miércoles, 11 de julio de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 31


Del jueves 20 al lunes 24 de octubre del 2016

Quizás consiste nuestro camino verdadero en quedar siempre caminando, mirando melancólicos hacia atrás y anhelantes hacia adelante, siempre deseando la tranquilidad e inquietos siempre; pues siempre es solo un camino sacro aquel cuya meta se desconoce y el que, no obstante, siempre se prosigue tenazmente, tal como en esta noche marchamos hacia la oscuridad y el peligro sin conocer el fin.

Stefan Zweig – El Candelabro Enterrado

There’s no such thing as a homosexual or heterosexual person. There are only homo- or heterosexual acts. Most people are a mixture of impulses if not practices.

Gore Vidal

Hoy fui al Hemicirco a ver a los Padres de la Patria/Hoy fui al Hemicirco a ver a los Padres de la Nada/Todos muy correctos y formales/Comienzan hablando terminan ladrando/Todos ellos muy correctos y formales/Se chupan, se muerden, se aplauden, se besan./Dicen que trabajan muy duro elaborando miles de leyes/Dicen que se sacrifican mucho hasta altas horas de la noche/Pero lo único que hacen es robarse el dinero muy fácilmente elaborando las leyes que más les convengan y cagándose en la gente.

Narcosis - Hemicirco

Azul estaba a mis pies, tendida en el colchón. Se la veía cómoda, dueña del cuarto. Sus prendas diminutas ponían a trabajar mi imaginación. ¿Quieres tomar algo? Le sugerí unas cervezas. Aceptó, pero agregó que tomaría poco por el tratamiento hormonal que seguía. No hay problema. Voy a comprarlas. Ya vengo. Cogí la mochila y ensarté mi billetera en el pantalón. Esa billetera era el único objeto económicamente valioso en ese cuarto. Eso y la laptop, debidamente escondida entre la ropa de mi armario. Salí del cuarto. Te espero, chico, alcancé a oír tras cerrar la puerta. Bajé las escaleras. No estaba muy seguro de hallar alguna tienda abierta a esas horas. Eran las tres y pico de la mañana. En algo de dos horas, tendría que empezar la bicicleteada al trabajo.

La bebe está feliz; ha comido su hamburguesa y sus papitas. Ahora, se zambulle en la piscina de pelotas del Bembos de Plaza San Miguel, trepa por los laberintos y nos hace hola con su manito. Mi esposa y yo la vigilamos desde una de las mesas del segundo piso del local. Le devolvemos el saludo. Hemos terminado de comer. Hablamos de nuestro futuro. Son escasos los momentos en que podemos conversar con esta tranquilidad. Veo la oportunidad de recuperar a mi bebé. Pienso que, si nuestra separación se prolonga mucho más, terminaré jodiéndole la vida. Cuando vivíamos juntos, ella y yo éramos cómplices, amigos, aliados. Ahora, nuestra relación se está enfriando. En un año, es muy posible que no sienta que soy su papá, ni siquiera su tío. Si ella crece sin el amor que quiero darle, sin el amor que ahora le doy cuando escasamente la veo, se convertirá en una mujer manipulable. Los tipos que conozca pisotearán su corazón, como yo, sin pretenderlo, pisoteo el de Rosario, quien perdió a su padre a los doce años. Siempre me cuenta que le hace mucha falta. La única manera de recuperar a mi hija, aunque eso involucre volver a vivir con mi esposa, es ganando la visa de trabajo a los Estados Unidos. Mi esposa me comenta que tiene problemas con Melina. Había resultado ser muy celosa y controladora. Si te sacas la visa, nos vamos de aquí, Daniel.   

Revisé mi celular. Había una notificación extraña. Una mujer quería comunicarse conmigo. Qué raro. Recordé que hacía unos días había descargado una aplicación para conocer mujeres en el extranjero. Mi objetivo era iniciar una relación con una chica de habla inglesa. No quería que el sorteo fuese el único vehículo para obtener la visa. Sin embargo, hasta ese día, casi había olvidado esa aplicación. Ahora, una mujer quería conocerme. Acepté. Se llamaba Leydi. No era americana. Era colombiana. Intercambiamos números. Nos agregamos al WhatsApp. Conversamos algo. Vivía en el Valle del Cauca. A escasos minutos de las cinco, me encerré en el baño para ponerme al toque la ropa de manejo. Quería empezar ya el fin de semana con mi hija.     

Se llamaba Maribel. La conocí en Villanueva Ingenieros. Tenía cara de pendeja y un culo que era el más grande en toda la empresa. Era blancona, lo que la hacía más apetecible. Villanueva se estaba yendo a la mierda. Mensualmente, docenas de sus ingenieros terminaban en las calles. Sin embargo, el mercado minero aún le confiaba proyectos de ventilación. Sin ingenieros especializados en ese campo, Villanueva se apoyaba en la empresa que mi hermano y yo habíamos fundado. Cuando conocí a Maribel, trabajaba yo en uno de esos proyectos. Decidí instalarme en las oficinas de Villanueva. Ya no operaban en el viejo edificio del Cercado de Lima; se habían trasladado al antiguo local de Compañía de Minas Villanueva, en La Victoria. La minera, aprovechando la buena venta de sus metales, se había mudado a una moderna torre sanisidrina. Puesto que mi empresa tenía contratos, hacía falta un contador que se encargase de gestionar el pago de sus impuestos. Averigüé que podían cobrar entre quinientos y mil soles por el trámite, trámite que, por lo demás, debía efectuarse mensualmente. No estaba dispuesto a despilfarrar tal cantidad de dinero; la empresa solo viviría para mantener al contador. Al cabo de unos días, casualmente, me enteré de que Maribel trabajaba en el área de Contabilidad de Villanueva. En la misma gran oficina, laborábamos las áreas de Mina, Contabilidad y Finanzas. Maribel podía ser mi contadora y mi mujer. Debía hablarle primero. La abordé a la salida del trabajo. Le conté sobre mi empresa y los trámites de los impuestos. Tras un ligero titubeo, aceptó ser mi contadora. Cobraría doscientos soles por cada trámite realizado. Me pareció excesivo. Hubiera preferido treinta. Sin embargo, no me importo el detalle; creía firmemente que, en menos de un mes, Maribel ya sería mi mujer, ahorrándome con ello el tener que pagarle. Me equivoqué. Maribel se fue alejando. Prefería tocar los temas relativos a la empresa por WhatsApp y no en un café o en un restaurante, charlando cómodamente, como yo le proponía. Tenía enamorado; un tipo flaco y desgarbado que la recogía del trabajo en taxi. Maribel era de las personas que reflejaba su estado de ánimo en el perfil de su WhatsApp. Si salía con su hijo -era madre soltera-, ya publicaba una foto del paseo. Si su enamorado la sorprendía con un detalle romántico, ya colgaba la foto del beso con el que lo premiaba. La aguanté un par de meses. Yo ya había dejado de acudir a VISA y trabajaba en otros proyectos desde mi casa; luego, desde la empresa de Jean Carlo, cuando me contrató. Maribel no solo no se reunía conmigo, sino que rara vez me contestaba algún mensaje. En cambio, las fotos de sus besos y salidas las actualizaba con puntualidad. Le escribí anunciándole que prescindiría de sus servicios. No me respondió. Dejé de pagarle. Mi hermano y yo decidimos continuar licitando proyectos con el nombre de nuestra empresa, pues, en su corta existencia, ya se había granjeado varios proyectos. Los pagos, sin embargo, los cobraríamos a nombre propio, emitiendo recibos por honorarios. Esto nos ahorraría trámites y contadores. Solo tendría que declararse, ante el ente tributario del Estado y mes a mes, los ingresos nulos de la empresa. Esto podía hacerse por internet. En busca de una mejor orientación, acudimos, mi hermano y yo, a la SUNAT, en la cinco de Nicolás de Piérola. Declarar en cero había resultado ser tan fácil como presionar un par de teclas. Tomamos un jugo de naranja al lado de una carretilla ambulante en las afueras de la SUNAT. Ya que estábamos en la zona, lo invité a conocer mi cuarto.

Destapé una cerveza y me acosté en el mueble. Retomé Los Geniecillos Dominicales. A Ludo Tótem le ha llegado al pincho la tradición familiar, punteada de ilustres y eruditos antepasados, así como el provechoso, pero anodino, porvenir que su profesión de abogado le garantiza. De una cosa está seguro: no trabajará un día más para la Gran Firma. Con el dinero de su liquidación, organiza una orgía. A las diez de la mañana, dejé a Ludo asaltando gringos a la salida de los bares. Abrí la laptop y terminé el capítulo ocho de El Solitario. Rosario, mi primera lectora, se enteraría de mis incursiones en La Jarrita. También, y a pesar de que se lo había negado tantas veces, confirmaría que Karina sí llegó a estar en mi cuarto. Rosario detestaba a Karina. La odiaba por chola y por puta, en ese orden. No me cabía duda: el capítulo le volvería a destrozar los nervios. No merecía este trato; acababa de prestarme el dinero para la apertura de la cuenta de mi empresa y, últimamente, la salud de su abuelita le había arrancado más de una angustia.

O sea que sí somos vecinos. ¿Te gustaría que te visite más seguido? La poca luz que llegaba desde las escaleras burilaba un tenue fulgor blanquecino en su piel. Estábamos en el colchón, yo, encima de ella, comiéndole las tetas con desespero. Sin despegar la boca de sus pezones, le dije que sería genial recibirla a esas horas. ¿Por qué tan tarde? ¿Te avergüenzas de mí? Por supuesto que me avergonzaba. Podía tirar con un travesti, pero el mundo no tenía por qué saberlo. Si se revelaba mi secreto, perdía a mi hija, mi trabajo y la poca buena reputación con la que nacía cualquier ser humano. No, claro que no. Pero a Jaime, el pata que me alquila el cuarto, no le gustaría que deje entrar en su casa a una chica como tú. Mentir no siempre mantenía erguida una pinga ¿Cómo “como tú”? El huevón no era un tipo de mente abierta, pues, le expliqué. Tiene mucha mierda en la cabeza. Me echaría del cuarto si supiera que te hago entrar. Y no quiero irme de este lugar. Volví a lamerle las tetas: No quiero alejarme de estas hermosuras. La dureza de sus senos me ponía. Los de Karina, aunque fofos -enormes, pero fofos-, también me excitaban. Le pregunté si conocía a Jaime. De vista, no más. Pero me han contado que también es mostacero. Eso dolió. ¿El “también” implicaba que era yo el primer mostacero? ¿Eso pensaba de mí, que era un simple mostacero? A pesar del golpe bajo, me sentía en confianza con Azul. Quise contarle sobre aquella vez en que unas putas me arrebataron el celular. Eliminaría a Rosario de la historia. Mencionarla desencadenaría un sinfín de incómodas preguntas. Desistí; era mejor seguir lamiendo esas tetas. Además, el asunto había quedado atrás. No se había publicado ninguno de mis videos. Estaba casi seguro de que quienes recibieron mi celular se encargaron de formatearle la memoria ¿A quiénes les podría interesar los videos sexuales de un don nadie como yo? Me acerqué a su boca y entrecruzamos nuestras lenguas. Se me ocurrió declarármele, iniciar un romance. La novela se haría de veras interesante si tenía una amante travesti. ¿Te gustaría ser mi enamorada?

Compramos un par de latas de cerveza. Estaban heladitas. Las tomamos en mi cuarto. Hacía calor. Antes de regresar a casa de mamá -mi hermano vivía allí-, recordé que debía recoger ropa de la lavandería. Le pedí que me acompañe. Era inevitable pensar en Azul cada que iba a ese lugar. Ahora, era mi enamorada. ¿Qué pensaría mi hermano al respecto? ¿Qué pensarían mi familia, mi esposa, mis ex profesores del colegio? Por un instante, me volvieron a entrar las dudas sobre lo que había ocurrido exactamente esa noche. De vuelta en el cuarto, revisando la ropa, sorpresa: la tía me volvía a perder una media. Hija de puta.  

No había leído el capítulo ocho. Tenía menos de veinticuatro horas de publicado. ¿Para qué me llamaba? Quería almorzar conmigo. ¿No tenía que trabajar? Hoy tenía el día libre. Me informó de la razón. La olvidé. Mi memoria nunca fue de fiar. Entonces, vente a la una, le dije. Iríamos a comer un pollito a la brasa. Rosario había pagado las salidas en innumerables ocasiones. Siempre lo hacía. Yo, sin el menor escrúpulo, me dejaba engreír. Esta vez, pagaría yo. Había una pollería en la esquina de la cuatro de Guardia Civil: Freddy’s Chicken. Era la pollería más decente de la zona. Ordenamos lo mismo: un pollo a la plancha, con arroz blanco y papas fritas, y una Inka Kola de litro, helada. Luego del almuerzo, me acompañó al banco a transferir el dinero a la cuenta de mi mamá para el tratamiento médico de mi abuelita. Le volví a agradecer el préstamo que me hizo para abrir la cuenta en dólares de mi empresa. Sin ti, no hubiera podido apoyar a mi abuelita. Me abrazó y me dijo al oído que siempre me ayudaría. Correspondía un beso. La besé. La acompañé a su paradero, a escasos pasos de la oficina. Rosario vivía en Chorrillos, a pocas cuadras de la empresa de Jean Carlo. El bus tardaba en arribar. Llenamos el tiempo conversando. Toqué el tema de las aplicaciones existentes para conocer gente. Sí, hay varias, aportó. Para gente desesperada. Le dije que no era tan cierto. Había gente como yo que se metía en esas huevadas solo por curiosidad. Para mí, solo la gente desesperada y fea se mete en eso, concluyó. ¿Nunca lo intentarías? Nunca. Además, me tenía a mí, ¿no? ¿Para qué conocer a alguien más? Sin advertir los atisbos de beligerancia que recubrían sus últimas palabras, le conté que me había bajado una de las aplicaciones en cuestión. Y me escribió una colombiana, añadí. Pensé que, como yo, no le daría mayor importancia a ese hecho. Me parecía bastante curioso, eso sí, que una foto mía empujase a una mujer a establecer una conexión conmigo. Eso había pasado y me desconcertaba. El propósito de mi comentario fue transmitirle ese desconcierto. Ella no lo tomó como esperaba. Se enojó. Me acusó de infiel. Llegó el bus y trepó en él, sin despedirse de mí. Solo alcanzó a decirme que no la busque más. ¿Se imaginaría Rosario que ya me había declarado a la colombiana y que ella, increíblemente, me había aceptado?

Sábado por la tarde. Celso y yo vamos al cine. Vemos Choque De Dos Mundos, película documental que retrata la impúdica avaricia e inhumanidad de los gobernantes peruanos, en uno de los hechos más sangrientos registrados en el segundo gobierno de Alan García: el Baguazo. Sin saber -cuando era imperioso saberlo- que el Perú suscribió, en 1989, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo que reconocía la autonomía de los pueblos indígenas y decretaba que todo asunto que les concerniese o afectase les fuese previa y abiertamente consultado, la maquinaría de García quiso aplastar la armonía de su ecosistema a favor del dinero fácil.
2006, Alan García, candidato a la presidencia, en uno de sus demagógicos discursos: “Estos derechistas que piensan en nombre del gran capital solo creen en el libre mercado; es decir, en la inversión internacional y en la ley del más fuerte, del que tiene dinero. A eso llaman libre mercado. Ellos dicen que, cuando venga el capital internacional, el Perú se va a desarrollar, y yo les respondo NO ES CIERTO. Hace dieciséis años se viene ensayando esa receta y NO FUNCIONA.”
2007, Alan García, ya presidente electo del Perú, en la Cámara de Comercio Americana, luego de firmado el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos: “Para crecer, el Perú necesita ampliar sus mercados, lograr cada vez mayor inversión minera, petrolera, gasífera. Por eso, los invito a invertir en el Perú. Vengan los empresarios norteamericanos a instalar sus fábricas. Vengan, confiando en que vamos a tener seguridad de largo plazo que no será interrumpida por ningún trastorno político. Si yo fuera miembro de la American Chamber, invertiría en el Perú.”

Pedaleaba a toda máquina por la ciclovía de la Arequipa. Trataba de recordar. Había estado con Azul, pero ¿qué habíamos hecho exactamente? Llegué a la oficina con más preguntas: ¿Había tirado con Azul? ¿Le llegué a meter la pinga? Veía un culo, mi pene lubricado. Carajo. ¿Me habré puesto condón? No recordaba haber visto preservativos a la mano. No recordaba nada. Salí del baño con mi disfraz de oficinista. Me senté al escritorio. Una llamada de mi esposa interrumpió la organización de mis actividades. La bebe no estaría disponible para la noche. Lo siento, Daniel; ya mañana pasas por ella, como siempre. No recordaba haber quedado en verla hoy. Aturdido por la ausencia total de mi memoria, le dije que ok. Colgué. Un minuto después, una llamada de Rosario. Quería verme en la noche. Vernos en la noche significaba terminar el día –y empezar las primeras horas del siguiente- cachando como locos. Le dije que ok. ¿Me había puesto condón? Algo me decía que no. Esto me asustó. Surgieron otras preguntas, no tan importantes como esa, pero igual de inquietantes: ¿Se quedó Azul en el cuarto o salió conmigo? Si se quedó, ¿me habrá robado algo? ¿La laptop, quizá? No podía trabajar. Quería regresar al cuarto y ponerle solución a tanta pregunta. Azul podía estar ahí, todavía durmiendo o planeando el robo. Si llegaba a tiempo, podía evitarlo. Esto tenía sentido; al fin y al cabo, Azul era una desconocida. No sabía nada de ella. Putamadre. No podía escaparme del trabajo; la responsabilidad me lo impedía. Para tranquilizarme, pensé fríamente: Podía comprarme otra laptop, qué más daba; pero lo que no dirimiría regresando a Zepita sería la cuestión de si me puse o no un condón cuando se la metí a Azul. Un momento: ¿Se la llegué a meter? Estaba confundido. Empecé a trabajar en el proyecto que ganó mi empresa, haciendo un gran esfuerzo por soslayar la avalancha de preguntas que se reproducían incesantemente en mi cabeza. No almorcé. No tenía hambre. La preocupación superaba cualquier dieta. Pensé en Rosario. Era otro cuerpo. Un cuerpo digno de disfrute, sin duda; aunque muy diferente de la figura voluptuosa de Azul. Rosario conocía mis gustos. Fue ella quien me lamió el ano por primera vez. Me encantó; me lo llenaba de saliva y, de rato en rato, me metía la punta de su lengua. Era increíble. Pero lo que más me excitaba era que me lamiera el ano y enseguida me chupara la pinga, como si fuera la teta de una vaca: lamida de ano, chupada de pinga, lamida, chupada, así, sin parar, yo en cuatro; Rosario detrás. Ella no paraba, no paraba nunca. Era feliz lamiéndome el ano y chupándome la pinga; era feliz haciéndome de todo ¿Me habrá hecho de todo Azul? ¿O yo a ella? No recordaba un carajo. No sabía ni cómo llegué al trabajo. Es decir, no recordaba haberme despedido de Azul. No recordaba si ella permaneció en el cuarto o si se fue conmigo. ¿Y si se quedó? ¿Y si me ha robado algo? ¿Quedó hecho mierda el cuarto? Continué trabajando hasta las cinco. Avancé con lentitud. Fue jodido mantener la concentración. Hice un buen tiempo en la bicicleta. Hora y veinte minutos desde Chorrillos hasta Zepita. Antes de incrustar la llave en la puerta del cuarto, largué un suspiro: no sabía qué mierda iría a encontrar adentro.

Chateé con la colombiana en el bus a casa de mi hija. En lugar de escribir, me enviaba mensajes de voz. ¿A quién no le gustaba el acento de una colombiana? A mí me encantaba. Por la foto en su perfil, podía tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Era algo gorda, medio morena, muy probablemente madre de familia. La imagen dejaba entrever un provocador escote. Era muy posible que sus tetas fuesen grandes y aguadas. En la puerta de rejas, mi esposa me entregó la mochilita de la bebe, con la ropita que se pondría el fin de semana y dos cuadernos del nido. Ahí están las tareitas que le han dejado. Ayúdala, por favor. Yo podía torturarme viajando en bus, en combi o a pie, pero no mi hija. Tomamos un taxi. A la cuadra cinco de Haya de la Torre, por favor.

Tenían que regresar a casa, pero la niña no dejaba de llorar. Ya, cállate, le gritaba su papá. La bebe se asustaba y lloraba aún más. Corrió a los brazos de su abuela, esquivando a su papá, quien, los ojos encendidos y la cara desfigurada por la frustración, trató de interceptarla. Ya, Daniel, déjala, exigió la abuela. Es que no hace caso. Tú misma lo estás comprobando, replicó él, lanzándole a la bebe una mirada abrasadora. Sí, pero háblale bonito. La has asustado. El papá era un hombre feo. Cuando se enojaba, era más feo. La bebe, refugiada detrás de su abuela, espiaba con temor al hombre que era su padre. Este, enardecido, le insistía: Deja de llorar. Ya tenemos que irnos a la casa. La niña escondió la cabecita detrás de la espalda de su abuela. Yo quiero quedarme, papi. No quiero ir a la casa con mamá, imploró. El hombre, enceguecido por las reconvenciones de su esposa resonando en su cabeza, atenazó un bracito de la pequeña y la zarandeó como si fuese un trapo. La abuela no pudo evitar la acción. Ya, vamos, carajo. Ya me tienes harto. Tenemos que irnos. Después tu mamá va a estar fregándome con que no te llevo a la casa a la hora. La bebe, ya completamente asustada, cortó el llanto. Sin embargo, sus ojitos trémulos, la piel arrugadita en su mentoncito, la naricita resentida, parecían prolongar el sollozo silenciosamente. Viajaron en el asiento trasero de un taxi. La pequeña, el rostro sumido en honda pena, veía el discurrir del paisaje nocturno de la ciudad. A él, que la miraba con ternura, se le había quebrado el alma. Había roto la promesa que se había hecho hacía un tiempo: no volver a maltratar a su hija. En el fondo, él la entendía. Sabía perfectamente que la pasaba mejor con su abuela que con su mamá. En casa de aquella, había libertad, y en la de esta, reglas y más reglas. Él, por otro lado, alentaba la naturalidad de su pequeña. En cierta ocasión, su esposa le recriminó: Las profesoras de la bebe se han quejado; dicen que se queda dormida en plena clase. Le dicen que haga la tarea y ella dice que no va a hacer nada y que tiene sueño, y ahí mismo se queda dormida. Tienes que llamarle la atención, Daniel. Ella no puede seguir así. Actuando como un papá moral, reconvenía amorosamente a su hija; aunque, secretamente, celebraba su rebeldía. Le parecía de la genial que la bebe hiciera lo que le viniese en gana, sin reprimirse. Él creía firmemente que las profesoras eran meros ecos de una educación cuyo único fin era erradicar de las cabecitas de los niños cualquier tipo de inventiva o iniciativa, para convertirlos en elementos de esa masa borreguil que iba a la universidad, conseguía un trabajo, se casaba, se reproducía, y moría, luego de una vejez estéril y anónima. Discúlpame, amor, le dijo, y la envolvió en sus brazos. Sí, papi, te disculpo, respondió la pequeña, abrazándolo fuertemente. La bondad de ese corazoncito terminó por arrancarle gruesos lagrimones que ahogó convenientemente para no llamar la atención del taxista.

Era la segunda vez en mi vida que veía a alguien inhalando coca. La figura de Azul se confundía en la penumbra. Más que vernos, nos adivinábamos. La coca la había sacado de una bolsita que guardaba en uno de los bolsillos de su pantalón. Quiero que me la metas con esto. Su voz palpitaba. ¿Con qué?, pregunté. Con esto, pues, bebé, aclaró, agitando la bolsita. Continué sin entender. Sin dejar de sentirme un idiota por preguntar cojudeces en plena arrechura, me aventuré: ¿Tienes un condón?  En su voz, se sintió el efecto de la nota discordante de mi intervención. Sí, hay uno en mi pantalón, dijo, algo fastidiada. No le pregunté por el paradero del pantalón. Eso hubiera terminado por quemar el hechizo. Intuí el lugar en donde cayó luego de que extrajo de él la bolsita de coca. Tanteé el suelo cerca de mi armario desarmable. No te preocupes, amor; estoy sanita. La tentación era descomunal y fuerte. Me sintió dudar. Me besó. Me acostó sobre el colchón liberando su peso contra mi cuerpo, al tiempo que su lengua se revolvía con la mía. Lamió mi pecho sin vellos. Continuó el descenso hasta encontrarse enfrente de mi pene. Estaba duro, hinchado a más no poder, esperando el mejor de los tratos. Se lo metió a la boca sin miramientos. Lo chupó y lamió con desesperación. Sí que sabía cómo succionar una pinga. Abrió la bolsita de coca. Se llevó unos granos a la nariz y los inhaló con fuerza. Limpió sus dedos con un par de lengüetazos. Volvió a sacar más coca con los mismos dedos, y se los llevó al ano. Después, se los metió en la boca. Se pasó la lengua por los labios. Volvió a extraer más coca. Esta vez, me la esparció en todo el glande. Algunas chicas comentaban lo rara que era la cabeza de mi pene. ¿Cómo así?, les preguntaba. No sé, no tiene forma de hongo; tiene forma como que de bala. Cuando terminó, me ordenó que se la meta. Vas a ver que nunca has sentido lo que vas a sentir, amor. Se puso en cuatro. Me puse detrás de ella. Dudé. Amor, no te preocupes. Dale, no más. Confía en mí.

Salí del trabajo con la única consigna de reivindicarme con mi hija. No fue fácil convencer a mi esposa para llevar a la bebe al Bembos. Ella estaba en toda la onda de la comida light y saludable. Era parte del rebaño que le otorgaba más importancia al físico que al intelecto. Nadie en la ciudad caminaba con un libro bajo el brazo. Todo el mundo, como conejos, prefería dar vueltas alrededor de un parque. Lo cierto era que la gente le temía al libro. Llegué a mi cuarto. Me bañé. Me vestí. Salí.

El cuarto estaba ordenadito; la colcha azul, dobladita y encima del armario; la laptop, en su lugar, encaletada entre mis camisas; el colchón, como siempre lo dejaba: parado de lado y contra la pared. Suspiré, aliviado; aunque la cuestión del condón seguía dinamitándome el cerebro. Me acerqué a la pila de libros. Cogí Los Geniecillos Dominicales. Había leído casi todo Ribeyro; esa obra no. Leí caminando a la plaza San Martín, punto de encuentro con Rosario. Nos dimos un beso en la mejilla, en la esquina del Banco de Crédito. Caminamos al cuarto. Vestía unos tacos altos que le resaltaban el culo y me hacían lucir como un enano. Compramos unas cervezas. Las tomamos viendo unos videos en su celular. Transcurrió algo de una hora cuando empezó a desvestirse. Ahí estaban sus tetotas, grandes y naturales. Las lamí. Le mordí los pezones. Ella meció mis cabellos, excitada. Me sacó la correa y me bajó el pantalón. Me mamó la pinga con fruición. Un flashback: Azul chupándomela con delectación. Volví a recordar el tema del condón; entonces, mi accionar fue torpe, lento, indeciso, inanimado. Métemela, Daniel, ordenó, jadeante. No me atreví. En cambio, le lamí el ano. Tras unos minutos, insistió: Ya, ahora sí, méteme tu pingaza. Quiero sentirla toda. Un hincón me taladró la conciencia.  

Ha sido un beso suave, pausado, de tres segundos. Un beso inopinado. Las llevo en un taxi a su casa. Chau, papi. El cuerpito de mi hija contra el mío me reconforta. Puedo sentir su amor rompiendo las barreras de la piel. Chau, Daniel. Nos abrazamos guarecidos por la pared de las escaleras. Melina puede estar escondida detrás de las cortinas de la ventana de la casa. No nos nace repetir el beso del Bembos. Lo dejamos ahí. Cuida mucho a la bebe, me despido. Camino al paradero de Tingo María. Tomo el bus a Alfonso Ugarte. Bajo en el colegio Guadalupe. El grueso de ambulantes colocado en la acera apuesta por la venta de adminículos electrónicos o ropa; los menos, por la venta de libros viejos. Tengo casi toda la obra completa de Stefan Zweig, pero encuentro un libro que me falta: El Candelabro Enterrado. Es una edición de 1937, de la fenecida editorial argentina TOR. Es una joya. La compro. Cinco soles. Buen precio. Camino leyendo hasta Zepita. En lugar de entrar por el pasaje del hospital Bartolomé Herrera, decido seguir hasta la plaza Dos de Mayo, entrar en Nicolás de Piérola y doblar en Peñaloza. Quiero encontrarme con Azul, zanjar la duda que me carcome el cerebro. Hay varios travestis apostados en la vera izquierda de la calle, disimulados por la penumbra de la zona. El cuerpo de Jazmín, depositado en un vestido súper apretado que le marca el culo, le reduce aún más la cintura y le hace estallar el ya de por sí protuberante busto, resalta por encima del de sus compañeras. Maquinalmente, reviso el contenido de mis bolsillos. Tengo el dinero justo para meterme un polvo. Se me ha parado la pinga. Camino hacia ella. Me reconoce. ¿Vamos? Asiento. Voy detrás de ella.  Entra en el hotel de siempre, el Malka Masi. Entro siguiéndola. Ella continua hacia los cuartos; yo me detengo ante el mostrador para pagarle al cuartelero. Ocho soles. Me entrega un rollo de papel higiénico barato y un condón. Un condón. Azul vuelve a cruzarse en mi mente. Espanto ese recuerdo como quien ahuyenta una mosca. Quiero eyacular y dormir; dejar de pensar en Azul y el puto condón. No es difícil dar con el cuarto que ya ocupa Jazmín. Se mira la cara en un espejo pequeño. Admira sus labios. Cuando me ve, me lanza sus brazos. Rodea mi cuello. Nos besamos. Le quito el vestido. Descubro sus senos. Voy a por sus pezones. ¿Te dieron condón? Se lo doy. Ella queda de rodillas ante mi pichula pétrea y húmeda. Ya quiero que me metas tu pingota, corazón. No quiero metérsela. Quiero corrérmela mientras le chupo las tetas y le beso la boca, sintiendo su lengua juguetona. Mientras nos vestimos, me cuenta que el sábado pasado estuvo metida en una cárcel. Una patrulla policial había aparecido sorpresivamente en Peñaloza, arrasando con todas las chicas que halló a su paso. Reaccionó tarde y no pudo eludir al jodido brazo de la ley. ¿Cómo así saliste? Me va a contestar, pero se queda con la boca abierta: oímos ruidos inquietantes afuera. Son voces gruesas y soeces. Hay puertas que reciben tremendos golpes. Ay, Dios, otra batida, exclama Jazmín, acelerando la puesta de su vestido. ¿Qué hacemos?, le pregunto, procurando no delatar que me estoy cagando de miedo. Su mirada me revela que, como yo, no tiene la más puta idea.