¡Francisco!,
detonó Alfonso, mi tío, joven y exitoso abogado egresado de la universidad San
Agustín, que había sido fundada por su bisabuelo, Andrés Martínez de Orihuela,
prestigioso ministro de Hacienda en los revoltosos tiempos del presidente
Gamarra. A sus aurorales veintidós años, y a poco menos de veinticuatro meses
de haber concluido con honores sus estudios universitarios, Alfonso era ya
catedrático en su alma mater, donde dictaba, con los salones repletos de
alumnos deseosos de verlo y escucharlo disertar, Derecho Romano.
Quien era llamado así, a los gritos, era Francisco
Montesinos, el bueno para nada que en unos años se convertiría en mi padre; un
tipo quien, dentro de la mediocridad de su vida, logró hacer algo -por
supuesto, involuntariamente- que el resto de los Montesinos no; engendrarme a
mí, al futuro presidente redentor del Perú.
El cobarde de Francisco intuyó al instante el motivo
de la dura convocatoria fraternal y, por eso, buscó la puerta de la calle.
Carecía de ánimos para sufrir una vez más los reproches por su deserción
universitaria y por haberse casado con una fornicadora de todos conocida; una
mujer que había yacido arrejuntada con un hombre al margen de todo sacramento
eclesiástico.
No había sido tan buena idea visitar la casa de su
mamá en busca de la deliciosa comida que la negra Dolores -Lola, para la
familia- preparaba. Los guisos que hacía los martes, como ese día, eran
imperdibles. Elena, en cambio, era incapaz de hacer siquiera un arroz con huevo
y, cuando lo intentaba, era preferible ayunar.
No hagas que te llame dos veces, Francisco. Va a ser
peor. La voz de Alfonso era atronadora. Cuando se lo
proponía, infundía temor. No en vano era considerado un contundente y versátil
orador, poseedor y cultivador de los registros necesarios para conmover,
atemorizar, concientizar y alborotar a las multitudes; herramientas que con el
tiempo harían vibrar los escaños del parlamento nacional.
Mi padre, arrastrando los pies como era su mala
costumbre, se encaminó hacia la majestuosa escalera de madera que describía una
curva al fondo de la sala. Sus pisadas resonaban en aquel espacio hueco en
donde antaño mi abuelo Guillermo ofreció sus tertulias y recitales. Cuando
alcanzó el segundo piso, Francisco se dirigió, siempre arrastrando su desgano,
hacia la habitación que hacía las veces de oficina del joven abogado y prodigio
de la familia.
Su alma dio un brinco cuando, además de a Alfonso, vio
en la oficina a su madre, mi abuela María Montesinos Martínez. La cosa pintaba
mal. No se trataría de una de las amonestaciones habituales que Alfonso, como
hermano mayor y pater familias, solía endilgarle.
María mantenía la expresión severa, casi impenetrable,
de pie, al lado y un paso detrás de mi tío.
Cierra la puerta, ordenó Alfonso.
Con evidente renuencia, Francisco obedeció.
¡Ya basta! Has ido demasiado lejos. ¿Acaso quieres
matar a nuestra madre con tus calaveradas?, tronó Alfonso una vez cerrada la puerta.
Mi padre los miraba con una tranquilidad casi
insolente. Veía venir el mismo reproche de su hermano, solo que ahora reforzado
con las melodramáticas lágrimas de su madre. Contuvo una sonrisa y mantuvo una
postura neutra, aunque le costaba disimular cierto disfrute al ver a Alfonso,
el imbatible, el ejemplar, el intelecto puro, el heredero natural del difunto
Guillermo, rojo de rabia y frustración. Al final, no se podía tener una vida
perfecta, porque o bien te la fregabas tú mismo o te la fregaba alguien de tu
familia. Francisco era el cáncer de la felicidad de Alfonso.
¡Contesta!,
exigió Alfonso desde su escritorio. No se había tomado la molestia de
levantarse ni de saludar a su hermano. Francisco tampoco. Mi abuela María solía
decir que el recién llegado debía iniciar los saludos de rigor, pero lo que
estaba ocurriendo ahí distaba mucho de cualquier ejemplo de buen protocolo. Mi
padre había entrado en una olla hirviendo sin tener idea de su temperatura.
¿Qué pasó?,
dijo Francisco, displicente. ¿Otra vez lo mismo? ¿Van a hablarme de Elena?
Ya les dije hasta el cansancio que me casé con ella por amor, por convicción.
Pueden decir misa, pero yo voy a seguir con ella.
Sí, claro,
replicó Alfonso. ¿Y creíste que no nos íbamos a enterar de que la has
embarazado?
Mi padre se blanqueó al instante. ¿Cómo se habían
enterado? Elena casi no salía, y habían planeado largarse de Arequipa antes de
que la barriga los delatara. Francisco no estaba muy feliz con la idea de
convertirse en padre, pero albergaba la ilusión de que, con el bebé, llegarían
cambios que lo impulsarían a salir de la mediocridad en la que se movía.
Llevaba arrastrando el estigma de haber abandonado la universidad, una afrenta
imperdonable para la viuda de su padre y para los Montesinos más encumbrados,
guardianes obsesivos del prestigio intelectual familiar.
No sé quiénes más estén al tanto de esta infausta
noticia, declaró Alfonso, pero te
aseguro que haré todo lo posible para evitar que sigas mancillando el prestigio
y la decencia de nuestro apellido.
En qué mala hora te involucraste con esa mujer,
Francisco, lamentó doña María, aferrada
a un rosario de gruesas cuentas, entrelazadas en sus dedos como si quisiera
estrangular la desgracia. Tiene todos los defectos posibles que se le pueden
achacar a una mujer.
¿Cuáles defectos? Yo siempre la he visto muy bien, respondió Francisco, con un dejo de sarcasmo que era
el indicio de que se recuperaba del primer golpe que le habían asestado. Y
todavía más en la intimidad.
¡Majadero! ¡Cochino!, estalló doña María. Tú sabes perfectamente a qué me refiero, mocoso
insolente. Esa mujer es una adúltera, una corruptora de menores y, encima,
pobre; no tiene un centavo partido por la mitad, remató con furia. Lo de
corruptora de menores no era mentira: Francisco tenía diecisiete años cuando se
casó con Elena Bouroncle, una mujer abandonada por el hombre con el cual jamás
llegó a casarse, sosteniendo así relaciones sexuales sin el consentimiento de
un cura. La ley peruana de entonces, como la de ahora, consideraba a Francisco
menor de edad. Pero la sociedad de aquel tiempo, a diferencia de la actual,
juzgaba terriblemente a las mujeres que fornicaban sin la aquiescencia del
Divino.
Es una Bouroncle, madre, defendió Francisco a su mujer.
Ese apellido jamás fue de alcurnia, y la poca fortuna
que tuvieron se fue al diablo cuando cayó Leguía. Los Bouroncle están tan
arruinados como…, doña María
buscaba la palabra exacta que pudiera infligir la humillación más profunda a su
hijo.
Como nosotros,
completó Francisco. Desde que murió nuestro padre ya no tenemos nada.
Míralos: todos tus nietos implorando por un techo, y dentro de poco inundarán
este caserón, porque aquí caben fácilmente las decenas de familias de las
decenas de tus hijos.
No te voy a permitir que le hables así a nuestra
madre. Mejor cállate, ordenó Alfonso.
¿Ahora quieren que me calle?, se mofó Francisco. ¿En qué quedamos? ¿Hablo o no?
Mañana el obispo Holguín te va a divorciar, sentenció doña María. Sus palabras cayeron como un
machetazo sobre la espalda de Francisco, marchitándosele el gesto burlón.
Alfonso abrió un cajón de su escritorio y sacó un mazo
de papeles que plantó con altanería frente a él. Y aquí están las copias del
legajo que ya fue ingresado al tribunal eclesiástico. Todo está dentro de la
ley y el divorcio es casi un hecho. Como dijo nuestra madre, nuestro amigo, el
obispo Holguín, le estampará mañana su sello a la petición.
Ustedes no pueden hacer eso, protestó Francisco.
Por supuesto que no, admitió Alfonso, sin ocultar el sarcasmo. Por eso lo hará el
mismísimo obispo de Arequipa, que es amigo de la casa y que, como bien sabes,
fue presidente de este convulso país. Siéntete afortunado de que tan alta
figura te divorcie, no como el curita pichirruchi que te casó a nuestras
espaldas.
El obispo Mariano Holguín había sido, hacía apenas
cuatro años, uno de los cuatro fugaces presidentes que tuvo el Perú en el
vertiginoso lapso de once días que siguió a la renuncia de Sánchez Cerro a la
junta militar que él mismo había instaurado tras derrocar al presidente Leguía.
El obispo gobernó algunas horas antes de cederle el mando al presidente de la
Corte Suprema, un tal Ricardo Elías.
Y también tengo listo este otro legajo, continuó Alfonso, extrayendo del cajón derecho de su
escritorio otro voluminoso atado de papeles. Con esto le íbamos a clavar una
buena demanda a la nefasta de tu mujer por haber desposado a un menor de edad.
Afortunadamente, ella supo elegir bien.
El cálculo verbal de Alfonso surtió efecto. La
incógnita angustiada en el rostro de su hermano era una pintura.
¿Qué eligió?,
se atrevió a murmurar Francisco. ¿Por qué dices que le “iban” a clavar la
demanda? ¿Ya no lo van a hacer?
Nuestra abnegada madre, siguió Alfonso, ha tenido que vender una de las
últimas propiedades de nuestro difunto padre para darle todo el dinero de esa
venta a tu mujercita a cambio de que se largara de nuestras vidas. Era eso o
aceptar pasar el resto de sus días en prisión. Haciéndole honor a su
reputación, tomó el dinero sin pensarlo dos veces.
Los ojos de Francisco pretendían encontrarle un
sentido a lo que sus oídos escuchaban escrutando el complejo diseño impreso en
la gruesa alfombra de esa habitación.
En el futuro vas a valorar todo esto que estamos
haciendo por ti, Francisco, dijo
Alfonso. Ahora quizá no te des cuenta, pero te estamos arreglando la vida.
De aquí a unos cinco años, cuando seas un prestigioso abogado y formes una
familia de verdad, nos lo vas a agradecer. De momento, me tiene sin cuidado tu
cara larga. La cosa es que de esta casa no sales hasta convertirte en un gran
magistrado y te olvidas de esa mujer.
¿Y mi hijo?,
levantó la mirada Francisco.
Tú no tienes hijo, zanjó mi abuela, borrando, así como así, al primogénito de mi padre de
la historia de los Montesinos.
¿Cómo que no tengo hijo?, dijo Francisco, pensando en Elena, su esposa, que lo
estaba esperando en casa, aguardando los manjares de la Negra Dolores.
Tu Elena tomó el dinero que se le ofreció y ahorita,
según lo acordado, ya debe de haberse ido de la pocilga donde vivían,
llevándose en el vientre a ese hijo que, podría apostarlo, seguramente ni es
tuyo. ¿Crees que a ella súbitamente se le antojó el guiso de Lola? Yo le di la
idea de que te meta ese cuento para que se pueda largar sin inconvenientes.
Alfonso dejó el espacio necesario para que sus
palabras pudieran golpear contundentemente la moral de su hermano. Luego,
añadió, con frialdad: Así te amaba ella. Así es la gente sin dignidad:
siempre termina eligiendo la cómoda filosofía del dinero, en lugar de defender
su honor.
Me están mintiendo. No les creo, par de mentirosos, gritó Francisco.
Óyeme,
estalló Alfonso, poniéndose de pie con la misma vehemencia con la que años
después defendería sus posiciones políticas en el Senado, ya militando en el
Partido de las Juventudes Nacionales Democráticas, aquel que en 1956 mutaría en
Acción Popular, un partido que nació lanzando bravatas contra Odría y terminó
convertido en el refugio de señoritos limeños expertos en prometer castillos de
arena, siempre enredado en pactos con todos menos con el pueblo al que nunca
consiguió acercarse. A nuestra madre no le vas a hablar así, ¿entendiste?
Francisco permaneció en silencio. No tenía más que
agregar. Desde la muerte de su padre, y más aún desde que Alfonso se graduó de
abogado, este se había erigido en amo y señor del universo familiar. Cada una
de sus palabras llevaba la venia de doña María. Él, en cambio, había dejado la
universidad, se había entregado a la bebida, y había terminado por mandar su
vida al carajo casándose con una adúltera, siendo él menor de edad y, para
colmo, dejándola embarazada.
Pero el gran Alfonso Montesinos y Montesinos (se había
añadido la “y” para darse un aire de nobleza suplementaria) o Almanegra, como
lo apodaba, junto a la todopoderosa doña María Montesinos, acababan de
enmendarle la vida. No habría ni muertos ni heridos, porque cuando uno es
conocido de presidentes, obispos y militares, o militares presidentes y obispos
presidentes, todo se podía resolver, evitando el escándalo o reduciéndolo al
mínimo.
Mi futuro padre, Francisco, se encerró en el bar de la casa, siempre surtido de los mejores licores gracias al dinero de Alfonso, y descorchó una botella de vino que se bebió en menos de una hora. Se quedó dormido, profundamente ebrio: una costumbre que, con el tiempo, no haría sino agravarse.







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