Latidos del asfalto

martes, 27 de marzo de 2012

A 3,600 metros

Oficina de Construcción. Los trabajos de construcción de las facilidades de una mina de oro a tajo abierto están llegando a su fin. La gente de Operaciones Mina aguarda los permisos de autorización de funcionamiento necesarios que expida el organismo gubernamental para ponerse a trabajar.

La oficina de Construcción está separada de la oficina de Operaciones por doscientos metros de tierra apisonada, en los cuales se ha instalado el comedor y el área de recreación del personal. La cantidad de personal que labora en la etapa de Construcción ha menguado considerablemente. Al final, cuando las operaciones de minado comiencen, solamente trabajará un número muy reducido de gente de manera directa.

La gente de Construcción, sobre todo aquellos que no están envarados, están buscando un posible lugar de trabajo que les siga proveyendo el diario sustento. La mayoría de empresas especializadas que realizaba los trabajos de construcción de las diferentes facilidades de la mina ha ido retornando a casa o emigrado a otros proyectos.

Cierto día en particular, uno encuentra una ausencia total de jefes. A cargo, ha quedado un joven ingeniero de treintipocos años. Es jefe de seguridad. Pero, por algunos pocos días, es la máxima autoridad en la mina. Aparte de él, se encuentra en las instalaciones el jefe de planta. Dentro de un par de días, el jefe de seguridad bajará a Lima, pues ya ha estado en la mina cerca de 28 días, 8 días más de los 20 establecidos para trabajar. Ya le toca su descanso. Sin embargo, este descanso será el último que tenga como trabajador de esa mina. Gracias a sus influyentes contactos, trabajará para una mina de oro de la misma empresa, ejercerá el mismo cargo, pero su salario será mucho más jugoso. Este joven ingeniero tiene motivos de sobra para estar feliz.

Por eso, ha decidido culminar un proyecto que ya venía estudiando desde hacía mucho tiempo: darle vuelta a la ingeniera de proyectos de la empresa especializada que se ha encargado de la construcción de algunas estructuras en la mina.
Ya ha entablado con ella cierto tipo de amistad. El paso decisivo, sin embargo, lo dará hoy, el último día de su estancia en esa mina y el último día en que trabajará para esa mina. Después del almuerzo, en un punto desolado del campamento, le ha dicho que vaya a verlo en la Oficina de Construcción en la noche. Ella ha aceptado, pero con una condición no negociable de por medio: irá con su amiga. La ingeniera ha olido las intenciones del joven ingeniero jefe de seguridad y por ello ha interpuesto esa condición. El ingeniero, que no veía venir esa jugada, ha aceptado la condición; no le quedaba más remedio. Ya vería como salvar ese escollo. Él sabía a qué amiga se refería su pretendida: una chica baja y fea como ninguna otra.
Han pasado unos minutos desde las ocho en punto. No ha llovido. Ya van cuatro días consecutivos que no llueve, lo cual es ciertamente beneficioso para esta etapa del proyecto, pues permite que los trabajadores, que aún laboran en acabar la construcción de la Presa de Agua, continúen con su faena sin problemas. El joven ingeniero fuma un cigarro afuera de la oficina. El suelo de los alrededores está tapizado por pequeños cantos rodados. Desde su ubicación, el joven puede ver el cerrito que, en cuestión de dos años, desaparecerá para convertirse en oro y desmonte. Al lado izquierdo de ese cerrito, divisa la planta de procesos, minúscula y callada, en donde unas diminutas luces indican que todavía hay gente por ahí. Cuando la colilla de su cigarrillo traza una parábola para estrellarse en el suelo, oye el crujir de las piedras detrás de él.

-Tu encargo-le dice su compañero de trabajo.

El rostro del ingeniero se ilumina, coge su encargo con presteza y lo guarda dentro de su casaca. Le da las gracias a su amigo. Juntos, ingresan a la oficina. La Oficina de Construcción está dividida en tres compartimientos: uno grande en forma de ele, en donde trabajan unos cuantos empleados de una empresa contratista ingresando datos a diario. Toda su vida se reduce a ingresar datos y más datos. El segundo compartimiento vendría a ser la porción de área que le faltaría a la ele para formar un rectángulo. Ese segundo compartimiento está dividido en dos: la oficina del Jefe de Construcción del Proyecto y la oficina de los tres empleados de la mina encargados de controlar los gastos del proyecto. Toda su vida se reduce a controlar costos y más costos, peleándose con los jefes de las empresas especializadas cuando éstas no quieren ejecutar un trabajo contractual o cuando quieren hacer lo que les da la gana.

El amigo del joven ingeniero es uno de estos ingenieros controladores de costos. El joven ingeniero, parado bajo el umbral de la puerta de la oficina del Jefe de Construcción –que ahora es su oficina, pues está a cargo de todo-, le dice a su amigo, quien ya tomó asiento frente a su laptop, “esta es mi noche”.
Tras cerrar la puerta con seguro, ha colocado “su encargo” sobre la mesa. Le ha quitado la bolsa que lo cubría y lo ha colocado en un amplio cajón del escritorio. Un par de golpes remecen la puerta. Una voz suave ha dicho su nombre. Es ella. No me ha fallado, piensa el ingeniero. Hace pasar a la chica que pretende: es alta, guapa, de amplias caderas y tetas medianas y redonditas. Viste una chompa con cuello alto, ceñida, y unos jeans que se acoplan muy bien a su exquisita figura. Cuando está cerrando la puerta, cae en la cuenta de que algo lo impide: una mano. Ah, verdad, la amiga fea de la chica guapa.

El amigo controlador de costos piensa: “Toda chica rica siempre sale con su mostrita”. Él, en apariencia, permanece indiferente a lo que pase en la oficina de al lado, pero, en realidad, está muy atento a todo. Todo se oye en esa oficina pues las paredes y divisiones no son de concreto sino de un material llamado drywall.
La chica fea es invitada a pasar. ¿Quién se podría comer a esa mujer?, piensa. La puerta se cierra con seguro. Las chicas toman asiento. Se pone música en la laptop. Se inicia una conversación que es oída, casi en su totalidad, por el controlador de costos. En la otra sección de la Oficina de Construcción, la que tiene forma de ele, no hay nadie. Todo lo que pase esa noche permanecerá en el fuero interno de los cuatro presentes en ese lugar.

Todas las preguntas y comentarios van dirigidos a la guapa joven, pero la feíta no se da cuenta de ello, o prefiere no darse cuenta. El ingeniero ha sacado del cajón del escritorio “su encargo” y lo ha puesto sobre la superficie crema. De otro cajón, sacó dos vasos. Mira a la chica fea que esperaba que uno de los vasos fuese para ella. “Lo siento, le dice el ingeniero, me habían dicho que tú no tomabas”. Mientras decía eso, pensaba: “ni cagando voy a desperdiciar este whisky en ti. Encima que queda poquito”. Se trataba de un Johnnie Walker Black Label que el ingeniero controlador de costos había comprado en Lima, antes de subir a la mina, por la suma de 150 soles, con el único y solidario fin de compartirla con los amigos más cercanos del trabajo durante las frías noches de ese lugar, en el habitación de alguno de ellos en el campamento. Debido a que ya había celebrado algunas pequeñas reuniones bebiendo ese whisky con un par de amigos, incluído con el joven ingeniero de seguridad, apenas quedaba poco menos que un cuarto del contenido de la botella.
La chica fea, a pesar de que se ha sentido herida por tamaña desconsideración hacia ella, todavía sonríe, o incluso ríe, cuando los comentarios del ingeniero joven son capaces de sonrojar a las mujeres más mojigatas. La chica fea no es una santa. Según los amigos del ingeniero, es tremenda “cachera”, es decir, una mujer que se entrega sin muchos remilgos a los brazos del chico de su preferencia. Que sea aceptada o no, es otro asunto. El caso es que el joven jefe de seguridad de la mina quiere saber si algo de esos ímpetus amatorios le han sido contagiados a la guapa joven.
Hablaron de música, de discotecas. “¿Cuándo salimos juntos?”, obvio, la pregunta no iba dirigida a la fea. “A mí me gusta escuchar esta canción –una de Collective Soul, que sonaba en esos momentos y que, él afirmaba categóricamente, era la mejor canción del mundo- con un tronchito de marihuana. Pucha, es lo máximo”.
En cierto momento de la charla, se tocó la cuestión de saber cuál era el precio de una botella Johnnie Walker Blue Label. El ingeniero insistía en que, en Wong de Lima, la botella costaba 800 soles. La joven guapa afirmaba, con una seguridad que parecía irrebatible, que la botella costaba 600 soles. Nadie extrañaba la opinión de la chica fea. Su presencia estaba siendo relegada a un último plano y ella no parecía darse cuenta o no quería darse cuenta.

-¿Qué te apuesto a que cuesta 800 soles?-preguntaba el joven ingeniero. Desde que el caluroso trago le empezó a afectar, tenía la pichula parada, lista para liberarse de la sujeción de ese pantalón.

-No sé-decía la joven guapa-. Yo estoy segura que cuesta 600.

-Dime, pues, ¿qué quieres perder?-luego, reformulando su pregunta, tentando la ambigüedad del momento-. ¿Qué más quieres perder?-un brillo en los ojos del joven fueron dirigidos a las pupilas de la joven. El lazo y la complicidad se estaban erigiendo. Pero había algo que evitaba que todo fluyese más allá de la mera conversación.

Media hora después, el whisky se había consumido totalmente.

-Uy, qué pena-dijo el jefe de seguridad-ya se acabó.

Las chicas se miraron y la fea dijo: No te preocupes. Nosotras también tenemos nuestra “gasolina”. Creyó parecer graciosa al referirse al whisky como gasolina, pero fracasó porque nadie se rió.

Las damas salieron de la oficina; la guapa, haciendo esfuerzos por caminar normalmente para no ser inquirida por el soñoliento agente de seguridad que, arropado con cinco casacas, tiritaba de frío en las afueras de la Oficina.
Al cabo de diez minutos, las chicas regresaron con un Chivas Regal encaletado en la casaca de la fea. La botella no estaba llena; apenas, al igual que la otra, quedaba menos de un cuarto de su contenido. La chata fea se aseguró de llevar un vaso que, a pesar de ser de plástico –lástima, porque no podría degustar apropiadamente la bebida-, era un vaso al fin y al cabo.
Con una boca más a la que dar de beber, el Chivas fue extinguiéndose rápidamente. “Cómo chupa la enana. Ella solita se sirve”. En la última ronda de bebidas, el ingeniero decidió que ya era hora de despachar a la molestia andante y chupadora. Trataría de hacerlo de la manera más sutil posible.

-Bueno, chicas, ha sido una experiencia gratísima haber conversado con ustedes. La he pasado muy, muy bien.

Cuando vio que la chata alzaba el culo, despegándolo de la silla blanca de plástico, reconoció que era el momento preciso, por lo que le dijo, dirigiéndose exclusivamente a ella, con una mirada dura, fría, provista con una pizquita de amabilidad: -Discúlpanos, pero ¿podrías dejarnos un ratito? Quiero hablar algo privado con ella.- La chata no tuvo más remedio que abandonar el lugar, con el rabo entre las piernas y una risita ridícula que pretendía encubrir su fastidio.
El ingeniero controlador de costos, quien había oído la cruel y brusca invitación a desalojar, pensó, riéndose: “Este huevón es una mierda”.

A solas con esa guapa y escultural mujer, la puerta asegurada, armado con la soltura y desparpajo que las dos bebidas ya consumidas le habían provisto, se embarcó en la consecución final de su objetivo.

Le confesó que le gustaba mucho, le rogó un besito. “¿Acaso no te gusto?”, preguntó, orgulloso, el ingeniero. “Sí, pero…”, balbuceaba la joven. “Entonces, pues”, arremetía el jefe de seguridad, que ya tenía el calzoncillo empapado de emisiones seminales, “dame un besito”. El besito se alargó a un beso, y este beso se multiplicó en lamidas de cuello, chapes con lengua y sobrecogedoras caricias. Antes de continuar, puso la laptop en el piso, el reproductor de música todavía funcionando, y subió a su dama sobre la crema superficie del escritorio, que combinaba muy bien con lo bermejo de su calzón. De su bolsillo extrajo un condón Piel –otra fina cortesía de su amigo controlador-y, con la velocidad que confiere la práctica, amortajó a su enhiesto miembro.

El ingeniero controlador de costos no podía evitar oir los jadeos ahogados de la joven pareja, por lo que en su laptop puso una seguidilla de salsitas. Tenía que terminar su trabajo y no quería trocar eso por una corrida de paja más, como hacía todas las noches antes de dormir.

Así se vive a 3,600 metros de altura, cuando todo lo que ves a tu alrededor es tierra, piedra, documentos y hombres esclavizados al trabajo, y cuando la interacción con una mujer guapa significa el vehículo que te puede permitir disfrutar, a la distancia, de las trastocadas libertades que se gozan en la ciudad. Libertades trastocadas que se traducen en goce y desenfreno, olvidándose, por breves momentos, de los números, de la señalización que había que comprar para la planta, de los reportes a la gerencia del proyecto, de la esposa que lo espera en casa y de la hija que ve en él un modelo a seguir.

viernes, 9 de marzo de 2012

D es papá

Antecedentes

Los problemas entre D y W se solucionaron; no del todo, pues todo problema en el amor nunca termina por resolverse mientras perviva ese amor, pero, al menos, aquel gran impasse, pudo ser sorteado gracias a una sensata conversación, la cual no estuvo exenta de lágrimas, besos, llanto y más llanto.

El día

La ginecóloga de W le dijo que, el día 8 de marzo, tenía que acercarse a la clínica e internarse de emergencia para que se le practicara una cesárea. Debía estar allí a las 10 de la mañana. Ese día desaparecería esa barriguita que tantos trajines, calores y vértigos le venía dando. Ese día podría verle la cara a la causante de esa gran barriguita.
D ha ido temprano a la oficina en donde trabaja. Ha hablado con su jefe y le ha contado sobre la situación de su esposa W. Ha obtenido el permiso para ausentarse y acompañar a W durante su riesgosa operación.
De regreso en el departamento del Centro de Lima, D toma un baño y se pone una ropa más ligera. W se aseguraba de que su maleta estuviese completa. A las 9 ambos tomaron una combi que los dejaría en la clínica. D siempre quería ahorrar unos centavos, a tal grado viajaba con su esposa, en el mismo día del parto, en una combi hacia la clínica.
A las 10, W ya estaba echada sobre la cama del cuarto 501 de una conocida clínica en la avenida La Marina. Algunas enfermeras se encargan de colocarle suero. Luego, cada tanto, entraba al cuarto el cardiólogo, la anestesióloga, la obstetra, la ginecóloga, etc. Tomaban los datos que les serían necesarios para efectuar una operación exitosa.
Poco tiempo antes de que se ejecutara la cesárea, ocurrió un problema: la gente de administración hospitalaria de la clínica no tenía muy claro si el seguro de D y W cubriría el costo de la cesárea. A D, en su trabajo, le habían explicado que, en caso de tratarse de un alumbramiento natural, ésta sería costeada en su integridad por la aseguradora. Si se tratase de una cesárea, la aseguradora cubriría lo que costase un parto natural, pagando D, en efectivo, la diferencia.
Sin embargo, aquello que le habían explicado no sucedería. Al parecer, según la gente de la clínica, el costo de la cesárea debería ser asumido en su integridad por D. D, para variar, no tenía un centavo en el bolsillo: su sueldo de febrero ya había sido distribuido y consumido.
D coordinó el asunto con Recursos Humanos de la empresa para la que trabajaba. Le dijeron que no se preocupase, el seguro asumiría los costos que ya le habían explicado con anterioridad.
W fue internada y operada. D presenció la operación, vio a su hija salir de las entrañas de su madre. En la sala de operación había cerca de diez personas. D se sorprendió del número de personas que intervendrían en la cirugía. De repente, aquí van a dar a luz dos mujeres. Buscó infructuosamente a la segunda parturienta, pero no vio a nadie más que a ese gentío de médicos y su esposa en la camilla. Efectivamente, todas esas personas se encargarían de asistir a su pequeña hijita y a W para que las cosas marcharan bien.
D tomaba fotos. Solo le estaba permitido tomar fotos. De ningún modo podría registrar en video los acontecimientos. Tenía a su lado a un enfermero y a una enfermera que vigilaban atentamente que D no grabase nada.
Un instante que cambió la vida de D fue aquel en que vio la pequeña y peluda cabecita de su hija aparecer en medio del vientre de su esposa. Varias manos enguantadas, agarrando esa pequeña cabecita, pugnaban por extraer a la bebita. W tenía a una anestesióloga y a una obstetra encima de ella, ambas ejerciendo presión sobre su vientre para liberar a la bebé.
Sería las cuatro y media de la tarde cuando la hija de D estuvo completamente afuera del vientre de su mamá. Ahora sí, D era papá. Las cosas no volverían a ser como antes; serían mejores.
Morgana Daniela pesó 3000 gramos y midió 48.5 cm. D ahora solamente tenía ojos para ese pequeño pedacito de gente.
Al día siguiente, D y W se dieron cuenta del poder mágico que tiene su pequeña hija: el seguro cubriría todo la operación. D y W no gastaría un sol.
Según sus detractores, Morgana Daniela es más parecida a su papá que a su mamá. Sin embargo, aquellos que la defienden dicen que, efectivamente, es parecida a su padre pero en extremo mejorada. D no se cansa de quitarle los ojos de encima. No pensó jamás que la llegada de Morgana Daniela pudiera ejercer tal poder sobre él.
Como dice la letra de una canción de Hastakinomás: “tan solo bastó un día para llegarte a amar”.

lunes, 5 de marzo de 2012

Un matrimonio se acaba - Parte Tres

Pero no entró el papá de su esposa; solamente ella y su mamá. El papá, al parecer, aún estaba abajo, en el primer piso. Recordemos que el departamento del escritor está alojado en el cuarto nivel del edificio.
El plato de comida todavía humea, está caliente. La esposa del escritor, también. Su madre luce molesta, apenas si saluda al escritor.
Tu mamá me ha dicho que no le importa mi hija, que lo que no se conoce no se quiere, dice la esposa. Lleva puesto un vestido negro y unas botas del mismo color. Además de molesta, está desesperada, como si hubiera perdido un brazo. Se dirige rápidamente hacia el closet y comienza a sacar una maleta rectangular azul. Del mismo apresurado modo, saca toda su ropa negra y la coloca, sin la prolijidad acostumbrada en ella, en el interior de la maleta. Yo la llamé a tu mamá diciéndole señora que su hijo no me busque más, ya no lo soporto, me he ido del departamento, grita su esposa. Su madre está a un lado del coffee table, los brazos cruzados, un manojo de llaves en la mano izquierda, que deben de ser de su casa.
El escritor trata de calmar a su esposa, pero sin despegar el culo del asiento que ha tomado a la mesa. Le dice, cálmate, amor, tranquila, ¿qué haces? No tienes por qué irte. Me voy, me voy, porque ya no aguanto a tu mamá. Siempre se mete en la relación. Dile que esta separación es por su culpa. Agradécelo a tu mamita, pues.
La esposa coge una bolsa negra grande y mete en ella la ropa que le ha comprado a su bebé. Ve, encima de la cómoda de la cuna de la bebé, la ropita que la mamá del escritor le ha regalado. La ropita reposa, prolijamente doblada, en una cajita plástica transparente muy simpática, decorada con finos trazos que representan flores y animalitos silvestres. La esposa del escritor la coge y la lanza con fuerza contra el piso. No quiero nada de tu mamá, dijo. El escritor siente una punzada en el pecho cuando ve que la cajita se estrella contra el piso y sufre una rasgadura en uno de sus lados.
Así me habló tu vieja, dice la esposa del escritor. Me dijo que nunca quiso que me casara contigo, que ya era hora de que nos separáramos. Me alegro, hijita, me dijo. Mira a su madre y ella asiente. Había sido testigo de todo lo que había dicho la madre del escritor. La esposa había activado el modo altavoz.
La mamá de la esposa mete baza. Yo he escuchado todito lo que le dijo tu mamá. Lo dijo con cierta malicia. A tu mamá la tenía acá –lo piensa un poco y en vez de elevar la mano por encima de su cabeza como suele hacerse, la eleva hasta cierto nivel debajo de su mentón, la señora debe de medir un metro sesenta, o sea, para empezar, no tenía en mucha consideración a la madre del escritor, se conocieron y vieron por última vez en la boda de él-y ahora la tengo por acá –baja su mano hasta el nivel de sus rodillas-. Qué mal, dice.
Al escritor le jode que su suegra y su esposa estén expresándose así de su mamá. El escritor piensa que el único pecado de su madre fue y es querer en exceso a sus hijos.
Tu mamá nunca me vio bien. Siempre quiso para ti una chica popis como tú, que sea alguien en la vida. Como yo no soy nada, me dice esas cosas.
Al escritor le jode que su esposa se exprese así. Él se interesó en ella, sin importarle sin había estudiado en tal o cual lugar. No le importó nada de eso. Quedó cautivado por su nobleza y la alegría que mostraba para hacer las cosas. Además, es una mujer muy guapa. Nadie tiene la culpa de la suerte que le ha tocado vivir. Su esposa creció en un medio carente de recursos económicos, motivo por el cual ella misma tuvo que trabajar, por un salario mínimo, para costear sus estudios de secretariado en un instituto capitalino. Es decir, ella se había esforzado por perseguir sus sueños. También, fue dueña de una tienda de ropa que, debido a cierta desavenencia ocurrida entre ella y su socia, quebró. No obstante, siempre ha sabido conducirse sola, sin caer en exabruptos ni turbiedades.
Tú te has casado conmigo, amor, dice el escritor y emplea su voz más conciliadora. Sí, pero tu mamá parece no entender eso, replica su mujer.
Pero mi mamá no se está metiendo. Simplemente, necesita un préstamo y yo voy a sacarlo, nada más.
Tú sabes que eso no me jode. A mí me molesta que para ella sí saques esa plata y para las células madre de mi hija no.
Oye, pero con qué plata quieres que haga eso. Ya estoy pagando suficientes préstamos. Encima, ya te dije que para mediados del próximo año nos mudaremos a un departamento más grande. ¿cómo quieres que haga todo eso si voy a sacar un préstamo para eso de las células madre? ¿Quién tiene células madre guardadas en una clínica en este país? Ya pues, amor, entiende.
Ya no quiero saber más de ti ni de tu mamá. Eso que me ha dicho de que no le importa mi hija no se lo voy a perdonar jamás. Sé que tú no tienes la culpa de nada, pero ya no quiero volver a verte.
Los lamentos seguían. Un cuarto de hora después entró en la habitación el papá de la esposa del escritor. Tomó asiento en el sillón verde limón y, con cara de pocos amigos, dijo: Explíquenme lo que está pasando aquí, rápido.
Al escritor le desagradó esa actitud casi matonesca. ¿No había siquiera un saludo al momento de ingresar? El escritor dice, en un tono muy bajo, buenas noches, señor, a sabiendas de que no recibiría respuesta. Y no la recibió.
Quiero que alguien me explique qué ha pasado aquí, dijo el papá de la esposa. Su mirada era dura y sus movimientos rápidos y desprovistos de afectación. Tenía un cigarrillo en la mano. No estaba encendido. Ya, tú, dime qué pasó, dijo, dirigiéndose a su hija. El escritor tomó la palabra y relató su versión de los hechos.
Cuando tocaron el punto concerniente a lo que la madre del escritor le había dicho a la esposa de éste por teléfono, madre e hija confirmaron que las palabras que escucharon fueron sarcásticas e hirientes. La esposa recordaba esas palabras y las lágrimas le salían con furia por los ojos. Cerraba sus puños y temblaban. Su mamá la tranquilizaba. El escritor no atinaba a pararse y consolar a su mujer. La conocía y era capaz de mandarlo a la mierda.
El padre de la esposa desveló todo aquello que pensaba del escritor: Compare, todavía eres inmaduro. No veo que tengas pantalones y que mi hija pueda sentirse segura contigo. Que te vea y diga caramba, aquí tengo quien me defienda. Te veo muy mamero todavía. No puedes decirle a tu mamá, mamá, carajo, por favor, deja en paz a mi mujer.
El padre seguía hablando cosas por el estilo. El escritor oía, pero jamás le hablaría así a su mamá. Él conocía a su madre. Ella solamente se preocupaba por él y cuando se dio la ocasión en que él le pidió amablemente que dejara de llamarlo tanto al celular, ella aceptó; con cierta pena, pero aceptó. Su madre no era una persona testaruda en ese aspecto. Todo era conversable y manejable. De ninguna manera le plantearía las cosas a su madre como sugería el padre de su esposa. Y así se lo hizo conocer a éste cuando acabó su perorata.
La mamá de la esposa del escritor vuelve a mencionar que ella oyó cómo la mamá del escritor trató con desprecio a su hija por el teléfono. El padre de la esposa del escritor le dice a éste: Llama a tu mamá y que diga su verdad. A ver, llámala y que nos niegue que no ha maltratado a mi hija. El escritor se niega a hacer eso. De ninguna manera le haría eso a su mamá. Aquello solamente serviría para azuzar el morbo en torno a ese desagradable incidente.
Entonces, a la esposa del escritor se le dio un ultimátum: O te quedas aquí con tu esposo o te vas para la casa (de su papá y su mamá, se entiende) y no me vuelves más por acá. Porque si vuelves, olvídate de nuestro apoyo. Voy afuera a fumarme un cigarro, dijo el papá de la esposa. Cuando regrese, quiero una respuesta. La mamá de la esposa salió detrás de él. En la sala, permaneció el escritor, sentado a la mesa ante un plato de comida frío, y su esposa, parada a un lado de la mesa, llorando, las manos revolviendo sin objetivo la ropa negra de la maleta azul.
El escritor coge su celular y llama a su mamá. Le dice que su esposa ha venido llorando a la casa porque la ha tratado con sarcasmo y le ha dicho cosas como que no quiere no le importará conocer a la bebe. La madre le dice que no le ha dicho tales cosas, que ella la llamó diciéndole que no quería saber nada con su hijo. Ella respondió: está bien, hijita.
Má, pero ella me dice que tú le respondiste con sarcasmo, como burlándote.
La esposa del escritor sale de su silencio e interviene en la conversación: Sí, sí, así me dijo.
La mamá del escritor oye la voz de la esposa de su hijo y se sorprende. Cree que su hijo le ha tendido una emboscada, que la ha confrontado. Dice: Cómo me haces esto, y cuelga.
El escritor intenta llamar nuevamente a su madre para explicarle que no fue su intención confrontarla con nadie. Si la llamó fue debido a un impulso de sana curiosidad. Sí, piensa el escritor, debí haberla llamado sin la presencia de nadie. Había olvidado que su esposa todavía estaba junto a él. Y es que, en reiteradas ocasiones, el escritor resulta demostrando su innata estupidez.
Su mamá ya no contesta. Ha apagado el celular. La esposa del escritor dice: Ya ves, ¿por qué no contesta? El que nada debe, nada teme. Ella sabe que me ha contestado como te lo he contado.
El número del celular de la madre del escritor es marcado nuevamente por él, pero no recibe contestación. Ahora hay otra persona que está detestando al escritor: su propia madre.
El papá de la esposa del escritor regresa. Atrás de él, está su esposa. Y bien, ¿qué has decidido?, le pregunta a su hija. Ella decide abandonar el hogar.
Transcurre el tiempo, la mamá le ha dicho a su hija que la esperará abajo. El papá se ha ido; ya no quiere saber más de ese problema.
La esposa del escritor está afligida. Llora, luego se calma, después su cerebro, involuntariamente, recuerda lo que ella siente que le ha ofendido y rompe en llanto. El escritor atina a decirle que no se vaya. No le implora. Se lo dice con voz amable. Está harto de todo y, por momentos, cree que es mejor acabar con todo y volver a ser soltero. Al siguiente instante, se retracta y cree que estará mejor al lado de su esposa y de su futura bebé.
¿Qué puedo hacer para que no te vayas, amor?, dice el escritor, solamente para demostrarle a su esposa que está interesado en evitar que ella se marche. En realidad, quiere que se marche. Ella le contesta: quiero que dejes de ver a tu mamá. Ya no quiero que vayas a verla los sábados. Quiero que escarmiente por el daño que me está haciendo. Si puedes hacer eso por mí, entonces me quedo.
El escritor le dice no. Si el problema es entre mi mamá y tú, entonces bien, no la veas tú. Pero ella es mi madre y yo la quiero mucho. Bajo ninguna condición puedes prohibirme que la vea. No voy a hacer eso.
La esposa del escritor le dice: ¿O sea que no puedes hacer ese sacrificio por mí? Tu mamá me ha hecho mucho daño.
El escritor permanece firme en su decisión: verá a su mamá las veces que quiera.
Su esposa coge su maleta y sale del departamento.
En Lima, acaba de transcurrir media hora desde la medianoche.
La puerta del departamento se ha cerrado. El solitario habitante de ese lugar no sabe si estar feliz o triste. Bota su comida fría a la basura. Tira el refresco de naranja al fregadero de platos. Que tiña de naranja las tuberías y no mi estómago, piensa.
Coge el libro 3 de Haruki Murakami: 1Q84. Se va a la cama. Tira el libro sobre la cama. Se desviste. Piensa: definitivamente tengo que escribir sobre esto. Siente que es una bendición todo aquello que le acaba de suceder. Si estas cosas no me pasaran, ¿sobre qué escribiría? Recuerda las palabras que William Faulkner dijo alguna vez en cierta entrevista: “Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.”