viernes, 22 de diciembre de 2023

NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 de 17

 


No te esperaba

 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!

Rubén Blades

 

Al día siguiente, se despertó muy temprano. Eran las cinco de la mañana. En puntillas, sin hacer ruido, fue a inspeccionar el cuarto de Sánchez. No había nadie. Recorrió la casa. No había nadie, excepto Blackie tirado en su sofá. Sánchez no había regresado a dormir. Había pasado la noche con Fátima. Y la muy perra me contaba que tenía enamorado, que era un tipo con el que la relación pintaba seria. Pero, miren, pues, a la gran perra.  

Mejor dejo de pensar en estas huevadas y me dedico a lo mío, se dijo Luis.

Decidió caminar hasta Lince. En el trayecto, el aire le refrescaría las ideas. El clima estaba agradable, ni frío ni calor. Hoy mismo me largo de la casa de este gordo pendejo. Las calles de Breña eran estrechas, olían a antiguo. Pero ¿adónde me voy a vivir? Se le ocurrió que podría instalarse muy bien en el departamento que utilizaba como chongo, su negocio. Que se vaya a la mierda el gordo con sus advertencias. Sánchez nunca le explicó muy bien por qué un dueño de chongo no podía vivir en su propio local. Si un enemigo quería desaparecerte, no lo haría en la casa donde vives, sería muy estúpido de su parte; siempre te podía matar en cualquier esquina de la calle. Esto era más fácil. Por el bien de la relación comercial, debo independizarme ya mismo, carajo.

El departamento donde había instalado su chongo estaba dividido por paredes de tripley pintadas de tal modo que parecían parte de la estructura original. Así, pudieron generarse un pequeño recibidor y tres habitaciones. En esos cuartos, trabajaban las tres chicas. Un cuarto para cada una. Luis decidió que dormiría en uno de ellos, luego de terminadas las horas de trabajo.

Al llegar al departamento, tomó una siesta tempranera. La caminata lo había agotado. Las chicas todavía aparecerían a partir de las dos de la tarde. Solo Linda, como era usual, concurriría a las cinco.

Un par de horas después, unos golpes en la puerta terminaron con su siesta. Aún eran las diez de la mañana. ¿Quién podría ser? ¿Sánchez? Ni cagando; él tenía llave. La puerta no tenía mirilla. Craso error. Una batida policial podría ponerlo en jaque si no se fijaba a quién le abría la puerta del chongo. En todos esos meses, gracias a Dios, nada de eso había pasado. También, había que agradecer aquello a que Sánchez, por medio de un contacto clave, mantenía jugosamente aceitadas a las fuerzas del orden. Debo instalar la mirilla cuanto antes, pensó Luis, acercando la oreja a la puerta. Recordó, mientras trataba de registrar algún sonido al otro lado, que estaba pendiente que Sánchez le presentara al contacto clave encargado de transferir las cuotas a la policía.

Aguardó con paciencia felina a que el irruptor revelase su identidad con algún tipo de ruido.  

Volvieron a tocar. Luis se sobresaltó. Los golpes lo cogieron frío.

Luis, soy yo: Tania. Abre. No te paltees.

El alma le volvió al cuerpo. Era Tania. Conocía muy bien el timbre de su voz. ¿Cuántas veces se había acostado con ella cuando solamente era un cliente más y no el empresario sexual en el que se había convertido?

Mientras abría la puerta, se preguntó qué podía querer la chata poderosa.

La vio vestida con un polo más o menos ancho que fracasaba en ocultar las enormes tetas de su propietaria. No llevaba sostén, así que los pezones se hacían notar sin mayor problema. Un shortcito jean, deshilachado en las bastas, completaba su tenida.

¿Puedo pasar?

Claro, claro, dijo Luis. ¿Iba a cumplirse casi un año desde la última vez que estuvo dentro de ella? Qué rico sería cachar con Tania ahorita mismo, pensó. Qué rico cuerpo tiene esta mujer. Ahora eran colegas; casi, casi, compañeros de trabajo, pero ¿quién decía que entre colegas no estaba permitido un breve choque y fuga?

¿Sabes algo del gordo?, dijo Tania ni bien se sentó en el sofá del recibidor.

Esta pregunta lo tomó por sorpresa. Tartamudeó: N-n-no, no sé dónde está. ¿Por qué lo preguntas?

Ah, porque él siempre me llama a las seis de la mañana. Y si no puede llamarme, me escribe. Siempre lo hace. Desde que somos socios, siempre ha hecho eso. Ahora, como lleva tiempo asociado a ti, pensaba que, no sé, se había distraído, se había olvidado. Pero ahora que me dices que no sabes nada, ya no sé qué pensar. Había genuina preocupación en sus palabras.

¿Has intentado llamarlo?, dijo Luis.

Claro, lo he llamado, pero suena ocupado. Le he dejado varios mensajes también, pero nada; no responde. Parece que estuviera con el celular apagado.

La tribulación de Tania ahuyentó la incipiente arrechura de Luis. Además, lo que contó era realmente grave; el gordo había desaparecido sin reportarse con su socia de años. ¿Pero por qué Sánchez no llamaría a Tania? El hecho que cachara con Fátima no impedía que la llamase. A menos que…

¿No has dormido en su casa?, dijo Tania.

No, mintió Luis con aplomo, desde hace unas semanas estoy durmiendo aquí en el depa.

Ah, no sabía. Tras alargar unos segundos el silencio, añadió: Por fa, si te llama, me avisas. Yo igual abriré el chongo a las dos. ¿Tú?

¿Yo?, reaccionó Luis; tenía el cerebro ocupado en armar alguna teoría que respondiera lúcidamente a la cuestión del mutismo de Sánchez hacia Tania.

Que si vas a abrir tu chongo, aclaró.

Ah, sí, sí, claro, a las dos también, como siempre, confirmó Luis, todavía redondeando su teoría cuando, de pronto, la concluyó: Sánchez y Tania no solamente eran socios; también cachaban y tenían una relación. El gordo no se había reportado con Tania como todas las mañanas porque aún tenía a Fátima chupándole las bolas. Tania no le perdonaría el desliz. En el tiempo que tenía a Tania de colega, Luis había podido descubrirle algunos aspectos que solamente la larga convivencia revelaba: era una mujer de armas tomar. Por algo no llevaba triunfando en el negocio del puterío más de diez años, cuando se separó del staff de la también famosa Tía Katty.

Tania regresó al departamento de al lado, a su chongo. Ella no vivía allí, pero por la preocupación que le causaba la desaparición de Sánchez seguramente había optado por adelantar unas horas su llegada.

Luis tomó su celular e intentó llamar al gordo, pero al siguiente segundo abortó la idea. Seguro sigue cachándose a Fátima. Solo espero que ella esté aquí a las dos en punto para la chamba, o la pongo de patitas en la calle, carajo.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 12 de 17

 


Traición

 

Es fácil esquivar la lanza, pero no el puñal oculto.

Proverbio chino

 

Luis le tocó la puerta a Fátima. Ella había salido de la ducha hacia solo unos minutos y estaba secándose el cuerpo con la toalla.

¿Ya te vas?, le dijo Luis luego de que ella le abrió la puerta. Estaba desnuda. No se cuidaba de cubrirse. Fátima, Linda y Silvia eran como sus mujeres. No había pudor alguno entre ellos. En unos cuantos meses, no solo habían logrado consolidarse en el mercado carnal sino también engrosar los lazos de amistad y compañerismo. , dijo Fátima. ¿Querías algo?

No, nada, dijo Luis. Aunque sí, sí quería algo, quería decirle que le gustaba muchísimo, que quería ser su marido, el oficial, pero las cosas no eran tan sencillas. Solo quería saber si ya te ibas. Tenía curiosidad, no más.

Sí, ya me voy.

Luis no supo qué más decir. O sea, sí tenía mucho qué decirle, tenía mil y un maneras de confesarle su amor, de que se hiciesen marido y mujer, de que juntos liderasen el negocio, pero no halló el sendero correcto para encaminar sus palabras, para ser mínimamente coherente, lógico y, todavía así, enamorado.

Pero no te preocupes si crees que es muy tarde, añadió Fátima. Carlitos me va a llevar.

Esto no se lo esperó. La noticia lo golpeó. Su socio lo estaba atrasando. No había otra explicación.

Pero tampoco podía decir que su socio lo estuviera atrasando, al menos no con conocimiento de causa. No le había confesado a Sánchez que estaba enamorado de Fátima. Ya aquel le había advertido que uno no debía entrometerse con el material de trabajo. Nada bueno podía resultar de cagar donde uno comía. Sin embargo, por lo visto, Sánchez desoía sus propias recomendaciones. Con razón el gordo llega tarde a casa, recordó Luis para sus adentros. El pendejo ya se la está comiendo desde hace un tiempo, entonces, malició.

Unos minutos después, ya solo en el departamento, Luis dejó todo en orden y fue hacia la casa de Sánchez, quien todavía lo alojaba. Comprobaría si al llegar lo encontraba.

Cuando arribó a la casa de Sánchez, no halló a nadie. Blackie, el perro, descansaba sobre el bello sofá de cuero que hacía tiempo había hecho suyo. Esa casa casi siempre estaba vacía. Prácticamente, había sido comprada para el perro. No, no estaba Sánchez. ¿A qué hora llegaría? Luis comenzó a calcular el tiempo que le demoraría a Sánchez dejar a Fátima en su casa de San Martín de Porras y luego regresar a Breña. Le añadió a ese tiempo algunos imprevistos. Dos horas, concluyó. Si no llegaba en dos horas, entonces en algo más estaría entreteniéndose con ella. Era mejor no pensar en eso. Luis se fue a su cuarto, puso en el celular un vídeo porno y, luego de masturbarse, se durmió.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 11 de 17

 


Te quedaste picona

 

El que se pica, pierde.

Anónimo

 

Ese día, contrataron a tres de las seis chicas que se presentaron a las pruebas. Ninguna había sido engañada. Ninguna había llegado a las entrevistas pensando que iba a ser anfitriona o modelo en algún acto público. El anuncio había sido muy claro: se necesitan señoritas para ofrecer servicios íntimos a caballeros solventes. Sin embargo, Pamela, chica delgada, mamá de dos niños de tres y un año, no había quedado conforme con el veredicto de Luis, quien ya había tomado las riendas de las dos últimas entrevistas. Pamela era la última chica de la fila.

¿Por qué no estoy contratada?, dijo ella confianzudamente.

Luis respondió serenamente: Porque ya estamos completos y, agregó, porque no tienes lo que me gusta. Creo que te lo dejé bien claro hace unos momentos, ¿no?

Te voy a denunciar, conchatumadre, amenazó Pamela. Todita esta huevada se va a descubrir. Voy a mandarles a todos los noticieros, van a ver, arremetió, mirando también a Sánchez, que regresaba de cagar luego de haber visto a Luis manejando con rescatable decoro las entrevistas.

El gordo estuvo a punto de intervenir, pero la voz ceremoniosa de Luis se adelantó, mostrando iniciativa.

¿Vas a llamar a los canales de televisión? ¿A los periódicos?, preguntó, como si nada temiera.

Sí, conchatumadre, toda tu huevada se va a ir a la mierda, confirmó Pamela.

Anda nomás. No te vamos a detener. Si quieres te pago el taxi al canal cuatro o al cinco. Están muy cerca de aquí. Pero eso sí, te aviso que tengo un gran amigo que me debe muchísimos favores y que se dedica a desaparecer a gente que jode.

A mí no me amenaces, conchatumadre, se envalentonó Pamela.

No, si a ti no te estoy amenazando, mamita, dijo Luis. Había entendido que el manejo de estos asuntos era igual al que se empleaba en las oficinas de Palma & Co. S.A. Estoy amenazando a tus chibolos.

¿Qué?, se indignó Pamela.

Pero no te preocupes. Mi pata los visitará rápida y silenciosamente. Ni cuenta te vas a dar, la calmó Luis.

Por las huevas es, desestimó Pamela. Ni sabes dónde vivo. La dirección que puse en los papeles que me entregaste no es mía. Estás cagao.

Qué vocabulario, pensó Sánchez, conteniendo una sonrisa.

Bueno, entonces quédate tranquila. Ve a hacer tu denuncia hoy y mañana te quedas sin hijos. Tú déjanos eso a nosotros. Mi pata es bien efectivo.

Pamela los miró; a Luis con profunda cólera y a Sánchez con asco. Luego de bufar con poderoso estruendo, se largó dando un portazo.

¡Espérame!, le gritó Luis. ¡Tengo que abrirte la puerta del departamento! Salió tras ella caminando con plena calma.  

Sánchez no podía creer lo que acababa de presenciar. Se acercó a Luis cuando éste regresó al cuarto.

Me quito el sombrero, carajo. Qué manera de dominar la situación, le encajó unas palmaditas en la espalda. En todos los años que tengo metido en esto, nunca manejé este tipo de situaciones con la calma que acabas de demostrar. Te felicito. Creo que llegaremos a ser una gran dupla administrativa.

Al caer la noche, Sánchez y Luis se despidieron con un fuerte apretón de manos. Sánchez había pasado el resto del día recibiendo a los clientes de su negocio; Luis, efectuando los cálculos de la sucursal que él dirigiría. Con el dinero de Luis, Sánchez había alquilado el departamento del costado, que también le pertenecía al mismo dueño que le arrendaba el legendario 301, más conocido como el Cubil de Tania.

Vas a tener que desarrollar una vista de halcón para detectar a los soplones, dijo Sánchez tras soltarle la mano a Luis. Yo te voy a ayudar mañana. Creo que todavía tienes que entrenar el ojo.

No me importa que vivas aquí el tiempo que quieras, le dijo Sánchez a Luis, ya en casa, mientras se secaba una lata de cerveza alrededor de una pizza de pepperoni. Sé que te irá bien muy pronto y no será necesario que te diga que tienes que mudarte. Lo harás por ti mismo. Ya verás. ¡Salud!

Luis todavía tenía una buena cantidad de los dólares que le había depositado Omar Palma, pero la reservaba para los gastos de sus hijos. Si se mudaba, lo haría con las ganancias del negocio, aunque pensaba vivir en el mismo depa que había alquilado para sus chicas. Se lo contó a Sánchez. Este no se lo recomendaba. Podía ser peligroso. Aquí uno hace muchos enemigos, compadre. Te ubicarían fácilmente ni bien tengan un desacuerdo. Y esos patas no te hablan; esos huevones disparan. Luis pensó: Gordo huevón; el que no arriesga no gana.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 10 de 17

 


La mercancía se prueba, no se consume

 

Recuerda que lo más importante para cualquier empresa es que

los resultados no están en el interior de sus paredes:

el resultado de un buen negocio es un cliente satisfecho.

Peter Drucker

 

Se llamaba Linda y la tenía enfrente de mí, desnuda, espectacular. Tenía las tetas grandes, colgadas, pero grandes, gruesas, unos pezones enormes. Las aureolas eran marrones y extensas. La misma Linda nos había dicho, horas antes, que era mamá de un niño de cuatro meses. En algún momento de la entrevista, cinco o seis chorros de leche prorrumpieron de sus ricos pezones.

Si vas a venir entre cinco y ocho, no creo que puedas ayudarnos mucho. Con esos horarios, no vas a poder cumplirme a fin de mes con la cuota de chamba mínima. Pero si estás aquí desde las dos, entonces sí que hablaríamos de cantidades importantes de dinero para ti y para nosotros. Piénsalo bien. Ahora mismo tengo unas cuantas chicas que están haciendo cola por tomar tu lugar.

Sánchez hablaba sin atropellarse, pausadamente, como si estuviera brindando una charla de filosofía. Tenía las cuentas claras. Sabía cuánto podía rendirle una mujer de ciertas características.

Linda no dio por cerrado su caso; dijo que en solo tres horas podía hacer muchísimos clientes. Pruébame para que veas cómo te saco la leche en cinco minutos. Y con trato de pareja encima, ah; sin apuros.

Procurando que Linda no lo oyera, Sánchez me preguntó: ¿Qué harías tú? ¿Rinde o no?

Volví a mirar el cuerpo de Linda: estaba riquísima. Era mi tipo de mujer, aunque eso no bastaba para saber si sería una buena puta, una puta que rindiera frutos a sus empleadores.  

Pruébala, ¿no?, le dije a Sánchez.

Esa es la respuesta correcta. Estás aprendiendo, Sánchez me palmeó la espalda. Cuando se ve esta clase de ímpetu en la persona evaluada, solo queda someterla a la prueba carnal para saber si está hablando en serio o nos está paseando.

Sánchez se levantó. Se acomodó el pantalón, que siempre se le chorreaba, y le dijo a Linda que estaba a un polvo de ser contratada. Vamos a la prueba, añadió. Acompáñame por aquí. Sánchez convirtió en cama el sofá que estaba detrás de Linda. Se desvistió.   

Por favor, sorpréndeme.

Linda entendió perfectamente. Yo ya la tenía parada. Sánchez se tendió en la cama y la boca de Linda se apoderó del cuello de Sánchez. ¿Quieres que te bese en la boca? Sánchez negó con la cabeza. A la mayoría de clientes no les gusta los besos en la boca. Linda volvió a lamer el cuello de Sánchez, se movió por detrás de sus orejas grandes, regresó al cuello y se repartió entre los dos pezones del gordo. La cara de este no parecía revelar gran cosa.

La mujer lo trataba como siempre me gustó a mí; era el trato que siempre buscaba en una puta. Me pronuncié: Sánchez.

¿Qué cosa?, dijo el gordo, sin mirarme, vigilando los movimientos de Linda.

Yo quiero probarla. Empecé a frotarme abajo.

¿Qué? ¿Tú?

Claro, yo. ¿Acaso no la vamos a contratar con el dinero que he inyectado?, me justifiqué.

Pero tú todavía no sabes cómo probar la merca, explicó Sánchez, los brazos haciendo de almohada de su cabezota. No sabes dónde presionar, qué puntos tocar, para saber si la inversión te dará el retorno esperado. Tienes que aprender esas cosas mirándome, argumentó el gordo, sin tocar ni presionar nada. Todo lo hacía Linda. Gordo pendejo.

Tras un par de minutos de una chupada gloriosa, Sánchez no se contuvo y se vino en la boca de Linda. Ni siquiera llegó a penetrarla.

Putamadre, exhaló el gordo, luego de bajar de la cumbre de su éxtasis. Jamás me había venido tan rápido. Tienes técnica, mujer. Estás contratada.

Mira tu reloj, dijo Linda, limpiándose la boca con un pedazo de papel higiénico. No fueron ni cinco minutos.

Entonces, mañana te veo a las cinco en este mismo departamento, dijo Sánchez mientras se ponía la camisa.

Qué rica hembra, por la putamadre. Sin que me diera cuenta me sacó litros de leche. Tiene una licuadora en la boca. Así debe ser una puta: truquera, me dijo Sánchez minutos después.

¿Y no te provocaría salir con ella otro día, tirártela fuera de la chamba?, le consulté.

Compadrito, me respondió, sacudiéndose la pichula antes de ir al baño para lavársela, la mercancía se prueba, no se consume. Primera regla de oro, huevón. Si la quiebras, te vas a la mierda. Acuérdate de eso siempre.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 09 de 17

 


Un pacto

 

El pacto más elevado que podemos hacer con otra persona

es: que siempre haya verdad entre nosotros dos.

Napoleon Hill

 

Ya están en tu cuenta los veinte mil dólares, dijo Palma. Ojo: prometiste desaparecer de mi vida y de la empresa, ¿correcto?

Correcto, dijo Luis Fuentes, luego de revisar en su celular que el depósito de dicho dinero era, efectivamente, una realidad. Nunca había tenido tanta plata en su cuenta. Muy bien; no me verá más, señor.

Bueno, chau. No me gustan las despedidas, dijo Palma, pero Luis Fuentes ya se estaba yendo.

Esta va a ser la última vez que viajo en una carcacha, pensó Luis al momento de trepar de un salto a un bus metropolitano. Parado para concha, se lamentó. Durante media hora viajó de pie, agarrándose del tubo grasiento del cual se colgaban una treintena de perdedores como él. A pocos minutos de llegar a su destino, se desocupó un asiento.

Pensó en lo que haría ni bien llegase a casa. Llenaría en una mochila una puesta de ropa y le diría a su mujer que se largaba de la casa, que le había salido un trabajo muy bien remunerado en provincia, no sé, en un lugar bien lejano, en Tumbes, ya qué chucha. Y que debía largarse de inmediato, que la cosa era urgente. ¿Los chicos? Le enviaría dinero a partir del próximo fin de mes, sin falta. Y buen dinero, ya verás. Despídeme de ellos. Qué bueno que estén dormidos. Sí, siempre se toman una siesta a estas horas. Me voy por el bien de ellos, dirá él. Sí, hazlo por ellos, porque entre nosotros no creo que se arregle la situación, dirá ella. Se darían la mano y sellarían un pacto de no agresión. No vale la pena pelear estando tan lejos. Debemos enfocarnos en los chicos. Les das un beso de mi parte. Ya los llamo llegando allá, le dirá a su mujer, y se marchará con la consigna de conquistar Risso en el menor tiempo posible.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 08 de 17

 


El engaño

 

Si me engañas una vez, tuya es la culpa;

si me engañas dos, es mía.

Anaxágoras

 

¿Dónde está tu puta? Los ojos de la señora de Palma querían asesinar a alguien. Ahora me va a escuchar. Y después me vas a escuchar tú, desgraciado. Mi papá te va a dejar en la calle ni bien le confirme la perrada que me has estado haciendo.

No sé de qué hablas, mi amor, dijo Omar Palma, obsequioso, tranquilo, inocente.

Sabes muy bien de lo que te estoy hablando. Ya vas a ver en la casa. Ahorita quiero dejarle las cosas claras a tu puta.

¿A mi puta?, dijo Omar, completamente extrañado.

No está. ¿Este no es su sitio?, se desesperó la mujer.

Este es el sitio de Checha, amor. A ver, o sea, ¿crees que tengo algo con Checha?

No lo creo; estoy segura, huevón, dijo la señora de Palma.

Amor, no tengo nada con nadie, mucho menos con Checha. Sí, este es su sitio, pero qué raro que no esté aquí sentada. ¿Será que aún no llega a la oficina? Hoy llegué tan absorto en un asunto que ni cuenta me di de si estaba Checha.

¿Dónde la has escondido, pendejo?, reclamó la mujer, los ojos acerados.

No he escondido a nadie, amor. Seguramente Checha no ha venido. Ya es la tercera vez que falta. Voy a correrla inmediatamente, dijo Omar, molesto.

Tu oficina. ¿Por qué está cerrada tu oficina?, dijo de pronto la mujer.  

No he estado en mi oficina, amor. Desde que llegué, me instalé en la sala de reuniones. He estado conversando con los socios de Fred por videollamada.  

Vamos a tu oficina, huevón. A mí no me engañas, dijo la mujer, arrebatada, con muchas ganas de abrirle la cabeza a la secretaria de su marido.

Cuando se acercaron al lugar, las persianas de los vidrios cubrían apropiadamente su interior. No había resquicio alguno para el ojo fisgón.

Está cerrada la puerta. Ábrela, ordenó la mujer. Omar Palma insertó una llave en la cerradura y la puerta no cedió. Está cerrada por dentro, amor, dijo él, sorprendido. Qué raro, continuó. Alguien debe de estar dentro.

Claro, pues, estalló la mujer. Adentro está tu puta, miserable. Y, sin esperar a que se hallase alguna otra forma de abrir la puerta, le lanzó patadas y puñetes. Ábreme, puta, ábreme, gritaba. El vidrio templado vibró como placa de metal.

Omar Palma, alarmado por esta situación, tomó impulso y corrió hacia la puerta, dirigiendo uno de sus hombros contra el punto débil de la estructura. Cuando la puerta se desmoronó contra el suelo, Palma y su mujer vieron a Luis Fuentes y Checha Vivanco medio desnudos, vistiéndose apresuradamente, la angustia y la desesperación deformando sus miradas.

 


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 07 de 17

 


¿Quién eres tú?

 

Y ¿quién eres tú?

Silvio Valencia Guerra

 

¿Hace cuánto trabajas aquí?

Omar Palma prendió un cigarro y dio vueltas en su oficina. En una silla, Luis Fuentes lo escuchaba.

Dos años, señor.

¿Dos años? Nunca te he visto, huevón. Te juro que es la primera vez que te veo. En mi vida te había visto. ¿En serio trabajas aquí?

Sí, señor. Luis Fuentes vaciló un momento sobre si recordarle o no la vez en que él mismo le llevó la tarjeta de crédito que había extraviado en las afueras del edificio de la oficina. Decidió no hacerlo. La situación no cambiaría un ápice; estaba en presencia de Omar Palma, uno de los hijos de puta más ególatras que había tenido la desgracia de conocer.

¿Sabías que me has arruinado el cien por ciento de participación en la encuesta de clima laboral?

Vesteconcha, pensó Luis.

Todos participaron en la encuesta, menos tú. Yo quisiera saber por qué no. ¿Está muy ocupado acaso el señor que desatiende los problemas importantes de la empresa?

Luis no había llenado la encuesta porque le pareció cojudo hacerlo. ¿De qué clase de clima laboral hablaba Palma si él mismo no saludaba a sus ingenieros? No se diga ya de siquiera lanzarle una levantadita de cejas al pobre Domingo, el señor que limpiaba los baños. Solamente enfrente del gringo Fred se derretía en saludos y loas, el muy puta. 

Discúlpeme, señor, pero tenía un entregable con la fecha casi por cumplirse y tuve que posponer la encuesta. Cuando me di cuenta, la fecha de vencimiento de la encuesta ya se había cumplido. Lo siento, señor, se justificó Luis.

Así que lo sientes, dijo Palma, chupando con dureza su cigarro. Tras un par de vueltas circulares, se echó una pastilla de mentol en la boca. Qué bonito saber que lo sientes. Pero para tu mala suerte, no siento que lo sientas. Y si lo sientes, me llega altamente porque a mí lo que me importa es que me cagaste el cien por ciento de participación.

Señor Palma, llamó Checha, que había entrado a la oficina sin tocar. Ella parecía ser la única persona que podía entrar en la oficina de Omar Palma sin anunciarse.

¿Qué pasa?, dijo Palma, botando el humo de su cigarro y mirando la nuca de Luis, decidiendo sobre dónde asestarle el golpe de la deshonra.

Su esposa está viniendo para acá, dijo Checha. ¿Puede acercarse un ratito?, pidió, bajando el tono de su voz e imprimiéndole cierta urgencia.

Palma se acercó al umbral de la puerta de su oficina desde donde Checha parecía revelar cierta preocupación en su expresión.

Luis Fuentes, sentado de espaldas a la puerta, no podía escuchar lo que se decían Palma y Checha, pero no era cojudo: claramente había algo más que una relación jefe-secretaria entre esos dos.