Latidos del asfalto

domingo, 19 de marzo de 2017

El solitario de Zepita – Capítulo 15


“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”
De “No vuelvas más”, de Zero Balas



                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=8dSHZZdy3QI

No me atreví a besar a Patricia. Me ganó la cobardía. Me ganaron la cobardía y el temor. El temor a su reacción. Se notaba que era una mujer de carácter. Si la besaba corría el riesgo de que me estampase un cachetadón en la cara y, no contenta con eso, me acusase ante Jean Carlo. Entonces, regresaría a Zepita con la cara partida y sin trabajo. Perdería por todos lados.

Luego de probar la cucharadita de café que me tendió en la boca, determiné que debíamos añadir dos cucharadas más de azúcar a cada taza. Y revolver. Patricia ejecutó la operación. Una vez más, me dio a probar el resultado de las mezclas. Quedaron bien. Revolvió otra vez los contenidos de cada taza. Utilizó la misma cuchara para las tres tazas. La misma cuchara que me había estado metiendo a la boca. ¿Se daba cuenta de que esa cuchara había estado en mi boca varias veces? ¿Se daba cuenta de que los invitados de Jean Carlo prácticamente beberían mi saliva infecta? No importaba, no había que hacer mucho escándalo al respecto.

Patricia llevó las tazas en una bandeja. Me quedé limpiando los estropicios dejados en la mesa de preparación. Acabada mi misión, me puse la ropa de ciclista y me despedí de Patricia. Jean Carlo permanecía encerrado en su oficina con los visitantes. Patricia verificaba los datos de una factura. Nos vemos, le dije. Chau, me hizo con la mano. Apenas sonrió. Volvió a incrustar su mirada en las facturas que se apilaban delante de ella. La complicidad de hacía unos instantes en el kitchenet había quedado atrás. No importaba. Yo estaba seguro de que esos momentos habían existido y que solo hacía falta algo más de paciencia para revivirlos y obtener las ventajas deseadas.

La avenida Guardia Civil, a esa hora, andaba un tanto despejada. Metí la bicicleta en el asfalto de esa arteria. Pedaleé fuerte. Mis únicas consignas eran hacer mi recorrido dentro de la hora y media habitual, o antes, y prepararme para recibir a Karina en mi cuarto por segunda vez. Era viernes, último día de la semana laboral. Había licencia para beber como solo se puede beber un viernes por la noche: en exceso y desbocadamente; más aún si se iba a estar acompañado de una mujer como Karina, una hembra de tetas grandes y dispuesta siempre a llevar los besos apasionados hacia límites insospechados: perritos, sesenta y nueves, misioneros y todas aquellas poses que acuden con presteza a las mentes más retorcidas, mentes como la mía.

La vitalidad con la que había manejado la bicicleta por las más peligrosas y transitadas vías de Lima se hizo trizas apenas leí el último mensaje enviado por Karina: Dannysito, lo siento. No voy a poder ir a tu cuarto como habíamos quedado. Como te conté, al final me ganó esto de los preparativos para el cumple de mi hermana que es mañana.

Insistí. Le dije que se tomara todo el tiempo del mundo para que cumpliese con los preparativos de los que hablaba, pero que intentara venir. Yo no tenía problema con que se apareciese a las once o a las doce, o incluso a la una de la mañana. Yo la esperaría donde la dejase el taxi y la escoltaría hasta mi cuarto. Insistí durante varios minutos. Todo en vano. Lo único que conseguí fue una promesa pírrica, de consuelo, hecha, evidentemente, para que la dejara de joder. Prometía verme pronto. ¿Cuándo? Ni Dios lo sabía. La fecha prometida se perdía en la incertidumbre de algún futuro.

Dejé, sin embargo, que la coartada que les había endosado a mi esposa y a mi mamá siguiera su curso. La coartada, preparada con la debida antelación, tenía como propósito exonerarme, solo por esa oportunidad, de recoger a mi hija de la casa de su mamá para dejarla en casa de la mía, en La Perla. Para ello, había coordinado con mi esposa que tuviese lista a mi hija para que mi mamá pudiera recogerla el sábado por la mañana.

Le mandé un mensaje por Whatsapp a Rosario. Le pregunté qué hacía. A ella también le había mentido. Le había dicho que, como todos los fines de semana, iría a la casa de mi esposa, recogería a mi bebé, la llevaría al Bembos y, luego, bien comida y bien jugada, a la casa de mi mamá, en donde pasaríamos, como era usual, el fin de semana.

Viendo un anime, fue su respuesta. Rose pasaba la mayoría de su tiempo libre viendo películas animadas japonesas. Podía pasarse un día entero viéndolas. No se hartaba de ellas. Deseé decirle: Ven, Rose; la puta de Karina me ha fallado y sé que tú no me fallarás, ven pronto, tomemos unas cervezas, veamos a los cómicos en la compu y, luego, hagamos el amor. Pero no le dije nada. Era mejor que siguiera creyendo que mi mentira era una verdad. ¿Y tú no estás en casa de tu mamá?, preguntó. Siempre me pareció que Rosario me conocía tan bien que sospechaba que mentía cuando estaba mintiendo. Claro, escribí. Acá estoy, tirado en el sofá de la casa de mi mamá. Pensé en ti un ratito y decidí escribirte.

Faltaban diez minutos para las doce. La noche, que hasta hace unas horas se me presentaba promisoria, se me había derrumbado, como un castillo de naipes. No me provocaba llenar esa noche con el fragor de alguna discoteca. Quizá, si alguna chica me hubiera tocado la puerta y me hubiera dicho Daniel, vamos, salgamos, bailemos y luego tiremos, entonces, ahí sí, me hubiera prestado para la huevada. Pero la realidad era otra. Estaba solo y sin ganas de hacer un carajo.

Tras permanecer tirado en mi colchón, los impulsos aventureros entrando a mi cabeza y huyendo de ella, en un ir y venir frenético y aturdidor, decidí despejar un poco la mente, sacudirla de tanta mierda que me acosaba; decidí salir a caminar. Siempre cabía la posibilidad, por más remota que fuera, de hallar a la compañera ideal de juergas y sexo sin compromiso.

Cogí una novela de la pila de libros acomodados en un rincón de mi cuartito. Herzog, de Saul Bellow. La había empezado a mordisquear unos días atrás. Desde las primeras páginas, me cayó muy bien el personaje medular del libro: Moses Herzog. Moses era un tipo inteligente y, como tal, era consciente de que su vida había sido un desperdicio. Moses era un sujeto pasivo, calmo, dominado por la impronta acerada de la derrota y la rutina. Era, también, un gran observador del mundo, de la vida, y de los miserables personajes que la componían. Guardaba un profundo respeto por sus desgracias personales, y no se quejaba de ellas. Era un excelente perdedor. Como yo. Desde que empezabas a leer la novela, el fino humor negro de Saul Bellow trepaba por tus retinas y se te clavaba en el cerebro. 

Leía mientras caminaba. O caminaba leyendo. Tomé Zepita, derecho hasta llegar a Wilson. Se me había ocurrido ir a Quilca para otear el ambiente. Crucé Wilson y llegué a la placita Elguera. En una de las bancas de la plaza, un par de fumones planeaba la estrategia de la noche. Seguí por Quilca. No pude evitar reírme con una de las líneas de Herzog: “Una rata había roído un paquete de pan y dejó la forma de su cuerpo en las rebanadas. Herzog se comió la otra mitad del pan después de untarle mermelada. Podía compartir el alimento con las ratas.” Qué genial es este Saul Bellow, pensé. Solo las personas inteligentes son capaces de burlarse de sí mismas o de sus alteregos. Si las personas fuesen capaces de burlarse de sí mismas, de despojarse de sus vacuos orgullos, de no otorgarse tanta importancia, el mundo sería otro, uno mucho más habitable. Ese librito que tenía entre las manos lo había comprado en la librería del señor Luna. Mi educación, la educación que valía la pena tener, la había adquirido en esa hermosa librería.

En la puerta de una quinta, unos tipos de distintas edades conversaban a grandes voces, intercalando sonoras carcajadas. El más viejo parecía tener cincuenta años. Era delgado, el pelo cano, la piel amarillenta, la camisa abierta. El más joven podía tener entre dieciocho y veinte años. Sostenía una botella de cerveza. En el lomo de su oreja izquierda, un cigarrillo hacía equilibrio para no caer al suelo. Todos en ese grupo tenían pinta de delincuentes, de extorsionadores, de sicarios. Podían ser todas esas cosas a la vez.

Llegué a la boca de otra quinta, la ubicada inmediatamente antes del bar de Ciro. En esa boca, una señora preparaba unos anticuchos que vendía a la noctámbula concurrencia del Centro. Seño, unos anticuchos, por favor. Comí los anticuchos de pie, a escasos centímetros de donde la señora seguía friendo más anticuchos, más papitas, más mollejitas. La vereda del Queirolo, la que daba a Quilca, estaba ocupada por una treintena de muchachos y muchachas. Estaban los punk, los metaleros, los que no eran ni lo uno ni lo otro, todos bebiendo cervezas, vinos baratos y tragos cortos, los más baratos. No había fin de semana en que esa vereda no estuviera ocupada por esa treintena de jóvenes. Esa vereda era una especie de bar alternativo, en donde podías embriagarte con la poca plata que se hacía a partir de la contribución grupal. En esa vereda, los muchachos se cargaban con el combustible que necesitaban para emprender con bríos las aventuras que la noche les tenía deparadas. Ahí bebían hasta que llegaban los patrulleros policiales. A punta de carajazos, los efectivos del orden deshacían el improvisado bar. La vereda quedaba limpia de gente, pero regada de botellas vacías.   

Esa noche no era mi noche. No debía forzar la situación. Regresé a mi cuarto. Encendí la laptop y revisé unas páginas más del libro de McPhilips. Ver la vieja laptop en la que trabajaba me hacía recordar lo imbécil que había sido para estropear, a punta de sudor, aquella laptop casi nueva que todavía seguía en reparación en la tienda de Wilson. Faltaba poco para octubre. La chito de la tienda me había dicho que, con seguridad, mi Toshiba estaría operativa para el mes del Señor de los Milagros.

El sábado desperté temprano, a las ocho. Se dormía de la putamadre en mi colchón inflable. No podía quejarme. Me quedé un par de minutos mirando al techo, pensando. Ya iba a cumplir un mes viviendo solo. ¿Cómo había hecho para perder a mi hija? ¿Qué clase de vida estaba llevando? Recordé uno de los pasajes de Herzog que había leído la noche anterior y que, pensaba yo, me caía a pelo: “Herzog se merecía lo que iba a sufrir; había pecado mucho e intensamente. Se lo tenía ganado. No había que darle vueltas.” Lo peor de todo era que estaba exponiendo mi vida al mundo, aunque ese mundo estuviera compuesto por un puñado de lectores, gente que seguramente me leía y me compadecía. Ellos me leían desde las inmensas alturas de su empinada moralidad. Yo era apenas un insecto sedicioso. Mis secretos ya no eran secretos, y habían dejado de pertenecerme. Era cuestión de tiempo para que mi esposa descubriera la existencia de mis publicaciones. Se enteraría de todas mis fechorías y me armaría un gran jaleo ¿Qué ganaba publicando mi vida? Nada. Todo era a pérdida. Si mi hija, ya grande, llegara a leer los esperpentos que perpetré estando en Zepita, se sentiría a morir. Era muy probable que siguiese el camino que Pilar Donoso, hija del extinto escritor chileno José Donoso, tomó luego de leer los diarios de su padre: el suicidio. Y si no tomaba ese camino, era recontra seguro que viviría avergonzada de ser mi hija. Aun así, y a pesar de que me sabía un mal y hasta un pésimo escritor, no podía evitar que el virus de la literatura hiciera estragos en mi cabeza y en mi vida. Me había convertido en el catoblepas que Vargas Llosa describió en Cartas a un novelista. Así como Donoso, yo tampoco podía vivir mi vida sin escribirla, sin dejar un registro de mi paso por este mundo. Mi vida sin la escritura no tenía sentido. Escribir me mantenía vivo y, al mismo tiempo, me ayudaba a cavar mi propia tumba. La autodestrucción estaba en mi ADN.

Me puse el bóxer que había dejado al pie del colchón. Prendí la laptop y terminé el capítulo seis de la novela. Usando la señal de mi celular como módem, publiqué el capítulo. Sospeché que Rosario no tardaría en llamarme para quejarse del contenido de lo que acababa de publicar. No me equivoqué. Llamó casi enseguida. Lloraba. Lloraba por la cruel descripción que había hecho de ella. Daniel, ¿por qué? ¿Por qué me haces esto? Si yo iba a verte estando como estuviera, quizá sin arreglarme y apurada, era porque te amaba y te amo, porque te tengo confianza. No tienes derecho a contar mis intimidades. Yo me entrego a ti; no a otras personas. Escuché sus quejas. Lo sentía, pero no podía evitarlo. Mi vida y todo aquel que se involucrara en ella eran materia narrativa. Era un traidor. Lo contaba todo. Intenté calmarla. Le dije que si bien el personaje llevaba su nombre, no se trataba de ella, la Rosario de la vida real. Le dije que la huevada que publicaba en el blog era una novela, un artefacto literario compuesto de ingentes embustes. Mucho de lo que cuento ahí es mentira, Rose, le dije, sabiendo que eso ni yo mismo me lo creía. Cállate, mentiroso, se desesperó. Tú sabes que ese día había dormido poco y mal, y aun así había tenido que ir a estudiar y encima hice todo lo posible para verte, se desesperó más. ¿Y cómo me pagas? Diciendo que era una bruja y que estaba fea. ¿Acaso no te gusto, Daniel? Continuó su llanto. ¿Y entonces sí tiraste con un cabro que se llamaba Estrella? ¿Por qué haces eso, Daniel? ¿Yo no te basto? ¿No soy suficiente para ti? No podía ser tan caradura para defenderme. Era culpable. No dije nada. Dejé que siguiera hablando. Era mejor que liberara su ira. Sus amonestaciones se prolongaron por más de treinta minutos. Siempre que hablaba con Rosario se me gastaba un cuarenta por ciento de la batería del celular. Para el final de la conversación, mucha de su rabia se había extinguido. Le dije que viniera a verme. No cabía ninguna duda: Era un conchudo de mierda. No, me dijo sabiamente, tú solo me quieres para tirar. Tú no sientes nada por mí. Eso no era tan cierto. A veces la quería para ver una película, otras veces para tomar unas cervezas. No todo era sexo. Claro, a veces no podía evitar que se me parara la pichula y le sugiriera tirar. Rosario, tú sabes que todo eso que dices es mentira. Ven, por favor, y conversemos. Veamos una película. Prometo no tocarte. Vas a ver que no solo te quiero para tirar. Ella se mantuvo firme en su negativa. No te mereces mi compañía. Eres un ingrato, una rata. En ti no se puede confiar. No me vuelvas a llamar. Tengo que sacarte de mi vida antes de que sigas envenenándome más. Eres la persona que más me ha hecho llorar a pesar de que a ti te he dado lo mejor de mí.   

Hacia el mediodía, salí a comprar. Me hacían falta unos cuantos más polos negros de manga larga. Los utilizaba para ir al trabajo en la bicicleta. Debía cubrir mis tatuajes. No quería que Jean Carlo se enterara de que había contratado a un tipo que llevaba los brazos tatuados. No me convenía que ningún empleador se enterase de ese detalle. Era un tipo que necesitaba, por la naturaleza de mi profesión, aparentar cierta pulcritud y presencia. Así de cagada era la sociedad en que vivía: un mundo hecho de apariencias.

Por cincuenta soles, en una galería comercial de la calle Capón compré seis polos negros de manga larga. Salí de Capón y caminé hacia Emancipación. Hacía sol. El calor me arrancaba gruesas gotas de sudor que me bajaban por el cuello, mojaban mi pecho y espalda y me conferían un aspecto lamentable.

En Emancipación, en las galerías de los ciclistas, compré un short más. El único que había comprado hacía unas semanas lo usaba a diario y, a diario, lo sudaba parejo. Para el tercer día de uso, empezaba a apestar. Estos shorts de ciclismo eran especiales. Estaban hechos de una especie de licra que se te pegaba a la piel y que, según la vendedora, hacía que te sintieras como si manejaras con los huevos al aire. Pagué cincuenta soles por el short. Había elegido uno negro. Procuraba que toda mi ropa fuera negra. Era mejor. Era más práctico. Uno ya no perdía tiempo eligiendo los colores que debía combinar para el atuendo diario. Había leído que esto mismo hacían Steve Jobs, creador del iPhone, Mark Zuckerberg, creador del Facebook, y Einstein. Yo lo hacía desde hacía mucho tiempo. Enterarme de que compartía esa misma costumbre con aquellos personajes me resultó gratificante. La filosofía detrás de esa selección de la vestimenta era ahorrarse un trabajo innecesario.  

Llegué a mi cuarto. Faltaba poco para el mediodía y el sol estaba más implacable que nunca. La altísima humedad de la ciudad hacía su parte. Se anunciaba un verano poderoso y melcochoso. Necesitaba un duchazo. Cogí un pantalón negro –todos mis pantalones eran apretados, entallados, al cohete- y un polo del mismo color. También un bóxer y unas medias. Tiré todo sobre el colchón. Me envolví de la pinga para abajo con la toalla y me metí al baño. El baño estaba separado de mi cuarto. Pero era mi baño. Solo yo tenía la llave. Solo yo podía utilizarlo. En el pasadizo, me topé con la inquilina del cuarto colindante al mío. Llevaba una bolsa con, al parecer, vegetales, unos tarros de leche y cosas parecidas para el diario. Tenía buenas tetas y traía un vestido ajustado. Me miró los tatuajes, desvió la mirada –seguramente asustada- y apuró el paso hacia su cuarto. Yo alcancé a saludarla: Hola, buenas tardes. No recibí respuesta. No me importó. Mi mamá me había enseñado a ser educado y saludar.

De camino al paradero, en Metro de Alfonso Ugarte, me detuve para comprar un helado, uno de hielo; no de crema. Los veranos, sobre todo los intensos, los limeños, debían paliarse con hielo; no con crema. De tres, cuatro, cinco y seis bocados terminé el helado. Había sido de maracuyá, una de mis frutas preferidas. Mientras más ácida la fruta, mejor. El bus a La Perla pasó al poco rato. Estaba medio vacío. Tomé el primer asiento que encontró mi culo. A mi lado, y dos asientos más adelante, una rubia golpeteaba con sus pulgares la pantalla de su celular. Chateaba y sonreía. Le vi las piernas. Blancas y sin pelos, como dijo El Poeta, personaje de La ciudad y los perros, cuando describió las piernas de una puta.

Bajo en la farmacia, le dije al cobrador. Bajé. La rubia continuó el viaje, sin dejar de golpetear la pantalla de su celular. Antes de tocar la puerta de la casa de mi mamá y ver a mi hija, me detuve en la tienda de la avenida Pacífico, la tienda de la señora a la que, suponía que por la edad o por un tema genético, se le iba cayendo el pelo. Compré tres M & M, dos papitas Lays y dos Frugos de melocotón. Mi bebe se pondría contenta. Me gustaba llevarle todo lo que le gustaba. Si me pedía un chocolate, se lo compraba en el acto. A su mamá no le gustaba que la engriera de ese modo. Vas a malcriar a nuestra hija, me decía. No me importaba. Yo creía firmemente que el ahora era lo único que existía. El mañana, como la vida, era una ilusión, una sombra, una ficción, como dijo Segismundo, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Si ahora podía hacer feliz a mi hija, lo hacía sin pensarlo dos veces.

Cuando mi bebe me vio, me abrazó. La besé. La cargué. Le dije que la amaba. Gracias, papi, me dijo al recibir los dulces. Corrió con su Tablet a refugiarse en el cuarto de mi hermano para engullir, mientras veía sus videos en inglés, su delicioso botín. La vi correr y la amé más. Podía ser capaz de todo por mi hija. De todo. Aunque no sabía muy bien si sería capaz de dejar la literatura. Eso era algo que habría que descubrir con el paso del tiempo.

Almorcé. Mamá había hecho unas papas rellenas que no pude resistir. Compré una Coca helada. Deseé que Miguel, mi hermano, estuviese ahí conmigo. Siempre que yo llegaba de visita, él me decía Dani, ¿Unas chelas?, y, sin esperar mi respuesta, corría a la tienda y regresaba con seis cervezas recontra heladas. Entonces, nos poníamos a chupar, escuchando, según los ánimos, rock de los ochentas, Pink Floyd, The Doors, Héctor Lavoe o Frankie Ruiz. Pero mi hermano no estaba. Desde hacía unas semanas se encontraba en una mina, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, realizando una chambita temporal, un estudio de ventilación.  

Resistí, a pesar de mi conocida y genética flojera, a la siesta. El estómago me había quedado abultado (había repetido el plato y tomado tres vasos más de gaseosa. Gracias a las bicicleteadas diarias al trabajo, podía permitirme esos desbandes alimenticios los fines de semana en casa de mi mamá) y el cerebro depleto de sangre. Aún así, tuve fuerzas para abrir la laptop, encenderla y continuar con la revisión de la traducción. El sentido del deber se imponía. Este sentido del deber siempre perdía todas sus batallas. La procrastinación las vencía todas. Solo cuando la fecha límite para terminar algo estaba a escasos segundos, el sentido del deber pugnaba por prevalecer y me forzaba a concluir el trabajo pendiente. Ya estaban pasando varios días desde que había empezado la revisión y, si bien no le había dado a Konrad una fecha exacta para concluir el trabajo, sí sentía que ya la estaba haciendo larga. Impelido por el forzoso sentido del deber me despaché varias páginas.

Luego de cinco horas de intenso trabajo -me dolía el cuello, traía los dedos agarrotados y de los ojos me caían gruesos lagrimones-, decidí salir con mi bebe. Fuimos al Bembos de Plaza San Miguel, su lugar favorito en el mundo.

El domingo transcurrió tranquilo. Continué con la revisión de la traducción. Hacia el final de la tarde, cuando empezaba a oscurecer, llegó el tiempo de llevar a mi hija a casa de su mamá, lugar del que había sido expulsado -ya habían transcurrido veinte días desde mi éxodo- por borracho, mujeriego y lector empedernido. Esos eran los cargos que mi esposa me imputaba.

La bebe se rehusaba a dejar la casa de mi mamá. Allí le consentíamos todo. Allí se sentía libre de los lógicos rigores que mi esposa, por el bien de la bebe, había que reconocerlo, le imponía. La bebe ya se daba cuenta del fatídico momento de la partida. Entonces se resistía a que mi mamá le cambiase la ropa. Hacía pataletas y lloraba. Trataba de ponerme fuerte: Morgana, no llores. Nadie te está pegando. Vamos a ir a casa de mamá. Mañana tienes colegio. Pero ella no cejaba, no se dejaba convencer por mis argumentos. Ni yo mismo me creía esos argumentos. La bebe se resistía todavía más. Mi mamá dejaba de insistirle. Le daba pena la bebe. A mí también. Por mí, que se quedara donde le placiera. El argumento del colegio era una razón cojuda. Yo mismo, de pequeño, detestaba ir al colegio. Durante los domingos de mi época escolar, al anochecer, un sentimiento gris se apoderaba de mí. Entonces, todo se me convertía en una amenaza. Esos anocheceres de domingo quedaron marcados a fuego en mi alma. Hasta ese domingo, todavía podía sentir la depresión que sentía de niño. Me imaginaba, entonces, cómo se podía sentir una niña de cuatro años si su papá, con treinta y tres años, todavía seguía sintiéndose débil cada puto domingo. Pero tenía que llevarla. Era peor si no lo hacía. Su mamá, mi esposa, me recriminaría ferozmente: Daniel, siempre trayéndomela tarde a la bebe, siempre malcriándola. Mañana no va a querer levantarse para ir al colegio. Todo por tu culpa, Daniel.

Mi mamá me acompañó a la esquina de Pacasmayo con Pacífico. Tomé un taxi. La bebe todavía tenía lágrimas en sus ojos, lágrimas que se avivaron cuando vio alejarse, a través de la ventana posterior del auto, a mi mamá, su querida y consentidora abuela.

Mi esposa me esperó en un vestido ligero. Desde que empezó a practicar spinning, su figura había mejorado. Mantenía sus buenas piernas y sus buenas tetas, aunque estas últimas habían quedado algo escurridas. Sin embargo, se le había aplanado el vientre y se le había perfilado el rostro. Ella se sentía plena con los cambios que había logrado, a base de dietas de legumbres y carnes al vapor, y mucho, pero mucho, ejercicio.

Nuestra hija todavía lloraba. Para aliviar la pena de la bebe, la llevamos a la tienda más cercana. ¿Quieres tu picolín, hijita linda?, preguntó mi esposa. El picolín era un chupetín de caramelo. Sí, mami, dijo mi hija. La promesa del dulce le cortó la pena. Pagué. Apenas treinta céntimos. Chau, amor, le dije a la bebe. Pórtate bien, ¿ya? Hazle caso a tu mami. La cargué. Pesaba mi bebé. Con los días crecía y pesaba una barbaridad. Era preciosa, linda, mi hija; a pesar de que su papá, o sea yo, era un feo de mierda.

Fue triste el camino de regreso a Zepita. Tomé un bus en el paradero de Tingo María con Bertello. En el asiento, la frente pegada al vidrio de la ventana, reflexioné. Había perdido a mi hija por haber querido llevar una vida de poeta, una vida que no garantizaba la calidad de mi escritura, una vida que, creía yo, estaría sembrada de emociones y aventuras extraordinarias. Nada de eso había sucedido. En cambio, había ganado un dolor inmenso que me torturaba el alma. Un dolor vallejiano. Había perdido a mi hija. Y me sentía una mierda. Era una sensación de vacío y extravío. Era un hincón oprobioso, una punzada que me recordaba que lo único bueno y puro que había hecho en mi vida, mi hija, me había sido arrebatado gracias a mis deliberados y pueriles actos.

En el cuarto, con la agobiante soledad que se me hacía de una tonelada, recurrí al teléfono. Llamé a Rosario. Me olvidé del incidente anterior. Esperé que ella también se hubiera olvidado del vejamen literario que le había endilgado. Ven, le dije, ven, por favor, estoy solo. Me siento mal por mi bebe. Y lloré. Me desahogué. Le conté de mi pena de todos los domingos, de las múltiples roturas que me llagaban el alma cuando se acercaba la hora de despedirme de mi hija. Culpé a los libros que había leído. Gracias a ellos, mi vida era una mierda. Ven, Rose, te necesito. Al otro lado del teléfono, se había formado un silencio comprensivo y luctuoso. Rosario entendía mi pena y me escuchaba. Ya, está bien, voy a ir para acompañarte. Ya no llores más. No quiero verte mal. Sus palabras lograron que me calmara. Tenía la cara húmeda por las lágrimas. Le agradecí su infinita bondad. Gracias, Rose, eres la mejor. Y lo era. Rosario tenía un corazón de oro.

No me provocaba tirar. La pena había sido tan devastadora que había aniquilado mis ímpetus más lujuriosos. Pero si Rosario se avenía a una sesión amatoria, yo no tendría problemas en entregarme a la pasión. Tirar nunca estaba de más. La huevada era que siempre que ella lo hacía conmigo, se enamoraba, no porque tuviera un pene enorme o fuera conocedor cabal de las técnicas más arcanas y efectivas del Kamasutra. No. Mi pinga era pequeña y, para remate, era flojo en la cama. Ella se enamoraba de mí porque, de algún inextricable modo, había llegado a querer al individuo medio atolondrado  y tonto que habitaba el cuerpo de este cholo hijo de puta. A sabiendas de que se enamoraba de mí, yo continuaba empecinado en llamarla, en solicitar su compañía y amistad, en decirle te amo cuando, en realidad, no era eso precisamente lo que sentía por ella. Así de egoísta era. Así de mierda era. Ya la vida se encargaría de hacerme pagar cada una de sus lágrimas. O, quizá, la vida ya se estaba encargando de ello. El karma, decían, era la energía que despedían los actos que uno hacía, buenos o malos, y que retornaba al hacedor, para su bien o para su mal, con igual o mayor fuerza. No necesitaba recurrir a ningún libro para saber en qué consistía el karma porque, en carne viva, yo mismo experimentaba su gran poder.

La esperé en la Plaza San Martín. Era uno de mis lugares favoritos en Lima. Ahí podían encontrarse genios y locos al mismo tiempo. Era un imán que atraía a las personalidades más bizarras de la ciudad, a los borrachos, a los maricones, a las putas, a los comunistas y a todo aquel que creía que podía ganarse la vida escribiendo sobre su miserable existencia. Llevé el libro de Bellow para continuar con su lectura. Cuando llegué a la Plaza, me ubiqué en la esquina que hacía con la cuadra ocho del Jirón de La Unión, en la esquina de la fachada de uno de los tantos locales que el Banco de Crédito tenía desperdigados por la ciudad. Con la espalda y la planta de la zapatilla derecha contra la pared, acompañé a Herzog en sus devaneos. Algunos transeúntes me miraban sin ocultar cierta admiración o asombro: ¿Era posible que un tipo tatuado, que tenía más la pinta de un delincuente que la de un estudiante, estuviese leyendo un libro? 

Vi llegar el taxi de Rosario. Ella bajó y se acercó hacia donde yo estaba sin saber que estaba ahí. Rosario era medio cegatona. No veía de lejos. Mucho menos de noche. Cuando estuvo a un par de metros de mí, recién se percató de mi presencia. Hola, le dije. Hola, me respondió. Sonrió. Estaba bonita. Muy bonita. Se había maquillado bien. Llevaba un atuendo apretado que resaltaba sus tetas. Los tacos que calzaba le empinaban más el culo. El blue jean hacía su parte. Muchas veces la había visto desnuda. Era caderona, pero, de perfil, su trasero podía no ser muy abultado. Era más bien plano. En cambio, vestida con esos tacos y metida en ese blue jean, su trasero podía asemejarse al de una morena culona.   

Supuse que se había propuesto visitarme así de arreglada y guapa para que no volviera a escribir que la vi bruja. Y no me equivoqué. No quiero que vuelvas a escribir nada feo sobre mí, Daniel, me dijo. Le propuse tomar unas cervezas antes de ir a mi cuarto. Quería tomar. Quería olvidarme de que era un papá que no podía vivir cerca de su hija gracias a las tonterías que había cometido. Dejaría que Rose me contase sus cosas. Cuentos acompañados de unas buenas botellas de cerveza. Caminamos por el Jirón de La Unión en busca de alguna tasca. Nos dimos por vencidos en el cruce con la avenida Emancipación. Decidimos regresar a mi cuarto por esa avenida. Dejaríamos los tragos para otra oportunidad. Además, los tacos estaban matando los pies de Rose.   

En la cuadra tres de Emancipación, hallamos un bar. Había pocas mesas ocupadas. Poca gente. Casi nadie. Entramos. Pedimos una cerveza. Rose pagó. Hablamos de cualquier cosa. Terminamos la cerveza bien pronto. Pidió otra. Hablamos de mi novela. Dime si estoy bonita, me dijo. Estás preciosa, le dije. Había una rocola. Los pocos clientes del lugar echaban alguna moneda en la rocola y sonaba una canción del recuerdo. Algo de rock, un poco de balada. Para esas alturas de la noche, ya me había olvidado de la pena de haber sido un mal padre. Gracias, le dije a Rose. Acompáñame todos los domingos, por favor, le pedí. ¿Sabes?, continué, si algún día me llego a suicidar será un domingo. Sellé mi promesa –o mi vaticinio- con un trago de cerveza. Fue el último vaso. Como la pena se me había ido, y el espíritu bohemio se me había impuesto, le pregunté a Rose si en mi cuarto podría llegar a pasar algo sexual. Me dijo que no, que solo había llegado para acompañarme. Y que no merecía nada de ella porque no la respetaba, porque escribía cosas estúpidas y ofensivas en la novela.

Tenía por ahí una película. Era una película mexicana americana. Eugenio Derbez, actor mexicano, era un médico pediatra especializado en ciertos tipos de enfermedades complejas, o algo así. Una niña, una gringa, hija de un par de gringos, sufrió una extraña enfermedad intestinal, o algo así. La madre, desesperada, recurrió a todos los médicos más competentes del país. Ninguno logró determinar lo que tenía su hija. Llegó entonces al inaccesible doctor Nurko, interpretado por Eugenio Derbez. Me interesaba la película porque quería oír a Derbez hablando en inglés. Lo hablaba bien el condenado. Nurko diagnosticó la enfermedad, indicó su incurabilidad y determinó un tratamiento para la infortunada pequeña. El tratamiento garantizaba un resto de vida más digno, pero no evitaría la muerte. En esta parte de la película, Rose y yo, cada uno por su lado, tendidos en la cama, sin ningún tipo de contacto físico, empezamos a llorar; ella porque la escena de los padres enterándose de la incurabilidad de la enfermedad de su hija le recordaba lo que había sufrido en carne propia con la muerte de un ser muy querido y yo porque me puse en los zapatos del padre de la pequeña, sufriendo porque un médico me decía que mi preciosa hija nos podría abandonar antes de lo previsto. Podía sentir a Rose llorando. Los sonidos nasales, su garganta comprimiéndose y expandiéndose. Unas semanas después, la niña, algo recuperada gracias al tratamiento del doctor Nurko, mientras jugaba con su hermana mayor, se trepó a un viejo árbol y, accidentalmente, cayó dentro de su tronco a través de un agujero que no vio a tiempo. Bomberos y rescatistas demoraron horas en recuperar su cuerpo. Pensé: Tan bien que se estaba recuperando la niña y ahora se cae en ese hueco. Sí, me había enganchado con la película. Jamás ganaría un Oscar, pero un padre o una madre podían sentirse muy identificadas con los de la cinta. Los médicos hicieron lo posible por reanimar a la niña. Ella no murió, pero quedó en coma. Unos días después, salió de ese estado de inconsciencia y la enfermedad incurable que la aquejaba desapareció sin dejar rastro alguno. Cuando despertó, la niña manifestó que dentro del árbol se le había aparecido un ángel que con solo tocarla, la curó por completo. Final feliz. La historia había sido real y había sucedido en algún lugar de los Estados Unidos. Se desprendía de la película que el milagro se había producido gracias a la conjunción de las obras caritativas de un grupo de personas buenas que la niña halló en su camino a la cura.

Apagué la laptop. El disco de la película quedó dentro de la computadora. El cuarto, antes iluminado por la pantalla, se tiñó de negro. No se veía nada. El colchón inflable era inmenso, enorme. Entonces, repté hacia donde adivinaba se hallaba el cuerpo de Rosario. Le di un beso en el cuello. Rodeé su cintura con mi brazo derecho. No, Daniel, me dijo. Hoy no va a pasar nada. Insistí con otro beso en su nuca, pero fue inútil. Entonces, sentí dos escuetos remezones cerca de mi lado del colchón. Era mi celular. La pantalla iluminaba el extremo del colchón a mi derecha, cerca de la pared. Me apresuré a ver de qué se trataba. Estaba seguro de que se trataba de una mujer. No me equivoqué. Era Karina. Me había mandado dos mensajes. Se me heló la sangre y se me ablandó la pichula. Leí rápidamente lo que Karina se había propuesto comunicarme a tan altas horas de la madrugada y en tan inoportuno momento. Amorcito, hoy lunes te visito de todas maneras. El otro mensaje decía: Nos encontramos a las ocho en Metro. ¿Está bien? Una promesa de sexo. Sexo dentro de algunas pocas horas. ¿Quién es?, preguntó Rosario. No era tonta. Sabía que eran mensajes en mi celular. Mi mamá, dije sin dudar. Me había convertido en un mentiroso de polendas, en un tipo que se creía sus propias mentiras. Si uno no se creía sus mentiras, era imposible que el resto te las creyera.

Quería responderle a Karina, pero evitando que Rosario descubriera al verdadero remitente de los mensajes. Mientras tecleaba la respuesta, coloqué más piezas a mi mentira. Es mi mamá. Dice si llegué bien a mi cuarto. Le estoy contestando que sí, que estoy bien. En realidad, escribí: Está bien. A esa hora nos vemos. Presioné enviar. A ver, muéstrame la conversación. Rosario estaba muy cerca de mí. Había movido su cuerpo sin que yo lo hubiera notado, absorto como estaba por la adrenalina del peligro del momento. La tenía detrás de mí. 


Lima, domingo 25 de setiembre del 2016.

domingo, 5 de febrero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 14


“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara ese café!”
De “El pan nuestro”, de César Vallejo

Instalado en el sillón de la oficina, revisé el celular. Sobre la mesa, reposaban la Toshiba blanca que Jean Carlo me había asignado, mi botella de jugo de naranja y la diaria porción de queque de naranja. Había varios mensajes de Rosario. Reprochaba mi actitud egoísta y desconsiderada. Ella siempre me mimaba, me apoyaba, me lo daba todo, y desinteresadamente, y, a cambio, ¿qué recibía?: Indiferencia. Los mensajes se habían ido acumulando en la memoria del celular mientras manejaba por las peligrosas arterias de la ciudad. Me era difícil entender a Rosario: ¿Acaso ayer no habíamos hablado pacíficamente mientras ella veía El Rey León? ¿No había estado todo de lo más tranquilo? Pues, al parecer, no. Me había equivocado. El resentimiento que Rosario me guardaba, resentimiento que le provoqué con un continuum de acciones desconsideradas y egoístas, con una retahíla inagotable de promesas incumplidas, adoptaba la forma de un sedimento, un poso que, en cuestión de segundos y del modo más inesperado, enardecido por sus caprichosas sinapsis neuronales, reverberaba y crecía hasta alcanzar la ferocidad de un tifón.

¿Qué te pasa ahora, Rose?, le escribí. Solía decirle Rose y no Rosario. Y para ser más huachafo, lo pronunciaba a la inglesa: /rouz/. La conversación de ayer la había cogido demasiado sensible. La rabia y la indignación que le provocaron los capítulos publicados de la novela se habían disipado en la melancolía de la película; pero, muy temprano por la mañana, habían regresado con fuerza para protestar contra mis delaciones destempladas, contra las infidelidades que cometía a sus espaldas, contra aquellas promesas que (generalmente) le hacía en la cama y que rompía sin miramientos ni bien ella se daba media vuelta para retornar a su casa, en Chorrillos. No me defendí. Acusé recibo de cada una de sus protestas y le di la razón. Ahora comprendo por qué tu esposa te terminó y te botó de la casa. La entiendo perfectamente. No eres un hombre que valga la pena. Eres un mentiroso, Daniel. Pero es que no era tan complicado entenderme. Bastaba saber que, cuando el semen se me subía a la cabeza, era capaz de decirle a cualquier mujer que la amaba y que deseaba pasar a su lado el resto de mi vida (sobre todo si esa mujer me gustaba mucho, o sea, si era decentemente bonita y tenía tetas grandes), “resto de mi vida” que solía durar hasta el momento en que, palpitante y desvaído, débil y somnoliento, eyaculaba la leche. Con Rosario, me pasaba eso. Desnudos, lamiéndonos y besándonos sin tregua, la pichula enhiesta y vibrante, la boca en perpetuo intercambio de saliva, empezaba a lanzar promesas de amor que llenaban la habitación y el corazón de Rosario de ilusiones cuyas vidas eran más cortas que las de un efemeróptero (Los efemerópteros son insectos que, luego de haber culminado su etapa larvaria, disponen de veinticuatro horas para vivir. El efemeróptero tiene veinticuatro horas para aparearse con una hembra. Luego de haber tirado, muere. Y si no tiró dentro de las veinticuatro horas, igual se muere). Y es que me era imposible hacer el amor o tener sexo sin decirle a mi pareja de turno amor, te amo, te amo, con cada embestida, con cada lamida, con cada espasmo.

Sus quejas se prolongaron por casi media hora. La escuché con dividida atención, pues eran quejas que ya me conocía de memoria y porque me había puesto a continuar la corrección del libro de McPhilips. Le había insertado los auriculares al teléfono para liberar la mano izquierda y teclear con mayor comodidad. Unos minutos después, Rose se quedó sin municiones. Cambiamos de tema. Todavía no hallaba trabajo. Confiaba en encontrarlo pronto, a pesar del lúgubre panorama laboral peruano, que se mostraba más siniestro aún para aquellos que habían estudiado Bibliotecología. Estos estudiantes debieron haber tomado en cuenta que los peruanos eran gentes que podían vivir perfectamente sin bibliotecas. No peleemos, ¿sí? ¿Te parece si nos vemos este sábado?, ofrecí, conciliador. Nuestros espíritus no eran rencorosos. En eso nos parecíamos mucho. Aceptó que nos viéramos el sábado.

Faltaban algunos minutos para la una de la tarde. Tenía ya más de la mitad de las páginas del libro revisadas. Los gazapos corregidos hasta ese momento eran pocos y debidos fundamentalmente al Word, programa que tiránicamente cambiaba las palabras técnicas que le eran desconocidas por otras que le eran más familiares, pero que no necesariamente eran técnicas ni adecuadas al contexto. Lo que me demandaba tiempo, además de un tremendo esfuerzo en los ojos, era releer, línea por línea, un libro de más de cuatrocientas páginas, con el único fin de detectar el más pequeño error ortográfico o sintáctico que el Word hubiera podido perpetrarle al documento sin que yo me hubiese dado cuenta durante los meses de febril traducción. Era mi nombre el que figuraría en el libro impreso como el responsable de la traducción. Por tanto, debía asegurarme de que el trabajo quedase inmaculado.

Cogí mi billetera. Estaba gordita. Llevaba una cantidad estimable de billetes de veinte soles -con un billete de veinte soles se podía comprar dos arroz chaufa y dos Inka Kolas-. Estos billetes eran una pequeña parte del dinero cobrado por los proyectos de la empresa que mi hermano y yo habíamos creado. Esos proyectos, y su consecuente dinero, eran los que me permitían sostener una vida comiendo en la calle y durmiendo en una diminuta habitación del jirón Zepita. El solo sueldo que recibía de Jean Carlo hubiera hecho imposible sufragar mi vida de escritor maldito, de poeta negro, como diría Artoud.

La billetera, que tenía tres años –quizá, cuatro- de antigüedad, me la había regalado mi esposa. Lo primero que coloqué en uno de sus compartimientos, lo recuerdo claramente, fue un par de fotografías. Una, tamaño carnet, de mi hija recién nacida, la carita blanquita, los ojitos cerrados, la frente amplia orlada de una leve pelusa. Dormía, soñaba con sus angelitos. La otra, una foto de mi esposa, también de tamaño carnet. Aparecía seria, el cabello negro largo, muy largo, la mirada fija, los labios medio morados. En aquella época, Rosario y yo desconocíamos nuestras existencias. En aquella época, por increíble que parezca, le era fiel a mi esposa.

Cuando regresé, una semana después, a la casa de la que había sido expulsado, para recoger alguna poca ropa, mi esposa me entregó la billetera. Verla –a la billetera, no a mi esposa- fue un golpe exquisitamente violento hacia aquellos primeros meses de convivencia familiar, cuando decidí vivir dedicado al trabajo, a la escritura, la lectura, y a la familia. Me prometí no volver a extraviar esa billetera. Aún estaba la foto de mi hija; la de mi esposa había desaparecido, ella la había hecho pedazos. Supongo que pensó que no merecía tenerla en mi billetera, así como no merecía tenerla en mi vida.

Con la billetera en el bolsillo trasero de mi pantalón negro, salí. En el umbral de la puerta de la recepción, se recortaba contra la luz del mediodía la figura de Patricia. Sí, no tenía culo, pero era bonita. Miraba hacia afuera, hacia el patio. ¿Qué pasa, ah?, le pregunté a Patricia. Afuera de la oficina, en el patio, Jean Carlo y Venancio, el portero del local, daban vueltas alrededor de la camioneta del primero. Ay, ese Jean Carlo es bien distraído: Ha dejado las llaves de su camioneta dentro de la misma camioneta. Ahora están tratando de abrir una de las puertas con lo que sea. La camioneta de Jean Carlo, una Suzuki negra del año, obstaculizaba la salida de las camionetas de la oficina vecina. Así que no solo Jean Carlo y Venancio eran las únicas personas interesadas en darle solución al problema. Alguien, que llevaba una llave Stilson en la mano, sugirió, medio en broma, medio en serio, romper el vidrio de la puerta del lado del piloto. Jean Carlo le arrebató la llave inglesa y se acercó al mencionado vidrio de la camioneta, propinándole dos furibundos golpes con la cabeza de la llave. Una ligerísima abolladura se originó en la superficie de la luna. Aguanta, le dijo Venancio. Había confianza entre Venancio y Jean Carlo, confianza que le permitía a Venancio tutear a Jean Carlo. Déjame intentar este truco. Jean Carlo quedó conmovido por los golpazos. Como lo dictaba la tercera ley de Newton: Toda acción originaba una reacción; en consecuencia, los golpes que le imprimió al vidrio regresaron a él con la misma velocidad y rudeza.

¿Vas a almorzar?, averiguó Patricia. , le dije, observando los infructuosos intentos de Jean Carlo y la collera por recuperar la llave de la camioneta sin infligirle a ésta demasiados daños. ¿Te acompaño? Esta vez traje algo de dinero para comer afuera. Es que no pude traer mi comida, dijo Patricia. No hay problema, le dije. Vamos, no más.  

Cruzamos la avenida Guardia Civil. Había que andarse con cuidado al cruzarla. La solían frecuentar pesados y largos camiones, además de buses, autos particulares y mototaxis. A estos vehículos, las velocidades mesuradas les eran ajenas. Cuando llegamos al islote peatonal que separaba los carriles de direcciones opuestas, mi mano, accidentalmente, topó la cintura de Patricia. Y es que, desde que hubimos salido de la oficina, nuestros cuerpos habían andado muy juntos, casi pegados. El tope, si bien accidental, me comunicó que algo interesante podría surgir entre Patricia y yo. Habría que esperar pacientemente.

La tarde se consumió rápidamente. En algún punto de ella, recibí unas fotos que mi esposa me envió al Messenger. Nuestra hija había participado en un concurso de disfraces del colegio. Su disfraz, hecho ingeniosa, hábil y primorosamente por mi esposa, había ganado el primer lugar de su salón. Nuestra bebe –yo le decía bebe a pesar de sus cuatro años de edad- fue el iPod más lindo que Apple hubiera podido fabricar. La canción que reproducía el iPod bebé era una de The Doors. La puse pensando en ti, escribió mi esposa. Sé que a ti te encanta. Había un ligero error en el nombre de la canción. Decía: Ligth My Fire. Debía decir: Light My Fire, con la h entre la g y la t. Mi esposa escribió: Ay, Daniel, tú siempre corrigiéndome. Eres un chinche. Cagas el momento feeling.

                                                        Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=deB_u-to-IE

Faltaba una hora para las seis cuando oí unos moderados golpes en la puerta principal de la oficina. Oí caminar a Patricia hacia la puerta, abrirla y las voces de un par de señores. Ella dijo: Sí, ahora le aviso a Jean Carlo. Oí a Patricia levantar su teléfono y comunicarle a Jean Carlo, cuya oficina estaba a un par de metros de distancia de la de Patricia, que los señores de la empresa tal acababan de llegar. Oí a Patricia colgar el auricular y decirles: Pasen, por favor; por aquí.   

Un minuto después, Patricia se acercó a mi escritorio. Ay, Jean Carlo me ha dicho que les prepare café a sus invitados. ¿Me ayudas? Desde que Jean Carlo hubo comprado la máquina para hacer café (hacía tres tipos de café: Americano, Capuchino y Latte), me había convertido en un experto utilizándola. Patricia, debido a su religión, no se acercaba a la máquina. Los mormones tenían prohibido beber café o acercarse a él. 

Bueno, hagamos café, dije. Estábamos en frente de la máquina, en la habitación más alejada de la empresa, lugar que servía como kitchenet y almacén de algunos pequeños repuestos. Estábamos muy juntos uno del otro. Podía sentir su perfume. ¿Qué te ha pedido?, le dije. Un americano y dos capuchinos, contestó. Ya, listo, no hay problema. Ahorita los preparamos, le dije. Nos reímos. Nos reíamos, creía yo, porque nos sabíamos envueltos en una situación peculiar y un tanto cojuda: Dos empleados unían sus fuerzas para preparar los cafés que el jefe había solicitado. La situación era cojuda, sí, pero había complicidad y voluntad; eso era lo importante. Al menos, yo sentía que nos caíamos bien, que nos habíamos caído bien desde que nos hubimos conocido, que le transmitía confianza. En esos momentos de sonrisas y, según yo, coqueteos, se me subía el ego a su máxima expresión. Siempre tenía el ego en su cenit cuando interactuaba muy cercanamente con chicas que me gustaban o que gustaban de mí –esto último, si bien anómalo, ocurría con alguna frecuencia. Pero no dejaba traslucir mi gusto hacia ellas; por el contrario, procuraba actuar como si nada a mi alrededor ejerciera influencia alguna, positiva o negativa, sobre mí. Es decir, actuaba como un chico guapo –cosa que no era ni remotamente- que, por su apolínea beldad, trataba con cierta distancia a las mujeres que se interesaban por él o que a él les interesaba. En mis treinta y tres años de vida, había aprendido que hacerse el interesante, edificar cierta barrera inicial entre uno y las chicas, era mucho más ganancioso que andar de perrito faldero.

Me concentré en hacer los mejores cafés. Saqué la caja de leche de la refrigeradora. Vertí la dosis necesaria de leche para hacer dos capuchinos en el compartimiento correspondiente de la máquina. Por su parte, Patricia cogió el recipiente donde, enseguida, colocó la porción justa de café molido. El recipiente taponado de café fue reinsertado en la posición correspondiente. Falta el agua, dijo Patricia y nos reímos cuando los dos, al mismo tiempo, como si nuestras mentes hubieran decidido accionar nuestras manos de modo simultáneo, cogimos el mismo botellón de agua San Luis. Vertimos el agua. Ahí, no más; ahí está bien, me dijo.

Primero hagamos el americano, dije y presioné el botón que decía Americano. La máquina hizo un ruido y un hilo oscuro empezó a llenar la taza que, por su tamaño, correspondía al capuchino. Ay, no, Daniel, esa no es la taza del americano, me reprendió Patricia, entre risas. Yo también reí. Había colocado esa taza intencionalmente, sabiendo que era la equivocada. Creía yo que la estrategia de hacerse el cojudo, en ciertos casos, servía para facilitar que la mujer se sintiera más cómoda con uno. Era una manera, me parecía que efectiva, de festinar vínculos de confianza. Actué haciendo las mismas cabriolas que hubieran hecho Charles Chaplin o Cantinflas. Hice un par de movimientos indecisos, bastante histriónicos, que daban a entender que quería cambiar la taza pero el chorro oscuro era más listo que yo y no me dejaba hacer el cambio. Patricia reía. Luego, siguiendo la  mascarada, fingí que se me había ocurrido una estupenda idea, aunque la idea, valgan verdades, la tenía planeada desde que hube colocado la taza equivocada debajo del embudo por el que saldría el chorro de café. No hay problema; llenemos esta taza con café y luego vertemos un poco en esta y otro en esta otra y solo les agrego la leche en crema y así ya tenemos los capuchinos. Y a lo que quede en esta taza le ponemos azúcar para el americano. La idea era buena. ¿Estás seguro?, desconfió Patricia. Claro, le dije. Volví a presionar el botón que decía Americano. Un minuto después, presioné el botón una vez más. La taza se llenó. La superficie del líquido oscuro tenía encima burbujas medio amarillas que se regeneraban y rompían a medida que el calor despedido desde lo más profundo de la masa del café ascendía hacia la atmósfera del kitchenet que apuntaba a ser el albergue del primer beso que Patricia y yo pudiéramos darnos.

Vertí sendas dosis en las tazas correspondientes a los capuchinos. La taza del contenido original conservó la mitad del líquido. No pude evitar derramar algo del café en la mesa. Ese error sí que no fue premeditado. Mi pulso nunca fue el mejor. Ay, Dani, botaste el café, me reprochó Patricia. Es que mi pulso anda medio jodido, me excusé. Ay, no digas lisuras, oye, me reprendió cariñosamente, tocándome el hombro. Cogió un pedazo de papel toalla y limpió la superficie de madera de la mesa del kitchenet.

Ahora, por fa, pásame las tazas para el capuchino, le dije. Patricia me alcanzó una taza. Coloqué el recipiente debajo de la cánula por la que debía salir la leche, gracias al mecanismo de vaporización de la máquina, en forma de crema. Presioné el botón que decía Latte. Cuando presionabas el botón del latte, aparecía un brevísimo chorro de café, muy pero muy breve, para dar lugar, luego, a la masa de leche. Llené tres cuartas partes de la taza con la leche en crema. Por fa, ve echándole un par de cucharadas de azúcar a esta. Yo voy llenando la segunda taza, le dije a Patricia. Repetí el proceso para crear el segundo capuchino. A la taza del americano solo había que agregarle, también, dos cucharadas de azúcar. Y revolver.      

Cuando puse la segunda tasa de capuchino sobre la mesa, para que Patricia le echara el par de cucharadas, me encontré con ella, parada delante de mí y extendiéndome una cucharada del primer capuchino al que acababa de echarle el azúcar. Prueba, me dijo. Yo por mi religión no puedo; así que tú mismo tendrás que probar cómo te ha salido el café. Tenía el pulso firme. La cucharita no temblaba. Los ojos de Patricia estaban atentos a las reacciones de mi boca. Debía abrirla y dejar que me introdujera la mezcla para que soltara mi veredicto. No podía creer que en tan poco tiempo hubiera logrado que Patricia estuviera a punto de darme las cosas en la boca, como si fuera una devota y cariñosa enamorada. Abre, pues, me dijo, los ojos expectantes y una sonrisa de labios arrebolados y dientes perfectos y blancos, dientes que no dejaban de ser cepillados exactamente media hora después de cada comida.

Acerqué mi boca a la cuchara. Mis ojos oscilaron entre el líquido que se me ofrecía, los labios de Patricia y sus ojos que perdían de vista a mi boca. Entonces, pensé que la vida era pródiga conmigo en cuanto a oportunidades, buenas o malas. Solo había que ser paciente y, cuando fuera necesario, audaz, temerario. Era el momento de ser temerario, me dije, de desviar mi boca de la cuchara y estrellarla violenta y apasionadamente contra los labios de Patricia. El beso tenía que ser ardoroso y desenfrenado para no dejar resquicio a reclamos, ni cargos de conciencia. Debía besarla fuerte y rápido para luego huir y dejarla a solas con sus pensamientos. El hecho de estar a punto de besar a una mujer con enamorado, novio o marido era una situación que me estimulaba en demasía. Ciertamente, las prefería comprometidas.


Lima, viernes 23 de setiembre del 2016.

domingo, 29 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 13


“Oh, dark grin, he can’t help, when he’s happy looks insane”

De “Even Flow”, de Pearl Jam

                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CxKWTzr-k6s
                                                       PearlJamVEVO

Nos encontramos en Alfonso Ugarte. Mientras caminábamos hacia Zepita, no dejaba de recordar la forma en que se abrieron sus ojos al verme. Había pensado hallarme gordo y derrotado; pero no. Estás flaco, conchetu, me dijo. Mucha paja, seguro, continuó. Claro, le dije; me la corro todos los días, sin falta. Salvamos una cuadra. Flaco, flaco no estoy, huevón, le dije. Qué más quisiera yo, anhelé, pensando en Machado. Quise decir esto último en voz alta, pero hubiera resultado pedante: Enrique no sabría quién carajo fue Antonio Machado ni por qué coño dijo eso de qué más quisiera yo. Enrique sí que estaba gordo. No era el mismo de los tiempos universitarios; ahora, tenía la cara redonda, los ojos chinos y la guata grande.

Le propuse trabajar en la sanguchería El Chanchito. Pero vamos a tu cuarto, pe, conchetu, protestó, al ver que el lugar que le señalaba, si bien acogedor, tenía un ambiente reducido y totalmente expuesto a miradas no tan honestas. Los ojos transeúntes del jirón Zepita podrían posarse en la laptop de Enrique y desear quedarse con ella. Mi cuarto es una ratonera, huevón; acá está bien, le dije. El Chanchito tenía desocupadas sus seis mesas. Ocupamos una a nuestra mano izquierda. ¿Deseas algo? Enrique sacó la laptop de su mochila. Había preocupación en su semblante. Esa zona del Centro de Lima le parecía habitada únicamente por delincuentes. Miró a uno y otro lado, tratando de adivinar voluntades ajenas al virtuosismo y la honradez. No, nada, estoy misio, respondió. Yo tampoco quería comer, mucho menos una hamburguesa. Me había acostumbrado a pasar las noches en ayunas. Eso, creía yo, balancearía los carbohidratos del arroz chaufa que comía en las tardes. Revisé mis bolsillos. Había dejado la billetera en el cuarto. Solo tenía cinco soles en el pantalón. ¿No quieres una gaseosa? Aceptó. Una gaseosa, por favor, pedí.

Me explicó las dudas que tenía sobre el trabajo que estaba desarrollando. Estás trabajando con Samuel, ¿no? Para su proyecto de Colombia, ¿verdad?, lo interrumpí. , me dijo, ¿cómo sabes? Le conté la historia.  No tenía problemas en ayudarlo. Solo pensé que, muy posiblemente, la cantidad de dinero que Samuel les habría cobrado a los colombianos no guardaría relación con la calidad del informe que Enrique le estaba preparando. No le pregunté de dinero; pero supuse que lo que Samuel le pagaría a Enrique por el trabajo debía de ser una cantidad bastante irrisoria.  

Media hora después, nos desalojaron de El Chanchito: Iban a cerrar el local. Le propuse ir a un bar de Quilca. Un segundo después, yo mismo deseché esa opción. No tenía sentido: Uno, porque no tenía dinero a la mano, y, dos, porque ahí sí sería bastante probable que algo catastrófico le sucediera a su laptop, y no necesariamente que se la robaran, pero sí que le cayera cerveza encima. Entonces, le dije: Ni modo, vamos a mi cuarto, no más.

El asunto no resultó del todo incómodo: Enrique pudo trabajar con relativo confort sentado en mi sillita plegable, tecleando su laptop asentada sobre mi mesita blanca desarmable. Yo estaba a su lado, parado. Cuando compré la sillita plegable, pude haber comprado otra, pues mi idea era llevar a ese cuarto a cuanta mujer ciega y desubicada quisiera enredarse conmigo en una relación fugaz y lujuriosa, pero convine que mejor no, que no era necesario, que con una silla bastaba. Por otro lado, la idea no era que la chica y yo permaneciésemos sentados, sino echados y tirando. Además, algún día me tendría que mudar (nada dura para siempre, decía Hector Lavoe), así que mientras menos cosas tuviera para empacar, mejor.

Cerca de las once de la noche, Enrique abandonó la casona (o, mejor, lo que un día fue una casona y ahora solo era una fracción de ella). Lo acompañé hasta la Alfonso Ugarte. Cuando llegamos a Metro, tomó un taxi. Recalaría en el departamento que su hermano tenía en Breña, donde continuaría trabajando en el informe que debía presentarle a Samuel a primeras horas del día siguiente. De Zepita, salieron indemnes él y su laptop. Y es que la zona no era peligrosa, pero parecía.

De regreso, en lugar de caminar directo por Zepita hacia mi cuarto, me desvié por Peñaloza. Antes de acompañar a Enrique al paradero, había tomado la precaución de sacar algo de dinero, lo suficiente como para contratar los servicios de un transexual cuya figura colmara mis más concupiscentes expectativas. No había nada rescatable en Peñaloza. Era un jueves lánguido. Tomé Colmena y agarré Chancay. De los cinco travestis apostados en el cruce con Zepita, solo uno llamó mi atención, pero no la de mi pichula, que permaneció empequeñecida y arrugada en las entrañas de mi pantalón: Aún no me recuperaba de la cachada con Karina.

Cogí un libro y me tiré en el colchón inflable. Qué cómoda era esta huevada. Dejé el libro luego de algunas páginas. Tomé el celular y llamé a Rosario. Nunca sabía si continuaba molesta conmigo. Últimamente, me reprochaba con virulencia, ahogada en lágrimas, todas las cosas que escribía de ella en la novela. Y razón no le faltaba. Al cabo de unas pocas timbradas, me contestó. Estaba tranquila. Veía El Rey León, una película animada estrenada hacía un berenjenal de años. Esta película siempre me recuerda a mi papá, me confió, la voz nostálgica. Rosario había perdido a su padre cuando apenas era una niña, en esa época que para la mayoría representa la edad dorada de la vida o el país de la ausencia, según palabras de Gabriela Mistral. Fue un golpe del cual, a sus veintinueve años, aún no se recuperaba. Siempre que la hacía sufrir con mis estupideces, ella recurría a la memoria de su padre, lo buscaba en sus oraciones, en sus recuerdos, y él siempre se le aparecía para socorrerla, oyendo sus clamores y dándole la fortaleza que necesitaba.     

Al día siguiente, muy temprano, vestido ya como un ciclista clasemediero, me tomé una foto y se la envié a Karina por WhatsApp. La tomé de tal modo que se notara el bulto en mi entrepierna. El bulto era un calcetín cilíndricamente enrollado y fijado a mi pene y parte de mi pierna con un pedazo de cinta adhesiva. La tela del short (short de ciclista, comprado por sesenta soles en la cuadra ocho de la avenida Emancipación, uno de los centros más concurridos por los ciclistas proletarios y por alguno que otro burgués) se me pegaba a la piel como chicle y, a pesar de ello, no lograba resaltarme el pájaro. Debía recurrir a prótesis caseras para lograr el efecto visual deseado en la entrepierna. Obvia y prudentemente, antes de manejar por las siniestras avenidas de la ciudad, me quitaba la prótesis y la guardaba en la mochila. Imaginaba los titulares de los diarios más coloridos de Lima dando fe de mi muerte, atropellado por un camión o una cuatro por cuatro: Ciclista es atropellado por un camión. Se le encuentra un falso pene hecho de medias que usaba para dárselas de pingón porque era  manicero. Luego de enviada la foto, guardé mi prótesis para futuras tomas.



Estaba entusiasmado, eufórico. Llevaba la sangre recorriendo mis venas y mis arterias a una velocidad desusada, los glóbulos rojos enfebrecidos porque esa noche Karina regresaría al cuarto. Conversaríamos (era lo de menos), beberíamos aquello que nosotros los peruanos llamábamos vino, pero que los chilenos acertadamente llamaban cualquier cosa menos vino, y tiraríamos (lo más importante, una de las pocas cosas más importantes en la vida de un solitario). La euforia me hacía estupenda esa mañana.

Mientras sacaba la bicicleta por la estrecha, aunque alta, puerta de la casona (o, mejor, fracción de casona), recibí la réplica de Karina a mi mentirosa foto. Mmm, qué rico, escribió. Lo que está rico eres tú, Kari, respondí. No me voy a cansar de decir que me gustó tu barrio, Danny, escribió. Nunca había estado en un lugar así de peligroso, añadió. Hoy vienes, ¿no?, pregunté, tratando de confirmar lo que me había prometido en una de nuestras conversaciones. Quería tener su cuerpo desnudo nuevamente arrellanado en mi cama; mejor dicho, en mi colchón inflable. Sí, Danny, hoy en la noche nos vemos, respondió. Queda, sellé.  

Guardé el celular, me monté en la bicicleta y manejé. En la cuadra once del jirón Chota, me encontré, como todas las mañanas, con el escuadrón de limpieza de la Municipalidad, hombres y mujeres embutidos en uniformes anaranjados, empuñando largas escobas y arrastrando altos tachos de basura. Llegaban a su base. Se pondrían sus ropas de civil, tomarían el transporte público y llegarían a sus casas, probablemente a descansar. A pesar de que acababan de limpiarle a la ciudad, mientras ésta dormía, sus desperdicios, sus rostros eran sanos, hasta cierto punto, alegres, jamás resignados. Verlos todas las mañanas me enseñaba algo: Que no había que quejarse en la vida, porque ni siquiera aquellos a quienes les había tocado limpiarle la mierda a los demás se quejaban.

Manejando entre los altos árboles de la cuadra treinta y tres de la Arequipa, viendo pasar a algunos oficinistas sanisidrinos, recordé a Jeanet. Hoy era su cumpleaños. Jeanet había sido mi enamorada en la universidad. Por un largo tiempo, fue estudiante de ingeniería informática. Tras considerar que aquello no le interesaba, decidió cambiarse a ingeniería industrial. Luego de once años de idas y venidas, logró culminar su bachillerato. Yo lo terminé en ocho. Obtuve el bachillerato en ingeniería de minas tras un largo período de cinco años naufragando en la carrera de ingeniería electrónica. Aún recordaba mi código universitario, 20002200, y el de ella, 19982473. Los primeros cuatro dígitos de cada código daban cuenta del año en que el alumno había ingresado a la universidad. Jeanet y yo nos conocimos en una clase de Literatura Peruana, en agosto del 2003. A fines de octubre, contra todo pronóstico, logré que aceptara ser mi enamorada. Nos dimos cuenta de que vivíamos en el mismo distrito, Los Olivos, y en dos barrios vecinos: ella en Taurija y yo en Los Nogales. Nuestras casas distaban unas escasas tres cuadras. La relación se fortaleció justamente por esa cercanía. No tenía que gastar dinero para ir a verla. Solo debía caminar. A principios de noviembre, apenas una semana después de iniciada nuestra relación, cometí un gran error: Me dejé llevar por esa lujuria que siempre había vivido en mí. Jeanet nos encontró a Karina y a mí besándonos. Era un sábado por la tarde y Jeanet había decidido pegarme una visita sorpresa. Lo que no imaginó fue pillar a ese chico feo, pero buena gente, que se rehusaba a llevar el pelo corto y que la hacía reír con sus torpezas, chapando desaforadamente con Karina. Jeanet sabía que Karina había sido mi enamorada y que me había terminado en agosto, un par de semanas antes de que nos conociéramos en la clase de Literatura. Aquel desaforado, inapropiado y traicionero beso rompió definitivamente la confianza que tanto me había costado construir. Luego de una semana, gracias a ímprobos esfuerzos, retomamos la relación, pero ésta no fue la misma y, sin embargo, se extendió por casi cinco años.   

Jeanet me había enseñado a comer en la calle, en la mera calle, en las esquinas, en los puestos ambulantes. Niño mimado y protegido por mamá, jamás me acercaba a los puestos de hamburguesas o papas fritas que empezaban a pulular en las calles del Cono Norte, dignos y hábiles sustentos de las familias económicamente menos favorecidas. En esos lugares preparan cochinadas, me habían advertido. Embobado y embelesado por Jeanet, dejé que me condujera hacia el puesto de salchipapas de la esquina de su barrio. El señor que las hacía era su vecino, y vivía al fondo de la cuadra, cerca del cerro, el cerro que fue testigo de mi niñez y adolescencia. Y qué rico había resultado comer en la calle, en el barrio. Jeanet cogía los envases de la mayonesa y el kétchup y los apretaba con fuerza, embadurnando toditas las papas fritas y las rodajas de hot dog. Luego decía: Señor, ¿me presta su ají?, y depositaba un mojón extremadamente generoso de ají. ¡Cómo le gustaba el ají a La China (así le decían sus amigas y, por ósmosis, así también la llamaba yo algunas veces)! Era fanática de las papas fritas, del ají, de las hamburguesas, de los panes con pollo. Y yo me enamoraba más de ella cuando la veía verter toneladas de ají, kétchup, mayonesa y mostaza sobre la comida. No me cansaba de contemplar sus ojos repletos de fruición, de gusto por la comida, sobre todo si se trataba de los tallarines rojos que preparaba mi mamá. Me encantaba que Jeanet fuera la fuerte de la relación y yo el débil; ella el hombre y yo la mujer. Ella tomaba las decisiones y yo era feliz.

Muchos años después, nos reencontramos algunas veces. Ella llevaba tiempo trabajando para Cosapi, una empresa dedicada al rubro de la construcción. Yo trabajaba en VISA, el dinero escaso y siempre con las justas. Ella había amasado una fortuna considerable y había comprado, a crédito y en sociedad con su novio, un departamento en Miraflores, departamento que les alquilaba a personas de probada confianza como recurso para pagar los altos montos que el banco les exigía mensualmente. La nueva Jeanet era más delgada y solo asistía a lugares exclusivos. Su manera de hablar había cambiado: Usaba ese acentito altanero característico de los pitucos de la ciudad. Recuerdo haberle sugerido comer unas salchipapas. Me miró asustada. Mejor te invito algo por aquí, me constestó. Estábamos en una zona comercial de San Isidro. Entonces, comprendí que mi Jeanet había desaparecido para siempre. Me dio su teléfono, pero lo perdí unos meses después. Extravié el celular en el que guardaba su número en una discoteca para transexuales, en Wilson, discoteca a la que me metí, borrachísimo, luego de haberme tatuado el rostro de uno de los tantos escritores que llevaba en la piel. Si no hubiera perdido su número, hubiera detenido la bicicleta y la hubiera llamado. Le hubiera dicho: Hola, China, ¡Feliz cumple! ¿Cómo estás? ¿Qué te cuentas? ¿Cuándo podemos vernos? Pero no. Solo me quedó seguir manejando. Había que llegar a la oficina de Jean Carlo, continuar la corrección de la traducción de McPhilips y prepararme para la segunda visita de Karina.   
     

Lima, viernes 23 de setiembre del 2016.

domingo, 15 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 12


“Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas.”
De “Las moradas del castillo interior”, de Santa Teresa de Ávila


Media hora después, llegó Patricia. La saludé. Fue al baño y salió al cabo de un par de minutos. Llevaba el cabello húmedo y sus rulos naturales brincaban con cada paso. Me gustaba, pero la vida me había enseñado a manejarme con cautela. Si algo llegaba a pasar entre ella y yo, sería únicamente si detectaba que ella le entraba a la huevada. Yo, mientras tanto, me dedicaría a trabajar. No tenía ningún apuro en forzar una relación.

¿Dónde almuerzas?, me preguntó. Su voz me llegó como desde un lejano rincón, no porque ella se encontrara físicamente alejada de mí, sino porque yo estaba demasiado concentrado puliendo los capítulos traducidos del libro de McPhilips. Tras un par de segundos, luego de haberme percatado de su voz, fijé la vista en su figura. Su hombro besaba una de las columnas del marco de cemento que comunicaba su ambiente de trabajo con el mío. Estábamos solos en toda la oficina. Jean Carlo aún no venía. Solía aparecerse por las tardes. En fin, era su empresa, podía llegar cuando le diera la gana. Victorio tampoco estaba en su oficina. En algún momento del día, había decidido que ya era suficiente trabajo y se marchó. Almuerzo en un chifa aquí enfrente, cruzando la pista, le dije. ¿Puedo acompañarte?, averiguó.

Saludé a la dueña del chifa, una ciudadana china muy trabajadora. Ella misma limpiaba las mesas, tomaba los pedidos, cobraba las cuentas y servía los platos que su esposo preparaba en la cocina ubicada detrás del ambiente principal del chifa. A esa hora del almuerzo, nunca se llenaba el local, pero sí quedaban ocupadas la mitad del número total de mesas, que, por otro lado, no eran tantas.

Tenía muchos escrúpulos. Éstos me impedían llevar una vida tranquila. Siempre tenía miedo; siempre pensaba dos, tres y hasta cuatro veces lo que iba a hacer, pues tendía a creer que todo lo que hacía, lo hacía mal. Esto último me lo confirmaba la experiencia. Cuando Patricia ocupó la silla que quedaba a mi lado, temí por lo que pudiera pensar de mí la dueña del chifa, quien ya me conocía y hasta sabía lo que iba a ordenar. Se daría cuenta de que la chica sentada a mi lado no era Rosario, quien había almorzado conmigo varias veces en ese lugar. Y no solo ahí. En la búsqueda de un sitio decente y económicamente cómodo, recorrimos todos los restaurantes cercanos a la empresa de Jean Carlo: dos chifas (uno que servía el arroz mazacotudo y otro cuyos trocitos de pollo contenían incómodos huesitos), una pollería (de exquisita pechuga a la plancha, pero algo cara), una cevichería (demasiado gourmet y muy costosa) y una juguería en el mercado Santa Rosa (donde pedimos unas ensaladas de frutas tremendamente pequeñas para el precio que se nos cobró). Finalmente, dimos con el chifa Xing Fu en el que ahora estaba acompañado por Patricia. Su arroz chaufa era incomparable. Su tallarín con verduras bueno, pero podía llegar a ser nauseabundo si lo comías todos los días. La sopa era deliciosa, aunque Rosario me había enseñado a hacerla todavía más rica echándole un par de buenas cucharadas de ají molido. Rosario siempre pagaba los almuerzos. Era extremadamente generosa conmigo. Su prodigalidad hacía mí ponía en duda mis intenciones de continuar escribiendo y publicando El Solitario. Cada capítulo publicado la hería gravemente, pues se enteraba de mis perfidias, traiciones y deslealtades.       

Hoy no pude traer comida, dijo Patricia, como excusándose, mientras revisaba la cartilla con los platillos disponibles. Patricia solía almorzar en el kitchenet de la oficina. Todas las mañanas, guardaba su tupper con comida en la refrigeradora.

A un lado de la mesa, la dueña del chifa esperaba las órdenes. No llevaba libreta ni lápiz o bolígrafo; todo lo registraba en su memoria. Era una mujer bastante hábil.

Luego de leer la cartilla, Patricia concluyó que probaría el arroz chaufa. Lo demás está muy caro, me dijo, medio bajito, como para que no la oyera la dueña, que seguía atenta a la orden. ¿En serio vas a querer un chaufa? , me dijo, nuevamente como un susurro. ¿No te animarías por este plato?, le señalé el arroz blanco con tipacay. Vi sus ojos moverse de la foto del tipacay al precio que estaba al ladito, sobresaltarse y repetir que no, que prefería el chaufa, el plato más barato de toda la cartilla. Aunque, agregó luego, sí le hubiera gustado probar el tipacay. Entonces, prueba el tipacay, la animé. Pero no me va a alcan… No te preocupes, la detuve; yo me encargo, y tú te encargas otro día, sonreí. Una vez oídos los pedidos, la dueña voló a la cocina.

Los platos llegaron casi al instante. Pedí una Inka Kola de medio litro, heladita. ¿También quieres una Inka? No, me dijo, prefiero una botella de agua mineral; las gaseosas hacen daño. La dueña se apresuró en complacer el pedido de Patricia.

Metí dos cucharadas de ají en la sopa. El líquido, bastante humeante, se tornó medio rojizo. Mojé la punta de la cuchara y probé. Quemaba la huevada. Puse a un lado el tazón de la sopa y acerqué el chaufa. No podía esperar a probar el primer bocado. Clavé la cuchara en el montículo de arroz y llevé el cargamento hacia mi boca. Patricia detuvo la trayectoria. ¿Qué haces?, me miró; primero tenemos que rezar. Debemos encomendarnos a Dios y darle las gracias por los alimentos que vamos a comer. Repetí la postura que ella adoptó. Entrelazó sus dedos y apoyó la frente sobre ellos. Cerró los ojos. Voy a dar las gracias, dijo. Padre celestial: Te damos las gracias por estos alimentos que vamos a tomar. También te agradecemos por concedernos otro día más de vida, rodeados de las personas que más queremos. Por favor, danos fuerzas para persistir en tu fe y continuar con tu apostolado. Amén. No se persignó. Yo sí. Empezó a comer. Esto está muy rico, dijo, luego de probar el tipacay.

Desde que hubo comenzado a trabajar en la empresa, Patricia y yo no habíamos tenido la oportunidad de conversar. Sin embargo, lo que hicimos durante el almuerzo fue más una entrevista (yo haciéndole preguntas y ella contestándolas) que una conversación propiamente dicha. Siempre sucedía lo mismo cuando me hallaba en compañía de cualquier otra persona: yo preguntaba, fingiendo interés en sus vidas, y ellas me contestaban muy entusiasmadas, porque, a ver, no era una novedad saber que a las personas les encantaba hablar de sí mismas.

Patricia era mormona. Sus padres la habían bautizado en el catolicismo, aunque nunca se preocuparon por inculcarle los ritos propios de esa religión. A pesar de ello, Patricia, con ritos o sin ellos, había nacido con el entusiasmo de la justicia social fluyéndole en la sangre. Asistió por cuenta propia a la iglesia. No la encontró lo suficientemente satisfactoria. Halló demasiada hipocresía. Al terminar el colegio, se hizo evangélica. Al mismo tiempo, ingresó al grupo de baile que dirigía uno de los amigos que conoció en el templo evangélico.

Un año después de haberse iniciado en el baile, conoció al chico que la embarazaría, a Carlos. Había dejado de concurrir a las ceremonias del templo evangélico por haberlas encontrado menos interesantes que las salidas que le proponía el futuro padre de su niña.

Fue en casa de una tía de Carlos donde procreó a Cinthia. Hasta esos detalles me contó Patricia. Yo la escuchaba con atención, aunque algo desanimado. No era muy alentador intentar entrometerse con una persona que tenía un hijo a cuestas. Eso supondría, en el caso de que llegara a suceder algo entre Patricia y yo, que si la invitaba a salir, también debía incluir a su niña. Es decir, me adjudicaría un hijo más. Y yo no estaba dispuesto a compartir mi dinero con alguna otra persona. El dinero que ganaba tenía un solo destino: mi hija.

Carlos la abandonó. Se desentendió de ella y de la niña, quien apenas tenía tres meses de vida en el vientre de Patricia. Se arrancó. Hasta ahora, no se sabía de su paradero. Patricia no intentó buscarlo. Se refugió en su fe, pero sin un templo al cual acudir, se sintió indefensa. En esa búsqueda de apoyo, se hizo mormona. Los ritos de este último credo le sentaron perfectamente. Los mormones le brindaron aquello que Patricia buscaba: pureza corporal y espiritual. No debía beber, bajo ninguna circunstancia, café, té o licor. Eran drogas condenables que, aún en las más mínimas proporciones, pudrían el cuerpo. Además, debía mantenerse pura hasta el matrimonio. Su mente debía centrarse únicamente en Dios y en las buenas acciones que Éste le dictara en el corazón. Y era preferible que su futuro marido fuese mormón. Esto evitaría la tentación de apartarse del verdadero credo de la salvación.

¿Y tienes enamorado?, le pregunté. , respondió, y también es mormón. Es más, continuó, nos vamos a casar en diciembre. La felicité. Mirándola mejor, si bien Patricia tenía un rostro bastante agraciado, no tenía culo ni tetas.  ¿Hace cuánto tiempo que son enamorados? Sacó su cuenta y dijo que iban a cumplir un año juntos. ¿Y tan rápido se van a casar? Asintió. Una sonrisa franca se mezcló con los movimientos de su cara tratando de deglutir el tipacay. ¿En ese año no han hecho nada de nada?, me atreví, pensando que la vagina de Patricia debía de estar demasiado hambrienta. Ella entendió lo que quise decir con aquello de “nada de nada”. Sonrió otra vez. Me palmeó el hombro. Pasado el acceso de timidez, me dijo que no, que, tal como lo mandaba su religión, se había mantenido casta, pura. Qué raro, insistí; uno es humano y esas urgencias, tarde o temprano, invitan a involucrarse con el compañero o la compañera más íntimamente. Yo no veo nada de malo en eso; o sea, en hacer el amor, concluí. Me la imaginaba tirando conmigo, sacándole la vuelta a su fe y a su futuro esposo. Otra sonrisa y otro palmoteo que yo interpreté como que me iba ganando su confianza, una confianza que yo debía dirigir hacia la conclusión de mis egoístas y libidinosos planes. No, nada que ver, me dijo, él me respeta y solo nos damos algunos besos. Pero cuando sentimos que la situación puede pasar a mayores, cada uno se va a su casa. Dejé de tragar y, fingiendo sorpresa, le dije: ¿Qué? ¿No conviven? No, no convivían. Ella vivía con su hija en la casa de una tía, y él, en la de su mamá. Muy mal, muy mal, observé. Te aconsejo que convivan. Es la única forma de conocer a la persona con la que te vas a casar. Le conté mi fallida experiencia matrimonial. Conocí a mi esposa un día de noviembre del 2011. La embaracé un día de junio del 2012. Nos casamos un quince de octubre de ese mismo año. Fui expectorado del hogar familiar, por infiel, un día de setiembre del 2016. ¿Te dabas cuenta, Patricia? Sin conocernos bien, nos casamos, y mira cómo terminamos. No, se rio, eso no le pasaría a ella, porque ella y su novio estaban llenos del Espíritu Santo.

Oye, me dijo, vi que tienes tatuajes. La Inka Kola helada era el perfecto complemento de un buen arroz chaufa. Sentí rodar el líquido amarillo, helando mi garganta, justificando los dos soles que me había costado. Tras exhalar el respectivo ahhh, y contener un eructo, respondí: Sí, tengo todos los brazos llenos de rostros de escritores. Quiso saber por qué me había tatuado escritores. Antes de responderle, me remangué los puños de la camisa, una camisa que usaba sin cesar desde que me la hubieron regalado cuando cumplí dieciséis años, y le mostré los rostros que quedaron descubiertos sobre mi antebrazo: de Palma y Bayly, en el derecho; de Zweig y Maupassant, en el izquierdo. Y por aquí, señalé las partes todavía cubiertas, tengo más. ¿Pero por qué tienes escritores?, volvió a preguntar. ¿Te gusta leer? Le contesté que sí, pero que mis tatuajes no solo eran un homenaje a los autores cuyas obras habían influido en mi vida sino que eran, más honrada y sinceramente, un mecanismo ramplón que yo había concebido con la finalidad de marketear la primera novela que llegase a publicar. ¿Escribes? Sí, respondí, a pocas cucharadas de dejar mi plato limpio. ¿Qué escribes? Básicamente tonterías: las cosas que me pasan. ¿Te pasan cosas interesantes? Pues, no, le respondí y me eché otro sorbo de Inka Kola. Pero creo que vas a salir en mi primera novela. Sin haber prestado atención alguna a esa confidencia literaria, me contó que los mormones tenían prohibido hacerse tatuajes. ¿Por qué?, quise saber. Porque nosotros consideramos a nuestro cuerpo como un templo. El cuerpo del hombre es el templo de Dios, su hogar, y, por eso, debemos mantenerlo limpio siempre. Reflexioné sobre lo que dijo. Imagínate que tienes tu casa y la pintas de blanco, digamos, y al día siguiente alguien pinta la fachada con garabatos y cosas así, ¿no te gustaría, no? Era el típico argumentum ad terrorem o ad báculum que los moralistas solían esgrimir ante la ausencia de una razón fundamental y lógica que soportase sus afirmaciones. Seguí su juego y acomodé las piezas para refutar su teoría. Sí, pero hacerse un tatuaje no es dejarse garabatear cualquier cosa por alguien; es dibujarse algo que tú siempre has querido llevar en el cuerpo. Se supone que es un adorno y no un dibujo mal hecho o impuesto. Igual que en una casa, uno pone unos cuadros, unas pinturas, justamente para no tener las paredes calatas, para adornarlas. Patricia no supo con qué rebatirme. Fue raro, porque generalmente yo perdía cualquier tipo de discusión. Incluso, luego de lanzarle el ejemplo de la casa y los cuadros, quedé sorprendido de mi contestación. Lo usual era que me quedara callado, sin respuesta, sin reacción. Mi cerebro tardaba demasiado en rebatir un argumento, por más estúpido que fuese. La respuesta que creía hubiera dejado a mi contendor por los suelos solía ocurrírseme varias horas después, cuando ya no había polémica y el contendor se había retirado a su casa. A eso se le conocía como el Ingenio de la Escalera.

A pesar de todo lo que me había enterado de Patricia, datos salidos de su propia boca: su hija, su novio, su conservadurismo, su apego a creencias sin sentido, no descarté la posibilidad de darle la bienvenida a un mundo de pecado si ella se avenía a mí desinteresadamente.

Más tarde, sentado enfrente de la laptop de la empresa de Jean Carlo, corrigiendo el texto de McPhilips, recibí un mensaje de Enrique Bruces.

Enrique había sido un amigo cercano en mis tiempos universitarios. Era un tipo muy generoso. Siempre que íbamos a los bares aledaños a la universidad de San Marcos, invitaba las cervezas con las pocas monedas que lograba ahorrar de sus pasajes. Todos los días viajaba desde Chosica a Lima para recibir clases en la universidad Católica. Luego, al abandonar los antros sanmarquinos, nos invitaba a Nazir y a mí -Nazir Caleb era otro compañero con quien solíamos embriagarnos los fines de semana, al salir de las clases de la universidad-, panes con pollo de un sol, en unos puestos ambulantes que abundaban en el cruce de la avenida Universitaria con la avenida Venezuela.   

Hacía tres o cuatro días que me escribía al Messenger con insistencia para juntarnos. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. La última vez fue en la pequeña reunión que los familiares de mi esposa organizaron cuando me casé con ella. La reunión terminó al poco rato de empezada, pues Enrique, bastante bebido, reaccionó ante las provocaciones de uno de los tíos políticos de mi esposa, que también andaba bastante bebido.

El último mensaje de Enrique fue muy distinto de los anteriores. Le urgía verme. Yo ya sospechaba el motivo de la urgencia. El cuento iba así: El jefe que mi hermano y yo tuvimos en VISA, Villanueva Ingenieros, Samuel Dicente, se había contactado conmigo hacía tres meses, cuando mi consultora tenía apenas dos de creada. Me comentó que le había parecido genial la idea de echar andar mi propio negocio en el ramo de la minería en el que nos habíamos especializado: la ventilación. Me propuso ser socio de la consultora. Por aquellos días, Miguel, mi hermano, se hallaba en una mina de Cerro de Pasco, realizando un trabajo de consultoría. Le comenté la idea de Samuel y le pareció que su incorporación sería perfecta para la consolidación de la consultora en el mercado minero peruano: Samuel tenía contactos en la industria a los que podía recurrir para generar contratos para la consultora. Yo tuve mis dudas desde el inicio: Samuel había sido gerente en Villanueva Ingenieros; por lo tanto, también querría ser gerente en la consultora. Y no era que me importaran los cargos sino que si alguien que no era ni mi hermano ni yo ocupaba un puesto gerencial en la consultora se sentiría con el pleno de derecho de ir dando órdenes a diestra y siniestra. Samuel me citó en varias ocasiones para tratar los temas legales de su anexión a la empresa. En cada reunión, me comentaba sobre los planes que tenía en mente para gestionar la empresa. La primera de ellas era que él, al efectuar una inversión que la empresa realmente no necesitaba, se adjudicaría el sesenta por ciento de las acciones, convirtiéndose así en el dueño del negocio. Además, nos conseguiría una oficina, propiedad de su mamá, en la que tendríamos que reunirnos de tanto en tanto. Esto atentaba rotundamente contra el espíritu original de la empresa, de la empresa que había fundado caminando bajo un intenso sol para acudir a los organismos estatales que oficializarían su nacimiento.

Mi hermano asistió a una de las últimas reuniones propuestas por Samuel. Rápidamente cambió de parecer: La anexión de nuestro antiguo jefe a la consultora eliminaría la libertad de la que gozábamos y con la cual trabajábamos a gusto ejecutando los proyectos que conseguíamos.  Entonces, estuvimos de acuerdo: Alguien tendría que decirle a Samuel que su incorporación a la empresa ya no sería una realidad. El encargo recayó en mí. Cobarde como era, le comuniqué la noticia por correo. Personalmente, jamás lo hubiera hecho. Digamos que escribiendo las cosas me iba mejor. Samuel aceptó mis razones y concluyeron así los prolegómenos de su anexión. 

En una de las reuniones que tuvimos, cuando aún no desbaratábamos la posibilidad de que se convirtiera en socio, Samuel nos comentó que un amigo suyo que trabajaba en una mina colombiana le había pedido que visitara dicha mina para que evaluara su sistema de ventilación. Voy a necesitar, muchachos, nos dijo a mi hermano y a mí en una sanguchería de La Victoria, que me ayuden con el modelamiento del sistema de ventilación en la computadora. Luego del correo que le envié agradeciéndole su interés por querer formar parte de la consultora y comunicándole que pensábamos continuar al frente de ella con nuestras propias reglas, no volvió a requerir la ayuda que nos había pedido para el proyecto de Colombia.

Unas semanas después, Enrique Bruces deseaba comunicarse conmigo urgentemente. En uno de sus mensajes, mencionó a Samuel. Por otro lado, me enteré que Samuel ya había regresado de Colombia y no se había molestado en solicitarnos ayuda con lo del modelamiento de la mina en la computadora. Entonces, comprendí: Samuel le había pedido ayuda a Enrique, y Enrique, que desconocía cómo hacer el trabajo, me pedía ayuda a mí. A pesar de que no me reveló la conexión que tenía con Samuel, acepté reunirme con él. Eso sí, le indiqué que apareciera puntualmente, porque mis tiempos andaban algo ajustados. ¿Dónde nos encontramos?, me preguntó Enrique. En el cruce de Zepita con Alfonso Ugarte, en el Centro de Lima, le respondí. Enseguida, ante su sorpresa, le expliqué sumariamente que desde hacía casi un mes estaba viviendo solo en un cuarto en esa zona.

Dieron las seis y me alisté para salir de la oficina. En dos horas, me encontraría con Enrique para ayudarlo con su proyecto. Era lo menos que podía hacer por alguien que demostró su generosidad para las borracheras universitarias aun teniendo escasas monedas.

Lima, jueves 22 de setiembre del 2016.