana. Hoy no tengo que ir a la universidad, pero al mediodía debo enseñarle Cálculo a un tipo en Miraflores. ¿Anoche le robaste el celular a una señora?

¿Qué? ¿Cómo se enteró? Yo ya me había olvidado del asunto, hecho que tomé como un pequeño gesto reivindicativo, y hasta juguetón, en nombre de tanto serrano discriminado en la historia del Perú.

La policía está buscando la placa de tu moto: 4872-HA. Es la tuya, ¿no?

Entonces, empezaron a chancar la puerta de mi departamento. ¡Abran, carajo! ¡Toda la casa está rodeada!

Termino la llamada, salto de la cama y empiezo a vivir.

lunes, 8 de agosto de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 14 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

It is a waste of time to be angry about my disability. One has to get on with life and I haven’t done badly. People won’t have time for you if you are always angry or complaining.

 

Stephen Hawking – En una entrevista

 

El primer cague fue difícil; por poco y me hundo en el wáter. Me había quedado solo, sin la ayuda de Clotilde, mi enfermera. El accidente no solo me arrancó las piernas; también se devoró mis ahorros. 

Desde hacía algunos años, los libros se habían convertido en los objetos más solicitados del país. Las librerías se habían transformado en negocios muy rentables y, en ese contexto, mis novelas se vendieron con frenesí. Llegué a ser un autor bastante reconocido. Se me consideró entre lo mejorcito del último quinquenio.

Sin embargo, luego del accidente que me arrebató las piernas, mis intereses literarios se desvanecieron. Quería morirme. Después de unos meses de entender que la vida continuaba, alineé mis energías en torno a mi adorada y respetada antigua actividad: la literatura. Fue tremendamente duro volver a parir un texto, producir líneas que sobrecojan, que estimulen. No fue fácil acostumbrarse a la idea de haberse quedado sin piernas.

Porfié y porfié hasta recuperar el enhebrado romántico característico de las historias que me habían forjado un lugar preponderante en los escaparates librescos del país. Así, tras un hercúleo esfuerzo, publiqué “Esto no es amor”. Poquísima gente compró el libro. La novela fue incapaz de soliviantar a las plumas de los críticos y hombres de prensa. Ni lo blogueros, youtuberos o tiktokeros la comentaron.

La gente, me dijo el editor, el tipo que apostó por mis novelas desde el inicio, gracias a cuyas ganancias se había comprado dos casas, quiere que hables de tu accidente. La gente es enferma; quiere saber cómo haces para ir al baño, si te hundes en el wáter o no. ¿Te llega hasta el suelo la pichula cuando estás “parado”? Ese tipo de detalles son los que causarían furor en los lectores. Todo lo que se vende por estos días trata del “yo”, del “yo” y sus miserias. Mientras más cagada esté tu vida, más lectoría te asegurarás. Son las nuevas reglas del juego. Ya nadie quiere leer historias cursis. Lo que está de moda es refocilarse en las desgracias del otro.

Pero no podría…, me defendí, sin ninguna convicción.

¿Quieres plata? ¿Quieres recuperar lo que el accidente te quitó? Escribe sobre ti, sobre tu nuevo yo. ¿Cómo es vivir sin piernas luego de que lo tuviste todo? La gente ama las historias de los infelices; los hace sentirse mejores, incluso si en la realidad son unos fracasados comprobados. ¡Vamos! Ponte a trabajar. Tú eres el único que conoce minuciosamente el basural en que se ha convertido tu vida. ¡Vamos! Toma un lápiz y un papel y a escribir. El talento lo tienes. Confía en ti mismo. Tente fe.   

Apesadumbradamente convencido, me puse a trabajar. Mi obra sería el marcial reflejo de las vicisitudes diarias de un hombre sin piernas: el ir al baño, desplazarse por la ciudad, conseguir una erección cuando desfilan ante tus ojos unas caderas impresionantes. Fue así como, tras infinitas y esforzadas gotas de sudor, derribando el férreo corsette de mi pudor, entregué “Las miserias de un hombre sin piernas”.

“Las miserias…” fue mi segunda derrota. Mi editor, que no estaba dispuesto a perder más dinero, me abandonó: dio por concluido nuestro contrato. Entonces, mis ahorros iniciaron un vertiginoso viaje cuesta abajo. Me deprimí como no lo había estado cuando perdí las piernas. Era cierto eso de que uno nunca toca fondo del todo: siempre se puede estar peor. 

A partir de mañana, haremos dieta, me dije. Tenía que ajustarme las tripas si quería alargar los pocos soles que aún se aferraban a mis faltriqueras.

Urgía hacer algo más. Debía buscar un trabajo. El problema era que todos los oficios prácticos me eran desconocidos. Únicamente la escritura me era familiar. Aunque luego de mis dos fracasos, ya no estaba tan seguro de ser un buen escritor. Era un bueno para nada.  

¿Qué podía hacer un cojo como yo para ganarse la vida?

¿Cojo? Estrictamente hablando, no soy cojo. A quien ha perdido las dos piernas no se le puede llamar cojo. Cojo es aquel que ha perdido una sola pierna o tiene una más corta que la otra. Yo no tengo piernas. No hay calificativos para personas como yo. ¿Mocho? No, mocho es el que tiene alguna extremidad trunca, generalmente el brazo. ¿Qué soy yo? Hay un apelativo cruel para gente como yo: culebra, porque no tenemos patas.

Cierto día, montado sobre la silla de ruedas, fui al centro comercial. No entré en ninguna tienda. No tenía dinero para comprar nada. Tampoco quería hacerlo. Solo permanecí en el patio del lugar, despejando la mente, dejando de pensar en mi futuro, observando a la gente, al cielo, a los pocos árboles que emergían enclenques por sobre el grueso manto de cemento, como trasnochados sobrevivientes. Aquí, me ocurrieron dos cosas.

Primero, escuché la conversación de un par de jóvenes lectores. Uno de ellos tiró a la basura el libro que dijo que había empezado a leer hacía unas horas. Era la historia de un sordo. ¿A mí qué me importa lo que le pase a un sordo?, dijo al tirarlo al tacho. Luego, se alejaron, y la conversación, que se hacía tenue, moró en el tema de la novela que leía su compañero. Imaginé que la misma suerte hubiera corrido mi última novela de haber caído en las manos de ese lector. ¿A mí que me importa cómo caga un huevón sin piernas?, hubiera dicho al lanzarla por los aires.

Esto me confirmó que la autoficción, sobre todo la que narra las miserias de un autor minusválido y patético, ya no asombraba ni espantaba a nadie. Esta epifanía fue dura, pero reveladora. 

Entonces, ocurrió la segunda cosa: Stéfano Pajoy.

***

Stéfano Pajoy tiene veinte años y no va a leer un solo libro. Vive al margen de la ley. Se ha escapado de que lo fusilen y el gobierno elimine así a otro analfabeto funcional más. Esta condición de renegado lo ha obligado a dedicarse a negocios extraoficiales. Es sicario. Y cobra caro. Él dice que eso está plenamente justificado por la limpieza y eficiencia de sus trabajos.

¿Cómo supe todo eso? Porque se lo pregunté. Me acerqué y le pregunté a qué se dedicaba para ganarse la vida. Me le acerqué porque su rostro adusto -la nariz entre afilada y ganchuda, el mentón enérgico- me recordó al de mi papá cuando joven. No conocí a mis viejos. Y cuando te pasa lo que a mí, y conservas algunas de sus fotos, llegas a asumirlas como si ellas fuesen tus mismísimos padres; entonces, les hablas, les pides consejos, les rindes cuentas.

Mato gente, me dijo. ¿Me conoces de algún lado? ¿Te mato a alguien?

Mejor te invito un café, le dije.

¿Café?

¿Cerveza, entonces?

Bueno.

Tomamos cerca de dos horas. No tengo piernas, pero sí buena cabeza para el trago. Stéfano también. Es más, podría decir que, dentro de nuestra ecuanimidad, yo andaba algo más picado que él. Este parecía como si no hubiese probado una sola gota de alcohol. El asesino tiene que estar atento hasta cuando duerme, mucho más cuando se está divirtiendo.

Entonces, ¿a quién voy a matarte? Cobro caro, pero soy efectivo.

Le dije que no se apure, que ya llegaríamos a ese punto.

No puedo perder más mi tiempo. Si no me dices nada ahorita, me voy. Gracias por las cervezas.

No, no te vayas. Si te quedas una hora más, te prometo que te cuento mi proyecto.

No me interesa. Gracias.

No vas a matar a una sola persona. Vas a matar a diez. Te voy a pagar por matar a diez. Cueste lo que me cueste.

No sé cómo me atreví a proponerle eso. No contaba con mucho dinero. A las justas tenía el suficiente para subsistir unos seis meses más. Definitivamente, le tuve mucha confianza al proyecto literario que se me ocurrió en el transcurso de nuestra conversación. Estaba consciente de que, si no le pagaba, me mataría. Recuerdo que, durante la plática, me comentó que le molestaba tremendamente deshacerse de aquellos que incumplían el acuerdo de palabra (en el negocio del sicariato, no hay facturas ni contratos escritos que hagan valedero el pacto), ya que tenía que liquidarlos tomando las mismas precauciones que adoptaba cuando ejecutaba un trabajo bien pagado. Me ha pasado pocas veces. Pero con el correr del tiempo, he aprendido a reconocer a los estafadores. Por eso, no creo que tú me vayas a pagar tanto. Adiós.

Te doy mi palabra y un adelanto por el primer muerto. ¿Qué te parece?

¿Seguro? Mira que, si no cumples tu palabra, el muerto serás tú.

Totalmente seguro. Terminamos esta cerveza y te llevo a mi casa. Ahí te pago por el primer muerto.

Está bien.

***

Los periódicos no se ahorraron detalles. Sus páginas goteaban sangre. El crimen había sido laureado como obra de arte por los cultores del perfeccionismo. El asesino, afirmaban los cronistas, había ejecutado al escritor con una limpieza impresionante. No había huella o rastro que lo delatara. Por algún motivo, al escritor se le habían extirpado dos incisivos. ¿Sería una marca de la obra del asesino? ¿Quería ser descubierto el criminal? Se elucubraron toda clase de hipótesis. Hacía tiempo que no sucedían asesinatos en el país, excepto los ordenados por el gobierno para eliminar a los analfabetos funcionales.

***

Al cabo de dos meses del limpio asesinato del escritor Yack Mamani, cuya estela narrativa había impactado no solo en el país sino también en Norteamérica y Europa, se publicó la novela “YM”, que relataba la muerte de Yack Mamani. Los datos eran de una verdad escalofriante. Solo el asesino podía haber escrito ese libro. Los mil ejemplares iniciales se vendieron en la primera semana de su lanzamiento. Se tiraron nuevas ediciones, que fueron consumidas como caramelos por una bandada de niños famélicos.

La crudeza y precisión de los detalles vertidos en la novela colocaron al editor en el centro de las investigaciones. Al parecer, el autor, que firmaba como M. Lenoir, era un fantasma. No existía registro alguno de esa persona. El editor era el único que podía conocerlo.

***

Luego de que se halló el cuerpo sin pene y sin los dos incisivos centrales del tremebundo y fantástico escritor Yohn Pooll, se publicó, a los pocos meses, “Salida de emergencia”, novela del mismísimo M. Lenoir, en donde se describía pormenorizadamente el asesinato de Yohn Pooll. Incluso, en el capítulo seis, se indicaba el lugar en el que el lector podía hallar el pene y los dientes de la víctima. 

Las autoridades le encajaron un ultimátum al editor del libro: si no revelaba a quién le giraba el dinero de las exorbitantes ventas de la novela -se suponía que el recipiente era el asesino-, su cabeza rodaría por los suelos.

El editor no se dio por aludido y, en dos días, un pelotón de fusilamiento irrumpió en las instalaciones de su empresa editora, cita en avenida Benavides cuadra cincuenta y dos, Surco. Sin mediar saludo alguno, ni bien detectaron al editor, le descargaron letales ráfagas de proyectiles. El Gobierno no era tonto: el editor tenía que saber quién era el autor de las novelas. Entonces, resultaba siendo cómplice de los asesinatos. La muerte fue su castigo. Sin embargo, aún pervivía el misterio: ¿quién era el autor de esas novelas? ¿Quién era el asesino?

Muerto el editor, las ventas explotaron todavía más. Mediante un canal bancario de depósito automático, el poseedor de la cuenta -presumiblemente el autor- seguía haciéndose rico. El gobierno decidió adoptar otra medida: amenazar directamente al dueño del banco. Pero el banco era un banco suizo, entonces, el nombre del dueño de la cuenta era inviolable. Los investigadores gubernamentales tendrían que buscar por otro lado, jalar otros hilos, atar otros cabos.

***

No se hallaba al culpable (o a los culpables) de las muertes de los diez escritores peruanos más importantes de la última década. Todos los cuerpos estaban desmuelados (excepto por uno que quedó sin pene): A uno le habían quitado dos dientes, a otro tres, a otro solo uno, y así. La policía estaba segura de que los dientes perdidos representaban alguna simbología para el asesino. Los investigadores oficiales se rompían la cabeza tratando de hallar un patrón entre la cantidad y las posiciones de los dientes extraídos. Mientras tanto, la saga novelística que daba cuenta exacta de los asesinatos continuaba publicándose en diversas editoriales. El gobierno se dio cuenta de que perseguir a los editores no conduciría a la captura del asesino. Admitió, eso sí, haberse equivocado al eliminar al primer editor. Esto generó caos en el país. Se había matado a un inocente. Se busca siempre la justicia, pero sin cometer injusticias en el intento.

La gente había leído lo suficiente. Había adquirido un juicio más maduro. No podía tolerar la dictadura imperante, por más que ella hubiese sido la causa de su renovado espíritu crítico. El gobierno había liquidado a un inocente y eso descalificaba por completo al presidente transexual.

La penúltima novela de la saga añadía un epílogo en el cual el narrador o el autor de los crímenes -ya a estas alturas no se les diferenciaba- perfilaba la muerte del presidente transexual. La última entrega de la novela tendría como tema central la desaparición del régimen a causa del anunciado magnicidio. El país entero fue sumido en una vorágine de especulaciones. ¿Podrían matar a la presidente?

***

Yo me retiro. Ese trabajo no estaba pactado en nuestro trato inicial.

Bueno, pues, te renuevo el trato. Ya hemos anunciado ese trabajo para la próxima novela. El público está a la expectativa. La plata que vas a cobrar te va a permitir vivir sin preocuparte más por el dinero.

Con lo hecho hasta ahora, tengo para vivir tranquilo sin volver a matar a nadie.

No hagas que te amenace. No te conviene. Sabes que si lo hago pierdes en grande.

No me importa. Haz lo que quieras. Con la plata que he ganado puedo perderme en cualquier parte del mundo. Descansar. Así que haz lo que te parezca. Yo me voy. El joven dio media vuelta y empezó a alejarse.

Está bien. Respeto tu decisión. Me saludas a Claudia. Adiós, alcanzó a gritarle el hombre.

Como si la mención del nombre de esa mujer le hubiera significado un machetazo en plena frente, el joven se volvió y gritó: Espera.

El hombre giró lentamente sobre sus ruedas y, ya de cara al joven, lentamente, delectando cada sílaba, dijo: Entonces, ¿cuento contigo?

***

El país entero amaneció con una noticia que lo remeció: La presidente del país acababa de ser asesinada.

Al mes de lo que parecía ser el magnicidio perfecto, apareció el último tomo de la saga del escritor desconocido -ese que firmaba como M. Lenoir-, en donde se narraba con precisión la espeluznante muerte de la presidente. Entonces, las ventas enloquecieron como nunca se había visto, y a la cabeza del autor se le puso un precio que también quebró marcas históricas.

lunes, 28 de marzo de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 13 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

Mi libro se llamó “La línea en medio del cielo” porque asumí que el cielo es la literatura peruana y la línea es mi novela. Yo pensaba que esa novela sería la obra maestra que transformaría toda la literatura de este país.

 

Francisco Ángeles – En la presentación de su novela “Plagio”

 

Yo, en esta vida, necesito que me den la razón. A mí la gente que me lleva la contraria me cae muy mal. Que me den la razón siempre en todo. A mí la controversia no me gusta.

 

Francisco Umbral – En una entrevista con Lola Flores

 

Yack Mamani está presentando su segunda novela, un librito de ciento veinte páginas, en la feria del libro de Lima.

El presentador, un tipo calvo, delgado, de anteojos redondos, amanerado como la mayoría de los escritores -como Yack, sin ir muy lejos- invita a Yohn Pooll Cutipa, también escritor, a brindar la respectiva crítica de la novela de Yack.

Yack y Yohn Pooll llevan lentes, hablan delicadito, y sus cuellos chatos y cortos, característicos de su raza chola, están envueltos por unas bufandas que ellos han visto que usan escritores de otras latitudes; americanos, por ejemplo. A ellos les queda regia la bufanda, piensan; estoy seguro de que a mí también, creen.

Yohn Pooll, Yack y el presentador, que se llama Jaime del Junco, dirige una revista cultural y es director de la editorial Planeta en el Perú, están parados enfrente del auditorio que ha venido a ver lo que ya se ha convertido en un evento muy popular en la ciudad, en el país entero.

Quiero agradecerle a Yack por la invitación y a Planeta también por permitirme estar aquí con ustedes, empieza Yohn Pooll, quien todavía no ha publicado con Planeta, pero que luego de este acto siente que esa transnacional se fijará en él o, al menos, lo tendrá en el radar para la publicación de su cuarta novela. Cuatro novelas en un año es una marca que supera lo que se viene escribiendo en el país, donde lo que ahora proliferan son los escritores, debido al vertiginoso aumento de la lectura. Si lees, tarde o temprano querrás escribir, ha declarado Yohn Pooll en alguna entrevista.

La novela de Yack, “Constipación”, es brillante, dice Yohn Pooll, ya entrando en materia. Yack baja el cierre de la bragueta de su pantalón, mete la mano en el agujero y extrae un pene encogido, marroncito, nada provocador ni prometedor. Yohn Pooll se hinca al lado de Yack, le toma el miembro y continúa con sus apreciaciones.

Dentro de la novela, lo artificial es un tema transversal, ya que los personajes de Yack están en contra de toda tecnología. Me parece que él tiene una habilidad sui géneris para abordar con prontitud al lector, ya que en cinco páginas te desarrolla la novela y te compromete con su lectura. Creo que esto es el resultado de un lenguaje supremamente cuidado, de un estilo preciso, que va directo al grano. A Yack nunca le sobran las palabras. Su prosa es muy funcional, y a la vez rítmica, es muy… norteamericana, casi faulkneriana.

Yack ha escuchado esto y se ha sentido en las nubes. Ya es gringo, al menos desde el punto de vista de su prosa. Yohn Pooll vuelve a apoderarse del sexo de Yack y le lustra la cabeza. Cuando dijo lo de que su prosa era muy norteamericana, casi faulkneriana, el glande de Yack le golpeó en la úvula. Por poco vomita delante del auditorio; lo que hubiera sido una escena bochornosa. Uno tiene que dominar el arte de lactar en este oficio. Yohn Pooll tiene más comentarios sobre la novela de Yack. Está seguro de que ahora le provocará la eyaculación cataclísmica. 

Su prosa es minimalista. A mí, personalmente, me gusta mucho. Me fascina. Su lenguaje siempre está repleto de símbolos, de guiños culteranos desperdigados por aquí y por acullá. Creo que las propuestas de Yack parten de premisas que son asaz interesantes, lo cual lo convierte en un intelectual de primerísimo orden, alguien a quien tenemos que seguir de todas maneras.

Yack disfruta de las palabras de Yohn, pero no son lo suficientemente cautivadoras como para que se le suelte todo el cuáquer. Yohn sabe que no logrará que el homenajeado se venga. Tiene que replantear su táctica. Decide cederle la palabra a Yack; que él mismo se vaya haciendo una paja, que se caliente por sí solo. Luego, cuando lo vea a una nada del éxtasis, se reapropiará del acto y lo hará venirse con unas loas mucho más certeras.  

Para finalizar mi intervención, querido Yack, quería preguntarte: ¿Cómo ha cambiado tu forma de narrar desde tu primera novela?

Yohn le alcanza el micrófono a Yack.

Sí, mi primera novela, “Bajo el sol”, adoleció de la retórica juvenil que se apodera de nosotros cuando, con ilusión, queremos ver plasmadas nuestras letras y nuestros nombres en las principales librerías del país. Con el tiempo, evolucioné. Ahora, disfruto de las historias que son directas, que van al grano, como dijiste. No me gustan los libros que malgastan hojas de hojas describiendo espacios y lugares. Soy un lector con muy poca paciencia. Si la primera página no me atrapa, difícilmente termino el libro. Por eso, yo en las primeras hojas lo cuento todo. A diferencia de “Bajo el sol”, en esta nueva entrega, me he expandido un poco para darle más fluidez a la narración. Apunto a cambiar la perspectiva del lector.

Yack le devuelve el micrófono a Yohn Pooll que ya está listo para decir sus palabras finales. Ahora sí te provocaré una eyaculación feroz, piensa Yohn. Pero Jaime, que quiere ser el causante de la descarga final y atronadora de Yack, se apodera del micrófono y dice que él cerrará el evento. Yohn, que no quiere arruinar un promisorio futuro con Planeta, se deja arrebatar el micrófono. Jaime, entonces, se arrodilla al lado de Yack, le toma el miembro y empieza a hablar.

Me siento en la satisfactoria obligación de hacerle un brevísimo homenaje a Yack Mamani, que aparte de su grandeza de escritor, de autor de obras personalísimas, tiene una importancia capital en el desarrollo de la literatura en lengua castellana. Creo que Yack Mamani está encontrando para todos nosotros las fórmulas secretas de la composición en castellano. Considero que descubrió otra vez el sistema vertebral de nuestra lengua, sus articulaciones más auténticas. Yo creo que, bajo el patrocinio de Francisco de Quevedo, Yack despojó a la lengua castellana de toda vana palabrería, ya que venía recargada de demasiada fronda verbal desde el siglo dieciocho, sobre todo, desde el diecinueve. Y Yack halló otra vez el sistema escueto, el esquema del árbol radical. Y, naturalmente, el lector puede hallar todos los rizos de la guirnalda y todos los desarrollos de las hojas y de las flores a base de ese esquema fundamental redescubierto por Yack. Hemingway ha encontrado en Yack un digno sucesor, a un…

Pero Jaime ya no puede continuar porque Yack se acaba de venir con todo. Jaime se apresura en tragar toda la leche que sale a trompicones del ojo del glande de Yack. Yohn se lanza al piso para arrebatarle a Jaime unas cuantas gotas de esa leche que mana sin control, porque está convencido de que sus palabras también contribuyeron a la detonación de ese clímax intelectual.

***

¿Ha sido este el clímax supremo que he experimentado en mi fulgurante carrera de escritor?, se pregunta Yack Mamani. Puede que sí. Aunque también esta esa vez, hace dos semanas apenas, en que me vine sobre el escritorio de Rafael Sepúlveda, crítico literario que conduce “Jardín de libros”, en el canal 5.  

Esa no fue una mamada; fue un pajazo literario. Yack recuerda el soliloquio que Sepúlveda le permitió desembuchar en su espacio televisivo. 

Ahí se ve otra vez, auxiliado por su brillante memoria de novelista, sentado en el escritorio del set de televisión, la mano en la verga, masturbándose acompasadamente, yendo de menos a más:

Mis párrafos tienen reminiscencias hopperianas (¡Uy, qué rico! Acabo de aludir a Edward Hopper, pintor norteamericano de culto. Me excita establecer relaciones entre mi obra y la de tipos que se desenvolvieron en otros ámbitos del arte, como la pintura o la arquitectura. Me he sentido cultísimo diciendo ho-ppe-ria-nas. Ya se me va lubricando la cabecita de la pinga). Narran situaciones arrebatadas en las que unos chicos van en busca de la noche. El personaje principal no cuenta, sino que es contado. Y, además, no tiene nombre.  A diferencia de “Bajo el sol”, en donde el narrador quiere decir su mundo, quiere tocarlo, en “Constipación”, el personaje no quiere tener contacto con el mundo y está siendo obligado a tocarlo. En ese sentido, está expuesto a los peligros de la noche porque es un migrante peruano en Estados Unidos. Hay, entonces, un sentido más fuerte de la observación, como el de una cámara eisensteiniana (el líquido preseminal, que me sale a borbotones, se me va chorreando por los dedos. Qué tal referencia al cine ruso, carajo, qué tal conexión con un director cuyas películas me han causado sueño más que emoción, pero he lucido culto al decirla y eso es lo que importa) que merodea en cada habitáculo que el personaje va descubriendo.

Los paisajes de mi novela son develados balzacianamente (¡Balzac, carajo! He metido a Balzac. Ya se va formando la espumita alrededor de la cabecita de mi pinga), como haciendo paneos a lo Truman Capote (¡Ay, carajo! Dos en uno: Balzac y Capote en una sola oración. Estoy con la mecha prendida. I’m on fire. Ya la voy a dar). En “Constipación”, el ambiente está primero. Son evidentes esas líneas de claroscuro que podrían hacernos pensar que la descripción es demasiado simple, casi como que las luces y las sombras son más importantes incluso que el espacio y los personajes (¡Ay! ¡Qué bello me salió esto! Seguro que nadie me ha entendido, porque ni yo sé lo que acabo de decir, pero todo sonó tan culto, tan filosófico, y el entrevistador me mira como diciendo qué genio eres, y ya no puedo más, ya la estoy dando, ya estoy eyaculando sobre tu escritorio, conchatumadre).

No, ni siquiera el pajazo de esa entrevista fue tan genial como la mamada que me acaba de regalar el buen Jaime, piensa Yack, muy satisfecho de la vida, muy bien pagado de su carrera de escritor.

jueves, 27 de enero de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 12 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

El indio es, en el Perú, el elemento étnico constitutivo de la entidad nacional, es la materia prima de nuestra organización social.

 

Clemente Palma – El porvenir de las razas en el Perú

 

Entonces, ¿se casaría usted con un cholo?

Por supuesto, responde ella, sin pizca de duda. Solo que en el amor no se manda y no tengo pretendientes de esa raza.

Pero tengo aquí conmigo una copia de sus conversaciones con un tal Silvio, un cholo por donde se le mire, y es evidente que él la pretende.

No, imposible; el círculo en el que me muevo es de gente blanca.

Pero usted se luce con cholos, los abraza y los besa.

Es una de las muchas cosas que hago. La fundación que dirijo para sacar de la pobreza a los cholos es mi trabajo; es una de las tantas actividades a las que me dedico con pasión.

¿O sea que esos besos y abrazos son interesados?

Bueno, si no lo hago no podría llegar a más cholos. Esos besos y abrazos me permiten conseguir auspicios del extranjero; usted sabe, donaciones importantes que me permitan llevar cultura y prosperidad económica a los cholos de este país. 

A ver, muy bien; voy a entrar por otro lado: ¿Cuánto tiempo ha estado usted ayudando a los cholos?

Llevo algo de cinco años apoyándolos. Y continuaré ayudándoles sin fines de lucro para la organización que dirijo, a pesar de que cada día hay menos cholos pobres, gracias a las excelentes políticas de la presidenta, por supuesto.

Muy bien; lleva usted cinco años ayudando a los cholos, según acaba de decir. Entonces, le pregunto, ¿por qué en ese tiempo considerable no ha hecho usted un solo amigo cholo siquiera?

No sé. Supongo que porque los veo como parte de mi trabajo. Y yo no mezclo el trabajo con la asuntos privados.

¿Qué me dice, entonces, del pretendiente cholo que figura en sus conversaciones transcriptas?

No lo conozco.

Pero figura en…

Sí, pero no lo conozco. Ese cholo se ha conseguido mi número no sé cómo y desde hace un tiempo me acosa. Me acosa; que quede claro. Seguro usted ha podido ver que me ha enviado fotos de su… Me da asco mencionarlo. De solo imaginarme una cosa marrón y deforme, me dan ganas de vomitar. Usted puede verificar que cuando le he respondido a ese cholo, lo he hecho para reprocharle su conducta. Así que no me venga con cosas. Me voy. No tengo por qué estar respondiendo sus preguntas insolentes. He sido lo bastante amable como para haber llegado a este punto, pero mi paciencia llegó a su tope.

Los dos hombres que acompañan al investigador abren sus sacos y dejan ver las armas que ocultaban.

No se vaya, señorita Raffo; todavía no hemos concluido. Aún no le he confiado el encargo que la presidenta ha dispuesto para usted.

***

¿Listas las cámaras de la iglesia, carajo?

Sí, jefe, están listas. No reniegue.

¡Ya, pues; que empiecen a rodar! ¡Nos vamos a perder el “sí”!

Transcurren un par de segundos de angustiosa espera.

¡Carajo, las cámaras! ¡Me van a cortar los huevos si no pasamos esa parte de la ceremonia!

Ahí está, jefe. Ya está. Tranquilo.

Las pantallas del estudio registran ahora todos los planos posibles de los novios. El velo de la novia trasluce las características finas de su rostro. La cara del novio, por el contrario, posee riquitos rasgos fuertes; la nariz es ancha como guante de boxeador; la frente pequeña de australopitecus; la piel, marrón, como el color de la puerta de un comedor popular. Sin embargo, este rostro duro brilla como el de un niño al que se le acaba de conceder su más caro deseo.

El cura recita la consabida fórmula que unirá a los contrayentes a perpetuidad.

Acepto, dice el novio.

La misma pregunta que ha respondido el hombre debe ser ahora contestada por la novia. Ella demora unos segundos en pronunciar su respuesta, pero finalmente las cámaras de televisión y los circunstantes registran su sí, acepto.

***

Thalia no publica las fotos de su hijo; tampoco las que le hace Silvio. Sí publica, en cambio, los centenares de fotos en donde abraza y besa a otros niños también trinchudos y oscuros como su hijo. Aunque ella, eso sí, aclara en las leyendas que acompañan a las imágenes que aquellos dichosos niños son frutos de las cholas humildes que ella, Thalia Raffo, ayuda a progresar.  

Sus amigos más ladinos -que son los que odian en las sombras y, por eso mismo, odian mejor y con más sabor- han detectado que Thalia ya no besa y abraza a los cholos de las barriadas con la misma hipocresía de antes. Hay un distanciamiento que únicamente los entrenados ojos maledicentes pueden apreciar.

***

Esta es la sonata catorce para piano de Beethoven, indito feo, le dice Thalia al niño que ya balbucea sus primeras palabras. ¿Sientes algo? ¿Te transmite algo esta música? Thalia observa al cholito y no puede creer que no haya heredado una gota de su sangre italiana. Si ella misma no hubiese visto, aunque algo sedada como estaba, que ese niño salió de su vientre, no hubiera creído que fuera suyo. 

El niño dice claramente mamá, mamá. A veces dice tatá, tatá, tratando de llamarla por su nombre, alargando el bracito para procurarle una caricia en la mejilla.

El indio de tu padre te ha malacostumbrado a que muevas el culo con esa chicha que tanto le gusta a los cholos como él. Indios de mierda. Al menos quiero enseñarte qué cosa es arte, qué cosa es cultura. Oye bien; a ver, repite conmigo “Bee-tho-ven”, “so-na-ta”.

Suena el teléfono. Thalia se apresura a contestarlo. Es el chofer. Buenos días, señora, ¿está lista?

¿Lista? ¿Lista para qué?, dice Thalia, reconociendo para sus adentros, con rabia, que la nariz de rocoto de su esposo se ha replicado de modo exacto en medio de la cara del niño.

Para la sesión de fotos con el ganador de su beca, señora ¿Lo había olvidado usted?

Cierto, se me había pasado. Llama a Juana y que se quede con el niño. Te alcanzo en veinte minutos. Espérame en el auto.

¿Veinte minutos, señora? Pero llegaríamos muy atrasados, si me permite la observación.

Yo no voy a ir así como estoy. Tengo que arreglarme un poco. Las cámaras van a estar ahí y no quiero que me vean desarreglada como la sarta de cholos que inundará el lugar.

Comprendido, señora.

***

Jimena coge un frasco de alcohol y presiona el atomizador. Las gotitas van a dar sobre las planicies cutáneas que circundan al pene todavía duro de Silvio.

Un periodista me llamó ayer.

Silvio, con la palma de su mano, esparce las gotitas por toda la zona púbica, las pelotas y parte del tronco de la pinga. Se cuida de no tocar el glande. ¿Un periodista?, dice, mostrando una ligera curiosidad.

Sí. Me preguntó por ti. Quería saber desde cuándo nos conocíamos.

¿Y qué le dijiste?, dice Silvio, esta vez alarmado, descuidando sus afanes profilácticos.  

Que no te conocía, que no sabía de qué hablaba. Y luego colgué.

Silvio se ha vestido como si estuviese principiando un terremoto. Parado ante la puerta, antes de abrirla, dice: Será mejor que nos dejemos de ver por un tiempo. Si esto se llega a saber, no sé lo que pueda pasar.

También pienso lo mismo. Pero creo que es algo tarde, dice ella, revisando con cara de espanto su celular. Me está escribiendo ese hombre. Me acaba de enviar una foto de nosotros entrando a esta habitación.

¿A esta habitación o a este hotel en general?

A esta habitación, dice ella y mira con terror hacia la puerta, temiendo que detrás de ella esté parapetada ya toda una batería de fotógrafos y periodistas sedientos de escándalo.

Entonces, oyen unos golpes en la puerta y sienten que el corazón se les va a salir. Silvio retrocede cautelosamente hasta alcanzar la posición de Jimena. Sus pisadas las amortigua la alfombra del cuarto. Jimena quiere decir algo, pero Silvio la detiene llevándose un dedo a la boca. Aguardan. Esperan a que aquel que haya golpeado la puerta se rinda ante la ausencia de respuesta alguna. 

La puerta sufre un par de golpes más; uno muy fuerte y otro débil, como si el personaje afuera hubiese dicho ok, me voy; parece que no hay nadie.    

Una suerte de calma balsámica distiende los nervios de Silvio y Jimena a medida que se alargan los segundos que los separan del último y feble golpe en la puerta.

Sin embargo, al cabo de un breve tiempo de aparente calma, una ráfaga de balas destruye la puerta del cuarto. Silvio y Jimena se tiran al suelo. Unos hombres irrumpen en la habitación y, sin preguntar nada, le acomodan cierta cantidad de balas al cuerpo de Jimena.

Silvio, que tiene la cabeza enterrada bajo los brazos, llora como un niño, ahí, en el suelo, al lado de la cama. No se atreve a mirar lo que sucede a su alrededor.  Oye, con el temor cancerbero que le remece el cuerpo, unos pasos que se le acercan y se detienen delante de él. Su cabeza obedece con docilidad los movimientos de la suela de un zapato que se ha prendido de su frente. La suela se mueve hacia adelante y luego hacia arriba, exponiendo los ojos chinitos de Silvio a la confusión de humo y sangre que todavía reverbera en el ambiente.

Silvio, los ojos llorosos, enfoca la mirada en la testa del dueño del zapato, a la que parece ubicar en la cima de un robusto rascacielos.

No queremos volver a encontrarte en esta situación, Silvio. Si vuelves a apartarte de tu matrimonio, te garantizo que correrás la misma suerte de tu amiguita Jimena. No querrás eso, ¿no? Claro, lo sé. Nadie quiere eso. Cuídate mucho, Silvio. Te estamos viendo. No lo olvides.

El hombre da media vuelta y se retira. Otros pasos le siguen. Silvio ha enterrado nuevamente la cabeza y llora con profusión.

***

Thalia pela unas naranjas. Pudo haberle encargado esta tarea a su empleada, pero ha preferido hacerla ella misma. Desde chica le gustó mondar las naranjas que se comía. Las cáscaras le salían enteras, espiraladas, como un gran acordeón. A un lado de su gran cama, está su hijo, su “indito”, como le oyó a Quecha sin que ella, Quecha, se diese cuenta. Por culpa del “indito”, Thalia ya no tiene vida social. Nadie quiere ser amiga de la mamá de un indio.

Y cae sangre en la cama. Por primera vez, en una veintena de años, el cuchillo mondador se ha desviado de la acostumbrada ruta y le ha cortado un dedo. Maldita sea. Se siente hervir por dentro. Mamá, mamá, dice el pequeño, señalándole la herida o el cuchillo, esto no se sabe bien.  Mamá, mamá. El llamado constante del indito la altera. Mamá, mamá. Se chupa el dedo, succiona la sangre, y los ojos no se mueven del berreante infante que continúa llamándola, tratando de alcanzar - esto no se sabe bien- el cuchillo o el dedo que está siendo chupado.

¿Qué quieres?, le dice ella. ¿Quieres esto? Y le acerca el dedo chupado, al que a los escasos segundos le vuelve a crecer la gotita de sangre que luego se convierte en una mancha roja inundando de rojo la sábana blanca. ¿O quieres esto?, y le acerca el cuchillo mondador.

Las sábanas rojas, húmedas, son ahora la prueba del fracaso de la unión entre los seres humanos, son el cruento testimonio de que las razas en el Perú son edificios que corren paralelos hacia el infinito sin tocarse jamás.

***

Señor Silvio, ¿cómo se siente? ¿Qué opina de los hechos de sangre que han enlutado a su familia?

Silvio titubea ante el micrófono. Los labios se le tuercen. Quiere llorar. Es un hombre muy sentimental, un tipo que se quiebra cuando recuerda la pérdida del viejo reloj de su papá o del primer zapatito que usó su primogénito cuando fueron a aquella playa de gente blanca.

Perdónenme por haber amado a mi familia, dice Silvio y no puede hablar más porque la garganta se le ahoga en llanto.

La conferencia de prensa ha terminado, dice un oscuro personaje mientras Silvio es llevado tras bambalinas.

***

Los cholos dejaban de tener hijos y la pobreza desaparecía. Las ONG humanitarias alzaron vuelo sin retorno y no hubo más empeños de blanquitos por amar a los marrones del Perú. Las cosas adquirieron claridad.