Latidos del asfalto

domingo, 26 de marzo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 16


“-No te enamores de veras,
que te querrán con puñales.
Di que vas sin corazón;
porque lo dejan sin sangre.”
Martín Adán

Apagué la pantalla del celular y coloqué el aparato debajo del colchón. Mientras ejecuté esos movimientos, mi cerebro trabajó frenéticamente en hallar alguna salida ingeniosa que no me acarreara más problemas de los que ya tenía con Rosario. Muéstrame que estás hablando con tu mamá, me exigió. Lo único que se me ocurrió para desviar su atención fue darle un beso. A pesar de la oscuridad, y sin ningún cálculo, mis labios le atinaron a los suyos. Los moví durante un segundo. Enseguida, le metí la lengua. Le puse una mano en la cintura y procuré acercar mi pene a su vagina. Estábamos desnudos. Noooo, Daniel, exclamó. Te dije que no va a pasar nada entre nosotros. No me molestes. Me dio la espalda y jaló para sí un poco más de la colcha. Hasta mañana, alcanzó a murmurar. El cambio súbito de un estado en el que tenía los huevos de corbata hacia uno en el que el alivio me había llegó como un chorro de agua helada hizo que se me fueran las ganas de insistirle para meterle pinga. Ni siquiera me provocó rozarle las nalgas que, intuía, se hallaban a escasos centímetros de mi pichula. Así, al poco rato, me quedé dormido.

Nos levantamos muy temprano. Rosario seguía sin trabajo, pero yo tenía que ir al mío a cumplir con mi horario de oficinista. Era lunes. Mientras me ponía el short y el polo negro de mangas largas que usaría para montar la bicicleta, Rosario se vestía: el jean ajustado, la blusa escotada, los zapatos de taco.

Eran las seis y media cuando salimos de la vieja casa. En menos de un minuto, llegamos a la esquina de Chancay con Zepita. No le gustó que le dijera que no podía acompañarla hasta el paradero de los colectivos a Chorrillos. Si no me voy ahorita, no voy a llegar a tiempo al trabajo, Rose. Por fa, no te molestes. Jamás admitía que estaba molesta. Pero su cara de culo la desmentía con rotundidad. Acompañarla al puto paradero, que estaba a dos cuadras de esa esquina, me hubiera hecho perder valiosos minutos. No quería llegar tarde al trabajo. Podían echarme por tardón. Y no me convenía perder esa fuente de ingresos, a pesar de que fueran una miseria.

Vi alejarse a Rosario. Le prometí vigilarla mientas caminaba hacia el paradero. Tuve que hacer esa concesión. Mi vida era una constante de concesiones. Yo siempre cedía. Nadie cedía por mí. ¿Qué podía hacer? Ni mierda. Había nacido para ser clavo –y esclavo-. Perdí cuatro minutos viéndola llegar hasta la esquina de Inclán. ¿Rosario era consciente de que la prisa me consumía? Parecía que no, porque caminó con una lentitud exasperante. Cuando por fin desapareció tras aquella esquina, me trepé a la bicicleta y empecé a pedalear.

Una de las partes que más disfrutaba de mi recorrido bicicletero al trabajo, además de las bajadas por los bypasses de 28 de Julio y Villarán, en donde podía sentir muy cercana la muerte, era ese tramo suave y casi libre de carros que era las primeras cuadras del jirón Chota, sobre todo aquella porción que conectaba el hospital San Bartolomé con el jirón Quilca.

El camino al trabajo estuvo tranquilo. La euforia que había sentido en la manejada del viernes, cuando mis expectativas por la noche de sexo que tendría con Karina efervescían, se había trocado en una sana tranquilidad. Era mejor vivir sin esperanzas, aunque, muchas veces, resultara inevitable albergarlas. Cuando aprendías a no esperar nada de nadie, la vida se te hacía un poco más manejable.

En el baño de la oficina, terminé de tirarme todo el papel higiénico que había. De las cuatro personas que trabajábamos ahí, yo era, lo suponía con seguridad, el que más papel higiénico gastaba. Al llegar a la oficina, luego de un bicicleteo de hora y media, y tras dejar mis cosas sobre el escritorio que me habían asignado, me encerraba en el baño, me quitaba el polo de mangas largas, me despojaba el short y me bajaba el bóxer. Luego, frente al espejo, me esparcía agua enjabonada por el pecho, la espalda, la pinga, las raya del culo, las manos y los brazos. Enseguida, me removía la espuma con severos manotazos de agua helada. Era refrescante todo el proceso. Se sentía como si cada poro de la piel se hubiese tragado una pastilla de Halls. Sobre el piso del baño, se formaban inmensos charcos de agua que yo limpiaba minuciosamente tras haberme secado el cuerpo. Para quitarme el exceso de agua y para dejar el piso seco, tal cual lo había encontrado, me tiraba una gran cantidad de papel. Jean Carlo compraba rollos industriales de papel higiénico, de esos que tenían un diámetro de treinta centímetros. Solo necesitaba cuatro días para despacharme uno de esos rollos. Había que tener en cuenta que no solo secándome y secando el piso me terminaba los rollos. También cuando terminaba de cagar. Empleaba un severo kilometraje de papel. Nadie, ni Patricia, ni Jean Carlo, ni Victorio, cagaba tanto y tan frecuentemente como yo.

Las cagadas que me mandaba en el baño de la oficina eran súper relajantes. Me pasaba media hora encerrado en ese lugar. Cagaba rápido, en menos de dos minutos. ¡Ploj! Caía toda la mierda. El wáter quedaba repleto. Podía oírlo suplicándome: Jala la palanca, Daniel. No aguanto esta pestilencia. Yo lo complacía inmediatamente: ¡Jjjuisshhh! Y toda la mierda se iba directo a las aguas del mar peruano. Entonces, permanecía sentado en la taza, jugando Soccer Stars, una aplicación del celular que me permitía jugar al fútbol con gente de distintos países del mundo. Me había enviciado con el dichoso jueguito. Si ganaba un partido, dependiendo del estadio en el que jugara, me hacía acreedor a una cierta cantidad de monedas –monedas virtuales, obviamente-. El que conseguía más monedas escalaba posiciones en el ranking mundial. Eso era todo. No había ninguna satisfacción o utilidad tangibles por las que valiera la pena desperdiciar tanto tiempo. A pesar de eso, igual jugaba Soccer Stars. Me afanaba en los partidos que sostenía con gente de Rusia, Estados Unidos, Chile, Sudáfrica, Holanda, sentado en el wáter, con el culo sucio. A veces ganaba, a veces perdía.

Desayuné y revisé las noticias coloridas del Trome en la laptop. Unos minutos después, llegaron Patricia y Victorio. Yo procuraba intercambiar el mínimo número de palabras con Victorio. Era de los tipos que se la pasaban hablando de los proyectos mineros y civiles que aparecían en el país y en el mundo. Y si no hablaba de eso, peroraba sobre sus tiempos mozos, a finales de los ochenta, cuando tuvo que trabajar en proyectos ubicados en la Sierra, siempre rodeado de la ubicua presencia de los  terroristas, que asolaban al país. Entonces, se mandaba unas extensas apologías de Alberto Fujimori. Que Fujimori liberó al país, que Fujimori apostó por la inversión extranjera, que llegó a los rincones más jodidos e inaccesibles del Perú, dotándolos de agua y electricidad, que Fujimori esto, que Fujimori aquello, que Fujimori no fue culpable de lo de la Cantuta, que, por otra parte, esos estudiantes y profesores asesinados se lo tenían bien merecido porque santitos no eran, carajo, tremendos terroristas que eran. Me aburrían sus monólogos. Sí, monólogos. Porque a él le importaba un carajo lo que pudiera decir su interlocutor. Le gustaba oírse a sí mismo. Le gustaba sentirse poseedor de la verdad. Yo lo escuchaba y asentía. ¿Para qué polemizar? Yo no era un buen polemista. En eso me parecía a Cortázar, quien confesó en una entrevista de 1977 en España que cualquiera me gana una discusión. No sé defender mis puntos de vista.

Una hora después, llegó Jean Carlo. Estaba entusiasmado. Había logrado una reunión con una empresa que estaba interesada en sus ventiladores. A Jean Carlo le apasionaba vender. Solo pensaba en sus ventas. Todo el día hablaba de ventiladores. Orgasmeaba cuando hablaba de ellos. Y se excitaba, como seguro no lo hacía con una mujer, cuando describía las ventas que les había arrebatado a sus competidores. Se sentía poderoso. Faltaba poco para que el mercado minero peruano en general le comprara ventiladores a él y solo a él.

Debíamos acudir con presteza a un edificio en San Isidro, uno de los distritos más elegantes de Lima que albergaba las sedes matrices de las principales mineras del país.

Fuimos los tres: Jean Carlo, Victorio y yo. Éramos un trío que no inspiraba ninguna confianza. Yo no inspiraba confianza. La cara ladina de Victorio tampoco. Jean Carlo sí. Jean Carlo sí podía inspirar confianza. En cualquier caso, aquello que mantenía vivo el negocio, vivo y en expansión, era la calidad de los ventiladores que ofrecíamos. Eran tan buenos que podían venderse solos.

En la reunión, Victorio habló de más. Siempre hablaba de más. Como no conocía un carajo de ventilación, la paraba embarrando. A pesar de que se sabía ignorante en el tema –Jean Carlo lo había contratado porque Victorio conocía a mucha gente en el medio de la construcción de túneles-, Victorio no se arredraba y soltaba barrabasada tras barrabasada. Era penoso oírlo hablar. Jean Carlo, entonces, salvaba la situación retomando el cauce del objetivo de las conversaciones: vender los ventiladores. Yo aportaba poco, pero procuraba no hablar huevadas que no contribuyeran al éxito de las ventas. Debía conservar ese trabajo. No me quedaba otra opción. En realidad, hubiera preferido no estar ahí. Hubiera preferido estar en casa, con mi hija.

Jean Carlo nos llevó de regreso a la oficina. El cliente había quedado convencido del producto y le había pedido a Jean Carlo que se simulara el funcionamiento de sus ventiladores en el contexto topográfico del proyecto del cliente. Me encargó esa chamba.

Ni bien llegamos a la oficina, me puse a trabajar en lo que había solicitado el cliente. En una hora, tenía terminada la simulación. Se la envié a Jean Carlo. Me quedaban un par de horas libres. Fui al chifa con toda la parsimonia del mundo. Ya no tenía ninguna obligación. Almorcé. Eran las cuatro de la tarde. Hubiera podido largarme, pero, como buen esclavo, debía cumplir mi horario de oficinista mediocre. Fui al mercado Santa Rosa y compré una cremolada para bajar el arroz chaufa. De vuelta en la oficina, chateé con Rosario y con Karina. Estaba confirmado: Karina me visitaría por segunda vez. A Rosario se le habían esfumado las ganas de pelear. Me había perdonado el desmán descriptivo que le había endilgado a su personaje en mi novela. Pensé: si se enterase que Karina -la chola gorda y fea de Karina, como ella la llamaba- iría a acostarse conmigo en el mismo colchón en el que me había acostado con ella, dejaría de estar tan tranquila. Me sentí mal por mentirle a Rosario. Pero no podía evitarlo. Mi naturaleza autodestructiva me reclamaba aventuras, correrías que atentaban contra mi seguridad y la moral que todo ciudadano debía observar. Si no cachaba con una, dos, o tres mujeres, con uno, dos, o tres transexuales, ¿de qué mierda iría a tratar El Solitario? ¿De la vida de un pajero que fue expulsado de su casa por mentiroso? Nadie me leería. Si siendo promiscuo, me leía poca gente; siendo pajero y tímido, no me hubiera quedado ningún lector.

Jean Carlo se fue temprano de la oficina; Victorio, al poco rato. Cuando el gato se iba, los ratones hacían fiesta. Yo, lamentablemente, gracias a mi cojudo sentido de la responsabilidad, permanecí sentado en mi sitio, esperando que dieran las seis para largarme. Patricia también esperó hasta las seis.

Karina tenía muchas ganas de conocer el legendario local de sánguches peruanos El Chinito. Yo le había hablado del lugar. Karina era de esas personas que siempre buscaban estar en sitios renombrados, en restaurantes de lujo, en balnearios ocupados por gente refinada, en ambientes que no tuvieran nada de indio sino de blanco. Entonces, se tomaba fotos que subía rápidamente a su página de Facebook. El Chinito estaba a un par de pasos de mi cuarto, en la esquina de Zepita con Chancay. Largas colas formaba la gente para probar uno de sus sánguches. Los sábados, a eso de las diez de la mañana, cuando llevaba mi ropa a la lavandería de la cuadra cinco de Zepita –mi cuarto estaba en la seis-, podía ver a toda esa gente tostándose bajo el inclemente sol, esperando que se desocupara una mesa en la sanguchería. Carajo, decía yo, ¿no pueden comerse un puto sánguche en el local de El Chanchito que está en la otra esquina? ¿Qué puta necesidad tienen de comer un sánguche precisamente en El Chinito? La gente hacía lo que fuera por ir a los lugares de moda.

Pero yo también tenía ganas de un sánguche. Cuando me acerqué al bypass de Villarán, pedaleé lo más fuerte que pude. Una vez que la bicicleta tomó la bajada, dejé de pedalear y disfruté del aire que me daba en la cara. En la radio del celular, sonaba El amor después del amor, de Fito Páez. Entonces, con cuidado, con bastante cuidado, saqué el celular del bolsillo de la mochila, me apunté con su cámara y me grabé cantando a todo pulmón. Ahora sé que ya no puedo vivir sin tu amor, gritaba, bajando por la pendiente, con motos y automóviles zumbando raudos a mi lado, esperando la ocasión propicia para hacerme volar unos buenos metros.

Sudaba a mares cuando entré con la bicicleta por el jirón Delgado, luego de haber vencido a los automóviles que avanzaban remolones por el jirón Washington. Al llegar al jirón Chancay, me detuve en la esquina. Oteé el horizonte. El Chinito no presentaba cola alguna. Me compré una Inka Cola mediana, recontra helada, en la tienda que estaba cerca de la esquina de Chancay con Chota. Me había hecho habitué de esa tienda. Prefería tomarme ahí las gaseosas. Las acompañaba con una galleta de soda. Si el cojudo de Jaime –el huevón que me rentaba el cuarto- hubiera cobrado un dinero razonable por sus productos, no hubiera dudado en consumir en su bodega.

Desde la tienda en que tomaba mi gaseosa, podía ver el movimiento prostibulario de la zona. Ahí estaba, parado en la acera, la bicicleta apoyada contra las rejas abiertas de la tienda, mi short apretándome el culo y las piernas, un casco ridículo en la cabeza y el sudor chorreándoseme por todas partes.

Bebía tranquilamente. Miré la hora en el celular. Disponía de una hora para terminar la gaseosa, bañarme y caminar hasta el Metro de Alfonso Ugarte, en donde, como la vez anterior, me encontraría con Karina.

Un par de transexuales caminaba por la acera que yo tenía ocupada. Se dirigían hacia mí. Estaban hechas unas verdaderas mujeres: cara y cuerpo. Una de ellas tenía las tetas más grandes y las caderas más anchas. Continúe bebiendo la Inka Kola y comiendo las galletas. Siempre que estaba a punto de tirar con una mujer, o de tirar simplemente, mis dilemas existenciales se evaporaban, desaparecían. No quedaba ningún rastro de ellos. Dentro de poco recibiría a Karina y tiraríamos, pero no estaba demasiado entusiasmado. Me reconfortaba el hecho, eso sí, de que estaría acompañado esa noche. Tenía que admitirlo: no estaba hecho del mismo material del que estaban hechos los verdaderos solitarios. Era un remedo de solitario. ¿Qué quería? Ciertamente, no enamorarme. No estaba enamorado de nadie. Hacía un pincho de tiempo que había dejado de sentir ese tipo de huevadas. Me resultaba moroso el proceso del cortejo, del ritual social establecido para aquellos que se gustan y desean tirar con cierta regularidad. La sociedad dictaminaba que si una persona te gustaba y querías cachar con ella en su casa, en la tuya o en un hotel, debías, primero, llevarle un ramo de rosas, invitarla al cine, conocer a sus padres, etcétera. La operación resultaba harto tediosa. Finalmente, te acostabas tanto con esa persona que todo aquella fascinación de los primeros días quedaba extraviada en algún lado. Entonces, lo que querías era huir, recuperar aquellas emociones que antaño te habían mantenido vivo.

No estaba enamorado de mi esposa. Tampoco estaba enamorado de Rosario. Mucho menos sentía algo por Karina. Me jodía, eso sí, no poder darle un beso a mi hija todas las mañanas, como lo hacía cuando vivíamos bajo el mismo techo.

Uno de los cabros era Estrella. Nuestras miradas se alinearon. Ella no me reconoció. No tendría por qué. Se la notaba apática. Era una persona apática. Recordé cuando me la tiré. Si bien era guapa, no le ponía un gramo de entusiasmo a la huevada. Era su trabajo. Mínimo, debía fingir. Le convenía. No toda la vida se dedicaría a la prostitución. Envejecería, se le caería el pelo -porque, al fin y al cabo, había nacido varón-, se arrugaría. Le convenía, ahora que estaba joven, juntar el dinero que conseguía prostituyéndose. ¿Pero qué dinero podría juntar si con su falta de entrega y compromiso ahuyentaba a sus clientes?

La caderona que caminaba al lado de Estrella sí me miró. Y no solo me miró a los ojos y me mandó un beso volado sino que, cuando pasó cerca de mí, me tocó los huevos. Con total tranquilidad, se metieron a la bodega en que había comprado mi gaseosa y mi galleta.

Reflexioné. Mi vida no era tan diferente de la de Estrella. A ella no le gustaba darle el culo a todo el mundo, pero tenía que hacerlo. A mí tampoco me gustaba trabajar en una mina. Por eso renuncié a la última. Luego me arrepentí, porque el dinero que me pagaban estaba bueno. Al no recibir una respuesta satisfactoria de la mina, y luego de la etapa de la traducción del libro de McPhilips, caí en las manos de Jean Carlo. Me pagaba infinitamente menos de lo que ganaba en una mina, incluso menos de lo que ganaba en VISA. Y ahí estaban las consecuencias: vivía en un cuarto diminuto –el agujero de un ratón era más grande-, manejaba al trabajo montado en una endeble bicicleta, a merced de cualquier automovilista ebrio, y comía arroz chaufa todos los putos días de la semana. Seguía prostituyéndome -sin ponerle muchas ganas al asunto, tal como lo hacía Estrella-, solo que mi cliente de turno había resultado ser un muy mal pagador.    


Lima, lunes 26 de setiembre del 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

El solitario de Zepita – Capítulo 15


“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”
De “No vuelvas más”, de Zero Balas



                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=8dSHZZdy3QI

No me atreví a besar a Patricia. Me ganó la cobardía. Me ganaron la cobardía y el temor. El temor a su reacción. Se notaba que era una mujer de carácter. Si la besaba corría el riesgo de que me estampase un cachetadón en la cara y, no contenta con eso, me acusase ante Jean Carlo. Entonces, regresaría a Zepita con la cara partida y sin trabajo. Perdería por todos lados.

Luego de probar la cucharadita de café que me tendió en la boca, determiné que debíamos añadir dos cucharadas más de azúcar a cada taza. Y revolver. Patricia ejecutó la operación. Una vez más, me dio a probar el resultado de las mezclas. Quedaron bien. Revolvió otra vez los contenidos de cada taza. Utilizó la misma cuchara para las tres tazas. La misma cuchara que me había estado metiendo a la boca. ¿Se daba cuenta de que esa cuchara había estado en mi boca varias veces? ¿Se daba cuenta de que los invitados de Jean Carlo prácticamente beberían mi saliva infecta? No importaba, no había que hacer mucho escándalo al respecto.

Patricia llevó las tazas en una bandeja. Me quedé limpiando los estropicios dejados en la mesa de preparación. Acabada mi misión, me puse la ropa de ciclista y me despedí de Patricia. Jean Carlo permanecía encerrado en su oficina con los visitantes. Patricia verificaba los datos de una factura. Nos vemos, le dije. Chau, me hizo con la mano. Apenas sonrió. Volvió a incrustar su mirada en las facturas que se apilaban delante de ella. La complicidad de hacía unos instantes en el kitchenet había quedado atrás. No importaba. Yo estaba seguro de que esos momentos habían existido y que solo hacía falta algo más de paciencia para revivirlos y obtener las ventajas deseadas.

La avenida Guardia Civil, a esa hora, andaba un tanto despejada. Metí la bicicleta en el asfalto de esa arteria. Pedaleé fuerte. Mis únicas consignas eran hacer mi recorrido dentro de la hora y media habitual, o antes, y prepararme para recibir a Karina en mi cuarto por segunda vez. Era viernes, último día de la semana laboral. Había licencia para beber como solo se puede beber un viernes por la noche: en exceso y desbocadamente; más aún si se iba a estar acompañado de una mujer como Karina, una hembra de tetas grandes y dispuesta siempre a llevar los besos apasionados hacia límites insospechados: perritos, sesenta y nueves, misioneros y todas aquellas poses que acuden con presteza a las mentes más retorcidas, mentes como la mía.

La vitalidad con la que había manejado la bicicleta por las más peligrosas y transitadas vías de Lima se hizo trizas apenas leí el último mensaje enviado por Karina: Dannysito, lo siento. No voy a poder ir a tu cuarto como habíamos quedado. Como te conté, al final me ganó esto de los preparativos para el cumple de mi hermana que es mañana.

Insistí. Le dije que se tomara todo el tiempo del mundo para que cumpliese con los preparativos de los que hablaba, pero que intentara venir. Yo no tenía problema con que se apareciese a las once o a las doce, o incluso a la una de la mañana. Yo la esperaría donde la dejase el taxi y la escoltaría hasta mi cuarto. Insistí durante varios minutos. Todo en vano. Lo único que conseguí fue una promesa pírrica, de consuelo, hecha, evidentemente, para que la dejara de joder. Prometía verme pronto. ¿Cuándo? Ni Dios lo sabía. La fecha prometida se perdía en la incertidumbre de algún futuro.

Dejé, sin embargo, que la coartada que les había endosado a mi esposa y a mi mamá siguiera su curso. La coartada, preparada con la debida antelación, tenía como propósito exonerarme, solo por esa oportunidad, de recoger a mi hija de la casa de su mamá para dejarla en casa de la mía, en La Perla. Para ello, había coordinado con mi esposa que tuviese lista a mi hija para que mi mamá pudiera recogerla el sábado por la mañana.

Le mandé un mensaje por Whatsapp a Rosario. Le pregunté qué hacía. A ella también le había mentido. Le había dicho que, como todos los fines de semana, iría a la casa de mi esposa, recogería a mi bebé, la llevaría al Bembos y, luego, bien comida y bien jugada, a la casa de mi mamá, en donde pasaríamos, como era usual, el fin de semana.

Viendo un anime, fue su respuesta. Rose pasaba la mayoría de su tiempo libre viendo películas animadas japonesas. Podía pasarse un día entero viéndolas. No se hartaba de ellas. Deseé decirle: Ven, Rose; la puta de Karina me ha fallado y sé que tú no me fallarás, ven pronto, tomemos unas cervezas, veamos a los cómicos en la compu y, luego, hagamos el amor. Pero no le dije nada. Era mejor que siguiera creyendo que mi mentira era una verdad. ¿Y tú no estás en casa de tu mamá?, preguntó. Siempre me pareció que Rosario me conocía tan bien que sospechaba que mentía cuando estaba mintiendo. Claro, escribí. Acá estoy, tirado en el sofá de la casa de mi mamá. Pensé en ti un ratito y decidí escribirte.

Faltaban diez minutos para las doce. La noche, que hasta hace unas horas se me presentaba promisoria, se me había derrumbado, como un castillo de naipes. No me provocaba llenar esa noche con el fragor de alguna discoteca. Quizá, si alguna chica me hubiera tocado la puerta y me hubiera dicho Daniel, vamos, salgamos, bailemos y luego tiremos, entonces, ahí sí, me hubiera prestado para la huevada. Pero la realidad era otra. Estaba solo y sin ganas de hacer un carajo.

Tras permanecer tirado en mi colchón, los impulsos aventureros entrando a mi cabeza y huyendo de ella, en un ir y venir frenético y aturdidor, decidí despejar un poco la mente, sacudirla de tanta mierda que me acosaba; decidí salir a caminar. Siempre cabía la posibilidad, por más remota que fuera, de hallar a la compañera ideal de juergas y sexo sin compromiso.

Cogí una novela de la pila de libros acomodados en un rincón de mi cuartito. Herzog, de Saul Bellow. La había empezado a mordisquear unos días atrás. Desde las primeras páginas, me cayó muy bien el personaje medular del libro: Moses Herzog. Moses era un tipo inteligente y, como tal, era consciente de que su vida había sido un desperdicio. Moses era un sujeto pasivo, calmo, dominado por la impronta acerada de la derrota y la rutina. Era, también, un gran observador del mundo, de la vida, y de los miserables personajes que la componían. Guardaba un profundo respeto por sus desgracias personales, y no se quejaba de ellas. Era un excelente perdedor. Como yo. Desde que empezabas a leer la novela, el fino humor negro de Saul Bellow trepaba por tus retinas y se te clavaba en el cerebro. 

Leía mientras caminaba. O caminaba leyendo. Tomé Zepita, derecho hasta llegar a Wilson. Se me había ocurrido ir a Quilca para otear el ambiente. Crucé Wilson y llegué a la placita Elguera. En una de las bancas de la plaza, un par de fumones planeaba la estrategia de la noche. Seguí por Quilca. No pude evitar reírme con una de las líneas de Herzog: “Una rata había roído un paquete de pan y dejó la forma de su cuerpo en las rebanadas. Herzog se comió la otra mitad del pan después de untarle mermelada. Podía compartir el alimento con las ratas.” Qué genial es este Saul Bellow, pensé. Solo las personas inteligentes son capaces de burlarse de sí mismas o de sus alteregos. Si las personas fuesen capaces de burlarse de sí mismas, de despojarse de sus vacuos orgullos, de no otorgarse tanta importancia, el mundo sería otro, uno mucho más habitable. Ese librito que tenía entre las manos lo había comprado en la librería del señor Luna. Mi educación, la educación que valía la pena tener, la había adquirido en esa hermosa librería.

En la puerta de una quinta, unos tipos de distintas edades conversaban a grandes voces, intercalando sonoras carcajadas. El más viejo parecía tener cincuenta años. Era delgado, el pelo cano, la piel amarillenta, la camisa abierta. El más joven podía tener entre dieciocho y veinte años. Sostenía una botella de cerveza. En el lomo de su oreja izquierda, un cigarrillo hacía equilibrio para no caer al suelo. Todos en ese grupo tenían pinta de delincuentes, de extorsionadores, de sicarios. Podían ser todas esas cosas a la vez.

Llegué a la boca de otra quinta, la ubicada inmediatamente antes del bar de Ciro. En esa boca, una señora preparaba unos anticuchos que vendía a la noctámbula concurrencia del Centro. Seño, unos anticuchos, por favor. Comí los anticuchos de pie, a escasos centímetros de donde la señora seguía friendo más anticuchos, más papitas, más mollejitas. La vereda del Queirolo, la que daba a Quilca, estaba ocupada por una treintena de muchachos y muchachas. Estaban los punk, los metaleros, los que no eran ni lo uno ni lo otro, todos bebiendo cervezas, vinos baratos y tragos cortos, los más baratos. No había fin de semana en que esa vereda no estuviera ocupada por esa treintena de jóvenes. Esa vereda era una especie de bar alternativo, en donde podías embriagarte con la poca plata que se hacía a partir de la contribución grupal. En esa vereda, los muchachos se cargaban con el combustible que necesitaban para emprender con bríos las aventuras que la noche les tenía deparadas. Ahí bebían hasta que llegaban los patrulleros policiales. A punta de carajazos, los efectivos del orden deshacían el improvisado bar. La vereda quedaba limpia de gente, pero regada de botellas vacías.   

Esa noche no era mi noche. No debía forzar la situación. Regresé a mi cuarto. Encendí la laptop y revisé unas páginas más del libro de McPhilips. Ver la vieja laptop en la que trabajaba me hacía recordar lo imbécil que había sido para estropear, a punta de sudor, aquella laptop casi nueva que todavía seguía en reparación en la tienda de Wilson. Faltaba poco para octubre. La chito de la tienda me había dicho que, con seguridad, mi Toshiba estaría operativa para el mes del Señor de los Milagros.

El sábado desperté temprano, a las ocho. Se dormía de la putamadre en mi colchón inflable. No podía quejarme. Me quedé un par de minutos mirando al techo, pensando. Ya iba a cumplir un mes viviendo solo. ¿Cómo había hecho para perder a mi hija? ¿Qué clase de vida estaba llevando? Recordé uno de los pasajes de Herzog que había leído la noche anterior y que, pensaba yo, me caía a pelo: “Herzog se merecía lo que iba a sufrir; había pecado mucho e intensamente. Se lo tenía ganado. No había que darle vueltas.” Lo peor de todo era que estaba exponiendo mi vida al mundo, aunque ese mundo estuviera compuesto por un puñado de lectores, gente que seguramente me leía y me compadecía. Ellos me leían desde las inmensas alturas de su empinada moralidad. Yo era apenas un insecto sedicioso. Mis secretos ya no eran secretos, y habían dejado de pertenecerme. Era cuestión de tiempo para que mi esposa descubriera la existencia de mis publicaciones. Se enteraría de todas mis fechorías y me armaría un gran jaleo ¿Qué ganaba publicando mi vida? Nada. Todo era a pérdida. Si mi hija, ya grande, llegara a leer los esperpentos que perpetré estando en Zepita, se sentiría a morir. Era muy probable que siguiese el camino que Pilar Donoso, hija del extinto escritor chileno José Donoso, tomó luego de leer los diarios de su padre: el suicidio. Y si no tomaba ese camino, era recontra seguro que viviría avergonzada de ser mi hija. Aun así, y a pesar de que me sabía un mal y hasta un pésimo escritor, no podía evitar que el virus de la literatura hiciera estragos en mi cabeza y en mi vida. Me había convertido en el catoblepas que Vargas Llosa describió en Cartas a un novelista. Así como Donoso, yo tampoco podía vivir mi vida sin escribirla, sin dejar un registro de mi paso por este mundo. Mi vida sin la escritura no tenía sentido. Escribir me mantenía vivo y, al mismo tiempo, me ayudaba a cavar mi propia tumba. La autodestrucción estaba en mi ADN.

Me puse el bóxer que había dejado al pie del colchón. Prendí la laptop y terminé el capítulo seis de la novela. Usando la señal de mi celular como módem, publiqué el capítulo. Sospeché que Rosario no tardaría en llamarme para quejarse del contenido de lo que acababa de publicar. No me equivoqué. Llamó casi enseguida. Lloraba. Lloraba por la cruel descripción que había hecho de ella. Daniel, ¿por qué? ¿Por qué me haces esto? Si yo iba a verte estando como estuviera, quizá sin arreglarme y apurada, era porque te amaba y te amo, porque te tengo confianza. No tienes derecho a contar mis intimidades. Yo me entrego a ti; no a otras personas. Escuché sus quejas. Lo sentía, pero no podía evitarlo. Mi vida y todo aquel que se involucrara en ella eran materia narrativa. Era un traidor. Lo contaba todo. Intenté calmarla. Le dije que si bien el personaje llevaba su nombre, no se trataba de ella, la Rosario de la vida real. Le dije que la huevada que publicaba en el blog era una novela, un artefacto literario compuesto de ingentes embustes. Mucho de lo que cuento ahí es mentira, Rose, le dije, sabiendo que eso ni yo mismo me lo creía. Cállate, mentiroso, se desesperó. Tú sabes que ese día había dormido poco y mal, y aun así había tenido que ir a estudiar y encima hice todo lo posible para verte, se desesperó más. ¿Y cómo me pagas? Diciendo que era una bruja y que estaba fea. ¿Acaso no te gusto, Daniel? Continuó su llanto. ¿Y entonces sí tiraste con un cabro que se llamaba Estrella? ¿Por qué haces eso, Daniel? ¿Yo no te basto? ¿No soy suficiente para ti? No podía ser tan caradura para defenderme. Era culpable. No dije nada. Dejé que siguiera hablando. Era mejor que liberara su ira. Sus amonestaciones se prolongaron por más de treinta minutos. Siempre que hablaba con Rosario se me gastaba un cuarenta por ciento de la batería del celular. Para el final de la conversación, mucha de su rabia se había extinguido. Le dije que viniera a verme. No cabía ninguna duda: Era un conchudo de mierda. No, me dijo sabiamente, tú solo me quieres para tirar. Tú no sientes nada por mí. Eso no era tan cierto. A veces la quería para ver una película, otras veces para tomar unas cervezas. No todo era sexo. Claro, a veces no podía evitar que se me parara la pichula y le sugiriera tirar. Rosario, tú sabes que todo eso que dices es mentira. Ven, por favor, y conversemos. Veamos una película. Prometo no tocarte. Vas a ver que no solo te quiero para tirar. Ella se mantuvo firme en su negativa. No te mereces mi compañía. Eres un ingrato, una rata. En ti no se puede confiar. No me vuelvas a llamar. Tengo que sacarte de mi vida antes de que sigas envenenándome más. Eres la persona que más me ha hecho llorar a pesar de que a ti te he dado lo mejor de mí.   

Hacia el mediodía, salí a comprar. Me hacían falta unos cuantos más polos negros de manga larga. Los utilizaba para ir al trabajo en la bicicleta. Debía cubrir mis tatuajes. No quería que Jean Carlo se enterara de que había contratado a un tipo que llevaba los brazos tatuados. No me convenía que ningún empleador se enterase de ese detalle. Era un tipo que necesitaba, por la naturaleza de mi profesión, aparentar cierta pulcritud y presencia. Así de cagada era la sociedad en que vivía: un mundo hecho de apariencias.

Por cincuenta soles, en una galería comercial de la calle Capón compré seis polos negros de manga larga. Salí de Capón y caminé hacia Emancipación. Hacía sol. El calor me arrancaba gruesas gotas de sudor que me bajaban por el cuello, mojaban mi pecho y espalda y me conferían un aspecto lamentable.

En Emancipación, en las galerías de los ciclistas, compré un short más. El único que había comprado hacía unas semanas lo usaba a diario y, a diario, lo sudaba parejo. Para el tercer día de uso, empezaba a apestar. Estos shorts de ciclismo eran especiales. Estaban hechos de una especie de licra que se te pegaba a la piel y que, según la vendedora, hacía que te sintieras como si manejaras con los huevos al aire. Pagué cincuenta soles por el short. Había elegido uno negro. Procuraba que toda mi ropa fuera negra. Era mejor. Era más práctico. Uno ya no perdía tiempo eligiendo los colores que debía combinar para el atuendo diario. Había leído que esto mismo hacían Steve Jobs, creador del iPhone, Mark Zuckerberg, creador del Facebook, y Einstein. Yo lo hacía desde hacía mucho tiempo. Enterarme de que compartía esa misma costumbre con aquellos personajes me resultó gratificante. La filosofía detrás de esa selección de la vestimenta era ahorrarse un trabajo innecesario.  

Llegué a mi cuarto. Faltaba poco para el mediodía y el sol estaba más implacable que nunca. La altísima humedad de la ciudad hacía su parte. Se anunciaba un verano poderoso y melcochoso. Necesitaba un duchazo. Cogí un pantalón negro –todos mis pantalones eran apretados, entallados, al cohete- y un polo del mismo color. También un bóxer y unas medias. Tiré todo sobre el colchón. Me envolví de la pinga para abajo con la toalla y me metí al baño. El baño estaba separado de mi cuarto. Pero era mi baño. Solo yo tenía la llave. Solo yo podía utilizarlo. En el pasadizo, me topé con la inquilina del cuarto colindante al mío. Llevaba una bolsa con, al parecer, vegetales, unos tarros de leche y cosas parecidas para el diario. Tenía buenas tetas y traía un vestido ajustado. Me miró los tatuajes, desvió la mirada –seguramente asustada- y apuró el paso hacia su cuarto. Yo alcancé a saludarla: Hola, buenas tardes. No recibí respuesta. No me importó. Mi mamá me había enseñado a ser educado y saludar.

De camino al paradero, en Metro de Alfonso Ugarte, me detuve para comprar un helado, uno de hielo; no de crema. Los veranos, sobre todo los intensos, los limeños, debían paliarse con hielo; no con crema. De tres, cuatro, cinco y seis bocados terminé el helado. Había sido de maracuyá, una de mis frutas preferidas. Mientras más ácida la fruta, mejor. El bus a La Perla pasó al poco rato. Estaba medio vacío. Tomé el primer asiento que encontró mi culo. A mi lado, y dos asientos más adelante, una rubia golpeteaba con sus pulgares la pantalla de su celular. Chateaba y sonreía. Le vi las piernas. Blancas y sin pelos, como dijo El Poeta, personaje de La ciudad y los perros, cuando describió las piernas de una puta.

Bajo en la farmacia, le dije al cobrador. Bajé. La rubia continuó el viaje, sin dejar de golpetear la pantalla de su celular. Antes de tocar la puerta de la casa de mi mamá y ver a mi hija, me detuve en la tienda de la avenida Pacífico, la tienda de la señora a la que, suponía que por la edad o por un tema genético, se le iba cayendo el pelo. Compré tres M & M, dos papitas Lays y dos Frugos de melocotón. Mi bebe se pondría contenta. Me gustaba llevarle todo lo que le gustaba. Si me pedía un chocolate, se lo compraba en el acto. A su mamá no le gustaba que la engriera de ese modo. Vas a malcriar a nuestra hija, me decía. No me importaba. Yo creía firmemente que el ahora era lo único que existía. El mañana, como la vida, era una ilusión, una sombra, una ficción, como dijo Segismundo, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Si ahora podía hacer feliz a mi hija, lo hacía sin pensarlo dos veces.

Cuando mi bebe me vio, me abrazó. La besé. La cargué. Le dije que la amaba. Gracias, papi, me dijo al recibir los dulces. Corrió con su Tablet a refugiarse en el cuarto de mi hermano para engullir, mientras veía sus videos en inglés, su delicioso botín. La vi correr y la amé más. Podía ser capaz de todo por mi hija. De todo. Aunque no sabía muy bien si sería capaz de dejar la literatura. Eso era algo que habría que descubrir con el paso del tiempo.

Almorcé. Mamá había hecho unas papas rellenas que no pude resistir. Compré una Coca helada. Deseé que Miguel, mi hermano, estuviese ahí conmigo. Siempre que yo llegaba de visita, él me decía Dani, ¿Unas chelas?, y, sin esperar mi respuesta, corría a la tienda y regresaba con seis cervezas recontra heladas. Entonces, nos poníamos a chupar, escuchando, según los ánimos, rock de los ochentas, Pink Floyd, The Doors, Héctor Lavoe o Frankie Ruiz. Pero mi hermano no estaba. Desde hacía unas semanas se encontraba en una mina, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, realizando una chambita temporal, un estudio de ventilación.  

Resistí, a pesar de mi conocida y genética flojera, a la siesta. El estómago me había quedado abultado (había repetido el plato y tomado tres vasos más de gaseosa. Gracias a las bicicleteadas diarias al trabajo, podía permitirme esos desbandes alimenticios los fines de semana en casa de mi mamá) y el cerebro depleto de sangre. Aún así, tuve fuerzas para abrir la laptop, encenderla y continuar con la revisión de la traducción. El sentido del deber se imponía. Este sentido del deber siempre perdía todas sus batallas. La procrastinación las vencía todas. Solo cuando la fecha límite para terminar algo estaba a escasos segundos, el sentido del deber pugnaba por prevalecer y me forzaba a concluir el trabajo pendiente. Ya estaban pasando varios días desde que había empezado la revisión y, si bien no le había dado a Konrad una fecha exacta para concluir el trabajo, sí sentía que ya la estaba haciendo larga. Impelido por el forzoso sentido del deber me despaché varias páginas.

Luego de cinco horas de intenso trabajo -me dolía el cuello, traía los dedos agarrotados y de los ojos me caían gruesos lagrimones-, decidí salir con mi bebe. Fuimos al Bembos de Plaza San Miguel, su lugar favorito en el mundo.

El domingo transcurrió tranquilo. Continué con la revisión de la traducción. Hacia el final de la tarde, cuando empezaba a oscurecer, llegó el tiempo de llevar a mi hija a casa de su mamá, lugar del que había sido expulsado -ya habían transcurrido veinte días desde mi éxodo- por borracho, mujeriego y lector empedernido. Esos eran los cargos que mi esposa me imputaba.

La bebe se rehusaba a dejar la casa de mi mamá. Allí le consentíamos todo. Allí se sentía libre de los lógicos rigores que mi esposa, por el bien de la bebe, había que reconocerlo, le imponía. La bebe ya se daba cuenta del fatídico momento de la partida. Entonces se resistía a que mi mamá le cambiase la ropa. Hacía pataletas y lloraba. Trataba de ponerme fuerte: Morgana, no llores. Nadie te está pegando. Vamos a ir a casa de mamá. Mañana tienes colegio. Pero ella no cejaba, no se dejaba convencer por mis argumentos. Ni yo mismo me creía esos argumentos. La bebe se resistía todavía más. Mi mamá dejaba de insistirle. Le daba pena la bebe. A mí también. Por mí, que se quedara donde le placiera. El argumento del colegio era una razón cojuda. Yo mismo, de pequeño, detestaba ir al colegio. Durante los domingos de mi época escolar, al anochecer, un sentimiento gris se apoderaba de mí. Entonces, todo se me convertía en una amenaza. Esos anocheceres de domingo quedaron marcados a fuego en mi alma. Hasta ese domingo, todavía podía sentir la depresión que sentía de niño. Me imaginaba, entonces, cómo se podía sentir una niña de cuatro años si su papá, con treinta y tres años, todavía seguía sintiéndose débil cada puto domingo. Pero tenía que llevarla. Era peor si no lo hacía. Su mamá, mi esposa, me recriminaría ferozmente: Daniel, siempre trayéndomela tarde a la bebe, siempre malcriándola. Mañana no va a querer levantarse para ir al colegio. Todo por tu culpa, Daniel.

Mi mamá me acompañó a la esquina de Pacasmayo con Pacífico. Tomé un taxi. La bebe todavía tenía lágrimas en sus ojos, lágrimas que se avivaron cuando vio alejarse, a través de la ventana posterior del auto, a mi mamá, su querida y consentidora abuela.

Mi esposa me esperó en un vestido ligero. Desde que empezó a practicar spinning, su figura había mejorado. Mantenía sus buenas piernas y sus buenas tetas, aunque estas últimas habían quedado algo escurridas. Sin embargo, se le había aplanado el vientre y se le había perfilado el rostro. Ella se sentía plena con los cambios que había logrado, a base de dietas de legumbres y carnes al vapor, y mucho, pero mucho, ejercicio.

Nuestra hija todavía lloraba. Para aliviar la pena de la bebe, la llevamos a la tienda más cercana. ¿Quieres tu picolín, hijita linda?, preguntó mi esposa. El picolín era un chupetín de caramelo. Sí, mami, dijo mi hija. La promesa del dulce le cortó la pena. Pagué. Apenas treinta céntimos. Chau, amor, le dije a la bebe. Pórtate bien, ¿ya? Hazle caso a tu mami. La cargué. Pesaba mi bebé. Con los días crecía y pesaba una barbaridad. Era preciosa, linda, mi hija; a pesar de que su papá, o sea yo, era un feo de mierda.

Fue triste el camino de regreso a Zepita. Tomé un bus en el paradero de Tingo María con Bertello. En el asiento, la frente pegada al vidrio de la ventana, reflexioné. Había perdido a mi hija por haber querido llevar una vida de poeta, una vida que no garantizaba la calidad de mi escritura, una vida que, creía yo, estaría sembrada de emociones y aventuras extraordinarias. Nada de eso había sucedido. En cambio, había ganado un dolor inmenso que me torturaba el alma. Un dolor vallejiano. Había perdido a mi hija. Y me sentía una mierda. Era una sensación de vacío y extravío. Era un hincón oprobioso, una punzada que me recordaba que lo único bueno y puro que había hecho en mi vida, mi hija, me había sido arrebatado gracias a mis deliberados y pueriles actos.

En el cuarto, con la agobiante soledad que se me hacía de una tonelada, recurrí al teléfono. Llamé a Rosario. Me olvidé del incidente anterior. Esperé que ella también se hubiera olvidado del vejamen literario que le había endilgado. Ven, le dije, ven, por favor, estoy solo. Me siento mal por mi bebe. Y lloré. Me desahogué. Le conté de mi pena de todos los domingos, de las múltiples roturas que me llagaban el alma cuando se acercaba la hora de despedirme de mi hija. Culpé a los libros que había leído. Gracias a ellos, mi vida era una mierda. Ven, Rose, te necesito. Al otro lado del teléfono, se había formado un silencio comprensivo y luctuoso. Rosario entendía mi pena y me escuchaba. Ya, está bien, voy a ir para acompañarte. Ya no llores más. No quiero verte mal. Sus palabras lograron que me calmara. Tenía la cara húmeda por las lágrimas. Le agradecí su infinita bondad. Gracias, Rose, eres la mejor. Y lo era. Rosario tenía un corazón de oro.

No me provocaba tirar. La pena había sido tan devastadora que había aniquilado mis ímpetus más lujuriosos. Pero si Rosario se avenía a una sesión amatoria, yo no tendría problemas en entregarme a la pasión. Tirar nunca estaba de más. La huevada era que siempre que ella lo hacía conmigo, se enamoraba, no porque tuviera un pene enorme o fuera conocedor cabal de las técnicas más arcanas y efectivas del Kamasutra. No. Mi pinga era pequeña y, para remate, era flojo en la cama. Ella se enamoraba de mí porque, de algún inextricable modo, había llegado a querer al individuo medio atolondrado  y tonto que habitaba el cuerpo de este cholo hijo de puta. A sabiendas de que se enamoraba de mí, yo continuaba empecinado en llamarla, en solicitar su compañía y amistad, en decirle te amo cuando, en realidad, no era eso precisamente lo que sentía por ella. Así de egoísta era. Así de mierda era. Ya la vida se encargaría de hacerme pagar cada una de sus lágrimas. O, quizá, la vida ya se estaba encargando de ello. El karma, decían, era la energía que despedían los actos que uno hacía, buenos o malos, y que retornaba al hacedor, para su bien o para su mal, con igual o mayor fuerza. No necesitaba recurrir a ningún libro para saber en qué consistía el karma porque, en carne viva, yo mismo experimentaba su gran poder.

La esperé en la Plaza San Martín. Era uno de mis lugares favoritos en Lima. Ahí podían encontrarse genios y locos al mismo tiempo. Era un imán que atraía a las personalidades más bizarras de la ciudad, a los borrachos, a los maricones, a las putas, a los comunistas y a todo aquel que creía que podía ganarse la vida escribiendo sobre su miserable existencia. Llevé el libro de Bellow para continuar con su lectura. Cuando llegué a la Plaza, me ubiqué en la esquina que hacía con la cuadra ocho del Jirón de La Unión, en la esquina de la fachada de uno de los tantos locales que el Banco de Crédito tenía desperdigados por la ciudad. Con la espalda y la planta de la zapatilla derecha contra la pared, acompañé a Herzog en sus devaneos. Algunos transeúntes me miraban sin ocultar cierta admiración o asombro: ¿Era posible que un tipo tatuado, que tenía más la pinta de un delincuente que la de un estudiante, estuviese leyendo un libro? 

Vi llegar el taxi de Rosario. Ella bajó y se acercó hacia donde yo estaba sin saber que estaba ahí. Rosario era medio cegatona. No veía de lejos. Mucho menos de noche. Cuando estuvo a un par de metros de mí, recién se percató de mi presencia. Hola, le dije. Hola, me respondió. Sonrió. Estaba bonita. Muy bonita. Se había maquillado bien. Llevaba un atuendo apretado que resaltaba sus tetas. Los tacos que calzaba le empinaban más el culo. El blue jean hacía su parte. Muchas veces la había visto desnuda. Era caderona, pero, de perfil, su trasero podía no ser muy abultado. Era más bien plano. En cambio, vestida con esos tacos y metida en ese blue jean, su trasero podía asemejarse al de una morena culona.   

Supuse que se había propuesto visitarme así de arreglada y guapa para que no volviera a escribir que la vi bruja. Y no me equivoqué. No quiero que vuelvas a escribir nada feo sobre mí, Daniel, me dijo. Le propuse tomar unas cervezas antes de ir a mi cuarto. Quería tomar. Quería olvidarme de que era un papá que no podía vivir cerca de su hija gracias a las tonterías que había cometido. Dejaría que Rose me contase sus cosas. Cuentos acompañados de unas buenas botellas de cerveza. Caminamos por el Jirón de La Unión en busca de alguna tasca. Nos dimos por vencidos en el cruce con la avenida Emancipación. Decidimos regresar a mi cuarto por esa avenida. Dejaríamos los tragos para otra oportunidad. Además, los tacos estaban matando los pies de Rose.   

En la cuadra tres de Emancipación, hallamos un bar. Había pocas mesas ocupadas. Poca gente. Casi nadie. Entramos. Pedimos una cerveza. Rose pagó. Hablamos de cualquier cosa. Terminamos la cerveza bien pronto. Pidió otra. Hablamos de mi novela. Dime si estoy bonita, me dijo. Estás preciosa, le dije. Había una rocola. Los pocos clientes del lugar echaban alguna moneda en la rocola y sonaba una canción del recuerdo. Algo de rock, un poco de balada. Para esas alturas de la noche, ya me había olvidado de la pena de haber sido un mal padre. Gracias, le dije a Rose. Acompáñame todos los domingos, por favor, le pedí. ¿Sabes?, continué, si algún día me llego a suicidar será un domingo. Sellé mi promesa –o mi vaticinio- con un trago de cerveza. Fue el último vaso. Como la pena se me había ido, y el espíritu bohemio se me había impuesto, le pregunté a Rose si en mi cuarto podría llegar a pasar algo sexual. Me dijo que no, que solo había llegado para acompañarme. Y que no merecía nada de ella porque no la respetaba, porque escribía cosas estúpidas y ofensivas en la novela.

Tenía por ahí una película. Era una película mexicana americana. Eugenio Derbez, actor mexicano, era un médico pediatra especializado en ciertos tipos de enfermedades complejas, o algo así. Una niña, una gringa, hija de un par de gringos, sufrió una extraña enfermedad intestinal, o algo así. La madre, desesperada, recurrió a todos los médicos más competentes del país. Ninguno logró determinar lo que tenía su hija. Llegó entonces al inaccesible doctor Nurko, interpretado por Eugenio Derbez. Me interesaba la película porque quería oír a Derbez hablando en inglés. Lo hablaba bien el condenado. Nurko diagnosticó la enfermedad, indicó su incurabilidad y determinó un tratamiento para la infortunada pequeña. El tratamiento garantizaba un resto de vida más digno, pero no evitaría la muerte. En esta parte de la película, Rose y yo, cada uno por su lado, tendidos en la cama, sin ningún tipo de contacto físico, empezamos a llorar; ella porque la escena de los padres enterándose de la incurabilidad de la enfermedad de su hija le recordaba lo que había sufrido en carne propia con la muerte de un ser muy querido y yo porque me puse en los zapatos del padre de la pequeña, sufriendo porque un médico me decía que mi preciosa hija nos podría abandonar antes de lo previsto. Podía sentir a Rose llorando. Los sonidos nasales, su garganta comprimiéndose y expandiéndose. Unas semanas después, la niña, algo recuperada gracias al tratamiento del doctor Nurko, mientras jugaba con su hermana mayor, se trepó a un viejo árbol y, accidentalmente, cayó dentro de su tronco a través de un agujero que no vio a tiempo. Bomberos y rescatistas demoraron horas en recuperar su cuerpo. Pensé: Tan bien que se estaba recuperando la niña y ahora se cae en ese hueco. Sí, me había enganchado con la película. Jamás ganaría un Oscar, pero un padre o una madre podían sentirse muy identificadas con los de la cinta. Los médicos hicieron lo posible por reanimar a la niña. Ella no murió, pero quedó en coma. Unos días después, salió de ese estado de inconsciencia y la enfermedad incurable que la aquejaba desapareció sin dejar rastro alguno. Cuando despertó, la niña manifestó que dentro del árbol se le había aparecido un ángel que con solo tocarla, la curó por completo. Final feliz. La historia había sido real y había sucedido en algún lugar de los Estados Unidos. Se desprendía de la película que el milagro se había producido gracias a la conjunción de las obras caritativas de un grupo de personas buenas que la niña halló en su camino a la cura.

Apagué la laptop. El disco de la película quedó dentro de la computadora. El cuarto, antes iluminado por la pantalla, se tiñó de negro. No se veía nada. El colchón inflable era inmenso, enorme. Entonces, repté hacia donde adivinaba se hallaba el cuerpo de Rosario. Le di un beso en el cuello. Rodeé su cintura con mi brazo derecho. No, Daniel, me dijo. Hoy no va a pasar nada. Insistí con otro beso en su nuca, pero fue inútil. Entonces, sentí dos escuetos remezones cerca de mi lado del colchón. Era mi celular. La pantalla iluminaba el extremo del colchón a mi derecha, cerca de la pared. Me apresuré a ver de qué se trataba. Estaba seguro de que se trataba de una mujer. No me equivoqué. Era Karina. Me había mandado dos mensajes. Se me heló la sangre y se me ablandó la pichula. Leí rápidamente lo que Karina se había propuesto comunicarme a tan altas horas de la madrugada y en tan inoportuno momento. Amorcito, hoy lunes te visito de todas maneras. El otro mensaje decía: Nos encontramos a las ocho en Metro. ¿Está bien? Una promesa de sexo. Sexo dentro de algunas pocas horas. ¿Quién es?, preguntó Rosario. No era tonta. Sabía que eran mensajes en mi celular. Mi mamá, dije sin dudar. Me había convertido en un mentiroso de polendas, en un tipo que se creía sus propias mentiras. Si uno no se creía sus mentiras, era imposible que el resto te las creyera.

Quería responderle a Karina, pero evitando que Rosario descubriera al verdadero remitente de los mensajes. Mientras tecleaba la respuesta, coloqué más piezas a mi mentira. Es mi mamá. Dice si llegué bien a mi cuarto. Le estoy contestando que sí, que estoy bien. En realidad, escribí: Está bien. A esa hora nos vemos. Presioné enviar. A ver, muéstrame la conversación. Rosario estaba muy cerca de mí. Había movido su cuerpo sin que yo lo hubiera notado, absorto como estaba por la adrenalina del peligro del momento. La tenía detrás de mí. 


Lima, domingo 25 de setiembre del 2016.