Latidos del asfalto

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


 “Hace unos días eras una diosa, ahora eres sólo una mujer.
Charles Baudelaire refiriéndose a la socialité francesa Apollonie Sabatier. 

Encontramos una mesa disponible. Ella pidió un sánguche de pavo; yo, uno de lomo saltado. Los mozos de El Chinito, si bien prestos en la atención al público, rezumaban cierto hartazgo existencial. No me hubiera sorprendido que uno de ellos enloqueciera y, cuchillo en mano, rebanara los pescuezos de sus compañeros y de alguno que otro comensal. No entendía cómo podían trabajar en medio de tanto calor. El Chinito era un hervidero. Los huevones que se hallaban detrás del mostrador, los cocineros, sudaban sin dejar de trozar las carnes que salían humeantes de los hornos. Abrían los panes con frialdad: ¡Plaj! Ponían los trozos de carne sobre las tapas inferiores y, con los mismos cuchillos, colocaban las tapas que debían ir encima de la carne.

Acompañamos los sánguches con una jarra helada de chicha morada. Karina le tomó un par de fotos al logo del local. Le sacó tres fotos a su sánguche y a la jarra de chicha. Me hizo una foto a mí. Yo me opuse, claro. Igual me la hizo. Me cogió desprevenido. Se hizo un selfie. Procuró que detrás de su cabeza sonriente apareciese el logo de El Chinito, un clásico desde 1960. No pasó mucho tiempo para que cada una de sus fotos recibiera cientos de likes y alguno que otro comentario.

Karina pasaba sus días entre no hacer nada e ir al gimnasio. Todo su mundo en Facebook giraba en torno al gimnasio: publicaba fotos de las ensaladas que comía y de las pócimas proteínicas y nutritivas que bebía. Sentía harto justificada su vida retratándoles a sus seguidores en Facebook su rutina gimnástica. En El Chinito, sin embargo, no tuvo reparos para devorar todo lo que había en la mesa: la chicha, las cebollas aderezadas, las robustas tapas de pan francés y las carnes de desmesurado grosor.  

Yo, como era de esperarse con un muerto de hambre, también devoré mi sánguche. Quedamos repletos. No sabía ella, pero mi cargo de conciencia por lo tragado fue enorme. Me prometí embalarme lo más apretadamente posible al día siguiente, antes de bicicletear al trabajo. Embalarme era una estrategia que diseñé para concentrar en mi abdomen el esfuerzo de hora y media de diario pedaleo. Si tomábamos en cuenta que también pedaleaba del trabajo a la casa, el ejercicio completaba un total de tres horas diarias. 

Me embalaba del siguiente modo: compraba unas veinte bolsas negras para la basura. Así las pedía en las tiendas: Bolsas negras para la basura. También, compraba un par de rollos de cinta de embalaje. Luego de haberme puesto las medias, las zapatillas, el bóxer y el short, empezaba con el embalaje. Cogía una de las bolsas y le cortaba longitudinalmente el extremo cerrado. Con dos extremos ahora abiertos, me metía en la bolsa, como si fuera una chompa. Bajaba la bolsa hasta situarla en toda mi barriga. Una vez ahí, la ajustaba con la cinta de embalaje. Me quedaba la panza totalmente apretada. La panza y parte del pecho. Respiraba con dificultad. Me ponía el polo negro encima y salía a manejar. El resultado, al llegar a mi destino, era más que satisfactorio. Me metía al baño de la oficina y, con una tijera, le hacía una incisión transversal a la faja artesanal. El sudor caía como un chorro sobre el piso del baño.  

Fuimos a mi cuarto. Nuevamente, y sin que Karina se diese cuenta de mis precauciones, me cercioré de que Jaime no estuviese chismoseando afuera de su tienda. La única mujer que entraba a mi cuarto, y se quedaba varios días en él, conmigo, era Rosario. No quería que nadie se enterara de que admitía a otra mujer en mi cuchitril. Mucho menos Jaime. No era conveniente tener mala fama. No por ahora.  

Antes de entrar en El Chinito y empacharnos con la comida, pasamos por la licorería de Colmena y compramos un par de vinos. Tenía que trabajar al día siguiente, pero eso poco me importó. Lo que primó en mí fue la consigna de pasarla bien. Y en mi mente no había mejor manera de pasarla bien que tener sexo estimulado con generosas dosis de alcohol.   

Sin embargo, en esa ocasión, me había propuesto meterle la pinga a Karina desde el saque y bien sobrio. No quería enterarme después, como sucedió la vez anterior, que le había metido la pinga sin haberme dado cuenta. 

El colchón estaba ya tirado en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. En un par de segundos, yo ya estaba desnudo. Solo conservé el bóxer. Sí, había tirado innumerables veces con Karina en el pasado, pero no con regularidad. Entonces, si bien ella me había visto desnudo en varias ocasiones, y yo a ella, debido a la irregularidad de esos avistamientos, no me sentía del todo cómodo estando con la pichula al aire de buenas a primeras. Con Rosario era distinto. Apenas llegábamos al cuarto, nos desvestíamos. Quedábamos completamente desnudos. Eso era confianza. Karina, como lo supuse, conservó su sostén y su hilo. Desde esos primeros instantes, tenía ya la pichula enhiesta.  

Mientras Karina se desvistió, abrí la primera botella de vino. Llené los vasitos descartables que el tendero nos regaló. Nos sentamos en el colchón. Ambos estábamos con las piernas cruzadas, a lo Buda. Dábamos un sorbito a nuestros vasitos y los dejábamos a un lado, en el piso. 

Te cuento, Dani, empezó Karina. Había mandado a rodar a Mark. El pata le había insistido demasiado con lo de ser enamorados y ella le había puesto un alto. Está muy cargoso el chibolo, alucina, contó Karina.  

Sé que padezco del trastorno de déficit de atención. En realidad, soy el conjunto de un sinfín de males y desviaciones, pero me he dado cuenta de que me cuesta mucho concentrar la atención en ciertos temas: las clases de la universidad, las directivas de Jean Carlo, las conversaciones entre amigos, algunas cosas que me platicaba mi esposa o algunas historias que me contaba Rosario. Si encontraba algo que capturaba mi atención, mis sentidos se enfocaban en aquello. Todo lo demás caía en un último plano. Karina hablaba y yo solamente le miraba las tetas todavía cubiertas por su brassier rojo. Toda mi atención -que era poca debida a ingénita estupidez- quedó vertida sobre esa rayota que era la separación de sus dos inmensas y flácidas ubres.  

Ya no había mucho de qué hablar. O, al menos, ya no tenía nada que preguntarle. Todo me lo había contado la vez anterior. Todo el morbo que me era necesario me había sido ya revelado. Ahora solo me interesaba tirármela. Ella hablaba y la interrumpí. Quise confirmar lo que me había adelantado en uno de sus mensajes de Whatsapp: que la última vez en mi cuarto me la había tirado antes de haberme quedado dormido. ¿En serio no te acuerdas, Dani?, rio Karina. Su risa era entrañable. No había cambiado. Era la misma risa de cuando fuimos enamorados, allá por el año 2002. Cómo había pasado el tiempo. Catorce años y todavía seguíamos tirando. Con infrecuencia, pero ahí estábamos.  

Claro que no me acuerdo. Hace tiempo que dejé de tener memoria. La arruiné a punta de pajazos. Me contó que aquella noche me terminé, prácticamente yo solito, el tercer vino que compré. Ella apenas le dio un par de sorbos a la botella. Yo empiné el codo una y otra vez hasta no dejar gota alguna dentro del recipiente. Entonces, te me lanzaste. Me quitaste el brassier y empezaste a morderme las tetas. Te dije que despacio, pero tú estabas recontra loco. No recordaba ni un carajo de lo que Karina me descubría. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Nos besamos y lo hicimos. Por más que lo intenté, ninguna imagen se me vino a la cabeza. Solo aquel último recuerdo en el que yo chupaba del pico del tercer vino mientras Karina me hablaba de que se había afiliado a Acción Popular. ¿Y de cuándo acá te interesa la política? Karina echó un trago más de su vasito de plástico. Un amigo me dijo que era el mejor partido político del Perú, el más honesto, y como estábamos en elecciones, sentí que afiliándome a Acción Popular haría algo bueno por mi país. Nunca me interesó formar parte de un grupo o de un partido político. Prefería andar solo. El último –y casi único- grupo que integré fue el que formamos Nazir Caleb y Enrique Bruces, en la universidad. Éramos tres huevones dedicados a beber trago barato, con no poca exacerbación, todos los viernes por la noche luego de las clases recibidas en las aulas del pabellón de Minas de la Católica. Muchas veces, ni siquiera esperábamos a que terminara la clase; nos escapábamos antes.   

Pertenecer a un grupo te hacía una oveja. Siempre había que seguir la orden que venía del conjunto o del líder, nunca la tuya propia. No había lugar para la disidencia o la discrepancia, para la travesura o la risa, para el silencio y la meditación. Los grupos eran la reunión de una masa confundida. Nada bueno podía surgir de una agrupación. La creación de un grupo implicaba marginar a un resto. Yo estaba en contra de la segregación.  

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿lo estábamos haciendo por segunda vez? Karina tomó otro trago. , respondió. Yo también tomé un trago de mi vaso. Disfruté cada gota. La temperatura dentro de la habitación, de mi ratonera, era más que cómoda. Aquello era pasarla bien. Eso era vida y no los bicicleteos tortuosos que hacía a diario. ¿Por qué arriesgaba el pellejo de ese modo? Todo el mundo sabía que los conductores peruanos eran unos hijos de puta. Y no me refería a los choferes del transporte público –que eran unas bestias ya por descontado- sino a los propietarios de los lujosos bólidos que pasaban besándome la piel de los muslos cuando manejaba por las calles de Miraflores. Mi vida les importaba un carajo. 

Podía sentir el vino agarrotando mis dedos, afilando mi lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. No estaba cagado. Estaba en mis cinco sentidos. Así era como se debía tirar con una hembrita: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.  

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso, pues. Miró dentro de él. , dijo. ¿Me sirves más? No le contesté. Me acerqué a ella y la besé en la boca. Le metí la lengua. Dejé que me meta la suya. Su saliva sabía a vino. Le saqué el brassier sin dejar de besarla. Pegué mi pecho a sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: pegaba mi pecho a sus pezones. Esos pezones son míos, carajo, alucinaba, enfermo de sexo. han sentido mi piel, han estado contra mi piel. También les pasaba la cabeza de la pinga. Era una manía morbosa por medio de la cual creía dejar alguna especie de marca en ellas, como cuando los perros alzaban la patita para orinar, ante un poste de luz o el tronco de un árbol, y delimitar así su territorio. 

Me paré sobre el colchón. Me importó poco si le hacía un hueco a la huevada. Le dejé la pinga a la altura de la boca. Ella ya sabía qué hacer. Llevábamos catorce años interrumpidos haciendo las mismas cochinadas. No había nada nuevo. No había pose nueva. Tampoco queríamos inventarlas. El objetivo era pasarla bien. Disfrutar. Empezó a chuparme la pinga. Desde mi metro sesenta y nueve puede ver los movimientos de su cara mientras se tragaba mi pichula. Sigue, perra, sigue chupando. Le saqué la pinga de la boca y le puse mis bolas. Succionó una por una. Eso era vida, carajo. 

Ya había visto demasiado. Apagué la luz. Hicimos el amor a oscuras. El vino hacía las cosas más fáciles. El vino me quitaba lo disticoso. El vino me hacía capaz de lamerles el ano a las mujeres. El vino me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.  

Luego de media hora de lamidas y metidas, ella quiso venirse. En catorce años, la posición a la que recurría para orgasmear no había cambiado. Se echó encima de mí, la vagina recibiendo mi pichula, y cerró sus piernas. Luego, empezó a mover la pelvis en círculos. Gemía quedito. Mmm, mmm, mmm 

Cuando terminó, empecé yo. Tómate mi semen, ¿ya? Boca arriba, echado sobre el colchón inflable, comencé a correrme la paja. La colcha estaba a un lado. No nos cubría. No necesitábamos cubrirnos. Ella se puso en cuatro y acercó la boca a la cabeza de mi pinga. Ahí estaba Karina, la lengua afuera, los ojos llenos de sexo, esperando que le soltara toda la carga. Sus tetas colgaban. Eran enormes y blandas. Nos iluminaba débilmente la luz de las escaleras de la casa. Vi esas tetas que había lamido por horas y logré conseguir el empujón necesario para eyacular.  

Contra todo pronóstico, y a pesar de que me había quedado dormido a eso de las tres de la mañana y había bebido vino, bastante vino, me desperté apenas sonó la alarma del celular. Obviamente, quería seguir durmiendo. Y lo hice. Sabiendo que tendría que pedalear apurado, arriesgando la vida una vez más, cogí una teta de Karina y empecé a chuparla. Hola, Danicito, dijo. ¿Qué hora es?, preguntó. Diez para las seis, contesté, sin dejar de succionarle la teta. Un ratito más, le dije. Por mí no hay problema, Dani. Le pasé la mano por la concha. Le abrí los labios y le metí el dedo. Qué rico, Dani. Se me paró la pichula. Pero no había tiempo para tirar una vez más. Maldito trabajo, dije. ¿Por qué?, rio Karina. Nos vestimos. Caminamos hasta la intersección de Chota con Chancay. Le señale la avenida Alfonso Ugarte. Estaba a una cuadra de nuestra posición. No podía acompañarla más. Se me hacía tarde. Nos despedimos con un beso, un piquito en la boca. Antes de encaramarme en la bicicleta, la vi alejarse. Sentí que esa sería la última vez, en ese 2016, que tiraría con Karina. Siempre sucedía lo mismo. Perdía el interés por determinada mujer luego de un par de caches. No tenía de que conversar con ellas y ellas no se sentían a gusto conmigo. Querían lujos, querían salidas, querían mi tiempo. Yo no estaba dispuesto a desviar un centavo que le correspondía por derecho a mi hija. Por eso, la única mujer con la que sostenía una relación más o menos constante era Rosario. Ella toleraba mis desmanes ególatras. Aguantaba mis atropellos. Me tenía paciencia sin que yo se la pidiera. Y no me dejaba gastar un centavo; ella pagaba mis caprichos con su propio peculio.    

No tenía nada que hacer en la oficina. No tenía ninguna chamba de Jean Carlo. Retomé la corrección del libro de McPhilips. Fue una hora de trabajo. Lo dejé cuando no pude resistir el peso de mis párpados. En la cabeza, me revoloteaba la imagen de mi cómodo colchón inflable. Necesitaba dormir. Fui al kitchenet y me hice un café. Lo bebí, pero solo conseguí que se me resintiera la lengua. Me había salido muy caliente el brebaje.  

¿Me acompañas al banco un ratito? Era Patricia. Caminar podía ser una manera de despejar la mente. Fuimos a tres bancos: al BCP, al Interbank y al Scotiabank. En ese orden. Los tres bancos tenían sus agencias entre las cuadras una y tres de Guardia Civil. Conversábamos y nos reíamos. Caminábamos muy juntos. Varias veces mi mano rozó, involuntariamente, sus muslos. Podía sentir que había cierta complicidad entre ella y yo. Pero seguro me lo imaginaba. Me provocó besarla. Se necesitaban tamaños cojones para convertir las ilusiones en hechos. Los míos eran más pequeños que los huevos de las codornices. 

Patricia había trabajado como boletera en un circo. Fue lo último que hizo antes de ingresar a la empresa de Jean Carlo y tener el infortunio de conocerme. El circo era propiedad de un cómico peruano que tuvo sexo con su cuñada estando aún casado. La esposa, la hermana cornuda, se enteró del hecho y la prensa amarilla peruana tuvo carroña para varios meses. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar un billete bueno de uno falso. Nos habíamos detenido en la juguería cercana al Interbank. Me había provocado un jugo de naranja. El tío que despachaba no había necesitado pagar un curso de marketing para saber que si al peruano le dabas más de lo que le correspondía por lo que pagó, regresaría y le sería fiel a tu negocio. El tío, un tipo de cuarenta años, por solo dos soles te servía un vaso enorme de jugo de naranja. Los vasos que usaba eran tan grandes como los keros incaicos. Siempre que podía, me tomaba unos minutos de la oficina y caminaba hasta su juguería. Le compraba un jugo de naranja y un pastel de choclo. Era una especie de refrigerio que solía tomar entre las diez y las once de la mañana.    

A los vivazos que me daban los billetes falsos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia cuando recordaba sus experiencias en el circo del cómico. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba su jefe, el cómico. Había escuchado que el tipo, a quien jodían de cholo y serrano, era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Me parecía de mal gusto hablar sobre el dinero ajeno, así que deseché esa curiosidad. Mi esposa siempre me apostrofaba de tacaño. Eres un tacaño de mierda, solía decirme. Todos los cholos son unos tacaños, remataba, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.  

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Patricia había traído su almuerzo: unos fideos fríos que guardaba en un pequeño recipiente plástico. Yo fui al chifa de enfrente por mi diaria ración de arroz chaufa.  

Jean Carlo no se había manifestado y Victorio, una vez más, había decidido no aparecer en la oficina. Hoy me quito temprano, pensé. Continué con la traducción. No podía fallarle a Konrad.  

Un par de horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el teléfono. Era el anexo que Jean Carlo me había asignado. No podía dejar de sentir cierta culpabilidad en esa oficina. Mi escritorio era grande. La silla era enorme y muy cómoda, igualita a la de un gerente. La laptop era blanca y su diseño uno de los últimos del mercado. Los recursos que Jean Carlo había dispuesto para mí no los merecía. Llevaba casi dos meses y no había vendido un solo ventilador. Era Patricia. Nuestras oficinas –me cuesta trabajo decir “mi” oficina- distaban un par de pasos. Por algún motivo, ella prefería usar el anexo. ¿No te molesta si pongo unas canciones en mi celu? No me molestaba. Al contrario, era bueno un poco de alegría en el ambiente. Puso algunas salsas del recuerdo. Algunas las cantamos desde nuestras respectivas ubicaciones. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando las canciones? , le mentí, están buenas. Algunas pocas me gustaron; no todas.     

Quiero que escuches una canción más. La voy a poner, ¿ya?. Espero que te guste, dijo. Era un reggaetón lento. Se llamaba Tengo tantas ganas de ti, de Arcángel. No me gustó. Obviamente, cuando me volvió a llamar, le dije que era una canción estupenda. Colgué el auricular y busqué la canción en Youtube para oírla nuevamente, en privado, con mis audífonos. Las letras eran directas: Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que “me gustase” esa canción? ¿Quería algo conmigo? Por otra parte, me extrañaba que alguien tan dedicada a su fe mormona estuviese escuchando y fomentando ese tipo de canciones. A pesar de mi fealdad, ¿era posible que algo le atreyese de mí? Dejé de pensar en esas huevadas. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla y tomarme unos tragos con ella. No había duda: me había convertido en un alcohólico. Tal como lo esperé, Rosario aceptó verme. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo ni tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar hacer nada. 
Lima, martes 27 de setiembre del 2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario