Latidos del asfalto

sábado, 24 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 6



El lunes doce publiqué el primer capítulo de El solitario de Zepita. Rosario, asidua lectora del blog, no halló nada reprochable en esa primera entrega. No creyó que yo realmente hubiera tenido sexo con la tal Estrella. Seguro son las idioteces que escribes para llamar la atención, ¿no?, me preguntó. Sí, sí, le mentí, ¿cómo crees que me voy a cachar a un cabro?

Ese lunes, luego de que salí del baño, ya cambiado con la ropa de oficina, conocí a Patricia Gibellini. Era la nueva asistente administrativa de Jean Carlo. Acababa de trasponer el umbral de la puerta y reconocía su escritorio, su lugar de trabajo. Hola, le dije, embobado. Patricia era condenadamente linda. Hola, me respondió, con una sonrisa. ¿Eres Daniel, no? Sí, le dije. Hablamos por teléfono hace un par de semanas. Te pregunté por Jean Carlo y me dijiste que estaba de viaje, ¿te acuerdas? Lo recordaba. Jean Carlos había estado en Suecia. Te saqué por la voz cuando me saludaste, me dijo. No intenté coquetear con Patricia. Era demasiado linda para que se fijara en este pobre diablo. Permanecí en mi escritorio. Salí a almorzar llevando Los señores de Luis Alberto Sánchez. Regresé y me entornillé en el escritorio. A las cuatro, me fui al baño a ponerme la ropa de ciclismo. Nos vemos, Patricia, bye. Era un placer verle la cara a esa mujer. Te inyectaba optimismo. De cuerpo, no andaba mal que digamos. Tenía lo suyo.  



Salí temprano de la oficina, aprovechando que Jean Carlo aún no regresaba de Chiclayo. A las siete de la noche, estuve en Wilson. Fui al local donde había dejado la Toshiba para su reparación. La necesitaba para continuar escribiendo. ¿Cuánto más debía esperar? La gordita machona me dijo que la disculpara por las demoras, y que su técnico ya había hallado la pieza que se había jodido en mi laptop, pero que ésta tardaría en llegar al Perú, por lo menos, un mes. ¿Tanto? Así es. O sea, ¿recién para mediados de octubre la tendré operativa? No, mejor pongámosle fines de octubre, o principios de noviembre. Le dejé la máquina. Había tenido cuatro días para desarmarla a su antojo. Nadie más querría repararla. No me quedaba alternativa. Está bien, esperaré hasta fines de octubre.  

Conversé con Rosario. Queríamos vernos. Yo quería dormir con ella, abrazarla, absorber su calor. Las noches en mi cuarto solían ser frías entre las tres y las cuatro de la madrugada. Se decía que los vetustos fantasmas del Centro de Lima, los antiguos ocupantes de la casa en que vivía, salían a deambular en ese lapso. No me asustaban los fantasmas, pero me jodía el frío. Me entusiasmaba la idea de dormir con la pinga metida en la concha de Rosario. Pero eso siempre era imposible: mi pinguita, luego de la eyaculada, se me encogía a niveles risibles. La huevada terminaba saliéndose de la chucha de Rosario y, cuando amanecía, ella despertaba en un lado de la cama y yo en el opuesto.

Rosario llegó el martes a las diez de la noche. Venía de una clase en la UPC. Había tomado el Metropolitano. La esperé en la estación de Quilca, que quedaba a escasas cuadras de mi cuarto. Tenía el pelo abultado. Llevaba un par de chompas. Se la veía gruesa y bruja. No se había bañado. Caminamos hacia mi cuarto. En la tienda de Colmena, compramos un par de cervezas heladas.

Me dijo que quería bañarse. Le dije que, desde la mudanza, no había encontrado el tiempo para desinfectar el piso de la ducha. Si quería bañarse, tenía que traer sus propias sandalias. Desistió.

Nos recostamos en el colchón inflable. Abrí las botellas. Bebimos. Puse el último video de los cómicos ambulantes en su iPhone, gastando los megas de su plan telefónico. Reímos bastante. Llévame un día a los cómicos, me dijo, matándose de risa. Algún día, le dije, sabiendo que jamás lo haría. No estaba para salir de la manito con alguien a ningún lugar. La rutina con Rosario había llegado a un punto en el que la buscaba básicamente para tirar. Me parecía absurdo hacer las cositas públicas que hacían los enamorados, como salir a pasear, cuando el objetivo de tirar ya había sido logrado. Además, andaba supremamente ocupado en cosas que me absorbían, y por las cuales gozosamente me dejaba ser absorbido, porque disfrutaba de ellas. Tenía la empresa de Jean Carlo, los proyectos de mi consultora, el cuento que no terminaba de corregir, la novela del Solitario, mi hija, mis lecturas. No disponía de tiempo para estar enamorando a alguien. Tampoco tenía ganas de hacerlo. Hacía tiempo, me había dado cuenta de que prefería que las chicas me sedujeran, y no yo a ellas. Era lo suficientemente talentoso como para perder mis energías rogándole amor a una mujer. Si el Solitario llegaba a viralizarse, y conseguía la fama, las mujeres empezarían a caer por cuenta propia. Había que esperar.

Cuando terminó el video y nos acabamos las cervezas, hicimos el amor. Le mordía las tetas mientras se la metía. Era una de mis poses favoritas. Me gustaba mamar tetas grandes. Era mi debilidad. Era un mamón. Antes de eyacular, porque luego me quedaba completamente jato, le recordé que al día siguiente tendría que salir temprano: tenía una reunión con el decano de la UNI a las nueve de la mañana. No te preocupes, yo te despierto si falla tu celular, me dijo. Me la chupó. Me pidió que se la meta un rato en perrito. Finalmente, eyaculé corriéndome la paja y chupándole las tetas. Siempre me venía así. Me había vuelto flojo con el tiempo. Se tragó mi semen. Me quedé privado.

Ella tomó un colectivo a Chorrillos en el jirón Inclán. Yo tomé un taxi en Wilson. A la UNI, maestro. Me cobró diez soles el puta, por un viaje que no sabía que sería tan corto. Llegué con veinte minutos de anticipación. Había conocido al decano de la UNI, hacía dos años, cuando todavía no era decano. Él había sido contratado para realizar un estudio de ventilación para la minera en la que yo trabajaba como jefe de ventilación. Lo habían contratado cuando yo aún no asumía ese cargo. Vi su forma de trabajar. El informe que presentó parecía redactado por un ingeniero peruano, o sea, por alguien que escribía con las patas y que no tenía un gramo de sentido común. Quedé convencido, desde esos tiempos, de que yo era el mejor ingeniero de ventilación del país. No tenía competencia. Dominaba la ventilación, hablaba y escribía en inglés mejor que un americano, tenía cultura, tenía lecturas, escribía perfectamente en español, y sabía algo de francés. Estaba desperdiciando mi talento en las minas del Perú, en donde solo se necesitaba un par de putamadres y unos cuantos carajos para hacer ingeniería. Ya pensaba en librarme del yugo alguna vez.

Jorge, ¿te acuerdas de mí?, le dije, luego de darnos un apretón de manos. Claro, claro, de Xulcani, ¿no? Claro, fuiste a hacer un estudio. ¿Cómo te va? Bien, bien, me dijo. Se estaba adaptando a sus nuevas tareas en el decanato. No era fácil, decía, había muchos papeleos y muchas reuniones. Era un tipo tímido, bajo, de lentes y cabello ralo, siempre engominado. Era difícil imaginarse cómo había llegado a ser decano. Fuimos al laboratorio que estaba implementando. Jean Carlo le había vendido el mejor ventilador del mundo para que su laboratorio estuviera bien equipado. Revisé las instalaciones. Faltaba conectar el variador de frecuencia. Por favor, le dije al jefe del departamento de electricidad, deben dejar el variador instalado y conectado al ventilador. Cuando tengan eso listo, les pasé mi tarjeta, me llaman para coordinar con mi técnico electricista y podamos hacerles la configuración del sistema. ¿Queda? Sí, ingeniero, como usted diga, me dijo. Nos dimos un apretón de manos.

En el camino de regreso, entré a una cafetería de la universidad. Se llamaba La cabaña. Pedí un jugo de naranja y un triple vegetariano. Una muchacha, sentada a un par de metros de mi sitio, que estaba vestida bastante humildemente, tomaba el desayuno que se ofertaba en las afueras del local, el súper desayuno de la cabañita. Un sol cincuenta. Quinua y pan con queso. Saqué Los señores y leí un poco. Había decidido tomarme el día libre. El fin de semana en Piura había alterado las cosas que debía hacer: dejar mi ropa en la lavandería y comprar más. La lavandería de Zepita abría de lunes a sábado, de diez de la mañana a cinco de la tarde. Jamás la encontraría abierta. Mi horario en la oficina de Chorrillos iba de lunes a viernes, de ocho de la mañana a seis de la tarde. Solo coincidiríamos los sábados, pero el segundo sábado de mi solitaria soltería lo había pasado en Piura; el primero, mudándome. Era justo tomarme lo que quedaba de ese miércoles. Se me había acumulado bastante ropa sucia. 


En el patio de la UNI, había una feria de libros. Poca literatura. Más ingeniería. Con razón teníamos los ingenieros que teníamos. A este país le faltaba educación, le faltaba espíritu, humanidad. Estábamos cagados. Jim Morrison, a los dieciséis años, había leído a Nietzsche, Rimbaud y William Blake. Otra cosa.    




              Fuente: http://www.taringa.net/posts/imagenes/13394238/Feliz-Cumpleanos-Jim-Morrison-Homenaje

Tomé una combi. Luego de cinco minutos, bajé en la Plaza Dos de Mayo. Me detuve en un quiosco. Me interesó una publicación sobre el poeta Juan Gonzalo Rose. Tenía buenos versos: “Pues caso estimable es el de bicho / que más alumbra / cuanto más se muere. / Y no el del hombre /  que se opaca de a pocos / y es mucho más obscuro / cuando dura”. Pero arrugó al final de su vida. Buscó a Dios. Si hubiera permanecido siendo el apóstata juerguero que fue en su juventud, posiblemente me lo hubiera tatuado. 



En el cuarto, me quité el traje del oficinista modelo. Ahora estaba de negro. Dejé la bolsa de ropa sucia en la lavandería. Tres soles cincuenta el kilo de ropa. Serían siete soles, amigo. Le pagué. Estaría lista para mañana. ¿No había problema si la recogía el sábado? No, amiguito, no hay problema. Vi un letrero. Decía: no se admiten prendas íntimas. En mi bolsa, había siete bóxers y siete pares de medias blancas. No, amiguito, no hay problema. Ese letrero es para los travestis que a veces vienen aquí y traen unos hilitos que me malogran mis lavadoras. A ellos no les acepto ninguna prenda íntima.

Fui a la Calle Capón. Compré más bóxers, medias, polos. Me stockeé para la semana.

Regresé sudado al cuarto. Sudaba mucho, incluso en invierno. Me sudaba la espalda, el pecho, los huevos y el culo. Era un problema genético. Mi hijita también lo había heredado. Los veranos nos resultaban insoportables. Me bañé.

Me llamó Walter Olivo. Había sido practicante en VISA. Duró un mes. En julio, VISA contrató a mi empresa para un estudio. Ahí conocí a Walter. Ahora pateaba latas. Se apuntaba a cuanto llamamiento aparecía, sin suerte. Daniel, amigo, vamos al Expomina, en el Jockey. Fui. Pensé visitar los stands de las mineras y presentarme. Presentar a mi empresa, conseguir contratos. No fue así. Todos los stands les pertenecían a empresas contratistas. Ninguna minera. Entramos a la sala de conferencias. Fernando Gala, que había sido mi profesor de Evaluación de proyectos en la Católica y viceministro de energía y minas del gobierno de Alan García, analizaba los últimos cinco años de la industria minera. Los proyectos más valiosos estaban detenidos. El gobierno de Humala la había cagado. No había manejado la cosa social, lo cual había conducido al estancamiento de las exploraciones y las inversiones. No había pan para mayo. Encima, el precio de los metales se estaba yendo, de a poquitos, a la mierda. Si no tenías reservas minerales en ingentes cantidades, y vendías lo que tenías a precios que no cubrían tus costos operativos, entonces tu destino como empresario minero era implosionar. Despidos, protestas, cierres. Ejemplos los había por montones.


El Expomina parecía más un prostíbulo que un centro de reunión comercial. Las empresas contrataban anfitrionas que colocaban en las puertas de sus stands para capturar la atención de posibles clientes. Las empresas sabían que los mineros eran unos arrechos de mierda. Las chicas eran blancas, pitucas. Solo había una negrita. Ninguna chola. Las cholas no jalaban, no atraían. Pero los ingenieros eran cholos, como yo, por ejemplo. Todas las anfitrionas tenían tetas descomunales. Parecían las tetas de las chicas más bellas del jirón Peñaloza. Walter se quedó prendado de la negrita. Tenía buen rabo. Pasamos una y otra vez por su stand. Me imaginaba lo que conversarían las modelos pitucas al terminar su jornada de anfitrionaje. Ay, qué asco, se me acercaban esos enanos marrones a sacarse fotos conmigo. Ahggg, no veo cuándo acabe esta feria. Ay, sí, amiga, tienes toda la razón.

Salimos al Trébol de Javier Prado. En un tacho de basura, metimos todos los brochures que nos habían entregado en la feria. O sea, pusimos las cosas en su lugar.


Regresé cansado a mi cuarto. No había entregado ni una sola de mis tarjetas de presentación. Dormí. Había oficina al día siguiente.     

Lima, miércoles 14 de setiembre del 2016

jueves, 22 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 5

Ricardo tenía que configurar los variadores de frecuencia, que eran unos aparatos que permitían regular, a gusto del usuario, el consumo de energía de los ventiladores. Terminó el trabajo en veinte minutos. Jean Carlo le comunicó a Luciano que todo estaba listo. Queríamos irnos pronto. Era lo atractivo de ese trabajo: viajabas, te quedabas unas horas en el proyecto, y regresabas a la ciudad. En la mina, por otro lado, pasabas los días secuestrado, dejando de ser tú mismo para convertirte, a cambio de unas cuantas monedas, en un autómata.



No tan rápido, dijo Luciano. Quería que Ricardo programara los variadores en un modo para el cual no habían sido diseñados. Igual, Ricardo lo intentó. Llegó la hora del almuerzo. Ricardo seguía intentándolo. Jean Carlo sacaba fotos de sus ventiladores, posaba al lado de ellos. Se sacó fotos en la boca del túnel, con los brazos cruzados sobre el pecho, con las manos atrás, inflando los pectorales. Vamos a mangiare, dijo Luciano. Después continúas con esa vaina, compare, le dijo a Ricardo. Los obreros treparon a una van. Luciano y su chofer lideraron el camino. Nosotros fuimos a la saga. Un obrero, que no había encontrado sitio en la van, pidió que lo lleváramos. Se acomodó atrás. Se llamaba Clemente. Tenía dejo serrano. Disculpe, ingeniero, le dijo a Jean Carlo, que iba al volante, ¿ustedes qué ven aquí? Veíamos la ventilación. Ah, ya. ¿Se quedan mucho tiempo? No, hoy mismo nos regresábamos a Lima. Quién como ustedes, inge, acá nosotros trabajamos treinta y cinco días por siete de descanso, y encima ni nos pagan los descansos. Los ingenieros acá son bien ratas. En el proyecto que teníamos en Ica, los ingenieros pasaban vida. No había fin de semana que no se emborracharan. En cambio, a mis compañeros nos detectaban un poco de aliento y nos botaban como perros. Contó una serie de historias, como la del ingeniero de seguridad que se emborrachó en su cuarto con la charapa del servicio de lavandería, una mujer exuberante, en extremo coqueta. Tomaron cerveza, vino y pisco. Al día siguiente, el ingeniero no asistió a las reuniones operativas. Lo buscaron. Lo hallaron desnudo, durmiendo, roncando, con la charapa al lado, también calata. El cuarto entero olía a alcohol, semen y vómitos. La charapa fue despedida. El ingeniero fue suspendido quince días.

La ruta, una trocha bien apisonada, era fácil. No tenía ninguna curva cerrada. El sol quemaba con fuerza. Los vehículos delante de nosotros levantaban polvo. No se podían abrir las ventanas. Sudaba. Clemente hablaba sobre los accidentes que habían enlutado los proyectos de la empresa. Había una señorita, bien simpática, no me acuerdo su nombre, que trabajaba en el área de Comunidades. Una vez hubo un problema con la comunidad. Habían bloqueado la carretera para protestar. Entonces, esta chica fue hacia el pueblo para reunirse con los dirigentes. Fue en una camioneta de la empresa. Ella iba en el asiento de atrás. Trabajaba con su laptop, creo. Llegan al tramo que la empresa estaba construyendo, en la ladera de una montaña. Estaban doblando una curva cuando de lo alto cae una piedra de este tamañito, vea, así, no más, era la piedrita, pero con la fuerza de la caída atravesó el techo de la camioneta y continuó directo a la cabeza del chofer. El pata se quedó ahí, tieso, muerto, con un hueco en la cabeza. Pucha, la chica se controló, no se asustó, y lo primero que hizo fue salir disparada por la puerta que tenía a su lado, porque el carro, al poquito rato, se fue derechito a un abismo. Clemente contó más historias. La gente moría decapitada, sin piernas, sin brazos. La empresa demoraba un buen tiempo en pagar las indemnizaciones. Solo treinta mil dólares valía la vida de un obrero. Si el cuerpo no era encontrado en el accidente, como pasó con dos chamberos a los que se llevó el río, no veías ni un centavo. Era dura la vida en los proyectos. La podías perder en el momento menos pensado. Y luego de perdida, nadie se acordaría de ti, ni de que dejaste la vida en la obra. Indiferencia.

A dos casas del local donde habíamos recibido la charla de seguridad, estaba el comedor de la empresa. ¿Quieren comer pastas?, preguntó Luciano. Claro. Vengan conmigo. Nos llevó a una habitación, que estaba separada del comedor principal en el que una veintena de obreros almorzaba viendo un programa de espectáculos de un televisor que colgaba de la pared divisoria. En esa habitación, había una mesa larga, con un mantel blanco encima. Nos sentamos. A mi derecha estaba Luciano. A mi izquierda, Jean Carlo. Debíamos esperar por la comida. La mesa estaba en silencio. No me atrevía a decir nada. No quería decir cualquier cosa solo para deshacer el silencio. Me podía salir una estupidez. Me paré. Ya regresaba, iba al baño a lavarme las manos. Cuando regresé, Luciano hablaba animadamente con otro italiano, Wagner Calligari, el ingeniero geomecánico de la obra. Me senté. Llegaron los primeros platos. Se acomodaron delante de los italianos. Empezaron a comer. Llegaron los refrescos. Los italianos bebían Coca Cola. Los peruanos recibimos Aquarius. Me tocó el de sabor a  naranja. Las bebidas estaban heladas. Perfecto. El primer plato para los peruanos se colocó delante de mí. Rigatoni en salsa roja. El mozo colocó dos tazones medianos con bastante queso parmesano rallado. Luciano había dejado de hablar con Wagner. Estaba concentrado en sus rigatoni. Jean Carlo y Ricardo esperaban sus platos. Bueno, yo espero a que lleguen sus platos, muchachos, les dije, haciéndome el caballero. Joder, come, hombre, si no has tomado desayuno debes comer de una vez, andiamo, gritó Luciano. Me dejé de payasadas y comí.

Regresamos a la obra. Ricardo continuó intentando cumplir con el pedido de Luciano. Dieron las cuatro y no conseguía resultado alguno. Los mosquitos del lugar, unos insectos medio verdes, gordos y peludos, se pegaban a la piel y cuando los sentías, ya era demasiado tarde, te dejaban un chupo de este tamaño. Ricardo, acaba rápido, carajo. A las cuatro y cuarto, Ricardo se dio por vencido. No quiero joder el equipo, Jean Carlo. Mejor me gustaría probar lo que quiere el gringo pero en los variadores que tenemos en Lima. Además, el gringo quiere esto para cuando lleguen a los dos kilómetros de túnel, y solo llevan doscientos metros. Tenemos tiempo, creo. Dile eso al gringo, por favor, que le vamos a dar la respuesta en las próximas semanas. Total, no hay apuro, ¿no? Luciano entendió. Nos dimos la mano. Prometimos ofrecerle pronto la solución que esperaba. De todos modos, el propósito de nuestra visita, programar los variadores, había sido logrado. A las cuatro y media, Jean Carlo puso en marcha la camioneta.

Hicimos una parada en Sondorillo. Eran las nueve de la noche. Compramos gaseosas y panes. Cenar en un restaurante nos hubiera tomado mucho tiempo. Queríamos llegar a Lima cuanto antes. Aprovechar algo del domingo. Jean Carlo calculó que llegaríamos a Pacasmayo a la medianoche. Se le notaba más tranquilo. La prueba de fuego había pasado: manejar en trocha con buses interprovinciales que te salían al encuentro como balas perdidas.

El cálculo falló por media hora. Eran las doce y media de la madrugada cuando Ricardo y yo, ya en Pacasmayo, tomamos un bus a Lima. Jean Carlo se quedaba con su familia. Regresaría a Lima en los próximos días. El viaje fue largo. A las once de la mañana, el bus se detuvo en un restaurante, en Barranca. Pedí un plato de arroz con frejoles. No había que fingir la conversación con Ricardo. Ya teníamos de qué hablar: de lo que cerca que estuvimos de morir en el camino a la obra.

Continuamos el viaje. Me dolían las rodillas. Llevaba las piernas flexionadas por más de doce horas. Terminé de leer El cantor de tango. Dormí. Cuando desperté, estábamos en Los Olivos, en Lima. Ricardo bajó. Iría en taxi hasta su casa, en San Juan de Lurigancho. El bus continuó su ruta hasta la agencia principal de la empresa, en el Cercado de Lima.

La agencia estaba a pocos pasos de Polvos Azules. Caminé hasta allí. Compré unas zapatillas Supra. Las Adidas blancas se sentían solas en mi cuarto. Necesitaban compañía. También compré un jugo de mancuernas. Mis brazos estaban flácidos. Había que sacar algo de músculo. Fui al cuarto en taxi. Pude haber caminado, pero las mancuernas pesaban como mierda. Pasamos por la plaza San Martín. Había algo de gente. Era excelente regresar a Lima.






Abrí la puerta principal de la casa con temor. ¿Me habrían robado? Esa inquietud me acechaba desde el jueves que viajé. El cuarto se había quedado solo por cuatro días, a merced de cualquier facineroso. Sospechaba de mis vecinos, sobre todo de los reggaetoneros que vivían al frente de mi cuchitril. Nada. Todas mis pocas cosas estaban tal cual las había dejado. Acomodé mis nuevas adquisiciones. Me bañé. El agua tibia estuvo perfecta. Mientras me cambiaba, decidí sorprender a mi bebe. No la vería con las manos vacías. Me puse un jean azul pitillo, el bividí negro de Los Ramones y las Supra. Me vi en el espejo. Las bicicleteadas, el desayuno de dos jugos de fresa de dos soles cincuenta cada uno y el almuerzo de verduras en el chifa Xing Fu, de Guardia Civil, al frente de mi oficina, estaban haciendo su trabajo. Salí de la casa. Caminé hasta el KFC del Metro de Alfonso Ugarte. Compré una cajita familiar de papitas fritas. Eran las favoritas de mi hija. Jamás se cansaba de ellas. Tomé un taxi. Estaba impaciente por ver la cara que pondría al verme con las papitas. Llegué a casa de mamá, en La Perla. Ahí estaba mi bebé, en el cuarto de mi hermano, viendo videos del alfabeto inglés en su tablet. Nos dimos un piquito en la boca. Le dije te extrañé, mi amor. Oh, papi, son mis papitas. Qué riiiico. Y cantó. Siempre que la complacía o la sorprendía, me cantaba: Daddy finger, daddy finger, where are you? Y yo respondía: Here I am, here I am, how do you do? Realmente, la había extrañado. No quise recordar cómo hice para vivir sin ella cuando vivía encerrado en la mina.  



Almorcé. Mamá había cocinado algo delicioso. En la sala, tomé unas cervezas con mi hermano. Mientras veíamos música en la computadora, decidí que al día siguiente, sin más dilación, empezaría a publicar la novela en el blog. Ya tenía el nombre: El solitario de Zepita. Tenía que llamar a Rosario y advertirle de la novela. Iba a ser algo muy duro para ella.


Lima, domingo 11 de setiembre del 2016

martes, 20 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 4



Salimos de Lima a las ocho y media de la noche. Jean Carlo y Ricardo, el técnico electricista, hicieron turnos para manejar la camioneta. Yo tenía brevete, pero no sabía manejar. Hacía nueve años, había conducido el carro de mi mamá. Lo manejé durante quince minutos por las calles aledañas al barrio en que crecí, Los Nogales, en Los Olivos. Al día siguiente, el carro desapareció. La familia lo había vendido para superar los problemas económicos. Esos quince minutos eran toda mi experiencia de manejo automovilístico.

Luego de pagar el peaje en Ancón, nos detuvo una batería de policías. Ricardo iba al volante. Putamadre, murmuró Jean Carlo. Ricardo, los papeles están en la guantera. Daniel, por favor, dáselos. Jean Carlo había estado dormitando en el asiento trasero, con su esposa e hija. Ellas se quedarían en Pacasmayo; nosotros continuaríamos hasta el proyecto, en Piura.

Un policía se acercó a la camioneta. Pidió los papeles. Los examinó ¿Quién es Jean Carlo Caballero? Yo, jefe, dijo Jean Carlo, asomando la cabeza para que el tombo pudiera verlo. ¿Sabía usted que este permiso de lunas polarizadas solo autoriza que usted maneje esta camioneta en todo momento? ¿Lo sabía? Sí, jefe, solo que… Entonces, lo cortó el policía, ¿por qué está manejando el auto este señor y no usted? No, jefe, lo que pasa es que estoy descansando un rato porque vamos hasta… Bájese del auto, lo volvió a cortar el policía, vamos a tener que llevarlo a la comisaría. Putamadre, dijo Jean Carlo, mientras el policía se alejaba hacia su patrulla. Alcánzame la billetera, por favor, le pidió a Ricardo. Ricardo le pasó un bulto que sacó de un compartimento a su derecha, detrás de la palanca de cambios. Jean Carlo extrajo unos billetes. Voy a arreglar con estos huevones.

Todo listo, dijo Jean Carlo. Ahora yo manejo, le dijo a Ricardo. Éste bajó del asiento y se sentó atrás, al lado de la mujer de Jean Carlo. El tombo me ha dicho que por el Óvalo de Huacho hay otro operativo. Lo pasamos y manejas de nuevo, Ricardo. Jean Carlo empezó a conducir. Contó que el policía le pidió cien soles. Le había metido miedo para justificar el monto de la coima: Son esos cien soles o tu carro se va al depósito y tú a la comisaría. Riéndose, acelerando a ciento veinte kilómetros por hora, contó que el tombo todavía tuvo la concha de decirme que la “cuota” era para comprarse un carrito. Tu camioneta es rendidora, ¿no? ¿Cuánto te costó?, le había preguntado.

Dormí cómodamente. Ricardo y Jean Carlo durmieron por turnos. A las siete y media de la mañana del viernes nos estacionamos en un grifo, en Pacasmayo. Ricardo y yo bajamos del auto para tomar desayuno en el minimarket del grifo. Jean Carlo se quedó en la camioneta. Dejaría a su esposa e hija en la casa que la primera tenía en esa ciudad. Ya regreso, nos dijo. Me dejó la tarjeta de débito de la empresa para pagar los desayunos.

Mientras tomábamos el desayuno, fingí interés por la vida de Ricardo. Se suponía que éramos compañeros de trabajo, al menos durante el viaje, y correspondía que intercambiásemos unas cuantas palabras. Le pregunté sobre su chamba, su familia, su vida. Hubiera preferido comer el triple de jamón y queso, y beber el jugo de naranja, solo, en silencio, leyendo El cantor de tango.

Al cabo de cuarenta minutos de fútil conversación, reanudamos el viaje. Ricardo y Jean Carlo continuaron turnándose al volante. Cuando manejaba Ricardo, volábamos a ciento sesenta kilómetros por hora. Al mediodía, llegamos a un pueblito en Olmos. Buscamos un restaurante. Todo lo que veíamos era pobreza extrema. Los pocos restaurantes que divisábamos desde la camioneta eran patéticos. Hacía un calor de mierda. El lugar parecía desolado, adormecido por la pesada colcha de calor que caía sobre las casas y los campos pelados. Por alguna razón, nadie prendía el aire acondicionado de la camioneta. Había viajado con una camisa de mangas largas. Sudaba. Deseé quitármela, pero eso hubiera descubierto los tatuajes de mis brazos.  Podría perder el trabajo solo por tener la cara de Jaime Bayly tatuada en el brazo derecho. No debía arriesgarme.



Nos topamos con el restaurante menos pobre de la zona. Encontramos a los dueños sentados en el piso, con poca ropa. Eran un hombre gordo con su esposa y un par de críos. Al ver que nos aproximábamos, se pararon para recibirnos. Bienvenidos. Los críos salieron disparados detrás de un perro sin cola. Una joven embarazada fue la encargada de leernos el menú y tomar nuestra orden. Todos optamos por el pollo hornado (sic). No sabíamos qué diablos era eso. ¿No será pollo horneado o al horno, señorita? No, ese es otro. Éste es pollo hornado. Cuando la muchacha se dio vuelta, Ricardo le miró el culo. Jean Carlo agregó: Señorita, disculpe, una Inka helada de litro, también, por favor. El plato resultó ser un pepián de choclo con una pieza de pollo horneado encima. Estuvo rico. 



Un perro se acercó a mi lado. Se sentó en el suelo. Me miró. Sus ojos tiernos imploraron por comida. El hocico lo tenía muy fino, alargado. Lo vi bien. Era una perra. Tenía varios pezones. Eran gruesos. Colgaban exánimes, apuntando al piso de baldosas. Podía ver sus costillas. Me dio pena. Sus ojos eran los de mi esposa, y la forma de su hocico se asemejaba a su nariz larga. Sentí que me miraba ella y no el animal. Cuando Jean Carlo y Ricardo se levantaron de sus asientos, aproveché el momento y tiré mi presa de pollo, aún intacta, al suelo. La perra fue hacia la presa y comió con avidez. Come, mamita, come, le susurré, acariciando su cabecita.

Dos horas después, llegamos a Canchaque, pueblito en el que se ubicaba la oficina principal de la constructora. Se trataba de un hotelito de dos pisos que la empresa había arrendado para albergar a sus burócratas. Luego de una hora de espera, nos recibió el ingeniero italiano a cargo del proyecto. Se llamaba Luciano Brasca. Era un tipo delgado, medio encorvado, rubio, con una incipiente calvicie. Fumaba sin parar. Empezó a quejarse de los fiscalizadores de la obra, los funcionarios del gobierno regional de Piura. Eran especialistas en ponerle trabas burocráticas al proyecto. Papeleos tras papeleos. En Italia hacemos las cosas speditamente, joder. Acá le dan vuelta inútilmente a tutto, ¡andiamo! Ya han pasado seis meses y hasta ahorita no puedo perforar el túnel, joder. Yo quiero dejar toda esta huevada listo y largarme a otro proyecto en Cuba. No voy a estar cuatro annos detrás de un tunnel di merda. Bueno, basta de parlare. Vamos al campamento del proyecto para que pasen la induzione de seguridad o no sé qué diablos.

Luciano y su chófer subieron a una camioneta de la empresa. Nosotros debíamos seguirlos. Antes, Luciano se acercó a la ventanilla de Jean Carlo, que iba al volante de nuestra camioneta. Hombre, ¿el carro te vino con esa tableta incorporada?, se sorprendió al ver el moderno interior de la camioneta que Jean Carlo se había comprado hacía poco menos de un año. ¡Putamadre!, el italiano ya se sabía un buen número de lisuras, las camionetas de esta empresa apenas si tienen una radio a perilla, joder.   

Fue un camino serpenteante que nos llevó desde los quinientos metros sobre el nivel del mar hasta los cuatro mil doscientos. La densa neblina y el cielo que iba oscureciendo ponían nuestras vidas en peligro. Jean Carlo iba a veinte kilómetros por hora. Estaba asustado. Era su primera vez haciendo esa clase de recorrido, en ese tipo de senderos: por un lado, una pared rocosa, filuda; por el otro, un insondable abismo. Un bus interprovincial apareció repentinamente rompiendo la neblina. Bajaba. Su velocidad era muy superior a la nuestra. Jean Carlo, felinamente, viró hacia la derecha, hacia la cuneta. Su rápida reacción nos había salvado de terminar en el fondo del abismo. Fue un aviso. No quería morir así, siendo solo un simple ingeniero de minas, un “profesional” más, con título incluido. Yo quería ser un escritor famoso. Tenía los borradores de una novela que había empezado a escribir desde que me fui del departamento de mi esposa. Quería publicarlos en el blog virtual en el que, con alguna frecuencia, posteaba las impresiones de los libros que leía. Todavía no sabía cuál sería el título de la novela. Sus temas eran  radicales. Suponían un divorcio del “establishment”. Empezaría con un ingeniero graduado de la Católica que cachaba cabros en el Centro de Lima. Si eso no me hacía famoso, estaba perdido. Tenía que intentarlo. El hocico de ese bus a un pelo de mandarnos al abismo fue el aviso que necesitaba, el impulso. Había, sin embargo, una cuestión que me impedía postear los primeros capítulos de la novela: Rosario. No era mi enamorada, pero quería serlo. Llevaba años esperando mi divorcio, y ahora que había empezado a vivir solo veía una esperanza. Quería ser mi novia, que mi tiempo fuera el suyo y viceversa. Eso me enfermaba. Yo le mentía. Le decía que solo tiraba con ella, que con mi esposa no pasaba nada. Pero pasaba. Muy de vez en cuando, luego de alguna fuerte discusión, terminábamos haciendo el amor. También tiraba con putas y travestis, solo cuando había un dinerillo extra. Mi vida era una caja de sorpresas. La publicación de la novela sin nombre destruiría a Rosario. Pero ya le había advertido sobre el tipo de vida que quería llevar, sobre la clase de persona que era. Si quería seguir siendo mi cómplice, tendría que apechugar, entender que yo había nacido para escribir mi vida, para llenarla de mujeres, cabros, y aventuras. No concebía la vida sin escribir. Quería causar controversia, ser el pionero de la literatura transexual. De ningún modo quería terminar mis días viejito, con un culo de dinero ahorrado en el banco, luego de haber trabajado por años en un lugar honorable y respetable, visitando a familiares y vecinos, siguiendo el decálogo del perfecto ciudadano. Ni cagando. Quería ganarme la vida escribiendo mis huevadas. El blog sería el escaparate de la novela. Tenía fe en que alguien influyente se toparía con mis textos y me ofrecería un contrato, la fama. Solo quedaba escribir, publicar y esperar la llegada del reconocimiento. Rosario tendría que ser fuerte.

Luego de alcanzar la cima de las montañas, empezó el descenso. Jean Carlo seguía con el corazón en la boca. Sujetaba el timón con fuerza. A las seis de la tarde, llegamos al campamento. Luciano nos indicó que pasásemos al local para recibir la inducción de seguridad.

Un ingeniero de nombre Virgilio fue el encargado de brindarnos la charla de seguridad. Dijo tener cuarenta y cinco años, pero lucía más viejo. Tenía la cara repleta de arrugas. Era la vida en las minas, en los proyectos, sometido a una presión constante. Vivía para trabajar.

Éramos un grupo de siete personas, todos contratistas. Estábamos parados en medio del patio de tierra del local, haciendo un semicírculo. Bueno, dijo Virgilio, asumo que todos estamos bien de salud; sino no estuviéramos aquí. Con eso hemos terminado el chequeo médico. Así es, los veo saludables. Con respecto a la charla de seguridad, será rápida, como le gusta al ingeniero Luciano. Primero, tengan cuidado con las bestias que manejan los buses interprovinciales en los caminos hasta aquí. Esos te meten el carro, no más. No les importa nada, ni sus propias vidas. Tengan cuidado. En segundo lugar, todos van al sitio del proyecto, ¿no?, asentimos. Entonces, allí es obligatorio usar casco, zapatos de punta de acero y lentes de seguridad. Si van a manipular algo, no olviden ponerse sus guantes de cuero. Y siempre vean por dónde pasan los equipos. Debemos evitar atropellar y ser atropellados. Buena suerte. Había sido la inducción de seguridad más rápida de toda mi vida. Firmamos un registro. La visita al túnel será mañana. Deben estar acá a las siete para salir a la obra, agregó Virgilio.

¿Hay algún alojamiento por acá?, preguntó Jean Carlo. No había. Todas las casas y poquísimos hoteles del pueblito habían sido arrendados por el personal de la obra. Solo quedaba ir a Huancabamba, el pueblo más grande y moderno de la zona. ¿Cómo se llega allá?, volvió a preguntar Jean Carlo, asustado ante la posibilidad de volver a enfrentarse a los temidos y despiadados buses interprovinciales. Nosotros vamos para allá, dijo un joven que pertenecía a la contrata encargada de proveer el shotcrete para el túnel. Solo sígannos.

Huancabamba estaba a media hora del campamento. Nos hospedamos en un hotel  de cuatro pisos. Era el mejor de la zona, de lejos. Jean Carlo se hospedó en la única habitación disponible del primer piso. Ricardo fue al 405; yo al 401. Dejamos las mochilas en nuestras habitaciones. Fuimos a cenar. Entramos en un restaurante que ofrecía pollo a la brasa. No estuvo mal. Las papitas fritas me recordaron a mi hija. Anhelé darle un besote en sus cachetes. Era, sin duda, la niña más linda del mundo.

Al llegar al hotel, quedamos en vernos en el vestíbulo a las seis de la mañana.

El baño de la habitación estaba limpio. Había agua caliente. Me bañé. Me sequé las bolas, los pies, el culo y la cabeza viendo las noticias en la tele. No había un día que no tuviera su cuota de fallecidos en accidentes de tránsito. Apagué la tele. Continué leyendo El cantor de tango. Me costaba conciliar el sueño. Cogí el celular. Googleé XNXX. Elegí un video en el que dos tetonas de veinte años se la mamaban a un moreno basquetbolista. Me vine viendo las caras arrechas de las tetonas. Mientras recibía su mamada, el negro les apretaba los pezones. Sus dedos eran largos, como patas de tarántula. Imaginé que yo era el negro. Tenía a dos rubias succionando mi pichula. Atrapé la leche en un pedazo de papel higiénico. Dormí tranquilo.

A las tres de la mañana, el recinto tembló. Tembló sesenta segundos. Las paredes se sacudieron como si fueran de papel. Gimieron las ventanas. Afuera, escuché pasos atolondrados, gritos de ¡Terremoto! ¡Terremoto! Cerré los ojos. Esperé a que el techo me cayera en la cabeza. Le prometí a Dios que si el hotel no se desplomaba, empezaría a escribir y a publicar ya mismo.    

Cuando cesó la tembladera, cogí un papel y empecé a escribir.

Huancabamba, viernes 09 de setiembre del 2016

jueves, 15 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 3

A las cuatro de la tarde, Jean Carlo se acercó a mi escritorio. Daniel, los italianos nos quieren en la obra ya. Quieren que el viernes arranquemos los ventiladores. Mañana viajamos con el técnico. Vamos a ir por tierra, en mi camioneta. Salimos en la tarde. Yo te confirmo la hora.

Le dije que mi casco y mis zapatos de puntera de acero estaban en casa de mi mamá, en La Perla. ¿Me podías dar permiso para ausentarme mañana y arreglar mis cosas para el viaje? Sí, normal, que arreglara bien mis cosas. Nos veíamos en la tarde. Ah, Daniel, una cosa: ¿la casa de tu mamá está cerca de Plaza Norte? Claro. Entonces, te confirmo la hora para que nos esperes ahí. Perfecto.

Me acababan de cagar el fin de semana, mi primer fin de semana ya instalado en el cuartucho de Zepita. No vería a mi hija hasta el próximo viernes. Tampoco a Rosario.

Llamé a mi esposa. Le conté del viaje. Así que voy a estar fuera el fin de semana. ¿Puedo ver hoy a la bebita, por favor? Claro, ven, no hay problema. Le dije que llegaba a las nueve. 

Llamé a Rosario. Malas noticias, el viaje del que te hablé será mañana. No estaré el fin de semana. Me dijo que no importaba, que nos podíamos ver el próximo. Luego de unos minutos, me mandó un mensaje al Whatsapp. Voy hoy a las once y media, luego de mi clase, ¿te parece? Desde hacía once meses estudiaba ingeniería industrial en la UPC, en el programa diseñado para gente que trabajaba. Claro que me parecía. Hoy la pasaremos rico, ya verás. Te chuparé el pene hasta que te quedes dormidito y puedas viajar mañana tranquilo. De acuerdo. Voy a ir en colectivo. Me esperas en El Queirolo

Llegué a mi cuarto poco antes de las ocho. Cuadré mi bici al pie de las escaleras. La encadené a una tubería de agua. Me bañé. Me puse ropa limpia. Corrí hacia el paradero de buses en Alfonso Ugarte. Tenía claro lo que iba a hacer: colmar de besos a mi bebe e invitarle un montón de papitas fritas, su perdición.

Mi esposa me contó los logros de la bebe en el colegio. Había salido a la pizarra y había escrito los números del uno hasta el diez. ¿Verdad, amor?, le pregunté a la bebe, ¿verdad, mi reina, mi princesa? Yes, daddy, me respondió. Le besé los cachetes, la frente, las orejas, su pelito. Olí su piel, su fragancia de bebé. La cargué, y mirándola a los ojos, teniendo a la luna de fondo, le dije que la amaba mucho, mucho, mucho,…

Les invité unas hamburguesas en una sanguchería de la cuadra catorce de la avenida La alborada. A esa cuadra íbamos siempre y nos empachábamos de arroz chaufa, tacos y hamburguesas.

Era feliz viendo a mi bebe disfrutar de sus papitas y su hamburguesa. Las papitas se las comía sin ayuda. La hamburguesa se la comía con ayuda de su mamá, quien se la partía en trocitos que le metía a la boca.





Me sabía de memoria la carita de mi bebe. Su boquita se movía de cierta manera al masticar. Entornaba sus ojitos saboreando la carne. Ensanchaba sus fositas nasales luego de que bebía apresuradamente de su vaso de Inka Kola.

Ahora vas a ir a la casita a dormir con mamita, ¿ya, hijita? Sí, papi. ¿Me prometes que no vas a llorar y vas a dormir tranquilita? Yes, daddy. La volví a besar. Mi esposa y yo nos despedimos. Cuídense, por favor. Nos vemos. Ella me abrazó. Cuídate mucho, cuídate por nuestra gordita. La bebe subió tres escalones y pidió: Papi, papi, sube, por favor. Hijita, no puedo, pero sube que arriba está Mel. ¿Quieres jugar con Mel? Sí, papi, y subió los demás peldaños, alegre. ¿Vas a portarte bien? Sí, papi. Mel era Melina, la pareja de mi esposa. Mi bebe quería mucho a Mel. Se comprendían muy bien. Mel era excelente con los niños. Tenía una paciencia infinita.

Eran las once cuando llegué a Alfonso Ugarte. Estaba a tiempo para encontrarme con Rosario. A esa hora, en las veredas de las cuadras doce y trece de Alfonso Ugarte, al pie del colegio guadalupano, se vendían libros, además de celulares, ropa, gorras y billeteras.  Los tíos eran careros. El señor Luna, de lejos, era mucho más consciente con sus precios. Vi una edición original de Conversación en La Catedral, de 1971, en dos tomos. En la biblioteca que dejé en el departamento de mi esposa, tenía un ejemplar pirata del libro, el cual, dicho sea de paso, había leído hasta en dos ocasiones. Los dos tomos que tenía ante mis ojos eran una joya. Dame diez soles por los dos, me dijo el vendedor, un joven de barba tupida. Parecía uno de esos universitarios eternos. Ocho, y te los llevo ahorita. Atracó. Recibí un whatsapp de Rosario. Estoy a dos minutos del Queirolo. Eché a andar. Leí las primeras páginas del tomo uno. “…Santiago mira la avenida Tacna sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”.



Cinco minutos después, nos encontramos en El Queirolo, en la esquina de Camaná con Quilca. El bar estaba cerrado. Todo estaba cerrado a esa hora en Quilca. Hacía frío. Rosario llevaba una casaca azul. Yo estaba en bivirí.

Nos acomodamos en el cuarto. Le agradecí que hubiera venido. Ahorita compro unas cervecitas para brindar, le dije. Heladitas. Fui a la licorería de la cuadra tres de Piérola. Pasé por Peñaloza. Ahí estaban las nenas con colita. No había buen material. Algunas me llamaban. Querían mi dinero a cambio de sus abultados rabos. La cachada que le había metido a Jazmín todavía me duraba, mantenía a raya mi arrechura.
  
Conversamos. Bebimos directamente de las botellas. Una para mí, una para ella. En este cuarto jamás habrá un vaso, le dije. Acá todo se toma del pico. Rosario hablaba de sus problemas en casa. El octogenario dueño del departamento que alquilaba había fallecido hacía poco, y los herederos no pensaban continuar arrendándole el viejo inmueble. Venían recibiendo, desde hacía tiempo, varias ofertas para vender la casa, demolerla y levantar un moderno edificio. En la universidad le iba bien, pero siempre se quejaba. Daniel, me saqué diecinueve y medio. Estoy molesta. Ese examen era para veinte. Pucha, pero me equivoqué al transcribir la respuesta. No es justo. Ese día había recibido una propuesta para trabajar en PetroPerú. Estaba feliz por eso. Necesitaba trabajar. Ahora que nos van a sacar del departamento tendré que tener dinero para buscar otro lugar. Rosario había estudiado bibliotecología en San Marcos. Desde que egresó, siempre tuvo trabajo. El último fue en VISA, consultora en la que también trabajé y en donde nos conocimos. La empresa navegaba a la deriva, con un rumbo más cercano del fracaso que de la supervivencia. Su política más inmediata consistía en no renovar los contratos de aquellos elementos que estuvieran a punto de superar los cinco años de permanencia en la empresa. Ese fue el caso de Rosario. En mi trabajo de Chorrillos, a pocas cuadras de donde ella vivía, se necesitaba una asistente administrativa; una secretaria, en buen cristiano. Yo la había recomendado con Jean Carlo. Él se interesó en Rosario. Me había dicho: Daniel, llama a tu amiga. Necesito que empiece a trabajar mañana. Rosario se entrevistó nuevamente con él. Ya le había salido lo de PetroPerú. Me contó cómo fue que tuvo que chotear a mi jefe. No me quería pagar lo que le pedí, Daniel. Pero me consuela saber que él me quiso a mí. Supo valorar mi curriculum.

Escuchábamos Doble Nueve. Habíamos apagado las luces. Ella se había sentado sobre la silla plegable azul; yo, en el suelo, la espalda contra la pared. Los días absurdamente estresantes de la mina habían quedado en el pasado. Pusieron Walkin’ on the sun, de Smash Mouth. ¡Qué buena canción! Cerré los ojos y le agradecí a Dios el no tener que asistir más a ningún puto y estresante reparto de guardia en ninguna otra mina de mierda, escuchando los disparates y desafueros de ingenieros “educados” para gritar, carajear, y extraer minerales.      

Luego de un rato, nos acostamos. Me chupó la pinga como me lo había prometido. Dormí tranquilamente.

Cuando dormía con Rosario, amanecía calentito. Pero ella quedaba pelándose de frío. Yo absorbía su calor.

Desperté cómodamente. Tranquilo. Dispondría de toda la mañana y la tarde para arreglar mis cosas. Descubrí, pegado a mi pierna, el culo desnudo de Rosario. Parecía fosforescente en la penumbra del cuarto, debajo de la colcha. Se me paró la pinga. Se la metí por detrás. Empezó a gemir. Chúpame la pinga, perra, le ordené. Obedeció. Le gustaba que le dijera “perra”. Volví a eyacular.

Rosario tomó un colectivo en la cuadra siete de Tacna. Se tenía la costumbre de anotar la placa de los autos para denunciarlos en caso de que el piloto o sus ocupantes fueran asaltantes. Anota la placa, por favor, me pidió Rosario. Sí, claro, la apunto de todas maneras, le dije. No apunté nada. Ni siquiera memoricé el número. Sabía que a nosotros difícilmente podría pasarnos algo malo, sobre todo después de haber tirado tan rico.

Aproveché la mañana comprando algo más de ropa. Dos jeanes pitillo sumamente baratos en La casa de la moneda, en la cuadra seis de Paruro. Compré un par de camisas en la galería del costado.


Regresé al cuarto. Me bañé. Me vestí y empaqué lo que llevaría al viaje. Tomé el bus a La Perla en la avenida Alfonso Ugarte. Mi mamá me recibió con un delicioso lomo saltado. Me alcanzó un jugo de maracuyá heladito, como me gustaba. Ahí está tu casco y tus zapatos de punta de acero, me dijo. Gracias, mami. Había lustrado los zapatos hasta sacarles un brillo que ya no tenían. Descansa, hijito. Duerme un ratito, papito. Sí, mami, pero primero voy a llamar a Jean Carlo para que me confirme la hora del viaje. Le mandé un Whatsapp: Jean Carlo, ya alisté mis cosas, estoy listo, ¿a qué hora nos vemos? A los segundos, me respondió: Espéranos a las ocho en Plaza Norte. Genial, me dejaba toda la tarde para dormir. Leí las primeras diez páginas de El cantor de tango y me quedé profundamente dormido. 

Lima, jueves 08 de setiembre del 2016.