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viernes, 21 de febrero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 07: El éxito de una pollada

 


¿Y tú quién eres?, dijo Bobby, impío empresario minero y tío del conocido presentador televisivo Jaime Babies.

Coco. Me llamo Coco, dijo Marly, estirando una mano cuya piel le gritaba al mundo que jamás hubo conocido los rigores del trabajo físico.

La suavidad de esa mano desanimó a Bobby. Para marica bastaba él. Lo que necesitaba era un muchacho bandido, de piel bronca como la corteza de un roble.  

Te me haces conocido chibolo, dijo el minero. Llevaba una bufanda enroscada en ese cuello que parecía hecho de fino papel crepé.

Es que soy pata de Arturo y casi siempre caigo en este lugar.

Bobby comprendió todo. Le hizo una seña a Baltazar, el moreno que le guardaba las espaldas y cuyo miembro viril había sofocado alguna de sus más urgentes necesidades. Baltazar abrió una puerta maravillosamente camuflada detrás de Bobby.

Pasa, Coco. Conversemos adentro, dijo el empresario. Una mano tan blanca como la cocaína que había estado disfrutando le señaló cordialmente la entrada.

***

  Groover, con temor, los recuerdos inflexibles de Sergio Castro rompiéndole el culo a punta de palmetazos en una de las aulas polvorientas de la universidad Federico Villarreal por ser incapaz de resolverle una simple derivada, tomó un lápiz e hizo cálculos. El resultado no le agradó. Volvió a llamar a Eva. Hizo bilis con ella, pero comprendió que la pollada no tenía un norte. No había meta, no había capital, no había proyección, no había nada.

Sergio Castro bajó del podio y Montes ocupó su lugar. Mientras Groover se mesaba el poco pelo que le iba quedando, veía al serrano burlándose de la tragedia publica que sería la pollada. Aquellos que habían expresado un sincero deseo de arrasar con los pollos disponibles eran todos seguidores del Habla Montesito. Cuchillos Largos, programa de Groover, apenas contaba con una decena de incólumes prosélitos, gentes que jamás habían dado prueba alguna de sólida interacción con el mundo real. Es decir, no podía esperarse ningún dinero proveniente de esa irrisoria decena de personas afantasmadas. Y desde que Eva hubo reafirmado que solamente por el canal de Groover se transmitirían las incidencias de su pollada, los partidarios de Montes se desafectaron de su causa. Que Eva se meta su pollada al culo, propugnaron al unísono. Así, el peso de las ventas recaía sobre los fantasmagóricos adeptos de Groover. Es decir, el fracaso era un hecho.

Solo había una solución para evitar las burlas del serrano; una solución para que la pollada, si bien no un éxito, al menos no llegase a ser un fracaso bullicioso. Groover tomó el teléfono.

¿Aló?, dijo Groover, y aspiró una bocanada de su cigarrillo electrónico.

¿Qué pasa, Viejo?

A Groover le encantaba que lo llamasen Viejo, ya que era el mismo apelativo con el que se solía designar a su ídolo, el pensador político Haya de la Torre.

La pollada de Eva va a ser un fracaso. La cojuda no sabe ni cuánto quiere ganar. Por otro lado, los únicos maricones que habían prometido comprar ahora se han echado para atrás.

¿Y tus seguidores, Viejo?

¿Cuáles seguidores? A mí nadie me sigue. Necesitamos implementar una estrategia infalible para salvaguardar el honor de nuestros canales.

No entiendo, Viejo ¿Qué quieres hacer?

Como buen partidario aprista cuando se trataba de pedir plata, Groover arremetió sin rodeos: Ábreme la billetera. Suéltame el caño. Compra todas las polladas de Eva. Ya luego yo me encargo de decir que entre todos los miembros de mi canal y tu canal se llegó a la meta.

El silencio al otro lado de la línea fue interpretado por Groover como que había que insuflarle a su interlocutor más argumentos de peso.

Eva alucina que la gente irá en masa a su huevada, que la música que va a poner va a atraer a los comensales. Putamadre, ni las polladas de mi extinta tía Lucila Camposantos, que era la reina del asunto, congregaban a más veinte gatos. Y te lo digo con concha porque yo he sido partícipe de alguna de ellas. Si te contara que lo que más se consumía ahí era coca y no pollos.  

El silencio que hubo por respuesta era distinto del primero. Groover sabía interpretar las líneas en blanco. En la escuela de las juventudes apristas le habían enseñado cómo persuadir al adversario. Este silencio era sinónimo de que estaba a punto de lograr su objetivo. Solo había que meter la puntita un centímetro más.

El nombre de nuestra corporación está en juego. Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahí te paso mi cuenta. Es cuanto.

***

El Ciego, a causa de su ceguera, no podía ver los paisajes que se sucedían por la ventana del taxi que Bafi le había pagado para acudir a la pollada de Eva. Si hubiera podido, habría visto las casas derruidas, a medio construir, como bombardeadas, que pululaban en su humilde distrito y, con el correr de los kilómetros, habría columbrado el cambio en esas estructuras, casas con jardines, con veredas, con poncianos en las entradas, edificios modernos que abarrotaban los predios de los acomodados distritos de San Miguel, Magdalena y, finalmente, La Perla Alta, zona esta última de pacífica prestancia.  

Azorado por el tinglado de voces y bocinazos, el Ciego recordó las reconfortantes palabras de Eva: Sí, graba nomás, Cieguito, pero ten cuidado. Yo te voy a proteger. O al menos te voy a avisar si los secuaces del Viaje te quieren meter bala.

***

Solo acudieron tres personas a la pollada. Se dejaron entrevistar por un monigote que contrató el Viejo para armar algo de jarana. El monigote, que obedecía al apelativo de Faloperito, además de embolsicarse treinta dólares por un show de quince minutos, logró besar en los labios a la única mujer que asistió al evento.

Esas tres personas eran seguidoras del canal de Montes. Sin embargo, una vez detectadas por la horda de fanáticos montesistas, fueron expectorados de la comunidad. El que está con Groover está contra nosotros, dijeron en coro. Si quieren volver a nuestra comunidad, tendrán que chuparle la pinga a nuestro líder en público.

***

Pero, Viejo, es que a mí me daban pena que los pollitos estuviesen congelándose en la refrigeradora y por eso los puse afuera un rato para que tomen sol.

Groover no podía creer lo que escuchaba. ¿Qué has dicho, cojuda?

Sí, pues, Viejito, y luego cuando empezaron a sudar por el calor, los metí un ratito en mi cuarto para ya, más calientitos, pasarlos otra vez a la refrigeradora. Usted sabe que soy una defensora acémila de los animales. No me gusta verlos sufrir.

Oye, burra, se dice ‘acérrima’, no ‘acémila’. ‘Acémila’ significa mula, pero, claro, eso es más bien lo que eres, una mula. Cómo se te ocurre hacer lo que me estás contando. ¡Esos pollos ya están muertos!, se desesperó Groover. Están muertos, carajo. Entiende. Desde que los compraste estaban muertos, por la reparimpamputa. Y ¿por qué dijiste que los volviste a meter en la refrigeradora?

Porque estaban oliendo un poco feo, dijo Eva, temerosa de que el Viejo le volviese a enyucar otra feroz puteada.

No mucha gente estaba viendo esa emisión de Cuchillos Largos, entonces, Groover pensó en cortar la transmisión para evitar que el respetable dedujese que la pollada se prepararía con pollos malogrados.  

Ya, Eva, no quiero renegar, mejor conversamos por interno. Voy a cortar. Chau, chau.

***

Cuando el Viejo se enteró de que el Ciego no solo no recibió sus diez pollos malogrados, sino que por algún sortilegio del destino la línea de su celular, pieza fundamental para su ubicación y desenvolvimiento en la ciudad, se hubo deshabilitado, soltó potentes carcajadas. ¿Alguien sabe si ese infeliz terminó desbarrancado en los acantilados del Callao?, preguntó en su programa Cuchillos Largos, en donde, con fruición, proclamaba que se habían vendido todos los pollos del evento. Eva está feliz, declaró.

Groover se hallaba borracho de satisfacción. Había que estar también borracho de verdad. Destapó una Coronita helada y se repantigó en la silla sobre la que locutaba Cuchillos Largos. Tengo que complementar esta felicidad con una masturbadita, pensó. Buscó en la computadora vídeos de mujeres de cien kilos copulando con enanos aventajados.

La noche en Newark cayó con plena satisfacción sobre las amoratadas cabezas de sus ciudadanos y Groover durmió nuevamente, tras haberse extraído una gruesa dosis de energía. Roncó estentóreamente para beneplácito de su público que, gracias al éxito de la pollada, había aumentado en tres seguidores: los públicamente expectorados del canal de Montes.

***

Súbete el pantalón, dijo Bobby tras verle el ridículo pene a Coco. No me provoca nada tu cochinadita.

Coco obedeció mansamente.

Más bien, creo que me puedes ser útil en uno de mis fundos de pisaúvas en Chincha, dijo Bobby tras encargarle a uno de sus ingenieros que le acercara la bandeja de coca. Me dijiste que vives por ahí, ¿no?

Sí, claro, dijo Coco.

Llámame mañana, dijo Bobby y lo invitó a largarse del lugar.  


domingo, 6 de octubre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 (Final)

 


Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Nicanor Parra

 

El rostro de la presidente del Perú recibía pinchazo tras pinchazo, como una tormenta de agujas diminutas.

Ay, carajo, me haces doler, hombre, le reprochaba de cuando en cuando al médico esteta que le inyectaba bótox en las arrugas.

El asesor se aclaró la garganta: Como le decía, presidenta, el tema del profesor moreno pinta muy bien para tapar el escándalo de Cedrón.

Lenin Cedrón era el fundador del partido político que había llevado a la mujer hasta la presidencia y, desde que fue sentenciado por la comisión del delito de colusión cuando fue gobernador de una provincia del Perú, prófugo de la justicia. La presidente y su aparato político, por simple instinto de supervivencia -cae él y caemos todos-, estaban obligados a protegerlo a toda costa, aunque de manera velada, mientras repetían -en alguno que otro acto público- que harían todo lo posible para capturarlo a como diera lugar, o juro por mis hijos que dejo de ser la presidenta del Perú si no chapo a ese sinvergüenza que le ha hecho tanto daño a nuestro país.

Pucha, Ramírez, no sé. ¿Ese negro no es el lisuriento que me mostrastes la vez pasada?

Ese mismo, doctora, dijo presto el asesor. El médico esteta sudaba inquieto, temeroso de que la presidente le achacara otro reproche. Sabía muy bien que una queja más significaría ser sustituido sin miramientos, perdiendo los jugosos honorarios -cuánta falta me hacen- que obtenía a cambio de unos cuantos pinchazos.

Muévete para acá, hombre. No me dejas verle la cara al huevón de Ramírez, ordenó la presidente, los ojos cerrados, aguantando el dolor del bótox que se infiltraba en ella para remozarle el semblante. Ramírez, mientras tanto, evocó los tiempos en que esa mujer, ahora emperatriz en su propio reino, no era más que la apocada y turbia tesorera del partido político de Cedrón, una especie de secta improvisada al galope con la única misión de hacer mucha plata en nombre de los pobres.

Ya, consideró la presidente, ya veo por donde vas, Ramírez.

Yo sé que sí, presidenta, afirmó Ramírez. Recordó los tiempos en los que él estaba por encima de ella. Pero ahora -cómo era el destino de macabro y jodido, ¿no?- había terminado como el chupe de la mujer, como el asesor maltratado por su ego inflamado de bótox.

¿Cómo se te ha ocurrido limpiarlo, darle una imagen más decente?, dijo ella. Ya se imaginaba viéndose en las pantallas de la tele rejuvenecida y luciendo el atuendo que el Chivo -un personaje cómico de la televisión peruana devenido en facilitador judicial gracias a la aduladora personalidad que desarrolló para comprarse, con viajecitos al Caribe, endodoncias indoloras y encomiásticas presentaciones en su programa sabatino, a todo el poder judicial del país- le había regalado; un traje de diseñador, de color mostaza, glamoroso y ejecutivo al mismo tiempo, perfecto para ser estrenado en el desfile por Fiestas Patrias.  

Está muerto, dijo Ramírez, con tono triunfal.

La presidente, que sabía muy bien de complots y argucias, exclamó: ¡Diosito está de nuestro lado! Nada como la muerte para hacerte un santo.

Ramírez anotó unas líneas en su libreta.

¿Ya te contactaste…?

Ahorita mismo lo hago, presidenta, dijo el asesor, solícito. Solo necesitaba que usted me apruebe el tema. Mañana empezamos en los periódicos y noticieros con la novela del profesor negro, jodido y discriminado, que es lanzado al estrellato en las redes sociales y luego asesinado por manos racistas e inescrupulosas…

Aguanta ahí, pendejo, lo interrumpió la presidente. ¿Lo mataron al negro? Porque yo recuerdo haber leído un informe que decía que el huevón se había resbalado o algo así.

La verdad, la verdad, presidenta, no sabemos muy bien cómo se murió. Lo encontraron al pie de las escaleras de un asentamiento humano partido en mil partes. Pero los medios van a decir que al negro lo mataron. Porque si contamos lo que dijo el perito, que el negro se resbaló por cojudo, entonces nuestra historia del mártir del racismo se va a la mierda. Por eso, ya tenemos capturados a unos sospechosos. Toditos van a cantar en el momento preciso. Primero, durante dos semanas, se van a negar. Van a decir que ni lo conocían. Eso nos da el tiempo valioso para que el señor Cedrón llegue a Cuba tranquilo. Luego, a partir de la tercera semana, comenzarán a cantar. Y la historia que cuente uno va a ser más alucinante que la que cuente el otro. Así tendremos novela para llenar un mes y unas semanitas más, presidenta.

Claro, claro, repitió la presidente.

Ya, señora presidenta. Terminamos, dijo el doctor esteta mirando científicamente el rostro de su paciente, apreciando la calidad de su trabajo. Ahora, repose y…

¿Más?, dijo la presidente. Si sigo reposando más, se me van a volver a levantar estos indios. Y se rio como una urraca desaforada. Ya he descansado mucho, doctor. Tengo que salir a decir que estamos trabajando y esas huevadas necesarias para mantener las formas.

Claro, claro, pero no se agite mucho, nomás, convino el doctor.

No, si yo no me voy a agitar nadita. El que se va a agitar como huevo de cojo va a ser el cojudo del Cedrón que va a tener que viajar en la maletera del auto presidencial hasta Ecuador, se volvió a carcajear la presidente.

Ramírez volvió a anotar unas cosas en su libreta: Listo, presidenta. Mañana empezamos con el novelón del profesor negro y su duro combate contra el racismo en redes sociales.

Claro, claro, aceptó la presidente. Ahora, dime ¿a qué hora me reúno con el Gato-K-Ch-Ro y el RompeCulos? 

Ramírez comprobó la hora en el Rolex femenino que destellaba desde su muñeca izquierda: Están agendados para dentro de cuarenta minutos, presidenta.

La presidente miró con nostalgia el reloj de Ramírez. No te vayas a encariñar mucho con mi reloj, cojudo. Cuando termine toda esta payasada, me lo vas a devolver. No te olvides, maricón. Apunta eso en tu agenda.


viernes, 26 de abril de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 02


 

Bruti se encasquetó su tan preciado blazer azul y se dirigió a la puerta. Su esposa, ocupada en lavar la vajilla, lo atajó.

¿Otra vez te vas a largar con tus amigotes?, las manos de la mujer goteaban agua sucia y espuma deslucida.

Oe, y a ti qué chucha te importa, ah, ladró Bruti sin dignarse a mirarla. Él era más alto que ella por varias cabezas.

Baja la voz, oye; el bebe está durmiendo, farfulló la mujer, los pelos largos, las puntas de sus cabellos abiertas como tridentes.

Bruti, negro alto, corpulento, el cabello enrulado y pegadísimo al cráneo, se abrió paso hacia la puerta. No me esperes despierta. Voy a regresar mañana, dijo. 

***

Era un restaurante especializado en parrillas. Bruti le dio la mano a Cinthio Valente, conocido periodista deportivo que había perdido su principal fuente de ingresos económicos por culpa de un altercado en el que no supo mantener la cabeza fría.

Ambos intercambiaron un saludo distante.

¿No llega?, preguntó Bruti.

No, dijo Cinthio y volvió a enterrar la cara en su celular.

¿Por qué no entras?, dijo Bruti.

Intenté, pero me sacaron, masculló Cinthio. Fuera de cámaras, su fallida vocalización también era flagrante. Solo dejan entrar a gente de plata, agregó secamente, sin levantar la cabeza del celular.

Aún no se sentía el calorcito que los noticieros anunciaban sería fuerte en veinte o treinta días más. El viento que barría las calles de ese elegante distrito limeño se coló por los resquicios del elegante blazer de Bruti. El grueso del dinero que percibía por dictar clases en las instituciones educativas que lo contrataban se convertía en perfumes caros, ropa de marca y alguna que otra veneca. El vientecillo juguetón le provocó a Bruti un cosquilleo gélido.

Pensó: Este huevón de Cinthio es un cojudazo. A ver, que me saquen a mí del restaurante, conchasumadre.

Se ajustó fuertemente el blazer, miró su reflejo en los vidrios de la puerta y se aprestó a entrar, decidido a parar de cabeza a quien se atreviera a retirarlo del lugar. En eso, se oyó un silbido que alebrestó el ambiente.

***

Acá no entra cualquier huevón, chamo, dijo Guillermo, delgado y guapo ciudadano venezolano. Enfrente de él, Cinthio y Bruti devoraban unas piezas de carne término medio. Rodeando a los platos; papas fritas y cocacolas gigantes heladas. Bruti pensó: Esta huevada está más rica que el bufo de mi Chincha querida.

Miren, mamahuevos, yo los he citado aquí, primero porque los sigo, dijo el venezolano; como dicen ustedes, soy su hincha, pues. Me gustan las mentadas de madre que se lanzan en sus programas. Él no comía nada; se dedicaba a sorber de una botella de cerveza de cuando en vez y a mirar a los dos especímenes que tenía delante de sus gafas oscuras. Aunque últimamente tu programa es una ladilla, señaló a Cinthio, quien procuraba llenarse la boca de carne, papas y gaseosas al mismo tiempo. Cinthio levantó la mirada, extrañado. ¿Qué chucha será ladilla?, pareció pensar. ¿Lo dices porque es muy picante mi programa?, dijo, el hocico inflado de comida masticada.

No, mamahuevos, refutó Guillermo, lo digo porque tu programa es recontra aburrido. Ninguno de los carajos que tienes ahí me da show. Creen que están trabajando en un programa serio y lanzan opiniones que pondrían a dormir a una sarta de burros pingones. Cinthio se tragó esa crítica con una bocanada gigante de cocacola helada.

Pero, Bruti, tu programa sí que me hace reír, chamo, aplaudió el venezolano. Gozo un puyero cuando te arrechas, chamo.

Yo no me arrecho, amigo. Yo me molesto con los faltosos, aclaró Bruti. La carne había estado deliciosa. Nunca había probado algo similar. Se recordó hacerse una fotito al salir del lugar. Sus seguidores tenían que enterarse de que él era asiduo visitador de establecimientos como ese en aquel distrito aristocrático de la ciudad.

A eso me refiero, chamo, dijo Guillermo. Tomó un sorbo de cerveza y, mirándolos, dijo: Los he citado aquí para proponerles un negocio.

***

¿Acá vamos a cerrar el trato?, inquirió Valente al ver que el venezolano los había conducido al jirón Peñaloza, calle infestada de prostitutas transexuales.

Claro, ¿cuál es el problema de cerrar el negocio aquí con unas cervecitas y bien acompañados por tres de mis mejores muchachas?, dijo el venezolano, acabando de aspirar una línea de cocaína.

           Acá me conoce mucha gente. No me voy a bajar de tu auto. Si me ven caminando por aquí, me van a joder de por vida. La noticia llegará a oídos de mi esposa y me voy a ver con botafogo, argumentó Valente. Estás seguro de que estas lunas son polarizadas, ¿no? Porque yo, de aquí, veo clarito a toda la gente. Mira, dijo, señalando a tres transexuales churriguerescamente ataviadas que salían del hotel Malkamasi. Desde aquí veo clarito a esos cabros.

¿De verdad eres bruto, chamo? Pensé que era broma eso de que eras el rey de los brutos, dijo Guillermo, cagándose de la risa. Claro que las ves, pues, pero ellas a ti no. De eso se trata este coroto de las lunas polarizadas. 

Bruti miraba con intensidad las caderas descomunales de los transexuales.

¿Qué miras, profe?, dijo Cinthio, risueñamente desconcertado. Pensé que te gustaban las hembras y, más específicamente, las periodistas deportivas blanconas. Guillermo celebró la ocurrencia de Cinthio, quien, a causa de la penumbra del auto, se asemejaba más a un sapo que a una persona.

¿Qué? ¿No son mujeres?, se hizo el cojudo Bruti. Luego, los nervios, como siempre que se apoderaban de él, le provocaron un frenético parpadeo. Se están acercando para acá, Guillermo, balbuceó.

Claro, pues, chamo. Esas son las amiguitas de las que les hablaba. Con ellas vamos a celebrar el inicio de nuestro proyecto, dijo el venezolano y abrió la puerta posterior izquierda del auto presionando un botón en el tablero electrónico.

Las transexuales entraron raudas al auto. Bruti tuvo que arrimarse contra la puerta posterior derecha. No se le notaba indignado; por el contrario, parecía dispuesto a dejarse llevar por lo que dictaminase o resolviera el venezolano. Quien sí brincó en su sitio fue Valente. No, no, yo me bajo, dijo. Palpó la puerta de su lado y no halló algún botón o palanca que lo liberase del auto. ¿Cómo se sale de esta huevada?, acezó el periodista.

Cinthio; tranquilo, Cinthio, dijo Bruti. No va a pasar nada, lo calmó. Tenía ya una de sus largas manos sobre los muslos de la transexual que le quedaba más cerca.

Guillermo, divertidísimo con la situación, presionó otro botón en el tablero electrónico del auto y liberó a Cinthio, quien corrió y corrió sin detenerse ante los semáforos del jirón Zepita. Corrió con la cabeza gacha para evitar que sus seguidores lo identificaran en aquel lugar relacionado con el comercio transexual.

Profe, abróchese su cinturón. Hoy usted va a cantar en la zona, dijo Guillermo, acomodándose las gafas oscuras y encendiendo su potente bólido.

 Bruti, de ocupación docente, maestro, profesor, no respondió nada. Guillermo lo espió por el espejo retrovisor y dio su visto bueno: el profe había empezado a conocer mejor a sus amiguitas.


jueves, 10 de agosto de 2023

NOVELA PERUANA - MOTE de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 2

 

Todos los sacrificios que exigía la pobreza,

ellos los cumplían con resignación.

Franz Kafka

 


Posso tocarla? (¿Puedo tocarla?)

Mote miró al anciano; se miró la pinga, muerta, exánime; y, recordando que cada momento era parte de un gran sacrificio, recobró los ánimos, volvió a poner su mejor cara y le dijo que sí, que no había problema, que podía tocarla.

Giacomo Ferrini, médico italiano, jubilado, de setenta y ocho años, rico, preocupado únicamente en disfrutar de los efímeros placeres de la vida, alargó el brazo blanco, grueso y velludo en dirección al bulto desnudo y achicopalado de Mote. ¿Cómo chucha he llegado a estas instancias?, pensó el peruano mientras Giacomo empezó a frotarle el sexo.

***

Fue un lunes; un lunes libre para Mote, aunque él hubiera preferido pasarlo trabajando, generando dinero. Desafortunadamente, los cachuelos que le habían conseguido (y los que él mismo se había agenciado) se habían terminado la semana anterior. Ese lunes debía emplearlo en buscar más chambas. En su situación, no podía permitirse un día libre. En el Perú, Roxana, su esposa, y Alice, su hija, contaban con las remesas que, desde hacía seis meses, él les enviaba puntualmente.  Sin embargo, sentía un cansancio existencial. Me merezco un descansito, se dijo. Los descansos también son útiles. Si eres inteligente, puedes usarlos para proyectarte, pe, huevón; para estudiar tus próximas movidas y no cagarla, se convenció a sí mismo.

Estaba sentado en una de las bancas del parque Sempione, uno de los más extensos de Milán.

Mote ocupaba un extremo de la banca. Bebía una Moretti, una cerveza que se parecía mucho a la Pilsen peruana, bebida que consumió hasta el hartazgo en sus noches más desenfrenadas en Huancayo cuando, dueño de ingentes y mal habidas cantidades de dinero, se daba la gran vida.

De pronto, un hombre mayor, alto, aunque algo encorvado, ocupó el extremo desocupado de la banca de Mote. Cruzó las piernas y fijó la mirada en el paisaje de gentes que paseaban felices por los alrededores.

Mote no le prestó mayor atención y continuó bebiendo su cerveza. Pero, al poco rato, el hombre, cambiando de postura, medio inclinándose hacia Mote, le preguntó: Non sei di qui, vero? (No eres de aquí, ¿verdad?)

El peruano ya había conquistado el idioma italiano. Mote era habilísimo con los números y las finanzas. Eso le había permitido desentrañar los mecanismos secretos de la entidad financiera donde trabajaba para apropiarse de dineros que le hubieran tomado centurias ganar honradamente. Pero los seis meses en suelo italiano le habían descubierto otra portentosa habilidad: el dominio de las lenguas. Pocos sudamericanos lograban aprender los rudimentos del italiano en seis meses. Mote no solo dominó los rudimentos en ese mismo tiempo, también los aspectos más complejos. El italiano se sumaba entonces a las lenguas que mamó desde la cuna: el español y el quechua.

No, sono peruviano. (No, soy peruano)

Conversaron. Mote irradiaba buena onda. Bastaba mirarle a los ojos, oírle dos o tres palabras, para sentir que podía ser un buen amigo. En Huancayo, era un tipo queridísimo. Incluso, los policías que lo capturaron cuando se descubrieron sus desfalcos eran compañeros del colegio con los cuales había fortalecido una frondosa amistad con el madurar de los años. Mote, en su puesto de analista financiero, les había facilitado cuanto préstamo le solicitaron. No se ponía muy exigente con los requisitos cuando se trataba de ayudar a un amigo. Así era Mote. Gracias a esos policías amigos, en la foto de rigor exigida por las cámaras de la prensa, Mote apareció retratado con la cabeza gacha. Todo detenido debía mirar de frente al lente de la cámara y, si no lo hacía, los policías que lo custodiaban debían forzarlo a hacerlo. Mote no fue obligado a nada. Sus amigos le permitieron disimular el rostro.

Angelo Facchetti, ingeniero industrial jubilado, de setenta y nueve años, podrido en plata y viajero impenitente, quedó encantado con Mote; inmediatamente empatizó con la penosa historia que este le había relatado: un inmigrante sudamericano que sobrevivía de breves y duros oficios en la tierra de Dante.

Ti pago cinquanta euro per pulire casa mia. Che dici? (Te pago cincuenta euros por limpiarme la casa. ¿Qué dices?)

Era una oferta que Mote no podía rechazar. Angelo le dio la dirección de su casa. Al día siguiente, Mote debía aparecerse a las nueve de la mañana para empezar con el trabajo.

 ***

Angelo Facchetti y Giacomo Ferrini eran muy amigos. Se habían conocido en un foro virtual homosexual. Ambos habían pujado por acostarse con el efebo más bello que haya sido ofrecido en el foro. Angelo y Giacomo alcanzaron el tope: mil euros. Le propusieron al administrador del foro les facilitara la comunicación interna. El administrador les facilitó los números telefónicos. Conversaron. Una moneda lanzada al aire determinó que Angelo sería el primero en acostarse con el chiquillo. Luego, lo haría Giacomo. Después de eso, ambos edificaron una sólida amistad.

Angelo sabía que Giacomo moría por volver a probar una pinga sudamericana. Era uno de sus mayores anhelos. Pero tenía que ser la pinga de un sudamericano confiable, de uno que no le iba a robar o hacer daño. El primer y último sudamericano que probó había sido un ecuatoriano que le robó parte de su colección de relojes.

Non preoccuparti. Questo sudamericano è un angelo. (No te preocupes. Este sudamericano es un ángel), le dijo Angelo.

Un angelo come te, caro. (Un ángel como tú, querido), retrucó Giacomo y rieron.

Giacomo no podía dejar de preguntarle a su amigo si ya había tirado con Mote.

No, caro. L'ho visto fare la doccia un giorno e ho visto che, sebbene la sua pelle fosse lattiginosa, la linea del suo sedere era marrone. Ma so che ti piacciono quelle rarità sudamericane. (No, querido. Lo vi tomar una ducha un día y vi que, aunque su piel era lechosa, la línea del culo la tenía marrón. Pero yo sé que a ti sí te gustan esas rarezas sudamericanas), volvieron a reír. Giacomo le confirmó que sí, que a él le derretían esas rarezas, que le gustaba enterrar la lengua en esas rayas marrones sudamericanas. Y le regaló un suspiro al aire cuando recordó la raya marrón de su pérfido ecuatoriano.

***

Al abrirse la puerta de esa enorme casa, Mote confirmó sus sospechas: Giacomo Ferrini, el médico que le dijo ser amigo dilecto del ingeniero Angelo Facchetti, era tremendo cabrazo. Solo bastaba ver cómo lo había recibido; vistiendo una trusa blanca y una camisa de seda completamente desabotonada.

Desde que ingresó a la esplendorosa vivienda, Giacomo no había dejado de colmarlo de atenciones. 

La casa è molto grande. (La casa es bien grande), dijo Mote, mientras Giacomo lo guiaba por su palacio. El médico, que no era tonto, supo leer el mensaje velado de Mote: mientras más grande la casa, más alto el pago.

Nessun problema, caro. Pagherò quello che ordini. (No hay problema, querido. Pagaré lo que ordenes), dijo Giacomo.

Luego del recorrido, Mote estimó que el pago justo por limpiarle la casa (que, por lo demás, relucía de limpia) debía ser unos setenta euros. Giacomo estuvo de acuerdo con la cifra.

Ma prima di iniziare, perché non ti fai un bagno rilassante nella mia vasca? Fa molto caldo fuori e ti ho visto mezzo surriscaldato. (Pero antes de que empieces, ¿por qué no te tomas un baño relajante en mi tina? Afuera hace mucho calor y te he visto medio acalorado), propuso Giacomo. Los vellos blancos y encrespados de su pecho se agitaban con la bondadosa brisa que refrescaba la sala de amplios ventanales.

Ah, no, pensó Mote, este viejo conchasumadre quiere pinga. Confirmado. Ni por accidente tocaré la escoba. Esos setenta euros, y hasta más, me los ganaré de otra forma. Ya se me irá ocurriendo cuál.

Mote culminó la carrera de Economía en la Universidad Nacional del Centro del Perú, la UNCP, integrando el prestigioso quinto superior de su promoción. Era un tipo muy inteligente. Las estrategias que aplicaba en la resolución de cualquier tipo de problema se elaboraban en su mente con inusual rapidez. No por algo Mote resultaba ganador en cuanta competencia universitaria de ajedrez se realizara. Poseía la singular capacidad de avizorar hasta cuatro o cinco movimientos que el contrincante pudiera hacer ante determinada situación.

Así, fue fácil para Mote idear un movimiento maestro que terminase por desatar las fervientes pasiones del buen doctor Giacomo.

Ottima idea, signor Giacomo. Ma ti dispiacerebbe se mi spogliassi nel tuo salotto? Qui è più fresco. (Gran idea, señor Giacomo. Pero ¿te importaría si me desvisto en tu sala? Aquí está más fresquito)   

No hizo falta que Mote repitiese su propuesta; Giacomo, solícito como YouTuber al que se le promete un centrito a cambio de que se vuele una ceja, aceptó de buen grado la idea y se ofreció a ayudarle con la desvestida. Se acercó a Mote y le desabotonó la camisa. Cuando esta se desprendió finalmente de la anatomía de Mote, quedó expuesto su pecho firme, sus abdominales esculpidos por los tantos años de entrenamiento futbolístico en el Perú, cuando perteneció al equipo de reserva del Sport Huanca.

Sei forte! (¡Eres fuerte!), exclamó Giacomo, presa del entusiasmo y la excitación: tenía ante él un bello cuerpo sudamericano. Esta vez, prescindió de toda la educación que recibió en el exclusivo y añejo colegio católico Franceso Cicognini y se aventuró a posar su mano en los macizos pectorales de Mote, sin anunciar el debido permiso. Mote no se molestó. Sabía que la cosa estaba fluyendo según lo que tenía en mente. Más aún, tomó la mano aventurera de Giacomo y la dirigió hacia su abdomen, hacia la parte más cercana al área púbica. Mi ci è voluto molto lavoro per ottenere addominali strappati. (Me tomó mucho trabajo conseguir unos abdominales marcados), le dijo.

Permettimi di aiutarti con i pantaloni. (Permíteme ayudarte con el pantalón).

Mote tomó asiento en el sillón favorito de Giacomo (acción que este encontró adorable) y se desabrochó el pantalón. Giacomo, tomando las bastas de dicha prenda, jaló hacía sí y, voilá, su futuro empleado había quedado en el mero calzoncillo.

El deseo consumía al italiano, lo hacía babear. Impelido por él, se arrodilló ante Mote que, enseñoreado en su sillón, lucía como un joven Alejandro Magno a punto de recibir una íntima caricia de su maestro Aristóteles. 

Esos ojitos están suplicando por pinga, pensó Mote, viendo a Giacomo enfrente de él, arrodillado, los ojos ansiosos como de perro ante una chuleta que se balancea ante su mirada.

Vuoi vederlo? (¿Quieres verlo?), propuso Mote.

Nuevamente, repetir la proposición no fue necesario; Giacomo hundió sus dedos en los bordes del calzoncillo de Mote y lo corrió hacia abajo, deslizando la prenda por sus piernas crudas y peludas. La pinga muerta del peruano quedó a merced de la fresca brisa que recorría la estancia.

Che bel cazzo sudamericano! Che bel cazzo sudamericano! (¡Qué bella pinga sudamericana!), repetía Giacomo. Posso tocarla? (¿Puedo tocarla?), suspiró, anhelante, sin quitar la mirada de aquel sexo expuesto.

Prego (Adelante), dijo Mote.

Veinte minutos estuvo Giacomo acariciando el miembro de su pequeño Alejandro Magno sudamericano cuando la situación demandó algo más íntimo. Volvió a tenderle una mirada a Mote. Este comprendió.

Prego (Adelante), volvió a decirle.

El conspicuo médico italiano se metió la pinga sudamericana en la boca.

***

En el bus a casa, Mote rememoraba ciertas escenas de la curiosa entrevista que había sostenido con el doctor jubilado Giacomo Ferrini.

Este viejo conchasumadre cómo me la chupó, carajo. Nunca nadie me la había chupado así. Ningún traca, ni mis amigos futbolistas del Sport Huanca, ni mis flacas, ni siquiera las putas italianas, nadie, nadie me la ha chupado así, con esa delicadeza, con esa armonía, pasándome la lengüita como si fuera el ala aleve de un leve abanico, evocaba Mote, prestándose la famosa aliteración rubendariana.

El peruano aún no podía creer que se le hubiera parado la pinga ante los estímulos de un viejo panzón, pelado y peludo. Una excelente mamada, venga de quien venga, hombre, mujer o traca, será capaz de resucitar a la pinga más muerta, concluyó.     

***

Mote le había prometido a Giacomo (mientras éste le entrega cien flamantes euros) que regresaría al día siguiente para “continuar” con el trabajo de limpieza. Pero no fue así. No volvió. Se excusaba pretextando resfríos, cachuelos, y un sinfín de coartadas que jamás había imaginado producir.

Mirándose al espejo, mientras se colocaba el aretito de oro en el lóbulo de la oreja izquierda antes de acudir a una de las chambas que, gracias a sus contactos, le volvieron a caer, se reafirmaba en que no volvería a la casa de Giacomo: Ese viejo conchasumadre va a querer que me lo clave. No se va a conformar con una simple chupada. Ni cagando. Que se joda. Lo voy a cansar con mis rechazos hasta que deje de insistirme.  

***

Mi sei mancato, caro. (Te extrañé, querido), dijo, ahíto de contento, el médico jubilado Giacomo Ferrini cuando le abrió la puerta a Mote. Lo abrazó y el peruano no pudo evitar sentir la enorme panza del septuagenario.

Mi piacerà sentire il tuo enorme cazzo sudamericano dentro il mio culetto. (Me va a encantar sentir tu enorme pinga sudamericana dentro de mi culito), dijo Giacomo tras darle dos besos en la cara a Mote.

El médico lo invitó a entrar y a acomodarse en el sillón donde hacía dos meses había ocurrido aquel hermoso fellatio.

Assaggerai il mio miglior vino, caro. (Vas a probar mi mejor vino, querido), dijo Giacomo desde el bar. Mote lo miraba atentamente (un gordo desagradable, en trusa y envuelto en una bata de seda, que iba a cumplir su sueño de penetración sudamericana a cambio de cuatrocientos euros), pero su cabeza le repetía una y otra vez la llamada de Roxana, su esposa en el Perú, que le comunicaba que Alicita, su hija, había sufrido un accidente en el colegio y necesitaba de una urgente y fuerte suma de dinero para ser tratada en la más confiable y segura de todas las clínicas huancaínas.

Le hubiera gustado indicarle a su esposa el punto donde mantenía enterrado el tesoro de Catalina Huanca, como llamaba él al dinero que le sustrajo, en considerables cantidades, a la Caja Huanca, entidad de la que fue intrépido analista financiero. Pero revelarle el escondite, podía poner en problemas legales a su mujer. Y Mote, ante todo, vivía para proteger a su familia, estuviera él cerca o lejos, como ahora en Milán. Nadie debía saber dónde estaba sepulto el tesoro. Solo él, si regresaba al Perú, sería el único en condiciones de exhumarlo y emplearlo para el bienestar de su familia.    

 Muoio dalla voglia di affondare la lingua nella tua linea marrone del culo, mio ​​amato sudamericano. (Me muero por hundir mi lengua en la raya marrón de tu culo, mi amado sudamericano), escuchó Mote que le decía Giacomo al alcanzarle una copa de vino, interrumpiendo sus elucubraciones familiares.

lunes, 7 de agosto de 2023

NOVELA PERUANA - MOTE de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 1

  

Si no conozco una cosa, la investigaré

Louis Pasteur


 

¿Cuánta leche boto en un pajazo?

Esa pregunta le había empezado a rondar la cabeza desde aquella vez en que, cuando aún vivía en el Perú, empapó de semen toda el área de la cara de Jacky, una de las dos mujeres con las que se veía a escondidas de su esposa. El rostro aguileño de Jacky había desaparecido tras una densa capa lechosa y burbujeante. Con el índice derecho, Mote raspó la superficie de la capa que chorreaba por una de las mejillas de Jacky. La olió, quiso probarla, pero desistió; más bien, dirigió el dedo a la boca de su compañera.

¡Pasu!, exclamó la mujer, la visión nublada por los grumos gangosos que desfilaban cuesta abajo por sus párpados. ¿Tan aguantado estabas?

Jacky barrió la leche de sus ojos y notó recién el índice derecho de Mote a un centímetro de su boca, aguardando entrar.

¿También quieres que me lo tome?, rio ella.

Abre la boca, oe; tómate la leche de tu marido, exigió Mote, serio como policía enterándose de que lo van a cerrar con su coima. Jacky abrió la boca y chupó el dedo de su compañero. Mote la vio tragarse la dosis.

¿A qué sabe?

A nada, dijo ella, levantándose del suelo. Tomó una toalla, se la anudó a la cintura y salió del cuarto. Motecito se había quedado con la duda.

¿Te vas a bañar?, gritó.

, gritó también su compañera, la voz atenuada por la distancia (el baño estaba al fondo de la casa) y la puerta cerrada.

Mote quiso evitar que ella se bañara. Quería que la leche permaneciera en su rostro, arraigándose en él. Había oído que el semen tenía propiedades rejuvenecedoras al ser aplicadas en la superficie cutánea del ser humano.

Ya fue, se dijo a sí mismo. No va a atracar el experimento la conchasumadre, pensó.

Han pasado algo de ocho años desde esa vez y, así eran los recuerdos de repentinos, se le había vuelto a despertar la curiosidad científica por conocer cuánto semen llevaba en los testículos.

Ahora, el escenario era otro. Mote vivía en Milán, Italia, en un cuartito entreverado en los suburbios de un barrio obrero. Había jugado una pichanguita nocturna con algunos de sus compañeros del trabajo y ahora estaba, ya bañado, acostado sobre su cama, dispuesto a descansar lo más pronto posible para recuperar las fuerzas que lo sustentarían en la siguiente jornada laboral.

Así, la pregunta guardada desde hacía poco más de ocho años volvía con rotundidad: ¿Cuánta leche boto en un pajazo?

Esta vez, la pregunta demandaba perentoriamente una respuesta.

Mote se pajeaba todos los días, o casi todos los días. Incluso, si había tirado con alguien, igual se pajeaba después, rememorando las escenas que más le habían gustado del acto. Esta noche no sería la excepción, más aún si había una cruzada científica por solventar.

Se levantó de la cama y fue a buscar una de las bolsitas que usaba para envolver las manzanas que comía durante ciertas pausas del trabajo.

Volvió a acostarse, la bolsita a su lado, al alcance de su mano izquierda, la no pajera. Mientras menos ataviado de accesorios, mejor; por ello, prescindió de tomar su celular, aparato que usaba algunas veces para estimularse con vídeos porno. La capacidad mental que tenía para recordar nítidamente sus escenas sexuales favoritas era asombrosa.

Empezó a masturbarse. No habían pasado ni tres minutos cuando sintió que se le venía el cuáquer. Cogió la bolsita y la colocó en la punta de la pinga. Atrapó toda la descarga. Luego de haber cerrado los ojos un momento y dejado que su alma se paseara por la habitación, volvió en sí. Había que continuar con el experimento.

Prendió la luz de su habitación. Se sorprendió. Había llenado casi toda la bolsita. Ahora, ¿cómo mido esta huevada?, se preguntó. Miró a su alrededor. Buscó algo en el cuarto que le permitiese cuantificar su leche. Una cuchara, se le ocurrió cuando pasó la vista por el rinconcito que le servía de cocina. Se apuró hacia la cajita plástica donde guardaba sus cubiertos: un par de cuchillos, tres tenedores, tres cucharas y dos cucharitas. Tomó una cuchara.

¿Ahora cómo cuchareo esta huevada?, pensó.

En Italia, Mote había sido aiutante del panettiere (ayudante de panadero), uno de los tantos oficios que ejerció ni bien bajó del avión que lo llevó a ese país europeo, el país que había elegido para resurgir de las cenizas, para resarcirse de la caída que había significado su estadía de casi un año en una congestionada celda de la cárcel de Huamancaca, en su natal Huancayo. 

Cuando decoraba las tortas, preparaba las mangas: cogía una bolsa mediana, la llenaba con la crema chantilly elegida y, con los dientes, le arrancaba un pedacito a una de las esquinas de la base de la bolsa. Anudaba la boca superior y, por el agujero creado con la diminuta mordida, la crema salía lineal, controlada, dosificada, lista para decorar el pastel a gusto del artesano.  

Eso es, pensó, entusiasmado, como en la panadería.

Con los dientes, abrió un agujerito en uno de los extremos de la bolsita. No pudo evitar probar accidentalmente un poco del semen que salió por el agujero (había sido amarga la huevada, pensó, haciendo un mohín con la boca), que tapó inmediatamente con dos dedos.     

De ese modo, llenó la cuchara. Iba a desembarazarla botando el contenido en el fregadero (y así continuar midiendo el resto de la leche), cuando se detuvo: si boto esto, no voy a poder hacer el siguiente experimento. Cogió la taza en la que solía disfrutar de un cafecito luego de sus borracheras, y vertió en ella la primera cucharada.  

Siete cucharadas, se dijo, gratamente sorprendido y complacido, luego de haber descargado la bolsita.

Lavó la cuchara y volvió a colocarla en su lugar. Su mamita le había enseñado la importancia del orden y la limpieza, elementos que Mote no había olvidado.

Volvió a la cama y, a su lado, sobre la mesita de noche, puso la taza con semen. Iluminado solamente por la leve y blanca luz de la luna milanesa, se esparció la leche por la cara. No dejó ningún resquicio seco. Toda su piel quedó humectada.

Mañana veremos los resultados, pensó antes de cerrar los ojos y dormir profundamente.

martes, 18 de julio de 2023

"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Beso, luz de carne

 


Fragantes mariposas

Leves y frescas

Que no son flores

Ni tampoco mariposas

Pero saben a luz de carne.

Mojan como el balsámico rocío de las mañanas.

Esos son tus besos.

Nunca me niegues uno.

Jamás me alejes de ellos.