¿Trescientos? ¿Estás seguro?, dijo Mark, mi jefe, gerente del banco.
Tal como lo oye,
le contesté. Trescientos. Le mostré el cuadro final de mi presentación,
ese que condensaba todas las bondades del programa que acababa de desarrollar,
un sistema construido sobre un motor de inteligencia artificial que yo mismo
había creado y alimentado línea por línea.
Ver el rostro de satisfacción del jefe lo era todo
para mí; y, como quería que su expresión se prolongase y exacerbase todavía
más, le revelé una de las cualidades más extraordinarias de mi creación: Para
el siguiente mes, podremos despedir a seiscientos empleados más.
¿Qué?
No tenía que repetirle nada. Mark había escuchado perfectamente y mi dedo le señalaba la cifra y el sustento en la pantalla de su laptop.
¿O sea que trescientos en el primer mes y seiscientos
en el segundo mes? ¿Novecientos en tres meses de implementado tu programa?
El número de despedidos obedece a una simple progresión aritmética; cada mes, el número aumenta en trescientos empleados respecto al anterior, agregué con aparente despreocupación, como si se tratase de un detalle menor.
El semblante del jefe fue un desfile simultáneo de
alegría e incredulidad. Aquellas emociones no lo abandonarían por un buen
tiempo. La avalancha de buenas noticias lo superaba; daba la impresión de que
le rompería el pellejo.
Quiero que presentes esto mañana mismo ante los
directores. Será un logro de ambos: el tuyo, por crear tan revolucionario
programa y, el mío, por haberte contratado hace un par de años. Cuando lo hice,
vi en ti un potencial que no me ha defraudado. Y ahora lo has probado con
creces. Con lo que le ahorremos a la empresa despidiendo a esos trescientos, y
luego a los seiscientos, y así hasta quedarnos solamente con el personal
necesario, estoy seguro de que se me otorgará un sueldo triplicado más acciones
en el banco, unas extensas y merecidas vacaciones, y, a ti, por supuesto, a la
estrella del banco, un generoso bono,
anunció, sin dejar de mirar los resultados auspiciosos en la pantalla de su
computadora.
No me importa el dinero, pensaba, mientras Mark se hacía tumbado sobre alguna
playa caribeña, gerenciando el banco desde ahí, tomándose una piña colada,
masajeado por una bella mujer del lugar, higiénicamente alejado de su esposa e hijos
para quienes él solamente era uno de los tantos cajeros automáticos que el
banco para el que trabajaba tenía desperdigados por toda Australia. Yo había
creado ese revolucionario programa solo para verlo así de feliz y contento. Y
lo había logrado.
Toma,
me alcanzó trescientos dólares que sacó de su billetera. Es un pequeño
adelanto que te quiero dar de mi propio bolsillo como un primer reconocimiento
por tan magnífico trabajo, estimado Patrick.
***
Un mes y medio después de que presentamos el Sistema
Inteligente ante los directores del banco, Mark ya había cosechado jugosos
beneficios salariales gracias al éxito que representó para la organización la
reducción de trescientos puestos estratégicamente eliminados. También gozaba de
unas largas vacaciones en Aruba, uno de sus refugios favoritos. Me había dejado
a mí, con la complacencia y el visto bueno de los directores, a cargo de la
gerencia general del banco.
***
Mark está bronceado. Es martes y acaba de llegar al
piso diez del edificio central del banco, donde se hallan su oficina y los
cubículos de la gente que trabaja bajo sus órdenes.
Sabe que ese día no hará nada importante; apenas
revisar algunos de los miles de correos que se le han acumulado en los más de sesenta
días que tomó de vacaciones, merecida pausa, dicho sea de paso, por haberle
generado importantes ingresos al banco al remover a trescientos trabajadores de
la planilla. No, cuál trescientos, se dice, mientras busca la tarjeta de
acceso al piso. Como siempre, ha llegado temprano. A través de las paredes de
vidrio de la oficina, puede ver, con cierto orgullo infantil, que aún no ha
llegado nadie. Le satisface ser siempre el primero, en el ámbito que sea.
¿Cuál trescientos?, vuelve a corregirse, saboreando la corrección. Ya llevamos casi dos
meses; ahora deben de ser seiscientos los despedidos.
Está a punto de reír, pero se contiene. Pasa la llave electrónica
por el sensor al lado de la puerta y esta permanece cerrada. ¿Me habré equivocado
de tarjeta?, piensa. La revisa y sí, esa es su llave. Qué raro. La
limpia en su camisa y vuelve a pasarla por el sensor. La puerta continúa
cerrada.
Entonces, levanta la mano a modo de visera y se
inclina hacia el vidrio de la puerta, intentando ver el interior con una
insistencia renovada. Sus ojos ya no recorren el lugar con la calma de antes,
sino con una ansiedad creciente, casi una súplica muda de que alguien, quien
sea, haya llegado antes que él. Después de unos tensos segundos, distingue la
figura de Patrick, su asistente, en la oficina del gerente, en su oficina.
¿Patrick? ¿Qué hace en mi escritorio? Ignora darse una respuesta inmediata porque lo más
urgente es que le abran la puerta.
Modera entonces su inicial desesperación para que su
subordinado no lo vea vulnerable. Con un gesto casi casual, golpe los vidrios
para atraer su mirada. Al verlo, articula en silencio: Ábreme, por favor.
Patrick abandona lo que está haciendo y acude a su encuentro de inmediato,
solícito como siempre.
¿Sabes qué pasó con estos sensores? Pasé la tarjeta
varias veces y la puerta nunca se abrió,
dice Mark con el mismo tono altanero de siempre, como si Patrick tuviera que
estar al tanto de todos sus problemas, incluso de los más insignificantes, como
por qué el tráfico es un infierno en las mañanas o por qué el sol del mediodía
es una verdadera condena.
Patrick, sin embargo, no tarda en despejarle la duda. Es
que ya no eres gerente, Mark. Revisa tu correo. El Sistema Inteligente te debe
de haber enviado tu nueva posición dentro de la empresa, una que encaje mejor
con tus conocimientos y habilidades, y seguramente esa nueva posición
corresponde a otro piso del banco o a alguna sucursal.
¿Qué?,
balbucea Mark, desconcertado.
Revisa tu correo, dice Patrick. El Sistema es infalible.
¿Y a ti en qué puesto te ha colocado el Sistema?
Yo soy el nuevo gerente. El Sistema me nombró hace un
mes. Evaluó mis conocimientos y capacidades y, sobre esa base, estimó que yo le
aportaba más valor a la empresa liderando la gerencia.
Mark se sumerge en el caos de la bandeja de entrada de
su correo, desbordada de mensajes sin abrir, mientras las increíbles palabras
de Patrick resuenan en sus oídos. Si a Patrick lo han nombrado gerente,
entonces a él lo deben de haber reubicado en el directorio. Es lo más lógico. Con
desesperación, sus ojos buscan anclarse en algún mensaje enviado por el Sistema
Inteligente.
Aquí está,
dice al fin, como un triunfo.
Pero a medida que recorre las líneas del mensaje, la
expresión de su rostro se derrumba.
¿Ahora soy tu auxiliar?, logra decir, con la voz atrapada entre el asco y la
incredulidad, como si la sola idea tuviera sabor a óxido.
No, dice
Patrick, con voz paciente, como hablándole a un niño distraído. Revisa bien.
Ese correo debe de ser de hace dos meses. Busca el mensaje más reciente.
Mark lo encuentra y lo lee en voz alta: Tras la
optimización de la estructura competitiva de la empresa, su puesto como
auxiliar de gerencia ya no es necesario. Sus funciones serán asumidas, con
mayor precisión y sin ausencias, por nosotros, el Sistema Inteligente. Así que
queda usted despedido con gratitud y cortesía. Le obsequiamos un hermoso
arreglo floral virtual en reconocimiento a sus veinte años de dedicado
servicio. Por favor, desocupe su oficina antes del mediodía. Apenas puede
pronunciar el cierre del mensaje.
Patrick, con una sonrisa que parece de cortesía, le señala
la caja con sus pertenencias. Iban a botar tus cosas, dice, pero yo,
como nuevo gerente, pedí expresamente que las dejaran en ese rincón hasta que
llegaras.
Un zumbido despierta a Mark de su marasmo mental. Es el
celular de Patrick. Este lo saca del bolsillo de su pantalón y, luego de
revisarlo, se lo entrega a Mark.
Me acaba de llegar un mensaje del Sistema Inteligente.
¿Me haces el honor?
Mark recibe el aparato con unas manos que ya no parecen
responderle. Los caracteres del texto aparecen nítidos, inexorables. El Sistema
Inteligente acaba de nombrar a Patrick director del banco, destituyendo a tres
directores ineficientes.
La incredulidad se aposenta con todos sus reales en Mark.
Aquí en la billetera tengo trescientos dólares que me
están sobrando, dice Patrick. Pueden
ser tuyos si pones todas mis cosas en una caja y las llevas al piso de arriba,
a mi nueva oficina de director.
Si algo ha aprendido Mark en el mundo corporativo es
que las oportunidades, sean cuales fueran, deben ser tomadas. La mudanza de las
cosas de su exsubordinado, exjefe y luego excompañero le tomó medio día.











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