jueves, 25 de noviembre de 2021

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 11 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

A poem is a mirror walking down a strange street.

 

Lawrence Ferlinghetti – The Street’s kiss

 

Cuando le pongo los lentes a mi perro, éste empieza a hablar. Casi me caigo de la silla cuando dice: Vamos a la calle.

Mi cadena está colgada en el perchero de tu cuarto. Apúrate, continúa, mientras yo sigo atónito, incapaz de mover un dedo.

Claro, respondo maquinalmente. Ya la traigo, le digo, pero permanezco sentado en mi silla, paralizado por la sorpresa.

Entonces, ¿por qué no te apuras en traerla?, me desahueva.

Porque estás hablándome. Los perros no hablan.

El perro, sentado en el suelo, a mis pies, no desentraña el misterio, sino que me lanza un dato importante: En el parque, está la tetona con la que te has hecho varias pajas. Es tu oportunidad de hablarle. Yo te voy a ayudar. Apúrate, trae mi cadena. 

Quiebro mi estupefacción y miro por la ventana. Así es, ahí está la chica de tetas grandes. ¿Pero cómo sabía el perro que ella estaba en el parque? Se lo pregunto.

¿Te acuerdas que veíamos Daredevil?

Claro, le respondo.

Haz de cuenta que tengo las mismas habilidades súper desarrolladas de Matt Murdock. Los perros somos como Matt. Tenemos los sentidos del olfato y la audición muy agudizados. Puedo reconocer olores a grandes distancias. Puedo escuchar la caída de una aguja de aquí a tres cuadras. Por el sonido de las pisadas, sé qué persona se aproxima. Me conozco el sonido de las pisadas de tu tetona. No solo eso, puedo oler que está en celo. Sus feromonas piden pinga a gritos. Los perros somos cosa seria, huevón.

Aclarado el asunto, había que apurarse. Voy por la cadena y regreso a la sala. 

Pónmela con cuidado. Siempre que lo haces me jalas los pelos del cuello. No sabes cómo me duele esa huevada. 

***

Disimuladamente, ponte a tres metros detrás de ella, me dice el perro, ya en el parque.

¿Detrás de ella?, pregunto ingenuamente.

Claro, pues, detrás de ella, si no, cómo pretendes hablarle, ¿a gritos?

Tal cual me lo ha indicado, y cargándolo, nos acercamos a ella por detrás. El perro acerca su hocico a mi oído, me dice que lo ponga en el suelo y que suelte la cadena. ¿Que suelte la cadena?, le preguntan mis ojos. Tú solo hazlo, huevón, me responde, siempre en susurros. Vas a ver que en un minuto ella misma te habrá invitado a salir. 

¿En serio? No puedo creer lo que oigo. Hago como me dice. Lo bajo y suelto su cadena. El perro corre hacia la tetona, se ubica delante de ella, le obstruye el paso, la mira, se para en dos patitas.

Qué lindo, exclama la chica. El perro que ella tiene de una cadena se acerca al mío, pero el mío no se inmuta; se mantiene erguido. Qué precioso, vuelve a exclamar la chica. Uy, parece que quiere que lo cargue. Qué ternurita. El perro vuelve a ponerse en cuatro patas y regresa conmigo. La chica vuelve el cuerpo para seguir el recorrido de mi perro y, según creo que ha sido el plan, me descubre ahí detrás, con cara de sonso.

Hola, ¿es tu perrito?, me dice.

Hola. Sí, es mío.

Es un shih tzu, ¿no?

.

Está precioso. Qué curiosos sus lentes. Y qué lindo que se pare en dos patitas. ¿Tú le enseñaste eso?

No, nada. Lo hace cuando quiere que lo carguen», se me ocurre. Tu perrito es un…

Un schnauzer. Y no es perrito; es perrita.

La tetona siente un tirón en la cadena de su perra. Se fija en lo que ocurre y vemos los dos cómo Kukín, mi perro, se monta a la schnauzer. La tiene bien clavada. Kukín es una máquina de bombeo.  

No, no, perro cochino, no hagas eso. Fuera, fuera, vete, ordena la tetona, pero Kukín la desoye y continúa en su afán.

Reacciono y reconvengo al perro. Mis reclamos se los lleva el viento. Lo tomo del lomo e intento separarlos. La fuerza que se opone es más potente que la que yo ejerzo. El pene de Kukín está hinchado y bien atascado en la vagina de la perra. 

¿Ya la penetró?, pregunta la chica.

Parece que sí, le digo. Discúlpame.

¿Cuál discúlpame? Haz algo. Sepáralos. Mi perrita es de raza. Ella tiene novio. Otro schnauzer como ella. Sepáralos. No quiero que tenga perritos chuscos. 

Kukín continúa bombeando a la schnauzer. Tiene la lengua afuera y, por la expresión tremendista en sus ojos, está a punto de eyacularle el semen. Cuando termina, ante la impasibilidad de la tetona, mi perro se echa sobre el suelo y queda como desmayado.

A la próxima ten más cuidado con tu perro. Ojalá que no haya preñado a mi bebé, dice mientras carga a su perrita. No se digna a mirarme y se va.  

Oye, le digo al perro, se suponía que ibas a ayudarme con la tetona, no que la ibas a espantar. Qué vergüenza. De haber sabido lo que ibas a hacer, no te soltaba.

Oye, le repito. Le doy un sacudón. Parece muerto.

Déjame descansar, pues, dice Kukín, tras unos segundos de reanimación. Si pudiera fumar, te mandaría a la tienda por unos puchos. Qué rica culeada le metí a esa perrita, compañero.

Oye, dijiste que me ayudarías a hablarle a la tetona.

Ya, pues, ¿y acaso no le has hablado?

Pendejo. Tú sabes a qué me refiero.

Bueno, solo diré en mi defensa que ya no soportaba tirarme al cojín ese que me compraste. Necesitaba una hembra de verdad. Lamento haberte utilizado, pero si no te mentía, seguro no me sacabas al parque. Tenía que motivarte un poco. Aunque ahora que lo pienso bien, tú también debes de estar necesitado, ¿no? Sé que te corres la paja unas tres veces al día.

No me queda alternativa. Desde que te compré, hace dos años, no tengo flaca. Justamente, por eso te compré, para que me ayudaras a conseguir mujer.

Yo pensé que para acompañarte.

También, pero era más para que me ayudes a conseguir una flaca.

Pero hemos salido muchas veces al parque, a este y a otros. Y recuerdo que varias chicas se nos acercaban, hasta ellas mismas te iniciaban la conversación, pero tú nada. Te faltan huevos, estimado.

Y hoy sí que me ayudaste, digo con ironía.

Claro. Te hice hablar. Ya dependía de ti, de tu tacto, de tu habilidad, para que cambiaras el rumbo de las cosas.

Lo tomo en brazos y le doy un beso en la cabeza; después de todo, es un perrito adorable, idéntico a un peluchito.

Vamos al centro comercial, me dice de pronto, quizá conmovido por mi desinteresada muestra de afecto.

¿Ahorita?, me sorprendo.

Claro, pues. Ahora sí te prometo que te ligas a una flaca. Pero intentemos con chicas que no tengan perras; puede que me vuelva a desconocer y me las clave.

***

Son las cuatro de la tarde y la mayoría de las bancas del patio del centro comercial están ya ocupadas por gente que lee.

Mira a esa chica, me dice el perro. Está como te gustan; carnosas y blanquitas. Vamos.

Caminamos. Cuando estés a un par de metros, me sueltas la cadena. Yo haré el trabajo sucio.

Hago tal cual me ha dicho; suelto la cadena. Kukín acelera el trote y, a medio metro antes del objetivo, se mete un salto aerodinámico y tumba con el hocico el libro que la chica tiene en las manos. El libro cae al suelo. El perro, ya en tierra firme, me mira como diciéndome “levanta el libro, pues, huevón”.

Entiendo el mensaje y me apuro en recoger el libro que termino entregando a la chica. 

Gracias, me dice.

Por favor, disculpa a mi perrito, le digo. La chica me gusta muchísimo. Es mi tipo de mujer.

No hay problema, dice ella.

Me he fijado en el título del libro y resulta que es una obra que ya he leído. Le expreso, entonces, como para propiciar una conversación más honda, la bondad de la trama. ¿En qué parte estás?

En cuando los novios empiezan a planear la muerte de la mamá de la chica para quedarse con su plata. Este escritor es maravilloso. No puedo dejar el libro quieto. Hoy no duermo hasta llegar a la última página.

Me pasó lo mismo. Esa novela es genial. La leí en un día y medio. Sin dormir nada. Tenía los ojos reventados. Cuando cerré el libro, dormí un día entero.

¿Sabes?, dice la chica. La trama de esta novela es tan perfecta que me pregunto si se puede hacer realidad.

No lo sé. Habría que tener un montón de suerte para que los hechos que no puedes controlar ocurran igualitos a los de la trama.

Sí, puede ser, pero en esta novela, y tú lo sabes, casi todo depende de lo que hacen los protagonistas. Hay poco espacio para el azar.

Tiene la mirada ensoñadora. La novela la tiene encandilada.

¿Cómo te llamas?, le pregunto.

Priscilla, me dice, sin mirarme, los ojos fijos en algún punto enfrente de ella. ¿Por qué no hacemos realidad esta novela? Tú ya la has leído y yo la termino hoy. Será fácil. ¿Me das tu número para llamarte y planificar la historia?

Pero, ¿a quién vamos a matar? ¿A mis papás o a los tuyos? Porque los míos no tienen plata.

A los míos, dice ella. Me tengo que ir. Te llamo. Chau.

***

¿Vas a matar a alguien?, pregunta el perro, incrédulo.

Claro que no. Solo le sigo la corriente. Tengo un plan.

¿Cuál?, dice el perro.

Cuando me llame, le diré que nos encontremos en un telo para planificar la matanza. Ya en el cuarto, va a ser pan comido meterle un viajecito. La chica es totalmente mi tipo, pero está mal de la cabeza. Así que solo le sacaré un viajecito y después buenas noches los pastores.

¿Me vas a llevar?

No; además, no dejan meter animales en los hoteles.

***

Llegamos, le digo al perro mientras abro la puerta del departamento.

Por fin, ya me cagaba de hambre. Dame algo de comer, por favor.

Sí, ya te sirvo tus croquetas.

No, no quiero esa huevada. Dame comida de verdad, dice el perro.

¿Sabes? Mejor te quito estos lentes; ya no te soporto hablando.

***

Hola, dice Priscilla.

Hola. ¿Terminaste la novela?, dice Ernesto.

No solo eso, dice Priscilla, y le muestra el contenido de su mochila: la novela, un rollo de cuerda y un par de cuchillos.

¿Vamos a matar a tu papá, a tu mamá o a los dos?

Mi mamá es la de la plata y mi papá me llega al pincho. Los mataremos a los dos.

¿Por qué no te cae tu papá?

Porque es un vago bueno para nada. Siempre ha sido un vago. Nunca ha tenido el deseo de mover un puto dedo para tener algo propio. Cuando mi mamá logró la fortuna que tiene, mi papá exacerbó más su condición de vago. Ya si antes, al menos, se levantaba del mueble para ir a la cocina por una cerveza, ahora todo lo hace por él el ejército de empleadas que hay en la casa.

¿Ejército de empleadas?

.

¿Y cómo piensas que matemos a tus papás si hay un ejército de empleadas dando vueltas en tu casa? En la novela, no hay un ejército de empleadas.

No te preocupes de eso. Cuando lleguemos a mi casa, encontraremos las condiciones tal cual han sido planteadas en la novela.

¿Tu papá te trata mal?

No, ni mal, ni bien. Es un mueble más en la casa. No hace nada. Lo único que hace es leer una novela al mes como ha ordenado la presidenta.

No me hubiera sorprendido que me cuentes que manda que le lean la novela o le alcancen un resumen.

Hacía eso. Hacía que una de las empleadas comprara cualquier novela, la leyera ella misma para que le contara luego un resumen. Hasta que un día vio en la tele que uno de los elegidos para el concurso de lectura confesó, luego de que no pudo contestar bien las preguntas, que solo había leído un resumen. Ya ves que las preguntas que hacen detectan si has leído la novela o no. Y cuando vio que fusilaban en vivo y en directo al tipo que aplicaba su técnica, empezó a leer él mismo los libros. Es lo único que hace. Después, todo se lo hacen.

Hay una quietud que Priscilla profana levantándose de la banca donde se han reunido. Vamos yendo, dice. Es momento de actuar.

¿Vamos a ir ya a tu casa?

Claro, tenemos solo treinta minutos para hacer todo tal cual narra la novela.

Pero primero debemos planificar milimétricamente lo que vamos a hacer. Hay un lugar privado aquí cerca donde podemos conversar sobre los detalles. Si no planificamos, vamos a terminar muertos nosotros. Ya ves que en este país no hay cárcel sino pena de muerte. Y directa, sin juicio ni nada.

Ella lo mira a los ojos, como reconviniéndolo, y le dice: Los dos hemos leído la novela y eso es todo lo que se necesita. Conocemos de sobra lo que hay que hacer. Vamos; el tiempo ahora es el principal actor en este juego.

Oye, una cosa es leerla y otra releer la trama, repasarla y ver cómo se la lleva a la realidad.

La manera cómo el peruano lee ahora no es la misma de hace años. Ahora, entendemos lo que leemos con tan solo una pasada. El miedo a morir nos ha sensibilizado el cerebro. Así que no es necesario que vayamos a un hotel para que me caches y me dejes luego abandonada.

¿Qué? ¿Qué dices? ¿Yo no te iba a llevar a ningún hotel?

Ah, ¿no? ¿Y a qué lugar “privado” me ibas a llevar? ¿A tu cuarto? No soy tonta, ¿ok? Vamos. Para ese taxi.

***

El joven le da de comer al perro y se sienta a la mesa de su sala. La sala de un soltero. Mira por la ventana hacia el parque y ve a la chica con la que casi llega a hablar hace un mes. ¿Fue hace un mes?, se pregunta. ¿Dónde están los lentecitos del perro? Extraña la voz del can, su influencia tan ladina. Busca los lentes y los halla en uno de los cajones de su cómoda. ¿Se los pongo o no?, se pregunta, en un instante de duda final.

Decide ponérselos.

Tengo hambre, es lo primero que dice el perro.

Pero si te acabo de dar tus croquetas, repone el joven.

No, dice el perro. Ya te he dicho que esa huevada no me gusta. Quiero me des la carne que me diste ayer; la que me has estado dando estos días.

Ya se acabó esa carne. Toda te la comiste tú.

¡No!, se lamenta el perro. Esa sí que era buena carne. ¿No era de res? Luego de eso, las croquetas ya no me saben a nada. Trae más de esa carne, por favor.

No creo que vuelvas a probar esa carne. Esa carne se acabó para siempre.

El perro olisquea su plato vacío de croquetas, suspirando y recordando la deliciosa carne que lo colmó por casi un mes.