Latidos del asfalto

sábado, 24 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 11


“Y me voy
Con el viento malo,
Que me lleva
Aquí, allá
Semejante a
La hoja muerta.”

Verso de “Canción de otoño” de Paul Verlaine

Me desperté temprano y manejé con tranquilidad hasta Chorrillos. Eran las siete y media cuando llegué a la oficina. Me lavé la cara y el torso. Miré mi reflejo en el espejo. Se me estaba cayendo el pelo. Aparecían claros en la parte superior del cráneo. En pocos años, la calvicie me haría más feo de lo que ya era.  

Prendí la laptop y conecté su cargador al tomacorriente. Mientras la computadora iniciaba sus procesos, le di el primer sorbo a la botella de jugo de naranja que le había comprado a la señora que atendía en un carrito de madera en la cuadra uno de Guardia Civil. Allí vendía jugos de naranja y de piña. A un ladito, tenía un cesto con queques de naranja. También le había comprado uno. Siempre le compraba lo mismo. Ese era mi desayuno. Ni bien me veía llegar en la bicicleta, la señora cogía una bolsa blanca y metía en ella una botella de jugo y un queque. Gracias, joven, me decía, luego de finalizada la transacción.

Invariablemente, la naranja que empleaba la señora para elaborar sus jugos eran exquisitamente dulces. Era la parte del día que más disfrutaba: Chequear mis correos y las noticias del Trome (generalmente la columna del Búho) y del Perú 21 (generalmente la columna de Aldo Mariátegui) mientras engreía a mis papilas gustativas con el elixir anaranjado.

Ni bien terminé de desayunar, empecé a trabajar, pero no precisamente en los encargos de Jean Carlo, pues no había ninguna urgencia en la oficina, sino, más bien, en la revisión final de la traducción del libro de ventilación de minas que había sido publicado, hacía veintitrés años, por el fallecido Edward McPhilips. La traducción me la había encargado Konrad Wall, quien había sido alumno de McPhilips en la universidad de California desde finales de 1970 hasta principios de 1980.

Edward McPhilips había fundado Mine Ventilation Projects, MVP, una consultora especializada en ventilación de minas, en marzo de 1983, cuatro meses antes de que yo viniera a este mundo. Invitó a su dilecto alumno, Konrad, a formar parte de esa aventura. McPhilips, conocido mundialmente como “el doctor McPhilips”, era uno de los más destacados investigadores en el área de la ventilación de minas. Durante su juventud, McPhilips se había codeado con lo más graneado de la élite científica de los Estados Unidos. Había sido alumno y luego amigo de Frederik Baden Hinsley, ingeniero que, en 1943, aplicó por vez primera los principios termodinámicos a las corrientes de aire en las minas. Posteriormente, en 1952, propulsó el uso de computadores analógicos para la simulación de climas subterráneos.

McPhilips volcó su no poca experiencia teórica y práctica en su libro Ventilación de minas subterráneas, que publicó en 1993. Konrad fue uno de sus más entusiastas colaboradores. Así lo reconoció McPhilips en el prólogo del libro. En el 2001, se lanzó la segunda edición, con algunas modificaciones que actualizaron el texto. McPhilips murió poco tiempo después y Konrad asumió la gerencia general de MVP y la tarea de difundir la obra de su maestro. Fue así que en el año 2013, Konrad Wall se propuso traducir el texto de McPhilips al castellano, idioma de una parte importante de los países mineros del mundo. Buscó el apoyo de un traductor mexicano, quien, al cabo de un año, le envió la obra traducida al español.

En octubre del 2014, Konrad responde al correo que yo le había enviado hacía un año, mensaje en el que le pedía una oportunidad de trabajo. El correo que le remití a Konrad fue el mismo que le envié a una veintena de empresas en Estados Unidos, Canadá y Australia. La mayoría de los mensajes recibieron una respuesta, una respuesta que se resumía en: Daniel, agradecemos tu interés en la Compañía, pero desafortunadamente no tenemos vacantes disponibles en el área de ventilación. Otros pocos mensajes, como el enviado a Konrad, permanecieron sin respuesta. Un año después, en una soleada tarde en la mina Xulcani, la operación más antigua de Compañía de Minas Villanueva, sentado enfrente de una vetusta y polvorienta computadora, recibí la respuesta de Konrad. Y no fue cualquier respuesta. No se trató de otro amable rechazo. No. Konrad me invitaba a formar parte de MVP. ¿Estarías dispuesto a mudarte para vivir en California?, me preguntó en el correo. Claro que estaba dispuesto. Sí, claro, por supuesto, le contesté. Entonces, Konrad me urgió a tramitar una visa de turista para conocer mi futuro lugar de trabajo. MVP me pagó los trámites que hice en el consulado americano en Lima y, luego de obtenida la visa, una estadía de seis días en Clovis, Fresno, California. Al sexto y último día de mi estadía en Clovis, me despedí de los que podrían ser mis futuros compañeros de trabajo. Konrad había realizado las pesquisas necesarias con el abogado de la empresa para iniciar los trámites de una visa de trabajo. Los ciudadanos de los países tercermundistas como el Perú debían postularse al sorteo anual de visas de trabajo si ya contaban con una invitación laboral desde Estados Unidos. Yo cumplía con ese requisito: Era tercermundista y tenía una oferta de trabajo de una compañía americana. El abogado de la empresa me solicitó una serie de documentos. Los ordenó y los envió a los USCIS (United States Citizenship and Immigration Services). El sorteo se realizó en marzo, en Estados Unidos. En junio del 2015, cuando trabajaba a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con cinco grados Celsius de temperatura ambiental, en la mina Uchukchakua, también de propiedad de Compañía de Minas Villanueva, recibí la terrible noticia: No había salido elegido en el sorteo. En el correo que me comunicaba la noticia, Konrad agregó que lo volveríamos a intentar el próximo año.

En febrero del 2016, renuncié a Uchukchakua. Estaba harto de trabajar con gente intransigente. Además, la ferocidad, deslealtad y desidia que se respiraba en esa mina me orillaban al borde de un abismo depresivo. Lo único que deseaba ni bien ponía un pie en la mina, luego de haber descansado siete días, era regresar a Lima y acurrucarme en el pecho de mi hija.

Sin trabajo, le escribí a Konrad. Él ya me había adelantado que ese año MVP no podría auspiciarme en el sorteo, pues MVP estaba siendo absorbida por una consultora transnacional y, en tal caso, perdería autonomía e independencia para representarme para el sorteo. Tendría que esperar que concluyera la absorción para que, con el apoyo de la empresa transnacional, se me auspiciara el 2017. Tendremos que esperar, Daniel, me dijo.

Entonces, le escribí a Konrad. Le pregunté si existía la posibilidad de que me recomendara en algún trabajo. Byron Patts, subgerente de MVP, que tuvo la gentileza de invitarme a almorzar en su casa cuando estuve en Clovis (recuerdo que él mismo había preparado esa cena, que consistió en un suculento puré de papas que rodeaba a un par de suaves filetes de carne que acompañamos con un vino seco. Allí estaba yo, ciudadano marrón del Perú, en esa mesa norteamericana, rodeado de una familia bien norteamericana, -Byron, su esposa y sus dos hijas-), me puso en contacto con Gary Porter, quien, a su vez, tuvo el enorme y desinteresado gesto de recomendarme con una mina en España. Lamentablemente, el llamamiento no prosperó.

Había odiado los últimos dos meses en Uchukchakua. Me llegaban al pincho la mayoría de ingenieros con los que trabajé, gente a la que le importaba un rábano crear un clima de trabajo agradable, gente de modales bárbaros, gente que despreciaba a sus trabajadores (el desprecio era recíproco), gente que jamás se había acercado a un libro de literatura.

Sin embargo, se iba a cumplir un mes desde mi renuncia y continuaba desempleado. Entonces, muy a mi pesar, le escribí un correo al jefe de Recursos Humanos de Compañía de Minas Villanueva. Me arrepentía de mi apresurada decisión de renuncia y le pedía que me reconsiderara en la Compañía. Redacté el mensaje un lunes de marzo y lo guardé. Lo enviaría al día siguiente. Luego de escrito ese correo, redacté otro, uno que tenía como destino la bandeja de Konrad. Yo había estado traduciendo el libro de McPhilips en mis escasísimos ratos libres en la mina. Cuando visité la oficina de MVP en Clovis, pude ver la traducción del mexicano. El muy pendejo había usado el Google Translator y había convertido el libro de McPhilips en un texto incoherente y lleno de errores. A pesar de ello, se embolsicó un buen de lana, güey. En Uchukchakua, no tenía tiempo ni para tirarme un pedo. Apenas traduje las tres primeras páginas del libro. No había tiempo. Y en mis descansos en Lima, lo único que quería era estar cerca de mi hija. Le propuse a Konrad traducir el libro ahora que estaba desempleado y el tiempo era lo que me sobraba. A diferencia de la primera vez en que se lo propuse, vez en la que me ofrecía a hacer ese trabajo sin recibir ningún tipo de pago, esta vez sí le pedía un dinero a cambio. Me avergonzaba pedir un dinero por algo que haría gratis y con mucho gusto. Realmente, se me caía la cara de vergüenza mientras escribía el mensaje. Pero necesitaba un trabajo. Konrad estaba enterado de mi situación. Konrad y Byron estaban enterados. Byron sabía que lo de España no prosperaba todavía. Obviamente, no les conté que había renunciado a la mina. Hubieran pensado que estaba loco. Cómo alguien renuncia a su trabajo teniendo una familia que mantener. Les mentí. Les dije que la empresa me había echado como parte de su estrategia para afrontar el duro período del bajo precio de la plata. Terminé de redactar el correo y lo guardé. También lo enviaría al día siguiente.

Esperé hasta el martes para enviar ambos correos. Tenía que armarme de valor para tragarme el orgullo al mandar el correo a Compañía de Minas Villanueva y para no sentirme un mercenario al mandar el respectivo mensaje a Konrad. Llegó el martes y envié los mensajes casi simultáneamente. Ni bien los hube enviado, apagué la laptop, y me acosté. Tuve pesadillas. Soñé que volvía a la mina y veía mi vida convertida en un rotundo fracaso. Me sentía un desperdicio. Los ahorros se agotaban y no había una propuesta de trabajo en el horizonte. Dormí de largo. Me desconecté: Típico período depresivo. El miércoles en la mañana, todavía en la cama, en la cama de mi hija, que era donde dormía porque estaba peleado con mi esposa, revisé el celular. Tenía un nuevo mensaje de Konrad, pero aún ninguno de los hijos de puta de Compañía de Minas. Se me aceleró el corazón. Temía que Konrad rechazara mi propuesta. Cuando abrí el mensaje, tenía la piel tan helada como cuando estaba en la sierra del Perú. El alma me regresó al cuerpo cuando leí: Daniel, me parece una buena idea. He calculado que podría pagarte diez mil dólares por traducir el libro ¿Estás de acuerdo? Ese Konrad, siempre tan educado, amable y atinado. Todavía tenía la delicadeza de preguntarme si estaba de acuerdo. Claro que estaba de acuerdo. Ese dinero cubriría una buena parte del año y me permitiría buscar un trabajo con más calma. Preparé inmediatamente un cronograma en el que especificaba en detalle las fechas de entrega de los veintiún capítulos del libro. No le podía fallar.

El mexicano que tradujo el libro había usado el Google Translator. Era evidente. Tal como estaba, el libro era una mierda. Rehíce la traducción. Luego de dos meses de arduo trabajo, sentado frente a la laptop, incluso de madrugada, muchas veces sin dormir, logré terminar la traducción una semana antes de lo prometido en mi cronograma, el cual, de por sí, no me concedía tregua alguna. Konrad quedó satisfecho. A la semana, me envió, para que lo tradujera, el prólogo de la edición en español. Allí, mencionándome, me agradecía el esfuerzo y la puntualidad en mis traducciones. Ese gesto me conmovió. Valió mucho más que los diez mil dólares. Mi nombre estaba al lado del de McPhilips, de Baden Hinsley, y del propio Konrad Wall; al lado de los nombres que le habían conferido a la ventilación de minas los progresos científicos en los últimos ochenta años.

Los diez mil dólares me ayudaron a vivir con calma durante algunas semanas. Parte de ese dinero lo empleé en la creación de la consultora, en asociación con mi hermano.  

Se acercaba agosto y los diez mil dólares estaban casi consumidos. La empresa en la que trabajé cuatro años antes, le había confiado a mi consultora un estudio de ventilación. Pero, según el contrato establecido entre esa empresa y la mía, recibiría mi pago luego de sesenta días de haber presentado mi factura. El dinero era bueno, pero tardaría en llegar. Me urgía conseguir un trabajo estable, un ingreso fijo, mensual. Toqué, entonces, la puerta de Jean Carlo. Hacía unos seis meses habíamos charlado con respecto a que yo trabajase en su empresa. Lo que estaba dispuesto a pagarme no se asemejaba a lo que yo pretendía. Entonces, le dije que gracias y que no dejásemos de estar en contacto.


Entonces, había llegado agosto y la posibilidad de verme en la ruina absoluta. Había morado allí antes, en la ruina. Sabía ya lo que era tener deudas y nada de dinero. Ahora tenía una bebe que mantener, una familia que mantener, y no podía quedarme sin dinero. Aún con ese pensamiento espoleándome el cerebro, no iba a llamar a Jean Carlo de buenas a primeras y decirle dame chamba. Le escribí un correo. Le conté lo que había hecho en esos seis meses: la traducción del libro, la creación de mi consultora y el primer trabajo que ésta había ganado. Y concluí el mensaje con un ¿crees que todavía haya un lugar para mí en tu empresa? algo tímido, no carente de entusiasmo, pero bastante decidido. Me contestó casi al instante. Conversemos, Daniel, sabes que siempre hay un lugar.  

Recuerdo que le conté a Rosario sobre el asunto. Siempre le contaba mis cosas. Me escuchaba con mucha atención. Realmente escuchaba todo lo que le contaba, incluso las estupideces. (Yo, en cambio, no la escuchaba; solo pensaba en tirar, por eso Dios me había castigado con una vida de poeta, una vida jaloneada por los caprichos del viento malo, como diría Verlaine). Cuando me hallaba presionado en la mina, abrumado por las responsabilidades que odiaba hacer puesto que escapaban a lo esencial de la ventilación minera y tendían, más bien, hacia el lado de las confrontaciones flamígeras en los repartos de guardia, la llamaba. Pero generalmente le mandaba whatsapps. Y ella me los respondía todos. No importaba qué hora fuera, sus mensajes llegaban siempre cargados de lo que yo buscaba: un consejo, una frase de aliento, el apoyo a mis ideas, por más descabelladas que éstas fueran (Yo: Rosario, quiero irme de la mina, no aguanto más, quiero hacer lo que me gusta, trabajar en Lima, no aquí, escribir mi novela. Ella: Hazlo, Daniel, hazlo, haz lo que te salga del corazón. Cuando uno hace lo que realmente quiere, nada le puede salir mal.), unas palabras calientes cuando mi pene añoraba, allá, en esas frías alturas, una buena sesión de sexo.

Fue Rosario quien me indicó cómo llegar a la oficina de Jean Carlo, en Chorrillos. Ella conocía la zona, pues vivía en Chorrillos, a quince minutos en bus de la empresa de Jean Carlo. Ella todavía trabajaba para la consultora en la que nos conocimos, y desde allí me envió los whatsapps que me guiaron hacia la reunión en la que Jean Carlo me ofreció mil soles más de lo que me había ofrecido hacía unos meses.

Ese había sido mi periplo laboral hasta este día en que corregía los últimos gazapos en la traducción para Konrad, sentado cómodamente en este sillón que parecía de gerente, bebiendo un delicioso jugo de naranja, alejado, esperaba que para siempre, de esos ingenieros prepotentes, que ejercían la minería con la lengua y no con el cerebro, que pululaban y abundaban en Uchukchakua. Había hecho lo que realmente quería y no me había ido mal.   

Lima, jueves 22 de setiembre del 2016.


lunes, 5 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 10

“Gilbert: ¿Qué libro es? ¡Ah! Ya veo. Aún no lo he leído. ¿Está bien?
Ernest: Pues me he divertido hojeándolo mientras usted tocaba, y eso que, por norma,
me desagradan los libros modernos de memorias. Suelen estar escritos por personas que o
bien han perdido por completo la memoria o nunca han hecho nada digno de ser
recordado; lo cual, claro está, es la auténtica razón de su éxito, pues el público inglés suele
sentirse a gusto cuando le habla un mediocre.”

Diálogo entre Gilbert y Ernest, personajes de “La importancia de no hacer nada”, de Oscar Wilde.

Veía las cifras de la lectoría de El Solitario y me convencía de que ella no tendría ningún futuro en la literatura y yo ninguno como escritor. Era cierto que después de que Karina recomendó la lectura de El Solitario en su página de Facebook, el número de gente que hacía clic en sus capítulos aumentó de diez a sesenta, cantidad que resultaba, aun así, insuficiente para mis pretensiones. Los peruanos que hacían clic en la novela –porque el historial del blog no contaba lecturas sino clics- llegaban con las justas a treinta. Es decir, de los treinta millones de peruanos, solo el 0.0001 por ciento estaba enterado de la existencia de El Solitario. Ridículo. El resto de clics provenía de Estados Unidos, España, Colombia, Argentina, Francia y México, principalmente. Pero se trataba solamente de clics; no de lecturas.  

Los comentarios de Rosario eran ciertos: La novela era una mierda. El autor era incapaz de crear un texto hechizante. Sus historias, además de vulgares, eran predecibles y monótonas.

Las lapidarias estadísticas del blog me conminaban a truncar la novela, interrumpir su curso. Sin embargo, descubrí que escribir y publicar me era vital, tan vital como comer, respirar o cagar. Escribir El Solitario no era otra forma de comer o respirar sino más bien otra manera de cagar, de excretar todo lo que la vida me deparaba. Dejó de importarme que me leyeran o, más exactamente, que hicieran clic en la novela. Continuaría escribiéndola porque me daba la gana de hacerlo.

A diferencia del dormir, comer o excretar, el escribir era algo que no disfrutaba del todo. El desafío de llenar de letras una pantalla en blanco era extenuante. Y cuando, al fin, cogía la inspiración e iba llenando de negro la hoja en blanco, continuar suponía exponer mis más recónditas miserias, mis aficiones más asquerosas, esa vida que nunca se muestra y que permanece oculta por temor al qué dirán. No era fácil escribir aquello que nadie quería saber y aquello que yo prefería mantener en la oscuridad. Pero tenía que hacerlo. La orden provenía desde muy adentro de mí. Era más fácil cumplirla que rebelarme contra ella.

Corregí y publiqué el cuarto capítulo de la novela, aprovechando los últimos minutos libres del trabajo. La corrección se me prolongó hasta las seis y media. El proceso de corregir el texto tomaba casi tanto tiempo como el de escribirlo, incluso más. Venía corrigiendo el capítulo cuatro desde hacía varios días, en cada momento libre que tenía. La media hora tomada luego de las seis fue necesaria solo para enmendar y editar los dos últimos párrafos. De la realización de una buena corrección dependía la credibilidad de lo que se contaba en el texto. Si el lector no se enganchaba con lo que leía era porque la corrección había sido pésima. Entonces, si El Solitario andaba caído de lectoría era porque mi trabajo como escritor era lamentable.
  
Cuando terminé de colgar el texto en el blog, fui al baño y me puse la ropa de ciclista. Como le había perdido el miedo a manejar enteramente por las pistas, llegué a mi cuarto unos pocos minutos después de las ocho. Luego de bañarme y cambiarme, caminé hasta la cuadra tres de la avenida Tacna en busca de una reparadora ensalada de frutas. Entré al puesto más grande. La dueña del lugar, una señora entrada en carnes y de unos cuarenta años, no se daba abasto para atender a sus clientes ni a su hijo de unos cinco años que no paraba de pedirle una galleta. Me sirvió la ensalada media hora después de que la hube pedido. Comí despacio. Había llevado el libro de poemas selectos de Eguren. Repasé algunos de sus versos. Ninguno me conmovió. Era mi culpa. No tenía la sensibilidad necesaria para entender a un hombre de espíritu tan generoso como el de Eguren.

El miércoles 26 tuvimos una reunión con uno de los clientes de Jean Carlo. Fuimos a la oficina del cliente en San Isidro, en un edificio de veinte pisos. El lugar en el que se hallaba el edificio, junto con otras varias modernas torres, era conocido como el Centro Empresarial de Lima. La gente que circulaba por los alrededores era de piel blanca: gringos o pitucos. La poca gente de mi color estaba relegada a ocupar las escasas casetas que había en una que otra esquina y donde se expendían caramelos, galletas y gaseosas.

Mira, Jean Carlo, necesitamos firmar contigo un contrato de alquiler venta. Queremos que nos alquiles un ventilador a una cantidad razonable. Tras un período de seis meses evaluaremos cuánto te hemos venido pagando y a cuánto estamos de cubrir el precio del ventilador. Si lo hemos cubierto, entonces el ventilador pasa a ser de nuestra propiedad. El tipo que hablaba era un jovenzuelo altanero, de unos treinta y pico de años, delgado, de rostro adusto. Hablaba como desde encima de un pedestal. Sus solicitudes sonaban a mandatos. Si no aceptas, no podremos continuar negociando.

Jean Carlo no aceptó. El huevón no entiende que una cosa es alquilar y otra vender. Si yo alquilo es para ganar un margen por un equipo que se va a ir depreciando a mi costo, ¿no? Ese huevón quería que le regalara el ventilador. Es como si tú alquilaras tu casa y el que te la alquila te dice Daniel, en estos dos años te he venido pagando tanto y, si hacemos las matemáticas, he pagado el costo de la casa, así que a partir del próximo año la casa es mía. ¿Dónde se ha visto esa huevada?  

Abandonamos la oficina del cliente a las cuatro y llegamos a la nuestra dos horas después: El tráfico en Lima era una mierda. Mientras Jean Carlo condujo, yo chateé con mi esposa por el Messenger, una aplicación para celulares que permitía sostener conversaciones con los contactos del Facebook. Habíamos quedado en que, ni bien llegara a la oficina, saldría disparado hacia mi cuarto, me ducharía y tomaría un taxi para recogerlas a ella y a nuestra hija. Mi esposa quería que fuésemos a algún supermercado para que le comprase algunos víveres para la lonchera escolar de la bebe. Claro, le escribí. Dalo por hecho.

Caminamos por los pasillos del Metro de Alfonso Ugarte. Habíamos sentado a la bebe en el compartimiento superior del carrito metálico. Yo empujaba el carrito y mi esposa echaba galletas, pan integral, chocolates y jugos en su interior. Ella caminaba delante de mí. Había cierta coquetería en sus movimientos. Era obvio que quería llamar mi atención. La observaba de soslayo. ¿Qué tramaba? Si me estaba coqueteando, ¿dónde quedaba su pareja? ¿Se había peleado con ella? Me mostré impasible. Solo le ponía atención a los requerimientos de la bebe y a la música que despedían mis auriculares. Oye, Dani, me dijo en cierto momento, ¿cómo me ves? ¿Te parezco atractiva? Me gustaba su trasero y extrañaba besar sus tetas. Tenía una cintura definitivamente más fina de aquella que lucía cuando la conocí. Había sudado bastante grasa en sus clases de spinning. Sí, la hallaba muy atractiva. Pero no se lo dije. La miré y continué cantando sutilmente aquello que escuchaba por los audífonos. Ella encajó el desplante. Nos acercamos a la zona de carnes, pollos, quesos y salchichas. Metió tres cajas de hamburguesas en el carrito. Oye, le dije, ¿por qué pones tantas hamburguesas? ¿Acaso la bebe se va a comer todo eso? No me parecía creíble que, faltando tan pocos días para el fin de mes; es decir, para que le renueve el dinero para la compra de víveres, la bebe fuera capaz de acabarse tantas hamburguesas. Claro, Dani, la bebe se come todo eso. Nuestra gordita es bien glotona. Esa historia no me la tragaba. Y cómo sé yo que esas hamburguesas no se las van a comer tú o tu pareja. No, solo llévate una caja. Estoy seguro de que el resto de hamburguesas son para ti y tu chica y yo no estoy dispuesto a gastar mi plata para alimentarlas a ustedes. Ustedes viven juntas y son una pareja, así que si quieren comer, coman con su plata. La plata que gano es para mi hija, no para parásitos. Comprensiblemente, ella se alteró. Devolvió las hamburguesas y me dijo que ya no quería nada, que me fuera a la mierda, que era un tacaño insufrible. Que tu hija se muera de hambre, entonces. Agarró el carrito y lo empujó hacia la salida. No lo empujó con fuerza, por consideración a la bebe, pero lo empujó. Caminó hacia la puerta de salida. La llamé. La seguí. La sujeté del brazo y le ofrecí disculpas. Se repetía la misma historia de cuando vivíamos juntos. Pelea tras pelea, discusión tras discusión. Lo siento, fui demasiado desconsiderado. Vamos, compremos las hamburguesas. Tras un buen rato, conseguí convencerla.

Pagamos los víveres. Además de las hamburguesas, sacamos quesos y salchichas. Los ánimos de mi esposa estaban más calmados cuando nuestra bebe señaló el logo de Kentucky al pie de unas escaleras. Nos miramos. Sonreímos. La bebe era capaz de erradicar cualquier aspereza de entre nosotros y transportarnos hacia un lugar mejor. Se precipitó hacia las escaleras gritando papi, papi, vamos por las papitas. Compré unas alitas, unas piezas de pollo, una caja de papitas y unas gaseosas. La bebe devoró las papitas. Era adorable verla comer. La contemplaba con detenimiento, como si esos maravillosos momentos fueran a terminarse intempestivamente. Cogía una papita y empezaba a comérsela por una de las puntas. Mordisquito tras mordisquito llegaba hacia la mitad de la papita y, luego, tras lanzarle una rápida inspección, ¡pla!, la metía de un envión a la boca.

Si bien habíamos superado la escaramuza de las hamburguesas, yo dividía mi atención entre mi hija y la música de mis audífonos. Procuraba no dirigir la mirada hacia el lugar que ocupaba mi esposa. ¿Por qué lo hacía? Quizá era mi manera de demostrarle que había superado su compañía, que me era posible vivir solo y bien. La bebe terminó de comer y correteó por la pequeña sala del lugar. Estaba feliz; mi esposa, no. Si bien no estaba furiosa, como hacía un momento, sí estaba seria. Había dejado de sonreír. ¡Dios! Me sentí fatal. Las había recogido alegres y felices y, ahora, gracias a mis estupideces, había eclipsado sus ánimos. ¿No hubiera sido bonito tener a mi hija y  a mi esposa completamente contentas? Carajo, Daniel, no es tan difícil. Tú puedes hacerlo. Dejé de lado mi impostura. Le hablé a mi esposa. Le pregunté por su día, ¿cómo le había ido? Me respondió cortantemente. Tras un silencio, me increpó la actitud que había mostrado esa noche. Claro, seguro estás con otra. Pobre de ti que me entere que sales embarazando a alguien. Tú eres un idiota. Te he dicho que mi bebe no va a tener hermanastros. Y sabes qué, mejor me voy. Me enferma verte la cara. Se paró y llamó a la bebe. Vámonos, hijita. Luego, volviéndose a mí, rectificó: O mejor no, mejor quédate con la bebe para que después no digas que te la quito. Empezó a marcharse. La bebe se acercó a mí y me pidió que le comprara un pomito de burbujas de jabón. Ya, mamita, espérame, ¿sí? Entonces, de dos trancos, alcancé a mi esposa y la sujeté del brazo. ¿Qué quieres? Quédate con tu hija y pensando en tus mujeres. Me das asco. No, le dije, no es así. Yo te quiero mucho. Todavía te quiero un montón. Solo que actúo así porque trato de cubrir los celos que me nacen cuando te veo y pienso que ya no eres mi mujer, que es otra la persona la que te da amor, la que te besa. Sabes que eso es mentira, Daniel, replicó. No, no es mentira. Si fuera mentira, entonces no te diría que estás linda, hermosa. Es mentira, sostuvo, es mentira. Mentiroso. Te he preguntado cómo estaba y ni me miraste. La miré a los ojos. Su brazo no se resistió a mi sujeción. Tenía su atención. Ya la había convencido de quedarse. Solo faltaba asegurarme completamente de que creyera lo que le decía. Me acerqué. La bebe andaba a pocos metros de nosotros. El tiempo era vital. La salida se acababa y la bebe podía accidentarse con cualquier cosa si no concentrábamos nuestros sentidos en vigilarla. Te quiero, te quiero muchísimo, le dije. No lo dudes. Sabes que estoy trabajando para recuperarlas. Quiero recuperarlas, recuperar a mi familia. Esta separación me ha hecho valorar los momentos malos y buenos que hemos vivido juntos, pero, sobre todo, los ratos amargos, porque esos son los que me han ayudado a entenderte y quererte, valorarte. La besé. Nos besamos. Fue un beso lento, significativo. Hijita, ven, dije, luego de terminar el beso.  

Salimos con dos bolsas repletas de cositas para la lonchera de la bebe. Tomamos un taxi. Nos sentamos en el asiento posterior del vehículo. Todavía nos besamos un par de veces más. Antes de acercarnos a las zonas aledañas a su vecindario, cortamos los besos. Mi esposa miraba inquieta a través de las ventanas del vehículo. Yo suponía que no quería ser pillada por su pareja en sospechosos acercamientos conmigo.

Mi esposa abrió la puerta de metal de la casa. La bebe y yo nos dimos un beso. ¿Estás feliz, hijita?, le pregunté, mirándola a los ojos. Podía sentir su perfume de bebé. Sí, papi. Te amo mucho, le dije. Te amo mucho, papi, respondió. Las cortinas de la ventana del departamento, ubicado en el segundo piso de la casa, se abrieron. Apareció la pareja de mi esposa: Melina. Miró la escena. La bebe entró corriendo. Antes de subir el primer peldaño de la escalera gritó: Papi, ven, sube. Me dolió. Fue un flechazo amargo al corazón. Cómo explicarle a mi corazoncito que no podía subir con ella y su mamá. Cómo explicarle que ya no éramos la familia de antes, que ya no podía echarme junto a ella, en SU cama, para contarle cuentos, ver juntos un video, jugar con sus muñecas o, simplemente, echarnos a dormir, muy muy abrazados.

Melina pareció sentir las implicaciones del pedido de la bebe. Desde la ventana, me dijo: Si quieres sube un rato. Le agradecí, pero me abstuve. Entrar solo un rato, como si fuera una visita o un intruso, para luego retirarme, solo hubiera agrandado la pena que abrasaba mi corazón. Adiós, Daniel, gracias, dijo mi esposa, y subió tras la bebe.

Caminé hacia el paradero en Tingo María. No pude evitar que algunas lágrimas humedecieran mi recorrido.     
   

Lima, miércoles 21 de setiembre del 2016.

jueves, 10 de noviembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 9


El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:
Aunque le pese.
El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.

Nicanor Parra – Advertencia al lector

Llegué temprano al trabajo. Me lavé el pecho, la espalda, el cuello y la cara en el lavabo del baño. Me puse la ropa de oficinista y colgué el polo de bicicleteo en la varilla de aluminio de la ducha para que se evaporase mi sudor.

Abrí la laptop y revisé los correos del trabajo. Había uno de mi jefe. Daniel, por fa, quiero que te armes un procedimiento de medición de caudales de aire en minas y túneles. Pan comido, pensé. Tenía en la cabeza el esquema de lo que debería hacer. Tenía unos libros de ventilación de minas con cuya información podría complementar el armazón teórico que estaba dando vueltas en mi cabeza. Abrí el cajón donde guardaba los libros. Chucha, no estaban. Recordé que los había dejado en la casa de mi esposa. Cuando me mudé a Zepita olvidé llevarme esos textos. Llamé a mi jefe. Me dijo que el procedimiento era urgente. Le conté mi problema con los libros. Ir a Pueblo Libre, recoger los libros, y regresar a la oficina en Chorrillos constituiría una pérdida vital de tiempo. ¿Te parece si recojo los libros y trabajo el procedimiento desde mi casa? Te lo envío por correo apenas lo tenga listo. Me contestó que no había problema.

Llamé a mi esposa. Hacía unos días le habían robado el celular. Melina, su pareja, le había conseguido uno muy defectuoso, un modelo bastante antiguo. Nada, no entraba la llamada. Parecía que el celular estuviera apagado, o sin batería, o cagado. Le escribí al Facebook. Responde, responde. Una hora después, respondió. Le expliqué la situación. Por eso estoy saliendo ahorita para tu casa. Estaré en dos horas. ¿Vas a estar en ese tiempo o vas a salir? Que no me preocupara, me dijo. Que vaya, no más, añadió. Le expliqué dónde estaban los libros. Sí, sí los veía, ahí estaban. Perfecto. Entonces, te caigo en dos horas. Por fa, ten listos los libros para recogerlos e ir a mi cuarto con las mismas.

No me falló. Me esperó con los libros listos. Los recogí. Le pregunté por la bebe. Estaba en el cole. Estaba bien. Le dije que el miércoles las visitaría en la noche para invitarles algo. Me dijo que tuviera cuidado en el camino. No te preocupes, ya tengo dominadas las pistas, le dije. Cambié la emisora de la radio en el celular del trabajo. Era un celular Nokia, de esos antiguos, pequeños, con teclado de plástico. Había estado escuchando la emisora Oasis, Rock & Pop. Regresé a Doble Nueve. Puse el Nokia en el bolsillo derecho de la mochila. Comprobé que mi celular personal, un Azumi de pantalla táctil, estuviese bien metido en el otro bolsillo de la mochila, en el izquierdo. Ahí estaba. Me monté en la bici y partí.   

En ocho minutos, llegué a la avenida Alfonso Ugarte. El semáforo estaba en rojo. Esperé en la orilla de la vereda, junto a un nutrido grupo de viandantes. Cuando el semáforo cambió a verde, pedaleé suavemente para evitar arrollar a cualquiera de los estúpidos peatones que caminaban lentamente por el crucero peatonal.
Al llegar a la orilla de la vereda opuesta, golpeé, con la llanta delantera de la bicicleta, a un tipo de camisa a rayas que se cruzó en mi camino. El golpe fue más bien suave, pues pedaleaba con lentitud. Si bien fue él quien se cruzó con la llanta de mi bicicleta, fui yo quien le pidió encarecidas disculpas, pues me correspondía ir por la pista y no por el crucero peatonal. Fue la hidalguía que se me había inculcado desde pequeño la que me forzó a rendirle esas disculpas al tipo de camisa, quien, a su vez, me ofreció unas disculpas todavía más sentidas. No, amigo, discúlpame a mí, por favor, no vi tu bicicleta, me dijo. Enseguida, continuó con su camino, pero como si acabara de acordarse de que tenía algo muy urgente que hacer. Rápidamente, enfiló hacia la avenida Uruguay. A mitad de la pista, se le unió otro tipo de camisa. Ambos eran bajos, muy bajos, más bajos que yo. Se movían sospechosamente. Parecía que tramaban algo. Caminaron hacia Plaza Vea. Antes de pisar la acera de ese flanco del supermercado, uno de ellos, el que se había tropezado con mi bicicleta, volteó a mirarme. Era la mirada que te daba alguien que sabía que te acababa de cagar y esperaba que no te dieras cuenta. Entonces, dejé de pedalear. No había avanzado mucho desde el choque con el tipo de camisa. Todo ocurría muy rápido. Había permanecido en el mismo sitio, el pie derecho en el pedal correspondiente y el izquierdo en el suelo. Les vi bien la cara, el aspecto. Ambos eran de piel oscura. Uno era muy trigueño y el otro negro. Sus rostros no eran precisamente los de unos angelitos. Sentí el peligro. Sin saber muy bien por qué, o quizá sabiéndolo muy internamente, metí la mano en el bolsillo donde debía estar mi Azumi, mi celular personal, el caro, el que debía cuidar en todo momento. Chucha, la cagada, no estaba. El celular había desaparecido. En menos de un segundo, traté de hacer memoria: ¿Había puesto el celular en ese bolsillo de la mochila? ¿No lo habría dentro de la mochila? Revisé su interior. Estaba desesperado. En el Azumi, estaban todos mis contactos telefónicos, además de los videos sexuales que me había hecho con Rosario y el que grabé con Patty, una de las prostitutas más conocidas de la ciudad, en el que me mamaba la pichula durante minuto y medio hasta que terminaba en su boca. Nada: el Azumi había desaparecido. Entonces, se me ocurrió que el choque con el tipo trigueño no había sido del todo accidental. Por el contrario, la jugada había sido cuidadosamente planificada. Sin darle más vueltas al asunto, fui tras los tipos. Bajé de la bicicleta y corrí hacia ellos. Hice rodar la bici conmigo, sujetándola del timón. El negro se percató de que los seguía y aceleraron el paso. Cuando llegaron a la altura de los casilleros que el supermercado ponía a disposición de sus clientes para que guardasen sus mochilas o bolsas, se dividieron: el negro entró en el supermercado y el trigueño se quedó ahí, parado. Se tomó unos segundos para fingir que nada pasaba, que con él no era la cosa. Estiró su mano para girar la manecilla de uno de los casilleros. Fingió que guardaba algo en su interior. Di gracias al Cielo de que no se hubiera metido, como hizo su compinche, dentro del supermercado. Me detuve a su lado. Puesto que no tenía pruebas de que me hubiese robado el celular, no supe cómo iniciar el careo. Disculpe, dije, algo agitado por la corrida, cuando se tropezó con mi bicicleta, parece que se cayó mi celular. Lo tenía en la mochila hasta antes del choque. El tipo se volteó completamente. Quedamos frente a frente. Corroborado: era más bajo que yo. Su cara era la de un choro de alta peligrosidad. Tenía la nariz chueca, la frente pequeña y el pelo, aunque recortado, duro y grasiento. ¡Qué! ¡Oh, yo no sé nada, sano! ¡Yo no sé de qué estás hablando! ¡De qué celular hablas! Por esa voz, una voz de pandillero, de achorado, de ratero de barriada, confirmé que el tipo y su compinche no eran simples transeúntes. Esa voz me dejó todo claro. Las camisas, los pantalones de tela y los zapatos de oficinista no eran más que una fachada que empleaban para perpetrar sus hurtos en medio de la masa compacta de gente que transitaba desordenadamente por los cruceros peatonales. 

Insistí, esta vez con vehemencia, pues había confirmado que el tipo no era un simple e inocente peatón. Tú tienes mi celular. Clarito te vi cuando te lo llevaste, mentí. Tenía que mentir. Yo sabía que ese huevón, al fingir que tropezaba con mi bicicleta, se las había arreglado para sustraer el celular del bolsillo de mi mochila. Antes de que el tipo respondiera, apareció, detrás de mí, el negro de mierda. ¿Qué pasa, choche?, preguntó, con la misma voz de pandillero de su amigo. Su cara era todavía más peligrosa que la del trigueño. Llevaba una casaca doblada en el brazo. Los vi mejor: si bien estaban vestidos decentemente para despistar la atención de sus víctimas, sus camisas y sus pantalones lucían desgastados, sucios y grasientos. Viéndolos mejor, no cabía ninguna duda de que eran choros. Tú tienes mi celular, compare, dámelo, le dije al negro. Había elevado el tono de mi voz. Ahí estaba yo, desesperado, con una licra ajustadita y un ridículo casco en la cabeza, manteniendo la esperanza de que ese par de rateros me devolviera el celular. Yo no tengo nada, cuñao, qué tienes conchatumare, se defendió el negro. No bajé la guardia. Sus caras y voces azuzaban mi indignación. Yo sé que ustedes lo tienen. Yo los vi. Si no me lo devuelven, llamo a un tombo ahorita. A una cuadra de allí, se ubicaba la comisaría de Alfonso Ugarte. El trigueño se ablandó. Cedió. Choche, ¿éste es tu celular?, dijo. Había levantado el ruedo de su camisa para mostrarme, atrapado entre la piel de su tasajeado estómago y la tela de su gastado pantalón, un celular. No, le dije, ustedes saben de qué celular estoy hablando. Ya se cagaron, voy a llamar a un policía. El negro reaccionó. Tás huevón, tás huevón. Nosotros no tenemos nada. Mira, ve, dijo. Se llevó la mano al bolsillo de su camisa y a los de su pantalón. Estaban vacíos. ¿Y qué guardas ahí?, repliqué, señalando la casaca que llevaba doblada en el brazo. Se sorprendió, como si recién se diera cuenta de la existencia de esa prenda. Antes de que abriera la boca para decir alguna otra excusa, respondí mi propia pregunta: Tú tienes mi celular ahí, compare, y si no me lo das llamo a la policía ahorita mismo. Estaba furioso. Pocas veces había estado así en frente de otras personas. Solo cuando discutía con mi esposa, perdía los papeles. El negro descolgó la casaca de su brazo y, con un rápido giro de la mano, me alargó el Azumi. Toma, oe, sano, y vete, fuera, fuera de aquí, dijo. Yo no me fui. Ellos fueron los que huyeron del lugar. Caminaron rápido y desaparecieron. Me quedé ahí, parado, sintiendo, aliviado, el celular en la mano. Habíamos llegado al punto en el que la vida de una persona cabía en un celular y, muchas veces, dependía de él. Mi cita con Karina dependía del celular. El único medio por el cual podría coordinar su visita era a través del Azumi. Guardé el celular dentro de la mochila, muy adentro, escondido entre las páginas del libro que acababa de recoger. Manejé hasta mi cuarto. Llegué en dos minutos.

Pasé la tarde elaborando el procedimiento que Jean Carlo me había encargado. Lo terminé a las cinco. Lo envié. Usé la señal de internet de mi celular como punto de wifi. El truco me lo había enseñado Rosario. Caí en la cuenta de que si perdía el teléfono, mi vieja laptop se quedaba sin internet. Cuando me enfrentaba a los choros, uno de los temores que rondaba mi cabeza era que la oportunidad de tirar con Karina se iría a la mierda.

Faltaba algo para redondear el ambiente. El dinero para los vinos estaba listo. Los compraría con Karina, cuando la recogiera. Si los compraba con antelación, se calentarían. Los vinos tenían que estar heladitos. Faltaba la música. A Karina no le iba a gustar la música de mi celular. A ella la activaría el reggaetón. Por ello, en la ruta a mi cuarto, antes de que me topara con el trigueño y el negro, me detuve en una de las tiendas informales de la avenida Venezuela para comprar un disco con lo último del reggaetón. Tenía que estar lo más reciente de Ozuna, el negrito de ojos claros. Descargué el contenido del disco en la vieja laptop. Depuré el contenido. Mantuve las canciones que me gustaban, las que sabía que causarían el efecto deseado en Karina. De ciento veinte canciones, conservé veinte. Copié los archivos que quedaron en un USB. Hacía unos días, en El Hueco, había comprado una pequeña esfera que imitaba las funciones de las bolas de las discotecas, aquellas que giraban en el techo y esparcían una luz multicolor en forma de diminutos cuadraditos por pisos y paredes. La discoteca tenía que estar a oscuras para que la bola ofrezca sus mejores resultados. La esfera que había comprado era, al mismo tiempo, una radio. Captaba pésimamente las señales de las emisoras. Tenía, además, una ranura para entrada USB. Hice una prueba. Inserté el USB en la base de la esfera y prendí sus luces. Apagué la luz del cuarto. Perfecto: reggaetón, oscuridad y una luz bien pendeja.



Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=WAcnWtZjDWE

Me lavé los dientes. Me bañé. Me limpié exhaustivamente el pene. Cualquier mal olor podía arruinar la arrechura de Karina. Me vestí de negro. La ropa me quedaba bien. Estaba delgado. Valía la pena ir al trabajo en bicicleta, a pesar de que mi mamá, siempre que la visitaba, me reprendía: Te van a atropellar, Daniel. Tienes una hija, tienes que cuidarte por ella. Ay, Dios, no quiero ni imaginarme cuando los carros pasan volando cerca de ti.    

Debía asegurar que mi aliento estuviese fresco para cuando llegara Karina. Fui a la tienda de Nicolás de Piérola. Compré un jugo y una caja de chicles de menta. Al regresar al cuarto, pasé por Peñaloza. Vi a Jazmín. Su esplendoroso y exagerado trasero no me animó la pichula. Estaba enfocado en mi cita con Karina. Jazmín me vio. La saludé haciendo un gesto con la cabeza. Me hizo unas señas: Ven, ven. Quizá otro día.      

Veinte minutos después, whatsappeé a Karina. Estaba cerca. Habíamos quedado en encontrarnos en el Metro de Alfonso Ugarte. Bajé las escaleras y fui a su encuentro. Cuando estaba cruzando la avenida, a la altura de la Estación Quilca del Metropolitano, me llegó un mensaje de Karina: Danny, ya llegué. Estoy por donde venden choripán. Mucha gente, cuando apocopaba mi nombre, solía escribirlo como Karina lo acababa de hacer: Danny. Me jodía que lo escribieran así. Yo no era un Danny, así con doble ene y una i griega al final. Ese Danny era nombre de gringo o de rosquete. Yo no era gringo por ningún lado; era más cholo que Manco Cápac. ¿Era rosquete? Eso no lo sabía muy bien. Si bien tiraba con uno u otro cabro, éstos solían tener el cuerpo y la cara de una mujer. No podría acostarme con un hombre cuyo aspecto físico fuese el de un hombre. Eso me resultaba repugnante. Pero lo respetaba en quienes aquello resultaba placentero. Yo apocopaba mi nombre con una ene y una i latina. Llego en un minuto, le escribí.  

Nos abrazamos muy fuerte cuando nos vimos. Había pasado poco más de un año desde la última vez que salimos. Yo había llegado de la mina y ella me había recibido en un hotel de Los Olivos. Pagó la habitación más costosa, una que quedaba en el piso once de ese hotel, el cual había inaugurado sus instalaciones hacía unos pocos días. Todo estaba nuevo. Todo olía a nuevo. Había un jacuzzi en el cuarto y la cama era roja y redonda. Lo primero que hice al estar a solas con Karina fue lamerle las tetas. Las tenía enormes y flácidas. Así me gustaban, porque se dejaban amasar como plastilina. Me había mandado una foto sugerente de sus senos días antes de mi bajada a Lima. La leche se me había ido acumulando desde entonces.

Caminamos por la vereda hasta la cuadra ocho de Alfonso Ugarte. A la altura de la Estación Quilca, cruzamos la avenida. Karina me había advertido que iría vestida con un buzo: Para estar más cómoda, me había escrito. Estaba más delgada que esa última vez en el hotel recién inaugurado. Venía del gimnasio que frecuentaba en Los Olivos. Había hecho una rutina de flexiones y sentadillas, se había bañado, se había echado el buzo encima y, en la Panamericana, había tomado un bus hasta Metro. Seguimos caminando por la cuadra ocho, por el Hospital San Bartolomé. Caminamos hasta la Plaza Dos de Mayo y tomamos Nicolás de Piérola. Llegamos a la tienda donde compraba mis chelas y mis vinos. Pedí dos vinos. Bien helados, por favor. Karina, luego de revisar las vitrinas, se animó por unos chifles. Buena idea, pensé. Pedí un paquetito de maní salado. Ah, joven, disculpe, ¿podría descorchar a medias las dos botellas, por favor? Metí los vinos en la mochila que había llevado. El objetivo de la mochila era encubrir la mercadería, y no tanto facilitar su transporte. Jaime, el tipo que me arrendaba el cuarto, era dueño de una bodega que se ubicaba en la acera opuesta a la de la casona donde yo vivía. Desde esa ubicación, y siempre que salía a curiosear al portal de su tienda, era capaz de ver directamente a sus inquilinos entrando en la casona o saliendo de ella. Si me viera llegando con los vinos, pensaba yo, podría ofenderse conmigo, pues le quedaría clarísimo que recurrí a otro establecimiento, y no al suyo, para proveerme de alcohol o de lo que fuera que se me hubiera antojado. Una sola vez le compré cosas. Fue cuando mi primer día en Zepita. Le compré shampoo, jabón y desodorante. Me cobró demasiado caro. Al precio regular de cada producto le aumentó cincuenta céntimos o un sol. No le dije nada. Simplemente, decidí no volver a comprarle.

Doblamos en Peñaloza, a la derecha. Los cabros ofrecían sus culos a los varones que discurrían por la zona. Karina ató cabos. ¿Entonces todo lo que cuentas en tu novela es cierto?, preguntó. Claro, contesté. No tengo nada de imaginación. No soy capaz de inventar nada. Lo que cuento ahí es el fiel reflejo de toda mi triste y solitaria vida. Karina se rio: Cómo hablas, oye.  Antes de cruzar Zepita, me fijé si Jaime estaba parado en el portal de su bodega. No temía que me viera con los vinos, pues los llevaba escondidos en la mochila. Temía que me viera entrando en la casona con Karina; es decir, que me viera entrando con una mujer que no era la que solía llevar, Rosario, a quien se había acostumbrado a ver y de quien se figuraba era mi enamorada. Si me veía entrar con Karina, Jaime podría pensar, con razón y fundamento, que su inquilino era un pervertido, un depravado, un mujeriego, un sicalíptico; o sea, alguien indigno de habitar esa respetable casona. Y no quería ser desalojado del cuarto de Zepita. No todavía. Las aventuras del solitario recién empezaban. 

El portal de la bodega de Jaime estaba desierto. Por la acera, dos tipos caminaban en direcciones opuestas. Vamos, le dije a Karina, hay que cruzar. Cruzamos. Abrí rápidamente las dos pesadas puertas de metal de la casona y nos precipitamos hacia adentro, como si acabásemos de cometer un crimen y estuviésemos huyendo de la policía. Karina no entendió la vertiginosidad de mi proceder. Lo noté en la expresión de su rostro. Sin embargo, fue lo suficientemente discreta como para no preguntarme nada. Subimos las escaleras. Inserté la llave en la cerradura de la puerta del cuarto y abrí. Antes de salir al encuentro de Karina, dejé el ambiente del cuarto preparado: la luz apagada, el reggaetón del USB en la esfera y ésta desperdigando sus cuadraditos multicolores por todas las paredes. Sorpresa, exclamé. ¿Cuál sorpresa?, me pregunté a mí mismo: ¿Un cuarto oscuro con una estúpida bolita emitiendo luz multicolor? ¿Era eso una sorpresa? Me sentí estúpido. ¿Qué es eso?, dijo ella, acercándose a la esfera. ¿Dónde conseguiste esa huevada?, preguntó, riéndose. Ah, en El hueco, dije, ya sin muchos ánimos. Luego, juzgó las dimensiones de la habitación: Tu cuarto es bastante chiquito. A modo de excusa, dije que, para un hombre solo como yo, estaba bien. Siéntate, por favor, le dije, ofreciéndole la única silla del cuarto, mi pequeña silla azul plegable. Saqué los vinos de la mochila y les quité el corcho. Karina, aquí no tengo vasos ni pienso comprarlos. Lavarlos y cuidarlos sería demasiado. Así que tomaremos de pico. Toma, le alcancé una botella: Una para ti y una para mí. Me senté en el suelo. Apoyé mi espalda contra una de las paredes. Empezamos a beber.

Le pedí que me contara las novedades del barrio y de su vida. Cuéntame de tus aventuras, Karina. Sé que nunca estás sola. A qué chico estás haciendo sufrir esta vez. Yo no tenía nada que contar. Toda mi vida estaba en el web, a disposición de quien quisiera perder su tiempo enterándose de ella. Karina había leído El solitario, así que ya estaba debidamente informada de mis andanzas.

Karina era de las poquísimas mujeres que tiraba trago sin ningún tipo de comedimiento. Eso me gustaba. No había que estar pidiéndole que tome. Ella tomaba y, muchas veces, me sacaba ventaja.

¿Te acuerdas de Mark?, me preguntó, en un punto de la conversación en el que hablaba de los personajes de su barrio, barrio que hacía nueve años había dejado de ser mío. Nuestras botellas andaban por la mitad. La chupadera estaba pareja y era más que evidente que las dos botellas iban a quedar chicas. No, no me acordaba. En mis recuerdos, estaban muy claros los nombres y rostros de todos los chicos con los que había crecido, con los que jugué fulbito, ya fuera en las tardes, durante el tiempo de colegio, o en las mañanas, cuando las vacaciones de enero, febrero y marzo. No me acordaba de ningún Mark. Mark, pues, el hermano de Hansel. Claro que me acordaba de Hansel, fue parte de la muchachada con la que crecí, un tipo malísimo para el fulbito. Cuando jugaba, era escogido al final y, en algunas ocasiones, se quedaba mirando el desarrollo del partido, pues ningún equipo lo quería en sus alineaciones. Mark es su hermano, pues. Bueno, cuando te fuiste del barrio, Mark tendría nueve o diez años. Recordé vagamente al hermanito de Hansel, un chibolo flaquito que correteaba, las rodillas siempre sucias y el polo manchado, con otro grupo de chiquillos como él, por las calles del barrio. Esa generación de chibolos, no resultó ser pelotera como la mía. Era la primera generación del barrio que empezaba a engancharse con cosas como la televisión por cable o el internet. Algo me acuerdo, dije. ¿Qué fue con él?, pregunté. Bebí otro poco de vino de la botella. Por la mirada de Karina, parecía venirse una historia muy redituable. Me lo levanté, dijo, un brillo rojizo se apoderó de sus ojos, como si de pronto, su mirada se hubiera convertido en una extensión de la esferita que no paraba de arrojar su luz multicolor. ¿Te levantaste al chibolito? No jodas, ¿en serio? Bebió otro poco más de vino. Había capturado mi atención, y lo sabía. Se tomó su tiempo antes de continuar. Definitivamente, las dos botellas iban a quedar chicas. No, pues, ya no es el chibolito de antes; ahora tiene diecinueve años y ya está en la universidad. ¿En la universidad? Cómo pasaba el tiempo. Todo el mundo evolucionaba, progresaba, y el único que seguía cagado era yo. Tenía que saber cómo chucha se había levantado al chibolo. Hasta donde yo sabía, Karina tenía o tuvo algo con Hansel, pero ¿con su hermanito? ¿Cómo así? ¿Con Hansel? No, nunca. Él siempre ha querido estar conmigo. Bueno, antes. Ahora ha aceptado que solo somos patas. Hansel es uno de mis mejores amigos. ¿Hansel no estaba trabajando en Chile? Sí, pero regresó hace unos meses. Está haciendo sus papeles para irse a Estados Unidos para estar con su hijito que está allá. ¿Y qué está haciendo mientras tanto? Ahorita se ha alejado del alcohol y las fiestas. Paraba tomando todos los días. Sus inquilinos empezaron a quejarse. En las mañanas, luego de haber hecho bulla y chupado toda la madrugada, salía a comprar más trago. La mamá de Hansel, con esfuerzo y a través de los años, había hecho de su casa una especie de castillo, una construcción de cuatro pisos en los que proliferaban habitaciones que iba arrendando velozmente luego de haberlas amoblado. Apenas llegó a Lima, se la pasó organizando chupetas en su cuarto. Su mamá le había hecho un cuartazo en la casa. Era su búnker. Había hasta un jacuzzi en ese búnker. ¿Y a ti no te invitaba al búnker? ¿No ibas? Sí, yo también iba. Así conocí a Mark; o sea, en una de esas me di cuenta que el chibolo había crecido, que ya no estaba tan chibolo, que estaba como para levantarlo. Pero, ¿cómo así, de conocerlo, terminaste tirando con él? Cierto día, Hansel reunió a algunos de sus amigos. Compró whisky, cerveza y hielo. Karina, como siempre, estuvo invitada. También asistió un chico que quería tener una relación formalmente amorosa con Karina. Todo el mundo sabía que ese chico estaba templado de Karina, incluso la propia Karina. El pata era lindo y, sí, me gustaba. Pero Hansel la cagó. Cuando se acabó el trago, a eso de las siete de la mañana, salieron a la tienda, a cualquiera que estuviera abierta, a buscar más. Karina permaneció en el cuarto de Hansel, esperando. Cuando Hansel y el chico regresaron, con otra botella de whisky, algo había cambiado en el trato que este último le dispensaba a Karina. El idiota de Hansel le había dicho que yo era una tal por cual y que no debía enamorarse de mí. ¿Y por qué crees que hizo eso? Por celoso, seguro. El chico se alejó de Karina. Ella, en lugar de lloriquear o patalear, preparó su venganza. No tuvo que transcurrir demasiado tiempo para llevarla a cabo. Fue Mark quien dio el primer paso. La invitó a salir. Me parecía lindo el chibolo. Su mamá le regaló un carro cuando ingresó a la universidad. Me sacaba a pasear. Incluso me llevaba a conocer su universidad, la UPC. Él era muy respetuoso. Me hacía acordar a ti: todo formalito e intelectual. ¿Y Hansel no sabía que salías con él? No, él ni se enteraba. Mark tampoco quería que su hermano se enterara. ¿Y cómo pasaron de ser amiguitos a tirar como salvajes? Bebió más vino. Yo también. Las botellas estaban al borde de la extinción. Un día fuimos a una discoteca. Pagó un box para los dos. Había mucho trago. Yo tomé más que él. Cuando ya estuve muy mareada, todo lindo y preocupado por mí, me dijo para ir a un lugar más tranquilo para descansar. Y atracaste, seguro, ¿no? Me llevó a un hotel. Él no estaba tan mareado, así que manejó bien. ¿Y qué tal lo tiene? ¿Te defraudó o no? Cumplió. Cumplió bien, dijo, haciendo un gesto con la boca, como dando entender que la cosa estuvo ahí, no más. La historia se ponía interesante. ¿Y sigues saliendo con Mark? Karina iba a continuar con su relato. La detuve. Faltaba trago. Le dije que compraría un vinito más. Lo tomaríamos entre los dos. Sería el último, se lo prometía. No hay problema, Dani, compra, no más. Además, al día siguiente, qué decía al día siguiente, dentro de unas horas, tendría que ir a trabajar, y en bicicleta, encima. Tenía que estar con mis cinco sentidos bien aguzados. ¿Era verdad que iba en bicicleta al trabajo? Sí, mira, ahí está mi casco. En unas horas, me vas a ver con mi ropa de ciclista.

Afortunadamente, la tienda de Nicolás de Piérola todavía estaba abierta. Compré un vino más. Sí, helado, por favor. ¿Puede abrir el corcho a la mitad? Gracias, joven. Regresé corriendo.

Karina acercó su silla unos centímetros hacía mí para pasarnos cómodamente la botella. Todavía sigo saliendo con Mark. O sea, no ahora. Hace unos días que no le hablo. Se estaba poniendo muy controlador. Yo le expliqué que lo nuestro era solo una ilusión. O sea, imagínate, Dani: él tiene diecinueve y yo…, bueno, ya tú sabes cuánto tengo. Karina era mayor que yo por dos años. A Mark lo veo como a un chiquillo. Cuando salgo con él, trato de disfrutar del momento, pero no me veo llevando una relación formal. Él me dice que me ama y que está enamorado de mí, y que si su familia se opone a nuestra relación, él se mantendrá firme. Es un chibolo, pues. No tiene idea de las cosas.

El papá de Karina había fallecido hacía unos meses, meses que significaron un gran dolor para ella. El señor había dejado varias propiedades en alquiler así como varios negocios rentables. Karina se hizo cargo de ellos. Además, era ahora dueña absoluta del primer piso de la casa de Los Olivos. Me invitaba a pasar una noche por allá. Puede ser un viernes, le dije. Así dormimos tranquilitos hasta el sábado.

El licor había cambiado el brillo de los ojos de Karina. Estaba feliz. Hay que bailar, me dijo. Se paró. Me paré. Pegamos nuestros cuerpos y bailamos el reggaetón que sonaba por tercera o cuarta vez en esa noche: Hasta el amanecer, de Nicky Jam. Puso una mano en mi cintura. Estás flaco, me dijo. Y tú no has perdido el encanto en esas tetas, repliqué.


Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=kkx-7fsiWgg


El vino se acabó y decidimos que ya había estado bueno, que era hora de dormir. Era la una y tantos de la mañana. Casi las dos. Acomodé las botellas debajo de la mesita. Recordé que debía desaparecerlas al día siguiente, pues si Rosario las llegaba a ver iniciaría una retahíla de celosas y odiosas preguntas. Tiré el colchón de aire en el suelo y, de la parte superior de mi armario de tela, bajé los dos cojines azules y la colcha celeste. Me quité el pantalón, el polo, y las medias. Karina se quitó el buzo. Debajo traía un polo ceñido y su calzón. Se echó hacia la pared. Yo me acomodé a su diestra. La cama era inmensa, podían entrar dos personas más, quizá tres. Nos cubrimos con la colcha. Me quedé privado a los pocos segundos. El vino me había adormecido.

Algo sucedió con el Azumi, porque no me despertó a las seis de la mañana como estaba programado. O si lo hizo, yo, sonámbulo, silencié su alarma. Lo cierto fue que, cuando desperté, Karina estaba sentada al borde del colchón, poniéndose las medias. ¿Qué fue? ¿Qué hora es?, pregunté, alarmado. Cogí el Azumi. Vi la hora. Chucha, las ocho. Ya debería estar en la chamba. ¿Qué fue? ¿Te estás yendo? Sí, ya se iba. Tenía que hacer unas diligencias en casa. Se paró. Cogió su casaca y su pantalón. Se los iba a poner. Sus tetas grandotas se traslucían a través de su ajustado polo. El calzón no era un calzón común y corriente; era un hilo. Recién me daba cuenta. Se me paró la pichula. ¿No me la había tirado en toda la madrugada? Solo recordaba que nos acostamos y dormimos como si fuésemos hermanos. Ah, no, carajo, de ningún modo podía irse de mi cuarto sin antes haber pasado por caja, mucho menos si ya estaba perdido ese día de trabajo. Si no iba a ir a la oficina, tenía que otorgarme un buen motivo. Me paré y me puse a su lado. La besé. Me correspondió. La forcé hacia el colchón. Caímos juntos. ¿Qué haces, loco? Nos seguimos besando. Entreveramos nuestras lenguas. Había comprado unos condones para la ocasión, pero, en medio de esa arrechura mañanera, decidí no usarlos. Mientras mi lengua ensalivaba la boca de Karina, mis manos le quitaban el polo con presteza. Aparecieron esas tetas grandotas y no tan firmes, pero ricas. Uno podía sadiquearse a gusto con esas tetas. Sus pezones eran grandes, aunque no tan grandes como los de mi esposa. Igual les metí su mordida. Con una sola mano, me desprendí del bóxer, sin dejar de chupar esos pezones. Ella, al percibir mi accionar, se despojó de su hilo, también con una sola mano. Cuando terminó de quitarse el calzón, me arrodillé, con la finalidad de lanzar mi boca hacia su vagina. Mi pichula, paradaza y babeando semen, quedó a la altura de la cara de Karina. Ella la cogió y, ¡plaj!, se la metió a la boca. Fue delicioso. Que te la chupara una chica un lunes era fantástico, pero que te la chupara otra el martes era todavía mejor. Era una de las ventajas de estar solo, de vivir solo en un cuarto de mierda. No tenía que rendirle cuentas a nadie. Dejé que me la chupara un buen rato. Lo hacía muy bien. Busqué su vagina. Se la lamí. No despedía ningún olor. Perfecto. Se la lamí un buen rato mientras no dejaba de chuparme el pene.  

Karina buscó la manera de venirse. Me pidió que no dejará de metérsela, que no dejara de bombear. Yo estaba encima de ella, en la consabida posición del misionero. Juntó sus piernas, como aprisionándome la pichula. Con el índice, se frotó el clítoris. No pares, no pares, me decía. Ya me estaba cansando. Iba a parar. Pero me entusiasmaba la idea de que estaba contribuyendo, cosa rara, a proveerle un orgasmo a una mujer. Lo común era que ninguna chica alcanzara el clímax conmigo. Al poco rato, se vino. La satisfacción reflejada en su rostro era evidente. Me tendí de espaldas y empecé a chuparle las tetas. Al mismo tiempo, comencé a masturbarme. Era mi forma favorita de venirme. Ven, ven, amor, tómate mi semen, le dije, sintiendo que la carga lechosa se abría paso a través de los conductos seminales. Se arrodilló cerca de mis piernas y bebió todito lo que salió de mi pene.  

Unos minutos después, Karina empezó a vestirse. La observé. No tenía pensado ir al trabajo. Se me ocurriría alguna excusa. Lo más razonable era continuar con mi sueño, recuperar las fuerzas que se me habían perdido durante la eyaculación y el extenuante bombeo que tuve que realizar para que mi amiga tuviese su orgasmo. Me gustó caminar por las calles de tu nuevo barrio, Dani, me dijo. Es como una aventura de otro mundo. No conocía Lima a estas horas ni por estas calles. Le dije que vivir en Zepita tenía sus ventajas. En realidad, no tenía ninguna.   

¿Crees que puedas dejarme en mi paradero?, preguntó. No me acuerdo cómo llegar. La cagada. Y yo que quería seguir durmiendo. En serio, ¿no te acuerdas cómo llegamos hasta aquí? Tu paradero está acá, no más, a unos cuantos pasos, en Alfonso Ugarte. No, no se acordaba. No hay problema, te acompaño. Mis medias estaban sobre mis zapatillas de manejo, unas voluminosas Adidas que mi hermano había usado por mucho tiempo. Me las intercambió por unas Nike bambas, pero nuevas, que compré en El Hueco. Me calcé una media. Me puse la otra. Karina estaba casi vestida. La pasé bien, Dani. Ahora me tienes que devolver la visita. Sí, había estado genial el cache. No me podía quejar.

Lo pensé mejor: se me ocurrió que todavía podía ir al trabajo. Faltaban diez minutos para las nueve. Si empezaba a pedalear a las nueve en punto, llegaría al trabajo algunos minutos antes de las once. Algo se me ocurriría para explicar mi ausencia de tres horas. Entonces, animado ya, en lugar de colocarme el pantalón, me puse el short de ciclismo, el polo negro de mangas largas y las voluminosas Adidas. Te ves rico con ese shorcito, dijo Karina. Gracias, amor, le dije, dándole un pico en la boca. ¿Entonces sí vas al trabajo?, preguntó. Claro, contesté, para que veas que soy un pata responsable. Coloqué los audífonos en el Nokia del trabajo y sintonicé Doble Nueve. Me puse el casco. Bajamos las escaleras. Me ayudó a sacar la bicicleta. Caminamos por Zepita y doblamos en Cañete, a la derecha, para coger Alfonso Ugarte. La acompañé una cuadra, hasta la esquina del hospital San Bartolomé. Hasta aquí llego, Karina, discúlpame un montón, pero tengo que irme volando, le dije. Unté mis palabras con un tono lastimero, para que me tomara por un tipo cortés. Sí, Dani, no te preocupes, aquí está bien. Acá, no más, está mi paradero.    

Tomé Chota, ese jirón medio fracturado, y continué a lo largo de toda su longitud, cruzando Quilca, Dávalos Lisson, Ilo, Uruguay, Bolivia, España, torciendo a la izquierda para montarme en la acera de 9 de Diciembre hasta coger Washington, manejando también por su vereda. Crucé 28 de Julio y continué por la Arequipa. A pesar de sabía que llegaría con casi tres horas de retraso al trabajo, me sentía pletórico, lleno de poder. Tirar con una mujer distinta de aquella con la que sueles tirar me aceleró el pulso, hizo que el corazón me  bombeara la sangre con rotundidad y mis ideas fueran mucho más claras y abundantes. La imagen de Karina chapando mi pene con fruición y llevándoselo a la boca con avidez me revitalizaba hacía que mis pedaleos fueran más vigorosos. Ella deseaba mi pene, deseaba mi pene, pensaba. Está templada de mi pichula, templada de mi pichula, me repetía.      

En la Arequipa, manejé por la ciclovía. Luego de quince minutos, estuve cerca del cruce con Javier Prado. Si no me hubiera sentido como me sentía en ese momento, el ego al máximo, la pinga acabadita de ser chupada, y bien chupada, hubiera realizado la misma morosa y temerosa maniobra: desviarme hacia Arenales y cruzar la Javier Prado por el crucero peatonal, junto con el pelotón de oficinistas derrotados que acudían, legañosos, a sus trabajos. Pero ese día era diferente. Karina me había dicho que estaba rico. Me había chupado la pinga con frenesí. Rosario también lo hacía. Había aprendido a dar buenas mamadas. Karina no había tenido que aprender, ya sabía cómo chupar una pinga. El hecho, sin embargo, no era quién la chupaba mejor. El asunto se trataba de lo delicioso que era tirar con una mujer distinta de tanto en tanto: un día, Rosario; el siguiente, Karina. Estaba exultante. Ese día, sobre la bicicleta, me sentía indestructible, ningún auto representaba ya desafío alguno. Me sucedió lo que al Quijote, pero en sentido inverso: no vi más a los autos como veloces y arrolladores gigantes sino como si fueran parte de un manso rebaño de ovejas.

Vigorizado, febricitante, el ego por las nubes, salí de la ciclovía, que terminaba a cien metros del cruce, y continué el recorrido por la pista, rumbo al bypass del puente Eduardo Villarán Freire. Como medida de seguridad, a pesar de que había visto a docenas de ciclistas cruzar la Javier Prado por ese bypass, había jurado no usar jamás esa vía y, lento pero seguro, cruzar por Arenales a través del crucero peatonal.  

Estuve a cincuenta metros del bypass, el primer bypass que se construyó en el Perú. El dictador Odría lo inauguró un veinte de julio de 1955, subido en un Cadillac Fleetwood de 1953. Yo montaba una Goliat del 2016.  

Aún pude torcer el timón a la derecha y abortar esa arriesgada empresa, cuando Mister Fantasy soltó Not My Girl, de Tokyo Police Club. Esa canción refrescó y refrendó mi rebeldía. Me metí al bypass. El viento golpeaba mi cara a medida que descendía y la bicicleta adquiría una velocidad que jamás había podido darle. Los carros pasaban raudos por mi lado, pero respetándome, respetando la integridad física del huevón que acababa de meterse al bypass para ahorrarse varios minutos de tráfico. Cuando salí del otro lado, no lo podía creer. Me había vuelto a hacer hombre. Había vencido al miedo y a la muerte por no sé qué número de vez en mi vida. Tomé la ciclovía de ese tramo sanisidrino de la Arequipa y continué manejando. Como premio a mi valentía, Mister Fantasy se mandó con Casual Party, de Band of Horses, y Bad Decisions, de Two Door Cinema Club. Era un buen día. Era tan buen día que había olvidado por completo que llegaría con tres horas de retraso al trabajo.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=DpBNWWcJIRs


Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=vV99ErubyMI



Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CJ8_alfIHYI


Afortunadamente, Jean Carlo no estaba en la oficina. Me jodía tener que echarle la culpa a mi bicicleta, pues ésta me había resultado buena, pero no me quedó más alternativa que decirle a Patricia que el motivo de mi retraso se debió a que la bici había sufrido un serio desperfecto. Tuve que llevarla a un taller para que la repararan. Y como los talleres no abren tan temprano, tuve que esperar a que abriera uno, dije. Ah, ya, me dijo. Tienes suerte, Jean Carlo no ha venido. Patricia no era mi jefa ni yo tenía por qué darle explicaciones, pero me pareció razonable comentarle mi demora de tres horas. Fui al baño, me lavé y me puse la ropa de oficina. Al salir, saludé a Victorio Marcelo, gerente de ventas de la empresa. Victorio guardaba un parecido físico con el ex presidente Alejandro Toledo. Victorio, según me contó, había sido un gran borracho, tanto o más que el ex presidente Toledo. Rosario y yo, cuando hablábamos de mi chamba, nos referíamos a Victorio como Toledo: ¿Y vendió algo Toledo?, me preguntaba ella. Sí, hoy vendió dos ventiladores. No sé cómo hace, porque el huevón habla atropelladamente, masticando las palabras, pero míralo cómo vende. Es una máquina, le decía. A Toledo le repetí mi excusa. No me prestó mucha atención. Se metió al kitchenet y se preparó un café.

Me senté en mi escritorio. Prendí la laptop. Revisé mi celular. Había unos mensajes en el whatsapp que había visto desde que me fijé la hora al despertarme, antes de tirar con Karina. Los había visto, pero no los había revisado. Los abrí. Eran de Rosario. No solo había mensajes, también había llamadas perdidas. Eran de Rosario. La llamé. Estaba llorando. ¿Qué has hecho, Daniel? ¿Con quién has estado? Chucha, y esta huevona cómo sabe que he estado con otra. Nada, me desperté tarde, eso es todo, le dije. Era verdad. No toda la verdad, pero una parte. Pero te he estado llamando desde temprano, ¿por qué no me respondías? Dime la verdad, no me mientas, seguro has salido, ¿no? Has estado con alguien, ¿no?  Varios minutos estuvo haciéndome la misma pregunta: Has estado con alguien, ¿no? Insistió tanto que finalmente cedí. , le dije, estuve con una mujer. ¿Quién es, quién es?, intensificó su llanto. ¿Por qué me haces esto, Daniel? Yo te amo. No es justo. Nada era justo en esta vida. No puedo contarte. Ya te vas a enterar cuando lo escriba en la novela, le dije. Tú y tu novela de mierda. Tu novela es una mierda. Está escrita con los pies. Te odio, te odio. Siempre me haces sufrir. Tenía razón. ¿Quién es esa mujer? Dime, dime, por favor, si alguna vez me has querido siquiera un poquito, tienes que decirme. No le dije nada. Continuó llorando. No era justo que llorara de ese modo, mucho menos por alguien que valía tan poco como yo, un mujeriego cacha cabros que merecía, no su amor, pero, sí, su desprecio. No merecía todo lo que había hecho por mí: pagarme comidas, comprarme cosas, sacarme al cine. Cansada de suplicar, colgó el teléfono.
   

Lima, lunes 19 de setiembre del 2016.

domingo, 23 de octubre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 8

Eran las seis y media de la mañana del sábado. A mi lado, reposaba el cuerpo desnudo de Rosario. La luz que llegaba desde el pasillo iluminaba tenuemente la habitación. Miré al techo. Repasé las actividades que debía cumplir en el día. Suponía que al vivir solo sería dueño de mis tiempos y de mis movimientos. Pero no: las responsabilidades crecían, y el tiempo para ocuparse de ellas era cada vez más escaso.

El día empezaría con una reunión en San Isidro a las nueve de la mañana. Debía bañarme ya mismo, pero me concedí unos minutos más de relajo. Pegué mi cuerpo al de Rosario. Encajé mi pene en su vagina y empecé a moverme. Era rico comenzar el día de esa manera.

Vistiendo un pantalón plomo de tela y una camisa oscura de rayas grises, tomé un taxi en Wilson. Las bicicleteadas diarias al trabajo me ahorraban una cantidad estimable de dinero. Podía permitirme, entonces, tomar un taxi en ciertas ocasiones. Rosario tomó su colectivo a Chorrillos en el jirón Inclán.

La reunión la había pedido el gerente de una consultora que nos había encargado, a mi hermano y a mí, un estudio de ventilación. Su oficina estaba en el cuarto piso de un viejo edificio sanisidrino. El gerente, un hombre de muy avanzada edad, elogió nuestro trabajo y nos pidió, como única observación, modificar las codificaciones de los planos que mi hermano había diseñado. Antes del  término de la reunión, el gerente nos comentó que se vendría un proyecto en el que pensaba contar nuevamente con nuestros. Yo les estaré avisando apenas ganemos el proyecto. Nos despidió con un apretón de manos. Le calculé unos ochenta años. Caminaba con la ayuda de un bastón. Era excelente que, gracias al trabajo que había hecho principalmente mi hermano, nos hubiéramos ganado la confianza de ese gerente, pero ¿qué tanto podía durar esta nueva relación comercial si teníamos en cuenta que ella dependía básicamente de la longitud de la vida del gerente? Rogué a Dios porque le diera un par de décadas más de vida.

Cerca del edificio, había un mini market. Mi hermano y yo compramos un jugo de naranja y un par de triples de pollo. Lo volví a felicitar por la calidad del informe y los planos que había hecho. La mejor publicidad para nuestra empresa era el propio trabajo que les entregábamos a los clientes.   

Nos despedimos en Javier Prado. Mi hermano tomó una combi al Callao, a su casa. Yo caminé hasta la Arequipa y tomé una de las unidades del bus azul, la cual, afortunadamente y por la hora y el día, iba vacía. Media hora después, al llegar al cuarto, saqué una bolsa con ropa sucia. La llevé a la lavandería. Jessica la pesó y me dijo que eran cinco soles cincuenta. Le entregué el recibo del envío anterior y me entregó una bolsa con ropa limpia. Nos vemos el próximo sábado, le dije. Caminé de regreso al cuarto. Eran apenas unos cincuenta pasos. Iba de negro: pantalón pitillo de drill y polo ceñido de veinte soles comprado en una galería de la calle Capón. La ropa de oficinista la había dejado escondida en el armario desarmable.

Dejé la bolsa con ropa limpia en el cuarto. Cogí mi mochila y cerré con llave la puerta de la habitación. En Alfonso Ugarte, tomé un bus a Plaza San Miguel. No pensaba en nada más que en ver a mi bebé. Había quedado con mi esposa en vernos en la puerta del local de Claro. Un papel en la fachada decía que la tienda se había trasladado al tercer piso. En ese momento, la llamé. Estamos en el tercer piso, Dani. Sube. Enseguida, oí la voz de mi bebita: Papi, ven. El corazón se me aceleró y corrí por las escaleras. En el tercer piso, mi bebita y yo nos abrazamos fuertemente. Ella me dio un beso en la mejilla: Te quiero, papi, y yo le correspondí con uno todavía más grande: Te amo, bebé. A la bebe le llamó la atención el pequeño estanque artificial que estaba rodeado de algunas bancas de madera. ¿Quieres meterte a la piscina, hijita?, le pregunté, sabiendo que su respuesta sería afirmativa. Sí, papi, quita los zapatos, por favor. Con sus piecitos intentó zafarse de las zapatillas. Era un día con sol. Los días en Lima fluctuaban entre la grisura medio fría y el calor infernal. Ese era un mediodía muy iluminado y moderadamente caliente. Amor, otro día nos metemos a la piscina, ¿ya? Más bien, dime, ¿qué quieres ahorita? La bebita me miró. Puso su dedito en la frente, como pensando una respuesta, y dijo: Quiero papitas, tika kola, helado y hamburgeeer.  La alcé en mis brazos. Ya, mi amor, vamos. Fuimos al Bembos.

Mi esposa se encargó de trozarle la carne y dársela en la boca. Sin embargo, por cuenta propia, la bebe engullía cada una de las delgadas y doradas papitas que tenía frente a ella. Ella misma, también, cogía el vaso de cartón con gaseosa y bebía la cantidad que le venía en gana. Su mamá me decía que no tome tanto, le estás dando mucha gaseosa. Yo le decía, por favor, pocas veces veo a la bebe, cuando la vea, quiero que ella haga lo que quiera, que sea libre, si quiere tomar gaseosa, que tome la que quiera. Sabes que voy al trabajo en bicicleta todos los días. Cualquier día de estos me atropella un loco y jamás voy a volver a ver a mi hija disfrutando de su vida.

Luego de que acabó de comer, la bebe subió las escaleras y fue a los juegos del segundo piso. Bebita, espérame, por favor. Debía vigilarla. Me quedaría con ella, viéndola jugar hasta que se cansara. Luego, iríamos a la casa de mi mamá a pasar el fin de semana. Antes de irse, mi esposa me dijo que la llevara temprano a la bebe, como siempre, al día siguiente a las ocho de la noche a más tardar. Recuerda que tiene que dormir temprano porque el lunes hay colegio.

Me senté a una mesa cercana a los juegos en los que mi hija se entretenía placenteramente. Se zambullía en la piscina de pelotas. Mi hija tenía una fijación innata con los colores y el alfabeto, en inglés y en castellano. Saqué de mi mochila Garabombo, el invisible, y leí algunas páginas. Una hora después, fue fácil convencer a la bebe de salir de los juegos. Vamos a visitar a la abuelita, ¿sí, mamita? Yes, papi. En La Marina, quise tomar un taxi. No, daddy, let’s take a bus. ¿Un bus, hijita? Yes, daddy. Esperamos unos cinco minutos antes de que pasara el bus que nos dejaba prácticamente en la puerta de la casa de mi mamá. La bebe viajó sentada sobre mi regazo. No paró de cantar Wheels in the bus. La secundé en el canto. La gente nos miró. Abracé fuerte a mi hija. Esos momentos había que tatuarlos a perpetuidad en el alma.

La bebe jugó una media hora con los cientos de colores que mi mamá le guardaba en una caja. Eran los colores de la bebe. Solo ella podía tocarlos. Al tiempo que jugaba con esos lápices de madera, cantaba el Abc song en la tablet de mi hermano. Las papitas y la hamburguesa le produjeron el consabido efecto narcótico y, tras acostar su cabecita en la almohada de la cama de mi hermano, lugar donde jugaba y cantaba, se quedó dormidita.

Mi hermano, con el que había creado la consultora, había conseguido, de su baúl de recuerdos, el disco que contenía los antiquísimos e insuperables juegos de Nintendo con los que, cuando tenía doce o trece años, me enviciaba sin tregua. Nuestro juego favorito era Bomberman. Hicimos, como antaño, una competencia. Esta vez, incluimos a nuestro hermano menor. Apostamos cervezas, para nosotros, y gaseosas, para el menor. Las contiendas fueron sangrientas. El primer combate lo gané yo. Los liquidé sin compasión. Los acorralé con un par de bombazos. Sin embargo, el segundo y el tercer juego, el último, fueron de mi hermano. El menor, pulpín acostumbrado a jugar GTA San Andreas, Call of duty, Minecraft y Kingdom, no pudo superar nuestra añeja y pendeja rivalidad.

Más o menos a las once de la noche, cuando el sábado parecía terminar con un colofón peligrosamente aburrido, argumentando que debía atender unos asuntos apremiantes el domingo en mi cuarto, le pedí permiso a mi mamá para salir. Así era, cuando las viejas se preocupaban demasiado por sus hijos, aunque éstos fueran unos manganzones de treinta y tres años, siempre había que rendirles una explicación. Por favor, hijito, cuídate mucho, ¿sí? La abracé y le dije que no se preocupara, que al día siguiente, tempranito, luego de atender el asunto en mi cuarto, llegaría presto para tomar el desayuno.      

Afortunadamente, a esas horas, y en La Perla, hallé una Doce que pasó por la cinco de Haya de la Torre. Al cabo de cuarenta minutos, con unas cuatro o cinco cabeceadas en el trayecto, llegué a mi cuarto. Truqué mi polo negro por un bivirí negro, sin marcas, comprado a precio de locura en la calle Capón. Las bicicleatadas diarias al trabajo, y una dieta a base de pastas, me mantenían delgado: la ropa ceñida, sobre todo la negra, me quedaba bien. Dejé el Azumi y la billetera. Únicamente, llevé conmigo  cincuenta soles, mi DNI y el antiquísimo celular Nokia del trabajo. Acondicioné los audífonos al celular y sintonicé Doble nueve. Sobre la mesa, estaban mis lentes de rojo difuminado. Me los puse. Tenía claro mi destino: volver a La Jarrita. Tenía que levantarme gratis a un cabro, el más parecido a una vedette de los noventa. Cerré la puerta con llave. Antes de dar el primer paso para descender las escaleras, recordé que olvidaba llevar mi cajetilla de cigarros y el encendedor. Una vez conmigo, salí al encuentro de mi quijotesca aventura.

Era casi la una de la mañana cuando entré en La Jarrita. El lugar estaba abarrotado. Se respiraba libertad y mañosería. Había grupos de hombres con sus respectivos cabros. Nadie juzgaba a nadie. Los hombres más acharlados procuraban tener en su grupo a los cabros más tetones y potones, quienes tenían, además, rostros de mujer. Los conquistaban con cervezas. Los cabros feos, esos que parecían hombres con peluca, se dejaban manosear por borrachines que con las justas habían podido pagar un Margarito.

Busqué a las hembras más ricas. Las ubiqué. Estaban en el punto medio del lugar, cerca de una columna. Con mi Margarito en la mano, un cigarro prendido colgando de la boca y mis lentes de rojo difuminado, avancé hacia la columna. Pedía permiso para abrirme paso a través de la sudorosa masa de cuerpos bailarines con la educación que me habían enseñado en casa. Al llegar al punto, acosté mi espalda contra la columna, y apoyé la suela de mi zapatilla derecha en su superficie. Las chicas que tenía cerca estaban preciosas. Lo tenían todo: unas tetotas enormes y unos culos que eran la delicia del lugar. Un par de tipos las acompañaban. Les servían cerveza. Les llenaban sus vasos hasta la mitad. Ellas se disforzaban al beber. Cada una tenía una botella mediana de agua mineral en la mano.

La música era cagona. Habían enlazado una seguidilla de canciones del recientemente fallecido Juan Gabriel y les habían colocado una base electrónica. La mezcla se prolongó por una hora. Pocas personas bailaban. Había bebido dos cervezas y fumado, sin fumar, cuatro cigarrillos. La música iba acompañada por unos videos proyectados sobre dos pantallas, ubicadas en sendas paredes. Aparecía Juan Gabriel bailando, mirando pegajosamente al lente de la cámara que registraba sus afectados movimientos.

Había estado chequeando al resto de hembritas. Habían llegado tres tetonas más. Sus rostros eran bastante femeninos. Sus culos le hacían la competencia a los de los cabros que tenía a mi lado. Si éstos decidían borrarse del lugar, ya tenía planeado hacia dónde desplazarme. El dj se apiadó de los pocos machos que habíamos concurrido al lugar y se mandó una canción de Ozuna: Si tu marido no te quiere. Empecé a mover la pelvis y a cantar sobre mi sitio, marcando el tono de la canción con la punta del pie derecho, fumando mi quinto cigarrillo, haciéndome el bacancito, y bebiendo del pico el contenido de mi tercera botella. Entonces, la chica más rica de las que estaban a mi lado, aquella que vestía un shortcito de jean que dejaba al aire la mitad de sus nalgas, y que cubría sus tetas con un topcito que le marcaba los pezones, se acercó a mí, ignorando a sus compañeros de tragos, y puso el culo, el culazo, muy cerca de mi pene. Meneó la cabeza y sus cabellos pintados de rubio flagelaron mi cara. Quise sujetarla de la cintura y presionarle las nalgas con la pinga, pero desistí. Quería que ella continuara tomando la iniciativa, a ver hasta dónde llegaba. La chica se movía más, sobre todo cuando Ozuna decía baby. Se movió tanto que me dejó acorralado contra la columna. Presionó el culo contra mi pinga. Ésta se me había endurecido hacía rato. Estaba seguro de que ella podía sentir la dureza de mi falo a través de mi delgado pantalón de drill. Un chorro de gotas de líquido pre-seminal humedeció mi bóxer.

La chica olía rico. Vamos, dime para irnos a un cuarto. Nada, no me decía nada. Solo frotaba ese rico trasero contra mi pelvis. Las manos se me iban por sujetarla de la cintura, por acariciar esas nalgas que se veían duras y redondas.

A esa canción de Ozuna le siguió el estruendoso chillido de un cabro gordo que se había trepado a algo que debía de ser el escenario o el estrado de La Jarrita. Hola, hola, chicos y chicas de La Jarrita, ¡cómo están! Nadie respondió. El dj colocó el efecto sonoro de una multitud que aulló ¡yeee! Enseguida, otro cabro, más gordo aún y con un vestido tan ridículo como el de su compañero, apareció del extremo derecho del escenario. Hola, chicos y chicas, acá estamos sus amigas La Nena y La Nana listas para brindarles un momento de sano esparcimiento en esta noche de sábado travieso, y para regalarles, como siempre, unas cuantas cervezas bien heladitas a los chicos valerosos, fuertes como osos, que estén dispuestos a hacernos la noche.

La rubia había regresado con sus amigos. Pero había quedado algo entre nosotros. O eso creía. Todo sería cuestión de esperar a que los cabros del escenario terminasen con su pantomima para retomar los flamígeros escarceos que me habían humedecido el pantalón.      

A ver, hoy vamos a premiar a dos chicos, dijo La Nana. Sí, a dos chicos valientes que quieran acompañarnos en el escenario y nos concedan una entrevista muy a nuestro estilo, acotó La Nena. Los valientes se llevarán, cada uno, dos Margaritos recontra heladitos, ofreció La Nana. Dos cervecitas bien heladitas para combatir este calor carnal, dijo La Nena, flexionando sensualmente el cuerpo y pasándose la mano por los mondongos que el vestido no lograba contener.  

Consideré subir. ¿Qué podía pasar? Nada malo, suponía. En cambio, podía ganar cierta notoriedad y, si todo lo que había que hacer era pararse al lado de esos dos mondongudos cabros, dos cervezas bien heladas.

No había voluntarios. Algunos grupos hacían alharaca tratando de llevar al podio a uno de sus integrantes: al más tonto, al más chonguero, al más avezado. Con un par de sorbos, terminé la tercera botella. Iba a necesitar una más. El concurso me caía a pelo. Había reunido cierta cantidad de valor para abrirme paso entre la muchedumbre, rumbo al escenario, cuando aparecieron dos chibolos, flacos ambos, con unas caras de pendejos de esquina, quienes, entre arengas y silbidos, fueron recibidos cariñosamente por La Nana y La Nena. Muchas gracias a nuestros dos voluntarios. ¡Hola, chicos! A ver, un besito para sus tías. Los presentadores tenían a sus participantes. Mi oportunidad se había esfumado. Me replegué sobre mi columna y observé.

Los chicos dieron sus nombres y sus edades: diecinueve y veintidós años. Saludaron a las presentadoras con un beso en los cachetes. Dijeron sus distritos de procedencia: San Martín de Porras y La Victoria. ¡Oyyy!, exclamó La Nana, varios de mis chicos han sido de La Victoria, y déjenme decirles que jamás me han defraudado. A ver, un grito por La Victoria. Se oyeron vivas y aplausos. Con disimulo, miré a la chica cuyo culo, hacía pocos minutos, había tenido clavado en mi pelvis. Conversaba con su amiga y sus amigos. No me buscaba la mirada. Bebía de su botella de agua. No intentaba recrear lo de hacía unos minutos. Era uno de los rasgos característicos de ese tipo de chicas: jamás se involucraban demasiado con alguien. Ellas vivían el momento y pasaban, sin más, al siguiente. Las penurias que habían atravesado para ser quienes sentían ser las habían vacunado contra cualquier tipo de anclaje sentimental. Sin embargo, si porfiaba por cruzar su mirada, ella me la sostenía y me hacía un coqueteo. Pero no se ponía en un plan suplicante. Si llegaba a pasar algo entre nosotros, pasaba; sino, no. Compartíamos la misma filosofía.

Chicos, ¿saben lo que tienen que hacer para ganarse sus cervecitas, verdad? Ustedes, dijo La Nena, apuntando el micrófono a la muchedumbre, ustedes también saben lo que tienen que hacer nuestros participantes, ¿no? A ver, a las mariconas, preparen sus ojitos coquetos porque la pinga de sus sueños puede estar aquí arriba, con nosotras, las privilegiadas. Luego, a los chicos: Amores, a ver, quién empieza. A ver, tú, papito, empieza tú.

El de San Martín de Porras se sacó el polo y se bajó el pantalón. La Nena se le acercó. Se agachó hasta quedar a la altura de su pinga, todavía cubierta por un bóxer negro. ¿Me dejas ayudarte, papi? El chico asintió. La Nena le bajó con cierta cadencia la prenda interior hasta dejarla en sus tobillos. Había quedado al descubierto una pinga larga, a pesar de estar muerta. El chico, orgulloso, empezó a deambular por el escenario, haciendo girar la pinga en el aire. Ayyy, me enamoré, me enamoré, repetía La Nana. ¿Estás seguro que no eres de La Victoria, papi? El chico se quedó quieto en medio del estrado y empezó a mover la pelvis de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás. La Nena se acercó con una cinta métrica. Quédate quieto, pues, papito. Tengo que medir con lo que me vas a castigar después. Tengo que saber si va a entrar en mi estuchito, dijo, enseñando a la concurrencia el trasero, que lo tenía gordo y desbocado. La gente se rio. Yo estaba impresionado. Aliviado, también. Si hubiera salido al escenario, el público se hubiera reído no de las payadas de La Nana y La Nena sino del ridículo tamaño de mi pichula, la cual, en estado inactivo, era apenas más grande que un grano de arena. La pinga del chico de San Martín había erradicado cualquier futura pretensión mía de subir al escenario de aquellos estrambóticos presentadores. Estaba condenado a ser un simple espectador.

¿Me dejas darle un besito?, preguntó La Nana, amorosa, ilusionada. Ay, no, maricona, interrumpió La Nena. Tú has dicho que los tuyos son los de La Victoria. Este papito es mío. El tuyo es aquel, así que espera tu turno. Luego, dirigiéndose al flaco que orgulloso continuaba exhibiendo su gran pichula: Si me dejas darle un besito, papito, te regalo dos cervezas más. La gente coreó: Beso, beso, beso. El flaco se acercó al borde del estrado e hizo el ademán de esforzarse por oír lo que clamaba la multitud. Ya, dijo, pero que sean tres chelas, no dos. La Nena aceptó y se puso de rodillas frente al flaco. ¿Quieren ver, quieren ver?, preguntó la maricona. No, no, no, no, repitió, ante las voces afirmativas del público. No porque luego me publican en el Facebook y mi flaco me ve y me puede hacer un escándalo. El beso solo lo veremos tú y yo. Volteó al chico. Ante nosotros quedaron las nalgas imberbes del flaco, las cuales, al instante, quedaron cubiertas por las trigueñas manos de La Nena. Mmm, qué rica cabecita, pingón, dijo, parándose para darle otro beso, esta vez en el cachete. No te pierdas.

La Nana invitó al siguiente participante a desnudarse. Tú eres de La Victoria. No puedes defraudarme. Demuestra que la huevada del flaco es un maní en comparación con lo que tienes entres esas piernas. Vamos, papito, abajo ese pantalón. El tipo empezó quitándose la camisa. Se desabrochó la correa. No quiso bajarse el pantalón. Los cuerpos y las caras de las animadoras no eran del todo alentadores. Papito, dijo La Nena, si no te bajas el pantalón y nos muestras el animal que llevas ahí, el otro flaco se va a ganar las chelas, ah. Vamos, apúrate. El tipo se bajó el pantalón, pero gestualmente indicó que permanecería con el bóxer bien puesto. No nos hagas esto, pues, rogó La Nana, quítate el bóxer. El público gritó: Que se lo quite. El chico permaneció en sus trece. Las presentadoras insistieron. El tipo continuó con la pinga y el trasero cubiertos. ¿Entonces me dejas tocar a mí, no más?, pidió La Nena. Sino no te doy ni mierda de chelas y tus patas te van a apanar por haber salido por las huevas. El muchacho accedió. La Nena se acercó a él. Metió la mano derecha debajo del bóxer. Palpó. Dinos, dinos, Nena, quién gana. La cuestionada, con un gesto compungido en el rostro, dijo: Ay, chibolo, por ser de La Victoria me hubiera gustado que ganes, pero tengo que decir que gana el flaco de San Martín. El grupo del ganador estalló en aplausos. Las presentadoras le alcanzaron cinco cervezas heladas al ganador y una sola al perdedor. El próximo sábado volvemos con otro concurso, muy a nuestro estilo. No dejen de venir a La Jarrita todos los fines de semana. Adiós, chicos y chicas.

Fumé un cigarrillo más. El dj puso una seguidilla de cumbias subterráneas. La culona, su amiga y sus amigos se quitaron. No quedó ninguna mujer tan buena como mi culona. Unos cabros de buen cuerpo, pero de rostro espantoso se me acercaron. Ni borracho hubiera accedido. Terminé el pucho y me fui. Eran casi las cuatro cuando regresé a mi cuarto. Me quité la ropa hasta quedarme completamente calato. Tiré el colchón de aire sobre el piso. Del techo del armario, bajé el edredón y los cojines. Los arrojé sobre el colchón. Apagué la luz y quedé profundamente dormido.

Eran las once del domingo cuando desperté. No había soñado ni mierda. Tenía la mente despejada. Pero no por mucho tiempo. Recordé que tenía que armar un presupuesto. Estaba postergando esa tarea por varios días. Si no la terminaba de una vez, no sería capaz de dormir bien durante los días siguientes. En cuanto a los trabajos, era jodidamente responsable. Esa voz en mi cabeza me jodía con su cantaleta: debes hacer esto, te falta hacer esto otro. La única forma de acallarla era obedeciendo sus monsergas. Era un presupuesto que me habían encargado para dictar un curso de redacción empresarial. Si aceptaban mi propuesta, tendría que viajar a Arequipa, lugar donde se ubicaba la empresa que pensaba contratarme. Abrí la laptop, la vieja, la que le pedí prestada a mi esposa mientras la mía permanecía en reparación, y en unas tres páginas establecí que cobraría veinte dólares por hora por alumno. El curso duraría cuatro horas: una hora de teoría gramatical, súper condensada, y tres horas de feroz práctica. Ejemplos de lo mal que redactaban los ingenieros peruanos los tenía por montones. Mi idea era exponer algunos cuantos ejemplos y que la concurrencia se dedicara a traducir en un cristiano empresarial lo que los textos querían decir.   

Envié la propuesta. Guardé la laptop y fui a La Perla, a pasar lo que quedaba del domingo con mi hija.

Mi mamá había cocinado un delicioso pollo al horno. Mi hermano compró una Coca Cola de dos litros y dos cervezas heladas. Repetí el plato. Bebimos las cervezas. Conversamos. Luego del almuerzo, cogí un libro y me tiré en la cama de mi hermano menor. Un par de páginas, la panza llena, y quedé profundamente dormido.

A las diez de la noche, mi mamá se ofreció a llevarnos a casa de mi esposa. Como siempre, mi hija lloró a mares. No quería regresar con su mamá, pues en casa de la mía se le consentía todo. La pasaba muy bien. La pasábamos excelente. Los fines de semana las reglas que su mamá le imponía en casa desaparecían en la de la mía. Yo la colmaba de dulces, pollo y papas fritas. Procuraba hacerla feliz. Pero los domingos, en la noche, sabíamos que se acercaba la hora aciaga, la hora del regreso a casa, el jodido preámbulo de los lunes. En el trayecto a casa de mi esposa, mi hija se calmó. A mí se me hizo un hueco en el alma. No era justo que viviésemos separados. Sin que mi mamá, que conducía el auto, se diera cuenta, dejé rodar unas cuantas lágrimas. Me dejó en casa de mi esposa y se fue. Ten cuidado, papito, dijo antes de irse.

Cuando vio a su mamá, la bebe se abalanzó sobre ella: ¡Mami, mami! Eso me reconfortó, pero no evitó que siguiera pensando que mi lugar era con ellas, en esa casa de la que había sido expulsado hacía unas semanas. Prometí verlas entre semana. Yo le avisaría. Nos despedimos con un abrazo. No pude evitar llorar un poco. Te voy a recuperar, las voy a recuperar, le dije a mi esposa, en voz baja y entrecortada.

En el cuarto, se me vino el domingo al alma, el domingo con toda su soledad. Extrañé la bulla que hacía mi hija, las peleas con mi esposa, las reconciliaciones, los abrazos, las promesas de llegar a ser una familia perfecta. Vibró el celular. Era un mensaje en el Facebook. Era Karina, una amiga del barrio en que viví gran parte de mi vida. Habíamos sido enamorados hacía un pincho de tiempo, y habíamos tenido ciertas recaídas. Me estaba saludando. Le respondí. Me aferré a la conversación. Era el único modo de evitar seguir pensando en mi soledad, en mi familia quebrada. Le conté que estaba viviendo solo, en un cuartito en el Centro de Lima. Todas las huevadas que estoy viviendo las estoy contando en una novela que estoy publicando en mi blog. Karina seguía con irregularidad las tonterías que publicaba en el blog. Sin embargo, hacía tiempo que no me leía. Prometió leer la novela. ¿No quieres venir a conocer mi cuarto? Así podrás salir en la novela, ¿qué dices? ¿Te animas a venir? Vente ahora, vente ahora, por fa, le supliqué. Necesitaba compañía. Necesitaba dejar de pensar en mi familia. Quería olvidarme de que fui un pésimo esposo, de que por mi culpa el hogar de mi hijita se había ido a la mierda. Hoy no puedo, Dani, pero mañana voy. Te lo prometo. Estaba bien. La esperaba mañana. No me vayas a fallar, le dije. Con la promesa de un cache seguro, porque si bien no habíamos hablado de sexo era fijo que terminaríamos cachando, me acosté en el colchón. Me sentí menos solo.

Al poco rato, el celular volvió a vibrar. Era Daniela. Habíamos sido enamorados durante una semana, o algo más. Luego, un poco como que me hastié de lo edulcorada que llegó a ser la relación. Cobarde yo, me alejé sin decir palabra. Ella entendió el mensaje y dio por disuelto el vínculo. Andando el tiempo, tuvimos algunas recaídas. Manteníamos un esporádico contacto por el Facebook. Hola, Dani, ¿cómo estás? ¿Qué sorpresa?, le escribí. Le conté que me había separado de mi esposa y vivía en un cuarto en el Centro. Para avivar su curiosidad, le dije que la casa a la que pertenecía mi cuarto había sido habitada, durante un brevísimo periodo, por el poeta Eguren. Ella, egresada de Lingüística de San Marcos y aficionada a la poesía, quedó gratamente sorprendida por el dato. Me dijo que me visitaría de todas maneras, pero no ese domingo. Le insistí. Ven para que conozcas el lugar donde estuvo Eguren. Es una oportunidad única. Ven, por favor. No me dijo cuándo vendría, pero prometió hacerlo. Me despedí. No insistí más. Karina me visitaría al día siguiente. Eso ya era algo.

Me costó conciliar el sueño. No fue fácil dejar de sentir pena por mi vida familiar. En esos momentos, mientras estaba ahí, tirado sobre ese colchón de aire, en un oloroso cuartito en la zona rosa de Lima, mi hija, mi esposa, mi familia, se acostumbraba a no verme, a prescindir de mí. Eso me dolía. En qué momento había jodido mi vida. Cogí el celular y googleé un video porno. Una milf le regalaba una mamada al amigo de su hijo. Me masturbé. Envolví la descarga en un pedazo de papel toalla. Me quedé dormido enseguida.


Lima, domingo 18 de setiembre del 2016.