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miércoles, 6 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 27: Hulk Hogan y los caballos de Don Groover

 


Cambrito se impresionó al ver la corpulencia y el tamaño colosales de Hulk Hogan. Era imposible cerrarle la boca para detenerle los filamentos de saliva que se le desprendían e iban a dar contra el suelo, creando en torno de él una laguna de pura babosería.

El reconocido catchascanista vestía su acostumbrado traje de licra que le resaltaba el enrollado de calcetines que se había colocado en la zona genital para fingir la posesión de una chala de temer, un cañón digno de la pesada artillería naval chilena que derrotó a los peruanos en el combate de Angamos en 1879. Lo cierto era que la gampi original del peleador norteamericano se había encogido estrepitosamente producto del uso abusivo de los químicos que le mantenían los músculos vistosamente inflados.

Muy bien, vamos a empezar tu entrenamiento haciendo flexiones, dijo Hogan.

¿Es de verdad?, dijo Cambrito, señalándole la pieza.

Sí, carajo, es de verdad. Pero ahorita no estamos para que me veas la chula. Dame cien flexiones, ordenó el pugilista.

¿Flexiones? ¿Cómo se hacen?

El peleador no supo qué contestar. Después de unos segundos de desconcierto, reconoció: Puta, huevón, la verdad no sé qué son flexiones. Había caído en la cuenta de que toda su carrera de luchador no era más que una farsa, como el rollo de calcetines que tenía encima de su pichulita.

Vamos a hacer algo mejor, propuso luego. Vamos al grano, vamos de frente a la mechadera. Eso es lo que mejor hago, sobre todo cuando alguien se jala mi coca. Puta, ahí sí que me pongo como fiera, eh.

¿Cómo que cuando se jalan tu coca?, dijo Cambrito.

Coca, pues, hermano; vaina, merca, chamo, detalló el peleador.

Ah, ya, pero yo pensé que me enseñarías a pelear como cuando sales al cuadrilátero y te mechas con grandes rivales, dijo Cambrito.

¿Eres sano, no, cojudo? Esas peleas son armadas. ¿No ves que ni rasguños nos hacemos?

Pero yo he visto que han sangrado y hasta se han quebrado un hueso una vez.

Eso pasaba cuando el cojudo que se rompía el hueso no ensayaba ni mierda y, ¡ploc!, se sacaba la conchasumare. O, a veces, cuando queríamos subir el rating, usábamos témpera roja Pelikan para fingir el derramamiento de sangregorio, explicó Hogan. Pero donde sí me he mechado de verdad es en las discotecas cuando se han querido pelar mi trago, mi coca o mis mujeres. Puta, ahí sí que he sacado a relucir mis verdaderos puños.

Chicos, ¿todo bien?, intervino de pronto el tío de Cambrito, el señor Román Clavijo, experto coiffure del barrio Los Adefesios, en Chorrillos.

Sí, todo bien, tío; el señor Hogan me va a enseñar los movimientos más letales para abollar al Sonsei Simio Violencia, quien hace unos días se atrevió a denostar infundadamente a mi socio PelHambre, boyante empresario del bitcoin que se ha propuesto levantar un imperio televisivo en YouTube, dando trabajo a humildes y correctas personas que se mueren de hambre, como tu seguro servidor.

Román asomó la cabeza dentro de la habitación de su sobrino. El cuarto era estrecho. Calculó al vuelo que los chicos no tendrían suficiente espacio para maniobrar cómodamente.

Señor Hogan, aquí no podrá enseñarle a mi sobrino sus movimientos. Es muy chiquito este cuarto. El tío de Cambrito no podía disimular el gusto superlativo que le despertaba la visión de la cuantiosa pieza del luchador. Mas que haga la prueba, señor Hogan.

El peleador alargó los brazos hacia sus costados y no pudo extenderlos a cabalidad; las paredes se lo impedían.

Vives de arrimado en este hueco, cojudo, le increpó a Cambrito. A tu edad, yo ya tenía tres mansiones.

Venga a mi cuarto, míster Hogan; probemos que sí hay más espacio ahí antes de que continúe con las clases a mi sobrino.

Señora, se lo agradezco, pero no, dijo Hogan, renuente. Le vio la piel marrón al señor Clavijo, la misma piel oscura de aquellos latinoamericanos que lastraban su pujante tierra gringa con sus bártulos y su atraso, muy diferente a la piel blanca de un übermensch hincha fanático de Donald Trump. Él únicamente quería cumplir con los cien soles que había recibido por darle dos horas de clase al adefesio ese.

Mire lo que tengo, profesor, dijo Román, blandiendo un paquetito transparente en cuyo interior bailoteaban partículas blancas de un brillo invitador.

En una, Hogan siguió los pasos de Román.

Ve haciendo flexiones, volvió a ordenar Hulk. Voy a ver si el cuarto de tu tío tiene el espacio suficiente para mover mis miembros, y me refiero a todos, todos, mis miembros.

***

Transcurrió una hora y Cambrito se preocupó por Hogan. Para matar el tiempo, se había enganchado con una de las transmisiones en directo del viejo Groover. Se desconectó y fue a golpear la puerta del cuarto de su tío. Pegó la oreja para oír qué pasaba y, en ese momento, se abrió la puerta. Era su tío: Sobrino, vamos, yo sí te voy a enseñar cómo mechar. Ese Sonsei no va a quedar vivo después de los movimientos que vas a aprender, dijo, cerrando la puerta.

¿Pero y el profe?, dijo Cambrito.

No te preocupes, sobrino, ese huevón era pura pantalla. Tenía un manicito el fintoso ese. Y sus músculos eran puro biribiri, reveló Román, decepcionada, molesta, caminando sin mirar atrás, derechito al cuarto de su sobrino.

¿Pero dónde está? ¿Está todavía en tu cuarto?

Sí, ahí está el muy mentiroso. Se ha quedado dormido. No me aguantó ni medio round, dijo Román. Yo, más bien, le saqué locro y todo el aire que tenía en sus dizque músculos. Vamos, sobrino, olvida a ese cojudo. Ahora te voy a enseñar cómo derrotar a ese Sonsei. Vas a ver que con mi técnica no vas a derramar ni una gota de sangre de tu nariz como te pasa siempre que te peleas.

Está bien, tío; vamos, dijo Cambrito. Dejó que su tío avanzara y entrara en su cuarto para ojear rápidamente el interior de su habitación. Al abrir la puerta, vio a alguien parecido al peleador Hogan, solo que sumamente delgado, como desinflado, y con el poto hacia arriba y como horadado por un potente taladro.

¡Sobrino! ¿Ya?

Cambrito cerró despavoridamente la puerta del cuarto de su tío y corrió hacia el suyo.

***

Simio caminaba con desesperación, el celular pegado a la oreja. Trataba de comunicarse con alguno de sus seguidores radicados en Newark, Estados Unidos. Se hallaba en la imperiosa necesidad de picarles unas monedas. Nadie le contestaba. Putamadre, enfureció, estos imbéciles deberían contestarme; tienen el honor de que los esté llamando el fundador de la Brutalidad en el Perú, el periodista meme número uno de la televisión humorística.

Tampoco le contestó las más de cien llamadas el empresario auto denominado PelHambre, quien lo había contratado para estelarizar su programa deportivo Los Brutos de la Pelota Cuadrada y levantar las alicaídas vistas. Una buena cantidad de dinero por programa iría a las cuentas del Sonsei, a cambio, eso sí, de que derramara Brutalidad de la buena; o sea, que invectivara fuertemente a sus co-panelistas, que botara baba, que perdiera los papeles.

Pero, Sonsei, derrame brutalidad, por favor, dijo PelHambre al teléfono. Si no, por las huevas va a ser. Yo necesito a alguien que se meche en los debates.

Ya, ya, no hay problema. Ahí lo vemos, PelHambre, replicó el Sonsei, ya no tan entusiasmado, una vez que vio el primer depósito de dinero efectuado en su cuenta por adelantado.

El viejo Groover, de haber podido intervenir en esa conversación, y sobre la base de su experiencia con la camarada Eva, le habría aconsejado a PelHambre que nunca diera adelas, que, si le pagabas por adelantado a tus perros, mejor era regalarles la plata, porque plata adelantada, chamba quemada.

El Sonsei jamás dio Brutalidad en ninguno de los episodios de los Brutos de la Pelota Cuadrada. Se la pasaba dormido, roncando, disimulado por los lentes oscuros que también tenían la misión de suavizar alguito su fealdad. El programa transcurría sin ningún tipo de sobresalto. Y el moderador tampoco sabía cómo fogonear a los panelistas para que Simio pudiese enconarse con alguno de ellos. Estos, para empeorar las cosas, opinaban al mismo tiempo, eclipsándose las voces, y el televidente quedaba desconcertado y sin haber recibido el respectivo picotazo de Brutalidad. El resultado de las vistas no era el que esperaba PelHambre, el dueño del chongo.

Para fortuna de Simio, los enemigos del viejo Groover estaban dispuestos a jugarle un sencillo a cambio de que les hiciera una pequeña transmisión desde, nada más y nada menos que, el mismísimo domicilio de Groover, ubicado en una de las zonas más arrabaleras de los Estados Unidos, Newark.

Mi presupuesto es de quince dólares, Sonsei; tómalo o déjalo, enunció Quinta Columna, uno de los enemigos más cizañeros de Groover en los Estados Unidos.

¿Y crees que el Sonsei atraque hacer un vídeo y un raid a la casa de Groover en Newark?, dijo Coleguita Informado, otro de los enemigos de Groover en los Yunaites.

Claro que sí, ese pata, por quince dólares, hace eso y más, dijo Quinta Columna.

No te creo, ah, dijo Coleguita.

Es que yo voy a aplicar la técnica del anclaje. Le voy a decir al Simio que le voy a pagar 5 dólares.

¿Cinco dólares? Muy poco. No, dijo Simio.

Ya, Simio, diez dólares, pero también le haces unos cuantos destrozos a su casa. ¿Qué dices? Es mi última oferta, dijo Quinta Columna.

Simio la pensó. Pucha, sube un poco más y hasta me robo cosas de su casa si quieres.

Ya, quince dólares, cerrao. Pucha, pero me vas a dejar sin comer toda la semana. Todo sea por darle un merecido a mi enemigo Groover, dijo Quinta Columna.

¿Pero qué te ha hecho ese tal Groover como para que lo odies tanto y le mandes un mostro como yo a su respetable domicilio?, dijo Groover.

Me contagió de sida, dijo Quinta Columna con cara de piedra.

Simio se quedó en una pieza.

No seas sapo, pes, Simio. Mira que los sapos siempre mueren reventados.

***

¿Está en Estados Unidos?, dijo Cambrito, desilusionado. Estaba listo para mecharse con Simio empleando las técnicas pugilísticas que le había enseñado su tío, el señor Román Clavijo. ¿Y cuándo vuelve? Quiero sacarle la mierda.

Va a volver cuando uno de sus seguidores allá se deje picar para el pasaje de regreso.

Con las ganas que tenía de sacarle la mierda por haber ninguneado a mi amo y señor PelHambre y también por haber tratado de ridiculizar en vivo a mi madurita favorita Cécica Berninzone, preguntándole que cuál era el peso oficial de una pelota de fútbol. Se pasó de misógino el Sonsei, dijo Cambrito, sacándose conejos de los nudillos, haciendo sombras boxísticas, imaginando que tenía delante de él a ese despojo de periodista.

Un mensaje en el celular interrumpió sus ágiles fintas. Era un vídeo que le acababa de llegar a su cuenta de Discord. Cambrito recibía material fílmico de todo jaez que luego distribuía en sus círculos sociales virtuales para sembrar la concienzuda cizaña entre los personajes de la Brutalidad con los que mantenía contacto.

***

Hola, te saluda Simio Violencia. Groover Miura, aquí está tu casa: seis cuarenta y seis, anunció el Sonsei ante una cámara de celular que no perdía ningún detalle de su fealdad. Muchos decían que era el doble idéntico de Reptilio, entrañable personaje de los Thundercats.

El Quinta Columna, quien grababa, le ondeaba el prometido billete de veinte dólares al Sonsei, para estimularlo, como quien le blande un huesecillo a una obediente mascota. El Sonsei, por ese monto, había aceptado tocarle la puerta a Groover. Toca, toca la puerta, Sonsei, susurraba y animaba el Quinta Columna.

A ver, vamos a tocarle la puerta a este sidoso que está esparciendo el virus por todo Newark. Que me sigan las cámaras.

El Quinta Columna, residente en los Estados Unidos desde hacía una buena cantidad de años, estaba muy enterado de la ley conocida como la “Doctrina del Castillo”, que autorizaba a los propietarios de una casa a balear, acuchillar o empalar a todo aquel intruso que osara inmiscuirse en ella sin ningún tipo de autorización.  

Sabía que, si Groover los sorprendía en plena grabación, dentro de su propiedad, estaría en todo el derecho de dispararles a quemarropa. En varias de las transmisiones de su programa de YouTube y Kick, Cuchillos Largos, Groover había asegurado poseer un par de armas de fuego y un contingente de no pocas balas.

En la entrada de la casita, una humilde vivienda de madera de dos pisos que apenas se sostenían uno encima del otro, había un pequeño jardincito, o lo que había sido un jardincito, ya que ahora se hallaba sin plantas, sin flores, sin vida, a no ser por la vida de las ratas que jugueteaban dentro de los tres cubos metálicos colocados detrás de unas verjas en las que Groover había ensartado un par de caballos.

Los equinos eran usados por Groover para hacer Uber, movilidad. A falta de automóvil, llevaba a sus pasajeros en el lomo de sus corceles. Uno se llamaba Pandolfi y el otro Boloña, ladinos ministros del gobierno fujimorista a quienes Groover admiraba en secreto. Y cuando terminaba la agotadora jornada, dejaba colgados a sus caballos en la ya mencionada verja. En las briosas pingas, les había instalado sendas cámaras de videovigilancia que registrasen las marrullerías de aquellos intrusos enviados por sus enemigos, intrusos que le dejaban pizzas explosivas, hamburguesas con heces o six pack de chelas rellenas de pichi.

Groover maricón, mira lo que tienes, pendejo, mira en lo que has terminado, basura, por qué has puesto estos caballos en tu verja, exclamó el Sonsei, estirándoles la pata a los equinos, siempre mirando a la cámara de Quinta Columna, como si le estuviera hablando al mismísimo Groover.

El Sonsei, al haber manipulado los caballos, activó la silenciosa alarma de intrusión. Groover recibió la señal y chequeó en su celular las imágenes. Vio al famoso Simio Violencia, periodista peruano trajinado, que laboró diez años de su carrera sin haber cobrado un centavo y que ahora se había convertido en una figura muy mediática en la televisión peruana, invadiendo su propiedad. El famoso Violencia estaba en su territorio, haciendo mofas de su penosa enfermedad y mentándole la madre con fruición.

Groover conchatumadre, el Sonsei estuvo en tu casa. Tu territorio es mío. Lo acabo de poseer. Me he cachado a tu casa, maricón. No te vuelvas a meter con mis seguidores de los Estados Unidos. Te tienen vigilado, se descocía Simio, dándolo todo de sí, entregándose al show perpetuo de la Brutalidad, que exigía de sus víctimas hasta el último gramo de decencia.

Al Sonsei le llamó la atención que el dibujito Quinta Columna se quedase grabando desde el otro lado de la verja.

Acércate más para que enfoques bien cómo me meo en la puerta de Groover, dijo Simio en un vano intento por hacer que Quinta Columna también lo acompañase a desacralizar el terreno de Groover. Se conocía que Quinta Columna estaba en sus cabales muy bien puestos como para ser una cojuda víctima de la “Doctrina del Castillo”.

Entra, pe, carajo, reclamó Simio, la paciencia colmada. Grábame bien.

En ese momento, Simio y Quinta Columna (y también las ratas dentro de los botes de basura) oyeron un clic-clic. Era Groover que acababa de rastrillar su arma. Simio vio hacia los altos de la casa, pues de ahí provinieron esos sonidos metálicos. Vio a un hombre cachetón, apuntándolo con una Remington 700, uno de los ojos cerrados y el otro muy abierto, tratando de centrar la futura bala en medio de su cráneo. A esa arma, Groover la llamaba su Frejolera. Cuánto había esperado por frejolearse a alguien, por estrenar esa arma. Claro que le hubiera gustado matar a tiros a cualquiera de sus enemigos más encarnizados, pero el Sonsei, por prestarse a juegos cojudos, iba a tener que ser esa primera y tan ansiada víctima.

No, amiguito, no dispares, dijo el Sonsei, arrodillándose, del mismo modo en que se había hincado ante Cécica, suplicándole el respectivo perdón por haber querido humillarla en plena transmisión en vivo.

Hipócrita de mierda, dijo Groover, con que te gusta prestarte a huevaditas por unos pesos, ¿no?

¿Eres Groover?

Sí, cojudo.

Amigo Groover, yo no quise hacerte nada. Fue este huevón quien…, pero ya no había nadie; Quinta Columna, con el vídeo ya hecho, se había quitado a difundir su grabación para escarnio de Groover. Además, apenas vio al francotirador, puso pies en polvorosa para que no le salpicase la frejoleada ni la sangre del Sonsei.

Ah, ¿ya ves? Te dejaron solo, Sonsei. Bueno, alguien la tiene que pagar y ese alguien serás tú. Así son las cosas, Simio.

Si quieres te la mamo, pero no me mates, suplicó Simio.

¡Fuera, chuchetumare!, lanzó Groover, listo para iniciar la frejoleada.

***

Con los huevos todavía de corbata, Simio Violencia abandonó el recién estrenado nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Había regresado sin valijas, solo con una mochila. Tuvo que vender sus maletas para comprarse el pasaje de regreso desde los Estados Unidos. Su gira americana había sido un fracaso ruidoso. Para colmo, no cumplió con la mentada entrevista al escurridizo Messi. Tampoco hizo ninguna entrevista relevante, salvo por balbucearle una pregunta en alemán a un jugador de esa nacionalidad, quien al no entender qué carajos había querido indagarle debido a su pésima pronunciación, le contestó que sí le gustaba el ceviche con papa a la huancaína y tallarines rojos, el famoso Combinoche, pero en inglés, para que Simio no entendiese un picho y desistiese de repreguntar.

Los taxistas del aeropuerto, que a menudo acosaban a los recién llegados, se abstuvieron de ofrecerles sus servicios a Simio, ya que lo vieron con las fachas más misias posibles. Había que señalar que aquellos taxistas eras unos clasistas de cuidado. Si veían a alguien de apariencia lastrada, ni cagando se le acercaban.

Simio Violencia se encontró con Cambrito cuando se disponía a detener una combi, ya en las afueras del aeropuerto.

Por fin te encuentro, Sonsei. He estado acampando aquí afuera, esperándote. Sabía que arribarías tarde o temprano, lo recibió Cambrito. Mientras hablaba, se había ido despojando de la camiseta mugrosa que lo cubría, dejando ver un torso huesudo y espeluznante. Prepárate porque te voy a sacar la mierda por haber hablado pestes de mi socio PelHambre.

Cambrito había colocado su celular contra una pared para que registrara todos los incidentes de la golpiza que pensaba propinarle al Sonsei. Al acabar con él, le enviaría el vídeo a PelHambre con la esperanza de que lo contratara en su canal, pagándole por concretar su tan ansiado proyecto de streaming: Envidiando con Cambrito, en donde hablaría pestes de todos aquellos que tuvieron una mejor fortuna en la vida que él. Si PelHambre le regalaba mil pesos a Cocavel por hablar huevadas, por qué no a mí, pensaba Cambrito.

Te vas a ir al suelo, Sonsei, advirtió Cambrito, colocándose en la posición de ataque que le había enseñado su tocador, el señor Román Clavijo.

Oe, chibolo, no le he tenido miedo a un pistolón de este tamaño y ¿crees que te voy a tener miedo a ti?

Ven, pe, Simio, ven para sacarte la entreputa, se agrandó Cambrito.

No, tengo algo mejor para ti.

No me rehúyas, cobarde. Ven para sacarte la mierda. Claro, como estás viendo mis movimientos elásticos y perentorios quieres sacar la cola. Vivo eres, ¿no?, dijo Cambrito.

Claro que soy vivo, pe, imbécil, si no, no estaría aquí hablando contigo. Mira, antes de que me pegues, quiero darte un regalito que uno de mis seguidores en los Estados me encargó para ti especialmente.

El esquelético Cambrito siempre se emocionaba cada que oía la palabra regalo. Le encantaban las cosas regaladas. Eran su pasión y su debilidad. A ver, qué será, dijo, deponiendo su actitud hostil.

Simio sacó de su mochila descocida un caballo plateado con la pinga erecta. El falo terminaba en una cabeza espectacular, redonda y enorme. A mi tío, le encantará este caballo, pensó Cambrito, recibiendo el objeto equino. Lo guardó en su mochila y luego se volvió a poner el polo con la intención de marcharse.

Tenía razón el huevón de Groover; este Cambrito por un regalo se baja los pantalones, pensó Simio. ¿Ya te vas?, le dijo a Cambrito.

Sí, huevón, ya me voy, tengo que ir a una orgía entre travestis y streamers a la que me invitaron. Te salvaste de la golpiza que te iba a dar. Solo te voy a decir una cosa: No te vuelvas a meter con mi amo, señor y socio PelHambre.

Ya, dale nomás,… Cambrito te llamas, ¿no?, dijo Simio.

Sí, Sonsei, ¿por qué?

No, nada, quería asegurarme de que fueras tú, porque mi seguidor quería estar seguro de que ese regalito llegue a tus manos. Gracias a este favor que le estoy haciendo salvé la vida.

A nadie le importaba lo que Simio dijera, mucho menos a Cambrito, por ello hacía rato que ya se había ido a su orgía, dejando al Simio hablando solo.

***

Era una gran habitación cerrada, repleta de humo, de risas torcidas por el alcohol y de piel, mucha piel. La fiesta estaba ya muy avanzada a pesar de ser las cinco de la tarde. Todo se transmitía por el canal de Kick de un streamer conocido por meterse zanahorias en el culo para luego echarles sal y comérselas muy rico.

Cambrito había entrado con su caballo pingón sin saber que en el glande estaba camuflada una camarita fisgona por la cual Groover miraba todo atentamente. Él tenía calculado que Cambrito llevase el caballito hasta su casa, con su tío, y una vez ahí, detonarlos a ambos, ya que dentro del caballo había instalado un detonante indetectable por cualquier autoridad aeroportuaria.

Groover se sorprendía al ver el contenido del lugar donde estaba Cambrito. Los streamers punteaban a los travestis y estos, al término de una canción, volteaban a los streamers para puntearlos a su vez.

Cambrito tomó una botella de whisky, la destapó y se sentó en una silla para alicorarse como era debido, observar el paisaje y ver a qué trava podía empezar a toquetear para luego pasar al cuarto oscuro.

Los toqueteos eran transmitidos por Kick y las vistas ya sobrepasaban las veinte mil puntas; todo un éxito. En un canalito pequeño, un profesor imbécil, que se hacía llamar Zepita, enseñaba inglés, pero solo era visto por él mismo. Fracaso estrepitoso que bien merecido se lo tenía por brindar educación al público peruano. Cambrito había sentado al caballo plateado de Groover en su regazo, de modo que la pinga cabezona apuntaba hacia los invitados de la orgía.

Cambrito chuchetumare, se suponía que debías ir a tu cuartucho de mierda, calatearte con tu tío para que él te zampe la pinga del caballo por el orto y luego yo pueda detonarlos a los dos, par de miserables, pensaba Groover.

A pesar de la penumbra lúbrica del lugar, Groover podía columbrar el desfile y desenvolvimiento de una serie de travestis, todas contratadas por el streamer organizador del evento para elevar las vistas de su canal de Kick con las consecuentes copulaciones contra natura. Entonces, cuando estuvo a punto de presionar el detonador, porque pensó bueno, la idea era bajarme a Cambrito y a su tío, pero ahora estos trabucos y estos streamers pagarán pato, se detuvo al ver por el ojo de la cámara a un travesti vestido de monja. Groover la reconoció al instante: era la persona que lo había contagiado de esa maldita enfermedad que le estaba carcomiendo los huevos con más ferocidad cada día. Era la Sister Hong.

Groover revivió en su mente aquella vez en que la conoció, en que le brindó el servicio de taxi, en que entraron a un cuartucho de hotel de cinco soles en la avenida Uruguay, en el Centro de Lima, en que prefirió no comprar un poncho para sentir el pelancho pelancho. Con lágrimas de venganza en los ojos, presionó el detonador con todas sus fuerzas, no tanto porque la Sister Hong le hubiera contagiado aquella enfermedad, sino porque tenía la misma cara de Simio Violencia. La realidad era así de triste: Groover se había contagiado, por lo borracho y coqueado que estaba, con un trabuco que parecía Simio Violencia con peluca.

No quedó nada de Cambrito, ni de ninguno de los invitados a esa fiesta desenfrenada del sexo. Se había hecho justicia desde los Estados Unidos. A contrapelo de lo que cantó Walt Whitman en sus Hojas de Hierba, Groover exclamó: Nadie me ha hecho justicia. Entonces, yo mismo me la tuve que hacer, carajo.

viernes, 20 de junio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 21: Simio Violencia en busca de Messi

 


¿En serio?, se emocionó el periodista futbolero Simio Violencia. No te juegues así, compare. Mira que si lo que me dices es verdad, me voy pa’rriba. Y si es mentira, me voy a la mierda.

Groover manejaba conchudamente por las calles de Miami, adonde se había mudado temporalmente para hacer taxi, ya que ese lugar era una de las sedes del Mundial de Clubes que se celebraba por esos días.

En serio, Simio, ¿cómo crees que te voy a mentir con una huevada así?, dijo Groover, quien le acababa de comentar a Simio que salía con una dominicana que trabajaba como parte del servicio doméstico de la mansión de Messi, el mejor jugador del mundo y, desde hacía ya un buen tiempo, delantero estelar del Inter de Miami, equipo que participaba en el Mundial de Clubes.  Además, yo quiero apoyarte porque sigo tu carrera desde aquí, hermano. Escucharte es como regresar al Perú; es recordar con nostalgia la cagada que es mi país y que, hace un tiempo, me obligó a venir a prosperar por estos lares.

El tropo que acababa de eyacular Groover, un experto en el diálogo dialéctico, fue demasiado para el achicopalado entendimiento de Violencia. Por eso, este se limitó a sonreír. Gracias por tus palabras, amigo, dijo.

Mañana paso por tu hotel y te presento a mi caballota. Ya con ella ves cómo hacen para que lo entrevistes a Messi, dijo Groover.

***

Ay, ombe, ¿y esa carita? Tú lo que estás es pa’ espantar sueños, dijo Ashley, una dominicana muy rumbera, de gran ver y honesta al mango, al toparse con la fealdad de Simio Violencia.

No es para tanto, amiga, dijo el periodista, sonrojado.

¿Y qué es lo que tú buscas, manito? ¿Conocer a Messi?, dijo la morena.

Es mi sueño, amiga. Quiero conocerlo y luego entrevistarlo, suspiró Simio.

Ajá, ya capté la vaina, dijo la mujer, tratando de pensar cómo aquel digno representante del Perú podría conocer a Messi. Pero óyeme bien, papi, aquí na’ se mueve de a chelcha. Vas a tener que soltar algo, ¿tamo’ claro?

Pucha, amiga, no traigo mucho dinero. Apenas tengo lo justo para sostenerme aquí unas tres semanitas, hasta que acabe el Mundial, calculó Simio.

Ajá, según mi marido, que ve todititos tus vídeos en YouTube, tú vives como un jeque: hotel de lujo, caviar pa’l desayuno… Mira, papi, a mí no me vengas con cuentos, que esta cara no es de pendeja, le advirtió Ashley. Cuando hablaba, sus tremendos senos temblaban y Simio no podía evitar mirarle el valle que formaban estos formaban al apretarse. Se imaginaba hundiendo su lengua de sapo en ese surco.

No, eso es show nomás, se excusó Simio. Mis colegas saben que soy recontra pobre. Pero mis seguidores no lo saben. Por eso me hago pasar por muy bacán. Para seguir dándole cuerda a mi personaje.

Pues ya que tú eres tan hablador y tan lambón, te voy a clavar quinientos dolaritos por la oportunidad de que conozcas a Messi, sentenció Ashley.

¿Quinientos dólares? Los ojos chinitos de Simio se desenfocaron. Esa suma era casi la mitad de lo que los miserables de PinBet, la casa de apuestas que lo auspiciaba, le habían suministrado para sus viáticos.

Si tú te animas, heavy, pero rogadera aquí no hay, zanjó Ashley dando una media vuelta que dejó a ojos vista un trasero que Simio deseó morder todas las noches antes de dormir.

Rápida y mentalmente, el hombre de prensa cotejó los beneficios y maleficios de entregarle a esa morena los quinientos dólares solicitados. ¿Cuál sería la consecuencia de conocer a Messi y robarle una entrevista? Pues que saldría en todas las portadas de los periódicos peruanos; los principales micrófonos se pelearían por tomarle sus declaraciones, por conocer los detalles de su conversación con el astro argentino. Le lloverían contratos televisivos, de canales importantes y no de los canalitos de YouTube en donde lo peseteaban peor que a practicante. Sus bonos se elevarían. Ya no sería cualquier periodista pezuñento, como el fumón de Santos Camarón. Sería Simio Violencia, el único periodista peruano que entrevistó a Messi. En cuanto a los maleficios, no halló ninguno. Entonces, sí, definitivamente valía la pena mojarse con esos quinientos cocachos. Ya luego vería cómo sobrevivir en tierras norteamericanas.

Espere un momento, señorita. Trato hecho. Acá están los quinientos verdes. Ahora, usted dirá. Quedo en sus manos, se rindió Simio, tratando de que el sueño de su auspicioso futuro se impusiera a ese momento en el que se estaba deshaciendo de gran parte del dinero que lo sostenía en esa ciudad abrasadora.

***

No pasa nada con este Mundial, se quejaba Groover. A un lado, Ashley se componía el vestido. Nadie va a los estadios. Las entradas ahora prácticamente las están regalando. Fue una mala idea venirme para acá. Creo que más plata hubiera hecho taxeando en Newark. Miró a Ashley acomodarse los rulos saltarines. Lo único bueno de haber manejado hasta aquí fue haberte conocido, mami. ¿Nos echamos otro polvorín?

Ashley soltó una risita: Ay, mi rey, tú lo que estás es raspando el fondo. Dudo que te quede un chele para otro.

Pero fiado, pe, mami, porfió Groover.

Ni tu mai’ te fía, mi rey, ¿y tú vienes a querer tumbarme a mí? Respeta, que mi trabajo no es relajo.

Groover terminó de abrocharse el cinturón. Estaba derrotado. El Mundial de Clubes era un fracaso, su gira por Miami también, y tendría que correrse la paja para botar el último tapón de nata que le obnubilaba el claro discurrir. Era mejor regresar a casa cuanto antes, y empezar a recuperar lo perdido.

Oye, mi rey, le dijo la mujer antes de irse, tengo que admitirlo… gracias a ti hice tremendo negocio. Le extendió un billete de cien dólares

Groover quedó estupefacto: ¿Y esto?

Es gracias a ti, papi, que me diste la luz.

¿A mí? ¿Qué hice? Recibió el dinero.

Ajá, tú me tiraste con ese bobo, el que dice que quería conocer a Messi, dizque en persona, dijo Ashley.

Groover trató de hacer memoria. ¿Simio Violencia?, dijo al fin.

El nombre se me fue, pero esa cara no se olvida… feísimo, y pa’ colmo, peruano como tú. Qué coincidencia, ¿eh?

¿O sea que sí te llamó y se encontró contigo y toda la huevada?, se sorprendió Groover.

Ya tú sabes, me tiró con la historia entera de lo que tú dijiste, rio Ashley.

¿Qué? Pero yo le metí ese cuentazo solo para caerle en gracia y me contratase para movilizarlo por la ciudad. O sea, para tener un cliente fijo. No pensé que se fuera a creer la huevada de que eras empleada de Messi.

Se lo bebió completico, como si fuera jugo de mango.

¿Y qué pasó? Cuenta, dijo Groover.

Que le dije sin filtro: si tú quieres hablar con Messi, vas a tener que romper el cochinito, dijo Ashley.

Pero cómo así si tú no conoces a Messi. La sorpresa de Groover aumentaba vertiginosamente.

Ni idea, mi amor. Ese tigre era tan sugestionao que con yo mirarlo fijo y hablarle como si tuviera una glock en la mano, ya estaba creyéndome todo. Cayó redondito. Ashey estaba lista para abandonar la habitación. Ya había hecho el dinero suficiente. Y encima una obra de caridad con este peruano. Ahora tenía casi toda la noche libre para juerguear como se debía. Con un par de tragos, olvidaría el mal sabor de boca que le estaba dejando la pinga astringente de Groover. Bueno, mi amor, yo arranco. Suerte con ese viajecito de vuelta, ¿oyó?

¿Ya te vas?, se removió Groover.

Mira, papi, esto no es relajo. Si tú quieres que yo te dedique tiempo, eso cuesta… y no es barato, ¿tamo’ claro?  

Pero solo cuéntame qué pasó con Simio, pidió Groover.

Ay, no, mi rey, ¿y tú también quieres que yo hable? Ese Simio ya es archivo muerto. Le saqué su dinerito y eso es lo que vale. Y pa’ colmo, te compartí un poco… así que no te me quejes. ¡Bye, bye, corazón!, dijo Ashley y se fue.

Groover quedó pensando en cómo le habría ido a Simio Violencia. ¿De verdad habría conocido a Messi? ¿La negra esta conocía a Messi? Tantas preguntas y no había plata como para ir a un bar a conocer gente, hablarles huevadas, dejar que le hablasen estupidez y media. Era hora de regresar a Newark. Quizá aún pudiera presentarse en Amazon con el rabo entre las piernas para recuperar su chamba en el área de almacén. Valía más el eco de un intento que el silencio de una duda eterna.

***

El patrón anda buscando un perro bravo pa’ cuidar el evento que va a armar en su cantón.

¿Un perro?, dijo Simio. ¿No necesitará un vigilante? Yo he sido vigilante en España. Sé mucho sobre cuidar casas.

Nel, compa, sí o sí ocupamos un perro. Ya vete, no me estés haciendo perder el tiempo.

Pero yo ya le pagué a Ashley para que me haga entrar a la casa de Messi, se defendió Simio.

Órale, güey, por eso mismo te estoy tirando paro: es la única chance pa’ que entres al cantón del patrón y le saques la entrevista.

Simio empezaba a exasperarse. Quería derramar toda su furia contenida. Por algo no se le conocía en el Perú como el Rey de la Brutalidad: Oye, huevón, pero estás diciendo que solo se puede entrar como perro, no como gente. ¿No ves que yo soy gente? Había tartamudeado y botado baba. Estaba en el punto más alto de su Brutalidad.

El tipo que tenía enfrente estaba curtido por las privaciones más cruentas que sufrió al cruzar la frontera hacía ya unos años. No iba a intimidarse ni remotamente con la pataleta de un peruano horripilante. Hacía falta mucho más que eso para que él siquiera empezase a pestañear.

Órale, güey, ya me largo. No me hagas soltar la neta fea, que ya te canté la jugada. Ahí nos vidrios, dijo el hombre, la mirada abrasadora.

Simio quedó con su carita de imbé, asustado por la mirada de hierro del mexicano. Una gota más de baba y el hombre lo hubiera molido a golpes. Además, sus quinientos dólares se estaban yendo al agua. Tenía que arriesgarse. Todo era por obtener el prestigio de periodista serio que jamás tuvo.

Pera, pera, amigo. Disculpa mi exabrupto. Está bien. Acepto. Seré el perro guardián de Messi.

***

¿Pero no voy a empezar cuidando la casa de Messi?, dijo Simio.

Asere, entrar ahí no es como ir a comprar pan, estamos hablando de la casa del grande, dijo el jefe de seguridad del evento que Messi organizaba en su casa como una especie de augurio por la obtención de la copa en el Mundial de Clubes. Messi intuía que campeonaría sin problemas.

¿Entonces?

Entonces, asere, te voy a tener que tirar una pruebita, pa’ ver si das la talla.

¿Una pruebita?, dijo Simio.

Oye, asere, vas a subir pa’ la azotea de ese edificio y me vas a soltar un ladrido cada media hora, ¿tú me oyes? Cada media hora hasta las nueve de la mañana. Yo voy a estar al tanto, así que más te vale que ladres con ganas. Si fallas, te vas pa’l carajo. Messi no quiere un perro de adorno, quiere uno que meta miedo. Con esa cara ya das pinta, pero tienes que sonar, mi hermano.

A regañadientes, Simio aceptó pasar la prueba. Desde las siete de la noche empezó a resguardar la azotea del edificio señalado, ladrando cada media hora.

El cubano comprobó que Simio ladrase hasta las diez de la noche, luego se marchó, confiando en que regresaría muy temprano a comprobar que el peruano continuase con los ladridos cada media hora hasta las nueve de la mañana.

El jefe de seguridad regresó al edificio a las siete y cuarto de la mañana, y a las siete y media, cuando se suponía que Simio debía ladrar otra vez, no emitió sonido alguno.

Subió a la azotea a verificar qué ocurría. Simio yacía en el suelo, tieso, las patas y las manos arriba, la mirada en blanco. Había mordisqueado una chuleta envenenada que se le aventó en algún momento de la madrugada como parte de la prueba.

Oye, asere, qué suerte que no contraté a este bicho, me iba a jamar un cable, dijo el cubano, mientras comprobaba, con la punta del zapato en el pecho de Simio, que el peruano estaba liquidao.


viernes, 25 de abril de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 14: Vargas Llosa y el Profe Puty desentierran muertos – El secuestro de Cambrito

 


Mario Vargas Llosa tiró la lampa al suelo. Se oyó un clun. Sudaba copiosamente. Era una madrugada muy calurosa en Lima.

Mario, sigue, sigue. Dos lampadas más y sale el muerto, dijo el Profe Puty.

Pero, Profe, ¿está usted seguro de que yo me dedicaba a saquear tumbas?, dijo Vargas Llosa, pasándose el dorso de la mano por la amplia frente. Nunca antes había sudado así.

Claro, Mario, claro, dijo Puty con infranqueable seguridad. Tú hiciste muchos trabajos duros en tu vida y uno de ellos fue desenterrar muertos para robarles sus pertenencias. Incluso, este trabajo que estás haciendo es uno no muy conocido por tu amplia fanaticada. Recuerdo que, hace poco nomás, a raíz de tu muerte, en mi programa de YouTube lo escueleé a un culto presentador de televisión llamado Cocavel con ese datazo.

¿Y qué se supone que les robaba, Profe?, dijo Mario, volviendo a coger la lampa.

Relojes, zapatos, camisas; todo lo que tuviera de valor, pe, dijo Puty. Mis alumnos también se quedaron sorprendidos cuando les conté este datito.

¿Y usted cómo lo supo?, dijo Mario, clavando con fuerza la lampa en la tierra.

¿Ah?, dijo Puty, titubeando. Todo lo que sabía de Vargas Llosa lo había aprendido a través de cortísimos vídeos de TikTok. Pero no iba a confesarle ello al mismísimo Nobel de Literatura del 2010. Es que…, eh…, me leí ese libro tuyo en el que cuentas tus…

Memorias, completó Mario.

Claro, esa gran obra tuya, titulada “El peso del agua”. Título bien poético, ah.

Vargas Llosa se desconcertó: Disculpe, Profe, no será “El pez en el agua”.

No, Mario, claro que no; es “El peso del agua”. ¿“El pez en el agua”? No, ese título no sería digno de un genio como tú. “El pez en el agua” es una frase común, pedorra. Además, yo soy el mejor docente de Literatura del Perú. A mí no me vas a venir a corregir sobre las obras que has escrito.

El escritor se figuró que quizá el Profe Puty tenía algo de razón. Esa obra la había publicado allá por los lejanos 1993, y, a sus actuales 89 años, las capacidades mentales ya no eran las mismas. Era muy posible que estuviera confundiendo el título de sus memorias. El Profe Puty, por otro lado, era un jovenzuelo de cuarenta y pico de años que gozaba de la plenitud de sus facultades intelectuales. Debía de tener toda la razón. Por supuesto.

Ahí está, señaló Puty hacia el hoyo en el que se encontraba Mario, arrojando todo el chorro de luz que despedía una linterna a pilas semejante en grosor y largor a la pinga de un burro.

¿Qué cosa?, dijo el escribidor.

El cajón. Ya está, ¿ves? Te dije que estábamos cerca, dijo con entusiasmo Puty.

No, si ya sabía que estábamos cerca. Yo mismo sentí que la lampa pegaba contra el cajón. ¿No ve que yo soy el que está paleando?, dijo medio molesto el escritor. Pero era inútil; Puty ahora le estaba dedicando toda su atención al celular que pendía de su mano, enfrascado en lo que se decía de él en los programas de la Brutalidad.

Qué mal educado es este negro, pensó Vargas Llosa, mientras continuaba con la faena de exhumar el ataúd cuyos bordes y superficies iban quedando al descubierto. Yo dejando la vida en la excavación y el muy puta abstraído en su celular. La capacidad de atención que posee este negro es comparable con el de una mosca.

Media hora después, Vargas Llosa explotó: Ya está a ojos vista la tapa del ataúd. Bájese acá y ayúdeme a removerla, pues, negro. Ya no se pase.

Puty dejó el celular a un lado y de un brinco se introdujo en el pozo. ¿Ñastá? Ahora, sí, dijo, frotándose las manos. Vamos a ver qué cosas valiosas tiene este muerto.

***

¿Cambrito?, se extrañó Groover. ¿Qué hace este conchasumadre llamándome? ¿De cuándo acá se ha creído con el derecho de llamarme este insecto? Movido más por la curiosidad que por un acto de cordialidad, Groover contestó la llamada.

Viejo, Viejo, hola, soy Cambrito.

Sí, cojudo, ya sé que eres tú. Te tengo registrado. ¿Qué quieres? ¿Para qué me llamas?

Viejo, Viejo, quiero que me hagas un gran favor. Solamente tú puedes ayudarme. La voz de Cambrito era urgente y al mismo tiempo preocupada. Parecía abrumado por un grave problema.

Articula bien, conchatumadre; no te he entendido ni pincho, reclamó Groover.

Después de bajarle cinco revoluciones a su acostumbrada y atropellada velocidad de comunicación, Cambrito recomenzó: Viejo, quiero que me hagas un favor. Dile a tu patrón que, por favor, me deposite cinco mil dólares. Es un asunto de vida o muerte. 

Oe, tú estás bien, huevón, ¿no?, detonó Groover. Lamentó no estar conversando con Cambrito en su canal, “Cuchillos Largos”, en frente de las pocas pero significativas personas que solían verlo para dar show, para que todos se deleitaran con los epítetos con los que siempre decoraba la reputación de Cambrito. Con las justas mi patrón me compra dos o tres suscripciones de Kick al mes, lo que equivale a diez o quince dólares americanos, ¿y crees que te va a dar a ti cinco mil dólares? Ni siquiera yo puedo creer lo que acabo de decir. ¿Estás bien de la cabeza, oye, ameba, escoria de la sociedad?

El celular de Groover estaba bañado en saliva. Cuando se exaltaba, deflagraba en océanos de escupitajos.

Viejo, es que se trata de un asunto muy grave, dijo Cambrito. La voz se le quebraba por momentos. Se notaba que hacía un esfuerzo por no desmoronarse.

Groover captó esas inflexiones y presupuso que la llamada no se trataba de una broma. Entonces, dejando de lado la ira que inequívocamente le provocaba la sola presencia física o virtual de Cambrito, preguntó: ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?

Viejo, dijo Cambrito, intuyendo que ahora sí tenía algo de la atención de Groover, han secuestrado a mi tío. Si no les deposito a los secuestradores cinco mil dólares para mañana, me van a enviar su miembro viril. Y si no tengo el dinero para pasado mañana, me devolverán a mi tío en trozos.

Pasu, ¿en serio?, fue todo lo que pudo decir Groover, tratando de procesar la noticia. Esto no parecía algo común en la Brutalidad. Estábamos hablando de cosas mayores.

***

¿Cuántas veces dice usted que he estado preso por hurtarles sus cosas a los muertos?, dijo Vargas Llosa. Se encontraba en una celda de la Penitenciaría de Lima. Puty, a su lado, le prestaba más atención al celular que a la situación en la que se hallaban.

¿Qué?, dijo Puty, sin siquiera mirar al escritor. Este, harto de las majaderías del maestro, le arranchó el celular.

Présteme atención, carajo. Le estoy hablando, protestó Vargas Llosa.

Putamadre, estaba escuchando las huevadas que habla la Iguana, un periodistucho sensacionalista de la Brutalidad, dijo Puty, extendiendo una mano que pedía la devolución del celular. Está diciendo que la inteligencia artificial ña es capaz de escribir novelas mejores que las tuyas. Dice que Chat GPT acaba de lanzar una obra mucho mejor que tu novela “La Guerra de Las Galaxias”. ¿Puedes creer a ese imbécil? ¡Cómo lo odio, carajo!

Vargas Llosa, aunque ahora sí estaba muy seguro del título –“La Guerra del Fin del Mundo”- que le colocó a esa novela y que le había costado un triunfo investigativo en los sertones del Brasil, no se atrevió a corregirlo; el Profe estaba completamente engorilado. No vaya a ser que me ataque este salvaje, pensó. Más bien, le devolvió el celular.

¿O sea que Vargas Llosa estuvo preso muchas veces por desenterrar cadáveres?, preguntó un muchachito de quince años.

El Profe Puty, ataviado de un polo que decía “Viva el Comunismo. Soy Castillista”, respondió: Claro, muchas veces. Es más, en una de esas, casi lo violan, jejeje. Esos datos solamente los saben por mí, chicos, el Profe Gonzalo Reynoso. Y en estas aulas de la gran academia del Profesor Castillo, “Los Burros Seremos Libres”, pueden encontrar a más profesores de mi misma categoría.

Profe, ¿y qué otras anécdotas sabe de Vargas Llosa que pueda compartirnosnos?, acotó el alumno.

¿Qué?, se engoriló Puty. ¿Qué dijiste?

El alumno, temblando ante la figura de su maestro que, de pronto, lucía como un indómito Australopitecus, repitió su pedido: Que si, por favor, puede compartirnosnos más anécdotas.

Oye, burro, bestia, ignorante de mierda, no se dice “compartirnosnos”; se dice solo “compartirnos”, nomás. No seas cojudo. Lárgate de mi aula o te boto. Te boto ahorita mismo si no me das un centro.

El alumno no supo qué decir.

Ña, huevón, no te hagas el cojudo y mándame tu centro o te boto por bruto.

Gutiérrez-Híjar, un cholo que solía sentarse en las últimas filas del aula y aprovechaba las clases de Puty para dormir, ya que sabía que de él no se podía aprender nada útil, se levantó de su asiento blandiendo un billete de diez soles en la mano. ¿Así estará bien, profe?

Ahí tá, claro, a ver, dame ese centrito, dijo Puty, tomando al vuelo, cual foca amaestrada, el billete extendido. Agradézcale a su compañero que ya se me haya pasado el malestar por la estupidez que has dicho. “Compartirnosnos”. Dónde puta habrás escuchado eso. Seguro tus viejos son unos serranos ignorantes. Bueno, dijo tras frotarse las manos, pasemos a otro tema.

 Oe, Mario, tus novelas me gustan mucho, dijo Puty, luego de un silencio que el escritor había aprovechado para cavilar sobre cómo había terminado en prisión al lado de un negro tan bestia. Ni mi Ambrosio era tan bruto como este moreno. Pero la que más me gusta es “Conversación en la Catedral”, añadió Puty.

Hablando de Ambrosio y el gorila que se asoma, pensó Vargas Llosa, sin poder eludir una sonrisita delatadora.

Me encanta que en “Conversación” se puede ver la influencia de tu ídolo Gustavo Flauer.

¿Cómo?, pegó un respingo Vargas Llosa.

Flauer, pe, tu ídolo máximo, el escritor francés.

Mario ya no podía tolerar que este auto nombrado profesor desbaratase los idiomas. Pronunciaba los nombres extranjeros como le daba la gana y con autoridad. Vargas Llosa pensó: Es decir, ahora existen celulares que son pequeñas computadoras al alcance de uno. Si este energúmeno dice ser maestro, lo mínimo que podría hacer es recurrir a Google Translator y oír cómo se pronuncian correctamente los nombres de los personajes que son parte de su profesión, la Literatura. No quiero imaginarme qué estarán aprendiendo los chicos con esta bestia. Soy ateo, pero me veo obligado a pedirle a Dios que salve a la juventud peruana de salvajes como este.

Disculpe, Profe Puty, me parece que usted se refiere a “Gustave Flaubert”, dijo Mario pronunciando en un correcto y elegante francés el nombre y apellido de su más venerado escritor. Y usted ha dicho “Flauer”, continuó Vargas Llosa, tratando de no vomitar al pronunciar de ese esperpéntico modo el nombre del maestro del Realismo literario.

Oe, conchatumadre, yo hablo como quiero, ¿ña?

Mario no se quedó atrás: ¿Pero hace poco no me había usted contado que le gustaba corregir las burradas que decían sus alumnos? Yo también lo estoy corrigiendo, y del modo más amable posible, so burro. Se dice “Flaubert”, no “Flauer”. Esta vez, Mario ya no pudo contener el vómito.

Calla, conchatumadre, puedes ser todo lo Premio Nobel que quieras, pero no me vas a venir a corregir a mí. Además, en la transmisión que hice con el culto presentador de televisión Cocavel, le dije que tu máximo ídolo era “Flauer”, y lo pronuncié así, “Flauer”, y no me dijo ni mierda. Y eso que ese huevón habla cinco idiomas, incluido el francés, y mejor que tú. Entonces, se dice “Flauer” y punto; no me jodas.

Desde lo más recóndito de su ser, y recordando la furia que le provocó que Fujimori lo venciera en las elecciones de 1990 o la que lo carcomió cuando se enteró de que Gabriel García Márquez pretendía afanarle a su esposa, Vargas Llosa concentró un certero puño que lo envió sin escalas hacia la mandíbula de Puty, quien cayó contundentemente sobre el suelo vomitado.

Esto es por Flaubert, las elecciones del 90 y Patricia, exclamó serena pero firmemente Vargas Llosa al ver tendido el cuerpo inerte del moreno profesor.

***

 El celular de Groover volvió a sonar.

Aló, Cambrito, ¿qué fue? ¿Te llegó el dinero?, dijo Groover.

Cambrito sollozaba.

Oe, tío, qué fue, dijo Groover, tratando de calmar los ánimos de su colocutor. ¿Te llegó el dinero o no? Habla.

Viejo, me acaban de mandar la pinga de mi tío, dijo Cambrito, llorando desgarradoramente. Con esa vaina me hacía muy feliz. ¿Viste la foto que te mandé ayer?

Groover quiso cagarse de la risa, pero se contuvo. Por otro lado, consideró que, si al tío le volaban el miembro, le hacían un favor más bien. El mundo de la Brutalidad conocía que el tío de Cambrito hacía rato que quería adoptar la perfecta y sacrosanta figura femenina.

Oe, Cambrito, pero me dijeron que sí te iban a enviar los cinco mil dólares.

No me han enviado nada, Viejo.

Puta, Cambrito, yo no sé. A mí me dijeron que ya te habían enviado los cinco mil cocos.

 ¿Entonces no crees que sea verdad?, dijo el patrón de Groover.

Ni cagando, pues, huevón; claramente se ve que esa foto la han armado el mismo Cambrito con su tío. No sé cómo chucha se les ocurrió tramar este cuento macabro del secuestro, pero a todas luces se ve que el huevón de Cambrito tomó la foto. Fíjate bien en la imagen. Como es un cojudo de tomo y lomo, tomó la foto de su tío amarrado y con semen en la cara, que seguro era de él mismo, teniendo al televisor detrás. Hazle zoom a la tele para que veas que el que toma la foto es el cojudo de Cambrito.

El patrón de Groover expandió la imagen y sí, efectivamente, se podía ver el reflejo de Cambrito en la oscura pantalla del televisor.

Nada, Viejo, dijo Cambrito muy conmovido por la noticia de la mutilación de su tío. No me ha llegado nada. Estoy revisando mi cuenta de banco y no hay nada.

Cambrito, sé que no es el momento, pero en estas situaciones hay que estar seguros de todo. ¿Podrías mostrarme la prueba que te enviaron los secuestradores sobre la amputación que le perpetraron a tu tío? De repente y no le han hecho nada.

¿Qué es esto?, dijo Cambrito, sosteniendo la caja de zapatos que le acababa de entregar su tío peluquero y maricón Román Clavijo. Pasu, pesa mucho.

Es la pinga que vas a mostrar por si no te depositan. Le tomas una foto y les dices que es mía. Y si esos pendejos la quieren ver, se las muestras. Les dices que te vino en esa caja. Le dije a mi casero del mercado que la salpique de sangre por dentro para que se vea recién como recién cortada.

¿Es la pinga del carnicero?, dijo Cambrito sorprendido.

No, tontito, dijo Román, dándole un beso en la boca a su sobrino; es la pinga de un toro. Me la regaló el casero. No me costó ni un sol.

Es doloroso para mí mostrarte esto, Viejo, dijo Cambrito, compungido, con dolor.

¿Ves?, dijo Groover.

Oe, sí, ¿no?, Viejo; tienes razón, dijo su patrón.

Claro, pues, dijo Groover, celebrándose su propia astucia. Este Cambrito, ese muerto de hambre, cree que nos va a agarrar de cojudos. Yo sé de pingas de toro. Una vez en Lima le hice una carrerita a Roca Rey en mi taxi y el huevón me contó todo sobre los toros. Me volví un experto en reconocer pingas de toro. ¿Ves como la pinga se curvea? Las pichulas de esos animales tienden a adoptar la forma de S y la punta la tienen alargada y no fungal como la mía. Y, además, ahí yo le calculo unos cuarenta centímetros de largor. Tamaño característico en esos vacunos. ¿Sabías que los toros tienen una eyaculación ultrarápida y que poseen un hueso en la pichula? Puta, siendo taxista, y aprista encima, aprendes un montón, compañero.

U-hum, u-hum, asentía su patrón, valorando que Groover efectivamente era un viejo sabueso difícil de embelesar.

¿Solo le cortaron la pinga? ¿No le hicieron el favor de cortarle los huevos también?, dijo Groover, soltando una carcajada que parecía ofender el tono luctuoso de la conversación telefónica.

No, pues, Viejo, ¿cómo vas a decir eso? Sé un poco más consciente. Yo aquí estoy sufriendo por mi tío. Si mañana no está la plata, me lo van mandar en trozos, dijo Cambrito, llorando.

Groover intuyó que el llanto y dolor de Cambrito eran debido a que el tío estaba detrás ensartándole todo el mango de la secadora que tenía entre las piernas. Porque gran actor no era el muerto de hambre ese de Cambrito.

No, discúlpame, Cambrito, discúlpame, no quise blasfemar este momento de supremo dolor para ti. Más bien, hazme un favor.

¿Cuál será ese favor, Viejo?

Vas a ver que al toque te sueltan los cinco mil dólares, mi amor, le dijo Román a su sobrino.

Pero cómo voy a hacer para llorar, dijo Cambrito. Soy muy malo fingiendo.

Toma esa pinga y mámala muy bien, hijo de puta, soltó Groover.

Te la voy a meter mientras estés negociando con ellos. Ya ves que siempre te hago clamar de dolor, querido sobrino.

¿Y con los cinco mil dólares me podrás comprar mi silla gamer para hacer mis directos de modo más profesional?, soñó Cambrito.

Claro, claro, mi amor. Te voy a comprar eso y más.

Hazme el favor de decirle a tu tío, que seguro está detrás de ti bombeándote rico, que se meta esa pinga de toro en el culo, cabro malo. Eso eres, un cabro malo. Porque hay que ser bien retorcido para jugarse con una huevada tan seria como el secuestro. Ruega a Dios que nunca te cruces en mi camino porque si lo haces, no la cuentas. Es cuanto, dijo Groover y colgó el teléfono.

Pero antes, mi amor, tú que sabes tanto de leyes, ¿crees que esto que vamos a hacer sea delito?, dijo Román, lamiendo los cachetes de su sobrino.

Cambrito dijo: Para que una acción sea delito tiene que ser típico, antijurídico, culpable y punible, y nuestra acción no se configura en un tipo penal. No seas ignorante, querido tío.

Ya, mi amor, dijo Román y se llevó a su sobrino a la cama. Había que celebrar la magnífica trama del secuestro. Ambos, mientras hacían el amor, estaban muy seguros de que lograrían su objetivo.