Latidos del asfalto

domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


 
“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos”

Charles Baudelaire – Poemas prohibidos

 

Salí tarde del cuarto. Corrí hacia la plaza San Martín. Mentira, no corrí; solo aceleré el paso. Igual, el trajín no me permitió siquiera echarle un vistazo a la novela que llevé para amenizar el trayecto. 


Transpiré un poco. Fue inevitable. Desde la esquina del Teatro Colón, miré si Rosario me esperaba, como habíamos quedado, en la esquina del BCP. No estaba. Revisé el celular. Me había escrito al Whatsapp. Me dijo que me estaba esperando en el Yield Bar. El Yield Bar era un lugar donde se podía beber chela escuchando un buen rock and roll. Estaba ubicado a pocos metros de la cuadra ocho del Jirón de la Unión, guarecido bajo los añejos portales de la Plaza San Martín. Unos meses atrás, en ese lugar, un borracho quiso sobrepasarse con Rosario. Yo andaba algo mareado. En ese estado, solo en ese estado, me sentía capaz de pelear con cualquier huevón. Rosario evitó que me acercara a la mesa del borracho. Estaba decidido a sacarle la mierda; aunque los más probable era que el borracho me la sacara a mí.  


La encontré sentada a una de las mesas, la más próxima a la puerta de ingreso. Antes de entrar en el local, fijé la mirada en el afiche pegado en la pared del frontis. Un grupo tributero le haría un homenaje a Pantera el sábado primero de octubre. Genial. Rosario, Rosario. Gracias a ella, directa o indirectamente, se me presentaban cosas interesantes.  


Nos saludamos. Tenía un trago medio rojizo, de aspecto refinado, delante de ella. Le pregunté qué tomaba. Me respondió algo que no recuerdo. Me invitó a probarlo. Si quieres te pido uno, me ofreció. A mí me gusta, añadió. A mí no me gustó. Si quieres invitarme algo, invítame una cerveza, le pedí, conchudazo. Si yo hubiera sido un tipo normal, de esos que creían en el amor y en que siempre era preferible tener una novia a no tener nada, entonces Rosario hubiera resultado mi pareja ideal: gastaba su dinero en mis engreimientos. Jamás dudaba en desprenderse de varios de sus billetes cuando le pedía una cerveza o un libro. Levantó una mano y llamó al joven de polo negro que se suponía era el mozo. Una cerveza, por favor, pidió. ¿Pilsen o Cristal?, inquirió el mozo, visiblemente desganado. Rosario me miró. Pilsen, dije. Heladita. 

 

Entusiasmado, le pedí a Rosario que me acompañase el sábado al concierto tributo a Pantera. Yo quiero ir al otro, dijo, como un pequeño que le ruega a su madre salir a jugar con los amigos a la calle. ¿Cuál otro?, quise saber. Ese, pues, ¿no lo has visto? No, ¿cuál? Se paró. Entendí que quería que la siguiera. Caminamos un par de pasos hasta que quedamos situados enfrente del afiche de Pantera. ¿No has visto eso?, dijo, señalando con el índice un cartel de mucho menor tamaño que el de Pantera. Anunciaba un tributo a Calamaro el viernes treinta. A Rosario le encantaba la música de Andrés Calamaro. Alguna vez hicimos el amor con una de sus canciones como decorado de fondo, acompañándonos. Me parecía que era Cuando te conocí. Supuestamente, yo era el chico casado que le prometió dejar a su esposa.

                                     Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=RuZ2wMO7TcY&spfreload=5


Vamos, dime que sí, me animó. No, qué aburrido. Si quieres anda sola. A veces, era demasiado cruel con Rosario. Pero no era crueldad; era sinceridad. Con Rosario era yo mismo. No edulcoraba mis respuestas ni mis sentimientos. Con ella me comportaba tal cual era. Y, generalmente, lo que era, lo que llevaba dentro de mí era el alma de un ser bajo, turbio, para nada confiable.

 

Rosario estaba linda. Estaba de ánimos. Ella era así. Un día podía estar con cara de culo, triste o resentida, y, al día siguiente, motivada, pletórica de proyectos y fantasías. Esa noche estaba motivada. Cuando terminé la cerveza, Rosario iba por su segundo trago. Me animó a pedir otra, pero rechacé su ofrecimiento. Tenía que trabajar al día siguiente y, además, ya había bebido bastante con Karina hacía apenas unas horas. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a soportar los estragos del alcohol de manera tan consecutiva.

 

En el camino a mi cuarto, algunos de los consuetudinarios borrachos de la avenida Colmena miraron embobados el cuerpo de Rosario: llevaba unos tacos altos y negros, un jean azul ajustado que le resaltaba el trasero y una blusa de escote bastante pronunciado. Algunos no dudaron en sublimar sus elogios con un sonoro silbido y un qué rica estás, mi amor. Cuando cruzamos Tacna, las bocinas de algunos de los vehículos detenidos detrás de las líneas de cebra saludaron la belleza de Rosario. El hecho de que otros hombres admiraran –y desearan- a la mujer que me acompañaba, me complacía. Nunca me disgustó que otras personas piropearan a las desdichadas mujeres que tuvieron la desgracia de ser, en algún momento de sus vidas, mis enamoradas.

 

Prendí mi vieja laptop y le inserté el disco de una película peruana que había sido producida y protagonizada por un popular cómico peruano que interpretaba a una suegra mañosa, abusiva y prepotente, y de quien su yerno presumía había asesinado solapada y lentamente a su esposo con diarias dosis de veneno. La nueva misión de la arpía era liquidar a su yerno para separarla de su hija.

 

Al cabo de media hora, mis ojos empezaron a cerrarse. O la película me pareció predecible –como el argumento de El Solitario de Zepita- o era que estaba muy cansado. El asunto fue que le sugerí a Rosario que durmamos. Primero, debía apagar la laptop y suspender la película. Pero déjala, protestó. Está aburridísima, le dije. Además, me ha entrado un sueño bravo. Tuvo que aceptar la cancelación cinematográfica.

 

¿Estás desnuda?, le pregunté un rato después. Por supuesto, me dijo. Yo duermo así. Se me quitó el sueño. Yo también estaba desnudo. Ahora quería hacerle el amor. No iba a ser tan fácil. Ella todavía seguía resentida conmigo. El capítulo de la novela en el que pulverizaba su imagen todavía le dolía, todavía le escocía el ego.

 

Rose, dije, casi como un susurro. ¿Rose?. El tono de mi voz era como el de un niño que llamaba a su madre, ¿mami?, para pedirle algo que sabe que ella le ha prohibido. Rose, ¿puedes tocarme el pene? Ella giró su cuerpo sobre el colchón. Su rostro quedó enfrente del mío. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a hacer nada de eso. Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Acerqué mi rostro al de ella. La penumbra del cuarto impedía que nos viéramos los rasgos en detalle. Si ella hubiera podido ver los míos, se hubiera espantado. Yo mismo me espantaba cuando me veía en el espejo. Siempre me preguntaba, al ver el reflejo de mi cara, cómo era posible que en mis treinta y tres años hubiera besado o tenido relaciones gratuitas con más de una mujer. Claro, no todas esas mujeres fueron hermosas. Muchas fueron feas. Ninguno de los huevones con los que estudié en la Católica, por ejemplo, se hubiera atrevido siquiera a hablarles. Yo tampoco era bonito; era feo, así que no podía quejarme de la suerte que me había tocado.  

 

Solo tócalo un rato y ya. Un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Rosario se negó. Volteó su cuerpo y su rostro. Me dejó a un lado del colchón, sumido en la más profunda arrechura. Me rondó la cabeza la imagen de su cuerpo caminando muy estrechamente a mi lado por las calles salpicadas de basura del Centro de Lima, el trasero empinado gracias a la ayuda de sus jeans y sus tacos altos, el surco generoso de su pecho formado por la vecindad de sus tetas.

 

Si fuéramos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Sus palabras fueron como la boya que se le lanza a alguien que se está ahogando en un mar de incertidumbre. A sabiendas de que me sentiría fatal por mentirle de una manera tan descarada con tal de satisfacer mis más primitivas necesidades, le dije: Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Rose cambió de posición. Mentiroso, dijo, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. Se dejó tocar. Era un buen indicio. Calculé que debía insistir en mi mentira unos pocos minutos más para tener la puerta abierta a la satisfacción de mis deseos. Te amo, Rose, te amo, tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me ha pasado algo bueno o cuando me siento cagado? Era un pésimo propagandista. Me resultaba inexplicable que alguna gente comprara mis mentiras. Yo las encontraba débiles, carentes de un sustento robusto que las hiciera pasar por verdades inexpugnables. Yo me ponía en el lugar de las personas a las que les mentía y me decía: pero si es facilísimo darse cuenta de que les estoy mintiendo. Solo tienen que jalar esta hebra para que el entramado de mi mentira se deshaga por completo.

 

Te amo, Rose, te amo, repetí. Y no la amaba. Pero la quería mucho. Era la persona con la que más tiempo pasaba. Me llevaba bien con ella. Era la única que me soportaba y que me conocía mejor que otras. Panzón, feo y ególatra: ninguno de esos defectos arredraba a Rosario. Así me quería. Así me amaba. Su amor la conducía a recaer en los mismos errores conmigo, en las mismas trampas que algunas veces le tendía por mi cobardía, por mi pusilanimidad ante la posibilidad de quedarme verdaderamente solo en una ciudad que me sobrepasaba.

 

¿Estás diciendo la verdad, Daniel? No respondí al instante. No podía responder al instante. Una mentira requería de cierto momento de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese momento dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró un segundo y medio. Era un mal mentiroso. Los embusteros de verdad, los de sangre fría, no tenían que esperar una fracción de segundo para enunciar su mentira; la tenían siempre en la punta de la lengua. Mentían muy bien. Sí, Rose, dije, finalmente. Me apuré a besarla. El beso era una distracción para que ella no tuviese tiempo de detectar el engaño en toda mi verborrea. Ella correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga. La colcha que nos cubría, que era azul por un lado y celeste por el otro, y que compré en Sodimac el mismo día que adquirí el colchón y todas las pocas cosas de mi cuarto, debía de tener más de un millón de espermatozoides muertos pegoteados a ella.  

 

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Succionó mi lengua. Pasó la suya por mis labios. Los lamió como caramelos. La pinga no la podía tener más dura. No te voy a chupar nada, me dijo. Me lamió la boca. Pasó su lengua por mi cuello. Se deslizó por debajo de la colcha y humedeció mi pecho con sus labios inquietos. Sus manos recorrieron mi espalda y se fijaron en mi cintura. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Sí, amor, chúpamela, suspiré, excitado a más no poder. Alguien prendió la luz de la escalera y una luz penumbrosa invadió el cuarto. Al cabo de unos pocos segundos, pudimos vernos. Estábamos arrechos.

 

Daniel, no mereces que te bese. Rosario podía cambiar de parecer o de humor de modo inesperado, incomprensible e ilógico, ilógico para un tipo mañoso y mentalmente limitado como yo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia, no una amante. Suspiré con tono de queja. Rose, Rose, te amo. La tomé de la cintura y la pegué hacia mí. Mi pene y su vagina se tocaron. ¿Quieres ser mi enamorada?, pregunté, con voz de galán de telenovela mexicana. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. Entonces, por alguna extraña sinapsis, pensé en sus pies. Me gustaban sus pies. Varias veces, cuando la arrechura alcanzaba su máxima tensión, terminaba lamiéndole los pies. Sus dedos estaban perfectamente dimensionados con respecto al resto del pie. Las uñas siempre las traía pintadas con estimulantes colores y diseños -estimulantes para mi pichula, por supuesto-. Metía cada uno de sus dedos en mi boca y los dejaba ensalivados. ¿Y si me masturbas con tus pies?, inquirí. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en el ritmo de su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Su respuesta provocó que dos gotitas de líquido preseminal emergieran, alegres y bulliciosas, por la punta de mi glande. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo voy a poner mis pies en tu pene un rato y nada más. Acepté. No iba a rechazar esa oferta. Además, estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Ella era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Se acomodó de modo tal que pudo poner ambos pies sobre mi pelvis. La poca luz que llegaba al cuarto me permitió disfrutar del acto: sus dedos, pintados de rojo, iban y venían, recorriendo la diminuta longitud de mi pene enhiesto y baboso. Qué rico, dije, para estimular su libido, para hacerle conocer que su desempeño merecía toda mi aprobación, que lo estaba disfrutando.

 

Tras unos segundos del masaje podálico, Rosario se llevó la mano derecha a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el tonto, el huevón. Me masturbo, pues, dijo, algo agitada. Si quieres yo te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro, pensé. Sus pies se mojaban con los líquidos preseminales que salían de la cabeza de mi pichula. Ella continuaba restregándolos ardorosamente. El dedo medio de su mano derecha comenzó a introducirse en su vagina. ¿No quisieras a mi pene en lugar de tu dedo? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela. No me excitaba tanto por el masaje. Los pies no son buenos corredores de paja. Me excitaba la idea de tener esos pies blanquecinos, de uñas primorosamente decoradas, en contacto con mi rijosa pinga, oscurecidos de tanto en tanto por los pelos negros y ensortijados que me crecían como alambres en esa zona.        

 

¿Y si solo le das un besito a mi cabecita? Sus ojos brillaban. Podían iluminar la habitación. Estaba súper excitada. Era la oportunidad para volver con mis demandas. Solo un besito, por favor, insistí. Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Cambió de posición. Se puso en cuatro ante mi pene. Yo seguía echado, la cabeza apoyada en uno de los cojines azules, expectante ante lo que se podía distinguir en la penumbra. El besito, corto y delicado, en los labiecillos del glande, se convirtió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme gracias a que con los años había perfeccionado su técnica. Lamió la escasa longitud de mi falo y no se olvidó de visitar las bolas. Sadiqueado por la excitación, le cogía la cabeza y la obligaba a no despegarse de mi pene. Ahí la tenía cuatro o cinco segundos, la cabeza presionada contra mi pelvis. Luego la soltaba y ella ahhhghhhh. Mi pichula y su boca terminaban ensalivadas.

 

No pasó mucho tiempo para que terminásemos tirando. Nuevamente, en poco tiempo, mi indesmayable e infatigable colchón inflable azul me servía de plataforma sexual y me ayudaba a colmar el vacío de mi vida con gemidos y líquidos que embadurnaban cuerpos, dejando a los amantes exhaustos y ahítos de sexo.

 

Algo así como una hora después, Rosario y yo seguíamos desnudos. La colcha nos cubría. Una sensación de frío se había colado por algún resquicio del cuarto. Pensé en mi colcha y en la cantidad de esperma que tenía acumulada. Decidí ir al baño para lavarme la pinga y la cara. Esta última la tenía con algo de sudor y grasa debido a la agitación del sexo. Si bien no había hecho ningún esfuerzo –porque todas las posturas las había ejecutado Rosario-, igual acabé con la cara sudada. La pinga la tenía pegoteada con la mezcla de semen y los líquidos de la vagina de Rosario. Pensé en decirle que me la volviera a chupar para que me la dejara limpia, pero mi cara igual continuaría asquerosa. Era mejor ir al baño y lavarse bien para luego dormir reparadoramente.

 

Revisé la hora en el celular. No había whatsapps de nadie. Obvio, no tenía amigos. No tenía por qué recibirlos. Era mejor así. Los amigos solo generaban incomodidad y problemas. Nunca esperaba nada de ellos. Revisé mi correo por si había alguna novedad con los gringos de Mine Ventilation Projects, algún mensaje urgiéndome a que les entregara ya la corrección de la traducción. No había ningún mensaje importante; solo basura propagandística. La UPC quería regresarme a las aulas universitarias ofreciéndome estudiar una puta maestría. Desde que hube dejado la universidad, decidí dejar atrás, para siempre -eso esperaba-, al Daniel que se sentaba en un pupitre y recibía pasivamente las estupideces provenientes de las bocas más variopintas que se ufanaban, por algún dudoso mérito, de ser autoridades en ciertos temas. ¡Bah! Quien quiera que se sintiese poseedor de conocimientos que otros anhelaban tener merecía toda la desconfianza posible.

 

Dejé el celular en algún lugar cerca del colchón. Me puse la toalla alrededor de la cintura y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando regresé, más fresco y con ganas de dormir por horas, Rosario sostenía mi celular en alto, como restregándomelo, como la prueba de alguna reprochable incriminación. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Fue como si, de pronto, me hubieran bajado el telón de lo que iba a ser una noche sosegada. La luz del cuarto estaba prendida y Rosario, por lo flamígero de sus ojos, parecía capaz de estrellar mi celular contra la pared o, peor aún, contra mi cara.

    

Lima, martes 27 de setiembre del 2016.

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


 “Hace unos días eras una diosa, ahora eres sólo una mujer.
Charles Baudelaire refiriéndose a la socialité francesa Apollonie Sabatier. 

Encontramos una mesa disponible. Ella pidió un sánguche de pavo; yo, uno de lomo saltado. Los mozos de El Chinito, si bien prestos en la atención al público, rezumaban cierto hartazgo existencial. No me hubiera sorprendido que uno de ellos enloqueciera y, cuchillo en mano, rebanara los pescuezos de sus compañeros y de alguno que otro comensal. No entendía cómo podían trabajar en medio de tanto calor. El Chinito era un hervidero. Los huevones que se hallaban detrás del mostrador, los cocineros, sudaban sin dejar de trozar las carnes que salían humeantes de los hornos. Abrían los panes con frialdad: ¡Plaj! Ponían los trozos de carne sobre las tapas inferiores y, con los mismos cuchillos, colocaban las tapas que debían ir encima de la carne.

Acompañamos los sánguches con una jarra helada de chicha morada. Karina le tomó un par de fotos al logo del local. Le sacó tres fotos a su sánguche y a la jarra de chicha. Me hizo una foto a mí. Yo me opuse, claro. Igual me la hizo. Me cogió desprevenido. Se hizo un selfie. Procuró que detrás de su cabeza sonriente apareciese el logo de El Chinito, un clásico desde 1960. No pasó mucho tiempo para que cada una de sus fotos recibiera cientos de likes y alguno que otro comentario.

Karina pasaba sus días entre no hacer nada e ir al gimnasio. Todo su mundo en Facebook giraba en torno al gimnasio: publicaba fotos de las ensaladas que comía y de las pócimas proteínicas y nutritivas que bebía. Sentía harto justificada su vida retratándoles a sus seguidores en Facebook su rutina gimnástica. En El Chinito, sin embargo, no tuvo reparos para devorar todo lo que había en la mesa: la chicha, las cebollas aderezadas, las robustas tapas de pan francés y las carnes de desmesurado grosor.  

Yo, como era de esperarse con un muerto de hambre, también devoré mi sánguche. Quedamos repletos. No sabía ella, pero mi cargo de conciencia por lo tragado fue enorme. Me prometí embalarme lo más apretadamente posible al día siguiente, antes de bicicletear al trabajo. Embalarme era una estrategia que diseñé para concentrar en mi abdomen el esfuerzo de hora y media de diario pedaleo. Si tomábamos en cuenta que también pedaleaba del trabajo a la casa, el ejercicio completaba un total de tres horas diarias. 

Me embalaba del siguiente modo: compraba unas veinte bolsas negras para la basura. Así las pedía en las tiendas: Bolsas negras para la basura. También, compraba un par de rollos de cinta de embalaje. Luego de haberme puesto las medias, las zapatillas, el bóxer y el short, empezaba con el embalaje. Cogía una de las bolsas y le cortaba longitudinalmente el extremo cerrado. Con dos extremos ahora abiertos, me metía en la bolsa, como si fuera una chompa. Bajaba la bolsa hasta situarla en toda mi barriga. Una vez ahí, la ajustaba con la cinta de embalaje. Me quedaba la panza totalmente apretada. La panza y parte del pecho. Respiraba con dificultad. Me ponía el polo negro encima y salía a manejar. El resultado, al llegar a mi destino, era más que satisfactorio. Me metía al baño de la oficina y, con una tijera, le hacía una incisión transversal a la faja artesanal. El sudor caía como un chorro sobre el piso del baño.  

Fuimos a mi cuarto. Nuevamente, y sin que Karina se diese cuenta de mis precauciones, me cercioré de que Jaime no estuviese chismoseando afuera de su tienda. La única mujer que entraba a mi cuarto, y se quedaba varios días en él, conmigo, era Rosario. No quería que nadie se enterara de que admitía a otra mujer en mi cuchitril. Mucho menos Jaime. No era conveniente tener mala fama. No por ahora.  

Antes de entrar en El Chinito y empacharnos con la comida, pasamos por la licorería de Colmena y compramos un par de vinos. Tenía que trabajar al día siguiente, pero eso poco me importó. Lo que primó en mí fue la consigna de pasarla bien. Y en mi mente no había mejor manera de pasarla bien que tener sexo estimulado con generosas dosis de alcohol.   

Sin embargo, en esa ocasión, me había propuesto meterle la pinga a Karina desde el saque y bien sobrio. No quería enterarme después, como sucedió la vez anterior, que le había metido la pinga sin haberme dado cuenta. 

El colchón estaba ya tirado en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. En un par de segundos, yo ya estaba desnudo. Solo conservé el bóxer. Sí, había tirado innumerables veces con Karina en el pasado, pero no con regularidad. Entonces, si bien ella me había visto desnudo en varias ocasiones, y yo a ella, debido a la irregularidad de esos avistamientos, no me sentía del todo cómodo estando con la pichula al aire de buenas a primeras. Con Rosario era distinto. Apenas llegábamos al cuarto, nos desvestíamos. Quedábamos completamente desnudos. Eso era confianza. Karina, como lo supuse, conservó su sostén y su hilo. Desde esos primeros instantes, tenía ya la pichula enhiesta.  

Mientras Karina se desvistió, abrí la primera botella de vino. Llené los vasitos descartables que el tendero nos regaló. Nos sentamos en el colchón. Ambos estábamos con las piernas cruzadas, a lo Buda. Dábamos un sorbito a nuestros vasitos y los dejábamos a un lado, en el piso. 

Te cuento, Dani, empezó Karina. Había mandado a rodar a Mark. El pata le había insistido demasiado con lo de ser enamorados y ella le había puesto un alto. Está muy cargoso el chibolo, alucina, contó Karina.  

Sé que padezco del trastorno de déficit de atención. En realidad, soy el conjunto de un sinfín de males y desviaciones, pero me he dado cuenta de que me cuesta mucho concentrar la atención en ciertos temas: las clases de la universidad, las directivas de Jean Carlo, las conversaciones entre amigos, algunas cosas que me platicaba mi esposa o algunas historias que me contaba Rosario. Si encontraba algo que capturaba mi atención, mis sentidos se enfocaban en aquello. Todo lo demás caía en un último plano. Karina hablaba y yo solamente le miraba las tetas todavía cubiertas por su brassier rojo. Toda mi atención -que era poca debida a ingénita estupidez- quedó vertida sobre esa rayota que era la separación de sus dos inmensas y flácidas ubres.  

Ya no había mucho de qué hablar. O, al menos, ya no tenía nada que preguntarle. Todo me lo había contado la vez anterior. Todo el morbo que me era necesario me había sido ya revelado. Ahora solo me interesaba tirármela. Ella hablaba y la interrumpí. Quise confirmar lo que me había adelantado en uno de sus mensajes de Whatsapp: que la última vez en mi cuarto me la había tirado antes de haberme quedado dormido. ¿En serio no te acuerdas, Dani?, rio Karina. Su risa era entrañable. No había cambiado. Era la misma risa de cuando fuimos enamorados, allá por el año 2002. Cómo había pasado el tiempo. Catorce años y todavía seguíamos tirando. Con infrecuencia, pero ahí estábamos.  

Claro que no me acuerdo. Hace tiempo que dejé de tener memoria. La arruiné a punta de pajazos. Me contó que aquella noche me terminé, prácticamente yo solito, el tercer vino que compré. Ella apenas le dio un par de sorbos a la botella. Yo empiné el codo una y otra vez hasta no dejar gota alguna dentro del recipiente. Entonces, te me lanzaste. Me quitaste el brassier y empezaste a morderme las tetas. Te dije que despacio, pero tú estabas recontra loco. No recordaba ni un carajo de lo que Karina me descubría. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Nos besamos y lo hicimos. Por más que lo intenté, ninguna imagen se me vino a la cabeza. Solo aquel último recuerdo en el que yo chupaba del pico del tercer vino mientras Karina me hablaba de que se había afiliado a Acción Popular. ¿Y de cuándo acá te interesa la política? Karina echó un trago más de su vasito de plástico. Un amigo me dijo que era el mejor partido político del Perú, el más honesto, y como estábamos en elecciones, sentí que afiliándome a Acción Popular haría algo bueno por mi país. Nunca me interesó formar parte de un grupo o de un partido político. Prefería andar solo. El último –y casi único- grupo que integré fue el que formamos Nazir Caleb y Enrique Bruces, en la universidad. Éramos tres huevones dedicados a beber trago barato, con no poca exacerbación, todos los viernes por la noche luego de las clases recibidas en las aulas del pabellón de Minas de la Católica. Muchas veces, ni siquiera esperábamos a que terminara la clase; nos escapábamos antes.   

Pertenecer a un grupo te hacía una oveja. Siempre había que seguir la orden que venía del conjunto o del líder, nunca la tuya propia. No había lugar para la disidencia o la discrepancia, para la travesura o la risa, para el silencio y la meditación. Los grupos eran la reunión de una masa confundida. Nada bueno podía surgir de una agrupación. La creación de un grupo implicaba marginar a un resto. Yo estaba en contra de la segregación.  

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿lo estábamos haciendo por segunda vez? Karina tomó otro trago. , respondió. Yo también tomé un trago de mi vaso. Disfruté cada gota. La temperatura dentro de la habitación, de mi ratonera, era más que cómoda. Aquello era pasarla bien. Eso era vida y no los bicicleteos tortuosos que hacía a diario. ¿Por qué arriesgaba el pellejo de ese modo? Todo el mundo sabía que los conductores peruanos eran unos hijos de puta. Y no me refería a los choferes del transporte público –que eran unas bestias ya por descontado- sino a los propietarios de los lujosos bólidos que pasaban besándome la piel de los muslos cuando manejaba por las calles de Miraflores. Mi vida les importaba un carajo. 

Podía sentir el vino agarrotando mis dedos, afilando mi lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. No estaba cagado. Estaba en mis cinco sentidos. Así era como se debía tirar con una hembrita: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.  

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso, pues. Miró dentro de él. , dijo. ¿Me sirves más? No le contesté. Me acerqué a ella y la besé en la boca. Le metí la lengua. Dejé que me meta la suya. Su saliva sabía a vino. Le saqué el brassier sin dejar de besarla. Pegué mi pecho a sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: pegaba mi pecho a sus pezones. Esos pezones son míos, carajo, alucinaba, enfermo de sexo. han sentido mi piel, han estado contra mi piel. También les pasaba la cabeza de la pinga. Era una manía morbosa por medio de la cual creía dejar alguna especie de marca en ellas, como cuando los perros alzaban la patita para orinar, ante un poste de luz o el tronco de un árbol, y delimitar así su territorio. 

Me paré sobre el colchón. Me importó poco si le hacía un hueco a la huevada. Le dejé la pinga a la altura de la boca. Ella ya sabía qué hacer. Llevábamos catorce años interrumpidos haciendo las mismas cochinadas. No había nada nuevo. No había pose nueva. Tampoco queríamos inventarlas. El objetivo era pasarla bien. Disfrutar. Empezó a chuparme la pinga. Desde mi metro sesenta y nueve puede ver los movimientos de su cara mientras se tragaba mi pichula. Sigue, perra, sigue chupando. Le saqué la pinga de la boca y le puse mis bolas. Succionó una por una. Eso era vida, carajo. 

Ya había visto demasiado. Apagué la luz. Hicimos el amor a oscuras. El vino hacía las cosas más fáciles. El vino me quitaba lo disticoso. El vino me hacía capaz de lamerles el ano a las mujeres. El vino me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.  

Luego de media hora de lamidas y metidas, ella quiso venirse. En catorce años, la posición a la que recurría para orgasmear no había cambiado. Se echó encima de mí, la vagina recibiendo mi pichula, y cerró sus piernas. Luego, empezó a mover la pelvis en círculos. Gemía quedito. Mmm, mmm, mmm 

Cuando terminó, empecé yo. Tómate mi semen, ¿ya? Boca arriba, echado sobre el colchón inflable, comencé a correrme la paja. La colcha estaba a un lado. No nos cubría. No necesitábamos cubrirnos. Ella se puso en cuatro y acercó la boca a la cabeza de mi pinga. Ahí estaba Karina, la lengua afuera, los ojos llenos de sexo, esperando que le soltara toda la carga. Sus tetas colgaban. Eran enormes y blandas. Nos iluminaba débilmente la luz de las escaleras de la casa. Vi esas tetas que había lamido por horas y logré conseguir el empujón necesario para eyacular.  

Contra todo pronóstico, y a pesar de que me había quedado dormido a eso de las tres de la mañana y había bebido vino, bastante vino, me desperté apenas sonó la alarma del celular. Obviamente, quería seguir durmiendo. Y lo hice. Sabiendo que tendría que pedalear apurado, arriesgando la vida una vez más, cogí una teta de Karina y empecé a chuparla. Hola, Danicito, dijo. ¿Qué hora es?, preguntó. Diez para las seis, contesté, sin dejar de succionarle la teta. Un ratito más, le dije. Por mí no hay problema, Dani. Le pasé la mano por la concha. Le abrí los labios y le metí el dedo. Qué rico, Dani. Se me paró la pichula. Pero no había tiempo para tirar una vez más. Maldito trabajo, dije. ¿Por qué?, rio Karina. Nos vestimos. Caminamos hasta la intersección de Chota con Chancay. Le señale la avenida Alfonso Ugarte. Estaba a una cuadra de nuestra posición. No podía acompañarla más. Se me hacía tarde. Nos despedimos con un beso, un piquito en la boca. Antes de encaramarme en la bicicleta, la vi alejarse. Sentí que esa sería la última vez, en ese 2016, que tiraría con Karina. Siempre sucedía lo mismo. Perdía el interés por determinada mujer luego de un par de caches. No tenía de que conversar con ellas y ellas no se sentían a gusto conmigo. Querían lujos, querían salidas, querían mi tiempo. Yo no estaba dispuesto a desviar un centavo que le correspondía por derecho a mi hija. Por eso, la única mujer con la que sostenía una relación más o menos constante era Rosario. Ella toleraba mis desmanes ególatras. Aguantaba mis atropellos. Me tenía paciencia sin que yo se la pidiera. Y no me dejaba gastar un centavo; ella pagaba mis caprichos con su propio peculio.    

No tenía nada que hacer en la oficina. No tenía ninguna chamba de Jean Carlo. Retomé la corrección del libro de McPhilips. Fue una hora de trabajo. Lo dejé cuando no pude resistir el peso de mis párpados. En la cabeza, me revoloteaba la imagen de mi cómodo colchón inflable. Necesitaba dormir. Fui al kitchenet y me hice un café. Lo bebí, pero solo conseguí que se me resintiera la lengua. Me había salido muy caliente el brebaje.  

¿Me acompañas al banco un ratito? Era Patricia. Caminar podía ser una manera de despejar la mente. Fuimos a tres bancos: al BCP, al Interbank y al Scotiabank. En ese orden. Los tres bancos tenían sus agencias entre las cuadras una y tres de Guardia Civil. Conversábamos y nos reíamos. Caminábamos muy juntos. Varias veces mi mano rozó, involuntariamente, sus muslos. Podía sentir que había cierta complicidad entre ella y yo. Pero seguro me lo imaginaba. Me provocó besarla. Se necesitaban tamaños cojones para convertir las ilusiones en hechos. Los míos eran más pequeños que los huevos de las codornices. 

Patricia había trabajado como boletera en un circo. Fue lo último que hizo antes de ingresar a la empresa de Jean Carlo y tener el infortunio de conocerme. El circo era propiedad de un cómico peruano que tuvo sexo con su cuñada estando aún casado. La esposa, la hermana cornuda, se enteró del hecho y la prensa amarilla peruana tuvo carroña para varios meses. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar un billete bueno de uno falso. Nos habíamos detenido en la juguería cercana al Interbank. Me había provocado un jugo de naranja. El tío que despachaba no había necesitado pagar un curso de marketing para saber que si al peruano le dabas más de lo que le correspondía por lo que pagó, regresaría y le sería fiel a tu negocio. El tío, un tipo de cuarenta años, por solo dos soles te servía un vaso enorme de jugo de naranja. Los vasos que usaba eran tan grandes como los keros incaicos. Siempre que podía, me tomaba unos minutos de la oficina y caminaba hasta su juguería. Le compraba un jugo de naranja y un pastel de choclo. Era una especie de refrigerio que solía tomar entre las diez y las once de la mañana.    

A los vivazos que me daban los billetes falsos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia cuando recordaba sus experiencias en el circo del cómico. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba su jefe, el cómico. Había escuchado que el tipo, a quien jodían de cholo y serrano, era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Me parecía de mal gusto hablar sobre el dinero ajeno, así que deseché esa curiosidad. Mi esposa siempre me apostrofaba de tacaño. Eres un tacaño de mierda, solía decirme. Todos los cholos son unos tacaños, remataba, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.  

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Patricia había traído su almuerzo: unos fideos fríos que guardaba en un pequeño recipiente plástico. Yo fui al chifa de enfrente por mi diaria ración de arroz chaufa.  

Jean Carlo no se había manifestado y Victorio, una vez más, había decidido no aparecer en la oficina. Hoy me quito temprano, pensé. Continué con la traducción. No podía fallarle a Konrad.  

Un par de horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el teléfono. Era el anexo que Jean Carlo me había asignado. No podía dejar de sentir cierta culpabilidad en esa oficina. Mi escritorio era grande. La silla era enorme y muy cómoda, igualita a la de un gerente. La laptop era blanca y su diseño uno de los últimos del mercado. Los recursos que Jean Carlo había dispuesto para mí no los merecía. Llevaba casi dos meses y no había vendido un solo ventilador. Era Patricia. Nuestras oficinas –me cuesta trabajo decir “mi” oficina- distaban un par de pasos. Por algún motivo, ella prefería usar el anexo. ¿No te molesta si pongo unas canciones en mi celu? No me molestaba. Al contrario, era bueno un poco de alegría en el ambiente. Puso algunas salsas del recuerdo. Algunas las cantamos desde nuestras respectivas ubicaciones. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando las canciones? , le mentí, están buenas. Algunas pocas me gustaron; no todas.     

Quiero que escuches una canción más. La voy a poner, ¿ya?. Espero que te guste, dijo. Era un reggaetón lento. Se llamaba Tengo tantas ganas de ti, de Arcángel. No me gustó. Obviamente, cuando me volvió a llamar, le dije que era una canción estupenda. Colgué el auricular y busqué la canción en Youtube para oírla nuevamente, en privado, con mis audífonos. Las letras eran directas: Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que “me gustase” esa canción? ¿Quería algo conmigo? Por otra parte, me extrañaba que alguien tan dedicada a su fe mormona estuviese escuchando y fomentando ese tipo de canciones. A pesar de mi fealdad, ¿era posible que algo le atreyese de mí? Dejé de pensar en esas huevadas. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla y tomarme unos tragos con ella. No había duda: me había convertido en un alcohólico. Tal como lo esperé, Rosario aceptó verme. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo ni tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar hacer nada. 
Lima, martes 27 de setiembre del 2016.