domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Ha leído algo de Vargas Llosa?

En una edición del programa Prensa Libre, una reportera se adentró en las fauces del palacio congresal del Perú. Su misión era conocer qué tanto conocían los moradores de ese lugar y, supuestamente, padres y representantes de todos nosotros, la obra del ecuménico Mario Vargas Llosa.

El resultado de aquella incursión fue espeluznante. La mayoría de los cuestionados no sabía explicar con claridad la obra de Mario Vargas Llosa que aducían haber leído. Navegaban por generalidades haciendo uso de muletillas sin llegar a rozar siquiera el meollo de las preguntas: ¿qué libros del premio Nobel de Literatura 2010 ha leído? ¿Cuál es su apreciación del libro que leyó?

Fue indignante ver cómo estos congresistas procuraban escamotear las preguntas y huir. Hubo una señora legisladora que proclamó que Ña Catita era una obra perteneciente al autor de El Hablador. No faltó aquel que confundió La Ciudad y Los Perros con Los Perros Hambrientos del ilustre Ciro Alegría.

Quiero aclarar un par de cosas. No es un pecado no haber leído a Mario Vargas Llosa. Es un pecado moral e intelectual no leer. Si este país está como está es por su pobre nivel cultural.

En el recorrido de aquella periodista solicitando la opinión de los parlamentarios sobre la obra de Vargas Llosa se vio flagrantemente el carácter cínico y escurridizo de sus entrevistados para eludir temas que les son incómodos.

¡Cómo el pueblo pudo haber elegido a estos tipos que no tienen el menor reparo en mentir en lugar de asumir que jamás han leído!

Si no has leído nada de ningún autor, al menos ten la gallardía moral de reconocerlo y aceptarlo, y no discurrir echando mano de ambages que, además, no resultan para nada convincentes.

Estos congresistas ni siquiera saben mentir.

El reportaje de Prensa Libre, además de mostrarnos que en el Congreso la prolífica obra de Mario Vargas Llosa es completamente desconocida, nos ha revelado que allí habitan seres inescrupulosos que con el fin de quedar bien son capaces de responder barbaridades. Nadie allí, aparentemente, es capaz de aceptar una verdad: su supina ignorancia. Son traposos y se valen de artimañas para velar su pobreza intelectual.

Es comprensible que la mayoría del pueblo peruano no haya leído a Vargas Llosa o a cualquier otro autor porque ella se dedica a salir de la pobreza continuamente y su mayor preocupación es conseguir el dinero suficiente para adquirir los alimentos que les servirá de sustento en el mañana. A ese pueblo pobre peruano no se le puede exigir que compre un libro (porque en este país los libros son onerosos) porque se podría quedar sin comer una semana. El Estado no se preocupa por suavizar los precios de los libros de modo que estos puedan llegar a un público más numeroso.

Pero a esos congresistas, que medran día a día del erario nacional, sí se les puede exigir que se culturicen, porque tiene los medios con qué hacerlo. Dejaron la pobreza desde que consiguieron su más anhelado y preciado objetivo: atiborrarse los bolsillos de plata.

Sin embargo, su interés por la cultura es inexistente. Por ende, no sorprende su pasividad para hacer que la cultura sea más cercana a las masas.

Cuando la conocí

Wendy es alta para el común de mujeres de este país. Es atractiva y me resulta inexplicable que seamos enamorados a sabiendas de que yo no soy guapo en absoluto. Ni siquiera mínimamente. Debido a ello, y a mis constantes inseguridades a este respecto, es que sospecho que nuestra relación algún día pueda terminarse. Sin embargo, procuro disfrutar cada momento.

A Wendy la conocí en el Boulevard de la Cultura en el jirón Quilca; jirón que visité innumerables veces por mi afán de comprador compulsivo de libros.

Cierto día que no recuerdo exactamente (ella tampoco: sólo sabemos que fue un día de finales de octubre) había ido yo muy temprano a comprar libros. El lugar al que yo asistía con mucha asiduidad para este fin era uno regentado por un señor que puede tener entre cuarenta y cincuenta años y que siempre está acompañado de un gato. Él vende allí, si uno sabe buscar, maravillosos libros y obras clásicas a precios exageradamente baratos. Esto se debe a que todos son libros usados y antiguos. Con cinco soles uno puede salir del lugar con tres o cinco libros bajo el brazo.

Ese día sólo compré un libro. El único que me interesó luego de haber pasado alrededor de media hora sumergido en la ruma de libros que aquel señor posee en su negocio. Tampoco recuerdo qué libro fue.

Tenía en mente comprarme un pantalón. Un jean pitillo de esos que usa Billie Joe Armstrong, vocalista de Green Day, en sus conciertos. Entré al Boulevard de la Cultura. Me dirigí a la tienda de ropa que está inmediatamente cerca de la entrada. Sabía yo, porque había pasado por allí muchas veces y porque hacía años me había comprado un par de polos ahí, que esa tienda vendía los pantalones que a mí me interesaban.

Ingresé a la tienda sin percatarme en absoluto quién despachaba. Mi atención se enfocó únicamente en buscar el pantalón cuyo llamado yo sentía desde hacía unos pasos atrás.

Al poco rato se me acerca una mujer de sonrisa amable y me pregunta “¿algún modelo en especial?”. Era Wendy. Estaba ataviada toda de negro. Sus brazos y sus piernas estaban envueltas en mallas negras por cuyos resquicios se veía una piel trigueña. Su pelo negro ondeado tenía pintados un par de mechones castaños. No me pareció atractiva en aquel primer instante. Le comenté sobre lo que buscaba. Entonces sacó un par de modelos que se ajustaban a mi pedido. Me los probé. No me quedaban. Sacó otro que parecía ser mi talla. Ella me trataba muy amablemente y con mucha paciencia.

Finalmente di con el pantalón adecuado. Su tela se pegaba al contorno de todas mis piernas. Era el pantalón punk que quería. Me atreví a hacerle una pequeña humorada a la chica que tan bien me estaba cayendo.

-Este pantalón está perfecto-le dije-. Pero no tendrás uno que me haga ver esta zona un poco más abultada-agregué, señalando con mi mirada la parte donde mi pequeño sexo dormía pasivamente.

Ella se rió. No tomó a mal mi grosero comentario pues todo lo formulé de una manera juguetona, alegre y, si cabe, guardando las distancias. Sin ser confianzudo, porque detesto eso. Con la simpatía y la gracia que luego le conocería, me respondió:

-No, no tengo. Ese problema tuyo ya viene de fábrica y no se puede arreglar.

Mirándonos en el espejo, me dijo que el pantalón me quedaba muy bien. Yo estuve de acuerdo. Una vez cerrada la transacción. Me animé a conversar breves minutos con ella. Le pregunté qué clase de música escuchaba.

-New wave, black metal, gothic metal-me respondió.

-¿Eres metalera?-le pregunté.

-Soy gótica-me contestó.

Me pareció fascinante conocer a alguien que se proclamaba de esa manera y que, por su vestimenta, parecía vivir su música y los ideales propios de esa corriente metalera. Me dije: aquí hay una veta interesante qué explorar para, quién sabe, encontrar material de algún libro futuro.

Sin embargo, Wendy era diferente. No era un simple gótico pesimista, vampiresco, tímido y arcano, sino que habitaba en Wendy un espíritu criollo y dicharachero. Moraba en Wendy un ser bellísimo que tendría la oportunidad de conocer de manera más frecuente una semana después. Posteriormente, también descubriría en ella a un ser en extremo complejo y cambiante. No obstante ello, hay un hilo acerado que une todas sus facetas: la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, su amor hacia los desposeídos.

Ese día me fui con un libro bajo el brazo y un pantalón pitillo en una bolsa, sin sospechar que días después, a la salida de un concierto de black metal en el Centro de Lima, Wendy y yo nos daríamos los primeros besos, sentados una banca del parquecito de la Plaza Francia, bajo la luz de un poste antiguo, en una tibia madrugada.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La renuncia

Antes de conocer a Wendy, yo trabajaba para una compañía minera a la que renuncié cordialmente pues consideraba que el trabajo que tenía que realizar no era compatible con el nivel de educación que había recibido en la universidad y que desmerecía enormemente todo el esfuerzo y el dinero invertido por mis padres en mi formación profesional.

Había aceptado aquel trabajo gustosamente y coloqué todo mi empeño en él. Realicé una labor que mis jefes supieron apreciar a pesar de ser poco el tiempo que permanecí allí. Una semana de preparación nos brindó la empresa a la nueva gente que había sido aceptada al igual que yo. Durante esa semana no conocimos exactamente el trabajo que realizaríamos.

Menuda fue mi sorpresa cuando descubrí cuál era verdaderamente la función principal en aquel trabajo. Como el dinero que me procuraba esa empresa me era en extremo necesario, pues debía pagar un dinero mensual a un banco, tuve que tragarme el orgullo y continuar con el oficio que se me había encargado.

Tres meses trabajé con ahínco y la firme convicción de que cualquier esfuerzo era válido por mantener bien a la familia.

En setiembre de este año, la idea de dejar el trabajo en esa empresa ya rondaba mi cabeza. Sólo estaba esperando que mi CV fuera recibido por alguna otra empresa. Sin embargo, la suerte me era muy esquiva. Lamentaba haber renunciado a mi anterior trabajo en donde, si bien no ejercía directamente la minería, ejercía el cargo de supervisor, la paga era muy buena y la oportunidad de trabajar para su sección de planeamiento podía ser cosa de tiempo y paciencia. Impetuoso y arrogante como era, decidí alejarme de allí a fines del 2009.

Cierto día mi hermano me escribía contándome que una empresa minera lo había contratado como ingeniero junior. Me alegré mucho por él. Al siguiente segundo pensé: con mi hermano trabajando, puedo dejar este trabajo y pedirle amablemente que se hiciera cargo de pagar la deuda al banco, mientras yo buscaba algo mejor. Mi gentil y buen hermano aceptó de buena gana, luego de que yo le contara mis decepciones con el oficio que la empresa a la que pertenecía me pagaba por hacer.

Durante los primeros días de octubre, era otra vez un ciudadano desempleado. Empecé a enviar nuevamente mi CV a diferentes llamamientos de trabajo. También, para distraerme, iba al jirón Quilca a comprarme algunos libros que pudieran llenar con sus páginas las inmensas horas de ocio que componían mi nueva y ya conocida rutina de completa nulidad laboral. Fue en una de esas visitas a Quilca que conocí a Wendy.

Todavía sigo enviando CVs. Me he logrado comunicar con un amigo que me ha ofrecido indagar entre sus amigos si existe una oportunidad laboral para mí. También, mi ex jefe (y amigo aún) en el trabajo en el que fui supervisor está tendiéndome una mano para tentar regresar a esa empresa de la que considero, ahora, gracias a la madurez y los golpes que la vida me ha dado, nunca debí haber defeccionado.

Sin embargo, no me arrepiento en modo alguno de haber renunciado voluntariamente al trabajo que venía desempeñando hasta hace pocos meses. No lo realizaba con el mismo entusiasmo que al inicio, y, sinceramente, estaba convencido de que no aportaba mayores luces a mi formación profesional. Al realizarlo me sentía un mercenario. Y si hay algo de lo que puedo ufanarme es que siempre he procurado decir la verdad y conducirme dentro de los parámetros de mis ideales.

Mi madre, para suavizar las críticas que mi renuncia pudiera haber suscitado en mi padre (que vive en Chimbote) o mi tío (que reside en Chile), me aconsejó que les contara que no había renunciado a la empresa sino que, más bien, el contrato había terminado debido que el supuesto proyecto para que el que fui contratado había concluido antes de lo previsto. Le agradezco a mi madre el consejo, que puse en práctica y que evitó que el vendaval de críticas por parte de mis familiares me inundara al encontrar parecida la situación a la del 2009. Este caso era distinto. Y, como lo repito, de esta renuncia no me arrepiento. Si la vida es generosa conmigo, relataré, a modo de ficción, las gratas y no gratas experiencias que viví en el Cusco, en ese trabajo.

El tiempo que empleo en la búsqueda de trabajo que todavía sigo realizando se ha dulcificado gracias a la presencia de Wendy en mi vida, con quien, sin duda, experimento día a día nuevas y divertidas (a veces penosas) situaciones, y con quien aprendo que el amor puede ser algo que difícil de entender pero que al fin y al cabo sí existe.

Como me dijo mi tío antes de regresar a Chile hace poco: “Daniel, tu principal labor es enviar CVs a las empresas para que consigas un buen trabajo”. Y en eso estoy. Enviando mi resumé y esperando respuestas. Respuestas que no llegan y que espero acompañado de la ternura, donaire, gracia y sensibilidad de Wendy.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Un regalito de Dios

Es muy ridículo que personas como yo piensen que sus vidas son una suma de calamidades y catástrofes, viviendo, por ende, amargada y sombríamente, mostrándole al mundo constantemente la mejor cara de culo que pueden poner.
Yo no le ponía cara de culo a nadie. No es mi política. La mía es más bien trata de ser amable en todo momento, cantando todo el día y congelando una sonrisa en mi rostro. Pero sentía en mi fuero interno que mi vida no era la que yo deseaba que fuera. La iba asumiendo como una colección interminable de fracasos y derrotas.

Esto era hasta hace muy poco.

Hace poco ha entrado en mi vida una mujer espectacular, no sólo físicamente (siempre que caminamos y paseamos por las calles más peligrosas de la ciudad, tirios y troyanos le festejan el culo) sino humanamente. Lo primero que me cautivó de ella al conocerla fue su don de gente, su extraordinaria calidad humana, cosa muy rara de encontrar entre la gente.

Ella no ha llevado una vida descansada, acomodada o de lujo. Todo lo contrario. Su vida sí ha sido realmente dura. Y a pesar de eso, es la mujer más optimista, más solidaria y alegre que he conocido en toda mi vida. Su sonrisa y, sobre todo, su mirada me han contagiado una vitalidad inmensa y han tirado por los suelos los conceptos pesimistas que tenía de la vida, particularmente de la mía.

Como le comenté en alguna ocasión, sólo me he enamorado dos veces en mi vida: la primera vez sucedió con Claudia, y no me equivoqué; nuestra relación se extendió por casi seis años. La segunda vez fue con Elena. Esta última vez, la relación estuvo visiblemente marcada por el deseo más que por los sentimientos.

Y hace poco he sentido ese llamado del destino, he sentido que Dios (sí, porque he vuelto a creer en Él) ha tenido la gentileza de poner en mi camino a una mujer tan linda, espectacular y nobilísima en mi vida para enseñarme a valorar la mía. Conocerla es una aventura que no se compara con otra. Verla sonreír es un acontecimiento que me provoca tal sosiego como ningún otro. Caminar a su lado y apoyarme contra su cuerpo me demuestran que es cierto eso de que uno más uno no es dos, es el infinito.

Esta preciosa mujer me ha devuelto las ganas de vivir, de creer en la vida y de no renegar de ella. Gracias a ella he renunciado a albergar ese concepto flaubertiano de la vida que había desarrollado en estos meses y que me fijaban como metas perentorias el no tener hijos y el vivir poco.

Sólo con esta mujer sería capaz de cometer esa locura de traer seres humanos al mundo. Sólo con ella. Me siento muy afortunado de tener los padres que tengo y de contar en mi vida con las personas que me rodean. Eso lo he descubierto con ella. Y ahora, me siento más afortunado todavía porque Wendy la ha hecho inmensamente rica.

Se acabaron en mi vida los desmanes amorosos y sexuales. Así se lo he prometido y así me nace del forro hacerlo. Mis ojos y todos mis sentidos solamente tienen una sola dirección: Wendy. A todas mis queridas amigas con las que he sostenido esporádicos encuentros sexuales les diría que nuestra amistad se mantendrá incólume por el resto de nuestras vidas. Sin embargo, es obvio que esas amistades no volverán a desbandarse hacia otro tipo de terreno, el del sexo, o sea, por una simple razón: porque estoy enamorado de Wendy. De verdad.

Esta será, así lo presiento y lo siento, la última vez que me enamore en mi vida. Y le doy gracias a Dios de que sea con Wendy con quien experimente esto tan bonito que estoy sintiendo todos los días.

domingo, 17 de octubre de 2010

Haya de La Torre y el voto electrónico

No pertenezco ni simpatizo con ningún partido político peruano, luego, no simpatizo ni pertenezco al APRA. Este entimema lo enuncio para dejar en claro que, a pesar de no ser aprista, admiro tremendamente a Víctor Raúl Haya de La Torre.

Actualmente estoy leyendo su libro “Mensaje de la Europa Nórdica” y quedo profundamente tocado por las ideas renovadoras social demócratas y progresistas que este gran pensador peruano nos transmitía albergando quizá la esperanza de que nosotros sus compatricios las adoptemos para mejora de nuestra sociedad.

De todos los países escandinavos que visitó por la década del 50 -luego de haber sufrido una injusta “carcelería” en la embajada colombiana-, Haya de La Torre había quedado gratamente admirado de los progresos de Suecia, del orden que ostentaba su parlamento, de los casi nulos índices de analfabetismo, de pobreza, de la excelente seguridad social que impartía el gobierno a sus ciudadanos.

Relata su visita al Palacio de Riksdag en donde presenció y elogió la manera ordenada en que los parlamentarios votaban. Dice Haya de La Torre: “El gobierno está presente siempre en los debates de ambas cámaras, representado por los ministros. Tienen éstos bancos especiales a la derecha de la presidencia. Pero los representantes no se sientan agrupados por partidos como es práctica general parlamentaria. Los puestos se distribuyen por orden de circunscripciones. Y así en las votaciones –cuando se llama a división por medio de unos timbres sordos que resuenan en todos los compartimentos del palacio legislativo- cada cual toma su asiento y presiona un botón eléctrico. Un tablero luminoso marca con luces de colores los votos en pro y en contra, así como las abstenciones. Y unos letreros, también eléctricos, dan los resultados que el presidente confirma acompañando sus dictados con sendos golpes de mazo.”

Es evidente que Haya manifiesta abierta admiración, no sólo por los avances en materia social del país escandinavo, sino también por su adelantada tecnología.

Sin embargo, aquí en el Perú, sus supuestos seguidores, quienes al parecer no han leído “Mensaje de la Europa Nórdica”, se convirtieron en el único grupo conservador, desfasado y reaccionario que se opuso a la instauración del voto electrónico. No obstante ello, la moción de inserción de esa modalidad de votación, a todas luces moderna, segura y rápida, ha sido aprobada.

Yo estoy casi seguro de que Haya de La Torre hubiera dado su voto a favor de usar la tecnología moderna para llevar a cabo unos comicios más seguros y más rápidos. Mas él no presagió, o no advirtió, que sus epígonos o corifeos se convertirían en una banda de pillos, malhechores y truhanes que ven en la instauración del voto electrónico un medio eficaz que no les va a permitir ganar más elecciones “en mesa”.

La lucidez del pensamiento de Haya de La Torre no es compartida por los actuales autodenominaos apristas.

Haya de La Torre estaba muy a favor de las ideas progresistas. ¿Qué se entiende por progresista? El DRAE define esa palabra así: “Dicho de una persona, de una colectividad, etc.: Con ideas avanzadas, y con la actitud que esto entraña.” Y, de acuerdo a esto, la instauración y aplicación del voto electrónico es una idea avanzada que es ínsita de seguridad y rapidez. Espero que en el corto plazo también se luche, democráticamente, por la instauración del voto voluntario. Gran paso sería ese para la mejor elección de nuestros gobernantes.

viernes, 8 de octubre de 2010

Gracias Mario

Desde que conocí la literatura de Mario Vargas Llosa, quedé totalmente fascinado y me propuse tratar de ser un escritor.

Luego de haber, a los 9 años, tenido un contacto parejo con la creación de ficciones y con la lectura, sobre todo las lecturas de suspenso de Agatha Christie o las obras de Arthur Conan Doyle, tuve una ruptura con tan apasionante ocupación.

Durante la adolescencia leía algún que otro libro, pero el numen de la creación literaria se me apagaba gradualmente.

En la universidad, por azar, me matriculé en el curso electivo de Literatura Peruana. Allí conocí a Claudia. Y también, por insistencia de ella y del curso, pero sobre todo de ella, leí a Mario Vargas Llosa. Y tuve ese primer contacto con ese endiablado escritor mediante su libro Conversación en La Catedral, monumental novela que narra de manera magnífica la situación política de los años 50. Quedé maravillado con la técnica que emplea Vargas Llosa para concatenar las diferentes escenas que componen al libro y, máxime, para enlazar el pasado y el presente sin sobresaltos, de manera llana y suave, sin que el lector se percate de esos saltos hacia atrás y hacia adelante.

A partir de ese momento emprendí la deliciosa tarea de leer todos los libros de Mario que no había leído y los que el escritor pensaba escribir. Clara muestra de la maestría de las calidades literarias de este egregio escritor peruano se encuentra en su obra La Guerra del Fin del Mundo, una novela que sobrepasa, si acaso, el carácter total que ya se venía germinando en Conversación en La Catedral. No poco esfuerzo le debe haber costado a ese genio peruano crear una obra en la que todos los personajes principales de la novela tiene voz y, al unísono, dan cuenta de la ominosa guerra que se libraría entre las huestes de la república y las masas de los sertones brasileros.

A modo personal, y no quiero faltarle el respeto a él, Mario Vargas Llosa ha sido mi maestro. Las enseñanzas de un maestro son aquellas que uno asimila con gusto y facilidad, sin darse cuenta del esfuerzo intelectual que uno hace al momento de absorberlas.

En el pequeño librito que publiqué en julio de este año, Latidos del Asfalto, en un par de cuentos y, más flagrantemente, en el cuento Dinero, hago uso de la técnica del flashback de MVLL para estructurar ese episodio. No estoy ni estaré a la altura de la pluma de MVLL, pero siempre le agradeceré sus novelas y los estados de emoción, indignación y asombro que me causaron las historias que pergeñó.

Muchas gracias, Mario, por todas esas ficciones y apólogos que nos has legado. El premio Nobel no hace más que hacer más patente tu condición de escritor universal que ya te habías ganado desde que publicaste La Guerra del Fin del Mundo y tus muchos otros éxitos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Amantes Sunt Amentes (Elena)

Valdelomar decía: “Yo soy aldeano, nací y me crié en la aldea, a orillas del mar, viendo mis infantiles ojos de cerca la naturaleza. No me eduqué con libros sino con crepúsculos. El profesor de religión fue mi madre y lo fue después el firmamento. Mis maestros de estética fueron el paisaje y el mar. Mi libro de moral fue la aldehuela de San Andrés, de los pescadores. Mi única filosofía, la que me enseñará el cementerio de mi pueblo”.

Yo, modestamente, y salvando la innavegable distancia, diría: “Soy de Los Olivos, nací y me crié en un barrio en las faldas de un cerro. Me eduqué en las pichangas crepusculares con los amigos luego del colegio. Elena me enseñó lo que es amar y odiar. La moral no la he aprendido aún. Sólo sigo, hago y preconizo lo que a mí me parece correcto. Mi única filosofía es aprender y escribir.

Y todo esto me trae a Elena a la mente.

Elena era fanática del grupo de rock mexicano Panda. Ella me enseñó a descubrir otros grupos como MXPX o Sugarcult. Pero ninguno de esos grupos le gustaba tanto como Panda. Recuerdo que, en las pocas ocasiones en que tuve la oportunidad de estar con ella en el interior del departamento de su tía en la peligrosa avenida La Paz, Elena ponía un disco de Panda en la radio.

Por aquel entonces (un par de años ha), las únicas canciones que me gustaban de Panda eran “Tripulación Armar Toboganes”, “3+1” y “Mi Muñeca”. Cuando Elena me hacía escuchar otras canciones, además de las que mencioné, con la intención de que yo también me enviciara con ese grupo y podamos compartir un mismo gusto, yo me atrincheraba en un cascarón de terquedad y le declaraba que prefería escuchar canciones de Allison, banda, también mexicana, que por esos años me cautivaba con sus canciones y con el soft punk que ostentaban.

El maravilloso y sobresaltado tiempo que pasé al lado de Elena, ha quedado grabado en mi interior con inigualable y honda profundidad. Muchas veces he soñado con que me la topo por la calle y nos saludamos efusivamente; muchas veces he soñado que luego de saludarla nos vamos a bailar a la discoteca en Huánuco en que la vi por primera vez; innumerables veces he soñado que luego de bailar nos vamos a tomar más de un par de tragos en el Friday’s de la avenida La Marina; tantas veces he soñado que luego de beber tanto, de reírnos tanto, de amarnos tanto, de odiarnos tanto porque nos hemos confesado, con clara intención de herirnos, que nos hemos sido infieles, hacemos el amor con parejo desafuero en un hotel muy cerca de la avenida La Marina.

Así, impelido por tantos sueños, algunos muy húmedos, con Elena, decidí escuchar Panda. Pregunté en Google cuál era el mejor disco de Panda. La respuesta fue casi unánime: “Amantes Sunt Amentes”. Me bajé todas las canciones de ese álbum y las incorporé en la biblioteca musical de mi módico iPod.

A partir de ese momento, he venido escuchando repetidas veces las canciones de ese álbum, las letras que basan esos ritmos rasgados y la voz raída que las interpreta. Todas provocan que evoque a Elena. Es como si cada una de ellas hubiese sido compuesta para los determinados momentos que viví al lado de ella.

Una vez leí ese libro titulado “El Secreto”. Recuerdo una de sus lecciones o frases que decía que si piensas en que algo que deseas, o no deseas, va a suceder entonces sucederá indefectiblemente. Yo quiero desmentir aquello pues ya son dos años que vengo soñando fervorosamente con un encuentro con Elena y hasta el momento lo único que me acerca a ella son las canciones de Panda.
Me encantaría fumarme un porrito con Elena antes de hacerle el amor. Hacer el amor con Elena era como disfrutar de un viaje mágico hacia lugares aún inexplorados por el hombre, hacia regiones vastas compuestas de la suave piel y las exquisitas secreciones lúbricas de Elena.

No estoy enamorado de Elena, sólo, quizá, esté un poquito obsesionado con la idea de sentirla nuevamente a mi lado.