jueves, 20 de octubre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 16 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

El rey le dijo a la joven:

“Pídeme lo que quieras, que te lo daré”.

Y le juró:

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella salió a preguntarle a su madre:

“¿Qué le pido?”.

La madre le contestó:

“La cabeza de Juan el Bautista”.

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:

“Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

 

Evangelio según San Marcos 6, 22-25

 

Le veo el bulto antes de que se vaya. ¡Qué bien llena esos pantalones! Cuando la tiene dura, que ocurre cuando predica, no puedo quitarle la mirada de encima. Una vez mi esposo se dio cuenta. O no sé. Seguro fue idea mía, porque nunca me dijo nada. Eso sí, cuando él no está cerca, le lanzo unas miradas llenas de deseo. Yo sé que el predicador no es tonto; sabe cuáles son mis intenciones. Sabe que lo quiero predicando en mi cama.

Pero ya basta de jueguitos, voy a tomar acción. Daré el golpe en la verbena de San Juditas. El predicador es uno de los invitados especiales de mi esposo. A ver si el santo me hace el milagro. A ver si para algo sirven los santos. A ver si me concede el deseo en el día de mi cumpleaños.

Con un par de cervezas, mi marido se apaga. No se emborracha, no pierde los papeles, no llora, no baila, no cacha, nada. Solo se apaga. ¡Plum! Chau. Hasta mañana. Cuando eso ocurra, será mi momento. Por fin, conquistaré tu bulto, predicador pingón.

***

No permitiremos que el gobierno nos ordene cuántos hijos tener. Eso va en contra de los principios de Dios, hermanos. El hombre y la mujer fueron creados libres para engendrar vida las veces que sean necesarias. Denunciemos este orden perverso que nos quieren imponer, hermanos. Salgamos a las calles a protestar. La pobreza de este país no se debe a la cantidad de hijos que traigamos al mundo, hermanos. No, definitivamente no.

La pobreza, los vicios y la podredumbre moral se deben a que nuestros hijos crecen en una sociedad torcida, alejada de Dios. Cuando nuestros hijos crecen desconociendo a Dios, el futuro se pudre. Es la falta de Dios en nuestra sociedad la que genera pobreza y perversión, hermanos. Así que no me vengan con el cuento de la sobrepoblación. Siempre recordemos que donde comen uno, comen dos y donde comen dos, comen tres, y donde comen tres, comen cincuenta millones de peruanos. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, la abundancia material y espiritual caerá sobre nosotros por su propio peso. Entiéndanlo bien. Levantémonos contra este gobierno castrador, hermanos. Levantémonos y encomendemos nuestras almas a Dios Nuestro Señor para que nos conceda la victoria en esta lucha contra el gobierno.

Justamente acá, a un ladito, me acompañan los siete, ocho, diez, trece hermanos que hoy tendré el honor de bautizar en la fe. Los bautizaré en nombre de Nuestro Señor para que, desde este momento, sean siervos fieles de la bondad, la disciplina, el respeto y el amor. Y, solo de esta manera, la pobreza y tantos otros males quedarán desterrados de sus vidas y, por ende, de las vidas de los que los rodean.

Que las parejas sigan unidas en Dios y se reproduzcan infinitamente. Si Dios vive en sus corazones, los hijos de sus hijos serán hombres de bien que generarán riqueza de modo natural, multiplicarán las monedas y no estarán contaminados por el capitalismo ocioso y desvergonzado.

Vengan por aquí, hermanos. Vengan, acomódense por aquí. Iré llamando a cada uno para bautizarlos tal cual Juan bautizó a Nuestro Señor.

***

Señora, ¿qué está haciendo? Esto es inadmisible. Por favor, le pido con todo respeto que se retire.

La mujer se había hincado en el suelo y descorrido el cierre del pantalón del hombre de fe. Con voracidad licántropa, había metido la mano en el agujero descubierto y se había apoderado de la bestia que aún dormía, gruesa y cabezona, abrigada por unos calzoncillos de algodón de primera calidad.

Esto no es correcto, señora. Su esposo… ¡Ah! ¡Uh!

El religioso descubre que la lengua de la mujer no trabaja nada mal. Lo hace muy bien. Decide disfrutar de esa lengua un ratito. Eso sí, sobre la frente de la mujer, pone una mano que finge oponer una fuerza de repulsión. Ella no debe dudar, en ningún momento, de que él no está de acuerdo con ese acto de oprobiosa concupiscencia. ¡Pasu, pero qué rico la chupa esta mujer! La chupa casi casi tan rico como la chupa mi Stéfano. Entonces, sus pensamientos los va ocupando Stéfano y la forma en que fricciona su piel con la suya, la manera en que lo besa con la lengua hasta que siente que la pinga se le va a reventar de lo dura que se pone. Ya está bueno, piensa. Este pene es de Stéfano y de nadie más.

Señora, esto no debió ocurrir, dice el santo, apartando, esta vez sí con determinación, la cabeza de la mujer, escondiendo al muñeco, subiéndose el cierre y alisándose el pantalón de fino lino. 

No me digas que no te ha gustado. He sentido cómo lo has disfrutado, Nazaret.

Por supuesto que no. Para nada. Todo esto ha sido un error. Espero no volver a verla más en mi vida. Y si tenemos que cruzarnos en lo que resta de esta jornada de caridad, por favor, espero que no me vuelva a dirigir la palabra. El pecado debe ser cortado de raíz. El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los abandona hallará misericordia. Proverbios veintiocho, trece. Ya sabe. Adiós.

***

Mi amor, tú sabes que todo este cuento de la actividad caritativa ha sido una simple fachada. Lo de fondo ha sido celebrar tu cumpleaños como se debe, y con plata de la Municipalidad, que para eso está esta vaina, para satisfacer y cumplir nuestros deseos. Dime, por favor, además de este diamante que cuelgo en tu hermoso y delicado cuello, qué otro regalo quieres. Yo te lo concedo. Sea lo que sea. Yo te lo cumplo, yo te lo compro. Lo que desees lo tendrás a tus pies. Dime, ¿cuál es tu deseo, mi amor?

La mujer finge meditar su respuesta. En realidad, la tiene preparada desde el instante mismo en que sufrió el mayor desaire de su vida. Afuera, los fuegos artificiales alardean su poderío y estruendo. Las luces multicolores de nitrático olor festejan decenas de años de vida de la municipalidad de Los Olivos.

Quiero la cabeza de Nazaret.

¿Qué? ¿Por qué? Nazaret es como mi hermano. Es un ángel en la Tierra. ¿O te refieres a otro Nazaret?

No, estoy hablando de tu gran amigo Nazaret.

¿Y por qué quieres su cabeza?

Porque, desde que lo conociste, me pretende. Me coquetea cuando te das la vuelta. En varias oportunidades, ha querido besarme. Ayer no ha sido la excepción. Ha querido abusar de mí. Me ha tocado, me ha besado y casi casi me ha metido su cosa. Yo no me dejé.

La mujer se deshace en sollozos. El pecho le detona en palpitantes convulsiones. Su pulso es agitado; su respirar, dificultoso. Recuerda todas las vejaciones y humillaciones de Nazaret.

Amor mío, discúlpame, pero no creo que Nazaret sea capaz de todo lo que dices.

Con los ojos trastornados de indignación, la mujer vomita tremendo vitriolo: que cómo vas a desconfiar de la mujer que te adora, que te la chupa, que se te entrega toda. No me mereces. No mereces todas mis atenciones.

Basta, mi amor. Discúlpame. Olvida lo que dije. Para mañana en la noche, a más tardar, tendrás la cabeza de ese desgraciado ante ti, besándote los pies.

***

Tú serás el salvador de este país.

Los besos caen y demoran, reptan. Las pieles se recorren, se reconocen, se mezclan. Al muchacho le gusta sentir la barba rasposa de su mentor.

Está clarísimo: has nacido con el don del líder. Nunca te desperdicies.

El muchacho se desliza por entre las sábanas y con sensual salvajismo se apodera del tremendo garrote que tiene el hombre entre las piernas. Este comienza a delirar. Ya no concurren pensamientos en su cabeza. La locura misma lo invade y se retuerce debajo de las sábanas. No pone las manos en la cabeza del muchacho porque sabe que eso le disgusta. Eso es de cabros, le dijo una vez. Así que lo deja hacer y no interfiere con el desarrollo del trabajo bucal del muchacho. Solo lo disfruta.

Luego de una hora, ya descansados, bebiendo algo de vino, el hombre le dice: Tú debes ser mi guía, no yo el tuyo. Estoy seguro de que te esperan cosas grandes.

***

¿Qué es eso, amor?, dice la mujer. Le intriga la elegante caja puesta sobre el piso, al lado del lecho marital.

Es un presente, mi amor.

¿Puedo abrirlo?

Por supuesto, mi amor. Solo lamento haberme tardado un par de días en presentártelo.

¿Un par de días? No me digas que es lo que creo que es.

Se miran. Se entienden.

¿Adentro está la cabeza de ese miserable?, dice ella, un tanto incrédula.

Compruébalo por ti misma, amor. No te preocupes que no te mancharás con sangre o algo así. Mandé que escurrieran bien esa cabeza y le den una buena limpiada. Hasta perfume tiene. No te iba a presentar un pedazo de carne putrefacta. 

La mujer se acerca a la caja. Una tarjeta acorazonada dice: A mi reina, lo que pida.

Ábrela, mi amor. Sin miedo. Además, apenas la veas, llamo a Johnny para que la bote a la basura y se la coman las ratas.

Las uñas largas y coloridas de la mujer se desprenden de la tarjeta y en su rostro se van alternando gestos de difícil interpretación.

Vamos, amor; sin miedo.

Tras un momento, por fin, dice: No, amor. No quiero arruinar mi día con una imagen tan desagradable. Sé que la cabeza de ese desgraciado está ahí adentro. Te creo. Sé que eres capaz de hacer lo que yo te pida, mi amor. Llama a Johnny y que se asegure que las ratas se la coman toda. Que le echen mayonesa y kétchup. Las ratas adoran esas cremas.

***

No sabemos quién lo hizo.

¿Lo dejaron tirado así? ¿Sin más?

Sí. Así lo encontramos. Pero, dime, sí o no que esto lo han planeado. Alguien que te quiere robar, te mata y listo; no se da el trabajo de cortarte la cabeza. Para mí que ha sido el gobierno. Hace rato lo tenía en la mira. El maestro era uno de los más grandes obstáculos para su objetivo de eliminar todos los cultos religiosos del país. Así que lo mandaron matar a oscuras, como matan los criminales, por la espalda y en la oscuridad.

Hay un silencio inflamado por los pensamientos que surgen de la contemplación rabiosa del cuerpo desnudo, sangrante y decapitado.

¿Vamos a hacer algo?

Las lágrimas del muchacho se unen al silencio en su rodar. El llanto es quedo, de macho, del discípulo que ve en el cuerpo de maestro la respuesta definitiva a la pregunta.

Ya veremos. Ya veremos.