Latidos del asfalto

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 23

Del sábado 01 al domingo 02 de octubre del 2016

Madrugada. La chica al fin revienta
En sollozos, lujuria, pugilatos;
Entre olores de urea y de pimienta
Traza un ebrio al andar mil garabatos.

César Vallejo –Terceto Autóctono

Terminaba una cerveza y Rosario me tenía lista otra. Cada vaso costaba alrededor de quince soles. Eran de plástico y contenían menos de medio litro. Cogía mi vaso, le daba un buen trago, lo ponía a buen recaudo, y continuaba cantando al pie del escenario. Los que estábamos adelante, en la primera fila, solo queríamos disfrutar pacíficamente del concierto. Inmediatamente detrás de nosotros, estaba el resto, un grupo de gente que desconocía las letras de las canciones y que no paraba de empujarse entre sí y empujarnos a nosotros. Hijos de puta, los maldecía mentalmente tras cada empujón que recibía. ¿No pueden dejar de saltar como cojudos y dejarnos escuchar el concierto? No me dejaban beber tranquilo ni cantar como era debido. Saltaban como autómatas. Se golpeaban entre sí porque creían, o les habían hecho creer, que así era como se disfrutaba un concierto de metal. Eran incapaces de digerir las letras de las canciones y sacudir, desde muy dentro, sus conciencias. Preferían sacudir sus cuerpos, que era la forma más elemental y primitiva de expresión que conocían. La introspección les era ajena.  

Fuente: https://www.facebook.com/events/1770042509901133/?acontext=%7B%22ref%22%3A%223%22%2C%22ref_newsfeed_story_type%22%3A%22regular%22%2C%22action_history%22%3A%22null%22%7D

Rosario me entregaba un vaso de cerveza cada quince minutos. Luego, regresaba a la barra del bar, pedía un chilcano más y lo disfrutaba sentada en uno de los taburetes, las piernas cruzadas, un muslo encima del otro, la punta de su zapato de taco oscilando de arriba abajo y de abajo arriba.

La banda se llamaba Reinventing Hell. Estaba compuesta por un grupo de blanquiñosos miraflorinos. El cantante tenía los cabellos y la barba castaños. El pelo le caía, enrulado, por debajo de los hombros. Los más achorados concurrentes al concierto le gritaban ¡Cristo pobre, Cristo pobre! Terminada una canción, Cristo se esforzaba por esbozar un discurso introductorio para la siguiente, pero el público apabullaba sus intentos gritando ¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo! Otros gritaban ¡Liberen a Barrabás!

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=FinpCHW_Mj4

El concierto duró algo más de una hora. Cristo había deleitado a la concurrencia con lo mejor de Pantera. Abriéndome paso entre la multitud apelotonada, con bastante esfuerzo, llegué a la barra. Se había formado una masa compacta que tardó en deshacerse, a pesar de que Cristo, hacía algunos minutos ya, había anunciado el fin de su intervención. Al abrirme paso, reparé, como ya lo había hecho en otras ocasiones, en la composición social de esa masa de gente. Aquellos ubicados cerca del escenario, es decir, los de la primera fila y los bárbaros que saltaban, se empujaban y empujaban a los demás, éramos cholos. Cholos y cholas vestidos de negro, completamente alienados. Éramos los que creíamos que exhibiendo una conducta anárquica, asimilando como nuestro un ritmo más bien foráneo, nos blanquearíamos un poco. Fuera de esa masa, estaban los blancos de verdad, ubicados alrededor de la barra del bar. Eran los amigos y las amigas de Cristo y su banda. No necesitaban apiñarse cerca del escenario ni cantar como desaforados para sentirse menos cholos porque, en principio, no lo eran. Aquellos que no eran cholos podían vivir en Lima con la conciencia tranquila. Estaban varios escalones más cerca del éxito. Los cholos perseguían la blancura cutánea, querían ser tan blancos como el vocalista de Reinventing Hell, por ejemplo. Siempre que se sacaban fotos –porque los cholos y las cholas eran las personas más pretenciosas y racistas del mundo- procuraban colocar sus rostros bajo potentes chorros de luz blanca o programar sus cámaras con algún tipo de filtro que blanqueara los resultados. Los gringuitos no necesitaban parecerse a alguien para parcharse el ego.

Tomé una cerveza al lado de Rosario. Mis tatuajes y mis aros en el labio no habían pasado desapercibidos entre el gentío. Había recibido varias miradas; algunas curiosas, otras coquetas. Se lo conté a Rosario. Eso es lo que te gusta, pues: llamar la atención, me dijo. Estarás contento, seguramente, añadió, sin disimular que le jodía que le contara que había disfrutado de las miradas de otras chicas. Ciertamente, estaba satisfecho. La depresión por la pérdida del celular y por los bochornosos actos que había perpetrado la noche anterior había desaparecido. Había liberado la mala vibra cantando. Rosario bebía un chilcano. ¿Cuántos vas?, le pregunté. Levantó cuatro dedos de su mano izquierda. ¿Tanto?, pensé. Rosario había pagado las cervezas y los chilcanos; yo solo las entradas al concierto. Comparando, ella había desembolsado muchísimo más dinero que yo. Me asaltó cierto cargo de conciencia. Ya no me compres más cerveza, le dije. No te preocupes, me dijo al oído. Quiero celebrar mi nuevo trabajo. Apuró un par de tragos más de su copa y me sugirió ir a otro lugar. Chévere, le dije. Pero ¿adónde? Vi sus ojos. Fulguraban de felicidad y andaban encendidos por los chilcanos que se había echado encima. No sé, me dijo, entusiasmada. Busquemos algún lugar. Es sábado y estamos en el Centro. Por un momento, me pareció que se habían invertido los papeles, pues el borracho y el pilas, en esa relación, solía ser yo.

Salimos del Yield Bar. Al frente, estaba la Plaza San Martín. Me pregunté si estarían ahí los huevonazos a los que había insultado la noche anterior. Podrían reconocerme, ajustar cuentas conmigo. Yo no los recordaba. Tampoco tenía el alcohol necesario en el cuerpo como para envalentonarme ante algún ataque. Rodeamos la Plaza. Nos detuvimos en frente del hotel Bolívar, legendario edificio construido en la década de 1920. Rosario desconocía que, en cierta ocasión, me había hospedado en ese lugar. Había desembolsado cien dólares por una sola noche. Había ido con mi esposa; en aquel tiempo, mi enamorada. Vivía prendado de ella. Hasta ese momento, había perdido la cabeza únicamente por tres mujeres. Mi esposa fue la última de ellas. Después, maduré. Aunque aquello de la madurez era siempre relativo.

                                     Fuente: Google Maps

Habíamos ido a un concierto de metal en el Salón Imperial, en la última cuadra del jirón Cailloma. Terminado el concierto, deambulamos por los alrededores. Era la primera vez que caminaba de noche, de madrugada, por el centro de la ciudad. Lima no era peligrosa a esas horas. Había que caminar con naturalidad y gallardía; perderle el miedo al miedo; desoír u olvidar lo que tus padres te habían dicho: el Centro de Lima era un nido de delincuentes. Mentira. De noche, de madrugada, Lima era aún más hermosa, más tranquila. Mi esposa, en ese momento mi enamorada, fue quien me enseñó ese lado de Lima, fue quién me mostró una realidad que había sido desfigurada por almas timoratas. Estaba demasiado enamorado. En el bolsillo, llevaba veinte soles en dos billetes de diez y algo de ciento veinte dólares en la tarjeta de débito. No tenía más dinero en el mundo. No contaba con ninguna fuente de ingresos. Hacía poco había renunciado al trabajo que me obligaba a afilar brocas en el Cusco. Después de varias vueltas, llegamos al Bolívar. Ese hotel siempre me ha parecido bonito, como que cargado de historia, me dijo. Vamos, le dije. Estaba loco. ¿Qué? No me creyó. Yo tampoco creía lo que estaba diciéndole. Sí, vamos, en serio, dije, sobreponiéndome a las dudas. Jamás había visto que unos ojos sonrieran. Los de ella lo hicieron. La besé. Sí, vamos, insistí. Yo también quiero conocer. Entramos. En la recepción, me informaron que la habitación más económica costaba cien dólares. Mierda, pensé. Pero ya no podía recular. No iba a extinguir la sonrisa de esos ojos. Pagué con la tarjeta de débito. Hicimos el amor en una habitación de techo alto y muebles antiguos, pero impecables. En el baño, había una tina de los tiempos de César Vallejo. Todo estaba limpio. Jamás volví a hacer algo tan tonto como gastar el único dinero que me sostenía.

                                     Fuente: Google Maps

En realidad, nos detuvimos enfrente del bar del hotel Bolívar, famoso por su pisco sour. Hay que tomarnos un chilcano, dijo Rosario. ¿Otro?, le dije. Te has tomado varios en el concierto, le recordé. Ya, pues, vamos. Yo invito, contrarrestó, alegre. Esa noche le caía bien, combinaba con su cabello negro. Entramos. Pidió dos chilcanos. Conversamos. Había un chico en el concierto que me estuvo coqueteando. Disfrutaba cuando Rosario me contaba que un chico trataba de conquistarla. Era un chico blancón. O sea, muy diferente del resto cholitos con los que te estabas mezclando ahí. Me preguntó si estaba sola. Le dije que había venido con un amigo. Y dónde está tu amigo, me preguntó. Ahí, en primera fila, le contesté. La animé a continuar su relato. Ella creía que escuchándola me pondría celoso. Estaba equivocada. Cuando Rosario me contaba sobre sus flirteos o sobre sus relaciones pasadas, se me estimulaba la libido, se me paraba la pichula y me asaltaban unas ganas irreprimibles de tirar ahí mismo.

                                         Fuente: https://www.tripadvisor.co.nz/LocationPhotoDirectLink-g294316-d2261654-i159494106-El_Bolivarcito-Lima_Lima_Region.html

-Me invitó un chilcano, pero no se lo acepté. Le dije que yo misma podía pagarme mis cosas. Me gustan las mujeres independientes y lindas, me dijo. Me gustaba su cabello. Era medio castaño y enrulado. Lo tenía larguito. Conversamos mucho.

-¿Cómo así no te vi con él?

-No lo viste porque yo te llevaba las cervezas y él aprovechaba para ir al baño. En realidad, parecía que no le hubiera importado nada que le dijese que venía acompañada.

No me gustaban los chilcanos. Los encontraba secos, ásperos, con un dulzor que apenas se dejaba sentir. Demoré en tomarlo. A Rosario le encantaba ese brebaje, mucho más que el pisco sour.

-Le hubieras sacado el número, pues, Rose, o algo, qué tal si ese chico resultaba siendo el chico de tu vida, el pata con quien podías llegar a casarte en el futuro.

Rosario hizo una mueca apenas perceptible, pero contundente. Le jodía que la entregara así, fácilmente, a los brazos de otro. Ella quería que me encabronara, que la celara, que le preguntara quién carajos era ese huevón que la había estado gileando, quién, quién, para sacarle la mierda. Con un sorbo más de su chilcano, se tragó la escaramuza y saltó hacia otro tema.

-Me faltó contarte un detalle importante del robo de tu celular.

Realmente quise saber en qué había terminado la historia del pituquito que intentó afanarla, pero el tema que acababa de poner sobre la mesa me atrajo más. Antes de que continuara, le pregunté si aquello que le faltó contarme tenía que ver con alguna otra estupidez que había hecho durante mi borrachera, en cuyo caso, le dije, prefería no saberlo.

-No, no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con encontrar a la persona que te robó el celular. Es más, hay la posibilidad de que puedas recuperarlo.

Capturó mi atención. Recuperar el celular significaba recobrar todos los videos en los que me había grabado teniendo sexo, principalmente, con Rosario.   

-Luego del robo, caminamos hasta tu cuarto. Un chico estaba sentado al pie de la puerta de una de las casas vecinas. Me dijo que sabía quién me había robado. Había visto todo. Tú estabas a mi lado como dormido. Las baterías se te habían acabado. Ni siquiera estabas consciente de que te habían robado. Era como si al doblar la esquina te hubieses olvidado de todo y te hubieras convertido en un ser cansado.

-Pero, qué te dijo el pata.

-Me dijo que quien te había robado era una chica conocida como “la carnada de la Sara”.

-¿La carnada de la Sara? ¿Qué es eso?

-Supuestamente es una chica que trabaja para una tal Sara.

-Y cómo se supone que ubiquemos a la chica esa o la tal Sara. Tú que tienes buena memoria, ¿te acuerdas de la cara de la chica? Si la tuvieras enfrente, ¿la reconocerías?

-Claro, claro que la reconocería. Yo nunca me olvido de un rostro, así lo haya visto una vez.

Rosario tenía la memoria de Funes. Era capaz de recordar cualquier tipo de detalle, por muy banal que pareciese. El chico le dijo que me había visto varias veces. Le preguntó si yo era inquilino de Jaime. Ella le dijo que sí. El chico le inspiraba confianza. El colorao sabe quién es la carnada y quién es Sara, le dijo el muchacho, quien, según Rosario, podía tener veintitrés años. El colorao era Jaime. En el Perú, a los blancones les decían colorados.

-Me dijo que Jaime conocía a todas las chicas que estuvieron esa noche. Sara era como que la mami.

-¿El pata te dijo si esa tal Sara estaba ahí esa noche?

-No, no estaba. Las chibolas que participaron eran casi todas las chicas de Sara. Pero la que te robó como que es la más allegada a ella. El chico, muy amable, me dijo que le comentaría a Jaime para que trate de recuperar tu celular. También me dijo que todos en el barrio sabían que nadie se podía meter con los inquilinos de Jaime. En el barrio nadie se robaba. A la Sara no le va a quedar otra que devolver el celular, me dijo.

No me había cruzado con Jaime desde el incidente. Estaba seguro de que se acercaría a hablarme apenas tuviera la primera oportunidad. Volví a sentir pánico por saber que mis vídeos sexuales estaban en manos demasiado inescrupulosas. Estaba seguro de que, en el mejor de los casos, subirían todos los videos a las páginas porno más populares del Perú, páginas que yo visitaba con asiduidad. En el peor de los casos, el poseedor de mi celular hallaría la manera de chantajearme.

-Ya está mejor tu labio, ¿no?

Me toqué el labio. , le dije, dejando de lado el asunto de los vídeos. Pero voy a tener que sacarme los aros el lunes.

-¿Por qué?

Le conté sobre el proyecto que David Del Arco nos iba a confiar a mi hermano y a mí. Debía ir a la oficina de David el lunes por la mañana. Era evidente que debía acudir a la cita vistiendo una camisa de manga larga (para cubrirme los tatuajes) y evitando lucir cualquier tipo de huevadas colgando de mis labios. Debía esconder mi verdadera personalidad con tal de asegurar la posibilidad de recibir una jugosa cantidad de dinero.

-Pero está bien, pues, Daniel. Tú siempre quejándote. Es una buena oportunidad para tu empresa. Es un contrato grande, ¿no? Qué importa que te saques los piercings un rato. Vas a la oficina de David y te quitas los aros antes. Cuando termine la entrevista, te los vuelves a poner.

Le puse peros a su idea. Yo siempre le ponía peros a todo. Era un pesimista. Nada funcionaba bien para mí. ¿Quitarme los aros? Y cómo me los vuelvo a poner.  Va a ser recontra jodido volver a ponérmelos, le dije. Ay, Daniel, bien problemático eres. Intenta y ya. Si los huequitos se cierran, pues otro día te los vuelves a hacer. Según Paul, los aros debían permanecer en el labio un mínimo de dos semanas para que los agujeros no se cerrasen. O sea, ¿si me los quitaba por solo dos horas –que era lo que creía duraría la reunión con David- se cerrarían los agujeros? Me parecía poco probable.

-No todo es malo, Daniel. Te robaron el celular, pero, mira, ahora David te va a ofrecer ese contrato. En serio, te felicito.

Chocamos nuestras copas y secamos los chilcanos. Salimos del bar y buscamos alguna discoteca. Se me ocurrió que podríamos ir a La Jarrita. No iba a ser la primera vez que llevaba a Rosario a una discoteca gay. Hacía un tiempo, tuve el descaro de invitarla a la no menos conocida 1031, ubicada a algunas pocas cuadras de La Jarrita. Rosario aceptó la invitación sin vacilación. Ahora, tuve que pensarlo dos veces antes de formularle la propuesta. Rosario era asidua lectora de El Solitario. Los primeros capítulos daban cuenta de mis debilidades por los cabros del lugar donde vivía y narraban mis incursiones, precisamente, a La Jarrita. Invitarla a ese lugar podría inducirla a pensar que todo aquello que había escrito en la novela era cierto. Y lo era. Pero, en innumerables ocasiones, me había encargado de desmentirle aquello que sus ojos leían y que mis dedos tecleaban con certera precisión.

Cruzamos Colmena. En los escalones de ingreso al clausurado Teatro Colón, unos muchachos, vestidos todos de negro, fumaban sin pensar demasiado en el futuro. Caminamos por el amplio y oscuro corredor que era la primera cuadra del jirón Quilca. En el cruce con el jirón Camaná, a mano derecha, ubicamos, en toda la esquina, lo que parecía ser una especie de bar. Un tipo alto, moreno, de camisa a rayas, parado a la puerta, invitaba a los transeúntes a pasar. Estamos inaugurando, estamos inaugurando, repetía.   

Pasen, pasen, nos dijo el moreno de la puerta. La cerveza a solo cinco solcitos, ah. Hay buena música, buen ambiente, pasen, pasen. Entramos. Tuvimos que agachar nuestras cabezas para no golpearlas en el travesaño de la puerta. Yo invito las dos primeras, le dije a Rosario. Nos acomodamos en una de las tres mesas disponibles. Adentro todo estaba iluminado. El lugar parecía más un bar que una discoteca. Sonaba una seguidilla de rock de los ochentas.

-Daniel, antes de que pidas las cervezas, espérame un ratito aquí en la mesa para que cuides mis cosas.

-¿Por qué?

-Es que quiero ir al baño.

Era uno de los problemas de Rosario: apenas bebía algo de alcohol, se le aflojaba la vejiga. Sus constantes meadas lograban ponerme de mal humor. Fue al baño. Me quedé sentado en una de las tres sillas de la mesa, cuidando de su bolso. Pesaba. Siempre pesaba. Lo puse en una de las sillas. ¿Qué mierda llevaba dentro que pesaba tanto? En la mesa de enfrente, un tipo blancón, de casaca de cuero, compartía unas cervezas con un par de mujeres gordas, de senos como papayas. Fumaban. Cada tanto, soltaban unas potentes carcajadas. El tipo me deslizaba incómodas miradas. Este huevón es cabro, pensé. Rosario salió del baño y ocupó la última silla vacía de la mesa, dándoles la espalda al grupo del tipo de casaca de cuero. Fui a por las chelas.  

Media hora después, Rosario había ido cinco veces al baño y yo una. Habíamos terminado las dos cervezas. Rosario se ofreció a pagar las próximas dos. Yo ya estaba entonado. Cogí una de las botellas vacías y puse el pico a la altura de mi boca. Sonaba Cuando Pase El Temblor, de Soda Stereo. Parado a un lado de mi silla, empecé a cantar. Las mesas estaban desocupadas. Todo el mundo bailaba. Un claro en medio de las mesas servía como pista de baile. Continué cantando. No me interesaba bailar; solo cantar, expresarme. La ubicación de mi mesa, al frente de la improvisada pista de baile, simulaba la posición del escenario en un concierto. Estaba exactamente delante de aquel grupo de alcoholizados bailarines.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=F0iWc9LbHH0

Rosario no se sorprendió al verme cantando. Tampoco de que mi micrófono fuera una botella. Sabía perfectamente que ni bien me picaba por el trago se despertaba el cantante que había en mí. Mi voz era pésima, pero eso no me impedía gozar de la magia del cantar. Disfrutaba desplazarme por el escenario, concentrar las miradas de los circunstantes, interpretar con genuino sentimiento las letras de las canciones. Cerraba los ojos y le ponía un peso emocional a cada palabra.

Quiero bailar, me dijo Rosario. Ok, le respondí, párate a mi lado y muévete, pero yo voy a seguir cantando. Cuando me emborrachaba, necesitaba ser el centro de la atención. No podía reprimir esa urgencia. El alcohol me exacerbaba el ego.

Luego de Soda Stereo, siguió The Outfield. Your Love. Me la sabía de memoria. Comencé a cantar en inglés. Aparté el pico de la botella para que se me viera la boca. No se equivoquen conmigo, pendejos, que yo sí que me sé la letra. El tipo de casaca, bailando, se me acercó. Cantas y actúas bien, me dijo. ¿Cantas en alguna banda? Negué con la cabeza y seguí cantando. Qué le pasa a este huevón, pensé. El tipo no retornó a su asiento. Permaneció cerca de mí, mirándome como cojudo. Los bailarines en la pista brindaban conmigo a lo lejos, felicitando mi desenvolvimiento. Una de las amigas del tipo de casaca se acercó a Rosario y le dijo algo al oído. Rosario le contestó de la misma forma, al oído. Luego, se acercó a mí. ¿Puedo bailar con ella?, me preguntó. Sí, no hay problema, le dije. La segunda amiga del tipo se ubicó detrás de mí y atenazó mi cintura con sus brazos.   

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=4N1iwQxiHrs

Ya no podía estar ahí: la gente empezaba a rodearme. Me estaban jodiendo la experiencia del canto. Tendría a la gorda sobándome las nalgas y al cabro de su amigo tratando de arrancarme alguna conversación. Rosario bailaba cómodamente con su nueva amiga. De rato en rato, me miraba, divertida. Era la primera vez que bailaba con una machona. Ésta le metía letra, trataba de enamorarla. Rosario recibía los cumplidos con humildad. Tu enamorado tiene suerte, le dijo. No es mi enamorada, me entrometí. Me pareció oportuna la aclaración. Está libre, añadí. Rosario me traspasó con la mirada. No le gustó nadita que la ofreciera así, como si ella no me importara nada. Your Love terminó. Le siguió una canción de El Tri. Dejé la botella sobre la mesa y me senté. Nunca me gustó El Tri. La machona le estampó un beso en la mejilla a Rosario y regresó a su sitio. Eres hermosa, alcanzó a decirle. Cinco minutos después, la machona acercó raudamente su silla a la de Rosario y, tomándonos por sorpresa, nos dijo que sería chévere que fuéramos todos, en mancha, a La Jarrita. ¿La conocen? Está aquí, no más, dijo, en la siguiente cuadra de Camaná. Tendió su pulgar hacia donde se hallaba, según ella, La Jarrita. Enroscó su voluminoso brazo izquierdo alrededor del cuello de Rosario. El gordo cabro y su amiga mañosa también se unieron a la invasión de nuestra mesa. Insistieron con ir a La Jarrita. Como andaba picado por el alcohol, pude mostrarme firme, pararme, y decirles, con voz imperturbable, que Rosario y yo teníamos que irnos. Rosario, disimulando su incomodidad, secundó mi idea. No se vayan, no se vayan, mejor vamos a La Jarrita a seguirla, insistieron. No, les dije, el rostro serio; tenemos que irnos. Mejor lo dejamos para otro día.

Faltaban algunos metros para llegar a Wilson, cuando Rosario, que había estado callada desde que abandonamos el bar, me lanzó una serie de reproches. Ahora me acuerdo de La Jarrita. Tú la mencionas en tu novela. ¿Has estado ahí, Daniel? ¿Has ido a coquetear con cabros? Sus preguntas estaban cargadas de una furia exacerbada por todos los chilcanos que había bebido. Sus cuestionamientos se hicieron más punzantes, incriminadores y destemplados. Se convirtieron en chillidos. Negué haber ido a La Jarrita con la finalidad de levantarme cabros. Sí, Rosario, sí, he ido, pero solo para investigar el ambiente, para poder escribir con credibilidad la novela. Recuerda que casi todo lo que cuento en la novela es mentira. Y el propósito de la buena literatura es que esas mentiras sean tomadas por los lectores como verdades absolutas. Rosario caminaba aprisa. Negaba con la cabeza. No se creía mis mentiras. Tú no haces Literatura, Daniel. No te pases. Ya te dije que tu novela es un fiasco. No tiene nada de interesante. Y no te creo que fueras a La Jarrita solo para investigar. Tú has estado con cabros. No lo niegues, por favor. Sus ojos desataron un copioso llanto. Caminó más aprisa. Me obligó a correr detrás de ella. Le pedí que se calmara, que no pensara huevadas.

Voy a dormir. No quiero que me molestes, dijo. Estábamos en el cuarto. Rosario se quitó la ropa con esfuerzo. El trago le había restado fuerzas. Dejé las llaves, la billetera y el celular sobre la mesita blanca. No te voy a molestar, le dije. Tranquila, por favor. Voy al baño. Ya vuelvo. Fui al baño. Oriné. Oriné bastante. Fue un chorro largo y ruidoso. Se me vino a la mente la reunión del lunes en la mañana. Recordé que debía quitarme los aros del labio. Si me los quitaba durante dos horas, ¿se cerrarían los agujeros del labio? Ni cagando. No era posible. El chorro no paraba. Era relajante orinar con tal potencia y con tal duración, como si no hubiera orinado en días. De pronto, alarmado, recordé que no tenía el celular conmigo, que lo había dejado sobre la mesita blanca. Carajo, maldije. El celular había quedado a merced de la impenitente curiosidad de Rosario. El chorro de orina disminuyó, se me quiso cortar. También recordé, y como para disipar la preocupación, que el celular era nuevo. No tenía conversaciones que ocultar. Esforcé mi estragada memoria: ¿había dejado el celular protegido? , recordé. Le había puesto la contraseña. Si alguien quería husmear en él, tenía que ingresar la clave para desbloquear la pantalla. El chorro terminó de cortarse. Me sacudí el pene antes de guardarlo. No había peligro. Me remojé las manos y la cara en el lavabo. 

Abrí completamente la puerta del cuarto. La había dejado junta. Encontré a Rosario con mi celular en la mano. Miraba la pantalla con repulsión. Chucha, pensé. Qué mierda está viendo si dejé la huevada bloqueada. Ella alzó la vista. Me clavó su indignación, su rabia. No entendía qué mierda podía estar pasando para que se pusiera así. Intenté acercarme, pero me detuve cuando me mostró la pantalla del celular. Era una llamada. Las únicas huevadas que escapaban a los rigores de las contraseñas eran las llamadas. Por la putamadre. El nombre de Karina estaba escrito en la pantalla. Me estaba llamando esa pendeja. Rosario estaba hecha un basilisco. Sostenía el celular en alto. ¿Podía ser capaz de lanzármelo? Su rostro reflejaba un dolor que le jodía la existencia. ¿Por qué no contestaba y descargaba esa furia con Karina? La verdad, no me hubiera importado que lo hiciera. Por el contrario, lo hubiera disfrutado. Karina no me llamaba la atención. Varias cosas me disgustaban de ella; principalmente, su ignorancia. Pertenecía a ese grupo de personas que publicaba en el Facebook todo lo que comía y todos los tragos que se zampaba en lugares ostentosos o de moda. Seguía y rebotaba las intranscendentes novedades relacionadas con los personajes de barro que pululaban en la televisión. Tenía cerca de treinta y seis años y se comportaba como una niña de quince. Tanto como le era necesario presumir sus costosas pertenencias y sus onerosas salidas en cuanta foto para el Facebook se sacaba, le era imprescindible contar con una pinga. Conocía a un chico y pronto tiraba con él. Casi al instante, ya estaba saturando el Facebook con sus cenas románticas, sus paseos al campo, sus visitas a las discotecas o semidesnudos en la cama de un hotel. Karina podía llegar a ser desagradable tomándole miles de fotos a su rostro. ¿Quién la había dicho que era bonita? Apenas terminaba de tirar con Karina, me provocaba desaparecer o que la desapareciesen. Mi cerebro retomaba la cordura y la sensatez. Con el semen eyaculado se esfumaban las antojadizas ganas de tirarme a esa mujer. Sus tetotas, antes apetecibles, retomaban su forma original: unos senos fofos y colgantes. Contesta, la reté. Contesta; no me interesa en lo más mínimo. Rosario continuó llorando, sosteniendo el celular para que viera que Karina seguía insistiendo con su llamada. ¿Qué mierda podría querer Karina conmigo? Ya me la había cachado. No me apetecía involucrarme con ella nuevamente.  

Te odio, te odio, eres un maldito conmigo, Daniel, gritó Rosario. Tras una pausa, me aventó el celular. Cuando a uno le lanzaban su propio celular, un aparato más o menos costoso, considerando el ingreso per cápita de la mayoría de los peruanos, la escena parecía desarrollarse muy lentamente: el celular avanzando hacia uno y uno tomando conciencia de que aquel objeto volador, que no hacía ninguna pirueta en el aire y, más bien, se acercaba directa y contundentemente hacia tu cabeza, era una huevada que te había costado un culo de dinero y que te mantenía al tanto de las noticias, te complacía con la pornografía y te conectaba con tus familiares. Era, en resumen, un objeto tanto o más importante que una mano o una pierna. Luego de reflexionar sobre todo aquello, en un tiempo que pareció media hora pero que fue, en los hechos, menos de un segundo, volví a la realidad y, con una agilidad que me desconocía, atrapé el celular. Lo tuve en las manos. Lo reconocí. Reflexioné sobre lo que acababa de pasar: Rosario me había aventado el celular. Eso no era propio de ella. Jamás había reaccionado así conmigo. Claro, tampoco había tenido la oportunidad de constatar que la pendeja de Karina me llamaba al celular. Iba a guardar el celular en el bolsillo de mi pantalón cuando Rosario se me abalanzó. Con el celular aún en la mano, cogí sus dos muñecas. Contéstale a esa perra, contéstale, gritaba. Quiero que ella sepa que estás conmigo. Comprobé que el alcohol triplicaba las fuerzas de una persona realmente enfadada. Mi espalda chocó contra la pared. Rosario continuó ordenándome, gritando a voz en cuello, que le informara a Karina que ella era mi mujer y que dejara de llamarme. Estás loca, cómo le voy a decir eso, me defendía yo. Yo no soy de esas personas que bloquean a sus amigas solo porque una celosa de mierda se lo pide. Forcejeando, caímos al colchón. Ella quedó encima de mí. Entre mi mano derecha y su muñeca izquierda, atrapado, estaba mi celular. Llámala, carajo, ordenaba Rosario. Lloraba. Definitivamente, todo el alcohol que se había bebido le había destrabado el pesado portón que había contenido, por un buen tiempo, las iras y las frustraciones que le habían provocado mi comportamiento. Reuní fuerzas y me sobrepuse. En un segundo, estaba yo encima. La dominé con una sola mano y con la otra puse a buen recaudo el celular. Era más importante el celular que cualquier otra cosa. Cálmate ya, le increpé. Estás gritando. Vas a despertar a los vecinos. Ahogó sus gritos, pero dejó correr, todavía, más lágrimas. Le dije que me quitaría de encima si prometía que dejaría de joder. Hizo un gesto que interpreté como una afirmación. Quedó tendida en la cama. Sus tetas estaban al aire y su vagina cubierta por su hilo negro. Sus manos cubrían un rostro que lloraba quedamente. Me senté en un extremo del colchón. Ese inmenso colchón azul daba la sensación de lo infinito. Veía a Rosario como tendida a lo lejos. Ya se le pasará, pensé. Me quité el pantalón. Rosario se paró. Dio dos pasos sobre el colchón y descendió al piso de losetas. Me tendí en la cama. Acomodé la cabeza sobre mis brazos cruzados. Me arrechaba la forma en que colgaban las tetas de Rosario. El hilo de su calzón se perdía entre sus nalgas, besándole el ano. Después de todo, terminaría tirando con ella. Luego de cada tempestad, asomaba la paz. Dijeran lo que dijeran, la vida era una sucesión de blancos y negros. No había lugares para los grises.

No esperé, mientras imaginaba la inminente sesión de sexo con Rosario, que ella cogiese mi celular y huyera velozmente de la habitación. No lo dudé y, desnudo como estaba, corrí detrás de ella. Nuestros pasos retumbaron en todo ese segundo piso. Estaba seguro de que los vecinos aguardaban detrás de sus puertas, las orejas atentas a cada uno de nuestros movimientos, aguardando el consabido escándalo. Con un pie certeramente colocado, evité que Rosario se encerrase en el baño. Dame el celular, dame el celular, le dije. No, no, yo voy a llamar a la perra de Karina para decirle que no te vuelva a llamar nunca más. Sabía que no podría hacer eso porque si deseaba llamar a cualquiera de mis contactos, tendría que ingresar la clave. ¿Crees que no sé tu clave? Su pregunta, que había sonado casi casi como una afirmación, me heló la sangre y me impulsó a empujar la puerta y vencer la resistencia que me oponía. Forcejeamos en el baño. Caímos al suelo, cerca del wáter. Tenía cogido fuertemente el celular. Voy a llamar a tu zorra, gritaba. Cállate, cállate, le susurraba con vehemencia. Me van a botar de este cuarto por tus escándalos. La tomé del cuello. Quise ahorcarla. Estaba provocando un escándalo que terminaría conmigo en la calle, sin cuarto y sin historias que contar, sin novela, sin nada. Quise presionarle el cuello, pero me contuve. Presioné, en cambio, su muñeca. Lo hice con mucha fuerza. Logré recuperar el celular. ¿Por qué juegas conmigo, Daniel?, lloró, vencida. Se acurrucó en el piso del baño, la espalda desnuda tocando la base del wáter.

No tengo a dónde más ir, le dije, ya en un tono conciliador. No quiero que me echen de este lugar. Le tendí una mano. Vamos, le dije. Vamos a dormir. Ya es tarde.     

A pesar del escándalo que habíamos generado, no nos topamos con el rostro de algún vecino curioso en el breve trayecto del baño al cuarto. Cerré la puerta y apagué la luz. También apagué el puto celular. Gracias a ese aparato, nuestras mentiras, la de los infieles del mundo, se venían abajo en el momento menos pensado. Luego, sobrevenían las desavenencias, los golpes y los asesinatos. Rosario se había cubierto con la colcha. Me eché a su lado. La abracé por detrás. Hacía unos minutos, el cuarto había sido un huracán de iras y forcejeos. Ahora, imperaba un silencio monacal. Me acerqué a Rosario. La abracé fuerte. Quise transmitirle seguridad. No podía ver su rostro. No podía precisar si seguía llorando. Tampoco quise recordarle que, dentro de pocas horas, tendríamos que abandonar el cuarto. Es decir, no habría tiempo para compartir un desayuno ni para sostener una conversación relajada y de reconciliación. Yo debía estar temprano en la casa de mi mamá. Había transcurrido un fin de semana que debí haber aprovechado al lado de mi hija. En lugar de eso, lo había desperdiciado emborrachándome y forcejeando con una mujer. Mi mamá, cuya generosidad había abusado al pedirle que recogiera a la bebe de la casa de mi esposa, debía estar preocupada y muy molesta porque el padre de su nieta se había esfumado, cual perro callejero, todo el fin de semana.            


Antes de quedarme dormido, reflexioné sobre todo el daño que le había causado a Rosario. No quise imaginar en qué forma la vida me haría pagar todas esas fechorías.

jueves, 10 de agosto de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 22

Sábado 01 de octubre del 2016

¡Oh, monje holgazán! ¿Cuándo sabré yo hacer
Del espectáculo vivido de mi triste miseria
El trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?

Charles Baudelaire – El Mal Monje

Me desperté a las nueve de la mañana. No necesité de ninguna alarma. La preocupación que había quedado gravitando en mi subconsciente se encargó de abrirme los ojos y llenarme de algo de fuerzas para lo que tenía que hacer y para lo que tenía que enterarme.

Rose, dije. Rosario estaba a mi lado. Me daba la espalda. Revisaba algunas cosas en su celular. Nuestros cuerpos desnudos estaban cubiertos por la colcha azul. La tomé de la cintura y acerqué mi pinga hacia sus nalgas. ¿Ya estás mejor?, me preguntó. Llevó su mano izquierda hacia mi trasero. Un poco, le dije. ¿Estás listo para ir a Claro y comprarte un celular? No, no estaba listo. Yo nunca estaba listo para nada. Soñaba con que las cosas se hicieran solas con solo ordenarlas desde la comodidad de mi colchón. Mi billetera tampoco estaba lista: tendría que desembolsar un mínimo de doscientos soles para adquirir un nuevo celular. Hasta ese momento, aún no comprobaba su ausencia física. Solo tenía la palabra de Rosario aseverando que, en algún punto de la madrugada, me lo habían robado.  

Llegó un momento en que no parabas de hablar. El pobre de Paul te escuchaba, no más. A veces, me guiñaba un ojo, como diciéndome “tengo que seguirle la cuerda a este loco”.

El contacto con las nalgas de Rosario me paró la pichula. Se la metí un rato por la vagina, en cucharita. Puso a un lado su celular y se movió a mi ritmo.    

Te movías y te movías. No parabas de moverte. Paul no te decía nada porque seguro  no quería gritarte, pero la verdad era que estabas bien pero bien espeso. Daban ganas de meterte una cachetada. Así que yo tenía que decirte “Daniel, Daniel, no te muevas. Paul no va a poder terminar bien el tatuaje”.

La culpa reapareció y me hundió. No pude terminar. La depresión me achicó la pinga. ¿Pasa algo? Mi pene había recobrado su tamaño habitual. Era una huevadita pequeña y flácida. Mejor vamos de una vez a Claro. Salgamos ahora para evitar colas. Empezamos a vestirnos. Las manchas marrones en el filo del colchón eran el único indicio de una de las tantas perlas que, Rosario decía, yo había perpetrado durante mi borrachera: vomitar. Enseguida, alarmado, asustado, el corazón nuevamente acelerado, me arriesgué a verificar la ausencia de mi celular. Busqué el aparato en la mochila que llevaba al trabajo, sobre la mesita blanca y en el piso. Nada. No te preocupes, Daniel. Lo más importante es que ya bloqueé tu línea. No me preocupaba tanto eso. Me aterraba el hecho de que alguien pudiera estar viendo, en esos precisos momentos, los videos que había grabado con Rosario. Se me ocurrían cosas escalofriantes: los delincuentes viendo los videos y enviándoselos a todos mis contactos del WhatsApp y del Messenger, mi esposa incluida. Suspiré. Exhalé un aire frío, como si tuviera los pulmones repletos de hielo. Mi esposa vería los vídeos. Sería suficiente con que viese uno solo para que se le revolvieran los ánimos, cogiera sus cosas y, con mi hija fuertemente asida de la mano, huyera de mi vida para siempre. Mi hija, mi hija, mi hija. Toda la mierda de mi vida terminaría salpicándole a mi hija, a la relación que tenía con ella, a ese lazo que me mantenía anclado a este mundo. Desde que vi su cabecita de cabellitos negros apelmazados emergiendo del vientre abierto de mi esposa, un ocho de marzo del 2012, en una de las salas de operaciones de la clínica San Gabriel, mi vida quedó dependiente de la de ella, de esa criaturita medio blanquecina que tardó unos diez segundos en gritarle por primera vez al mundo.    

Tuve que asimilar la pérdida del celular y dejar de pensar en las posibles consecuencias del robo. Mi cerebro era mi torturador ad hoc. Con solo echar a andar su imaginación era capaz de destruirme los nervios. Me senté en la sillita plegable. Esperé a que Rosario terminara de vestirse. Sentí, al poco rato, cierto dolor en el labio inferior. Lo tenía hinchado. Estaba más hinchado hacia el lado izquierdo. Estaba tan inflamado que el arito de metal allí incrustado estaba a punto de salir expulsado. ¿Cómo están asegurados estos aros a mi labio? Rosario interrumpió la puesta de su pantalón. Tienen un tornillito detrás del labio. ¿Por qué? Con la lengua pude sentir el tornillito del aro derecho. El del izquierdo estaba ausente. Porque creo que mientras he estado dormido me he tragado el tornillito de este aro, respondí, preocupado. Pucha, Daniel, está bien hinchado tu labio. De camino a Claro vamos a una farmacia para que te den algo para bajar esa inflamación.

“Me va a doler, me va a doler”, gritabas. Me dabas risa, oye. Paul te decía “tranquilo, tranquilo, va a ser rápido, no te va a doler”, pero tú dale con seguir quejándote. Entonces yo te dije “Daniel, compórtate sino Paul no va a poder trabajar bien”. Y te calmaste, oye. Será porque te lo dije bien seria. ¿En serio no te acuerdas de nada de lo que te estoy contando? Bueno, Paul te hizo así el labio y te clavó la aguja. Luego, te metió al toque el primer aro. Fue todo bien rápido. Cuando Paul te soltó el labio y se preparó para hacerte el otro agujerito, tú dijiste “¿qué? ¿Ya?” Te pusiste feliz porque no sentiste nada y fue todo bien rapidito.

Había mucha gente en el local de Claro del centro comercial Real Plaza, en el Centro de Lima. Me aguardaba una tediosa espera. Mientras más deseaba tener el nuevo celular en mis manos, para entrar al WhatsApp y al Messenger y comprobar que nada de lo que había temido había ocurrido, sentía que el tiempo se me estiraba irritantemente. Contemplé a Rosario. Estaba ahí, a mi lado. Nadie le pedía que me acompañase. Simplemente estaba ahí, bancándose un problema que no era el suyo, perdiendo un tiempo que podría haber empleado en alguna actividad provechosa para ella. Y estaba yo: asustado, aunque sin muchas fuerzas para exteriorizar los temores que me corroían, con un ligero dolor en la cabeza, falto de entusiasmo, deprimido intestinamente por la cagada de persona que era. Si mi bebe supiera qué clase de lacra le había tocado por padre, viviría fatalmente estigmatizada. Esa idea me hundía más en la grisura de esa mañana.

¿Dos? Noooo, nada que ver. Te tomaste CUATRO botellas de vino. Compraste dos más. ¿No te acuerdas? ¿En serio? Saliste feliz con el tatuaje de tu hija y con los piercings en tu boca. “Quiero que todo el mundo vea a mi hija, quiero que el mundo vea lo hermosa que es. Lima, Lima de mierda, así gritaste, te presento a mi hermosa bebé” y te quitaste el polo. Yo te decía “Daniel, cállate, ponte el polo”, pero tú, terco, hiciste lo que te dio la gana. Sí, la gente que estaba por ahí te quedaba mirando. No, a ti te daba igual, era como si hubieras estado solo en tu cuarto… A ver, a ver, déjame recordar, iban a ser casi las doce de la madrugada. Recuerdo que me dijiste “Rosario, ¿dónde está mi celular?” y yo te dije “tonto, lo tienes en tu pantalón”. Estabas en otra. Creías que lo habías dejado en el estudio del pobre Paul. Ahhh, ahora que me acuerdo, habías comprado tres botellas de vino. En realidad, te ibas a tomar cinco vinos. Pero la quinta botella la rompiste en el piso de Paul. Bien tonto eres. Estabas sirviéndote y la botella se te cae. Y encima te reíste y dijiste “Paul, debes sentirte orgulloso de que el próximo gran escritor del Perú haya roto una botella de vino en el piso de tu estudio”. Pobre Paul. Le dejaste el piso apestando a trago. Nooo, yo no limpié nada. Él me dijo “no te preocupes, yo lo limpio después”. Y tú ya te habías olvidado del tema. Tú jurabas que le habías hecho un honor a Paul al romperle la botella en el piso.

Luego de dos horas, por fin, nos atendieron. Mi aliento a alcohol se había disipado. Cuando me acerqué al mostrador, me atendió una joven entusiasta. Me mostró el catálogo de los modelos disponibles en la tienda. Fui preciso. Ya había esperado bastante tiempo como para hacerme el disforzado y fingir que tenía dinero. Señorita, ¿podría mostrarme los Azumis más baratos que tenga? Me había acostumbrado a esa marca de celular, Azumi, una marca china o taiwanesa que había resultado cumplidora. No me había dado ningún motivo de queja. Mi presupuesto era de doscientos soles. El Azumi más barato, dentro de la gama de modelos que ofrecía Claro, bordeaba los trescientos soles. Ya me quedé sin celular, le susurré a Rosario. Solo tenemos doscientos soles, ¿no se podría hacer algo?, le preguntó Rosario a la chica. Como siempre que Rosario averiguaba algo, lanzó su pregunta sin ningún tipo de atenuante. Su pregunta sonó casi como una orden. Ella era así: directa. Si la hacían esperar, era peor. Yo, en cambio, podía ser bastante hipócrita, incluso estando enojado e hirviendo por dentro. Pero allí estaba Rosario, poniéndole cara de culo a la señorita. Ésta, por su parte, tan hipócrita como yo, nos mostraba su sonrisa más amable. Déjeme ver qué podemos hacer, dijo y se retiró hacia un cuartito. Volvió casi al instante. La cara de culo de Rosario había sido efectiva. Transmitió temor. Señor Gutiérrez, en vista de que es un cliente puntual en sus pagos, y de que el celular que se ha extraviado ya tenía poco más de un año desde que se lo compró, tiene usted derecho a adquirir un equipo de la misma marca por solo nueve soles. Rosario me miró feliz, como diciéndome ¿ves?, si uno no se pone fuerte con esta gente, las cosas no salen bien. Fue un buen trato. Firmé unos papeles. Varios papeles. La burocracia. La señorita me activó la línea. Ya tenía celular, por fin. Ahora, moría de ganas de quedarme a solas, sin Rosario, y revisar mis cuentas del WhatsApp y el Messenger. Debía comprobar si el ratero había enviado los vídeos sexuales a todos mis contactos.

Claro, todavía había algunos locos en la Plaza San Martín a esa hora. Así, calato, te uniste a la conversación de uno de los ruedos. ¿De qué hablaban? Creo que estaban hablando de religión. Tú te uniste al grupito y los escuchaste en silencio. Me dio risa. Habías estado como un loco cantando tu Pearl Jam y de pronto te acercaste a ese grupo y te quedaste calladito. Pero fue rapidito, porque escuchaste unos segunditos y luego gritaste “yo no creo en Dios, carajo. Vayan a leer a Bolaño, vayan a leer a Bukowski, ahí está la verdadera redención”. Así gritaste, textualmente. Me acuerdo clarito. Tú sabes que tengo una buena memoria. Bueno, luego, saltaste en medio de ese grupito, gritando lo que te acabo de decir. Los otros dos ruedos te miraron. Habías resultado más loco que ellos. Uno de los del otro ruedo te gritó “ponte un polo, huevonazo” y tú te acercaste al que te gritó. Yo ni me había dado cuenta quién había sido exactamente, pero tú sí, y no sé cómo, porque parecías súper alocado y distraído. Entonces, te acercaste casi corriendo hacia el pata. Yo me asusté. Pensé ahorita le pegan a Daniel. Los del ruedo se abrieron y te dejaron pasar. Sus caras eran de miedo. El pata que te había gritado también tenía miedo. En cambio, tú estabas como endemoniado. Tenías una sonrisa como diabólica. Entonces, te acercaste a él sin perder tu velocidad y no sé cómo hiciste pero tu frente la pusiste contra la de él, pero sin que hubiera un golpe. Fue como si en el último segundo hubieras disminuido tu velocidad casi a cero. Así, con tu frente empujando la de él, lo llevaste prácticamente contra una de las bancas de la plaza. Y mientras lo empujabas le decías “yo estoy así porque soy libre; la Literatura me liberó; tú, en cambio, eres como todo este resto –y nos señalaste sin dejar de mirarlo a los ojos y empujarlo con tu frente-, ustedes son una sarta de adocenados, así dijiste, son unos borregos, unas bestias, creen ser libres pero solo viven perdiendo el tiempo, ustedes no hacen obra, no pintan, no escriben, no componen, no hacen nada, nadie los va a recordar. Yo soy libre, soy libre, la Literatura me liberó”. El tipo se quedó mudo. Todos se quedaron mudos. Algunos susurraban “está borracho ese huevón”. Con miedo me atreví a decirte “Daniel, vámonos”. Y, un pata, no sé quién, te dijo “hazle caso a tu jermita, huevón”, pero tú detectaste al toque quién era, y yo pensé pucha ahora sí este se descontrola y se pelea. Pero solo lo miraste con esos ojos de diablo que tenías. Parecías poseído. El tipo se quedó calladito. Luego me miraste y caminaste rápido hacia Quilca. Yo tuve que seguirte. Tenía que seguirte. No quería que nada malo te pasara. Cuando te alejaste un poco, uno de los tipos de los ruedos me dijo “flaca, cuida a tu enamorado”.  Me gustó que me dijera flaca.

Antes de despedirnos, quedamos en encontrarnos en la noche. Entonces, te veo en tu cuarto a eso de las ocho. Rosario tomó un colectivo a Chorrillos en el paradero informal de taxis de la avenida Bolivia, cerca del Real Plaza. Una vez que se hubo ido, prendí el celular. Caminé hacia el cuarto de Zepita. Me bañé rápidamente. Cogí la mochila y metí en ella mi laptop vieja y un libro. Fui hacia el paradero de Metro de Alfonso Ugarte. Dentro del bus que me llevaría a la casa de mi mamá, no sin cierto temor, activé el Whatsapp y el Messenger. Temor no porque me fueran a robar el celular sino por darme con la ingrata sorpresa de que el ladrón hubiese filtrado mis vídeos sexuales a todos mis contactos. Eso significaría el fin de mi vida familiar, social y laboral. Ocupé un asiento en la mitad del bus. Me ubiqué al lado de la ventana. El asiento de mi lado quedó vacío. No había mucha gente queriendo desplazarse hacia Pueblo Libre, San Miguel o La Perla. A medida que el bus se alejaba del Centro de Lima, y se internaba en San Miguel, fue llenándose. Los asientos vacíos quedaron ocupados en cuestión de minutos, menos el que estaba a mi lado. Supuse que la gente me evitaba por mi aspecto: llevaba los brazos descubiertos y tatuados, una cara de cholo brava y, en mis no tan atractivos labios, un par de aros de metal. Lucía peligroso. Nadie, en su sano juicio, se atrevería a sentarse al lado de un tipo que prometía, por su solo aspecto, irrogarle algún daño. El bus continuó su camino con los asientos y los pasillos abarrotados. A pesar de que llevaba en las manos un libro –leía Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley-, la gente consideró que seguía representando una amenaza para su integridad física y psicológica.

Dani, me dijo Miguel, mi hermano, luego de sorprenderse por mis piercings, David acaba de llamarme. Dice que preparemos la propuesta para el proyecto de la mina Ranra. David Del Arco era el gerente de proyectos de FAMIC Consulting, una consultora transnacional en temas de ingeniería. Ranra era una mina polimetálica ubicada en Puno, a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar. Ranra necesitaba un estudio de minado, el cual debía comprender, entre muchos otros tópicos, un estudio de ventilación. Ranra, tras un largo proceso de selección, contrató a FAMIC para realizar el estudio. David, con quien habíamos trabajado en otras oportunidades, y conocía nuestra especialización, confió en nosotros para el estudio de ventilación. El dinero del proyecto resultaba prometedor. Abrí mi vieja laptop y preparé la propuesta.  

Pucha, y fue todavía peor cuando tuvimos que cruzar la avenida Wilson. Seguías sin polo. Andabas como trotando. Cuando llegamos a Wilson, en lugar de cruzar la avenida, te pusiste a torear a los autos. Te parabas en medio de la pista y retabas a los autos a que te atropellaran. Yo estaba asustada. “Ahorita lo atropellan, Dios mío”, decía. Menos mal que pasaban pocos carros a esa hora, pero los pocos que pasaban iban a una velocidad que si te agarraban te hacían volar kilómetros. Algunos de los conductores te gritaban “loco de mierda”, “te vas a matar, huevón”. Y tú decías “yo soy un genio, un artista, soy inmortal”. Estabas loco. Yo te decía “Daniel, cruza, cruza, por favor”. Y tú te ponías peor. Saltabas en medio de la pista esperando que llegue otro carro. “Yo soy Eddie Vedder, gritabas, soy Eddie Vedder”, y caminabas como en ese video que me enseñaste esa vez en tu cuarto, como ese cantante en no sé qué canción. Me dio más miedo cuando llegó un camión cargado de cosas. Parecía que era de alguna mudanza. Iba a mucha velocidad para estar tan cargado. Mucho más rápido que los autos. Y tú te plantaste en medio de la parte de la pista por la que pasaría el camión. Yo grité “Daniel, sal de ahí, por favor”. Pucha, casi me hacías llorar de la preocupación. Y tú ahí parado en la pista gritándole al camión “ven, atrévete a matarme, ven, aquí te espero”. El camión bajó súbitamente la velocidad y se cuadró en el otro lado de la pista. Bajó el chofer. Era un pata grueso y tenía unos brazos que yo dije ahorita lo desaparece a Daniel. Bajó furioso y se fue directo adonde tú estabas. Yo dije ahorita Daniel se asusta y se va corriendo. Pero no. Al contrario, corriste a darle el encuentro a ese chófer. Sí, era un cholo grandazo. Un brazo de él era una pierna tuya. Yo vi al chofer que se quedó parado en su lugar. Estaba asombrado porque no esperaba que fueras a correr hacia él. Seguro pensó que con solo verlo te ibas a ir corriendo. Puso cara de asustado. Y tú ibas derechito a él como para pegarle o hacerle algo. Entonces, a mí se me pasó la rigidez y corrí hacia ti. No sé cómo pero llegué antes de que tú y el chofer se acercaran. O, mejor dicho, de que tú te aventaras sobre el chofer. “Agarra a tu flaco, pe, flaca”, me dijo. “O quieres que te ayude a sacarle la mierda”. Pero te confesaré que me gustó cuando le respondiste “a quién amenazas, oye, cholo de mierda, ven para sacarte la mierda, huevonazo”. El pata agarró y se subió a su camión.

                                                            Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=PM_VIATPYQc&t=2106s

Cuando terminé la propuesta, fui a la cocina, abrí la refri y saqué la caja de jugo de naranja. Abrí la tapita del recipiente y bebí directamente. Con cada sorbo, pensé en lo cagado que estaba. Podía tener a la hija más hermosa del mundo, un trabajo tranquilo, una empresa que florecía, una relativa comodidad, pero llevaba el alma podrida. Lo que Rosario me había contado no parecía real. Pero lo era. Ese monstruo desbocado, furioso, ofensivo, altanero, violento, era yo. Todo eso era yo. Era lo que vivía dentro de mí y salía a flote cuando el alcohol le abría las puertas de par en par.

Mi hermano había salido. Mi mamá había llevado a mi hija a una fiesta infantil. La casa estaba prácticamente abandonada. Mi hermano menor, Celso, era el único habitante de la casa. Me asomé a la puerta de su cuarto. Estaba a la computadora. Tenía los audífonos puestos y clicleaba el mouse cada cierto tiempo. Celso, ya me voy, le dije. No me escuchó. Volví a llamarlo, pero esta vez me adentré unos centímetros más en su habitación. Se quitó los audífonos al verme. Regreso mañana para almorzar y recoger a la bebe, le dije. Ya, Dani, yo le digo a mi mamá. Salí a la calle. Era una tarde cálida. Caminé hasta el paradero de los buses que me llevarían al Centro de Lima.

Por unos momentos estuviste tranquilo. Había logrado que te pusieras el polo otra vez. Yo pensaba que llegaríamos a tu cuarto y dormiríamos tranquilos. Pero me volví a equivocar. Estábamos por Washington, por esa como curva, cuando le buscaste pelea a un chico que venía caminando con su amiga o enamorada, supongo. De la nada, apenas lo viste, corriste hacia él. Te me escapaste, porque yo te tenía de la mano. El chico te vio y te salió al frente. Te dijo “qué tienes, compare”. Te paraste unos centímetros antes de que lo chocaras. Te volvió a preguntar que qué tenías, que cuál era tu problema. Tú le respondiste todo malcriado “mi problema eres tú, baboso”. Y el chico no se anduvo con cosas y te empujó. Caíste como un saco de papas al suelo. Caíste de poto. Te paraste al toque y te fuiste derechito al pata. Le quisiste tirar un puñete pero él te agarró el puño y lo desvió. Te fuiste, entonces, para un lado y, en pleno estómago, te metió un rodillazo. Su chica gritó y el chico me dijo “amiga, cuida a tu enamorado o lo mato”. Y sacó una pistola. Pucha, Daniel, yo no podía creer lo que estaba pasando. Y cuando vi bien al chico me di cuenta de que no era alguien normal. Parecía de esos narcos que paran con chicas y regalando plata por todos lados. Nunca había visto una pistola. Y el chico la tenía ahí en su mano, dispuesto a usarla si lo volvías a joder. ¿Y sabes qué fue lo más increíble? Que a ti no te importó nada. Te paraste y lo insultaste. Le dijiste que no le tenías miedo. Luego miraste a su chica y le dijiste que por qué estaba con alguien sin cerebro. “Yo soy escritor, yo leo, tengo lecturas, tengo una filosofía de la vida, la entiendo y quiero trascender”, decías. “Ese huevón es un idiota, no sabe qué es vivir, respira porque sus pulmones son como él, hacen todo automáticamente”. Entonces, el chico te apuntó. “Cállate, conchatumadre”, te dijo. “Cállate o hasta aquí no más llegaste, huevonazo”. Yo sentía que me moría, Daniel. Mi corazón estaba a punto de estallar. Y lo peor era que no podía hacer nada. El solo hecho de ver una pistola apuntándote, apuntando a alguien que yo quería, me paralizaba. Y me diste cólera porque dijiste una barbaridad. “Los poetas malditos no morimos sin haber dejado obra”. Y te acercaste al cañón de la pistola hasta que lo tapaste con tu pecho. No sé por qué no me desmayé ahí mismo, porque sentía que la sangre se me iba de la cabeza y de las manos y los pies. Me había quedado fría, pero sudaba. Sudaba mucho. El típico sudor frío. “Dispárame, pues”, le dijiste. El chico mantenía su cara de vándalo. “Yo no voy a morir aún, huevón. Yo, a diferencia de ti, tengo que escribir por lo menos tres novelas antes de morir. La vida no va a dejar que me muera sin antes haber escrito lo que debo escribir”, dijiste. Con las justas te entendí. Te entendí porque sé ya cómo hablas de borracho. Las palabras no te salen del todo y como que se te enredan. No sé si el chico te entendió, pero era seguro que había sabido interpretar que no tenías miedo y que lo estabas provocando. “Dispara, pues, huevón. Tú no eres nadie. No sabes qué es la vida. Solo la vives sin dejar huella, sin leer a los grandes”. Entonces, lo empujaste. Y yo casi me muero, Daniel. Te odio, te odio. Solo por tu culpa tengo que pasar por cosas así de fuertes. El chico cayó de poto así como habías caído tú. La pistola cayó en la pista. Caminaste tranquilo hasta la pistola y la cogiste. El chico te vio con el arma en la mano y luego de decirnos que nos iba a buscar para matarnos corrió con su chica. Yo me asusté más cuando te vi con esa cosa en la mano. Dijiste “pesa esta huevada”. Te acercaste a un tacho de basura que había cerca. Luego, pusiste el cañón de la pistola en tu cabeza. Sí. No te estoy mintiendo. Yo ya estaba más que aterrada. En ese estado tuyo no sabía qué cosas eras capaz de hacer. “Así apretara este gatillo, no saldría ninguna bala. ¿Sabes por qué?”. Parecías el Daniel de siempre, pero había algo dentro, no sé, en tu mirada, que me hacía sentir que hablaba con un extraño. ¿Cómo que no eras tú? Claro que eras tú. Ay, yo cómo iba a saber que habías dejado de ser tú. No digas tonterías. Estaba muerta de miedo, Daniel. Tú con esa arma y diciendo tonterías. Para tu suerte no pasaba nadie más por la calle, porque sino hubieran pensado que estabas asaltándome o algo peor, que estabas a punto de secuestrarme o violarme. Ah, ya, entonces, estabas con la pistola apuntándote a la cabeza y dijiste eso de que si disparabas no saldría ninguna bala porque todavía no era tu tiempo de morir, porque estabas destinado a ser alguien en la literatura peruana y todavía no habías escrito las tres novelas que te consagrarían. No te puedo creer que no te acuerdes nada de lo que te estoy contando, Daniel. ¿Qué hiciste? Pues, no sé dónde lo habrás aprendido, pero miraste el arma, algo brillo en tus ojos, y deslizaste hacia atrás la parte de arriba de la pistola. Quedó el cañón totalmente al descubierto. Era plateado. Toda la pistola era negra. Apuntaste el arma hacia el cielo y luego la bajaste y te volviste a apuntar a la cabeza. “¿No crees lo que te estoy diciendo, no?”, dijiste. Yo ya no sabía qué hacer. Se me ocurrían bastantes cosas. Se me ocurría primero que debíamos correr de ahí e ir a tu cuarto porque el chico podía regresar con su pandilla o algo así. Esa pistola se veía costosa. No creía que alguien pudiera ser capaz de irse corriendo dejando tirado algo tan costoso. Y tú ahí, dándole todo el tiempo del mundo al chico ese para que regresara y se vengara y, encima, te apuntabas esa arma a la cabeza. “¿Me crees o no, Rose?, me volviste a preguntar. “Sí, sí”, te respondí. “Tú no vas a morir todavía. Tú tienes que escribir las tres novelas, Daniel. Tú tienes que ser famoso, vas a ser famoso”. Me miraste con unos ojos que jamás te había visto. Tu mirada me traspasó. Y a pesar de eso, yo pensaba que estabas consciente de todo lo que estabas haciendo. Pero por las puras te dije que sí, porque igual te pusiste la pistola en la cabeza. Presionaste fuertemente el mango del arma y dijiste que ibas a disparar.

Bajé en el paradero del colegio Guadalupe. Tenía las manos en los bolsillos. El sol se ocultaba. Era un atardecer que dolía. Debía estar animado por la inminencia del concierto, pero llevaba una honda preocupación carcomiéndome la cabeza. Las palabras de Rosario rondaban persistentes en mi cerebro. Me recordaban que era un pobre huevón que no sabía qué hacía con su vida, un tipo que no tenía respeto alguno por sí mismo ni por las personas que más quería en el mundo. Todavía vería a Rosario en unas horas. Tuve miedo de caminar por las calles de Zepita, por sus alrededores. ¿Estarían por ahí las personas a las que ataqué? Las que me robaron, ¿me reconocerían? Caminé rápido y me encerré en mi cuarto. Rosario me había contado un montón de cosas, pero era seguro que había dejado de lado, involuntariamente, muchas otras. Nadie era capaz de contar toda una verdad. Siempre quedaban varias cosas sueltas. Y muchas de ellas solían ser más terribles que todas las verdades juntas. En los detalles, yacía la perversidad ¿Qué tal si también les había hecho algo malo a mis vecinos de esa vieja casa? No quería ver a nadie. Prendí mi vieja laptop y traté de terminar el capítulo siete de la novela. Un par de horas después, tras haber escrito solo un párrafo, recibí un mensaje de Rosario. Iban a ser las siete y media. Estaba a punto de llegar al Centro de Lima. Todavía no son las ocho, le escribí. Me dijo que si deseaba podía quedarse dando vueltas por el Centro hasta que fueran las ocho. No, le escribí. ¿Dónde vas a bajar?, le pregunté. En la Plaza San Martín, respondió. Espérame ahí, por fa, le pedí. Estaba bueno que planease llegar temprano. Pensé que sería estupendo que me acompañase al Hueco a comprar unas cosas que me urgían desde hacía unos días. No quería estar solo en Lima. Me sentía vulnerable. Quería que Rosario me acompañase. Su presencia me daba seguridad. No era una seguridad física; era una que iba más allá de los límites de la piel. Saqué algo de dinero de mi billetera y salí. Rosario no tuvo que esperar nada. Más bien, yo la esperé  cinco minutos. La vi descender de un taxi. Le propuse ir al Hueco. Ya, vamos, me dijo. Eso me gustaba de ella: nunca me decía que no. En el camino, me contó que el lunes empezaba su nuevo trabajo. Había sido seleccionada para ser una de las bibliotecólogas de uno de los institutos de inglés más populares de la ciudad. Debía vestir con ropa de tela. Nada de cosas ajustadas ni jeans. Eso le jodía un poco. ¿Recién me cuentas esto?, le pregunté. No, tonto, te lo conté cuando estabas borracho. Supongo que no lo recuerdas. La felicité. Se lo merecía. También me felicitaste cuando te lo conté. Me abrazaste por la cintura y me cargaste.

                                     Fuente: Google Maps

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Me sentía tonto llevando los aros en mi labio. La hinchazón del lado izquierdo había cedido algo. Me sentía tonto por ser como era. Era un borracho. Era un alcohólico. Y no hacía nada por revertir el destino poco promisorio que me aguardaba y adonde arrastraría irremisiblemente a los míos, a mi hija, quien era la única persona que me importaba en el mundo.

Caminamos hasta El Hueco. Luego de unas pocas vueltas de búsqueda, compramos un galón de ácido muriático –deseaba eliminar una placa de sarro del piso de la ducha, placa que me había venido incluida con el alquiler-, seis rollos de papel higiénico y una correa casual, medio punk, esas de cuadritos oscuros y grises intercalados como en un tablero de ajedrez. Nos apuramos en regresar al cuarto. Le propuse que veamos una película en Youtube, Factotum, basada en algunos cuentos de Charles Bukowski. La había visto varias veces y, desde hacía unos meses, me provocaba que Rosario la viera. Sabía que le gustaría. No me equivoqué. Nos reímos con el cinismo y la sabiduría descarnada de Henry Chinaski, interpretado pulcramente por Matt Dillon.

                                                                             Fuente: http://www.rogerebert.com/reviews/factotum-2006

Disparaste. Yo grité tu nombre. “¡Daniel!”. Lloré. Lloré a pesar de que todavía te veía parado, vivo y con una sonrisa estúpida en la cara. Solo había sonado un clic bien fuerte, uno que nunca había escuchado antes. “¿Ves?, me dijiste, nada me va a pasar todavía”. Luego, pusiste la pistola en el tacho de basura. “Eres un idiota, Daniel”, te dije y me abracé a ti. Había sentido que te perdía para siempre. No sabía si estar molesta o feliz. Creo que estaba feliz. Yo tampoco quería que te murieras ahí. No quería que te mueras nunca. Pero la noche no iba a terminar ahí. Todavía faltaba tu celular.

Le había gustado la película. ¿No tienes otra que me muestres?, preguntó, entusiasmada. Uy, varias, pero ya es hora de que vayamos al concierto. La película, la compañía de Rosario, nuestro aislamiento del resto del bullicio de afuera, habían logrado que olvidara aquello que Rosario me había contado. La culpa había cedido. Había un lugar para recomenzar las cosas. Esta vez sería prudente y procuraría divertirme sanamente. Cantaría aquellas viejas canciones de Pantera. Cantaría hasta perder la voz como aquella vez en el concierto de Metallica. Daniel, todavía no nos vayamos. ¿Por qué? Quiero chupártela un ratito.

Faltaba poco para llegar al cuarto. Ya tú estabas más tranquilo. Estábamos acá en Chancay. Pero no habían cabros. Habían unas putas. Sí, mujeres. Y tú te acercaste a ellas. Yo pensé “pucha, y ahora qué cosa hará, Daniel”. “Ustedes qué hacen aquí, les dijiste. Este es el territorio de mis cabros. ¿Dónde están mis causas los cabros?” Yo te decía que nos vayamos a la casa. Pero tú no me hacías caso. Era en vano decirte algo. Pero tenía que hacerlo. En el corto trayecto de los tatuajes al cuarto ya te habían pasado muchas cosas. Estuviste así de morir. Te iban a matar los carros, te iban a disparar en el pecho y hasta tú mismo te ibas a disparar en la cabeza. Y ahora les estabas buscando pleito a esas prostitutas. Pero ellas no te hacían caso. Una creo que te dijo “fuera, borracho feo”. No sé de dónde habían salido tantas prostitutas, porque siempre que vengo por acá veo más cabros que mujeres. Pero eran mujeres. Y un grupo de ellas me empezó a rodear. Me querían robar, Daniel. Y tú no te dabas cuenta de nada. Entonces, te llamé. Me viste y corriste hacía mí. “¿Qué pasa?”, dijiste. Alzaste tu voz. Dabas miedo. Las putas se asustaron un poco. “Déjenla, qué quieren”. Y ellas me dejaron. Una dijo que quería mi celular. Yo ni siquiera lo había sacado como para que dijeran que lo querían. Entonces, tú sacaste el tuyo y dijiste “¿tanta cosa por un celular?”. Y todo fue tan rápido porque una chica que estaba detrás de ti, algo cerca, saltó hasta tu mano y se llevó tu celular para irse corriendo. Yo dije “Daniel, tu celular”. Y tú no reaccionabas. Grité “¡ratera, ratera!” Las otras putas se fueron corriendo. Solo las más conchudas se quedaron en sus lugares. Ni caso me hacían ni se asustaron de mis gritos. Tú te quedaste parado. “Daniel, te robaron tu celular”, te dije. Pero no reaccionabas. Estabas ahí parado con cara de tonto. Luego de un rato me dijiste “era solo un celular. Puedo comprarme otro, Rose. Todo se puede comprar. Pero lo que tengo aquí en mi cabeza, mi gran novela, eso sí que no se puede conseguir en ninguna tienda”. Me abrazaste y me dijiste “Vamos al cuarto que quiero cacharte”.


Salimos del cuarto. No imaginaba, mientras caminábamos ligeros por esas veredas que olían a orines, que al regresar al cuarto, varias horas después, sería Rosario la nueva protagonista del siguiente escándalo.