sábado, 3 de octubre de 2026

Corrigiendo el pasado (1960) - "VLADIMIRO MONTESINOS PRESIDENTE DEL PERÚ" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 

El huevón de Vladimiro no sabe qué hacer con su vida, dijo Francisco tras terminarse la cuarta copita de pisco. Pero yo sí sé.

El zapatero lo escuchaba atentamente: Francisco pagaría los tragos de la noche. Siendo apenas un escribano, había derrotado a un abogado de fuste y galardones en un caso de contrabando. Francisco poseía recursos que solo se aprendían en los cuchitriles y cantinas judiciales; recursos que eran capaces de torcer cualquier veredicto.

Se me va para Lima, caracho. Lo estoy mandando a la Escuela Militar.

Le hizo un gesto al camarero: otra botella.

¿No iba a ser abogado, cumpa? ¿Qué pasó con toda esa historia de los Ugarteche? Ya por ahí se decía que terminaría trabajando como asistente del presidente Prado, ironizó el zapatero.

No voy a permitir que te burles, compadre.

Pancho no le aguantaba mofas a nadie; ni al zapatero, que era su mejor amigo.

El huevón de Manuelito Ugarteche, como tiene al tío en la presidencia, no quiere hacerme ningún favor. Dice que después lo pueden denunciar por tráfico de influencias. Cobarde de mierda. No quiere mancharse, dice. Como si fuera una santa paloma. Y eso que, de chiquillos, yo lo defendía de los matones del colegio. Pero así es la gente: malagradecida. Afortunadamente, mis contactos en el cuartel sí son machos y consecuentes.

¿Tienes contactos ahí, compadre?

Por supuesto. Los militares siempre están necesitados de alguien que les limpie el culo. Ya te he contado varias veces a cuántos he salvado de chirona. Y siendo yo un alcanza-papeles, como me llaman esos abogados encopetados y engreídos de mierda. Y es que yo sé cómo se maneja el sistema judicial en este país. A la justicia, le encanta la discreción.  

El zapatero, que bebía moderadamente, fijó la atención en la puerta del establecimiento. Un hombre, que no se preocupaba por ocultar el revólver que llevaba al cinto, encima de la camisa, entró mirando a todos lados.

¿Dónde está Pancho?, gritó.

 Oiga, capitán, celebró Francisco. Véngase para acá. Justo hablábamos de usted.

El capitán se acercó a Francisco y ocupó un lado de su mesa.   

Tu Vladimiro ya tiene su cupo reservado para la Escuela. Mi contacto descartó a un serrano de Huaraz, dijo el militar. ¿Dónde está mi vaso? Yo también sé tener sed.

***

¿Cómo que no cumple con la edad?, se alteró Francisco. Sobre la mesa tamborilearon dos botellas vacías de pisco.  

No cumple, pues, doctor, dijo el mayor. Tomó la pistola que había dejado sobre la mesa. Yo ya me voy. Solo vine a decirle eso. El huevón del capitán no se percató de ese detalle.

Con el gesto estático, por la mente de Francisco rodaron miles de ideas que se tropezaron y enredaron, dejándolo todavía más confundido.

Vine a decírselo en persona para que no crea que le he jugado mal. Le encargué el tema al cojudo del capitán y ya ve cómo se le pasó esa huevada.

¿Y cuándo se cierra la admisión?, dijo Francisco, una luz en los ojos.

La pistola ya en el cinto, un cigarrillo iluminándole la boca, el mayor dijo que en una semana. Pero es por las huevas: en una semana su hijo no va a cumplir la edad requerida.

Cómo que no, dijo Francisco, levantándose de la mesa, lúcido y equilibrado, como si no hubiera bebido una gota de pisco. Usted estaba con un pie en la cárcel y lo saqué a pesar de que el fiscal tenía todo para condenarlo. Ni el mismo diablo lo hubiera podido salvar.

El mayor miró a Francisco con distancia. ¿Otra vez le sacaba en cara el tema de la cárcel? Él había cumplido con el favor que le pidió a cambio de que se enterrara el tema para siempre. Si iba a seguir con la misma cantaleta, estaba bien huevón; un balazo en la cabeza acabaría con todo. Se llevó una mano a la pistola.

No, dijo Francisco, leyendo las intenciones del militar. No lo estoy chantajeando, mayor. Tampoco le voy a pedir otro favor. Solo le recuerdo que para mí no hay nada imposible. Le pido amablemente una hora de su tiempo; nada más.

¿Una hora?, dijo el mayor consultando su reloj.

Una hora. En una hora, Vladimiro va a cumplir con la edad requerida para ingresar a la Escuela. Acompáñeme a mi estudio.

El mayor, invadido por la curiosidad, adelantó la mandíbula. Vamos.

***

¿Así de fácil?, dijo el mayor sin creer lo que decía el papel que le acababa de entregar Francisco.

Así de fácil, confirmó él. Así de fácil también fue ganarle al fiscal en su caso, mayor. En este humilde estudio, sin grandes adornos, sin títulos, sin medallas, sin condecoraciones, puedo resucitar a Hitler y, si quiero, llevarlo a la presidencia del país.

El mayor guardó el documento en un cartapacio.

Bueno, ya con esto Vladimiro es parte de la Escuela. Yo mismo me encargaré del papeleo. Felicitaciones.

Se apretaron las manos.

¿Se queda un rato más? Todavía hay dos botellas de pisco que me deben en la taberna, dijo Francisco, orgulloso, a punto de reventar de felicidad.    


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