Latidos del asfalto

sábado, 10 de julio de 2010

Semana agitada y extraña

En estos últimos días me ocurrieron cosas tan raras que jamás hubiera imaginado que experimentaría. Las relataré en el orden en que se sucedieron:

Mi primer libro: Latidos del Asfalto

Se publicó mi primer libro de historias. Espero que no sea el último. El libro se titula “Latidos del asfalto” y, aunque no me guste hacer mucha propaganda de las cosas que hago porque no considero que pude haberlas hecho mejor, ya está en las principales librerías de Lima y Trujillo. Al menos, sé que el libro lo venden en la cadena de librerías Crisol porque esta cadena es la única que tiene página web.

Cuando me llamaron de la editorial para anunciarme que el libro estaba siendo colocado en las librerías, corrí a la computadora a revisar si había sido puesto en Crisol. Escribí mi apellido y mi nombre en el buscador del portal web de la librería. Presionaba “enter” y siempre aparecía el mismo mensaje anunciando que mi búsqueda arrojaba cero resultados.

Intenté entonces digitando el nombre del libro. Me embargó una emoción indescriptible cuando vi el titulo de mi primer intento literario en la pantalla de mi ordenador. Luego me di cuenta de por qué no obtenía ningún resultado cuando escribía mi apellido. La persona encargada de administrar esa página web había escrito “Guitierrez” en lugar de “Gutiérrez”. Mala suerte, me dije. No todo éxito es realmente un éxito, pensé. Siempre ocurren cosas marginales a tu relativo éxito que hacen que pises tierra y te des cuenta de que no todo es perfecto, mucho menos uno mismo.

La sustentación

El último martes sustenté mi tesis en la universidad. Obtuve la aprobación unánime del jurado gracias a que éste estaba compuesto por profesores que fueron muy benignos y amables conmigo. Siempre les estaré agradecido por la manera casi paternal con la que me trataron en aquella sala de grados del pabellón B de la facultad de Ciencias e Ingeniería. Les agradeceré también las múltiples correcciones que me hicieron llegar y que, quizá, no corregí tan cumplidamente, que hicieron que mi tesis fuese menos mala de lo que originalmente hubiera sido sin sus atentos y agudos comentarios.
Mientras pasaba las diapositivas y explicaba lo que decía en cada una de ellas, el ingeniero Cedrón me hacía ver las pifias y gazapos que merodeaban en mi tesis. Le agradezco el modo amable con que corrigió aquellos desmanes. El ingeniero Kishimoto me hizo una pregunta de corte económico, además de darme un gran consejo en mi futura vida como ingeniero. Del mismo modo, el ingeniero Iriarte, quien fue la persona con la que trabajé la tesis por más tiempo, tuvo amables palabras y consejos para mejorar mi tesis.
Pararme ante aquellos tres ingenieros, y escuchar las palabras de Mario Cedrón diciéndome que dejaba de ser bachiller para convertirme en ingeniero, fue un momento que vi en cámara lenta y con mucha suspicacia pues no creía el momento que estaba viviendo.
Acababa así una etapa mía en los claustros universitarios. Sin embargo, como les comentaba a mis compañeros de trabajo, lo de sustentar la tesis y adquirir el título de ingeniero no es más que un mero trámite académico; lo que en realidad convierte en ingeniero (médico, abogado, maestro) a una persona es la experiencia que obtenga en el campo laboral. Y esa experiencia es la que recién estoy empezando a recabar para sentirme un ingeniero de verdad.

Las entrevistas

Gracias a Sandra López y a Juan Miguel Marthans, a la editorial Mesa Redonda en su conjunto, se pactó un par de entrevistas radiales para que pueda hablar sobre mi primer libro.
Estas entrevistas tuvieron lugar el día viernes 9. La primera me la hizo Lorena Caravedo en CPN radio. Disfruté mucho de la conversación. Lorena me tributó palabras muy elogiosas que creo no merecía y que quizá enunció de manera mecánica. Sin embargo, disfruté mucho de esa conversación que duró alrededor de diez minutos. Ella prometió comprar mi libro en alguno de los puntos de Crisol. Si es que la llega a comprar y luego a leer, espero que el libro no ofenda o hiera su pudor pues las cosas que escribo en Latidos del Asfalto son no aptas para menores de edad y personas cargadas de moralina sino, más bien, para personas que entienden que la vida es un sumario de hechos obscenos, lamentables e imprevistos, y que, a pesar de ello, la viven con optimismo.
Una hora después, fui a radio Filarmonía. El local estaba ubicado en una calle antigua de Barranco, en una casona grande, acogedora, de principios del siglo pasado. El nombre del conductor del programa era Carlos. Nada más supe de él. El encuentro tuvo una duración de cinco minutos y, al igual que en el programa de CPN, conté algunas referencias del libro.
Con Lorena, debido a la extensión del tiempo, pude explayarme sobre algunos hechos cotidianos que se desprendían de los cuentos del libro.
Estoy muy agradecido con la gente de Radio CPN, Radio Filarmonía y la Editorial Mesa Redonda. Mi eterna gratitud hacia ellos.

Por la velocidad y la vertiginosidad en que se sucedieron estos hechos, había dejado de lado las publicaciones que diariamente colgaba en el blog.

Mi papá y un amigo de la universidad que radica y trabaja en Canadá, Diego, me pedían encarecidamente –y hasta con amables amenazas- que siguiera publicando. Les agradezco mucho por su lectoría. Sé que son las únicas personas que tienen la paciencia de leerme, a pesar de no merecerlo.

Papá, deseo enviarte un saludo especial, primero por ser un buen padre y demostrarlo día a día y segundo, por haber comprado todos los ejemplares de “Latidos del Asfalto” que habían en el Crisol de San Miguel.

Muchas gracias a todas las personas que de una u otra manera han venido apoyándome a lo largo de estos años. Leo esto y parece como si me estuviera despidiendo. No es así. Intentaré seguir escribiendo con más regularidad.