sábado, 24 de octubre de 2026

Por favor, hazme hombre (1962) - "VLADIMIRO MONTESINOS PRESIDENTE DEL PERÚ" Novela de Daniel Gutiérrez Híjar

 

¡Quítense todo, carajo!, ordenó el técnico, alumno del último año de la Escuela. No quiero ver a nadie con ropa. Los quiero ca-la-ti-tos.

Logró percibir que solamente uno de Los Trece del Gallo, Julián, estaba detrás de él, en la misma columna que integraba. Los otros deberían de estar en las otras decenas de filas desplegadas entre los canchones y las duchas.

Miren adelante, mierdas, a-de-lan-te; los ojos en la nuca del compañero de adelante, carajo.

Ya le habían advertido de esa bienvenida.

Los de último año, los técnicos, son los encargados del agasajo. Esos mierdas esperan con ansias el momento de la venganza, el momento de devolver con creces lo que les hicieron a ellos cuando empezaron como zorrinos.

¿Zorrinos?

Sí, así te van a llamar todo el primer año. En segundo, serás perro; en tercero, perro viejo; en cuarto, aspirante; y en quinto, técnico.

Oía estas cosas del teniente López, amigo de Francisco, su padre. Él había permitido que López lo llevase a un bar del centro a conversar, a que le fuera contando de primera mano, de la boca de un egresado de la Escuela, cómo era la vida en ese lugar. Tenía que estar preparado.

Me dijo Panchito que pasado mañana viajas a Lima, ¿no? El oficial miraba la espuma efervescente de su vaso y recordaba, en su detonante superficie, sus tiempos de zorrino.

Sí, junto con doce amigos más del colegio. Ingresamos trece. Somos Los Trece del Gallo.

¿Por qué del Gallo?

Vladimiro se dio cuenta de que las presentes y futuras generaciones de peruanos, civiles y militares, eran y serían unos felices ignorantes de su propia historia. Confirmaba así que el país estaba yéndose derechito al abismo.

***

¿Tienes miedo?, dijo Julián. Vladimiro se había dado cuenta de que, solo ante él, Julián se mostraba como lo que era: un adolescente prisionero de un millón de inseguridades. Había sobrevivido ajustadamente al internado militar escolar, pero Chorrillos sería mucho más contundente. Lima se lo tragaría en una.

Las cosas van a pasar te gusten o no, dijo Vladimiro. Lo único que tenemos que hacer es comprender eso y estar preparados física y mentalmente. Lo que traiga la vida está fuera de nuestro alcance. Solo podemos controlar cómo reaccionamos ante eso. Tienes que saber cómo sobrellevar cualquier situación y morir con honor en el intento, si fuera el caso. Lo acabamos de ver. Señaló unos cuadernos. Estaban en el cuarto de Julián. Habían terminado el trabajo final del curso de Literatura. El profesor había ordenado que se agrupasen en parejas y desarrollasen un reporte de cuatro páginas sobre una obra de la literatura mundial. No me vayan a traer cualquier cosa, ah. Les estoy dando un mes para que hagan algo decente.

Beowulf era un antiguo poema épico anglosajón que Vladimiro había leído hacía un par de años. Le fascinó la historia del guerrero que sabía que moriría al enfrentarse a un dragón, pero aun así lo combatió. Y murió, pero de pie, con honor.

Se habían reunido un par de veces en la casa de Julián, no para redactar el trabajo a cuatro manos, sino para que Vladimiro le explicase en detalle la trama del largo poema, de modo que el profesor no fuese a darse cuenta de que quien había hecho el trabajo, en apenas un par de días, era Vladimiro.

Ni el profesor conoce este libro, le había dicho con orgullo a Julián. Y ningún libro escolar lo trata. Lo encontré en la biblioteca de mi abuelo.

Julián tomó entre sus manos el libro. Estaba forrado en cuero. Pesaba.

¿Te has leído todo esto en un mes?, dijo con asombro.

Sí, hace ya unos años. Pero no te preocupes, no lo vas a leer; yo te lo voy contar, y vamos a repasar juntos el reporte. Toma. Dale una mirada, dijo Vladimiro alcanzándole un cuaderno.

Es fácil decirlo. Yo ya no sé si aguante cinco años más.

Sí lo vas a hacer, hombre. Ahí nos vamos a ir dando la mano como siempre lo hemos hecho.

Aquel temeroso adolescente era el único del internado militar con quien Vladimiro se sentía más o menos cómodo. Le hablaba de los libros que había leído y Julián siempre lo escuchaba con atención.

***

Primero los van a calatear. Sabes para qué, ¿no?, dijo el teniente López. Fumaba.

Supongo que para humillarnos. Vladimiro también fumaba. Le estaba prohibido fumar o beber, pero este caso era especial.

No, lo hacen para detectar a los maricones. Cuando un maricón ve hombres calatos, se delata solo. Es la naturaleza del maricón. Y el militar lo sabe. Los alumnos de quinto año lo saben.

Había pocos borrachos en el bar. Era un martes.

Hay otras formas menos evidentes y trabajosas de descubrir a un maricón, pero esas te las enseñan en la carrera. Al empezar la Escuela, usan la más humillante. Ese es el ritual. A los militares nos encantan los rituales.

Son confucianistas estos mierdas, pensó Vladimiro. El teniente jamás entendería la referencia, por eso no la dijo en voz alta. A diferencia del oficial, él bebía una Kola Escocesa, orgullo gaseosero de Arequipa. ¿Habría en Lima una bebida tan rica como esa? La iba a echar de menos.

Y cuando detectan al maricón, ¿lo expulsan?

No, rio el teniente, no los expulsan, pero sí les hacen la vida imposible. Y es que no hay nada que un militar odie más en el mundo que a un maricón, porque, en el fondo, todo militar también lo es. Y esa es su condena; un lastre que lo tiene cagado de por vida.

¿O sea que, con tan solo ver a un hombre calato, el maricón queda al descubierto?, dijo Vladimiro. Las teorías del teniente parecían mitos y no certezas.

El militar llenó su vaso con cerveza. La risa que le provocó el escepticismo del adolescente le hizo rebalsar el recipiente.

No, muchacho. Luego del calateo, recién viene la verdadera prueba.

***

Ahora quiero que los de atrás abracen al que tienen adelante. Abrácenlos fuerte, carajo, como si fueran sus madres a las que no han visto en cinco años, rabió el técnico. 

Muy lentamente, con temor, con asco, los zorrinos de la fila cumplieron la orden. Muchos cerraron los ojos e intentaron imaginarse en situaciones menos escabrosas.

Las nalgas que Vladimiro tenía enfrente eran tan peludas que no dejaban un claro de piel. La costra de tupidos vellos ascendía por toda la espalda y descendía hasta las pantorrillas.

Cumplió la orden con rapidez, sin dejar que el cerebro procesara las imágenes. Eso solo empeoraría el cuadro. En el mismo momento en que su piel se aplastaba contra los pelos sudorosos del tipo de adelante, sintió en sus propias nalgas, aunque un poco más arriba, la dureza de un cilindro caliente y carnudo. ¿Es un brazo?, pensó Vladimiro. Recordó, entre todas las aterradoras impresiones que se iban sucediendo ese día, que el de atrás era su compañero Julián. Le da pena culearme y ha puesto el brazo. Bien hecho, hermano, pensó.

***

Vladimiro, te has dado cuenta de que me gustan los hombres, ¿no?

A unos cien metros, los otros once integrantes de los Trece del Gallo se despedían de sus amigos, novias y familiares. Había llanto y una tristeza que congeniaba con esa fría noche arequipeña.

Sí, dijo Vladimiro. No había necesidad de abundar. Experto natural en leer los ánimos e intenciones de la gente, el joven Montesinos Torres supo desde el primer contacto con Julián cuál era el motivo de la congoja de su alma.

Gracias, le dijo Julián, tendiéndole una mano firme, una mano de soldado, de guerrero honorable y corajudo, como la mano de Beowulf, el personaje sobre el cual Vladimiro le había hablado con tanto apasionamiento y didáctica para el trabajo de Literatura que aprobaron con la mejor nota.

Las manos se agitaron en un apretón silencioso que significaba y garantizaba un estar en las buenas y en las malas en lo que fuera que viniese, en las aventuras y desventuras a las que ese bus cochambroso de la empresa Morales Moralitos los llevaría.

***

¿Están bien abrazados, bien apachurrados?, rugió el técnico.  

Sí, mi técnico, respondieron en coro los muchachos, desnudos, abrazados, aterrados. Dos centinelas, también alumnos del quinto año, recorrían la fila cerciorándose de que los hechos coincidieran con la respuesta.

Ahora, así como están, sin soltarse, salten. ¡Salten, carajo! ¡Uno, dos! ¡Dos, tres!

Los zorrinos saltaban.

Así, bamboléense, frótense, sigan, sigan. Apachúrrense bien. Al que no veo apachurrando y saltando le rompo el poto a correazos.

Los centinelas ordenaban, azuzaban.

¡Canten, canten! ¡Uno, dos! ¡Tres, cuatro! ¡Cuatro, tres! ¡Dos, uno!

Los muchachos cantaban y saltaban.

Ahora, dijo el técnico, y dejó flotar una pausa como una hoja de parra sobre las aguas de un estanque, ¡sepárense, mierdas, y retomen sus posiciones!

Cuando Vladimiro ejecutó la orden, se dio con la sorpresa de que su pene se hallaba tieso, enhiesto, aperlado por ajenas gotas de sudor. El miembro latía conservando su ligera y característica curvatura hacia la izquierda.

¡Quieto ahí, zorrino! ¡No se mueva!

La atronadora voz del técnico remeció la nuca de Vladimiro. Ni aun el miedo a la humillación y a los golpes inminentes logró amainar la potencia que le mantenía el miembro erguido y pulsante.

***

Yo le saco la mierda a quien me ponga una mano encima, dijo Vladimiro.

Si te defiendes, te jodiste. Un militar nunca olvida una ofensa. Tú no sabes quién de ellos llegará a ser general o presidente del país. Porque si el huevón al que te le pusiste sabroso llega a ser tu superior, tu carrera militar se va derechito a la mierda.

Entonces, ¿me dejo golpear nomás?

Tú no te preocupes. Solo humillan y golpean al maricón que resulte con la pinga parada luego de los saltos, dijo el teniente. No creo que a ti se te vaya a parar la pinga, ¿no?, rio a carcajadas.

Vladimiro volvió a beber de su gaseosa. Lo pétreo de su rostro revelaba que no le había hecho gracia la insinuación.

El teniente se aclaró la garganta, retomó la compostura y encendió un nuevo cigarrillo.

Ya me tengo que ir, pero te voy a dejar un truco por si se te para la pinga accidentalmente. No te resientas ni te molestes. No estoy afirmando que seas maricón, pero es mejor estar prevenido, ¿no crees?  

Eran ya casi las ocho de la noche. Vladimiro recordó que aún no había terminado de hacer sus maletas.

***

No mueva un solo pelo, zorrino, porque me lo cacho ahorita mismo. Y usted no va a querer eso.

Cada átomo de su ser podía sentir los pasos graves del técnico aproximándose hacia él. Resonaban como el hambre en las tripas y producían la misma sensación de ansiedad. Entonces Vladimiro recordó el truco que le reveló el teniente para amainar una erección.

***

Sin que nadie te vea, solapa nomás, chapas con el pulgar y el índice la parte del pellejo que está entre los dos huevos.

El escroto, precisó Vladimiro. De niño, se había devorado un librito de anatomía de la biblioteca de don Guillermo. Los conocimientos de su abuelo no se habían circunscrito a un solo saber.

¿Así se llama el pellejo que envuelve a las bolas? Bueno, pones los dedos como te dije.

¿Me tengo que pellizcar el escroto?

No, no es un pellizco. Déjame que te explique bien.

El adolescente le pegó una calada a su cigarro. Había aprendido de Carlomagno, como lo hizo ante las promesas de su rival Marsil, en el Cantar de Roldán, a no mostrarse crédulo y poner cara de cojudo cuando alguien le revelaba cosas sorprendentes o estupefacientes. Los ojos y la boca debían permanecer en seria cerrazón. No me creo tus cuentos, parecían decir sus cejas enflechadas.

***

Vladimiro se llevó la mano derecha al escroto. Atenazó el espacio entre los testículos con los dedos indicados, e hizo el movimiento que el teniente le había enseñado.

Los pasos del técnico se detuvieron. Escuchó su voz detrás de él: Mire, nomás; qué tal verga.

Estaba claro que la cosa no era con él. Se miró el pene. Había muerto. Se había encogido.

Mire, nomás; qué tales venas. ¡Y la cabezota! Es una cabeza espectacular.

Un correazo cruzó las nalgas de Vladimiro. Se le congelaron las manos y los pies, y un aluvión de fuego le recorrió la cara.

Usted, zorrino de adelante. Media vuelta izquierda, ¡izquierda! 

Vladimiro obedeció sin chistar. Toda la piel le ardía. Refrenó las poderosas ganas de sobarse el culo. En vez de eso, fijó la mirada hacia arriba, evitando ver el rostro de Julián, a quien tenía enfrente luego de haber dado la media vuelta. Había sido el pene y no su brazo lo que había tenido encajado en su baja espalda.

¿Cuál es su nombre, zorrino?, demandó el técnico.

Julián. La voz apenas se sostuvo.

Mira, Julián, así es como debe estar la pinga de un varón cuando está entre varones; muerta como la concha de mi madre, dijo el teniente señalando el pene de Vladimiro. Luego, dirigiéndose a este: Zorrino, mire el armamento de su compañero. Dígame que ve.

Vladimiro no tuvo que bajar la mirada; sabía lo que tenía enfrente, a unos centímetros debajo de la pespuntada línea de su mirada marcial.

Dígame que ve, zorrino, repitió ferozmente el teniente.

Veo a un maricón, dijo Vladimiro.

¡Correcto, zorrino! Lo que tenemos aquí es a un maricón declarado. Ve hombres calatos y, ¡pum! se le para la huevada. Y qué desperdicio para la humanidad, para el ejército, carajo, con tamaño fusil y semejantes granadas. No, no, eso no lo podemos permitir, señores. No podemos dejar que este portentoso ejemplar siga bailando en el equipo de los maricones. La Patria necesita machos, carajo.

El pene de Julián seguía duro, erecto, babeando.

Y, mire, ve, ni todo el alboroto que estamos haciendo le baja la huevada. Por el contrario, creo que se excita más este rosquete cuando machos como nosotros hablamos de él. ¿Te gusta tu compañero? ¿Te gustamos todos nosotros, so pedazo de marica? ¡Habla!

Los ojos de Julián sufrían tratando de contener un chorro de lágrimas.

El técnico volvió a dirigirse a Vladimiro: ¿Qué sugiere que hagamos para que recuperemos a este hombre para la Patria? Porque cuando lo mandemos al campo de batalla, lo primero que va a hacer es entregarle el culo al enemigo. ¿Ah? ¡Hable! ¡Qué hacemos, zorrino!

¡Hacerlo hombre, mi técnico!, rugió Vladimiro.

Así será, zorrino, así será, asintió el técnico y le entregó la correa que bailoteaba en sus manos. Miró con desprecio a Julián. Este tenía los labios partidos; el llanto apenas contenido por pura fuerza de voluntad.

Usted, póngase en cuatro, mierda, ordenó.

Julián adoptó la postura indicada.

El técnico acercó la boca a una de las orejas de Vladimiro.

Ahora rómpale el culo hasta que se le muera esa pinga y suplique que ya no es maricón.

El primer azote abrió la piel del castigado y salpicó de sangre la cara del propio Vladimiro.

El técnico desorbitó los ojos. No había visto semejante furia en un zorrino.

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