La primera
conquista del nang fueron mis brazos. Lo descubrí en el momento en que intenté
coger un pedazo de papel higiénico. No solo no pude efectuar tan simple y
rutinario movimiento, sino que me asaltó un dolor horrendo en los músculos.
Quise
gritar, pero me contuve. No era la única persona en el baño; podía escuchar, a
través de la puerta del cubículo, la presencia de por lo menos un par de
oficinistas más.
***
Los llaman
nang y contienen gas de la risa, que, en realidad, es óxido nitroso. Si lo
inhalas, sentirás que las barreras que limitan tu mente se derrumban. Serás
capaz de expresarte libremente y de reírte de la seriedad del mundo.
Y si te
enganchas a esa sensación, tan libre de prejuicios y tan sensorialmente liviana,
tu cuerpo acabará atrapado justo en las mismas barreras que creíste haber derribado.
Los músculos se volverán estorbos blandengues y quejumbrosos, y el cerebro vagará
entre mareos arremolinados que lo empujarán hacia una liviandad extrema hasta
fijarse en un adormecimiento absoluto.
Esto último,
sin embargo, no te lo voy a decir porque no lo sé. Yo solo soy un vendedor. Mi
vitrina rebosa de productos y no tengo el tiempo -ni la intención- de
conocerlos a todos en detalle. Mi tarea no es advertir; es vender. Así que eso último
no lo oirás de mi boca. Yo solo te ofrezco el producto.
Los nangs se
consiguen en algunas tiendas australianas como esta. Y, por un módico precio, puedo
venderte los nangs con unos cigarrillos y unas mentas para que tu viaje sea más
placentero. ¿Te animas?
***
La segunda
conquista del nang fueron mis piernas. Cuando intenté levantarme de la taza, sentí
un hormigueo calcinante en ellas.
Tras
desistir del intento por el intenso dolor, me hundí en la taza. El trasero me
quedó parcialmente sumergido en el agua sucia. No pude hacer nada para salir del
atoro. Cualquier movimiento muscular, por mínimo que fuese, desencadenaba un
dolor criminal.
En ese
momento, atorado en la taza del water, sintiendo los bordes del agujero
comprimir mis piernas y espalda, me hundía lenta e inexorablemente. Tuve todo
el trasero hundido en el estercolero. Desconocía qué o quién me había dejado en
tal estado de indefensión muscular. Un mareo enajenante fue la cereza del
pastel.
El causante
de este cuadro es el nang que has estado inhalando sin parar, me informó
el doctor que me atendió y procuró los primeros auxilios en el hospital, luego
de que me sacaron del atolladero.
¿Quiénes me
sacaron? Los oficinistas del baño y los curiosos que se acercaron luego de que,
con mis últimas fuerzas, pedí auxilio y
deseé, al mismo tiempo, que toda mi vida se fuese por el drenaje de esa taza,
desapareciendo para siempre.
***
La última
conquista del nang fueron mis ganas de vivir.







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