Latidos del asfalto

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 25

Del martes 04 al miércoles 05 de octubre del 2016

¿Qué cualidades le exige usted a su colchón?

Georges Perec – Las cosas. Una historia de los años sesenta

Pasé las horas de oficina corrigiendo el capítulo siete de la novela. Corregir demandaba mucho más tiempo y esfuerzo que escribir. Corregir era colorear los vacíos, podar el exceso, musicalizar el texto, darle credibilidad. 

Colgué el capítulo en el blog. Rosario lo leyó. Me llamó. Lloraba. Cómo pudiste estar con otra chica, Daniel. No le contesté. No tenía nada que decirle. Era una novela, una ficción, una mentira. Rosario no debía creer nada de lo que se contaba en ella. Le costaba entender ese detalle. No quiero saber nada de ti, explotó. Podía oír los mocos que se le caían. Solo por joder, le dije que saldría con quien me diese la gana. Eres malo conmigo. Siguió llorando. Enumeró la serie de sacrificios que había hecho por mí en los casi cuatro años que llevábamos tirando clandestinamente.

Cuando llegué al cuarto, encontré el colchón desinflado. Lo revisé. No hallé nada sospechoso. Lo tendí en el piso. Le conecté el inflador. Bombeé. El colchón recuperó su inmensidad. Me tiré en él. Se hundió con mi peso. El silencio de mi soledad quedó interrumpido por el silbido de una fuga de aire ubicada a pocos centímetros de mi cabeza. La parché con cinta adhesiva. Nada. La tapé con gutapercha. Tampoco. El colchón quedó más delgado que antes. Era tarde para comprar otro. Sodimac ya estaba cerrado o a punto de hacerlo. Volví a bombear el inflador. Confeccioné otro parche: una mezcla de cinta adhesiva y gutapercha. Sellé el agujero.

Recibí un mensaje de mi esposa. No podría ver a la bebe sino hasta el jueves. No voy a poder el miércoles, Daniel. Tengo cosas que hacer. Dejaré a la bebe con mi mamá. El mensaje me golpea, me tumba, me remece. Me había ilusionado con verla el miércoles; no el jueves.

Lo natural es que un papá y su pequeña vivan juntos, aprendiendo a quererse y a tolerarse, conociéndose los defectos y las virtudes. Yo amo a mi niña, pero no vivimos juntos. Ella vive con mi esposa y con la pareja de mi esposa, Melina, en la misma casa que yo aún pago. En lugar de haberme opuesto con firmeza a ser expulsado de la casa, cogí un par de mochilas, metí algunas pocas cosas en ellas y me fui. Llorando torrencialmente, el cuerpo convulsionándole, mi esposa me había rogado para que me fuera de la casa. Vete, Daniel, vete. Con Melina voy a ser feliz. Por favor, vete, dame la oportunidad de ser feliz. Decidí darle esa oportunidad. Automáticamente, sin estar demasiado consciente de las consecuencias, renuncié al legítimo y natural derecho de ver crecer a mi hija.

Todavía veo el camión de la mudanza, estacionado en el frontis de la casa, descargando las cosas de Melina: un sofá con los rostros estampados de Marilyn Monroe y James Dean, una lavadora, un televisor de pantalla plana, varias cajas de ropa. Mi bebe, contagiada por la emoción de su madre e imitándola, ayuda a subir al departamento alguna cosa menor de Melina. Mi esposa es la más diligente. La secunda su hermana. Todas están concentradas en acomodar a la nueva integrante. Me doy cuenta de que he dejado de existir en esa casa. Bajo las escaleras con las mochilas en la espalda. Nadie me ve salir. Nadie me despide. 

Sería injusto victimizarme. Mi esposa tenía razón: no supe hacerla feliz. No tardó en hallar las huellas de mis engaños: correos lascivos que detonaron mi salida de la casa meses después. Cuando los descubrió, me los leyó en voz alta. Sacados de su contexto, los mensajes resultaban chocantes. Cuántas veces me has sacado la vuelta, Daniel. Qué asco. Me das asco.

Los mensajes eran más o menos así: Ya quiero verte para comerme esas tetotas mientras me chupas rico la pinga. Quiero tu boca en mi pinga toda la noche. Quiero que te duermas con mi pichula en la boca, ¿ok?

Sí, esos textos resultaban chocantes cuando te los leía tu esposa. No pude negarle lo evidente. Algo de sangre me quedaba en la cara. Sin embargo, me atreví a elaborar una última defensa: esas "infidelidades textuales" nunca se cristalizaron. No me acosté con nadie, amor. Fueron solo correos. ¿Acaso cuando trabajaba en VISA no iba yo del trabajo a la casa y de la casa al trabajo? ¿En qué tiempo te hubiera engañado? 

Hallé las fuerzas necesarias para alejarme de la casa, y de mi hija, convenciéndome de que el único culpable de toda la mierda que vivía era yo. Mi esposa no me botó. Me boté yo mismo. Había estado con varias mujeres: con Rosario, con Daniela, con Karina, con alguna que otra prostituta. Debía irme. Mi esposa merecía la oportunidad de ser feliz.  

Apago todo y me echo en el colchón. Lloro por mi hija. Me imagino todo tipo de cosas. Las peores. Su vida sin mí. Mi vida sin ella. Sé que no le gusta pasar el tiempo con su abuela materna, mi suegra. Ella es muy severa. Mi bebe lo sabe y llora cuando está con ella. Seguro en estos momentos está llorando de pena. Y yo aquí, en este colchón que se hunde, sin poder acudir en su auxilio. Me voy hundiendo hasta que mi espalda toca el suelo. Está frío. Mi corazón también toca fondo y no puedo dejar de llorar. Espérame hasta el jueves, bebé. Iré por ti sin falta. Saldré muy temprano del trabajo. Me escaparé. Manejaré la bicicleta con todas mis fuerzas para verte más tiempo, mi amor. Espérame. El sueño me asalta y cierro los ojos húmedos.

Lo primero que hago luego de acallar la alarma del celular es revisar los dos mensajes que tengo en el Whatsapp. Uno es de Rosario. Vuelve a enumerar los sacrificios que hizo por nuestra relación. Me pide que no le escriba ni la llame más. El otro mensaje es de Karina. Ha leído el capítulo siete de la novela. Eres un loco, Danny.

Alistándome para el trabajo, intercambio nuevos mensajes con Karina. ¿Es verdad todo lo que escribes? No quiero desilusionarla. Sí, todo es verdad. Y vas a salir en los próximos capítulos. Me dice que cuando salga le mande el link para publicarlo en su página de Facebook. Rosa me escribe. ¿Con quién estás hablando? Te veo en línea. Le digo que con nadie. Me pongo el casco. Lo aseguro. Estás hablando con la perra de Karina, ¿no? Rosario sí que tenía un sexto sentido. Le digo que sí. Eres un maldito. No te importa que me aleje de tu vida. No te importa perderme. Le digo que Karina ha leído el capítulo siete y lo ha tomado con gracia. Se ha hecho fan de mi novela y me ha dicho que va a venir a mi cuarto en la noche para felicitarme. Rosario se enoja. Me manda una serie de mensajes furibundos. No, Daniel, de ninguna manera vas a meter a esa perra en tu cuarto. Yo voy a verte hoy en la noche. Así que ya sabes. Más te vale que Karina ni se aparezca. Le digo que no venga, que no voy a estar. Si vienes, te jodes porque nadie te va a abrir la puerta. ¿Se te ha ocurrido que puedo tirar con Karina en un hotel y no en mi cuarto? Rosario me llama. Contesto. Está llorando. ¿Por qué eres así conmigo, Daniel? Porque es muy celosa. No se lo digo. Pero es por eso. Además, ¿no se suponía que me había terminado? ¿No me había exigido que no le escribiese ni la llamase?

No hay trabajo en la oficina. No hay trabajo para mí. Pero los ventiladores se siguen vendiendo bastante bien. Como diría Jean Carlo: nuestros ventiladores se venden solos. Los pedidos llegan de todos lados, pero ninguno de los clientes desea que se le haga una simulación computarizada de cómo operarán esos ventiladores en sus minas. Solo envían las órdenes de compra y listo. Se ha corrido la voz de que el producto es bueno. Y lo es. Yo podría irme de la empresa mañana mismo y las ventas continuarían aumentando. A veces creo que Jean Carlo no me paga un salario, sino que me regala una propina de tres mil quinientos soles.

Quien sí se la pasa ocupada es Patricia. Ella recibe las órdenes de compra, las facturas y las guías de remisión; las archiva y verifica que los pagos de los clientes se efectúen en los plazos establecidos.

Soy un parásito en la empresa de Jean Carlo. No puedo hacer nada al respecto. Nada. Solamente seguir cobrando. Necesito el dinero. Las horas de oficina las paso corrigiendo la traducción del libro de los gringos. Así, dan las cinco. No voy a esperar hasta las seis. Jean Carlo había abandonado la oficina al mediodía; Victorio, a las tres y media. Quedábamos Patricia y yo. Bye. Ya fugo.

Manejé tranquilo. Llegué a Zepita a las seis y media. Había empezado a oscurecer. Me bañé. Fui a Sodimac. Compraría otro colchón. El mío ya no tenía solución. Compraría un colchón de plaza y media. Uno de verdad, con resortes y espuma. Los colchones inflables implicaban el riesgo de volver a dormir con la espalda en el suelo.

El personal de Sodimac de la avenida Tacna confiaba en la fuerza de sus clientes. Los creían capaces de transportar sus colchones en el lomo. Arrastré el mío hasta la avenida Tacna, avenida imborrablemente retratada en Conversación En La Catedral. Desde que leí esa novela, deseé vivir en los alrededores de esa avenida. Había cumplido un sueño.

Un taxi me cobró quince soles por llevar mi colchón sobre su techo tan solo unas cuatro cuadras. No regateé. En dos minutos, estuvimos en la puerta de la casona. El taxista desmontó el colchón y lo trasladó hasta la entrada. Le pagué. Subí el colchón al cuarto, arrastrándolo por las escaleras. Sudé un poco. Ya en el cuarto, lo tiré al piso.

¿Qué haría con el colchón inflable? Yacía a un lado de la puerta. Sobre él, había sostenido memorables escenas sexuales. Había resistido con aplomo todo tipo de escaramuzas coitales. Un agujero acabó con su vida. Quise conservar el cuerpo del compañero, pero esto violaría la consigna de no acumular basura en el cuarto. Cogí una tijera y lo apuñalé. El aire que aún se resistía a abandonarlo huyó resignado hacia la atmósfera. El colchón quedó reducido a la nada. Lo llevé en una mano, como si fuese una pelota, y lo tiré al pie de un poste de alumbrado público, a unos metros de la casona, donde la gente acumulaba su basura. 

Rosario llegó a las diez. Puntual. Me llamó. Estoy abajo. Ábreme la puerta. Más te vale que la perra de Karina no esté ahí contigo. Ábreme, Daniel. Corté. Miré a mi alrededor.  El cuarto era pequeño, pero todo estaba en su lugar y reinaba la limpieza. Rosario volvió a llamar. Como el celular estaba en modo silencio, fue fácil ignorar su persistencia.


Hacía falta un par de botellas de cerveza bien heladas. Cogí un poco de dinero, mi mochila, y bajé las escaleras. Abrí la puerta. Apareció Rosario. Me enrostraba su cara de culo, la cara que ponía cuando sus ojos me traspasaban con rencor. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 24

Lunes 03 de octubre del 2016

Es cierto que escribo sobre mí mismo
¿A quién otro conozco mejor?

Allen Ginsberg –Tema Objetivo

Estoy yendo a la casa de Elena, una ex enamorada. No la veo hace mucho tiempo. El cuento Dinero, del libro que publiqué en el 2010, ficcionó un episodio de nuestra relación, un episodio que fue bochornoso primero y glorioso después. Bochornoso porque no tuve dinero para pagarle la entrada a una discoteca ni para cancelar el taxi que nos llevaría de regreso al distrito de Los Olivos. Glorioso porque, en el taxi al hotel donde se hospedó –taxi que ella pagó-, me regaló una placentera mamada en el asiento trasero, cubriéndose el rostro con su bolso, mientras su boca se deslizaba a lo largo de mi pene.


Elena está alojada en el departamento de su primo, Javier Rojas, un ingeniero de minas egresado de la Católica. Javier lleva varios años trabajando en una mina de Cerro de Pasco. Esto le ha cambiado el carácter. Cuando joven, solía ser alegre y despreocupado. Sus días en la mina son intensos y fragorosos, repletos de candentes puteadas. Sus jefes lo tratan como un despojo y él, a su vez, descarga su frustración en sus subalternos. Cuando toma sus días de descanso y viaja a Lima a reinstalarse en su departamento, vierte su mal humor en Elena. Ella debe soportar el vendaval; no tiene otra opción: su primo le permite vivir gratis en el departamento. Elena tuvo que dejar Huánuco para estudiar Medicina en Lima. Cuando la conocí, en el 2007, estudiaba Obstetricia. Terminó la carrera y no tuvo mucha suerte con los empleos. Con un hijo que sostener, y ante la ausencia del padre, decidió estudiar Medicina. Como doctora, el panorama laboral podría serle más auspicioso.

Llegaba al cuarto de Zepita cuando recibí unos mensajes de Elena. Me pedía que la ayudara con una tarea de la universidad. Es un tema de Física. No lo entiendo por más que trato. ¿Crees que puedas venir a ayudarme? Lo pensé un poco antes de contestarle. Había tenido un día larguísimo. Me sentía prisionero y asqueroso en lo que llevaba puesto: unos zapatos negros con la suela desgastada, una camisa de manga larga, sudada en las axilas, y un pantalón húmedo en la raya del culo.

La reunión con David Del Arco había salido bien. Firmamos el contrato del proyecto de ventilación de la mina Ranra. Dentro de poco recibiríamos una buena cantidad de dinero. Pero tendríamos que ponernos a trabajar muy duro. Qué bonito hubiera sido si con la sola firma del contrato nos hubieran entregado el dinero convenido. Habíamos nacido para trabajar y luego ver la plata. Otros, desde la cuna, ya veían y sentían el dinero.  

¿Qué hubiera pasado si me presentaba a la entrevista con los aros en el labio? No me hubieran asignado el proyecto. Me hubieran tomado por un payaso, un adolescente, un loco, un irresponsable. Por eso, quince minutos antes de la reunión, me detuve en un parquecito cercano al edificio de David. Sentado en una banca, me quité los dos aros. Los guardé en el bolsillo de la camisa con la intención de volver a ponérmelos luego de la reunión. 

                            Fuente: Google Maps

David me presentó a Camilo Solís, gerente de proyectos mineros de FAMIC. David era jefe de Camilo. Éste era un tipo pequeño, vivaracho y de nariz prominente. Todo lo relacionado con el proyecto debía verlo en adelante con Camilo. Estuvimos conversando en su oficina. Para ser más exactos, él se la pasó hablando y hablando. Mientras armaba el contrato del proyecto, me contó anécdotas de su trayectoria como ingeniero. Salpicaba los hechos con bastantes lisuras. Le tomó dos horas finalizar el documento. Regateó. Nos bajó mil soles al presupuesto que le habíamos presentado. Hijo de puta. De cualquier modo, quedó una cantidad de dinero todavía estimable. Cuando terminó con la redacción, firmé el contrato. Aún tuve que quedarme dos horas más en las oficinas esperando a que uno de los subalternos de Camilo me pasase toda la información que debía usar para el proyecto. Abandoné el edificio a las dos de la tarde.

Me instalé en el mismo parquecito de la mañana. Intenté reponerme los aros en el labio. Fue inútil. No hallé dónde clavar los fierritos de los aros. Los agujeros se habían cerrado. Increíble. Hacía calor. Empecé a sudar. La camisa se me empapó y la raya del culo se me aguó. Lima, con sol, era insufrible.

Caminé nueve cuadras hasta llegar a uno de los paraderos del Corredor Azul en la avenida Arequipa. Pude haber tomado un taxi, pero me ganó la tacañería. Prefería caminar cientos de metros, sudando a chorros por el pecho, las axilas y el culo, llegar al paradero de buses, y viajar aplastado entre espaldas y abdómenes tanto o más sudados que los míos. Todo por gastar dos soles y no los veinticinco que me cobraría un taxi.

                            Fuente: Google Maps

¿Y si Elena quería tirar conmigo? ¿Si lo de enseñarle Física era solo un pretexto para que nos viéramos? Me había enviado un link del Google Maps con la ubicación del departamento de su primo. Quedaba a la altura de la cuadra veinticinco de la avenida Salaverry. No estábamos tan lejos. Calculé el tiempo que me tomaría bañarme y quedar listo para visitarla. Le contesté. No te preocupes, Elena. Voy para ayudarte.

Cuando me miré al espejo, el jean ajustado, el bividi negro, los tatuajes en los brazos, el pelo revuelto, concluí que algo me faltaba. La imagen que me devolvía el espejo era la de un tipo común y corriente. Si quería causar una impresión imborrable en Elena, mi apariencia debía distanciarse de la del resto. Debía reponerme los aros en el labio. Me volví a herir en el intento de clavarlos en donde supuse habían estado los agujeros. Desalentado, consideré la posibilidad de no acudir a la cita con Elena. Si no había en mi aspecto nada que me distinguiera de los demás, no tenía sentido ir a ninguna parte. Era preferible dormir. Tocaba levantarse muy temprano en la mañana y montar la bici durante hora y media para llegar al trabajo. Con la mente ya despejada del compromiso con Elena, vi los aros de otro modo. No eran circunferencias completamente cerradas; tenían unas aberturas. Se me ocurrió ingresar el borde del labio por esas aberturas. Lo hice. Los aros quedaron montados como si estuvieran realmente clavados. Fue como si nunca hubiese dejado de tenerlos. Ahora sí podía salir a la calle.

El edificio queda en una zona tranquila de Jesús María. Muy cerca, hay un parque de árboles enormes y copas frondosas. Abro una puerta de vidrio y paso a la recepción. Un tipo exageradamente trigueño, casi marrón, ve un programa de televisión sentado detrás de un mostrador. Hola, buenas noches, le digo. El tipo me ve los brazos tatuados, los aros en el labio. Duda. El tono de mi voz y mis maneras educadas terminan por removerle la duda. Asume que soy uno de esos chiquillos de padres ricachones que les complacen a sus hijos cualquier tipo de caprichos, como los de tatuarse los brazos y hacerse agujeros en la cara. Sí, joven, ¿a quién busca?, me pregunta. Se muestra amable. Sonríe. Es mejor llevarse bien con los niños engreídos de papis con plata. A Elena Rojas. Le doy el número del apartamento. El tipo le baja el volumen al televisor y levanta el auricular de un teléfono negro. Reconozco el programa de la tele. Es una serie peruana que lleva varios años al aire. La seguí durante sus dos primeras temporadas. Parecía que tenía algo que contar. Cuando los productores decidieron alargarla debido a su arrasadora sintonía, la trama perdió el norte. Ahora solo la veían tipos como el que estaba llamando a Elena para preguntarle si esperaba a un chico que está aquí abajo buscándola. ¿Su nombre? Le doy mi nombre. Sí, joven, por el ascensor, a la derecha. Piso ocho.        

Es una máquina moderna, no como el ascensor del departamento en el que viví durante los primeros dos años de mi hija, un viejo edificio de la cuadra ocho del jirón Camaná. Aquel ascensor parecía haber sido uno de los primeros modelos traídos a Lima. A pesar de su antigüedad, nunca dejó de cumplir su cometido. Le hacían el mantenimiento una vez al mes. Aun así, luego de montarse en él, uno no podía dejar de rogar al cielo para que no se quedase a medio camino o cayera sin frenos desde alguna peligrosa altura.  

El ascensor se abre en el rellano del departamento 802. Está entrecerrada la puerta del depa. Pasa, me dice una voz que sin duda es la de Elena. Es la misma voz de hace ocho años, de cuando era mi enamorada. Me acerco a la puerta. Estoy a punto de abrirla, pero Elena se me adelanta. Hola, Dani, pasa. La saludo. Beso en la mejilla. Me ha visto la cara, pero o no se ha percatado de los aros en mi labio o ha decidido ignorarlos. Me pregunta si quiero beber algo. Hay cerveza, gaseosa, jugos. Le digo que no, que gracias. El timbre de su voz es el mismo, pero ahora está más apitucado, más alzado, más divo. Se siente aquel tufillo de superioridad en cada uno de sus movimientos. El hecho de habitar un departamento recién estrenado, en una zona más o menos residencial, la tiene mirando al resto por encima del hombro. Le pido que me preste su baño. Me indica donde ubicarlo. Miro en el espejo los aros en mi labio. Los acomodo. Me echo un poco de agua en la cara y otro poco en la cabeza para aligerarme el peinado. Salgo. El departamento es pequeño, pero se mantiene ordenado. En la sala, además de unos sillones de cuero, hay un televisor enorme de pantalla plana; debajo, un equipo de sonido. Sobre una mesita de vidrio, que está rodeada por los sillones, descansan unos fragmentos de roca con unos cartelitos que indican sus nombres y los de las minas de procedencia. Típica huevada del minero fanático: coleccionar piedras.

Dani, vamos al estudio. No puedo evitar verle el culo mientras la sigo. Me parece que antes tenía más; ahora, apenas le noto algo. En el estudio, hay una mesa larga pegada a una de las paredes. La mesa está llena de papeles. Solo en el extremo derecho, hay una computadora de pantalla plana. Arriba de la mesa, pegada contra la pared, una repisa languidece de libros. Solo hay un par de textos de minería. Son los libros de su primo. Elena se sienta enfrente de la pantalla plana. Yo me siento a su lado. Reubico algunos papeles para crearme un espacio de trabajo. Dejo mi mochila en el suelo alfombrado. Elena me alcanza unos papeles que tiene cerca. Ayúdame con esto, Dani. No entiendo nada, alucina. Tomo los papeles. Elena tiene las uñas prolijamente decoradas. Analizo el contenido de los papeles. Ella vuelca sus dedos al teclado del computador. Se olvida de mí. Asume que soy su salvación, que conozco todo lo que necesita saber. Sonríe ante la pantalla. Está chateando en el Facebook.

Yo soy cholo. Lo reconozco y lo acepto. Elena es chola, pero no lo acepta; pretende ser blanca. Es el problema del país: es preferible ser negro a ser cholo o serrano.

Recuerdo cuando vi a Elena por primera vez. Fue en una discoteca de Huánuco. Unos destellos sicodélicos porfiaban por iluminar el ambiente predominantemente oscuro del lugar. Cuando la vi, la vi hermosa. La vi blanca: facciones finas, gestos suaves, el cabello castaño. Días después de aquel encuentro, todavía la recordaba blanca. Continuamos conociéndonos por Messenger. Meses y meses sin vernos. En su página de Hi5, Elena tenía unas tres o cuatro fotos. Todas la mostraban blanca. Llevaba el cabello caído a los costados de su rostro, adelgazándolo. Descargué su foto más caucásica y la guardé en mi celular. Se la mostré a varias personas; excepto a Janet, quien, arrebatándome el celular, llegó a verla.  

Janet me había terminado hacía un tiempo, luego de casi seis años de relación. Un par de meses después, en una inopinada visita a Huánuco, conocí a Elena. Nuestras conversaciones en el Messenger eliminaron la sensación de vacío producida por la ruptura con Janet. Ya no me conmovían sus recuerdos. Por esos días, Janet y yo trabajábamos en el aeropuerto Jorge Chávez. Debíamos medir el tiempo que la gente demoraba en las colas de check-in. Premunidos de unos tableros, formatos y lapiceros, nos repartíamos las inmensas filas que se formaban detrás de los counters de American Airlines, Avianca, LAN, Copa y KLM. Éramos seis jóvenes universitarios los involucrados en el trabajo. Todos, como Janet, eran estudiantes de ingeniería industrial, excepto yo. Uno de sus profesores, el de Investigación Operativa, se recurseaba como consultor. LAP, la empresa propietaria del aeropuerto, lo había contratado para que efectuara un estudio de colas que determinase la solución para eliminar el malestar de centenares de personas que aguardaban horas de horas  en las filas del check-in. El congestionamiento surgía entre las nueve de la noche y las dos de la madrugada. El profesor, para ahorrarse algunos centavos, subcontrató a algunos de sus alumnos. Janet me ofreció ser parte del proyecto. Las mediciones las efectuábamos en parejas, turnándonos los días.

Aún recuerdo cuando Janet me arrebató el celular con la imagen de Elena. Ese día hicimos pareja en el aeropuerto. Le tomábamos el tiempo a una inmensa cola de KLM. Entonces, vio la imagen estilizada, caucásica, de Elena. Sus celos se dispararon. Me rogó por retomar la relación.

Tiempo después, regresé a Huánuco. Elena y yo llevábamos cuatro meses de relación por Messenger. En una ocasión, me pidió que le mostrara el pene por la cámara; en otra, que me masturbara. Otro día, fue más lejos: quiso verme eyacular. Decidí complacerla. Antes de poner el pene debajo del ojo de la cámara, lo estimulé por unos minutos. Cuando lo tuve duro, me paré sobre la cama y, desnudo de la cintura para abajo, ubiqué el pene de modo que la cámara pudiera capturarlo. Empecé a masturbarme. En el monitor, Elena sacaba la lengua y se la pasaba por los labios, como si quisiera lamerme el glande. Para estimularme, mostraba sus tetas, acercándolas a su cámara. Las tenía pequeñas. Se tocaba los pezones y pasaba las yemas de sus dedos por las aureolas. En poco tiempo, se me salió toda la leche. La recibí en un pedazo de papel higiénico que ya tenía preparado. Te amo, me escribió luego de la eyaculada.

Como dije, tiempo después, regresé a Huánuco. Janet trató de impedirme el viaje. Me persiguió hasta el mismo terminal de buses, en La Victoria. El viaje, ida y vuelta, me costó algo de ciento veinte soles. Bastante dinero para un pobretón como yo. Afortunadamente, la propina que me pagaban en el aeropuerto cubrió los gastos. Por viajar, reprobé el curso de Perforación y Voladura. Mientras mis compañeros daban el examen final, yo comía unas pastas con Elena en La Piazzeta, un acogedor establecimiento de comida italiana en el centro de la ciudad. Caminamos por la plaza y terminamos tirando en el cuarto del hotel donde me había hospedado.

Unos meses después, Elena me devolvió la visita. Se quedó una semana en Lima. Haría una pasantía en el hospital Daniel Alcides Carrión, del Callao, y debía averiguar ciertos asuntos. Janet fue mi sombra. Anduvo detrás de mí, espiándome. No se molestó en ser sigilosa. Como vivíamos a tres cuadras de distancia, le fue fácil acechar mi casa y adherirse a mí ni bien me veía salir. De algún modo, se había enterado de la visita de Elena. Piérdete, le decía, indignado por su comportamiento sofocante, voy a verme con Elena. Ella no cedía. Pues yo te voy a seguir. Quiero ver a esa perra. Me siguió hasta el Parque Kennedy, en Miraflores. Cuando Janet, agazapada tras un grueso árbol, vio a Elena, dio por satisfecha su curiosidad. Te has enamorado de una chola, me dijo al día siguiente. ¿Y acaso yo no era cholo? Tiene cara de papa. Y no tiene ni trasero ni tetas, que es todo lo que te gusta, Daniel.

Estaba más chola que nunca. La maternidad le había caído fatal. Si hacía ocho años disimulaba con ciertos juegos de luz la opacidad de su piel y sus rasgos mestizos, ahora, con algunos kilos de más, había quedado racialmente al descubierto. A pesar de ello, todavía me provocaba besarla. Nunca me importó la cosa racial, siendo yo más cholo que nadie.

Dejó de lado sus conversaciones en el Facebook y me prestó atención. A ti sí te entiendo. Deberías enseñarnos en la universidad. No seas cojuda, esta huevada la puede enseñar y la puede entender cualquier huevón.

Hacemos una pausa. Ella vuelve al Facebook. Yo me aboco a entender la mecánica de los siguientes diez ejercicios, los últimos. Antes, le echo un vistazo a mi celular. Como todo chico infiel, llevo el celular en modo silencio. Ninguna llamada o alerta indeseada podría importunarme. Hay una llamada perdida de Rosario. No, Rosario, hoy no tengo ganas de verte. Hoy tengo que quedarme en casa de Elena. Con algo de suerte, terminaré tirándomela. Miro la hora. Calculo que con los diez ejercicios que le explicaré a continuación sobrepasaremos las once de la noche. Estoy seguro de que Elena me invitará a dormir en su departamento. Beberemos algunas cervezas en su sala. Cansados, algo ebrios, nos echaremos en el sofá. Una cosa llevará a la otra y, en el momento menos pensado, su cama se convertirá en el escenario de la lucha sexual de nuestros cuerpos desnudos. 

No sucede nada de lo que he planeado. Hemos terminado los ejercicios y Elena me ha dado las gracias. Dani, avísame cuando estés libre para prepararte una lasagna. Te debo una. Son casi las doce y la muy pendeja me ha dicho que tiene que acostarse. Para nada me ha insinuado que pernocte en el departamento de su primo. Por el contrario, me ha abierto la puerta y me ha dicho que espera verme pronto, que no me desaparezca. Hija de puta. Afuera hace frío. Camino hasta Salaverry. Por suerte, hallo un bus al Centro y me trepo a la carrera. Bajo en 28 de Julio. Decido caminar hasta Zepita. No quiero tomar un taxi. Llevo puestos los audífonos. Escucho Doble Nueve. La música se interrumpe. Es una llamada. Es Rosario. Contesto. Se disculpa por el incidente en mi cuarto. Te he estado llamando, ¿por qué no me contestabas? Se disculpa, pero aun así no deja de joderme, de celarme. Le digo que estuve caminando por el Centro. Se cree la mentira. Retoma sus disculpas. Yo no reacciono así. No soy violenta. Su voz me acompaña las decenas de cuadras que voy atravesando a paso rápido. No le cuento que acabo de ver a Elena. Dejo que siga disculpándose. Dice que no recuerda muy bien lo del sábado, pero sabe que la cagó, que no debió reaccionar como lo hizo. Quizá podamos vernos pronto, me dice. Quizá, le digo. Me cuenta que hoy fue su primer día de trabajo. Desarrolla su día, su jefa, sus compañeros. No le presto mucha atención.    

Terminamos la conversación a la altura de la cuadra diez del jirón Washington, donde deambulan tres travestis supremamente feos. En menos de cinco minutos, llego a Zepita. Jaime está parado a un lado de la entrada de su tienda. La cagada. Me va a decir algo. El huevón suele cerrar su local a las once. Jamás se pasa de esa hora. Ahora son casi las doce y media y el huevonazo aún está ahí, los brazos cruzados, el polo y el pantalón viejos, sucios, la cara avinagrada. Me ve. Sé que me está viendo. Lo miro. Lo saludo. Enseguida, le retiro la mirada e inserto la llave en la puerta de la casona. Cuando, de reojo, me fijo que está cruzando la pista para darme el encuentro, acelero el proceso, pero la llave se me traba. Carajo. Es tarde. Ya lo tengo encima. Daniel, me dice, la cara congestionada por la bilis. Por lo amargo de su voz, es seguro que no me va a transmitir nada bueno. Pongo cara de tonto, de inocente, de yo no fui. Daniel, ¿qué pasó el sábado? Ah, chucha, o sea que los vecinos sí que se ganaron con el escándalo que armamos con Rosario y le chismearon todo a Jaime. Hijos de puta. Me han dicho que le has pegado a tu chica en el baño. ¿Es cierto? Su voz es amenazante. Me quiere meter miedo. Mira, compare, si le vas a pegar a tu hembra hazlo en otra parte. Acá no. Si van a tomar y luego se van a pelear, mejor no vengas a dormir acá. Todos los vecinos me vinieron a dar las quejas al día siguiente. No me parece relevante aclararle que fue Rosario quien me pegó. Solo le digo que discutimos, pero que no hubo golpes. No me cree. Los vecinos dicen que sí hubo. Escucharon golpes que venían del baño. Dijeron que también sonó como si una cabeza o un brazo hubiera chocado contra el wáter. Hijos de puta. Chismosos de mierda. Que no se vuelva a repetir, me dice y se aleja. Vete a la mierda, huevón. 

Me tiro sobre el colchón y trato de olvidarme de todo. Estiro las piernas. Estoy desnudo. Solo llevo el bóxer. Obtuve el contrato, no tiré con Elena, y Jaime me puteó. ¿Así va a terminar mi día?

Me toco la pinga por debajo del bóxer. Está chiquita. Está muerta. La masajeo recordando alguna mamada de Elena, una mamada vieja, añeja, extraviada en el tiempo, de cuando tenía veinticinco años y era capaz de eyacular más de dos veces. No sé si hubiera sido capaz de tirar con Elena. Estaba algo fea. Estoy despechado. Digo que está fea porque la muy perra no mostró interés alguno por mí. Por las huevas me había tatuado. Por las huevas me había colgado unos aros en el labio.   

Pienso en coger un puñado de billetes y bajar a Peñaloza a contratar los servicios de alguna hembra culona. ¿Se habrá ido Jaime a su casa? No quiero chismosos alrededor. Quiero bajar, caminar un par de pasos, buscar a la más culona y más rica de las chicas de Peñaloza, arreglar la tarifa y cachar. Cachar para olvidar. Son poco más de la una y, sin darme cuenta, me quedo dormido.  

      

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 23

Del sábado 01 al domingo 02 de octubre del 2016

Madrugada. La chica al fin revienta
En sollozos, lujuria, pugilatos;
Entre olores de urea y de pimienta
Traza un ebrio al andar mil garabatos.

César Vallejo –Terceto Autóctono

Terminaba una cerveza y Rosario me tenía lista otra. Cada vaso costaba alrededor de quince soles. Eran de plástico y contenían menos de medio litro. Cogía mi vaso, le daba un buen trago, lo ponía a buen recaudo, y continuaba cantando al pie del escenario. Los que estábamos adelante, en la primera fila, solo queríamos disfrutar pacíficamente del concierto. Inmediatamente detrás de nosotros, estaba el resto, un grupo de gente que desconocía las letras de las canciones y que no paraba de empujarse entre sí y empujarnos a nosotros. Hijos de puta, los maldecía mentalmente tras cada empujón que recibía. ¿No pueden dejar de saltar como cojudos y dejarnos escuchar el concierto? No me dejaban beber tranquilo ni cantar como era debido. Saltaban como autómatas. Se golpeaban entre sí porque creían, o les habían hecho creer, que así era como se disfrutaba un concierto de metal. Eran incapaces de digerir las letras de las canciones y sacudir, desde muy dentro, sus conciencias. Preferían sacudir sus cuerpos, que era la forma más elemental y primitiva de expresión que conocían. La introspección les era ajena.  

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Rosario me entregaba un vaso de cerveza cada quince minutos. Luego, regresaba a la barra del bar, pedía un chilcano más y lo disfrutaba sentada en uno de los taburetes, las piernas cruzadas, un muslo encima del otro, la punta de su zapato de taco oscilando de arriba abajo y de abajo arriba.

La banda se llamaba Reinventing Hell. Estaba compuesta por un grupo de blanquiñosos miraflorinos. El cantante tenía los cabellos y la barba castaños. El pelo le caía, enrulado, por debajo de los hombros. Los más achorados concurrentes al concierto le gritaban ¡Cristo pobre, Cristo pobre! Terminada una canción, Cristo se esforzaba por esbozar un discurso introductorio para la siguiente, pero el público apabullaba sus intentos gritando ¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo! Otros gritaban ¡Liberen a Barrabás!

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=FinpCHW_Mj4

El concierto duró algo más de una hora. Cristo había deleitado a la concurrencia con lo mejor de Pantera. Abriéndome paso entre la multitud apelotonada, con bastante esfuerzo, llegué a la barra. Se había formado una masa compacta que tardó en deshacerse, a pesar de que Cristo, hacía algunos minutos ya, había anunciado el fin de su intervención. Al abrirme paso, reparé, como ya lo había hecho en otras ocasiones, en la composición social de esa masa de gente. Aquellos ubicados cerca del escenario, es decir, los de la primera fila y los bárbaros que saltaban, se empujaban y empujaban a los demás, éramos cholos. Cholos y cholas vestidos de negro, completamente alienados. Éramos los que creíamos que exhibiendo una conducta anárquica, asimilando como nuestro un ritmo más bien foráneo, nos blanquearíamos un poco. Fuera de esa masa, estaban los blancos de verdad, ubicados alrededor de la barra del bar. Eran los amigos y las amigas de Cristo y su banda. No necesitaban apiñarse cerca del escenario ni cantar como desaforados para sentirse menos cholos porque, en principio, no lo eran. Aquellos que no eran cholos podían vivir en Lima con la conciencia tranquila. Estaban varios escalones más cerca del éxito. Los cholos perseguían la blancura cutánea, querían ser tan blancos como el vocalista de Reinventing Hell, por ejemplo. Siempre que se sacaban fotos –porque los cholos y las cholas eran las personas más pretenciosas y racistas del mundo- procuraban colocar sus rostros bajo potentes chorros de luz blanca o programar sus cámaras con algún tipo de filtro que blanqueara los resultados. Los gringuitos no necesitaban parecerse a alguien para parcharse el ego.

Tomé una cerveza al lado de Rosario. Mis tatuajes y mis aros en el labio no habían pasado desapercibidos entre el gentío. Había recibido varias miradas; algunas curiosas, otras coquetas. Se lo conté a Rosario. Eso es lo que te gusta, pues: llamar la atención, me dijo. Estarás contento, seguramente, añadió, sin disimular que le jodía que le contara que había disfrutado de las miradas de otras chicas. Ciertamente, estaba satisfecho. La depresión por la pérdida del celular y por los bochornosos actos que había perpetrado la noche anterior había desaparecido. Había liberado la mala vibra cantando. Rosario bebía un chilcano. ¿Cuántos vas?, le pregunté. Levantó cuatro dedos de su mano izquierda. ¿Tanto?, pensé. Rosario había pagado las cervezas y los chilcanos; yo solo las entradas al concierto. Comparando, ella había desembolsado muchísimo más dinero que yo. Me asaltó cierto cargo de conciencia. Ya no me compres más cerveza, le dije. No te preocupes, me dijo al oído. Quiero celebrar mi nuevo trabajo. Apuró un par de tragos más de su copa y me sugirió ir a otro lugar. Chévere, le dije. Pero ¿adónde? Vi sus ojos. Fulguraban de felicidad y andaban encendidos por los chilcanos que se había echado encima. No sé, me dijo, entusiasmada. Busquemos algún lugar. Es sábado y estamos en el Centro. Por un momento, me pareció que se habían invertido los papeles, pues el borracho y el pilas, en esa relación, solía ser yo.

Salimos del Yield Bar. Al frente, estaba la Plaza San Martín. Me pregunté si estarían ahí los huevonazos a los que había insultado la noche anterior. Podrían reconocerme, ajustar cuentas conmigo. Yo no los recordaba. Tampoco tenía el alcohol necesario en el cuerpo como para envalentonarme ante algún ataque. Rodeamos la Plaza. Nos detuvimos en frente del hotel Bolívar, legendario edificio construido en la década de 1920. Rosario desconocía que, en cierta ocasión, me había hospedado en ese lugar. Había desembolsado cien dólares por una sola noche. Había ido con mi esposa; en aquel tiempo, mi enamorada. Vivía prendado de ella. Hasta ese momento, había perdido la cabeza únicamente por tres mujeres. Mi esposa fue la última de ellas. Después, maduré. Aunque aquello de la madurez era siempre relativo.

                                     Fuente: Google Maps

Habíamos ido a un concierto de metal en el Salón Imperial, en la última cuadra del jirón Cailloma. Terminado el concierto, deambulamos por los alrededores. Era la primera vez que caminaba de noche, de madrugada, por el centro de la ciudad. Lima no era peligrosa a esas horas. Había que caminar con naturalidad y gallardía; perderle el miedo al miedo; desoír u olvidar lo que tus padres te habían dicho: el Centro de Lima era un nido de delincuentes. Mentira. De noche, de madrugada, Lima era aún más hermosa, más tranquila. Mi esposa, en ese momento mi enamorada, fue quien me enseñó ese lado de Lima, fue quién me mostró una realidad que había sido desfigurada por almas timoratas. Estaba demasiado enamorado. En el bolsillo, llevaba veinte soles en dos billetes de diez y algo de ciento veinte dólares en la tarjeta de débito. No tenía más dinero en el mundo. No contaba con ninguna fuente de ingresos. Hacía poco había renunciado al trabajo que me obligaba a afilar brocas en el Cusco. Después de varias vueltas, llegamos al Bolívar. Ese hotel siempre me ha parecido bonito, como que cargado de historia, me dijo. Vamos, le dije. Estaba loco. ¿Qué? No me creyó. Yo tampoco creía lo que estaba diciéndole. Sí, vamos, en serio, dije, sobreponiéndome a las dudas. Jamás había visto que unos ojos sonrieran. Los de ella lo hicieron. La besé. Sí, vamos, insistí. Yo también quiero conocer. Entramos. En la recepción, me informaron que la habitación más económica costaba cien dólares. Mierda, pensé. Pero ya no podía recular. No iba a extinguir la sonrisa de esos ojos. Pagué con la tarjeta de débito. Hicimos el amor en una habitación de techo alto y muebles antiguos, pero impecables. En el baño, había una tina de los tiempos de César Vallejo. Todo estaba limpio. Jamás volví a hacer algo tan tonto como gastar el único dinero que me sostenía.

                                     Fuente: Google Maps

En realidad, nos detuvimos enfrente del bar del hotel Bolívar, famoso por su pisco sour. Hay que tomarnos un chilcano, dijo Rosario. ¿Otro?, le dije. Te has tomado varios en el concierto, le recordé. Ya, pues, vamos. Yo invito, contrarrestó, alegre. Esa noche le caía bien, combinaba con su cabello negro. Entramos. Pidió dos chilcanos. Conversamos. Había un chico en el concierto que me estuvo coqueteando. Disfrutaba cuando Rosario me contaba que un chico trataba de conquistarla. Era un chico blancón. O sea, muy diferente del resto cholitos con los que te estabas mezclando ahí. Me preguntó si estaba sola. Le dije que había venido con un amigo. Y dónde está tu amigo, me preguntó. Ahí, en primera fila, le contesté. La animé a continuar su relato. Ella creía que escuchándola me pondría celoso. Estaba equivocada. Cuando Rosario me contaba sobre sus flirteos o sobre sus relaciones pasadas, se me estimulaba la libido, se me paraba la pichula y me asaltaban unas ganas irreprimibles de tirar ahí mismo.

                                         Fuente: https://www.tripadvisor.co.nz/LocationPhotoDirectLink-g294316-d2261654-i159494106-El_Bolivarcito-Lima_Lima_Region.html

-Me invitó un chilcano, pero no se lo acepté. Le dije que yo misma podía pagarme mis cosas. Me gustan las mujeres independientes y lindas, me dijo. Me gustaba su cabello. Era medio castaño y enrulado. Lo tenía larguito. Conversamos mucho.

-¿Cómo así no te vi con él?

-No lo viste porque yo te llevaba las cervezas y él aprovechaba para ir al baño. En realidad, parecía que no le hubiera importado nada que le dijese que venía acompañada.

No me gustaban los chilcanos. Los encontraba secos, ásperos, con un dulzor que apenas se dejaba sentir. Demoré en tomarlo. A Rosario le encantaba ese brebaje, mucho más que el pisco sour.

-Le hubieras sacado el número, pues, Rose, o algo, qué tal si ese chico resultaba siendo el chico de tu vida, el pata con quien podías llegar a casarte en el futuro.

Rosario hizo una mueca apenas perceptible, pero contundente. Le jodía que la entregara así, fácilmente, a los brazos de otro. Ella quería que me encabronara, que la celara, que le preguntara quién carajos era ese huevón que la había estado gileando, quién, quién, para sacarle la mierda. Con un sorbo más de su chilcano, se tragó la escaramuza y saltó hacia otro tema.

-Me faltó contarte un detalle importante del robo de tu celular.

Realmente quise saber en qué había terminado la historia del pituquito que intentó afanarla, pero el tema que acababa de poner sobre la mesa me atrajo más. Antes de que continuara, le pregunté si aquello que le faltó contarme tenía que ver con alguna otra estupidez que había hecho durante mi borrachera, en cuyo caso, le dije, prefería no saberlo.

-No, no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con encontrar a la persona que te robó el celular. Es más, hay la posibilidad de que puedas recuperarlo.

Capturó mi atención. Recuperar el celular significaba recobrar todos los videos en los que me había grabado teniendo sexo, principalmente, con Rosario.   

-Luego del robo, caminamos hasta tu cuarto. Un chico estaba sentado al pie de la puerta de una de las casas vecinas. Me dijo que sabía quién me había robado. Había visto todo. Tú estabas a mi lado como dormido. Las baterías se te habían acabado. Ni siquiera estabas consciente de que te habían robado. Era como si al doblar la esquina te hubieses olvidado de todo y te hubieras convertido en un ser cansado.

-Pero, qué te dijo el pata.

-Me dijo que quien te había robado era una chica conocida como “la carnada de la Sara”.

-¿La carnada de la Sara? ¿Qué es eso?

-Supuestamente es una chica que trabaja para una tal Sara.

-Y cómo se supone que ubiquemos a la chica esa o la tal Sara. Tú que tienes buena memoria, ¿te acuerdas de la cara de la chica? Si la tuvieras enfrente, ¿la reconocerías?

-Claro, claro que la reconocería. Yo nunca me olvido de un rostro, así lo haya visto una vez.

Rosario tenía la memoria de Funes. Era capaz de recordar cualquier tipo de detalle, por muy banal que pareciese. El chico le dijo que me había visto varias veces. Le preguntó si yo era inquilino de Jaime. Ella le dijo que sí. El chico le inspiraba confianza. El colorao sabe quién es la carnada y quién es Sara, le dijo el muchacho, quien, según Rosario, podía tener veintitrés años. El colorao era Jaime. En el Perú, a los blancones les decían colorados.

-Me dijo que Jaime conocía a todas las chicas que estuvieron esa noche. Sara era como que la mami.

-¿El pata te dijo si esa tal Sara estaba ahí esa noche?

-No, no estaba. Las chibolas que participaron eran casi todas las chicas de Sara. Pero la que te robó como que es la más allegada a ella. El chico, muy amable, me dijo que le comentaría a Jaime para que trate de recuperar tu celular. También me dijo que todos en el barrio sabían que nadie se podía meter con los inquilinos de Jaime. En el barrio nadie se robaba. A la Sara no le va a quedar otra que devolver el celular, me dijo.

No me había cruzado con Jaime desde el incidente. Estaba seguro de que se acercaría a hablarme apenas tuviera la primera oportunidad. Volví a sentir pánico por saber que mis vídeos sexuales estaban en manos demasiado inescrupulosas. Estaba seguro de que, en el mejor de los casos, subirían todos los videos a las páginas porno más populares del Perú, páginas que yo visitaba con asiduidad. En el peor de los casos, el poseedor de mi celular hallaría la manera de chantajearme.

-Ya está mejor tu labio, ¿no?

Me toqué el labio. , le dije, dejando de lado el asunto de los vídeos. Pero voy a tener que sacarme los aros el lunes.

-¿Por qué?

Le conté sobre el proyecto que David Del Arco nos iba a confiar a mi hermano y a mí. Debía ir a la oficina de David el lunes por la mañana. Era evidente que debía acudir a la cita vistiendo una camisa de manga larga (para cubrirme los tatuajes) y evitando lucir cualquier tipo de huevadas colgando de mis labios. Debía esconder mi verdadera personalidad con tal de asegurar la posibilidad de recibir una jugosa cantidad de dinero.

-Pero está bien, pues, Daniel. Tú siempre quejándote. Es una buena oportunidad para tu empresa. Es un contrato grande, ¿no? Qué importa que te saques los piercings un rato. Vas a la oficina de David y te quitas los aros antes. Cuando termine la entrevista, te los vuelves a poner.

Le puse peros a su idea. Yo siempre le ponía peros a todo. Era un pesimista. Nada funcionaba bien para mí. ¿Quitarme los aros? Y cómo me los vuelvo a poner.  Va a ser recontra jodido volver a ponérmelos, le dije. Ay, Daniel, bien problemático eres. Intenta y ya. Si los huequitos se cierran, pues otro día te los vuelves a hacer. Según Paul, los aros debían permanecer en el labio un mínimo de dos semanas para que los agujeros no se cerrasen. O sea, ¿si me los quitaba por solo dos horas –que era lo que creía duraría la reunión con David- se cerrarían los agujeros? Me parecía poco probable.

-No todo es malo, Daniel. Te robaron el celular, pero, mira, ahora David te va a ofrecer ese contrato. En serio, te felicito.

Chocamos nuestras copas y secamos los chilcanos. Salimos del bar y buscamos alguna discoteca. Se me ocurrió que podríamos ir a La Jarrita. No iba a ser la primera vez que llevaba a Rosario a una discoteca gay. Hacía un tiempo, tuve el descaro de invitarla a la no menos conocida 1031, ubicada a algunas pocas cuadras de La Jarrita. Rosario aceptó la invitación sin vacilación. Ahora, tuve que pensarlo dos veces antes de formularle la propuesta. Rosario era asidua lectora de El Solitario. Los primeros capítulos daban cuenta de mis debilidades por los cabros del lugar donde vivía y narraban mis incursiones, precisamente, a La Jarrita. Invitarla a ese lugar podría inducirla a pensar que todo aquello que había escrito en la novela era cierto. Y lo era. Pero, en innumerables ocasiones, me había encargado de desmentirle aquello que sus ojos leían y que mis dedos tecleaban con certera precisión.

Cruzamos Colmena. En los escalones de ingreso al clausurado Teatro Colón, unos muchachos, vestidos todos de negro, fumaban sin pensar demasiado en el futuro. Caminamos por el amplio y oscuro corredor que era la primera cuadra del jirón Quilca. En el cruce con el jirón Camaná, a mano derecha, ubicamos, en toda la esquina, lo que parecía ser una especie de bar. Un tipo alto, moreno, de camisa a rayas, parado a la puerta, invitaba a los transeúntes a pasar. Estamos inaugurando, estamos inaugurando, repetía.   

Pasen, pasen, nos dijo el moreno de la puerta. La cerveza a solo cinco solcitos, ah. Hay buena música, buen ambiente, pasen, pasen. Entramos. Tuvimos que agachar nuestras cabezas para no golpearlas en el travesaño de la puerta. Yo invito las dos primeras, le dije a Rosario. Nos acomodamos en una de las tres mesas disponibles. Adentro todo estaba iluminado. El lugar parecía más un bar que una discoteca. Sonaba una seguidilla de rock de los ochentas.

-Daniel, antes de que pidas las cervezas, espérame un ratito aquí en la mesa para que cuides mis cosas.

-¿Por qué?

-Es que quiero ir al baño.

Era uno de los problemas de Rosario: apenas bebía algo de alcohol, se le aflojaba la vejiga. Sus constantes meadas lograban ponerme de mal humor. Fue al baño. Me quedé sentado en una de las tres sillas de la mesa, cuidando de su bolso. Pesaba. Siempre pesaba. Lo puse en una de las sillas. ¿Qué mierda llevaba dentro que pesaba tanto? En la mesa de enfrente, un tipo blancón, de casaca de cuero, compartía unas cervezas con un par de mujeres gordas, de senos como papayas. Fumaban. Cada tanto, soltaban unas potentes carcajadas. El tipo me deslizaba incómodas miradas. Este huevón es cabro, pensé. Rosario salió del baño y ocupó la última silla vacía de la mesa, dándoles la espalda al grupo del tipo de casaca de cuero. Fui a por las chelas.  

Media hora después, Rosario había ido cinco veces al baño y yo una. Habíamos terminado las dos cervezas. Rosario se ofreció a pagar las próximas dos. Yo ya estaba entonado. Cogí una de las botellas vacías y puse el pico a la altura de mi boca. Sonaba Cuando Pase El Temblor, de Soda Stereo. Parado a un lado de mi silla, empecé a cantar. Las mesas estaban desocupadas. Todo el mundo bailaba. Un claro en medio de las mesas servía como pista de baile. Continué cantando. No me interesaba bailar; solo cantar, expresarme. La ubicación de mi mesa, al frente de la improvisada pista de baile, simulaba la posición del escenario en un concierto. Estaba exactamente delante de aquel grupo de alcoholizados bailarines.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=F0iWc9LbHH0

Rosario no se sorprendió al verme cantando. Tampoco de que mi micrófono fuera una botella. Sabía perfectamente que ni bien me picaba por el trago se despertaba el cantante que había en mí. Mi voz era pésima, pero eso no me impedía gozar de la magia del cantar. Disfrutaba desplazarme por el escenario, concentrar las miradas de los circunstantes, interpretar con genuino sentimiento las letras de las canciones. Cerraba los ojos y le ponía un peso emocional a cada palabra.

Quiero bailar, me dijo Rosario. Ok, le respondí, párate a mi lado y muévete, pero yo voy a seguir cantando. Cuando me emborrachaba, necesitaba ser el centro de la atención. No podía reprimir esa urgencia. El alcohol me exacerbaba el ego.

Luego de Soda Stereo, siguió The Outfield. Your Love. Me la sabía de memoria. Comencé a cantar en inglés. Aparté el pico de la botella para que se me viera la boca. No se equivoquen conmigo, pendejos, que yo sí que me sé la letra. El tipo de casaca, bailando, se me acercó. Cantas y actúas bien, me dijo. ¿Cantas en alguna banda? Negué con la cabeza y seguí cantando. Qué le pasa a este huevón, pensé. El tipo no retornó a su asiento. Permaneció cerca de mí, mirándome como cojudo. Los bailarines en la pista brindaban conmigo a lo lejos, felicitando mi desenvolvimiento. Una de las amigas del tipo de casaca se acercó a Rosario y le dijo algo al oído. Rosario le contestó de la misma forma, al oído. Luego, se acercó a mí. ¿Puedo bailar con ella?, me preguntó. Sí, no hay problema, le dije. La segunda amiga del tipo se ubicó detrás de mí y atenazó mi cintura con sus brazos.   

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=4N1iwQxiHrs

Ya no podía estar ahí: la gente empezaba a rodearme. Me estaban jodiendo la experiencia del canto. Tendría a la gorda sobándome las nalgas y al cabro de su amigo tratando de arrancarme alguna conversación. Rosario bailaba cómodamente con su nueva amiga. De rato en rato, me miraba, divertida. Era la primera vez que bailaba con una machona. Ésta le metía letra, trataba de enamorarla. Rosario recibía los cumplidos con humildad. Tu enamorado tiene suerte, le dijo. No es mi enamorada, me entrometí. Me pareció oportuna la aclaración. Está libre, añadí. Rosario me traspasó con la mirada. No le gustó nadita que la ofreciera así, como si ella no me importara nada. Your Love terminó. Le siguió una canción de El Tri. Dejé la botella sobre la mesa y me senté. Nunca me gustó El Tri. La machona le estampó un beso en la mejilla a Rosario y regresó a su sitio. Eres hermosa, alcanzó a decirle. Cinco minutos después, la machona acercó raudamente su silla a la de Rosario y, tomándonos por sorpresa, nos dijo que sería chévere que fuéramos todos, en mancha, a La Jarrita. ¿La conocen? Está aquí, no más, dijo, en la siguiente cuadra de Camaná. Tendió su pulgar hacia donde se hallaba, según ella, La Jarrita. Enroscó su voluminoso brazo izquierdo alrededor del cuello de Rosario. El gordo cabro y su amiga mañosa también se unieron a la invasión de nuestra mesa. Insistieron con ir a La Jarrita. Como andaba picado por el alcohol, pude mostrarme firme, pararme, y decirles, con voz imperturbable, que Rosario y yo teníamos que irnos. Rosario, disimulando su incomodidad, secundó mi idea. No se vayan, no se vayan, mejor vamos a La Jarrita a seguirla, insistieron. No, les dije, el rostro serio; tenemos que irnos. Mejor lo dejamos para otro día.

Faltaban algunos metros para llegar a Wilson, cuando Rosario, que había estado callada desde que abandonamos el bar, me lanzó una serie de reproches. Ahora me acuerdo de La Jarrita. Tú la mencionas en tu novela. ¿Has estado ahí, Daniel? ¿Has ido a coquetear con cabros? Sus preguntas estaban cargadas de una furia exacerbada por todos los chilcanos que había bebido. Sus cuestionamientos se hicieron más punzantes, incriminadores y destemplados. Se convirtieron en chillidos. Negué haber ido a La Jarrita con la finalidad de levantarme cabros. Sí, Rosario, sí, he ido, pero solo para investigar el ambiente, para poder escribir con credibilidad la novela. Recuerda que casi todo lo que cuento en la novela es mentira. Y el propósito de la buena literatura es que esas mentiras sean tomadas por los lectores como verdades absolutas. Rosario caminaba aprisa. Negaba con la cabeza. No se creía mis mentiras. Tú no haces Literatura, Daniel. No te pases. Ya te dije que tu novela es un fiasco. No tiene nada de interesante. Y no te creo que fueras a La Jarrita solo para investigar. Tú has estado con cabros. No lo niegues, por favor. Sus ojos desataron un copioso llanto. Caminó más aprisa. Me obligó a correr detrás de ella. Le pedí que se calmara, que no pensara huevadas.

Voy a dormir. No quiero que me molestes, dijo. Estábamos en el cuarto. Rosario se quitó la ropa con esfuerzo. El trago le había restado fuerzas. Dejé las llaves, la billetera y el celular sobre la mesita blanca. No te voy a molestar, le dije. Tranquila, por favor. Voy al baño. Ya vuelvo. Fui al baño. Oriné. Oriné bastante. Fue un chorro largo y ruidoso. Se me vino a la mente la reunión del lunes en la mañana. Recordé que debía quitarme los aros del labio. Si me los quitaba durante dos horas, ¿se cerrarían los agujeros del labio? Ni cagando. No era posible. El chorro no paraba. Era relajante orinar con tal potencia y con tal duración, como si no hubiera orinado en días. De pronto, alarmado, recordé que no tenía el celular conmigo, que lo había dejado sobre la mesita blanca. Carajo, maldije. El celular había quedado a merced de la impenitente curiosidad de Rosario. El chorro de orina disminuyó, se me quiso cortar. También recordé, y como para disipar la preocupación, que el celular era nuevo. No tenía conversaciones que ocultar. Esforcé mi estragada memoria: ¿había dejado el celular protegido? , recordé. Le había puesto la contraseña. Si alguien quería husmear en él, tenía que ingresar la clave para desbloquear la pantalla. El chorro terminó de cortarse. Me sacudí el pene antes de guardarlo. No había peligro. Me remojé las manos y la cara en el lavabo. 

Abrí completamente la puerta del cuarto. La había dejado junta. Encontré a Rosario con mi celular en la mano. Miraba la pantalla con repulsión. Chucha, pensé. Qué mierda está viendo si dejé la huevada bloqueada. Ella alzó la vista. Me clavó su indignación, su rabia. No entendía qué mierda podía estar pasando para que se pusiera así. Intenté acercarme, pero me detuve cuando me mostró la pantalla del celular. Era una llamada. Las únicas huevadas que escapaban a los rigores de las contraseñas eran las llamadas. Por la putamadre. El nombre de Karina estaba escrito en la pantalla. Me estaba llamando esa pendeja. Rosario estaba hecha un basilisco. Sostenía el celular en alto. ¿Podía ser capaz de lanzármelo? Su rostro reflejaba un dolor que le jodía la existencia. ¿Por qué no contestaba y descargaba esa furia con Karina? La verdad, no me hubiera importado que lo hiciera. Por el contrario, lo hubiera disfrutado. Karina no me llamaba la atención. Varias cosas me disgustaban de ella; principalmente, su ignorancia. Pertenecía a ese grupo de personas que publicaba en el Facebook todo lo que comía y todos los tragos que se zampaba en lugares ostentosos o de moda. Seguía y rebotaba las intranscendentes novedades relacionadas con los personajes de barro que pululaban en la televisión. Tenía cerca de treinta y seis años y se comportaba como una niña de quince. Tanto como le era necesario presumir sus costosas pertenencias y sus onerosas salidas en cuanta foto para el Facebook se sacaba, le era imprescindible contar con una pinga. Conocía a un chico y pronto tiraba con él. Casi al instante, ya estaba saturando el Facebook con sus cenas románticas, sus paseos al campo, sus visitas a las discotecas o semidesnudos en la cama de un hotel. Karina podía llegar a ser desagradable tomándole miles de fotos a su rostro. ¿Quién la había dicho que era bonita? Apenas terminaba de tirar con Karina, me provocaba desaparecer o que la desapareciesen. Mi cerebro retomaba la cordura y la sensatez. Con el semen eyaculado se esfumaban las antojadizas ganas de tirarme a esa mujer. Sus tetotas, antes apetecibles, retomaban su forma original: unos senos fofos y colgantes. Contesta, la reté. Contesta; no me interesa en lo más mínimo. Rosario continuó llorando, sosteniendo el celular para que viera que Karina seguía insistiendo con su llamada. ¿Qué mierda podría querer Karina conmigo? Ya me la había cachado. No me apetecía involucrarme con ella nuevamente.  

Te odio, te odio, eres un maldito conmigo, Daniel, gritó Rosario. Tras una pausa, me aventó el celular. Cuando a uno le lanzaban su propio celular, un aparato más o menos costoso, considerando el ingreso per cápita de la mayoría de los peruanos, la escena parecía desarrollarse muy lentamente: el celular avanzando hacia uno y uno tomando conciencia de que aquel objeto volador, que no hacía ninguna pirueta en el aire y, más bien, se acercaba directa y contundentemente hacia tu cabeza, era una huevada que te había costado un culo de dinero y que te mantenía al tanto de las noticias, te complacía con la pornografía y te conectaba con tus familiares. Era, en resumen, un objeto tanto o más importante que una mano o una pierna. Luego de reflexionar sobre todo aquello, en un tiempo que pareció media hora pero que fue, en los hechos, menos de un segundo, volví a la realidad y, con una agilidad que me desconocía, atrapé el celular. Lo tuve en las manos. Lo reconocí. Reflexioné sobre lo que acababa de pasar: Rosario me había aventado el celular. Eso no era propio de ella. Jamás había reaccionado así conmigo. Claro, tampoco había tenido la oportunidad de constatar que la pendeja de Karina me llamaba al celular. Iba a guardar el celular en el bolsillo de mi pantalón cuando Rosario se me abalanzó. Con el celular aún en la mano, cogí sus dos muñecas. Contéstale a esa perra, contéstale, gritaba. Quiero que ella sepa que estás conmigo. Comprobé que el alcohol triplicaba las fuerzas de una persona realmente enfadada. Mi espalda chocó contra la pared. Rosario continuó ordenándome, gritando a voz en cuello, que le informara a Karina que ella era mi mujer y que dejara de llamarme. Estás loca, cómo le voy a decir eso, me defendía yo. Yo no soy de esas personas que bloquean a sus amigas solo porque una celosa de mierda se lo pide. Forcejeando, caímos al colchón. Ella quedó encima de mí. Entre mi mano derecha y su muñeca izquierda, atrapado, estaba mi celular. Llámala, carajo, ordenaba Rosario. Lloraba. Definitivamente, todo el alcohol que se había bebido le había destrabado el pesado portón que había contenido, por un buen tiempo, las iras y las frustraciones que le habían provocado mi comportamiento. Reuní fuerzas y me sobrepuse. En un segundo, estaba yo encima. La dominé con una sola mano y con la otra puse a buen recaudo el celular. Era más importante el celular que cualquier otra cosa. Cálmate ya, le increpé. Estás gritando. Vas a despertar a los vecinos. Ahogó sus gritos, pero dejó correr, todavía, más lágrimas. Le dije que me quitaría de encima si prometía que dejaría de joder. Hizo un gesto que interpreté como una afirmación. Quedó tendida en la cama. Sus tetas estaban al aire y su vagina cubierta por su hilo negro. Sus manos cubrían un rostro que lloraba quedamente. Me senté en un extremo del colchón. Ese inmenso colchón azul daba la sensación de lo infinito. Veía a Rosario como tendida a lo lejos. Ya se le pasará, pensé. Me quité el pantalón. Rosario se paró. Dio dos pasos sobre el colchón y descendió al piso de losetas. Me tendí en la cama. Acomodé la cabeza sobre mis brazos cruzados. Me arrechaba la forma en que colgaban las tetas de Rosario. El hilo de su calzón se perdía entre sus nalgas, besándole el ano. Después de todo, terminaría tirando con ella. Luego de cada tempestad, asomaba la paz. Dijeran lo que dijeran, la vida era una sucesión de blancos y negros. No había lugares para los grises.

No esperé, mientras imaginaba la inminente sesión de sexo con Rosario, que ella cogiese mi celular y huyera velozmente de la habitación. No lo dudé y, desnudo como estaba, corrí detrás de ella. Nuestros pasos retumbaron en todo ese segundo piso. Estaba seguro de que los vecinos aguardaban detrás de sus puertas, las orejas atentas a cada uno de nuestros movimientos, aguardando el consabido escándalo. Con un pie certeramente colocado, evité que Rosario se encerrase en el baño. Dame el celular, dame el celular, le dije. No, no, yo voy a llamar a la perra de Karina para decirle que no te vuelva a llamar nunca más. Sabía que no podría hacer eso porque si deseaba llamar a cualquiera de mis contactos, tendría que ingresar la clave. ¿Crees que no sé tu clave? Su pregunta, que había sonado casi casi como una afirmación, me heló la sangre y me impulsó a empujar la puerta y vencer la resistencia que me oponía. Forcejeamos en el baño. Caímos al suelo, cerca del wáter. Tenía cogido fuertemente el celular. Voy a llamar a tu zorra, gritaba. Cállate, cállate, le susurraba con vehemencia. Me van a botar de este cuarto por tus escándalos. La tomé del cuello. Quise ahorcarla. Estaba provocando un escándalo que terminaría conmigo en la calle, sin cuarto y sin historias que contar, sin novela, sin nada. Quise presionarle el cuello, pero me contuve. Presioné, en cambio, su muñeca. Lo hice con mucha fuerza. Logré recuperar el celular. ¿Por qué juegas conmigo, Daniel?, lloró, vencida. Se acurrucó en el piso del baño, la espalda desnuda tocando la base del wáter.

No tengo a dónde más ir, le dije, ya en un tono conciliador. No quiero que me echen de este lugar. Le tendí una mano. Vamos, le dije. Vamos a dormir. Ya es tarde.     

A pesar del escándalo que habíamos generado, no nos topamos con el rostro de algún vecino curioso en el breve trayecto del baño al cuarto. Cerré la puerta y apagué la luz. También apagué el puto celular. Gracias a ese aparato, nuestras mentiras, la de los infieles del mundo, se venían abajo en el momento menos pensado. Luego, sobrevenían las desavenencias, los golpes y los asesinatos. Rosario se había cubierto con la colcha. Me eché a su lado. La abracé por detrás. Hacía unos minutos, el cuarto había sido un huracán de iras y forcejeos. Ahora, imperaba un silencio monacal. Me acerqué a Rosario. La abracé fuerte. Quise transmitirle seguridad. No podía ver su rostro. No podía precisar si seguía llorando. Tampoco quise recordarle que, dentro de pocas horas, tendríamos que abandonar el cuarto. Es decir, no habría tiempo para compartir un desayuno ni para sostener una conversación relajada y de reconciliación. Yo debía estar temprano en la casa de mi mamá. Había transcurrido un fin de semana que debí haber aprovechado al lado de mi hija. En lugar de eso, lo había desperdiciado emborrachándome y forcejeando con una mujer. Mi mamá, cuya generosidad había abusado al pedirle que recogiera a la bebe de la casa de mi esposa, debía estar preocupada y muy molesta porque el padre de su nieta se había esfumado, cual perro callejero, todo el fin de semana.            


Antes de quedarme dormido, reflexioné sobre todo el daño que le había causado a Rosario. No quise imaginar en qué forma la vida me haría pagar todas esas fechorías.