domingo, 3 de mayo de 2026

Nace una estrella (1945) - "Vladimiro Montesinos. Presidente del Perú" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 

Desde hoy te digo, pequeñín, que yo seré tu padre intelectual, tu guía; te cuidaré de las estupideces de mi hermano, quien, lamentablemente, es tu verdadero padre, dijo Alfonso, sosteniendo en brazos a su sobrino en una de las salas del hospital arequipeño Goyeneche. Era un domingo veinte de mayo de 1945. El sol, afuera, empezaba a ocultarse y el frío arreciaba sigilosamente.

Tu padre no pudo haber hecho más para arruinarte la vida. De pie, enfrente de una ventana, el bebé mirándolo fijamente como si comprendiera cada una de sus palabras, Alfonso establecía una conexión superior a la prosaica de tío-sobrino. A pesar de que le enderecé el camino a tiempo, tu padre se las arregló para embarazar a otra pobre mujer; esta vez, a una pobretona de caserío. Imagínate, un Montesinos enlazado con alguien que creció en una chabola.   

La madre del niño se recuperaba en otra sala. Dormía. Desconocía que su recién nacido estaba recibiendo una sumaria, pero contundente exposición de sus antecedentes vitales de la mismísima boca de su influyente tío.

¿Podrás ser algo en esta vida teniendo como ejemplo al bueno para nada de tu padre? No lo creo. El idiota ese no logró ser abogado, a pesar de que le dimos todo nuestro apoyo. A un año de terminar la carrera, se le ocurrió la brillante idea de que no tenía sentido continuar asistiendo a clases. Decía que ganaba lo suficiente haciendo el tipo de trabajitos menores que yo le conseguía en las escribanías. Y en eso se convirtió, en un escribano de pacotilla. El primer Montesinos tinterillo. Un embaucador, ni más ni menos. ¿Serás tú igual a él? Si sigues mis consejos, te evitaré ese destino.

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus reflexiones.

La señora acaba de despertarse y quiere ver a su bebé, le anunció la enfermera cuya figura escuálida descubrió tras abrir la puerta.

Ya le llevo a mi sobrino, dijo Alfonso, ahogando una protesta por el trato descortés que había recibido. Estas cholas ya ni saludan, le dijo al bebé luego de cerrar la puerta. Apenas les dan un carguito insignificante y ya se creen por encima de cualquiera. Y son estos cholos y serranos ignorantes los que ahora se sienten con las ínfulas de participar en política. ¿Y sabes qué movimiento los acoge? El único que sus cerebros son capaces de entender: el comunismo. Le quito a los ricos para darles a ustedes, los pobres. Fácil. Simple de entender, pero capaz de empobrecer aún más a los perdedores que siguen como corderos ese modo de pensar. Entiende bien esto: en el comunismo, los únicos que alcanzan la igualdad en la riqueza son los jefes que arrean a esos borregos; y esos borregos son los únicos que alcanzan la igualdad en la pobreza.

El cuerpo del recién nacido presionaba el puro que llevaba el abogado en el bolsillo pechero de su saco, incomodándolo. Lo extrajo y lo encendió. Tras expulsar una sosegada bocanada de humo, continuó la conversación. El bebé seguía, con los ojos muy abiertos, los movimientos oscilantes del puro en la boca de su tío.

Yo me voy a encargar de que detestes esa ideología, de que sepas que el dinero se consigue con esfuerzo y no quitándole a los que tienen más. Esas son pendejadas, ¿oíste?

Mientras hablaba, Alfonso no evitaba que parte del humo que huía de su boca fuese a dar a la cara del bebé.

Ya te debes de haber enterado de que el necio de tu padre te va a llamar Vladimiro, en claro y ridículo homenaje al comunista ese de Lenin, un loco que tuvo la temeridad de llevar a la práctica las locuras de Marx, logrando asesinar a gran parte de Rusia con el hambre y la tiranía.  

La puerta volvió a sonar; esta vez más fuerte. Alfonso guardó silencio y le susurró al bebé: Aunque te llames como ese nefasto, serás un líder democrático, capitalista, dueño e impulsor de mercados. Confía en mí.

Los golpes en la puerta continuaron, insistentes. Alfonso logró percibir el tono de la voz de la persona que llamaba. Siempre susurrando, continuó hablándole a su sobrino: Ese que está tocando, te ha puesto ese nombre solo por fregarme, pese a que he sido su principal benefactor y guía.

¿Has estado fumando?, dijo Francisco luego de que Alfonso por fin abrió la puerta.

, dijo Alfonso, sin el menor escrúpulo. Así como Francisco pretendía joder a la familia poniéndole a su engendro el horroroso nombre de Vladimiro, ¿por qué él no podía joderle un poquito los pulmones al futuro comunista? He estado fumando y he estado conversando con mi sobrino. Le he estado hablando un poco de la vida, de lo bueno, de lo malo -y mirando a su hermano con cierto desprecio-, y de lo nefasto.

Vete, Alfonso. Voy a llevarme a Vladimiro a ver a su madre. Quiero estar con mi familia, con la familia que quiero de verdad.

Como gustes, Francisco. Ya elegiste tu camino y está bien, pero quiero asegurarme de que Vladimiro no siga tus pasos.

Eso va a depender de mí y de él, zanjó Francisco. Sobre todo, de él. Así que te voy a pedir que no te metas mucho en su vida o en las nuestras.

Está bien, fingió resignación Alfonso. Luego, sus ojos adoptaron una seriedad marmórea: Recuerda que mañana tienes trabajo en la oficina. Necesito que me selles el papeleo de los cuatro casos pendientes. No creas que por ser mi hermano y porque acabas de tener un hijo te voy a dar días libres. La familia es una cosa y el trabajo, otra.

Francisco, con el bebé en brazos, quedó mirando con resentimiento el marco de la puerta por donde se acababa de retirar su hermano, a quien apodaba con rencor Almanegra.  


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