Dios les reservó a los peruanos cerros picudos con panzas de oro y plata
Pero los
cagó
[se
entiende que a los peruanos]
haciéndolos de variados e irreconciliables colores
Dios les reservó a los peruanos cerros picudos con panzas de oro y plata
Pero los
cagó
[se
entiende que a los peruanos]
haciéndolos
de variados e irreconciliables colores
Un abra en Huancavelica fue mi tumba
Nieve y lluvia cubrieron mi cuerpo indolente y atrevido
Un cuerpo que albergó una mente
también indolente y atrevida
que me condujo a este destino
Encrespado turbante fue sacudido entre los míos
Pero el metal
el azogue, la plata y
el oro
semidioses de las entrañas
continuaron ofreciéndose al mejor postor
Todas tienen un valor según el tiempo en que las descubras y la lucidez
en que te encuentres
Vetas o venas
Ausente y triste ingresas en el cerro que te recibe alegre y vengativo
escondiendo en las paredes de sus venas algunas
enormes trampas que te reunirán con el Señor
La política es el arte de obtener dinero de los ricos
y el voto de los pobres con el pretexto de
proteger a los unos de los otros.
Anónimo
¿Eres
minero?
Sí, le
contesté, ingeniero de minas, le volví a especificar.
Ah, ya,
entonces son cuarenta soles la hora, dijo.
¿Pero me
garantiza que voy a aprender francés en tres meses?
Por
supuesto, contestó, todos mis alumnos pueden dar fe de que conmigo aprenden
en tiempo récord. Si quieres, pregúntales.
No, no hace falta, le dije, me
basta con su palabra, señorita…
Vera.
Solo dime Vera, completó.
***
Por cada
punta que lleves, diez soles. No está mal, ah. Habla, ¿te apuntas?
Jack
afinaba su guitarra. Mientras ajustaba una de las clavijas y punteaba una
cuerda, se convenció de que la oferta no era nada desdeñable.
¿Y cómo haría
para jalar gente?, dijo, sin despegar la mirada de las cuerdas.
Puta, no
sé, pes, huevón; usa tu ingenio. Si quieres quedarte con todo el billete, usa
tu floro. Si no tienes un floro convincente, les dices que les vas a dar cinco
luquitas, y ya tú te quedas con la otra mitad. Depende de ti.
Punteó la
tercera y la cuarta cuerda. Le gustó el sonido que ellas produjeron.
Dale,
anótame. En un toque, se me va a ocurrir la estrategia.
Luego, se
fijó en el cigarrillo electrónico que estaba sobre la mesa.
¿Y esa
huevada?
Me estafaron,
huevón. Pagué cien mangos por esa vaina y llegó cargada de marihuana. Tú sabes
que ya no le entro a esa huevada. La marihuana es mi perdición.
¿Pero qué
es, pes, huevón?, dijo Jack.
Ah, es un
cigarro electrónico.
¿O sea no
lo quieres?
Puta, no,
pes, huevón. Más bien, es una tentación estando ahí.
¿Me lo
puedo quedar?, sugirió Jack.
***
Soy Quispe,
pero casada con Morante, tonto, dijo la mujer. Automáticamente, se me borró el
Quispe. Desapareció. Es historia. Somos de otra clase ya, ¿entiendes?
Jack miró a
su madre. Comprendió que jamás obtendría su aprobación.
Sácame a
esa chiquita de aquí ya mismo. No quiero ni saber lo que te haría tu papá si te
viera con esa poquita cosa, dijo la mujer. ¿Viste que se comió la
ensalada con el tenedor de los tallarines? No, hijito. Sácala ya mismo de la
casa y no la vuelvas a traer más.
La empleada
de la casa, Fabiana Morales, escuchaba la conversación entre madre e hijo
abriendo y cerrando los ojos con sorpresa e indignación sin que fuese vista por
sus empleadores.
Además, ¿le
has visto la cara de cholita vieja que tiene? Dime, ¿la has visto bien?, exigió la
mujer. Hasta Fabianita es mil veces más guapa. Buscaba la mirada de su
hijo. Este la tenía hundida en el suelo.
Tú
estuviste a un pelo de salir indio como mi papá, tu abuelo; pero, gracias a
Dios bendito, se impuso la sangre de tu padre. ¿Quieres echar por los suelos mi
gran logro genético?
Mamá, dijo Jack,
¿me prestas el auto?
¿Qué? Oye,
te estoy hablando de algo muy serio y tú me sales con otra cosa.
Dame el
auto, vieja, y no vuelves a saber de ella. Te lo prometo, dijo
Jack.
La mujer
fue hacia su cartera y sacó unas llaves. Se las entregó a su hijo.
Papá ya
debe comprarme un auto, ah. A ver si le dices cuando lo veas, dijo
Jack.
Cuando te
animes a estudiar en la universidad, tendrás tu auto. Mil veces te lo ha dicho
tu papá, le recordó en vano la mujer, pues Jack acababa de desaparecer tras la
puerta.
***
Al poco
rato, escuchamos unos pasos en el estudio de Josué, el tatuador. Vera, él y yo
conversábamos en la trastienda del lugar.
Ven,
cierra, oe, dijo el dueño de los pasos, cuya cara todavía nos
era desconocida, al menos para mí. Josué, solícito como nunca lo había estado
en toda la noche, salió disparado de su asiento.
Échale
candado, huevón, dijo la voz. ¿Quiénes están adentro? ¿Alguien
interesante?
No se oyó
respuesta. Josué habría devuelto algún gesto silente de afirmación o negación.
Escuchamos
el descenso metálico de la puerta enrollable y el clink del candado
asegurándola en el marco. Luego, junto a Josué, entró un tipo de camisa y
pantalón jean.
¿Tú eres el
del billete?, me dijo, aproximándoseme. Cuando lo tuve muy cerca,
le sentí un poderoso tufo a trago. Pareces de billete. ¿Eres un serrano con
plata? ¿En qué trabajas?, cada pregunta me la formuló con la misma ansiedad
con la que un cura le exigía a su monaguillo enumerarle las veces que se había
corrido la paja. Eres el cachero de esta huevona, ¿no?, arremetió,
mirando sesgadamente a mi maestra.
Eh, no, no,
Vicuña, dijo el tatuador, él solo es…
Oye, huevón, explotó
el advenedizo. Yo no estoy para perder mi tiempo, ah. Claramente, me dijiste
que teníamos a otro colaborador. El presidente Castillo no quiere que lo
hueveen, ah. Cuando salga, te va a colgar de los huevos por cojudo.
Josué
calló. Los ojos encendidos del tal Vicuña habían enmudecido sus labios y
extinguido cualquier rescoldo de protesta.
Además,
imbécil, ¿cuántas veces te tengo que decir que no me digas Vicuña? Soy el
doctor Harry. Apréndetelo bien. A ver, a ver, dijo, enfilando sus baterías
nuevamente hacia mí. Necesito un aporte para la causa. Ahorita. Ya. En
efectivo. El profesor quiere su centro. ¿Cuánto tienes? ¿Cuánto vas a dar?
No supe qué
responder. Cada palabra parecía salida de una incansable ametralladora. Miré a
Josué, pero tenía la cabeza gacha. Miré a mi maestra. Parecía encontrar
divertida la situación.
Nosotros no
tenemos plata, dijo ella. Solo tenemos el poder de nuestros
ideales. Es lo único y, creo, lo más valioso que tenemos para apoyar al
profesor.
Mamita, dijo
Vicuña, el profesor quiere plata, necesita plata. Los ideales no lo van a
regresar al poder. Los jueces no aceptan ideales; esa gente quiere plata,
¿comprendes?
¿Quién te
has creído para decirme “mamita”, cholo pezuñento?, se
indignó mi maestra. Tú solo eres una cucaracha-pide-plata. El profesor jamás
exigiría un centavo a nadie. El profesor era el expresidente del Perú,
Pedro Castillo, que purgaba prisión por haber liderado un golpe de estado. Su
asonada, al no contar con el apoyo militar, duró apenas unos minutos. Lo
capturaron cuando intentaba refugiarse en la embajada mexicana en Lima. Había
gobernado poco más de un año.
Se ve que
no conoces al profesor, mamita. Luego, dirigiéndose a Josué: Conchatumadre, ¿no
se suponía que todos aquí hablábamos el mismo idioma? ¿No se suponía que me
traerías un aportante?
Me vuelves
a decir “mamita” y te parto la cara, huevón, desafió mi maestra,
escupiéndole cada palabra con toda la furia que su delgado cuerpo podía
contener. Se había ubicado enfrente de él, sin miedo, sin titubeos.
Pude
percibir cierto apocamiento en Vicuña mientras este le miraba la boca recta y
palpitante de rabia a mi maestra. Sin duda, Vicuña sopesaba que la mujercita
que tenía enfrente podía enviarlo a casa con no pocos rasguños.
Josué,
conocedor del temperamento de mi maestra, abandonó por segunda vez su habitual indolencia
y, la mandíbula moviéndosele como zafada de sus goznes, intervino: Vicuña,
será mejor que te vayas.
¡Harry,
mierda, Harry, soy el doctor Harry, conchatumadre!, ladró
Vicuña.
¡A quién
vienes a conchatumadrear, tú, oe, serrano de porquería!, le volteó
la cara mi maestra de un cachetadón. El golpe nos dolió a todos; a Josué, a mí
y, en especial, al propio Vicuña, quien tras tomarse la cara (que la tenía
volteada), fue descendiendo lentamente hacia el suelo, hasta terminar
arrodillado y, finalmente, acostado.
Mierda, no
se mueve, se acercó Josué. Una vez acuclillado junto al cuerpo de Vicuña,
aproximó la oreja a la boca del caído. ¿Habría querido comprobar sus signos
vitales? Se demoró algo. Luego, intentó tomarle el pulso. Está muerto,
declaró, la expresión envuelta en miedo.
Chucha, dije en
voz alta. ¿Y ahora?
Miré a mi
maestra. Ella estaba de lo más tranquila, dando cuenta de su ración de whisky. Un
serrano menos, dijo. Y serrano pedilón, encima. Me alegro mucho.
Enseguida, dejando el vaso vacío de whisky sobre una mesa y cogiendo la
botella, se acercó a Josué. Me dijiste claramente que conoceríamos a un
congresista del partido del profe y nos trajiste ¿esto?, señaló el cuerpo
de Vicuña. Te cagaste conmigo, Josué. Y mirándome: Vámonos.
Agregar
algo estaba demás. Me revisé los bolsillos. Mi billetera estaba en su lugar.
También las llaves de mi depa. Estaba listo para fugar. Vamos, dije.
Oye, huevón, saltó
Josué, impidiéndome el avance. ¿Te vas a ir, así como así? Hay un muerto
acá, huevón. ¿Qué crees que voy a hacer? Se va a necesitar un billete para
velarlo, enterrarlo y toda la huevada.
¿Cómo?, le dije,
sorprendido. Busqué el auxilio de mi maestra, pero ya se había ido. Oye, yo
no he hecho nada. Tú sabes que fue…, no podía culpar a mi maestra, si bien
todos habíamos visto lo ocurrido. Bajé la cabeza. No tenía argumentos de
defensa.
Cómo que
no. Si no fuera porque estabas acá, nada de esto hubiera pasado. Ya, chitón
nomás, y cáete con un billete. Luego te largas y no voy a decirle nada a la
policía cuando venga en un rato. Ya les inventaré algo, ofreció
Josué. Era otro. Las palabras le salían veloces y sus gestos, si bien
cuadriculados, eran como saetas.
Saqué la cartera
y le entregué un par de billetes grandes. Josué abrió desmesuradamente los
ojos, claro signo de que estaba más que conforme con el monto.
¿No tienes
más, huevón?
Le entregué
otro billete grande.
Ya, huevón,
vete rápido y caleta nomás. Ya yo me encargo de esta huevada. Chau, chau.
El objeto más noble que puede ocupar
el hombre es ilustrar a sus semejantes.
Simón Bolívar
Vieja
cachera, qué culpa tengo yo de que estés llenándote de hijos y no tengas para
pagarte un taxi, carajo, dijo mi maestra, clavándose más en su asiento,
negándose a que la embarazada que tenía enfrente lo ocupase. Dile a tu
marido que, así como te hace hijos, trabaje el doble o el triple para que te
pague un taxi o te compre un carro, vieja misia; misia y cachera.
Mi profe se
había expresado con tal vehemencia que nadie se atrevió a refutar su postura,
ni siquiera la mujer embarazada que, por su aspecto, parecía haber salido de un barrio pobre de la ciudad. Dos niños pequeños se aferraban de sus faldas,
haciendo malabares para no dejarse arrastrar por la inercia de las frenadas y
aceleradas del vehículo.
Desde mi
ubicación, colgado del tubo del microbús, al ladito de mi profe, pude ver que
algunos de los pasajeros asentían en trémulo concilio con las declaraciones que
ella acababa de proferir.
Yo
permanecí en silencio. No podía salir de mi estupefacción: ¿de dónde le había
salido ese carácter volcánico a la maestra que hacía dos días conocí y cuya
dulce sonrisa me flechó?
***
Mi vida
estaba a punto de cambiar: en tres meses, me mudaría a Montreal, Canadá. La
minera para la que llevaba trabajando casi dos años me reubicaría en ese lugar.
Desde allí, supervisaría los trabajos técnicos de las cinco minas que la
empresa poseía en dicho país.
Googleé
Montreal. Casi el ochenta por ciento de sus habitantes hablaba francés; toda la
ciudad -sus museos, estadios, restaurantes, calles y demás- estaba sumergida en
esa lengua. Una muestra: en Google Maps, los nombres de todas las calles
empezaban con el francés “rue” y no con el inglés “street”.
Si quería
hacer bien mi chamba, debía ponerme a estudiar francés ya mismo; aunque no
empezaría desde cero. Luego de terminar el inglés, en el año 2003, continué con
el francés en el 2004. Sin embargo, no completé los veinticuatro meses
requeridos que aseguraban un dominio decente del idioma; apenas pude cursar
cuatro. Los deberes universitarios me absorbieron.
En La Alianza
Francesa, no aprendería el idioma en tres meses. Necesitaba a un maestro
particular que me ayudara a cumplir esa misión. El popular científico Robert Oppenheimer
aprendió holandés en seis semanas para dictar una clase de física nuclear; ¿por
qué no podría yo aprender francés en tres meses?
***
Bajamos en
el Óvalo de Higuereta. Caminamos unos metros y entramos al centro comercial
Polvos Rosados. El olor a incienso era fuerte. Me recordó los tiempos en los
que frecuentaba las camas de viejas putas del Centro de Lima. Yo iba detrás de
Vera, analizando al paso los contenidos de cada uno de los puestos comerciales
que recorríamos. Cuando estuvimos casi al fondo de la galería, mi maestra se
desvió hacia la derecha y entró en una de las tiendas. Era un estudio de
tatuajes. Yo la seguí.
Un tipo de
dreds, en bividí, los ojos disimulados tras unos lentes ahumados, saludó a Vera
sin mostrar entusiasmo alguno. Tras observarlo unos momentos, me di cuenta de
que todos sus movimientos estaban preñados de una pasmosa lentitud.
Me dijo
Jack que tenías lo mío, le dijo Vera. El pata de los dreds, que le perforaba
los labios a una chica, asintió sin muchas ganas. Luego, señaló con la mirada
hacia una especie de mesa que le servía de aparador.
Llévatela,
nomás; ya arreglé con él, dijo.
Chévere,
Josué, agradeció Vera, y se acercó a la mesita. Tomó de ella una bolsita
transparente. Pásame tu DNI, me dijo. Me acerqué y se lo di. Con un poco
del contenido de la bolsita, que había resultado ser cocaína, formó un cerrito
sobre la mesa. Con mi DNI, machacó el montículo hasta convertirlo en varias
líneas paralelas, todas del mismo tamaño y grosor, delgadas como cabello de
recién nacido, pero rectas como conducta de jesuita.
Primero yo,
¿ya?, me dijo. Y sin esperar alguna respuesta mía, desaparecieron, por uno
de los orificios de su nariz, una, dos y tres líneas. Te toca, me ofreció,
recogiendo con los dedos (y lamiéndoselos luego) las partículas de coca que
no lograron ingresar en ella.
Yo nunca
había aspirado cocaína, ni fumado marihuana. Era un tipo sano.
¿Cómo se
hace?, le consulté.
¿Nunca lo
has hecho?, se sorprendió.
Para no
quedar como un cojudo, imité lo que le había visto hacer hacía pocos segundos.
Aspiré dos líneas de una sola pasada. La nariz me quedó picando.
Tranquilo,
así es la primera vez, me dijo Vera, riéndose de mi dolor. ¿Tienes agua?,
le preguntó a Josué, el tipo de los dreds. Este movió la cabeza negativa y
lentamente, sin despegar la atención de los labios que estaba perforando.
Cómprate un
whisky, pes, me dijo Vera. Con whisky es más rico.
Los deseos
de mi profe eran irrebatibles. Con el picor en la ñata, fui hacia el puesto
donde vendían todo tipo de tragos.
¿Está bien,
joven?, parece tren. A cada rato está snif, snif, snif. ¿Qué le pasó?, la
tendera, muy amable, me dedicó unos segundos de genuina preocupación.
Estoy
resfriado, le contesté, y le pagué con un billete de cien soles
que no era de mi maestra sino mío. Claro, ella era lo bastante delicada y fina
como para andar dándole dinero a la gente. Para eso estaban los caballeros,
para satisfacer las demandas de sus amigas.
Mi vieja es
una cachera, decía mi maestra mientras yo regresaba con el
whisky. Ella alargó la mano y sacó la botella de la bolsa negra que lo
contenía. No me dio las gracias. No era necesario. Una mujer de su cultura no
tenía que agradecer los gestos que un caballero hacía por natural deber.
Si una
mujer tiene más de tres hijos, es una cacheraza, pues, concluyó
Vera, sirviéndose un vasito de whisky. Le pasó la botella a Josué. Este tomó
directamente de ella un buen sorbo. Hijo de puta, pensé. ni siquiera te
conozco y te soplas mi whisky.
¿Cuántos
son ustedes, flaca?, dijo el cojudo, sin soltar la botella, MI botella.
Su cliente, la de los labios perforados, todavía sentada, hablaba con alguien
por su celular.
Yo y
mis tres hermanos, respondió Vera.
Viejas
conchudas, filosofó Josué. Se echó otro tanganazo y colocó la
botella a su lado, signo manifiesto de que el trago ya era suyo. Tenía blanca
la punta de la nariz. Está bien que la hayas mandado a la mierda, flaca.
Sí, pe, dijo
Vera, a esas cacheras hay que decirles sus verdades. Solo así, este país
dejará de ser pobre.
Al parecer,
mi maestra no tenía muchas ganas de regresar a casa. Me había dicho que la
acompañase “un ratito” a Higuereta, y ese ratito ya se había extinguido.
Échame más, pidió Vera.
Josué tomó la botella y le llenó el vasito. Volvió a poner el whisky a su lado.
¿O sea, yo no voy a tomar, conchatumadre?, pensé. No era el momento para
armar escándalos. Debía retirarme antes de que la sangre llegase al río.
¿Nos vamos?
Tengo que hacer, le dije a mi maestra, las palabras salpimentadas con
un poco de sano y rancio machismo. ¿Acaso prefieres estar con ese vago de
mierda que conmigo?, pensé.
No jodas.
Quédate. La noche recién empieza, respondió Vera desde su trono de mujer independiente
que sabía lo que quería.
Era un
martes. Ese floro de que la noche era virgen se aplicaba para un viernes, o un
jueves como máximo, pero ¿un martes? Yo encantado de que la noche fuera virgen
siempre y cuando fuera a solas con mi maestra, pero ¿qué tenía que hacer en la
ecuación el vago de Josué?
Oye, el
labio no para de sangrarme, dijo la cliente del amigo de Vera. Mira, me
arreglas esto o no sé qué te hago.
Josué, imperturbable
como médico de hospital público ante el dolor de una gestante, sin mirarla,
apenas murmuró: Échate agua. En unos minutos, se sana esa huevada. Tomó
un sorbo más de mi whisky y continuó conversando con Vera.
¿Échate
agua? Oye, atiéndeme, mira cómo me sangra la boca, se
indignó la mujer. O devuélveme mi plata, carajo.
¡Qué
tienes, conchatumadre!, rugió mi profesora. Josué ya te ha dicho que te
eches agua y esperes. ¿No puedes hacer eso? ¿Tan difícil es? Además, ¿quién te
manda a hacerte huevadas en la cara?, continuó mi maestra, quien lucía un par
de piercings en la cara: uno en la comisura de los labios y otro en una de las
alas de su nariz.
La cliente,
antes de irse, pues intuía que mi profesora no era alguien con quien pudiera
combatir y resultar victoriosa, amenazó: Voy a regresar con la policía,
muerto de hambre. Y voy a traer a un negro para que te cache, bruja,
terminó, yéndose con la boca roja.
Yo también
me voy. Te llamo para la próxima clase, le dije a Vera.
Iba a
responderme, pero Josué la detuvo, le acercó la boca al oído y le dijo algo.
No te vayas, me dijo
después del susurro de Josué. Quédate dos horitas más y luego nos vamos
juntos a un hotel. ¿Quieres que te enseñe francés en la madrugada? Mi
experiencia me dice que es el mejor momento del día para aprender idiomas.
La
propuesta era suculenta. Me quedé.
MOTE:
La historia de un delito justo
Renzo
M
La producción narrativa reciente ―la más joven, vital y virgen― encuentra su ámbito de exposición en editoriales de perfil discreto y en eventos autogestionados, usualmente de poca convocatoria. También lo hace desde la propia iniciativa del autor, que, cansado de los impasses con la industria librera, harto de los premios esquivos y de las argollas literarias (que las hay de todo calibre, desde Quilca hasta la avenida Larco, incluyendo provincias y anexos); ese mismo autor, renuente a pagar un bolo a cierto columnista de algún periódico local, acomete lo inevitable: apostar por la valiente y a la vez suicida decisión de editar sus propios textos, y aun distribuirlos, morral en mano, en librerías que prometen lectores.
De todo este mar de tentativas literarias, de esa
hojarasca de títulos y géneros de cada nueva temporada, de tanto sudor pisando
la calle, de vez en cuando el lector se topa con algo que merece llamarse
literatura. Eso me ocurrió con "Mote", novela corta o nouvelle de
temática urbana, escrita y publicada por Daniel Gutiérrez, hacedor también de
otras siete publicaciones.
Lo de temática urbana es sólo para darle contexto a
un libro cuya brevedad no desmerece para nada su historia bien contada y los
aciertos estilísticos en el tratamiento de la forma narrativa.
En apretada síntesis, "Mote", el
protagonista que da título al libro, se nos presenta como un antihéroe
provinciano que busca su porción de torta capitalista. El robo sistemático que perpetró
a la entidad financiera en que trabajaba lo hizo purgar prisión y, luego, lo
forzó a exiliarse al Viejo Continente, en Italia, donde consigue chambitas que
ponen a prueba sus límites morales y sexuales. En Europa, en alguna terraza de
café o bar milanés, o, en la soledad de su cuarto en los suburbios de un barrio
obrero, Mote también mata las horas de ocio pensando en la fortuna secreta que
guardó en Huancayo, su tierra natal, y piensa en su familia, en las faenas
agrícolas de su niñez, en sus escarceos homosexuales, repasa sus victorias
efímeras en el fútbol bajo el cielo azul huancaíno que lo vio crecer y hacerse
profesional, el primero de su clase, destacado alumno de economía en su
facultad huanca, orgulloso siempre de ser serrano y de llevar su apelativo Mote
a todas partes.
Es verdad que Mote opta por lo que, digamos, es un
camino incorrecto: el robo planificado y alevoso, doloso. Pero decirlo así
causa rubor en un país en el que abundan los impresentables que parasitan en el
aparato público, acaso en algún oscuro departamento de ministerio inclusivo,
debido únicamente al talento para besar la mano o el culo de algún político
cachafaz; en un país de abyecta convivencia, de doble moral, de cinismo
asfixiante, en donde las empresas, independientemente de su tamaño y de su giro
comercial, pisotean derechos laborales mediante contratos que nunca favorecen
al trabajador; todo lo contrario: lo hunden en la inestabilidad de un proyecto
de vida trunco.
Mote interpela toda esa herencia fujimorista, sucio
remedo de liberalismo. Su delito es una suerte de golpe bajo contra la banca
usurera, contra la triquiñuela jurídica, contra los contratos de firma mensual,
contra los sindicatos sin peso, contra las clínicas sin humanidad, contra las
AFP's que inflan sus negocios con dinero ajeno. Por eso Mote, a su manera, se
rebela contra ese sistema que exprime el alma, la mente y el cuerpo del
clasemediero provinciano de barrio proletario, de ese sujeto del rendimiento
(dirá el filósofo Byung-Chul Han), que importa sólo y exclusivamente en la
medida que es productivo, eficiente y rentable.
El delito de Mote es, pues, en el plano literario,
un acto de justicia en nuestros días. Una interpelación moral a la sociedad del
apetito material, que trastoca al ser por la imagen, que lesiona la autoestima
por status, por likes, en nombre del dios éxito. Es, asimismo, la alternativa
extrema de todo empleado que busca su redención en la geografía capitalista del
siglo XXI. (Usted lo ha pensado, la idea de una venganza a la empresa que lo
explotó, que lo peseteó, que lo echó por reclamar un pago justo, acaso por
defender a un compañero, que la despidió por embarazo; pero usted no lo hizo;
usted tiene sus códigos morales, léase cobardía para actuar. Mote se zurró en
ello. Mote lo pensó y lo hizo, demostrando que la justicia no debe estar en el
cielo. Como lo hicieron, desde otras
perspectivas de justicia, el estudiante Raskólnikov, de Crimen y castigo o el adolescente Light Yagami de Death Note. Pero esto, llevado a un
plano real, sitúa a Mote un peldaño más arriba de cuantos nos rodean, esos
falsos anarquistas, pseudos intelectuales, que se autodenominan escritores
underground, subtes, antisistemas, pero posan coquetos con medalla y diploma
oficial cortesía del congreso putrefacto o de una municipalidad que da la
espalda a su pueblo.)
El libro revela también una cierta idiosincrasia
del peruano provinciano, siempre en el péndulo moral, condicionado por una
sexualidad desorbitada que no renuncia a descubrir más placeres en diferentes
pieles y géneros, acaso como una forma de reivindicación cultural y étnica. El
sexo como ejercicio de poder. Incluso en toda clase de situaciones y ambientes,
en su mayoría desopilantes. Ya instalado en Europa, a Mote lo vemos perder la
dignidad a cambio de un puñado de euros ante un acaudalado señorón italiano; lo
acompañamos en su nostalgia que evoca aquella juventud huancaína que no será
jamás; en la banca de un parque o acodado en la mesa de una terraza de café, lo
observamos pensando en la familia que ha dejado con la promesa de volver,
recordando sus hazañas sexuales, los estragos en la cárcel, algún partido de
fútbol o rememorando algún amor contrariado del pasado. Todos tenemos, pues, un
poco de Mote, razón por la cual es fácil empatizar con su historia.
A esa empatía con el personaje principal suma mucho
el manejo técnico del narrador. Aquí Daniel Gutiérrez se exhibe como diestro
fabulador dueño de sus recursos expresivos, con la capacidad para los diálogos
hilarantes y picantes (en italiano y español, un verbum español muy peruano,
dicho sea de paso), siempre acertado para el juego del doble sentido, la
descripción descarnada del sexo desaforado y los cuadros de violencia (como el
más intenso Bukowski) y el empleo de técnicas narrativas como el flashback y el
monólogo interior (huellas del registro callejero a lo Jorge Eslava en Navajas en el paladar, ecos también de
Oswaldo Reynoso y Martin Roldán) para humanizar a su protagonista ante los ojos
del lector. Porque en Mote, la nostalgia huancaína es sentido de pertenencia y
salvación, el aire que se puede respirar. La nostalgia predomina en su ADN
andino y se percibe a lo largo del libro.
No faltan los personajes trans y los episodios
homoeróticos, que son de gusto y preferencia narrativa en nuestro autor. Pero
no desde una visión maniquea del sexo y sus alcances placenteros, sino, más
bien, desde el tratamiento de la complicidad y la ruptura, la dominación y la
sumisión, la sobrevivencia y el amor. Los travestis y homosexuales que desfilan
en las páginas de "Mote" son seres a menudo atormentados por la culpa
como el negro Gonzalo, ex futbolista venido a menos, portador de VIH, o de un
pragmatismo coqueto, como la Tota, emprendedora huanca, una de esas travas que
parecen hechas para romper el catre sin relojes.
En esa vocación por describir a personajes trans y
homosexuales, tan presente en sus libros, Daniel Gutiérrez sabe que radica
buena parte de sus logros estilísticos en esta nouvelle inquietante, de lectura
desopilante y apta para valientes y cobardes, heteros y gays, presidiarios o ex
presidiarios, con mote o sin mote, en fin, para toda esa fauna descarriada y
libre que somos y seremos hasta el final de los tiempos.
Lima, 6 de octubre del 2023
Los que matan a una mujer y después se suicidan
deberían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.
Ramón Gómez de la Serna
La gente
que trabaja no piensa; es bruta, dice Vera, mi maestra de francés, fumando un
cigarrillo electrónico. Estamos en medio de una manifestación popular en la
Plaza San Martín. Nos rodean personajes de la más variada disimilitud. Sin
embargo, una consigna que repiten sin cesar los uniformiza: ¡Dina asesina,
Dina asesina! Dina es la presidente del Perú.
Por eso, no
pueden alzar su voz de protesta. Nosotres tenemos que levantarla por ellos. El
trabajo los tiene idiotizados, continúa Vera, mezclando el castellano con el
lenguaje inclusivo del que es devota.
¡Ay!, dice
con repulsión cuando los dedos de un niño andrajoso le rozan involuntariamente
la palma de la mano. Lo había detenido para comprarle una cajita de chicles.
¡Aj! ¡Qué
habrá tocado ese criter!, exclama mientras restriega su mano contra mi polo
negro. ¿No tienes alcohol?
Afortunadamente,
yo siempre estoy preparado. La pandemia de la COVID (que, dicho sea de paso, mi
maestra asegura fue creada por los capitalistas gringos para desaparecer a la
China y a todos los viejos y enfermos del planeta) me había inoculado la sana
costumbre de cargar siempre conmigo un pequeño atomizador de alcohol.
Échame más,
échame más. Sabrá Dios la cantidad de pestes que debe tener ese criter, dice Vera
con las manos empapadas de alcohol.
Es en vano
que espere el vuelto de los cinco soles que le acabo de dar para que compre los
chicles del chiquillo. Mi maestra se los ha quedado. Supongo que me permitirá descontárselos del costo de nuestra próxima sesión de francés.
Compañeros,
vamos a atacar por el flanco izquierdo, grita un tipo que se hace llamar Anca, un cholo de
aliento espantoso, pelo seboso y dientes amarillos. Rápido, rápido, pónganse
al frente los que van a ofrendar el pecho por la Patria. Nosotros iremos
detrás, dirigiendo el movimiento. Ustedes, nos dijo a nosotros, que nos
ubicamos adelante, son el músculo de la resistencia roja. Nosotros, dijo
mirándose a sí propio y a sus más cercanos amigos, somos el cerebro director.
Vera me
había arrastrado a la vanguardia del grupo. Me grabas, me grabas, me dice
muy emocionada, sacando mi celular del bolsillo. Ella me había tomado bastante
confianza. Desde hace dos semanas, somos maestra y estudiante, y ese escaso
tiempo ha bastado para que Vera se sienta tal cual es a mi lado.
Su novio, Jack
Morante Q., integrante de un grupo de rock llamado Las Medusas, se colocó en la
retaguardia. No te pases, le había dicho a mi maestra cuando ella
intentó que se nos una, no estoy para esas huevadas.
Vamos, no
seas burgués. Vayamos a luchar un ratito. Que Daniel nos grabe un toque y ya, lo trató
de convencer mi maestra de francés.
No, ni
cagando. Luego me cae una bala perdida y fui. Mejor me quedo atrás. Yo los
dirijo. No se preocupen, dijo Jack. Era un tipo de tez lechosa, pelos largos
y enrulados, y de una nariz y pómulos que, vistos desde ciertos ángulos, se
asemejaban a los del Huayna Cápac representado en textos escolares.
¡Vamos,
guerreros!, se desgañita un tipo descamisado, fibroso, que lleva
la cabeza envuelta en su propio polo. ¡Batallón uno, a la derecha! ¡Batallón
dos, conmigo a la izquierda!
Somos parte
del batallón dos, así, sin más, sin habernos inscrito en ningún lugar o sin haber
recibido algún tipo de charla o adiestramiento. Avanzamos encolumnados. Una
mujer, que tiene los senos descubiertos y pintarrajeados con “Dina asesina”,
nos entrega unos pedazos de laja que han sido arrancados del porche del
edificio del Poder Judicial por el Comité de Apertrechamiento de la Revolución.
Apunten al cuello, apunten al cuello, repite la mujer a medida que va
repartiendo los proyectiles. El cuello, según habíamos oído por ahí, mientras
los grupos se concentraban en la plaza, era el único punto vulnerable de los
policías conocidos como robocops, cuyas armaduras los protegían de palos,
piedras, y hasta balas.
Mi maestra
está entusiasmadísima. Se le nota en los ojos. Me grabas, me grabas, ah,
me exige, la adrenalina agitándole la voz. Estoy capturando todos sus
movimientos con mi celular. Estás en vivo, ¿no? Estás en vivo, ¿no?, se
alarma. No, le digo, solo te estoy grabando; ya luego tú subes
el vídeo a tus redes. Parece que está a punto de decirme que cómo voy a ser
tan huevón de no transmitirla en directo para Lima y el mundo, cuando la voz de
Anca, que viene desde atrás, magnificada por un potente equipo de amplificación
vocal, la interrumpe y nos ordena atacar.
Mi maestra
y yo somos empujados sin piedad. Por poco y nos caemos. Nos sujetamos uno del
otro y evitamos terminar contra el asfalto, raspados por él, pisoteados por los
guerreros que han desatado su furia ante la sola orden del líder Anca.
Cuando
creímos haber recuperado el equilibrio, Anca vuelve a ordenar: Segundo
grupo, ¡al ataque! Y decenas de guerreros nos arrastran en su febril marcha,
separándonos. Asombrosamente, el celular aún está en mi mano. Lo sujeto como si
mi vida dependiese de tenerlo conmigo.
Trato de
ubicar a mi maestra entre los cuerpos sudorosos de los guerreros descamisados
que arrojan los pedazos de lajas contra los robocops con una precisión
envidiable. Definitivamente, estos señores no se pajean como yo, pienso
en un instante, y luego continúo la búsqueda de mi maestra.
Entonces,
la veo, está a unos diez metros. La llamo: ¡Profe, profe!, pero es
inútil. El tinglado de voces anula la cuestionable potencia de mi llamado. Vera
está asustada. No sabe a dónde ir y nadie parece dispuesto a socorrerla. Todos
están ocupados lanzando lajas hacia los cuellos de los pundonorosos policías de
asalto.
Mi maestra
corre peligro. Está muy cerca de los policías, al ladito de los guerreros más
temerarios, esos que recogen las bombas lacrimógenas con las manos y, con todo
el cálculo y paciencia del mundo, las devuelven a la tombería.
A esa
huevona, cojudo, a esa huevona, ¿la ves?, dice alguien detrás de mí. Alguien,
también detrás de mí, le responde: ¿Cuál? ¿La de polo negro? El primero
dice: ¿Ves a otra, huevonazo? A esa, pe, a la de polo negro. El otro no
responde; supongo que asintió en silencio. No me cabe duda: han estado hablando
de mi profesora. Es la única mujer en esta parte de la refriega. Pero ¿qué
chucha tienen que hacer con ella? Ella solo nos conoce a Jack y a mí. Sí, horas
antes, hemos hablado al desgaire con dos o tres huevones más, pero…
Decido
verles las caras. Escurriéndome entre los cuerpos hediondos y melosos de los
guerreros, logro ubicarme detrás de los confabuladores. Entonces, los veo. No recuerdo que
hayamos conversado con estos dos tipos.
Me vas a
estar mirando, ah, huevón. Atento.
El otro
asiente.
A esta
señal, avanzas hasta llegar cerca de los tombos. Y a esta otra, le disparas a
la huevona. En la cabeza, ah. Si queda viva y te ha visto, nos cagamos. A la
cabeza, huevón.
El imbécil
vuelve a asentir. Se lleva la mano adelante, a la pinga; pero no es exactamente
la pinga lo que se toca, sino una pistola que lleva escondida muy cerca. Mierda,
pienso, van a matar a mi profe. Me congelo. No sé qué hacer. Alzo la
vista y aún puedo ver a mi maestra, confundida entre tanto pezuñento
descamisado que le arroja lajas a los robocops como si no supieran hacer otra
cosa más en la vida.
Los
huevones que van a matar a mi maestra son unos cholones de aspecto carcelario.
Combatirlos no es una opción. Tengo que llevarme a Vera de aquí. Tengo que
llegar a ella.
El cholón
de la voz de mando hace la primera señal. Estamos jodidos. Mi maestra está
jodida. Cuando el idiota haga la segunda, mi profe terminará con el
cráneo destrozado.