El
tipo se rio en su cara.
Se
te acabó la buena vida, compadre. Ahora con las justas serás un papeluchero
más. Ya te me vas olvidando de ejercer como un abogado de verdad en los
tribunales, pendejo de mierda. Te creías la gran cagada, ¿no? Pues te llegó tu
fecha de vencimiento.
Francisco
leía la nota informativa que el tipo le había entregado: su cargo de escribano
eclesial quedaba relegado a una cosa decorativa, tierna, pero inválida para litigar
en el sistema judicial peruano.
Cuánto
tiempo te has estado saliendo con la tuya sin siquiera haber hecho dos años de
universidad. Eres una rata.
Francisco
refrenó unas poderosas ganas de molerle la cara a golpes, especialmente porque
sabía que perdería. Ya no era el muchachito peleandero de antaño. Si hubiera
estado borracho, seguro lo habría intentado.
***
¿Adónde
va, papá?, dijo Vladimiro.
Francisco
hizo un gesto con la mano. Ya volvía. Desapareció en la penumbra de la sala.
Vladimiro entendió que iba al baño. Le hubiera gustado abandonar la sala
también, no tanto porque tuviera ganas de orinar o cagar, sino porque esa
película de vaqueros era un bodrio. Pero esa visita al cine había sido el
modesto obsequio de su padre por haber ingresado a la Escuela Militar, la
manera en la que toda la familia se despedía de Arequipa, aunque el único
invitado a esa aburridísima proyección, en donde los diálogos eran más o menos
cojudos y las escenas violentas escasas y mal ejecutadas, era él.
Miró
la hora en el reloj que se heredó del abuelo Guillermo, un disco de borde
dorado, fondo blanco y manecillas negras, que le recordaba permanentemente el
boato de sus antepasados. Todavía faltaban sus buenos cuarenta minutos para que
terminase la función. Resopló y se hundió en la butaca. Cerró los ojos. A los
pocos segundos, empezó a roncar.
***
Estos
chocolates son importados. Valen diez veces más de lo que usted me ofrece. No
insista y retírese. Déjeme seguir despachando a mis clientes,
dijo el golosinero del cinema.
¿Cuáles
clientes? Yo soy el único huevón aquí parado. Atiéndeme como se debe.
Oiga,
yo no le he faltado el respeto. ¡Qué chucha tiene!
Agradéceme
que he venido a tu mugriento local a celebrarle una despedida a mi hijo que se
me va a Lima a ser un gran general del ejército, dijo
Francisco, arrugando un par de billetes en la mano.
Y
a mí qué me importa tu hijo. Si quieres estos chocolates franceses, vas a pagar
lo que valen.
Hacía
mucho que Francisco no peleaba. No lo hacía desde los tiempos del colegio.
Había sido bueno. Luego descubrió que metiendo letra podía conseguir cierta
respetabilidad. Ahora, envalentonado por el whisky que había bebido
discretamente mientras veía la película al lado de Vladimiro, se atrevió a
encajarle un recto de derecha al golosinero.
***
¿Y
esto?, susurró Vladimiro.
Un
gustito que nos merecemos por el gran general que llegarás a ser y por nuestra
nueva vida en Lima, dijo Francisco ya casi al término de la película, en
una escena que parecía dirimir las diferencias entre el protagonista y el
antagonista. Son unos chocolates importados. Disfrútalos lentamente. Saborea
lo que es la calidad.
Vladimiro
no había probado chocolates tan sabrosos en su vida. ¿Qué es la calidad?,
preguntó entrecerrando los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que
hacían una fiesta en su boca.
La calidad es algo que los pobres jamás conocerán, dijo Francisco, los ojos serios y traspasando la pantalla en donde un vaquero moría sin derramar una gota de sangre. Nunca seas pobre, Vladimiro, nunca seas pobre.

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