¡Quítense
todo, carajo!, ordenó el técnico, alumno del último año de la
Escuela. No quiero ver a nadie con ropa. Los quiero ca-la-ti-tos.
Logró
percibir que solamente uno de Los Trece del Gallo, Julián, estaba detrás de él,
en la misma columna que integraba. Los otros deberían de estar en las otras
decenas de filas desplegadas entre los canchones y las duchas.
Miren
adelante, mierdas, a-de-lan-te; los ojos en la nuca del compañero de adelante,
carajo.
Ya
le habían advertido de esa bienvenida.
Los
de último año, los técnicos, son los encargados del agasajo. Esos mierdas
esperan con ansias el momento de la venganza, el momento de devolver con creces
lo que les hicieron a ellos cuando empezaron como zorrinos.
¿Zorrinos?
Sí,
así te van a llamar todo el primer año. En segundo, serás perro; en tercero,
perro viejo; en cuarto, aspirante; y en quinto, técnico.
Oía
estas cosas del teniente López, amigo de Francisco, su padre. Él había
permitido que López lo llevase a un bar del centro a conversar, a que le fuera
contando de primera mano, de la boca de un egresado de la Escuela, cómo era la
vida en ese lugar. Tenía que estar preparado.
Me
dijo Panchito que pasado mañana viajas a Lima, ¿no? El oficial
miraba la espuma efervescente de su vaso y recordaba, en su detonante
superficie, sus tiempos de zorrino.
Sí,
junto con doce amigos más del colegio. Ingresamos trece. Somos Los Trece del
Gallo.
¿Por
qué del Gallo?
Vladimiro
se dio cuenta de que las presentes y futuras generaciones de peruanos, civiles
y militares, eran y serían unos felices ignorantes de su propia historia.
Confirmaba así que el país estaba yéndose derechito al abismo.
***
¿Tienes
miedo?, dijo Julián. Vladimiro se había dado cuenta de que,
solo ante él, Julián se mostraba como lo que era: un adolescente prisionero de
un millón de inseguridades. Había sobrevivido ajustadamente al internado
militar escolar, pero Chorrillos sería mucho más contundente. Lima se lo
tragaría en una.
Las
cosas van a pasar te gusten o no, dijo Vladimiro. Lo único
que tenemos que hacer es comprender eso y estar preparados física y mentalmente.
Lo que traiga la vida está fuera de nuestro alcance. Solo podemos controlar
cómo reaccionamos ante eso. Tienes que saber cómo sobrellevar cualquier situación
y morir con honor en el intento, si fuera el caso. Lo acabamos de ver. Señaló
unos cuadernos. Estaban en el cuarto de Julián. Habían terminado el trabajo
final del curso de Literatura. El profesor había ordenado que se agrupasen en
parejas y desarrollasen un reporte de cuatro páginas sobre una obra de la
literatura mundial. No me vayan a traer cualquier cosa, ah. Les estoy dando
un mes para que hagan algo decente.
Beowulf
era un antiguo poema épico anglosajón que Vladimiro había leído hacía un par de
años. Le fascinó la historia del guerrero que sabía que moriría al enfrentarse
a un dragón, pero aun así lo combatió. Y murió, pero de pie, con honor.
Se
habían reunido un par de veces en la casa de Julián, no para redactar el
trabajo a cuatro manos, sino para que Vladimiro le explicase en detalle la
trama del largo poema, de modo que el profesor no fuese a darse cuenta de que
quien había hecho el trabajo, en apenas un par de días, era Vladimiro.
Ni
el profesor conoce este libro, le había dicho con orgullo a
Julián. Y ningún libro escolar lo trata. Lo encontré en la biblioteca de mi
abuelo.
Julián
tomó entre sus manos el libro. Estaba forrado en cuero. Pesaba.
¿Te
has leído todo esto en un mes?, dijo con asombro.
Sí,
hace ya unos años. Pero no te preocupes, no lo vas a leer; yo te lo voy contar,
y vamos a repasar juntos el reporte. Toma. Dale una mirada,
dijo Vladimiro alcanzándole un cuaderno.
Es
fácil decirlo. Yo ya no sé si aguante cinco años más.
Sí
lo vas a hacer, hombre. Ahí nos vamos a ir dando la mano como siempre lo hemos
hecho.
Aquel
temeroso adolescente era el único del internado militar con quien Vladimiro se
sentía más o menos cómodo. Le hablaba de los libros que había leído y Julián
siempre lo escuchaba con atención.
***
Primero
los van a calatear. Sabes para qué, ¿no?, dijo el
teniente López. Fumaba.
Supongo
que para humillarnos. Vladimiro también fumaba. Le estaba prohibido fumar
o beber, pero este caso era especial.
No,
lo hacen para detectar a los maricones. Cuando un maricón ve hombres calatos,
se delata solo. Es la naturaleza del maricón. Y el militar lo sabe. Los alumnos
de quinto año lo saben.
Había
pocos borrachos en el bar. Era un martes.
Hay
otras formas menos evidentes y trabajosas de descubrir a un maricón, pero esas
te las enseñan en la carrera. Al empezar la Escuela, usan la más humillante.
Ese es el ritual. A los militares nos encantan los rituales.
Son
confucianistas estos mierdas, pensó Vladimiro. El teniente
jamás entendería la referencia, por eso no la dijo en voz alta. A diferencia
del oficial, él bebía una Kola Escocesa, orgullo gaseosero de Arequipa. ¿Habría
en Lima una bebida tan rica como esa? La iba a echar de menos.
Y
cuando detectan al maricón, ¿lo expulsan?
No,
rio el teniente, no los expulsan, pero sí les hacen la vida imposible. Y es
que no hay nada que un militar odie más en el mundo que a un maricón, porque, en
el fondo, todo militar también lo es. Y esa es su condena; un lastre que lo tiene
cagado de por vida.
¿O
sea que, con tan solo ver a un hombre calato, el maricón queda al descubierto?,
dijo Vladimiro. Las teorías del teniente parecían mitos y no certezas.
El
militar llenó su vaso con cerveza. La risa que le provocó el escepticismo del adolescente
le hizo rebalsar el recipiente.
No,
muchacho. Luego del calateo, recién viene la verdadera prueba.
***
Ahora
quiero que los de atrás abracen al que tienen adelante. Abrácenlos fuerte,
carajo, como si fueran sus madres a las que no han visto en cinco años,
rabió el técnico.
Muy
lentamente, con temor, con asco, los zorrinos de la fila cumplieron la orden.
Muchos cerraron los ojos e intentaron imaginarse en situaciones menos
escabrosas.
Las
nalgas que Vladimiro tenía enfrente eran tan peludas que no dejaban un claro de
piel. La costra de tupidos vellos ascendía por toda la espalda y descendía hasta
las pantorrillas.
Cumplió
la orden con rapidez, sin dejar que el cerebro procesara las imágenes. Eso solo
empeoraría el cuadro. En el mismo momento en que su piel se aplastaba contra
los pelos sudorosos del tipo de adelante, sintió en sus propias nalgas, aunque
un poco más arriba, la dureza de un cilindro caliente y carnudo. ¿Es un
brazo?, pensó Vladimiro. Recordó, entre todas las aterradoras impresiones
que se iban sucediendo ese día, que el de atrás era su compañero Julián. Le
da pena culearme y ha puesto el brazo. Bien hecho, hermano, pensó.
***
Vladimiro,
te has dado cuenta de que me gustan los hombres, ¿no?
A
unos cien metros, los otros once integrantes de los Trece del Gallo se
despedían de sus amigos, novias y familiares. Había llanto y una tristeza que congeniaba
con esa fría noche arequipeña.
Sí,
dijo Vladimiro. No había necesidad de abundar. Experto natural en leer los
ánimos e intenciones de la gente, el joven Montesinos Torres supo desde el
primer contacto con Julián cuál era el motivo de la congoja de su alma.
Gracias,
le dijo Julián, tendiéndole una mano firme, una mano de soldado, de guerrero
honorable y corajudo, como la mano de Beowulf, el personaje sobre el cual
Vladimiro le había hablado con tanto apasionamiento y didáctica para el trabajo
de Literatura que aprobaron con la mejor nota.
Las
manos se agitaron en un apretón silencioso que significaba y garantizaba un
estar en las buenas y en las malas en lo que fuera que viniese, en las
aventuras y desventuras a las que ese bus cochambroso de la empresa Morales
Moralitos los llevaría.
***
¿Están
bien abrazados, bien apachurrados?, rugió el técnico.
Sí,
mi técnico, respondieron en coro los muchachos, desnudos,
abrazados, aterrados. Dos centinelas, también alumnos del quinto año, recorrían
la fila cerciorándose de que los hechos coincidieran con la respuesta.
Ahora,
así como están, sin soltarse, salten. ¡Salten, carajo! ¡Uno, dos! ¡Dos, tres!
Los
zorrinos saltaban.
Así,
bamboléense, frótense, sigan, sigan. Apachúrrense bien. Al que no veo
apachurrando y saltando le rompo el poto a correazos.
Los
centinelas ordenaban, azuzaban.
¡Canten,
canten! ¡Uno, dos! ¡Tres, cuatro! ¡Cuatro, tres! ¡Dos, uno!
Los
muchachos cantaban y saltaban.
Ahora,
dijo el técnico, y dejó flotar una pausa como una hoja de parra sobre las aguas
de un estanque, ¡sepárense, mierdas, y retomen sus posiciones!
Cuando
Vladimiro ejecutó la orden, se dio con la sorpresa de que su pene se hallaba tieso,
enhiesto, aperlado por ajenas gotas de sudor. El miembro latía conservando su
ligera y característica curvatura hacia la izquierda.
¡Quieto
ahí, zorrino! ¡No se mueva!
La
atronadora voz del técnico remeció la nuca de Vladimiro. Ni aun el miedo a la
humillación y a los golpes inminentes logró amainar la potencia que le mantenía
el miembro erguido y pulsante.
***
Yo
le saco la mierda a quien me ponga una mano encima, dijo
Vladimiro.
Si
te defiendes, te jodiste. Un militar nunca olvida una ofensa. Tú no sabes quién
de ellos llegará a ser general o presidente del país. Porque si el huevón al
que te le pusiste sabroso llega a ser tu superior, tu carrera militar se va derechito
a la mierda.
Entonces,
¿me dejo golpear nomás?
Tú
no te preocupes. Solo humillan y golpean al maricón que resulte con la pinga
parada luego de los saltos, dijo el teniente. No creo que a ti se te vaya a
parar la pinga, ¿no?, rio a carcajadas.
Vladimiro
volvió a beber de su gaseosa. Lo pétreo de su rostro revelaba que no le había
hecho gracia la insinuación.
El
teniente se aclaró la garganta, retomó la compostura y encendió un nuevo
cigarrillo.
Ya
me tengo que ir, pero te voy a dejar un truco por si se te para la pinga
accidentalmente. No te resientas ni te molestes. No estoy afirmando que seas
maricón, pero es mejor estar prevenido, ¿no crees?
Eran
ya casi las ocho de la noche. Vladimiro recordó que aún no había terminado de
hacer sus maletas.
***
No
mueva un solo pelo, zorrino, porque me lo cacho ahorita mismo. Y usted no va a
querer eso.
Cada
átomo de su ser podía sentir los pasos graves del técnico aproximándose hacia él.
Resonaban como el hambre en las tripas y producían la misma sensación de
ansiedad. Entonces Vladimiro recordó el truco que le reveló el teniente para
amainar una erección.
***
Sin
que nadie te vea, solapa nomás, chapas con el pulgar y el índice la parte del
pellejo que está entre los dos huevos.
El
escroto, precisó Vladimiro. De niño, se había devorado un
librito de anatomía de la biblioteca de don Guillermo. Los conocimientos de su
abuelo no se habían circunscrito a un solo saber.
¿Así
se llama el pellejo que envuelve a las bolas? Bueno, pones los dedos como te
dije.
¿Me
tengo que pellizcar el escroto?
No,
no es un pellizco. Déjame que te explique bien.
El
adolescente le pegó una calada a su cigarro. Había aprendido de Carlomagno, como
lo hizo ante las promesas de su rival Marsil, en el Cantar de Roldán, a no mostrarse
crédulo y poner cara de cojudo cuando alguien le revelaba cosas sorprendentes o
estupefacientes. Los ojos y la boca debían permanecer en seria cerrazón. No
me creo tus cuentos, parecían decir sus cejas enflechadas.
***
Vladimiro
se llevó la mano derecha al escroto. Atenazó el espacio entre los testículos
con los dedos indicados, e hizo el movimiento que el teniente le había enseñado.
Los
pasos del técnico se detuvieron. Escuchó su voz detrás de él: Mire, nomás; qué
tal verga.
Estaba
claro que la cosa no era con él. Se miró el pene. Había muerto. Se había encogido.
Mire,
nomás; qué tales venas. ¡Y la cabezota! Es una cabeza espectacular.
Un
correazo cruzó las nalgas de Vladimiro. Se le congelaron las manos y los pies,
y un aluvión de fuego le recorrió la cara.
Usted,
zorrino de adelante. Media vuelta izquierda, ¡izquierda!
Vladimiro
obedeció sin chistar. Toda la piel le ardía. Refrenó las poderosas ganas de
sobarse el culo. En vez de eso, fijó la mirada hacia arriba, evitando ver el
rostro de Julián, a quien tenía enfrente luego de haber dado la media vuelta.
Había sido el pene y no su brazo lo que había tenido encajado en su baja
espalda.
¿Cuál
es su nombre, zorrino?, demandó el técnico.
Julián.
La voz apenas se sostuvo.
Mira,
Julián, así es como debe estar la pinga de un varón cuando está entre varones;
muerta como la concha de mi madre, dijo el teniente señalando el
pene de Vladimiro. Luego, dirigiéndose a este: Zorrino, mire el armamento de
su compañero. Dígame que ve.
Vladimiro
no tuvo que bajar la mirada; sabía lo que tenía enfrente, a unos centímetros
debajo de la pespuntada línea de su mirada marcial.
Dígame
que ve, zorrino, repitió ferozmente el teniente.
Veo a
un maricón, dijo Vladimiro.
¡Correcto,
zorrino! Lo que tenemos aquí es a un maricón declarado. Ve hombres calatos y,
¡pum! se le para la huevada. Y qué desperdicio para la humanidad, para el
ejército, carajo, con tamaño fusil y semejantes granadas. No, no, eso no lo
podemos permitir, señores. No podemos dejar que este portentoso ejemplar siga
bailando en el equipo de los maricones. La Patria necesita machos, carajo.
El pene de
Julián seguía duro, erecto, babeando.
Y,
mire, ve, ni todo el alboroto que estamos haciendo le baja la huevada. Por el
contrario, creo que se excita más este rosquete cuando machos como nosotros
hablamos de él. ¿Te gusta tu compañero? ¿Te gustamos todos nosotros, so pedazo
de marica? ¡Habla!
Los ojos de
Julián sufrían tratando de contener un chorro de lágrimas.
El técnico volvió
a dirigirse a Vladimiro: ¿Qué sugiere que hagamos para que recuperemos a
este hombre para la Patria? Porque cuando lo mandemos al campo de batalla, lo
primero que va a hacer es entregarle el culo al enemigo. ¿Ah? ¡Hable! ¡Qué
hacemos, zorrino!
¡Hacerlo
hombre, mi técnico!, rugió Vladimiro.
Así
será, zorrino, así será, asintió el técnico y le entregó la correa que bailoteaba
en sus manos. Miró con desprecio a Julián. Este tenía los labios partidos; el
llanto apenas contenido por pura fuerza de voluntad.
Usted,
póngase en cuatro, mierda, ordenó.
Julián adoptó
la postura indicada.
El técnico
acercó la boca a una de las orejas de Vladimiro.
Ahora
rómpale el culo hasta que se le muera esa pinga y suplique que ya no es maricón.
El primer azote
abrió la piel del castigado y salpicó de sangre la cara del propio Vladimiro.
El técnico desorbitó los ojos. No había visto semejante furia en un zorrino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario