Latidos del asfalto

martes, 6 de febrero de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 27

Del sábado 08 al lunes 10 de octubre del 2016

Por esa puerta huyó, diciendo: «¡Nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día...
Al cerrar esa puerta, dejó trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.

Amado Nervo – La puerta

No tolero la compañía de la gente; o la tolero por poco tiempo. Rosario se viste con toda la paciencia del mundo. Me habla de su trabajo y de lo que hará apenas llegue a casa. Yo me visto rápido, como indicándole, muy sutilmente, que no tengo ánimos ni tiempo para conversaciones. Sin embargo, mi mensaje no le llega. Continúa perorando, demorando el tiempo, mi tiempo. Está convencida de que disfruto de su compañía post sexo. No sabe, o no intuye, que, luego de tirar, solo quiero recuperar mi soledad.

La acompaño hasta el paradero de los colectivos. Hubiera preferido no hacerlo, pero se hubiera resentido. Suficiente daño le hago con no corresponder el amor que me demuestra. Ella solo pide exclusividad a cambio de toda su abnegación. No se da cuenta de que la exclusividad incluye también mi libertad. 

Apenas se aleja el colectivo que la lleva, vuelvo a mis asuntos. Hay sol y no hay que ir a trabajar.

En una de las esquinas del cuarto, hay una bolsa negra con los shorts y polos sudados en la semana. Sobre la mesita, un pedazo de papel cuadriculado detalla el contenido exacto de la bolsa: tres shorts, cinco polos negros de manga larga, cinco boxers, cinco pares de medias blancas. Pego el papel a la bolsa. Es una precaución. La última vez que fui a la lavandería descubrí que me faltaba una media. Amablemente, le presenté el reclamo a la dependienta, una gordita simpática que dirige su negocio con evidente displicencia. Me comentó, muy liviana ella, muy ligera, muy despreocupada, que se le solían extraviar las prendas. A veces no me doy cuenta cuando las medias o las trusas se quedan dentro de las máquinas, joven. Aquí se lava mucha ropa todos los días. Ofreció buscar mi media y tenérmela lista para cuando regresara. Ahora volvía y esperaba lo que era mío.

Salgo con la bolsa de ropa. La lavandería queda en la siguiente cuadra de Zepita, cruzando Chancay. Una inmensa cola de gente aguarda en la puerta de El Chinito. De la puerta de El Chanchito, su competencia, no sale un alma, y eso que el lugar es más limpio y sus sánguches más ricos.

Putamadre: está cerrada la lavandería. No lo noté cuando salí con Rosario. Carajo. Necesito lavar esta ropa. Es la que me pondré esta semana. No tengo otra. Tampoco pienso comprarme más. Se me ocurre llevarle este cargamento a mamá. Mejor no. No quiero causarle molestias. Aunque ella estaría encantada de ayudarme. No gastes tu plata en lavanderías. Tráemela, Danielito. No. Ya pensaré en algo.

Dejo la bolsa en su rincón del cuarto. El saber que hay una tarea inconclusa (la ropa no lavada) me incomoda, me va a joder todo el fin de semana.

Guardo la vieja laptop en la mochila y salgo a casa de mamá. Ahí está mi bebe. Mamá la tuvo que traer el viernes por la noche, en lugar de que yo lo hiciera. ¿Dónde estaba yo? Tirando con Rosario.

Retomo la corrección de la traducción del libro de los gringos. Trabajo hasta la hora del almuerzo. Como y tomo una siesta. Despierto dos horas después. Se me ocurre llevar a la bebe al Bembos de Plaza San Miguel. Invito a mi hermano Celso. Hace frío en La Perla. Hace frío en San Miguel. A pesar de la temperatura, rehuso llevar la chompa que me ofrece mamá. Salgo con el bividí que traigo puesto: la porfiada manía de andar mostrando los tatuajes.  

La bebe no sabe por dónde empezar: una hamburguesa, una bolsita de papas fritas, un potecito de helado y un vaso de gaseosa se disputan su atención. Cuando termina, corre hacia el laberinto de pelotas. Hay niños de su edad, pero mi bebe es como yo, prefiere jugar sola, inmersa en su propio mundo. Celso permanece sentado en un extremo del sofá que ocupamos en el segundo piso del Bembos. Escucha música de su celular. Yo leo una novela de Huxley. Pasa una hora. La bebe se cansa del laberinto de pelotas. Vamos a casa de la abuela, me pide.

Echo de menos la chompa de mamá. Me estuve cagando de frío todo este tiempo, incluso ahora, en este taxi que nos lleva de regreso a casa.

Me tiendo en el sofá de la sala, envuelto en un par de pesadas colchas. Termino la novela de Huxley.

Amanece. Permanezco echado en el sofá. Tengo inflamada la garganta. Reviso las noticias en el celular. Hoy debaten Trump y Clinton por la presidencia de los Estados Unidos. Memorizo la hora de la contienda. Si retomo la corrección ahora mismo, podré ver el debate con tranquilidad. Luego de un trabajo sin pausas, a las cuatro, termino la corrección. Aliviado, les envío el archivo a los gringos. Me he quitado un gran peso de encima, pero no el dolor de la garganta, que empeora. Busco el debate en internet. Los candidatos no nos defraudan: se enzarzan en una sangrienta espiral de insultos y golpes bajos. Queremos ver sangre en televisión, sangre de todo tipo, de la oscura que emana de los cuerpos mutilados en las carreteras y de la que bulle sin control del alma de aquel a quien le acaban de destruir la dignidad en cadena nacional.

Es lunes. Cuesta abrir los ojos. El dolor en la garganta ha devenido en fiebre. Estoy solo en el cuarto. No tengo a nadie que me asista. La fiebre se ensaña conmigo. Le envío un mensaje a Jean Carlo: Mil disculpas, Jean, hoy no voy a poder ir a la oficina. He amanecido con fiebre. Apago el celular. Temo la réplica. Soy un cobarde. Soy incapaz de afrontar situaciones tensas. Huyo de ellas. Trato de retomar el sueño y pienso que hubiera sido mejor pasar la noche en casa de mamá.

Este no es mi lugar. Doy vueltas sobre el colchón. Sudo. Una certeza me taladra la cabeza: mandaste a la mierda a tu familia. Solo hay una manera de recuperarla, pero depende de la suerte, de la buena suerte, y buena suerte nunca he tenido. De cualquier modo, debo confiar en que algún día la tendré. 

La ropa sucia continúa hongueándose en un rincón del cuarto. Solo puedo verla. La fiebre me tiene aplastado. No quiero llamar a mamá. Si he decidido vivir solo, debo hacerlo en cualquier tipo de situación: buena o mala. No es consecuente renunciar a la soledad solo cuando se está jodido. La soledad hay que vivirla sin condiciones. 

Estoy sudando. Me había quedado dormido. Prendo el celular para ver la hora. Son las ocho. Jean Carlo no ha respondido. Mejor. Apago el celular. La fiebre ha recrudecido. No tengo nada útil en el cuarto; ni siquiera un termo del que pueda servirme un té caliente. La infección en la garganta es una pelota que me destruye los nervios cuando trago saliva. Necesito unas pastillas para desinflar esta pelota. Pienso en Balani, la botica de la cuadra siete de Piérola, en donde compraba los remedios que mi esposa y mi hija necesitaban cuando vivíamos en el viejo edificio de Camaná. Ya no hay esposa, tampoco hija. Estoy solo, sin fuerzas y sin ánimos para levantarme. Necesito dormir. Podría leer, pero me duelen los ojos. Podría masturbarme y eyacular para quedarme dormido al instante. ¿Y cómo me masturbo con el celular apagado? Podría usar la laptop; pero hay que levantarse, prenderla, esperar a que cargue, buscar los vídeos porno. No, es mucho trámite. Es mejor, y menos moroso, cerrar los ojos y usar la imaginación. Imagino a Rosario a mi lado. A ella le gusta cuidarme. Si supiera que estoy enfermo, correría a socorrerme, me compraría medicinas, algo de comer, algo de beber. Rosario siempre me trata bien. Y yo le pago mal. No lo hago a propósito. Es mi naturaleza: me gusta seducir mujeres, hacerles el amor, apretujar sus tetas, palmear sus culos. Imagino a Rosario junto a mí. La conozco tan bien que podría dibujarla completita. La he visto calata innumerables veces, veces en las cuales hemos conversado sin ropa, echados en la cama de un hotel, brindando con latas de cerveza, con algún rockcito de fondo. Cuando conversamos tendidos en la cama, su boca, así se lo exijo, debe ubicarse a la altura de mi pene, de modo que, entre anécdota y anécdota, me regale una de sus estupendas mamadas. Ahora mismo me está chupando la pinga. Mi mano es su boca. Me frota el tallo con esos labios blanditos y gruesitos. Frota y frota. Oh, sí, ya me vengo. Ya no es necesario cerrar los ojos. Se me viene el quaker. Abro los ojos y es obvio que la boca de Rosario no va a recibir la leche. Abro más los ojos para ver dónde está el rollo de papel higiénico. Ahí está, sobre la mesita blanca, en el extremo más alejado. Carajo. Rosario desaparece. Su boca se deshace. No hay fuerzas para levantarse, estirarse, coger el papel, arrancar tres vueltas de mano y volver a la posición masturbatoria, alucinatoria. Imposible que vuelva a imaginar a Rosario. El esfuerzo mental me ha agotado. Cierro los ojos y consigo dormir. Despierto luego de un rato. Tengo el pelo empapado de sudor. Me lo seco con las manos. Las huelo. El olor es narcótico. Sudor de enfermo, de fiebre, de colchón nuevo. Me jode que la ropa siga pudriéndose en una esquina del cuarto. Me incomoda saber que millones de hongos y bacterias proliferan en las entrañas de ese montón de trapos sudados. Sudor de ciclista, de ciclista callejero, de ciclista misio, pobre perdedor.

La persistente idea de la ropa pudriéndose a escasa distancia del colchón me hace saltar de la cama, vestirme al toque y salir a la calle, directo a la lavandería. No olvido llevar la media solitaria, la que se quedó sin su compañera por la ineficiencia de la gorda que regenta el establecimiento. Voy a presentarle mi reclamo. Que me busque la media faltante, carajo. No, no soy así. Sería incapaz de levantarle la voz a un tercero, incluso si está pisoteando mis derechos. Sí les he gritado a mi mamá, a mi abuelita, a mi esposa, a Rosario y, una vez, una muy dolorosa vez, a mi hija. Esto no hace más que demostrar que soy un cobarde. Solo un tipo así le alzaría la voz a quienes sabe incapaces de responderle con la misma fuerza. A ver, por qué no le gritaba así a mi papá. De un solo cocacho me callaba la boca. Con una sarta de correazos me hacía saber quién era el único que golpeaba en la casa. 

Buenos días. Odio mi voz. No es varonil. No es gruesa. No es potente. No transmite autoridad. Nací con esa voz o los golpes de mi viejo la volvieron así. Recuerdo cuando vivía con mi abuelo Miguel, en Los Olivos. Era ganadero. Hizo dinero de la nada. Empezó como obrero de construcción. Poco tiempo le duró tener que seguir las órdenes de un huevón. Se hizo comerciante; finalmente ganadero. Miguel me daba voz, me complacía. Quien se metía conmigo, se metía con él. Comenzaba a enseñarme que mis derechos no los podía pisotear cualquiera, ni mi propio padre. Lamentablemente, falleció cuando yo tenía cinco años. Recuerdo nítidamente la vez en que me gritó papá. Mi abuelo estaba en la sala. No lo dudé. Corrí a buscarlo y me quejé ante él. Libre, descarado, prepotente, así me estaba criando Miguel. Hubiera sido otro ahora mismo, un valiente, un tipo que defendía a los suyos y no les gritaba en la cara. Si el camión en el que viajaba Miguel no se hubiera desbarrancado en aquella endemoniada carretera de la sierra, ahora mismo sería un tipo con huevos. Papá truncó a punta de correazos lo que mi abuelo estaba formando con enormes dosis de cariño y confianza. El resultado es éste: yo, un huevón que agacha la cabeza ante la reprimenda de un superior, de un jefe, de un hijo de puta, o de lo que le dice la dueña de la lavandería. No, joven, no he encontrado tu media. Dame una semana más. Gorda puta. Por qué no me dices que la perdiste y ya. No hay huevos siquiera para susurrarle eso.

Una chica se para a mi costado. No soy de los que miran con descaro a una mujer; pero igual le echo una ojeada, tan atrayente es su perfume. El short que lleva es muy corto; descubre más de lo que cubre. Subo la mirada. Me topo con las puntas de una cola entintada. Adelante, unos pezones desafiantes hinchan un polito casi transparente.

La muchacha le encarga una bolsa de ropa a la gorda quien, tras colocarla en una balanza, le dice el precio que le cobrará por el lavado. Hola, me saluda la chica. Le entrega un billete a la gorda. Hola, le contesto. La chica vuelve la cabeza en señal de que ha recibido mi saludo. Todo lo ha hecho con estudiada coquetería. Me flecha. Es hermosa. Con disimulo, le miro los pies. Son muy importantes los pies. Los de ella llevan unas Nike blancas, limpias, tan limpias que parecen nuevas. ¿Vives por aquí?, me pregunta. Sí, aquí, no más, en la otra cuadra, le digo.  

Es algo más alta que yo. No es tetona, pero sí culona y piernona. Su piel es clara. ¿Y tú?, le pregunto. Supongo que vives por acá. Me hace una seña con los dedos, una seña que interpreto como: termino con la gorda y regreso contigo, ¿sí? Tras recibir su vuelto, lo cuenta. ¿Por qué “supones” que vivo por acá? Me resulta bochornoso conversar con una traca a plena luz del día. ¿Si me ve algún conocido? Me doy cuenta de que no estoy libre de los prejuicios. Soy tan mierda como el resto de personas. Me aterra lo que puedan hablar, empezando por esta gorda pendeja que, por el tiempo que le vengo trayendo mi ropa, algo me conoce. Supongo que piensa que soy heterosexual. Aquella vez me dijo que la ropa de sus clientes homosexuales o no las aceptaba o las lavaba aparte. En adelante, ¿lavaría mi ropa con la de los cabros?

Si no vivieras cerca, llevarías tu ropa a otro lado, ¿no? Se ríe, con gracia. ¿Cómo te llamas? Invento un nombre: Andrés. Lo repite en un susurro, como si quisiera memorizárselo. Lo vuelve a repetir, pero su voz apenas se deja oír. ¿Y tú?, le pregunto. No me contesta. Le dice a la gorda que regresará mañana. No te preocupes, dice la gordita. Yo pienso: preocúpate, sobre todo si le estás dejando tus medias. En lugar de responderme, examina mi cara. ¿Estás mal? Me sorprende la pregunta. Se supone que debía decirme su nombre. Cuando una pregunta me agarra desprevenido, se me sale la pura verdad. Sí, me ha dado algo de fiebre. Su rostro planea sobre el mío. Su aliento es suave. Mi boca está a pocos centímetros de la suya. Me palteo. No me arrecho. Si estuviéramos solitos en un cuarto, ya habría intentado besarla. Pero estamos en el pórtico de la lavandería de la gorda pendeja. Cualquiera puede verme conversando con la traca. Esa idea me incomoda. Uno tiene que ser homofóbico, o parecerlo, para ser “normal” en el Perú. Un varón “normal” es católico, ama a su viejita, es homofóbico, pendejo y pelotero.

Ven conmigo. Me toma de la mano. Me suelto con disimulo, sin que se ofenda. No sé cómo se llama, ni dónde vive, ni adónde me lleva. El trasero que se mueve delante de mí es lo suficientemente atrayente como para preocuparme por esas cuestiones.

Hemos cruzado Chancay, hemos pasado El Chinito, y, por la putamadre, estamos a punto de pasar enfrente de la tienda del hijo de puta de Jaime. Me va a ver caminando detrás de un cabro y va a pensar lo peor de mí. Retraso mis pasos. Logro crear una distancia considerable entre la traca y yo. Cuando paso por el pórtico de la tienda, me fijo con disimulo si Jaime está dentro. Ya es un gran milagro que no haya estado afuera, sapeando, husmeando, como siempre lo hace, todo lo que ocurre en la calle. 

No está. Seguro está adentro, bien adentro, cagando, quién sabe. Al doblar la esquina, en Peñaloza, recupero los metros que me dejé sacar. No hay tracas a esta hora. Solo la chica que voy siguiendo. Nos detenemos ante una puerta de rejas. Ella mete un brazo por entre los barrotes y abre una de las alas de la puerta de madera que está detrás. Gimen los goznes que sujetan el maderamen. Es una vieja casona, como todas las de la zona. Entramos. Subimos unas escaleras de losetas negras. Llegamos al segundo piso, a una especie de salita de estar. Hay unos muebles viejos, un televisor enorme encima de una mesa antigua. La alfombra del centro también es vieja. La salita se estrecha en un pasillo repleto de puertas cerradas con candados. La escalera continúa hacia el tercer piso. Subimos. Hay dos pasillos a cada lado de la escalera y más puertas con candados. Tomamos el pasillo de la derecha. Llegamos a la puerta del fondo. Entramos. 

Me llamo Azul. Hay una cama, una mesita, una silla y un ropero muy pequeño. Todo muy ordenado. Esto hace que la habitación, tan pequeña como la mía, luzca algo más grande. ¿Sabes qué te puede ayudar con esa fiebre? No. Supongo que una pastilla o un jarabe. Prueba esto. Me acerca una botella rectangular. La luz que viene de la calle crea más espacio en el cuarto. Recibo la botella y, sin desconfianza alguna, tomo un trago. Es whisky, creo. Siento el remezón. Tras unos segundos, desaparecen el malestar de la cabeza y el dolor en los ojos. ¿Ves? Te estás sintiendo mejor. No lo puedo; es verdad. ¿En dónde vives exactamente? Me doy cuenta de que está vestida toda de blanco: el shorcito, el polito, las zapatillas. Le digo que aquí, en Zepita, pero no me atrevo a precisarle el lugar exacto. Podría buscarme y encontrarse, así son las casualidades, con Rosario. Además, que una chica como Azul me busque derrumbaría mi prestigio heterosexual. Jaime podría echarme del cuarto por maricón. 

Sé que te he visto antes, pero no sé en dónde, dice. Está sentada sobre el filo de la cama, las piernas cruzadas, los pezones apuntándome detrás del polo. La cola rubia de su cabello cae en cascada por entre sus tetas. Yo estoy sentado en la única silla del cuarto. ¿Y qué vas a hacer ahora?, le pregunto. Azul mira a su alrededor. Hay un periódico encima de la almohada de la cama. Leer, supongo, dice, y se echa. Ha cruzado los pies. Las Nike están súper blancas. ¿Qué haces? ¿Trabajas?, pregunta, sin apartar la vista del periódico. No, no trabajo, le digo. ¿Te mantienen? Ya estás algo viejo para eso. No quiero decirle que soy ingeniero. Se supone que un tipo así tiene plata. Podría convertirme en blanco de robos. Bueno, me recurseo. Hago cualquier cosa: albañilería, pintura, lo que sea. Ella aparta el periódico y me mira. No tienes pinta de albañil, papito. Vuelve a su periódico. ¿Y tú en qué trabajas? No tiene que decirme en qué. Estoy seguro de que se prostituye como todas las tracas de esa calle. Hago mis cositas, dice. Cambio de tema. ¿Siempre has vivido aquí? El cuarto tiene una ventana que da a la calle. El aire entra con relativa fuerza, fresco. Mi cuarto no tiene ventanas a la calle. Cuando llegue el verano, voy a cocinarme dentro. Azul se levanta. Mira por la ventana. Apoya sus manos en el alféizar y empina el culo. Saca medio cuerpo por la ventana. El viento le revuelve unos cuantos pelitos que le barren la frente. Parece reconocer a alguien afuera. Hace una seña y sale del cuarto. Lleva una sonrisa en la cara. Alcanza a decirme que ya vuelve. Yo me quedo sentado en la silla, como petrificado, sin atinar a hacer algo. No quiero asomarme por la ventana. No sé qué clase de peligro pueda estar allí afuera. Temo que sea su marido. Sea quien sea, una amiga, un amigo, puede ser peligroso que asome mi cara, mi desconocida cara, por esa ventana. Solo debo esperar. Espero ¿Y si ella sube con alguien con quien se ha puesto de acuerdo para, no sé, pepearme, drogarme, robarme? Me pongo nervioso. Abandonar el lugar parece ser la única solución razonable. La puerta ha quedado abierta de par en par. Tras unos segundos de mucho miedo, me asomo a la puerta. Ni cagando voy a mirar por la ventana. Debo escapar. El pasillo está vacío. Salgo. Camino lo más rápido que puedo, sin hacer ruido. Me apresuro en bajar las escaleras. Cuando llego al segundo piso, me detengo y aguzo el oído. ¿Estarán subiendo Azul y su acompañante? Las parejas de estos cabros suelen ser asesinos o asaltantes; vagos, en el mejor de los casos. No oigo nada. Bajo lo más rápido que puedo y llego a la puerta de madera que da a la calle. Está cerrada. Carajo. Me acerco a la puerta. No tiene llave. Solo hay que jalar de la manija para estar afuera. Pero puede que haya alguien al otro lado, puede que Azul y su acompañante estén conversando en el porche de la puerta. Pego la oreja a la madera. No oigo nada. Jalo la manija muy despacio. Estoy helado. Me cago de nervios. Abro la puerta lo justo como para sacar mi cuerpo. La puerta de rejas está junta. Felizmente. Ahora solo es cuestión de salir corriendo. Nadie debe verme ahí, mucho menos los inquilinos de la casona; puede que sean tipos de cuidado.

Pero no corro. No hay nadie cerca. Estoy sudando. Es la fiebre y son los nervios. Curiosa mezcla. Estoy frío. Tengo las manos heladas. Las gotas de sudor se me escurren por las patillas y van a dar a las veredas de Peñaloza. Oigo la voz de un cabro. Definitivamente, es la voz de un cabro. Viene de la esquina de Peñaloza con Piérola. Hey, grita. Salgo de mi estupor y me doy cuenta de que trata de comunicarse conmigo. Hey, adónde vas. Es un cabro metido en un vestido rojo. Corre hacia mí montado en unas zapatillas celestes, de suela gruesa. Lleva en la mano una botella de cerveza. Oye, quién eres. Se va acercando. Corro en la dirección opuesta. Corro y, en la esquina con Zepita, tuerzo a la derecha para perderme, a toda velocidad, en Alfonso Ugarte.  

domingo, 17 de diciembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 26

Del jueves 06 al viernes 07 de octubre del 2016

La cuestión está en la rodilla. Baudelaire (lo cuenta Proust) amaba las rodillas femeninas. Amaba, quizás, en la mujer, lo que tiene de menos femenino, esos momentos de su cuerpo en que asoma el hombre que pudo ser, un fantasma varón o un fantasma de varón. No diremos, ingenuamente, que de esto pueda deducirse un trasunto de homosexualidad baudeleriana. Más bien, en la fascinación por el nudo en que se destrenza o se trenza la posible e imposible dualidad sexual de una criatura, descubrimos la inquietud por el enigma mismo de la sexualidad.

Francisco Umbral – Tratado de perversiones

Hacía unas horas, estuve con mi bebe y con mi esposa en El Corralito, una pollería en la doce de Sosa Peláez, cerca de la casa de mi hija. Ahora, rondaba Peñaloza en porfiada búsqueda de Jazmín, una de las chicas más despampanantes del lugar. Habíamos tirado en un par de ocasiones. En ambas, me disgustó el extraño olor que despedía su cabello, un pelo grueso y medio seboso.  

                                     Fuente: Google Maps

Los escrúpulos me ordenan regresar al cuarto, guardarme, terminar el día sanamente. El lado perverso me exige coronar la noche estrujando los senos de Jazmín, dejando que me chupe la pinga y, si me atrevía - ¿me atrevería? -, chupársela yo a ella; aunque el hedor de su cabello, por lógica asociación de ideas, me desbarataba las ganas de hacerlo. 

Jazmín no está en Peñaloza. Es inútil buscarla en Piérola. Jamás se ofrece por Chancay. Siempre lo hace en Peñaloza. Pero no está. No está en ninguna parte y yo estoy muy arrecho. Tengo su número. Puedo llamarla. Pero no me atrevo. La llamaría únicamente si estuviera seguro de que está en Peñaloza y de que ella me va a contestar; ella y no otra persona. La llamaría solo para que me esperase el tiempo que me tomaría abandonar el cuarto. Si no está en Peñaloza, no la llamo. ¿Por qué? Porque puede estar con su marido. Esas chicas suelen tener maridos celosos. Generalmente, son delincuentes, sicarios, asesinos. No quiero que una llamada mía los sorprenda en pleno acto. Imagino a su marido, furioso y desquiciado, pidiéndole cuentas. Quién es ese huevón que te llama. Si me entero quién es, le corto los huevos. Yo no quiero que me corten los huevos.

Me asaltan sentimientos de culpa. Pero nada puedo hacer: me gustan las tracas, las que tienen rostro de mujer. Me gustan sus tetas enormes y sus culos desaforados. Son económicamente más accesibles. Son más entregadas y más mañosas; nada puritanas y casi nada presumidas. Tienen unas pingas completamente desprovistas de los groseros atributos masculinos por el solo hecho de pertenecerles a ellas, mujeres reales, mujeres en cuerpo y en alma. Esas pingas son deliciosos, dilatados y prohibidos clítoris; no pichulas toscas y masculinas.    

Las chicas más ricas están en Chancay. Se ofrecen a pocos metros de la sanguchería El Chinito. No sé por qué se exhiben ahí, un lugar donde hay mucha luz, alto tránsito, varias personas yendo y viniendo. No puedo hablarle a una traca de Chancay. No en Chancay. Es peligroso. Cualquiera me puede ver. Una vez, me vio mi esposa. Recuerdo que faltaban tres o cuatro meses para que me botara de la casa. Había hecho una parada en la traducción del libro de los gringos. Iba muy adelantado con respecto al programa que me tracé y que les compartí. Estaban satisfechos con mi velocidad y exceso de puntualidad. Decidí premiarme, tal y como lo hacía en la universidad luego de recibir las notas de mis prácticas de Cálculo, Física o Estática. Los dieciochos, a veces veintes, se convertían en trepidantes incursiones a los oscuros predios de las prostitutas de Fiori, en Los Olivos, distrito donde viví hasta los veintiséis años. Decidí premiarme, decía, y me fui al Centro de Lima. No tuve que excusarme con mi esposa. Ella había salido con su hermana. Para que sigas traduciendo tranquilo, estoy dejando a la bebe en casa de mi mamá, dijo, antes de desaparecer tras la puerta. Nunca me gustó la idea de que mi bebe se quedara en casa de mi suegra. Sabía que ella no la pasaba bien en ese lugar. Se sentía enjaulada, inhibida de jugar a sus anchas, siempre vigilada por la estricta mirada de su abuela. Mi niña prefería quedarse conmigo, en NUESTRA casa, en SU casa. Yo no necesitaba de su ausencia para traducir tranquilo, pues todo lo traducido hasta ese momento lo había hecho a su lado. Traducía un rato y hacía una pausa para convertirme en un gorila que le devoraba la pancita cuando, tras corretearla por la sala, la cocina y los dormitorios, la capturaba envolviéndola en mis brazos. Cerca del mediodía, le preparaba el almuerzo para que ella, de regreso del colegio, lo encontrara calientito y delicioso. Entonces, a pesar de la pena que sabía que mi hija experimentaba en casa de mi suegra, decidí salir. Mi lado cachero y cochino porfiaba porque buscara el placer en las tetas y en los culos de las chicas del Centro. 

Salí de la casa con el corazón hecho mierda: estaba consintiendo que mi pequeña pasase una mala tarde, a cambio de que yo, en lugar de traducir “tranquilo”, me fuese a buscar tetas y culos rellenos de siliconas. No me perdonaba ser así; pero igual continué caminando hacia el paradero de buses. Durante el viaje, la cabeza pegada a la ventana, mirando las calles que se sucedían sin concierto, me sentí aún más mierda. Por eso, reflexiono ahora, se me ha impuesto vivir sin mi hija, expulsado del hogar, porque cuando tuve la oportunidad de estar a su lado preferí satisfacer mis egoísmos. Estaba pagando con creces mis desafueros.

En Chancay, hay chicas idénticas a vedettes. Todas logran un timbre atiplado en la voz; solo algunas, muy pocas, fracasan. Aquel día, ya vencidos mis escrúpulos y envuelto por completo en la vorágine de la tentación, recorrí Chancay. Reunía aplomo para detenerme ante la mejor traca, preguntarle la tarifa y consumar el pacto. Eran las siete de la noche y ya había tres chicas agarrables. Conversaban en la acera opuesta. Estaban casi desnudas. Un hilo se perdía en sus culos inflamados y diminutos triangulitos cubrían sus pezones. Más excitado no podía estar. La gente que iba y venía me resultaba un molesto impedimento. No despegaba la mirada de esos tres cuerpos de ensueño. Cuerpos deliciosos y preciosos. Cuerpos de mujer. Alucinaba sus bocas complaciéndome oralmente. Recordé que debía comprarme uno de esos abrigos con capucha. Una compra que, por desidia y olvido, venía aplazando. Con una capucha en la cabeza, podría ocultar que aquel huevón que se acercaba a las tracas a negociar por sexo era el mismo que obtuvo buenas notas en el colegio, el mismo que mantenía una correcta reputación de ingeniero –aunque no se ufanara de serlo-, y el mismo a quien sus familiares, especialmente sus padres, creían un chico sano, buen padre y mejor trabajador.

¿Qué hacías en el Centro cerca de esos travestis? Se me heló la sangre. Disimulé lo mejor que pude los estragos de su pregunta. El cerebro canceló todas sus actividades y se enfocó en elaborar la mejor respuesta. Mi esposa esperaba una convincente y real. No preguntó por preguntar. Sus ojos escrutaban en mí cualquier ligero movimiento que pudiese tomarse por nerviosismo delator. No podía decirle que estaba viendo libros porque por ahí no los vendían; Quilca estaba lejos. No tan lejos, pero hasta ahí no llegaban los puestos de venta. Venía de comprar libros: tampoco resultaría. El jirón Chancay no era la ruta de regreso a casa. Se me agotaban las posibilidades y ella esperaba una respuesta. No había transcurrido ni un segundo, pero la situación se me hacía eterna. De pronto, Dios acudió en mi auxilio. No cabía duda de que fue Él, a saber, por la índole de la excusa: Estaba yendo a la parroquia Santo Toribio, a oír misa. De tanto merodeo en aquella zona traquera, me había familiarizado con los edificios vecinos; entre ellos, la parroquia Santo Toribio, ubicada en la esquina que hacía Chancay con la tercera cuadra de Piérola.

                                     Fuente: Google Maps

Casi todos los domingos acudía a la iglesia de La Merced, en el jirón de la Unión. Era un templo antiguo, construido el mismo año en que se fundó Lima, 1535. Me atraía su antigüedad y su arquitectura. Rezaba. Le agradecía a Dios por lo recibido. No le pedía nada. Era indecente y soberbio pedirle algo. ¿Con qué derecho le pedíamos a Dios? ¿Por qué debía Él oír y atender nuestras plegarias y no las del resto de personas? Qué tal si X pedía que matasen a Z y Z rogaba por que aniquilasen a X ¿A quién oiría Dios? No me parecía apropiado poner al Creador en medio de dos, tres o infinitos fuegos cruzados. Lo más decente era limitarse a dar las gracias; las gracias por tener un pan con mantequilla para el desayuno, las gracias por la moneda de un nuevo sol hongueándose en el bolsillo de tu pantalón.   

                                     Fuente: Google Maps

Estaba yendo a la parroquia Santo Toribio, a oír misa. Está ahí, no más, en la esquina de Chancay con Piérola. Se lo dije con seguridad, sin titubeos. Eran las siete. La misa ya iba a comenzar. Mi esposa sopesó mis movimientos, la seguridad en mi voz. Dudó. ¿En serio? Aparté mis ojos de los suyos. Respondí, la mirada extraviada en algún punto de la sala: Claro, por supuesto. No podía mentir sosteniéndole la mirada. Podría descubrirme la mentira en el movimiento involuntario de algún músculo de la cara. Yo creo que has estado buscando cabros. Otro golpe. Otro esfuerzo por disimular las reacciones. Negar con seguridad. Más que eso. Tenía que indignarme. ¿Cómo podía acusarme de andar buscando cabros? Debía ponerme serio. Fruncir el entrecejo. ¿Qué? ¿Qué tienes, oye? ¿Cómo se te ocurre? Yo iba a la misa. Además, a mí me gustan las mujeres; no los cabros. Qué asco.

No puedo arriesgarme a que alguien me vea hablando con una traca. Así que vuelvo a Peñaloza. No está Jazmín. Tampoco hay alguien tan buena como ella. Me desespero: quiero cachar y no hay con quien. La lujuria se ha apoderado de mí a tal punto que el remordimiento y la culpa, que en un inicio me acosaron por haber permitido que mi hija pasase la tarde con la bruja de mi suegra, han quedado relegados al olvido. Ahora, solo quiero satisfacer los imperiosos deseos que me borbotan de la entrepierna. 

Hacía unas horas, Perú había empatado con Argentina, en Lima. Dos a dos. La gente que asistió al estadio se había retirado satisfecha. Aplaudieron al bus que llevó a los peruanos de regreso al hotel donde concentraron. El empate no propició un ambiente de fiesta. Se soñó con ganarle a Argentina. Se había depositado confianza en el equipo.

Caminaba a lo largo de Bertello, rumbo a la casa de mi hija, cuando Funes Mori le clavó, casi cayéndose, un gol esquinado a Gallese, el arquero peruano. Los audífonos en las orejas, escuchaba el partido en una radio limeña. Los carajos y mentadas de madre que uno de los comentaristas lanzaba a diestra y siniestra hacían más interesante la narración. Perú, de local, recibía el primer gol. ¿Por qué no aprovechaban esa localía? Argentina jugaba sin Messi. Se le podía ganar.

Vimos algo del partido en la tele de la pollería. Terminamos de comer y regresamos a casa. Yo no entraría. Solo mi hija y su mamá. El jefe de la casa ya no era yo; era Melina. En el instante en que mi esposa abrió la puerta de rejas, de las casas vecinas provino un atronador grito de gol. Guerrero, también cayéndose, empataba las cosas a los diez minutos de empezado el segundo tiempo. Vamos, Perú, sí se les puede ganar a los argentinos. Guerrero las luchaba todas. La gente siguió voceando el gol, un gol que hubiera sido imposible en los pies de cualquier otro peruano. Guerrero acunó con el pecho la pelota que Trauco le había acomodado desde el mediocampo; la cuidó con entereza de la persecución tramposa de Funes Mori; y, con tanto ímpetu como táctica, lanzó un disparo que agitó las mallas argentinas. Bien, Guerrero, conchasumadre.

Seguía escuchando el partido. La noche todavía podía redondearse: había visto a mi hija, habíamos comido el pollito y las papas fritas que tanto le gustaban y Perú podía ganarle a Argentina. Vamos, carajo. Perú estaba más despierto que su rival. Ruidíaz, Guerrero y Trauco eran constantes visitantes del área chica de los gauchos.

El bus iba llegando a Alfonso Ugarte. Busqué las llaves del cuarto en los bolsillos de mi pantalón. La conchasumadre: no estaban. El gol que Higuaín le marcaba al Perú no disuadió mi creciente preocupación. Eran tres: la de la puerta de rejas de la casona, la de mi cuarto y la del baño. El bus ya estaba en Alfonso Ugarte. Bajé. Ya en tierra firme, al pie del Guadalupe, volví a buscar las llaves. Confirmado: no las tenía conmigo. ¿Dónde chucha las había botado? Ni cagando iba a dormir en la calle. ¿Dónde chucha iba a dormir ahora? ¿Y cómo haría para ir al trabajo mañana? ¿Y si las llaves se me deslizaron del bolsillo y fueron a parar al asiento del bus? Putamadre. Hice memoria. No recordé que se me hubiera deslizado nada.

Entonces, los recuerdos se me fueron rápidos hacia las escenas de la pollería. Sí, ahora lo recordaba. Mientras la bebe jugaba en el corral de los laberintos y las pelotas de colores, yo dejé las llaves en algún lugar de la mesa, entre los cubiertos, los platos de pollo, la fuente de papas, el tazón de la ensalada y la botella de gaseosa. Las había sacado del bolsillo porque me herían el culo al quedar presionadas contra la silla. Llamé a mi esposa. Vamos, contesta, carajo, es urgente. La huevada timbraba y timbraba. ¿Y si Melina estaba cerca y, por miedo a ella, no me contestaba? Carajo.

Continué timbrándole al celular mientras caminaba apresuradamente por Venezuela. Al mismo tiempo, aguardaba la aparición del bus que me llevase de regreso a la casa de mi esposa. Estaba seguro de que las llaves las había dejado en la pollería. Solo era cuestión de que ella fuese al Corralito y las reclamase. Tenía que hacerlo antes de que cerrara el local. Iban a ser las once. Putamadre, contesta. Y contestó. Rápidamente, le expliqué la situación. Le dije que nos encontraríamos en su casa, que ya estaba en camino. Entendió y corrió a la pollería. Avancé un par de pasos más cuando divisé al bus indicado. Me apresuré a tomarlo. ¡Penal!, se entusiasmó el narrador en la radio. Un eco de euforia remeció los casinos siempre abarrotados de la avenida Venezuela. Los ventanales de los restaurantes eran atravesados por decenas de miradas que anhelaban un gol peruano, un gol que les regresara el alma al cuerpo, un gol que impusiera el respeto a la casa. Otra vez, era Guerrero el artífice: le había robado una pelota a Mascherano; había corrido al área de Romero, dejándose seguir por Mascherano; y, al sentir las manos del defensor argentino rozándole el abdomen, se arrojó astutamente al gramado. ¡Penal, penal, penal, carajo! Lo patearía Cueva. Todos confiaban en el chato. Parado a unos metros del balón, estudió la situación, dio unos pequeños trotes y pateó. ¡Gol peruano! La había colocado a la derecha de Romero, arriba. El argentino, de metro noventa y dos, se estiró en vano. Tuvo los huevos de patearla arriba, exclamó eufórico el comentarista. Si la pateaba abajo, la tapaba Romero. Todo el bus fue un solo grito de gol.

El comentarista quedó inconforme con el resultado. Perú pudo haber ganado. El empate nos alejaba todavía más de la clasificación. Siempre se debía ganar en casa. Mi esposa me dio las llaves. Eran las once y cuarenta de la noche y yo seguía deambulando por las calles.
    
Son las doce y me he ido hasta el jirón Washington en busca de una chica que me reemplace a Jazmín. No hallo a nadie. Resurgen los sentimientos de culpa. Veo a mi hija disfrutar de sus papitas en El Corralito, la escena familiar sin peleas y sin gritos, mi esposa desmenuzándome el pollo y sirviéndome la Inka Kola helada. La situación de las llaves me ha demostrado que seguía siendo mi aliada. Había corrido hacia la pollería y la había encontrado cerrada. No se rindió y convenció a la administradora, que contaba el dinero de las ganancias del día, para que la dejase entrar y buscara mis llaves. Los recientes y gratos recuerdos me obligan a abortar la obstinada búsqueda de sexo.

Mi hija se ha divertido y mi esposa la ha pasado bien. No podía terminar ese día cachando con una traca; no si hacía poco había besado y abrazado a mi niña.

Las manos frías, la nariz también, me he metido al cuarto, he cerrado la puerta y me he quitado la ropa. A pesar de que había tirado con Rosario la noche anterior, ya me hacía falta el cuerpo de una traca, un cuerpo lascivo, prohibido. Me tiro en el colchón. Tengo el celular en las manos. Busco el video de cuando Rosario me la chupó en un hotel de Barranco, luego de haber acudido a un concierto en el que terminé con un tajo en la muñeca izquierda. Así, sangrando, hicimos el amor. En el video, no aparecen ni el tajo ni la sangre, solo la cara de Rosario chupándome la pinga. Me corro la paja. Eyaculo en menos de un minuto. Me llega la paz al alma. Todo deseo de copula con mujer o traca se ha esfumado.


Al día siguiente, en la oficina, luego del almuerzo, Patricia se acerca al escritorio donde paso las horas. ¿Me harías un masaje? La veo de pies a cabeza. Me gusta. Le haría más que unos simples masajes.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 25

Del martes 04 al miércoles 05 de octubre del 2016

¿Qué cualidades le exige usted a su colchón?

Georges Perec – Las cosas. Una historia de los años sesenta

Pasé las horas de oficina corrigiendo el capítulo siete de la novela. Corregir demandaba mucho más tiempo y esfuerzo que escribir. Corregir era colorear los vacíos, podar el exceso, musicalizar el texto, darle credibilidad. 

Colgué el capítulo en el blog. Rosario lo leyó. Me llamó. Lloraba. Cómo pudiste estar con otra chica, Daniel. No le contesté. No tenía nada que decirle. Era una novela, una ficción, una mentira. Rosario no debía creer nada de lo que se contaba en ella. Le costaba entender ese detalle. No quiero saber nada de ti, explotó. Podía oír los mocos que se le caían. Solo por joder, le dije que saldría con quien me diese la gana. Eres malo conmigo. Siguió llorando. Enumeró la serie de sacrificios que había hecho por mí en los casi cuatro años que llevábamos tirando clandestinamente.

Cuando llegué al cuarto, encontré el colchón desinflado. Lo revisé. No hallé nada sospechoso. Lo tendí en el piso. Le conecté el inflador. Bombeé. El colchón recuperó su inmensidad. Me tiré en él. Se hundió con mi peso. El silencio de mi soledad quedó interrumpido por el silbido de una fuga de aire ubicada a pocos centímetros de mi cabeza. La parché con cinta adhesiva. Nada. La tapé con gutapercha. Tampoco. El colchón quedó más delgado que antes. Era tarde para comprar otro. Sodimac ya estaba cerrado o a punto de hacerlo. Volví a bombear el inflador. Confeccioné otro parche: una mezcla de cinta adhesiva y gutapercha. Sellé el agujero.

Recibí un mensaje de mi esposa. No podría ver a la bebe sino hasta el jueves. No voy a poder el miércoles, Daniel. Tengo cosas que hacer. Dejaré a la bebe con mi mamá. El mensaje me golpea, me tumba, me remece. Me había ilusionado con verla el miércoles; no el jueves.

Lo natural es que un papá y su pequeña vivan juntos, aprendiendo a quererse y a tolerarse, conociéndose los defectos y las virtudes. Yo amo a mi niña, pero no vivimos juntos. Ella vive con mi esposa y con la pareja de mi esposa, Melina, en la misma casa que yo aún pago. En lugar de haberme opuesto con firmeza a ser expulsado de la casa, cogí un par de mochilas, metí algunas pocas cosas en ellas y me fui. Llorando torrencialmente, el cuerpo convulsionándole, mi esposa me había rogado para que me fuera de la casa. Vete, Daniel, vete. Con Melina voy a ser feliz. Por favor, vete, dame la oportunidad de ser feliz. Decidí darle esa oportunidad. Automáticamente, sin estar demasiado consciente de las consecuencias, renuncié al legítimo y natural derecho de ver crecer a mi hija.

Todavía veo el camión de la mudanza, estacionado en el frontis de la casa, descargando las cosas de Melina: un sofá con los rostros estampados de Marilyn Monroe y James Dean, una lavadora, un televisor de pantalla plana, varias cajas de ropa. Mi bebe, contagiada por la emoción de su madre e imitándola, ayuda a subir al departamento alguna cosa menor de Melina. Mi esposa es la más diligente. La secunda su hermana. Todas están concentradas en acomodar a la nueva integrante. Me doy cuenta de que he dejado de existir en esa casa. Bajo las escaleras con las mochilas en la espalda. Nadie me ve salir. Nadie me despide. 

Sería injusto victimizarme. Mi esposa tenía razón: no supe hacerla feliz. No tardó en hallar las huellas de mis engaños: correos lascivos que detonaron mi salida de la casa meses después. Cuando los descubrió, me los leyó en voz alta. Sacados de su contexto, los mensajes resultaban chocantes. Cuántas veces me has sacado la vuelta, Daniel. Qué asco. Me das asco.

Los mensajes eran más o menos así: Ya quiero verte para comerme esas tetotas mientras me chupas rico la pinga. Quiero tu boca en mi pinga toda la noche. Quiero que te duermas con mi pichula en la boca, ¿ok?

Sí, esos textos resultaban chocantes cuando te los leía tu esposa. No pude negarle lo evidente. Algo de sangre me quedaba en la cara. Sin embargo, me atreví a elaborar una última defensa: esas "infidelidades textuales" nunca se cristalizaron. No me acosté con nadie, amor. Fueron solo correos. ¿Acaso cuando trabajaba en VISA no iba yo del trabajo a la casa y de la casa al trabajo? ¿En qué tiempo te hubiera engañado? 

Hallé las fuerzas necesarias para alejarme de la casa, y de mi hija, convenciéndome de que el único culpable de toda la mierda que vivía era yo. Mi esposa no me botó. Me boté yo mismo. Había estado con varias mujeres: con Rosario, con Daniela, con Karina, con alguna que otra prostituta. Debía irme. Mi esposa merecía la oportunidad de ser feliz.  

Apago todo y me echo en el colchón. Lloro por mi hija. Me imagino todo tipo de cosas. Las peores. Su vida sin mí. Mi vida sin ella. Sé que no le gusta pasar el tiempo con su abuela materna, mi suegra. Ella es muy severa. Mi bebe lo sabe y llora cuando está con ella. Seguro en estos momentos está llorando de pena. Y yo aquí, en este colchón que se hunde, sin poder acudir en su auxilio. Me voy hundiendo hasta que mi espalda toca el suelo. Está frío. Mi corazón también toca fondo y no puedo dejar de llorar. Espérame hasta el jueves, bebé. Iré por ti sin falta. Saldré muy temprano del trabajo. Me escaparé. Manejaré la bicicleta con todas mis fuerzas para verte más tiempo, mi amor. Espérame. El sueño me asalta y cierro los ojos húmedos.

Lo primero que hago luego de acallar la alarma del celular es revisar los dos mensajes que tengo en el Whatsapp. Uno es de Rosario. Vuelve a enumerar los sacrificios que hizo por nuestra relación. Me pide que no le escriba ni la llame más. El otro mensaje es de Karina. Ha leído el capítulo siete de la novela. Eres un loco, Danny.

Alistándome para el trabajo, intercambio nuevos mensajes con Karina. ¿Es verdad todo lo que escribes? No quiero desilusionarla. Sí, todo es verdad. Y vas a salir en los próximos capítulos. Me dice que cuando salga le mande el link para publicarlo en su página de Facebook. Rosa me escribe. ¿Con quién estás hablando? Te veo en línea. Le digo que con nadie. Me pongo el casco. Lo aseguro. Estás hablando con la perra de Karina, ¿no? Rosario sí que tenía un sexto sentido. Le digo que sí. Eres un maldito. No te importa que me aleje de tu vida. No te importa perderme. Le digo que Karina ha leído el capítulo siete y lo ha tomado con gracia. Se ha hecho fan de mi novela y me ha dicho que va a venir a mi cuarto en la noche para felicitarme. Rosario se enoja. Me manda una serie de mensajes furibundos. No, Daniel, de ninguna manera vas a meter a esa perra en tu cuarto. Yo voy a verte hoy en la noche. Así que ya sabes. Más te vale que Karina ni se aparezca. Le digo que no venga, que no voy a estar. Si vienes, te jodes porque nadie te va a abrir la puerta. ¿Se te ha ocurrido que puedo tirar con Karina en un hotel y no en mi cuarto? Rosario me llama. Contesto. Está llorando. ¿Por qué eres así conmigo, Daniel? Porque es muy celosa. No se lo digo. Pero es por eso. Además, ¿no se suponía que me había terminado? ¿No me había exigido que no le escribiese ni la llamase?

No hay trabajo en la oficina. No hay trabajo para mí. Pero los ventiladores se siguen vendiendo bastante bien. Como diría Jean Carlo: nuestros ventiladores se venden solos. Los pedidos llegan de todos lados, pero ninguno de los clientes desea que se le haga una simulación computarizada de cómo operarán esos ventiladores en sus minas. Solo envían las órdenes de compra y listo. Se ha corrido la voz de que el producto es bueno. Y lo es. Yo podría irme de la empresa mañana mismo y las ventas continuarían aumentando. A veces creo que Jean Carlo no me paga un salario, sino que me regala una propina de tres mil quinientos soles.

Quien sí se la pasa ocupada es Patricia. Ella recibe las órdenes de compra, las facturas y las guías de remisión; las archiva y verifica que los pagos de los clientes se efectúen en los plazos establecidos.

Soy un parásito en la empresa de Jean Carlo. No puedo hacer nada al respecto. Nada. Solamente seguir cobrando. Necesito el dinero. Las horas de oficina las paso corrigiendo la traducción del libro de los gringos. Así, dan las cinco. No voy a esperar hasta las seis. Jean Carlo había abandonado la oficina al mediodía; Victorio, a las tres y media. Quedábamos Patricia y yo. Bye. Ya fugo.

Manejé tranquilo. Llegué a Zepita a las seis y media. Había empezado a oscurecer. Me bañé. Fui a Sodimac. Compraría otro colchón. El mío ya no tenía solución. Compraría un colchón de plaza y media. Uno de verdad, con resortes y espuma. Los colchones inflables implicaban el riesgo de volver a dormir con la espalda en el suelo.

El personal de Sodimac de la avenida Tacna confiaba en la fuerza de sus clientes. Los creían capaces de transportar sus colchones en el lomo. Arrastré el mío hasta la avenida Tacna, avenida imborrablemente retratada en Conversación En La Catedral. Desde que leí esa novela, deseé vivir en los alrededores de esa avenida. Había cumplido un sueño.

Un taxi me cobró quince soles por llevar mi colchón sobre su techo tan solo unas cuatro cuadras. No regateé. En dos minutos, estuvimos en la puerta de la casona. El taxista desmontó el colchón y lo trasladó hasta la entrada. Le pagué. Subí el colchón al cuarto, arrastrándolo por las escaleras. Sudé un poco. Ya en el cuarto, lo tiré al piso.

¿Qué haría con el colchón inflable? Yacía a un lado de la puerta. Sobre él, había sostenido memorables escenas sexuales. Había resistido con aplomo todo tipo de escaramuzas coitales. Un agujero acabó con su vida. Quise conservar el cuerpo del compañero, pero esto violaría la consigna de no acumular basura en el cuarto. Cogí una tijera y lo apuñalé. El aire que aún se resistía a abandonarlo huyó resignado hacia la atmósfera. El colchón quedó reducido a la nada. Lo llevé en una mano, como si fuese una pelota, y lo tiré al pie de un poste de alumbrado público, a unos metros de la casona, donde la gente acumulaba su basura. 

Rosario llegó a las diez. Puntual. Me llamó. Estoy abajo. Ábreme la puerta. Más te vale que la perra de Karina no esté ahí contigo. Ábreme, Daniel. Corté. Miré a mi alrededor.  El cuarto era pequeño, pero todo estaba en su lugar y reinaba la limpieza. Rosario volvió a llamar. Como el celular estaba en modo silencio, fue fácil ignorar su persistencia.


Hacía falta un par de botellas de cerveza bien heladas. Cogí un poco de dinero, mi mochila, y bajé las escaleras. Abrí la puerta. Apareció Rosario. Me enrostraba su cara de culo, la cara que ponía cuando sus ojos me traspasaban con rencor. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 24

Lunes 03 de octubre del 2016

Es cierto que escribo sobre mí mismo
¿A quién otro conozco mejor?

Allen Ginsberg –Tema Objetivo

Estoy yendo a la casa de Elena, una ex enamorada. No la veo hace mucho tiempo. El cuento Dinero, del libro que publiqué en el 2010, ficcionó un episodio de nuestra relación, un episodio que fue bochornoso primero y glorioso después. Bochornoso porque no tuve dinero para pagarle la entrada a una discoteca ni para cancelar el taxi que nos llevaría de regreso al distrito de Los Olivos. Glorioso porque, en el taxi al hotel donde se hospedó –taxi que ella pagó-, me regaló una placentera mamada en el asiento trasero, cubriéndose el rostro con su bolso, mientras su boca se deslizaba a lo largo de mi pene.


Elena está alojada en el departamento de su primo, Javier Rojas, un ingeniero de minas egresado de la Católica. Javier lleva varios años trabajando en una mina de Cerro de Pasco. Esto le ha cambiado el carácter. Cuando joven, solía ser alegre y despreocupado. Sus días en la mina son intensos y fragorosos, repletos de candentes puteadas. Sus jefes lo tratan como un despojo y él, a su vez, descarga su frustración en sus subalternos. Cuando toma sus días de descanso y viaja a Lima a reinstalarse en su departamento, vierte su mal humor en Elena. Ella debe soportar el vendaval; no tiene otra opción: su primo le permite vivir gratis en el departamento. Elena tuvo que dejar Huánuco para estudiar Medicina en Lima. Cuando la conocí, en el 2007, estudiaba Obstetricia. Terminó la carrera y no tuvo mucha suerte con los empleos. Con un hijo que sostener, y ante la ausencia del padre, decidió estudiar Medicina. Como doctora, el panorama laboral podría serle más auspicioso.

Llegaba al cuarto de Zepita cuando recibí unos mensajes de Elena. Me pedía que la ayudara con una tarea de la universidad. Es un tema de Física. No lo entiendo por más que trato. ¿Crees que puedas venir a ayudarme? Lo pensé un poco antes de contestarle. Había tenido un día larguísimo. Me sentía prisionero y asqueroso en lo que llevaba puesto: unos zapatos negros con la suela desgastada, una camisa de manga larga, sudada en las axilas, y un pantalón húmedo en la raya del culo.

La reunión con David Del Arco había salido bien. Firmamos el contrato del proyecto de ventilación de la mina Ranra. Dentro de poco recibiríamos una buena cantidad de dinero. Pero tendríamos que ponernos a trabajar muy duro. Qué bonito hubiera sido si con la sola firma del contrato nos hubieran entregado el dinero convenido. Habíamos nacido para trabajar y luego ver la plata. Otros, desde la cuna, ya veían y sentían el dinero.  

¿Qué hubiera pasado si me presentaba a la entrevista con los aros en el labio? No me hubieran asignado el proyecto. Me hubieran tomado por un payaso, un adolescente, un loco, un irresponsable. Por eso, quince minutos antes de la reunión, me detuve en un parquecito cercano al edificio de David. Sentado en una banca, me quité los dos aros. Los guardé en el bolsillo de la camisa con la intención de volver a ponérmelos luego de la reunión. 

                            Fuente: Google Maps

David me presentó a Camilo Solís, gerente de proyectos mineros de FAMIC. David era jefe de Camilo. Éste era un tipo pequeño, vivaracho y de nariz prominente. Todo lo relacionado con el proyecto debía verlo en adelante con Camilo. Estuvimos conversando en su oficina. Para ser más exactos, él se la pasó hablando y hablando. Mientras armaba el contrato del proyecto, me contó anécdotas de su trayectoria como ingeniero. Salpicaba los hechos con bastantes lisuras. Le tomó dos horas finalizar el documento. Regateó. Nos bajó mil soles al presupuesto que le habíamos presentado. Hijo de puta. De cualquier modo, quedó una cantidad de dinero todavía estimable. Cuando terminó con la redacción, firmé el contrato. Aún tuve que quedarme dos horas más en las oficinas esperando a que uno de los subalternos de Camilo me pasase toda la información que debía usar para el proyecto. Abandoné el edificio a las dos de la tarde.

Me instalé en el mismo parquecito de la mañana. Intenté reponerme los aros en el labio. Fue inútil. No hallé dónde clavar los fierritos de los aros. Los agujeros se habían cerrado. Increíble. Hacía calor. Empecé a sudar. La camisa se me empapó y la raya del culo se me aguó. Lima, con sol, era insufrible.

Caminé nueve cuadras hasta llegar a uno de los paraderos del Corredor Azul en la avenida Arequipa. Pude haber tomado un taxi, pero me ganó la tacañería. Prefería caminar cientos de metros, sudando a chorros por el pecho, las axilas y el culo, llegar al paradero de buses, y viajar aplastado entre espaldas y abdómenes tanto o más sudados que los míos. Todo por gastar dos soles y no los veinticinco que me cobraría un taxi.

                            Fuente: Google Maps

¿Y si Elena quería tirar conmigo? ¿Si lo de enseñarle Física era solo un pretexto para que nos viéramos? Me había enviado un link del Google Maps con la ubicación del departamento de su primo. Quedaba a la altura de la cuadra veinticinco de la avenida Salaverry. No estábamos tan lejos. Calculé el tiempo que me tomaría bañarme y quedar listo para visitarla. Le contesté. No te preocupes, Elena. Voy para ayudarte.

Cuando me miré al espejo, el jean ajustado, el bividi negro, los tatuajes en los brazos, el pelo revuelto, concluí que algo me faltaba. La imagen que me devolvía el espejo era la de un tipo común y corriente. Si quería causar una impresión imborrable en Elena, mi apariencia debía distanciarse de la del resto. Debía reponerme los aros en el labio. Me volví a herir en el intento de clavarlos en donde supuse habían estado los agujeros. Desalentado, consideré la posibilidad de no acudir a la cita con Elena. Si no había en mi aspecto nada que me distinguiera de los demás, no tenía sentido ir a ninguna parte. Era preferible dormir. Tocaba levantarse muy temprano en la mañana y montar la bici durante hora y media para llegar al trabajo. Con la mente ya despejada del compromiso con Elena, vi los aros de otro modo. No eran circunferencias completamente cerradas; tenían unas aberturas. Se me ocurrió ingresar el borde del labio por esas aberturas. Lo hice. Los aros quedaron montados como si estuvieran realmente clavados. Fue como si nunca hubiese dejado de tenerlos. Ahora sí podía salir a la calle.

El edificio queda en una zona tranquila de Jesús María. Muy cerca, hay un parque de árboles enormes y copas frondosas. Abro una puerta de vidrio y paso a la recepción. Un tipo exageradamente trigueño, casi marrón, ve un programa de televisión sentado detrás de un mostrador. Hola, buenas noches, le digo. El tipo me ve los brazos tatuados, los aros en el labio. Duda. El tono de mi voz y mis maneras educadas terminan por removerle la duda. Asume que soy uno de esos chiquillos de padres ricachones que les complacen a sus hijos cualquier tipo de caprichos, como los de tatuarse los brazos y hacerse agujeros en la cara. Sí, joven, ¿a quién busca?, me pregunta. Se muestra amable. Sonríe. Es mejor llevarse bien con los niños engreídos de papis con plata. A Elena Rojas. Le doy el número del apartamento. El tipo le baja el volumen al televisor y levanta el auricular de un teléfono negro. Reconozco el programa de la tele. Es una serie peruana que lleva varios años al aire. La seguí durante sus dos primeras temporadas. Parecía que tenía algo que contar. Cuando los productores decidieron alargarla debido a su arrasadora sintonía, la trama perdió el norte. Ahora solo la veían tipos como el que estaba llamando a Elena para preguntarle si esperaba a un chico que está aquí abajo buscándola. ¿Su nombre? Le doy mi nombre. Sí, joven, por el ascensor, a la derecha. Piso ocho.        

Es una máquina moderna, no como el ascensor del departamento en el que viví durante los primeros dos años de mi hija, un viejo edificio de la cuadra ocho del jirón Camaná. Aquel ascensor parecía haber sido uno de los primeros modelos traídos a Lima. A pesar de su antigüedad, nunca dejó de cumplir su cometido. Le hacían el mantenimiento una vez al mes. Aun así, luego de montarse en él, uno no podía dejar de rogar al cielo para que no se quedase a medio camino o cayera sin frenos desde alguna peligrosa altura.  

El ascensor se abre en el rellano del departamento 802. Está entrecerrada la puerta del depa. Pasa, me dice una voz que sin duda es la de Elena. Es la misma voz de hace ocho años, de cuando era mi enamorada. Me acerco a la puerta. Estoy a punto de abrirla, pero Elena se me adelanta. Hola, Dani, pasa. La saludo. Beso en la mejilla. Me ha visto la cara, pero o no se ha percatado de los aros en mi labio o ha decidido ignorarlos. Me pregunta si quiero beber algo. Hay cerveza, gaseosa, jugos. Le digo que no, que gracias. El timbre de su voz es el mismo, pero ahora está más apitucado, más alzado, más divo. Se siente aquel tufillo de superioridad en cada uno de sus movimientos. El hecho de habitar un departamento recién estrenado, en una zona más o menos residencial, la tiene mirando al resto por encima del hombro. Le pido que me preste su baño. Me indica donde ubicarlo. Miro en el espejo los aros en mi labio. Los acomodo. Me echo un poco de agua en la cara y otro poco en la cabeza para aligerarme el peinado. Salgo. El departamento es pequeño, pero se mantiene ordenado. En la sala, además de unos sillones de cuero, hay un televisor enorme de pantalla plana; debajo, un equipo de sonido. Sobre una mesita de vidrio, que está rodeada por los sillones, descansan unos fragmentos de roca con unos cartelitos que indican sus nombres y los de las minas de procedencia. Típica huevada del minero fanático: coleccionar piedras.

Dani, vamos al estudio. No puedo evitar verle el culo mientras la sigo. Me parece que antes tenía más; ahora, apenas le noto algo. En el estudio, hay una mesa larga pegada a una de las paredes. La mesa está llena de papeles. Solo en el extremo derecho, hay una computadora de pantalla plana. Arriba de la mesa, pegada contra la pared, una repisa languidece de libros. Solo hay un par de textos de minería. Son los libros de su primo. Elena se sienta enfrente de la pantalla plana. Yo me siento a su lado. Reubico algunos papeles para crearme un espacio de trabajo. Dejo mi mochila en el suelo alfombrado. Elena me alcanza unos papeles que tiene cerca. Ayúdame con esto, Dani. No entiendo nada, alucina. Tomo los papeles. Elena tiene las uñas prolijamente decoradas. Analizo el contenido de los papeles. Ella vuelca sus dedos al teclado del computador. Se olvida de mí. Asume que soy su salvación, que conozco todo lo que necesita saber. Sonríe ante la pantalla. Está chateando en el Facebook.

Yo soy cholo. Lo reconozco y lo acepto. Elena es chola, pero no lo acepta; pretende ser blanca. Es el problema del país: es preferible ser negro a ser cholo o serrano.

Recuerdo cuando vi a Elena por primera vez. Fue en una discoteca de Huánuco. Unos destellos sicodélicos porfiaban por iluminar el ambiente predominantemente oscuro del lugar. Cuando la vi, la vi hermosa. La vi blanca: facciones finas, gestos suaves, el cabello castaño. Días después de aquel encuentro, todavía la recordaba blanca. Continuamos conociéndonos por Messenger. Meses y meses sin vernos. En su página de Hi5, Elena tenía unas tres o cuatro fotos. Todas la mostraban blanca. Llevaba el cabello caído a los costados de su rostro, adelgazándolo. Descargué su foto más caucásica y la guardé en mi celular. Se la mostré a varias personas; excepto a Janet, quien, arrebatándome el celular, llegó a verla.  

Janet me había terminado hacía un tiempo, luego de casi seis años de relación. Un par de meses después, en una inopinada visita a Huánuco, conocí a Elena. Nuestras conversaciones en el Messenger eliminaron la sensación de vacío producida por la ruptura con Janet. Ya no me conmovían sus recuerdos. Por esos días, Janet y yo trabajábamos en el aeropuerto Jorge Chávez. Debíamos medir el tiempo que la gente demoraba en las colas de check-in. Premunidos de unos tableros, formatos y lapiceros, nos repartíamos las inmensas filas que se formaban detrás de los counters de American Airlines, Avianca, LAN, Copa y KLM. Éramos seis jóvenes universitarios los involucrados en el trabajo. Todos, como Janet, eran estudiantes de ingeniería industrial, excepto yo. Uno de sus profesores, el de Investigación Operativa, se recurseaba como consultor. LAP, la empresa propietaria del aeropuerto, lo había contratado para que efectuara un estudio de colas que determinase la solución para eliminar el malestar de centenares de personas que aguardaban horas de horas  en las filas del check-in. El congestionamiento surgía entre las nueve de la noche y las dos de la madrugada. El profesor, para ahorrarse algunos centavos, subcontrató a algunos de sus alumnos. Janet me ofreció ser parte del proyecto. Las mediciones las efectuábamos en parejas, turnándonos los días.

Aún recuerdo cuando Janet me arrebató el celular con la imagen de Elena. Ese día hicimos pareja en el aeropuerto. Le tomábamos el tiempo a una inmensa cola de KLM. Entonces, vio la imagen estilizada, caucásica, de Elena. Sus celos se dispararon. Me rogó por retomar la relación.

Tiempo después, regresé a Huánuco. Elena y yo llevábamos cuatro meses de relación por Messenger. En una ocasión, me pidió que le mostrara el pene por la cámara; en otra, que me masturbara. Otro día, fue más lejos: quiso verme eyacular. Decidí complacerla. Antes de poner el pene debajo del ojo de la cámara, lo estimulé por unos minutos. Cuando lo tuve duro, me paré sobre la cama y, desnudo de la cintura para abajo, ubiqué el pene de modo que la cámara pudiera capturarlo. Empecé a masturbarme. En el monitor, Elena sacaba la lengua y se la pasaba por los labios, como si quisiera lamerme el glande. Para estimularme, mostraba sus tetas, acercándolas a su cámara. Las tenía pequeñas. Se tocaba los pezones y pasaba las yemas de sus dedos por las aureolas. En poco tiempo, se me salió toda la leche. La recibí en un pedazo de papel higiénico que ya tenía preparado. Te amo, me escribió luego de la eyaculada.

Como dije, tiempo después, regresé a Huánuco. Janet trató de impedirme el viaje. Me persiguió hasta el mismo terminal de buses, en La Victoria. El viaje, ida y vuelta, me costó algo de ciento veinte soles. Bastante dinero para un pobretón como yo. Afortunadamente, la propina que me pagaban en el aeropuerto cubrió los gastos. Por viajar, reprobé el curso de Perforación y Voladura. Mientras mis compañeros daban el examen final, yo comía unas pastas con Elena en La Piazzeta, un acogedor establecimiento de comida italiana en el centro de la ciudad. Caminamos por la plaza y terminamos tirando en el cuarto del hotel donde me había hospedado.

Unos meses después, Elena me devolvió la visita. Se quedó una semana en Lima. Haría una pasantía en el hospital Daniel Alcides Carrión, del Callao, y debía averiguar ciertos asuntos. Janet fue mi sombra. Anduvo detrás de mí, espiándome. No se molestó en ser sigilosa. Como vivíamos a tres cuadras de distancia, le fue fácil acechar mi casa y adherirse a mí ni bien me veía salir. De algún modo, se había enterado de la visita de Elena. Piérdete, le decía, indignado por su comportamiento sofocante, voy a verme con Elena. Ella no cedía. Pues yo te voy a seguir. Quiero ver a esa perra. Me siguió hasta el Parque Kennedy, en Miraflores. Cuando Janet, agazapada tras un grueso árbol, vio a Elena, dio por satisfecha su curiosidad. Te has enamorado de una chola, me dijo al día siguiente. ¿Y acaso yo no era cholo? Tiene cara de papa. Y no tiene ni trasero ni tetas, que es todo lo que te gusta, Daniel.

Estaba más chola que nunca. La maternidad le había caído fatal. Si hacía ocho años disimulaba con ciertos juegos de luz la opacidad de su piel y sus rasgos mestizos, ahora, con algunos kilos de más, había quedado racialmente al descubierto. A pesar de ello, todavía me provocaba besarla. Nunca me importó la cosa racial, siendo yo más cholo que nadie.

Dejó de lado sus conversaciones en el Facebook y me prestó atención. A ti sí te entiendo. Deberías enseñarnos en la universidad. No seas cojuda, esta huevada la puede enseñar y la puede entender cualquier huevón.

Hacemos una pausa. Ella vuelve al Facebook. Yo me aboco a entender la mecánica de los siguientes diez ejercicios, los últimos. Antes, le echo un vistazo a mi celular. Como todo chico infiel, llevo el celular en modo silencio. Ninguna llamada o alerta indeseada podría importunarme. Hay una llamada perdida de Rosario. No, Rosario, hoy no tengo ganas de verte. Hoy tengo que quedarme en casa de Elena. Con algo de suerte, terminaré tirándomela. Miro la hora. Calculo que con los diez ejercicios que le explicaré a continuación sobrepasaremos las once de la noche. Estoy seguro de que Elena me invitará a dormir en su departamento. Beberemos algunas cervezas en su sala. Cansados, algo ebrios, nos echaremos en el sofá. Una cosa llevará a la otra y, en el momento menos pensado, su cama se convertirá en el escenario de la lucha sexual de nuestros cuerpos desnudos. 

No sucede nada de lo que he planeado. Hemos terminado los ejercicios y Elena me ha dado las gracias. Dani, avísame cuando estés libre para prepararte una lasagna. Te debo una. Son casi las doce y la muy pendeja me ha dicho que tiene que acostarse. Para nada me ha insinuado que pernocte en el departamento de su primo. Por el contrario, me ha abierto la puerta y me ha dicho que espera verme pronto, que no me desaparezca. Hija de puta. Afuera hace frío. Camino hasta Salaverry. Por suerte, hallo un bus al Centro y me trepo a la carrera. Bajo en 28 de Julio. Decido caminar hasta Zepita. No quiero tomar un taxi. Llevo puestos los audífonos. Escucho Doble Nueve. La música se interrumpe. Es una llamada. Es Rosario. Contesto. Se disculpa por el incidente en mi cuarto. Te he estado llamando, ¿por qué no me contestabas? Se disculpa, pero aun así no deja de joderme, de celarme. Le digo que estuve caminando por el Centro. Se cree la mentira. Retoma sus disculpas. Yo no reacciono así. No soy violenta. Su voz me acompaña las decenas de cuadras que voy atravesando a paso rápido. No le cuento que acabo de ver a Elena. Dejo que siga disculpándose. Dice que no recuerda muy bien lo del sábado, pero sabe que la cagó, que no debió reaccionar como lo hizo. Quizá podamos vernos pronto, me dice. Quizá, le digo. Me cuenta que hoy fue su primer día de trabajo. Desarrolla su día, su jefa, sus compañeros. No le presto mucha atención.    

Terminamos la conversación a la altura de la cuadra diez del jirón Washington, donde deambulan tres travestis supremamente feos. En menos de cinco minutos, llego a Zepita. Jaime está parado a un lado de la entrada de su tienda. La cagada. Me va a decir algo. El huevón suele cerrar su local a las once. Jamás se pasa de esa hora. Ahora son casi las doce y media y el huevonazo aún está ahí, los brazos cruzados, el polo y el pantalón viejos, sucios, la cara avinagrada. Me ve. Sé que me está viendo. Lo miro. Lo saludo. Enseguida, le retiro la mirada e inserto la llave en la puerta de la casona. Cuando, de reojo, me fijo que está cruzando la pista para darme el encuentro, acelero el proceso, pero la llave se me traba. Carajo. Es tarde. Ya lo tengo encima. Daniel, me dice, la cara congestionada por la bilis. Por lo amargo de su voz, es seguro que no me va a transmitir nada bueno. Pongo cara de tonto, de inocente, de yo no fui. Daniel, ¿qué pasó el sábado? Ah, chucha, o sea que los vecinos sí que se ganaron con el escándalo que armamos con Rosario y le chismearon todo a Jaime. Hijos de puta. Me han dicho que le has pegado a tu chica en el baño. ¿Es cierto? Su voz es amenazante. Me quiere meter miedo. Mira, compare, si le vas a pegar a tu hembra hazlo en otra parte. Acá no. Si van a tomar y luego se van a pelear, mejor no vengas a dormir acá. Todos los vecinos me vinieron a dar las quejas al día siguiente. No me parece relevante aclararle que fue Rosario quien me pegó. Solo le digo que discutimos, pero que no hubo golpes. No me cree. Los vecinos dicen que sí hubo. Escucharon golpes que venían del baño. Dijeron que también sonó como si una cabeza o un brazo hubiera chocado contra el wáter. Hijos de puta. Chismosos de mierda. Que no se vuelva a repetir, me dice y se aleja. Vete a la mierda, huevón. 

Me tiro sobre el colchón y trato de olvidarme de todo. Estiro las piernas. Estoy desnudo. Solo llevo el bóxer. Obtuve el contrato, no tiré con Elena, y Jaime me puteó. ¿Así va a terminar mi día?

Me toco la pinga por debajo del bóxer. Está chiquita. Está muerta. La masajeo recordando alguna mamada de Elena, una mamada vieja, añeja, extraviada en el tiempo, de cuando tenía veinticinco años y era capaz de eyacular más de dos veces. No sé si hubiera sido capaz de tirar con Elena. Estaba algo fea. Estoy despechado. Digo que está fea porque la muy perra no mostró interés alguno por mí. Por las huevas me había tatuado. Por las huevas me había colgado unos aros en el labio.   

Pienso en coger un puñado de billetes y bajar a Peñaloza a contratar los servicios de alguna hembra culona. ¿Se habrá ido Jaime a su casa? No quiero chismosos alrededor. Quiero bajar, caminar un par de pasos, buscar a la más culona y más rica de las chicas de Peñaloza, arreglar la tarifa y cachar. Cachar para olvidar. Son poco más de la una y, sin darme cuenta, me quedo dormido.