Latidos del asfalto

domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


 
“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos”

Charles Baudelaire – Poemas prohibidos

 

Salí tarde del cuarto. Corrí hacia la plaza San Martín. Mentira, no corrí; solo aceleré el paso. Igual, el trajín no me permitió siquiera echarle un vistazo a la novela que llevé para amenizar el trayecto. 


Transpiré un poco. Fue inevitable. Desde la esquina del Teatro Colón, miré si Rosario me esperaba, como habíamos quedado, en la esquina del BCP. No estaba. Revisé el celular. Me había escrito al Whatsapp. Me dijo que me estaba esperando en el Yield Bar. El Yield Bar era un lugar donde se podía beber chela escuchando un buen rock and roll. Estaba ubicado a pocos metros de la cuadra ocho del Jirón de la Unión, guarecido bajo los añejos portales de la Plaza San Martín. Unos meses atrás, en ese lugar, un borracho quiso sobrepasarse con Rosario. Yo andaba algo mareado. En ese estado, solo en ese estado, me sentía capaz de pelear con cualquier huevón. Rosario evitó que me acercara a la mesa del borracho. Estaba decidido a sacarle la mierda; aunque los más probable era que el borracho me la sacara a mí.  


La encontré sentada a una de las mesas, la más próxima a la puerta de ingreso. Antes de entrar en el local, fijé la mirada en el afiche pegado en la pared del frontis. Un grupo tributero le haría un homenaje a Pantera el sábado primero de octubre. Genial. Rosario, Rosario. Gracias a ella, directa o indirectamente, se me presentaban cosas interesantes.  


Nos saludamos. Tenía un trago medio rojizo, de aspecto refinado, delante de ella. Le pregunté qué tomaba. Me respondió algo que no recuerdo. Me invitó a probarlo. Si quieres te pido uno, me ofreció. A mí me gusta, añadió. A mí no me gustó. Si quieres invitarme algo, invítame una cerveza, le pedí, conchudazo. Si yo hubiera sido un tipo normal, de esos que creían en el amor y en que siempre era preferible tener una novia a no tener nada, entonces Rosario hubiera resultado mi pareja ideal: gastaba su dinero en mis engreimientos. Jamás dudaba en desprenderse de varios de sus billetes cuando le pedía una cerveza o un libro. Levantó una mano y llamó al joven de polo negro que se suponía era el mozo. Una cerveza, por favor, pidió. ¿Pilsen o Cristal?, inquirió el mozo, visiblemente desganado. Rosario me miró. Pilsen, dije. Heladita. 

 

Entusiasmado, le pedí a Rosario que me acompañase el sábado al concierto tributo a Pantera. Yo quiero ir al otro, dijo, como un pequeño que le ruega a su madre salir a jugar con los amigos a la calle. ¿Cuál otro?, quise saber. Ese, pues, ¿no lo has visto? No, ¿cuál? Se paró. Entendí que quería que la siguiera. Caminamos un par de pasos hasta que quedamos situados enfrente del afiche de Pantera. ¿No has visto eso?, dijo, señalando con el índice un cartel de mucho menor tamaño que el de Pantera. Anunciaba un tributo a Calamaro el viernes treinta. A Rosario le encantaba la música de Andrés Calamaro. Alguna vez hicimos el amor con una de sus canciones como decorado de fondo, acompañándonos. Me parecía que era Cuando te conocí. Supuestamente, yo era el chico casado que le prometió dejar a su esposa.

                                     Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=RuZ2wMO7TcY&spfreload=5


Vamos, dime que sí, me animó. No, qué aburrido. Si quieres anda sola. A veces, era demasiado cruel con Rosario. Pero no era crueldad; era sinceridad. Con Rosario era yo mismo. No edulcoraba mis respuestas ni mis sentimientos. Con ella me comportaba tal cual era. Y, generalmente, lo que era, lo que llevaba dentro de mí era el alma de un ser bajo, turbio, para nada confiable.

 

Rosario estaba linda. Estaba de ánimos. Ella era así. Un día podía estar con cara de culo, triste o resentida, y, al día siguiente, motivada, pletórica de proyectos y fantasías. Esa noche estaba motivada. Cuando terminé la cerveza, Rosario iba por su segundo trago. Me animó a pedir otra, pero rechacé su ofrecimiento. Tenía que trabajar al día siguiente y, además, ya había bebido bastante con Karina hacía apenas unas horas. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a soportar los estragos del alcohol de manera tan consecutiva.

 

En el camino a mi cuarto, algunos de los consuetudinarios borrachos de la avenida Colmena miraron embobados el cuerpo de Rosario: llevaba unos tacos altos y negros, un jean azul ajustado que le resaltaba el trasero y una blusa de escote bastante pronunciado. Algunos no dudaron en sublimar sus elogios con un sonoro silbido y un qué rica estás, mi amor. Cuando cruzamos Tacna, las bocinas de algunos de los vehículos detenidos detrás de las líneas de cebra saludaron la belleza de Rosario. El hecho de que otros hombres admiraran –y desearan- a la mujer que me acompañaba, me complacía. Nunca me disgustó que otras personas piropearan a las desdichadas mujeres que tuvieron la desgracia de ser, en algún momento de sus vidas, mis enamoradas.

 

Prendí mi vieja laptop y le inserté el disco de una película peruana que había sido producida y protagonizada por un popular cómico peruano que interpretaba a una suegra mañosa, abusiva y prepotente, y de quien su yerno presumía había asesinado solapada y lentamente a su esposo con diarias dosis de veneno. La nueva misión de la arpía era liquidar a su yerno para separarla de su hija.

 

Al cabo de media hora, mis ojos empezaron a cerrarse. O la película me pareció predecible –como el argumento de El Solitario de Zepita- o era que estaba muy cansado. El asunto fue que le sugerí a Rosario que durmamos. Primero, debía apagar la laptop y suspender la película. Pero déjala, protestó. Está aburridísima, le dije. Además, me ha entrado un sueño bravo. Tuvo que aceptar la cancelación cinematográfica.

 

¿Estás desnuda?, le pregunté un rato después. Por supuesto, me dijo. Yo duermo así. Se me quitó el sueño. Yo también estaba desnudo. Ahora quería hacerle el amor. No iba a ser tan fácil. Ella todavía seguía resentida conmigo. El capítulo de la novela en el que pulverizaba su imagen todavía le dolía, todavía le escocía el ego.

 

Rose, dije, casi como un susurro. ¿Rose?. El tono de mi voz era como el de un niño que llamaba a su madre, ¿mami?, para pedirle algo que sabe que ella le ha prohibido. Rose, ¿puedes tocarme el pene? Ella giró su cuerpo sobre el colchón. Su rostro quedó enfrente del mío. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a hacer nada de eso. Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Acerqué mi rostro al de ella. La penumbra del cuarto impedía que nos viéramos los rasgos en detalle. Si ella hubiera podido ver los míos, se hubiera espantado. Yo mismo me espantaba cuando me veía en el espejo. Siempre me preguntaba, al ver el reflejo de mi cara, cómo era posible que en mis treinta y tres años hubiera besado o tenido relaciones gratuitas con más de una mujer. Claro, no todas esas mujeres fueron hermosas. Muchas fueron feas. Ninguno de los huevones con los que estudié en la Católica, por ejemplo, se hubiera atrevido siquiera a hablarles. Yo tampoco era bonito; era feo, así que no podía quejarme de la suerte que me había tocado.  

 

Solo tócalo un rato y ya. Un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Rosario se negó. Volteó su cuerpo y su rostro. Me dejó a un lado del colchón, sumido en la más profunda arrechura. Me rondó la cabeza la imagen de su cuerpo caminando muy estrechamente a mi lado por las calles salpicadas de basura del Centro de Lima, el trasero empinado gracias a la ayuda de sus jeans y sus tacos altos, el surco generoso de su pecho formado por la vecindad de sus tetas.

 

Si fuéramos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Sus palabras fueron como la boya que se le lanza a alguien que se está ahogando en un mar de incertidumbre. A sabiendas de que me sentiría fatal por mentirle de una manera tan descarada con tal de satisfacer mis más primitivas necesidades, le dije: Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Rose cambió de posición. Mentiroso, dijo, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. Se dejó tocar. Era un buen indicio. Calculé que debía insistir en mi mentira unos pocos minutos más para tener la puerta abierta a la satisfacción de mis deseos. Te amo, Rose, te amo, tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me ha pasado algo bueno o cuando me siento cagado? Era un pésimo propagandista. Me resultaba inexplicable que alguna gente comprara mis mentiras. Yo las encontraba débiles, carentes de un sustento robusto que las hiciera pasar por verdades inexpugnables. Yo me ponía en el lugar de las personas a las que les mentía y me decía: pero si es facilísimo darse cuenta de que les estoy mintiendo. Solo tienen que jalar esta hebra para que el entramado de mi mentira se deshaga por completo.

 

Te amo, Rose, te amo, repetí. Y no la amaba. Pero la quería mucho. Era la persona con la que más tiempo pasaba. Me llevaba bien con ella. Era la única que me soportaba y que me conocía mejor que otras. Panzón, feo y ególatra: ninguno de esos defectos arredraba a Rosario. Así me quería. Así me amaba. Su amor la conducía a recaer en los mismos errores conmigo, en las mismas trampas que algunas veces le tendía por mi cobardía, por mi pusilanimidad ante la posibilidad de quedarme verdaderamente solo en una ciudad que me sobrepasaba.

 

¿Estás diciendo la verdad, Daniel? No respondí al instante. No podía responder al instante. Una mentira requería de cierto momento de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese momento dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró un segundo y medio. Era un mal mentiroso. Los embusteros de verdad, los de sangre fría, no tenían que esperar una fracción de segundo para enunciar su mentira; la tenían siempre en la punta de la lengua. Mentían muy bien. Sí, Rose, dije, finalmente. Me apuré a besarla. El beso era una distracción para que ella no tuviese tiempo de detectar el engaño en toda mi verborrea. Ella correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga. La colcha que nos cubría, que era azul por un lado y celeste por el otro, y que compré en Sodimac el mismo día que adquirí el colchón y todas las pocas cosas de mi cuarto, debía de tener más de un millón de espermatozoides muertos pegoteados a ella.  

 

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Succionó mi lengua. Pasó la suya por mis labios. Los lamió como caramelos. La pinga no la podía tener más dura. No te voy a chupar nada, me dijo. Me lamió la boca. Pasó su lengua por mi cuello. Se deslizó por debajo de la colcha y humedeció mi pecho con sus labios inquietos. Sus manos recorrieron mi espalda y se fijaron en mi cintura. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Sí, amor, chúpamela, suspiré, excitado a más no poder. Alguien prendió la luz de la escalera y una luz penumbrosa invadió el cuarto. Al cabo de unos pocos segundos, pudimos vernos. Estábamos arrechos.

 

Daniel, no mereces que te bese. Rosario podía cambiar de parecer o de humor de modo inesperado, incomprensible e ilógico, ilógico para un tipo mañoso y mentalmente limitado como yo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia, no una amante. Suspiré con tono de queja. Rose, Rose, te amo. La tomé de la cintura y la pegué hacia mí. Mi pene y su vagina se tocaron. ¿Quieres ser mi enamorada?, pregunté, con voz de galán de telenovela mexicana. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. Entonces, por alguna extraña sinapsis, pensé en sus pies. Me gustaban sus pies. Varias veces, cuando la arrechura alcanzaba su máxima tensión, terminaba lamiéndole los pies. Sus dedos estaban perfectamente dimensionados con respecto al resto del pie. Las uñas siempre las traía pintadas con estimulantes colores y diseños -estimulantes para mi pichula, por supuesto-. Metía cada uno de sus dedos en mi boca y los dejaba ensalivados. ¿Y si me masturbas con tus pies?, inquirí. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en el ritmo de su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Su respuesta provocó que dos gotitas de líquido preseminal emergieran, alegres y bulliciosas, por la punta de mi glande. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo voy a poner mis pies en tu pene un rato y nada más. Acepté. No iba a rechazar esa oferta. Además, estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Ella era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Se acomodó de modo tal que pudo poner ambos pies sobre mi pelvis. La poca luz que llegaba al cuarto me permitió disfrutar del acto: sus dedos, pintados de rojo, iban y venían, recorriendo la diminuta longitud de mi pene enhiesto y baboso. Qué rico, dije, para estimular su libido, para hacerle conocer que su desempeño merecía toda mi aprobación, que lo estaba disfrutando.

 

Tras unos segundos del masaje podálico, Rosario se llevó la mano derecha a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el tonto, el huevón. Me masturbo, pues, dijo, algo agitada. Si quieres yo te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro, pensé. Sus pies se mojaban con los líquidos preseminales que salían de la cabeza de mi pichula. Ella continuaba restregándolos ardorosamente. El dedo medio de su mano derecha comenzó a introducirse en su vagina. ¿No quisieras a mi pene en lugar de tu dedo? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela. No me excitaba tanto por el masaje. Los pies no son buenos corredores de paja. Me excitaba la idea de tener esos pies blanquecinos, de uñas primorosamente decoradas, en contacto con mi rijosa pinga, oscurecidos de tanto en tanto por los pelos negros y ensortijados que me crecían como alambres en esa zona.        

 

¿Y si solo le das un besito a mi cabecita? Sus ojos brillaban. Podían iluminar la habitación. Estaba súper excitada. Era la oportunidad para volver con mis demandas. Solo un besito, por favor, insistí. Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Cambió de posición. Se puso en cuatro ante mi pene. Yo seguía echado, la cabeza apoyada en uno de los cojines azules, expectante ante lo que se podía distinguir en la penumbra. El besito, corto y delicado, en los labiecillos del glande, se convirtió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme gracias a que con los años había perfeccionado su técnica. Lamió la escasa longitud de mi falo y no se olvidó de visitar las bolas. Sadiqueado por la excitación, le cogía la cabeza y la obligaba a no despegarse de mi pene. Ahí la tenía cuatro o cinco segundos, la cabeza presionada contra mi pelvis. Luego la soltaba y ella ahhhghhhh. Mi pichula y su boca terminaban ensalivadas.

 

No pasó mucho tiempo para que terminásemos tirando. Nuevamente, en poco tiempo, mi indesmayable e infatigable colchón inflable azul me servía de plataforma sexual y me ayudaba a colmar el vacío de mi vida con gemidos y líquidos que embadurnaban cuerpos, dejando a los amantes exhaustos y ahítos de sexo.

 

Algo así como una hora después, Rosario y yo seguíamos desnudos. La colcha nos cubría. Una sensación de frío se había colado por algún resquicio del cuarto. Pensé en mi colcha y en la cantidad de esperma que tenía acumulada. Decidí ir al baño para lavarme la pinga y la cara. Esta última la tenía con algo de sudor y grasa debido a la agitación del sexo. Si bien no había hecho ningún esfuerzo –porque todas las posturas las había ejecutado Rosario-, igual acabé con la cara sudada. La pinga la tenía pegoteada con la mezcla de semen y los líquidos de la vagina de Rosario. Pensé en decirle que me la volviera a chupar para que me la dejara limpia, pero mi cara igual continuaría asquerosa. Era mejor ir al baño y lavarse bien para luego dormir reparadoramente.

 

Revisé la hora en el celular. No había whatsapps de nadie. Obvio, no tenía amigos. No tenía por qué recibirlos. Era mejor así. Los amigos solo generaban incomodidad y problemas. Nunca esperaba nada de ellos. Revisé mi correo por si había alguna novedad con los gringos de Mine Ventilation Projects, algún mensaje urgiéndome a que les entregara ya la corrección de la traducción. No había ningún mensaje importante; solo basura propagandística. La UPC quería regresarme a las aulas universitarias ofreciéndome estudiar una puta maestría. Desde que hube dejado la universidad, decidí dejar atrás, para siempre -eso esperaba-, al Daniel que se sentaba en un pupitre y recibía pasivamente las estupideces provenientes de las bocas más variopintas que se ufanaban, por algún dudoso mérito, de ser autoridades en ciertos temas. ¡Bah! Quien quiera que se sintiese poseedor de conocimientos que otros anhelaban tener merecían toda la desconfianza posible.

 

Dejé el celular en algún lugar cerca del colchón. Me puse la toalla alrededor de la cintura y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando regresé, más fresco y con ganas de dormir por horas, Rosario sostenía mi celular en alto, como restregándomelo, como la prueba de alguna reprochable incriminación. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Fue como si, de pronto, me hubieran bajado el telón de lo que iba a ser una noche sosegada. La luz del cuarto estaba prendida y Rosario, por lo flamígero de sus ojos, parecía capaz de estrellar mi celular contra la pared o, peor aún, contra mi cara.

    

Lima, martes 27 de setiembre del 2016.

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


 “Hace unos días eras una diosa, ahora eres sólo una mujer.
Charles Baudelaire refiriéndose a la socialité francesa Apollonie Sabatier. 

Encontramos una mesa disponible. Ella pidió un sánguche de pavo; yo, uno de lomo saltado. Los mozos de El Chinito, si bien prestos en la atención al público, rezumaban cierto hartazgo existencial. No me hubiera sorprendido que uno de ellos enloqueciera y, cuchillo en mano, rebanara los pescuezos de sus compañeros y de alguno que otro comensal. No entendía cómo podían trabajar en medio de tanto calor. El Chinito era un hervidero. Los huevones que se hallaban detrás del mostrador, los cocineros, sudaban sin dejar de trozar las carnes que salían humeantes de los hornos. Abrían los panes con frialdad: ¡Plaj! Ponían los trozos de carne sobre las tapas inferiores y, con los mismos cuchillos, colocaban las tapas que debían ir encima de la carne.

Acompañamos los sánguches con una jarra helada de chicha morada. Karina le tomó un par de fotos al logo del local. Le sacó tres fotos a su sánguche y a la jarra de chicha. Me hizo una foto a mí. Yo me opuse, claro. Igual me la hizo. Me cogió desprevenido. Se hizo un selfie. Procuró que detrás de su cabeza sonriente apareciese el logo de El Chinito, un clásico desde 1960. No pasó mucho tiempo para que cada una de sus fotos recibiera cientos de likes y alguno que otro comentario.

Karina pasaba sus días entre no hacer nada e ir al gimnasio. Todo su mundo en Facebook giraba en torno al gimnasio: publicaba fotos de las ensaladas que comía y de las pócimas proteínicas y nutritivas que bebía. Sentía harto justificada su vida retratándoles a sus seguidores en Facebook su rutina gimnástica. En El Chinito, sin embargo, no tuvo reparos para devorar todo lo que había en la mesa: la chicha, las cebollas aderezadas, las robustas tapas de pan francés y las carnes de desmesurado grosor.  

Yo, como era de esperarse con un muerto de hambre, también devoré mi sánguche. Quedamos repletos. No sabía ella, pero mi cargo de conciencia por lo tragado fue enorme. Me prometí embalarme lo más apretadamente posible al día siguiente, antes de bicicletear al trabajo. Embalarme era una estrategia que diseñé para concentrar en mi abdomen el esfuerzo de hora y media de diario pedaleo. Si tomábamos en cuenta que también pedaleaba del trabajo a la casa, el ejercicio completaba un total de tres horas diarias. 

Me embalaba del siguiente modo: compraba unas veinte bolsas negras para la basura. Así las pedía en las tiendas: Bolsas negras para la basura. También, compraba un par de rollos de cinta de embalaje. Luego de haberme puesto las medias, las zapatillas, el bóxer y el short, empezaba con el embalaje. Cogía una de las bolsas y le cortaba longitudinalmente el extremo cerrado. Con dos extremos ahora abiertos, me metía en la bolsa, como si fuera una chompa. Bajaba la bolsa hasta situarla en toda mi barriga. Una vez ahí, la ajustaba con la cinta de embalaje. Me quedaba la panza totalmente apretada. La panza y parte del pecho. Respiraba con dificultad. Me ponía el polo negro encima y salía a manejar. El resultado, al llegar a mi destino, era más que satisfactorio. Me metía al baño de la oficina y, con una tijera, le hacía una incisión transversal a la faja artesanal. El sudor caía como un chorro sobre el piso del baño.  

Fuimos a mi cuarto. Nuevamente, y sin que Karina se diese cuenta de mis precauciones, me cercioré de que Jaime no estuviese chismoseando afuera de su tienda. La única mujer que entraba a mi cuarto, y se quedaba varios días en él, conmigo, era Rosario. No quería que nadie se enterara de que admitía a otra mujer en mi cuchitril. Mucho menos Jaime. No era conveniente tener mala fama. No por ahora.  

Antes de entrar en El Chinito y empacharnos con la comida, pasamos por la licorería de Colmena y compramos un par de vinos. Tenía que trabajar al día siguiente, pero eso poco me importó. Lo que primó en mí fue la consigna de pasarla bien. Y en mi mente no había mejor manera de pasarla bien que tener sexo estimulado con generosas dosis de alcohol.   

Sin embargo, en esa ocasión, me había propuesto meterle la pinga a Karina desde el saque y bien sobrio. No quería enterarme después, como sucedió la vez anterior, que le había metido la pinga sin haberme dado cuenta. 

El colchón estaba ya tirado en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. En un par de segundos, yo ya estaba desnudo. Solo conservé el bóxer. Sí, había tirado innumerables veces con Karina en el pasado, pero no con regularidad. Entonces, si bien ella me había visto desnudo en varias ocasiones, y yo a ella, debido a la irregularidad de esos avistamientos, no me sentía del todo cómodo estando con la pichula al aire de buenas a primeras. Con Rosario era distinto. Apenas llegábamos al cuarto, nos desvestíamos. Quedábamos completamente desnudos. Eso era confianza. Karina, como lo supuse, conservó su sostén y su hilo. Desde esos primeros instantes, tenía ya la pichula enhiesta.  

Mientras Karina se desvistió, abrí la primera botella de vino. Llené los vasitos descartables que el tendero nos regaló. Nos sentamos en el colchón. Ambos estábamos con las piernas cruzadas, a lo Buda. Dábamos un sorbito a nuestros vasitos y los dejábamos a un lado, en el piso. 

Te cuento, Dani, empezó Karina. Había mandado a rodar a Mark. El pata le había insistido demasiado con lo de ser enamorados y ella le había puesto un alto. Está muy cargoso el chibolo, alucina, contó Karina.  

Sé que padezco del trastorno de déficit de atención. En realidad, soy el conjunto de un sinfín de males y desviaciones, pero me he dado cuenta de que me cuesta mucho concentrar la atención en ciertos temas: las clases de la universidad, las directivas de Jean Carlo, las conversaciones entre amigos, algunas cosas que me platicaba mi esposa o algunas historias que me contaba Rosario. Si encontraba algo que capturaba mi atención, mis sentidos se enfocaban en aquello. Todo lo demás caía en un último plano. Karina hablaba y yo solamente le miraba las tetas todavía cubiertas por su brassier rojo. Toda mi atención -que era poca debida a ingénita estupidez- quedó vertida sobre esa rayota que era la separación de sus dos inmensas y flácidas ubres.  

Ya no había mucho de qué hablar. O, al menos, ya no tenía nada que preguntarle. Todo me lo había contado la vez anterior. Todo el morbo que me era necesario me había sido ya revelado. Ahora solo me interesaba tirármela. Ella hablaba y la interrumpí. Quise confirmar lo que me había adelantado en uno de sus mensajes de Whatsapp: que la última vez en mi cuarto me la había tirado antes de haberme quedado dormido. ¿En serio no te acuerdas, Dani?, rio Karina. Su risa era entrañable. No había cambiado. Era la misma risa de cuando fuimos enamorados, allá por el año 2002. Cómo había pasado el tiempo. Catorce años y todavía seguíamos tirando. Con infrecuencia, pero ahí estábamos.  

Claro que no me acuerdo. Hace tiempo que dejé de tener memoria. La arruiné a punta de pajazos. Me contó que aquella noche me terminé, prácticamente yo solito, el tercer vino que compré. Ella apenas le dio un par de sorbos a la botella. Yo empiné el codo una y otra vez hasta no dejar gota alguna dentro del recipiente. Entonces, te me lanzaste. Me quitaste el brassier y empezaste a morderme las tetas. Te dije que despacio, pero tú estabas recontra loco. No recordaba ni un carajo de lo que Karina me descubría. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Nos besamos y lo hicimos. Por más que lo intenté, ninguna imagen se me vino a la cabeza. Solo aquel último recuerdo en el que yo chupaba del pico del tercer vino mientras Karina me hablaba de que se había afiliado a Acción Popular. ¿Y de cuándo acá te interesa la política? Karina echó un trago más de su vasito de plástico. Un amigo me dijo que era el mejor partido político del Perú, el más honesto, y como estábamos en elecciones, sentí que afiliándome a Acción Popular haría algo bueno por mi país. Nunca me interesó formar parte de un grupo o de un partido político. Prefería andar solo. El último –y casi único- grupo que integré fue el que formamos Nazir Caleb y Enrique Bruces, en la universidad. Éramos tres huevones dedicados a beber trago barato, con no poca exacerbación, todos los viernes por la noche luego de las clases recibidas en las aulas del pabellón de Minas de la Católica. Muchas veces, ni siquiera esperábamos a que terminara la clase; nos escapábamos antes.   

Pertenecer a un grupo te hacía una oveja. Siempre había que seguir la orden que venía del conjunto o del líder, nunca la tuya propia. No había lugar para la disidencia o la discrepancia, para la travesura o la risa, para el silencio y la meditación. Los grupos eran la reunión de una masa confundida. Nada bueno podía surgir de una agrupación. La creación de un grupo implicaba marginar a un resto. Yo estaba en contra de la segregación.  

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿lo estábamos haciendo por segunda vez? Karina tomó otro trago. , respondió. Yo también tomé un trago de mi vaso. Disfruté cada gota. La temperatura dentro de la habitación, de mi ratonera, era más que cómoda. Aquello era pasarla bien. Eso era vida y no los bicicleteos tortuosos que hacía a diario. ¿Por qué arriesgaba el pellejo de ese modo? Todo el mundo sabía que los conductores peruanos eran unos hijos de puta. Y no me refería a los choferes del transporte público –que eran unas bestias ya por descontado- sino a los propietarios de los lujosos bólidos que pasaban besándome la piel de los muslos cuando manejaba por las calles de Miraflores. Mi vida les importaba un carajo. 

Podía sentir el vino agarrotando mis dedos, afilando mi lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. No estaba cagado. Estaba en mis cinco sentidos. Así era como se debía tirar con una hembrita: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.  

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso, pues. Miró dentro de él. , dijo. ¿Me sirves más? No le contesté. Me acerqué a ella y la besé en la boca. Le metí la lengua. Dejé que me meta la suya. Su saliva sabía a vino. Le saqué el brassier sin dejar de besarla. Pegué mi pecho a sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: pegaba mi pecho a sus pezones. Esos pezones son míos, carajo, alucinaba, enfermo de sexo. han sentido mi piel, han estado contra mi piel. También les pasaba la cabeza de la pinga. Era una manía morbosa por medio de la cual creía dejar alguna especie de marca en ellas, como cuando los perros alzaban la patita para orinar, ante un poste de luz o el tronco de un árbol, y delimitar así su territorio. 

Me paré sobre el colchón. Me importó poco si le hacía un hueco a la huevada. Le dejé la pinga a la altura de la boca. Ella ya sabía qué hacer. Llevábamos catorce años interrumpidos haciendo las mismas cochinadas. No había nada nuevo. No había pose nueva. Tampoco queríamos inventarlas. El objetivo era pasarla bien. Disfrutar. Empezó a chuparme la pinga. Desde mi metro sesenta y nueve puede ver los movimientos de su cara mientras se tragaba mi pichula. Sigue, perra, sigue chupando. Le saqué la pinga de la boca y le puse mis bolas. Succionó una por una. Eso era vida, carajo. 

Ya había visto demasiado. Apagué la luz. Hicimos el amor a oscuras. El vino hacía las cosas más fáciles. El vino me quitaba lo disticoso. El vino me hacía capaz de lamerles el ano a las mujeres. El vino me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.  

Luego de media hora de lamidas y metidas, ella quiso venirse. En catorce años, la posición a la que recurría para orgasmear no había cambiado. Se echó encima de mí, la vagina recibiendo mi pichula, y cerró sus piernas. Luego, empezó a mover la pelvis en círculos. Gemía quedito. Mmm, mmm, mmm 

Cuando terminó, empecé yo. Tómate mi semen, ¿ya? Boca arriba, echado sobre el colchón inflable, comencé a correrme la paja. La colcha estaba a un lado. No nos cubría. No necesitábamos cubrirnos. Ella se puso en cuatro y acercó la boca a la cabeza de mi pinga. Ahí estaba Karina, la lengua afuera, los ojos llenos de sexo, esperando que le soltara toda la carga. Sus tetas colgaban. Eran enormes y blandas. Nos iluminaba débilmente la luz de las escaleras de la casa. Vi esas tetas que había lamido por horas y logré conseguir el empujón necesario para eyacular.  

Contra todo pronóstico, y a pesar de que me había quedado dormido a eso de las tres de la mañana y había bebido vino, bastante vino, me desperté apenas sonó la alarma del celular. Obviamente, quería seguir durmiendo. Y lo hice. Sabiendo que tendría que pedalear apurado, arriesgando la vida una vez más, cogí una teta de Karina y empecé a chuparla. Hola, Danicito, dijo. ¿Qué hora es?, preguntó. Diez para las seis, contesté, sin dejar de succionarle la teta. Un ratito más, le dije. Por mí no hay problema, Dani. Le pasé la mano por la concha. Le abrí los labios y le metí el dedo. Qué rico, Dani. Se me paró la pichula. Pero no había tiempo para tirar una vez más. Maldito trabajo, dije. ¿Por qué?, rio Karina. Nos vestimos. Caminamos hasta la intersección de Chota con Chancay. Le señale la avenida Alfonso Ugarte. Estaba a una cuadra de nuestra posición. No podía acompañarla más. Se me hacía tarde. Nos despedimos con un beso, un piquito en la boca. Antes de encaramarme en la bicicleta, la vi alejarse. Sentí que esa sería la última vez, en ese 2016, que tiraría con Karina. Siempre sucedía lo mismo. Perdía el interés por determinada mujer luego de un par de caches. No tenía de que conversar con ellas y ellas no se sentían a gusto conmigo. Querían lujos, querían salidas, querían mi tiempo. Yo no estaba dispuesto a desviar un centavo que le correspondía por derecho a mi hija. Por eso, la única mujer con la que sostenía una relación más o menos constante era Rosario. Ella toleraba mis desmanes ególatras. Aguantaba mis atropellos. Me tenía paciencia sin que yo se la pidiera. Y no me dejaba gastar un centavo; ella pagaba mis caprichos con su propio peculio.    

No tenía nada que hacer en la oficina. No tenía ninguna chamba de Jean Carlo. Retomé la corrección del libro de McPhilips. Fue una hora de trabajo. Lo dejé cuando no pude resistir el peso de mis párpados. En la cabeza, me revoloteaba la imagen de mi cómodo colchón inflable. Necesitaba dormir. Fui al kitchenet y me hice un café. Lo bebí, pero solo conseguí que se me resintiera la lengua. Me había salido muy caliente el brebaje.  

¿Me acompañas al banco un ratito? Era Patricia. Caminar podía ser una manera de despejar la mente. Fuimos a tres bancos: al BCP, al Interbank y al Scotiabank. En ese orden. Los tres bancos tenían sus agencias entre las cuadras una y tres de Guardia Civil. Conversábamos y nos reíamos. Caminábamos muy juntos. Varias veces mi mano rozó, involuntariamente, sus muslos. Podía sentir que había cierta complicidad entre ella y yo. Pero seguro me lo imaginaba. Me provocó besarla. Se necesitaban tamaños cojones para convertir las ilusiones en hechos. Los míos eran más pequeños que los huevos de las codornices. 

Patricia había trabajado como boletera en un circo. Fue lo último que hizo antes de ingresar a la empresa de Jean Carlo y tener el infortunio de conocerme. El circo era propiedad de un cómico peruano que tuvo sexo con su cuñada estando aún casado. La esposa, la hermana cornuda, se enteró del hecho y la prensa amarilla peruana tuvo carroña para varios meses. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar un billete bueno de uno falso. Nos habíamos detenido en la juguería cercana al Interbank. Me había provocado un jugo de naranja. El tío que despachaba no había necesitado pagar un curso de marketing para saber que si al peruano le dabas más de lo que le correspondía por lo que pagó, regresaría y le sería fiel a tu negocio. El tío, un tipo de cuarenta años, por solo dos soles te servía un vaso enorme de jugo de naranja. Los vasos que usaba eran tan grandes como los keros incaicos. Siempre que podía, me tomaba unos minutos de la oficina y caminaba hasta su juguería. Le compraba un jugo de naranja y un pastel de choclo. Era una especie de refrigerio que solía tomar entre las diez y las once de la mañana.    

A los vivazos que me daban los billetes falsos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia cuando recordaba sus experiencias en el circo del cómico. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba su jefe, el cómico. Había escuchado que el tipo, a quien jodían de cholo y serrano, era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Me parecía de mal gusto hablar sobre el dinero ajeno, así que deseché esa curiosidad. Mi esposa siempre me apostrofaba de tacaño. Eres un tacaño de mierda, solía decirme. Todos los cholos son unos tacaños, remataba, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.  

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Patricia había traído su almuerzo: unos fideos fríos que guardaba en un pequeño recipiente plástico. Yo fui al chifa de enfrente por mi diaria ración de arroz chaufa.  

Jean Carlo no se había manifestado y Victorio, una vez más, había decidido no aparecer en la oficina. Hoy me quito temprano, pensé. Continué con la traducción. No podía fallarle a Konrad.  

Un par de horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el teléfono. Era el anexo que Jean Carlo me había asignado. No podía dejar de sentir cierta culpabilidad en esa oficina. Mi escritorio era grande. La silla era enorme y muy cómoda, igualita a la de un gerente. La laptop era blanca y su diseño uno de los últimos del mercado. Los recursos que Jean Carlo había dispuesto para mí no los merecía. Llevaba casi dos meses y no había vendido un solo ventilador. Era Patricia. Nuestras oficinas –me cuesta trabajo decir “mi” oficina- distaban un par de pasos. Por algún motivo, ella prefería usar el anexo. ¿No te molesta si pongo unas canciones en mi celu? No me molestaba. Al contrario, era bueno un poco de alegría en el ambiente. Puso algunas salsas del recuerdo. Algunas las cantamos desde nuestras respectivas ubicaciones. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando las canciones? , le mentí, están buenas. Algunas pocas me gustaron; no todas.     

Quiero que escuches una canción más. La voy a poner, ¿ya?. Espero que te guste, dijo. Era un reggaetón lento. Se llamaba Tengo tantas ganas de ti, de Arcángel. No me gustó. Obviamente, cuando me volvió a llamar, le dije que era una canción estupenda. Colgué el auricular y busqué la canción en Youtube para oírla nuevamente, en privado, con mis audífonos. Las letras eran directas: Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que “me gustase” esa canción? ¿Quería algo conmigo? Por otra parte, me extrañaba que alguien tan dedicada a su fe mormona estuviese escuchando y fomentando ese tipo de canciones. A pesar de mi fealdad, ¿era posible que algo le atreyese de mí? Dejé de pensar en esas huevadas. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla y tomarme unos tragos con ella. No había duda: me había convertido en un alcohólico. Tal como lo esperé, Rosario aceptó verme. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo ni tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar hacer nada. 
Lima, martes 27 de setiembre del 2016.

domingo, 26 de marzo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 16


“-No te enamores de veras,
que te querrán con puñales.
Di que vas sin corazón;
porque lo dejan sin sangre.”
Martín Adán

Apagué la pantalla del celular y coloqué el aparato debajo del colchón. Mientras ejecuté esos movimientos, mi cerebro trabajó frenéticamente en hallar alguna salida ingeniosa que no me acarreara más problemas de los que ya tenía con Rosario. Muéstrame que estás hablando con tu mamá, me exigió. Lo único que se me ocurrió para desviar su atención fue darle un beso. A pesar de la oscuridad, y sin ningún cálculo, mis labios le atinaron a los suyos. Los moví durante un segundo. Enseguida, le metí la lengua. Le puse una mano en la cintura y procuré acercar mi pene a su vagina. Estábamos desnudos. Noooo, Daniel, exclamó. Te dije que no va a pasar nada entre nosotros. No me molestes. Me dio la espalda y jaló para sí un poco más de la colcha. Hasta mañana, alcanzó a murmurar. El cambio súbito de un estado en el que tenía los huevos de corbata hacia uno en el que el alivio me había llegó como un chorro de agua helada hizo que se me fueran las ganas de insistirle para meterle pinga. Ni siquiera me provocó rozarle las nalgas que, intuía, se hallaban a escasos centímetros de mi pichula. Así, al poco rato, me quedé dormido.

Nos levantamos muy temprano. Rosario seguía sin trabajo, pero yo tenía que ir al mío a cumplir con mi horario de oficinista. Era lunes. Mientras me ponía el short y el polo negro de mangas largas que usaría para montar la bicicleta, Rosario se vestía: el jean ajustado, la blusa escotada, los zapatos de taco.

Eran las seis y media cuando salimos de la vieja casa. En menos de un minuto, llegamos a la esquina de Chancay con Zepita. No le gustó que le dijera que no podía acompañarla hasta el paradero de los colectivos a Chorrillos. Si no me voy ahorita, no voy a llegar a tiempo al trabajo, Rose. Por fa, no te molestes. Jamás admitía que estaba molesta. Pero su cara de culo la desmentía con rotundidad. Acompañarla al puto paradero, que estaba a dos cuadras de esa esquina, me hubiera hecho perder valiosos minutos. No quería llegar tarde al trabajo. Podían echarme por tardón. Y no me convenía perder esa fuente de ingresos, a pesar de que fueran una miseria.

Vi alejarse a Rosario. Le prometí vigilarla mientas caminaba hacia el paradero. Tuve que hacer esa concesión. Mi vida era una constante de concesiones. Yo siempre cedía. Nadie cedía por mí. ¿Qué podía hacer? Ni mierda. Había nacido para ser clavo –y esclavo-. Perdí cuatro minutos viéndola llegar hasta la esquina de Inclán. ¿Rosario era consciente de que la prisa me consumía? Parecía que no, porque caminó con una lentitud exasperante. Cuando por fin desapareció tras aquella esquina, me trepé a la bicicleta y empecé a pedalear.

Una de las partes que más disfrutaba de mi recorrido bicicletero al trabajo, además de las bajadas por los bypasses de 28 de Julio y Villarán, en donde podía sentir muy cercana la muerte, era ese tramo suave y casi libre de carros que era las primeras cuadras del jirón Chota, sobre todo aquella porción que conectaba el hospital San Bartolomé con el jirón Quilca.

El camino al trabajo estuvo tranquilo. La euforia que había sentido en la manejada del viernes, cuando mis expectativas por la noche de sexo que tendría con Karina efervescían, se había trocado en una sana tranquilidad. Era mejor vivir sin esperanzas, aunque, muchas veces, resultara inevitable albergarlas. Cuando aprendías a no esperar nada de nadie, la vida se te hacía un poco más manejable.

En el baño de la oficina, terminé de tirarme todo el papel higiénico que había. De las cuatro personas que trabajábamos ahí, yo era, lo suponía con seguridad, el que más papel higiénico gastaba. Al llegar a la oficina, luego de un bicicleteo de hora y media, y tras dejar mis cosas sobre el escritorio que me habían asignado, me encerraba en el baño, me quitaba el polo de mangas largas, me despojaba el short y me bajaba el bóxer. Luego, frente al espejo, me esparcía agua enjabonada por el pecho, la espalda, la pinga, las raya del culo, las manos y los brazos. Enseguida, me removía la espuma con severos manotazos de agua helada. Era refrescante todo el proceso. Se sentía como si cada poro de la piel se hubiese tragado una pastilla de Halls. Sobre el piso del baño, se formaban inmensos charcos de agua que yo limpiaba minuciosamente tras haberme secado el cuerpo. Para quitarme el exceso de agua y para dejar el piso seco, tal cual lo había encontrado, me tiraba una gran cantidad de papel. Jean Carlo compraba rollos industriales de papel higiénico, de esos que tenían un diámetro de treinta centímetros. Solo necesitaba cuatro días para despacharme uno de esos rollos. Había que tener en cuenta que no solo secándome y secando el piso me terminaba los rollos. También cuando terminaba de cagar. Empleaba un severo kilometraje de papel. Nadie, ni Patricia, ni Jean Carlo, ni Victorio, cagaba tanto y tan frecuentemente como yo.

Las cagadas que me mandaba en el baño de la oficina eran súper relajantes. Me pasaba media hora encerrado en ese lugar. Cagaba rápido, en menos de dos minutos. ¡Ploj! Caía toda la mierda. El wáter quedaba repleto. Podía oírlo suplicándome: Jala la palanca, Daniel. No aguanto esta pestilencia. Yo lo complacía inmediatamente: ¡Jjjuisshhh! Y toda la mierda se iba directo a las aguas del mar peruano. Entonces, permanecía sentado en la taza, jugando Soccer Stars, una aplicación del celular que me permitía jugar al fútbol con gente de distintos países del mundo. Me había enviciado con el dichoso jueguito. Si ganaba un partido, dependiendo del estadio en el que jugara, me hacía acreedor a una cierta cantidad de monedas –monedas virtuales, obviamente-. El que conseguía más monedas escalaba posiciones en el ranking mundial. Eso era todo. No había ninguna satisfacción o utilidad tangibles por las que valiera la pena desperdiciar tanto tiempo. A pesar de eso, igual jugaba Soccer Stars. Me afanaba en los partidos que sostenía con gente de Rusia, Estados Unidos, Chile, Sudáfrica, Holanda, sentado en el wáter, con el culo sucio. A veces ganaba, a veces perdía.

Desayuné y revisé las noticias coloridas del Trome en la laptop. Unos minutos después, llegaron Patricia y Victorio. Yo procuraba intercambiar el mínimo número de palabras con Victorio. Era de los tipos que se la pasaban hablando de los proyectos mineros y civiles que aparecían en el país y en el mundo. Y si no hablaba de eso, peroraba sobre sus tiempos mozos, a finales de los ochenta, cuando tuvo que trabajar en proyectos ubicados en la Sierra, siempre rodeado de la ubicua presencia de los  terroristas, que asolaban al país. Entonces, se mandaba unas extensas apologías de Alberto Fujimori. Que Fujimori liberó al país, que Fujimori apostó por la inversión extranjera, que llegó a los rincones más jodidos e inaccesibles del Perú, dotándolos de agua y electricidad, que Fujimori esto, que Fujimori aquello, que Fujimori no fue culpable de lo de la Cantuta, que, por otra parte, esos estudiantes y profesores asesinados se lo tenían bien merecido porque santitos no eran, carajo, tremendos terroristas que eran. Me aburrían sus monólogos. Sí, monólogos. Porque a él le importaba un carajo lo que pudiera decir su interlocutor. Le gustaba oírse a sí mismo. Le gustaba sentirse poseedor de la verdad. Yo lo escuchaba y asentía. ¿Para qué polemizar? Yo no era un buen polemista. En eso me parecía a Cortázar, quien confesó en una entrevista de 1977 en España que cualquiera me gana una discusión. No sé defender mis puntos de vista.

Una hora después, llegó Jean Carlo. Estaba entusiasmado. Había logrado una reunión con una empresa que estaba interesada en sus ventiladores. A Jean Carlo le apasionaba vender. Solo pensaba en sus ventas. Todo el día hablaba de ventiladores. Orgasmeaba cuando hablaba de ellos. Y se excitaba, como seguro no lo hacía con una mujer, cuando describía las ventas que les había arrebatado a sus competidores. Se sentía poderoso. Faltaba poco para que el mercado minero peruano en general le comprara ventiladores a él y solo a él.

Debíamos acudir con presteza a un edificio en San Isidro, uno de los distritos más elegantes de Lima que albergaba las sedes matrices de las principales mineras del país.

Fuimos los tres: Jean Carlo, Victorio y yo. Éramos un trío que no inspiraba ninguna confianza. Yo no inspiraba confianza. La cara ladina de Victorio tampoco. Jean Carlo sí. Jean Carlo sí podía inspirar confianza. En cualquier caso, aquello que mantenía vivo el negocio, vivo y en expansión, era la calidad de los ventiladores que ofrecíamos. Eran tan buenos que podían venderse solos.

En la reunión, Victorio habló de más. Siempre hablaba de más. Como no conocía un carajo de ventilación, la paraba embarrando. A pesar de que se sabía ignorante en el tema –Jean Carlo lo había contratado porque Victorio conocía a mucha gente en el medio de la construcción de túneles-, Victorio no se arredraba y soltaba barrabasada tras barrabasada. Era penoso oírlo hablar. Jean Carlo, entonces, salvaba la situación retomando el cauce del objetivo de las conversaciones: vender los ventiladores. Yo aportaba poco, pero procuraba no hablar huevadas que no contribuyeran al éxito de las ventas. Debía conservar ese trabajo. No me quedaba otra opción. En realidad, hubiera preferido no estar ahí. Hubiera preferido estar en casa, con mi hija.

Jean Carlo nos llevó de regreso a la oficina. El cliente había quedado convencido del producto y le había pedido a Jean Carlo que se simulara el funcionamiento de sus ventiladores en el contexto topográfico del proyecto del cliente. Me encargó esa chamba.

Ni bien llegamos a la oficina, me puse a trabajar en lo que había solicitado el cliente. En una hora, tenía terminada la simulación. Se la envié a Jean Carlo. Me quedaban un par de horas libres. Fui al chifa con toda la parsimonia del mundo. Ya no tenía ninguna obligación. Almorcé. Eran las cuatro de la tarde. Hubiera podido largarme, pero, como buen esclavo, debía cumplir mi horario de oficinista mediocre. Fui al mercado Santa Rosa y compré una cremolada para bajar el arroz chaufa. De vuelta en la oficina, chateé con Rosario y con Karina. Estaba confirmado: Karina me visitaría por segunda vez. A Rosario se le habían esfumado las ganas de pelear. Me había perdonado el desmán descriptivo que le había endilgado a su personaje en mi novela. Pensé: si se enterase que Karina -la chola gorda y fea de Karina, como ella la llamaba- iría a acostarse conmigo en el mismo colchón en el que me había acostado con ella, dejaría de estar tan tranquila. Me sentí mal por mentirle a Rosario. Pero no podía evitarlo. Mi naturaleza autodestructiva me reclamaba aventuras, correrías que atentaban contra mi seguridad y la moral que todo ciudadano debía observar. Si no cachaba con una, dos, o tres mujeres, con uno, dos, o tres transexuales, ¿de qué mierda iría a tratar El Solitario? ¿De la vida de un pajero que fue expulsado de su casa por mentiroso? Nadie me leería. Si siendo promiscuo, me leía poca gente; siendo pajero y tímido, no me hubiera quedado ningún lector.

Jean Carlo se fue temprano de la oficina; Victorio, al poco rato. Cuando el gato se iba, los ratones hacían fiesta. Yo, lamentablemente, gracias a mi cojudo sentido de la responsabilidad, permanecí sentado en mi sitio, esperando que dieran las seis para largarme. Patricia también esperó hasta las seis.

Karina tenía muchas ganas de conocer el legendario local de sánguches peruanos El Chinito. Yo le había hablado del lugar. Karina era de esas personas que siempre buscaban estar en sitios renombrados, en restaurantes de lujo, en balnearios ocupados por gente refinada, en ambientes que no tuvieran nada de indio sino de blanco. Entonces, se tomaba fotos que subía rápidamente a su página de Facebook. El Chinito estaba a un par de pasos de mi cuarto, en la esquina de Zepita con Chancay. Largas colas formaba la gente para probar uno de sus sánguches. Los sábados, a eso de las diez de la mañana, cuando llevaba mi ropa a la lavandería de la cuadra cinco de Zepita –mi cuarto estaba en la seis-, podía ver a toda esa gente tostándose bajo el inclemente sol, esperando que se desocupara una mesa en la sanguchería. Carajo, decía yo, ¿no pueden comerse un puto sánguche en el local de El Chanchito que está en la otra esquina? ¿Qué puta necesidad tienen de comer un sánguche precisamente en El Chinito? La gente hacía lo que fuera por ir a los lugares de moda.

Pero yo también tenía ganas de un sánguche. Cuando me acerqué al bypass de Villarán, pedaleé lo más fuerte que pude. Una vez que la bicicleta tomó la bajada, dejé de pedalear y disfruté del aire que me daba en la cara. En la radio del celular, sonaba El amor después del amor, de Fito Páez. Entonces, con cuidado, con bastante cuidado, saqué el celular del bolsillo de la mochila, me apunté con su cámara y me grabé cantando a todo pulmón. Ahora sé que ya no puedo vivir sin tu amor, gritaba, bajando por la pendiente, con motos y automóviles zumbando raudos a mi lado, esperando la ocasión propicia para hacerme volar unos buenos metros.

Sudaba a mares cuando entré con la bicicleta por el jirón Delgado, luego de haber vencido a los automóviles que avanzaban remolones por el jirón Washington. Al llegar al jirón Chancay, me detuve en la esquina. Oteé el horizonte. El Chinito no presentaba cola alguna. Me compré una Inka Cola mediana, recontra helada, en la tienda que estaba cerca de la esquina de Chancay con Chota. Me había hecho habitué de esa tienda. Prefería tomarme ahí las gaseosas. Las acompañaba con una galleta de soda. Si el cojudo de Jaime –el huevón que me rentaba el cuarto- hubiera cobrado un dinero razonable por sus productos, no hubiera dudado en consumir en su bodega.

Desde la tienda en que tomaba mi gaseosa, podía ver el movimiento prostibulario de la zona. Ahí estaba, parado en la acera, la bicicleta apoyada contra las rejas abiertas de la tienda, mi short apretándome el culo y las piernas, un casco ridículo en la cabeza y el sudor chorreándoseme por todas partes.

Bebía tranquilamente. Miré la hora en el celular. Disponía de una hora para terminar la gaseosa, bañarme y caminar hasta el Metro de Alfonso Ugarte, en donde, como la vez anterior, me encontraría con Karina.

Un par de transexuales caminaba por la acera que yo tenía ocupada. Se dirigían hacia mí. Estaban hechas unas verdaderas mujeres: cara y cuerpo. Una de ellas tenía las tetas más grandes y las caderas más anchas. Continúe bebiendo la Inka Kola y comiendo las galletas. Siempre que estaba a punto de tirar con una mujer, o de tirar simplemente, mis dilemas existenciales se evaporaban, desaparecían. No quedaba ningún rastro de ellos. Dentro de poco recibiría a Karina y tiraríamos, pero no estaba demasiado entusiasmado. Me reconfortaba el hecho, eso sí, de que estaría acompañado esa noche. Tenía que admitirlo: no estaba hecho del mismo material del que estaban hechos los verdaderos solitarios. Era un remedo de solitario. ¿Qué quería? Ciertamente, no enamorarme. No estaba enamorado de nadie. Hacía un pincho de tiempo que había dejado de sentir ese tipo de huevadas. Me resultaba moroso el proceso del cortejo, del ritual social establecido para aquellos que se gustan y desean tirar con cierta regularidad. La sociedad dictaminaba que si una persona te gustaba y querías cachar con ella en su casa, en la tuya o en un hotel, debías, primero, llevarle un ramo de rosas, invitarla al cine, conocer a sus padres, etcétera. La operación resultaba harto tediosa. Finalmente, te acostabas tanto con esa persona que todo aquella fascinación de los primeros días quedaba extraviada en algún lado. Entonces, lo que querías era huir, recuperar aquellas emociones que antaño te habían mantenido vivo.

No estaba enamorado de mi esposa. Tampoco estaba enamorado de Rosario. Mucho menos sentía algo por Karina. Me jodía, eso sí, no poder darle un beso a mi hija todas las mañanas, como lo hacía cuando vivíamos bajo el mismo techo.

Uno de los cabros era Estrella. Nuestras miradas se alinearon. Ella no me reconoció. No tendría por qué. Se la notaba apática. Era una persona apática. Recordé cuando me la tiré. Si bien era guapa, no le ponía un gramo de entusiasmo a la huevada. Era su trabajo. Mínimo, debía fingir. Le convenía. No toda la vida se dedicaría a la prostitución. Envejecería, se le caería el pelo -porque, al fin y al cabo, había nacido varón-, se arrugaría. Le convenía, ahora que estaba joven, juntar el dinero que conseguía prostituyéndose. ¿Pero qué dinero podría juntar si con su falta de entrega y compromiso ahuyentaba a sus clientes?

La caderona que caminaba al lado de Estrella sí me miró. Y no solo me miró a los ojos y me mandó un beso volado sino que, cuando pasó cerca de mí, me tocó los huevos. Con total tranquilidad, se metieron a la bodega en que había comprado mi gaseosa y mi galleta.

Reflexioné. Mi vida no era tan diferente de la de Estrella. A ella no le gustaba darle el culo a todo el mundo, pero tenía que hacerlo. A mí tampoco me gustaba trabajar en una mina. Por eso renuncié a la última. Luego me arrepentí, porque el dinero que me pagaban estaba bueno. Al no recibir una respuesta satisfactoria de la mina, y luego de la etapa de la traducción del libro de McPhilips, caí en las manos de Jean Carlo. Me pagaba infinitamente menos de lo que ganaba en una mina, incluso menos de lo que ganaba en VISA. Y ahí estaban las consecuencias: vivía en un cuarto diminuto –el agujero de un ratón era más grande-, manejaba al trabajo montado en una endeble bicicleta, a merced de cualquier automovilista ebrio, y comía arroz chaufa todos los putos días de la semana. Seguía prostituyéndome -sin ponerle muchas ganas al asunto, tal como lo hacía Estrella-, solo que mi cliente de turno había resultado ser un muy mal pagador.    


Lima, lunes 26 de setiembre del 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

El solitario de Zepita – Capítulo 15


“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”
De “No vuelvas más”, de Zero Balas



                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=8dSHZZdy3QI

No me atreví a besar a Patricia. Me ganó la cobardía. Me ganaron la cobardía y el temor. El temor a su reacción. Se notaba que era una mujer de carácter. Si la besaba corría el riesgo de que me estampase un cachetadón en la cara y, no contenta con eso, me acusase ante Jean Carlo. Entonces, regresaría a Zepita con la cara partida y sin trabajo. Perdería por todos lados.

Luego de probar la cucharadita de café que me tendió en la boca, determiné que debíamos añadir dos cucharadas más de azúcar a cada taza. Y revolver. Patricia ejecutó la operación. Una vez más, me dio a probar el resultado de las mezclas. Quedaron bien. Revolvió otra vez los contenidos de cada taza. Utilizó la misma cuchara para las tres tazas. La misma cuchara que me había estado metiendo a la boca. ¿Se daba cuenta de que esa cuchara había estado en mi boca varias veces? ¿Se daba cuenta de que los invitados de Jean Carlo prácticamente beberían mi saliva infecta? No importaba, no había que hacer mucho escándalo al respecto.

Patricia llevó las tazas en una bandeja. Me quedé limpiando los estropicios dejados en la mesa de preparación. Acabada mi misión, me puse la ropa de ciclista y me despedí de Patricia. Jean Carlo permanecía encerrado en su oficina con los visitantes. Patricia verificaba los datos de una factura. Nos vemos, le dije. Chau, me hizo con la mano. Apenas sonrió. Volvió a incrustar su mirada en las facturas que se apilaban delante de ella. La complicidad de hacía unos instantes en el kitchenet había quedado atrás. No importaba. Yo estaba seguro de que esos momentos habían existido y que solo hacía falta algo más de paciencia para revivirlos y obtener las ventajas deseadas.

La avenida Guardia Civil, a esa hora, andaba un tanto despejada. Metí la bicicleta en el asfalto de esa arteria. Pedaleé fuerte. Mis únicas consignas eran hacer mi recorrido dentro de la hora y media habitual, o antes, y prepararme para recibir a Karina en mi cuarto por segunda vez. Era viernes, último día de la semana laboral. Había licencia para beber como solo se puede beber un viernes por la noche: en exceso y desbocadamente; más aún si se iba a estar acompañado de una mujer como Karina, una hembra de tetas grandes y dispuesta siempre a llevar los besos apasionados hacia límites insospechados: perritos, sesenta y nueves, misioneros y todas aquellas poses que acuden con presteza a las mentes más retorcidas, mentes como la mía.

La vitalidad con la que había manejado la bicicleta por las más peligrosas y transitadas vías de Lima se hizo trizas apenas leí el último mensaje enviado por Karina: Dannysito, lo siento. No voy a poder ir a tu cuarto como habíamos quedado. Como te conté, al final me ganó esto de los preparativos para el cumple de mi hermana que es mañana.

Insistí. Le dije que se tomara todo el tiempo del mundo para que cumpliese con los preparativos de los que hablaba, pero que intentara venir. Yo no tenía problema con que se apareciese a las once o a las doce, o incluso a la una de la mañana. Yo la esperaría donde la dejase el taxi y la escoltaría hasta mi cuarto. Insistí durante varios minutos. Todo en vano. Lo único que conseguí fue una promesa pírrica, de consuelo, hecha, evidentemente, para que la dejara de joder. Prometía verme pronto. ¿Cuándo? Ni Dios lo sabía. La fecha prometida se perdía en la incertidumbre de algún futuro.

Dejé, sin embargo, que la coartada que les había endosado a mi esposa y a mi mamá siguiera su curso. La coartada, preparada con la debida antelación, tenía como propósito exonerarme, solo por esa oportunidad, de recoger a mi hija de la casa de su mamá para dejarla en casa de la mía, en La Perla. Para ello, había coordinado con mi esposa que tuviese lista a mi hija para que mi mamá pudiera recogerla el sábado por la mañana.

Le mandé un mensaje por Whatsapp a Rosario. Le pregunté qué hacía. A ella también le había mentido. Le había dicho que, como todos los fines de semana, iría a la casa de mi esposa, recogería a mi bebé, la llevaría al Bembos y, luego, bien comida y bien jugada, a la casa de mi mamá, en donde pasaríamos, como era usual, el fin de semana.

Viendo un anime, fue su respuesta. Rose pasaba la mayoría de su tiempo libre viendo películas animadas japonesas. Podía pasarse un día entero viéndolas. No se hartaba de ellas. Deseé decirle: Ven, Rose; la puta de Karina me ha fallado y sé que tú no me fallarás, ven pronto, tomemos unas cervezas, veamos a los cómicos en la compu y, luego, hagamos el amor. Pero no le dije nada. Era mejor que siguiera creyendo que mi mentira era una verdad. ¿Y tú no estás en casa de tu mamá?, preguntó. Siempre me pareció que Rosario me conocía tan bien que sospechaba que mentía cuando estaba mintiendo. Claro, escribí. Acá estoy, tirado en el sofá de la casa de mi mamá. Pensé en ti un ratito y decidí escribirte.

Faltaban diez minutos para las doce. La noche, que hasta hace unas horas se me presentaba promisoria, se me había derrumbado, como un castillo de naipes. No me provocaba llenar esa noche con el fragor de alguna discoteca. Quizá, si alguna chica me hubiera tocado la puerta y me hubiera dicho Daniel, vamos, salgamos, bailemos y luego tiremos, entonces, ahí sí, me hubiera prestado para la huevada. Pero la realidad era otra. Estaba solo y sin ganas de hacer un carajo.

Tras permanecer tirado en mi colchón, los impulsos aventureros entrando a mi cabeza y huyendo de ella, en un ir y venir frenético y aturdidor, decidí despejar un poco la mente, sacudirla de tanta mierda que me acosaba; decidí salir a caminar. Siempre cabía la posibilidad, por más remota que fuera, de hallar a la compañera ideal de juergas y sexo sin compromiso.

Cogí una novela de la pila de libros acomodados en un rincón de mi cuartito. Herzog, de Saul Bellow. La había empezado a mordisquear unos días atrás. Desde las primeras páginas, me cayó muy bien el personaje medular del libro: Moses Herzog. Moses era un tipo inteligente y, como tal, era consciente de que su vida había sido un desperdicio. Moses era un sujeto pasivo, calmo, dominado por la impronta acerada de la derrota y la rutina. Era, también, un gran observador del mundo, de la vida, y de los miserables personajes que la componían. Guardaba un profundo respeto por sus desgracias personales, y no se quejaba de ellas. Era un excelente perdedor. Como yo. Desde que empezabas a leer la novela, el fino humor negro de Saul Bellow trepaba por tus retinas y se te clavaba en el cerebro. 

Leía mientras caminaba. O caminaba leyendo. Tomé Zepita, derecho hasta llegar a Wilson. Se me había ocurrido ir a Quilca para otear el ambiente. Crucé Wilson y llegué a la placita Elguera. En una de las bancas de la plaza, un par de fumones planeaba la estrategia de la noche. Seguí por Quilca. No pude evitar reírme con una de las líneas de Herzog: “Una rata había roído un paquete de pan y dejó la forma de su cuerpo en las rebanadas. Herzog se comió la otra mitad del pan después de untarle mermelada. Podía compartir el alimento con las ratas.” Qué genial es este Saul Bellow, pensé. Solo las personas inteligentes son capaces de burlarse de sí mismas o de sus alteregos. Si las personas fuesen capaces de burlarse de sí mismas, de despojarse de sus vacuos orgullos, de no otorgarse tanta importancia, el mundo sería otro, uno mucho más habitable. Ese librito que tenía entre las manos lo había comprado en la librería del señor Luna. Mi educación, la educación que valía la pena tener, la había adquirido en esa hermosa librería.

En la puerta de una quinta, unos tipos de distintas edades conversaban a grandes voces, intercalando sonoras carcajadas. El más viejo parecía tener cincuenta años. Era delgado, el pelo cano, la piel amarillenta, la camisa abierta. El más joven podía tener entre dieciocho y veinte años. Sostenía una botella de cerveza. En el lomo de su oreja izquierda, un cigarrillo hacía equilibrio para no caer al suelo. Todos en ese grupo tenían pinta de delincuentes, de extorsionadores, de sicarios. Podían ser todas esas cosas a la vez.

Llegué a la boca de otra quinta, la ubicada inmediatamente antes del bar de Ciro. En esa boca, una señora preparaba unos anticuchos que vendía a la noctámbula concurrencia del Centro. Seño, unos anticuchos, por favor. Comí los anticuchos de pie, a escasos centímetros de donde la señora seguía friendo más anticuchos, más papitas, más mollejitas. La vereda del Queirolo, la que daba a Quilca, estaba ocupada por una treintena de muchachos y muchachas. Estaban los punk, los metaleros, los que no eran ni lo uno ni lo otro, todos bebiendo cervezas, vinos baratos y tragos cortos, los más baratos. No había fin de semana en que esa vereda no estuviera ocupada por esa treintena de jóvenes. Esa vereda era una especie de bar alternativo, en donde podías embriagarte con la poca plata que se hacía a partir de la contribución grupal. En esa vereda, los muchachos se cargaban con el combustible que necesitaban para emprender con bríos las aventuras que la noche les tenía deparadas. Ahí bebían hasta que llegaban los patrulleros policiales. A punta de carajazos, los efectivos del orden deshacían el improvisado bar. La vereda quedaba limpia de gente, pero regada de botellas vacías.   

Esa noche no era mi noche. No debía forzar la situación. Regresé a mi cuarto. Encendí la laptop y revisé unas páginas más del libro de McPhilips. Ver la vieja laptop en la que trabajaba me hacía recordar lo imbécil que había sido para estropear, a punta de sudor, aquella laptop casi nueva que todavía seguía en reparación en la tienda de Wilson. Faltaba poco para octubre. La chito de la tienda me había dicho que, con seguridad, mi Toshiba estaría operativa para el mes del Señor de los Milagros.

El sábado desperté temprano, a las ocho. Se dormía de la putamadre en mi colchón inflable. No podía quejarme. Me quedé un par de minutos mirando al techo, pensando. Ya iba a cumplir un mes viviendo solo. ¿Cómo había hecho para perder a mi hija? ¿Qué clase de vida estaba llevando? Recordé uno de los pasajes de Herzog que había leído la noche anterior y que, pensaba yo, me caía a pelo: “Herzog se merecía lo que iba a sufrir; había pecado mucho e intensamente. Se lo tenía ganado. No había que darle vueltas.” Lo peor de todo era que estaba exponiendo mi vida al mundo, aunque ese mundo estuviera compuesto por un puñado de lectores, gente que seguramente me leía y me compadecía. Ellos me leían desde las inmensas alturas de su empinada moralidad. Yo era apenas un insecto sedicioso. Mis secretos ya no eran secretos, y habían dejado de pertenecerme. Era cuestión de tiempo para que mi esposa descubriera la existencia de mis publicaciones. Se enteraría de todas mis fechorías y me armaría un gran jaleo ¿Qué ganaba publicando mi vida? Nada. Todo era a pérdida. Si mi hija, ya grande, llegara a leer los esperpentos que perpetré estando en Zepita, se sentiría a morir. Era muy probable que siguiese el camino que Pilar Donoso, hija del extinto escritor chileno José Donoso, tomó luego de leer los diarios de su padre: el suicidio. Y si no tomaba ese camino, era recontra seguro que viviría avergonzada de ser mi hija. Aun así, y a pesar de que me sabía un mal y hasta un pésimo escritor, no podía evitar que el virus de la literatura hiciera estragos en mi cabeza y en mi vida. Me había convertido en el catoblepas que Vargas Llosa describió en Cartas a un novelista. Así como Donoso, yo tampoco podía vivir mi vida sin escribirla, sin dejar un registro de mi paso por este mundo. Mi vida sin la escritura no tenía sentido. Escribir me mantenía vivo y, al mismo tiempo, me ayudaba a cavar mi propia tumba. La autodestrucción estaba en mi ADN.

Me puse el bóxer que había dejado al pie del colchón. Prendí la laptop y terminé el capítulo seis de la novela. Usando la señal de mi celular como módem, publiqué el capítulo. Sospeché que Rosario no tardaría en llamarme para quejarse del contenido de lo que acababa de publicar. No me equivoqué. Llamó casi enseguida. Lloraba. Lloraba por la cruel descripción que había hecho de ella. Daniel, ¿por qué? ¿Por qué me haces esto? Si yo iba a verte estando como estuviera, quizá sin arreglarme y apurada, era porque te amaba y te amo, porque te tengo confianza. No tienes derecho a contar mis intimidades. Yo me entrego a ti; no a otras personas. Escuché sus quejas. Lo sentía, pero no podía evitarlo. Mi vida y todo aquel que se involucrara en ella eran materia narrativa. Era un traidor. Lo contaba todo. Intenté calmarla. Le dije que si bien el personaje llevaba su nombre, no se trataba de ella, la Rosario de la vida real. Le dije que la huevada que publicaba en el blog era una novela, un artefacto literario compuesto de ingentes embustes. Mucho de lo que cuento ahí es mentira, Rose, le dije, sabiendo que eso ni yo mismo me lo creía. Cállate, mentiroso, se desesperó. Tú sabes que ese día había dormido poco y mal, y aun así había tenido que ir a estudiar y encima hice todo lo posible para verte, se desesperó más. ¿Y cómo me pagas? Diciendo que era una bruja y que estaba fea. ¿Acaso no te gusto, Daniel? Continuó su llanto. ¿Y entonces sí tiraste con un cabro que se llamaba Estrella? ¿Por qué haces eso, Daniel? ¿Yo no te basto? ¿No soy suficiente para ti? No podía ser tan caradura para defenderme. Era culpable. No dije nada. Dejé que siguiera hablando. Era mejor que liberara su ira. Sus amonestaciones se prolongaron por más de treinta minutos. Siempre que hablaba con Rosario se me gastaba un cuarenta por ciento de la batería del celular. Para el final de la conversación, mucha de su rabia se había extinguido. Le dije que viniera a verme. No cabía ninguna duda: Era un conchudo de mierda. No, me dijo sabiamente, tú solo me quieres para tirar. Tú no sientes nada por mí. Eso no era tan cierto. A veces la quería para ver una película, otras veces para tomar unas cervezas. No todo era sexo. Claro, a veces no podía evitar que se me parara la pichula y le sugiriera tirar. Rosario, tú sabes que todo eso que dices es mentira. Ven, por favor, y conversemos. Veamos una película. Prometo no tocarte. Vas a ver que no solo te quiero para tirar. Ella se mantuvo firme en su negativa. No te mereces mi compañía. Eres un ingrato, una rata. En ti no se puede confiar. No me vuelvas a llamar. Tengo que sacarte de mi vida antes de que sigas envenenándome más. Eres la persona que más me ha hecho llorar a pesar de que a ti te he dado lo mejor de mí.   

Hacia el mediodía, salí a comprar. Me hacían falta unos cuantos más polos negros de manga larga. Los utilizaba para ir al trabajo en la bicicleta. Debía cubrir mis tatuajes. No quería que Jean Carlo se enterara de que había contratado a un tipo que llevaba los brazos tatuados. No me convenía que ningún empleador se enterase de ese detalle. Era un tipo que necesitaba, por la naturaleza de mi profesión, aparentar cierta pulcritud y presencia. Así de cagada era la sociedad en que vivía: un mundo hecho de apariencias.

Por cincuenta soles, en una galería comercial de la calle Capón compré seis polos negros de manga larga. Salí de Capón y caminé hacia Emancipación. Hacía sol. El calor me arrancaba gruesas gotas de sudor que me bajaban por el cuello, mojaban mi pecho y espalda y me conferían un aspecto lamentable.

En Emancipación, en las galerías de los ciclistas, compré un short más. El único que había comprado hacía unas semanas lo usaba a diario y, a diario, lo sudaba parejo. Para el tercer día de uso, empezaba a apestar. Estos shorts de ciclismo eran especiales. Estaban hechos de una especie de licra que se te pegaba a la piel y que, según la vendedora, hacía que te sintieras como si manejaras con los huevos al aire. Pagué cincuenta soles por el short. Había elegido uno negro. Procuraba que toda mi ropa fuera negra. Era mejor. Era más práctico. Uno ya no perdía tiempo eligiendo los colores que debía combinar para el atuendo diario. Había leído que esto mismo hacían Steve Jobs, creador del iPhone, Mark Zuckerberg, creador del Facebook, y Einstein. Yo lo hacía desde hacía mucho tiempo. Enterarme de que compartía esa misma costumbre con aquellos personajes me resultó gratificante. La filosofía detrás de esa selección de la vestimenta era ahorrarse un trabajo innecesario.  

Llegué a mi cuarto. Faltaba poco para el mediodía y el sol estaba más implacable que nunca. La altísima humedad de la ciudad hacía su parte. Se anunciaba un verano poderoso y melcochoso. Necesitaba un duchazo. Cogí un pantalón negro –todos mis pantalones eran apretados, entallados, al cohete- y un polo del mismo color. También un bóxer y unas medias. Tiré todo sobre el colchón. Me envolví de la pinga para abajo con la toalla y me metí al baño. El baño estaba separado de mi cuarto. Pero era mi baño. Solo yo tenía la llave. Solo yo podía utilizarlo. En el pasadizo, me topé con la inquilina del cuarto colindante al mío. Llevaba una bolsa con, al parecer, vegetales, unos tarros de leche y cosas parecidas para el diario. Tenía buenas tetas y traía un vestido ajustado. Me miró los tatuajes, desvió la mirada –seguramente asustada- y apuró el paso hacia su cuarto. Yo alcancé a saludarla: Hola, buenas tardes. No recibí respuesta. No me importó. Mi mamá me había enseñado a ser educado y saludar.

De camino al paradero, en Metro de Alfonso Ugarte, me detuve para comprar un helado, uno de hielo; no de crema. Los veranos, sobre todo los intensos, los limeños, debían paliarse con hielo; no con crema. De tres, cuatro, cinco y seis bocados terminé el helado. Había sido de maracuyá, una de mis frutas preferidas. Mientras más ácida la fruta, mejor. El bus a La Perla pasó al poco rato. Estaba medio vacío. Tomé el primer asiento que encontró mi culo. A mi lado, y dos asientos más adelante, una rubia golpeteaba con sus pulgares la pantalla de su celular. Chateaba y sonreía. Le vi las piernas. Blancas y sin pelos, como dijo El Poeta, personaje de La ciudad y los perros, cuando describió las piernas de una puta.

Bajo en la farmacia, le dije al cobrador. Bajé. La rubia continuó el viaje, sin dejar de golpetear la pantalla de su celular. Antes de tocar la puerta de la casa de mi mamá y ver a mi hija, me detuve en la tienda de la avenida Pacífico, la tienda de la señora a la que, suponía que por la edad o por un tema genético, se le iba cayendo el pelo. Compré tres M & M, dos papitas Lays y dos Frugos de melocotón. Mi bebe se pondría contenta. Me gustaba llevarle todo lo que le gustaba. Si me pedía un chocolate, se lo compraba en el acto. A su mamá no le gustaba que la engriera de ese modo. Vas a malcriar a nuestra hija, me decía. No me importaba. Yo creía firmemente que el ahora era lo único que existía. El mañana, como la vida, era una ilusión, una sombra, una ficción, como dijo Segismundo, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Si ahora podía hacer feliz a mi hija, lo hacía sin pensarlo dos veces.

Cuando mi bebe me vio, me abrazó. La besé. La cargué. Le dije que la amaba. Gracias, papi, me dijo al recibir los dulces. Corrió con su Tablet a refugiarse en el cuarto de mi hermano para engullir, mientras veía sus videos en inglés, su delicioso botín. La vi correr y la amé más. Podía ser capaz de todo por mi hija. De todo. Aunque no sabía muy bien si sería capaz de dejar la literatura. Eso era algo que habría que descubrir con el paso del tiempo.

Almorcé. Mamá había hecho unas papas rellenas que no pude resistir. Compré una Coca helada. Deseé que Miguel, mi hermano, estuviese ahí conmigo. Siempre que yo llegaba de visita, él me decía Dani, ¿Unas chelas?, y, sin esperar mi respuesta, corría a la tienda y regresaba con seis cervezas recontra heladas. Entonces, nos poníamos a chupar, escuchando, según los ánimos, rock de los ochentas, Pink Floyd, The Doors, Héctor Lavoe o Frankie Ruiz. Pero mi hermano no estaba. Desde hacía unas semanas se encontraba en una mina, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, realizando una chambita temporal, un estudio de ventilación.  

Resistí, a pesar de mi conocida y genética flojera, a la siesta. El estómago me había quedado abultado (había repetido el plato y tomado tres vasos más de gaseosa. Gracias a las bicicleteadas diarias al trabajo, podía permitirme esos desbandes alimenticios los fines de semana en casa de mi mamá) y el cerebro depleto de sangre. Aún así, tuve fuerzas para abrir la laptop, encenderla y continuar con la revisión de la traducción. El sentido del deber se imponía. Este sentido del deber siempre perdía todas sus batallas. La procrastinación las vencía todas. Solo cuando la fecha límite para terminar algo estaba a escasos segundos, el sentido del deber pugnaba por prevalecer y me forzaba a concluir el trabajo pendiente. Ya estaban pasando varios días desde que había empezado la revisión y, si bien no le había dado a Konrad una fecha exacta para concluir el trabajo, sí sentía que ya la estaba haciendo larga. Impelido por el forzoso sentido del deber me despaché varias páginas.

Luego de cinco horas de intenso trabajo -me dolía el cuello, traía los dedos agarrotados y de los ojos me caían gruesos lagrimones-, decidí salir con mi bebe. Fuimos al Bembos de Plaza San Miguel, su lugar favorito en el mundo.

El domingo transcurrió tranquilo. Continué con la revisión de la traducción. Hacia el final de la tarde, cuando empezaba a oscurecer, llegó el tiempo de llevar a mi hija a casa de su mamá, lugar del que había sido expulsado -ya habían transcurrido veinte días desde mi éxodo- por borracho, mujeriego y lector empedernido. Esos eran los cargos que mi esposa me imputaba.

La bebe se rehusaba a dejar la casa de mi mamá. Allí le consentíamos todo. Allí se sentía libre de los lógicos rigores que mi esposa, por el bien de la bebe, había que reconocerlo, le imponía. La bebe ya se daba cuenta del fatídico momento de la partida. Entonces se resistía a que mi mamá le cambiase la ropa. Hacía pataletas y lloraba. Trataba de ponerme fuerte: Morgana, no llores. Nadie te está pegando. Vamos a ir a casa de mamá. Mañana tienes colegio. Pero ella no cejaba, no se dejaba convencer por mis argumentos. Ni yo mismo me creía esos argumentos. La bebe se resistía todavía más. Mi mamá dejaba de insistirle. Le daba pena la bebe. A mí también. Por mí, que se quedara donde le placiera. El argumento del colegio era una razón cojuda. Yo mismo, de pequeño, detestaba ir al colegio. Durante los domingos de mi época escolar, al anochecer, un sentimiento gris se apoderaba de mí. Entonces, todo se me convertía en una amenaza. Esos anocheceres de domingo quedaron marcados a fuego en mi alma. Hasta ese domingo, todavía podía sentir la depresión que sentía de niño. Me imaginaba, entonces, cómo se podía sentir una niña de cuatro años si su papá, con treinta y tres años, todavía seguía sintiéndose débil cada puto domingo. Pero tenía que llevarla. Era peor si no lo hacía. Su mamá, mi esposa, me recriminaría ferozmente: Daniel, siempre trayéndomela tarde a la bebe, siempre malcriándola. Mañana no va a querer levantarse para ir al colegio. Todo por tu culpa, Daniel.

Mi mamá me acompañó a la esquina de Pacasmayo con Pacífico. Tomé un taxi. La bebe todavía tenía lágrimas en sus ojos, lágrimas que se avivaron cuando vio alejarse, a través de la ventana posterior del auto, a mi mamá, su querida y consentidora abuela.

Mi esposa me esperó en un vestido ligero. Desde que empezó a practicar spinning, su figura había mejorado. Mantenía sus buenas piernas y sus buenas tetas, aunque estas últimas habían quedado algo escurridas. Sin embargo, se le había aplanado el vientre y se le había perfilado el rostro. Ella se sentía plena con los cambios que había logrado, a base de dietas de legumbres y carnes al vapor, y mucho, pero mucho, ejercicio.

Nuestra hija todavía lloraba. Para aliviar la pena de la bebe, la llevamos a la tienda más cercana. ¿Quieres tu picolín, hijita linda?, preguntó mi esposa. El picolín era un chupetín de caramelo. Sí, mami, dijo mi hija. La promesa del dulce le cortó la pena. Pagué. Apenas treinta céntimos. Chau, amor, le dije a la bebe. Pórtate bien, ¿ya? Hazle caso a tu mami. La cargué. Pesaba mi bebé. Con los días crecía y pesaba una barbaridad. Era preciosa, linda, mi hija; a pesar de que su papá, o sea yo, era un feo de mierda.

Fue triste el camino de regreso a Zepita. Tomé un bus en el paradero de Tingo María con Bertello. En el asiento, la frente pegada al vidrio de la ventana, reflexioné. Había perdido a mi hija por haber querido llevar una vida de poeta, una vida que no garantizaba la calidad de mi escritura, una vida que, creía yo, estaría sembrada de emociones y aventuras extraordinarias. Nada de eso había sucedido. En cambio, había ganado un dolor inmenso que me torturaba el alma. Un dolor vallejiano. Había perdido a mi hija. Y me sentía una mierda. Era una sensación de vacío y extravío. Era un hincón oprobioso, una punzada que me recordaba que lo único bueno y puro que había hecho en mi vida, mi hija, me había sido arrebatado gracias a mis deliberados y pueriles actos.

En el cuarto, con la agobiante soledad que se me hacía de una tonelada, recurrí al teléfono. Llamé a Rosario. Me olvidé del incidente anterior. Esperé que ella también se hubiera olvidado del vejamen literario que le había endilgado. Ven, le dije, ven, por favor, estoy solo. Me siento mal por mi bebe. Y lloré. Me desahogué. Le conté de mi pena de todos los domingos, de las múltiples roturas que me llagaban el alma cuando se acercaba la hora de despedirme de mi hija. Culpé a los libros que había leído. Gracias a ellos, mi vida era una mierda. Ven, Rose, te necesito. Al otro lado del teléfono, se había formado un silencio comprensivo y luctuoso. Rosario entendía mi pena y me escuchaba. Ya, está bien, voy a ir para acompañarte. Ya no llores más. No quiero verte mal. Sus palabras lograron que me calmara. Tenía la cara húmeda por las lágrimas. Le agradecí su infinita bondad. Gracias, Rose, eres la mejor. Y lo era. Rosario tenía un corazón de oro.

No me provocaba tirar. La pena había sido tan devastadora que había aniquilado mis ímpetus más lujuriosos. Pero si Rosario se avenía a una sesión amatoria, yo no tendría problemas en entregarme a la pasión. Tirar nunca estaba de más. La huevada era que siempre que ella lo hacía conmigo, se enamoraba, no porque tuviera un pene enorme o fuera conocedor cabal de las técnicas más arcanas y efectivas del Kamasutra. No. Mi pinga era pequeña y, para remate, era flojo en la cama. Ella se enamoraba de mí porque, de algún inextricable modo, había llegado a querer al individuo medio atolondrado  y tonto que habitaba el cuerpo de este cholo hijo de puta. A sabiendas de que se enamoraba de mí, yo continuaba empecinado en llamarla, en solicitar su compañía y amistad, en decirle te amo cuando, en realidad, no era eso precisamente lo que sentía por ella. Así de egoísta era. Así de mierda era. Ya la vida se encargaría de hacerme pagar cada una de sus lágrimas. O, quizá, la vida ya se estaba encargando de ello. El karma, decían, era la energía que despedían los actos que uno hacía, buenos o malos, y que retornaba al hacedor, para su bien o para su mal, con igual o mayor fuerza. No necesitaba recurrir a ningún libro para saber en qué consistía el karma porque, en carne viva, yo mismo experimentaba su gran poder.

La esperé en la Plaza San Martín. Era uno de mis lugares favoritos en Lima. Ahí podían encontrarse genios y locos al mismo tiempo. Era un imán que atraía a las personalidades más bizarras de la ciudad, a los borrachos, a los maricones, a las putas, a los comunistas y a todo aquel que creía que podía ganarse la vida escribiendo sobre su miserable existencia. Llevé el libro de Bellow para continuar con su lectura. Cuando llegué a la Plaza, me ubiqué en la esquina que hacía con la cuadra ocho del Jirón de La Unión, en la esquina de la fachada de uno de los tantos locales que el Banco de Crédito tenía desperdigados por la ciudad. Con la espalda y la planta de la zapatilla derecha contra la pared, acompañé a Herzog en sus devaneos. Algunos transeúntes me miraban sin ocultar cierta admiración o asombro: ¿Era posible que un tipo tatuado, que tenía más la pinta de un delincuente que la de un estudiante, estuviese leyendo un libro? 

Vi llegar el taxi de Rosario. Ella bajó y se acercó hacia donde yo estaba sin saber que estaba ahí. Rosario era medio cegatona. No veía de lejos. Mucho menos de noche. Cuando estuvo a un par de metros de mí, recién se percató de mi presencia. Hola, le dije. Hola, me respondió. Sonrió. Estaba bonita. Muy bonita. Se había maquillado bien. Llevaba un atuendo apretado que resaltaba sus tetas. Los tacos que calzaba le empinaban más el culo. El blue jean hacía su parte. Muchas veces la había visto desnuda. Era caderona, pero, de perfil, su trasero podía no ser muy abultado. Era más bien plano. En cambio, vestida con esos tacos y metida en ese blue jean, su trasero podía asemejarse al de una morena culona.   

Supuse que se había propuesto visitarme así de arreglada y guapa para que no volviera a escribir que la vi bruja. Y no me equivoqué. No quiero que vuelvas a escribir nada feo sobre mí, Daniel, me dijo. Le propuse tomar unas cervezas antes de ir a mi cuarto. Quería tomar. Quería olvidarme de que era un papá que no podía vivir cerca de su hija gracias a las tonterías que había cometido. Dejaría que Rose me contase sus cosas. Cuentos acompañados de unas buenas botellas de cerveza. Caminamos por el Jirón de La Unión en busca de alguna tasca. Nos dimos por vencidos en el cruce con la avenida Emancipación. Decidimos regresar a mi cuarto por esa avenida. Dejaríamos los tragos para otra oportunidad. Además, los tacos estaban matando los pies de Rose.   

En la cuadra tres de Emancipación, hallamos un bar. Había pocas mesas ocupadas. Poca gente. Casi nadie. Entramos. Pedimos una cerveza. Rose pagó. Hablamos de cualquier cosa. Terminamos la cerveza bien pronto. Pidió otra. Hablamos de mi novela. Dime si estoy bonita, me dijo. Estás preciosa, le dije. Había una rocola. Los pocos clientes del lugar echaban alguna moneda en la rocola y sonaba una canción del recuerdo. Algo de rock, un poco de balada. Para esas alturas de la noche, ya me había olvidado de la pena de haber sido un mal padre. Gracias, le dije a Rose. Acompáñame todos los domingos, por favor, le pedí. ¿Sabes?, continué, si algún día me llego a suicidar será un domingo. Sellé mi promesa –o mi vaticinio- con un trago de cerveza. Fue el último vaso. Como la pena se me había ido, y el espíritu bohemio se me había impuesto, le pregunté a Rose si en mi cuarto podría llegar a pasar algo sexual. Me dijo que no, que solo había llegado para acompañarme. Y que no merecía nada de ella porque no la respetaba, porque escribía cosas estúpidas y ofensivas en la novela.

Tenía por ahí una película. Era una película mexicana americana. Eugenio Derbez, actor mexicano, era un médico pediatra especializado en ciertos tipos de enfermedades complejas, o algo así. Una niña, una gringa, hija de un par de gringos, sufrió una extraña enfermedad intestinal, o algo así. La madre, desesperada, recurrió a todos los médicos más competentes del país. Ninguno logró determinar lo que tenía su hija. Llegó entonces al inaccesible doctor Nurko, interpretado por Eugenio Derbez. Me interesaba la película porque quería oír a Derbez hablando en inglés. Lo hablaba bien el condenado. Nurko diagnosticó la enfermedad, indicó su incurabilidad y determinó un tratamiento para la infortunada pequeña. El tratamiento garantizaba un resto de vida más digno, pero no evitaría la muerte. En esta parte de la película, Rose y yo, cada uno por su lado, tendidos en la cama, sin ningún tipo de contacto físico, empezamos a llorar; ella porque la escena de los padres enterándose de la incurabilidad de la enfermedad de su hija le recordaba lo que había sufrido en carne propia con la muerte de un ser muy querido y yo porque me puse en los zapatos del padre de la pequeña, sufriendo porque un médico me decía que mi preciosa hija nos podría abandonar antes de lo previsto. Podía sentir a Rose llorando. Los sonidos nasales, su garganta comprimiéndose y expandiéndose. Unas semanas después, la niña, algo recuperada gracias al tratamiento del doctor Nurko, mientras jugaba con su hermana mayor, se trepó a un viejo árbol y, accidentalmente, cayó dentro de su tronco a través de un agujero que no vio a tiempo. Bomberos y rescatistas demoraron horas en recuperar su cuerpo. Pensé: Tan bien que se estaba recuperando la niña y ahora se cae en ese hueco. Sí, me había enganchado con la película. Jamás ganaría un Oscar, pero un padre o una madre podían sentirse muy identificadas con los de la cinta. Los médicos hicieron lo posible por reanimar a la niña. Ella no murió, pero quedó en coma. Unos días después, salió de ese estado de inconsciencia y la enfermedad incurable que la aquejaba desapareció sin dejar rastro alguno. Cuando despertó, la niña manifestó que dentro del árbol se le había aparecido un ángel que con solo tocarla, la curó por completo. Final feliz. La historia había sido real y había sucedido en algún lugar de los Estados Unidos. Se desprendía de la película que el milagro se había producido gracias a la conjunción de las obras caritativas de un grupo de personas buenas que la niña halló en su camino a la cura.

Apagué la laptop. El disco de la película quedó dentro de la computadora. El cuarto, antes iluminado por la pantalla, se tiñó de negro. No se veía nada. El colchón inflable era inmenso, enorme. Entonces, repté hacia donde adivinaba se hallaba el cuerpo de Rosario. Le di un beso en el cuello. Rodeé su cintura con mi brazo derecho. No, Daniel, me dijo. Hoy no va a pasar nada. Insistí con otro beso en su nuca, pero fue inútil. Entonces, sentí dos escuetos remezones cerca de mi lado del colchón. Era mi celular. La pantalla iluminaba el extremo del colchón a mi derecha, cerca de la pared. Me apresuré a ver de qué se trataba. Estaba seguro de que se trataba de una mujer. No me equivoqué. Era Karina. Me había mandado dos mensajes. Se me heló la sangre y se me ablandó la pichula. Leí rápidamente lo que Karina se había propuesto comunicarme a tan altas horas de la madrugada y en tan inoportuno momento. Amorcito, hoy lunes te visito de todas maneras. El otro mensaje decía: Nos encontramos a las ocho en Metro. ¿Está bien? Una promesa de sexo. Sexo dentro de algunas pocas horas. ¿Quién es?, preguntó Rosario. No era tonta. Sabía que eran mensajes en mi celular. Mi mamá, dije sin dudar. Me había convertido en un mentiroso de polendas, en un tipo que se creía sus propias mentiras. Si uno no se creía sus mentiras, era imposible que el resto te las creyera.

Quería responderle a Karina, pero evitando que Rosario descubriera al verdadero remitente de los mensajes. Mientras tecleaba la respuesta, coloqué más piezas a mi mentira. Es mi mamá. Dice si llegué bien a mi cuarto. Le estoy contestando que sí, que estoy bien. En realidad, escribí: Está bien. A esa hora nos vemos. Presioné enviar. A ver, muéstrame la conversación. Rosario estaba muy cerca de mí. Había movido su cuerpo sin que yo lo hubiera notado, absorto como estaba por la adrenalina del peligro del momento. La tenía detrás de mí. 


Lima, domingo 25 de setiembre del 2016.