Estaba a pocas
horas de tocar la superficie del mar terrestre, después de tres años de haber
estado suspendido alrededor del planeta Marte. Y, aunque el anhelo de
reencontrarse con los suyos era inmenso e impostergable, sabía que el tiempo
que tomase su descenso coincidiría con sus últimas horas de vida.
Las cámaras
de televisión, ansiosas, seguían la trayectoria de la nave, esperando el
instante decisivo: saber si el cuerpo del astronauta se desintegraría o no ni
bien saliese de la cápsula.
A pesar de
la insistencia de la ciencia en que la tecnología actual aún no podía
garantizar la supervivencia de ningún astronauta sometido a las condiciones
ambientales de Marte, el presidente del país que lideraba la misión había
ordenado que el viaje al planeta rojo se hiciese en su gobierno. No quiero que todo lo que mi gestión ha
invertido en tecnología sea capitalizado por otro presidente, mucho menos si es
un socialista, como me advierte mi servicio de inteligencia que podría ser mi
sucesor.
La orden
estaba dada y cundió entre los miembros de la misión, quienes, conocedores del
riesgo mortal de orbitar alrededor de Marte durante tres años, es decir, la pérdida
progresiva e irrefrenable de masa ósea, prefirieron renunciar a la misión y
refugiarse en la enseñanza académica en las universidades que estuvieran
dispuestas a acogerlos.
Mientras
ese bocazas siga siendo presidente, no volveremos a pisar esa estación espacial, les habían
dicho los exmiembros de la misión a sus más cercanos familiares, ya que una
declaración pública de ese calibre les hubiera granjeado la impune ira del
presidente.
Pero hubo
uno solo que aceptó el reto. Era el único australiano del grupo. Se llamaba Larry
Nolan, oriundo de Kalgoorlie, el mismo pueblo que vio nacer al médico Barry
Marshall, a quien Larry admiraba desde joven. Gran lector por vocación había
descubierto con fascinación que en 1984 Marshall se infectó a sí mismo con
Helicobacter pylori para demostrar, en su propio cuerpo, que las úlceras
estomacales tenían un origen bacteriano y no psicológico, como se creía
entonces.
Aquel acto
radical de compromiso científico le provocó una gastritis severa que logró
curar después con antibióticos. Pero la consecuencia más importante fue otra:
la doctrina médica se transformó para siempre. Gracias a ese gesto temerario y
profundamente humano, las úlceras dejaron de ser una condena quirúrgica y se
volvieron tratables en todo el mundo, salvando a millones del dolor crónico.
La
humanidad, a través de la Academia Sueca, reconoció ese acto valiente y casi
romántico otorgándole en 2005 el Premio Nobel de Medicina.
Larry decidió
convertirse en el Barry Marshall de la astronáutica. Sería la prueba viviente,
o moribunda, de que la exploración no se improvisa, de que incluso frente a
mandatarios sedientos de gloria es necesario respetar los tiempos, los procesos
y los límites de la ciencia.
Entonces,
se ofreció como único tripulante de aquella misión a Marte que, tras tres años
y algunos meses, regresaba a la Tierra. Y allí estaba la cápsula, desprendida
de la nave, sostenida por varios paracaídas que la hacían balancearse y
descender con la delicadeza de una pluma, abriéndose paso hasta el mar.
Un bote avanzaba
a toda velocidad hacia el punto exacto del amerizaje. La coincidencia fue
milimétrica. Todo estaba calculado, tan calculado como lo que los científicos habían
anticipado que sucedería en el momento en que la cápsula se abriera y Larry
volviera a entrar en contacto con la atmósfera terrestre.
Durante un
instante apenas perceptible, una mano enguantada emergió, como un saludo
dirigido a millones de ojos invisibles, o quizá como una señal muda de que la
misión estaba cumplida. Al segundo siguiente, esa misma mano se desinfló y
cayó; perdiéndose de vista.
Los
ocupantes del bote no pudieron ocultar su sorpresa ni el terror frente a las
cámaras. Aunque parecían diminutas hormigas en la inmensidad del plano, la
emoción se transmitió intacta al mundo entero.
Esa mano,
suspendida en el aire durante menos de un segundo, fue suficiente para
demostrar que la fortaleza humana puede ser impredecible cuando se lo propone,
que aun si el tiempo de vida al entrar en la atmósfera era técnicamente cero
segundos, esas milésimas en alto bastaban.
Pero el
presidente autoritario, sordo a cualquier advertencia técnica, siguió en el
poder y en la aprobación popular cuando anunció, poco después, que acababa de
apropiarse del petróleo de un país invadido entre gallos y medianoche.
El gesto de
Larry quedó arrinconado en los pies de página de los diarios. Al día siguiente,
fue solo una anécdota olvidable.
Un año
después, alguien resucitó el episodio como un meme: en las fiestas infantiles y
despedidas de soltero se soltaba un globo con forma de mano el cual debía ser
reventado en menos de un segundo.
Ni los
ganadores o los perdedores del reto supieron jamás quién había sido Larry
Nolan.




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