viernes, 28 de marzo de 2025

CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - El asesino del pincel (Cuento inspirado en "El Cristo de la Agonía")

 


Nuestro artista era de un geniazo más atufado

que el mar cuando le duele la barriga y le entran retortijones.

Ricardo Palma

 

Este huevón está loco, pensó, presa del pánico, el famoso pintor Gorívar luego de ver cómo su maestro y tío, el reputado artista Miguel de Santiago, le rebanaba una oreja a su propia esposa.

¡Y no creas que tú te vas a salvar, pedazo de mierda!, le gritó Miguel, mientras Gorívar procuraba huir de su estupefacción para evitar que también le fueran a volar alguna parte de su cuerpo.

Miguel de Santiago tomó el fuete que se hallaba encima de la mesa y lo fustigó sobre el cuerpo de Gorívar hasta dejarlo completamente ensangrentado. Aterrorizado y adolorido, Gorívar logró escapar de la escena, clamando por ayuda a través de la calle solitaria.

***

¡Cómo que se ha vuelto loco!, prorrumpió el oidor Alcides luego de que Gorívar, maltrecho, las ropas sanguinolentas y desmenuzadas por los fuetazos, le hubo contado lo que acababa de suceder en casa de su tío, el afamado pintor Miguel de Santiago.

Ahora mismo voy para allá, determinó el oidor. Este le había encargado a Miguel la hechura de su retrato. Se suponía que todo marchaba bien y que, al día siguiente, ya lo tendría entre sus manos. Resultaba ahora, según le contó Gorívar, entre acezos y lágrimas de frustración y dolor, que Miguel no solo había mutilado a su propia esposa y castigado inmisericordemente al sobrino, sino que también había violentado su retrato.

Oiga, qué ha pasado aquí, prorrumpió el oidor Alcides luego de ingresar en la morada de Miguel de Santiago. La puerta había estado abierta. El pintor estaba acuclillado, de espaldas al enfurecido visitante, como hablando consigo mismo, observando un pedazo de tela.

El oidor paseó furibundamente la mirada por el cuarto que le servía al artista de estudio. En un rincón, notó el retrato prometido y pagado por adelantado con un forado que le penetraba la preclara frente. Entonces, se le decuplicó la ira. Avanzó con determinación hacia el artista que permanecía acuclillado, como llorando desconsoladamente. Pedazo de mierda, ahora me vas a explicar por qué carajos te has vuelto loco, explotó el oidor Alcides, determinado a romperle unas cuantas costillas al pintor. Este, como si lo hubiera picado un sablazo, recuperó la agilidad y, en tres precisos movimientos, se paró, saltó y cogió la daga con la que minutos antes le había cercenado la oreja a su mujer. El oidor no pudo evitar que el artista le clavara la daga en uno de los muslos y huyera hacia la iglesia más cercana.

***

El tribunal se había puesto en los zapatos del afamado artista Miguel de Santiago: que la esposa hubiera cometido el imperdonable desliz de mancharle un cuadro y hubiese pedido el dizque auxilio del sobrino Gorívar para disimular el lamparón acometiendo sus trazos, sus ajenas pinceladas, en el lienzo que tenía ya la impronta de don Miguel, era simplemente abominable. El jurado concluyó que el procesado Miguel de Santiago había actuado cegado por un impulso de ira completamente justificado. Por ello, ordenó que se le trocasen los cien latigazos que le hubieran correspondido, fueren otras las circunstancias, por la extensión del actual encierro que él mismo había buscado en uno de los claustros agustinianos. Un mes llevaba refugiado en aquellos recintos. El tribunal determinó que permaneciese allí trece meses más, cavilando y confiándole a Dios el examen de su conciencia.   

Durante el tiempo de su beatífica condena, produjo un cuadro al mes, obras de arte que hermosearon el templo de los padres agustinos.

***

Cuando un escritor es vencido por la página en blanco, se entrega con desmesura a la bebida. Cuando un pintor es derrotado por el lienzo vacuo, se convierte en asesino. Las palabras exigen sorbos de alma; los colores, chorros de sangre.

 ***

La paga va a ser la señalada en el aviso, jovencito impertinente, había dicho el pintor, un hombre de cuarenta y dos años, pero con el aspecto de uno de setenta. La voz era cavernosa. Las vocales retumbaban en los oídos de quien lo escuchaba, desatando ciertos miedos y precauciones.

¿Y qué tengo que hacer?

Haz lo que te diga y no te muevas. Punto, dijo el pintor, malhumorado.

Está bien, convino el muchacho, sin saber muy bien qué hacer. El pintor, un tipo algo bajo, medio rechoncho, de mirada huidiza, se había refugiado en una esquina de la habitación, alborotando una especie de alacena repleta de pinceles, brochas y pinturas. De pronto, se apresuró hacia la puerta del cuarto que comunicaba con otra habitación algo más pequeña y más oscura.

Ven aquí, muchacho; ayúdame con esto, dijo el artista, tratando de remover de su habitáculo unos gruesos maderos. Coge de aquí, carajo; rápido, que se me viene el mundo encima, gimió el pintor, esforzándose por no dejarse partir el cráneo o la espalda por los tablones.

Pintor y modelo formaron una cruz en el suelo con los dos pesados listones que trabajosamente sacaron del habitáculo.

Ahora, quítate la ropa y ponte como Cristo sobre esa cruz, ordenó el artista.

¿Que me quite la ropa?, dudó el muchacho.

Por supuesto, ¿o acaso has visto a Cristo crucificado con pantalones y camisa? ¡Vamos, quítate la ropa y crucifícate!

El muchacho no atinó a moverse.

Vamos, carajo, que no puedo perder el tiempo. La inspiración está muy cerca y debo estar preparado. Rápido, huevón, dijo el pintor, encendido a más no poder.

El muchacho, todavía dudando, se despojó de sus ropas y, desnudo, se tendió sobre la cruz. Extendió sus brazos sobre uno de los maderos y alargó las piernas sobre el listón transversal más largo. El pintor ajustó las extremidades del joven a los maderos con unas sogas que tenía ya acondicionadas para tal efecto.

Ahora, haz los gestos del mismo dolor de ese Cristo que ves enfrente, en esa pared, indicó secamente el pintor, que quería dejarse invadir por aquella inspiración que solía invadirlo en sus años mozos, esa inspiración que lo había llevado a establecerse de un prestigio que resonaba ya en España.

El artista se ubicó delante del lienzo en blanco. Le dio una mirada al joven que, en el suelo, había adoptado una posición que le permitiría sentirse cómodo durante el proceso creativo del viejo gruñón.

¿Cuánto tiempo tendré que estar así?, se preguntó el muchacho.

El pintor reflexionó rápidamente sobre el parecido del modelo con el Cristo rubio, de barba armoniosa y cabellos largos, que toda España y sus colonias reconocían como el Mesías. No hay nada que hacer; este galán me cayó del cielo, dijo para sus adentros. Pero el gesto mundano y despreocupado del rostro del modelo no lo convencía. Ese rostro no era el del Cristo doliente y agonizante.

Por más esfuerzo y concentración que le exprimían la frente, profundizándole los surcos horizontales que la cruzaban, el pintor no logró que su pincel imitase con genialidad el sufrimiento de Cristo. Al parecer, la culpa era del modelo.

¿Sufres? ¿Sufres?, le preguntaba el pintor. Tienes que sufrir, huevón. ¡Cómo voy a retratar el dolor divino si tú estás fresco como lechuga!

¿Por qué tendría que sufrir?, dijo el muchacho, que, de lo cómodo que se había colocado sobre los maderos, empezaba a cederle sus sentidos al sueño.

Porque ahorita estás interpretando a Cristo, carajo, al Cristo doliente. Por eso tienes que sufrir, se alteró el pintor.

Pero no estoy sufriendo, pues, huevón, reaccionó el mocoso. Y te vas dejando de cojudeces y me vas hablando bonito, viejo cojudo, le advirtió. Por trescientos soles no me vas a venir a gritar como si me hubieras parido. Estás muy huevón si vas a continuar así el resto del día, viejo conchatumadre, sentenció el muchacho.

Las palabras del joven enardecieron el espíritu del pintor, espíritu que iba humillado y enlodado en el fango de la mediocridad y la impotencia con el correr de cada minuto en ese lienzo de la desesperación.

¡Sufre, carajo, sufre!, demandó enloquecido el pintor, Cristo sufrió en esa cruz. Cristo murió de dolor en esa cruz. A Cristo se le partió el culo en esa cruz, carajo. Ponte a sufrir que necesito pintar el dolor del Señor, el más real que se haya visto en estos reinos de porquería.

Vete a la mierda, viejo cojudo, retrucó el modelo. Y sácame de aquí, exigió, harto de que lo trataran como cualquier huevada.

Para eso te pago, huevonazo, para que hagas lo que te diga. ¿No te lo canté clarito antes de que empezáramos?, profirió el viejo.

Métete tu plata al culo, huevón; y desátame ahorita, porfió el joven, tratando de aflojar las ataduras con lo brusquedad de sus forcejeos.

El pintor, furioso hasta la punta del pájaro, despertado por una idea súbita e inaplazable, volvió a refugiarse en el cuartito de donde había sacado los maderos y prontamente salió de ahí con una estaca, palo delgado y mortalmente puntiagudo. El joven, al ver semejante arma, dejó de patalear y forcejear. Los ojos, abiertos como pozos, llenos de terror, se preguntaron en qué clase de loco se había convertido el pintor, el viejo loco ese. Con la extrañeza aún encima, el joven agudizó su estupor al ver que el artista se le iba encima con la punta de la estaca por delante.

La punta del palo se le introdujo por debajo de las costillas y descendió, como chibolo cayendo por un tobogán grasiento, hasta perforarle la cabeza del estómago.

El puntazo no le generó ningún dolor: tal era el anonadamiento que todo lo que acababa de ocurrir le produjo. No podía explicarse cómo había terminado con un palo incrustado en el cuerpo cuando una hora antes había salido de su casa con la intención de ganarse un dinerito fácil. En esos primeros momentos de supuesta angustia, estaba desempeñando el papel de acucioso, aunque alelado, observador.

Al cabo de un minuto, pasado el asombro inicial y anestésico, el joven sintió, con inusitada fuerza, todo el ardor del palo balanceándose desde el fondo de sus entrañas. El pintor le había meneado la estaca para que el dolor fuese lo suficientemente divino. Cuando se la quitó, el hueco vomitó un grueso chorro de sangre. Jirones de piel quedaron adheridos a la estaca.

Viendo con satisfacción la impronta de su acción, el pintor arrojó la estaca hacia el otro lado del cuarto y corrió hacia su lienzo. Cogió los pinceles, preparó sus mezclas y empezó a copiar cada gesto del sufrimiento en el rostro del joven, quien lloraba y pedía ayuda rompiéndose la garganta inútilmente, me muero, carajo, ayuda; qué me has hecho, hijo de puta.

¡Esta es la cara del Cristo doliente, esta es su verdadera expresión, carajo! ¡Soy un maestro insuperable, soy un genio por la putamadre!, exclamaba el artista, totalmente imbuido en sus pinceladas y en el amalgamiento de sus colores. Cada trazo esgrimido con fiereza y primor trasmitía dolor y angustia.  El modelo, a un lado y con la lengua afuera, había dejado de moverse; sucumbía lentamente.

¡Bien, Miguel! Qué digo bien; ¡excelente, Miguel, de la reconchasumadre! ¡Así se hace!, deliraba el pintor observando el cuadro terminado. ¡Esto solo pudo haber salido del alma de un maestro de mi talla, carajo!, dijo, exultante.

Luego de haber celebrado con el alma la osadía y genialidad de su pincel, reparó en el joven que ya no se movía, que, con los ojos cerrados y un rictus inextricable en la cara, yacía exánime al lado de un inmenso pozo de sangre que parecía tragárselo.

¡Carajo! ¡Qué hice, mierda!, clamó el pintor. Se tomó la cabeza y se acercó cautelosamente al joven. Mierda, lo maté. Hundiendo las suelas de su calzado en la gruesa capa de sangre, se acercó al rostro del muerto y lo lapeó con fuerza. Despierta, mierda, despierta. El joven no respondió.

Y ahora qué hago, qué hago, carajo.

Dos golpes hicieron temblar la puerta de la casa. Oiga, oiga, abra la puerta.

El pintor se redujo a un animal desesperado. Miró al techo, al tragaluz, y no lo pensó tres veces; huyó.

***

Mira la expresión tan dolida, dice Juana.

¿Sabías que el pintor de este cuadro fue un asesino?, dice Pedro. La pareja visita el interior del Museo del Padre Almeida, ubicado en la calle Cementerio San Diego, en Quito, Ecuador.

No, dice Juana, concentrada más en el sufrimiento que vivía en el rostro del Cristo agonizante que en la noticia sobre los antecedentes del pintor.

Y lo que estás viendo no es el rostro de Cristo sino el de la persona que mató el pintor, dice Pedro.

¿Qué?, dice Juana, ahora sí interesada en lo que cuenta Pedro. Este asiente y, como leyéndole la mente a Juana, concluye: matar para crear. Increíble, ¿no?


CUENTO PERUANO "ANARKO PALMA" de Daniel Gutiérrez Híjar - Esa llave (Cuento inspirado en "La monja de la llave")

 


Cuando dos que se quieren

se ven solitos,

se hacen unos cariños

muy rebonitos

Antigua copla limeña

 

Ella estaba calatita. Esta vez, ya no lo esperaba con el camisón acostumbrado. Cuando la viera, se chorrearía en sus brazos. Estaba segurísima de ello.

Me gusta verte peludita ahí abajo, le había dicho en muchas ocasiones. Me encantaría verte esta cosita tan hermosa cada que venga a visitarte; quiero que sea lo primero que te vea.

Así va a ser, amor mío, pensó Violante de Rivera, hermosa limeña e hija de uno de los primeros vecinos de Lima, el legendario Nicolás de Rivera el Mozo, quien hacia más de sesenta años había dejado de ser el joven e impetuoso heredero de don Nicolás de Rivera el Viejo.

Violante le había tendido a su amante, que aguardaba impaciente al pie de su balcón, protegido por las nigérrimas sombras de la medianoche de esa Lima de 1587, una especie de soga elaborada con las más resistentes de sus sábanas, anudadas unas a continuación de las otras. El galán había empezado a trepar por las sábanas con la agilidad de una rata despensera.

***

El tipo se llamaba Rui Díaz de Santillana y no era cualquier don nadie; era, nada más y nada menos, capitán del regimiento de escopeteros del virreinato peruano. Además, era íntimo amigo del hermano de Violante, don Sebastián de Rivera, oficial de la guardia del séptimo virrey del Perú, don Fernando de Torre y Portugal.

Desde hacía unos días, Rui había empezado a convulsionar y a toser sangre. Cada espasmo iba acompañado de unos fuertes mareos que ya lo habían llevado al suelo en un par de ocasiones.

Sin embargo, esa madrugada, ante la fascinación de saberse prontamente envuelto entre las desnudas piernas de su mujer, las dolencias se le desaparecieron.

Ya te falta poco, amor, le susurró Violante desde la ventana, ayudando a tensar esa soga hecha de sus más férreas sábanas. Despacio, despacio, cariño. Ya te falta poco.

Cuando Rui llegó a la ventana, encajó una pierna por encima del alféizar, luego medio cuerpo por la abertura y, un segundo después, estuvo ya a salvo en la habitación de su adorada y prohibida hembra. Lo primero que hizo fue abrazar a Violante. Ella sintió el cuerpo de su clandestino amante contorsionándose contra su pecho, y esa tos bronca que amenazaba con romper el pacto de silencio en esa habitación ricamente amoblada.

Cariño, ¿estás bien?, susurró Violante, preocupada, apartando la cara del pecho de Rui para procurar adivinarle el rostro; la luminosidad de la luna no podía vencer la gruesa capa negra de una Lima que se recogía desde las nueve de la noche.

Si las bombillas eléctricas se hubiesen inventado un tiempo antes y no doscientos noventa y dos años después, Violante hubiera podido ver el rostro deformado de su amado por un feroz ataque de tos. Ella solo pudo sentir que una espesa frazada líquida le cubría el rostro, y que Rui caí al suelo tratando de agarrarse de su piel, su abdomen, sus piernas, hasta ser recibido inexorablemente por el piso de madera. En la mano derecha, Rui estrujaba, como último reflejo, el pañuelo con el que había tratado de contener la hemorragia.

***

Sebastián, Sebastián, llamó Violante en unos susurros tan atronadores que lograron despertar al hermano dormido.

¿Qué pasó?, dijo Sebastián, empiyamado, sosteniendo una lámpara. El círculo de luz revelaba las facciones apuestas, aunque medio somnolientas, del oficial de guardia. ¿Para qué me has despertado? Sabes que dentro de poco tengo que estar en Palacio bien temprano, dijo medio malhumorado.

Ayúdame, hermanito, dijo Violante con una urgencia que Sebastián, tipo listo y sagaz, encontró, además, por supuesto de preocupante, sospechosa. Aguzó la vista y se fijó mejor en el semblante de su hermana. ¿Qué es esto?, dijo, extendiendo la mano hacia el cuello de Violante. ¿Esto es sangre?, preguntó, luego de oler la sustancia viscosa que se había adherido a sus dedos.

Hay un muerto en mi cuarto. Ayúdame, hermano, ayúdame, te lo imploro, rogó Violante a los pies del oficial.

***

La Concepción era un convento todavía en construcción. Se ubicaba a una corta cuadra del palacete de los de Rivera. Hasta allí, hasta el flanco donde se erguía, medio tímida y contrahecha, la puerta de servicio de los albañiles de la obra, llegó Sebastián con el cuerpo inerte de Rui envuelto en un viejo saco de lona. Lo tiró al pie de la puerta y le encajó una patada en donde supuso estaba el vientre del muerto. ¡Conchatumadre!, exclamó quedamente, pero con profunda indignación. Luego de esto, huyó sin dejar rastro.

***

El viejo Nicolás de Rivera el Mozo se introducía en su regia habitación a las cuatro de la tarde. ¿Qué haría metido ahí hasta las seis de la mañana del día siguiente? Nadie lo sabía. Ciertamente, ya no era el combativo y brioso joven que fundó Lima el 18 de enero de 1535 junto a su corajudo padre Nicolás de Rivera el Viejo y al no menos aventurero Francisco Pizarro.  

Nada parecía perturbar el sueño del viejo, quien dormía en la planta baja de la casa. Sebastián, luego de arrimarles el muerto a los concepcionistas, trepó hacia el cuarto de su hermana asiéndose de las mismas sábanas por las que escaló el difunto Rui.

Enseguida, los hermanos, alumbrados por la serena llama de la lámpara de Sebastián, eliminaron toda la sangre que llegó a escaparse del cuerpo del escopetero. 

***

Hasta aquí mi ayuda, dijo Sebastián, serio, atajando a su hermana, quien ya se disponía a ir al cuarto de baño para meterse en la tina y eliminar cualquier rastro sanguíneo de su difunto amante. Ahora me vas a escuchar bien, puta de mierda. Esta ofensa fue como un puñal en el corazón para Violante. Los ojos, todavía llorosos por la pérdida súbita del gran amor, se le agrandaron y estuvieron a punto de reventar en un grito desolado. El huevón ese, aprovechándose de mi amistad, te sedujo sabrá Dios con qué artes. Y tú, faltándole el respeto a la casa de papá, lo metiste aquí para chuparle la pinga sin haberse entregado ambos primero a Dios. Sebastián se refrenaba. Las manos le temblaban; ellas hubieran querido estrecharse sobre el delgado cuello de la mujer. Dentro de unas horas, ni bien amanezca, irás donde papá y le dirás que te vas a meter de monja, monja de clausura. Es la única forma que hallo para que laves tu honra y la de esta familia.

Violante le sostenía la mirada al hermano, pero no porque se mostrase desafiante, sino porque este la obligaba a mirarlo a los ojos tomándola del cuello y fijando su cabeza de modo que el diálogo le quedase bien clarito.   

Es eso o que yo te mate en este mismo cuarto donde le echaste mierda al apellido de Rivera en, sabrá Dios, cuántas ocasiones. ¿Qué decides?

***

Le agradezco muchísimo el favor con que honra a mi familia, Su Majestad, dijo el anciano Nicolás de Rivera el Mozo. El conde de Villardompardo, don Fernando de Torre y Portugal, séptimo virrey del Perú, se había ofrecido voluntariamente como padrino de hábito en la ceremonia de ingreso de Violante como novicia de clausura en el convento de la Encarnación.

El honor es todo mío, caballero. Acompañarle a usted y apadrinar a su devota hija son apenas pequeños intentos por cubrir la enorme deuda que los habitantes de esta ciudad tenemos para con usted por haberla fundado con tan excelso valor, dijo el virrey.

Violante, prácticamente escondida en el hábito, recibió la bendición del arzobispo de Lima, ante los rezos laudatorios de los circunstantes.

***

¿Está muerta?, dijo Rosario, monjita de treinta años.

Creo que sí, dijo Inés, otra monjita, pero de veinticinco años.

¿Le late el corazón?, dijo Rosario.

Inés pegó la oreja al pecho de Violante, quien había llegado a ser conocida en el convento de La Encarnación como La Monja de la Llave, en vista de que nunca se la veía sin esa llavecita de plata que le colgaba del cuello y a la que solía apretar fuertemente cuando se entregaba a las rigurosas rogativas habituales. Sí, está muerta, confirmó Inés.

¡Qué pena! Tan joven, tan triste y tan… muerta, concluyó Rosario.

Quítale la llave, ordenó Inés, una de las monjas más chismosas del convento de la Encarnación.

¿Yo? ¿Quítasela tú?, rehuyó Rosario, quien no le hacías ascos a la generación y difusión de los más extravagantes embolismos que tenían como protagonistas a sus compañeras y a las madres superioras. Nadie se escapaba de las lenguas pitofleras de Rosario e Inés. Violante fue una de sus víctimas. Su mutismo, su tristeza, el aferrarse siempre a esa bendita llavecita de plata, fueron combustibles para la elaboración maliciosa de miles de teorías en las cabezas y bocas de esas dos monjitas.

Inés, mujer intrépida, removió la cadenita del cuello de Violante y, con la llave en su poder, fue directamente al cofrecito que tantas veces la fallecida cuidó y veneró en el pequeño santuario que había formado sobre una mesa larga que tenía pegada a una de las paredes de su celda.

Rosario no quiso perderse de la revelación que les ofrecería el cofre cuando la llave le fuera insertada y meneada en el agujero.  Había allí cientos de cartas de amor y un pañuelo de batista completamente ensangrentado. Unas iniciales doradas daban cuenta del nombre del propietario: R. D.


viernes, 21 de marzo de 2025

NOVELA PERUANA "BRUTALIDAD" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 10: El valor de la verdad del Profe Puty

 


Groover estaba calatito; feliz. Tenía húmedos el cabello y el cuerpo grueso y rechoncho. Ante él, en el perchero de su camerino, debidamente planchadito, se hallaba el esmoquin negro y la corbatita michi supremamente maricona con los que estrenaría su nuevo programa, “El valor de la jeringa”, un show novedoso en el que el invitado de turno sería sometido a las preguntas más crudas y sin filtro concernientes a su itinerario vital a cambio de un premio que compensaría su desnudez moral.

Había mucha expectativa en la comunidad de la Brutalidad por oír las verdades del flamante primer invitado: el Profe Puty, un moreno encorvado, de rostro duro y verbo flamígero.

***

Luego de que le negaran la oportunidad, del modo mas rastrero y cobarde posible, o sea, a sus espaldas y sin comunicarle nada, de coprotagonizar el programa político “Opinólogos Mantenidos con Carlo Cocavel”, Groover terminó con el corazón destrozado.

A manera de premio consuelo, la dirección de su corporación, a cargo de un tipo sin escrúpulos, estudios ni moral alguna, decidió otorgarle “El valor de la jeringa” a cambio de que le sacase la más íntima brutalidad a sus invitados. El objetivo era que corriese sangre en el set del canal.

***

Cuando terminó de vestirse y engominarse, se persignó. A pesar de ser un fanático del materialismo dialectico, solía persignarse antes de acometer empresas arriesgadas, como el tirarse a las travas más sensuales del jirón Zepita. Dame toda la suerte para hoy, Diosito, dijo, mirando al cielo, luego de besarse el pulgar.

Toc, toc, toc. Acababan de golpear la puerta de su camerino. Era el productor; un hombre feo, rechoncho, hasta las huevas. Aquí están las preguntas, Groover. Ya sabes; tenemos que arrasar con el rating o te volvemos a poner en la congeladora, viejo cabro.

Los trabajadores de la corporación le habían pedido el respeto. Su imagen y su estentórea voz ya no intimidaban a nadie. Sin embargo, esa organización inescrupulosa era la única en la Brutalidad que les pagaba a sus empleados. El dinero los mantenía con la cabeza gacha, en la típica postura del chí, cheñó.

Les echó una rápida mirada a las preguntas. Se relamió. Uy, carajo, me lo gozo. Con esto haremos volar al Profe Puty, tronó, acomodando las cartulinas que contenían las cuestiones.

***

Conductor e invitado estaban ya sentados en el set. Groover, feliz por el estreno en vivo de su flamante programa, se acomodaba la pajarita y examinaba con ojos inquisidores a Puty: Ahora te voy a destruir, negro traidor, pensó. Aún no podía olvidar la desazón que le produjo enterarse, por boca del propio Puty, que los programas que había hecho a su lado fueron producto de varios e interesados depósitos de dinero. Esos programas con el Viejo los hice con asco, pero me habían ofrecido unos ricos centritos y no me pude negar. Primero están las lentejas, señor. Después está la ética, dijo Puty en una ocasión.

***

¿Tienes título de profesor? Fue la primera pregunta de Groover.

Puty miró a las cámaras, nervioso. Sabía que debía decir la verdad, no tanto por ganar el dinero acumulado si respondía el número reglamentario de preguntas sino porque de responder falsamente se le inocularía el contenido de la jeringa que, en vivo, había extraído sangre con sillau del brazo de un sonriente Groover. Además, la producción había colocado en la puerta del estudio a dos profesores de matemática por si Puty tomaba la cobarde determinación de huir ante alguna pregunta sumamente incómoda. Todos sabían que uno de los terrores de los muchachitos como Puty eran los profesores de matemáticas.

Entonces, resignado a decir la verdad, dijo: No.

La voz en off anunció, en medio de una oleada de suspenso, que la respuesta era verdad.

Por favor, profundice, profe, pidió Groover. La corbatita michi le anulaba el escaso cuello que tenía. Era un digno producto del Perú.

Bueno, yo enseño con apenas un año de haber llevado el curso de pedagogía en el instituto “Amigos de Chincha”. Lo que te dan al terminar es un abrazo y un certificado, pero ningún título. Lo que hice fue borrarle la palabra “certificado” al documento e imprimirlo en un cartón de leche para que parezca título a nombre de la nación. Ya con esas modificaciones fue que conseguí algunos trabajos hasta la fecha.

O sea, eres un estafador de la educación, negro, apuntó Groover.

Mejor pasemos a la siguiente pregunta, dijo Puty.

Muy bien, zanjó Groover, siguiente pregunta: ¿Dices que enseñas en la Pontificia Universidad Católica para levantar mujeres que tengan buen potable?

Sí, confirmó Puty, mirando de reojo y con temor a la jeringa llena de sangre con sida que había sido puesta a un lado de la mesita del conductor, lista para ser inoculada en el brazo del invitado si la respuesta que daba era falsa.

La voz en off ratificó la veracidad de la respuesta.

Adelante, profe, sabroséenos con los detalles, peticionó Groover. Sostenía con orgullo los cartoncitos cochinos que contenían las preguntas que Puty estaba respondiendo.

Sí, imagínate, Viejo, que yo dijera que trabajo en una humilde institución en Chincha y que peseteo horas en una academia en Lima que no tiene permiso para funcionar. Ninguna mujer con buen potable me haría caso, empezó a narrar Puty, con esa voz tan típica suya de delincuente arrancha-gorras.

Oye, conchatumadre, ¿y los centros que la gente te deja en tus transmisiones no los usas para conquistar mujeres de buen potable?, replicó Groover.

Ah, sí, pe, por eso me va bien en ese campo. Y para justificar ese dinero, digo que trabajo en la Católica. Porque si dijera que gano ese dinero pidiendo limosna en canales de YouTube y en mi propio canal, me paltearía. Tengo que mantener el prestigio de mi raza, Viejo.

Siguiente pregunta, notificó Groover. Se imaginaba que los números del rating estarían por los aires. Y aún estaban por venirse las preguntas más fuertes, las preguntas que todo dibujito quería hacerle al Profe Puty.

¿Te botaron de la casa porque te descubrieron que a las mujeres las ponías en tu pata al hombro?

Puty estaba a punto de confesar una verdad que le había cercenado esa parte de su vida que nunca se atrevió a disfrutar: la de ser un dedicado padre de familia. Puty era un mujeriego empedernido y eso pudo más. Quiso huir, pero vio a los profesores de matemática custodiando la puerta y sintió pavor. Recordó cuando uno de ellos le preguntó, un huevo de años ha, cuál era el resultado de un monomio. Toda la clase empezó a joderlo con el perverso juego de palabras para el que se prestaba esa variante mínima de los polinomios. El mono no sabe de monomios, el mono no sabe de monomios, canturreaban sus maquiavélicos compañeritos. Desde esa ocasión, Puty le agarró un terror cerval al álgebra.

Señor Gonzalo, ¿va a resolver ese monomio tan fácil en la pizarra?, exhortó el maestro de matemáticas. ¿O va a querer una banana el monomio cocotí para atreverse a resolver el monomio? Las risas del salón recorrieron veinte cuadras a la redonda.

Sí, dijo Puty.

La voz en la máquina proclamó: La respuesta es verdad.

A ver, profe, esperamos el detalle metafísico necesario. Groover sentía una necesidad inaplazable por colocar palabras rebuscadas y cultas en sus intervenciones para darles cierto vuelo cultural, ya que, bien miradas, no decían ni aportaban nada. Un simple cuente, profe hubiera bastado.

Cuando descubrieron el audio que intencionalmente le envié a Samir Galiaga sobre que quería ponerla en mi pata al hombro, me perdonaron en casa, pero recibí también llamadas y mensajes privados al Instagram de otras mujeres periodistas que querían que les envíe audios así o quizá salir a almorzar a algún lugar para que fueran ampayadas conmigo y pudieran tener la fama que yo le había dado a Samir. Y acepté. Me gustaba estar al lado de esas mujeres blancas y que ellas quisieran algo de mí. Es un trauma que tengo, que tenemos. Los cholos y los negros de este país siempre queremos, como quien dice, mejorar la raza.

Pero no te desvíes, hijo de puta, alineó Groover. Dime cómo te descubrió tu mujer.

Ah, ya, en una de esas me encuentro con mi mujer que venía de hacer las compras con la poquita plata que le dejaba para la semana. Yo estaba caminando al lado de una guapa y caballota periodista deportiva. Ella quería que le deje un audio tipo mi pata al hombro. Mi mujer me vio y al regresar a casa me metió la puteada de mi vida. Me botó de la casa y ahora vivo en un cuartito.

¿Puedes decirnos el distrito donde queda tu cuartito mugroso, profe? Los indeseables que nos están viendo quieren saber ese dato para ir a dejarle sus centritos.

No, Viejo, esa pregunta no es parte del concurso. No la voy a contestar. Tampoco soy tan gil.

Groover quiso sacarle la mierda a Puty. Seguro que si la producción te baja un centro si contestas, ¿no, conchatumadre?, pensó. El productor hizo una seña para que pasaran a la siguiente pregunta.

Puty, ¿eres chipi?

La música de suspenso empezó a rondar el set. La cámara enfocaba las blanquísimas escleróticas del profesor. Se notaba la tensión en ellas. Revelar esa verdad podía traer abajo el poco prestigio que aún le quedaba y que le había sido otorgado naturalmente por ser moreno.

Sí, dijo Puty, avergonzado.

La respuesta es verdad.

Uy, curuju, se relamió Groover. Negro y chipi, pasu diablo. Usted, como docente, ¿sabía que eso es una “antítesis”? Voy a trastocar un poquito al gran Quevedo para referirme a los morenajes chalones: “Érase un negro a una pinga pegado, érase una pinga superlativa”, rezó el Viejo.

¿Por qué te la quieres dar de culto, viejo huevón? Por qué no piensas mejor en recuperar el amor de tu familia. Yo al menos tengo una familia que me quiere.

Groover, ya con razón, aplicó el machete: ¡Fuera, chuchatumare! ¿De qué familia hablas? A ti tu familia ya no te quiere, pedigüeño. Qué me vas a hablar de familia tú, oe, pordiosero digital.

Hizo el ademán de ordenar sus cartillas para volver a redirigir la conducción.

Hasta el momento, vas contestando con la verdad, profe, pero ha llegado la hora de la última pregunta. Si la contestas, te ganas el premio mayor: un centro de doscientos ochenta soles para que le pares la borrachera a alguna de tus amantes de turno y cien mil bots, cortesía del Tío Marly y el Pato Maricón, para que levantes la sintonía de tu canal que ya no lo ve ni el perro. Tu prime ya fue Profe Puty, quedaste como un meme viviente. Eres la oveja negra de la negritud en el Perú.

Ya, viejo huevón, deja de sobonearme y lanza tu pregunta pedorra.

Profe Puty, ¿quieres más al YouTube que a tu propia familia?

Puty quiso presionar el botón rojo para que se le eximiese de responder la pregunta, pero Groover le mostró la jeringa con sangre en la que las partículas de sida danzaban con ácida furia.

Ah, jajaja, huevonazo, acá no hay botón rojo. Si no contestas, mira, ve, vamos a pasar a ser hermanos de sangre. Vamos a ver si vas a tolerar estas manchas en la piel (se señaló varias partes de su humanidad luciendo unos lamparones terribles) o esta picazón en los huevos (se bajó los pantalones y mostró unos testículos putrefactos, con moscas sobrevolándolos).

La música de suspenso era atronadora.

Los profesores de matemática, con amenazadoras tizas blancas en las manos, se acercaron para meterle presión a Puty.

No, dijo Puty, con lo último de hombría que le quedaba.

La voz en off empezó con su consabida letanía: La respuesta es…

Los nervios se precipitaron sobre Puty que sabía cuál sería el veredicto de la respuesta. Entonces, rápidamente saltó sobre Groover, tomó la jeringa con sida que descansaba a su ladito y se la ensartó en el cuello. Tuvo suerte de encontrar algo de cuello donde clavarle la jeringa ya que Groover, como excelente ejemplar peruano, apenas contaba con dos centímetros de cuello.

Los profesores de matemática, desconcertados, no supieron qué hacer. Solo servían para resolver problemas etéreos concernientes a los números, pero no para darles solución a los problemas de la vida real, como sí sabía hacer el Profe Puty quien, por provenir de un hogar paupérrimo, tuvo que buscar desde muy pequeño diversas soluciones reales a problemas tan urgentes como qué comer cuando no había plata en la despensa. Por ello, muchos gatos de su vecindario desaparecieron en estofados y guisos que elevaron su nivel culinario.

Cuando estuvo a punto de cruzar el umbral de la salida, y mientras Groover se retorcía de dolor por el pinchazo, Puty fue alcanzado por un certero centro que provenía de la producción del programa. Un billete de cien soles pendía de un hilo de pescador. Esto desbarató los ímpetus de fuga del docente.

Tomó el billete y, mirando a las cámaras, declaró que sí, carajo, que amaba más pasar tiempo en YouTube que ser un padre de familia. Es más, agregó, ni siquiera leo libros. Les tengo alergia. Vamos, pregúntenme lo último que he leído; y les responderé que ninguno. No leo nada desde que salí de mi instituto pedorro. Prefiero ver mujeres calatas en Instagram y pedir centros en mi canal de YouTube que cualquier otra cosa en este mundo. ¿Contentos?

El productor ejecutó un movimiento de aprobación.

Ahora dame el centro del premio para largarme, demandó Puty.

Se le entregó el paquete prometido: un centro de doscientos ochenta soles y un USB con el millón de bots que podría usar en la emisión de su próximo programa.

Puty abandonó el set muy contento con los centros ganados. Mientras tanto, Groover tuvo que ser trasladado de emergencia al hospital más cercano ya que su propia sangre lo había envenenado todavía más. Los átomos de sida se habían multiplicado y hecho más feroces en la jeringa con cada respuesta que oyeron de la boca del Profe Puty. Su falta de moral y de ética los había enardecido y hecho más mortales. Es un negro hijo de puta, dijeron en coro las partículas de sida. Y así, con ese enojo rabioso, volvieron al torrente sanguíneo de Groover para dejarlo al borde de un coma diabético.  


viernes, 14 de marzo de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 09: ¡Tío Marly, Patito, perdónenme!

 


¿Aló?, dijo la anciana.

¿Aló? ¿Estoy hablando con la mama de Groover?

Sí, dijo la anciana. Había dejado a un ladito su bordado. Justo había estado a punto de irse al baño cuando le cayó esa llamada inopinada que provenía de un número largo, interminable, interplanetario. Dígame, joven.

Su hijo me ha ultrajado, señora. Su hijo me ha hecho lo que ha querido y me ha contagiado de sida. Yo lo voy a denunciar ahorita mismo con las autoridades de Newark. Así que, prepárese, señora, porque su hijo es un elemento peligroso. Tiene un arma muy gruesa y cabezona ahí abajo que me ha dejado adolorido durante semanas. El juez le va a poner veinte años por cada día de dolor que me ha procurado el muy perverso.

Joven, cálmese. Mi hijo es inocente, se lo aseguro, imploró la viejecilla. Cálmese y dígame quién es usted, por favor.

La saluda el abogado Aquile Cacho, dijo la voz.

¿Aquile? ¿No será Aquiles, joven?

No, señora, me llamo Aquile Cacho, tal cual. Ya sabe. Ponga en autos a su hijo porque me voy con todo. Lo voy a empapelar y lo voy a regresar al Perú enmarrocado. Y si usted no coopera, también me la deporto, ah. Cuando el ciclón sopla, todos vuelan. Ya sabe.

La llamada se cortó y la señora quedó sumida en una honda preocupación. No podía creer lo que había acabado de escuchar. Entonces, caminó hacia la habitación de su hijo quien, desde hacía varias semanas, ya solo se encerraba ahí y no salía para nada, ni para trabajar. Su uniforme del Seven Eleven estaba desde hacía rato limpito y sin ser usado en el armario.

Ni bien abrió la puerta de su dormitorio para dirigirse al de su hijo, pudo oír con nitidez las exaltaciones que provenían del cuarto de él. A medida que se acercaba escuchaba retazos cada vez más fuertes de la estentórea voz de su vástago: ¡Cambrito, eres un pobre diablo que no tiene talento! Lo único que sabes hacer es hablar huevadas sin sentido. ¿Y así quieres entrar a mi canal? Escucha bien esto, Cambrito: me puedes mamar bien los…

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!, se escuchó en la transmisión del hombre de casi cincuenta años que, al parecer de su madre, aún se comportaba como un mozuelo rabioso de quince.

¿Hasta qué hora vas a estar despierto?, dijo la señora tras el toc-toc-toc que ya estaba siendo la comidilla deliciosa en los comentarios del programa de YouTube “Cuchillos Largos”, nombre del que se apropió el dueño del canal para rendir homenaje a Hitler y su genial embestida ocurrida en 1934 para liquidar a sus enemigos de un solo plumazo, empezando por el dolor de huevos llamado Ernst Röhm.

¿Qué pasa?, dijo el hombre, cortante y frío, como si no se tratase de su madre sino de cualquier otra persona distante.

Me acaban de llamar diciéndome que has violado a un joven.

¿Qué?, se exaltó el hombre y cayó en la cuenta de que esa bizarra conversación con su madre estaba siendo oída por los pezuñentos de sus seguidores quienes prestamente generarían clips y memes ridiculizándolo de por vida. Rápidamente hizo clic sobre el botón de “mute”.

¿Qué pasó, mamá? ¿No ves que estoy trabajando?, protestó el hombre. ¿Cómo estuvo eso de que he violado a alguien?

Sí, y que le desgarraste el ano y le contagiaste de sida, detalló la anciana, agregando unos cuantos datos que no le habían dicho pero que ella había intuido: si no hubo desgarro de las paredes mucosas, no pudo haber contagio.

Dame tu celular. Quiero ver el número del conchasumadre que te ha llamado.

La viejecilla extendió una mano trémula acercándole el celular a su maduro retoño.

El número en pantalla era una sarta de jeroglíficos, letras del griego arcaico combinadas con números y símbolos matemáticos y hasta químicos.

El hombre elucubró rápidamente. Esto es obra de Marly y su puta cibernética, el maricón del Pato. Espérense a que salgan los resultados de mi investigación coordinada con la benemérita policía del Perú y los voy a cagar, pensó rabiosamente el hombre.

***

Al principio, se embarraba las manos o dejaba manchado el piso de la camioneta. Luego, con el correr de los kilómetros, mejoró su técnica: cagar en bolsa no era nada fácil.

El Tío Marly había quedado reducido a vivir en una combi. La persona que le procuraba una vida regalada había decidido cerrarle el caño por unos meses hasta que aprendiera la lección de no renunciar tan pronto a los trabajos que ella misma le conseguía.

Ahora vas a vivir en esa combi que compré de tercera mano. A ver si así aprendes a mantener un trabajo por más de dos meses, había sido amonestado Marly. A pesar del castigo, y mientras se desplazaba por los alrededores de Australia, Marly continuaba participando activamente en el “Habla Montesito”.  

Marly, dijo la combi, mientras su dueño la conducía y hacía programa con Montes, Lorna y el Pato, un intrépido hacker computacional que era capaz de extraer toda la información personal de un individuo a partir de una sola llamada telefónica, solo podré llevarte dos kilómetros más. Necesito que me eches gasolina. No trabajo a pilas, carajo.

¡Puta!, explotó el conductor, pero yo soy el Tío Marly, cómo chucha te vas a detener y me vas a dejar botado en medio de la nada en este país de mierda.

La combi, por más que lo intentó, no halló una conexión lógica y razonable en los argumentos de Marly.

No le puedes hacer esto al Tío Marly, conchatumadre. Tú sigue andando o te voy a cagar como estoy a punto de cagarlo al Viejo Groover por soplón, por exponer el rostro de menores en internet.

Pero si ya tú me cagas todos los días cuando no le apuntas bien a tu bolsa. Y encima me orinas cuando no embocas bien la pichula en las botellas de cerveza que te chupas, dijo la combi, serena y equilibrada.

Los más de cuarenta años de vida que tenía de fabricada y de interacción con seres humanos descocados como Marly convencieron a la combi de que no valía la pena continuar con esa discusión sin sentido. Pensó que haría todo lo posible para estirar la poca gasolina que tenía en su tanque y alcanzar, al menos, tres kilómetros más.

Marly retomó su dialogo con el Pato.

Ya me contesto su tía, dijo el Pato, riéndose a mandíbula batiente. Ahora no se me escapan.

Se escuchó un tecleteo y unos ruidos cibernéticos. El Pato estaba hackeando los celulares de todos los familiares de una su víctima.

Ahora vas a pagar Groover por haberme confundido con un indio de mierda.

***

Cayó este miserable, este delincuente cibernético, exclamaba Groover mientras se jalaba la tripa. Sus seguidores no podían ver cómo se masturbaba a costa del placer que le producía el haber descubierto a uno de sus más encarnizados enemigos y brazo derecho armado de Marly, el Pato Steven, autor de una de las más crueles tropelías que le habían infligido en su vida: haber llamado hacía un tiempo a su señora madre para informarle de un modo abracadabrante que tenía sida.  

Miren todos esta cara de indio. Por eso usaba el modulador de voz de un patito, para que no se le notara la voz de serrano.

Aspiró una bocanada de su cigarrillo electrónico repleto de marihuana. Dejó de jalarse la tripa. No pudo sacarse el semen por muy enfebrecido de placer que se encontraba. Cuando no se podía, no había por qué forzar la cosa. Luego el pene le quedaba inflamado y adolorido.

Ahora, queridos televidentes de Cuchillos Largos, les tengo varias chuletas sobre este despreciable ser que ha sido identificado por la benemérita y alabada policía nacional del Perú gracias a unas denuncias que yo mismo, esto último lo dijo como si él hubiese liderado las pesquisas, he puesto en contra de este delincuente cibernético que se creía intocable.

Ahí está su cacharrazo, continuó. Miren bien esa cara de serrano. Y ahora, colocó un redoble de tambores que se había descargado de algunas páginas de YouTube, miren a los integrantes de su familia. Aparecieron rostros de adultos, ancianos, y niños. Groover había colocado el árbol genealógico del Pato Steven hasta el virreinato, en donde se apreciaba que sus orígenes eran muy humildes.

Imitó las arcadas de una embarazada a la que se le podría haber antojado, en el quinto mes de preñez, comer un pan con caca.

Aggghhh, puaggghhh, miren esas carulis, puro indio, conchasumare. Y así serraneaba este patito cibernético, este delincuente digital que ha tantos ha cagado bajo las órdenes de Marly. Ahí lo tienen. Y ahí está su casta.

Luego, pegándola de moralista, continuó: ¿Ellos sabrán a qué se dedica este Patito que obedece al nombre de, lean bien, Steven Harriston Condorcanqui Gómez? Ya no te voy a decir Patito, delincuente; tu nombre ha quedado expuesto para siempre: Steven Condorcanqui. Rico apellido me sacaste de la chistera, hijo de puta. Con esa cara de pavo y malviviente llamando a ancianas, ¿no? Caíste, jajaja, las risas ya no podían alarmar a su madre porque, según decían sus detractores del Habla Montesito, había sido recluida en un albergue para adultos mayores con dinero de las suscripciones que recibía mensualmente del líder de la corporación a la que ahora pertenecía. Poco se sabía de ese personaje. Y lo poco que se conocía no inspiraba mucha confianza.  

***

¿Steven Harriston Condorcanqui Gómez? Ese viejo está hasta las huevas. Yo no soy ese indio que ha mostrado, dijo el Patito, cagándose de la risa. ¿Cómo van a creer que voy a caer tan fácilmente? Ayayay, me lo río, dijo.

Claro, pues, dijo el Tío Marly, ese viejo es más huevón. Ese indio no eres tú. Yo solo me junto con gente pituca. Tú, Pato, sí eres mi pata. Tú eres el único que sabe todas mis maldades y entre nosotros no hay traición.

El Patito, con su voz modulada, se cagaba de la risa: ¿Cómo le va a creer ese huevón de Groover a la policía nacional? La policía cibernética del Perú es un chiste mal contado. Te lo digo así, con autoridad, porque yo hago trabajitos ahí también. Esos huevones sin mí no atraparían a nadie.

El Tío Marly lanzó la propuesta de otra gran maldad: Yo tengo tiempo y plata de sobra. Todos saben aquí que mi hermana me mantiene y no tengo necesidad de trabajar. Solo que a veces la conchasumadre se me pone faltosa y no me suelta los billetes. Pero estoy esperando que se muera para heredar todo de una vez. Bueno, Viejo cojudo, vamos a llamar a toda la familia de Condorcanqui para mostrarles cómo has expuesto sus caras y los has acusado de huevadas que nunca han hecho. Yo les voy a dar plata para que te denuncien y Trump te deporte de las orejas por difamación agraviada, dijo Marly, quien, en cuanto al español, era un lúcido ignorante. El adjetivo correcto era “agravada”, de gravedad. La escasez de sus conocimientos era supina, aunque ello no le impedía opinar de los más diversos temas como si los conociera al dedillo.

Pero eso no es lo principal, dijo el Pato. Ya tengo los datos de toda la familia del Viejo. Se van a enterar ahorita mismo de que tiene sida y de que su hijo hace el ridículo en YouTube y en Kick, donde, para concha, solo lo ven 12 gatos.

***

Groover no podía creerlo. Habían empezado a llamarlo familiares y conocidos.

¿Tienes sida?

¿Es cierto que te han detenido y te van a deportar?

¿Tienes algo que ver con que me hayan vaciado mis cuentas bancarias? Me dijeron que tú me has desfalcado.

Tío Groover, en mi colegio han dicho que tienes sida.

Sobrino Groover, en mi trabajo han colocado una pancarta con tu cara y dicen que tienes sida y que yo te contagié.

Oiga, Groover, te habla tu exjefe, ¿es cierto que te cachaste a mi mujer y le contagiaste de sida cuando estabas en Perú? Te voy a buscar y te voy a ensartar mi cocacola de dos litros si te veo, conchatumadre.

Las llamadas de quejas continuaron.

Mientras Groover se mesaba los cabellos, el timbré de su casa gimió largamente. Sintió un ramalazo de miedo. Tomó el bate de béisbol con el que hacía un tiempo le había roto la mano a uno de esos negros toca-timbre que pulularon cierta temporada en Newark y se dirigió a la puerta. ¡Quién es!

Nada.

Hable, ¿quién es?

Groover estaba paranoico. El Pato había conseguido descolocarlo. Era verdad: el Pato era el delincuente cibernético más ágil y escurridizo del mundo. Se preguntó: ¿Entonces quién mierda es el huevón de Steven Condorcanqui que la benemérita policía me sindicó como el culpable de mis desgracias?

Se acercó a la puerta con el bate y volvió a preguntar por la identidad del toca-timbre.

Ninguna respuesta.

 Abrió con sigilo la puerta y encontró una caja de pizza. Había una nota encima de la caja. La tomó, no sin antes pegarle dos escuetas miradas a su alrededor. La calle estaba desierta salvo por dos grandes ratas que cuchicheaban entre sí, intercambiando los suculentos chismes del barrio de la calle Berger, en Newark.

¿Vieron quién dejó esto, par de mierdas?, les preguntó Groover.

Las ratas se miraron la una a la otra y luego lo miraron a él. Una de ellas dijo: ¡Fuera, conchatumare! Y corrieron hacia uno de los tanques de basura que se desparramaba metros más allá.

Ya se cagaron, dijo Groover. Ya no les voy a dejar mis sobras.

Leyó la nota que descansaba sobre la pizza: Prepárate. Ahora vas a saber lo que yo sentí al ver a mi familia difamada y expuesta. Prepara tu cuerpo deforme para que reciba una sarta de frejolazos. Atentamente: Steven Harriston Condorcanqui Gómez.

Groover tembló y se arrodilló. La cabeza la hundió en el suelo. Era mejor rendirse, pactar con el Patito y con Marly. Quiso tenerlos al lado. Pedirles una oportunidad, que terminen con todo ese vitriólico y venenoso ataque. Ambos, pero sobre todo el Patito, habían demostrado superioridad. ¿Acaso Napoleón Bonaparte no se vio obligado a abdicar en 1814 después de su derrota en la Batalla de Leipzig (1813) y la posterior invasión de Francia por las fuerzas aliadas? ¿Acaso no lo enviaron debido a ello a un exilio doloroso en Elba? Y, luego, tras regresar del exilio, en lo que se llamó la era de los Cien Días, ¿no volvió a aceptar su derrota en Waterloo, en 1815, para volver a ser exiliado en Santa Elena para evitar más sufrimiento? Ese era un gran ejemplo de pragmatismo en la derrota. Eso le habían enseñado en la gran escuela de las juventudes apristas. Tenía que aplicar ello en este momento lamentablemente cumbre de su vida.

Alzó los ojos como implorando al cielo: Tío Marly, Patito, hagamos un pacto, por favor. Tío Marly, Patito, cesen el fuego, ya me cagaron. Tío Marly, Patito, imploró, sumergido en lágrimas, perdónenme.

***

En una comandancia policial peruana, dos obesos policías de investigaciones cibernéticas comían dos pollos a la brasa, uno para cada uno, usando dos carpetas investigatorias como individuales, para no manchar la mesa de grasa.

Oe, y cómo va tu caso, dijo uno, la mayonesa y el kétchup que chorreaba de su pierna de pollo bañando las carpetas.

Nada, huevón, no tengo nada. Estos delincuentes cibernéticos son la cagada. Ellos tienen harto billete producto de sus robos y extorsiones y por eso van a cursos en los Estados Unidos donde se capacitan de la conchasumare. En cambio, mírame, qué capacitación voy a tener yo. Lo único que me han capacitado en informática es como hackear un correo de Hotmail. Nada más. Estos huevones en cambio con estrecharte la mano ya te hackearon hasta las cuentas del banco, porque en las yemas de tus dedos tienes todas las contraseñas almacenadas. Son la cagada. Y ya llevo un año en este caso de un delincuente cibernético. Lo único que sabemos de él es que se llama Steven. Nada más.

Al otro se le paró la oreja. Dejó de tragar sus papitas y dijo: ¿Qué? ¿Steven dijiste? Mira, mira.

Puso su pollo a la brasa a un lado y le mostró el contenido de la carpeta que había estado usando como individual.

Mira esta huevada. Aquí tengo a un huevón que se llama Steven Harriston Condorcanqui Gómez. Este pata ha sido detenido por traficar con vídeos para adultos de abuelitos haciendo gimnasia. No sabíamos cómo cagarlo para meterlo más tiempo en chirona. Entonces, se me acaba de ocurrir que le achaques a este pendejo esos delitos que estás investigando y listo; matamos dos pájaros de un tiro. Tú quedas bien y yo quedo bien.

Al primero la cosa le pareció fabulosa. Se le había quitado un gran peso de encima. Cerraron el trato con un apretón de manos rebosante en grasa animal y soltaron una gran carcajada. Ahora sí, terminamos esta jama y no nos vamos al cubil de la tía Katty, donde está de vuelta la Comelona que no te cobra extra ni por el anal ni por el zapatero. Todo está incluido en el precio que ya de por sí es para los amigos de la casa.