Desde hoy te digo, pequeñín, que yo seré tu padre
intelectual, tu guía; te cuidaré de las estupideces de mi hermano, quien,
lamentablemente, es tu verdadero padre,
dijo Alfonso, sosteniendo en brazos a su sobrino en una de las salas del
hospital arequipeño Goyeneche. Era un domingo veinte de mayo de 1945. El sol,
afuera, empezaba a ocultarse y el frío arreciaba sigilosamente.
Tu padre no pudo haber hecho más para arruinarte la
vida. De pie, enfrente de una ventana, el bebé mirándolo
fijamente como si comprendiera cada una de sus palabras, Alfonso establecía una
conexión superior a la prosaica de tío-sobrino. A pesar de que le enderecé
el camino a tiempo, tu padre se las arregló para embarazar a otra pobre mujer;
esta vez, a una pobretona de caserío. Imagínate, un Montesinos enlazado con
alguien que creció en una chabola.
La madre del niño se recuperaba en otra sala. Dormía.
Desconocía que su recién nacido estaba recibiendo una sumaria, pero contundente
exposición de sus antecedentes vitales de la mismísima boca de su influyente
tío.
¿Podrás ser algo en esta vida teniendo como ejemplo al
bueno para nada de tu padre? No lo creo. El idiota ese no logró ser abogado, a
pesar de que le dimos todo nuestro apoyo. A un año de terminar la carrera, se
le ocurrió la brillante idea de que no tenía sentido continuar asistiendo a
clases. Decía que ganaba lo suficiente haciendo el tipo de trabajitos menores
que yo le conseguía en las escribanías. Y en eso se convirtió, en un escribano
de pacotilla. El primer Montesinos tinterillo. Un embaucador, ni más ni menos.
¿Serás tú igual a él? Si sigues mis consejos, te evitaré ese destino.
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus
reflexiones.
La señora acaba de despertarse y quiere ver a su bebé, le anunció la enfermera cuya figura escuálida
descubrió tras abrir la puerta.
Ya le llevo a mi sobrino, dijo Alfonso, ahogando una protesta por el trato
descortés que había recibido. Estas cholas ya ni saludan, le dijo al bebé
luego de cerrar la puerta. Apenas les dan un carguito insignificante y ya se
creen por encima de cualquiera. Y son estos cholos y serranos ignorantes
los que ahora se sienten con las ínfulas de participar en política. ¿Y sabes qué
movimiento los acoge? El único que sus cerebros son capaces de entender: el
comunismo. Le quito a los ricos para darles a ustedes, los pobres. Fácil.
Simple de entender, pero capaz de empobrecer aún más a los perdedores que
siguen como corderos ese modo de pensar. Entiende bien esto: en el comunismo, los
únicos que alcanzan la igualdad en la riqueza son los jefes que arrean a esos
borregos; y esos borregos son los únicos que alcanzan la igualdad en la pobreza.
El cuerpo del recién nacido presionaba el puro que
llevaba el abogado en el bolsillo pechero de su saco, incomodándolo. Lo extrajo
y lo encendió. Tras expulsar una sosegada bocanada de humo, continuó la
conversación. El bebé seguía, con los ojos muy abiertos, los movimientos
oscilantes del puro en la boca de su tío.
Yo me voy a encargar de que detestes esa ideología, de
que sepas que el dinero se consigue con esfuerzo y no quitándole a los que
tienen más. Esas son pendejadas, ¿oíste?
Mientras hablaba, Alfonso no evitaba que parte del
humo que huía de su boca fuese a dar a la cara del bebé.
Ya te debes de haber enterado de que el necio de tu
padre te va a llamar Vladimiro, en claro y ridículo homenaje al comunista ese
de Lenin, un loco que tuvo la temeridad de llevar a la práctica las locuras de
Marx, logrando asesinar a gran parte de Rusia con el hambre y la tiranía.
La puerta volvió a sonar; esta vez más fuerte. Alfonso
guardó silencio y le susurró al bebé: Aunque te llames como ese nefasto,
serás un líder democrático, capitalista, dueño e impulsor de mercados. Confía
en mí.
Los golpes en la puerta continuaron, insistentes.
Alfonso logró percibir el tono de la voz de la persona que llamaba. Siempre
susurrando, continuó hablándole a su sobrino: Ese que está tocando, te ha
puesto ese nombre solo por fregarme, pese a que he sido su principal benefactor
y guía.
¿Has estado fumando?, dijo Francisco luego de que Alfonso por fin abrió la puerta.
Sí, dijo
Alfonso, sin el menor escrúpulo. Así como Francisco pretendía joder a la
familia poniéndole a su engendro el horroroso nombre de Vladimiro, ¿por qué él no
podía joderle un poquito los pulmones al futuro comunista? He estado fumando
y he estado conversando con mi sobrino. Le he estado hablando un poco de
la vida, de lo bueno, de lo malo -y mirando a su hermano con cierto
desprecio-, y de lo nefasto.
Vete, Alfonso. Voy a llevarme a Vladimiro a ver a su
madre. Quiero estar con mi familia, con la familia que quiero de verdad.
Como gustes, Francisco. Ya elegiste tu camino y está
bien, pero quiero asegurarme de que Vladimiro no siga tus pasos.
Eso va a depender de mí y de él, zanjó Francisco. Sobre todo, de él. Así que te voy
a pedir que no te metas mucho en su vida o en las nuestras.
Está bien,
fingió resignación Alfonso. Luego, sus ojos adoptaron una seriedad marmórea: Recuerda
que mañana tienes trabajo en la oficina. Necesito que me selles el papeleo de
los cuatro casos pendientes. No creas que por ser mi hermano y porque acabas de
tener un hijo te voy a dar días libres. La familia es una cosa y el trabajo,
otra.
Francisco, con el bebé en brazos, quedó mirando con
resentimiento el marco de la puerta por donde se acababa de retirar su hermano,
a quien apodaba con rencor Almanegra.





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