El
huevón de Vladimiro no sabe qué hacer con su vida, dijo
Francisco tras terminarse la cuarta copita de pisco. Pero yo sí sé.
El
zapatero lo escuchaba atentamente: Francisco pagaría los tragos de la noche. Siendo
apenas un escribano, había derrotado a un abogado de fuste y galardones en un
caso de contrabando. Francisco poseía recursos que solo se aprendían en los cuchitriles
y cantinas judiciales; recursos que eran capaces de torcer cualquier veredicto.
Se
me va para Lima, caracho. Lo estoy mandando a la Escuela Militar.
Le
hizo un gesto al camarero: otra botella.
¿No
iba a ser abogado, cumpa? ¿Qué pasó con toda esa historia de los Ugarteche? Ya
por ahí se decía que terminaría trabajando como asistente del presidente Prado,
ironizó el zapatero.
No
voy a permitir que te burles, compadre.
Pancho
no le aguantaba mofas a nadie; ni al zapatero, que era su mejor amigo.
El
huevón de Manuelito Ugarteche, como tiene al tío en la presidencia, no quiere
hacerme ningún favor. Dice que después lo pueden denunciar por tráfico de
influencias. Cobarde de mierda. No quiere mancharse, dice. Como si fuera una santa
paloma. Y eso que, de chiquillos, yo lo defendía de los matones del colegio.
Pero así es la gente: malagradecida. Afortunadamente, mis contactos en el
cuartel sí son machos y consecuentes.
¿Tienes
contactos ahí, compadre?
Por
supuesto. Los militares siempre están necesitados de alguien que les limpie el
culo. Ya te he contado varias veces a cuántos he salvado de chirona. Y siendo
yo un alcanza-papeles, como me llaman esos abogados encopetados y engreídos de
mierda. Y es que yo sé cómo se maneja el sistema judicial en este país. A la
justicia, le encanta la discreción.
El
zapatero, que bebía moderadamente, fijó la atención en la puerta del
establecimiento. Un hombre, que no se preocupaba por ocultar el revólver que
llevaba al cinto, encima de la camisa, entró mirando a todos lados.
¿Dónde
está Pancho?, gritó.
Oiga, capitán, celebró
Francisco. Véngase para acá. Justo hablábamos de usted.
El
capitán se acercó a Francisco y ocupó un lado de su mesa.
Tu
Vladimiro ya tiene su cupo reservado para la Escuela. Mi contacto descartó a un
serrano de Huaraz, dijo el militar. ¿Dónde está mi vaso? Yo también sé
tener sed.
***
¿Cómo
que no cumple con la edad?, se alteró Francisco. Sobre la mesa tamborilearon dos
botellas vacías de pisco.
No
cumple, pues, doctor, dijo el mayor. Tomó la pistola que había dejado
sobre la mesa. Yo ya me voy. Solo vine a decirle eso. El huevón del capitán
no se percató de ese detalle.
Con
el gesto estático, por la mente de Francisco rodaron miles de ideas que se
tropezaron y enredaron, dejándolo todavía más confundido.
Vine
a decírselo en persona para que no crea que le he jugado mal. Le encargué el
tema al cojudo del capitán y ya ve cómo se le pasó esa huevada.
¿Y
cuándo se cierra la admisión?, dijo Francisco, una luz en
los ojos.
La
pistola ya en el cinto, un cigarrillo iluminándole la boca, el mayor dijo que
en una semana. Pero es por las huevas: en una semana su hijo no va a cumplir
la edad requerida.
Cómo
que no, dijo Francisco, levantándose de la mesa, lúcido y
equilibrado, como si no hubiera bebido una gota de pisco. Usted estaba con
un pie en la cárcel y lo saqué a pesar de que el fiscal tenía todo para
condenarlo. Ni el mismo diablo lo hubiera podido salvar.
El
mayor miró a Francisco con distancia. ¿Otra vez le sacaba en cara el tema de la
cárcel? Él había cumplido con el favor que le pidió a cambio de que se enterrara
el tema para siempre. Si iba a seguir con la misma cantaleta, estaba bien
huevón; un balazo en la cabeza acabaría con todo. Se llevó una mano a la
pistola.
No,
dijo Francisco, leyendo las intenciones del militar. No lo estoy chantajeando,
mayor. Tampoco le voy a pedir otro favor. Solo le recuerdo que para mí no hay
nada imposible. Le pido amablemente una hora de su tiempo; nada más.
¿Una
hora?, dijo el mayor consultando su reloj.
Una
hora. En una hora, Vladimiro va a cumplir con la edad requerida para ingresar a
la Escuela. Acompáñeme a mi estudio.
El
mayor, invadido por la curiosidad, adelantó la mandíbula. Vamos.
***
¿Así
de fácil?, dijo el mayor sin creer lo que decía el papel que le
acababa de entregar Francisco.
Así
de fácil, confirmó él. Así de fácil también fue ganarle al
fiscal en su caso, mayor. En este humilde estudio, sin grandes adornos, sin
títulos, sin medallas, sin condecoraciones, puedo resucitar a Hitler y, si
quiero, llevarlo a la presidencia del país.
El
mayor guardó
el documento en un cartapacio.
Bueno,
ya con esto Vladimiro es parte de la Escuela. Yo mismo me encargaré del papeleo.
Felicitaciones.
Se
apretaron las manos.
¿Se
queda un rato más? Todavía hay dos botellas de pisco que me deben en la taberna,
dijo Francisco, orgulloso, a punto de reventar de felicidad.
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