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lunes, 25 de enero de 2016

El vuelo de la ceniza - Alonso Cueto

 
 
Procuro leer todo aquello que Alonso Cueto ha escrito y escribe.
 
Procuro leer todo aquello que Alonso Cueto ha escrito y escribe y está al alcance de mi bolsillo. Encontré un ejemplar pirateado de "El vuelo de la ceniza" (Seix Barral, 2007) hace unos pocos días en la librería del señor Luna, en la cuadra dos del jirón Quilca, lugar al cual asisto con cierta regularidad. Es mi librería favorita. El precio de los libros, todos usados, va desde un sol hasta los cinco o diez soles. Allí, la cultura y la economía están tomadas de la mano.
 
Cueto anima sus historias en Lima, principalmente. Se diría que su literatura es urbana. Por esa razón, siempre lo leo. No soy fan de las historias bucólicas. Prefiero la calle.
 
"El vuelo de la ceniza" es una novela policial, o así me pareció. Los dos primeros párrafos me cautivaron y, tras su lectura, haciendo una pausa, pensé: esta novela estará de la putamadre. Me equivoqué. La historia se cayó del libro. Si terminé de leerlo fue más por un prurito moral (siempre termino todo libro que empiezo) que por la bondad de la trama.
 
A pesar del fiasco, continuaré comprando y leyendo las ficciones del buen Cueto.

sábado, 16 de mayo de 2015

La pasajera - Alonso Cueto

A mi esposa ya no le causan celos mis salidas. Podría decirse que ya no le importa el asunto.

Ella tenía clases en su instituto. Yo, en la sombra, urdía un encuentro con Kathy. A decir verdad, no tenía por qué guarecerme en las tinieblas, puesto que a mi esposa le importa un rábano lo que haga o dejé de hacer con mi pichula, pero uno no deja de guardar ciertos resquemores. Hay que conservar las formas, ¿no? La recogería en su instituto e iríamos al Chili’s de Plaza Norte a tomar unos tragos y conversar. Le adelanté, por supuesto, que no tenía plata. Ni un puto sol. No te preocupes; yo pago, me dijo cariñosamente.

Cierro la conversa. Le digo a mi esposa que voy a salir más tarde. No hay problema, me dice. Ahorita sirvo la comida: He hecho arrocito, puré de frejoles, con tu paltita y tu ensalada de lechuga. Te vas a comer hasta el plato.

Le agradecí y le di un beso en la mejilla. Me tiré sobre el sofá, como el gran vago que soy, y terminé de leer “La pasajera”. Me costaba terminar (o empezar) esta nueva novela de Cueto. El tema del terrorismo ya me tenía hinchado. Es decir, la forma en cómo se enfoca este tema en la literatura actual peruana me parece demasiado intelectual y bombardeado de lugares comunes. No sé. Como no me gusta dejar una lectura a medias, sobre todo si se trata de un libro de pocas hojas, continué. A ver, un ex militar, dedicado, luego de la guerra interna, al noble oficio del taxi, cierto día, tiene como pasajera a Delia, la mujer a quien un grupo de soldados, bajo el mando de este ex militar, quien a su vez seguía las órdenes de su inescrupuloso coronel, violó salvajemente. Este encuentro casual le despiertan a Arturo (nombre del ex militar) aquellos infaustos recuerdos que, al parecer, no tenía del todo olvidados. El contrito militar se propone hallar nuevamente a Delia para resarcir su error. El destino, el azar, la habían colocado en su camino luego de tantos años de calamidades espirituales y ahora se proponía él arrebatarle las riendas al destino para ajustar él mismo las deudas con su conciencia.



El desenlace de la novela me pareció poco real, fingido. Sentí que los personajes vivían atados, que seguían un libreto, el libreto que debe seguir todo personaje “afectado” por la guerra interna. Ni bien lees esas páginas, percibes que los personajes se mueven dentro de parámetros, que no hay espontaneidad.

Terminé la novela y almorcé como los dioses. Mi esposa tiene una estupenda sazón.

La salida con Kathy estuvo amena. Para no aburrirla, recurrí a mi vieja estrategia: entrevistarla. Una persona se siente a gusto cuando la dejas hablar de su vida, cuando le haces preguntas que azucen o espoleen sus lenguas. Los seres humanos somos unos animales sumamente egoístas. Unos lo reconocemos; otros no.

Luego del Chili’s, fuimos a su casa. El propósito era pasar la noche con ella resolviendo unos crucigramas. Sin embargo, el plan fracasó. Su papá todavía estaba despierto y merodeando por la sala de la casa. Una incursión hubiera sido bastante temeraria, creía yo. Me mojaba los pantalones, tal como lo hizo Ollanta Humala cuando se rehusó a recibir a Capriles en Lima para no enojar al todavía vivo Chávez, su mentor. Decidí retirarme y agradecerle los tragos y la conversación.

Hoy le escribo un mensaje: buenos días.

Hola, me responde, ayer hubiera sido bonito que te quedaras conmigo.

No hay problema, replico. Quizás fue mejor: seguro me quedaba dormido, acoto. Ella se ríe.



     

jueves, 15 de enero de 2015

La piel de un escritor - Alonso Cueto

Digamos que, por el momento y por voluntad propia, le acabo de poner pausa a la vida minera que hasta hace poco llevaba para concentrarme en otro asunto.

Nada me garantiza que conseguiré el objetivo de ese otro asunto, pero si no lo intento, jamás lo sabré. Aparentemente, no tendría por qué sentir ningún tipo de inseguridad en cuanto a lograr ese objetivo. Todo indica que podría conseguirse limpiamente. Sin embargo, las reservas y los miedos están ahí, acechando. En caso de que fracase, siempre podré regresar a la vida minera, pero esto es algo que preferiría que no ocurriese. Si el asunto al que me refiero no se concreta, estoy seguro de que la depresión será mi compañera por un largo tiempo.

Durante mis días en la mina –no me atrevo a decir “meses” porque apenas raspé los dos- viví para trabajar, cosa que me desagradaba sobremanera. Añoré aquellos días en los que trabajaba en Lima: una vez que abandonaba la oficina, tenía un tiempo, si bien cortísimo, para ser yo, para dedicarme a mi hija, para escribir, para leer.

Ahora, mientras espero la fecha que podría cambiar mi vida radicalmente (nuevos lugares, nuevas emociones, nuevas historias), he retomado las lecturas y la escritura, actividades que me son esenciales, sin las cuales siento en el estómago una descomposición y hediondez extremos.



Luego de pausar la mina, sentí que debía leer un texto que me despabile y re-estimule la pasión por la escritura, pasión que yacía ahogada y aplastada debajo de cientos y cientos de informes técnicos. Así, me topé con La piel de un escritor de Alonso Cueto. Además de ejemplificar las técnicas narrativas a través de sus múltiples lecturas, Cueto afirma algo que aquellos que sentimos la narración visceralmente sabemos ya, consciente o inconscientemente: un escritor debe entregarse genuinamente a aquello que escribe; de lo contrario, o no escribirá o lo que escriba carecerá de fuerza y verdad.


Gracias a esta lectura, me he reencontrado con la pluma, para bien o para mal. Eso sí, la fiebre y los malestares estomacales cesaron, pues las yemas de mis dedos han hecho las paces con las teclas de la vieja laptop.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El susurro de la mujer ballena - Alonso Cueto

Lo más gratificante de haber regresado a casa es sentir la sonrisa de mi hija otra vez. No sé cómo regresé; en qué momento, de pronto, nuevamente circulaba por los cortos pasillos de esta casa.

Estaba falto de fuerzas. Una especie de fiebre persistente se negaba a abandonar mi cuerpo. No tenía ánimos para nada. Todo ese súbito malestar, que supongo acaeció sobre mí gracias a mi excesivo consumo de bebidas heladas –alguna que otra cerveza-, me doblegó. Así, en una de las visitas a esta casa, ya no conté con el temple necesario para permanecer inmune ante los cariños desbordantes y sinceros de mi hija. Sucumbí ante sus fuertes abrazos y sus papi, papi, papi.

Sabía que regresando a casa, automáticamente terminaba mi relación con Dani. Como mi reacción característica en estos casos es la huida, el no dar la cara, evité responder sus llamadas, permanecer al margen, hasta que ella misma se diera cuenta de que la Tierra me había tragado o hasta que intuyera la verdad.

Durante estos días de fiebre latente, dolores de cabeza y tos de perro, leí El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto. Me parecía haberlo leído hacía algunos años; pero mientras lo leía no recordaba nada de aquella primera lectura. Entonces, me figuré que pasaba las páginas de ese libro por primera vez.



Buena parte del texto la leí durante el examen médico de retiro que la consultora me programó para el lunes 20. Entre pinchazos, electrocardiogramas, audiometrías y triajes, comprobé una vez más que las ficciones de Alonso Cueto me caen mejor cuando estoy convaleciente. Sus historias, de la índole que sean, siempre son como las caricias que recibo de mi madre o de mi abuelita cuando estoy enfermo. Me arrullan y me entretienen. Me despejan. No me demandan esfuerzo ni concentración.

Rebeca –o Revaca, como la llamaban burlonamente en la escuela- es una mujer gordísima, una ballena. Heredó un millón de dólares de una tía, millón que, gracias a sus excelentes movidas financieras, decuplicó. Entonces, el dinero no era, ni por asomo, la principal preocupación de Rebeca. Sí lo era, y mucho, en cambio, los tormentosos recuerdos de su época colegial, recuerdos amargos que la habían perseguido toda su vida joven y adulta, así como la grasa que cubría y rellenaba su cuerpo milímetro cuadrado por milímetro cuadrado.

Un aluvión de malos ratos se le viene a la memoria cuando ve a Verónica, su única amiga durante el colegio, en una entrevista televisiva. Verónica tiene una deuda pendiente con Rebeca. Aquella lo había olvidado; pero Rebeca aparecería en su vida, descompondría su perfecto universo, para descubrirle que ella no era la única poseedora de una desconcertante fragilidad. Entonces, decide arreglar un encuentro casual con Verónica en un avión. Así es como se inicia la historia de estas dos mujeres, ex compañeras de colegio y ex amigas a escondidas; historia cuyo violento desenlace nos recuerda que las heridas sufridas cuando niños son quizá las más dolorosas e imborrables de todas.


Yo no recuerdo haber sido maltratado de niño o haber recibido algún tipo de vejamen mayúsculo. Puedo decir que viví una niñez tranquila. Entonces, leer la terrible experiencia de la mujer ballena, de Rebeca, conocer su inestabilidad adulta producto de las burlas y pullas que recibió por parte de sus compañeritos de escuela, me resultaba bastante difícil de creer. Pero, vamos, tenemos que ser capaces de ponernos a veces en los zapatos ajenos para evitar juzgar y acusar alegremente. Eso nos enseña la literatura, si es que algo nos enseña: evitar los juicios prematuros, comprender que no todos son como nosotros, que hay un sinnúmero de realidades que no conocemos. Por eso, lo mínimo que se puede esperar de nosotros es comprender y tolerar. 

lunes, 20 de enero de 2014

Cinco para las nueve y otros cuentos - Alonso Cueto

Estoy mal.

Estoy pésimo. No tengo ánimos para nada. Solo puedo leer inconteniblemente y dormir.  No me provoca hacer nada más.

El sol de mierda solo atiza mi desasosiego.

Tengo todos los síntomas de la fiebre. He tomado unas pastillas para erradicarme ese mal. Pero éste vuelve y se apodera de mi cabeza. La siento como si estuviera en las alturas, cuando por trabajo me mandan a una mina a más de cuatro mil metros de altura.

No sé por qué estoy así. El dolor se concentra en mis ojos y en mi cabeza. Las manos se calienten. Sudo copiosamente. «Putamare, me voy a morir y todavía no he terminado ninguna de las dos novelas que estoy escribiendo», pienso y me atormento más.

Escribo esto con un dolor tremendo en los ojos o detrás de ellos, en mi cerebro. Escribo esto hirviendo por dentro.

Así, jodido, hace unos días cogí “Cinco para las nueve y otros cuentos”. Quería leer algo ligero, suave. Generalmente, leo cosas suaves. No es novedad. “Cinco para las nueve y otros cuentos” fue una buena elección. Sus historias están dirigidas a adolescentes. Me atrevería a precisar “a chicas adolescentes”. Alonso Cueto se mete en la piel de chicos y chicas, y lo hace bien. Los cuentos de este libro (once en 143 páginas) no pretenden revolucionar la cuentística peruana, sino mostrar situaciones quizá muy comunes para los chicos que viven su edad colegial.





No es un libro revolucionario, como dije, pero este malestar que me aqueja ha hecho que le coja cierta estima. Sus historias me acompañaron en los momentos en los que la fiebre me atacó virulentamente hace unos días. Ahora la enfermedad ha amainado, pero sigue ahí, jodiéndome los ojos, golpeándome la cabeza, amenazando con darme cualquier día la estocada final.  

martes, 20 de noviembre de 2012

Cuerpos Secretos - Alonso Cueto




Alonso Cueto (Lima, 1954) ha publicado “Cuerpos Secretos”, novela que narra las circunstancias en las que un romance, atípico y vetado por la sociedad, se gesta y se complica. Es la historia del amor que surge entre dos amantes muy improbables: una señora de cuarenta años, económica y socialmente muy acomodada, y un muchacho de veinticinco años, cuzqueño, que reside buena parte de su vida en Los Olivos, dedicado a la enseñanza de matemáticas en un instituto sanisidrino. Sus nombres: Lourdes Paz y Renzo Lozano.


Lourdes es una empresaria que se dedica al negocio de las telas. Está casada con el empresario José Schon, personaje que desempeña un cargo ministerial en el gobierno peruano. Ambos viven en una lujosa casa en la urbanización Camacho. Además, como toda familia de boato y poder, tienen una casa de playa en Asia. Es ese balneario el escenario del encuentro entre Lourdes y Renzo, quien viaja hasta allí para darles clases particulares de matemática a los hijos de la vecina de aquella. En uno de los azares creados por el escritor, Paula –nombre de la vecina- le pide a Lourdes que le dé un aventón a Renzo, quien tiene que ir a San Isidro para impartir clases de matemática en un instituto. Durante ese aventón, Lourdes se sentirá atraída por aquel joven, por “el dibujo largo de las cejas, los hombros altos, la tez de color tierra, y en el centro de toda esa larga oscuridad, sus ojos cristalinos.” Previamente, el escritor nos ha narrado la vida monótona y predecible del matrimonio de Lourdes y José, de quien ella sospecha que le es repetidas veces infiel con invariables mujeres. Entonces, el señuelo para justificar el posterior comportamiento adúltero de Lourdes está claramente establecido: una mujer abandonada sentimentalmente que encuentra aquello que cree que carece en Renzo. Desde ese momento, Renzo y Lourdes permanecerán juntos, conversando, conociéndose y citándose en diferentes hoteles, de los cuales, el que más frecuentan es el hotel Cazorla en la avenida Colmena del Centro de Lima. El amor va medrando a escondidas de los respectivos familiares de los protagonistas. Solamente Félix, amigo de Renzo, es eventual testigo de ese amor furtivo gracias a los retazos episódicos que Renzo le cuenta buenamente. Aquel le aconseja a su amigo dejar de ver a Lourdes, pues el marido podría matarlo fácilmente. Un romance erigido por tales protagonistas debe ser descubierto –de lo contrario, la novela no tendría sentido- y obligado a deshacerse por aquellos que nunca estuvieron a favor de semejante enlace. El autor coloca algunos personajes que ayudarán a que el sino de la unión espiritual de Renzo y Lourdes continúe vivo. El final de la historia resulta algo irreal y, al menos desde mi parcializado punto de vista, pobre. Da la impresión de que el autor no sabía cómo terminar su historia. El final escrito contradice los arrestos emprendedores de los protagonistas, cuyos perfiles han sido tenuemente dibujados por el escritor. Además, el final es mediana y mediocremente feliz, lo cual cimienta su pobreza literaria.

El estilo de Cueto es el mismo que sus lectores le conocen a través de sus varias novelas. Uno reconoce esas descripciones lírico-telegráficas que abren párrafos y que compelen al lector a imaginarse los ambientes que usa el escritor a través de aquellos corpúsculos rápidos y precisos con que los pinta. Algunos ejemplos:

“La iglesia en misa de once, las bancas llenas y tantos recuerdos. Una sala con paredes de ladrillos rojos, una fila de bancas, flores en el altar de plomo.”

“La hierba y el muro y la masa serena y furiosa del mar a sus pies, el promontorio de San Lorenzo, la línea que corta el agua en el cielo, el territorio violento y armónico del agua.”

Aquello que causa cierta desazón en la historia narrada es la poca profundidad con la que son retratados los personajes centrales de la novela –ni qué decir de los periféricos-. Una apropiada sumersión en las interioridades de Renzo y Lourdes, por lo menos, explicaría el por qué dos personas tan disímiles y de mundos completamente alejados llegan a amarse con tal furor. Lo sólito, en cualquier latitud del globo, debiera ser que dos personas, al margen de sus etnias o creencias, se quieran o amen; lo insólito, en un país como el Perú, es que dos personas como Lourdes y Renzo se amen con semejante fogosidad. Es decir, en muy poco tiempo –es decir, durante el trayecto de Asia a San Isidro-, años de prejuicio se esfumaron. En una sociedad como la peruana, el individuo de las esferas más altas desdeña al peruano cuyos rasgos físicos son muy semejantes a los de los indios e incas retratados en los libros, rasgos semejantes a aquellos que portan con orgullo los pobladores de las serranías, rasgos como los que posee el que esto escribe. Y este desdén no es propiedad exclusiva de las clases blancas adineradas –uno de los leitmotiv de la novela de Cueto es la diferencia cromática entre sus personajes: lo blanco y lo trigueño-. Si hablamos claro, un cholo con plata comienza a ver a sus “congéneres” por encima del hombro y apuntará siempre, mientras más dinero y estatus acumule, a “emparentarse” con blancos con plata. Basta con echarle un ojo a esta sociedad para enterarse cabalmente de esto que escribo. Lourdes ve a Renzo como un chico de cejas largas, hombros altos, tez de color tierra y ojos cristalinos. La apariencia que Cueto le confiere a Renzo no es muy precisa y parece distar mucho de aquella que caracteriza al peruano de las serranías. Que una señora como Lourdes se hubiese enamorado de un Renzo cuyo rostro se asemejara al de un cerámico mochica propicia, sin lugar a dudas, una verdadera historia de amor dentro de una atmósfera hostil. Por la vaga descripción que hace Cueto de Renzo, parece que ese no es el caso. Es, pues, “Cuerpos Secretos”, una historia que no transgrede ninguna tara social peruana, ya que el autor no tuvo la valentía o el tino de crear personajes más reales ni de explorar en las conciencias de los que ya había creado. Un ejemplo de esto es que Renzo no es un personaje complicado o sinuoso, si tenemos en cuenta que, según el autor, aquel fue violentado sexualmente cuando tenía ocho años de su edad por un tío en el Cusco. Un hecho de ese calibre definitivamente remece a cualquiera y genera un gran impacto en su vida futura. No obstante, Renzo parece haber crecido al margen de las consecuencias de ese funesto episodio y, por el contrario, se relaciona muy bien con las mujeres y con su entorno. Así las cosas, el hecho de la violación se lee como una carga que el autor quiso endilgarle a su personaje para dotarlo de cierto drama que luego no sabe cómo usar ni desarrollar.

El que esto escribe ha vivido en Los Olivos mucho tiempo. Cueto cumple con la descripción de los sitios más conocidos de ese distrito. Menciona, incluso, a la conocida parroquia “El Buen Pastor”, lugar al que acude la atribulada madre de Renzo para rezar por el destino de su hijo y a donde Lourdes llega para entablar con ella una conversación decisiva en la novela. Cueto se tomó, al menos en ese aspecto, el trabajo de investigar aquellos ambientes olivenses que, supongo, no le son muy familiares. Así como no le son familiares, al que esto escribe, los entornos del balneario de Asia.

“Cuerpos secretos” hubiera quedado mejor si la relación de amor que cuenta se limitaba a ser protagonizada por un jovenzuelo que se involucra con una señora mayor y casada, perteneciendo ambos a la misma alta clase social. Un lector, que ha vivido en Los Olivos y que ha padecido diariamente la marginación por el rostro incaico que tiene y por el color terroso de su piel, difícilmente podrá tragarse el cuento de Cueto. ¿Y no es acaso la misión de toda buena ficción convencer a su lector de que las mentiras que cuenta son verdades palmarias?