viernes, 16 de octubre de 2026

Se te acabó la buena vida (1961) - "VLADIMIRO MONTESINOS PRESIDENTE DEL PERÚ" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 

El tipo se rio en su cara.

Se te acabó la buena vida, compadre. Ahora con las justas serás un papeluchero más. Ya te me vas olvidando de ejercer como un abogado de verdad en los tribunales, pendejo de mierda. Te creías la gran cagada, ¿no? Pues te llegó tu fecha de vencimiento.

Francisco leía la nota informativa que el tipo le había entregado: su cargo de escribano eclesial quedaba relegado a una cosa decorativa, tierna, pero inválida para litigar en el sistema judicial peruano.

Cuánto tiempo te has estado saliendo con la tuya sin siquiera haber hecho dos años de universidad. Eres una rata.

Francisco refrenó unas poderosas ganas de molerle la cara a golpes, especialmente porque sabía que perdería. Ya no era el muchachito peleandero de antaño. Si hubiera estado borracho, seguro lo habría intentado.

***

¿Adónde va, papá?, dijo Vladimiro.

Francisco hizo un gesto con la mano. Ya volvía. Desapareció en la penumbra de la sala. Vladimiro entendió que iba al baño. Le hubiera gustado abandonar la sala también, no tanto porque tuviera ganas de orinar o cagar, sino porque esa película de vaqueros era un bodrio. Pero esa visita al cine había sido el modesto obsequio de su padre por haber ingresado a la Escuela Militar, la manera en la que toda la familia se despedía de Arequipa, aunque el único invitado a esa aburridísima proyección, en donde los diálogos eran más o menos cojudos y las escenas violentas escasas y mal ejecutadas, era él.

Miró la hora en el reloj que se heredó del abuelo Guillermo, un disco de borde dorado, fondo blanco y manecillas negras, que le recordaba permanentemente el boato de sus antepasados. Todavía faltaban sus buenos cuarenta minutos para que terminase la función. Resopló y se hundió en la butaca. Cerró los ojos. A los pocos segundos, empezó a roncar.       

***

Estos chocolates son importados. Valen diez veces más de lo que usted me ofrece. No insista y retírese. Déjeme seguir despachando a mis clientes, dijo el golosinero del cinema.

¿Cuáles clientes? Yo soy el único huevón aquí parado. Atiéndeme como se debe.

Oiga, yo no le he faltado el respeto. ¡Qué chucha tiene!

Agradéceme que he venido a tu mugriento local a celebrarle una despedida a mi hijo que se me va a Lima a ser un gran general del ejército, dijo Francisco, arrugando un par de billetes en la mano.

Y a mí qué me importa tu hijo. Si quieres estos chocolates franceses, vas a pagar lo que valen.

Hacía mucho que Francisco no peleaba. No lo hacía desde los tiempos del colegio. Había sido bueno. Luego descubrió que metiendo letra podía conseguir cierta respetabilidad. Ahora, envalentonado por el whisky que había bebido discretamente mientras veía la película al lado de Vladimiro, se atrevió a encajarle un recto de derecha al golosinero.

***

¿Y esto?, susurró Vladimiro.

Un gustito que nos merecemos por el gran general que llegarás a ser y por nuestra nueva vida en Lima, dijo Francisco ya casi al término de la película, en una escena que parecía dirimir las diferencias entre el protagonista y el antagonista. Son unos chocolates importados. Disfrútalos lentamente. Saborea lo que es la calidad.

Vladimiro no había probado chocolates tan sabrosos en su vida. ¿Qué es la calidad?, preguntó entrecerrando los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que hacían una fiesta en su boca.

La calidad es algo que los pobres jamás conocerán, dijo Francisco, los ojos serios y traspasando la pantalla en donde un vaquero moría sin derramar una gota de sangre. Nunca seas pobre, Vladimiro, nunca seas pobre.

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