Latidos del asfalto

sábado, 14 de abril de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 30


Del martes 18 al jueves 20 de octubre del 2016

Nada conmovía la conciencia de este hombre. Era como tratar de obtener sin un espejo la reflexión de una imagen. La conciencia es en el individuo la guardiana de las leyes dictadas por la colectividad, considerando su necesidad de conservarse. Es un guardián que vigila nuestros corazones para impedirnos infringir las reglas establecidas, un espía instalado en la íntima fortaleza del ser. El hombre tiene tal sed de simpatía, su temor por las críticas es tan vivo, que por sí mismo ha introducido al enemigo en la plaza; su conciencia no cesa de vigilar, siempre dispuesta a ahogar toda veleidad de independencia. Es el lazo poderoso que encadena al individuo con la masa y que le impulsa a preferir a los suyos los intereses de la colectividad, que ha aprendido a considerar superiores. El hombre llega a convertirse en el esclavo de su conciencia. La coloca sobre un pedestal. Por último, como el cortesano, adulador servil del cetro que lo oprime, se vanagloria de su esclavitud. A sus ojos, ninguna inventiva es suficientemente fuerte para castigar al que desconoce el principio de autoridad, porque se siente desarmado ante este ser independiente. Frente a la monstruosa insensibilidad de Strickland, yo no podía menos que retirarme horrorizado.

W. Somerset Maugham – La Luna Y Seis Peniques

Se llamaba Estrella y tenía las nalgas moradas. Se las había inyectado hacía unos días. Las tetas se las había hecho hacía un par de meses. Silicona me pusieron. No me vayas a agarrar duro, ah. Su acento serrano me destruía la arrechura. Entonces, debía hacer malabares mentales para que no se me ablandara la pichula. No tenía cara de serrana. Llevaba levantada la punta de la nariz y el rostro perfilado. Su ropa la había dejado sobre una silla, al lado de su bolso. Yo, siempre cauto, acomodé la mía en una esquina de la cama. Tampoco me vayas agarrar fuerte las nalgas, ah. Me duelen. Detestaba cuando las putas se ponían exquisitas: no toques ahí, no me golpees las nalgas, no me muerdas los pezones, no beso en la boca. Cuando empezaban las prohibiciones, me sentía estafado; porque evitaban que eyaculase. Yo necesitaba besar a la puta, amasarle el trasero, mordisquearle los pezones, decirle que la amaba. Solo así podía venírseme la leche. Traté de soslayar sus reparos. Ya había pagado y necesitaba eyacular; dentro de algunas horas partiría hacia la sierra y podría ser el último viaje de mi vida. Masajeé sus nalgas. Despacio. Eran tremendas, durísimas. Fueron esas protuberancias las que me condujeron hasta ese hostal. Cuando le pregunté la tarifa, eran poco más de las once de la noche. Por lo general, no me era fácil acercarme a una trava; unos nervios indecibles me bajaban la presión, congelándome el cuerpo. Que cualquier persona me viese conversando con una trava, me paniqueaba. Sus miradas eran las de mi madre, las de mis amigos, las de mis vecinos, recriminándome: así que eras un cachacabros, Daniel. Qué decepción. Qué vergüenza. Si uno de esos fisgones me conocía o conocía a mi esposa, estaba perdido. Si ella se enteraba de que tiraba con cabros, me exigiría el divorcio demandándome una buena cantidad de plata y, lo que era peor, prohibiéndome ver a la bebe. Irónico. Yo no la juzgaba por su relación con Melina. Es más, consentía que viviesen con mi hija en la casa que yo pagaba. Ella, sin embargo, sería implacable con el lado B de mi vida.

Esa mañana lo único que tenía en la cabeza era abrir, de una buena vez, la cuenta en dólares de la empresa. Necesitaba que Villanueva Ingenieros me depositase el pago correspondiente. Gracias a los ingresos de esa empresa, fundada entre mi hermano y yo, podía pagarme un cuarto y vivir solo, sin descuidar mis obligaciones paternas. Jean Carlo llegó temprano. Entró a mi oficina. Daniel, nos ha salido un viaje para la mina El Devenir. Están interesados en comprarnos unos ventiladores. Victorio sacó la cita. Mañana salimos temprano. Le pedí permiso para ir a casa y alistar mis cosas. Me dijo que no había problema. Victorio se unió a la conversación. Llevaba en la mano una taza humeante de café. En su rostro, culebreaba ese airecillo ladino que siempre lo caracterizó. Me parecía un tipo nada confiable. En su hablar, pervivía algo de su natal acento serrano. Algo en su voz me llegaba al pincho. Victorio no sabía un carajo de ventilación, pero la rompía consiguiendo citas comerciales. Llegaba tarde a la oficina, se largaba temprano y conseguía contratos.  

Cuando era inminente un viaje a la mina, debía hacer dos cosas: ver a mi hija y tirar con una hembra. Ese viaje, forzosamente conducido por las sinuosas carreteras de la sierra peruana, podía ser el último en la vida. Cada curva era una trampa mortal; cada conductor que se atravesaba, un enemigo que creía estar sobre una pista de hielo.      

A las once de la mañana, ya tenía todo listo para fugar. Le dije a Patricia que ya volvía, que iba al banco. En la oficina de Jean Carlo, había libertad: uno podía largarse adonde quisiera, sin anunciarse. No me gustaba abusar de la autonomía que se me concedía. No era mi empresa; no era mi chacra. Debía guardar las formas. Así que le comunicaba a Patricia si me iba a algún lado. Fui al banco. Llevaba la copia legalizada y, en la tarjeta, los quinientos dólares que Rosario me había depositado. Le devolvería el dinero apenas Villanueva me depositase lo adeudado. Una vez abierta la cuenta, desde mi celular, le escribí un correo a Irma León, la contadora de Villanueva Ingenieros, la encargada de gestionar los pagos a los sufridos proveedores de la empresa. Le mandé el número de cuenta. Presioné enviar y caminé al chifa. Por fin, terminaba con un trámite que me había tenido cabezón los últimos días. Ahora, se venía el viaje a la mina. Otra huevada más. Si había algo que no me gustaba, era viajar a la sierra: el frío, el dolor de cabeza, el olor a mineral que se impregnaba en la boca, en la nariz, en las orejas, en la entrepierna. Nadie quería estar en una mina. Ni siquiera los propios ingenieros de minas. Todos los que conocí vivían pensando en sus días libres, en el momento en que chapaban sus cosas y salían disparados al primer burdel de la ciudad.

El arroz chaufa del chifa Xing Fu, al frente de mi chamba, era buenazo. Había probado todos sus platos: pollo con verduras, pollo con tamarindo, enrollado de pollo, chancho con tamarindo, chancho con verduras, tallarín saltado, pollo chi jau kay, pollo ti pa kay, pollo con piña, chancho con piña. Todos eran excelentes, pero el chaufa descollaba. La china que atendía ya conocía mis gustos: un plato de arroz chaufa, un tazón de sopa wantán y una Inka Kola helada. Iba por la mitad del plato cuando recibí un mensaje de Irma. Que no me preocupara, el pago no tardaría en realizarse. Me jodía la expresión “No te preocupes”. La gente siempre decía cosas que no sentía. “Todo va a salir bien”. Cómo chucha sabían que el asunto no saldría hasta las huevas. Expresiones similares: “Te amo”, “Mi más sentido pésame”, “Dios está contigo”.

Hice un esquema mental de lo que debía hacer. Eran muchas cosas. Lo primero: ver a mi hija. Le mandé unos whatsapps a su mamá. Le conté que me iba a la mina y que, por favor, necesitaba ver a la bebe. Que me dijera la hora en que podría pasar por ella. Empezó con sus huevadas. Ay, Daniel, tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro; que por qué no le avisaba con tiempo. Acopié paciencia. Le expliqué que lo del viaje había sido cosa de última hora y que por eso me urgía ver a la bebe. Entiéndeme, por favor. Continuó quejándose: tenía clases en el gimnasio que perdería debido a mi intempestiva solicitud. Insistí con tino. Aflojó. Trataré de tenértela lista para las nueve, dijo, refunfuñando. Las nueve era súper tarde, pero, qué chucha, vería a mi hija. Eso era lo que importaba.

Lo siguiente era coordinar con mamá la indumentaria que llevaría al viaje. En el cuarto de Zepita, solo tenía las cosas esenciales para vivir. Toda la ropa que usaba para la mina había quedado a buen recaudo en casa de mamá: los zapatos de punta de acero, los pantalones de lana tipo chicle y las casacas gruesas. En las minas peruanas, si no te abrigabas bien, se te congelaban el culo y las pelotas. La llamé. Quedamos en que estaría en su casa, en La Perla, a las cuatro de la tarde.

Regresé a la oficina. Me encerré en el baño. Salí vestido de ciclista. El short ajustado me resaltaba la pinga. Siempre trataba de que Patricia se fijara en el bulto, pero ella nunca despegaba la vista de las facturas. Manejé con soltura. Sorteé con destreza a combis, motos y camiones. Con la bicicleta, llegaba más rápido a cualquier lugar. El problema era que llegaba bañado en sudor.  

Me detuve en Wilson para recoger mi laptop. Aún no estaba lista, a pesar de que la gordita machona me había prometido que lo estaría. Carajo. Mi socio tiene su laptop, joven. Llega en un minuto. El minuto se convirtió en media hora. No protesté. Reprimí, una vez más, mi molestia. Me jodía la impuntualidad, la sacada de vuelta a la palabra empeñada. Esperé. Cuando llegó la máquina, la probó. Funcionó bien. La guardé en la mochila. Di las gracias y monté en la bicicleta. Llegué a Zepita. Me bañé. Me vestí. Caminé al paradero de la Venezuela. Una hora después, mamá me abría la puerta de su casa. Había dispuesto los zapatos de seguridad, el pantalón de lana y la casaca que llevaría a la mina. Noté que algo le preocupaba. Le pregunté si todo estaba bien. No. Mi abuelita, su mamá, se había puesto mal. Había tenido dificultades para respirar esa mañana. Ella vivía en Barranca, donde, al lado de su casa, tenía una chacra en la que criaba animales y sembraba legumbres. Nos visitaba con frecuencia. Traía las frutas y la carne que su chacra producía. Tu tío la llevó a un hospital, contó mamá. Pero yo voy a viajar mañana para traerla e internarla en una clínica. Pasé un susto horrible cuando me enteré. Todavía estoy temblando. Mira. El internamiento en una clínica era costoso; algo de mil soles. Pídeselos a tu papá, por favor. Yo estaba entre dar y no dar de mi dinero. Me sentí como una mierda por ser tan cicatero en un asunto que atañía a la salud de mi abuelita. Fue ella quien nos crió desde pequeños a mi hermano y a mí mientras nuestros padres continuaban sus carreras en la universidad. Si algo éramos en la vida, era gracias a ella. Recapacité. La salud de mi abuelita estaba primero. Esa era una emergencia, ¿o no? Decidí aportar el dinero. Igual, no descarté la posibilidad de llamar a mi papá, contarle el problema, y pedirle el dinero para los gastos del internamiento. Estaba seguro de que colaboraría sin pensarlo dos veces: gracias a que mi abuelita nos crió, él pudo terminar su carrera y ser el médico de éxito que ahora era. Lo llamé. Contestó al segundo intento. Hola, hijo, cómo estás. Le conté el problema. Necesitábamos mil soles para que la abuelita pudiera recuperarse en Lima. Chasqueó la lengua en señal de molestia. Hasta cuándo vas a estar sin plata, Daniel. Yo siempre tengo que darles plata. Me desconcertó la respuesta. ¿Era cierto lo que estaba escuchando? Reconocía que era un ingeniero sin dinero, de medio pelo. Eso estaba fuera de discusión. Lo lamentable era que el idiota que me había tocado por papá no viese la gravedad del asunto. Se trataba de la vida de mi abuelita. Continuó ladrando: Ustedes ya trabajan -se refería a mi hermano y a mí-. Hace tiempo que salieron de la universidad. No es posible que me sigan pidiendo plata. Colgó. No podía ser hijo de ese atorrante. ¿Era yo tan tacaño, tan desalmado, como él? Sí, lo era. Hacía poco yo mismo acababa de dudar sobre donar mis mil soles a la causa de mi abuelita. Esa decisión debió ser inmediata y no demorar treinta segundos. Siempre que mi esposa me pedía dinero, y yo se lo negaba, me acordaba de mi papá, de la cicatería que le había heredado. No te preocupes, má. Yo voy a poner la plata. Ella se negó. Intuía la precariedad de mi situación. Insistí. Además, pronto me van a pagar los de VISA. Con eso me estabilizo. Mi mamá, resignada, me lo agradeció. Tampoco entendía los niveles de roñosería de quien fue su esposo. Te deposito apenas llegue a mi cuarto. Quedé empinchado con el huevón de mi papá. Mil soles no le significaban nada. Metí mi encargo en la mochila y me despedí de mamá. ¿A qué hora viajas, hijito? Partiríamos a las cinco de la mañana, en la camioneta de Jean Carlo. Quizá nos quedemos ese día en la mina, o en un hotel, y regresemos a Lima temprano al día siguiente. Mamá me miró a los ojos. Cuídate mucho, hijito. Vibró mi celular. Era mi papá. Dime, papá. Me hubiera gustado recibir la llamada con un árido qué quieres, pero no podía transparentarle mi molestia. Era el trauma que me dejó cuando, de pequeño, me acomodó descarnados correazos. Crecí temiéndole. Con mi mamá, en cambio, me mostraba burlón, faltoso, atrevido. Cuando una persona te brindaba su estima, recibía los peores tratos. Era el huevón de mi papá quien merecía que lo tratase ásperamente. Lo había pensado mejor: depositaría en la cuenta de mamá los mil soles para mi abuelita. Pero que sea la última vez que les mando plata. Ya ustedes están grandes y deben aportar. Hijo de puta. Lo peor de todo era que en el fondo yo era igual a él. Eso me jodía. En mis momentos de cicatería y violencia, me daba perfecta cuenta de lo que nos emparentaba: la ruindad. Mamá quedó más aliviada con que mi papá aportase el dinero. Regresé a mi cuarto y dispuse lo que llevaría al viaje. Me volví a bañar y salí a ver a mi hija. A las nueve en punto, estuve en su casa. Toqué y toqué el timbre. No había nadie. Esperé. Luego de media hora, aparecieron. Regresaban de algún lugar. Eran Melina, mi esposa y mi hija. La imagen de las tres saliendo como una familia, me impactó. Podía pasar por alto la tardanza, podía disculpar que me hubiesen tenido tocando el timbre como un huevón, pero no que Melina ocupara el lugar que me correspondía como papá. Eso sí que no. No les dije nada. No era de hacer escenas. Melina entró en la casa. Mi esposa, mi hija y yo fuimos a comer chicharrón de pollo a la Alborada, tal como habíamos acordado. Estuve con mi cara de culo durante la comida. Si vas a estar así, mejor me voy, dijo mi esposa. Se levantó y se fue. No la seguí. Igual que la vez anterior, permanecí con la bebe hasta que terminó de comer sus papitas fritas y su pollito. Caminamos tranquilamente de regreso a su casa. Le había entrado algo de sueño. Eso era bueno porque no sentiría mi partida; se iría directamente a la cama. Mi esposa bajó a abrirnos la puerta de rejas. En el camino, se me había pasado el enojo. Yo no almacenaba rencores. Los olvidaba con facilidad. Tras abrir la reja, la bebe subió, algo adormilada, casi hasta con desgano, las escaleras al segundo piso. Adiós, papi, dijo. Quedé a solas con su mamá, al pie de la puerta. Llevaba un camisón. Era evidente que no llevaba nada debajo. Al menos, no llevaba sostén; se le notaban los pezones. Como siempre que discutíamos, le ofrecí mis disculpas. Las aceptó luego de un tenso momento. Nos abrazamos. Estaba a menos de ocho horas de viajar a la sierra. Iba a conducir el imprudente de Jean Carlo. En el último viaje que hicimos, gracias a sus maniobras, casi terminamos en el fondo de un abismo. Era mejor despedirse de la gente sin rencores.

Regresé al Centro. En una botica de Piérola, compré un blíster de dimenhidrinato, las pastillas genéricas que prevenían las náuseas y el mareo. Una sola pastilla genérica costaba diez céntimos; una de marca, dos soles cincuenta: el dos mil quinientos por ciento. Los empresarios de la salud eran tremendos ladrones. Luego de eso, con el pene duro y angustiado, enrumbé en busca de sexo. Inspeccioné Chancay y Peñaloza. Una mamacita estaba parada en una de las esquinas de Chancay con Zepita. Un imbécil de gorra le conversaba. Ella oía con cierto desgano. Eran casi las once de la noche. Aún había gente circulando, lo que me impedía acercarme a la trava. Sin embargo, cuando reunía el valor necesario para hacerlo, me daba cuenta de que el idiota de gorra continuaba conversando con ella, sin demostrar el menor atisbo de querer largarse. Si vas a tirártela, tíratela ya, cabrón. Se me ocurrió pasar al lado de la trava y mandarle inequívocas miradas de que necesitaba de sus servicios. Así, ella se desharía del hablantín para atenderme y darle la bienvenida a un dinerillo rápido. Hicimos contacto visual en un par de ocasiones. No comprendió mi requerimiento. Pasé a su lado una tercera vez. Volvió a fracasar la conexión visual. Caminé de largo por Zepita. Mi afán por no levantar sospechas hacía que le diese una vuelta completa a la manzana formada por las calles Zepita, Prolongación Tacna, Delgado y Chancay: una vueltaza para despistar a cualquiera que me estuviese vigilando. Había que ser paranoico. La paranoia era, en estos casos, una aliada: te mantenía alerta. William Burroughs decía que la paranoia era conocerlo todo. Si lo conocía todo, sería imposible que me pillasen pagándoles a hombres por sexo, porque eso era, al fin y al cabo, lo que la sociedad veía en las travas: hombres, hombres desviados, asquerosos, pecadores, lacras. Para mí, eran mujeres, tan mujeres como mi mamá, mi esposa, Rosario, Daniela o Karina.  

Fuente: Google Maps

No me era fácil acercarme a una trava; la sangre se me helaba y la piel se me erizaba. Era el miedo a ser visto hablando con un homosexual. La sociedad condenaba al travesti y a todo aquel que estuviera en sus proximidades. El tipo que hablaba con la trava era un viejo. Llevaba una gorra desteñida, una camisa blanca, sucia, y un pantalón caqui que se le chorreaba por las piernas. ¿Qué hacía esa belleza al lado de ese insecto? ¿Por qué no lo expectoraba? Volví a pasar una cuarta vez. El frío que me paralizaba los movimientos me produjo unas ganas terribles de orinar. Nuestros ojos volvieron a hacer contacto. Por la mirada que me devolvió, entendí que había captado, por fin, mis intenciones: quería cachármela ya. Le dijo algo al viejo. Este se fue arrastrando los pies. Me iba a explotar la vejiga. Solo pensaba en llegar al baño del cuarto donde tiraría con la trava. Cuando el viejo desapareció en la cuadra ocho de Chancay, me acerqué a la mujer. Qué tal culo. Qué tales tetas. Se me endureció aún más el pene. Había que transar antes de llegar a la cama. La pichi, que ya se me salía, era producto del miedo a la condena social. Recordé que debía comprarme una capucha para evitar que me señalasen.   

Llevé La Luna Y Seis Peniques, de Maugham. Había empezado a leerla tirado en mi colchón, luego de haber estado con Estrella,. A pesar de las contundentes primeras páginas, suspendí la lectura; estaba rendido, había botado demasiada leche. Un taxi me dejó en el punto de encuentro acordado: el Real Plaza del Centro de Lima, en la cuadra trece de Wilson. Habíamos determinado salir a las cinco de la mañana para regresar ese mismo día a Lima. Detestábamos permanecer más de veinticuatro horas en una mina. Llegué cinco para las cinco. No había rastro de los impuntuales de mierda. Deambulé por varios minutos a lo largo del frontis del centro comercial. Continué leyendo La Luna Y Seis Peniques. Charles Strickland era un próspero agente de bolsa que, de un día para otro, dejó la seguridad de un trabajo bien pagado y la comodidad de un hogar con esposa, hijos y comida calentita para dedicarse al arte de la pintura. Ya eran las cinco y media y no aparecían los hijos de puta. Empezaba a clarear. Unos minutos más tarde, llegó Victorio. Bajó de un taxi. Se me acercó. La ausencia de Jean Carlo me obligaba a conversar con él. De sus hombros colgaba una mochila. Una chompa roja iba doblada en uno de sus brazos. Me tendió una mano pequeña, fría. Caminamos hacia la calle Roosevelt, una de las que flanqueaba al centro comercial. Especulaba sobre la demora de Jean Carlo. Nos sentamos sobre uno de los bajos muros que circundaban al Real Plaza. Quería retomar la lectura de la novela, pero Victorio no tenía intenciones de cerrar la boca. Me preguntó si había oído hablar de ciertos ventiladores franceses. Algo, le dije. Pero nunca he trabajado con ellos. Creo que no tienen presencia en el Perú. Me dijo que le parecían unos ventiladores excelentes; incluso mejores que los que vendía Jean Carlo. No tomé en serio su comentario; a pesar de que trabajaba en una empresa que vendía ventiladores, Victorio sabía tanto de ventilación como yo de física nuclear. Había algo raro en su repentino interés por esos ventiladores. El asunto olía mal.

Jean Carlo llegó en su camioneta y el martirio terminó; había tenido que soportar la insufrible conversación de Victorio por más de una hora. Eran las siete. Se había quedado dormido, que lo disculpásemos. Subimos a la camioneta. Victorio cogió el asiento del copiloto. Las personas poderosas se creían titulares de esa ubicación. Victorio se consideraba el vendedor estrella, el hombre con influyentes contactos en la minería y la construcción civil. Era natural que se sintiera poderoso. Yo prefería viajar en el asiento de atrás. Cuando fui jefe de ventilación en las minas, y mis trabajadores y yo debíamos abordar una camioneta, declinaba cortésmente el asiento del copiloto. Ellos se sorprendían; no, inge, usted vaya adelante. Yo volvía a declinar hasta que uno de ellos, aún desconcertado por tener al jefe en el asiento de atrás, terminaba sentándose adelante. Era muy probable que ese aparente acto de humildad ocultase un comportamiento cobarde. No me gustaba dar la cara. No quería ser el jefe de nadie; era mucha responsabilidad.

Como no sabía conducir, no tuve que turnarme al volante con Jean Carlo y Victorio. Me pasé el viaje leyendo y durmiendo. A eso de las cuatro de la tarde, llegamos a la mina. Nos recibió el jefe de ventilación, un tipo que seseaba con frecuencia; bañando en saliva a quien tuviera el infortunio de ser su interlocutor. Se le notaba hastiado de vivir. Nos condujo a su oficina, que estaba dentro de la mina, en el subsuelo, a cien metros del portal de entrada. Por orden del gerente, los ingenieros y el personal técnico debían permanecer dentro de la mina, con todo y sus oficinas; solo podían abandonarla para dormir. Nos sentamos alrededor de la mesa del ingeniero. Había rumas de papeles por doquier. El ingeniero, con visible desgano, retiró los papeles como pudo y los dejó en una mesa adyacente, que probablemente le pertenecía a su asistente. Jean Carlo acomodó su laptop sobre la mesa y empezó a exponer las bondades de sus ventiladores. La codicia brillaba en sus ojillos, que saltaban de la pantalla a la desangelada cara del ingeniero. Victorio y yo solo mirábamos. Luego de unos minutos, Jean Carlo me cedió la palabra. Era la estrategia que habíamos planificado; yo, a raíz de mi experiencia como jefe de ventilación en Compañía de Minas Villanueva, debía encomiar los ventiladores de Jean Carlo: Sí, cuando fui jefe de ventilación, usé estos ventiladores. Son estupendos. Tienen un rendimiento increíble. Nos permitieron ahorrar miles de dólares mensuales en consumo de energía… Tonterías y más tonterías. A pesar de que no eran mentiras, me sentía como un títere diciéndolas. Necesitaba el dinero, así que no tenía más opción.

Jean Carlo propuso visitar una mina que se hallaba en el camino de regreso. Había concertado esa visita con la jefa de ventilación de esa mina, que era su amiga. Jean Carlo la había conocido hacía mucho tiempo cuando ella, que en ese entonces trabajaba para una consultora minera, le solicitó unas cuantas cotizaciones con respecto a sus ventiladores. Desde ese día, no perdieron el contacto. Jean Carlo la llamó al celular. Le indicó que la esperásemos, que ya salía. Eran las siete de la noche. La camioneta aguardaba en las afueras de las instalaciones de la mina. Permanecimos dentro, yo con los brazos cruzados. Salir hubiera sido estúpido; hacía un frío de mierda. Luego de una hora, la ingeniera se acercó a la camioneta. Bajamos. Nos llevó a una oficina cercana. Era tremendamente guapa. A pesar del grueso y abultado uniforme que vestía, podía adivinarse una excelente figura. Se llamaba Paola. Era colombiana. Conversó principalmente con Jean Carlo. A Victorio y a mí prácticamente nos ignoró. La envidié: era jefa de ventilación; yo, un minúsculo empleado que había huido de las acosadoras presiones inherentes al trabajo minero. No soporté el estrés ni el confinamiento. Paola, con toda seguridad, ganaba un buen billete y tenía dos carros. Yo ganaba la miseria que me depositaba Jean Carlo y me movía en bicicleta. Procuré no abrir la boca durante la conversación; tenía la moral por los suelos. Rogué porque Jean Carlo no me presentase con pomposidad. Cualquiera diría: si eres la gran cosa, qué chucha haces de vendedor. Lo temido ocurrió. Nos presentó. Paola, él es Daniel. Es el nuevo jale de la empresa. Es ingeniero de ventilación con amplia experiencia en consultoría y en operaciones. Ella me miró con lástima. Adiviné lo que pensó: pobre diablo. Paola instó a Jean Carlo a cotizarle tres ventiladores. Los estamos necesitando para un proyecto de integración de dos de nuestras minas. No me falles. Los ojos de Jean Carlo fulguraron codicia. Mañana mismo tienes la cotización, Pao. A las nueve de la noche, continuamos el retorno a la ciudad. Jean Carlo estaba eufórico: las visitas se habían transformado en dos promesas seguras de venta. En cierto tramo del recorrido, nos topamos con un grupo de gente. Parecían ser los miembros de una numerosa familia. Iban a algún lado; probablemente a casa. Caminaban muy cerca de la carretera. Sus ropas exponían su pobreza. Jean Carlo pegó el carro hacia el grupo. Aceleró aún más. Pasó rozándole el hombro a una mujer que llevaba a un bebe en brazos. Guarda, dijo Victorio, asustado. Jean Carlo no respondió. Una mueca de insana satisfacción le cubría el rostro. Pisó con más fuerza el acelerador. Era probable que lleguemos a la ciudad a las dos de la madrugada.

Hola, saludé. Hola, me respondió. Debía ir al grano, pero, por educación, no podía suprimir el saludo. ¿Cuánto?, pregunté. Treinta soles, dijo. ¿Dónde? La negociación debía ser rápida para no exponerme a las miradas. Señaló con un dedo el hostal que teníamos al frente, cruzando Chancay. Algunas travas solían merodear en las cercanías de la puerta de ese hotel. Ese día no fue la excepción. Caminamos hacia el hostal. La chica tenía las tetas como balones de futbol y el trasero inmenso y redondo. Le pagué diez soles al tipo de la recepción. Me extendió un condón y un enrollado de papel higiénico. Seguí el rastro de la trava. Subí unas escaleras. Entramos en una habitación, en el segundo piso. Voy al baño un ratito, me excusé. Dejé la puerta entreabierta. Oriné. Fui al lavabo y me lavé la pichula. Que vea que me la estoy lavando, que vea que lo que se va a meter a la boca va a estar limpiecito. Salí del baño. Empecé a desvestirme. Debía sentir la piel de esa belleza. Dentro de la habitación, solitos, era esclavo de mi lujuria. Me arrodillé y le bajé el pantalón. Lamí con fruición sus nalgotas. Ella se quitó la blusa y el sostén. ¿Cómo te llamas, mi amor? Con un acento medio serrano, dijo: Estrella.

                             Fuente: Google Maps

Te las voy a besar despacio, le dije. Se dejó hacer; aunque sus no me toques tan fuerte o no me muerdas los pezones habían reducido mi arrechura. Una puta debía entregarse por completo, sin queja alguna; el cliente debía sentir que tiraba con su novia o, mejor todavía, que se masturbaba en la comodidad de su soledad. La puta debía ser imperceptible, limitarse a ofrecer su cuerpo, a expresarse solo para engrosar la libido de su acompañante con frases como sí, dame tu leche, papi, me encanta tu pingota, sí, métemelo todito, sí, ay, qué rico. Yo estaba echado en la cama; ella, en cuatro, encima de mí. Mi lengua le lamía una teta. La otra se la manoseaba con la mano derecha, mientras que la izquierda recorría la piel de su culo. Ah, era delicioso. La pinga la tenía durísima, me iba a estallar en cualquier momento. Eran treinta soles por el cache y diez del hotel. Cuarenta soles. Tenía que clavársela. Se lo dije. Me puse detrás de ella. Empezamos. La pendeja no gemía. Aguantaba. La chamba de una puta no era aguantar; era dejarse llevar por el dolor, gemir, dar alaridos, excitar al parroquiano, gracias a cuyo dinero podía inyectarse más aceite y embutirse más silicona. Empujé con más fuerza. Me concentré en la venida. Sus quejas ahuyentaron nuevamente a mis demonios. No muy fuerte; recién me he inyectado. Le saqué la pichula y me volví a tender en la cama. Me quité el condón. Lo tiré al piso. Ponte encima de mí, como hace ratito, para besarte los senos y masturbarme. Aceptó. Cuando terminé, atrapé el semen con el prepucio.

Eran las tres de la madrugada cuando llegué a Zepita. Se oía cerca la estridencia de la procesión del Señor de los Milagros. El anda y su feligresía debían de estar en alguna cuadra de Tacna. Le prometí al Señor que lo visitaría el treinta y uno, el último día de la festividad. Busqué la llave en uno de los bolsillos de mi mochila. Zepita estaba desierta. No era peligrosa. Había luz y toda la huevada. Metí la llave en la cerradura de la reja. Estaba seguro de que, si me daba una vuelta por Peñaloza, hallaría algunas travas. Pero hacía poco más de veinticuatro horas había tirado con Estrella, invirtiendo cuarenta mangazos. Estaba deslechado y sin muchos ánimos de seguir gastando mi dinero. Giré la llave y se abrió la puerta. Hola. Fue un susurro en el pabellón de la oreja derecha. Volteé. Era Azul. Estaba hermosa. Así que te gustan las serranas, ¿no?    

jueves, 15 de marzo de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 29


Del sábado 15 al martes 18 de octubre del 2016

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Horacio Quiroga – Decálogo Del Perfecto Cuentista

El hombre elefante, sentado en una de las camas, el rostro impasible, lo vio llevarse el vaso con cianuro al borde de la boca. Lo vio dudar. No había suicida que no hubiera experimentado ese segundo de vacilación antes del paso definitivo. Lo imaginó recordando aquellos episodios que lo habían orillado hasta ese punto, hasta ese hospital, hasta esa cama, hasta ese vaso.

Desembolsé los quinientos dólares. Me dolió. Me esperaba otro golpe más tarde. La dependienta del banco me indicó que, para finalizar el trámite, aún debía presentar una copia legalizada del acta de fundación de la empresa. Apenas la tengas, regresas. Más papeleos. No les bastaba el dinero. Regresé al cuarto de Zepita. Estaba muerto de calor. Me ardía la piel. Una película de sudor y grasa la envolvía. El agua fría de la ducha fue una bendición. Pensé en Rosario. Le era imposible entender que vivía una etapa de exploración: necesitaba conocerme a mí mismo y volcar ese conocimiento en la novela. El mundo de las tracas me invitaba a penetrar en él. Mientras durasen mis pesquisas, no podía prometerle fidelidad a nadie. Solo podía serle fiel a mis instintos y a mis ideas.  

Con el derecho, su único ojo bueno, veía el vaso de cianuro tambaleándose en la boca de su amigo. Era imposible que supiera que el suicida anhelaba escuchar unas notas de La Cabalgata De Las Valquirias para apurar el contenido del vaso, para matarse de una buena vez.

En lugar de seguir por Wilson, tomé Quilca. La tarde estaba algo fresca. En una de las librerías, vi el tomo de los cuentos completos de Horacio Quiroga. De él, había leído Cuentos De Locura De Amor Y De Muerte, su cuentario más popular, más impreso, más pirateado. El tomo era original. Editado por Alfaguara. ¿Tiene copias, maestro? No, a nadie le interesaba leer la obra completa de Quiroga. Los piratas se volcaban sobre lo popular; no necesariamente lo mejor. A cuánto me lo deja, maestro. Sesenta soles, joven. Mucho. Regateé. Lo dejamos en cuarenta y cinco. Pagué. Valió la pena. El tomo no solo contenía los cuentos; también ofrecía una biografía del autor y un análisis de su obra. Salí de Quilca leyendo el libro. Retomé Wilson. Fui a la tienda de la gordita machona. Me mostró la laptop. En la foto, lucía menos aparatosa. No me quedaba más alternativa. A cambio de mi laptop malograda, y cuatrocientos cincuenta soles, recibiría esa máquina de apariencia anticuada, aunque, según la gordita, muy moderna por dentro.

Tenía dos meses de nacido cuando vi morir a mi papá. Obviamente, me era imposible recordar el incidente. Mi madre me lo revelaría tiempo después. Papá ejercía un importante cargo diplomático. Era un tipo justo, divertido y bonachón. Sus vicios eran su familia, su trabajo y la cacería. Debido a una inopinada diligencia diplomática, no pudo estar al lado de mamá durante el parto. Esto le dolió tremendamente. Dos meses después, tras la conclusión exitosa del asunto que lo había mantenido en ajetreos, solicitó veinte días de descanso. El ministro, su jefe, se los concedió. Los tenía bien merecidos. Alquiló una cabaña en uno de los parajes más boscosos de la provincia en que residíamos. La idea era alejarnos del ruido de la ciudad, que el mundo se redujese a nosotros tres en llano contacto con la naturaleza. A los cuatro días de instalados, papá anunció que saldría a cazar. Se internaría en el río que corría cerca de la cabaña. Estaba ansioso por descubrir la fauna que derribaría con su escopeta. A la mañana del quinto día, zarpó en el botecito que flotaba con quietud a un lado del pequeño muelle. Regresó con el crepúsculo. Abarloó el bote y se aprestó a salir de él. Mamá, tras divisarlo por una de las ventanas de la cabaña, y conmigo en brazos, fue a su encuentro. Quería que los tres nos fundiésemos en un largo abrazo. Mamá y yo estábamos ya en el muelle, acercándonos a papá. Él, de un salto, abandonó la embarcación y aterrizó sobre los tablones del muelle. En ese preciso instante, la escopeta, que tenía colgada del hombro, se disparó. La bala le ingresó por la barbilla y le salió por la coronilla, volándole la tapa de los sesos. Su cuerpo cayó pesadamente sobre los húmedos tablones del muelle. Únicamente la cabeza quedó fuera, colgando por encima de las aguas del río. Parte del cerebro terminó como alimento para los peces. Mamá quedó paralizada por varios minutos antes de reaccionar. No dejó de sujetarme con fuerza. Tampoco dejó de temblar.

Pero, amigo, la laptop va a estar lista todavía el martes. Te rogaría que vuelvas ese día. Me falta añadirle unos detallitos. Contaba los billetes que le acababa de entregar. Billetes nuevos, recién salidos del cajero automático. Hija de puta. Me habías dicho que ya estaba lista, que dependía de mí aceptar o no el trueque. No le dije nada. Acepté servilmente, sin emitir queja alguna. Caminando al cuarto, leyendo a Quiroga, no dejé de farfullar mi mal humor. Cómo era posible que jugara con un cliente como yo, que pagaba por adelantado. Así, no más, un peruano no pagaba nada por adelantado. Los peruanos eran desconfiados, jodidos. Yo no. Yo prefería confiar en las personas, aunque ellas terminaran atorándome el culo, como lo acababa de hacer esa gorda machona.  

Aquel día sí fui testigo de cómo una bala destrozaba un cráneo humano. Ya no era un bebé. Tenía diecisiete años. Regresaba de manejar bicicleta. Había estado con unos amigos con quienes compartíamos la afición por el ciclismo, a tal punto que pensábamos formar un grupo al que denominaríamos La Sociedad Del Ciclismo. La inauguraríamos recorriendo un tramo de ciento veinte kilómetros de un camino agreste, desde Salto hasta Paysandú. Aficionado a la mecánica, le había efectuado innovadoras modificaciones a mi bicicleta, haciéndola más veloz y resistente. Abrí la puerta de la casa. Mamá no estaba en la cocina, lugar donde solía pasar la mayor parte del día. Pensé que habría salido con Ascencio, mi padrastro. Llevaba cinco años de casado con mamá. Ascencio no era el típico padrastro malvado. Era el padre que no llegué a conocer. Por desgracia, hacía tres meses, un derrame cerebral le había paralizado medio cuerpo y arrebatado el habla. Quedó notoriamente reducido. Me dolía verlo así. Yo lo quería mucho. Había sido un tipo jovial, pletórico de vida. Fui a su cuarto. La puerta estaba junta. La abrí por completo. Ascencio tenía los ojos arrasados por el miedo y las lágrimas. Nuestras miradas llegaron a encontrarse, pero el contacto no evitó que frustrase lo que tenía planeado hacer desde que hubo tomado conciencia de que su cuerpo, de que él, se había convertido en un guiñapo, en una carga. Estaba parado en medio de la habitación. El cañón de su escopeta le apuntaba a la barbilla. Un rudimentario mecanismo le unía el dedo gordo del pie derecho, el único lado que aún podía mover, al gatillo del arma. Una fracción de segundo después, un ramalazo retumbó por toda la casa, estremeciendo las paredes y mis tímpanos. Su cuerpo, tirado sobre el suelo, había quedado prácticamente decapitado. La bala era de aquellas que detonaban y destrozaban todo lo que se cruzara en su camino.

Recibí un mensaje de Rosario: Te voy a prestar los quinientos dólares. No te preocupes. No podía creer lo que leía. ¿Por qué se animaba a prestarme semejante cantidad de plata luego de haber descubierto las perversiones que anotaba en mi diario? La respuesta me saltaba en la cara: porque me amaba. Su mensaje y la intención arrebujada entre sus líneas eran una razón más para amar a esa mujer. Lamentablemente, no me nacía la devoción por Rosario. La pasaba bien a su lado y el sexo era bueno. Solo eso. Para amarla, ella debía gustarme de un modo rabioso. No era la hembra que yo deseaba: no tenía las tetas gigantes que me trastornaban; sus caderas eran anchas, pero puesta de perfil no había diferencia alguna entre su espalda y su trasero. Yo era feo y, no obstante, tenía todo el derecho de manifestar mis gustos Solo podría amar a una mujer que fuese capaz de arrecharme con tan solo mirarle el cuerpo. La arrechura era requisito inexpugnable para la germinación del amor. Si Rosario hubiese sido el hembrón de mis fantasías, me hubiera lucido con ella hasta delante de mi esposa, me hubiera comido su caca, bebido su pichi, le hubiera entregado mi sueldo. Te lo agradezco un montón, le respondí. Cogí el libro de Quiroga y seguí leyendo. Hacía las diez de la noche, tenía los ojos reventados, lagrimeando. Salí. Caminé hasta Alfonso Ugarte y tomé el bus a casa de mamá.

Federico Ferrando fue mi mejor amigo y un tremendo poeta. Junto con otros compañeros, fundamos un grupo literario. Federico prestaba su casa para las reuniones. Discutíamos textos y leíamos nuestras creaciones. La mayoría escribía poemas; yo no. Lo mío era la narración. Supongo que no tenía la sensibilidad que exigía la poesía. Algunos poemas conseguían ser publicados en revistas y en diarios. Cada publicación era un logro en la expansión de nuestro afán de renovación poética. Amenizábamos las tertulias con vino y harta marihuana. Los experimentos poéticos del grupo no siempre cayeron bien. Los críticos más conservadores nos saltaron encima. Uno de ellos, de curioso y onomatopéyico apellido, volcó su virulencia contra Federico; no contra la calidad de sus escritos, ojo, sino contra la persona de Federico. En una columna periodística, lo llamó espantapájaros. Era evidente que no había leído una palabra de la obra, hasta ese momento desperdigada, de Federico. No le interesaba hacer crítica. El cerebro no le daba para tanto. Lo suyo era la pelea de callejón, apelar al facilismo, al insulto elemental. Federico no era cuidadoso con su imagen. Efectivamente, parecía un espantapájaros. Yo diría más: un loco de la calle. Enfocaba toda su atención en la poesía. Escribir una sola línea le demandaba días, incluso semanas. La perfilaba, la tallaba, le entresacaba las impurezas. Volcaba la vida en el papel, descuidando, entre otras cosas, su aspecto personal. Federico no toleró la ofensa pública. El diario en cuyas páginas fue insultado le concedió una columna para que ejerciera la justa réplica. Tras apabullar al crítico con fundamentadas razones, lo retó a duelo. Propuso hora y lugar. Luego de dejar el artículo en la imprenta, regresó a su casa. Nos encontramos ahí. Conversamos en su cuarto. Me mostró el revólver que usaría para el duelo. Era un viejo Lefaucheux de mediados del siglo diecinueve. Lo examiné. Como entendía de armas, quise asegurarme de que el revólver estuviese operativo. Lo peor que le podía suceder a un duelista, y había ocurrido en varias ocasiones, era que su arma no disparase en el momento deseado. Muchas vidas habían terminado prematuramente por semejante imprevisto. El arma era vieja, una reliquia, pero parecía hallarse en buen estado. Revisé el resorte del seguro. Estaba duro. Cogí un alicate e intenté moverlo. Jalé, sin medir la fuerza, y el resorte cedió. La habitación tronó. Los vidrios se estremecieron y el vacío se llenó de un humo denso y asfixiante. Un pitido agudo me taladró los tímpanos. El tiempo se detuvo. Volví a la realidad cuando sentí que un bulto caía a mi lado, sobre la cama. Me espanté. Aún cegado por las tinieblas, palpé el bulto. Era un cuerpo. No podía ser otro que el de Federico. Éramos los únicos ocupantes del cuarto. Aterrado, abrí las puertas y ventanas. Con el humo disipado, pude ver la escena completa: el disparo le había destrozado toda la mandíbula. Un pozo de sangre empezaba a inundarle la cabeza. Mi amigo no se movía. Tenía los ojos en blanco. Corrí a buscar ayuda. Acudieron su hermano y el jardinero de la casa. No había nadie más. Lo trasladamos al hospital, aunque sabíamos lo inútil de la empresa: llevábamos un cadáver. Algunas horas después, me entregué a la policía. Maté a una persona, les dije. Me aprehendieron. Me recluyeron en una celda maloliente y húmeda. Estuve preso cuatro días hasta que se comprobó que todo se trató de un estúpido accidente.    

De tanto en tanto, a pedido de la bebe, corría al baño: Papi, ya terminé, límpiame. Volvía a tenderme en el sofá, una Pilsen helada al costado, y continuaba con los cuentos de Quiroga. Había empezado a leer desde las seis de la mañana de ese domingo. Hacia las ocho de la noche, terminé el libro: cuatrocientas páginas de los mejores relatos del cuentista uruguayo. Estaba agotado; los ojos destrozados. Dejé a la bebe en casa de su mamá. Llegué a mi cuarto con el único deseo de tirarme en el colchón. Antes de desconectarme, le dejé un mensaje a Jean Carlo: que me disculpara, pero iría a la oficina luego de la hora del almuerzo. La razón: debía reunirme con unos clientes de mi empresa, de cuya existencia Jean Carlo estaba debidamente enterado. Cuando le hablé de ella, luego de felicitarme, me aseguró que, si alguno de sus clientes pedía un estudio de ventilación complejo, me los mandaría. Envié el mensaje y apagué el celular. Era cierto: FAMIC quería reunirse con nosotros; conmigo y con mi hermano, para entregarnos los datos que necesitábamos del proyecto de la mina Ranra. Dormí hasta las ocho de la mañana del lunes. A las nueve, estaba con mi hermano en una notaría de Lince. Legalizamos la copia del acta de fundación de la empresa. Tres horas para que un abogado firmase el papel. En la tarde, debía dejar la copia en la agencia del banco en Chorrillos. Con eso finalizaría el trámite de la apertura de la cuenta en dólares de la empresa. Tomamos un taxi a San Isidro. Llegamos puntuales a la cita en FAMIC. Uno de sus ingenieros nos entregó los datos luego de cuatro horas. El huevón se había puesto a trabajarlos recién cuando nos vio llegar. Consecuentemente, almorzamos tarde. Fuimos a un chifa. Eran casi las cinco cuando salimos del restaurante. No tenía sentido aparecerse en la oficina de Jean Carlo a esa hora. Le mandé otro mensaje: la reunión se había prolongado, que me volviera a disculpar, nos veíamos mañana. Apagué el celular. Me despedí de mi hermano. En el bus al Centro, recibí un mensaje de Rosario. ¿Cómo te fue en tu reunión? Ella siempre pendiente de mis asuntos; totalmente distinta de mí. Las cosas que ella me contaba las olvidaba con instantánea facilidad. La masturbación había socavado mi memoria. Apenas si tenía cabeza para escribir la novela. A veces, ni para eso. Debía ser muy cuidadoso al construirla. No podían quedar cabos sueltos. Si el lector se topaba con uno, el relato se iba al carajo. Bien, le respondí. Continuamos la conversa. Terminamos citándonos para vernos en la noche. Sí, tal cual, como si nunca hubiese visto el diario donde anotaba mis desafueros e infidelidades. Nos encontramos en la esquina de Wilson con Quilca. Me provocó una salchipapa en El Kachito. Entramos. Llevaba una botella de té helado en su bolso, bebida que se había popularizado con celeridad en el país. Prueba, me dijo. No, le dije, no me gusta. Prefiero mi Inka Kola helada. Me acercó la botella. Cómo vas a decir que no te gusta si nunca lo has probado. Probé. Me gustó. Desde ese día, empecé a consumir los té helados siempre que estuviesen bien helados. Nos sirvieron las salchipapas. Eran inmensas. Las mesas estaban grasientas. Eran la marca distintiva de El Kachito. En el televisor del lugar, empezaba una película de Marvel. Relataba los orígenes del irascible Wolverine. Me enganché con el inicio, a pesar de que el bullicio de la avenida Wilson ahogaba los diálogos de los personajes. Rosario también se había enganchado con la película. Vamos a mi cuarto, le propuse. Buscamos la pela en internet y la vemos. Nos habíamos citado para conversar y compartir una cena; de pronto, le proponía ir a la cama. Era evidente que solo podíamos ver la película echados en mi colchón. De ahí a lo otro, solo había un paso; sobre todo si sabíamos que éramos un par de arrechos.

Cierto día, Ana María, mi primera esposa, determinó que había sido suficiente. No toleraría un segundo más la vida de reclusión que llevábamos en la selva de Misiones. La euforia de sus veinticinco años era incompatible con el sosiego de mis treinta y siete. Una tarde, mientras los chicos jugaban en la sala de nuestra cabaña, bebió el pomito del ácido acético que usaba para revelar mis fotografías. No logró terminarse el contenido porque una potente quemazón le corroyó el tracto digestivo. Los niños, alarmados por los desgarradores alaridos, corrieron hacia nuestra habitación. Hallaron a su madre retorciéndose en el suelo. No atinaron a nada. Eran muy pequeños para hacer algo. Eglé tenía cuatro años y Darío tres. Volví a casa varias horas después. Traía la leña para la semana. Papi, mami está mal, me recibió Eglé. No estaba mal; estaba muerta.  

Veíamos la película echados sobre el colchón. Era obvio que no la terminaríamos. Nos ganaría la arrechura que palpitaba en nuestros genitales. Empezamos en la misma posición: boca abajo, con los codos hincando el colchón. Nos separaba una cierta distancia. Para la mitad de la película, quedamos hombro con hombro. La trama dejó de interesarme. Alucinaba con el sexo que se avecinaba. Le pregunté si no tenía problemas con que me desnudara para dormir. Ella sabía perfectamente que yo dormía calato. No, me dijo. Agregó que también haría lo mismo, pero conservando el sostén y el hilo. Se me escapó una gotita al oír aquello. Sonó su celular. Contestó. Una sombra le cubrió el rostro. Qué pasó, le pregunté. Su abuelita acababa de sufrir un derrame cerebral. Varias veces me había hablado de ella. La quería muchísimo. Tenía una edad incalculable; posiblemente pasase los noventa años. Nadie sabía la fecha exacta de su nacimiento, ni siquiera la propia abuela. Debía irse. Habían internado a la abuelita en una clínica. Era casi medianoche. La acompañé al paradero. Caminamos hasta Wilson. Paramos un taxi. La tarifa era razonable.

Se había convertido en uno de los cuentistas más importantes en Uruguay y Argentina. El Edgar Allan Poe latinoamericano. Sin embargo, ya nada de eso le importaba. El doctor se lo había dicho sin rodeos: el cáncer que tienes es incurable. Tomó la noticia con inesperada calma, pero le solicitó un permiso de salida. Hacía un mes que estaba internado en ese hospital de Buenos Aires. De pronto, he sentido que necesito abrazar a mi esposa y a mi hija. El doctor entendió. Le concedió la salida. Volvería antes de la medianoche, doc. No tenías por qué venir; nosotras te íbamos a visitar mañana, le dijo tiernamente Ana María, su segunda esposa, luego de haber recibido el abrazo de ese hombre espigado, barbudo, en extremo delgado. Le hubiera gustado ver a Darío y a Eglé, sus hijos ahora veinteañeros. Deseo imposible. Se habían alejado de él jurándole un odio eterno por la muerte de su madre. ¿Cómo así te dejaron salir del hospital? Les dijo que había sentido unas ganas enormes de verlas. Solo eso. El doctor había sido muy comprensivo. Mañana vamos a estar contigo todo el día, amor. Les dijo que las esperaría con ansias. De camino al hospital, se detuvo en una droguería. Compró uno gramos de cianuro. Para matar unas ratas, le dijo al dependiente. Éste reconoció al gran escritor uruguayo. No le cobró; por el honor de haberlo conocido.
   
Rosario prometió mensajearme para confirmarme que llegó bien a la clínica. Eran las doce y media de la madrugada. Crucé Wilson. En la esquina con Piérola, entre los pocos autos detenidos por el rojo del semáforo, una joven -entre quince y dieciocho años- paseaba una bolsa de caramelos. Las ventanillas cerradas le ofrecían demoledora indiferencia. Era una muchacha delgada, el rostro marcado por una larga resignación. El tiempo y la pobreza habían envejecido sus ropas. La escena que protagonizaba me conmovió hasta las lágrimas. ¿Qué hacía esa niña vendiendo caramelos hasta esas horas de la madrugada? Traté de imaginarme la tremenda necesidad que la obligaba a conducirse de esa manera: una madre desahuciada, unos hermanitos hambrientos peleándose por un pedazo de pan. No era justo que esa niña tuviese que sobreesforzarse a cambio de unas cuantas monedas. Ella debía estar durmiendo, descansando, reponiendo fuerzas para estudiar, no para desgastarse trabajando a cambio de un pago miserable. ¿Dónde estaba el papá que permitía esa situación? Lloré, parado en esa vereda de la esquina de Wilson y Piérola. Lloré porque si me moría, mi bebe podía convertirse en aquella infortunada muchacha. Me la imaginé con una bolsa de caramelos, con frío y con hambre, paseándose entre la indolencia de los autos. Esa muchacha era mi hija. Metí las manos en los bolsillos. Hallé un billete de veinte soles. No lo dudé. Era mi hija a quien nadie le compraba los caramelos. Me sequé las lágrimas y respiré hondo. Me acercaría a ella. Estaba sentada en la berma del islote que separaba los dos carriles de la pista. Crucé Piérola con facilidad. Ya casi no había autos. En pocos minutos, la muchacha dejaría de tener clientes. Se le esfumaría la esperanza de convertir sus caramelos en panes. Hacía algo de frío y la niña estaba en sandalias. Una vez delante de ella, me traspasaron sus ojos dóciles. Hola. ¿Cuánto por un caramelo?, le dije, tratando de controlar las emociones que me traicionaban. Diez céntimos la unidad. ¿De qué sabor lo quiere?, preguntó. Hay de limón, naranja y manzana. Su entusiasmo me desconcertó. ¿Quién podía alegrarse por diez céntimos? La gente en extrema pobreza. Uno de manzana, por favor. Examinó la bolsa. La alegría se le salía por los ojos. Era un pan más para la casa. Encontró un caramelo de manzana. Me lo alcanzó con una sonrisa. Cuando le entregué el billete, la frustración y la pena nublaron la chispa de sus ojos. No tengo vuelto, dijo, apenada. No te preocupes, le dije. Quédate con el vuelto. La sorpresa la dejó sin palabras. Se quedó sujetando el billete, dudando de la veracidad de lo que acababa de ocurrirle. Gracias, le dije, y me fui. Caminé por Piérola. Volví a llorar. Esos veinte soles no serían suficientes para recuperar un futuro ahogado por la insensibilidad y la injusticia. Aquella noche determiné que no viviría demasiado en este mundo. Había que tener un alma despiadada para “ser feliz” cuando se sabía que más de la mitad de la población se iba a dormir sin haberse llevado nada a la boca. Había que ser una mierda para presumir en Facebook todo lo que uno tragaba en medio de tanta miseria. Yo era adicto al sexo, a las mujeres de pechos y culos descomunales. Luego de pagarles y llenarlas de semen -pagando era la única manera en que podía llevarme a la cama a una mujer tetona y culona-, me asaltaba una culpa sin fondo. El dinero gastado pude habérselo donado a alguna de las tantas personas hambrientas que había en la ciudad. Ese pensamiento no me dejaba vivir. No me dejaría vivir. Estaba seguro de que terminaría suicidándome. Había que ir pensando en la forma de hacerlo. 

Finalmente, bebió el cianuro. A los pocos minutos, se convirtió en una máquina de aullidos. Su estómago era una bola de fuego. El cuerpo le ardía desde adentro. Se le hacía difícil respirar. Había planeado matarse de un modo discreto; no gritando ni retorciéndose, echando sangre por la boca. Unos enfermeros acudieron a los gritos. El hombre elefante permanecía sentado sobre una de las camas. No le dolió ver al amigo en semejante estado. El suplicio que experimentaba no era nada con respecto al que le hubiera aguardado de continuar viviendo con ese cáncer. En todo caso, era un pago necesario antes de alcanzar la paz total. Nada pudieron hacer los enfermeros. El afamado escritor uruguayo, Horacio Quiroga, falleció a los pocos minutos. Eran las primeras horas del diecinueve de febrero de mil novecientos treinta y siete. Meses más tarde, se suicidó Eglé, su primera hija. Quince años después, Darío, el segundo hijo, siguió el mismo destino.  

miércoles, 21 de febrero de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 28


Del viernes 14 al sábado 15 de octubre del 2016

He releído un poco mi diario. Hay en él diez páginas bien escritas que justifican tal vez la locura de haberlo comenzado. Todo el resto es una colección de hechos nimios, pésimamente redactados, donde la insipidez de mi vida está pintada con la elocuencia de un picapedrero.

Julio Ramón Ribeyro – La Tentación Del Fracaso

Yo no me prostituyo. Hace una pausa. Sus ojos lanzan un chispazo. Añade, el índice colgando de sus labios: Bueno, no siempre. Es viernes. Tengo una idea rondándome la cabeza: deshacerme de la sanguijuela de mi esposa. Azul está hermosa. Verla me relaja. Son casi las diez. Debo estar en el cuarto en dos horas. Rosario pasará la noche conmigo ¿No te hizo efecto el whiskicito de la vez pasada?

Hubo trabajo en la oficina. Un proyecto en Ecuador: ventilar un par de túneles mineros. Los clientes, además de comprar los ventiladores, querían saber cómo emplearlos eficientemente cuando los túneles fueran extendiéndose. Me pasé el día hundido en la computadora, los mocos cayendo sin control, el sudor apelmazándome el cuerpo. La fiebre se me había complicado con un fuerte resfrío. El whisky de Azul no me había ayudado; si lo hizo, el efecto debió de esfumarse con el susto de esa vez. A pesar de mi lamentable condición, la nariz roja de tanto restregármela, los ojos adoloridos, los mocos desparramados en las teclas y en mis manos, el sudor empapándome la camisa, terminé el trabajo. Hecho una mierda, pedaleé hasta Zepita. Empezaba el Perú-Chile; allá. Partido complicado. El último empate con Argentina esperanzaba al hincha. La prensa había dictaminado: si perdíamos, a pensar en Catar 2022. Perdimos.

Ay, fue horrible. Había sacado la botella de whisky. Me sirvió un poquito. Me acompañó. Menos mal que te fuiste. No sé qué hubiera pasado si te encontraba aquí. Quiero bombardearla de preguntas. Me contengo. Es mejor que la historia le fluya sin presiones. No hay ruido en las calles.   

La prensa dedicó sus titulares a la derrota: la selección quedaba fuera del mundial. Chile volvía a ser nuestro verdugo. Llevaba en la mochila un buen de pastillas. Tragaba dos cada cuatro horas. Una no era suficiente. Había toneladas de trabajo en la oficina. Terminé los cálculos del proyecto tunelero aún con el acoso de los mocos y la fiebre. Envié el reporte a los clientes. Para la noche, luego de la manejada a casa, me sentí algo mejor. La transpiración me había expurgado. Se me antojó un sánguche y una Coca helada. Fui al Chinito. Las lonjas de cerdo tenían más grasa que carne. Tomé dos pastillas más. Me urgió tirar con una de las tracas. Eyacular me restablecería por completo la salud, me purificaría. Salí discretamente de la sanguchería y me di una vuelta por Chancay y Peñaloza. No hallé ninguna puta que fuera tetona, culona y bonita al mismo tiempo.

No te voy a decir su nombre. Es mejor así. Está echada en la cama y yo sentado en la única silla del cuarto. De vez en cuando, se oye el bocinazo de algún furibundo conductor. No me pegó. Me habló fuerte. Gritaba. Me pregunto qué pasaría si se apareciese por aquí otra vez. No esperaba que viniera. Me sorprendió. Se para. Abre uno de los cajones de su ropero. Viste un short y un polito. Las zapatillas son Adidas. Saca un paquete y un par de cigarros. El paquete lo deja sobre la cama. Me ofrece uno de los cigarros. Lo rechazo. No fumo. ¿Me creerías si te digo que me cago en plata? Coge un encendedor del tope del armario. Prende el cigarro. Abre la ventana y, como aquella vez, saca medio cuerpo hacia la noche. Todavía me parece increíble la manera en que nos conocimos. Quería contar la historia de un transexual en mi novela; conocer sus costumbres, su entorno, el dialecto que hablaban. Por eso, frecuentaba las discotecas de ambiente del Centro. Sin planearlo, en una lavandería, conozco a Azul. Tiene un culo hermoso. Me gustaría tomarla de la cintura, besarle el cuello, la boca. Podía ser muy arriesgado. No convenía. Me podía echar del cuarto, terminando una historia que ni siquiera ha empezado. Te gusta mi trasero, ¿verdad? Me costó harto tenerlo así ¿Qué le harías si te lo diera por unos minutos? Sigue en la ventana. Continúa fumando. ¿Es cierto lo que acabo de escuchar?

Yo no le importaba gran cosa. Le hubiera dado igual si me atropellaba un auto. La noche del jueves fuimos a una de las sangucherías de la Alborada. Ya estaba mucho mejor. Mi propia receta médica había funcionado.

Se retira de la ventana. Tira el pucho a la calle. El polito deja ver el arete pirceado en el ombligo. ¿Te gusta mi cuerpo? Claro que me gusta. Me encanta. Se mira las caderas. Se las toca. Se me acerca. No se me para del todo. ¿Si regresa el tipo del lunes? Cuando la pinga se asusta, difícilmente se carga de sangre. Imposible ponerla dura

Necesito trescientos soles, Daniel. No paraba de pedirme plata, muy al margen de la que le entregaba puntualmente cada mes. Nada de por favor ni palabras amables. Sabía que, si me hablaba suave, le negaría sus pedidos. Si me hablaba con fuerza, habría más chances de que accediera a sus demandas. Si esto fracasaba, empleaba su último e infalible discurso: Te metes tu plata al poto y me voy con mi hija a vivir adonde yo pueda, así sea en la punta del cerro. Entonces, no me quedaba más alternativa que ceder. ¿Para qué deseas los trescientos? Le formulaba las preguntas con tino, evitando que explotase. Para inscribirme en el gimnasio. Quiero tomar clases de spinning y, con el tiempo, ser instructora. Quiero trabajar y dejar de pedirte plata. Había declinado la fiereza en la entonación de sus palabras. Vi la oportunidad para sobreponerme y aclararle que no botaría el dinero en tonterías. No puedo darte esa plata. Es mucho dinero. Necesito ahorrar. ¿Cuándo lo vas a entender? Explotó: Nunca me apoyas en nada. Me paso todo el día cuidando a tu hija. ¿Crees que es fácil? No tengo tiempo para mí, para mis cosas. Ya voy a cumplir treinta años y no soy nada. Soy una simple ama de casa. No es justo. Repliqué, sin medir las consecuencias: Pero cuando te conocí no estudiabas nada. ¿Ahora yo tengo la culpa de que seas ama de casa? Los dos tuvimos a la bebe. Me corresponde trabajar para tenerlas con comodidad. ¿Acaso me quejo como tú? Me gustaría pasármela leyendo o escribiendo, pero no, tengo que trabajar. Es mi obligación. No creas que estoy orgulloso de ser ingeniero. Maximizó su bravura: No me vengas con tonterías, Daniel. Igual tú sales a trabajar y te distraes. Yo paro encerrada en la casa. Yo me trago todos los problemas. No es fácil. Siento que me ahogo. La bebe comía sus papitas. Parecía ajena a la discusión, pero estaba atenta. Intentó calmar a su mamá: Mami, toma. Come. Le alargó una papita frita. Ella le respondió con aspereza: No quiero; come y no molestes. No iba a permitir que a mi bebe le salpicaran los odios de esa mujer. Siempre que el asunto era dinero, se convertía en una bruja. Ok, ok, te voy a dar los trescientos. Pero era tarde. Ya se había resentido. ¿Sabes? No soporto verte. Eres un tacaño de mierda. Se levantó de la mesa y se fue. No corrí tras ella. La bebe continuaba comiendo. Le acerqué a la boquita los nuggets de pollo. Sus ojitos se abrían como platos. Gozaba. Por la bebe, valía la pena cualquier sacrificio. Terminó su pollito y caminamos a casa. Toqué el timbre. Bajó mi esposa. Nos abrió la puerta. Intenté calmarla. Debía asegurarme de que su mal humor no afectaría a la bebe. Debía ceder. Mañana, en la mañana, te deposito los trescientos, le dije. Como quieras, dijo y cerró la puerta. ¡Plaaa!, sonó la reja. Desde el rellano de la escalera, la bebe me miró: Papi, no te vayas. Era muy pequeña para entender que su papá había sido expulsado de la casa.

Qué perra. Estamos echados en la cama. Una de sus manos serpentea dentro de mi pantalón. Juega con mis testículos. Los acaricia. ¿Y por qué soportas tanta mierda?, pregunta. Por mi hija. Sin darme cuenta, le estoy contando mis intimidades. ¿Y por qué no te divorcias? Porque no quiero perder a mi bebé. Me sería fatal que ella creciera viéndome solo unas cuantas veces a la semana. Albergo la esperanza de que volvamos a vivir juntos, sin peleas ni dificultades. ¿Y qué tiene que pasar para que vivan juntos? La respuesta es una gran pendejada, digna de un soñador contumaz como yo. Que me salga la visa de trabajo para los Estados Unidos el próximo año. Me dice que estoy loco. Si te trata mal acá, lo hará en cualquier parte del mundo. Le doy la razón. A veces pienso, le digo, que todo sería más fácil si ella desapareciese, que solo fuésemos mi hija y yo. Permanecemos en silencio. De pronto, me arrepiento de haber confesado tan bajos deseos. Si tú quieres, te puedo ayudar. Solo tienes que estar dispuesto a arriesgarte. Su mano me restriega la pinga. De la punta, salen elásticas gotas que terminan embadurnadas en la palma de su mano. Se ve que eres un buen padre.

Nadie quería un hijo vendedor. Querían médicos, ingenieros, contadores, abogados. Jamás vendedores. De acuerdo con el contrato, yo era “ingeniero de proyectos”, pero trabajaba en una empresa que vendía ventiladores. Jean Carlo no solamente esperaba simulaciones y cálculos; esperaba que recurriera a mis contactos para generarle nuevas ventas y más ingresos. Yo no tenía contactos en la minería. Nunca fue mi intención tenerlos. Hice amigos que luego perdí porque no había de qué hablar. Sus temas eran mineros; los míos no. Yo prefería estar callado. Ellos vivían orgullosos de ser ingenieros de minas; yo no. Jean Carlo creía que tenía contactos, y buenos. No tenía más remedio que conseguírmelos si quería seguir recibiendo mis puntuales estipendios. Había una familia por mantener. Rosario, experta en conseguir información reservada, me pasó un directorio minero. Debía usar el celular chanchito que Jean Carlo me proveyó y llamar. No me atrevía. No sabía cómo orientar la llamada a un desconocido hacia una venta exitosa. Me cagaba de miedo. Recordé que había visto miles de veces El Lobo De Wall Street. Volví a ver algunos extractos en YouTube, especialmente aquellos relacionados con cerrar una venta. Leonardo DiCaprio interpretaba portentosamente a Jordan Belfort, el ex corredor de bolsa que levantó un opulento imperio gracias a su habilidad para las ventas. Hallé una serie de videos en los que el mismísimo Belfort, convertido ahora en conferencista, enseñaba su infalible técnica de venta. Había diseñado un guion que activaba, de modo muy sutil, cada uno de los gatillos psicológicos que hacían que una persona comprase lo que le ofrecías. El guion no debía ser leído como cualquier cosa. Había que meterle suspenso, emoción, suavidad, fuerza. La modulación de la voz era clave. Al cabo de un mes, tenía confeccionado mi propio guion, adaptado a la industria para la que trabajaba. Las personas listadas en el directorio no eran cualquier hijo de vecino; eran los gerentes de las principales y no tan principales minas subterráneas del Perú. Yo, un huevonazo, tratando de hablar con gente que no sabía lo que era viajar en transporte público ni manejar una bicicleta desde el Centro de Lima hasta Chorrillos. Sin embargo, las palabras de Belfort me animaban: Con este guion, cualquiera puede cerrar una venta. Stratton Oakmont la inicié con gente que con las justas había terminado el colegio. Les di este guion y les enseñé cómo utilizarlo. Al cabo de un año, esos fracasados habían hecho su primer millón de dólares. Apliqué el guion. Hacía entre cuatro y cinco llamadas a la semana. Antes de llamar, sentía miedo. Entonces, pensaba en mi hija y acopiaba el valor necesario para continuar. Nadie me colgaba el teléfono. Por el contrario, me escuchaban. Se interesaban. No vendía en la misma llamada, porque comprar ventiladores no era lo mismo que comprar chocolates, pero obtenía citas. Esto ya era un logro. Querían escucharme personalmente. Ese día tenía una cita con el gerente de la mina El Torcal. Fui solo. Llevaba una presentación acorde con las expectativas del cliente. No me interesaba la comisión que Jean Carlo ofrecía por la venta de sus ventiladores. Para mí, era una cuestión de superación, de probarme que podía. El gerente se mostró interesado. Mándame una propuesta comercial y a ver si me puedes ayudar con este problemita que tenemos en la mina. Queremos unir estas dos zonas con una galería enoooorme y nos gustaría saber… Anoté el pedido. Me retiré contento.  

Sus labios encaran a los míos. Miro sus ojos. Están enfocados en mis labios. Tengo la pinga dura. Jamás la tuve tan dura. Ella me la sigue frotando. Quiero quedarme aquí, pero Rosario va a llegar en… Carajo. El celular está en mi bolsillo. Si me muevo para sacarlo, Azul me notará preocupado por la hora, retirará su mano y no haremos el amor. Me seduce la idea de chupársela. Me inspira la confianza que necesito para hacerlo. Se me ocurre algo: saco el celular. ¿Qué pasó? ¿Te están llamando? Veo la hora. Putamadre: falta poco para las doce. Si me quedo más tiempo es seguro que termino tirando con Azul. No, me pareció. Necesito ver a Rosario. Necesito que me preste quinientos dólares. Guardo el celular. Azul no me quita la mirada de los labios. Me gusta lo que tienes abajo. Solo Rosario me dice eso, que le encanta mi pene, que es gruesito. ¿Por eso mismo le gusta a Azul? ¿Quién es Azul? ¿Qué clase de persona es? Es la segunda vez que nos vemos y ya estamos en la cama, dispuestos a estirar los límites de lo permitido. Me gustan tus piercings. Si supiera que son pura pose. Esos aros están montados sobre el labio. Simulan estar incrustados. Nunca he besado a un chico con los labios así. ¿Te gustaría ser el primero? Debo evitar que descubra mi farsa. Si pilla mi mariconada, seguro se decepciona. Me encantaría, digo, sin perder el control de la situación, pero me gustaría sacarme los aros primero. ¿Por qué? Yo te quiero besar así. Suena la puerta. Saca la mano de mi pantalón y salta de la cama. Yo no reacciono tan rápido. Permanezco echado, la sangre congelada. ¿Sí?, pregunta. Se ha acercado a la puerta, que está cerrada. Aguardamos la respuesta.

Necesito que abras una cuenta en dólares para depositarte el dinero. ¿Pero no pueden depositármelo en mi cuenta personal? No, porque el servicio lo diste con la razón social de tu empresa. Sí, pero ¿cuánto tiempo me tomará abrir la cuenta? Es fácil, súper rápido: solo anda al banco donde abriste la cuenta en soles y diles que quieres abrir una en dólares. Irma, contadora de Villanueva Ingenieros, creía que era muy sencillo abrirle una cuenta bancaria a una empresa. Luego de la cita con el gerente de El Torcal, fui al Banco de Crédito de Guardia Civil, en Chorrillos, a unos pasos de mi oficina. Hacía calor. Sudaba como bestia dentro de una camisa de manga larga que usaba para cubrirme los tatuajes. Necesitaba quinientos dólares para abrir la mentada cuenta. Los tenía, pero me parecía imprudente desprenderme de ellos. Los recuperaría ni bien VISA me depositase el dinero adeudado en la cuenta. Pero ¿en cuánto tiempo harían el depósito? Teniendo una familia que mantener, una baja de quinientos dólares podía ser mortal si se presentaba alguna emergencia. Tras salir del banco, llamé a Rosario. Estaba acostumbrada a oír mis quejas, mis lloriqueos. Me quejé de los trámites burocráticos. Le conté el asunto de los quinientos dólares. Si deseas, yo te los presto. Rosario era un ángel. Me pasas el número de tu cuenta personal para hacerte el depósito. No merecía mis malos tratos. Solo te pido algo a cambio: que hoy nos veamos en tu cuarto. Apenas llegué a la oficina, me metí al baño, me removí la camisa y hundí la cabeza en el lavabo. Ya no soportaba el calor. Salí al cabo de diez refrescantes minutos. Jean Carlo, que llegaba de algún lado, sin motivo aparente, nos invitó a almorzar a una cevichería cercana. Venancio no había asistido a la oficina. Solo estábamos Patricia y yo. En el trayecto, recibí un mensaje de Rosario. Confirmado: se aparecería en mi cuarto a eso de las doce. Me depositaría el dinero todavía el sábado. El almuerzo transcurrió con mis penosos intentos por generar conversación. Me incomodaba el silencio. Hubiera preferido almorzar solo, pero ya que Jean Carlo había forzado esa situación, procuré estimular los intercambios de opinión, por más cojudos que fuesen. Terminamos hablando, era previsible, de los ventiladores. Jean Carlo encomiaba sus planes de expansión. Se burlaba de la torpeza de sus competidores. Patricia bostezaba.

Oye, maricona, ¿cuándo me vas a pagar?, oímos del otro lado de la puerta. Antes de que nadie dijera nada, el rostro de Azul denotaba cierta preocupación. Eso me aterró. ¿Huye de algo, de alguien? ¿Le teme a algo, a alguien? Tras oír la voz, se le distiende el rostro. Pega el cuerpo a la puerta y la abre un poco. Por la abertura, conversa con la inesperada visitante. Algún gesto le ha hecho, porque la voz de la visitante es ahora un murmullo. Breves segundos dura la conversación. No puedo oír lo que dicen. Veo la hora. Rosario se acerca. Oye, maricona, ya sabes que está prohibido traer clientes al cuarto, dice la visitante, alejándose de la puerta. La voz delata su travestismo. La adivino fea. Su advertencia está teñida de sarcasmo. Sospecho. ¿Por qué solo dijo aquello en voz alta? ¿Y el resto de la conversación? ¿Quieren despistarme estos cabros? ¿Despistarme de qué? ¿Y cómo es eso de que está prohibido putear en esta casa? Azul, sorry, ya me tengo que ir. No se opone. Está bien, dice. Mejor, añade. Me indica que la puerta de abajo está abierta. Salgo del cuarto. Bajo las escaleras. En la salita del segundo piso, un cabro está pintándose las uñas, sentado en uno de los dos sofás del lugar. La ventana está abierta. Las cortinas flamean con fuerza. El lugar es fresco. Podría mudarme a un cuarto de esta casa. Cómo no se me ocurrió antes. Lo consultaré con Azul. Tenerla como vecina es un gran estímulo. El cabro es feo. Parece tener buen cuerpo. Lleva sandalias. Por respeto, la saludo, pero ni me mira. Está concentrada en sus uñas. Bajo el último tramo de las escaleras. Peñaloza está repleta de tracas.

Habíamos hecho el amor. No intentamos nada nuevo. Empezó chupándome la pinga. Sabía que eso me gustaba. Se tomó su tiempo. Eyaculé pronto. Las caricias de Azul me habían dejado bastante arrecho. Veo la hora en el celular. Rosario todavía duerme. Cuando me paro sobre el colchón, me siente. Voy a bañarme para salir, le digo. Quiero ser el primero en ser atendido. No quiero desperdiciar mi sábado haciendo colas. Dice que dormirá un poquito más. Ok, le digo. Me enrosco la toalla a la cintura. El cuarto está en penumbras. Procuro no pisarla. La frazada en desorden deja ver su desnudez. En la ducha, pienso en lo cerca que estuve de tirar con Azul. Me lavo la pinga, la misma que hacía unas horas ella misma había acariciado y la misma que hacía unas pocas menos había estado entrando y saliendo de la vagina de Rosario. El jabón elimina todo rastro. Cuando regreso al cuarto, Rosario está furiosa y llorando. Tiene en sus manos mi diario, el cuaderno donde anoto los sucesos que me ocurren y que uso en la novela. ¿O sea que todo lo que has escrito en la novela es cierto, Daniel? Las palabras le salen con esfuerzo. La luz está prendida. No sé qué decir, cómo defenderme. Qué asco, Daniel. Has tirado con cabros. Y me has engañado con Karina. Me mentiste: ella sí estuvo aquí, asqueroso. Eres una mierda. Permanezco callado. Intento una defensa. La miro a los ojos para darles veracidad a mis palabras. Son solo apuntes. No todo es cierto. Muchas son cosas que me “hubieran” gustado que pasen para hacer más interesante la novela. Eres un cínico. Empieza a vestirse. No quiero saber nada de ti. Me das asco. Procuro no acercarme. No quiero que se me tire encima. No, no te preocupes. No te voy a pegar ni voy a hacerte escándalos. Ya no tiene sentido. Este cuaderno me ha dicho mucho. Me ha dicho que ya no debo confiar en ti. Hace una pausa. Deja el diario sobre la mesa. Respiro aliviado: de ese cuaderno dependen mi novela y mis sueños. Oye, yo me acuesto contigo sin protegerme, y tú tiras con Karina, con putas, con cabros. Carajo, ¿no te das cuenta de que me puedes transmitir alguna enfermedad? Llora más. Ha descubierto mi sordidez. Me voy. No quiero que me llames o me escribas, ¿ok? Tengo que sacarte de mi vida. Sigo con la toalla en la cintura. Se acerca a la puerta. Se detiene cerca de mí. Temo lo peor. No me voy a defender. Merezco una cachetada. Incluso más. Y leí que te besaste con Wendy. O sea que eso de que estás alejado de ella es puro cuento. Me mentiste, Daniel. No me respetas para nada. Y yo como una tonta me entrego a ti y cedo a todos tus caprichos. Me mira con los ojos anegados de dolor, de decepción. Sale. Me deja solo. Pienso que ni cagando me prestará los quinientos dólares. Tendré que ponerlos de mis incipientes ahorros. Luego de unos minutos, ya vestido, recibo un mensaje al WhatsApp. Me apuro en verlo. No es de Rosario. Es de la gordita que lleva un buen tiempo meciéndome con el arreglo de la laptop que estúpidamente dañé con mi propio sudor. Después de un mes de falsas esperanzas, me dice que mi laptop no tiene solución. A cambio, me ofrece otra por cuatrocientos cincuenta soles. Acompaña el texto con una foto de la laptop. Según ella, es modernísima por dentro, aunque por fuera, por lo aparatosa, parece una máquina de escribir de los ochenta. Usted me dice si acepta. Plata, plata, todo el mundo pide plata.  

martes, 6 de febrero de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 27

Del sábado 08 al lunes 10 de octubre del 2016

Por esa puerta huyó, diciendo: «¡Nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día...
Al cerrar esa puerta, dejó trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.

Amado Nervo – La puerta

No tolero la compañía de la gente; o la tolero por poco tiempo. Rosario se viste con toda la paciencia del mundo. Me habla de su trabajo y de lo que hará apenas llegue a casa. Yo me visto rápido, como indicándole, muy sutilmente, que no tengo ánimos ni tiempo para conversaciones. Sin embargo, mi mensaje no le llega. Continúa perorando, demorando el tiempo, mi tiempo. Está convencida de que disfruto de su compañía post sexo. No sabe, o no intuye, que, luego de tirar, solo quiero recuperar mi soledad.

La acompaño hasta el paradero de los colectivos. Hubiera preferido no hacerlo, pero se hubiera resentido. Suficiente daño le hago con no corresponder el amor que me demuestra. Ella solo pide exclusividad a cambio de toda su abnegación. No se da cuenta de que la exclusividad incluye también mi libertad. 

Apenas se aleja el colectivo que la lleva, vuelvo a mis asuntos. Hay sol y no hay que ir a trabajar.

En una de las esquinas del cuarto, hay una bolsa negra con los shorts y polos sudados en la semana. Sobre la mesita, un pedazo de papel cuadriculado detalla el contenido exacto de la bolsa: tres shorts, cinco polos negros de manga larga, cinco boxers, cinco pares de medias blancas. Pego el papel a la bolsa. Es una precaución. La última vez que fui a la lavandería descubrí que me faltaba una media. Amablemente, le presenté el reclamo a la dependienta, una gordita simpática que dirige su negocio con evidente displicencia. Me comentó, muy liviana ella, muy ligera, muy despreocupada, que se le solían extraviar las prendas. A veces no me doy cuenta cuando las medias o las trusas se quedan dentro de las máquinas, joven. Aquí se lava mucha ropa todos los días. Ofreció buscar mi media y tenérmela lista para cuando regresara. Ahora volvía y esperaba lo que era mío.

Salgo con la bolsa de ropa. La lavandería queda en la siguiente cuadra de Zepita, cruzando Chancay. Una inmensa cola de gente aguarda en la puerta de El Chinito. De la puerta de El Chanchito, su competencia, no sale un alma, y eso que el lugar es más limpio y sus sánguches más ricos.

Putamadre: está cerrada la lavandería. No lo noté cuando salí con Rosario. Carajo. Necesito lavar esta ropa. Es la que me pondré esta semana. No tengo otra. Tampoco pienso comprarme más. Se me ocurre llevarle este cargamento a mamá. Mejor no. No quiero causarle molestias. Aunque ella estaría encantada de ayudarme. No gastes tu plata en lavanderías. Tráemela, Danielito. No. Ya pensaré en algo.

Dejo la bolsa en su rincón del cuarto. El saber que hay una tarea inconclusa (la ropa no lavada) me incomoda, me va a joder todo el fin de semana.

Guardo la vieja laptop en la mochila y salgo a casa de mamá. Ahí está mi bebe. Mamá la tuvo que traer el viernes por la noche, en lugar de que yo lo hiciera. ¿Dónde estaba yo? Tirando con Rosario.

Retomo la corrección de la traducción del libro de los gringos. Trabajo hasta la hora del almuerzo. Como y tomo una siesta. Despierto dos horas después. Se me ocurre llevar a la bebe al Bembos de Plaza San Miguel. Invito a mi hermano Celso. Hace frío en La Perla. Hace frío en San Miguel. A pesar de la temperatura, rehuso llevar la chompa que me ofrece mamá. Salgo con el bividí que traigo puesto: la porfiada manía de andar mostrando los tatuajes.  

La bebe no sabe por dónde empezar: una hamburguesa, una bolsita de papas fritas, un potecito de helado y un vaso de gaseosa se disputan su atención. Cuando termina, corre hacia el laberinto de pelotas. Hay niños de su edad, pero mi bebe es como yo, prefiere jugar sola, inmersa en su propio mundo. Celso permanece sentado en un extremo del sofá que ocupamos en el segundo piso del Bembos. Escucha música de su celular. Yo leo una novela de Huxley. Pasa una hora. La bebe se cansa del laberinto de pelotas. Vamos a casa de la abuela, me pide.

Echo de menos la chompa de mamá. Me estuve cagando de frío todo este tiempo, incluso ahora, en este taxi que nos lleva de regreso a casa.

Me tiendo en el sofá de la sala, envuelto en un par de pesadas colchas. Termino la novela de Huxley.

Amanece. Permanezco echado en el sofá. Tengo inflamada la garganta. Reviso las noticias en el celular. Hoy debaten Trump y Clinton por la presidencia de los Estados Unidos. Memorizo la hora de la contienda. Si retomo la corrección ahora mismo, podré ver el debate con tranquilidad. Luego de un trabajo sin pausas, a las cuatro, termino la corrección. Aliviado, les envío el archivo a los gringos. Me he quitado un gran peso de encima, pero no el dolor de la garganta, que empeora. Busco el debate en internet. Los candidatos no nos defraudan: se enzarzan en una sangrienta espiral de insultos y golpes bajos. Queremos ver sangre en televisión, sangre de todo tipo, de la oscura que emana de los cuerpos mutilados en las carreteras y de la que bulle sin control del alma de aquel a quien le acaban de destruir la dignidad en cadena nacional.

Es lunes. Cuesta abrir los ojos. El dolor en la garganta ha devenido en fiebre. Estoy solo en el cuarto. No tengo a nadie que me asista. La fiebre se ensaña conmigo. Le envío un mensaje a Jean Carlo: Mil disculpas, Jean, hoy no voy a poder ir a la oficina. He amanecido con fiebre. Apago el celular. Temo la réplica. Soy un cobarde. Soy incapaz de afrontar situaciones tensas. Huyo de ellas. Trato de retomar el sueño y pienso que hubiera sido mejor pasar la noche en casa de mamá.

Este no es mi lugar. Doy vueltas sobre el colchón. Sudo. Una certeza me taladra la cabeza: mandaste a la mierda a tu familia. Solo hay una manera de recuperarla, pero depende de la suerte, de la buena suerte, y buena suerte nunca he tenido. De cualquier modo, debo confiar en que algún día la tendré. 

La ropa sucia continúa hongueándose en un rincón del cuarto. Solo puedo verla. La fiebre me tiene aplastado. No quiero llamar a mamá. Si he decidido vivir solo, debo hacerlo en cualquier tipo de situación: buena o mala. No es consecuente renunciar a la soledad solo cuando se está jodido. La soledad hay que vivirla sin condiciones. 

Estoy sudando. Me había quedado dormido. Prendo el celular para ver la hora. Son las ocho. Jean Carlo no ha respondido. Mejor. Apago el celular. La fiebre ha recrudecido. No tengo nada útil en el cuarto; ni siquiera un termo del que pueda servirme un té caliente. La infección en la garganta es una pelota que me destruye los nervios cuando trago saliva. Necesito unas pastillas para desinflar esta pelota. Pienso en Balani, la botica de la cuadra siete de Piérola, en donde compraba los remedios que mi esposa y mi hija necesitaban cuando vivíamos en el viejo edificio de Camaná. Ya no hay esposa, tampoco hija. Estoy solo, sin fuerzas y sin ánimos para levantarme. Necesito dormir. Podría leer, pero me duelen los ojos. Podría masturbarme y eyacular para quedarme dormido al instante. ¿Y cómo me masturbo con el celular apagado? Podría usar la laptop; pero hay que levantarse, prenderla, esperar a que cargue, buscar los vídeos porno. No, es mucho trámite. Es mejor, y menos moroso, cerrar los ojos y usar la imaginación. Imagino a Rosario a mi lado. A ella le gusta cuidarme. Si supiera que estoy enfermo, correría a socorrerme, me compraría medicinas, algo de comer, algo de beber. Rosario siempre me trata bien. Y yo le pago mal. No lo hago a propósito. Es mi naturaleza: me gusta seducir mujeres, hacerles el amor, apretujar sus tetas, palmear sus culos. Imagino a Rosario junto a mí. La conozco tan bien que podría dibujarla completita. La he visto calata innumerables veces, veces en las cuales hemos conversado sin ropa, echados en la cama de un hotel, brindando con latas de cerveza, con algún rockcito de fondo. Cuando conversamos tendidos en la cama, su boca, así se lo exijo, debe ubicarse a la altura de mi pene, de modo que, entre anécdota y anécdota, me regale una de sus estupendas mamadas. Ahora mismo me está chupando la pinga. Mi mano es su boca. Me frota el tallo con esos labios blanditos y gruesitos. Frota y frota. Oh, sí, ya me vengo. Ya no es necesario cerrar los ojos. Se me viene el quaker. Abro los ojos y es obvio que la boca de Rosario no va a recibir la leche. Abro más los ojos para ver dónde está el rollo de papel higiénico. Ahí está, sobre la mesita blanca, en el extremo más alejado. Carajo. Rosario desaparece. Su boca se deshace. No hay fuerzas para levantarse, estirarse, coger el papel, arrancar tres vueltas de mano y volver a la posición masturbatoria, alucinatoria. Imposible que vuelva a imaginar a Rosario. El esfuerzo mental me ha agotado. Cierro los ojos y consigo dormir. Despierto luego de un rato. Tengo el pelo empapado de sudor. Me lo seco con las manos. Las huelo. El olor es narcótico. Sudor de enfermo, de fiebre, de colchón nuevo. Me jode que la ropa siga pudriéndose en una esquina del cuarto. Me incomoda saber que millones de hongos y bacterias proliferan en las entrañas de ese montón de trapos sudados. Sudor de ciclista, de ciclista callejero, de ciclista misio, pobre perdedor.

La persistente idea de la ropa pudriéndose a escasa distancia del colchón me hace saltar de la cama, vestirme al toque y salir a la calle, directo a la lavandería. No olvido llevar la media solitaria, la que se quedó sin su compañera por la ineficiencia de la gorda que regenta el establecimiento. Voy a presentarle mi reclamo. Que me busque la media faltante, carajo. No, no soy así. Sería incapaz de levantarle la voz a un tercero, incluso si está pisoteando mis derechos. Sí les he gritado a mi mamá, a mi abuelita, a mi esposa, a Rosario y, una vez, una muy dolorosa vez, a mi hija. Esto no hace más que demostrar que soy un cobarde. Solo un tipo así le alzaría la voz a quienes sabe incapaces de responderle con la misma fuerza. A ver, por qué no le gritaba así a mi papá. De un solo cocacho me callaba la boca. Con una sarta de correazos me hacía saber quién era el único que golpeaba en la casa. 

Buenos días. Odio mi voz. No es varonil. No es gruesa. No es potente. No transmite autoridad. Nací con esa voz o los golpes de mi viejo la volvieron así. Recuerdo cuando vivía con mi abuelo Miguel, en Los Olivos. Era ganadero. Hizo dinero de la nada. Empezó como obrero de construcción. Poco tiempo le duró tener que seguir las órdenes de un huevón. Se hizo comerciante; finalmente ganadero. Miguel me daba voz, me complacía. Quien se metía conmigo, se metía con él. Comenzaba a enseñarme que mis derechos no los podía pisotear cualquiera, ni mi propio padre. Lamentablemente, falleció cuando yo tenía cinco años. Recuerdo nítidamente la vez en que me gritó papá. Mi abuelo estaba en la sala. No lo dudé. Corrí a buscarlo y me quejé ante él. Libre, descarado, prepotente, así me estaba criando Miguel. Hubiera sido otro ahora mismo, un valiente, un tipo que defendía a los suyos y no les gritaba en la cara. Si el camión en el que viajaba Miguel no se hubiera desbarrancado en aquella endemoniada carretera de la sierra, ahora mismo sería un tipo con huevos. Papá truncó a punta de correazos lo que mi abuelo estaba formando con enormes dosis de cariño y confianza. El resultado es éste: yo, un huevón que agacha la cabeza ante la reprimenda de un superior, de un jefe, de un hijo de puta, o de lo que le dice la dueña de la lavandería. No, joven, no he encontrado tu media. Dame una semana más. Gorda puta. Por qué no me dices que la perdiste y ya. No hay huevos siquiera para susurrarle eso.

Una chica se para a mi costado. No soy de los que miran con descaro a una mujer; pero igual le echo una ojeada, tan atrayente es su perfume. El short que lleva es muy corto; descubre más de lo que cubre. Subo la mirada. Me topo con las puntas de una cola entintada. Adelante, unos pezones desafiantes hinchan un polito casi transparente.

La muchacha le encarga una bolsa de ropa a la gorda quien, tras colocarla en una balanza, le dice el precio que le cobrará por el lavado. Hola, me saluda la chica. Le entrega un billete a la gorda. Hola, le contesto. La chica vuelve la cabeza en señal de que ha recibido mi saludo. Todo lo ha hecho con estudiada coquetería. Me flecha. Es hermosa. Con disimulo, le miro los pies. Son muy importantes los pies. Los de ella llevan unas Nike blancas, limpias, tan limpias que parecen nuevas. ¿Vives por aquí?, me pregunta. Sí, aquí, no más, en la otra cuadra, le digo.  

Es algo más alta que yo. No es tetona, pero sí culona y piernona. Su piel es clara. ¿Y tú?, le pregunto. Supongo que vives por acá. Me hace una seña con los dedos, una seña que interpreto como: termino con la gorda y regreso contigo, ¿sí? Tras recibir su vuelto, lo cuenta. ¿Por qué “supones” que vivo por acá? Me resulta bochornoso conversar con una traca a plena luz del día. ¿Si me ve algún conocido? Me doy cuenta de que no estoy libre de los prejuicios. Soy tan mierda como el resto de personas. Me aterra lo que puedan hablar, empezando por esta gorda pendeja que, por el tiempo que le vengo trayendo mi ropa, algo me conoce. Supongo que piensa que soy heterosexual. Aquella vez me dijo que la ropa de sus clientes homosexuales o no las aceptaba o las lavaba aparte. En adelante, ¿lavaría mi ropa con la de los cabros?

Si no vivieras cerca, llevarías tu ropa a otro lado, ¿no? Se ríe, con gracia. ¿Cómo te llamas? Invento un nombre: Andrés. Lo repite en un susurro, como si quisiera memorizárselo. Lo vuelve a repetir, pero su voz apenas se deja oír. ¿Y tú?, le pregunto. No me contesta. Le dice a la gorda que regresará mañana. No te preocupes, dice la gordita. Yo pienso: preocúpate, sobre todo si le estás dejando tus medias. En lugar de responderme, examina mi cara. ¿Estás mal? Me sorprende la pregunta. Se supone que debía decirme su nombre. Cuando una pregunta me agarra desprevenido, se me sale la pura verdad. Sí, me ha dado algo de fiebre. Su rostro planea sobre el mío. Su aliento es suave. Mi boca está a pocos centímetros de la suya. Me palteo. No me arrecho. Si estuviéramos solitos en un cuarto, ya habría intentado besarla. Pero estamos en el pórtico de la lavandería de la gorda pendeja. Cualquiera puede verme conversando con la traca. Esa idea me incomoda. Uno tiene que ser homofóbico, o parecerlo, para ser “normal” en el Perú. Un varón “normal” es católico, ama a su viejita, es homofóbico, pendejo y pelotero.

Ven conmigo. Me toma de la mano. Me suelto con disimulo, sin que se ofenda. No sé cómo se llama, ni dónde vive, ni adónde me lleva. El trasero que se mueve delante de mí es lo suficientemente atrayente como para preocuparme por esas cuestiones.

Hemos cruzado Chancay, hemos pasado El Chinito, y, por la putamadre, estamos a punto de pasar enfrente de la tienda del hijo de puta de Jaime. Me va a ver caminando detrás de un cabro y va a pensar lo peor de mí. Retraso mis pasos. Logro crear una distancia considerable entre la traca y yo. Cuando paso por el pórtico de la tienda, me fijo con disimulo si Jaime está dentro. Ya es un gran milagro que no haya estado afuera, sapeando, husmeando, como siempre lo hace, todo lo que ocurre en la calle. 

No está. Seguro está adentro, bien adentro, cagando, quién sabe. Al doblar la esquina, en Peñaloza, recupero los metros que me dejé sacar. No hay tracas a esta hora. Solo la chica que voy siguiendo. Nos detenemos ante una puerta de rejas. Ella mete un brazo por entre los barrotes y abre una de las alas de la puerta de madera que está detrás. Gimen los goznes que sujetan el maderamen. Es una vieja casona, como todas las de la zona. Entramos. Subimos unas escaleras de losetas negras. Llegamos al segundo piso, a una especie de salita de estar. Hay unos muebles viejos, un televisor enorme encima de una mesa antigua. La alfombra del centro también es vieja. La salita se estrecha en un pasillo repleto de puertas cerradas con candados. La escalera continúa hacia el tercer piso. Subimos. Hay dos pasillos a cada lado de la escalera y más puertas con candados. Tomamos el pasillo de la derecha. Llegamos a la puerta del fondo. Entramos. 

Me llamo Azul. Hay una cama, una mesita, una silla y un ropero muy pequeño. Todo muy ordenado. Esto hace que la habitación, tan pequeña como la mía, luzca algo más grande. ¿Sabes qué te puede ayudar con esa fiebre? No. Supongo que una pastilla o un jarabe. Prueba esto. Me acerca una botella rectangular. La luz que viene de la calle crea más espacio en el cuarto. Recibo la botella y, sin desconfianza alguna, tomo un trago. Es whisky, creo. Siento el remezón. Tras unos segundos, desaparecen el malestar de la cabeza y el dolor en los ojos. ¿Ves? Te estás sintiendo mejor. No lo puedo; es verdad. ¿En dónde vives exactamente? Me doy cuenta de que está vestida toda de blanco: el shorcito, el polito, las zapatillas. Le digo que aquí, en Zepita, pero no me atrevo a precisarle el lugar exacto. Podría buscarme y encontrarse, así son las casualidades, con Rosario. Además, que una chica como Azul me busque derrumbaría mi prestigio heterosexual. Jaime podría echarme del cuarto por maricón. 

Sé que te he visto antes, pero no sé en dónde, dice. Está sentada sobre el filo de la cama, las piernas cruzadas, los pezones apuntándome detrás del polo. La cola rubia de su cabello cae en cascada por entre sus tetas. Yo estoy sentado en la única silla del cuarto. ¿Y qué vas a hacer ahora?, le pregunto. Azul mira a su alrededor. Hay un periódico encima de la almohada de la cama. Leer, supongo, dice, y se echa. Ha cruzado los pies. Las Nike están súper blancas. ¿Qué haces? ¿Trabajas?, pregunta, sin apartar la vista del periódico. No, no trabajo, le digo. ¿Te mantienen? Ya estás algo viejo para eso. No quiero decirle que soy ingeniero. Se supone que un tipo así tiene plata. Podría convertirme en blanco de robos. Bueno, me recurseo. Hago cualquier cosa: albañilería, pintura, lo que sea. Ella aparta el periódico y me mira. No tienes pinta de albañil, papito. Vuelve a su periódico. ¿Y tú en qué trabajas? No tiene que decirme en qué. Estoy seguro de que se prostituye como todas las tracas de esa calle. Hago mis cositas, dice. Cambio de tema. ¿Siempre has vivido aquí? El cuarto tiene una ventana que da a la calle. El aire entra con relativa fuerza, fresco. Mi cuarto no tiene ventanas a la calle. Cuando llegue el verano, voy a cocinarme dentro. Azul se levanta. Mira por la ventana. Apoya sus manos en el alféizar y empina el culo. Saca medio cuerpo por la ventana. El viento le revuelve unos cuantos pelitos que le barren la frente. Parece reconocer a alguien afuera. Hace una seña y sale del cuarto. Lleva una sonrisa en la cara. Alcanza a decirme que ya vuelve. Yo me quedo sentado en la silla, como petrificado, sin atinar a hacer algo. No quiero asomarme por la ventana. No sé qué clase de peligro pueda estar allí afuera. Temo que sea su marido. Sea quien sea, una amiga, un amigo, puede ser peligroso que asome mi cara, mi desconocida cara, por esa ventana. Solo debo esperar. Espero ¿Y si ella sube con alguien con quien se ha puesto de acuerdo para, no sé, pepearme, drogarme, robarme? Me pongo nervioso. Abandonar el lugar parece ser la única solución razonable. La puerta ha quedado abierta de par en par. Tras unos segundos de mucho miedo, me asomo a la puerta. Ni cagando voy a mirar por la ventana. Debo escapar. El pasillo está vacío. Salgo. Camino lo más rápido que puedo, sin hacer ruido. Me apresuro en bajar las escaleras. Cuando llego al segundo piso, me detengo y aguzo el oído. ¿Estarán subiendo Azul y su acompañante? Las parejas de estos cabros suelen ser asesinos o asaltantes; vagos, en el mejor de los casos. No oigo nada. Bajo lo más rápido que puedo y llego a la puerta de madera que da a la calle. Está cerrada. Carajo. Me acerco a la puerta. No tiene llave. Solo hay que jalar de la manija para estar afuera. Pero puede que haya alguien al otro lado, puede que Azul y su acompañante estén conversando en el porche de la puerta. Pego la oreja a la madera. No oigo nada. Jalo la manija muy despacio. Estoy helado. Me cago de nervios. Abro la puerta lo justo como para sacar mi cuerpo. La puerta de rejas está junta. Felizmente. Ahora solo es cuestión de salir corriendo. Nadie debe verme ahí, mucho menos los inquilinos de la casona; puede que sean tipos de cuidado.

Pero no corro. No hay nadie cerca. Estoy sudando. Es la fiebre y son los nervios. Curiosa mezcla. Estoy frío. Tengo las manos heladas. Las gotas de sudor se me escurren por las patillas y van a dar a las veredas de Peñaloza. Oigo la voz de un cabro. Definitivamente, es la voz de un cabro. Viene de la esquina de Peñaloza con Piérola. Hey, grita. Salgo de mi estupor y me doy cuenta de que trata de comunicarse conmigo. Hey, adónde vas. Es un cabro metido en un vestido rojo. Corre hacia mí montado en unas zapatillas celestes, de suela gruesa. Lleva en la mano una botella de cerveza. Oye, quién eres. Se va acercando. Corro en la dirección opuesta. Corro y, en la esquina con Zepita, tuerzo a la derecha para perderme, a toda velocidad, en Alfonso Ugarte.