Latidos del asfalto

sábado, 22 de julio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 21

Del jueves 29 de setiembre al sábado 01 de octubre del 2016
He dormido todo
un año,
o tal vez he muerto
sólo un tiempo,
no lo sé.
Javier Heraud

Eran las diez de la mañana y Patricia y yo hacíamos café en el kitchenet de la empresa. Jean Carlo charlaba en su oficina con un posible comprador, a quien convencía, empleando toda su verborrea, de adquirir uno de sus famosos ventiladores.

Cuando Patricia acercó la cucharita de café a mi boca, sujeté su muñeca con mi mano, so pretexto de guiarla sin titubeos a su destino. Tocar su piel en aquel espacio reducido, entre risas cómplices que iban y venían, me significaba el acercamiento hacia algo más íntimo. Para ella, posiblemente, solo era un puto día más de trabajo.

Con la misma cucharita que acababa de babear, revolvió las tazas de café y se las llevó a Jean Carlo. Hasta ese momento, yo no había logrado vender un solo ventilador; pero, al menos, ayudaba a preparar los cafés que aderezaban las reuniones en las que Jean Carlo se aseguraba de que sus potenciales clientes le desembolsasen unos buenos fajos de dólares. Cafés aderezados con mi ADN.

Jean Carlo se fue temprano de la oficina. Nos vemos el lunes, chicos, se despidió. Estaba feliz. Parecía que el cliente había accedido a comprarle una buena cantidad de ventiladores. ¡Bien por la empresa! Yo no vería un sol de esa transacción. No me los había ganado. No los merecía. Me contentaba con que Jean Carlo me pagara puntualmente los tres mil soles mensuales de mi sueldo, los cuales, si bien no eran la gran cosa, al menos eran un ingreso fijo. La empresa consultora que había constituido con mi hermano me procuraba la otra cantidad de dinero que necesitaba para mantener a mi familia con cierto decoro.

¿Cómo haces para aguantarte las ganas de tener sexo?, le pregunté a Patricia. Decidí dejar de lado los temas livianos y comunes de nuestras anteriores conversaciones. Había optado por ser más agresivo si quería ver alguna evolución de carácter sexual en nuestro trato. Estábamos comiendo un par de platos de arroz chaufa en el chifa que quedaba al frente de la chamba. Le ofrecí acompañar el almuerzo con una Inka Kola bien helada. Ella insistió en beber agua mineral. 

No me desespero. La verdad, no tengo mucha necesidad de tener sexo con un varón. Como manda Dios, tengo que esperar al matrimonio para hacer esas cosas. La noté sincera. No vas a terminar bien, pensé. Nadie que obviase el sexo en su vida podía terminar bien. Ahí teníamos a los curas católicos.

Las conversaciones con Patricia me iban revelando que era una mujer que no se conocía a sí misma. Como la mayoría de personas que decía conocer a Dios, hablar con Él o, incluso, hablar por Él, podía terminar haciéndose daño o provocándoles heridas a todos aquellos que tuvieran el infortunio de rodearla.

Había estado preparándose, desde que conoció la fe en Dios gracias a la iglesia mormona, para convertirse en la mujer de un hombre justo. Creía haber encontrado a ese hombre en su prometido. ¿No había alguna posibilidad de que se echase una canita al aire conmigo? ¿Por qué la religión volvía cojudas a las personas? La raza humana llevaba siglos de domesticación. Escasos apóstoles como Bukowski o Ribeyro habían tratado de reencausar al ser humano en la senda del libre albedrío. Pero no habían logrado mucho hasta el momento.

¿Por qué no escuchas a Todd Christofferson?, me invitó. Quise responderle: Por la misma razón por la que yo no te pongo a Bukowski en las narices. Los depravados teníamos algo que los cristianos y los locos religiosos no tenían: prudencia, tino, mesura, sentido de la ubicación. Sin embargo, por curiosidad, busqué al tipo en YouTube. Vamos a complacer a Patricia, pensé.

El tal Todd hablaba desde un podio. Vestía un terno azul y una corbata gris. Parecía un tipo de recursos, poderoso, influyente. Probablemente, su dinero provenía de los bolsillos de los miles de fieles quienes, aunque no aparecían en el vídeo, dejaban oír sus aplausos y vítores luego de cada sentencia pronunciada por el orador. Todd hablaba en nombre de Jesucristo. Aconsejaba seguirlo. Él no parecía seguir a Cristo. Jesús vistió lo más humilde de su época, según decía la Biblia. Todd parecía vestir lo más caro del siglo XXI.  

Todd hablaba de la resurrección. Todos resucitaríamos si seguíamos al pie de la letra las enseñanzas de Jesucristo. ¿Por qué tanta insistencia con esto de la resurrección? ¿Por qué la gente quería resucitar? ¿Por qué Todd quería que la gente resucitara? ¿No era suficiente haber vivido cierto número de años? ¿La gente no se conformaba con haber depositado su cuota de maldad en el mundo? ¿Para qué resucitar? Además, ¿resucitarían los vikingos, los cavernícolas, los incas? ¿Dónde cabría tanta gente resucitada? Un mundo poblado de infinitas personas. Las envidias resurgirían, los odios renacerían, las desigualdades reaparecerían. Ese mundo perfecto de resucitados terminaría convirtiéndose en la mierda que era el planeta actual.

Hablando con una seguridad que producía desconfianza, Todd alegaba vehementemente a favor del matrimonio. ¿Por qué lo defendía de ese modo? Además, ¿por qué lo circunscribía a la unión entre un hombre y una mujer? Sus palabras segregaban, generaban divisiones: Los heterosexuales ganarían el paraíso; el resto se pudriría en el infierno. El matrimonio es la base de la humanidad. Sin el matrimonio, la raza humana hubiera perecido hace mucho tiempo, sentenciaba Todd. ¿Y cuál era el problema con que la humanidad hubiera desaparecido hacía mucho tiempo? ¿Acaso no hubiera sido mejor que desapareciera? Otras formas de vida menos destructivas pudieron haberla reemplazado. ¿Podía ser tan egoísta el señor Todd como para creer que después de los seres humanos no existiría nada más? ¿Era tan importante la humanidad? ¿Éramos tan soberbios como para creernos la única forma de vida que merecía prevalecer y reproducirse ad infinitum? Quizá el matrimonio haya sido la causa de todos los problemas del mundo. Probablemente fuera mejor que el ser humano no se reprodujera más. Éramos los humanos quienes matábamos y depredábamos. Tal vez la Tierra y el resto de seres vivos que la poblaban le suplicaban a Dios que nos desapareciera de una buena vez. ¿No sería estupendo restarle importancia y preeminencia al matrimonio? La sola prevalencia del amor entre un hombre y una mujer por encima de cualquier otro tipo de unión producía millones de muertes y masacres en todo el mundo. Si Todd, y otros muchos como él, dejaran de crear divisiones, las minorías –homosexuales, bisexuales, transexuales-, recinto reducido al cual me sentía pertenecer, podrían vivir decentemente y sin perecer antes de tiempo.

La voz de Jesucristo se había apoderado del cuerpo de Todd. Lo poseía. Hablaba a través de él. La vida eterna es la recompensa por haber llevado una vida correcta y justa. ¿Cuál era el atractivo de vivir eternamente? ¿Por qué no simplemente vivir y ya? ¿De dónde salían estos Todd que nos decían qué hacer y qué no hacer? La única consigna debía ser: Vivir sin joder a los demás. Lo había dicho Cela en una entrevista: Yo creo que soy o, por lo menos, aspiro ser un hombre honesto que intenta pasar por este valle de lágrimas procurando hacerle la puñeta a la menos cantidad de gente posible.

Estuvo interesante, le dije a Patricia. Gracias por recomendármelo, agregué. Me quedó claro que mientras existiera gente que se dejara embaucar por las palabras de los miles de Todd que pululaban a diestra y siniestra, y no por las de un Baudelaire, el mundo terminaría precipitándose al abismo de manera mucho más rápida y precoz. Compadecí a Patricia: había que ser bastante torpe para admirar a alguien como Todd.

La bicicleteada al cuarto de Zepita fue estupenda. Conduje rápido y como deslizándome sobre una pista de hielo. Toreé y sobrepasé a los autos y camiones que, aturdidos, lelos, iracundos, quedaban prisioneros del demencial tráfico nocturno de la ciudad.

Me duché con agua fría. Tendí la toalla sobre el colchón y me eché sobre ella. Puse las manos debajo de la cabeza y contemplé el techo. Era libre. Podía estar calato, sin hacer absolutamente nada y sin que alguien anduviera fregándome la paciencia. Con el correr de los días, iba acorazando mi corazón. Dejaba de extrañar la vida en familia. Me consolaba, eso sí, saber que mi hija, con el dinero que le enviaba a su mamá, podía permitirse una vida más holgada. Quizá estaba bueno que mi pequeña no creciera al lado de un tipo como yo: un vago que prefería beber una cerveza colocando una buena novela ante sus ojos. Estuve calato casi cinco minutos. Una ligera corriente de aire –solo Dios sabía por dónde se infiltraba- acudió a refrescar mi contemplativa actividad. De pronto, me provocó hacer tres cosas: beber un poco de vino barato, comer un sánguche de pollo y continuar la escritura del capítulo siete de la novela. En ese orden.

Fui a la tienda de Colmena y compré el vino. Estaba heladito. Lo oculté en mi mochila. No quería que Jaime, el huevón que me alquilaba el cuarto, y que curioseaba a diario quién entraba y quién salía de la casona que arrendaba, pensase que era un borracho. Me convenía guardar una imagen correcta. Suficiente tenía con mantener la reputación de un chico tranquilo, a pesar de la decena de tatuajes que llevaba en los brazos. Era bastante fácil que alguien, con solo verme, asumiera que yo era un fumón, un marihuanero. Compré un sánguche de pollo deshilachado en la ocho de Chancay. El tío que las hacía era un experto sanguchero. En tres minutos, preparaba un sánguche de la putamadre: le ponía un montón de papas fritas, hartas hilachas de pollo, algo de lechuga, y la cantidad de mayonesa que el cliente deseara. Por tres soles cincuenta, el tío te preparaba un sánguche que no podía ser devorado sin que se te chorrease al piso la mayonesa, el pollo y las papas.     

Ahora solo restaba disfrutar del sánguche, ir al cuarto, descorchar el vino y continuar escribiendo el capítulo siete de El Solitario. Caminé lo que quedaba de la ocho de Chancay. Había un par de transexuales de excelente ver apostados en la vereda que yo estaba ocupando. Era una noche fresca. Podía sentir un airecillo bienhechor mimándome la piel. Eso era vida: en forma gracias a los pedaleos, un suculento sanguchón en la mano, y la vista gozando con los culos que se ofrecían al paso.

Una de las chicas, al verme pasar, me lanzó un piropo: Qué rico que estás, papito. Como quisiera ser ese sánguche para que me comas todita. La vi de reojo. Estaba buenaza. Tenía un gran culo y unos senos que mostraba al público sin pudor alguno. Dejaba que sus aureolas rosadas fuesen acariciadas por la brisa nocturna y por las miradas de los escasos mañosos que aún circulábamos por esa zona de la ciudad. A pesar de que me hubiese gustado llevármela a la cama, no sentí que el deseo fuese lo suficientemente urgente.

Me sequé la mitad de la botella de vino mientras escribía el capítulo siete. Guardé la otra mitad. Reinserté el corcho y puse la botella debajo de mi mesa. Había escrito tres párrafos. Mi cerebro no daba para tanta invención. Debía dejarlo descansar.  

Jean Carlo no se apareció en la oficina. Tampoco se presentó el pendejo de Victorio. Victorio me daba mala espina. Siempre que podía, rajaba de Jean Carlo.  

Patricia y yo nos la pasamos cantando todo el día. Ella cantaba una canción y yo, desde mi sitio, otra. Me quité a las cinco de la tarde. Nadie me diría nada. Patricia me dijo que se iría a las cinco y media. Éramos unos anarquistas.

A las seis y veinte, ingresaba a Washington rumbo a Zepita. Podía sentir el sudor de la panza saliéndome a chorros. Perdía peso con cada pedaleo. Evalué mi situación: Ganaba poco en el trabajo, pero la pasaba bien. Mi cuerpo, bien cubierto por un atuendo negro, podía pasar por esbelto gracias a los bicicleteos. Podía usar los polos y los pantalones apretados de mi preferencia sin que se me viese panzón o deforme. Estaba feliz porque había decidido, entre cántico y cántico, que ese día me tatuaría el rostro de mi hija en el pecho.  
  
Por otro lado, luego de haber visto centenares de veces las entrevistas a Mike Herrera, vocalista de MXPX, una de mis bandas favoritas de punk, decidí que esa noche no solo me tatuaría sino que, además, me haría un par de piercings en el labio inferior.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=sOiGrWmCEDg&t=2s

En mi cuarto, busqué en Youtube las seis canciones de Pantera cuyas letras me sabía de memoria. Quería repasarlas para entonarlas a todo pulmón al momento del tributo en el Yield Bar. La canción que no podía faltar en el tributo, estaba seguro, era Cowboys From Hell. Al repaso de sus letras le dediqué unos escasos cuatro minutos, porque llevaban años alojadas en mi memoria.

Cuando Metallica visitó Lima por primera vez, acudí al concierto con mi hermano. En aquella época, trabajaba como supervisor en un laboratorio geometalúrgico. El nombre del lugar era engañoso, y el de mi puesto también. Fue el primer trabajo que tuve luego de egresar de la universidad. Para la época, 2009, me pagaban más o menos bien. Con algo de aquel dinero fue que compré las entradas para el concierto de Metallica. Una para mí y otra para mi hermano. Éramos seguidores de la banda desde hacía nueve años. Me sabía de memoria buena parte de su repertorio. El escenario que recibió a Metallica fue el estadio de la universidad San Marcos. Miles de personas colmaron las graderías y otra miles pisotearon el césped de la cancha de fútbol.

La mayoría de la gente se limitaba a corear las canciones. Miles de personas gritando oh, oh, oh, oh, pero ninguna de ellas pronunciando, o siquiera tratando de articular, una sola estrofa de las canciones. Yo era el único huevón que gritaba las letras. Muchos de los idiotas que nos rodeaban, al ver que pronunciaba y entonaba las letras como lo hacía el propio James Hetfield, se aglutinaron a mi alrededor. Celebraron mi actitud. Me decían: Tú sí, ah; tú sí, ah. Me endiosaron los huevones. Me cargaron en sus hombros. Desde esas alturas, continué cantando hasta perder la voz.   

Me acordé de mi hermano. Recordé que no tenía el número de Paul. Paul era el tatuador que me había hecho excelentes trabajos en el brazo. El número de su celular lo había perdido en una de mis tantas borracheras. Mi hermano se había tatuado a Bukowski hacía unas semanas. El retrato le había quedado de la putamadre. Miguel, lo llamé, pásame el fono de Paul, por favor.  

Paul, soy Daniel, el pata de los tatuajes de escritores. ¿Estás en Lima? Paul solía viajar a Chile a pedido de algunos clientes que tenía por allá. Sí, estaba en Lima. Chévere. ¿Crees que puedas tatuarme a eso de las ocho de la noche? Me dijo que a esa hora estaba bien. Hasta las nueve era una hora ideal. Luego de las nueve sería imposible. La galería donde trabajaba en el jirón de La Unión, la Veneto, cerraba sus puertas a las nueve. Cholito, me dijo Paul, si vienes entre las ocho y las nueve te recibo de la putamadre. Pero luego de las nueve la galería se cierra y el vigilante no te va a dejar entrar. Son unas mierdas. Le dije que no se preocupara, que llegaría antes de las nueve. Ah, ya no estoy en el primer piso, por si acaso. He abierto mi propio estudio en el segundo piso. Lo felicité por el logro. Sí, ya quería independizarme desde hacía un tiempo, me dijo, disfrutando del halago. Pero todavía en Veneto, ¿no? Sí, claro, claro, en Veneto, confirmó.


                                              Fuente: Google Maps

No me arrepentí por haberme quitado del trabajo una hora antes de la hora oficial de salida. Era lo justo. Me quedaba un culo de tiempo para hacer un culo de cosas.

Cuando aún estaba en la oficina, en la tarde, cantando con Patricia, mi esposa me envió, en un mensaje al Messenger, el listado de los pagos domésticos mensuales. En la laptop del trabajo, una Lenovo elegantemente funcional, calculé el dinero que debía entregarle a mi esposa. El total bordeó los tres mil soles. Jean Carlo ya me había depositado el salario del mes. Obviamente, mi salario no cubría ni la mitad de lo que debía cumplir como padre. El dinero que ya recibía de los proyectos de la empresa formada con mi hermano ayudaba en gran medida a cubrir lo que mi magro sueldo no podía. Le escribí a mi esposa: Nos vemos a las ocho en Metro de Alfonso Ugarte para darte la plata. Ok, respondió.


                            Fuente: Google Maps

Saqué mis cuentas en la hoja Excel que tenía creada para llevar el control sobre los gastos fuertes que hacía. Separé el dinero que le entregaría a mi esposa y aquel que usaría para tatuarme el rostro de mi hija y hacerme los piercings. El dinero del tatuaje comprendía los honorarios de Paul –ciento cincuenta soles-, y el precio de tres vinos baratos. Beber esas tres botellas era parte del proceso de tatuarme. El alcohol aminoraba tremendamente el acuciante dolor que embargaba mi piel cuando me clavaban las agujas.

Me lavé muy bien la pichula porque sabía que terminaría cachando con Rosario. Me pelé el prepucio y le apliqué harto jabón al glande. Me refregué las bolas con minuciosidad. También me lavé el culo. Resultaba tremendamente jodido y desalentador tirar con alguien a quien le apestara el ano.

Me vi de cuerpo entero en el espejo que había comprado en Sodimac de Tacna. Estaba en forma. Estaba delgado. Me veía bien a pesar de mi cara de cholo, gruesa y tosca. Para afinarme el rostro, había empezado a dejarme el pelo largo a los costados. Como complemento, solía colocarme unos lentes de lunas amplias, de un color marrón difuminado.  

                            Fuente: Google Maps

Me puse la ropa negra usual: un pantalón ajustado -comprado en El Palacio De La Moneda, en la avenida Abancay, de fabricación peruana, muy económico y de insuperable calidad- y un polo ceñido al cuerpo –comprado por diez soles en el segundo piso de un edificio antiguo en la calle Capón-.

Salí.

Eres una mierda, Daniel. No te voy a aceptar esa plata. Necesito más, gritó mi esposa. Le había acabado de dar el dinero pactado para el mes: casi tres mil soles. Inexplicablemente, demandaba más. Claro, o sea, te veo así bien arreglado, ¿y piensas que no voy a creer que te vas a tirar con alguna de tus amigas putas? Entonces, esa era la razón. Me veía arreglado y demasiado puto, dispuesto a gastar cientos de soles en una noche de juerga. Sí, iba a tirar con Rosario, pero ella iba a pagar el hotel. Yo no iba a gastar un centavo ¿Cómo carajos podía explicarle a mi esposa que la chica con la que solía tirar se hacía cargo de pagar el hotel, las cervezas y los piqueos? No lo entendería. En su esquema mental, era el hombre el huevón que siempre debía pagarlo todo. Tampoco me convenía que se enterara de que veía a otra mujer. Era capaz de separarme de mi hija, de evitar que la viera en un buen tiempo.     

En todo caso, tengo derecho a salir por ahí, le dije. Tú estás con Melina, ¿no? Y yo no te reclamo nada; te dejo vivir tranquila y en paz. ¿Acaso no querías eso: que me aleje de tu vida? ¿Por qué ahora quieres que te rinda cuentas de lo que hago?

Quiero doscientos soles más. Los necesito y punto, me dijo, cortante. Me pedía doscientos soles porque creía que quitándome ese dinero arruinaría mi supuesta noche de sexo. No te los voy a dar. Mientras no me digas para qué los necesitas, no te doy nada, le dije, tratando de poner una voz fuerte, de varón, una voz que le imprimiera respeto. Fracasé. Mi voz carecía de autoridad, por más empeño que le pusiera. Aun así, no debía ceder ante sus amenazas. Debía ponerme firme.  

Si no me das los doscientos, entonces no te voy a recibir lo que me has dado. Toma, dijo, y tiró al cielo los tres mil soles. Hija de puta, pensé. Como impulsado por un resorte, me tiré al suelo y recogí los billetes que iban cayendo, uno a uno, sobre la pista del estacionamiento de Metro de Alfonso Ugarte, el supermercado al que le pertenecía uno de los cajeros automáticos del cual acababa de sacar el dinero.

Había gente a esa hora; no mucha, pero había. Era el protagonista de una escena bastante bochornosa. La gente que había visto a mi esposa lanzar los billetes y caminar, furibunda, terca e irracional, hacia la salida del estacionamiento, no sabía si reírse de mí o ir a por los billetes. En cualquier caso, se quedaron pasmados, mirándome recoger el dinero. Cuando terminé, alcé la vista. Mi esposa había cruzado el enrejado del estacionamiento y se perdía de mi campo visual. Guardé como pude todos los billetes en uno de los bolsillos de mi pantalón y corrí tras ella. Mi cara ardía. Había pasado la vergüenza de mi vida.

Solo cuando estuve cerca de ella, me atreví a llamarla por su nombre. La detuve. Hablemos, le dije. No te pongas así. Qué te pasa. Cómo puedes hacer eso con el dinero que tanto esfuerzo me cuesta conseguir. Su rostro no revelaba el menor síntoma de arrepentimiento. Quiso continuar su marcha. Volví a detenerla. Antes de que le dijera algo, me repitió que no me iba a aceptar nada si no le daba los doscientos soles. Le pedí comprensión. Mi voz se tornó medrosa y suplicante. Con mi esposa no podía portarme como un matón. Si lo hacía, ella redoblaba su fiereza y era capaz de cualquier cosa. Todavía recordaba su iracunda reacción cuando descubrió los correos electrónicos que Daniela y yo habíamos intercambiado durante el tiempo que trabajé en Xulcani: cogió el ventilador que había comprado para darle frescura a mis mañanas, tardes y noches de traducción del libro de los gringos y me lo aventó con todas sus fuerzas. Logré esquivar el objeto, pero éste no evitó estrellarse contra la pared, haciéndose añicos. Todavía sedienta de venganza, se acercó a mi laptop, a la laptop con la que me ganaba la vida traduciendo, la tomó entre sus manos y pensó regalarle la misma suerte que al ventilador. La sostuvo unos segundos en el aire. Pareció pensarlo mejor. La dejó sobre la mesa. Eres una mierda, un hijo de puta, un mal parido. Me traicionaste, chilló, entre gruesas lágrimas. Luego, dando un portazo, se encerró en nuestro cuarto.   

Nos alejamos de la zona transitada. La llevé hacia una vereda oscura. Necesito ahorrar, le dije, en un tono aún más conciliador. No puedo darte doscientos más. Entiéndeme, por favor. Mi voz era suplicante, casi casi llorosa. No te creo, dijo ella. Su voz era definitiva, no admitía recelos. Estoy segura de que te vas a ir por ahí con alguna perra. Y para eso sí vas a tener plata. Así que dame los doscientos soles que te estoy pidiendo o no te voy a recibir los tres mil y ya veré cómo me las arreglo con mi hija. No queremos tu cochino dinero. Imaginé la escena: mi hija llorando, cochinita, sin bañarse días por la falta de agua. Mi hija llorando porque no había qué comer. Sentí pavor. Hice un llamado a su razón. Le relaté lo que me había acabado de imaginar. ¿Eso quieres para la bebe?, concluí. Antes de que me dijera algo, por su expresión, supe que mis lacrimosos argumentos no la habían conmovido un ápice. Vete a la mierda, Daniel. Me voy. Y, nuevamente, se puso en marcha. Ella era capaz de cualquier cosa. Bueno, no estaba tan seguro de ello, pero sí de que sabía perfectamente con qué amenazarme. Sabía muy bien que mi hija, mi pequeña, era mi punto débil. Cualquier amenaza que la involucrara lograría su cometido.

No, no te vayas, le dije, la voz casi apagada, resignada. Hundí la mano derecha en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón. Allí guardaba unos doscientos soles. Toma, le dije. Volví a hundir la misma mano en uno de los bolsillos delanteros de mi pantalón. Y esto también, le ofrecí. Eran los tres mil soles que hacía unos minutos habían estado volando por los aires. Ella recibió el dinero. Y, por favor, cuida bien a la bebe, ¿sí? , le dije, con voz de mosca muerta, como para darle algo de pena. Con mi esposa aprendía que siempre era mejor, si estaba en las posibilidades de uno, ceder: se ahorraba tiempo y no se malgastaban las energías.

Caminé de regreso a Zepita. Debía pagarle al huevón de Jaime los trescientos soles por el alquiler del cuarto. El tiempo había volado: ya llevaba un mes de vivencia solitaria, íngrima, como diría Magda Portal. Un mes sin guía, suelto a mi suerte.

Había sacado el dinero del alquiler en el local del BCP de Guardia Civil, en Chorrillos. Del mismo lugar saqué el dinero para el tatuaje y aquel extra que acababa de entregarle a mi esposa para que dejara de joderme. No me había imaginado que ese dinero terminaría en sus manos. Quizá lo presentí, debido a todos los años que llevaba conociendo el carácter turbulento e impredecible de esa mujer.


                                              Fuente: Google Maps

Le pagué a Jaime. Me gustaba ser puntual con mis acreedores. Procuraba pagar todas mis deudas, porque, de lo contrario, se me generaba un tormento en la cabeza. Solo una deuda había quedado impaga hasta el momento, una que ya tenía seis años de vida: le debía ochocientos soles a la segunda esposa de mi papá.

Era octubre del 2010. Mi esposa aún no era mi esposa; era mi enamorada. Y yo estaba desempleado. Hacía un mes, había renunciado al trabajo de afilador de brocas que había conseguido en una reconocida empresa transnacional. Era una época dura para encontrar trabajo. Había que aceptar lo que cayera del cielo. La empresa me pagaba los vuelos al Cusco, lugar donde se ubicaba el proyecto que me fue asignado: una obra tunelera. En ese lugar, durante veinte días al mes, debía afilar las brocas que a diario consumían las máquinas perforadoras del túnel. Sentía una profunda vergüenza siempre que afilaba las brocas. Me sentía un huevonazo. Mis padres habían gastado una cantidad enorme de dinero en mi educación universitaria y yo había conducido mi vida de tal modo que había terminado haciendo un trabajo que no requería ningún tipo de educación universitaria o técnica; cualquiera que tuviera cierta edad para manipular un aparatito de este tamaño y aprender ciertas normas básicas de seguridad podía hacer esa chamba. Había sido contratado en julio. En setiembre, renuncié. No pude soportar la vergüenza un día más. Tampoco que las manos me quedasen adoloridas, agarrotadas y como engarfiadas luego de las intensas sesiones de afilado. El desempleo me duraría cinco agónicos meses. A los pocos días de mi renuncia, conocí a mi esposa. Ella trabajaba vendiendo ropa urbana juvenil en un stand del Boulevard de la Cultura, en la cuadra dos del jirón Quilca. La tienda se llamaba Tu Vieja. El dueño era un tal Coco. Mi esposa estaba harta de que Coco le pagara con impuntualidad. A veces, ni le pagaba. Y cuando le pagaba, le descontaba algunas cantidades con variados pretextos. Mi esposa tenía un proyecto. Quería abrir su propia tienda y vender ropa gótica que ella misma diseñaría. Hacía falta, sin embargo, una no poca cantidad de dinero. Decidí ayudarla. Por aquellos días, había aceptado ser mi enamorada, aunque no olvidaba del todo a su ex enamorado, Joel, el baterista de la conocida banda peruana de gore metal Pretender Sinner. Había días en los que soñábamos un futuro juntos y la pasábamos bien, y había días en los que sosteníamos intensas confrontaciones verbales a causa de mis celos. A pesar de que el terreno no estaba del todo firme como para asentar con seguridad mis anhelos amorosos, decidí ayudar a mi aún no esposa con el proyecto de su tienda. Dinero no tenía. La liquidación que me había dejado la transnacional la había separado para pagar las cuotas, en ese momento impagas, de la casa a la que nos habíamos mudado con mi familia, en La Perla.

                                                            Fuente: http://segundoenfoque.com/peru-investigacion-sobre-las-irregularidades-del-caso-quilca-29-234265/

Llamé a los editores del libro de cuentos que había publicado hacía escasos meses, en julio. Necesitaba el dinero que me correspondía de las ventas del libro. Sabía que mi papá había comprado varios ejemplares que regaló a sus familiares, amigos y colegas en Chimbote. Según había quedado estipulado en el contrato, me correspondía el siete por ciento de las ventas. Algo me tocaría. Días después, recibí un cheque por quinientos soles. Todavía era poco dinero. Necesitaba ochocientos para concretar el proyecto de la tienda de ropa. Cogí el teléfono y llamé a la esposa de mi papá. Le pedí, abusando de la confianza que siempre me mostró, los ochocientos soles. No hay problema, Danielito. Dame el número de tu cuenta para hacerte el depósito. Le agradecí el gesto y prometí devolverle el préstamo al cabo de un mes. Seis años después, la deuda seguía intacta, y eso me incomodaba tremendamente.

Jaime me extendió un recibito por el pago. Todavía refugiado en su tienda, pues no quería que alguna mano aviesa echase a correr con mi celular, llamé a Paul, el tatuador. Faltaban escasos minutos para las nueve. Había perdido bastante tiempo durante la escena con mi esposa. Claro, Daniel, si te vienes al toque puedo decirle al vigilante que no cierre la galería todavía. Apúrate.

Llegué corriendo al jirón de la Unión. Miré la hora. Tres minutos para las nueve. Las puertas de la galería Veneto estaban desplegadas, amenazando con cerrarse. Seguí corriendo hasta una tienda de la cuadra uno del jirón Moquegua, donde siempre compraba los vinos que bebía para amortiguar el dolor que me provocaban las agujas de Paul cuando cosían mi piel a base de pura tinta.  Compré dos botellas de vino tinto Queirolo. Las pedí heladas. Descórchelas y deje puestos los corchos, solicité. Corrí hacia Veneto. Ubiqué el estudio de Paul, en el segundo piso, al fondo. Nos saludamos. Lo felicité por el estudio, su propio estudio. A Paul lo conocí cuando trabajaba para un tal Luis, en las mismas galerías Veneto, pero en el primer piso. Ahora, orgulloso, Paul era dueño de su propia tienda de tatuajes. En la puerta, había un cartelito: “Estudios de Tatuaje PumaBox”. ¿Por qué PumaBox?, le pregunté. Por mi apellido, respondió. Yo me apellido Pumacaja. Como “caja” en inglés es “box”, hice el cambio.

Dos personas se habían encargado de perennizar en mi piel los rostros de los escritores con los que sentía compartía la necesidad de romper los moldes grises, y a veces obscuros, que se nos imponían desde la cuna. Esos rostros en mi piel no resultaron tan reales como deseé. Esos dos tatuadores me habían estafado. Decidí buscar otro tatuador. Del modo más casual, di con Paul. Él fue el responsable de realizar, casi casi perfectamente, los rostros de Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly y Roberto Bolaño. Ahora, le encargaría el rostro de mi bebé. Paul, para la calidad de su trabajo, cobraba poco. Esto, y su talento, lo habían convertido en la única persona a la que le confiaba la tortura de mi piel.

Tatuarme era como visitar al psicoanalista. Paul escuchaba mis desvaríos, o parecía escucharlos. Yo hablaba, echado en el diván, estimulado por las impúdicas dosis de vino que me echaba entre el pecho y el espinazo. Paul asentía, parecía interesarse en lo que le contaba. Era muy bueno fingiendo. Lo importante, él lo sabía, era mantener al tatuado tranquilo y no descuidar el trazo de las líneas que terminarían formando el rostro del escritor solicitado. Paul aceptaba de buena gana los vasos de vino que le invitaba. Tomar solo, cuando uno estaba acompañado, resultaba inelegante y poco amistoso.

Llamé a Rosario. ¿Dónde estás? Estoy tatuándome con Paul, en galería Veneto. Estoy en el segundo piso. Le dije que se apurara. Me dijo que llegaría en media hora. El taxi que había tomado estaba atracado en el tráfico de alguna parte. Como ya llevaba una botella de vino encima me fue imposible registrar en la memoria el lugar que me acababa de mencionar. Continué bebiendo. El dolor de las agujas que Paul manipulaba con destreza iba menguando. Al cabo de unos vasos más de vino, el dolor casi había desaparecido. Hablé más. Soñé en voz alta con ser un gran escritor, y Paul, sin perder el profesionalismo, continuó punzando mi piel, fingiendo que me escuchaba, asintiendo cada tanto y diciendo ¿ah, sí?.

Cierto momento después, llegó Rosario. La vi hermosa. Unas botas de taco alto, un jean azul bien ajustado y una casaca turquesa de gran escote componían su figura. Luego de saludar a Paul, tomó asiento en el sofá del estudio.

La oscuridad me rodeaba. Había abierto los ojos con sobresalto. Una urgencia me acababa de despertar. Tenía unas ganas inmensas de mear. A pesar de la total escasez de luz, reconocí el lugar en el que me encontraba: mi cuarto. Me paré y tanteé la pared en busca del interruptor de la luz. Encendí el foco. Me sorprendí al hallarme desnudo. Un cuerpo, cubierto por mi colcha azul, descansaba en el colchón inflable. Era Rosario. Sus cabellos asomaban por debajo de la colcha. Había unas manchas medio marrones en el borde del colchón. Mi vista todavía andaba medio nublada. Rosario levantó la cara. Tenía el pelo revuelto. ¿Qué pasó?, le pregunté. Antes de que pudiera responderme, le dije: Me dices ahorita, ¿sí? Primero voy al baño, ya no aguanto. Salí del cuarto. Las ganas de orinar eran tan urgentes que prescindí de colocarme una toalla para cubrirme la pinga. Salí hacia el baño desnudo.   

Cuando volví, rehíce mi pregunta. En serio, ¿no te acuerdas nada de lo que pasó?, me preguntó. No, no recordaba nada; solo que estaba tatuándome. Me noté algo en la boca. ¿Y esto?, pregunté, mirándome dos aros de metal incrustados en mi labio inferior, cada uno muy cerca de las respectivas comisuras. Paul te hizo los piercings, pues. Cómo no te vas a acordar. Incluso me pediste que te grabara. Aquí en mi celular tengo el video. Estaba realmente sorprendido. ¿Y por qué el colchón está todo manchado? Rosario me miró con incredulidad. Porque lo vomitaste todo, pues. Yo tuve que limpiarlo. Me senté en la silla plegable. Qué hice, qué hice, me pregunté con verdadera preocupación. Recordé todas las ocasiones en las que me había emborrachado hasta perder la conciencia. Siempre me enteraba, en los días posteriores y con profundo pesar, de las barbaridades que había hecho en la ausencia de mis cabales. Me había vuelto un alcohólico. Échate, me dijo Rosario. Descansa un poco más. Todavía son las cuatro de la mañana. Descansa y luego te cuento todo lo que has hecho. Me acosté. La abracé. Me sentí fatal. Tenía miedo. Me tenía miedo a mí mismo.  

Duerme un poco más. A las nueve te despierto para te compres un nuevo celular. Me alerté todavía más. ¿Qué? ¿Un nuevo celular?, pregunté. Qué mierda había hecho. Sí, te robaron, ¿no te acuerdas? Rosario sintió la desmesura de mi asombro y trató de calmarme. Pero no te preocupes, ya yo me encargué de bloquear tu línea. Me senté en el colchón. Tenía el corazón acelerado, como si hubiera acabado de correr kilómetros. Tranquilo, tranquilo, me acostó Rosario. Duerme, por favor, mañana nos haremos cargo de todo. Dormir era la solución más eficaz, aunque breve, para olvidar un problema. Dormir era evadirse, era morir un rato, desconectarse, dejar de ser quien eras, volar hacia algún lugar más tranquilo.

Me sentí demasiado mierda, demasiado defraudado conmigo mismo, como para coger el sueño. Rosario me hizo una mamada. Eyaculé. Cansado, pude dormir unas horas. Se vendría un día de mucho ajetreo y vergonzosos descubrimientos. 

martes, 13 de junio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 20


“Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva”
Arthur Rimbaud – Cartas del vidente

En el bus de camino al departamento de mi esposa, recibí un par de mensajes de Karina: Mark, el jovenzuelo que la pretendía y con quien ya había tirado en algunas oportunidades, había leído los mensajes de su teléfono mientras ella preparaba unos pisco sours en la cocina de su casa. Así, se enteró de las visitas de Karina al cuarto de Zepita. El chibolo le lloró. Cómo es posible que hayas estado con otro si yo te amo de verdad, Karina. Ella le aclaró las cosas: Tú no eres nadie para reclamarme qué hacer y qué no. El tipo no se resignó. Insistió. Quería que Karina le negara lo que acababa de leer. Es un celoso de mierda, Dani.

Me imaginé la situación: Karina y Mark protagonizando la típica escena de celos. Él llora, se arrastra, exige exclusividad, solicita arrepentimiento. Ella no cede. Quiere su libertad, pero le fascina que el chibolo se cague así por ella. Sabe que lo tiene bailando en la palma de la mano. En un descuido, él la besa. El chibolo besa bien, muy bien. Ella lo sabe. Se deja besar. Caen abrazados en el sofá de la sala. Él saborea los labios de su mujer, los labios que hacía poco más de veinticuatro horas habían estado friccionando la delgada piel que recubría mi pichula. El chibolo lame la lengua de Karina, lengua que hacía poco menos de cuarenta y ocho horas había estado embadurnada con mi semen. La escena me satisfizo. Me encantaba tirar con chicas que estuviesen comprometidas. Era rico saber que luego de que hubieron tirado conmigo, tiraban con sus enamorados. No cabía duda: Era un tipo malvado, avieso, torcido. Me refocilaba en los cuernos del prójimo. Algo andaba mal en mi cabeza. Era muy probable que se tratara de algún complejo de inferioridad que arrastraba desde la niñez. Mi alma era la de un monstruo.

Viajé en el bus de muy buen humor. No existía nada más adrenalínico que tirar con la mujer del prójimo.

Mi esposa me contó sobre los progresos y las travesuras de la bebe en el colegio. Ella se preocupaba por estas últimas, les daba demasiada importancia. La bebe está muy traviesa, Daniel. Yo asentía. Ponía cara de preocupación. Tenía que ser empático con mi esposa. Si le daba la contraria, me armaría una escena y se resentiría. Cuando te casabas con alguien no solamente llegabas a conocer su forma de amar; también su manera de odiar –sobre todo, esto último: Su forma de odiar-.

Te crees el que sabes mucho de la vida porque has leído todos esos libros. No sabes nada, Daniel. Tú no vas a saber más que la psicóloga del colegio. Innumerables veces oí esos reproches. Ahora que vivía separado de ella y de mi hija, había decidido que los escasos minutos juntos fueran de liviandad y no de asperezas. Me guardé mis opiniones. Sabía perfectamente lo que se desencadenaría si le decía lo que pensaba: Que la bebe tenía todo el derecho de ser todo lo rebelde que le diera la gana, que era parte de su desarrollo natural. Todo niño debía portarse todo lo mal que pudiese. Era natural. Los adultos no podíamos destruir esa libertad. Destruyéndola, ayudábamos a criar seres apocados y abúlicos, guiñapos dispuestos a dejarse revolcar por los infinitos problemas que presentaba la vida. Mi hija tendría dos alternativas: O terminaba sus días convertida en una exitosa ingeniera de minas, haciendo cosas sin importancia, o –y esta era una gran O- vivía siendo una persona condenadamente feliz. Todo dependía de que tan bien, desde pequeña, la familiarizásemos con la libertad y no con el yugo opresor.

Mi hija jugaba en el laberinto de tubos y se zambullía en la piscina de pelotas de colores. Hasta donde me constaba, a ella le encantaban tres cosas en el mundo: Las papitas fritas, los colores y las canciones en inglés. Era demasiado feliz cuando se zambullía en la piscina de pelotas de colores del Bembos, cantando Canned Heat, de Jamiroquai. Sí,  del mismo modo en que a mí me gustó Canned Heat en 1999, a ella, ahora, le encantaba esa canción. Y qué bien pronunciaba las letras. Sin que nadie le hubiera enseñado un carajo –Bueno, sí, lo aprendió de su tablet-.  


                                                       Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=vE4VlA_9OrI 

Dani, en el colegio me están pidiendo treinta soles para el disfraz de la bebe por el aniversario del colegio y…, dijo mi esposa. Yo la interrumpí. Toma cincuenta, le dije. Gracias al dinero de los proyectos generados por la empresa que mi hermano y yo habíamos formado, podía, por fin, cubrir aquellos gastos que no habían sido planificados a fin de mes. Si el gasto era para mi hija, con todo gusto lo cubría. 

El taxi de regreso al departamento de mi esposa nos dejó en Bertello. Cruzamos la avenida sujetando fuertemente la manito de nuestra hija. Al otro lado, ya seguros, la bebe quedó prendada de una caja de colores que se ofrecía en la vitrina de una librería. Entramos detrás de ella. Papi, quiero esos colores. Imposible decirle que no. Un ratito después, nos retiramos del lugar: La bebe tenía en sus manitos una caja de colores y un estuche de plumones. Estaba feliz, desesperada por llegar a casa y liberar a sus colores de la opresión de sus cajas y de sus estuches.

Hacía poco más de un mes, cuando mi esposa abría la reja de la casa, yo entraba con ella y con la bebe. Ahora, me quedaba afuera, despidiéndome de ellas. Si bien yo pagaba la mitad del alquiler de la casa -la otra mitad la pagaba Melina, según habíamos acordado entre los dos-, la pareja de mi esposa, Melina, había determinado que yo no tendría el derecho de subir al departamento. Al principio, me incomodó esa determinación. Luego, con la cabeza fría, convine que eso era lo mejor: Subir al departamento para darle un beso a mi hija hubiera sido todavía más penoso. Ella se hubiese lanzado a mis brazos. Me hubiera dicho quédate, papi, vamos a jugar. Me hubiera partido el corazón.

La bebe subió las escaleras, encantada con sus colores y con sus plumones. Mi esposa y yo permanecimos en la puerta de rejas. Gracias por lo de hoy, Dani. La pasamos bien. Yo procuraba evitar las despedidas prolongadas. Me hacían mal. Era mejor decir adiós y esperar el día en que volvería a ver a mi hija.

Mi esposa quedó mirándome los labios. ¿Quería besarme? Acercó sus labios a los míos. Cuídate mucho, me dijo. Me besó. Fue un beso corto, pero en plena boca. No le correspondí. Me dejé besar. Tuve miedo de que Melina estuviera en el departamento y nos pudiera ver y, en represalia, se la agarrase con mi hija. O le armase un escándalo a mi esposa, con mi hija presenciándolo todo.

El beso no me excitó. No sentí absolutamente nada. Terminó el beso, dije adiós, y me fui. No dije más. Caminé hacia el paradero de Tingo María y tomé el bus a Alfonso Ugarte. Fueron diez cómodos minutos de viaje sentado en la última fila de asientos del bus, uno de aquellos vehículos largos y viejos que todavía circulaban por las avenidas del Centro de Lima. Eran pocos los pasajeros. Todos parecían buenas personas. Saqué mi celular. Una burbuja de conversación del Messenger de Facebook flotaba en la pantalla. Le di un toque con la yema del índice derecho. Era Daniela. ¿Qué haces, chato? Así me decía Daniela: Chato, a pesar de que yo le llevaba unos quince centímetros de ventaja. Sin embargo, con respecto al tamaño del grueso de sus amigos, yo era un enano de mierda con mi metro sesenta y nueve. Otras veces, me decía Chaturris. Regresando a mi cuarto. Acabo de ver a mi hija, escribí. ¿Y tú?, pregunté. Había que vigilar las calles por la ventana: Uno nunca sabía en qué momento podía subirse al vehículo algún arranchador de celulares.

Daniela estaba en casa. No tenía mucho que hacer. Por fin, había hallado unos minutos de descanso después de tanto estudio y tanto trabajo. Alucina que acabo de pasar por tu casa. Estoy ya llegando a Alfonso Ugarte. Qué te parece si te invito un chifita y conversamos. ¿Qué dices, Dani? Subió un tipo que dijo tener serios problemas con un familiar que tenía en el hospital. Solicitó la colaboración de los viajeros. Cuando se acercó a mi sitio, decidió dar la vuelta, puentearme: Un sujeto con mi cara, la cara de un cholo, y los brazos tatuados, no tendría monedas ni para pagar el pasaje del bus. No era sensato dirigirme siquiera un monosílabo. Estiré un brazo y le alcancé una moneda de cinco soles. Podía ser yo quien en un futuro, debido a cualquier circunstancia atroz, pidiera una ayuda en los carros. El tipo podía estar mintiendo o podía estar diciendo la verdad sobre el asunto de su familiar. No había que juzgarlo. Era preferible creer que decía la verdad. Al menos yo, si estuviera completamente cagado, contaría mi verdad para conseguir la ayuda necesaria. El tipo se sorprendió. No esperaba que un cholo tatuado como yo le diera tamaña cantidad de dinero. Sonrió agradecido y atrapó la moneda. Que Dios te bendiga, chochera, dijo.

Daniela aceptó que nos viésemos en Alfonso Ugarte. Le dije que en la cuadra doce había un par de chifas. ¿Has comido ahí? ¿Los conoces? No, nunca había comido en ninguno de los chifas de Alfonso Ugarte, pero consideré que sería una buena oportunidad para empezar. Mejor aún si ella me acompañaba. Te espero, entonces, en la esquina de Metro. No te demores, Dani. ¿Por qué, de pronto, me provocaba tirar locamente con Daniela? Debía de ser porque ella se negaba a que me la tire. Eso la hacía más deseable, más interesante. Dejándome de huevadas; la verdad, la neta, era que quería tirármela porque estaba involucrada sentimentalmente con otro huevón, con un tal Johnny Reyes. Me arrechaba estar con una mujer comprometida. No había nada más excitante que una mujer que tuviera enamorado, novio o esposo, se te abriera de piernas. O, quizá, sí había algo mucho más excitante. Solo era cuestión de seguir explorando, de seguir viviendo.

La primera cucharada estuvo buena. No era la mejor sopa wantan de mi vida, pero tampoco era la peor. A Daniela no le gustó. No sé, está algo rara, dijo. La saboreé mejor. Sí, tenía un cierto sabor extraño, como a detergente para lavar platos.   

El arroz chaufa sí que estuvo bueno. Pero a Daniela tampoco le gustó. Comió sin muchas ganas. A la chicha que pedimos, le faltó un poco más de limón. Decidimos, sin decirlo, que jamás volveríamos a ese lugar. Le pregunté por su relación con Johnny. En realidad, según me explicó, no estaba formalmente con él. Salían, paraban juntos, se besaban, tenían sexo, pero no podía asegurar que realmente fueran enamorados. Existía, eso sí, una conexión muy fuerte entre ambos.

Johnny Reyes se consideraba poeta. Hacía varios años, publicó un poemario –Daniela no recordaba el nombre- que recibió estimables críticas por parte de los escasos entendidos en la materia. Tenía, también, dos o tres poemitas breves, o puntazos al corazón, como él prefería llamarlos, dando vueltas en internet. Guardaba en un USB un ambicioso proyecto de novela. Cuando la publique dirán que soy el sucesor de Martín Adán, decía, sobre todo, cuando se hallaba en las cimas de sus más épicas borracheras. Será la nueva Casa de Cartón.

Para sobrevivir, trabajaba como docente auxiliar del curso de Crítica Literaria en la UPC. Allí conoció a mi Daniela, quien inmediatamente se sintió atraída por su desbordante personalidad. Johnny era un poeta de tez trigueña, rasgos combinados de cholo y de moreno -aunque más de moreno-, pelo largo y enrulado. La vida pasa por el pensamiento del poeta melenudo, escribió Artaud y, del mismo modo, Johnny sometía la vida a su peculiar consideración. Se entregaba a las drogas con la devoción con la que un sacerdote ultrajaba a un niño. Drogado escribía mucho mejor. Le salían unos poemas alucinantes. Los recitaba en sus clases. A menudo, sobre todo cuando estaba borracho, se comparaba con Rimbaud. No era cabro, eso sí. En eso disentía de su ídolo. Lo suyo eran las hembras. Se había tirado a varias de sus alumnas. Las subyugaba con la música de su voz y con las palabras que emanaban, quemantes, de su corazón, el corazón de un poeta melenudo.

Prefería la marihuana; aunque, si sus amigos pagaban, le entraba gustoso a unas cuantas líneas de coca. ¿Tú también has jalado coca, Dani? No, chato, eso es lo que él me cuenta. Él nunca me ha ofrecido nada de esas cosas. Ni siquiera las ha hecho delante de mí. Creo que en ese aspecto no me trata de obligar a nada. Yo solo le entro a los vinos y a la cerveza.

¿Pero sigue tirándose a sus alumnas? La verdad, no lo sé. Pero, ¿normal si lo sigue haciendo? O sea, ¿no te dan celos? Pucha, chato, no sé. A veces me llama la atención que las chicas lo persigan. ¿Por qué? Porque desde que está conmigo siento, ojo, siento, porque no me consta, pero lo siento, que él las rechaza y se guarda para mí.

No envidié la suerte de Johnny. Tenía embelesada a Daniela porque era un tipo diferente. Se la había ganado. Había dedicado su vida a hacer lo que le salía de los cojones. Claro, tuvo que hacer la ligera concesión de fungir de profesor en una universidad; sin embargo, en esas clases, se permitía ser todo lo rebelde que era, se mandaba con sus poemas ante el alumnado, enviando a la mierda los escritos por aquellos poetas que él consideraba no debieran enseñarse nunca en ninguna institución del mundo. Vivía en casa de su vieja, sí, pero había logrado aislarse algo para vivir la vida de un poeta: Un colchón en el suelo y pilas y pilas de libros cubriendo las paredes, algunas botellas de cerveza entre el colchón y los libros, y una bolsita de marihuana refugiada entre Los Poemas Completos de Rimbaud y Las Flores del Mal de Baudelaire.   

Aceptó ir a mi cuarto, pero me advirtió que no pasaría nada. ¿En serio vivió en tu cuarto José María Eguren? Alucina que Johnny es fanático de la poesía de Eguren. Para Johnny, Eguren está mucho más arriba que Vallejo. Siempre me recita sus poemas. Se sabe varios de Eguren. Supuse que me recitaría los archiconocidos de José María, como el de La Niña de la Lámpara Azul. Y no me equivoqué. Recitó ese poema. De tanto que me los recita, ya me los aprendí. También me aprendí los de Los Reyes Rojos. Recitó un verso: Por la luz cadmio / airadas se ven pequeñas / sus formas negras. Tomó un respiro. Hacía rato que había puesto a un ladito su sopa y su arroz. Pensé: Ahí se van diez solcitos que no consiguieron que me cache a esta chata.  

En los primeros capítulos de la novela, mentí. Escribí que Eguren se había hospedado en el hotel de la calle Peñaloza en el que me había clavado a un transexual. Mentí. Quise darle Historia –con mayúscula-, abolengo, prosapia, al hotelucho ese. Daniela leyó la novela en el blog. Se la recomendó a Johnny. Éste le dijo: Dani, preséntame a ese solitario. Se ve que está cagado de la cabeza. Daniela no le dijo que ese solitario, además de su primo, había sido también su cachero por un tiempo.

El huevón de Johnny se zambulló en añejos textos de la Biblioteca Nacional en busca de algún dato perdido que le confirmara, como afirmaba El Solitario, que Eguren se había hospedado en el mencionado hotel de la calle Peñaloza.

Daniela, en cambio, creyó leer que Eguren había vivido un tiempo en MI cuarto de Zepita. No la desmentí. Si el hecho de que Eguren hubiera vivido en mi cuarto le parecía motivo suficiente para conocer el hueco en el que vivía, quién era yo para romperle la ilusión. Aun así, me aclaró que si iba a mi cuarto, no pasaría nada de nada.  

Terminamos de comer. Pagué la cuenta. La acompañé a su casa. No insistí con lo de ir a mi cuarto. No me gustaba porfiar. Ya habría otra ocasión para levantarme a la chata. Había que ser paciente.
     
La caminata hasta Zepita fue larga. La hice escuchando la programación nocturna de Doble Nueve: Rock clásico. En Colmena, compré un vino helado y una cajetilla de cigarros. Encendí uno. Lo fumé dando vueltas por Chancay. Vi el panorama de cabros que me ofrecía la madrugada. Había un par de chicas hermosas. Tetas como pelotas y enormes culos enmallados. Fumé lo que quedaba del cigarro en la puerta de la casa.

Subí las escaleras. Entré a mi cuarto. Prendí mi vieja laptop. ¿Cuándo chucha tendría reparada mi otra laptop? Descorché el vino. Me serví una buena dosis en uno de los vasitos de plástico que me dio el tendero. Comencé a escribir el capítulo siete de la novela. Llevaba borroneados un par de párrafos, cuando recibí un mensaje de Rosario en el Whatsapp. Amor, para mañana te tengo una sorpresita. Sueña conmigo, ¿sí? Me serví más vino en el vasito y me lo empujé de un trago. Me rasqué la pichula y continué escribiendo un par de líneas más.


Lima, jueves 29 de setiembre del 2016.
Publicado en Santa Bárbara, Honduras, el 13 de junio del 2017.

domingo, 28 de mayo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 19

“Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
espía los susurros de un corazón inocente”
Arthur Rimbaud – El ángel y el niño

¡Soy un huevón, soy un huevón! Mi conciencia no dejaba de reclamarme lo estúpido que había sido al abandonar el cuarto dejando el celular sin la protección de la contraseña, a merced de cualquier ojo fisgón. No cabía duda de que la había pasado demasiado bien. Cuando uno la pasaba de putamadre, dejaba de lado las precauciones. Por eso, había olvidado colocar la contraseña. ¡Soy un huevón, soy un huevón!

No recordaba exactamente lo que le había escrito a Daniela; pero estaba casi seguro de que no habían sido cosas del tipo quiero lamerte la vagina, o quiero chuparte las tetas, o me muero por metértela toda la noche como esa vez en aquel hotel, por Metro de Alfonso Ugarte. Quería hacerle todo eso, sí, pero debía ser cuidadoso al momento de expresar por escrito esos desbocados requerimientos. Daniela ya no me veía cuando se lo pedía, como antes; tampoco se avenía con presteza a mis peticiones. Todo porque andaba muy enamorada de un tal Johnny Reyes, poeta que había conocido hacía pocos meses en la universidad donde trabajaba. Daniela y Johnny eran inseparables. Se pensaban en todo momento. Por ello, debía ser muy sutil con los mensajes que le enviaba citándola a un encuentro. Ya no podía escribirle aquellas obscenidades de manera directa, si bien hacía un tiempo las habíamos llevado a cabo con lujo de detalles y sin ningún tipo de vergüenza. Incluso, luego de que terminamos la brevísima relación que sostuvimos en octubre del 2014, Daniela y yo continuamos viéndonos, aunque esporádicamente y a pedido mío, para tirar en algún hotel de la ciudad. Sin embargo, todo se jodió –siempre existía un punto en el que las personas o las cosas se jodían; era inevitable- el día que me dijo que estaba embarazada de mí.

Tuvimos relaciones una madrugada. Prescindí del condón. Prefería no ponerme condones cuando tiraba con alguna mujer más o menos conocida.

Esa madrugada había llegado desde Huancayo en un colectivo que me cobró diez soles. El auto voló. Rozó a cuanto camión y bus viajó en la dirección contraria. El recorrido de Huancayo a Lima, que se hacía en cinco horas, lo efectuó en dos. Los cuatro pasajeros de ese colectivo antepusimos la rapidez a nuestras propias vidas. El auto nos dejó en Yerbateros. Era la primera vez que pisaba ese lugar. Siempre había oído hablar de Yerbateros. Me sonaba como a un sitio lejano, rodeado de hierbas y junglas, totalmente aislado de la civilización. Sin embargo, estaba incrustado en pleno bullicio citadino. Tomé un taxi que me llevó hasta Metro de Alfonso Ugarte. Una de las dos mochilas que llevaba en el lomo, la más grande, estaba repleta de ropa sucia, ropa que mi esposa debía lavar.

Una vez instalado en el hotel de siempre de Metro de Alfonso Ugarte, le avisé a Daniela que me buscase. Yendo a pie, el hotel quedaba a cinco minutos de su casa. En la recepción, compré un paquetito de condones Durex. En realidad, no tenía preferencia por marca alguna; simplemente dije unos condones, por favor, y la recepcionista, una señora gorda de pelo grasoso, me alcanzó los Durex. Seguramente, la tía había adivinado en mí a un eyaculador precoz. Al cabo de media hora, Daniela y yo estuvimos desnudos en una de las camas del hotel. Nos tocó la habitación 311. Era un cuarto pequeño y de mobiliario discreto. Puse la cajita de condones sobre la mesita de noche. Nunca la abrí. La excitación que me provocó el cuerpo desnudo de Daniela hizo que prescindiera de tomar las precauciones del caso. Se la metí sin condón. Terminé en su boca. Al segundo, me arrepentí de haberlo hecho. No era justo. No era justo que Daniela se bebiera mi semen. Me gustaba, sí, pero no para que se bebiera mi semen. Eso significaba un compromiso mayor, un compromiso que yo no estaba dispuesto a sostener en el tiempo. Con la última gota eyaculada se fueron todos mis deseos por Daniela. Las ganas me volverían a asaltar, si acaso, en cosa de ocho o nueve meses.

Nos quedamos dormidos. Unas horas después, cuando el sol empezaba a asomarse en el cielo de Breña, regresé al departamento en el que vivía con mi esposa y mi hija. No sentí ningún tipo de culpa. Tenía la conciencia limpia. ¿Por qué tendría que tenerla sucia si lo de Daniela había sido apenas un polvito inofensivo sin ningún tipo de enganche emocional (al menos de parte mía)?

Los días de esa semana, en Lima, con la familia, se pasaron volando. Como siempre cuando estaba con mi esposa y con mi hija, procurábamos salir y distraernos. Íbamos con la bebe a los juegos mecánicos de Plaza San Miguel, que nos quedaba cerca de la casa. Enseguida, nos empachábamos comiendo en el KFC o en el Bembos, los lugares favoritos de mi bebé. El trabajo en la mina pagaba bien y podía permitirme esos desmanes de grasa y diversión. Mi hija regresaba feliz y satisfecha a la casa, entonando sus canciones preferidas en inglés -idioma que aprendió por sí sola en interminables sesiones enfrente de su tablet-, mientras mi esposa y yo reconciliábamos nuestras diferencias besándonos y prometiéndonos, en el taxi de regreso al departamento, que nos daríamos otra oportunidad más como esposos.

Al amanecer de un fin de semana, mi esposa preparaba el desayuno luciendo todavía su pijama, un camisón suelto que le dejaba al descubierto las piernas y una parte bastante promisoria de sus senos. Aprovechando que nuestra hija aún dormía en su habitación, abrazaba a mi esposa por detrás y empezaba a besarla. Un ratito, Dani, ya va a estar el desayuno, me decía. Yo la besaba con desenfreno, como si no hubiera tocado a una mujer en siglos. Le agarraba las tetas, las estrujaba, y, de un tirón, le quitaba el camisón. Abrazados, caminando torpemente hacia la cama aún deshecha –era mi responsabilidad hacer la cama ni bien nos levantábamos-, caímos en ella y hacíamos el amor. Se la metía y se la sacaba hasta que empezaba a sentir que se me mojaba la punta de la pinga. Entonces, me asaltaban las ganas de decirle que no podíamos continuar porque sería peligroso, podría salir embarazada nuevamente y otro bebe sí que descuadraría todo mi presupuesto. Ahora que estaba en una mina, y ganaba más o menos bien -eso sí, a cambio de alquilar mi vida como una puta arrendaba el culo, pasando largas temporadas alejado de mi hija-, me había propuesto ahorrar para procurarle a mi bebé una vida más cómoda. Mi meta era que ella creciera sin preocuparse por tener que trabajar para subsistir, que no tuviera, como yo, que trabajar en una mina mandando a la mierda su vida en un lugar en el que lo único que importaba era sacar el mineral que haría todavía más ricos a sus poderosos dueños.

Pero si le decía a mi esposa que debía sacar mi pichula porque podría dejarla embarazada, ella armaría un escándalo. Me diría que siempre le hacía eso, que por qué nunca tenía condones a la mano, que siempre la dejaba con las ganas de llegar y quedar satisfecha. Las mujeres eran unos bichos raros, como decía el poeta de aquella película de Pancho Lombardi, Los amigos.

Pero tenía que hacerlo. Tenía que parar el asunto antes de que mis espermatozoides empezaran a esparcirse dentro de ella. Amor, te tomas la pastilla (me refería a la pastilla del día siguiente), por favor, ¿sí?, me atreví a decirle, del modo más sereno, cariñoso y pausado posible. Ella se movía frenéticamente encima de mí. Mi cerebro hacía malabares para contener la excitación. Cuando quería contener el clímax, pensaba en las cosas menos excitantes: la cara de mi jefe, un partido de fútbol, la iglesia, un perro cagando en la puerta de mi casa.

Ya, ya, decía mi esposa. Entonces, continuaba metiéndosela. Sentía que los líquidos preseminales abandonaban la punta de mi pichula y se largaban a continuar su vida en las entrañas de mi mujer. Yo seguía. El movimiento y la sincronización de nuestras pelvis se hacían perfectos. A pocos segundos de eyacular, decía amor, ya voy a venirme. Y añadía ¿te lo tomas? Ella sabiamente decía no. Yo porfiaba: te lo pongo en tus nalgotas. Ya, atracaba. Entonces, sacaba con prontitud la pichula súper húmeda y ella se colocaba boca abajo. Apuntaba la punta de mi pene hacia sus grandes y hermosas nalgas. Un segundo más tarde, mi semen chorreaba por su piel. Había terminado. Estaba satisfecho y enamorado. ¿Estás contento, papito?, preguntaba mi esposa. Quiero dejarte así, sequito, para que no te vayas a meter con ninguna puta. Me secaba la punta del pene con la mano, me ponía el bóxer y corría al baño por un pedazo de papel. Le limpiaba las nalgas a mi esposa. Luego, retomábamos la rutina del desayuno. Me volvía a enamorar de ella. Me prometía a mí mismo dejar de ver a Rosario, a Daniela, a cualquier otra mujer. Viviría dedicado a mi esposa. Y procuraría que ella nunca se enterase de las tropelías que le había infligido.
   
Vivíamos felices mis días en Lima. El amor parecía renacer. Pero no duraba mucho. La ilusión se quebraba el mismo día en que debía regresar a la mina. Mi esposa cambiaba su actitud. Dejaba de ser la persona amorosa de hacía pocos días. Se mostraba distante y fría. Yo no era tan tonto como parecía. Sabía que se ponía así porque se reconciliaba con Joel, su ex enamorado, el tipo con el que mantuvo una fuerte y larga relación mucho antes de que yo la conociera. Sabía que se escribían. Ella le contaba los detalles de su infeliz vida a mi lado. Le contaba, por el WhatsApp o por llamadas al celular –celular que yo le pagaba, dicho sea de paso-, sus quehaceres diarios con mi hija. Le mandaba fotos de ella posando con mi hija. Un día descubrí sus conversaciones en su celular. Pero no le dije nada. No le reclamé nada. Pensé recobrar su amor con actos sinceros. No me sentía con el derecho a reclamarle algo. Yo me había portado peor.

Le pedía que me acompañase al terminal de buses. Se negaba. ¿Pero no decías que me amabas, amor? ¿Dónde quedaron los días que acabamos de vivir? ¿Y las veces que hicimos el amor? Ella mantenía su mutismo. Daniel, no me molestes. Olvídate de todo lo que pasó. ¿Pero no íbamos a ser una familia feliz otra vez? No, Daniel, olvídalo. Y mejor vete. Vete de una vez. Anda a trabajar por tu hija. Ella lo necesita. Pero yo te necesito a ti. ¿Por qué siempre me haces esto el último puto día en que tengo que regresar a la mina? Esos días eran los más infelices de mi vida. Significaban la vuelta al ostracismo, el regreso a la prisión y a no ver a mi hija. Entonces, lloraba. Le suplicaba, de rodillas, incluso, que me regalara su amor, que recordara los últimos días vividos en completa alegría. Lloraba, pero pensaba: me lo merezco por hacer sufrir a Rosario. Ella también había llorado por mi causa. Y mucho. Mi esposa me hacía pagar las lágrimas de Rosario.

Con dos mochilas en el lomo, me alejaba del departamento que alquilaba con mi esposa. Caminaba lentamente, los ojos llorosos, el alma fracturada, anhelando que mi esposa corriera detrás de mí y me dijera que me amaba, que la perdonase por haberme hecho llorar. Esperaba que me besara, que me dijera Dani, no te vayas, quédate un día más para revivir la felicidad de estos últimos seis días. Nada de eso ocurría. Tomaba un taxi en la avenida Bertello y le pedía al conductor que me llevara al terminal de buses de Javier Prado. En el bus, sentado, mientras el resto de asientos se iba ocupando, lloraba. Me arrepentía profundamente el haber empezado las relaciones extramaritales con Rosario, con Daniela, con Karina. Deseé no haberlas conocido nunca.

Luego de que me casé, le fui fiel a mi esposa por casi un año. Nunca antes le había sido fiel a una mujer por tanto tiempo. Y eso que era feo. Se suponía que un feo debía permanecer fiel porque debido a su fealdad era bastante difícil que una mujer se le acercase con alguna intención sexual. Generalmente, solía ser infiel con mujeres menos agraciadas que mis enamoradas oficiales. Suponía que, debido a una especie de tara subconsciente, me atraía la fealdad en las personas. No podía aspirar a más. Saciaba mis apetitos lujuriosos con la mujer que aceptaba inmiscuirse conmigo en una relación más o menos clandestina.

Nació mi hija y las desavenencias entre mi esposa y yo se hicieron más notorias y terminaron por fastidiarme de manera más o menos clamorosa. Fue durante uno de esos periodos en los que cuestionaba mi amor por ella, cuando conocí a Rosario.

El primer día en la mina, luego de los días descansados en casa, acompañado de mi esposa y de mi hija, era atroz. Toda la melancolía del mundo se condesaba en esa atmósfera tétrica, serrana, de aire helado y de montañas graníticas y picudas. No podía caber tanta tristeza en el pecho de un ser humano. Y, por eso, me sobrepasaba, me dejaba aplastado sobre la cama fría del cuarto que me habían asignado. Entonces, me preguntaba: ¿qué sentido tenía vivir así?
       
Algunos días después, ya embarrado de la caca que me representaba trabajar en Xulcani, Daniela me escribió un mensaje. Estaba embarazada. No le había venido la regla. No le contesté. Estaba aterrado, en shock. No estaba en mis planes tener otro bebé, ser padre nuevamente, mucho menos con otra mujer. No tenía el dinero suficiente para mantener a otra criatura. Tampoco quería volver a tentar a mi suerte: mi hija había nacido hermosa e inteligente, cuando lo lógico era que saliera fea y tonta como su padre. Sin embargo, Dios había sido en extremo magnánimo conmigo. Mi bebé salió tan preciosa que no parecía hija mía. Era un milagro. La adoraba. Alquilar mi vida en la mina era un sacrificio que le debía. Y, ahora, Daniela me venía con que estaba esperando un hijo mío. Eso, definitivamente, no estaba en mis planes. No podía dormir. Las noches serranas se me hacían interminables. Ensayaba mentalmente la manera de sugerirle, en un mensaje, del modo más político y sutil posible, que se practicara un aborto. Pero sabía que aun encontrando las palabras adecuadas, sería incapaz de proponérselo. Me sabía lo suficientemente cobarde como para sugerirle el aborto a alguien. Yo no podría estar con una chica como Dani. Ok, yo era feo, y no debía quejarme, pero sabía que mi naturaleza rijosa no sería capaz de aceptar una relación con alguien que apenas tenía tetas. Si iba a tener que convivir forzosamente con una mujer, por un hijo, al menos debía tener tetas grandes y ser mínimamente agraciada. Daniela era bonita, demasiado bonita para alguien como yo, pero yo tenía más tetas que ella.

El hecho fue que hui como un ratón. No quise saber nada de Daniela. La dejé sola con el problema. Pensé: Si está embarazada, que me busque. Cuando me encuentre, veré cómo afronto la situación. Daniela me contaba que se iba a hacer una prueba de sangre para quitarse todas las dudas. La prueba de orina había arrojado positivo. Yo seguía sin responderle. Ensayaba las explicaciones que tendría que presentarle al mundo –mi mamá, mi esposa, mis amigos- para cuando la noticia del embarazo quedase confirmada, aunque para mí estaba más que confirmada. Casi toda mi vida había sido una sucesión de episodios infortunados y poco gratificantes. Resultaba lógico, entonces, que el embarazo de Daniela engrosase las filas de esa sucesión. Mi esposa me había advertido claramente: Daniel, ay de ti si le das un hermano bastardo a mi hija. Te jodes para siempre con nosotras. No nos vuelves a ver más en tu perra vida.     

Mi silencio jodió las cosas con Daniela. El examen de sangre disipó nuestros miedos. No seríamos padres. Daniela me comunicó aquello en uno de los tantos mensajes de texto que nunca respondí. La agonía había terminado. La vida había puesto a prueba mi hombría y reveló clamorosamente mi cobardía. Seguía siendo un niño, un chibolo. El concepto de varón, de hombre, no iba conmigo.
  
Meses después, Daniela y yo retomamos la amistad; aunque en su corazón quedó marcado a fuego mi injustificable acto de pusilanimidad. Fue una herida que no pudo borrar. Tampoco intentó borrarla. No le interesaba borrarla. Pero la herida quedó ahí, como una especie de alerta contra mí, como un recordatorio de que no debía confiar jamás en un tipo como yo. Ninguno de los poquísimos chicos con los que estuvo le había jugado tan malamente como yo lo había hecho.

¿Desde cuándo quieres ver a Daniela, ah? Rosario estaba furiosa. Por favor, no vayas a tirar mi celular. No tengo plata para comprarme otro. No supe qué otra cosa decir. Yo mismo no sabía qué chucha le había escrito a Daniela, así que no podía formular una mentira. Solo traté de que las consecuencias de lo que Rosario estuviera a punto de hacer fueran mínimas. Rosario presionó con fuerza el aparato. Vi sus dedos tensionarse. Se le formó un nudo en la garganta. Se le quebró la voz. Yo me entrego a ti, te complazco en todo y tú con ganas de ver a Daniela. Fue un alivio. Al parecer, solo había visto los mensajes en los que le pedía a Daniela que nos viésemos. No vio, o no tuvo tiempo de ver, las conversaciones que había sostenido con Karina. Leyendo aquellas conversaciones, Rosario hubiera podido inferir con total facilidad que entre Karina y yo, hacía pocos días, habían corrido mililitros de semen y jugos vaginales.

Rosario sabía quién era Daniela. No la conocía en persona, pero sabía muchas cosas de ella. Gracias a Rosario, conocí a Daniela. Fue Rosario quien, como ex bibliotecóloga de San Marcos, me averiguó el correo de Daniela. Rosario todavía tenía acceso a la base de datos del alumnado de San Marcos, a pesar de que había dejado de trabajar para esa universidad hacía más de un año ¿Para qué quieres su correo? Le conté para qué lo quería. Se trataba de un proyecto de empresa que pensaba llevar a cabo, una empresa dedicada a la enseñanza de la correcta redacción de informes para ingenieros. Me constaba que los ingenieros peruanos escribían con los pies. Pensé que si me asociaba con un lingüista de profesión, mi empresa adquiriría mucho más peso. Tenía al ingeniero –yo, o al menos eso era lo que decía mi cartón universitario- y tendría al gramático. Prefería que el experto en gramática fuese una mujer. Me llevaría mejor con una mujer. Me sería más fácil imponerle mis ideas. Y si no se lograba la imposición, siempre cabría la posibilidad de lograr un interesante coqueteo.

Busqué en internet. Por pura casualidad, di con el nombre de Daniela Híjar Mendoza, estudiante de Lingüística en San Marcos. Busqué más: teléfonos, correos, algún medio por el cual pudiera contactarla. No hallé ninguno. Pensé en Rosario. Ella me ayudó. En cinco minutos, ya tenía el correo de Daniela. Le escribí. Le conté sobre mi proyecto. Para que no me tomase por un loco o un pervertido, le conté un poco de mí: Era un ingeniero de minas que trabajaba en una empresa consultora llamada Villanueva Ingenieros SA. Había publicado un librito de cuentos en el 2010. El dato del librito confirmaría mis inclinaciones gramaticales. El mensaje me salió en dos párrafos. Procuré dejar totalmente claro que era un tipo confiable, de intenciones sanas y productivas. Daniela me respondió con un correo igual de largo. Aceptaba el encuentro que le proponía para conversar sobre el proyecto. Sugirió que nos viésemos en la propia San Marcos.

Cuando te vi me gustaste, me dijo Daniela una vez. En realidad, me lo repetía siempre que recordábamos ese episodio. Me gustó tu pelo largo y que estabas todo de negro. Luego de aquel encuentro, pasaron dos años para que nos volviésemos a ver. Y para que pudiésemos intimar sexualmente.    

Ay, Daniel, estoy cansada de ser buena contigo, dijo Rosario. Su rostro se oscureció. Le había pinchado el globo de su felicidad. Estoy cansada de amarte y que tú me rechaces buscando a otras personas. ¿Yo no te basto? No, no me bastaba. Esa era la cruda realidad. Yo quería más. Estaba viviendo en un hueco del Centro de Lima, con el propósito más o menos claro de convertirme en un escritor de verdad, un tipo que escribía sobre sus días en soledad y que procuraba que cada uno de ellos fuese más bizarro que el anterior.

Rosario dejó el celular sobre el colchón y, con evidente lentitud, debido a su profunda congoja, comenzó a vestirse. Se puso el sostén y su calzón de hilo. Voy a dormir, dijo. Supongo que tú también, porque ya eyaculaste lo que querías eyacular. Ya me utilizaste. No me vuelvas a tocar, por favor. Rosario no me guardaba rencor alguno. Era demasiado buena conmigo. Al día siguiente, no me hablaría y se iría a su casa. Pero estaba seguro de que al cabo de unas horas de distancia, me perdonaría el haber estado escribiéndome con Daniela.

Así fue. Antes de que sonara la alarma de mi celular, Rosario ya se vestía. Algunas veces, me despertaba un minuto antes de que el celular se largase a chirriar con su cántico demencial. Entonces, cancelaba el ruido antes de que se activara y continuaba durmiendo por unos exactos cinco minutos. A veces, me pasaba los cinco minutos y me mandaba una media hora de plúmbeo sueño, lo cual conducía a que, al despertar, me vistiera rápidamente y manejara como un demente hacia el trabajo, corriendo el riesgo, multiplicado por la velocidad, de que un auto me embistiera malamente.

Apagué la alarma antes de que empezara con su escándalo. Buenos días, Rose, saludé. Daniel, no me hables. Yo ahorita me cambio y no me vuelves a ver más. Ahí tienes a tu Daniela. No insistí con mi saludo. Rosario tampoco agregó más. En tres minutos, estuvo lista para irse. Ojalá que no me pida que la acompañe, pensé. No me lo pidió. Solo preguntó: La puerta de abajo no tiene llave, ¿no? Le dije que no tenía, que podía simplemente abrirla. Ella lo sabía muy bien. Caminó hasta la puerta del cuarto, la abrió y cerró. No dio un portazo. Demostró elegancia.

No había mucho que hacer en la oficina. Continué leyendo la traducción que había efectuado para los gringos de Mine Ventilation Projects. Aguzaba la vista para detectar algún gazapo que se me hubiera infiltrado, allá en el verano, cuando me embarqué en la ardua labor de la traducción. Durante unos tres meses, mi vida consistió en sentarme desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde a la mesa de la sala del departamento que alquilaba y traducir una cantidad determinada de páginas de modo frenético y consistente. Muchas veces, para terminar antes del tiempo planeado, traducía hasta las tres de la mañana del día siguiente. Dormía un par de horas y continuaba, como poseído, la traducción. Me embargaba el afán de hacer un excelente trabajo, de manera tal que los gringos continuasen considerándome alguien responsable y digno de pertenecer a su empresa.

Patricia se asomó a la puerta del espacio que yo ocupaba. Pude haber escrito: Patricia se asomó a la puerta de mi oficina, pero no. Jamás me gustó decir esta es MI oficina, esta es MI laptop o este es MI escritorio. Tonterías. Todo lo que se le daba a uno en un trabajo le pertenecía al dueño del lugar. A ti no te pertenecía un carajo. Hasta tu tiempo era posesión del dueño, del jefe, quien a cambio de unas monedas se arrogaba la facultad de decirte cómo debías vestir, a qué hora debías comer, con quiénes debías comer, a qué hora debías levantarte de la cama, qué días de tu vida debías consagrarlos al trabajo.

Bueno, Patricia se asomó al espacio que Jean Carlo había dispuesto sería el lugar en el que yo trabajaría. ¿Almorzamos? A la una en punto, caminamos hacia el chifa. No permití que pagara su cuenta. Me hice cargo de la mía y de la de ella. Fue mesurada y pidió un arroz chaufa con sopa wantán. Pedí lo mismo. Me había enviciado con el chaufa de ese lugar. Era simplemente delicioso.

Me robaron el celular, Dani. Apoyó su cabeza en mi hombro izquierdo. No supe cómo reaccionar. Tampoco qué mierda decirle. ¿Pretendía que la consolara? Yo era malo para los consuelos. Carecía de la empatía necesaria para darle ánimos a alguien. Me quedé quieto. No quería que pensase que, por un movimiento involuntario, me disgustaba el hecho de que hubiera apoyado su cabeza en mi hombro. Se largó con su historia. Había salido tarde de la oficina. Jean Carlo la había tenido llenando y corrigiendo unas facturas. Su novio no había podido esperarla afuera del local porque había tenido un retraso en el trabajo. El tipo trabajaba en un banco, como cajero, y había tenido problemas al cerrar sus cuentas. Patricia tuvo que emprender el regreso a su casa sola. Eran casi las ocho de la noche cuando Patricia pasó por una de las veredas de la cuadra dos de Guardia Civil. Un chico caminó hacia ella. No sospechó nada. Era un patita de unos quince años, con audífonos, gorra y aspecto inocente. Ella continuó chateando con su novio, quien le aseguraba que en media hora se desocupaba. Ella le reprochaba no haberla recogido a tiempo. Pleitos de pareja. Sentí un alivio al saberme soltero. Había erradicado de mi vida ese tipo de absurdas discusiones. Los pleitos entre parejas eran un asunto que no extrañaba en absoluto. Dio un par de pasos más y adiós celular. El chico se lo había arrebatado. Corrió como una bala. Apenas tuvo tiempo para reaccionar. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No sabes cómo me molesté con mi novio. Si hubiera tenido una manera de comunicarme con él en ese momento le hubiera dicho su vida. Pensé: Aún no se casa y ya quiere pelear. Siempre que me hablaba de su novio, dejaba de prestarle atención. Me aburría. Me aburrían las huevadas que hacían las parejas. Bien hecho que te hayan robado el celular, pensé. Con el celular, discutía con su novio; sin el celular, también.

Durante la tarde, Rosario y yo hicimos las paces. En realidad, fue ella quien las hizo. Yo no sentía que hubiera hecho nada incorrecto. Estaba soltero y tenía pleno derecho de chatear o hablar con quien quisiera. Y, sí, quería tirar con Daniela una vez más. Me provocaba tener su cuerpo blanco y delgado, de tetas pequeñas, encima de mí, exprimiéndome la pichula con su vagina semidepilada. ¿Puedo verte hoy?, me preguntó. La verdad, no tenía ganas de ver a Rosario. Tenía muchísimas ganas de ver a mi hija. Había intercambiado unos cuantos mensajes con mi esposa en el Messenger del Facebook. Debía pasar por su departamento –mi ex departamento- a las ocho y media. Cuando yo daba una hora, solía ser puntual. Me llegaba al pincho la gente impuntual. Sin embargo, uno debía ser tolerante. Y yo era en extremo tolerante.

Le dije que no podía verla esa noche, que visitaría a mi hija. Obviamente, como toda mujer que cree tener derecho sobre un varón, creyó que no quería verla porque me había molestado que se fuera de mi cuarto o porque había espiado mi celular. Sí, me había jodido en ese momento que espiara mi celular. Pero no guardaba ningún resentimiento al respecto. Es más, ya casi lo había olvidado. Entonces, ¿por qué no quieres verme? Esas discusiones bizantinas eran las que quería erradicar de mi vida. Pero si te cachabas a una mujer de modo más o menos constante, y ella no era tan liberal como tú, era lógico concluir que, tarde o temprano, ella terminara sintiéndose dueña de ti, creyendo que tenía muchos derechos sobre ti y que tú tenías infinitos deberes para con ella. Por milésima vez, Rose, hoy quiero ver a mi hija. La extraño un montón. Quiero llevarla a comer algo rico y que se divierta en los juegos. Al cabo de un rato, entendió. Me había hecho perder varios minutos de mi tiempo. Entonces, ¿crees que podamos vernos en el mercado un ratito? Es que quiero entregarte algo.

Media hora después, nos vimos en el mercado. Me hacía falta salir de la oficina, respirar algo de aire que no estuviera confinado en una habitación de concreto. Fuimos a una juguería. A esa hora, no muchas atendían. Pedí un jugo de fresa. Uno bien concentrado, seño, por fa. Rosario no pidió nada. ¿En serio, Rose? ¿No quieres nada? No quería nada. Quería verme porque le urgía darme una sorpresa. Pero con mayor razón, pues. Déjame invitarte un juguito para que yo no me sienta tan en deuda. Imagínate, venir solo para darme algo y yo dejarte ir sin invitarte siquiera un juguito. Ordenó un jugo de fresa.

Quería entregarte esto, dijo. Abrió su bolso. Rosario siempre tenía un bolso diferente. Moría por los bolsos y por los zapatos de taco. Tenía más zapatos de taco que bolsos. Tenía más zapatos de taco y bolsos que cualquier otra cosa. En cada ocasión en la que hacíamos el amor, estrenaba zapatos nuevos. Yo le pedía que se comprara zapatos de taco, de esos que dejan al descubierto los dedos, las uñas perfectamente pedicuradas. Me arrechaba ver unos pies bonitos. Y ella los tenía. Algunas veces, terminaba eyaculando en sus pies. Mi cerebro sí que estaba enfermo.

Lo que sacó de su bolso fue un elegante estuche que contenía un lápiz, un lapicero, un marcador y un resaltador. Todos de la marca Staedtler. Para que sigas escribiendo con tu letra bonita, me dijo. Por poco y me atoro con el jugo. Hubiera sido una muerte merecida. Yo jugando con los sentimientos de Rosario, y ella haciéndome tamaño regalo. Todo aquello que tuviera que ver con los libros o con el proceso de la escritura eran para mí excelentes regalos. Los voy a cuidar un montón, le dije. Fue una promesa sincera. También le prometí que el sábado nos veríamos. Teníamos una cita con Pantera. ¿Todavía hasta el sábado? Rosario sabía ser insistente. Perfecto, nos vemos el viernes, entonces. Luego del regalo que me había hecho, lo menos que podía hacer era ceder un poquito.

Antes de salir del mercado, nos detuvimos en un puesto que vendía accesorios electrónicos: audífonos, celulares, reproductores y demás. Espérame un ratito, Rose. Me acerqué a la dependienta. Le pedí que me mostrara los parlantes para computadora más económicos que tuviera. Treinta soles, joven. El sonido es muy bueno. Pagué y me los llevé. Con cierta mirada, Rose me preguntó el porqué de la compra. Dar explicaciones era una de las cosas que más odiaba. Le mentí. Es para escuchar mejor mi música. En el paradero donde debía tomar el bus hacia su casa, nos despedimos con un beso en la boca. Fue un pico cortísimo. En la oficina, le regalé los parlantes a Patricia. Como le habían robado el celular, había dejado de poner música. La computadora que Jean Carlo le había asignado era viejísima, no despedía sonido alguno. Patricia se puso feliz. Gracias, Dani. Me dio un beso. No hay de qué. Solo procura que nunca falte la música en la oficina. En Youtube, puso unas salsas de DLG. Cantamos, cada uno desde sus respectivas oficinas. Enganchados con la onda noventera, se mandó con un par de canciones de Salserín. Retrocedí a aquellos tiempos en los que me alucinaba Servando y capturaba en los cassettes en blanco que compraba en un mercado de Los Olivos todos los éxitos de Salserín que Radio Mar y Panamericana ponían de modo virulento. Tiempos en los que llevaba el pelo con corte hongo.      

Había sido una tarde tranquila. Llegué al cuarto de Zepita sin contratiempos. Me bañé y me vestí. Estaba ansioso por ver a mi hija. 
    

Lima, miércoles 28 de setiembre del 2016.
Publicado el 28 de mayo del 2017 en Santa Bárbara, Honduras.