Latidos del asfalto

jueves, 10 de agosto de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 22

Sábado 01 de octubre del 2016

¡Oh, monje holgazán! ¿Cuándo sabré yo hacer
Del espectáculo vivido de mi triste miseria
El trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?

Charles Baudelaire – El Mal Monje

Me desperté a las nueve de la mañana. No necesité de ninguna alarma. La preocupación que había quedado gravitando en mi subconsciente se encargó de abrirme los ojos y llenarme de algo de fuerzas para lo que tenía que hacer y para lo que tenía que enterarme.

Rose, dije. Rosario estaba a mi lado. Me daba la espalda. Revisaba algunas cosas en su celular. Nuestros cuerpos desnudos estaban cubiertos por la colcha azul. La tomé de la cintura y acerqué mi pinga hacia sus nalgas. ¿Ya estás mejor?, me preguntó. Llevó su mano izquierda hacia mi trasero. Un poco, le dije. ¿Estás listo para ir a Claro y comprarte un celular? No, no estaba listo. Yo nunca estaba listo para nada. Soñaba con que las cosas se hicieran solas con solo ordenarlas desde la comodidad de mi colchón. Mi billetera tampoco estaba lista: tendría que desembolsar un mínimo de doscientos soles para adquirir un nuevo celular. Hasta ese momento, aún no comprobaba su ausencia física. Solo tenía la palabra de Rosario aseverando que, en algún punto de la madrugada, me lo habían robado.  

Llegó un momento en que no parabas de hablar. El pobre de Paul te escuchaba, no más. A veces, me guiñaba un ojo, como diciéndome “tengo que seguirle la cuerda a este loco”.

El contacto con las nalgas de Rosario me paró la pichula. Se la metí un rato por la vagina, en cucharita. Puso a un lado su celular y se movió a mi ritmo.    

Te movías y te movías. No parabas de moverte. Paul no te decía nada porque seguro  no quería gritarte, pero la verdad era que estabas bien pero bien espeso. Daban ganas de meterte una cachetada. Así que yo tenía que decirte “Daniel, Daniel, no te muevas. Paul no va a poder terminar bien el tatuaje”.

La culpa reapareció y me hundió. No pude terminar. La depresión me achicó la pinga. ¿Pasa algo? Mi pene había recobrado su tamaño habitual. Era una huevadita pequeña y flácida. Mejor vamos de una vez a Claro. Salgamos ahora para evitar colas. Empezamos a vestirnos. Las manchas marrones en el filo del colchón eran el único indicio de una de las tantas perlas que, Rosario decía, yo había perpetrado durante mi borrachera: vomitar. Enseguida, alarmado, asustado, el corazón nuevamente acelerado, me arriesgué a verificar la ausencia de mi celular. Busqué el aparato en la mochila que llevaba al trabajo, sobre la mesita blanca y en el piso. Nada. No te preocupes, Daniel. Lo más importante es que ya bloqueé tu línea. No me preocupaba tanto eso. Me aterraba el hecho de que alguien pudiera estar viendo, en esos precisos momentos, los videos que había grabado con Rosario. Se me ocurrían cosas escalofriantes: los delincuentes viendo los videos y enviándoselos a todos mis contactos del WhatsApp y del Messenger, mi esposa incluida. Suspiré. Exhalé un aire frío, como si tuviera los pulmones repletos de hielo. Mi esposa vería los vídeos. Sería suficiente con que viese uno solo para que se le revolvieran los ánimos, cogiera sus cosas y, con mi hija fuertemente asida de la mano, huyera de mi vida para siempre. Mi hija, mi hija, mi hija. Toda la mierda de mi vida terminaría salpicándole a mi hija, a la relación que tenía con ella, a ese lazo que me mantenía anclado a este mundo. Desde que vi su cabecita de cabellitos negros apelmazados emergiendo del vientre abierto de mi esposa, un ocho de marzo del 2012, en una de las salas de operaciones de la clínica San Gabriel, mi vida quedó dependiente de la de ella, de esa criaturita medio blanquecina que tardó unos diez segundos en gritarle por primera vez al mundo.    

Tuve que asimilar la pérdida del celular y dejar de pensar en las posibles consecuencias del robo. Mi cerebro era mi torturador ad hoc. Con solo echar a andar su imaginación era capaz de destruirme los nervios. Me senté en la sillita plegable. Esperé a que Rosario terminara de vestirse. Sentí, al poco rato, cierto dolor en el labio inferior. Lo tenía hinchado. Estaba más hinchado hacia el lado izquierdo. Estaba tan inflamado que el arito de metal allí incrustado estaba a punto de salir expulsado. ¿Cómo están asegurados estos aros a mi labio? Rosario interrumpió la puesta de su pantalón. Tienen un tornillito detrás del labio. ¿Por qué? Con la lengua pude sentir el tornillito del aro derecho. El del izquierdo estaba ausente. Porque creo que mientras he estado dormido me he tragado el tornillito de este aro, respondí, preocupado. Pucha, Daniel, está bien hinchado tu labio. De camino a Claro vamos a una farmacia para que te den algo para bajar esa inflamación.

“Me va a doler, me va a doler”, gritabas. Me dabas risa, oye. Paul te decía “tranquilo, tranquilo, va a ser rápido, no te va a doler”, pero tú dale con seguir quejándote. Entonces yo te dije “Daniel, compórtate sino Paul no va a poder trabajar bien”. Y te calmaste, oye. Será porque te lo dije bien seria. ¿En serio no te acuerdas de nada de lo que te estoy contando? Bueno, Paul te hizo así el labio y te clavó la aguja. Luego, te metió al toque el primer aro. Fue todo bien rápido. Cuando Paul te soltó el labio y se preparó para hacerte el otro agujerito, tú dijiste “¿qué? ¿Ya?” Te pusiste feliz porque no sentiste nada y fue todo bien rapidito.

Había mucha gente en el local de Claro del centro comercial Real Plaza, en el Centro de Lima. Me aguardaba una tediosa espera. Mientras más deseaba tener el nuevo celular en mis manos, para entrar al WhatsApp y al Messenger y comprobar que nada de lo que había temido había ocurrido, sentía que el tiempo se me estiraba irritantemente. Contemplé a Rosario. Estaba ahí, a mi lado. Nadie le pedía que me acompañase. Simplemente estaba ahí, bancándose un problema que no era el suyo, perdiendo un tiempo que podría haber empleado en alguna actividad provechosa para ella. Y estaba yo: asustado, aunque sin muchas fuerzas para exteriorizar los temores que me corroían, con un ligero dolor en la cabeza, falto de entusiasmo, deprimido intestinamente por la cagada de persona que era. Si mi bebe supiera qué clase de lacra le había tocado por padre, viviría fatalmente estigmatizada. Esa idea me hundía más en la grisura de esa mañana.

¿Dos? Noooo, nada que ver. Te tomaste CUATRO botellas de vino. Compraste dos más. ¿No te acuerdas? ¿En serio? Saliste feliz con el tatuaje de tu hija y con los piercings en tu boca. “Quiero que todo el mundo vea a mi hija, quiero que el mundo vea lo hermosa que es. Lima, Lima de mierda, así gritaste, te presento a mi hermosa bebé” y te quitaste el polo. Yo te decía “Daniel, cállate, ponte el polo”, pero tú, terco, hiciste lo que te dio la gana. Sí, la gente que estaba por ahí te quedaba mirando. No, a ti te daba igual, era como si hubieras estado solo en tu cuarto… A ver, a ver, déjame recordar, iban a ser casi las doce de la madrugada. Recuerdo que me dijiste “Rosario, ¿dónde está mi celular?” y yo te dije “tonto, lo tienes en tu pantalón”. Estabas en otra. Creías que lo habías dejado en el estudio del pobre Paul. Ahhh, ahora que me acuerdo, habías comprado tres botellas de vino. En realidad, te ibas a tomar cinco vinos. Pero la quinta botella la rompiste en el piso de Paul. Bien tonto eres. Estabas sirviéndote y la botella se te cae. Y encima te reíste y dijiste “Paul, debes sentirte orgulloso de que el próximo gran escritor del Perú haya roto una botella de vino en el piso de tu estudio”. Pobre Paul. Le dejaste el piso apestando a trago. Nooo, yo no limpié nada. Él me dijo “no te preocupes, yo lo limpio después”. Y tú ya te habías olvidado del tema. Tú jurabas que le habías hecho un honor a Paul al romperle la botella en el piso.

Luego de dos horas, por fin, nos atendieron. Mi aliento a alcohol se había disipado. Cuando me acerqué al mostrador, me atendió una joven entusiasta. Me mostró el catálogo de los modelos disponibles en la tienda. Fui preciso. Ya había esperado bastante tiempo como para hacerme el disforzado y fingir que tenía dinero. Señorita, ¿podría mostrarme los Azumis más baratos que tenga? Me había acostumbrado a esa marca de celular, Azumi, una marca china o taiwanesa que había resultado cumplidora. No me había dado ningún motivo de queja. Mi presupuesto era de doscientos soles. El Azumi más barato, dentro de la gama de modelos que ofrecía Claro, bordeaba los trescientos soles. Ya me quedé sin celular, le susurré a Rosario. Solo tenemos doscientos soles, ¿no se podría hacer algo?, le preguntó Rosario a la chica. Como siempre que Rosario averiguaba algo, lanzó su pregunta sin ningún tipo de atenuante. Su pregunta sonó casi como una orden. Ella era así: directa. Si la hacían esperar, era peor. Yo, en cambio, podía ser bastante hipócrita, incluso estando enojado e hirviendo por dentro. Pero allí estaba Rosario, poniéndole cara de culo a la señorita. Ésta, por su parte, tan hipócrita como yo, nos mostraba su sonrisa más amable. Déjeme ver qué podemos hacer, dijo y se retiró hacia un cuartito. Volvió casi al instante. La cara de culo de Rosario había sido efectiva. Transmitió temor. Señor Gutiérrez, en vista de que es un cliente puntual en sus pagos, y de que el celular que se ha extraviado ya tenía poco más de un año desde que se lo compró, tiene usted derecho a adquirir un equipo de la misma marca por solo nueve soles. Rosario me miró feliz, como diciéndome ¿ves?, si uno no se pone fuerte con esta gente, las cosas no salen bien. Fue un buen trato. Firmé unos papeles. Varios papeles. La burocracia. La señorita me activó la línea. Ya tenía celular, por fin. Ahora, moría de ganas de quedarme a solas, sin Rosario, y revisar mis cuentas del WhatsApp y el Messenger. Debía comprobar si el ratero había enviado los vídeos sexuales a todos mis contactos.

Claro, todavía había algunos locos en la Plaza San Martín a esa hora. Así, calato, te uniste a la conversación de uno de los ruedos. ¿De qué hablaban? Creo que estaban hablando de religión. Tú te uniste al grupito y los escuchaste en silencio. Me dio risa. Habías estado como un loco cantando tu Pearl Jam y de pronto te acercaste a ese grupo y te quedaste calladito. Pero fue rapidito, porque escuchaste unos segunditos y luego gritaste “yo no creo en Dios, carajo. Vayan a leer a Bolaño, vayan a leer a Bukowski, ahí está la verdadera redención”. Así gritaste, textualmente. Me acuerdo clarito. Tú sabes que tengo una buena memoria. Bueno, luego, saltaste en medio de ese grupito, gritando lo que te acabo de decir. Los otros dos ruedos te miraron. Habías resultado más loco que ellos. Uno de los del otro ruedo te gritó “ponte un polo, huevonazo” y tú te acercaste al que te gritó. Yo ni me había dado cuenta quién había sido exactamente, pero tú sí, y no sé cómo, porque parecías súper alocado y distraído. Entonces, te acercaste casi corriendo hacia el pata. Yo me asusté. Pensé ahorita le pegan a Daniel. Los del ruedo se abrieron y te dejaron pasar. Sus caras eran de miedo. El pata que te había gritado también tenía miedo. En cambio, tú estabas como endemoniado. Tenías una sonrisa como diabólica. Entonces, te acercaste a él sin perder tu velocidad y no sé cómo hiciste pero tu frente la pusiste contra la de él, pero sin que hubiera un golpe. Fue como si en el último segundo hubieras disminuido tu velocidad casi a cero. Así, con tu frente empujando la de él, lo llevaste prácticamente contra una de las bancas de la plaza. Y mientras lo empujabas le decías “yo estoy así porque soy libre; la Literatura me liberó; tú, en cambio, eres como todo este resto –y nos señalaste sin dejar de mirarlo a los ojos y empujarlo con tu frente-, ustedes son una sarta de adocenados, así dijiste, son unos borregos, unas bestias, creen ser libres pero solo viven perdiendo el tiempo, ustedes no hacen obra, no pintan, no escriben, no componen, no hacen nada, nadie los va a recordar. Yo soy libre, soy libre, la Literatura me liberó”. El tipo se quedó mudo. Todos se quedaron mudos. Algunos susurraban “está borracho ese huevón”. Con miedo me atreví a decirte “Daniel, vámonos”. Y, un pata, no sé quién, te dijo “hazle caso a tu jermita, huevón”, pero tú detectaste al toque quién era, y yo pensé pucha ahora sí este se descontrola y se pelea. Pero solo lo miraste con esos ojos de diablo que tenías. Parecías poseído. El tipo se quedó calladito. Luego me miraste y caminaste rápido hacia Quilca. Yo tuve que seguirte. Tenía que seguirte. No quería que nada malo te pasara. Cuando te alejaste un poco, uno de los tipos de los ruedos me dijo “flaca, cuida a tu enamorado”.  Me gustó que me dijera flaca.

Antes de despedirnos, quedamos en encontrarnos en la noche. Entonces, te veo en tu cuarto a eso de las ocho. Rosario tomó un colectivo a Chorrillos en el paradero informal de taxis de la avenida Bolivia, cerca del Real Plaza. Una vez que se hubo ido, prendí el celular. Caminé hacia el cuarto de Zepita. Me bañé rápidamente. Cogí la mochila y metí en ella mi laptop vieja y un libro. Fui hacia el paradero de Metro de Alfonso Ugarte. Dentro del bus que me llevaría a la casa de mi mamá, no sin cierto temor, activé el Whatsapp y el Messenger. Temor no porque me fueran a robar el celular sino por darme con la ingrata sorpresa de que el ladrón hubiese filtrado mis vídeos sexuales a todos mis contactos. Eso significaría el fin de mi vida familiar, social y laboral. Ocupé un asiento en la mitad del bus. Me ubiqué al lado de la ventana. El asiento de mi lado quedó vacío. No había mucha gente queriendo desplazarse hacia Pueblo Libre, San Miguel o La Perla. A medida que el bus se alejaba del Centro de Lima, y se internaba en San Miguel, fue llenándose. Los asientos vacíos quedaron ocupados en cuestión de minutos, menos el que estaba a mi lado. Supuse que la gente me evitaba por mi aspecto: llevaba los brazos descubiertos y tatuados, una cara de cholo brava y, en mis no tan atractivos labios, un par de aros de metal. Lucía peligroso. Nadie, en su sano juicio, se atrevería a sentarse al lado de un tipo que prometía, por su solo aspecto, irrogarle algún daño. El bus continuó su camino con los asientos y los pasillos abarrotados. A pesar de que llevaba en las manos un libro –leía Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley-, la gente consideró que seguía representando una amenaza para su integridad física y psicológica.

Dani, me dijo Miguel, mi hermano, luego de sorprenderse por mis piercings, David acaba de llamarme. Dice que preparemos la propuesta para el proyecto de la mina Ranra. David Del Arco era el gerente de proyectos de FAMIC Consulting, una consultora transnacional en temas de ingeniería. Ranra era una mina polimetálica ubicada en Puno, a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar. Ranra necesitaba un estudio de minado, el cual debía comprender, entre muchos otros tópicos, un estudio de ventilación. Ranra, tras un largo proceso de selección, contrató a FAMIC para realizar el estudio. David, con quien habíamos trabajado en otras oportunidades, y conocía nuestra especialización, confió en nosotros para el estudio de ventilación. El dinero del proyecto resultaba prometedor. Abrí mi vieja laptop y preparé la propuesta.  

Pucha, y fue todavía peor cuando tuvimos que cruzar la avenida Wilson. Seguías sin polo. Andabas como trotando. Cuando llegamos a Wilson, en lugar de cruzar la avenida, te pusiste a torear a los autos. Te parabas en medio de la pista y retabas a los autos a que te atropellaran. Yo estaba asustada. “Ahorita lo atropellan, Dios mío”, decía. Menos mal que pasaban pocos carros a esa hora, pero los pocos que pasaban iban a una velocidad que si te agarraban te hacían volar kilómetros. Algunos de los conductores te gritaban “loco de mierda”, “te vas a matar, huevón”. Y tú decías “yo soy un genio, un artista, soy inmortal”. Estabas loco. Yo te decía “Daniel, cruza, cruza, por favor”. Y tú te ponías peor. Saltabas en medio de la pista esperando que llegue otro carro. “Yo soy Eddie Vedder, gritabas, soy Eddie Vedder”, y caminabas como en ese video que me enseñaste esa vez en tu cuarto, como ese cantante en no sé qué canción. Me dio más miedo cuando llegó un camión cargado de cosas. Parecía que era de alguna mudanza. Iba a mucha velocidad para estar tan cargado. Mucho más rápido que los autos. Y tú te plantaste en medio de la parte de la pista por la que pasaría el camión. Yo grité “Daniel, sal de ahí, por favor”. Pucha, casi me hacías llorar de la preocupación. Y tú ahí parado en la pista gritándole al camión “ven, atrévete a matarme, ven, aquí te espero”. El camión bajó súbitamente la velocidad y se cuadró en el otro lado de la pista. Bajó el chofer. Era un pata grueso y tenía unos brazos que yo dije ahorita lo desaparece a Daniel. Bajó furioso y se fue directo adonde tú estabas. Yo dije ahorita Daniel se asusta y se va corriendo. Pero no. Al contrario, corriste a darle el encuentro a ese chófer. Sí, era un cholo grandazo. Un brazo de él era una pierna tuya. Yo vi al chofer que se quedó parado en su lugar. Estaba asombrado porque no esperaba que fueras a correr hacia él. Seguro pensó que con solo verlo te ibas a ir corriendo. Puso cara de asustado. Y tú ibas derechito a él como para pegarle o hacerle algo. Entonces, a mí se me pasó la rigidez y corrí hacia ti. No sé cómo pero llegué antes de que tú y el chofer se acercaran. O, mejor dicho, de que tú te aventaras sobre el chofer. “Agarra a tu flaco, pe, flaca”, me dijo. “O quieres que te ayude a sacarle la mierda”. Pero te confesaré que me gustó cuando le respondiste “a quién amenazas, oye, cholo de mierda, ven para sacarte la mierda, huevonazo”. El pata agarró y se subió a su camión.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=PM_VIATPYQc&t=2106s

Cuando terminé la propuesta, fui a la cocina, abrí la refri y saqué la caja de jugo de naranja. Abrí la tapita del recipiente y bebí directamente. Con cada sorbo, pensé en lo cagado que estaba. Podía tener a la hija más hermosa del mundo, un trabajo tranquilo, una empresa que florecía, una relativa comodidad, pero llevaba el alma podrida. Lo que Rosario me había contado no parecía real. Pero lo era. Ese monstruo desbocado, furioso, ofensivo, altanero, violento, era yo. Todo eso era yo. Era lo que vivía dentro de mí y salía a flote cuando el alcohol le abría las puertas de par en par.

Mi hermano había salido. Mi mamá había llevado a mi hija a una fiesta infantil. La casa estaba prácticamente abandonada. Mi hermano menor, Celso, era el único habitante de la casa. Me asomé a la puerta de su cuarto. Estaba a la computadora. Tenía los audífonos puestos y clicleaba el mouse cada cierto tiempo. Celso, ya me voy, le dije. No me escuchó. Volví a llamarlo, pero esta vez me adentré unos centímetros más en su habitación. Se quitó los audífonos al verme. Regreso mañana para almorzar y recoger a la bebe, le dije. Ya, Dani, yo le digo a mi mamá. Salí a la calle. Era una tarde cálida. Caminé hasta el paradero de los buses que me llevarían al Centro de Lima.

Por unos momentos estuviste tranquilo. Había logrado que te pusieras el polo otra vez. Yo pensaba que llegaríamos a tu cuarto y dormiríamos tranquilos. Pero me volví a equivocar. Estábamos por Washington, por esa como curva, cuando le buscaste pelea a un chico que venía caminando con su amiga o enamorada, supongo. De la nada, apenas lo viste, corriste hacia él. Te me escapaste, porque yo te tenía de la mano. El chico te vio y te salió al frente. Te dijo “qué tienes, compare”. Te paraste unos centímetros antes de que lo chocaras. Te volvió a preguntar que qué tenías, que cuál era tu problema. Tú le respondiste todo malcriado “mi problema eres tú, baboso”. Y el chico no se anduvo con cosas y te empujó. Caíste como un saco de papas al suelo. Caíste de poto. Te paraste al toque y te fuiste derechito al pata. Le quisiste tirar un puñete pero él te agarró el puño y lo desvió. Te fuiste, entonces, para un lado y, en pleno estómago, te metió un rodillazo. Su chica gritó y el chico me dijo “amiga, cuida a tu enamorado o lo mato”. Y sacó una pistola. Pucha, Daniel, yo no podía creer lo que estaba pasando. Y cuando vi bien al chico me di cuenta de que no era alguien normal. Parecía de esos narcos que paran con chicas y regalando plata por todos lados. Nunca había visto una pistola. Y el chico la tenía ahí en su mano, dispuesto a usarla si lo volvías a joder. ¿Y sabes qué fue lo más increíble? Que a ti no te importó nada. Te paraste y lo insultaste. Le dijiste que no le tenías miedo. Luego miraste a su chica y le dijiste que por qué estaba con alguien sin cerebro. “Yo soy escritor, yo leo, tengo lecturas, tengo una filosofía de la vida, la entiendo y quiero trascender”, decías. “Ese huevón es un idiota, no sabe qué es vivir, respira porque sus pulmones son como él, hacen todo automáticamente”. Entonces, el chico te apuntó. “Cállate, conchatumadre”, te dijo. “Cállate o hasta aquí no más llegaste, huevonazo”. Yo sentía que me moría, Daniel. Mi corazón estaba a punto de estallar. Y lo peor era que no podía hacer nada. El solo hecho de ver una pistola apuntándote, apuntando a alguien que yo quería, me paralizaba. Y me diste cólera porque dijiste una barbaridad. “Los poetas malditos no morimos sin haber dejado obra”. Y te acercaste al cañón de la pistola hasta que lo tapaste con tu pecho. No sé por qué no me desmayé ahí mismo, porque sentía que la sangre se me iba de la cabeza y de las manos y los pies. Me había quedado fría, pero sudaba. Sudaba mucho. El típico sudor frío. “Dispárame, pues”, le dijiste. El chico mantenía su cara de vándalo. “Yo no voy a morir aún, huevón. Yo, a diferencia de ti, tengo que escribir por lo menos tres novelas antes de morir. La vida no va a dejar que me muera sin antes haber escrito lo que debo escribir”, dijiste. Con las justas te entendí. Te entendí porque sé ya cómo hablas de borracho. Las palabras no te salen del todo y como que se te enredan. No sé si el chico te entendió, pero era seguro que había sabido interpretar que no tenías miedo y que lo estabas provocando. “Dispara, pues, huevón. Tú no eres nadie. No sabes qué es la vida. Solo la vives sin dejar huella, sin leer a los grandes”. Entonces, lo empujaste. Y yo casi me muero, Daniel. Te odio, te odio. Solo por tu culpa tengo que pasar por cosas así de fuertes. El chico cayó de poto así como habías caído tú. La pistola cayó en la pista. Caminaste tranquilo hasta la pistola y la cogiste. El chico te vio con el arma en la mano y luego de decirnos que nos iba a buscar para matarnos corrió con su chica. Yo me asusté más cuando te vi con esa cosa en la mano. Dijiste “pesa esta huevada”. Te acercaste a un tacho de basura que había cerca. Luego, pusiste el cañón de la pistola en tu cabeza. Sí. No te estoy mintiendo. Yo ya estaba más que aterrada. En ese estado tuyo no sabía qué cosas eras capaz de hacer. “Así apretara este gatillo, no saldría ninguna bala. ¿Sabes por qué?”. Parecías el Daniel de siempre, pero había algo dentro, no sé, en tu mirada, que me hacía sentir que hablaba con un extraño. ¿Cómo que no eras tú? Claro que eras tú. Ay, yo cómo iba a saber que habías dejado de ser tú. No digas tonterías. Estaba muerta de miedo, Daniel. Tú con esa arma y diciendo tonterías. Para tu suerte no pasaba nadie más por la calle, porque sino hubieran pensado que estabas asaltándome o algo peor, que estabas a punto de secuestrarme o violarme. Ah, ya, entonces, estabas con la pistola apuntándote a la cabeza y dijiste eso de que si disparabas no saldría ninguna bala porque todavía no era tu tiempo de morir, porque estabas destinado a ser alguien en la literatura peruana y todavía no habías escrito las tres novelas que te consagrarían. No te puedo creer que no te acuerdes nada de lo que te estoy contando, Daniel. ¿Qué hiciste? Pues, no sé dónde lo habrás aprendido, pero miraste el arma, algo brillo en tus ojos, y deslizaste hacia atrás la parte de arriba de la pistola. Quedó el cañón totalmente al descubierto. Era plateado. Toda la pistola era negra. Apuntaste el arma hacia el cielo y luego la bajaste y te volviste a apuntar a la cabeza. “¿No crees lo que te estoy diciendo, no?”, dijiste. Yo ya no sabía qué hacer. Se me ocurrían bastantes cosas. Se me ocurría primero que debíamos correr de ahí e ir a tu cuarto porque el chico podía regresar con su pandilla o algo así. Esa pistola se veía costosa. No creía que alguien pudiera ser capaz de irse corriendo dejando tirado algo tan costoso. Y tú ahí, dándole todo el tiempo del mundo al chico ese para que regresara y se vengara y, encima, te apuntabas esa arma a la cabeza. “¿Me crees o no, Rose?, me volviste a preguntar. “Sí, sí”, te respondí. “Tú no vas a morir todavía. Tú tienes que escribir las tres novelas, Daniel. Tú tienes que ser famoso, vas a ser famoso”. Me miraste con unos ojos que jamás te había visto. Tu mirada me traspasó. Y a pesar de eso, yo pensaba que estabas consciente de todo lo que estabas haciendo. Pero por las puras te dije que sí, porque igual te pusiste la pistola en la cabeza. Presionaste fuertemente el mango del arma y dijiste que ibas a disparar.

Bajé en el paradero del colegio Guadalupe. Tenía las manos en los bolsillos. El sol se ocultaba. Era un atardecer que dolía. Debía estar animado por la inminencia del concierto, pero llevaba una honda preocupación carcomiéndome la cabeza. Las palabras de Rosario rondaban persistentes en mi cerebro. Me recordaban que era un pobre huevón que no sabía qué hacía con su vida, un tipo que no tenía respeto alguno por sí mismo ni por las personas que más quería en el mundo. Todavía vería a Rosario en unas horas. Tuve miedo de caminar por las calles de Zepita, por sus alrededores. ¿Estarían por ahí las personas a las que ataqué? Las que me robaron, ¿me reconocerían? Caminé rápido y me encerré en mi cuarto. Rosario me había contado un montón de cosas, pero era seguro que había dejado de lado, involuntariamente, muchas otras. Nadie era capaz de contar toda una verdad. Siempre quedaban varias cosas sueltas. Y muchas de ellas solían ser más terribles que todas las verdades juntas. En los detalles, yacía la perversidad ¿Qué tal si también les había hecho algo malo a mis vecinos de esa vieja casa? No quería ver a nadie. Prendí mi vieja laptop y traté de terminar el capítulo siete de la novela. Un par de horas después, tras haber escrito solo un párrafo, recibí un mensaje de Rosario. Iban a ser las siete y media. Estaba a punto de llegar al Centro de Lima. Todavía no son las ocho, le escribí. Me dijo que si deseaba podía quedarse dando vueltas por el Centro hasta que fueran las ocho. No, le escribí. ¿Dónde vas a bajar?, le pregunté. En la Plaza San Martín, respondió. Espérame ahí, por fa, le pedí. Estaba bueno que planease llegar temprano. Pensé que sería estupendo que me acompañase al Hueco a comprar unas cosas que me urgían desde hacía unos días. No quería estar solo en Lima. Me sentía vulnerable. Quería que Rosario me acompañase. Su presencia me daba seguridad. No era una seguridad física; era una que iba más allá de los límites de la piel. Saqué algo de dinero de mi billetera y salí. Rosario no tuvo que esperar nada. Más bien, yo la esperé  cinco minutos. La vi descender de un taxi. Le propuse ir al Hueco. Ya, vamos, me dijo. Eso me gustaba de ella: nunca me decía que no. En el camino, me contó que el lunes empezaba su nuevo trabajo. Había sido seleccionada para ser una de las bibliotecólogas de uno de los institutos de inglés más populares de la ciudad. Debía vestir con ropa de tela. Nada de cosas ajustadas ni jeans. Eso le jodía un poco. ¿Recién me cuentas esto?, le pregunté. No, tonto, te lo conté cuando estabas borracho. Supongo que no lo recuerdas. La felicité. Se lo merecía. También me felicitaste cuando te lo conté. Me abrazaste por la cintura y me cargaste.

                                     Fuente: Google Maps

                                     Fuente: Google Maps

Me sentía tonto llevando los aros en mi labio. La hinchazón del lado izquierdo había cedido algo. Me sentía tonto por ser como era. Era un borracho. Era un alcohólico. Y no hacía nada por revertir el destino poco promisorio que me aguardaba y adonde arrastraría irremisiblemente a los míos, a mi hija, quien era la única persona que me importaba en el mundo.

Caminamos hasta El Hueco. Luego de unas pocas vueltas de búsqueda, compramos un galón de ácido muriático –deseaba eliminar una placa de sarro del piso de la ducha, placa que me había venido incluida con el alquiler-, seis rollos de papel higiénico y una correa casual, medio punk, esas de cuadritos oscuros y grises intercalados como en un tablero de ajedrez. Nos apuramos en regresar al cuarto. Le propuse que veamos una película en Youtube, Factotum, basada en algunos cuentos de Charles Bukowski. La había visto varias veces y, desde hacía unos meses, me provocaba que Rosario la viera. Sabía que le gustaría. No me equivoqué. Nos reímos con el cinismo y la sabiduría descarnada de Henry Chinaski, interpretado pulcramente por Matt Dillon.

                                                                             Fuente: http://www.rogerebert.com/reviews/factotum-2006

Disparaste. Yo grité tu nombre. “¡Daniel!”. Lloré. Lloré a pesar de que todavía te veía parado, vivo y con una sonrisa estúpida en la cara. Solo había sonado un clic bien fuerte, uno que nunca había escuchado antes. “¿Ves?, me dijiste, nada me va a pasar todavía”. Luego, pusiste la pistola en el tacho de basura. “Eres un idiota, Daniel”, te dije y me abracé a ti. Había sentido que te perdía para siempre. No sabía si estar molesta o feliz. Creo que estaba feliz. Yo tampoco quería que te murieras ahí. No quería que te mueras nunca. Pero la noche no iba a terminar ahí. Todavía faltaba tu celular.

Le había gustado la película. ¿No tienes otra que me muestres?, preguntó, entusiasmada. Uy, varias, pero ya es hora de que vayamos al concierto. La película, la compañía de Rosario, nuestro aislamiento del resto del bullicio de afuera, habían logrado que olvidara aquello que Rosario me había contado. La culpa había cedido. Había un lugar para recomenzar las cosas. Esta vez sería prudente y procuraría divertirme sanamente. Cantaría aquellas viejas canciones de Pantera. Cantaría hasta perder la voz como aquella vez en el concierto de Metallica. Daniel, todavía no nos vayamos. ¿Por qué? Quiero chupártela un ratito.

Faltaba poco para llegar al cuarto. Ya tú estabas más tranquilo. Estábamos acá en Chancay. Pero no habían cabros. Habían unas putas. Sí, mujeres. Y tú te acercaste a ellas. Yo pensé “pucha, y ahora qué cosa hará, Daniel”. “Ustedes qué hacen aquí, les dijiste. Este es el territorio de mis cabros. ¿Dónde están mis causas los cabros?” Yo te decía que nos vayamos a la casa. Pero tú no me hacías caso. Era en vano decirte algo. Pero tenía que hacerlo. En el corto trayecto de los tatuajes al cuarto ya te habían pasado muchas cosas. Estuviste así de morir. Te iban a matar los carros, te iban a disparar en el pecho y hasta tú mismo te ibas a disparar en la cabeza. Y ahora les estabas buscando pleito a esas prostitutas. Pero ellas no te hacían caso. Una creo que te dijo “fuera, borracho feo”. No sé de dónde habían salido tantas prostitutas, porque siempre que vengo por acá veo más cabros que mujeres. Pero eran mujeres. Y un grupo de ellas me empezó a rodear. Me querían robar, Daniel. Y tú no te dabas cuenta de nada. Entonces, te llamé. Me viste y corriste hacía mí. “¿Qué pasa?”, dijiste. Alzaste tu voz. Dabas miedo. Las putas se asustaron un poco. “Déjenla, qué quieren”. Y ellas me dejaron. Una dijo que quería mi celular. Yo ni siquiera lo había sacado como para que dijeran que lo querían. Entonces, tú sacaste el tuyo y dijiste “¿tanta cosa por un celular?”. Y todo fue tan rápido porque una chica que estaba detrás de ti, algo cerca, saltó hasta tu mano y se llevó tu celular para irse corriendo. Yo dije “Daniel, tu celular”. Y tú no reaccionabas. Grité “¡ratera, ratera!” Las otras putas se fueron corriendo. Solo las más conchudas se quedaron en sus lugares. Ni caso me hacían ni se asustaron de mis gritos. Tú te quedaste parado. “Daniel, te robaron tu celular”, te dije. Pero no reaccionabas. Estabas ahí parado con cara de tonto. Luego de un rato me dijiste “era solo un celular. Puedo comprarme otro, Rose. Todo se puede comprar. Pero lo que tengo aquí en mi cabeza, mi gran novela, eso sí que no se puede conseguir en ninguna tienda”. Me abrazaste y me dijiste “Vamos al cuarto que quiero cacharte”.


Salimos del cuarto. No imaginaba, mientras caminábamos ligeros por esas veredas que olían a orines, que al regresar al cuarto, varias horas después, sería Rosario la nueva protagonista del siguiente escándalo.

sábado, 22 de julio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 21

Del jueves 29 de setiembre al sábado 01 de octubre del 2016
He dormido todo
un año,
o tal vez he muerto
sólo un tiempo,
no lo sé.
Javier Heraud

Eran las diez de la mañana y Patricia y yo hacíamos café en el kitchenet de la empresa. Jean Carlo charlaba en su oficina con un posible comprador, a quien convencía, empleando toda su verborrea, de adquirir uno de sus famosos ventiladores.

Cuando Patricia acercó la cucharita de café a mi boca, sujeté su muñeca con mi mano, so pretexto de guiarla sin titubeos a su destino. Tocar su piel en aquel espacio reducido, entre risas cómplices que iban y venían, me significaba el acercamiento hacia algo más íntimo. Para ella, posiblemente, solo era un puto día más de trabajo.

Con la misma cucharita que acababa de babear, revolvió las tazas de café y se las llevó a Jean Carlo. Hasta ese momento, yo no había logrado vender un solo ventilador; pero, al menos, ayudaba a preparar los cafés que aderezaban las reuniones en las que Jean Carlo se aseguraba de que sus potenciales clientes le desembolsasen unos buenos fajos de dólares. Cafés aderezados con mi ADN.

Jean Carlo se fue temprano de la oficina. Nos vemos el lunes, chicos, se despidió. Estaba feliz. Parecía que el cliente había accedido a comprarle una buena cantidad de ventiladores. ¡Bien por la empresa! Yo no vería un sol de esa transacción. No me los había ganado. No los merecía. Me contentaba con que Jean Carlo me pagara puntualmente los tres mil soles mensuales de mi sueldo, los cuales, si bien no eran la gran cosa, al menos eran un ingreso fijo. La empresa consultora que había constituido con mi hermano me procuraba la otra cantidad de dinero que necesitaba para mantener a mi familia con cierto decoro.

¿Cómo haces para aguantarte las ganas de tener sexo?, le pregunté a Patricia. Decidí dejar de lado los temas livianos y comunes de nuestras anteriores conversaciones. Había optado por ser más agresivo si quería ver alguna evolución de carácter sexual en nuestro trato. Estábamos comiendo un par de platos de arroz chaufa en el chifa que quedaba al frente de la chamba. Le ofrecí acompañar el almuerzo con una Inka Kola bien helada. Ella insistió en beber agua mineral. 

No me desespero. La verdad, no tengo mucha necesidad de tener sexo con un varón. Como manda Dios, tengo que esperar al matrimonio para hacer esas cosas. La noté sincera. No vas a terminar bien, pensé. Nadie que obviase el sexo en su vida podía terminar bien. Ahí teníamos a los curas católicos.

Las conversaciones con Patricia me iban revelando que era una mujer que no se conocía a sí misma. Como la mayoría de personas que decía conocer a Dios, hablar con Él o, incluso, hablar por Él, podía terminar haciéndose daño o provocándoles heridas a todos aquellos que tuvieran el infortunio de rodearla.

Había estado preparándose, desde que conoció la fe en Dios gracias a la iglesia mormona, para convertirse en la mujer de un hombre justo. Creía haber encontrado a ese hombre en su prometido. ¿No había alguna posibilidad de que se echase una canita al aire conmigo? ¿Por qué la religión volvía cojudas a las personas? La raza humana llevaba siglos de domesticación. Escasos apóstoles como Bukowski o Ribeyro habían tratado de reencausar al ser humano en la senda del libre albedrío. Pero no habían logrado mucho hasta el momento.

¿Por qué no escuchas a Todd Christofferson?, me invitó. Quise responderle: Por la misma razón por la que yo no te pongo a Bukowski en las narices. Los depravados teníamos algo que los cristianos y los locos religiosos no tenían: prudencia, tino, mesura, sentido de la ubicación. Sin embargo, por curiosidad, busqué al tipo en YouTube. Vamos a complacer a Patricia, pensé.

El tal Todd hablaba desde un podio. Vestía un terno azul y una corbata gris. Parecía un tipo de recursos, poderoso, influyente. Probablemente, su dinero provenía de los bolsillos de los miles de fieles quienes, aunque no aparecían en el vídeo, dejaban oír sus aplausos y vítores luego de cada sentencia pronunciada por el orador. Todd hablaba en nombre de Jesucristo. Aconsejaba seguirlo. Él no parecía seguir a Cristo. Jesús vistió lo más humilde de su época, según decía la Biblia. Todd parecía vestir lo más caro del siglo XXI.  

Todd hablaba de la resurrección. Todos resucitaríamos si seguíamos al pie de la letra las enseñanzas de Jesucristo. ¿Por qué tanta insistencia con esto de la resurrección? ¿Por qué la gente quería resucitar? ¿Por qué Todd quería que la gente resucitara? ¿No era suficiente haber vivido cierto número de años? ¿La gente no se conformaba con haber depositado su cuota de maldad en el mundo? ¿Para qué resucitar? Además, ¿resucitarían los vikingos, los cavernícolas, los incas? ¿Dónde cabría tanta gente resucitada? Un mundo poblado de infinitas personas. Las envidias resurgirían, los odios renacerían, las desigualdades reaparecerían. Ese mundo perfecto de resucitados terminaría convirtiéndose en la mierda que era el planeta actual.

Hablando con una seguridad que producía desconfianza, Todd alegaba vehementemente a favor del matrimonio. ¿Por qué lo defendía de ese modo? Además, ¿por qué lo circunscribía a la unión entre un hombre y una mujer? Sus palabras segregaban, generaban divisiones: Los heterosexuales ganarían el paraíso; el resto se pudriría en el infierno. El matrimonio es la base de la humanidad. Sin el matrimonio, la raza humana hubiera perecido hace mucho tiempo, sentenciaba Todd. ¿Y cuál era el problema con que la humanidad hubiera desaparecido hacía mucho tiempo? ¿Acaso no hubiera sido mejor que desapareciera? Otras formas de vida menos destructivas pudieron haberla reemplazado. ¿Podía ser tan egoísta el señor Todd como para creer que después de los seres humanos no existiría nada más? ¿Era tan importante la humanidad? ¿Éramos tan soberbios como para creernos la única forma de vida que merecía prevalecer y reproducirse ad infinitum? Quizá el matrimonio haya sido la causa de todos los problemas del mundo. Probablemente fuera mejor que el ser humano no se reprodujera más. Éramos los humanos quienes matábamos y depredábamos. Tal vez la Tierra y el resto de seres vivos que la poblaban le suplicaban a Dios que nos desapareciera de una buena vez. ¿No sería estupendo restarle importancia y preeminencia al matrimonio? La sola prevalencia del amor entre un hombre y una mujer por encima de cualquier otro tipo de unión producía millones de muertes y masacres en todo el mundo. Si Todd, y otros muchos como él, dejaran de crear divisiones, las minorías –homosexuales, bisexuales, transexuales-, recinto reducido al cual me sentía pertenecer, podrían vivir decentemente y sin perecer antes de tiempo.

La voz de Jesucristo se había apoderado del cuerpo de Todd. Lo poseía. Hablaba a través de él. La vida eterna es la recompensa por haber llevado una vida correcta y justa. ¿Cuál era el atractivo de vivir eternamente? ¿Por qué no simplemente vivir y ya? ¿De dónde salían estos Todd que nos decían qué hacer y qué no hacer? La única consigna debía ser: Vivir sin joder a los demás. Lo había dicho Cela en una entrevista: Yo creo que soy o, por lo menos, aspiro ser un hombre honesto que intenta pasar por este valle de lágrimas procurando hacerle la puñeta a la menos cantidad de gente posible.

Estuvo interesante, le dije a Patricia. Gracias por recomendármelo, agregué. Me quedó claro que mientras existiera gente que se dejara embaucar por las palabras de los miles de Todd que pululaban a diestra y siniestra, y no por las de un Baudelaire, el mundo terminaría precipitándose al abismo de manera mucho más rápida y precoz. Compadecí a Patricia: había que ser bastante torpe para admirar a alguien como Todd.

La bicicleteada al cuarto de Zepita fue estupenda. Conduje rápido y como deslizándome sobre una pista de hielo. Toreé y sobrepasé a los autos y camiones que, aturdidos, lelos, iracundos, quedaban prisioneros del demencial tráfico nocturno de la ciudad.

Me duché con agua fría. Tendí la toalla sobre el colchón y me eché sobre ella. Puse las manos debajo de la cabeza y contemplé el techo. Era libre. Podía estar calato, sin hacer absolutamente nada y sin que alguien anduviera fregándome la paciencia. Con el correr de los días, iba acorazando mi corazón. Dejaba de extrañar la vida en familia. Me consolaba, eso sí, saber que mi hija, con el dinero que le enviaba a su mamá, podía permitirse una vida más holgada. Quizá estaba bueno que mi pequeña no creciera al lado de un tipo como yo: un vago que prefería beber una cerveza colocando una buena novela ante sus ojos. Estuve calato casi cinco minutos. Una ligera corriente de aire –solo Dios sabía por dónde se infiltraba- acudió a refrescar mi contemplativa actividad. De pronto, me provocó hacer tres cosas: beber un poco de vino barato, comer un sánguche de pollo y continuar la escritura del capítulo siete de la novela. En ese orden.

Fui a la tienda de Colmena y compré el vino. Estaba heladito. Lo oculté en mi mochila. No quería que Jaime, el huevón que me alquilaba el cuarto, y que curioseaba a diario quién entraba y quién salía de la casona que arrendaba, pensase que era un borracho. Me convenía guardar una imagen correcta. Suficiente tenía con mantener la reputación de un chico tranquilo, a pesar de la decena de tatuajes que llevaba en los brazos. Era bastante fácil que alguien, con solo verme, asumiera que yo era un fumón, un marihuanero. Compré un sánguche de pollo deshilachado en la ocho de Chancay. El tío que las hacía era un experto sanguchero. En tres minutos, preparaba un sánguche de la putamadre: le ponía un montón de papas fritas, hartas hilachas de pollo, algo de lechuga, y la cantidad de mayonesa que el cliente deseara. Por tres soles cincuenta, el tío te preparaba un sánguche que no podía ser devorado sin que se te chorrease al piso la mayonesa, el pollo y las papas.     

Ahora solo restaba disfrutar del sánguche, ir al cuarto, descorchar el vino y continuar escribiendo el capítulo siete de El Solitario. Caminé lo que quedaba de la ocho de Chancay. Había un par de transexuales de excelente ver apostados en la vereda que yo estaba ocupando. Era una noche fresca. Podía sentir un airecillo bienhechor mimándome la piel. Eso era vida: en forma gracias a los pedaleos, un suculento sanguchón en la mano, y la vista gozando con los culos que se ofrecían al paso.

Una de las chicas, al verme pasar, me lanzó un piropo: Qué rico que estás, papito. Como quisiera ser ese sánguche para que me comas todita. La vi de reojo. Estaba buenaza. Tenía un gran culo y unos senos que mostraba al público sin pudor alguno. Dejaba que sus aureolas rosadas fuesen acariciadas por la brisa nocturna y por las miradas de los escasos mañosos que aún circulábamos por esa zona de la ciudad. A pesar de que me hubiese gustado llevármela a la cama, no sentí que el deseo fuese lo suficientemente urgente.

Me sequé la mitad de la botella de vino mientras escribía el capítulo siete. Guardé la otra mitad. Reinserté el corcho y puse la botella debajo de mi mesa. Había escrito tres párrafos. Mi cerebro no daba para tanta invención. Debía dejarlo descansar.  

Jean Carlo no se apareció en la oficina. Tampoco se presentó el pendejo de Victorio. Victorio me daba mala espina. Siempre que podía, rajaba de Jean Carlo.  

Patricia y yo nos la pasamos cantando todo el día. Ella cantaba una canción y yo, desde mi sitio, otra. Me quité a las cinco de la tarde. Nadie me diría nada. Patricia me dijo que se iría a las cinco y media. Éramos unos anarquistas.

A las seis y veinte, ingresaba a Washington rumbo a Zepita. Podía sentir el sudor de la panza saliéndome a chorros. Perdía peso con cada pedaleo. Evalué mi situación: Ganaba poco en el trabajo, pero la pasaba bien. Mi cuerpo, bien cubierto por un atuendo negro, podía pasar por esbelto gracias a los bicicleteos. Podía usar los polos y los pantalones apretados de mi preferencia sin que se me viese panzón o deforme. Estaba feliz porque había decidido, entre cántico y cántico, que ese día me tatuaría el rostro de mi hija en el pecho.  
  
Por otro lado, luego de haber visto centenares de veces las entrevistas a Mike Herrera, vocalista de MXPX, una de mis bandas favoritas de punk, decidí que esa noche no solo me tatuaría sino que, además, me haría un par de piercings en el labio inferior.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=sOiGrWmCEDg&t=2s

En mi cuarto, busqué en Youtube las seis canciones de Pantera cuyas letras me sabía de memoria. Quería repasarlas para entonarlas a todo pulmón al momento del tributo en el Yield Bar. La canción que no podía faltar en el tributo, estaba seguro, era Cowboys From Hell. Al repaso de sus letras le dediqué unos escasos cuatro minutos, porque llevaban años alojadas en mi memoria.

Cuando Metallica visitó Lima por primera vez, acudí al concierto con mi hermano. En aquella época, trabajaba como supervisor en un laboratorio geometalúrgico. El nombre del lugar era engañoso, y el de mi puesto también. Fue el primer trabajo que tuve luego de egresar de la universidad. Para la época, 2009, me pagaban más o menos bien. Con algo de aquel dinero fue que compré las entradas para el concierto de Metallica. Una para mí y otra para mi hermano. Éramos seguidores de la banda desde hacía nueve años. Me sabía de memoria buena parte de su repertorio. El escenario que recibió a Metallica fue el estadio de la universidad San Marcos. Miles de personas colmaron las graderías y otra miles pisotearon el césped de la cancha de fútbol.

La mayoría de la gente se limitaba a corear las canciones. Miles de personas gritando oh, oh, oh, oh, pero ninguna de ellas pronunciando, o siquiera tratando de articular, una sola estrofa de las canciones. Yo era el único huevón que gritaba las letras. Muchos de los idiotas que nos rodeaban, al ver que pronunciaba y entonaba las letras como lo hacía el propio James Hetfield, se aglutinaron a mi alrededor. Celebraron mi actitud. Me decían: Tú sí, ah; tú sí, ah. Me endiosaron los huevones. Me cargaron en sus hombros. Desde esas alturas, continué cantando hasta perder la voz.   

Me acordé de mi hermano. Recordé que no tenía el número de Paul. Paul era el tatuador que me había hecho excelentes trabajos en el brazo. El número de su celular lo había perdido en una de mis tantas borracheras. Mi hermano se había tatuado a Bukowski hacía unas semanas. El retrato le había quedado de la putamadre. Miguel, lo llamé, pásame el fono de Paul, por favor.  

Paul, soy Daniel, el pata de los tatuajes de escritores. ¿Estás en Lima? Paul solía viajar a Chile a pedido de algunos clientes que tenía por allá. Sí, estaba en Lima. Chévere. ¿Crees que puedas tatuarme a eso de las ocho de la noche? Me dijo que a esa hora estaba bien. Hasta las nueve era una hora ideal. Luego de las nueve sería imposible. La galería donde trabajaba en el jirón de La Unión, la Veneto, cerraba sus puertas a las nueve. Cholito, me dijo Paul, si vienes entre las ocho y las nueve te recibo de la putamadre. Pero luego de las nueve la galería se cierra y el vigilante no te va a dejar entrar. Son unas mierdas. Le dije que no se preocupara, que llegaría antes de las nueve. Ah, ya no estoy en el primer piso, por si acaso. He abierto mi propio estudio en el segundo piso. Lo felicité por el logro. Sí, ya quería independizarme desde hacía un tiempo, me dijo, disfrutando del halago. Pero todavía en Veneto, ¿no? Sí, claro, claro, en Veneto, confirmó.


                                              Fuente: Google Maps

No me arrepentí por haberme quitado del trabajo una hora antes de la hora oficial de salida. Era lo justo. Me quedaba un culo de tiempo para hacer un culo de cosas.

Cuando aún estaba en la oficina, en la tarde, cantando con Patricia, mi esposa me envió, en un mensaje al Messenger, el listado de los pagos domésticos mensuales. En la laptop del trabajo, una Lenovo elegantemente funcional, calculé el dinero que debía entregarle a mi esposa. El total bordeó los tres mil soles. Jean Carlo ya me había depositado el salario del mes. Obviamente, mi salario no cubría ni la mitad de lo que debía cumplir como padre. El dinero que ya recibía de los proyectos de la empresa formada con mi hermano ayudaba en gran medida a cubrir lo que mi magro sueldo no podía. Le escribí a mi esposa: Nos vemos a las ocho en Metro de Alfonso Ugarte para darte la plata. Ok, respondió.



                            Fuente: Google Maps

Saqué mis cuentas en la hoja Excel que tenía creada para llevar el control sobre los gastos fuertes que hacía. Separé el dinero que le entregaría a mi esposa y aquel que usaría para tatuarme el rostro de mi hija y hacerme los piercings. El dinero del tatuaje comprendía los honorarios de Paul –ciento cincuenta soles-, y el precio de tres vinos baratos. Beber esas tres botellas era parte del proceso de tatuarme. El alcohol aminoraba tremendamente el acuciante dolor que embargaba mi piel cuando me clavaban las agujas.

Me lavé muy bien la pichula porque sabía que terminaría cachando con Rosario. Me pelé el prepucio y le apliqué harto jabón al glande. Me refregué las bolas con minuciosidad. También me lavé el culo. Resultaba tremendamente jodido y desalentador tirar con alguien a quien le apestara el ano.

Me vi de cuerpo entero en el espejo que había comprado en Sodimac de Tacna. Estaba en forma. Estaba delgado. Me veía bien a pesar de mi cara de cholo, gruesa y tosca. Para afinarme el rostro, había empezado a dejarme el pelo largo a los costados. Como complemento, solía colocarme unos lentes de lunas amplias, de un color marrón difuminado.  


                            Fuente: Google Maps

Me puse la ropa negra usual: un pantalón ajustado -comprado en El Palacio De La Moneda, en la avenida Abancay, de fabricación peruana, muy económico y de insuperable calidad- y un polo ceñido al cuerpo –comprado por diez soles en el segundo piso de un edificio antiguo en la calle Capón-.

Salí.

Eres una mierda, Daniel. No te voy a aceptar esa plata. Necesito más, gritó mi esposa. Le había acabado de dar el dinero pactado para el mes: casi tres mil soles. Inexplicablemente, demandaba más. Claro, o sea, te veo así bien arreglado, ¿y piensas que no voy a creer que te vas a tirar con alguna de tus amigas putas? Entonces, esa era la razón. Me veía arreglado y demasiado puto, dispuesto a gastar cientos de soles en una noche de juerga. Sí, iba a tirar con Rosario, pero ella iba a pagar el hotel. Yo no iba a gastar un centavo ¿Cómo carajos podía explicarle a mi esposa que la chica con la que solía tirar se hacía cargo de pagar el hotel, las cervezas y los piqueos? No lo entendería. En su esquema mental, era el hombre el huevón que siempre debía pagarlo todo. Tampoco me convenía que se enterara de que veía a otra mujer. Era capaz de separarme de mi hija, de evitar que la viera en un buen tiempo.     

En todo caso, tengo derecho a salir por ahí, le dije. Tú estás con Melina, ¿no? Y yo no te reclamo nada; te dejo vivir tranquila y en paz. ¿Acaso no querías eso: que me aleje de tu vida? ¿Por qué ahora quieres que te rinda cuentas de lo que hago?

Quiero doscientos soles más. Los necesito y punto, me dijo, cortante. Me pedía doscientos soles porque creía que quitándome ese dinero arruinaría mi supuesta noche de sexo. No te los voy a dar. Mientras no me digas para qué los necesitas, no te doy nada, le dije, tratando de poner una voz fuerte, de varón, una voz que le imprimiera respeto. Fracasé. Mi voz carecía de autoridad, por más empeño que le pusiera. Aun así, no debía ceder ante sus amenazas. Debía ponerme firme.  

Si no me das los doscientos, entonces no te voy a recibir lo que me has dado. Toma, dijo, y tiró al cielo los tres mil soles. Hija de puta, pensé. Como impulsado por un resorte, me tiré al suelo y recogí los billetes que iban cayendo, uno a uno, sobre la pista del estacionamiento de Metro de Alfonso Ugarte, el supermercado al que le pertenecía uno de los cajeros automáticos del cual acababa de sacar el dinero.

Había gente a esa hora; no mucha, pero había. Era el protagonista de una escena bastante bochornosa. La gente que había visto a mi esposa lanzar los billetes y caminar, furibunda, terca e irracional, hacia la salida del estacionamiento, no sabía si reírse de mí o ir a por los billetes. En cualquier caso, se quedaron pasmados, mirándome recoger el dinero. Cuando terminé, alcé la vista. Mi esposa había cruzado el enrejado del estacionamiento y se perdía de mi campo visual. Guardé como pude todos los billetes en uno de los bolsillos de mi pantalón y corrí tras ella. Mi cara ardía. Había pasado la vergüenza de mi vida.

Solo cuando estuve cerca de ella, me atreví a llamarla por su nombre. La detuve. Hablemos, le dije. No te pongas así. Qué te pasa. Cómo puedes hacer eso con el dinero que tanto esfuerzo me cuesta conseguir. Su rostro no revelaba el menor síntoma de arrepentimiento. Quiso continuar su marcha. Volví a detenerla. Antes de que le dijera algo, me repitió que no me iba a aceptar nada si no le daba los doscientos soles. Le pedí comprensión. Mi voz se tornó medrosa y suplicante. Con mi esposa no podía portarme como un matón. Si lo hacía, ella redoblaba su fiereza y era capaz de cualquier cosa. Todavía recordaba su iracunda reacción cuando descubrió los correos electrónicos que Daniela y yo habíamos intercambiado durante el tiempo que trabajé en Xulcani: cogió el ventilador que había comprado para darle frescura a mis mañanas, tardes y noches de traducción del libro de los gringos y me lo aventó con todas sus fuerzas. Logré esquivar el objeto, pero éste no evitó estrellarse contra la pared, haciéndose añicos. Todavía sedienta de venganza, se acercó a mi laptop, a la laptop con la que me ganaba la vida traduciendo, la tomó entre sus manos y pensó regalarle la misma suerte que al ventilador. La sostuvo unos segundos en el aire. Pareció pensarlo mejor. La dejó sobre la mesa. Eres una mierda, un hijo de puta, un mal parido. Me traicionaste, chilló, entre gruesas lágrimas. Luego, dando un portazo, se encerró en nuestro cuarto.   

Nos alejamos de la zona transitada. La llevé hacia una vereda oscura. Necesito ahorrar, le dije, en un tono aún más conciliador. No puedo darte doscientos más. Entiéndeme, por favor. Mi voz era suplicante, casi casi llorosa. No te creo, dijo ella. Su voz era definitiva, no admitía recelos. Estoy segura de que te vas a ir por ahí con alguna perra. Y para eso sí vas a tener plata. Así que dame los doscientos soles que te estoy pidiendo o no te voy a recibir los tres mil y ya veré cómo me las arreglo con mi hija. No queremos tu cochino dinero. Imaginé la escena: mi hija llorando, cochinita, sin bañarse días por la falta de agua. Mi hija llorando porque no había qué comer. Sentí pavor. Hice un llamado a su razón. Le relaté lo que me había acabado de imaginar. ¿Eso quieres para la bebe?, concluí. Antes de que me dijera algo, por su expresión, supe que mis lacrimosos argumentos no la habían conmovido un ápice. Vete a la mierda, Daniel. Me voy. Y, nuevamente, se puso en marcha. Ella era capaz de cualquier cosa. Bueno, no estaba tan seguro de ello, pero sí de que sabía perfectamente con qué amenazarme. Sabía muy bien que mi hija, mi pequeña, era mi punto débil. Cualquier amenaza que la involucrara lograría su cometido.

No, no te vayas, le dije, la voz casi apagada, resignada. Hundí la mano derecha en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón. Allí guardaba unos doscientos soles. Toma, le dije. Volví a hundir la misma mano en uno de los bolsillos delanteros de mi pantalón. Y esto también, le ofrecí. Eran los tres mil soles que hacía unos minutos habían estado volando por los aires. Ella recibió el dinero. Y, por favor, cuida bien a la bebe, ¿sí? , le dije, con voz de mosca muerta, como para darle algo de pena. Con mi esposa aprendía que siempre era mejor, si estaba en las posibilidades de uno, ceder: se ahorraba tiempo y no se malgastaban las energías.

Caminé de regreso a Zepita. Debía pagarle al huevón de Jaime los trescientos soles por el alquiler del cuarto. El tiempo había volado: ya llevaba un mes de vivencia solitaria, íngrima, como diría Magda Portal. Un mes sin guía, suelto a mi suerte.

Había sacado el dinero del alquiler en el local del BCP de Guardia Civil, en Chorrillos. Del mismo lugar saqué el dinero para el tatuaje y aquel extra que acababa de entregarle a mi esposa para que dejara de joderme. No me había imaginado que ese dinero terminaría en sus manos. Quizá lo presentí, debido a todos los años que llevaba conociendo el carácter turbulento e impredecible de esa mujer.



                                              Fuente: Google Maps

Le pagué a Jaime. Me gustaba ser puntual con mis acreedores. Procuraba pagar todas mis deudas, porque, de lo contrario, se me generaba un tormento en la cabeza. Solo una deuda había quedado impaga hasta el momento, una que ya tenía seis años de vida: le debía ochocientos soles a la segunda esposa de mi papá.

Era octubre del 2010. Mi esposa aún no era mi esposa; era mi enamorada. Y yo estaba desempleado. Hacía un mes, había renunciado al trabajo de afilador de brocas que había conseguido en una reconocida empresa transnacional. Era una época dura para encontrar trabajo. Había que aceptar lo que cayera del cielo. La empresa me pagaba los vuelos al Cusco, lugar donde se ubicaba el proyecto que me fue asignado: una obra tunelera. En ese lugar, durante veinte días al mes, debía afilar las brocas que a diario consumían las máquinas perforadoras del túnel. Sentía una profunda vergüenza siempre que afilaba las brocas. Me sentía un huevonazo. Mis padres habían gastado una cantidad enorme de dinero en mi educación universitaria y yo había conducido mi vida de tal modo que había terminado haciendo un trabajo que no requería ningún tipo de educación universitaria o técnica; cualquiera que tuviera cierta edad para manipular un aparatito de este tamaño y aprender ciertas normas básicas de seguridad podía hacer esa chamba. Había sido contratado en julio. En setiembre, renuncié. No pude soportar la vergüenza un día más. Tampoco que las manos me quedasen adoloridas, agarrotadas y como engarfiadas luego de las intensas sesiones de afilado. El desempleo me duraría cinco agónicos meses. A los pocos días de mi renuncia, conocí a mi esposa. Ella trabajaba vendiendo ropa urbana juvenil en un stand del Boulevard de la Cultura, en la cuadra dos del jirón Quilca. La tienda se llamaba Tu Vieja. El dueño era un tal Coco. Mi esposa estaba harta de que Coco le pagara con impuntualidad. A veces, ni le pagaba. Y cuando le pagaba, le descontaba algunas cantidades con variados pretextos. Mi esposa tenía un proyecto. Quería abrir su propia tienda y vender ropa gótica que ella misma diseñaría. Hacía falta, sin embargo, una no poca cantidad de dinero. Decidí ayudarla. Por aquellos días, había aceptado ser mi enamorada, aunque no olvidaba del todo a su ex enamorado, Joel, el baterista de la conocida banda peruana de gore metal Pretender Sinner. Había días en los que soñábamos un futuro juntos y la pasábamos bien, y había días en los que sosteníamos intensas confrontaciones verbales a causa de mis celos. A pesar de que el terreno no estaba del todo firme como para asentar con seguridad mis anhelos amorosos, decidí ayudar a mi aún no esposa con el proyecto de su tienda. Dinero no tenía. La liquidación que me había dejado la transnacional la había separado para pagar las cuotas, en ese momento impagas, de la casa a la que nos habíamos mudado con mi familia, en La Perla.

                                                            Fuente: http://segundoenfoque.com/peru-investigacion-sobre-las-irregularidades-del-caso-quilca-29-234265/

Llamé a los editores del libro de cuentos que había publicado hacía escasos meses, en julio. Necesitaba el dinero que me correspondía de las ventas del libro. Sabía que mi papá había comprado varios ejemplares que regaló a sus familiares, amigos y colegas en Chimbote. Según había quedado estipulado en el contrato, me correspondía el siete por ciento de las ventas. Algo me tocaría. Días después, recibí un cheque por quinientos soles. Todavía era poco dinero. Necesitaba ochocientos para concretar el proyecto de la tienda de ropa. Cogí el teléfono y llamé a la esposa de mi papá. Le pedí, abusando de la confianza que siempre me mostró, los ochocientos soles. No hay problema, Danielito. Dame el número de tu cuenta para hacerte el depósito. Le agradecí el gesto y prometí devolverle el préstamo al cabo de un mes. Seis años después, la deuda seguía intacta, y eso me incomodaba tremendamente.

Jaime me extendió un recibito por el pago. Todavía refugiado en su tienda, pues no quería que alguna mano aviesa echase a correr con mi celular, llamé a Paul, el tatuador. Faltaban escasos minutos para las nueve. Había perdido bastante tiempo durante la escena con mi esposa. Claro, Daniel, si te vienes al toque puedo decirle al vigilante que no cierre la galería todavía. Apúrate.

Llegué corriendo al jirón de la Unión. Miré la hora. Tres minutos para las nueve. Las puertas de la galería Veneto estaban desplegadas, amenazando con cerrarse. Seguí corriendo hasta una tienda de la cuadra uno del jirón Moquegua, donde siempre compraba los vinos que bebía para amortiguar el dolor que me provocaban las agujas de Paul cuando cosían mi piel a base de pura tinta.  Compré dos botellas de vino tinto Queirolo. Las pedí heladas. Descórchelas y deje puestos los corchos, solicité. Corrí hacia Veneto. Ubiqué el estudio de Paul, en el segundo piso, al fondo. Nos saludamos. Lo felicité por el estudio, su propio estudio. A Paul lo conocí cuando trabajaba para un tal Luis, en las mismas galerías Veneto, pero en el primer piso. Ahora, orgulloso, Paul era dueño de su propia tienda de tatuajes. En la puerta, había un cartelito: “Estudios de Tatuaje PumaBox”. ¿Por qué PumaBox?, le pregunté. Por mi apellido, respondió. Yo me apellido Pumacaja. Como “caja” en inglés es “box”, hice el cambio.

Dos personas se habían encargado de perennizar en mi piel los rostros de los escritores con los que sentía compartía la necesidad de romper los moldes grises, y a veces obscuros, que se nos imponían desde la cuna. Esos rostros en mi piel no resultaron tan reales como deseé. Esos dos tatuadores me habían estafado. Decidí buscar otro tatuador. Del modo más casual, di con Paul. Él fue el responsable de realizar, casi casi perfectamente, los rostros de Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly y Roberto Bolaño. Ahora, le encargaría el rostro de mi bebé. Paul, para la calidad de su trabajo, cobraba poco. Esto, y su talento, lo habían convertido en la única persona a la que le confiaba la tortura de mi piel, del mismo modo en que Alejandro Magno solo confiaba en Lisipo para hacer sus esculturas y en Apeles para pintarlo en sus retratos.

Tatuarme era como visitar al psicoanalista. Paul escuchaba mis desvaríos, o parecía escucharlos. Yo hablaba, echado en el diván, estimulado por las impúdicas dosis de vino que me echaba entre el pecho y el espinazo. Paul asentía, parecía interesarse en lo que le contaba. Era muy bueno fingiendo. Lo importante, él lo sabía, era mantener al tatuado tranquilo y no descuidar el trazo de las líneas que terminarían formando el rostro del escritor solicitado. Paul aceptaba de buena gana los vasos de vino que le invitaba. Tomar solo, cuando uno estaba acompañado, resultaba inelegante y poco amistoso.

Llamé a Rosario. ¿Dónde estás? Estoy tatuándome con Paul, en galería Veneto. Estoy en el segundo piso. Le dije que se apurara. Me dijo que llegaría en media hora. El taxi que había tomado estaba atracado en el tráfico de alguna parte. Como ya llevaba una botella de vino encima me fue imposible registrar en la memoria el lugar que me acababa de mencionar. Continué bebiendo. El dolor de las agujas que Paul manipulaba con destreza iba menguando. Al cabo de unos vasos más de vino, el dolor casi había desaparecido. Hablé más. Soñé en voz alta con ser un gran escritor, y Paul, sin perder el profesionalismo, continuó punzando mi piel, fingiendo que me escuchaba, asintiendo cada tanto y diciendo ¿ah, sí?.

Cierto momento después, llegó Rosario. La vi hermosa. Unas botas de taco alto, un jean azul bien ajustado y una casaca turquesa de gran escote componían su figura. Luego de saludar a Paul, tomó asiento en el sofá del estudio.

La oscuridad me rodeaba. Había abierto los ojos con sobresalto. Una urgencia me acababa de despertar. Tenía unas ganas inmensas de mear. A pesar de la total escasez de luz, reconocí el lugar en el que me encontraba: mi cuarto. Me paré y tanteé la pared en busca del interruptor de la luz. Encendí el foco. Me sorprendí al hallarme desnudo. Un cuerpo, cubierto por mi colcha azul, descansaba en el colchón inflable. Era Rosario. Sus cabellos asomaban por debajo de la colcha. Había unas manchas medio marrones en el borde del colchón. Mi vista todavía andaba medio nublada. Rosario levantó la cara. Tenía el pelo revuelto. ¿Qué pasó?, le pregunté. Antes de que pudiera responderme, le dije: Me dices ahorita, ¿sí? Primero voy al baño, ya no aguanto. Salí del cuarto. Las ganas de orinar eran tan urgentes que prescindí de colocarme una toalla para cubrirme la pinga. Salí hacia el baño desnudo.   

Cuando volví, rehíce mi pregunta. En serio, ¿no te acuerdas nada de lo que pasó?, me preguntó. No, no recordaba nada; solo que estaba tatuándome. Me noté algo en la boca. ¿Y esto?, pregunté, mirándome dos aros de metal incrustados en mi labio inferior, cada uno muy cerca de las respectivas comisuras. Paul te hizo los piercings, pues. Cómo no te vas a acordar. Incluso me pediste que te grabara. Aquí en mi celular tengo el video. Estaba realmente sorprendido. ¿Y por qué el colchón está todo manchado? Rosario me miró con incredulidad. Porque lo vomitaste todo, pues. Yo tuve que limpiarlo. Me senté en la silla plegable. Qué hice, qué hice, me pregunté con verdadera preocupación. Recordé todas las ocasiones en las que me había emborrachado hasta perder la conciencia. Siempre me enteraba, en los días posteriores y con profundo pesar, de las barbaridades que había hecho en la ausencia de mis cabales. Me había vuelto un alcohólico. Échate, me dijo Rosario. Descansa un poco más. Todavía son las cuatro de la mañana. Descansa y luego te cuento todo lo que has hecho. Me acosté. La abracé. Me sentí fatal. Tenía miedo. Me tenía miedo a mí mismo.  

Duerme un poco más. A las nueve te despierto para te compres un nuevo celular. Me alerté todavía más. ¿Qué? ¿Un nuevo celular?, pregunté. Qué mierda había hecho. Sí, te robaron, ¿no te acuerdas? Rosario sintió la desmesura de mi asombro y trató de calmarme. Pero no te preocupes, ya yo me encargué de bloquear tu línea. Me senté en el colchón. Tenía el corazón acelerado, como si hubiera acabado de correr kilómetros. Tranquilo, tranquilo, me acostó Rosario. Duerme, por favor, mañana nos haremos cargo de todo. Dormir era la solución más eficaz, aunque breve, para olvidar un problema. Dormir era evadirse, era morir un rato, desconectarse, dejar de ser quien eras, volar hacia algún lugar más tranquilo.

Me sentí demasiado mierda, demasiado defraudado conmigo mismo, como para coger el sueño. Rosario me hizo una mamada. Eyaculé. Cansado, pude dormir unas horas. Se vendría un día de mucho ajetreo y vergonzosos descubrimientos.