viernes, 10 de abril de 2026

El Sistema Inteligente - Cuento 10 - "AUSSIE FLASH STORIES" Libro de Cuentos de Daniel Gutiérrez Híjar

 


¿Trescientos? ¿Estás seguro?, dijo Mark, mi jefe, gerente del banco.

Tal como lo oye, le contesté. Trescientos. Le mostré el cuadro final de mi presentación, ese que condensaba todas las bondades del programa que acababa de desarrollar, un sistema construido sobre un motor de inteligencia artificial que yo mismo había creado y alimentado línea por línea.

Ver el rostro de satisfacción del jefe lo era todo para mí; y, como quería que su expresión se prolongase y exacerbase todavía más, le revelé una de las cualidades más extraordinarias de mi creación: Para el siguiente mes, podremos despedir a seiscientos empleados más.

¿Qué?


No tenía que repetirle nada. Mark había escuchado perfectamente y mi dedo le señalaba la cifra y el sustento en la pantalla de su laptop.

¿O sea que trescientos en el primer mes y seiscientos en el segundo mes? ¿Novecientos en tres meses de implementado tu programa?

 


 El número de despedidos obedece a una simple progresión aritmética; cada mes, el número aumenta en trescientos empleados respecto al anterior, agregué con aparente despreocupación, como si se tratase de un detalle menor.

El semblante del jefe fue un desfile simultáneo de alegría e incredulidad. Aquellas emociones no lo abandonarían por un buen tiempo. La avalancha de buenas noticias lo superaba; daba la impresión de que le rompería el pellejo.

Quiero que presentes esto mañana mismo ante los directores. Será un logro de ambos: el tuyo, por crear tan revolucionario programa y, el mío, por haberte contratado hace un par de años. Cuando lo hice, vi en ti un potencial que no me ha defraudado. Y ahora lo has probado con creces. Con lo que le ahorremos a la empresa despidiendo a esos trescientos, y luego a los seiscientos, y así hasta quedarnos solamente con el personal necesario, estoy seguro de que se me otorgará un sueldo triplicado más acciones en el banco, unas extensas y merecidas vacaciones, y, a ti, por supuesto, a la estrella del banco, un generoso bono, anunció, sin dejar de mirar los resultados auspiciosos en la pantalla de su computadora.

No me importa el dinero, pensaba, mientras Mark se hacía tumbado sobre alguna playa caribeña, gerenciando el banco desde ahí, tomándose una piña colada, masajeado por una bella mujer del lugar, higiénicamente alejado de su esposa e hijos para quienes él solamente era uno de los tantos cajeros automáticos que el banco para el que trabajaba tenía desperdigados por toda Australia. Yo había creado ese revolucionario programa solo para verlo así de feliz y contento. Y lo había logrado.

Toma, me alcanzó trescientos dólares que sacó de su billetera. Es un pequeño adelanto que te quiero dar de mi propio bolsillo como un primer reconocimiento por tan magnífico trabajo, estimado Patrick.

***

Un mes y medio después de que presentamos el Sistema Inteligente ante los directores del banco, Mark ya había cosechado jugosos beneficios salariales gracias al éxito que representó para la organización la reducción de trescientos puestos estratégicamente eliminados. También gozaba de unas largas vacaciones en Aruba, uno de sus refugios favoritos. Me había dejado a mí, con la complacencia y el visto bueno de los directores, a cargo de la gerencia general del banco.    

***

Mark está bronceado. Es martes y acaba de llegar al piso diez del edificio central del banco, donde se hallan su oficina y los cubículos de la gente que trabaja bajo sus órdenes.

Sabe que ese día no hará nada importante; apenas revisar algunos de los miles de correos que se le han acumulado en los más de sesenta días que tomó de vacaciones, merecida pausa, dicho sea de paso, por haberle generado importantes ingresos al banco al remover a trescientos trabajadores de la planilla. No, cuál trescientos, se dice, mientras busca la tarjeta de acceso al piso. Como siempre, ha llegado temprano. A través de las paredes de vidrio de la oficina, puede ver, con cierto orgullo infantil, que aún no ha llegado nadie. Le satisface ser siempre el primero, en el ámbito que sea.

¿Cuál trescientos?, vuelve a corregirse, saboreando la corrección. Ya llevamos casi dos meses; ahora deben de ser seiscientos los despedidos.

Está a punto de reír, pero se contiene. Pasa la llave electrónica por el sensor al lado de la puerta y esta permanece cerrada. ¿Me habré equivocado de tarjeta?, piensa. La revisa y sí, esa es su llave. Qué raro. La limpia en su camisa y vuelve a pasarla por el sensor. La puerta continúa cerrada.



Entonces, levanta la mano a modo de visera y se inclina hacia el vidrio de la puerta, intentando ver el interior con una insistencia renovada. Sus ojos ya no recorren el lugar con la calma de antes, sino con una ansiedad creciente, casi una súplica muda de que alguien, quien sea, haya llegado antes que él. Después de unos tensos segundos, distingue la figura de Patrick, su asistente, en la oficina del gerente, en su oficina.  

¿Patrick? ¿Qué hace en mi escritorio? Ignora darse una respuesta inmediata porque lo más urgente es que le abran la puerta.

Modera entonces su inicial desesperación para que su subordinado no lo vea vulnerable. Con un gesto casi casual, golpe los vidrios para atraer su mirada. Al verlo, articula en silencio: Ábreme, por favor. Patrick abandona lo que está haciendo y acude a su encuentro de inmediato, solícito como siempre.

¿Sabes qué pasó con estos sensores? Pasé la tarjeta varias veces y la puerta nunca se abrió, dice Mark con el mismo tono altanero de siempre, como si Patrick tuviera que estar al tanto de todos sus problemas, incluso de los más insignificantes, como por qué el tráfico es un infierno en las mañanas o por qué el sol del mediodía es una verdadera condena.

Patrick, sin embargo, no tarda en despejarle la duda. Es que ya no eres gerente, Mark. Revisa tu correo. El Sistema Inteligente te debe de haber enviado tu nueva posición dentro de la empresa, una que encaje mejor con tus conocimientos y habilidades, y seguramente esa nueva posición corresponde a otro piso del banco o a alguna sucursal.

¿Qué?, balbucea Mark, desconcertado.

Revisa tu correo, dice Patrick. El Sistema es infalible.

¿Y a ti en qué puesto te ha colocado el Sistema?

Yo soy el nuevo gerente. El Sistema me nombró hace un mes. Evaluó mis conocimientos y capacidades y, sobre esa base, estimó que yo le aportaba más valor a la empresa liderando la gerencia.

Mark se sumerge en el caos de la bandeja de entrada de su correo, desbordada de mensajes sin abrir, mientras las increíbles palabras de Patrick resuenan en sus oídos. Si a Patrick lo han nombrado gerente, entonces a él lo deben de haber reubicado en el directorio. Es lo más lógico. Con desesperación, sus ojos buscan anclarse en algún mensaje enviado por el Sistema Inteligente.

Aquí está, dice al fin, como un triunfo.

Pero a medida que recorre las líneas del mensaje, la expresión de su rostro se derrumba.

¿Ahora soy tu auxiliar?, logra decir, con la voz atrapada entre el asco y la incredulidad, como si la sola idea tuviera sabor a óxido.

No, dice Patrick, con voz paciente, como hablándole a un niño distraído. Revisa bien. Ese correo debe de ser de hace dos meses. Busca el mensaje más reciente.

Mark lo encuentra y lo lee en voz alta: Tras la optimización de la estructura competitiva de la empresa, su puesto como auxiliar de gerencia ya no es necesario. Sus funciones serán asumidas, con mayor precisión y sin ausencias, por nosotros, el Sistema Inteligente. Así que queda usted despedido con gratitud y cortesía. Le obsequiamos un hermoso arreglo floral virtual en reconocimiento a sus veinte años de dedicado servicio. Por favor, desocupe su oficina antes del mediodía. Apenas puede pronunciar el cierre del mensaje.  

Patrick, con una sonrisa que parece de cortesía, le señala la caja con sus pertenencias. Iban a botar tus cosas, dice, pero yo, como nuevo gerente, pedí expresamente que las dejaran en ese rincón hasta que llegaras.

Un zumbido despierta a Mark de su marasmo mental. Es el celular de Patrick. Este lo saca del bolsillo de su pantalón y, luego de revisarlo, se lo entrega a Mark.

Me acaba de llegar un mensaje del Sistema Inteligente. ¿Me haces el honor?

Mark recibe el aparato con unas manos que ya no parecen responderle. Los caracteres del texto aparecen nítidos, inexorables. El Sistema Inteligente acaba de nombrar a Patrick director del banco, destituyendo a tres directores ineficientes.

La incredulidad se aposenta con todos sus reales en Mark.

Aquí en la billetera tengo trescientos dólares que me están sobrando, dice Patrick. Pueden ser tuyos si pones todas mis cosas en una caja y las llevas al piso de arriba, a mi nueva oficina de director.  

Si algo ha aprendido Mark en el mundo corporativo es que las oportunidades, sean cuales fueran, deben ser tomadas. La mudanza de las cosas de su exsubordinado, exjefe y luego excompañero le tomó medio día.





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