Latidos del asfalto

domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


 
“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos”

Charles Baudelaire – Poemas prohibidos

 

Salí tarde del cuarto. Corrí hacia la plaza San Martín. Mentira, no corrí; solo aceleré el paso. Igual, el trajín no me permitió siquiera echarle un vistazo a la novela que llevé para amenizar el trayecto. 


Transpiré un poco. Fue inevitable. Desde la esquina del Teatro Colón, miré si Rosario me esperaba, como habíamos quedado, en la esquina del BCP. No estaba. Revisé el celular. Me había escrito al Whatsapp. Me dijo que me estaba esperando en el Yield Bar. El Yield Bar era un lugar donde se podía beber chela escuchando un buen rock and roll. Estaba ubicado a pocos metros de la cuadra ocho del Jirón de la Unión, guarecido bajo los añejos portales de la Plaza San Martín. Unos meses atrás, en ese lugar, un borracho quiso sobrepasarse con Rosario. Yo andaba algo mareado. En ese estado, solo en ese estado, me sentía capaz de pelear con cualquier huevón. Rosario evitó que me acercara a la mesa del borracho. Estaba decidido a sacarle la mierda; aunque los más probable era que el borracho me la sacara a mí.  


La encontré sentada a una de las mesas, la más próxima a la puerta de ingreso. Antes de entrar en el local, fijé la mirada en el afiche pegado en la pared del frontis. Un grupo tributero le haría un homenaje a Pantera el sábado primero de octubre. Genial. Rosario, Rosario. Gracias a ella, directa o indirectamente, se me presentaban cosas interesantes.  


Nos saludamos. Tenía un trago medio rojizo, de aspecto refinado, delante de ella. Le pregunté qué tomaba. Me respondió algo que no recuerdo. Me invitó a probarlo. Si quieres te pido uno, me ofreció. A mí me gusta, añadió. A mí no me gustó. Si quieres invitarme algo, invítame una cerveza, le pedí, conchudazo. Si yo hubiera sido un tipo normal, de esos que creían en el amor y en que siempre era preferible tener una novia a no tener nada, entonces Rosario hubiera resultado mi pareja ideal: gastaba su dinero en mis engreimientos. Jamás dudaba en desprenderse de varios de sus billetes cuando le pedía una cerveza o un libro. Levantó una mano y llamó al joven de polo negro que se suponía era el mozo. Una cerveza, por favor, pidió. ¿Pilsen o Cristal?, inquirió el mozo, visiblemente desganado. Rosario me miró. Pilsen, dije. Heladita. 

 

Entusiasmado, le pedí a Rosario que me acompañase el sábado al concierto tributo a Pantera. Yo quiero ir al otro, dijo, como un pequeño que le ruega a su madre salir a jugar con los amigos a la calle. ¿Cuál otro?, quise saber. Ese, pues, ¿no lo has visto? No, ¿cuál? Se paró. Entendí que quería que la siguiera. Caminamos un par de pasos hasta que quedamos situados enfrente del afiche de Pantera. ¿No has visto eso?, dijo, señalando con el índice un cartel de mucho menor tamaño que el de Pantera. Anunciaba un tributo a Calamaro el viernes treinta. A Rosario le encantaba la música de Andrés Calamaro. Alguna vez hicimos el amor con una de sus canciones como decorado de fondo, acompañándonos. Me parecía que era Cuando te conocí. Supuestamente, yo era el chico casado que le prometió dejar a su esposa.

                                     Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=RuZ2wMO7TcY&spfreload=5


Vamos, dime que sí, me animó. No, qué aburrido. Si quieres anda sola. A veces, era demasiado cruel con Rosario. Pero no era crueldad; era sinceridad. Con Rosario era yo mismo. No edulcoraba mis respuestas ni mis sentimientos. Con ella me comportaba tal cual era. Y, generalmente, lo que era, lo que llevaba dentro de mí era el alma de un ser bajo, turbio, para nada confiable.

 

Rosario estaba linda. Estaba de ánimos. Ella era así. Un día podía estar con cara de culo, triste o resentida, y, al día siguiente, motivada, pletórica de proyectos y fantasías. Esa noche estaba motivada. Cuando terminé la cerveza, Rosario iba por su segundo trago. Me animó a pedir otra, pero rechacé su ofrecimiento. Tenía que trabajar al día siguiente y, además, ya había bebido bastante con Karina hacía apenas unas horas. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a soportar los estragos del alcohol de manera tan consecutiva.

 

En el camino a mi cuarto, algunos de los consuetudinarios borrachos de la avenida Colmena miraron embobados el cuerpo de Rosario: llevaba unos tacos altos y negros, un jean azul ajustado que le resaltaba el trasero y una blusa de escote bastante pronunciado. Algunos no dudaron en sublimar sus elogios con un sonoro silbido y un qué rica estás, mi amor. Cuando cruzamos Tacna, las bocinas de algunos de los vehículos detenidos detrás de las líneas de cebra saludaron la belleza de Rosario. El hecho de que otros hombres admiraran –y desearan- a la mujer que me acompañaba, me complacía. Nunca me disgustó que otras personas piropearan a las desdichadas mujeres que tuvieron la desgracia de ser, en algún momento de sus vidas, mis enamoradas.

 

Prendí mi vieja laptop y le inserté el disco de una película peruana que había sido producida y protagonizada por un popular cómico peruano que interpretaba a una suegra mañosa, abusiva y prepotente, y de quien su yerno presumía había asesinado solapada y lentamente a su esposo con diarias dosis de veneno. La nueva misión de la arpía era liquidar a su yerno para separarla de su hija.

 

Al cabo de media hora, mis ojos empezaron a cerrarse. O la película me pareció predecible –como el argumento de El Solitario de Zepita- o era que estaba muy cansado. El asunto fue que le sugerí a Rosario que durmamos. Primero, debía apagar la laptop y suspender la película. Pero déjala, protestó. Está aburridísima, le dije. Además, me ha entrado un sueño bravo. Tuvo que aceptar la cancelación cinematográfica.

 

¿Estás desnuda?, le pregunté un rato después. Por supuesto, me dijo. Yo duermo así. Se me quitó el sueño. Yo también estaba desnudo. Ahora quería hacerle el amor. No iba a ser tan fácil. Ella todavía seguía resentida conmigo. El capítulo de la novela en el que pulverizaba su imagen todavía le dolía, todavía le escocía el ego.

 

Rose, dije, casi como un susurro. ¿Rose?. El tono de mi voz era como el de un niño que llamaba a su madre, ¿mami?, para pedirle algo que sabe que ella le ha prohibido. Rose, ¿puedes tocarme el pene? Ella giró su cuerpo sobre el colchón. Su rostro quedó enfrente del mío. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a hacer nada de eso. Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Acerqué mi rostro al de ella. La penumbra del cuarto impedía que nos viéramos los rasgos en detalle. Si ella hubiera podido ver los míos, se hubiera espantado. Yo mismo me espantaba cuando me veía en el espejo. Siempre me preguntaba, al ver el reflejo de mi cara, cómo era posible que en mis treinta y tres años hubiera besado o tenido relaciones gratuitas con más de una mujer. Claro, no todas esas mujeres fueron hermosas. Muchas fueron feas. Ninguno de los huevones con los que estudié en la Católica, por ejemplo, se hubiera atrevido siquiera a hablarles. Yo tampoco era bonito; era feo, así que no podía quejarme de la suerte que me había tocado.  

 

Solo tócalo un rato y ya. Un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Rosario se negó. Volteó su cuerpo y su rostro. Me dejó a un lado del colchón, sumido en la más profunda arrechura. Me rondó la cabeza la imagen de su cuerpo caminando muy estrechamente a mi lado por las calles salpicadas de basura del Centro de Lima, el trasero empinado gracias a la ayuda de sus jeans y sus tacos altos, el surco generoso de su pecho formado por la vecindad de sus tetas.

 

Si fuéramos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Sus palabras fueron como la boya que se le lanza a alguien que se está ahogando en un mar de incertidumbre. A sabiendas de que me sentiría fatal por mentirle de una manera tan descarada con tal de satisfacer mis más primitivas necesidades, le dije: Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Rose cambió de posición. Mentiroso, dijo, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. Se dejó tocar. Era un buen indicio. Calculé que debía insistir en mi mentira unos pocos minutos más para tener la puerta abierta a la satisfacción de mis deseos. Te amo, Rose, te amo, tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me ha pasado algo bueno o cuando me siento cagado? Era un pésimo propagandista. Me resultaba inexplicable que alguna gente comprara mis mentiras. Yo las encontraba débiles, carentes de un sustento robusto que las hiciera pasar por verdades inexpugnables. Yo me ponía en el lugar de las personas a las que les mentía y me decía: pero si es facilísimo darse cuenta de que les estoy mintiendo. Solo tienen que jalar esta hebra para que el entramado de mi mentira se deshaga por completo.

 

Te amo, Rose, te amo, repetí. Y no la amaba. Pero la quería mucho. Era la persona con la que más tiempo pasaba. Me llevaba bien con ella. Era la única que me soportaba y que me conocía mejor que otras. Panzón, feo y ególatra: ninguno de esos defectos arredraba a Rosario. Así me quería. Así me amaba. Su amor la conducía a recaer en los mismos errores conmigo, en las mismas trampas que algunas veces le tendía por mi cobardía, por mi pusilanimidad ante la posibilidad de quedarme verdaderamente solo en una ciudad que me sobrepasaba.

 

¿Estás diciendo la verdad, Daniel? No respondí al instante. No podía responder al instante. Una mentira requería de cierto momento de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese momento dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró un segundo y medio. Era un mal mentiroso. Los embusteros de verdad, los de sangre fría, no tenían que esperar una fracción de segundo para enunciar su mentira; la tenían siempre en la punta de la lengua. Mentían muy bien. Sí, Rose, dije, finalmente. Me apuré a besarla. El beso era una distracción para que ella no tuviese tiempo de detectar el engaño en toda mi verborrea. Ella correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga. La colcha que nos cubría, que era azul por un lado y celeste por el otro, y que compré en Sodimac el mismo día que adquirí el colchón y todas las pocas cosas de mi cuarto, debía de tener más de un millón de espermatozoides muertos pegoteados a ella.  

 

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Succionó mi lengua. Pasó la suya por mis labios. Los lamió como caramelos. La pinga no la podía tener más dura. No te voy a chupar nada, me dijo. Me lamió la boca. Pasó su lengua por mi cuello. Se deslizó por debajo de la colcha y humedeció mi pecho con sus labios inquietos. Sus manos recorrieron mi espalda y se fijaron en mi cintura. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Sí, amor, chúpamela, suspiré, excitado a más no poder. Alguien prendió la luz de la escalera y una luz penumbrosa invadió el cuarto. Al cabo de unos pocos segundos, pudimos vernos. Estábamos arrechos.

 

Daniel, no mereces que te bese. Rosario podía cambiar de parecer o de humor de modo inesperado, incomprensible e ilógico, ilógico para un tipo mañoso y mentalmente limitado como yo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia, no una amante. Suspiré con tono de queja. Rose, Rose, te amo. La tomé de la cintura y la pegué hacia mí. Mi pene y su vagina se tocaron. ¿Quieres ser mi enamorada?, pregunté, con voz de galán de telenovela mexicana. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. Entonces, por alguna extraña sinapsis, pensé en sus pies. Me gustaban sus pies. Varias veces, cuando la arrechura alcanzaba su máxima tensión, terminaba lamiéndole los pies. Sus dedos estaban perfectamente dimensionados con respecto al resto del pie. Las uñas siempre las traía pintadas con estimulantes colores y diseños -estimulantes para mi pichula, por supuesto-. Metía cada uno de sus dedos en mi boca y los dejaba ensalivados. ¿Y si me masturbas con tus pies?, inquirí. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en el ritmo de su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Su respuesta provocó que dos gotitas de líquido preseminal emergieran, alegres y bulliciosas, por la punta de mi glande. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo voy a poner mis pies en tu pene un rato y nada más. Acepté. No iba a rechazar esa oferta. Además, estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Ella era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Se acomodó de modo tal que pudo poner ambos pies sobre mi pelvis. La poca luz que llegaba al cuarto me permitió disfrutar del acto: sus dedos, pintados de rojo, iban y venían, recorriendo la diminuta longitud de mi pene enhiesto y baboso. Qué rico, dije, para estimular su libido, para hacerle conocer que su desempeño merecía toda mi aprobación, que lo estaba disfrutando.

 

Tras unos segundos del masaje podálico, Rosario se llevó la mano derecha a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el tonto, el huevón. Me masturbo, pues, dijo, algo agitada. Si quieres yo te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro, pensé. Sus pies se mojaban con los líquidos preseminales que salían de la cabeza de mi pichula. Ella continuaba restregándolos ardorosamente. El dedo medio de su mano derecha comenzó a introducirse en su vagina. ¿No quisieras a mi pene en lugar de tu dedo? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela. No me excitaba tanto por el masaje. Los pies no son buenos corredores de paja. Me excitaba la idea de tener esos pies blanquecinos, de uñas primorosamente decoradas, en contacto con mi rijosa pinga, oscurecidos de tanto en tanto por los pelos negros y ensortijados que me crecían como alambres en esa zona.        

 

¿Y si solo le das un besito a mi cabecita? Sus ojos brillaban. Podían iluminar la habitación. Estaba súper excitada. Era la oportunidad para volver con mis demandas. Solo un besito, por favor, insistí. Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Cambió de posición. Se puso en cuatro ante mi pene. Yo seguía echado, la cabeza apoyada en uno de los cojines azules, expectante ante lo que se podía distinguir en la penumbra. El besito, corto y delicado, en los labiecillos del glande, se convirtió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme gracias a que con los años había perfeccionado su técnica. Lamió la escasa longitud de mi falo y no se olvidó de visitar las bolas. Sadiqueado por la excitación, le cogía la cabeza y la obligaba a no despegarse de mi pene. Ahí la tenía cuatro o cinco segundos, la cabeza presionada contra mi pelvis. Luego la soltaba y ella ahhhghhhh. Mi pichula y su boca terminaban ensalivadas.

 

No pasó mucho tiempo para que terminásemos tirando. Nuevamente, en poco tiempo, mi indesmayable e infatigable colchón inflable azul me servía de plataforma sexual y me ayudaba a colmar el vacío de mi vida con gemidos y líquidos que embadurnaban cuerpos, dejando a los amantes exhaustos y ahítos de sexo.

 

Algo así como una hora después, Rosario y yo seguíamos desnudos. La colcha nos cubría. Una sensación de frío se había colado por algún resquicio del cuarto. Pensé en mi colcha y en la cantidad de esperma que tenía acumulada. Decidí ir al baño para lavarme la pinga y la cara. Esta última la tenía con algo de sudor y grasa debido a la agitación del sexo. Si bien no había hecho ningún esfuerzo –porque todas las posturas las había ejecutado Rosario-, igual acabé con la cara sudada. La pinga la tenía pegoteada con la mezcla de semen y los líquidos de la vagina de Rosario. Pensé en decirle que me la volviera a chupar para que me la dejara limpia, pero mi cara igual continuaría asquerosa. Era mejor ir al baño y lavarse bien para luego dormir reparadoramente.

 

Revisé la hora en el celular. No había whatsapps de nadie. Obvio, no tenía amigos. No tenía por qué recibirlos. Era mejor así. Los amigos solo generaban incomodidad y problemas. Nunca esperaba nada de ellos. Revisé mi correo por si había alguna novedad con los gringos de Mine Ventilation Projects, algún mensaje urgiéndome a que les entregara ya la corrección de la traducción. No había ningún mensaje importante; solo basura propagandística. La UPC quería regresarme a las aulas universitarias ofreciéndome estudiar una puta maestría. Desde que hube dejado la universidad, decidí dejar atrás, para siempre -eso esperaba-, al Daniel que se sentaba en un pupitre y recibía pasivamente las estupideces provenientes de las bocas más variopintas que se ufanaban, por algún dudoso mérito, de ser autoridades en ciertos temas. ¡Bah! Quien quiera que se sintiese poseedor de conocimientos que otros anhelaban tener merecía toda la desconfianza posible.

 

Dejé el celular en algún lugar cerca del colchón. Me puse la toalla alrededor de la cintura y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando regresé, más fresco y con ganas de dormir por horas, Rosario sostenía mi celular en alto, como restregándomelo, como la prueba de alguna reprochable incriminación. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Fue como si, de pronto, me hubieran bajado el telón de lo que iba a ser una noche sosegada. La luz del cuarto estaba prendida y Rosario, por lo flamígero de sus ojos, parecía capaz de estrellar mi celular contra la pared o, peor aún, contra mi cara.

    

Lima, martes 27 de setiembre del 2016.

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