viernes, 22 de diciembre de 2023

NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 06 de 17

 


Un recuerdo

 

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse;

antes, al contrario, la hacen más profunda.

Gustave Flaubert

 

Luis conoció al dueño de Palma & Co. S.A., Omar Palma, en su primer día de trabajo. Subía los escalones del porche del edificio de la empresa, cuando halló una tarjeta de crédito en el suelo. El nombre consignado en ella era “Omar Palma”. Luis, muy bien enterado de la persona a quien correspondía ese nombre -pues para la entrevista que había sostenido hacía una semana para el puesto de ingeniero informático, había averiguado todo lo que se podía sobre Palma & Co. S.A., y su fundador- tomó la tarjeta de crédito y concluyó el recorrido de los escalones pendientes. Su objetivo estaba claro: entregársela al mismísimo dueño de la compañía. Dios ha puesto esta oportunidad en mi camino para que el señor Palma vea en mí la honradez y decencia que son fomentadas por su empresa. No la desaprovecharé.

En la recepción, Luis se identificó. Recibió un pase y tomó el ascensor al piso cinco del edificio.

Lo saludó Checha, la secretaria. Checha era muy bella. Busca al señor Castillo, ¿cierto? El señor Castillo, el tipo que dirigió la entrevista técnica por Zoom y que le extendió una cordial bienvenida luego de aprobarlo, sería su jefe directo. Al señor Castillo, lo ubicas en la sección de oficinas principales. Mira, te muestro. Checha se levantó del asiento y ¡wow, tremendo culo!; muy corta la falda. Empezamos bien el día, pensó Luis. Supo que Checha jamás sería suya; mujeres como esas volaban alto.

Mira, esa es su oficina. Ahí está. Solo que parece algo ocupado. Puedes esperar por él en estos asientos.

Detrás de una pared de vidrio, Isaac Castillo buscaba algo en unos papeles sin dejar de hablarle a su celular. Parecía desesperado. Esto no pinta bien, pensó Luis.

Giró el cuello hacia la izquierda y, voilà, allí estaba la oficina de Omar Palma y el mismo Omar Palma Bejarano en ella, hablando por teléfono, pero totalmente despreocupado, en una onda completamente diferente de la de su futuro jefe Castillo. Seguro aún no se ha dado cuenta de que ha perdido su tarjeta de crédito, pensó Luis. Me acercaré a él y se la devolveré, de paso que me presento. Ya luego regreso con Castillo. 

Luis se acercó hasta la puerta de vidrio, toda transparente ella. Palma lo notó. Le hizo un gesto con la cabeza: Pase. Cuando Luis entró, Palma alejó el celular de la oreja y le preguntó en voz baja: ¿Qué deseas?

Buenos días, señor Palma, dijo Luis. Soy Luis Fuentes, y hoy es mi primer día en esta su gran empresa.

A Palma no se le movió ningún músculo. Realmente, no le importaba la adición de un nuevo integrante al equipo de su empresa. Luis se dio cuenta de esto. Disimuló su sorpresa y desilusión para, de todos modos, cumplir con la devolución de la tarjeta. Quizá esto hiciera que Palma lo mirase con otros ojos, le dedicase toda su atención.

Señor Palma, esta es su tarjeta de crédito. La encontré…

Palma tomó la tarjeta, cerró la puerta -ante la cara de estupefacción de Luis- y continuó hablando por teléfono, con el mismo rostro distendido y holgado.

Luis Fuentes comprendió que Omar Palma era un hijo de puta.

Algunos días después, un gringo visitó la oficina. Luis solía ser el primero en llegar al trabajo; el segundo, Omar Palma. Y, a pesar de que, para llegar a su oficina, debía pasar necesariamente al lado del cubículo de Luis, Palma jamás le dijo buenos días, ni buenas tardes, ni buenas noches. Era una completa mierda. 

El gringo tenía el cabello escaso. Era alto y panzón. Checha aún no llegaba, así que se adentró en la oficina como buscando algo. Lo vio a Luis y, luego de hacerle hola con la mano, le preguntó por Omar. 

Omar has not arrived yet (Aún no llega Omar), dijo Luis. El gringo, satisfecho porque le hablaban en su propio idioma, le agarró cariño a su interlocutor peruano.

Could I sit here while I wait for him? (¿Puedo sentarme aquí mientras lo espero?), dijo el gringo, tomando la silla del cubículo contiguo al de Luis. El gringo, que dijo llamarse Fred Douglas, conversó con Luis sobre diversas trivialidades cuando, a los pocos minutos, apareció Omar. Ni bien éste se percató de la presencia del gringo, iluminó su rostro. Lo saludó efusivamente. Lo abrazó. El gringo, presumiblemente por su gordura, no pudo levantarse a tiempo del asiento y tuvo que ser abrazado in situ. How have you been, Fred? Let’s have a cup of coffee. Please, leave your stuff in my office. I have a lot to tell you. (¿Cómo has estado, Fred? Tomémonos un café. Por favor, deja tus cosas en mi oficina. Tengo mucho que contarte)

Luis no recibió saludo alguno. La cosa estaba más que clara: Omar era un arribista hijo de puta. 


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 05 de 17

 


El jefe

 

Dicen que me burlo de todo, me río de todo,

porque me burlo de ellos y me río de ellos,

y ellos creen ser todo.

Jacinto Benavente

 

A ver, empezamos. Gómez, habla.

Gómez se paró y leyó de un papel: Estos son los resultados de la encuesta de clima laboral que se realizó hace dos semanas.

Enderezó la hoja, que tenía una esquina medio doblada, y continuó: Como se puede apreciar, señaló al gráfico proyectado en la pared acrílica, tuvimos un noventa y ocho por ciento de participación. Lo cual considero que es una buena marca. Bueno, de esa muestra, se determinó que…

Aguanta, aguanta, chochera, dijo Omar Palma, el dueño de la consultora Palma & Co. S.A. ¿Cómo que noventa y ocho por ciento? ¡Y todavía te parece muy bien noventa y ocho por ciento! ¡Por qué no participaron todos, carajo! se exaltó; en pocos segundos, se fue de cero a cien. ¡Habla, ¿te parece bien?!

Gómez tartamudeó, quería decir algo, pero nada le salía de la boca.

Palma se desesperó todavía más. Le lanzó el plumón de pizarra que tenía en la mano: ¡Habla, mierda! ¡¿Te parece bien?!

¡No!, lloró Gómez y se arrodilló en el suelo. ¡No, no me parece bien, jefe!

¿Quién chucha es ese dos por ciento que no respondió el cuestionario del clima laboral?

Gómez no quería delatar a Luis Fuentes, el único empleado de los cincuenta exactos que trabajaban para Palma & Co. S.A., que no había respondido el cuestionario. Fuentes le había prestado cien soles hacía año y medio y lo mínimo que podía hacer era no delatarlo, ya que no tenía planeado devolverle lo prestado.

Si no me dices quién es ese dos por ciento, ahora mismo coges tus cosas y te me largas de la empresa.

 

***

 

El teléfono de Luis Fuentes sonó a las ocho con veintipico minutos. Era un número desconocido. Para que no suene más y le joda la mañana, canceló la llamada.

Volvió a rebujarse en la rica colcha de la cama de invitados de su nuevo amigo, o socio, Carlos Sánchez, el gordo.

Pero no pasó ni un minuto cuando volvió a sonar el teléfono. Canceló nuevamente la llamada y se hundió todavía más en la suavidad de esa colcha.

Unos segundos después, el teléfono volvió a arremeter; reclamaba una contestación.

Mejor lo apago, carajo, pensó Luis, muy decidido a ejecutar sus intenciones. Estaba a punto de presionar el botón de apagado cuando entró un mensaje de voz. Lo escuchó: ¿Este es el número de Luis Fuentes? Soy Omar Palma, dueño de Palma & Co. S.A., la empresa en la que usted trabaja desde… (se oyó que algunas voces le filtraban un dato), desde hace tres años. Por favor, contésteme el teléfono que lo estoy llamando y llamando y nada. No debería yo estar haciendo esta llamada porque se supone que usted debería estar aquí, en su sitio, en su cubículo, trabajando para mí, pero resulta que tengo que llamarlo yo a usted como si yo fuera su sirviente. Hágame el favor de presentarse aquí inmediatamente o considérese despedido.

Tocaron la puerta. Era el gordo Sánchez. Desde detrás de la madera preguntó si todo estaba bien.

Claro, todo bien. Ya salgo, estimado.

Sánchez le ofreció panes con jamón y jugo de naranja en caja. Hoy no ha venido mi empleada, se excusó. Es todo lo que tengo. Cuando está ella, hace juguitos y cositas tipo chef.

Comieron en silencio. Sánchez no dejaba de revisar su celular. Escribía mucho. En cierto momento, le mostró la pantalla de su celular: la foto de una jovencita sonriente.

Hoy tengo casting. Aunque siempre desconfío de estas huevonas que solo me mandan sus caras. Son de más garantía las que vienen ya recomendadas. En esta chica y en dos más invertiré tus cinco mil dólares. ¿Qué te parece?

Está bonita.

Eso no basta. La cité para las tres. Vamos a ver si pasa el casting. Para que yo me venga, uff, tiene que ser una loba la hembra. 

¿Te puedo acompañar?, dijo Luis, tras terminar su vaso de jugo.

¿No trabajas? ¿No tienes nada que hacer más tarde?, preguntó el gordo con cierta desconfianza. No vaya a ser que tus cinco mil dólares hayan venido de alguna fuente negra. Yo estoy alejado de la polémica. Por eso me va bien.

No, cómo va a ser. Mi dinero es honrado. Y sí trabajo, solo que hoy tengo el día libre. Más bien, ahora que lo recuerdo, tengo que ir a la oficina para dejarle un encargo a mi jefe.

Así me gusta, se tranquilizó Sánchez. Si tienes tu chamba, no la descuides. Si nos va mal con tu inversión, al menos siempre tendrás algo seguro con tu chamba. Nunca dejes la concha gastada de tu mujer por tres o cuatro conchas gastadoras y de alquiler. Siempre trata de conservar tu trabajo, hermano. Ya quisiera yo tener una vida normal. Sánchez tenía cinco panes con jamón delante de él. Ya se iba comiendo dos. Mi chamba es jodida. Uno tiene que haber nacido tres veces y estar de vuelta cinco.

Cuando terminaron de desayunar, cada uno enrumbó hacia su destino: Sánchez hacia Lince y Luis hacia Surco.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 04 de 17

 


Cuento

 

Hay que tener buena memoria después de haber mentido.

Pierre Corneille

 

Por fuera, era una casa más de ese barrio mediocre. Por dentro, la cosa era otra: televisores modernos, pisos pulidos, alfombras finas, alguna que otra pintura de reconocidos maestros. Y un perro blanco, jaspeado de gris, que se paseaba por los ambientes como dueño de la casa. Blackie era su nombre.

Me ofreció whisky. Yo decliné, pero le acepté una cerveza. En el bar, solo tenía marcas internacionales. Elegí la más extravagante.

Sí, con cinco mil podemos empezar, me dijo, mientras movía con sus dedos gruesos los hielos que flotaban en el whisky.

Excelente, le dije. La cerveza estaba muy buena. Tenía un corcho de plástico que colgaba de la botella. La etiqueta decía Grolsch.

Vas a sacar unos tres mil dólares mensuales limpios de polvo y paja. Bueno, en este caso solo de paja, rio. Entretuvo en la boca uno de los cubos de hielo.

¡Salud!, brindé, entusiasmado por oír esa cifra promisoria.

Eso sí. Ni bien me entregues el billete, vas a tener que trabajar muy fuerte, ah. Yo te voy a estar asesorando, pero igual; esta huevada no es fácil. Hay que sudarla y, sobre todo, defender el negocio con uñas y dientes. Se echó encima el poco whisky que quedaba en su vaso y profirió un grito de quemazón. Sacudió la cabeza. Entonces, ¿cuándo me darías los cinco mil?

El sábado te visito en Lince y te dejo la plata. ¿Te parece?

Está bien, dijo.

Y, disculpa, pero ¿crees que podría quedarme a dormir acá? Ya le había contado el problema con mi esposa. Pero también le había metido un cuento: que tenía los cinco mil dólares en el banco y que deseaba invertirlos y agigantarlos antes de que mi mujer me los quitase. Se suponía que era un bien mancomunado.  

No hay problema. Pero que no se te haga costumbre, aceptó.

Me condujo a un cuarto muy bien equipado: televisor, ducha propia, cama king size.

Si tienes hambre a mitad de la noche, bajas a la refri, no más. Hay quesos, jamón, fruta. Chela, también. Eso sí, coca no tengo. No le entro a esa vaina. La dejé hace años.

Le dije que descuidara, que yo tampoco le entraba a esa nota.

Antes de que se fuera a dormir, le consulté sobre un tema que picaba mi curiosidad: Pensé que tendrías tres o cuatro mujeres calatas dando vueltas en tu sala. ¿No tienes mujeres acá?

Me puso una mano en el hombro y me dijo: Las mujeres son mi material de trabajo, compadrito, y el trabajo yo lo dejo en el trabajo. El día que traiga el trabajo a la casa, todo esto se va a la mierda. Toma nota.

En el cable, me enganché con un western de Sergio Corbucci: “El gran Silencio”. Cuando terminó, me arropé con la gruesa y rica colcha de esa cama. El último pensamiento que se me cruzó en la cabeza fue que, gracias a un golpe de suerte, pude dar el primer paso para conquistar Risso. Ahora, todo dependería de mí.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 03 de 17

 


Casualidad

 

Lo que llamamos casualidad no es ni puede ser

sino la causa ignorada de un efecto desconocido.

Voltaire

 

Mi esposa me esperaba con dos infortunadas noticias: Pedro, nuestro hijo de seis años, estaba con treinta y nueve grados de temperatura. Había que ir al hospital. Juan, nuestro pequeño de cuatro años, tenía diarrea. Había que ir al hospital.

Cuando se enferma uno, se enferma también el otro, me dijo.

Pero no tengo plata para llevarlos al hospital; con las justas para comprar pastillas.

¿Y qué quieres? ¿Que se mueran?, se exasperó mi esposa.

No, por eso te digo que le consultemos al boticario y compremos unas pastillas. Además, no creo que todos los niños con fiebre tengan que ir al hospital. Estarían recontrallenos. Debe de ser que algo les cayó mal.

Todo el día he estado preocupada por esto, atendiendo a Pedrito y limpiando a Juancito. Y tú llegas muy campante de la calle y no haces nada para ayudarme. No es justo.

Voy a comprar las pastillas, dije.

¡Pastillas, pastillas! Vamos al hospital. Vamos, te lo exijo.

Odié a mi esposa. ¿No era capaz de entender que lo que ganaba en el trabajo me era insuficiente como para costear un taxi de ida y vuelta, el hospital y los medicamentos caros que recetasen?

Voy a comprar las pastillas y punto. Si quieres que vayan al hospital, llévalos tú. Yo no tengo plata.

Cogí las llaves y saqué de mi mochila las pocas monedas que tenía; lo que me había sobrado de lo de Tania. Me quedaría misio luego de la compra. Iría caminando al trabajo. Abrí la puerta y salí. Mi esposa la cerró con contundencia. Casi me vuela los dedos. Carajo, grité desde afuera, casi me aplastas la mano.

Quédate afuera con tus pastillas. No las compres si quieres, porque igual no te las voy a recibir. Y no vuelvas, que no te voy a abrir. No quiero verte. Yo voy a llevar a mis hijos al hospital, así tenga que prostituirme, ¿entendiste?

Compré las pastillas y regresé a casa. Me habían sobrado tres solcitos. Para algo servirán, me dije.

Metí la llave en la puerta y nada. Mi esposa había corrido el picaporte.

Toqué el timbre. No hubo respuesta. Y era obvio que mi esposa y mis hijos estaban allí. Se podía ver la luz por debajo de la puerta. Me asomé a la ventana. Le di unos golpecitos al vidrio. Ábreme, por favor. No quiero gritar. Los vecinos eran muy chismosos. El mínimo grito los alertaba, y alistaban sus celulares para registrar todo el chisme. Una de las vecinas, doña Concho, tenía un canal de YouTube en el que transmitía en vivo las peleas de los vecinos. Le iba tan bien que su marido ya estaba considerando dejar de trabajar.

Dejé de insistir. Cuando mi esposa se ponía en ese plan, solo el tiempo la calmaba. Caminé sin rumbo. Me arrepentí de haber tirado con Tania. No le había sacado ninguna información que me ayudase a empezar con la conquista de Risso. Por el contrario, había quedado más misio que antes. Estaba todavía a quince días de fin de mes, de recibir mi salario, un respiro.

Tras cinco minutos de caminata, llegué al parque del barrio vecino. Me senté en una de las bancas. Si se hubiera acercado un choro, menuda sorpresa se habría llevado. Se hubiera tenido que conformar con birlarme tres soles. ¿Mi celular? Era viejo. Tenía la pantalla destrozada. No hubiera valido la pena su robo.  

Sentado, observé los alrededores. Por suerte, no hacía frío. Entonces, cuando miré hacia la vereda que daba a la avenida Alborada, reconocí al caficho de Tania, al gordo que hacía unas horas me había abierto la puerta del cubil de Lince. ¿Vivía por acá ese huevón? Esta era mi oportunidad de retomar el sueño de conquistar Risso, de hacerme rico, de salir de misio. Salté del banco y caminé hacia el gordo. Mientras me acercaba, con muchos nervios encima, fui elaborando mentalmente el discurso con el que lo abordaría. ¿Se asustaría? ¿Me mandaría a la mierda?  


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 02 de 17

 


Sondeo

 

Yo no soy un hombre ni un poeta ni una hoja,

pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.

Federico García Lorca

 

Lo reconsideré mejor cuando entré en la habitación: tenía que hacerle las preguntas antes de tirar; después, sería imposible. Una prostituta cachaba contigo y luego se fugaba del cuarto para darse una rápida aseada en el baño. Mientras tanto, tú te ibas vistiendo y alistando para que te largases y entrase el siguiente parroquiano. Con Tania, la cosa no era tan maquinal porque ya me conocía; sin embargo, igual debía atender al próximo huevón de la fila. El tiempo era dinero.

Tenía que ser en ese momento; en ese preciso momento en el que la veía con esas tetotas de pezones de madre embarazada -anchos y gruesos-, que me pedían que les pasase varios lengüetazos. Debía vencer la tentación y encajarle la pregunta. Respiré hondo, me di valor y empecé.

Tania, ¿cuánto ganas al día?

¿Cómo?, me dijo, como si no hubiera escuchado la pregunta. ¿Cuánto gano?, repitió.

Sí, mira, disculpa que te haga esa pregunta tan personal, pero es para una tesis de mi universidad. Estoy analizando lo que se gana en una casa de masajes. Supongo que tu negocio se parece bastante al de una casa de masajes, ¿no? Tenía la nariz sudada; me había costado un triunfo improvisar todo lo que le dije.

Tania, restándole seriedad a mis declaraciones, se me acercó y rodeó con sus brazos. Atrajo mi cabeza hacia sus tetas y me apachurró con fuerza. Pugné por no entregarme a la tentación sin antes haber recabado la información que necesitaba para empezar mi emprendimiento en el mundo de la prostitución. Recordé que, luego de tirar con el profesor de filosofía, Tania no había ido al baño a mojarse la concha y lavarse las tetas como solía hacer puntillosamente. Esto me desapareció la arrechura. Pude, entonces, retomar mis preguntas. Liberé mi cabeza y le dije: ¿Cuánto crees que sacas al mes?

Papi, me dijo, ya medio enfadada, ¿vamos a cachar o no? No tengo tiempo para conversar.

Traté de enfriar la situación: Pero, amor, tú me conoces. Soy un cliente antiguo. Sabes que soy de confianza. Solo quiero que me contestes unas preguntitas y ya.

Mira, papito, dijo, ahora sí avinagrada y mostrando las garras, tengo muchos clientes. Así, como tú, tengo varios. Hay huevones que me han regalado hornos microondas, refrigeradoras, televisores. Y de poquísimos de ellos me acuerdo. ¿Crees que me voy a acordar de ti, que te voy a dar un trato especial? Te debe bastar y sobrar con que te la chupe a pelo. Acá todo es negocio, ¿ok? ¿Vas a cacharme o no?

Chúpamela bien, por favor, porque se me ha bajado la pinga, le dije, persuadido completamente por sus argumentos. 


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 01 de 17

 


Motivación

 

No rechaces tus sueños. ¿Sin la ilusión el mundo qué sería?

Ramón de Campoamor

 

Cuando el gordo abrió la puerta, y le vi, en una de las manos, un tremendo anillo de oro y un aparatoso reloj de plata, me reafirmé en que no descansaría hasta ser el conquistador de Risso, la zona rosa limeña por antonomasia. 

Tania está ocupada. Espérala aquí, por favor, me indicó tras dejarme pasar y cerrar la puerta con doble picaporte.

Pero le avisé que llegaría a las cinco en punto, le dije, mostrándole tímidamente la hora en mi celular.

El gordo, sin interesarse en mi reclamo, acostumbrado más bien a ese tipo de declaraciones, pero con suprema buena onda, volvió a señalarme el sofá del recibidor: Espérala aquí, favor. Ya va a salir.

Le menté la madre mentalmente y me senté en el sofá, en el extremo opuesto al que ocupaba un viejo de lentes con poco pelo. Parecía profesor universitario de filosofía.

¿Tiene hora, joven?, me sorprendió el viejo. No esperaba una pregunta así. En realidad, no me esperaba ninguna pregunta de nadie. Cuando uno iba al chongo, no saludaba a nadie; uno solo cachaba y regresaba al mundo real a seguir trabajando, a continuar siendo un ejemplar padre de familia.

Las cinco y dos, le dije, con puntillosa precisión. Me gustaba brindar información confiable y exacta.

Gracias, joven, dijo el viejo. Y agregó: Mucho se está demorando mi Tania. Puso las palmas de las manos sobre sus muslos flacos, y miró hacia la pared que tenía enfrente.

O sea que el viejo también esperaba a Tania. Me tocaría cachar con ella después de que el dinosaurio le hubiese embarrado la concha con restos de su leche vencida y apestosa. Ya no podría hacerle la sopa con plena delectación. Carajo, mala suerte la mía.

¡Tania pendeja! Con tal de no perder clientes, me había asegurado que, a las cinco en punto, estaría lista para mí. Como tonto, le volví a creer. No era la primera vez que me la hacía, pero por esas tetazas que se manejaba, estaba dispuesto a dejarme engañar una y otra vez.

Con esas perspectivas, como que ya no me quedaron muchas ganas de tirar con ella. Me levanté del sofá y caminé hacia la puerta, decidido a irme derechito a casa, encerrarme en el baño y correrme la paja.

Le di un par de toques a la puerta. Necesitaba que apareciese el gordo para que descorriese los picaportes. Como no aparecía, toqué más fuerte. Apareció. Estaba sin camisa; una gruesa cadena de oro colgaba de su cuello. Al ver tan costosa pieza en el cuerpo de ese tipo, recordé el propósito que me había trazado: conquistar Risso. Pero, según el tenue plan que había esbozado hacía unos días, debía empezar por atenderme con Tania para, luego del cache respectivo, preguntarle sobre los pasos que debía uno dar para abrir un chongo caleta en esa meca del sexo.  

¿Te vas?, me dijo el gordo.

No, nada, solo quería saber si puedo usar el baño.

Sí, claro.

Gracias, le dije.

Luego de haber fingido durante algunos minutos que cagaba, regresé al sofá. El catedrático de filosofía ya no estaba. Seguramente, mientras yo me disponía a esperar por Tania, volviendo a ocupar mi lugar en ese sofá, ella se embocaba la pinga muerta del profe tratando de reanimarla, de revivirla.

Al poco rato, tocaron la puerta. El gordo abrió. Escuché que el recién llegado preguntaba por Tania.

Espérala aquí. Ya te va a atender, le dijo el gordo.

Pero ella me dijo a las cinco y media en punto, choche.

Espérala aquí. Tania ya va a salir, cerró el asunto el gordo.

El huevón que venía por Tania también vestía, como yo, una camisa y un jean. Otro oficinista arrecho, pensé.

jueves, 7 de diciembre de 2023

De minero a peluquero: la historia de Colita - Cuento de Daniel Gutiérrez Híjar, desarrollado en su Taller de Redacción Brutality

 


¡Auuu, conchatumadreeee!, exclamó Mitra, famoso delantero y goleador peruano.

Colita tenía entre sus dientes los pelos púbicos del jugador. De las raíces de esas pilosidades, se aferraban cruentamente pedazos de piel morena.

Gordo conchatumadreeee, me has arrancado la piel de los huevos. Ahhhhh, cúrame, cúrame, cúrameeeee.

Colita estaba paralizado por el miedo; jamás en su exitosa carrera profesional de peluquero le había ocurrido semejante revés. En lugar de llamar a algún servicio de asistencia médica, su mente se refugió en el recuerdo de sus inicios, sus comienzos en la minería.

 

***

 

Colita nació con pelo; tenía un pocotón acumulado encima de la frente que caía sobre ella asemejando una pícara cola de chancho. Los señores De Cerdo, padres de Colita, decidieron llamarlo así: Colita. Días después, el Registro Público de Lima aupaba entre sus páginas el nombre del recién nacido: Colita De Cerdo.

 

***

 

Colita era blanquito, y desde su nacimiento tuvo el culo paradito. Con el tiempo, el trasero se le abultó más y más, hasta convertirse en la tentación de sus amigos y vecinos. Colita vivía en un barrio movido de Lima, habitado por salerosos morenos de pie grande. Uno de esos vecinos era el Profe Kunta, único moreno del barrio que llegó a ser alguien en la vida. Kunta casi se desvía del derrotero profesional que lo esperaba porque el culo de Colita, por un momento, lo trajo loco.

 

***

 

¡Oye, recondenado! Te dije que quería que me saques trescientas toneladas del tajo Rosa María, gritó Maximiliano Puerta, jefe de sección de la mina La Contaminada. Colita, jefe de guardia del mencionado tajo, no supo qué decir. Siempre que un hombre le gritaba, se hacía la pichi y enmudecía.

Habla, carajo, ¿qué pasó?, le espetó Maximiliano.

No tuve la guardia completa. De los tres chamberos, dos dijeron estar enfermos, se excusó Colita con un hilito de voz.

¿Y tú les creíste, pedazo de maricón? Por eso, todo el mundo te huevea. ¿Sabes qué? Chapa tus chivas y lárgate de mi mina. No te quiero ver más. Regrésate por donde viniste y pon tu peluquería. Seguro para eso sí sirves.

Colita, con lágrimas en los ojos, reflexionó un momento. , pensó, la peluquería; eso me gusta, eso sí me apasiona.

 

***

 

Colita de Cerdo abrió su peluquería en el picante barrio que le cobijó sus mejores años iniciales. Sus primeros clientes fueron sus morenos vecinos, quienes se dedicaban al sano oficio de comentar las incidencias del barrio en la esquina de la cuadra, siempre acompañados de chatas de ron, pasta y marihuana.

Cortas de la putamadre, culón, le dijo Romeo Dogos, uno de los vecinos de Colita que tenía la pieza más grande y gorda que jamás se haya visto. Te voy a recomendar con mis patas, pero no con estos vagos de acá. Yo manyo gente en distritos fichos.

Genial, Romeo, exclamó, exultante, Colita.

Pero ¿cómo es gordo?, dijo Romeo, serio, mirándose el corte en el espejo.

¿Cómo es qué?

Ese culito, pe. Tú sabes que le tengo hambre. Dame el poto y te penetro en el mundo de la gente con plata, aseveró Dogos.

Colita quiso desmarcarse de la duda que le rondaba la cabeza: ¿Y tú cómo conoces gente de plata?

Son mis caseros, pe, sano. Les vendo su rica pasta a unos precios que ya quisiera mi competencia.

Colita, convencido, y con el dolor de su aparente masculinidad, llevó al joven Dogos a la trastienda. Ahí le inauguraron la cochera. Dogos gozó de felicidad con tamaño y codiciado panetón.

 

***

 

La fama de Colita en distritos como San Isidro, Miraflores y Chacarilla del Estanque despuntó. Era el profesional de las tijeras más solicitado por la gente encopetada del país. Un corte de pelo para varón no bajaba de quinientos dólares. Sin embargo, a pesar de este éxito, Colita no superaba el umbral que se había trazado: cortarles el pelo a las estrellas del balompié peruano. Pero no a los pezuñentos que jugaban en la Liga 1; no, él quería trozar los cabellos de los jugadores que militaban en equipos del extranjero. Uno de ellos era el popular Mitra.

 

***

 

¿Cómo hago para que se fijen en mí?, se rompía la cabeza el señor Colita de Cerdo, quien, desde que fue desflorado por su vecino Romeo Dogos, había descubierto un ingente placer en la reventazón de su anillo. Por eso, adoraba al jugador peruano Mitra, de quien se decía poseía una verga de cuidado.

¿Cómo hago para que los peloteros me incluyan en su círculo y pueda así llegar a conocer a mi Mitra?

La idea se le ocurrió durante una de las cópulas que Colita sostenía regularmente con un guapo y atlético morador del distrito de San Isidro, el joven Blasco Núñez de Vela. Este muchacho llevaba los pelos púbicos aleonados. Siempre se trababan entre los dientes de Colita luego de que este le practicaba un riquísimo mamey. Entonces, Colita se los cortó con los dientes. El resultado no pudo ser mejor. A pesar de que los cortes (o los mordiscos) fueron hechos en plena oscuridad, debajo de las sábanas de la cama del hotel Bola 8, el resultado fue esplendoroso.

Eso es, se felicitó Colita, cortaré los pelos de la gampi con los dientes. Esa será mi marca registrada, mi valor agregado.   

 

***

 

Lima ya era una ciudad moderna y desprejuiciada. No se escandalizaba por minucias. Por ello, la variante del señor Colita de Cerdo de cortar los pelos de la gampi con los dientes, alcanzó un éxito supremo. Fue así como Mitra, dotado y aberenjenado jugador peruano del Manchester City, requirió sus servicios.

 

***

 

Cuando lo tuvo desnudo, Colita se arrodilló ante él y empezó a cortarle los pelos púbicos con los dientes. Mitra le había solicitado el estilo Surferito, que consistía en que se le dejase un mechón de pelo cuasi rectangular por encima del falo, un mechón semejante a la silueta de una tabla de surf.

Mientras le podaba los pelos del escroto, Colita no pudo contenerse y, olvidando sus expertas técnicas bucales de corte, le arrancó los gruesos y retorcidos vellos de las bolas en un fallido intento por tragarse esas pelotas morenas que eran su perdición. Tal fue la contundencia del involuntario jalón que los pelos salieron acompañados de pedazos sanguinolentos de piel de la bolsa testicular de Mitra.  

Tremendamente adolorido, el delantero echó de su casa al anonadado Colita, asegurándole que le lloverían severas denuncias por atentar contra su vida.

 

***

 

Debido al sangriento escándalo con Mitra, la fama de Colita declinó. El peluquero fue presa de una vertiginosa espiral depresiva.

Cierto día, husmeando en el mundo del YouTube, se encontró con la trasmisión en vivo del joven Pajoy. Se animó al verlo bailando semidesnudo sin ningún prejuicio. Decidió mandarle un superchat con la poca plata que aún tenía.

Pajoy, ¿podemos vernos?

Con el corazón en la mano y las esperanzas intactas, Colita de Cerdo aguardó por una positiva contestación.